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LUNA NUEVA, 30 Años

 

Tenemos en el nochero Luna Nueva 42, octubre 2016, la longeva revista dirigida por Omar Ortiz. Más metidos en el mundo virtual, hacía tiempo que no tocábamos el papel de esta publicación periódica radicada en Tuluá.

Leer el contenido de este número, compuesto por hondos ensayos de Fernando Cruz Kronfly, Álvaro Marín y Claudio Archubi, poemas selectos provenientes de Argentina, Perú y Colombia, poemas de una generación de relevo y esenciales reseñas de libros, es como tomar un aperitivo que despierta el deseo de devorar la biblioteca completa.

Luna Nueva 42 es apenas la entrada, no el plato fuerte de posteriores lecturas.

Como bien dijeron los presentadores del lanzamiento en la biblioteca del Centenario (ver link al final), pocas revistas duran lo que ha durado Luna Nueva, 30 años de trabajo creativo continuo y un ejemplo de tenacidad. Se percibe el ambiente armónico y placentero que rodeó la armada de esta revista y un sentido de responsabilidad en la escogencia de los textos y las fotografías de Cristian Millán.

A propósito de la queja que suele escucharse en el país literario, más ahora con la reproducción viral de internet, de que este o aquel grupo forman una rosca de influencias, diremos en tono aclaratorio que un grupo como Luna Nueva es un grupo de trabajo, un colectivo fundado y fortalecido en los afectos. Si uno está metido en la actividad artística puede sentirlo y expresarlo, de otro modo, si uno mira el trabajo de espaldas seguramente caerá en el pantano de los prejuicios.

Algunos trabajos de Luna Nueva 42 revelan el profesionalismo de sus autores, otros el talento. Para terminar, solamente queremos saludar la presencia de la poeta Clara Schoenborn y destacar el soberbio ensayo de Fernando Cruz Kronfly sobre la novela de Moreno-Durán. Consideramos que Moreno-Durán pudo ser un gran crítico de haber descubiertosu propias categorías, no limitándose al análisis y la interpretación lúcida. Moreno-Durán no fue un buen novelista (como tampoco lo fue Óscar Collazos) y el texto de Cruz Kronfly obedece más a la amistad que mantuvo con el autor de Mambrú. Y justamente se trata de eso, de brindar el apoyo incondicional al amigo, para bien o para mal, cerrando los ojos a las imperfecciones del escritor.

http://luna-nueva-revista-poesia.blogspot.com.co/2016/10/luna-nueva-no-42-octubre-2016-revista_64.html

 


Carlos Fajardo Fajardo

EL GRUPO LA RUEDA DE POPAYÁN:

UN TESTIMONIO GENERACIONAL

A los viejos amigos del grupo literario

y beodo La Rueda en Popayán, y

a los que giraban con amor y desesperanza

a sus alrededores.

 

Me es grato conversar hoy con Ustedes sobre un grupo de amigos con los cuales, entre 1979 y 1985, aproximadamente, construimos un sueño, una posibilidad de sacudir, al menos utópicamente, alguno que otro cimiento del edificio cultural nacional y de Popayán. Creo que es demasiada responsabilidad la de sintetizar en unas cuantas páginas todo ese manantial de vivencias, de discusiones y concepciones de mundo, pues se corre el riesgo de que el olvido establezca su reino y excluya, sin desearlo, algún importante dato, algún esencial ideario de este legendario grupo. Han pasado 34 años desde que en 1979 fundamos La Rueda.

La Popayán de entonces bostezaba a las seis y media de la tarde cuando nosotros apenas nos aprestábamos a desafiar el silencio de los claustros. Sus serenas calles, las mismas que al decir del poeta Giovanni Quessep, están inclinadas hacia el cielo, nos sometían también a una cierta reverencia poética, a un respeto por la hermosura de las casas que como fantasmas salían a nuestro paso. Ciudad universitaria, tenía en fin sus templos, sus bares, su café y sus poetas, unos oficiales, otros, tomándose con furor y gritos los andenes y sus calles. Eran los tiempos antes del terremoto de 1983. Popayán nos acogía bajo sus aleros y su Parque Caldas, donde el mundo para muchos iniciaba o concluía. La Universidad del Cauca fue nuestra fuerza centrífuga y centrípeta. De ella surgimos casi todos y de ella partimos. En los hermosos corredores de la Facultad de Humanidades  y de Derecho, se cuajaban y se pensaban los poemas, las consignas políticas, los contestatarios mítines estudiantiles.

