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POESÍA

 

 

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

La tarde no cae. Poesía reunida (2008-2014)

 

Popayán, Gamar Ediciones, 2014.

 

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Lo que en la oscuridad tiene la forma de una amenaza, con la luz cobra la belleza de lo inédito. Este libro es, en palabras del hablante poético, una épica de las cosas sencillas. Aquí se narra el movimiento de los campos de trigo y la inquieta tranquilidad de las piedras en el río. La naturaleza se hace sentido porque se abre como un libro que es observado y experimentado. La poética de la luz que sostiene esta obra reunida, es también la poética del desprendimiento; hay un desapego a lo terrenal, a lo inmanente, entregado desde el suelo mismo que se pisa; hay un deseo de volar para apreciar mejor el mundo, para dejarlo ser sin afectarlo. La tarde no cae es una ofrenda de luz para apreciar el mundo.

Clara María Parra Triana

 


 

Hernando Guerra

Ciega luz

Bogotá, Común Presencia Editores, 2007.

 

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EL ADMIRABLE EJERCICIO DE LA CONTENCIÓN

Juan Ruiz De Torres

Más allá de los poemas-río, Hernando Guerra hace en su poemario Sombra embestida el ejercicio admirable de la contención. Los poetas han sido siempre, quizás impulsados por los ejemplos de la Ilíada, la Odisea, la Divina Comedia, dados a expresar en dos líneas (o en tres) lo que puede hacerse en una. Lástima, pues la dispersión verbal sólo contribuye al ruido semántico, a la dilución.

Admirables orientales, maestros de la palabra, que nos enseñaron el valor de la sugerencia frente a la descripción detallada. No cabe duda de que una página de prosa puede aquilatar de modo maravilloso los qué, cómo, por qué. Pero, ay, no es ese el objeto de la Poesía. Al menos, como desde la Vanguardia se la viene entendiendo.

Nunca podremos los poetas descubrir las minucias del alma enamorada, la belleza del león salvaje o la elegancia de las Pirámides como lo hicieron los grandes novelistas de la lengua, o los pintores realistas. Pero, ¿es acaso nuestra responsabilidad hacer ese ejercicio? ¿No es, más bien, descubrir a nuestros congéneres mundos maravillosos, no creados, no reales? ¿Hacerlos partícipes por un instante de una visión fugaz, que fulge tras la palabra y luego se esconde? ¿Qué, si no, hicieron Vallejo o Aleixandre, Lorca o Carranza? Ese misterioso poder de unas pocas palabras para perdurar en la memoria humana, como estrellas apenas entrevistas, y que hace que sean patrimonio común, aun siendo inexplicables, versos como “pero el cadáver, ay, siguió muriendo”, “polvo será, mas polvo enamorado”, “verde que te quiero verde”, “aunque es de noche”...

La aparición y el reconocimiento de esos versos, que antes se llamaban simplemente “felices”, y que hoy conocemos por su capacidad de concitación, es el avance más importante que la poesía ha hecho en el último siglo. Pero muchos siguen sin comprender cómo esos versos son capaces de crear mundos distintos, esos mundos que ansía el alma. Ello no se conseguirá con hermosas descripciones, sino con la llamada a otras fuerzas de la inteligencia –quizás aún no bien conocidas por los psicólogos–, fuerzas capaces de desequilibrar por un instante nuestros esquemas habituales, y de hacernos partícipes, aun confusamente, de mundos nuevos.

El poeta Hernando Guerra es uno de esos seres privilegiados que, sin recurrir a la palabrería, consigue en Sombra embestida el milagro del pan y de los peces. Esto es, la multiplicación, mediante muy pocas palabras, de su capacidad semántica. En sus micropoemas –para quienes midan la poesía por metros– hay fantásticas premociones, mundos subterráneos que emergen, alucinaciones que un instante se perciben como realidades. Pero, sobre todo, en su preciosa concisión ofrece al lector la posibilidad de leer poesía como se degusta un plato exquisito y maravilloso: en pequeños, minúsculos bocados que nos sacian. Y que, sobre todo, nos obligan, si no queremos perder la oportunidad de lo único, a detenernos en esa degustación. A cerrar nuestros ojos, a cerrar el libro y dejar que el eco del verso nos siga colmando.

Un ejemplo, entre las docenas que hay en el libro –en realidad, en cada uno de sus cuarenta y cuatro poemas, salvo un par de ellos más largos–, nos lo ofrece el poema “Mudanza”, que bajo una cita de Cluny, dice:

"Como serpiente en el camino, en cada esquina,
el pellejo del miedo, la duda.

Y este gris que no se disipa, esta bruma que no cesa".

Prescindamos por un instante de su efecto casi anestésico, del impacto que nos impone la sensación terrible del miedo gris (estupenda sinestesia). La estructura triplemente bimembre del poema (tres versos, cada uno de ellos en dos términos) refuerza en cada escalón el impacto del anterior. Nos ahogamos en ese miedo-duda-bruma-gris. No explicita el poeta de dónde vengan ese miedo o esa duda. Son nuestros personales miedos, dudas, serpientes, los que nos trae al primer plano de la consciencia –diría con muy malas intenciones– el poeta, y nos obliga a enfrentarnos a ellos. En alguna forma, el lector se siente ante sus propios fantasmas. Y si persiste unos instantes y deja que su eco reverbere, llegará a cerrar violentamente el libro, incapaz de soportar la tensión.

Obsérvese que de ninguna manera ha descrito –en los términos habituales– el poeta qué sean esos miedos, esas dudas. Simplemente, los ha concitado en la mente del lector, desde luego sin nombrarlos. Si no, vaya gracia, podría decirse castizamente. Hernando Guerra tiene la sabiduría de crear un “miedo universal”, sin formas ni límites, que se adapta a los que cada ser humano alberga desde el trauma feroz del nacimiento.

Lector: lea el libro, pero no caiga en la tentación de hacerlo de corrido, pues habrá desperdiciado la oportunidad de una experiencia duradera. Más bien, ábralo por cualquier página, empápese de un poema, déjelo vibrar dentro de sí, crear ecos duraderos. Y vuelva mañana, o pasado -cuando se sienta capaz de afrontar de nuevo la experiencia-, y ábralo por otro lugar. O quizás por la misma página: en segunda lectura, el mismo poema le parecerá de seguro un poema distinto.

En todo caso, no piense que es un libro breve, ni mucho menos. Eso sí: tiene pocas páginas. Pero usted y yo sabemos que hay que salvar los bosques.

 

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CIEGA LUZ: UNA MIRADA

Nelson Romero Guzmán 

Con Ciega luz (Común Presencia Editores, Bogotá, 2004), son tres libros de poesía publicados por Hernando Guerra, nacido en Armero-Guayabal, pero radicado en Bogotá desde hace varios años. Este último libro continúa por la senda de lo que son ya su principal asunto poético: el paisaje como punto de partida y despliegue de una creatividad cada vez más enriquecida por la expresión. Paisaje en Hernando Guerra es tonalidad de las palabras en juego con estados anímicos, reflexión del tiempo desde la memoria, pinceladas sonoras, reconstrucción de la imagen a partir de una percepción muy personal de la noche o el espacio urbano, y otros elementos que conforman una manera de explorar los distintos cuadros de la naturaleza desde una interioridad que origina otras formas de sentir y ver en el lector. De los pájaros, el río, la noche, el bosque, la casa, la infancia, va surgiendo en la lectura la relación y el juego con la vivencia interior: el sueño, la nostalgia, el miedo, la pesadilla o la vigilia, que son presencias constantes de un mundo animado en el afuera del poeta.

Ha venido madurando en la expresión poética de Hernando Guerra a través de sus libros esa ya señalada interiorización que, gracias a la fuerza de la palabra que evoca y reconstruye el espacio y la memoria, le da movimiento y sentido a lo externo. Por eso Hernando Guerra, en su poema Viaje, realiza un trasegar desde el interior-desconocido. A este propósito cito aparte del poema Viaje: “Vengo del lejano interior. /Precipicio sin fondo,/ Hondo silencio”. Un interior, vuelvo y repito, desconocido, que es “Precipicio sin fondo”. Pero ese abismo lejano está habitado por bestias primigenias, por luces y sombras, por lo encantado y lo terrorífico, serpientes aladas y aves que se encienden en el vuelo. Me interesa esa conquista en el libro de Hernando Guerra, que viene a modificar una postura poética desde la reflexión acerca de la poesía misma.

Otro de los alcances en Ciega luz, tiene que ver con la forma de plantear el paisaje. Humanizarlo ya no es una ruptura en la poesía moderna, como tampoco lo es la categoría de la sacralización, pues estos dos tratamientos se volvieron poéticamente comunes. Hernando Guerra humaniza el paisaje pero lo valedero ahora es como el poeta lo haga en su forma personal. En su libro el paisaje se vuelve hacia el hombre, lo interroga; es la visión interiorizada de lo externo, por eso sentimos que el pájaro nos vigila desde su monólogo, el árbol nos habla en su silencio, igual que las montañas piensan y son depresiones de lo abismal; la noche esconde un vigía, funda una casa vegetal y en ella la infancia donde mora un niño asombrado. Con todo esto, lo objetual adquiere un yo propio, exteriorizado hacia el hombre. El paisaje nos ve; el pájaro quiere vivir lejos de los hombres: “en este árbol construiré mi casa/ lejos del ruido que apaga la aurora”.

