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POESÍA

 

 

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

La tarde no cae. Poesía reunida (2008-2014)

 

Popayán, Gamar Ediciones, 2014.

 

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Lo que en la oscuridad tiene la forma de una amenaza, con la luz cobra la belleza de lo inédito. Este libro es, en palabras del hablante poético, una épica de las cosas sencillas. Aquí se narra el movimiento de los campos de trigo y la inquieta tranquilidad de las piedras en el río. La naturaleza se hace sentido porque se abre como un libro que es observado y experimentado. La poética de la luz que sostiene esta obra reunida, es también la poética del desprendimiento; hay un desapego a lo terrenal, a lo inmanente, entregado desde el suelo mismo que se pisa; hay un deseo de volar para apreciar mejor el mundo, para dejarlo ser sin afectarlo. La tarde no cae es una ofrenda de luz para apreciar el mundo.

Clara María Parra Triana

 


 

Hernando Guerra

Ciega luz

Bogotá, Común Presencia Editores, 2007.

 

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EL ADMIRABLE EJERCICIO DE LA CONTENCIÓN

Juan Ruiz De Torres

Más allá de los poemas-río, Hernando Guerra hace en su poemario Sombra embestida el ejercicio admirable de la contención. Los poetas han sido siempre, quizás impulsados por los ejemplos de la Ilíada, la Odisea, la Divina Comedia, dados a expresar en dos líneas (o en tres) lo que puede hacerse en una. Lástima, pues la dispersión verbal sólo contribuye al ruido semántico, a la dilución.

Admirables orientales, maestros de la palabra, que nos enseñaron el valor de la sugerencia frente a la descripción detallada. No cabe duda de que una página de prosa puede aquilatar de modo maravilloso los qué, cómo, por qué. Pero, ay, no es ese el objeto de la Poesía. Al menos, como desde la Vanguardia se la viene entendiendo.

Nunca podremos los poetas descubrir las minucias del alma enamorada, la belleza del león salvaje o la elegancia de las Pirámides como lo hicieron los grandes novelistas de la lengua, o los pintores realistas. Pero, ¿es acaso nuestra responsabilidad hacer ese ejercicio? ¿No es, más bien, descubrir a nuestros congéneres mundos maravillosos, no creados, no reales? ¿Hacerlos partícipes por un instante de una visión fugaz, que fulge tras la palabra y luego se esconde? ¿Qué, si no, hicieron Vallejo o Aleixandre, Lorca o Carranza? Ese misterioso poder de unas pocas palabras para perdurar en la memoria humana, como estrellas apenas entrevistas, y que hace que sean patrimonio común, aun siendo inexplicables, versos como “pero el cadáver, ay, siguió muriendo”, “polvo será, mas polvo enamorado”, “verde que te quiero verde”, “aunque es de noche”...

La aparición y el reconocimiento de esos versos, que antes se llamaban simplemente “felices”, y que hoy conocemos por su capacidad de concitación, es el avance más importante que la poesía ha hecho en el último siglo. Pero muchos siguen sin comprender cómo esos versos son capaces de crear mundos distintos, esos mundos que ansía el alma. Ello no se conseguirá con hermosas descripciones, sino con la llamada a otras fuerzas de la inteligencia –quizás aún no bien conocidas por los psicólogos–, fuerzas capaces de desequilibrar por un instante nuestros esquemas habituales, y de hacernos partícipes, aun confusamente, de mundos nuevos.

El poeta Hernando Guerra es uno de esos seres privilegiados que, sin recurrir a la palabrería, consigue en Sombra embestida el milagro del pan y de los peces. Esto es, la multiplicación, mediante muy pocas palabras, de su capacidad semántica. En sus micropoemas –para quienes midan la poesía por metros– hay fantásticas premociones, mundos subterráneos que emergen, alucinaciones que un instante se perciben como realidades. Pero, sobre todo, en su preciosa concisión ofrece al lector la posibilidad de leer poesía como se degusta un plato exquisito y maravilloso: en pequeños, minúsculos bocados que nos sacian. Y que, sobre todo, nos obligan, si no queremos perder la oportunidad de lo único, a detenernos en esa degustación. A cerrar nuestros ojos, a cerrar el libro y dejar que el eco del verso nos siga colmando.

Un ejemplo, entre las docenas que hay en el libro –en realidad, en cada uno de sus cuarenta y cuatro poemas, salvo un par de ellos más largos–, nos lo ofrece el poema “Mudanza”, que bajo una cita de Cluny, dice:

"Como serpiente en el camino, en cada esquina,
el pellejo del miedo, la duda.