Fue en 1979, cuando en esos corredores Jaime Cárdenas, Juan Carlos López, Germán Mendoza Diago y Carlos Fajardo Fajardo planeamos publicar un pequeño libro de poemas al que titulamos Voces Intermitentes, el cual creo, fue una de las semillas más importantes para la fundación de La Rueda, junto a las propuestas que una tarde nos hiciera en la Facultad de Humanidades el estudiante de filosofía Lucho Calderón, posteriormente asesinado. Ayudó a madurar esta propuesta el entusiasmo de Cristóbal Gnecco y el de Mario Delgado, con quienes emprendimos dicha aventura. Al principio fundamos La Rueda como taller artístico y literario y con esa modalidad iniciamos reuniones los sábados en la tarde, si la memoria no me falla, en la sede del Instituto Cultural de Popayán, ubicado en la calle 3ª Nº 6-52.

Desde la primera sesión del taller se fueron sumando otras voces las cuales harían parte del primer número de la revista: el Negro Rubén Darío Guerrero vigoroso poeta de Puerto Tejada, el Místico Carlos Navarro, la Bella Hilda Restrepo, como también Luz Marina Cuesta, estudiante de Literatura. A partir del segundo número de la Revista nuevos compañeros de ruta se fueron incorporando: el hoy médico Oscar Sakanamboy, de “pies y manos” anclado en esta tierra en sus días difíciles; Oscar Garcés Arias, alias Ho Chi Minh, con sus treinta poemas a la lucha sin cuartel, Ricardo León Paz, para todos Tololón, quien se debatía entre la revolución proletaria total y un placer musical con efusivos y extraños alcoholes. Otras y otros fueron también agigantando al grupo: Luisa Fernanda Vallejo, Orlando Ávila, silencioso poeta que administraba la heladería y cafetería Lucerna, en la esquina del Parque Caldas, al cual, gracias a su generosidad, le debo que más de una vez no muriera de inanición en aquellos días. Rafael Albán, el más veterano de todos, llegó un sábado recién desempacado de Medellín con su mordaz oratoria estremeciendo y asustando las coloniales calles. Mientras tanto se integraba la Mona Vicky Ospina, seduciéndonos con su hermosa ebullición, Gonzalo Buenahora historiador y profesor de la Universidad del Cauca, con el que emprendimos nuevos, refrescantes y sorprendentes viajes poético-etílicos.

Ya en el editorial del primer número de la Revista, se decía que éramos 14 integrantes. Creo que hacia 1981 llegaríamos a los 25 miembros. De pronto hizo su aparición el hoy antropólogo Juan Cajas y un simpatizante de La Rueda: el explosivo y entusiasta Hernán Bonilla, junto a René Lindo, Edgardo Maya, la exuberante y bella Elizabeth “Lola” Hurtado, Diego Mellizo, el Tolimense Oscar Hernández, el estudiante de medicina Felipe “Pipe” Solarte, Cristina Simmons, María Fernanda Perafán, Alejandra González, para nombrar solo algunos, mientras otros giraban como amigos de esta embriaguez a nuestros alrededores.

En la biblioteca de la Universidad del Cauca, también nos refugiamos. Allí nos dio un gran respaldo su director, el cálido amigo, gran lector y conversador José María Serrano. Cuántos días y cuántas noches pasamos escuchando sus comentarios sobre autores, novelas, poemas con una lucidez irónica, burlesca y mordaz. Bajo sus vivaces palabras y su erudita visión muy pocos quedaban a salvo, Fue mi confidente y cómplice de los primeros poemas que publiqué. La biblioteca para todos nosotros fue trinchera de ideas, una luz en medio del túnel generacional.

Con algunos profesores de Universidad del Cauca también elaboramos discursos anti-oficiales, anti-establecimiento. Recuerdo con afecto y amistad al pintor caleño Walter Tello, quien hacia 1978, en su mochila de viento nos trajo los poemas de Tomás Quintero y otras buenas yerbas para animar nuestra alegría. Walter ilustro la primera revista del grupo con unas imágenes irreverentes, llenas de humor sarcástico ante la Colombia del Sagrado Corazón de Jesús. Fue por supuesto expulsado de la Universidad dejando entre nosotros su talento, el cual mantiene intacto en su contundente y rigurosa obra.

Eran los finales del setenta y nuestro país sangraba en las ciudades debido a la guerra entre el ejército y una guerrilla urbana que comenzaba a gestarse como algo nuevo en nuestra historia. El M19, movimiento nacionalista de izquierda, surgía en Colombia; el Estatuto de Seguridad, que el Presidente Julio César Turbay Ayala había decretado amparado en el eterno Estado de Sitio en contra de las libertades y de aquel deseo de hacer un nuevo país dentro del país, se instauraba en 1978. Padecíamos la guerra en las ciudades, la sangre corriendo por las calles, las gentes apresuradas ante el disparo. Nuestros barrios sentían el gravamen de una nación en guerra oculta. Sin embargo, tuvimos tiempo de bailar y de cantar nuestras canciones sobre las cenizas de un país desnacionalizado que se nos mostraba oscuro y extraño a los ojos.