Leyendo este libro de Hernando Guerra, he evocado a Aurelio Arturo y a George Tralk. Algo del lenguaje rumoroso del primero y de las imágenes alucinadas del segundo impregnan a Ciega luz. Es la continuación de la conciencia creadora, el poema que, al decir de los surrealistas, entre todos hacemos; puede ser el eco lejano de la lectura, por lo menos así me ocurrió a mí como lector; no sé si a Hernando Guerra lo hayan estimulado estos autores. Aurelio Arturo está muy cercano a nosotros en el espacio y en el tiempo y de él el ensayo y la crítica ha llenado muchas páginas. De Arturo está aquí presente la noche y el paisaje como morada, sus leves inquilinos, el silencio habitado por la hoja, el color y el vuelo de sus criaturas, la resurrección de un mundo. Cito el poema Algarabía de colores de Hernando Guerra: “Pájaros invaden/ el árbol del alba/ atraídos por el olor/ el mango su festín/ algarabía de colores/ puebla la aldea”. Ese sonido visual de los seres y los matices del bosque, esa “cámara hechizada” –Reino de alas, de hojas y de la infancia–, nos evocan en Hernando Guerra al autor de Morada al Sur. Tomemos algunos versos de Ciega luz: “El secreto intacto,/ entre hojas y alas verdes”, “El día cayendo, deshojándose” , “y en el techo intacto la lluvia sonríe/ salta de gozo, repica de alegría”, “Pregunta una luz, y una luz/ se anuncia en la distancia”. Por el lado de George Tralk, asoma a veces la fuerza destructiva de la imagen, el interior del poeta donde los colores del bosque son dramáticos, simbólicos de una conciencia poética de “Autodestrucción”. En Tralk, los colores son protagonistas de un yo en permanente lucha con lo desconocido que invoca el mal y puebla el bosque de presencias terroríficas y de colores de tono expresionista. En Hernando Guerra Tovar se dan algunas de estas búsquedas: “el bosque anida el grito/ de pájaros heridos por el fuego”, “arañas ascienden las lisas paredes del abismo/. Serpientes aladas persiguen la huella”. Estas imágenes, aunque pocas, le dan cierto movimiento dramático al paisaje a veces tranquilo o misterioso de Ciega luz y al mundo convulsionado del poeta.

Al referirme en esta nota al libro de Hernando Guerra he citado a A. Arturo y a G. Tralk, más como ejercicio aproximativo de relación entre una lectura presente y las huellas de lecturas pasadas aún vivas en el espíritu de quien lee. Sirva esta aproximación para decir que en Ciega luz el tratamiento del paisaje se aleja y se acerca de muchos otros autores que han tratado el tema, pero que a la vez el autor de este libro en referencia traza sus propios límites y eso lo hace ser un libro con voz propia en los poemas mejor logrados. La influencia es aquí la virtud de esconder con un lenguaje propio. Ciega luz alcanza el juego con lo que Barthes llama los lenguajes múltiples, propio de la mejor poesía. No sólo el paisaje conforma el elemento de cohesión en este libro, pues aquí el bosque es también un estado de la interiorización poética; es de otro lado el espacio de un verde evocado, el tiempo del anticuario y el poema mismo que es “eterno movimiento,/ río que fluye, que pasa”. Hernando Guerra ha logrado con esta última obra detener durante más tiempo el asombro en la lectura. Lo esencial de un libro, si lo es, se queda en nosotros, evocado en la emoción de haberlo leído y de habernos permitido el encuentro con el poema.

Poeta y ensayista colombiano. Premio Nacional de poesía Universidad de Antioquia.

 

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LA SOMBRA EMBESTIDA DE HERNANDO GUERRA

Gabriel Arturo Castro


De un impulso lento pero fecundador, poco a poco la obra de Hernando Guerra va tomando forma desde su raíz original, dirigida a conformar un mundo sólido, fecundante, ascendente en su decir e intuición poética. Y es en este libro, Sombra embestida, donde otra vez toma un aliento fecundante, más prometedor aún que sus libros anteriores, acopio de experiencia, travesía y paciencia. La fina lentitud va envolviendo el libro de sorpresas, memorias sutiles, metamorfosis basadas en las virtudes conciliadoras de la luz y la sombra, o del exilio de fundamento teológico: “Como al principio el extravío, la separación. Como la primera vez el desarraigo”.
El autor posee esa lámpara del destino de Khayyam a manera de entendimiento ciego, la luz no usada de Fray Luis de León, el espacio elevado de una “oscuridad infinita hecha de luz”.
La misión de Hernando Guerra es desinflar la oscuridad, confrontarla mediante la palabra voz y la palabra mirada, tras un mundo ya habitado por la vida del verbo limpio. Ya hay un diálogo con la sangre, la resonancia de las cosas y los gritos lejanos, los rumores misteriosos del trasmundo que llama al poeta, lo arrastra y lo lleva a preguntar: “¿Acepta el secreto estar oculto? (…) ¿Qué piensa en su oscuro laberinto?”
Sombra enemiga, sombra antes devoradora de toda realidad, ahora sometida por la presencia de la poesía, hecha un nuevo cuerpo, una fundante realidad, pero aún sin poderla atravesar del todo, imposible tarea que lleva tan sólo a la aproximación lúcida entre la criatura y la sustancia poética. Guerra acepta el desafío y la distancia dolorosa, carea toda resistencia porque se arma de la tensión suficiente:

La noche nos presta sus alas en la fuga por los espacios azules del sueño, pero la luz de la vigilia nos hace de nuevo prisioneros, nos amputa el vuelo, nos llena la boca de silencio.

Su vocación poética, en esta primera madurez, queda definida por su manera singular de concebir la luz, porque la luz constituye su desafío poético: “Cuando el secreto se revela, cae la luz”, nos dice de modo enfático en un momento de un poema. “Antes de caer, al menos un trozo de sol, un pedazo de luz”, concluye en otra instancia. Reverencia, breve ceremonia, festejo de respiración contenida, detrás de la sombra el poeta ve el drama teológico del destierro, el aroma del destierro: “Desde el primer poema exiliados en esta ciudad que se desploma”. Adviértase el sentido espiritual de cada poema, lejos de toda finalidad retórica, del sustantivo fácil o de la imaginación caprichosa. Todo lo contrario, Sombra embestida es confluencia de experiencia vital y sensibilidad expresada a través del desamparo del hombre, del ser vulnerable y vulnerado por las sombras, la crudeza existencial del hombre extraño que sueña, el del agrio destierro, quien sin embargo anuncia la resistencia por medio de la palabra en aumento y vuelo próspero:

De repente eres la huella,
tu paso por este mundo,
el registro de cada pensamiento,
el duende atrapado,
el fantasma en la red.
De repente lo sabes todo.
Cada cosa encuentra su lugar,
forma precisa,
significado propio.
De repente eres respuesta,
verdad, conocimiento.
Entonces,
en el estanque del cielo,
te haces Uno.

 


 

Antonio Zibara

Esa pausa del viento

Cali, El Palabreo, 2008.

 

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En vano el lector de poesía rastrea el significado de las palabras y anhela que éste coincida con los modos habituales con los que ellas hacen mundo y le inventan su propia cotidianidad; mas el poema ocupa su territorio con afanes de asalto, hurta palabras y fragmentos de sentido de su tesoro íntimo, y luego, con sigilo, huye a su fortaleza, a ese otro mundo nuevo que está por acontecer y que aun así reclama el generoso oficio de la lectura para hacer manifiesta su existencia.

Así nos maravilla la poesía de Antonio Zibara, una arquitectura del lenguaje, que aunque reconocemos ancestral y próxima, disuelve el significado habitual de las palabras, para instalarse como imagen, palpable, aprehensible, con sus rugosas y dóciles depresiones, con su pesado volumen y su ligereza de aire y de música. Una poesía que ejecutada para la lectura, sólo es cuando aprendemos a verla, a otearla en su movimiento, a gozarla como visión y descubrimiento de ese otro mundo, que es su promesa.

Todo lo que nombra la poética de Zibara es común, es familiar y no obstante es inédito, es inusual, se nos revela por primera vez. Es un retorno al inicio, quizá a ese instante donde las palabras salen a hacer su faena, vulnerables al azar y activas en el misterioso diálogo donde todas las cosas interrogan su memoria.

Julián Malatesta

 


 

Clara Schoenborn

HUECOS EN LA LUZ. Con Alejandra Pizarnik

Madrid, Ediciones Torremozas, 2014.

 

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Este libro resultó finalista del Premio Carmen Conde de poesía escrita por mujeres, con especial atención por los miembros del jurado, en 2012.

 


 

LUNA NUEVA, 30 Años

 

Tenemos en el nochero Luna Nueva 42, octubre 2016, la longeva revista dirigida por Omar Ortiz. Más metidos en el mundo virtual, hacía tiempo que no tocábamos el papel de esta publicación periódica radicada en Tuluá.

