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Paul Celan

PROSA

 

RESPUESTA A UNA ENCUESTA DE LA LIBRERÍA FLINKER, DE PARÍS [1]

 

Ha sido muy amable al preguntarme sobre mis trabajos actuales y mis planes. Se dirige, sin embargo, a un autor cuyas publicaciones hasta el momento se limitan a tres libros de poemas. Así que, si no quiero salirme del tema, sólo puedo intentar una respuesta como poeta. 

Me parece que la poesía alemana va por otros caminos que la francesa. Con la más lúgubre memoria, con las más cuestionables circunstancias alrededor, a pesar de tener presente la tradición a la que pertenece, ya no puede hablar el lenguaje que un oído propenso todavía parece esperar de ella. Su lenguaje se ha vuelto más sobrio, más objetivo, desconfía de «lo Bello», intenta ser veraz. Es, pues, si se me permite usar una palabra del campo de lo visual, no perdiendo de vista lo polícromo de lo aparentemente actual, un lenguaje «más gris», un lenguaje que entre otras cosas también quiere saber su musicalidad asentada en un lugar donde nada tenga en común con aquella «armonía» que, más o menos indiferente, aún consonaba y asonaba con lo más espantoso.

Lo que le interesa a este lenguaje es la precisión, aparte de toda la indispensable variedad de la expresión. No transfigura, no «poetiza», nombra y denota, intenta medir el campo de lo dado y de lo posible. Naturalmente nunca actúa aquí el lenguaje mismo, el lenguaje sin más, sino sólo un yo que habla bajo la especial perspectiva de su existencia y que es quien se interesa por el perfil y la orientación. La realidad no está dada, la realidad exige que se la busque y logre.

¿Pero no me he alejado ya de su pregunta? ¡Estos poetas! Al final hay que desearles que un día logren escribir una verdadera novela.

 (1958)

RESPUESTA A UNA ENCUESTA DE LA LIBRERÍA FLINKER, DE PARÍS [2]

 

Usted pregunta sobre el lenguaje, sobre el pensamiento, sobre la poesía; pregunta con palabras lacónicas; permítame que dé también a mi respuesta una forma lacónica.

No creo en el bilingüismo en la poesía. Doblez de lengua, sí, eso sí lo hay, también en diversas artes o artificios de la palabra contemporáneos, especialmente en aquellos que saben establecerse tanto políglota como polícromamente en alegre consonancia con el consumo cultural de cada momento. Poesía: lo fatalmente único del lenguaje. Así que, permítame esta verdad de Perogrullo –hoy día la poesía, como la verdad, se ve llevada al fracaso con demasiada frecuencia por los Perogrullos, así que nada de doble lengua.

(1961)

RESPUESTA A UNA ENCUESTA DE LA REVISTA DER SPIEGEL [3]

 

Tengo todavía esperanza en la innovación, la transformación, no sólo en lo que respecta a la República Federal y Alemania. Sistemas de recambio no las van a introducir y la revolución –la social y a la vez antiautoritaria– es sólo imaginable desde aquéllas. Comienza en Alemania, en cada individuo, aquí y hoy. Que no nos toque vivir una cuarta posibilidad.

 

CARTA A HANS BENDER

 

Querido Hans Bender:

Gracias por su carta del 15 de mayo y por su amable invitación a colaborar en su antología Mi poema es mi cuchillo.

Me acuerdo que en su día le dije que el poeta vuelve a quedar expulsado de su complicidad primigenia en cuanto el poema está realmente ahí. Hoy formularía tal vez de otra manera esta opinión o bien intentaría diferenciarla; pero en el fondo soy todavía de esa -antigua- opinión. Por supuesto, existe también lo que hoy tan a gusto y tan despreocupadamente se denomina «oficio». Pero –permítame este resumen de lo pensado y de lo experimentado– oficio, absoluta precisión, es condición previa de toda poesía. Eseoficio no tiene ciertamente un suelo de oro. Quién sabe si ni siquiera tiene un suelo. Tiene sus abismos y profundidades; algunos (ah, yo no pertenezco a ellos) tienen incluso un nombre para ello. Un oficio manual es cosa de manos. Y esas manos a su vez pertenecen únicamente a una sola persona, o sea, a un ser animado singular y mortal, que busca un camino con su voz y su mudez.

Sólo manos verdaderas escriben poemas verdaderos. No veo ninguna diferencia de principio entre el apretón de mano y el poema.