El Grupo La Rueda fue eso: una posibilidad para no perecer en el silencio. Las condiciones históricas estaban construidas para que surgiera en una Popayán impactada por discursos de izquierda y por estudiantes de diversas partes del país, con una profunda ambición de cambio. Las poéticas de las vanguardias del siglo XX fueron nuestra influencia; la era de los manifiestos nuestro más fuerte respaldo. Fuimos sin duda hijos de una época en crisis y de crítica. Desconsolados y desencantados ante un país hecho con ruinas históricas; enamorados efusivos de la buena literatura y de la gran poesía; seducidos por los filmes de autor que nos hechizaron en el cine club del Teatro Anarkos o del Teatro Popayán; bailando con las tumbadoras de la siempreviva salsa de los años 60 y 70; escuchando alos Beatles, el jazz y a Carlos Santana, cantando a Piero, a Charles Aznavour, a Joan Baez,  Mercedes Sosa, Violeta Parra, Soledad Bravo, a Víctor Jara, a la Nueva trova cubana de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, a la melancolía del viejo Atahualpa Yupanqui, a los Ana y Jaime colombianos y a Joan Manuel Serrat, soñábamos realizar la revolución poética y libertaria. Estábamos como generación con los cuerpos encendidos tratando de, si no cambiar la vida, al menos no dejarla pasar sin ningún estremecimiento. Con La Rueda algunas de nuestras rebeldías se vieron al menos realizadas en las tablas.

En los números uno, dos y tres de la Revista, los editoriales contienen un programa de intenciones y de pretensiones ideológico-poéticas de confrontación.  Escuchemos  su primer editorial:

Creemos que cada hombre debe ser una rueda, hoy y mañana. Con el avance del hombre somos solidarios, con su avance en medio de un tiempo de contradicciones, de vertiginosas transformaciones, de cambio íntimo, de nuevas maneras de expresión. Vivamos y apropiémonos de nuestra historia. En esta dinámica están nuestros propósitos.

En el número dos, ilustrada por el pintor caleño Luis Carlos Palacio, leemos: “Si el trabajo del escritor ha sido siempre un juego peligroso, la osadía de editar una revista literaria se convierte casi en una trágica aventura”. Y en el número tres, con las bellas ilustraciones del pintor caucano Augusto Rivera, se consignan con cierto aire de nihilismo combativo las siguientes líneas:

“No somos/ los libertadores del mundo/ encaramados en caballos galopantes, / no tenemos toda la verdad/ encerrada en nuestras voces, / no somos los únicos/ que podemos usar el verbo y la palabra, / no encontramos muchas veces/ la esencia de las cosas porque se nos queda algo en ellas…/no somos los mejores/ ni más queridos ejemplares de la especie/y no permitimos que nos juzguen/ quienes no nos oyen…”

Las dificultades para la financiación de la revista eran permanentes. Pero, pienso que más que un grupo preocupado en publicar una revista, La Rueda se constituyó en un proceso de aprendizaje y eso es ya suficiente para justificar su creación y su acción en esta ciudad. Como grupo y como individualidades, La Rueda fue un espacio para nuestra educación sentimental poética, política y generacional. Através de este grupo emprendimos con furor lecturas hasta la madrugada, embriagados de luna y de otros paraísos artificiales; nos abrazamos a las utopíasposibles-imposibles, nos desgarramos. Como revista de provincia, desconocida por la aristocracia poética del centralismo bogotano, sirvió, sin embargo, para afianzar algunas voces, dar autoestima poética a unos cuantos pichones de escritores que en el transcurso de los años impondrían una  obra, cifrarían una vida. Entre el Café Alcázar y los corredores de la Universidad; entre el Parque Caldas y las Residencias Universitarias Tuto González y 4 de Marzo; entre la música de Agustín en El Sotareño, el vino loco, el guarapo y el aguardiente caucano; entre las empanadas y los tamalitos de pipián y los mítines universitarios; entre los bares del Barrio Bolívar y algunos prostíbulos, hicimos nuestra bohemia vanguardista payanesa. Era nuestra bohemia contestaría provincial, pero protesta y propuesta poética al fin y al cabo. Bohemia, poesía, rebeldía y revolución, fueron los componentes de la bomba molotov de aquella época. De allí partimos y de allí se alimentó nuestra sangre. Atravesados e influenciados por las ideologías contestarías de la razón crítica moderna y por las estéticas de la protesta del XIX y del XX, nosotros, que paseábamos bajo los apacibles aleros de esta blanca ciudad, quisimos reivindicar dichos discursos, volverlos presencia, realidad viviente. A eso nos dedicamos. Por ello, creamos un grupo y lo llamamos La Rueda, como metáfora de viaje, de camino, de cambio, movimiento y avance, de pensamiento rebelde y nómada. No hay otra imagen que represente más clara nuestra teleología utópica: el ir hacia un “todavía no” hacia un instante hecho fenomenología de la esperanza, símbolo de aplastamiento de lo tradicional, sueño de sueños, residencias de la resistencia.