Leer el contenido de este número, compuesto por hondos ensayos de Fernando Cruz Kronfly, Álvaro Marín y Claudio Archubi, poemas selectos provenientes de Argentina, Perú y Colombia, poemas de una generación de relevo y esenciales reseñas de libros, es como tomar un aperitivo que despierta el deseo de devorar la biblioteca completa.

Luna Nueva 42 es apenas la entrada, no el plato fuerte de posteriores lecturas.

Como bien dijeron los presentadores del lanzamiento en la biblioteca del Centenario (ver link al final), pocas revistas duran lo que ha durado Luna Nueva, 30 años de trabajo creativo continuo y un ejemplo de tenacidad. Se percibe el ambiente armónico y placentero que rodeó la armada de esta revista y un sentido de responsabilidad en la escogencia de los textos y las fotografías de Cristian Millán.

A propósito de la queja que suele escucharse en el país literario, más ahora con la reproducción viral de internet, de que este o aquel grupo forman una rosca de influencias, diremos en tono aclaratorio que un grupo como Luna Nueva es un grupo de trabajo, un colectivo fundado y fortalecido en los afectos. Si uno está metido en la actividad artística puede sentirlo y expresarlo, de otro modo, si uno mira el trabajo de espaldas seguramente caerá en el pantano de los prejuicios.

Algunos trabajos de Luna Nueva 42 revelan el profesionalismo de sus autores, otros el talento. Para terminar, solamente queremos saludar la presencia de la poeta Clara Schoenborn y destacar el soberbio ensayo de Fernando Cruz Kronfly sobre la novela de Moreno-Durán. Consideramos que Moreno-Durán pudo ser un gran crítico de haber descubiertosu propias categorías, no limitándose al análisis y la interpretación lúcida. Moreno-Durán no fue un buen novelista (como tampoco lo fue Óscar Collazos) y el texto de Cruz Kronfly obedece más a la amistad que mantuvo con el autor de Mambrú. Y justamente se trata de eso, de brindar el apoyo incondicional al amigo, para bien o para mal, cerrando los ojos a las imperfecciones del escritor.

http://luna-nueva-revista-poesia.blogspot.com.co/2016/10/luna-nueva-no-42-octubre-2016-revista_64.html

 


Carlos Fajardo Fajardo

EL GRUPO LA RUEDA DE POPAYÁN:

UN TESTIMONIO GENERACIONAL

A los viejos amigos del grupo literario

y beodo La Rueda en Popayán, y

a los que giraban con amor y desesperanza

a sus alrededores.

 

Me es grato conversar hoy con Ustedes sobre un grupo de amigos con los cuales, entre 1979 y 1985, aproximadamente, construimos un sueño, una posibilidad de sacudir, al menos utópicamente, alguno que otro cimiento del edificio cultural nacional y de Popayán. Creo que es demasiada responsabilidad la de sintetizar en unas cuantas páginas todo ese manantial de vivencias, de discusiones y concepciones de mundo, pues se corre el riesgo de que el olvido establezca su reino y excluya, sin desearlo, algún importante dato, algún esencial ideario de este legendario grupo. Han pasado 34 años desde que en 1979 fundamos La Rueda.

La Popayán de entonces bostezaba a las seis y media de la tarde cuando nosotros apenas nos aprestábamos a desafiar el silencio de los claustros. Sus serenas calles, las mismas que al decir del poeta Giovanni Quessep, están inclinadas hacia el cielo, nos sometían también a una cierta reverencia poética, a un respeto por la hermosura de las casas que como fantasmas salían a nuestro paso. Ciudad universitaria, tenía en fin sus templos, sus bares, su café y sus poetas, unos oficiales, otros, tomándose con furor y gritos los andenes y sus calles. Eran los tiempos antes del terremoto de 1983. Popayán nos acogía bajo sus aleros y su Parque Caldas, donde el mundo para muchos iniciaba o concluía. La Universidad del Cauca fue nuestra fuerza centrífuga y centrípeta. De ella surgimos casi todos y de ella partimos. En los hermosos corredores de la Facultad de Humanidades  y de Derecho, se cuajaban y se pensaban los poemas, las consignas políticas, los contestatarios mítines estudiantiles.

Fue en 1979, cuando en esos corredores Jaime Cárdenas, Juan Carlos López, Germán Mendoza Diago y Carlos Fajardo Fajardo planeamos publicar un pequeño libro de poemas al que titulamos Voces Intermitentes, el cual creo, fue una de las semillas más importantes para la fundación de La Rueda, junto a las propuestas que una tarde nos hiciera en la Facultad de Humanidades el estudiante de filosofía Lucho Calderón, posteriormente asesinado. Ayudó a madurar esta propuesta el entusiasmo de Cristóbal Gnecco y el de Mario Delgado, con quienes emprendimos dicha aventura. Al principio fundamos La Rueda como taller artístico y literario y con esa modalidad iniciamos reuniones los sábados en la tarde, si la memoria no me falla, en la sede del Instituto Cultural de Popayán, ubicado en la calle 3ª Nº 6-52.

Desde la primera sesión del taller se fueron sumando otras voces las cuales harían parte del primer número de la revista: el Negro Rubén Darío Guerrero vigoroso poeta de Puerto Tejada, el Místico Carlos Navarro, la Bella Hilda Restrepo, como también Luz Marina Cuesta, estudiante de Literatura. A partir del segundo número de la Revista nuevos compañeros de ruta se fueron incorporando: el hoy médico Oscar Sakanamboy, de “pies y manos” anclado en esta tierra en sus días difíciles; Oscar Garcés Arias, alias Ho Chi Minh, con sus treinta poemas a la lucha sin cuartel, Ricardo León Paz, para todos Tololón, quien se debatía entre la revolución proletaria total y un placer musical con efusivos y extraños alcoholes. Otras y otros fueron también agigantando al grupo: Luisa Fernanda Vallejo, Orlando Ávila, silencioso poeta que administraba la heladería y cafetería Lucerna, en la esquina del Parque Caldas, al cual, gracias a su generosidad, le debo que más de una vez no muriera de inanición en aquellos días. Rafael Albán, el más veterano de todos, llegó un sábado recién desempacado de Medellín con su mordaz oratoria estremeciendo y asustando las coloniales calles. Mientras tanto se integraba la Mona Vicky Ospina, seduciéndonos con su hermosa ebullición, Gonzalo Buenahora historiador y profesor de la Universidad del Cauca, con el que emprendimos nuevos, refrescantes y sorprendentes viajes poético-etílicos.

Ya en el editorial del primer número de la Revista, se decía que éramos 14 integrantes. Creo que hacia 1981 llegaríamos a los 25 miembros. De pronto hizo su aparición el hoy antropólogo Juan Cajas y un simpatizante de La Rueda: el explosivo y entusiasta Hernán Bonilla, junto a René Lindo, Edgardo Maya, la exuberante y bella Elizabeth “Lola” Hurtado, Diego Mellizo, el Tolimense Oscar Hernández, el estudiante de medicina Felipe “Pipe” Solarte, Cristina Simmons, María Fernanda Perafán, Alejandra González, para nombrar solo algunos, mientras otros giraban como amigos de esta embriaguez a nuestros alrededores.

En la biblioteca de la Universidad del Cauca, también nos refugiamos. Allí nos dio un gran respaldo su director, el cálido amigo, gran lector y conversador José María Serrano. Cuántos días y cuántas noches pasamos escuchando sus comentarios sobre autores, novelas, poemas con una lucidez irónica, burlesca y mordaz. Bajo sus vivaces palabras y su erudita visión muy pocos quedaban a salvo, Fue mi confidente y cómplice de los primeros poemas que publiqué. La biblioteca para todos nosotros fue trinchera de ideas, una luz en medio del túnel generacional.

Con algunos profesores de Universidad del Cauca también elaboramos discursos anti-oficiales, anti-establecimiento. Recuerdo con afecto y amistad al pintor caleño Walter Tello, quien hacia 1978, en su mochila de viento nos trajo los poemas de Tomás Quintero y otras buenas yerbas para animar nuestra alegría. Walter ilustro la primera revista del grupo con unas imágenes irreverentes, llenas de humor sarcástico ante la Colombia del Sagrado Corazón de Jesús. Fue por supuesto expulsado de la Universidad dejando entre nosotros su talento, el cual mantiene intacto en su contundente y rigurosa obra.

Eran los finales del setenta y nuestro país sangraba en las ciudades debido a la guerra entre el ejército y una guerrilla urbana que comenzaba a gestarse como algo nuevo en nuestra historia. El M19, movimiento nacionalista de izquierda, surgía en Colombia; el Estatuto de Seguridad, que el Presidente Julio César Turbay Ayala había decretado amparado en el eterno Estado de Sitio en contra de las libertades y de aquel deseo de hacer un nuevo país dentro del país, se instauraba en 1978. Padecíamos la guerra en las ciudades, la sangre corriendo por las calles, las gentes apresuradas ante el disparo. Nuestros barrios sentían el gravamen de una nación en guerra oculta. Sin embargo, tuvimos tiempo de bailar y de cantar nuestras canciones sobre las cenizas de un país desnacionalizado que se nos mostraba oscuro y extraño a los ojos.