Y este gris que no se disipa, esta bruma que no cesa".

Prescindamos por un instante de su efecto casi anestésico, del impacto que nos impone la sensación terrible del miedo gris (estupenda sinestesia). La estructura triplemente bimembre del poema (tres versos, cada uno de ellos en dos términos) refuerza en cada escalón el impacto del anterior. Nos ahogamos en ese miedo-duda-bruma-gris. No explicita el poeta de dónde vengan ese miedo o esa duda. Son nuestros personales miedos, dudas, serpientes, los que nos trae al primer plano de la consciencia –diría con muy malas intenciones– el poeta, y nos obliga a enfrentarnos a ellos. En alguna forma, el lector se siente ante sus propios fantasmas. Y si persiste unos instantes y deja que su eco reverbere, llegará a cerrar violentamente el libro, incapaz de soportar la tensión.

Obsérvese que de ninguna manera ha descrito –en los términos habituales– el poeta qué sean esos miedos, esas dudas. Simplemente, los ha concitado en la mente del lector, desde luego sin nombrarlos. Si no, vaya gracia, podría decirse castizamente. Hernando Guerra tiene la sabiduría de crear un “miedo universal”, sin formas ni límites, que se adapta a los que cada ser humano alberga desde el trauma feroz del nacimiento.

Lector: lea el libro, pero no caiga en la tentación de hacerlo de corrido, pues habrá desperdiciado la oportunidad de una experiencia duradera. Más bien, ábralo por cualquier página, empápese de un poema, déjelo vibrar dentro de sí, crear ecos duraderos. Y vuelva mañana, o pasado -cuando se sienta capaz de afrontar de nuevo la experiencia-, y ábralo por otro lugar. O quizás por la misma página: en segunda lectura, el mismo poema le parecerá de seguro un poema distinto.

En todo caso, no piense que es un libro breve, ni mucho menos. Eso sí: tiene pocas páginas. Pero usted y yo sabemos que hay que salvar los bosques.

 

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CIEGA LUZ: UNA MIRADA

Nelson Romero Guzmán 

Con Ciega luz (Común Presencia Editores, Bogotá, 2004), son tres libros de poesía publicados por Hernando Guerra, nacido en Armero-Guayabal, pero radicado en Bogotá desde hace varios años. Este último libro continúa por la senda de lo que son ya su principal asunto poético: el paisaje como punto de partida y despliegue de una creatividad cada vez más enriquecida por la expresión. Paisaje en Hernando Guerra es tonalidad de las palabras en juego con estados anímicos, reflexión del tiempo desde la memoria, pinceladas sonoras, reconstrucción de la imagen a partir de una percepción muy personal de la noche o el espacio urbano, y otros elementos que conforman una manera de explorar los distintos cuadros de la naturaleza desde una interioridad que origina otras formas de sentir y ver en el lector. De los pájaros, el río, la noche, el bosque, la casa, la infancia, va surgiendo en la lectura la relación y el juego con la vivencia interior: el sueño, la nostalgia, el miedo, la pesadilla o la vigilia, que son presencias constantes de un mundo animado en el afuera del poeta.

Ha venido madurando en la expresión poética de Hernando Guerra a través de sus libros esa ya señalada interiorización que, gracias a la fuerza de la palabra que evoca y reconstruye el espacio y la memoria, le da movimiento y sentido a lo externo. Por eso Hernando Guerra, en su poema Viaje, realiza un trasegar desde el interior-desconocido. A este propósito cito aparte del poema Viaje: “Vengo del lejano interior. /Precipicio sin fondo,/ Hondo silencio”. Un interior, vuelvo y repito, desconocido, que es “Precipicio sin fondo”. Pero ese abismo lejano está habitado por bestias primigenias, por luces y sombras, por lo encantado y lo terrorífico, serpientes aladas y aves que se encienden en el vuelo. Me interesa esa conquista en el libro de Hernando Guerra, que viene a modificar una postura poética desde la reflexión acerca de la poesía misma.

Otro de los alcances en Ciega luz, tiene que ver con la forma de plantear el paisaje. Humanizarlo ya no es una ruptura en la poesía moderna, como tampoco lo es la categoría de la sacralización, pues estos dos tratamientos se volvieron poéticamente comunes. Hernando Guerra humaniza el paisaje pero lo valedero ahora es como el poeta lo haga en su forma personal. En su libro el paisaje se vuelve hacia el hombre, lo interroga; es la visión interiorizada de lo externo, por eso sentimos que el pájaro nos vigila desde su monólogo, el árbol nos habla en su silencio, igual que las montañas piensan y son depresiones de lo abismal; la noche esconde un vigía, funda una casa vegetal y en ella la infancia donde mora un niño asombrado. Con todo esto, lo objetual adquiere un yo propio, exteriorizado hacia el hombre. El paisaje nos ve; el pájaro quiere vivir lejos de los hombres: “en este árbol construiré mi casa/ lejos del ruido que apaga la aurora”.