Críticos y combativos, a veces iconoclastas de provincia, a veces furibundos creyentes en la revolución, nietzscheanos, freudianos, marxistas, foucaultianos, anti-siquiatras, anarquistas de parque, hijos del romanticismo libertario latinoamericano, agresivos, trúhanes, malandrines de aula universitaria, compulsivos prestamistas de dinero, malas pagas, tiernos para el amor y locos de pasión por la poesía, todo eso y  más éramos al rayar el alba de los años ochenta.

Por eso nos hicimos amigos de los marginales y de los locos. “Chancaca” era uno de nuestros contertulios con el que, bajo el Puente del Humilladero, nos embriagábamos con su flauta mágica caucana. También el loco Castrillón, repentista genial, nos hechizaba con su poesía a flor de labio.

En 1979 el Periódico El Liberal nos abrió sus puertas, y gracias al Mono Germán Mendoza Diago, quien dirigió la Página Literaria de dicho periódico, pudimos publicar cada domingo poemas, reseñas de cine, de teatro, de novelas, pequeños ensayos críticos de arte y polémicas sobre la cultura. Permítanme decirles que fue en ese diario donde el domingo 28 de octubre de 1979 se me publicó por primera vez un poema.

A la vez hicimos presencia en la emisora “La Voz de Belalcázar”, con el programa Bitácora Cultural, dirigido por Jaime Cárdenas y Juan Carlos López. Allí leíamos a  escritores y poetas admirados por el grupo. Lo grabábamos los viernes en la noche y salía al aire los sábados a las 9 de la mañana. Cada viernes, después de la grabación, era un pretexto para la embriaguez en todas sus dimensiones.

Recuerdo que una mañana de 1980 realizamos el que creo fue el primer y único mitin poético que se haya visto en Popayán. Bajo los gritos de ¡Viva Arthur Rimbaud! ¡Viva Paul Verlaine y Charles Baudelaire!,  ¡Arriba Henry Miller!; “amaos los unos sobre los otros”, “La imaginación al poder”, “prohibido prohibir” y otras consignas tomadas en préstamo del mítico mayo del 68 francés, caminamos varias calles y entramos a los corredores de la Facultad de Humanidades, donde con guitarra en mano, lectura de poemas y explosivos panegíricos, dejamos clara nuestra posición apasionada de la vida y nuestra pulsión contestataria poética, a la vez que exigimos el reintegro de nuestro amigo pintor Walter Tello. Aquel día el rector de la Universidad dio la orden de que expulsaran a Rafael Albán, el cual, por supuesto, no era, ni en sus pesadillas lo deseaba ser, estudiante de la misma. Eso éramos, en eso andábamos.     

En 1982 por controversias internas vino un cisma, una escisión dentro de La Rueda. Desde entonces ya no se conservó como taller literario sino como revista, lo cual salvó, es bueno decirlo, la proyección del grupo, su permanencia. El número 5, con ilustraciones de Renzo Fajardo, como los números 6 y 7 de la revista salieron gracias a la labor de Cristóbal Gnecco, Germán Mendoza, Oscar Hernández y Gonzalo Buenahora. En dichos números se abrió la revista a voces nacionales con el fin de superar su endogamia. El poeta de Cartagena Gustavo Tatis, el Guapireño Alfredo Vanín, el cuentista Jaime Echeverri, la poeta caleña Orietta Lozano, Gustavo Cobo Borda, llegaron a sus páginas. Como grupo se tenía consciencia de la necesidad de apertura y encuentro con otras revistas y escritores del país. De inicio se estableció contacto con la revista Puesto de Combate de Milcíades Arévalo, con Guillermo Martínez González y Juan Manuel Roca;  con escritores de Cali (como Farías, Julián Malatesta, Aníbal Arias, Phanor Terán) poetas de Medellín, Cartagena, Pasto y otras ciudades.