El Grupo La Rueda fue eso: una posibilidad para no perecer en el silencio. Las condiciones históricas estaban construidas para que surgiera en una Popayán impactada por discursos de izquierda y por estudiantes de diversas partes del país, con una profunda ambición de cambio. Las poéticas de las vanguardias del siglo XX fueron nuestra influencia; la era de los manifiestos nuestro más fuerte respaldo. Fuimos sin duda hijos de una época en crisis y de crítica. Desconsolados y desencantados ante un país hecho con ruinas históricas; enamorados efusivos de la buena literatura y de la gran poesía; seducidos por los filmes de autor que nos hechizaron en el cine club del Teatro Anarkos o del Teatro Popayán; bailando con las tumbadoras de la siempreviva salsa de los años 60 y 70; escuchando alos Beatles, el jazz y a Carlos Santana, cantando a Piero, a Charles Aznavour, a Joan Baez,  Mercedes Sosa, Violeta Parra, Soledad Bravo, a Víctor Jara, a la Nueva trova cubana de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, a la melancolía del viejo Atahualpa Yupanqui, a los Ana y Jaime colombianos y a Joan Manuel Serrat, soñábamos realizar la revolución poética y libertaria. Estábamos como generación con los cuerpos encendidos tratando de, si no cambiar la vida, al menos no dejarla pasar sin ningún estremecimiento. Con La Rueda algunas de nuestras rebeldías se vieron al menos realizadas en las tablas.

En los números uno, dos y tres de la Revista, los editoriales contienen un programa de intenciones y de pretensiones ideológico-poéticas de confrontación.  Escuchemos  su primer editorial:

Creemos que cada hombre debe ser una rueda, hoy y mañana. Con el avance del hombre somos solidarios, con su avance en medio de un tiempo de contradicciones, de vertiginosas transformaciones, de cambio íntimo, de nuevas maneras de expresión. Vivamos y apropiémonos de nuestra historia. En esta dinámica están nuestros propósitos.

En el número dos, ilustrada por el pintor caleño Luis Carlos Palacio, leemos: “Si el trabajo del escritor ha sido siempre un juego peligroso, la osadía de editar una revista literaria se convierte casi en una trágica aventura”. Y en el número tres, con las bellas ilustraciones del pintor caucano Augusto Rivera, se consignan con cierto aire de nihilismo combativo las siguientes líneas:

“No somos/ los libertadores del mundo/ encaramados en caballos galopantes, / no tenemos toda la verdad/ encerrada en nuestras voces, / no somos los únicos/ que podemos usar el verbo y la palabra, / no encontramos muchas veces/ la esencia de las cosas porque se nos queda algo en ellas…/no somos los mejores/ ni más queridos ejemplares de la especie/y no permitimos que nos juzguen/ quienes no nos oyen…”

Las dificultades para la financiación de la revista eran permanentes. Pero, pienso que más que un grupo preocupado en publicar una revista, La Rueda se constituyó en un proceso de aprendizaje y eso es ya suficiente para justificar su creación y su acción en esta ciudad. Como grupo y como individualidades, La Rueda fue un espacio para nuestra educación sentimental poética, política y generacional. Através de este grupo emprendimos con furor lecturas hasta la madrugada, embriagados de luna y de otros paraísos artificiales; nos abrazamos a las utopíasposibles-imposibles, nos desgarramos. Como revista de provincia, desconocida por la aristocracia poética del centralismo bogotano, sirvió, sin embargo, para afianzar algunas voces, dar autoestima poética a unos cuantos pichones de escritores que en el transcurso de los años impondrían una  obra, cifrarían una vida. Entre el Café Alcázar y los corredores de la Universidad; entre el Parque Caldas y las Residencias Universitarias Tuto González y 4 de Marzo; entre la música de Agustín en El Sotareño, el vino loco, el guarapo y el aguardiente caucano; entre las empanadas y los tamalitos de pipián y los mítines universitarios; entre los bares del Barrio Bolívar y algunos prostíbulos, hicimos nuestra bohemia vanguardista payanesa. Era nuestra bohemia contestaría provincial, pero protesta y propuesta poética al fin y al cabo. Bohemia, poesía, rebeldía y revolución, fueron los componentes de la bomba molotov de aquella época. De allí partimos y de allí se alimentó nuestra sangre. Atravesados e influenciados por las ideologías contestarías de la razón crítica moderna y por las estéticas de la protesta del XIX y del XX, nosotros, que paseábamos bajo los apacibles aleros de esta blanca ciudad, quisimos reivindicar dichos discursos, volverlos presencia, realidad viviente. A eso nos dedicamos. Por ello, creamos un grupo y lo llamamos La Rueda, como metáfora de viaje, de camino, de cambio, movimiento y avance, de pensamiento rebelde y nómada. No hay otra imagen que represente más clara nuestra teleología utópica: el ir hacia un “todavía no” hacia un instante hecho fenomenología de la esperanza, símbolo de aplastamiento de lo tradicional, sueño de sueños, residencias de la resistencia.

Críticos y combativos, a veces iconoclastas de provincia, a veces furibundos creyentes en la revolución, nietzscheanos, freudianos, marxistas, foucaultianos, anti-siquiatras, anarquistas de parque, hijos del romanticismo libertario latinoamericano, agresivos, trúhanes, malandrines de aula universitaria, compulsivos prestamistas de dinero, malas pagas, tiernos para el amor y locos de pasión por la poesía, todo eso y  más éramos al rayar el alba de los años ochenta.

Por eso nos hicimos amigos de los marginales y de los locos. “Chancaca” era uno de nuestros contertulios con el que, bajo el Puente del Humilladero, nos embriagábamos con su flauta mágica caucana. También el loco Castrillón, repentista genial, nos hechizaba con su poesía a flor de labio.

En 1979 el Periódico El Liberal nos abrió sus puertas, y gracias al Mono Germán Mendoza Diago, quien dirigió la Página Literaria de dicho periódico, pudimos publicar cada domingo poemas, reseñas de cine, de teatro, de novelas, pequeños ensayos críticos de arte y polémicas sobre la cultura. Permítanme decirles que fue en ese diario donde el domingo 28 de octubre de 1979 se me publicó por primera vez un poema.

A la vez hicimos presencia en la emisora “La Voz de Belalcázar”, con el programa Bitácora Cultural, dirigido por Jaime Cárdenas y Juan Carlos López. Allí leíamos a  escritores y poetas admirados por el grupo. Lo grabábamos los viernes en la noche y salía al aire los sábados a las 9 de la mañana. Cada viernes, después de la grabación, era un pretexto para la embriaguez en todas sus dimensiones.

Recuerdo que una mañana de 1980 realizamos el que creo fue el primer y único mitin poético que se haya visto en Popayán. Bajo los gritos de ¡Viva Arthur Rimbaud! ¡Viva Paul Verlaine y Charles Baudelaire!,  ¡Arriba Henry Miller!; “amaos los unos sobre los otros”, “La imaginación al poder”, “prohibido prohibir” y otras consignas tomadas en préstamo del mítico mayo del 68 francés, caminamos varias calles y entramos a los corredores de la Facultad de Humanidades, donde con guitarra en mano, lectura de poemas y explosivos panegíricos, dejamos clara nuestra posición apasionada de la vida y nuestra pulsión contestataria poética, a la vez que exigimos el reintegro de nuestro amigo pintor Walter Tello. Aquel día el rector de la Universidad dio la orden de que expulsaran a Rafael Albán, el cual, por supuesto, no era, ni en sus pesadillas lo deseaba ser, estudiante de la misma. Eso éramos, en eso andábamos.     

En 1982 por controversias internas vino un cisma, una escisión dentro de La Rueda. Desde entonces ya no se conservó como taller literario sino como revista, lo cual salvó, es bueno decirlo, la proyección del grupo, su permanencia. El número 5, con ilustraciones de Renzo Fajardo, como los números 6 y 7 de la revista salieron gracias a la labor de Cristóbal Gnecco, Germán Mendoza, Oscar Hernández y Gonzalo Buenahora. En dichos números se abrió la revista a voces nacionales con el fin de superar su endogamia. El poeta de Cartagena Gustavo Tatis, el Guapireño Alfredo Vanín, el cuentista Jaime Echeverri, la poeta caleña Orietta Lozano, Gustavo Cobo Borda, llegaron a sus páginas. Como grupo se tenía consciencia de la necesidad de apertura y encuentro con otras revistas y escritores del país. De inicio se estableció contacto con la revista Puesto de Combate de Milcíades Arévalo, con Guillermo Martínez González y Juan Manuel Roca;  con escritores de Cali (como Farías, Julián Malatesta, Aníbal Arias, Phanor Terán) poetas de Medellín, Cartagena, Pasto y otras ciudades.

Tres libros de poemas lograron publicarse en La Rueda. En 1981 Origen de Silencios de mi autoríay Días Difíciles de Oscar Sakanamboy; en 1982 Asesinato y otros poemas de Rubén Darío Guerrero.