Leyendo este libro de Hernando Guerra, he evocado a Aurelio Arturo y a George Tralk. Algo del lenguaje rumoroso del primero y de las imágenes alucinadas del segundo impregnan a Ciega luz. Es la continuación de la conciencia creadora, el poema que, al decir de los surrealistas, entre todos hacemos; puede ser el eco lejano de la lectura, por lo menos así me ocurrió a mí como lector; no sé si a Hernando Guerra lo hayan estimulado estos autores. Aurelio Arturo está muy cercano a nosotros en el espacio y en el tiempo y de él el ensayo y la crítica ha llenado muchas páginas. De Arturo está aquí presente la noche y el paisaje como morada, sus leves inquilinos, el silencio habitado por la hoja, el color y el vuelo de sus criaturas, la resurrección de un mundo. Cito el poema Algarabía de colores de Hernando Guerra: “Pájaros invaden/ el árbol del alba/ atraídos por el olor/ el mango su festín/ algarabía de colores/ puebla la aldea”. Ese sonido visual de los seres y los matices del bosque, esa “cámara hechizada” –Reino de alas, de hojas y de la infancia–, nos evocan en Hernando Guerra al autor de Morada al Sur. Tomemos algunos versos de Ciega luz: “El secreto intacto,/ entre hojas y alas verdes”, “El día cayendo, deshojándose” , “y en el techo intacto la lluvia sonríe/ salta de gozo, repica de alegría”, “Pregunta una luz, y una luz/ se anuncia en la distancia”. Por el lado de George Tralk, asoma a veces la fuerza destructiva de la imagen, el interior del poeta donde los colores del bosque son dramáticos, simbólicos de una conciencia poética de “Autodestrucción”. En Tralk, los colores son protagonistas de un yo en permanente lucha con lo desconocido que invoca el mal y puebla el bosque de presencias terroríficas y de colores de tono expresionista. En Hernando Guerra Tovar se dan algunas de estas búsquedas: “el bosque anida el grito/ de pájaros heridos por el fuego”, “arañas ascienden las lisas paredes del abismo/. Serpientes aladas persiguen la huella”. Estas imágenes, aunque pocas, le dan cierto movimiento dramático al paisaje a veces tranquilo o misterioso de Ciega luz y al mundo convulsionado del poeta.

Al referirme en esta nota al libro de Hernando Guerra he citado a A. Arturo y a G. Tralk, más como ejercicio aproximativo de relación entre una lectura presente y las huellas de lecturas pasadas aún vivas en el espíritu de quien lee. Sirva esta aproximación para decir que en Ciega luz el tratamiento del paisaje se aleja y se acerca de muchos otros autores que han tratado el tema, pero que a la vez el autor de este libro en referencia traza sus propios límites y eso lo hace ser un libro con voz propia en los poemas mejor logrados. La influencia es aquí la virtud de esconder con un lenguaje propio. Ciega luz alcanza el juego con lo que Barthes llama los lenguajes múltiples, propio de la mejor poesía. No sólo el paisaje conforma el elemento de cohesión en este libro, pues aquí el bosque es también un estado de la interiorización poética; es de otro lado el espacio de un verde evocado, el tiempo del anticuario y el poema mismo que es “eterno movimiento,/ río que fluye, que pasa”. Hernando Guerra ha logrado con esta última obra detener durante más tiempo el asombro en la lectura. Lo esencial de un libro, si lo es, se queda en nosotros, evocado en la emoción de haberlo leído y de habernos permitido el encuentro con el poema.

Poeta y ensayista colombiano. Premio Nacional de poesía Universidad de Antioquia.