Tres libros de poemas lograron publicarse en La Rueda. En 1981 Origen de Silencios de mi autoríay Días Difíciles de Oscar Sakanamboy; en 1982 Asesinato y otros poemas de Rubén Darío Guerrero.

El caso de Rubén Darío Guerrero (1954), poeta de Puerto Tejada, Cauca –al cual deseo reivindicar- es curioso, pues bebió de las fuentes de la Generación del 27, especialmente de Miguel Hernández, como también de Neruda y algo de César Vallejo. Sin embargo, y eso es lo interesante, algunos poemas del libro registran una significativa relación entre los ritmos de la poesía afro-descendiente colombiana con la sensibilidad de la poesía moderna. El resultado de dicha fusión fueron unos poemas intensos, con una gran carga de oralidad rítmica y una fuerza escritural pomposa que van de la contención al desborde demasiado retórico. Varios de aquellos textos se volvieron emblemáticos para el grupo. Léase por ejemplo los poemas “Mama”, “Agua”, “Corteros”, “A unos ojos”, “No podemos”, “Camino primaveral”, “Los míos”,  entre otros. En ellos se rescata la tradición de la llamada por esos años poesía de la negritud, la cotidianidad rural dolorosa, denunciada por el poeta, las sagas familiares y colectivas bajo el yugo de su cruel historia en diálogo con una sensibilidad urbana y existencial. Poesía de confrontación, a galope entre la aldea y la gran ciudad.

Un verdadero y riguroso estudio –insisto- de la poesía que se escribió en la Popayán de finales de los setenta y principios de los ochenta, debería introducir el nombre de Rubén Darío Guerrero.

En 1981 el caleño Oscar Sakanamboy publicó Días difíciles, libro en el cual se observa una poesía muy dedicada a registrar lo local con tonos modernistas e influencias de la poesía cotidiana y coloquial. Ejemplo de ello es su poema “De pies y manos”, dedicado a Popayán. La sensación que deja su lectura es la de una poesía con algunos logros en la exploración de lo urbano (Poemas como “Días difíciles”, “También Yo”). En  este texto se intuye que Sakanamboy estaba en búsqueda de una voz, de una atmósfera propia. Después de esta ópera prima publicó en el  2011 su novela corta: Otoño en el café bar.

En mi caso, el libro Origen de Silencios (1981) fue el resultado de varios años de indagación poética y de trabajo con la palabra. No soy yo, por supuesto, el que deba hacer un análisis de la calidad o no de aquel libro. Pero sí puedo asegurar que los poemas publicados en él facilitaron, tanto en el plano colectivo como en el personal, comprender lo que era un trabajo serio, arriesgado, y a veces –es cierto- demasiado emocional, de la poesía. Viéndolo a distancia, es un libro desigual, como casi todo lo que en aquella época publicamos en el grupo, con unos buenos picos poéticos y con caídas que hoy por hoy me escandalizan. El libro fue edificándose a partir de la asimilación de los tonos de la poesía moderna vanguardista mundial y latinoamericana. En la biblioteca de la Universidad del Cauca, gracias a la colaboración de José María Serrano, leí, creo, casi toda la poesía en ella contenida. Ello me facilitó entender el hecho poético y estético, el compromiso con la palabra, la necesidad de una disciplina escritural y la difícil y compleja tarea de crear. Para mí, como para algunos amigos de La Rueda, el libro significó un logro, una conquista, la responsabilidad con una lectura rigurosa de la poesía y, por qué no, una enseñanza para el grupo y un aprendizaje personal.

Por fortuna, también en las revistas publicadas se vislumbran una que otra audacia poética y la conciencia del oficio, al lado –y es necesario reconocerlo- de textos que producen pena ajena. Debemos entender que por su naturaleza de taller literario se publicaba casi todo lo que sus miembros ofrecían. Los tres primeros números de la revista, como los tres libros de poemas aquí comentados, se publicaron muy artesanalmente, con una incipiente calidad de impresión y de diseño, una nula corrección de estilo y, por consiguiente, con errores de ortografía, de digitación y sintaxis. Todo ello, sospecho, fue resultado del sarampión poético juvenil, y de una muy escasa experiencia en estas gestas editoriales. En los cuatro restantes números de la revista, gracias al trabajo de Cristóbal Gnecco, Germán Mendoza, Juan Carlos López, Buenahora y Oscar Hernández, mejoraron las cosas.

Un verdadero balance de esta poesía debería indagar, con rigor, cuál fue el aporte literario del grupo, si dejó o no alguna obra poética notable, al menos con cierta aproximación al espíritu de la poesía moderna, latinoamericana y colombiana que se escribía en la época.