Que no nos vengan aquí con poiein y cosas semejantes. Eso significa sin duda, con sus cercanías y lejanías, otra cosa que en su contexto actual.

¡Por supuesto hay ejercicios –en sentido espiritual, querido Hans Bender! Pero precisamente junto a esto existe, en cada rincón lírico, el andar experimentando lúdicamente con el llamado material de la palabra. Los poemas son también regalos; regalos para quienes están atentos. Regalos que llevan consigo destino.

«¿Cómo se hacen los poemas?».

Hace años he podido observar de cerca durante un tiempo y después desde cierta distancia, cómo el «manipular», a través del manejo, se convierte poco a poco en «manipulación». Sí, también hay eso, tal vez lo sabe usted. Eso tiene sus motivos.

Vivimos bajo cielos sombríos, y hay pocos seres humanos. Por eso probablemente haya tan pocos poemas. La esperanza que aún tengo no es grande; intento mantener lo que me ha quedado. Con mis mejores deseos para usted y su trabajo

Suyo

Paul Celan

París, 18 de mayo de 1960

 

DISCURSO CON MOTIVO DE LA CONCESIÓN DEL PREMIO DE LITERATURA DE LA CIUDAD LIBRE HANSEÁTICA DE BREMEN

 

Pensar (denkent) y agradecer (danken) son en nuestra lengua alemana palabras de un mismo origen. Quien sigue su sentido entra en el campo de significación de gedenken, «pensar en, recordar», eingedenk sein, «recordar», Andenken, «recuerdo», Andacht, «meditación, recogimiento, oración». Permítanme expresarles mi agradecimiento en este sentido.

El paisaje del que yo vengo –¡por cuántos rodeos! ¿pero existen acaso los rodeos?–, el paisaje del que yo vengo hasta ustedes debe de serles, a la mayoría, desconocido. Es el paisaje en el que vivía una parte no poco importante de aquellas historias jasídicas que Martin Buber nos ha vuelto a contar en alemán. Era –si se me permite completar este apunte topográfico con algo que surge ahora ante mis ojos desde muy lejos– era un lugar en el que vivían hombres y libros. Allí, en aquella antigua provincia de la monarquía de los Habsburgos, ahora relegada al margen de la historia, me llegó por vez primera el nombre de Rudolf Alexander Schröder con ocasión de la lectura de «Oda con granada» de Rudolf Borchardt. Y también Bremen fue adquiriendo perfil ante mis ojos a través de las publicaciones de la Bremer Presse.

Pero Bremen, aproximada por los libros y los nombres de quienes los escribían y publicaban, sonaba aún como algo inaccesible.

Lo accesible, aunque tan lejano, el lugar al que acceder, se llamaba Viena. Bien saben ustedes cuáles fueron durante años las condiciones de esa accesibilidad.

Accesible, próxima y no perdida permaneció, en medio de todas las pérdidas, sólo una cosa: la lengua.

Sí, la lengua no se perdió a pesar de todo. Pero tuvo que pasar entonces a través de la propia falta de respuesta, a través de un terrible enmudecimiento, pasar a través de las múltiples tinieblas del discurso mortífero. Pasó a través y no tuvo palabras para lo que sucedió; pero pasó a través de lo sucedido. Pasó a través y pudo volver a la luz del día, «enriquecida» por todo ello.

En esa lengua he intentado yo escribir poemas en aquellos años y en los posteriores: para hablar, para orientarme, para averiguar dónde me encontraba y a dónde ir, para proyectarme una realidad.

Era, como ven, acontecimiento, movimiento, estar de camino, era el intento de encontrar una dirección. Y cuando pregunto por su sentido tengo que reconocer que en esta cuestión también tiene algo que decir la cuestión del sentido de las agujas del reloj.

Pues el poema no es intemporal. Por supuesto encierra una pretensión de infinitud, intenta pasar a través del tiempo: a través de él, no por encima de él.

Puesto que es una manifestación del lenguaje y por tanto esencialmente dialógico, el poema puede ser una botella de mensaje lanzada con la confianza –ciertamente no siempre muy esperanzadora– de que pueda ser arrojada a tierra en algún lugar y en algún momento, tal vez a la tierra del corazón. De igual forma, los poemas están de camino: rumbo hacia algo.