 

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LA SOMBRA EMBESTIDA DE HERNANDO GUERRA

Gabriel Arturo Castro


De un impulso lento pero fecundador, poco a poco la obra de Hernando Guerra va tomando forma desde su raíz original, dirigida a conformar un mundo sólido, fecundante, ascendente en su decir e intuición poética. Y es en este libro, Sombra embestida, donde otra vez toma un aliento fecundante, más prometedor aún que sus libros anteriores, acopio de experiencia, travesía y paciencia. La fina lentitud va envolviendo el libro de sorpresas, memorias sutiles, metamorfosis basadas en las virtudes conciliadoras de la luz y la sombra, o del exilio de fundamento teológico: “Como al principio el extravío, la separación. Como la primera vez el desarraigo”.
El autor posee esa lámpara del destino de Khayyam a manera de entendimiento ciego, la luz no usada de Fray Luis de León, el espacio elevado de una “oscuridad infinita hecha de luz”.
La misión de Hernando Guerra es desinflar la oscuridad, confrontarla mediante la palabra voz y la palabra mirada, tras un mundo ya habitado por la vida del verbo limpio. Ya hay un diálogo con la sangre, la resonancia de las cosas y los gritos lejanos, los rumores misteriosos del trasmundo que llama al poeta, lo arrastra y lo lleva a preguntar: “¿Acepta el secreto estar oculto? (…) ¿Qué piensa en su oscuro laberinto?”
Sombra enemiga, sombra antes devoradora de toda realidad, ahora sometida por la presencia de la poesía, hecha un nuevo cuerpo, una fundante realidad, pero aún sin poderla atravesar del todo, imposible tarea que lleva tan sólo a la aproximación lúcida entre la criatura y la sustancia poética. Guerra acepta el desafío y la distancia dolorosa, carea toda resistencia porque se arma de la tensión suficiente:

La noche nos presta sus alas en la fuga por los espacios azules del sueño, pero la luz de la vigilia nos hace de nuevo prisioneros, nos amputa el vuelo, nos llena la boca de silencio.

Su vocación poética, en esta primera madurez, queda definida por su manera singular de concebir la luz, porque la luz constituye su desafío poético: “Cuando el secreto se revela, cae la luz”, nos dice de modo enfático en un momento de un poema. “Antes de caer, al menos un trozo de sol, un pedazo de luz”, concluye en otra instancia. Reverencia, breve ceremonia, festejo de respiración contenida, detrás de la sombra el poeta ve el drama teológico del destierro, el aroma del destierro: “Desde el primer poema exiliados en esta ciudad que se desploma”. Adviértase el sentido espiritual de cada poema, lejos de toda finalidad retórica, del sustantivo fácil o de la imaginación caprichosa. Todo lo contrario, Sombra embestida es confluencia de experiencia vital y sensibilidad expresada a través del desamparo del hombre, del ser vulnerable y vulnerado por las sombras, la crudeza existencial del hombre extraño que sueña, el del agrio destierro, quien sin embargo anuncia la resistencia por medio de la palabra en aumento y vuelo próspero:

De repente eres la huella,
tu paso por este mundo,
el registro de cada pensamiento,
el duende atrapado,
el fantasma en la red.
De repente lo sabes todo.
Cada cosa encuentra su lugar,
forma precisa,
significado propio.
De repente eres respuesta,
verdad, conocimiento.
Entonces,
en el estanque del cielo,
te haces Uno.

 


 

Antonio Zibara

Esa pausa del viento

Cali, El Palabreo, 2008.

 

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En vano el lector de poesía rastrea el significado de las palabras y anhela que éste coincida con los modos habituales con los que ellas hacen mundo y le inventan su propia cotidianidad; mas el poema ocupa su territorio con afanes de asalto, hurta palabras y fragmentos de sentido de su tesoro íntimo, y luego, con sigilo, huye a su fortaleza, a ese otro mundo nuevo que está por acontecer y que aun así reclama el generoso oficio de la lectura para hacer manifiesta su existencia.

Así nos maravilla la poesía de Antonio Zibara, una arquitectura del lenguaje, que aunque reconocemos ancestral y próxima, disuelve el significado habitual de las palabras, para instalarse como imagen, palpable, aprehensible, con sus rugosas y dóciles depresiones, con su pesado volumen y su ligereza de aire y de música. Una poesía que ejecutada para la lectura, sólo es cuando aprendemos a verla, a otearla en su movimiento, a gozarla como visión y descubrimiento de ese otro mundo, que es su promesa.

Todo lo que nombra la poética de Zibara es común, es familiar y no obstante es inédito, es inusual, se nos revela por primera vez. Es un retorno al inicio, quizá a ese instante donde las palabras salen a hacer su faena, vulnerables al azar y activas en el misterioso diálogo donde todas las cosas interrogan su memoria.

Julián Malatesta

 


 

Clara Schoenborn

HUECOS EN LA LUZ. Con Alejandra Pizarnik

Madrid, Ediciones Torremozas, 2014.

 

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Este libro resultó finalista del Premio Carmen Conde de poesía escrita por mujeres, con especial atención por los miembros del jurado, en 2012.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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