Junto a la embriaguez con el aguardiente del Cauca – aquella roñosa como cariñosamente le llamábamos a la botella- también estaba la embriaguez escritural de unos pocos que asumimos la elaboración del poema y de la poesía con una integridad ética y estética, actitud que justificaba nuestra existencia. Había de por sí la necesidad de instaurar, a través de la palabra, una presencia donde antes reinaba la ausencia, crear una obra con la cual soportáramos los buitres de la realidad. Ese fue nuestro Pathos y Ethos, nuestro desafío y apuesta mayor.

Con el grupo La Rueda levantamos las manos tratando de alcanzar alguna posibilidad en los naufragios, en las embriagantes noches que pasábamos libando poemas y canciones hasta los amaneceres bisiestos. Considero que aquellos encuentros de efervescencia etílica más bien fueron un pretexto para construir el diálogo, el intercambio de gustos musicales, fílmicos y de libros, discutir posiciones estéticas y políticas, leer nuestros poemas a medio hacer, compartir intimidades sobre separaciones, amores y desamores, a la vez que para cazar legítimas broncaspor ideas y compromisos, o una amistad a borbotones. Fue allí donde realizamos nuestro verdadero taller vital y literario.

Nuestras lecturas fluctuaban entre una literatura marxista, según las llamadas líneas correctas, casi todo Nietzsche, la literatura de los poetas malditos, la gran novela de la Generación Perdida Norteamericana, los poetas vanguardistas europeos, la poesía de George Tralk, todo Kafka, Alejandra Pizarnik, el Boom latinoamericano, Julio Cortázar, José Lezama Lima, T.S. Eliot,  Borges, Octavio Paz, la poesía norteamericana, Ernesto Cardenal, Enrique Molina… Vimos el gran cine cubano y latinoamericano, a Woody Allen, el cine de la Nueva Ola Francesa, a François Trufaut, Bergman, Passolinni, Herzog, el neorrealismo italiano…

Como casi todos  los poetas de las décadas del setenta y ochenta, ante la carencia de una sólida tradición literaria, recurrimos a poéticas extranjeras modernas para comprendernos y entender en qué dirección estaba la poesía nacional. Entre la tendencia iconoclasta nadaísta y una retórica tradicional, buscamos, inicialmente en los grandes poetas europeos y latinoamericanos, una guía para afirmar nuestras voces. Entonces, muchas veces,  la poesía se convertía en una alacena de técnicas y estilos extranjeros: poetas surreales, simbólicas, witmanianos. Kavafianos, expresionistas alemanes, imaginistas, hasta conceptualistas y concretos, desfilaban por las páginas de las antologías nacionales.

Lo cierto es que a los miembros de La Rueda, como a la gran mayoría de escritores después del nadaísmo, nos tocó padecer y gozar de una premodernidad vigente y usable, de una modernidad a medias, una modernización literaria yuxtapuesta y no asimilada, y de un futuro impredecible.

Ahora bien, al detenernos a pensar en el grupo, surge enormes interrogantes: ¿cuál fue en realidad el aporte de La Rueda? ¿Qué dejó para las nuevas generaciones de escritores? Como colectivo se alimentó de la contracultura, del ambiente contestatario de la época, con influencias del nadaísmo y de la llamada generación desencantada, de las políticas de izquierda, con ritos y teatralizaciones de una vanguardia contestataria. A la vez creo queayudó a consolidar en alguno de sus miembros, la actitud del creador e intelectual crítico, hacedor de metáforas que piensan y de una escritura de ideas, lo cual supera la actitud conformista de aquella escritura asumida como promesa de éxito y de prestigio rápido. Nos ayudó a esclarecer ese intenso diálogo entre la pasión poética y la razón crítica, tan importante al elaborar nuestras obras.

En la historia de Popayán quedará como un grupo universitario de confrontación, acorde al espíritu rebelde heredado de la década del sesenta. Ello ya es un aporte en la formación de imaginarios urbanos desde la Universidad del Cauca en la Popayán pre-terremoto (1983). Pero su aporte propiamente literario es más bien escaso, sólo observado en algunos logros de los poetas aquí comentados. Los que nos mantenemos en la fragua de la escritura poética –Jaime Cárdenas, de vez en vez el Mono Germán Mendoza, Oscar Sakanamboy, Mario Delgado, algo Cristóbal Gnecco, Felipe Solarte, quien en el 2011 publicó su libro Relatos en busca de título, y el que esto escribe –o de pronto, y no lo sabemos, alguien que esté quizás trabajando en silencio - seguimos tratando de lograr “la Obra”, palabra muy significativa para nosotros desde aquellos años; seguimos escribiendo para no morir, permaneciendo con terquedad fieles a este oficio o arte endiablado, como llamaba Dylan Thomas a la poesía.