¿Hacia qué? Hacia algo abierto, ocupable, tal vez hacia un tú asequible, hacia una realidad asequible a la palabra.

Tales realidades son las que tienen relevancia para el poema.

Y creo que reflexiones como ésta no sólo acompañan mis propios esfuerzos, sino también los de otros poetas de las nuevas generaciones. Son los esfuerzos de aquel a quien sobrevuelan estrellas, obra del hombre, y que sin amparo, en un sentido inimaginable hasta ahora, terriblemente al descubierto, va con su existencia al lenguaje, herido de realidad y buscando realidad.

(1958)

Paul Celan Obra completa (3ra. ed.), Madrid, Editorial Trotta, 2002.

 

[1] La encuesta se dirigía a personalidades de la filosofía y de la literatura, con el fin de informar sobre sus trabajos actuales y sus proyectos (N. del T. José Luis Reina Palazón).

[2] Tema de la encuesta: «El problema del bilingüismo» (N. del T.).

[3] Con la pregunta «¿Es inevitable una revolución?», la revista Der Spiegel solicitó una opinión sobre la siguiente alternativa formulada por Hans Magnus Enzensberger en The Times Literary Supplement: «Hoy no nos encontramos confrontados con el comunismo, sino con la revolución. El sistema político de la República Federal no admite más reparaciones. Podemos aceptarlo o tenemos que sustituirlo por otro. Tertiunt non dabitur».

 


 

Juan Manuel Roca

EPISODIO DEL UBICUO

“Yo es otro”
Jean Arthur Rimbaud

 

El poetastro, me lo acaba de decir una muchacha de ojos bulliciosos y cuello de telescopio, una suerte de Modigliani revivido que miraba al paso y con desgano los cuadros expuestos en la galería, tiene el don de la ubicuidad.

El poetastro es cojitranco, con algo de pigmeo, pero con un don que en otros seres, Dios entre ellos, podría resultar extraordinario, con el don de estar en una y todas partes a la vez. Pero en su caso, más que un milagro, resulta una maldición.

Todos saben que hay gente que vive lejos, aunque no se sabe bien con respecto de qué, gente que vive inclusive lejos de la lejanía, pero para el ubicuo esa palabra tendrá que resultar una de tantas voces huecas por la concepción particular que debe tener del tiempo y, sobre todo, del espacio.

“No entiendo para qué voltea uno en la calle cuando lo llaman –me dice un amigo escritor–. De seguro es él, más pertinaz que una sombra, con su olor de agua estancada, con su aliento de mar encarcelado como el óleo turbio de un mal pintor. Casi al mismo tiempo de decir el nombre de la víctima, demanda, casi que exige, una suma de dinero. Es como si cobrara el retén de su saludo”.

La verdad, nunca creí en su don, en su perorada ubicuidad, hasta esa noche despejada de luna llena, una de esas noches que nos aclaran cualquier misterio. Nunca creí en su poder de bilocación, mucho menos en su ubicuidad solar. La última vez que lo había visto estaba, bamboleante como una bandera, locuaz y ebrio como un tonel de ron, aferrado a un poste de la luz.

Y ahí está, de nuevo, en medio del tedioso coctel, más tedioso aún que los cuadros expuestos.

He dicho ubicuidad. No hablo de un proceso de zombificación en Haití, de hombres muertos traídos por ensalmo o por hechizo al más acá. No hablo de un ensayo de clonación ni de desdoblamientos producidos por el peyote, la datura o el yagé. No se trata de la creación de un doble a la que aspiran los médicos brujos que hablan en creole, ni asunto de otro tipo de magia negra, ni siquiera de espejos enfrentados a otros espejos. Hablo, sencillamente, de un hombrecito fastidioso, cargante, insoportable, pero con el privilegio del viento capaz de estar en una y tantas partes a la vez. Algo de lo que siempre dudé, de lo que siempre reí con escepticismo. Pero esa noche, sin perfumes y sin música de alas, tuve la revelación: tendría que aceptar en adelante los poderes ocultos del grotesco personaje.