El caso de Rubén Darío Guerrero (1954), poeta de Puerto Tejada, Cauca –al cual deseo reivindicar- es curioso, pues bebió de las fuentes de la Generación del 27, especialmente de Miguel Hernández, como también de Neruda y algo de César Vallejo. Sin embargo, y eso es lo interesante, algunos poemas del libro registran una significativa relación entre los ritmos de la poesía afro-descendiente colombiana con la sensibilidad de la poesía moderna. El resultado de dicha fusión fueron unos poemas intensos, con una gran carga de oralidad rítmica y una fuerza escritural pomposa que van de la contención al desborde demasiado retórico. Varios de aquellos textos se volvieron emblemáticos para el grupo. Léase por ejemplo los poemas “Mama”, “Agua”, “Corteros”, “A unos ojos”, “No podemos”, “Camino primaveral”, “Los míos”,  entre otros. En ellos se rescata la tradición de la llamada por esos años poesía de la negritud, la cotidianidad rural dolorosa, denunciada por el poeta, las sagas familiares y colectivas bajo el yugo de su cruel historia en diálogo con una sensibilidad urbana y existencial. Poesía de confrontación, a galope entre la aldea y la gran ciudad.

Un verdadero y riguroso estudio –insisto- de la poesía que se escribió en la Popayán de finales de los setenta y principios de los ochenta, debería introducir el nombre de Rubén Darío Guerrero.

En 1981 el caleño Oscar Sakanamboy publicó Días difíciles, libro en el cual se observa una poesía muy dedicada a registrar lo local con tonos modernistas e influencias de la poesía cotidiana y coloquial. Ejemplo de ello es su poema “De pies y manos”, dedicado a Popayán. La sensación que deja su lectura es la de una poesía con algunos logros en la exploración de lo urbano (Poemas como “Días difíciles”, “También Yo”). En  este texto se intuye que Sakanamboy estaba en búsqueda de una voz, de una atmósfera propia. Después de esta ópera prima publicó en el  2011 su novela corta: Otoño en el café bar.

En mi caso, el libro Origen de Silencios (1981) fue el resultado de varios años de indagación poética y de trabajo con la palabra. No soy yo, por supuesto, el que deba hacer un análisis de la calidad o no de aquel libro. Pero sí puedo asegurar que los poemas publicados en él facilitaron, tanto en el plano colectivo como en el personal, comprender lo que era un trabajo serio, arriesgado, y a veces –es cierto- demasiado emocional, de la poesía. Viéndolo a distancia, es un libro desigual, como casi todo lo que en aquella época publicamos en el grupo, con unos buenos picos poéticos y con caídas que hoy por hoy me escandalizan. El libro fue edificándose a partir de la asimilación de los tonos de la poesía moderna vanguardista mundial y latinoamericana. En la biblioteca de la Universidad del Cauca, gracias a la colaboración de José María Serrano, leí, creo, casi toda la poesía en ella contenida. Ello me facilitó entender el hecho poético y estético, el compromiso con la palabra, la necesidad de una disciplina escritural y la difícil y compleja tarea de crear. Para mí, como para algunos amigos de La Rueda, el libro significó un logro, una conquista, la responsabilidad con una lectura rigurosa de la poesía y, por qué no, una enseñanza para el grupo y un aprendizaje personal.

Por fortuna, también en las revistas publicadas se vislumbran una que otra audacia poética y la conciencia del oficio, al lado –y es necesario reconocerlo- de textos que producen pena ajena. Debemos entender que por su naturaleza de taller literario se publicaba casi todo lo que sus miembros ofrecían. Los tres primeros números de la revista, como los tres libros de poemas aquí comentados, se publicaron muy artesanalmente, con una incipiente calidad de impresión y de diseño, una nula corrección de estilo y, por consiguiente, con errores de ortografía, de digitación y sintaxis. Todo ello, sospecho, fue resultado del sarampión poético juvenil, y de una muy escasa experiencia en estas gestas editoriales. En los cuatro restantes números de la revista, gracias al trabajo de Cristóbal Gnecco, Germán Mendoza, Juan Carlos López, Buenahora y Oscar Hernández, mejoraron las cosas.

Un verdadero balance de esta poesía debería indagar, con rigor, cuál fue el aporte literario del grupo, si dejó o no alguna obra poética notable, al menos con cierta aproximación al espíritu de la poesía moderna, latinoamericana y colombiana que se escribía en la época.

Junto a la embriaguez con el aguardiente del Cauca – aquella roñosa como cariñosamente le llamábamos a la botella- también estaba la embriaguez escritural de unos pocos que asumimos la elaboración del poema y de la poesía con una integridad ética y estética, actitud que justificaba nuestra existencia. Había de por sí la necesidad de instaurar, a través de la palabra, una presencia donde antes reinaba la ausencia, crear una obra con la cual soportáramos los buitres de la realidad. Ese fue nuestro Pathos y Ethos, nuestro desafío y apuesta mayor.

Con el grupo La Rueda levantamos las manos tratando de alcanzar alguna posibilidad en los naufragios, en las embriagantes noches que pasábamos libando poemas y canciones hasta los amaneceres bisiestos. Considero que aquellos encuentros de efervescencia etílica más bien fueron un pretexto para construir el diálogo, el intercambio de gustos musicales, fílmicos y de libros, discutir posiciones estéticas y políticas, leer nuestros poemas a medio hacer, compartir intimidades sobre separaciones, amores y desamores, a la vez que para cazar legítimas broncaspor ideas y compromisos, o una amistad a borbotones. Fue allí donde realizamos nuestro verdadero taller vital y literario.

Nuestras lecturas fluctuaban entre una literatura marxista, según las llamadas líneas correctas, casi todo Nietzsche, la literatura de los poetas malditos, la gran novela de la Generación Perdida Norteamericana, los poetas vanguardistas europeos, la poesía de George Tralk, todo Kafka, Alejandra Pizarnik, el Boom latinoamericano, Julio Cortázar, José Lezama Lima, T.S. Eliot,  Borges, Octavio Paz, la poesía norteamericana, Ernesto Cardenal, Enrique Molina… Vimos el gran cine cubano y latinoamericano, a Woody Allen, el cine de la Nueva Ola Francesa, a François Trufaut, Bergman, Passolinni, Herzog, el neorrealismo italiano…

Como casi todos  los poetas de las décadas del setenta y ochenta, ante la carencia de una sólida tradición literaria, recurrimos a poéticas extranjeras modernas para comprendernos y entender en qué dirección estaba la poesía nacional. Entre la tendencia iconoclasta nadaísta y una retórica tradicional, buscamos, inicialmente en los grandes poetas europeos y latinoamericanos, una guía para afirmar nuestras voces. Entonces, muchas veces,  la poesía se convertía en una alacena de técnicas y estilos extranjeros: poetas surreales, simbólicas, witmanianos. Kavafianos, expresionistas alemanes, imaginistas, hasta conceptualistas y concretos, desfilaban por las páginas de las antologías nacionales.

Lo cierto es que a los miembros de La Rueda, como a la gran mayoría de escritores después del nadaísmo, nos tocó padecer y gozar de una premodernidad vigente y usable, de una modernidad a medias, una modernización literaria yuxtapuesta y no asimilada, y de un futuro impredecible.

Ahora bien, al detenernos a pensar en el grupo, surge enormes interrogantes: ¿cuál fue en realidad el aporte de La Rueda? ¿Qué dejó para las nuevas generaciones de escritores? Como colectivo se alimentó de la contracultura, del ambiente contestatario de la época, con influencias del nadaísmo y de la llamada generación desencantada, de las políticas de izquierda, con ritos y teatralizaciones de una vanguardia contestataria. A la vez creo queayudó a consolidar en alguno de sus miembros, la actitud del creador e intelectual crítico, hacedor de metáforas que piensan y de una escritura de ideas, lo cual supera la actitud conformista de aquella escritura asumida como promesa de éxito y de prestigio rápido. Nos ayudó a esclarecer ese intenso diálogo entre la pasión poética y la razón crítica, tan importante al elaborar nuestras obras.

En la historia de Popayán quedará como un grupo universitario de confrontación, acorde al espíritu rebelde heredado de la década del sesenta. Ello ya es un aporte en la formación de imaginarios urbanos desde la Universidad del Cauca en la Popayán pre-terremoto (1983). Pero su aporte propiamente literario es más bien escaso, sólo observado en algunos logros de los poetas aquí comentados. Los que nos mantenemos en la fragua de la escritura poética –Jaime Cárdenas, de vez en vez el Mono Germán Mendoza, Oscar Sakanamboy, Mario Delgado, algo Cristóbal Gnecco, Felipe Solarte, quien en el 2011 publicó su libro Relatos en busca de título, y el que esto escribe –o de pronto, y no lo sabemos, alguien que esté quizás trabajando en silencio - seguimos tratando de lograr “la Obra”, palabra muy significativa para nosotros desde aquellos años; seguimos escribiendo para no morir, permaneciendo con terquedad fieles a este oficio o arte endiablado, como llamaba Dylan Thomas a la poesía.

 

Banco de la República, Popayán, Marzo 21 de 2013.