 

Banco de la República, Popayán, Marzo 21 de 2013.

 


Mario Delgado

LOS CAFÉS DE POPAYÁN

En los setentas, El Café Alcázar, El Zancudo, o La Flauta Mágica eran la herencia y la esencia de Europa mantenidas en el centro de Popayán así como el Palatino lo fue en Pasto. Ahora los cafés son escasos,  como si una prematura muerte hubiera saqueado los lugares del debate y del refugio, del espejo y la memoria. En los barrios de Popayán, es extraño encontrar cafés al estilo de las ciudades más grandes, sitios de reunión y de encuentros.

En la Universidad del Cauca hay varias cafeterías donde los alimentos hipercalóricos y rápidos dominan el escenario. La atractiva cafetería de Humanidades, con sus mesas de madera, su ventana amplia y su familiar tablero de avisos fue remodelada con el mal gusto de los muebles de aluminio barato que existen en la de Derecho, donde aprendices de abogados miran por el hombro al resto de universitarios.

Con la entrega de la Casa Caldas a la pasada gobernación de González Mosquera, la Universidad, quizás por ausencia de una gestión efectiva, ha perdido su café universitario más emblemático y un lugar de encuentro para los universitarios en el Centro de Popayán. En la Casa Caldas funcionaba la vicerrectoría de Cultura, la librería, la oficina del Editor entre otros lugares universitarios. En su buena época se organizaron audiciones de jazz y de música en vivo y definitivamente fue el lugar de cruce de palabras, ideas y proyectos de los universitarios y de la gente de Popayán que sabe que buena parte de su vitalidad académica y cultural gira alrededor de las actividades de la Universidad del Cauca.

Así pasó con el Centro Cultural Bolívar que desde que se entregó a la Alcaldía, la ciudad ha perdido la oportunidad de ver cine de calidad y no sólo sufrir las deplorables carteleras que ofrecen las salas del centro comercial Campanario del norte de la ciudad. Pasar por esa esquina que se revitalizaba en los días del cineclub, produce la saudade de ver un centro de esa naturaleza, abandonado, sin un uso adecuado para crear ciudadanía en Popayán, y envuelto en las redes politiqueras de la fracasada alcaldía de Ramiro Navia. No hemos podido ver aun la comentada "Apaporis" del caucano Dorado, un documental que abriría los ojos soñolientos de los colombianos de los Andes hacia su Amazonia. QEPD.

Nota al 7 de febrero de 2011.

He hecho un recorrido por los cafés comerciales del centro de Popayán. La Iguana tiene un café abierto hasta las 20 horas con una carta variada. Luego sigue la salsa y su ambiente original. Sin embargo, a la persona a cargo le falta experiencia en la preparación. Juan Valdez en la Cámara de Comercio es muy caro y su atención puede decirse que es estandarizada y mecánica como si fuera una fábrica, groseramente eficiente. Sirven en vasos de papel, una aberración. No hay periódicos. Kaldivia (Capricio) tiene un buen tinto y expresos y presenta una carta variada, hay periódicos pero su iluminación es muy pobre. Pienso que ahorran energía en detrimento del bienestar de sus clientes. Su ambiente opaco no es invitador. El café Colombia es clásico, con billares en la parte de atrás, meseras, vendedores de lotería pero su café es regular.

El café de Adriana, frente a los Balcones, quién tenía a su cargo el de la Casa Caldas, ahora cerrada a la cultura...buen ambiente, universitario, atención agradable, buenas tapas y sanduches, no usan vasos de plástico o papel, pero se fuma en demasía, carece de periódicos y su equipo de sonido es deficiente. En la calle 3ª, arriba del antiguo Telecom, se ha abierto un café que también es un espacio lúdico, aun no he pasado por ahí. Dicen que también hay buenos desayunos.

Nota al 7 de julio de 2012.

El café de Adriana, se ha pasado a la carrera 5ª al lado de la Alhambra. Se ha modernizado y el ambiente amplio es atractivo. Atrás sigue la sección de los fumadores. Es una lástima que los no fumadores no podamos ir allí pues es como una trastienda ya decorada con macetas colgantes cuyo verdor agradece el visitante.