De esta entraña era su talante bizarro: comía y bebía al mismo tiempo en que llenaba sus bolsillos de pasabocas o entremeses, aparecía de súbito en las fiestas a las que no era invitado, a cualquier hora y en cualquier lugar de la ciudad. A veces, anfitriones e invitados a una cena se entregaban una clave, un santo y seña, un ábrete sésamo consistente en tres toques de puerta y dos timbrazos largos para evitarlo. Pero cuando llegaban a la fiesta era él quien abría. Personas hubo que llamaron de Bogotá a Cereté o a Barranquilla en su presencia, y sin depender de quién les respondiera al otro lado de la línea, oían una voz fatigada que decía que estaba allí, el ubicuo, el poetastro, como quien acepta la llegada sin atenuantes de la peste.

Yo reía, habitualmente disfrutaba de esas exageraciones propias de un medio cruel y pirañero, hasta que tuve que ceder a la evidencia.

Pero vamos al grano: al cerrar la puerta de la casa de unos viejos amigos y salir al aire callejero de la noche, el ubicuo comía a dos carriles un trozo de pavo y se llevaba a la boca un vaso de vino mientras fumaba y tosía y decía un poema suyo y tarareaba un bolero y se hurgaba una muela, todo al mismo tiempo. Juro que no había bebido y que la escena de horror no es producto de mi febril imaginación o influencias de Lovecraft. Como en el verso de un viejo poeta que precisa que la luciérnaga va “huyendo de la luz, la luz llevando”, al salir del horror entré a un pánico multiplicado. Huía del horror, el horror llevando. Al cerrar la puerta y precipitarme hacia la noche empezó la multiplicación de los espejos, la bastardía de sus reflejos ajenos a la habitual servidumbre o mansedumbre del cristal. Todo por huir de la escena.

Estiré el brazo. El taxi frenó unos cuantos metros más adelante, dio marcha atrás y la mano del taxista me abrió la puerta. Un rito convencional. Tuve la idea peregrina de que el conductor era el poetastro. Pero uno no puede creerse todas las historias que oye, a veces ni siquiera las que ve. Las calles llovidas duplicaban en sus charcos los edificios, los árboles, y a las personas mismas que ya habían cerrado sus paraguas. De alguna manera la ciudad toda estaba bilocada, doblada por los espejos de agua quieta, grandes pozos de lluvia partidos por el paso de un auto. Paisaje de aire limpio y luminoso bajo la luna ciudadana. Justifiqué mi visión del hombrecito al volante por el hecho de habérmelo tropezado toda la noche, inclusive antes de llegar a la fiesta. Cuando paramos en un semáforo frente al estadio sentí la ola del estupor. Las torres de los reflectores que iluminaban el partido de futbol, y que hacen que ese trozo de la ciudad viva un día en plena noche, una especie de sol nocturno, me ayudaron a verificarlo: el sujeto de marras conducía el auto. Pero a esa admiración que aún no se trocaba en terror, sobrevino el imposible: todas las personas que hacían fila para entrar al estadio, eran el poetastro. Unas vestidas de rojo y blanco, otras de azul y blanco, unas con banderas rojas y blancas, otras con banderas azules y blancas, pero todas eran el poetastro. Imaginé el estadio atiborrado de una misma persona multiplicada hasta el cansancio, y futbolistas, árbitro y jueces de línea con el mismo rostro y el mismo porte saltando a la cancha y un sudor frío me recorrió. Imaginé al taquillero, al que recibe las boletas, a los vendedores de helados y a sesenta mil espectadores iguales, en una pavorosa democracia de facciones.

El clima pesadillesco aumentó cuando volví a ver su rostro en el espejo retrovisor y mientras me acomodaba mejor en el asiento trasero pude verme en el mismo espejo: yo también era el horrible personaje. La sucesión de seres iguales en todo al cargante hombrecito me espantaba. El auto siguió en medio de otros autos conducidos por él mismo, la gente que atravesaba las avenidas eran él, un par de enamorados que se besaban en una esquina del barrio Palermo eran él, tanto el hombre trajeado de celador como la joven vestida de mucama. Una procesión religiosa era él, y lo peor, la virgen y hasta el divino niño que llevaban en andas, eran él.

Un hombre cruzó en bicicleta y me sonrió como si fuera la bruja del Mago de Oz: era copia exacta del poetastro trocado en conductor. Su aspecto tenía algo de siniestro y aún luego de desaparecer en la boca de la noche quedó su sonrisa flotando como la del gato de Alicia. De un hospital salió un hombre con un pie enyesado. Era él. Padre e hijos esperaban el cambio de un semáforo para cruzar la Avenida Caracas. Eran él. Una monja. Un mendigo. Un policía. Un hombre a caballo dibujado en una valla. Todos eran él.

