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Sylvia Beach

LOS SUSCRIPTORES DE "ULISES”

 

Hacia fines de 1920 se enviaron prospectos por todo el mundo a quienes se suponía joycistas, anunciando que Ulises sería publicado completo por "Shakespeare and Company", París, en el otoño de 1921. Estos prospectos eran muy atrayentes, con un pequeño perfil del Joyce flaco y barbado de los días de Zurich, fácilmente recortable para sus admiradores. Se anticiparon algunas noticias de prensa, y una descripción de la futura edición, que se limitaría a mil ejemplares: 100 en papel holandés, firmados; 150 en vergé d'Arches, y 750 ejemplares corrientes. Precio: 250 por los de vergé d'Arches, 150 por los comunes y 350 francos por los ejemplares de lujo firmados. Era caro, no hay duda, al menos así le pareció a Bernard Shaw. No supe de otras quejas, sin embargo, y teniendo en cuenta los siete años que Joyce había empleado en escribir el libro, y la pérdida de su vista, no me parecía tan caro.

Siguiendo con los prospectos, y de paso, fue Adrienne Monnier quien los diseñó, porque yo era enteramente inexperta en esa materia. El reverso tenía una fórmula en blanco que había que llenar, firmar, recortar y devolver a "Shakespeare and Company". Después había que esperar un buen rato.

Harriet Weaver me había dado una lista completa de los lectores de su "Egoist", joycistas desde que en 1914 apareciera en esa revista el Retrato de un artista, en serie. Estas personas fueron, por supuesto, las primeras en recibir nuestra "invitación a suscribirse" a Ulises, y muchas de ellas se suscribieron a vuelta de correo.

¡Qué cosa tan animada era ese "Egoist", con sus editoras Dora Marsdony Harriet Weaver (ésta era todo lo contrario del título), y sus co-editores Richard Aldington, H.D. y T.S. Eliot, con el revolucionario Ezra Pound perturbando a los adormilados georgianos!

Creo que fue Pound quien descubrió al escritor irlandés James Joyce, exilado allá en Trieste... ¿y qué fue el descubrimiento de Moscovia, por Hackluyt, comparado con ése? El Retrato de un artista había sido toda una conmoción para los "Egoístas". El mismo H. G. Wells lo había encontrado muy interesante: y Miss Weaver tenía toda la intención de publicar Ulises, la nueva novela de Joyce. Cuando hubo objeciones en el sentido de que no era material apropiado para una revista, decidió liquidar "Egoist", ya que en adelante no tendría sentido si no podía colaborar Joyce en ella. En su lugar, abrió la editorial "Egoist", y anunció la publicación de Ulises en forma de libro.

No dispongo de espacio para exponer aquí las razones por las cuales los planes de Miss Weaver se frustraron, ya que esto trata sólo de mis suscriptores, y de "cómo aumentaron" —empezando por los "Egoístas".

Había bastantes suscriptores franceses. Además de su curiosidad por ver lo que Valery Larbaud describía como la "reaparición sensacional y triunfante de Irlanda en las Letras Europeas", nuestros amigos franceses contaban con Ulises para fomentar sus estudios ingleses.

Valery Larbaud, uno de los más admirados escritores franceses, sabía varios idiomas tan bien corno el propio; hablaba español sin ningún acento, y también italiano; respecto a su inglés, basta releer un número atrasado del "Suplemento literario del Times" para ver que era capaz de discutir con eminentes shakespearianos el uso de la palabra motley en Shakespeare. Pero lo que más interesaba a Larbaud era la nueva literatura de todas partes, que seguía atentamente.

"Shakespeare and Company", una improvisación norteamericana, tenía el honor de ser ahijada de Valery Larbaud. Él me trajo una pequeña "Casa de Shakespeare" de porcelana, que conservaba desde niño; también unos soldados de juguete para custodiarla, un séquito de hombrecitos de West Point, y varios ofíciales del Estado Mayor del General Washington, montados en finos caballos blancos o alazanes. Larbaud había mandado hacer estos soldaditos, poniendo él mismo el exacto número de botones, etc., de acuerdo con los documentos que poseía. Insistía en la exactitud de los botones. Lo militar no me interesaba mucho, pero estas criaturitas eran tan encantadoras que me enamoré de ellas y me gustaba visitarlas todo el tiempo en el estuche de vidrio que ocupaban, junto con la "Casa de Shakespeare", en la puerta de entrada.

Larbaud y yo teníamos el mismo gusto en materia de libros, y un día le dije que estaba en París un escritor irlandés que yo suponía le iba a interesar. Así, Larbaud se fue con el Retrato de un artista bajo el brazo. Pocos días después volvió diciendo que lo había hallado tremendamente interesante, y que le gustarla conocer al autor.