 


Mario Delgado

LOS CAFÉS DE POPAYÁN

En los setentas, El Café Alcázar, El Zancudo, o La Flauta Mágica eran la herencia y la esencia de Europa mantenidas en el centro de Popayán así como el Palatino lo fue en Pasto. Ahora los cafés son escasos,  como si una prematura muerte hubiera saqueado los lugares del debate y del refugio, del espejo y la memoria. En los barrios de Popayán, es extraño encontrar cafés al estilo de las ciudades más grandes, sitios de reunión y de encuentros.

En la Universidad del Cauca hay varias cafeterías donde los alimentos hipercalóricos y rápidos dominan el escenario. La atractiva cafetería de Humanidades, con sus mesas de madera, su ventana amplia y su familiar tablero de avisos fue remodelada con el mal gusto de los muebles de aluminio barato que existen en la de Derecho, donde aprendices de abogados miran por el hombro al resto de universitarios.

Con la entrega de la Casa Caldas a la pasada gobernación de González Mosquera, la Universidad, quizás por ausencia de una gestión efectiva, ha perdido su café universitario más emblemático y un lugar de encuentro para los universitarios en el Centro de Popayán. En la Casa Caldas funcionaba la vicerrectoría de Cultura, la librería, la oficina del Editor entre otros lugares universitarios. En su buena época se organizaron audiciones de jazz y de música en vivo y definitivamente fue el lugar de cruce de palabras, ideas y proyectos de los universitarios y de la gente de Popayán que sabe que buena parte de su vitalidad académica y cultural gira alrededor de las actividades de la Universidad del Cauca.

Así pasó con el Centro Cultural Bolívar que desde que se entregó a la Alcaldía, la ciudad ha perdido la oportunidad de ver cine de calidad y no sólo sufrir las deplorables carteleras que ofrecen las salas del centro comercial Campanario del norte de la ciudad. Pasar por esa esquina que se revitalizaba en los días del cineclub, produce la saudade de ver un centro de esa naturaleza, abandonado, sin un uso adecuado para crear ciudadanía en Popayán, y envuelto en las redes politiqueras de la fracasada alcaldía de Ramiro Navia. No hemos podido ver aun la comentada "Apaporis" del caucano Dorado, un documental que abriría los ojos soñolientos de los colombianos de los Andes hacia su Amazonia. QEPD.

Nota al 7 de febrero de 2011.

He hecho un recorrido por los cafés comerciales del centro de Popayán. La Iguana tiene un café abierto hasta las 20 horas con una carta variada. Luego sigue la salsa y su ambiente original. Sin embargo, a la persona a cargo le falta experiencia en la preparación. Juan Valdez en la Cámara de Comercio es muy caro y su atención puede decirse que es estandarizada y mecánica como si fuera una fábrica, groseramente eficiente. Sirven en vasos de papel, una aberración. No hay periódicos. Kaldivia (Capricio) tiene un buen tinto y expresos y presenta una carta variada, hay periódicos pero su iluminación es muy pobre. Pienso que ahorran energía en detrimento del bienestar de sus clientes. Su ambiente opaco no es invitador. El café Colombia es clásico, con billares en la parte de atrás, meseras, vendedores de lotería pero su café es regular.

El café de Adriana, frente a los Balcones, quién tenía a su cargo el de la Casa Caldas, ahora cerrada a la cultura...buen ambiente, universitario, atención agradable, buenas tapas y sanduches, no usan vasos de plástico o papel, pero se fuma en demasía, carece de periódicos y su equipo de sonido es deficiente. En la calle 3ª, arriba del antiguo Telecom, se ha abierto un café que también es un espacio lúdico, aun no he pasado por ahí. Dicen que también hay buenos desayunos.

Nota al 7 de julio de 2012.

El café de Adriana, se ha pasado a la carrera 5ª al lado de la Alhambra. Se ha modernizado y el ambiente amplio es atractivo. Atrás sigue la sección de los fumadores. Es una lástima que los no fumadores no podamos ir allí pues es como una trastienda ya decorada con macetas colgantes cuyo verdor agradece el visitante.

El café que había señalado atrás, en la calle 3ª, se llama Rabo de Nube, o el café de Ana María, una infatigable suiza afincada en Popayán desde hace tiempo. Además del café, la casa amplia y profunda alberga talleres, una zona de fumadores, un taller de lectura para niños, talleres de otra naturaleza. Venden pan, ricas tortas, desayunos y el ambiente es universitario. Las fotos que decoran la zona del café evocan los momentos estelares del boom latinoamericano y de la literatura española contemporánea. Me gusta mucho ver la foto de García Márquez, Botero y Alvaro Mutis paseando y charlando animadamente en la 7ª de Bogotá. La calidad del café es buena pero no tanto como el picolo o el express de Kaldivia.

Nota al 18 de diciembre de 2012

Para quien quiera leer un estudio académico sobre los cafés de Popayán:

Cafés en la 'ciudad blanca': identidad, crisis cafetera y el restablecimiento del orden social en Colombia, Jairo Tocancipá, Profesor de Antropología de la Universidad del Cauca. Link

Nota al 17 de junio de 2013

Contra muchos pronósticos, el café de Ana María, Rabo de Nube, café-libro, en la calle 3ª con carrera 3ª de Popayán, ha permanecido y permanece lleno. Público universitario preferentemente en una casa amplia, reformada de las antiguas del Centro Histórico, con patio interior y segunda planta. Hay zona wi-fi, expositor de libros, librería itinerante con interesantes publicaciones de los países vecinos, zona de literatura infantil, jugadores de ajedrez, varias salas con distintos ambientes y se promueve la lectura, pues se consiguen varias revistas y periódicos, una buena costumbre que se está extendiendo a otros cafés como el del Campanario y Kaldivia. Muy recomendado.

El Juan Valdés del centro no sigue ese ejemplo de la promoción de la lectura y tiene ese emblema aburrido y de pensamiento único del café de la época uribista; recipientes de papel desechables; podía aprovechar la zona peatonal del parque Caldas para poner servicio en lo que en los países europeos se llaman las terrazas para vivificar un poco el parque Caldas cuya peatonización no funciona claramente después de esa reforma carísima que le quitó zonas verdes y le puso un piso que hacer hervir de inhóspito calor el ambiente del antiguo y refrescante parque.

Nota al 20 de junio de 2014

Rabo de Nube se ha pasado al norte, cerca del Quijote, al lado de la Alianza Francesa. Funciona en una de las casas amplias del sector, de aquellas que ya no se construyen. Está la librería con su sección infantil y un pequeño escenario para los grupos de música o danza que se presentan. Justo esta noche se ha presentado una danza que ha dirigido Fiona, una neoyorquina avecindada en Popayán.

El café Colombia es es café tradicional que aun persiste en El centro de Popayán; se puede pedir un tinto y una copa de aguardiente para hacer un carajillo. Adentro están las mesas de billar y más atrás se juega cartas. En las mesas de madera redondas, de buen aspecto, han añadido los consabidos asientos Rimax; desentonan algo pero no importa pues el ambiente es el de los cafes antiguos.

Nota al 14 de noviembre de 2014

Los cafés de Thessaloniki han sido mi constante refugio en este otoño lluvioso que paso en esta ciudad del norte de Grecia. Y son unos cafés maravillosos, con buena música ambiental, se puede leer con tranquilidad y tienen una decoración sofisticada. El café al estilo turco no me gusta particularmente ni el griego, que se se prepara de manera similar: extra-molido más azúcar, se pone a calentar en un hornillo hasta que se vea que va a hervir. Deja un poso espeso, donde se adivinaba el porvenir. Así que pido cafés expresos, vieneses, irlandeses, capuchinos, frappes, me doy ese gusto. Lo acompañan siempre con agua y algunas galletas, sin costo adicional. En Barcelona, cobrarían todo lo adicional, de tal manera que tomar café a la vieja usanza sale costoso. Pero en Grecia, por fortuna, no.

No he conocido otra ciudad donde se beba tanto café y tanto que deberían tomar nota los exportadores y los OMA y Juanvaldeses para su mercado. Es habitual que la gente en la mañana, ande con su café grande con un pitillo mientras camina por las calles de esta vieja ciudad  o por su malecón donde se pasea con la vista del puerto sobre el Mar Egeo.

También he visitado en el centro de Thessaloniki a tiendas dedicadas  a la venta de cafés de variados lugares. Compré allí una variedad de café de Medellín y en los supermercados venden sus propias marcas con el nombre de Colombia (Κολομβία). Quizás la variedad Arábiga, con su aroma y efecto suave se afinque con éxito. Los cafés son un lugar de importancia en la cultura citadina de los griegos, acompaña su juego de backgammon o sus juegos de cartas en el lluvioso invierno del norte.

 

Tomado de mariodelg


 

 


 

Sylvia Beach

LOS SUSCRIPTORES DE "ULISES”

 

Hacia fines de 1920 se enviaron prospectos por todo el mundo a quienes se suponía joycistas, anunciando que Ulises sería publicado completo por "Shakespeare and Company", París, en el otoño de 1921. Estos prospectos eran muy atrayentes, con un pequeño perfil del Joyce flaco y barbado de los días de Zurich, fácilmente recortable para sus admiradores. Se anticiparon algunas noticias de prensa, y una descripción de la futura edición, que se limitaría a mil ejemplares: 100 en papel holandés, firmados; 150 en vergé d'Arches, y 750 ejemplares corrientes. Precio: 250 por los de vergé d'Arches, 150 por los comunes y 350 francos por los ejemplares de lujo firmados. Era caro, no hay duda, al menos así le pareció a Bernard Shaw. No supe de otras quejas, sin embargo, y teniendo en cuenta los siete años que Joyce había empleado en escribir el libro, y la pérdida de su vista, no me parecía tan caro.