Así seguimos, en un mutismo espeso, atravesando calles. Subimos a la Avenida Tercera y aún había estudiantes, empleados de banco, burócratas y secretarias caminando por la calle 19. Todos eran él. Cuando íbamos frente a la Cinemateca no aguanté más. Me bajé del auto casi en marcha y fue peor porque no sabía cómo moverme en un paisaje de seres repetidos como un eco interminable, como grotescas muñecas rusas pariendo otras muñecas sin descanso. Tuve la feliz idea de hacer fila en el cine, detrás de un centenar de hombres y mujeres idénticos, galería de espejos en movimiento, pensando que en la oscuridad del teatro desaparecería la pesadilla. Pero fue peor. Al momento de apagar las luces, de sonar una fanfarria, y cuando esperaba que en la pantalla rugiera el león de la Metro, el poetastro, con una sonrisa indescifrable, fue quien rugió desde el telón anunciando el inicio del filme.

Imagínense una película donde el capitán Ahab y una gavilla de broncos marineros son todos el mismo hombre persiguiendo una ballena.

 


AGUA DE COLONIA

 

Una amiga, que prefiere el anonimato, me pregunta cuál podría ser la primera mujer que escribió una poesía memorable en Colombia. Me parece que fue la madre Josefa de Castillo, nacida en 1671 en Tunja. Reproduzco un aparte de “Galería de Espejos”, donde hablo de la febril abadesa. Con ella se inicia el libro, en lo que tiene que ver con autores conocidos, pues el bellísimo “Canto de solidaridad” que la antecede fue escrito por un miembro anónimo de la comunidad Kuna, asentada en el golfo de Urabá.

Entre la poesía indígena, los cantos de antes de la llegada de los españoles y la poesía de la Colonia, aparece de manera inaugural la figura del sevillano don Juan de Castellanos, autor de una obra descomunal aunque escasa en poesía, tediosa y abigarrada llamada “Elegías de varones ilustres”, cuyo valor atañe más a la historia o a la antropología que a la lírica misma.

Que después de Juan de Castellanos las figuras de la Colonia sean dos religiosos, un sacerdote y una monja, podría ser un bautizo de agua bendita para una tradición poética, pero ya se encargaría le historia de mostrar poetas con aires herejes y con ínfulas de malditos.

Por supuesto me refiero a dos poetas tunjanos: Hernando Domínguez Camargo y Sor Francisca Josefa de Castillo, aunque también aparecen en ese período colonial otros dos autores de indudable valor, ya no solo para la historia sino para la poesía misma en estas tierras dormidas entre campanarios y virreyes: Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla (1647) y Francisco Antonio Vélez Ladrón de Guevara (1721).

La primera figura femenina que entra en la historia de la poesía y de la literatura escritas en tierras de la Nueva Granada es la madre Sor Francisca Josefa de Castillo y Guevara, una tunjana nacida en 1671 y muerta en 1742.

SOR FRANCISCA JOSEFA DE CASTILLO

Imaginemos la Tunja conventual de su época. No se necesita ser muy creativo para saber que esa ciudad aldeana había hecho del aburrimiento su religión y de la beatería y del pecado escondido su vida cotidiana.

De niña era tanto el deseo, la necesidad de orar de Francisca Josefa que, ante el gentío que entraba a casa de su padre, un hombre notable que tenía una alta posición social, decidía salir con sigilo e irse a rezar en los gallineros.

Esa es una imagen que parece sacada de una novela de ficción, casi propia de la literatura fantástica, una niña de aires enfermizos rezándole a Dios entre el cacareo de las aves de corral como si estas fueran el coro de una iglesia. Conmueve y a la vez asombra la creencia de esta niña, capaz de ver la divinidad en un galpón, la fe y la divinidad en un humilde pajar. Por fortuna la Inquisición no asomaba de manera abierta su negro capuchón de verdugo en un poblado como Tunja, pues podría haber sido condenada como bruja ante tan inusitado y sospechoso ritual.

Desde la edad de siete años Francisca Josefa empezó a tener unas visiones espantosas del infierno y del demonio, al que llamaba “el enemigo”, unas visiones que la acompañarían a lo largo de toda su atormentada vida. En medio de esos períodos, de esa “temporada en el infierno” que fue toda su existencia, la madre Josefa dejó estremecedores testimonios en prosa y en verso, lo mismo que en sus señales autobiográficas que ella llama auto-semblanzas.