Acordé la entrevista, que tuvo lugar en mi librería, en vísperas de Navidad, 1920. Se hicieron amigos inmediatamente. ¿Quién —me pregunto— pudo haberse resistido, tanto a Larbaud como a Joyce? Supe que la amistad de Larbaud fue una de las mayores suertes que le cupo a Joyce. Así comenzó una relación que creo fue única entre escritores, ya que a menudo suelen ser más bien intolerantes unos con otros.

Larbaud y Adrienne Monnier se unieron, entonces, para trazar los planes de una conquista de Francia por Joyce. Larbaud decidió presentar a Joyce en una causerie en la librería de Adrienne, "La Maison des Amis des Livres", y traducir algunos extractos del Ulises para ilustrar su charla.

La lectura tuvo lugar en enero de 1921. El producto de las entradas estaba destinado a Joyce, que en aquel momento soportaba una de sus crisis financieras. El público era en su mayoría francés, estando América representada por Margaret Anderson, Jane Heap, Djuna Barnes, Robert McAlmon, y uno o dos amigos más pertenecientes a "Little Review".

La conferencia de Larbaud fue muy aplaudida; los párrafos de Ulises que habla traducido causaron gran impresión. Jimmy Light, un actor de "Little Review", recitó un pasaje de "Sirens". (Me parece oírlo ahora, repasando en mi trastienda "Bald Pater toas a waiter — hard of hearing...") Jimmy también fue muy aplaudido. Joyce estaba escondido tímidamente tras un biombo en el cuarto trasero; Larbaud lo arrastró afuera y lo besó en ambas mejillas mientras el público vitoreaba y vitoreaba. Tales demostraciones eran raras en los franceses, sobre todo los del sector de Adrienne Monnier, que juzgaban siempre muy prudentemente las obras de esta índole.

André Gide, por supuesto, se apresuró a suscribirse en cuanto se enteró de las tribulaciones de su autor. Eso era típico de Gide. Era siempre el primero en sacar cabeza entre los franceses.

Mientras tanto, las suscripciones de mi país aumentaban, aunque no sé cómo creían estos suscriptores americanos que iba yo a introducir sus ejemplares en el país. No se me ocurrió que podrían surgir dificultades en el puerto de New York, tal vez porque estaba tan atareada con los problemas de la publicación que no tenía tiempo de pensar en el futuro.

Pequeñas librerías —hay pequeñas librerías en todas partes— de Chicago, New York y otros puntos, enviaron grandes pedidos de Ulises. Y también lo hizo John Quinn, el del gran corazón, el irascible santo patrono de los modernos cuyo pedido venía acompañado por las más minuciosas instrucciones para mandarle sus ejemplares. Quinn, poseedor entonces de los manuscritos de Ulises y defensor de Miss Anderson y Miss Heap en el juicio de "Little Review", cobró un interés paternal por todo lo concerniente al libro. Yo recibía amonestaciones de Mr. Quinn increpándome por lo que él suponía mala administración de la empresa, hasta que un día bajó de un barco y entró en "Shakespeare and Company" para echar un vistazo a las premisas y a su tonta propietaria. Estábamos como él temía. La librería quedaba entonces en la empinada callejuela Dupuytren, en un precioso localito que había sido de una lavandera. Temo que los muebles de nuestra oficina no fueran comparables a los de algunos de nuestros colegas neoyorkinos en sus impresionantes rascacielos. Sin embargo, en su segunda visita nos encontró en un local algo mayor, a la vuelta de la esquina, en la rue de l'Odéon, a donde nos habíamos mudado para estar frente al negocio de la hermana de Adrienne Monnier. Mr. Quinn recalcó que se alegraba de que Ulises no apareciera en "esa choza".

La muchedumbre de "Little Review" me ahorró mucho franqueo al venir a París a suscribirse personalmente. La prohibición de la "Sociedad pro Supresión del Vicio" era más de los que ellos podían soportar después de la reducción de tantos de sus placeres, y entonces, con su Reina de las Abejas en el medio, se establecieron en enjambre en la orilla izquierda del Sena. Escritores y editores, artistas y músicos, lectores y bebedores de todos los Estados Unidos llenaban los cafés de Montparnasse, el St. Germain-de-Prés de aquellos días de pre-Sartre. La mayoría entraban y salían de "Shakespeare and Company".

Tuve algunos hábiles ayudantes para conseguir suscripciones, siendo el más activo, naturalmente, Ezra Pound, quien obtuvo hasta la de Yeats.