El café que había señalado atrás, en la calle 3ª, se llama Rabo de Nube, o el café de Ana María, una infatigable suiza afincada en Popayán desde hace tiempo. Además del café, la casa amplia y profunda alberga talleres, una zona de fumadores, un taller de lectura para niños, talleres de otra naturaleza. Venden pan, ricas tortas, desayunos y el ambiente es universitario. Las fotos que decoran la zona del café evocan los momentos estelares del boom latinoamericano y de la literatura española contemporánea. Me gusta mucho ver la foto de García Márquez, Botero y Alvaro Mutis paseando y charlando animadamente en la 7ª de Bogotá. La calidad del café es buena pero no tanto como el picolo o el express de Kaldivia.

Nota al 18 de diciembre de 2012

Para quien quiera leer un estudio académico sobre los cafés de Popayán:

Cafés en la 'ciudad blanca': identidad, crisis cafetera y el restablecimiento del orden social en Colombia, Jairo Tocancipá, Profesor de Antropología de la Universidad del Cauca. Link

Nota al 17 de junio de 2013

Contra muchos pronósticos, el café de Ana María, Rabo de Nube, café-libro, en la calle 3ª con carrera 3ª de Popayán, ha permanecido y permanece lleno. Público universitario preferentemente en una casa amplia, reformada de las antiguas del Centro Histórico, con patio interior y segunda planta. Hay zona wi-fi, expositor de libros, librería itinerante con interesantes publicaciones de los países vecinos, zona de literatura infantil, jugadores de ajedrez, varias salas con distintos ambientes y se promueve la lectura, pues se consiguen varias revistas y periódicos, una buena costumbre que se está extendiendo a otros cafés como el del Campanario y Kaldivia. Muy recomendado.

El Juan Valdés del centro no sigue ese ejemplo de la promoción de la lectura y tiene ese emblema aburrido y de pensamiento único del café de la época uribista; recipientes de papel desechables; podía aprovechar la zona peatonal del parque Caldas para poner servicio en lo que en los países europeos se llaman las terrazas para vivificar un poco el parque Caldas cuya peatonización no funciona claramente después de esa reforma carísima que le quitó zonas verdes y le puso un piso que hacer hervir de inhóspito calor el ambiente del antiguo y refrescante parque.

Nota al 20 de junio de 2014

Rabo de Nube se ha pasado al norte, cerca del Quijote, al lado de la Alianza Francesa. Funciona en una de las casas amplias del sector, de aquellas que ya no se construyen. Está la librería con su sección infantil y un pequeño escenario para los grupos de música o danza que se presentan. Justo esta noche se ha presentado una danza que ha dirigido Fiona, una neoyorquina avecindada en Popayán.

El café Colombia es es café tradicional que aun persiste en El centro de Popayán; se puede pedir un tinto y una copa de aguardiente para hacer un carajillo. Adentro están las mesas de billar y más atrás se juega cartas. En las mesas de madera redondas, de buen aspecto, han añadido los consabidos asientos Rimax; desentonan algo pero no importa pues el ambiente es el de los cafes antiguos.

Nota al 14 de noviembre de 2014

Los cafés de Thessaloniki han sido mi constante refugio en este otoño lluvioso que paso en esta ciudad del norte de Grecia. Y son unos cafés maravillosos, con buena música ambiental, se puede leer con tranquilidad y tienen una decoración sofisticada. El café al estilo turco no me gusta particularmente ni el griego, que se se prepara de manera similar: extra-molido más azúcar, se pone a calentar en un hornillo hasta que se vea que va a hervir. Deja un poso espeso, donde se adivinaba el porvenir. Así que pido cafés expresos, vieneses, irlandeses, capuchinos, frappes, me doy ese gusto. Lo acompañan siempre con agua y algunas galletas, sin costo adicional. En Barcelona, cobrarían todo lo adicional, de tal manera que tomar café a la vieja usanza sale costoso. Pero en Grecia, por fortuna, no.

No he conocido otra ciudad donde se beba tanto café y tanto que deberían tomar nota los exportadores y los OMA y Juanvaldeses para su mercado. Es habitual que la gente en la mañana, ande con su café grande con un pitillo mientras camina por las calles de esta vieja ciudad  o por su malecón donde se pasea con la vista del puerto sobre el Mar Egeo.

También he visitado en el centro de Thessaloniki a tiendas dedicadas  a la venta de cafés de variados lugares. Compré allí una variedad de café de Medellín y en los supermercados venden sus propias marcas con el nombre de Colombia (Κολομβία). Quizás la variedad Arábiga, con su aroma y efecto suave se afinque con éxito. Los cafés son un lugar de importancia en la cultura citadina de los griegos, acompaña su juego de backgammon o sus juegos de cartas en el lluvioso invierno del norte.

 

Tomado de mariodelg


 

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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