Siguiendo con los prospectos, y de paso, fue Adrienne Monnier quien los diseñó, porque yo era enteramente inexperta en esa materia. El reverso tenía una fórmula en blanco que había que llenar, firmar, recortar y devolver a "Shakespeare and Company". Después había que esperar un buen rato.

Harriet Weaver me había dado una lista completa de los lectores de su "Egoist", joycistas desde que en 1914 apareciera en esa revista el Retrato de un artista, en serie. Estas personas fueron, por supuesto, las primeras en recibir nuestra "invitación a suscribirse" a Ulises, y muchas de ellas se suscribieron a vuelta de correo.

¡Qué cosa tan animada era ese "Egoist", con sus editoras Dora Marsdony Harriet Weaver (ésta era todo lo contrario del título), y sus co-editores Richard Aldington, H.D. y T.S. Eliot, con el revolucionario Ezra Pound perturbando a los adormilados georgianos!

Creo que fue Pound quien descubrió al escritor irlandés James Joyce, exilado allá en Trieste... ¿y qué fue el descubrimiento de Moscovia, por Hackluyt, comparado con ése? El Retrato de un artista había sido toda una conmoción para los "Egoístas". El mismo H. G. Wells lo había encontrado muy interesante: y Miss Weaver tenía toda la intención de publicar Ulises, la nueva novela de Joyce. Cuando hubo objeciones en el sentido de que no era material apropiado para una revista, decidió liquidar "Egoist", ya que en adelante no tendría sentido si no podía colaborar Joyce en ella. En su lugar, abrió la editorial "Egoist", y anunció la publicación de Ulises en forma de libro.

No dispongo de espacio para exponer aquí las razones por las cuales los planes de Miss Weaver se frustraron, ya que esto trata sólo de mis suscriptores, y de "cómo aumentaron" —empezando por los "Egoístas".

Había bastantes suscriptores franceses. Además de su curiosidad por ver lo que Valery Larbaud describía como la "reaparición sensacional y triunfante de Irlanda en las Letras Europeas", nuestros amigos franceses contaban con Ulises para fomentar sus estudios ingleses.

Valery Larbaud, uno de los más admirados escritores franceses, sabía varios idiomas tan bien corno el propio; hablaba español sin ningún acento, y también italiano; respecto a su inglés, basta releer un número atrasado del "Suplemento literario del Times" para ver que era capaz de discutir con eminentes shakespearianos el uso de la palabra motley en Shakespeare. Pero lo que más interesaba a Larbaud era la nueva literatura de todas partes, que seguía atentamente.

"Shakespeare and Company", una improvisación norteamericana, tenía el honor de ser ahijada de Valery Larbaud. Él me trajo una pequeña "Casa de Shakespeare" de porcelana, que conservaba desde niño; también unos soldados de juguete para custodiarla, un séquito de hombrecitos de West Point, y varios ofíciales del Estado Mayor del General Washington, montados en finos caballos blancos o alazanes. Larbaud había mandado hacer estos soldaditos, poniendo él mismo el exacto número de botones, etc., de acuerdo con los documentos que poseía. Insistía en la exactitud de los botones. Lo militar no me interesaba mucho, pero estas criaturitas eran tan encantadoras que me enamoré de ellas y me gustaba visitarlas todo el tiempo en el estuche de vidrio que ocupaban, junto con la "Casa de Shakespeare", en la puerta de entrada.

Larbaud y yo teníamos el mismo gusto en materia de libros, y un día le dije que estaba en París un escritor irlandés que yo suponía le iba a interesar. Así, Larbaud se fue con el Retrato de un artista bajo el brazo. Pocos días después volvió diciendo que lo había hallado tremendamente interesante, y que le gustarla conocer al autor.

Acordé la entrevista, que tuvo lugar en mi librería, en vísperas de Navidad, 1920. Se hicieron amigos inmediatamente. ¿Quién —me pregunto— pudo haberse resistido, tanto a Larbaud como a Joyce? Supe que la amistad de Larbaud fue una de las mayores suertes que le cupo a Joyce. Así comenzó una relación que creo fue única entre escritores, ya que a menudo suelen ser más bien intolerantes unos con otros.

Larbaud y Adrienne Monnier se unieron, entonces, para trazar los planes de una conquista de Francia por Joyce. Larbaud decidió presentar a Joyce en una causerie en la librería de Adrienne, "La Maison des Amis des Livres", y traducir algunos extractos del Ulises para ilustrar su charla.

La lectura tuvo lugar en enero de 1921. El producto de las entradas estaba destinado a Joyce, que en aquel momento soportaba una de sus crisis financieras. El público era en su mayoría francés, estando América representada por Margaret Anderson, Jane Heap, Djuna Barnes, Robert McAlmon, y uno o dos amigos más pertenecientes a "Little Review".

La conferencia de Larbaud fue muy aplaudida; los párrafos de Ulises que habla traducido causaron gran impresión. Jimmy Light, un actor de "Little Review", recitó un pasaje de "Sirens". (Me parece oírlo ahora, repasando en mi trastienda "Bald Pater toas a waiter — hard of hearing...") Jimmy también fue muy aplaudido. Joyce estaba escondido tímidamente tras un biombo en el cuarto trasero; Larbaud lo arrastró afuera y lo besó en ambas mejillas mientras el público vitoreaba y vitoreaba. Tales demostraciones eran raras en los franceses, sobre todo los del sector de Adrienne Monnier, que juzgaban siempre muy prudentemente las obras de esta índole.

André Gide, por supuesto, se apresuró a suscribirse en cuanto se enteró de las tribulaciones de su autor. Eso era típico de Gide. Era siempre el primero en sacar cabeza entre los franceses.

Mientras tanto, las suscripciones de mi país aumentaban, aunque no sé cómo creían estos suscriptores americanos que iba yo a introducir sus ejemplares en el país. No se me ocurrió que podrían surgir dificultades en el puerto de New York, tal vez porque estaba tan atareada con los problemas de la publicación que no tenía tiempo de pensar en el futuro.

Pequeñas librerías —hay pequeñas librerías en todas partes— de Chicago, New York y otros puntos, enviaron grandes pedidos de Ulises. Y también lo hizo John Quinn, el del gran corazón, el irascible santo patrono de los modernos cuyo pedido venía acompañado por las más minuciosas instrucciones para mandarle sus ejemplares. Quinn, poseedor entonces de los manuscritos de Ulises y defensor de Miss Anderson y Miss Heap en el juicio de "Little Review", cobró un interés paternal por todo lo concerniente al libro. Yo recibía amonestaciones de Mr. Quinn increpándome por lo que él suponía mala administración de la empresa, hasta que un día bajó de un barco y entró en "Shakespeare and Company" para echar un vistazo a las premisas y a su tonta propietaria. Estábamos como él temía. La librería quedaba entonces en la empinada callejuela Dupuytren, en un precioso localito que había sido de una lavandera. Temo que los muebles de nuestra oficina no fueran comparables a los de algunos de nuestros colegas neoyorkinos en sus impresionantes rascacielos. Sin embargo, en su segunda visita nos encontró en un local algo mayor, a la vuelta de la esquina, en la rue de l'Odéon, a donde nos habíamos mudado para estar frente al negocio de la hermana de Adrienne Monnier. Mr. Quinn recalcó que se alegraba de que Ulises no apareciera en "esa choza".

La muchedumbre de "Little Review" me ahorró mucho franqueo al venir a París a suscribirse personalmente. La prohibición de la "Sociedad pro Supresión del Vicio" era más de los que ellos podían soportar después de la reducción de tantos de sus placeres, y entonces, con su Reina de las Abejas en el medio, se establecieron en enjambre en la orilla izquierda del Sena. Escritores y editores, artistas y músicos, lectores y bebedores de todos los Estados Unidos llenaban los cafés de Montparnasse, el St. Germain-de-Prés de aquellos días de pre-Sartre. La mayoría entraban y salían de "Shakespeare and Company".

Tuve algunos hábiles ayudantes para conseguir suscripciones, siendo el más activo, naturalmente, Ezra Pound, quien obtuvo hasta la de Yeats.

También estaba Robert MacAlmon, cuya vida social lo ponía en contacto con muchos probables suscriptores de Ulises. Por la mañana, antes de ir a su casa a acostarse, solía detenerse en la librería para traerme otro "precipitado montón" de suscripciones, que algunas veces ostentaban firmas bastante zigzagueantes.

Uno de mis clientes favoritos, Thornton Wilder, que estaba entonces en París, y John Dos Passos, que entraba y salía, como de costumbre, no necesitaban apremio para suscribirse a algo de Joyce. Respecto a un joven escritor que se llamaba a sí mismo "su mejor cliente", título justificado, ya que nadie podía negar que todos los días compraba algo en mi librería... bien, él hizo un buen pedido de Ulises, a juzgar por varias solicitudes de suscripciones firmadas por Ernest Hemingway.