También estaba Robert MacAlmon, cuya vida social lo ponía en contacto con muchos probables suscriptores de Ulises. Por la mañana, antes de ir a su casa a acostarse, solía detenerse en la librería para traerme otro "precipitado montón" de suscripciones, que algunas veces ostentaban firmas bastante zigzagueantes.

Uno de mis clientes favoritos, Thornton Wilder, que estaba entonces en París, y John Dos Passos, que entraba y salía, como de costumbre, no necesitaban apremio para suscribirse a algo de Joyce. Respecto a un joven escritor que se llamaba a sí mismo "su mejor cliente", título justificado, ya que nadie podía negar que todos los días compraba algo en mi librería... bien, él hizo un buen pedido de Ulises, a juzgar por varias solicitudes de suscripciones firmadas por Ernest Hemingway.

Todos estos suscriptores eran gentes que podían pagar 150 francos por Ulises. No hacían más que cumplir con su deber, como dijera Adrienne. Pero qué decir de tantos artistas pobres de Montparnasse, que omitían gran número de comidas, manteniéndose con fondos microscópicos, y que sin embargo eran suscriptores de Ulises. A veces un grupo compartía un ejemplar. Un día tres artistas me trajeron una suscripción: cada uno iba a pagar el tercio del precio. Parecían bastante enfermizos, "all ganted up", como solía decir el cowboy amigo de Cyprian. Me explicaron que suprimían gastos permaneciendo en cama durante cosa de una semana, de vez en cuando, —así no tenían tanta hambre como al estar levantados y moviéndose. Tonterías de su parte, tal vez, pero como yo de joven estuve tal como ellos, comprendí qué sacrificios pueden hacerse por un libro.

Llegaron suscripciones de lugares tan lejanos como Sarawak, las Colonias del Estrecho de Malacca, China, Borneo, etc., y los chicos coleccionistas de estampillas curioseaban con envidia las que yo tenía en mi mesa.

Joyce, que había dicho: "No venderá ni un ejemplar de ese libro aburrido", vigilaba —tanto como se puede vigilar con un ojo tapado— el creciente flujo de suscriptores, y estaba inmensamente reconfortado ante su evidencia.

Le dije un día que iba a mandar una circular a Bernard Shaw. Me parecía, después de lo que Desmond Fitzgerald me había dicho de su benevolencia, que todo lo que tenía que hacer era ponerlo al tanto de Ulises. Joyce estaba seguro de que rehusaría, y me propuso una apuesta: un pañuelo verde de seda contra una caja de Voltigeurs, sus cigarros favoritos. Yo estaba decidida a apostar cualquier cosa y a enviar la circular.

Recibí una carta que Mr. Shaw gentilmente me autoriza transcribir. Dice así:

10 Adelphi Terrace

London W. C. 2.

June 1 lth. 1921.

Estimada señora:

 

Estimada señora:

He leído varios fragmentos de Ulises en serie. Es un asqueroso testimonio de un repugnante aspecto de la civilización; pero es verídico; me gustaría poner un cordón alrededor de Dublin, encerrar en él a toda persona del sexo entre los 15 y los 30 años, obligarla a leerlo y preguntarle si alcanza a ver algo interesante en toda esa irrisión y esa obscenidad mal hablada y mal pensada. Es posible que a usted le parezca arte. Usted es probablemente (ya ve que no la conozco) una joven bárbara, embelesada por las excitaciones y los entusiasmos que el arte desata en sujetos apasionados. Pero para mí es odiosamente real: he andado por esas calles y conozco esas tiendas, y he oído y tomado parte en esas conversaciones. Escapé de ellas a Inglaterra a los veinte años, y cuarenta después aprendo en los libros del señor Joyce que Dublin es aún lo que era: que los jóvenes siguen bobeando, y cometiendo, a mandíbula floja, las mismas picardías de 1870. Sin embargo, consuela un poco encontrar al fin a alguien que lo ha sentido tan profundamente como para encarar el horror de fijarlo por escrito, usando su genio literario en obligar a la gente a que lo afronte también. En Irlanda tratan de que un gato sea limpio frotándole el hocico en su propia mugre. El señor Joyce ha ensayado el mismo tratamiento con el sujeto humano. Espero que dé resultado.

Puedo advertir otras cualidades y otros pasajes en Ulises, pero no me inspiran ningún comentario especial.

Debo agregar, ya que el prospecto implica una invitación a la compra, que yo soy un maduro caballero irlandés, y si usted se imagina que un caballero irlandés —y mucho menos en la edad madura— pagaría 150 francos por un libro, es que usted conoce muy poco a mis compatriotas.

Fielmente,

(firmado) G. BERNARD SHAW

Miss Sylvia Beach.

8, Rue Dupuytren,

París (VI)

 

(Traducción de María Elena Walsh)

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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