Todos estos suscriptores eran gentes que podían pagar 150 francos por Ulises. No hacían más que cumplir con su deber, como dijera Adrienne. Pero qué decir de tantos artistas pobres de Montparnasse, que omitían gran número de comidas, manteniéndose con fondos microscópicos, y que sin embargo eran suscriptores de Ulises. A veces un grupo compartía un ejemplar. Un día tres artistas me trajeron una suscripción: cada uno iba a pagar el tercio del precio. Parecían bastante enfermizos, "all ganted up", como solía decir el cowboy amigo de Cyprian. Me explicaron que suprimían gastos permaneciendo en cama durante cosa de una semana, de vez en cuando, —así no tenían tanta hambre como al estar levantados y moviéndose. Tonterías de su parte, tal vez, pero como yo de joven estuve tal como ellos, comprendí qué sacrificios pueden hacerse por un libro.

Llegaron suscripciones de lugares tan lejanos como Sarawak, las Colonias del Estrecho de Malacca, China, Borneo, etc., y los chicos coleccionistas de estampillas curioseaban con envidia las que yo tenía en mi mesa.

Joyce, que había dicho: "No venderá ni un ejemplar de ese libro aburrido", vigilaba —tanto como se puede vigilar con un ojo tapado— el creciente flujo de suscriptores, y estaba inmensamente reconfortado ante su evidencia.

Le dije un día que iba a mandar una circular a Bernard Shaw. Me parecía, después de lo que Desmond Fitzgerald me había dicho de su benevolencia, que todo lo que tenía que hacer era ponerlo al tanto de Ulises. Joyce estaba seguro de que rehusaría, y me propuso una apuesta: un pañuelo verde de seda contra una caja de Voltigeurs, sus cigarros favoritos. Yo estaba decidida a apostar cualquier cosa y a enviar la circular.

Recibí una carta que Mr. Shaw gentilmente me autoriza transcribir. Dice así:

10 Adelphi Terrace

London W. C. 2.

June 1 lth. 1921.

Estimada señora:

 

Estimada señora:

He leído varios fragmentos de Ulises en serie. Es un asqueroso testimonio de un repugnante aspecto de la civilización; pero es verídico; me gustaría poner un cordón alrededor de Dublin, encerrar en él a toda persona del sexo entre los 15 y los 30 años, obligarla a leerlo y preguntarle si alcanza a ver algo interesante en toda esa irrisión y esa obscenidad mal hablada y mal pensada. Es posible que a usted le parezca arte. Usted es probablemente (ya ve que no la conozco) una joven bárbara, embelesada por las excitaciones y los entusiasmos que el arte desata en sujetos apasionados. Pero para mí es odiosamente real: he andado por esas calles y conozco esas tiendas, y he oído y tomado parte en esas conversaciones. Escapé de ellas a Inglaterra a los veinte años, y cuarenta después aprendo en los libros del señor Joyce que Dublin es aún lo que era: que los jóvenes siguen bobeando, y cometiendo, a mandíbula floja, las mismas picardías de 1870. Sin embargo, consuela un poco encontrar al fin a alguien que lo ha sentido tan profundamente como para encarar el horror de fijarlo por escrito, usando su genio literario en obligar a la gente a que lo afronte también. En Irlanda tratan de que un gato sea limpio frotándole el hocico en su propia mugre. El señor Joyce ha ensayado el mismo tratamiento con el sujeto humano. Espero que dé resultado.

Puedo advertir otras cualidades y otros pasajes en Ulises, pero no me inspiran ningún comentario especial.

Debo agregar, ya que el prospecto implica una invitación a la compra, que yo soy un maduro caballero irlandés, y si usted se imagina que un caballero irlandés —y mucho menos en la edad madura— pagaría 150 francos por un libro, es que usted conoce muy poco a mis compatriotas.

Fielmente,

(firmado) G. BERNARD SHAW

Miss Sylvia Beach.

8, Rue Dupuytren,

París (VI)

 

(Traducción de María Elena Walsh)

 


 

ROSA BLINDADA EDICIONES

Colección de poesía

 

Jorge Eliécer Ordóñez MuñozCUERPOS SOBRE CAMPOS DE TRIGO

 

En esta forma celular del cuerpo la polilla del instante pierde las alas y con los dientes carcome la madera; no consciente del acto de traición devora el cuerpo huésped. En la cadena alimenticia, en la corpofagia que practican los seres de los distintos reinos de la naturaleza, la celulosa de la madera nutre a la polilla para que migre a comején. Como en el verso: “apenas una mancha, un transitorio olvido/ un paramecio sin palabras” (Cuerpos soñados IV). Paramecio es el organismo microscópico unicelular de forma ovalada que habita en aguas dulces estancadas, con cilios (pelos como los tiene un pincel que deja ondas de pintura en el lienzo, en forma similar al trazo practicado por van Gogh y el postimpresionismo) que le permiten desplazarse y capturar las bacterias de que se alimenta.

Eleazar Plaza

 

Carlos Fajardo Fajardo. ÍNSULA DEL VIENTO

 

Y de nuevo la lámpara frotada con vehemencia y profunda pasión, y van llenando el recinto, el padre, los hermanos, las cosas cotidianas en la urdimbre del hogar. Como en un juego concéntrico, la ciudad contiene al barrio, el barrio a la casa, la casa a sus seres, sus seres a sus emociones, evocaciones y atmósferas. Lares y manes pueblan esta Ínsula del viento.

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

 
 

Hernando Guerra. RESTAURACIÓN DEL FUEGO

 

La poesía de Hernando Guerra, sea en verso libre o en prosa poética, pero siempre con un notable ritmo, mantiene una sorprendente unidad de forma, pese a las variaciones del tiempo. Es evidente su predilección por la brevedad, que no parece caprichosa sino que obedece a una concepción propia de la poesía y la palabra, como si el acto creador fuera una trasgresión necesaria que debe ser minimizada. En esta tradición, los silencios y el vocabulario testimonian que el poeta no pretende sorprender por la ampulosidad del lenguaje. La grandeza del poeta se encuentra en la fidelidad a una única poesía. Ninguna de sus poesías, ni siquiera la totalidad de ellas, lo dice todo. Y sin embargo, cada poema habla desde la plenitud de una poesía única a la que constantemente regresa.

Guillermo Eduardo Pilía

 


Edgar Ruales OrtizLA PALABRA QUE NOMBRA

 

La poética de Edgar Ruales es una mirada que hace luz y un silencio de espejos –para recurrir a sus mismas fuentes– y alcanza, creo yo, mayor eficacia cuando se aleja del repentismo, tan cercano al gracejo de la oralidad, y se refugia en la imagen, sobria, silenciosa de afectos y efectos especulares: “la piola del viento la sostiene” (Cometa de agosto), “el agua de un árbol es un ruido que suena lejos” (El fruto más grande), “Buceo en otros sentidos tratando de encontrarte” (Tú tienes el poder).

Mirada/luz, silencio/espejos: dos vertientes en esta antología, la primera directa, festiva, irónica, con toda la carga agridulce que conlleva; son poemas directos, contundentes, escasos de metaforización, alusivos a la cotidianidad coloquial.  La segunda, sinestésica, bordeando la imagen del silencio -que es palabra medida-, cruzada con el sentido visual, se levanta como un  árbol al pie de la fuente para  llenarse de agua y de sombra: su fruto mayor, La Poesía.

Y la Poesía, con mayúscula en estos tiempos minúsculos cuando los valores de cambio se imponen sobre los valores de uso, arroja su sombra , es decir su impronta sobre los lectores -cómplice, quienes nos conmovemos frente a la cometa de agosto que debió esperar hasta diciembre, o bajo el árbol que, estremecido por la voz del poeta, nos regala sus mejores frutos. Este juglar contemporáneo que pastorea árboles de montaña y palabras migratorias, con la misma pasión con que produce humus e inventa llanuras entre agrestes declives, nos ofrece ahora una selección de sus poemas. Qué grato, bajo la sombra de su "Samanía Aperta"  acercarnos a sus sílabas, piedras prehistóricas y angulares en el gran río de la Poesía.

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

 


Antonio ZibaraLAS FORMAS PREVALECEN

La poesía de Antonio Zibara nos recuerda el calidoscopio de la infancia, a cada vaivén entre las manos, las figuras adentro se acomodaban de forma diferente; todas las lecturas eran posibles, todas ciertas en la sincronía, todas potenciales en la diacronía.

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

 


Álvaro Neil Franco ZambranoTEMBLOR DE ISLA

Temblor de Isla, yegua primitiva, imágenes que solo el fuego irracional del deseo, como punta de lanza, de esa llama triple (amor, sexualidad, erotismo) dispara el acontista. No otra cosa es el guerrero del amor: un delirante que en las tardes sale a dispararle dardos a las nubes, a inventariar crepúsculos, a solazarse, como un Narciso irredento en el espejo líquido de su creación corpórea, pero ante todo, verbal.

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

 

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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