Su admiración por la también monja y también poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, sin duda que se filtra en alguna medida en su obra, una obra escrita en buena parte en una celda del Convento de Santa Clara, del que fue abadesa, sacristana y portera en diferentes épocas y, sobre todo, en condiciones infra-humanas de soledad y de miseria.

“Una rueda de navajas”, diría la monja clarisa para referirse a sus días y sus noches. Algunas veces veía su espejo en llamas. Todo esto revelado por ella misma hacía que las compañeras del convento se burlaran de sus visiones, preguntándole en un corrillo de pesadilla gótica por las apariciones de Dios, de la virgen o el demonio.

Hay notables descripciones del ambiente del Convento de Santa Clara de esa época evocados por Elisa Mujica que recuerdan las perversidades y las afrentas a las que era sometida la madre de Castillo, realmente en un clima infernal de murmuraciones y calumnias.

Su buen biógrafo y estudioso Darío Achury Valenzuela dice que la monja escribía en cuanto papel caía en sus manos: “cartas, tarjetas, libros de cuentas”, atormentada por la angustia de vivir y por la necesidad de alejar sus demonios interiores. Sin embargo era capaz, gracias a su espíritu místico mezclado a su talento natural y a una autenticidad a toda prueba, de cambiar la realidad o por lo menos de escapar de ella con el recurso de la poesía.

Aún desde su naturaleza enfermiza y desde las severas penitencias que además se imponía, podía escribir versos tan sutiles como estos:

DELIQUIOS DEL DIVINO AMOR EN EL CORAZÓN
DE LA CRIATURA Y EN LAS AGONÍAS DEL HUERTO

El habla delicada
Del amante que estimo,
Miel y leche destila
Entre rosas y lirios.

Su meliflua palabra
Corta como rocío,
Y con ella florece
El corazón marchito.

Tan suave se introduce
Su delicado silbo,
Que duda el corazón,
Si es el corazón mismo.

Tan eficaz persuade,
Que cual fuego encendido
Derrite como cera
Los montes y los riscos.

Tan fuerte y tan sonoro
Es su aliento divino,
Que resucita muertos
Y despierta dormidos.

Tan dulce y tan suave
Se percibe al oído,
Que alegra de los huesos
Aun lo más escondido.

Es el clásico poema que como en el “Cantar de los cantares” atribuido al rey Salomón en el “Antiguo testamento”, propicia la pregunta alegórica de si la autora habla más de Dios que de un amante real. En el caso de la madre Josefa, de vida recogida y conventual, parece no haber duda de que su destinatario es Dios.

Su poema sin duda resulta influenciado por las lecturas del Rey Salomón, sus giros, su delicadeza, las palabras escritas como si se tratara de una revelación. El amante al que hace referencia la madre Josefa, que siempre por su propia decisión permaneció soltera, parece ser un recurso metafórico para hablarnos de Dios, a quien le entrega cuerpo y alma durante toda una vida de rezos y quebrantos.

Cuando habla del aliento de su amante, “tan fuerte y tan sonoro/ es su aliento divino,/ que resucita muertos/ y despierta dormidos”, la alusión parece apuntar más que al milagro del amor a los milagros de Dios, capaz de resucitar a los ausentes y de despertar a los que duermen por fuera de la fe.

Si cambiamos la palabra amante por la palabra Dios, algo que es recurrente en muchas monjas de hondo misticismo, Santa Teresa entre ellas, los significados del poema se alteran pero no su esencia amorosa. Un amado que habla con miel en la boca, que hace que el corazón dude de ser el mismo, un habla tan embriagante que puede alegrar hasta los huesos, es como una aparición, como la llegada de una suave presencia que se mezcla en todos los actos cotidianos.

La monja precisa en el título de su poema que se trata de un “deliquio”, esto es de un desmayo o de un desfallecimiento, algo que el amor carnal, el amor terreno, también padece cuando el corazón es invadido por la fuerza del sujeto amado.

La dulzura de su lenguaje a cada tanto da paso a terribles visiones y entonces resulta quizá más expresiva su palabra que parece venir de un descenso al infierno. A cada tanto, como lo relata en los capítulos de “Su vida”, se le aparecía el demonio, al que llamaba siempre el enemigo. Los espeluznantes y temibles descripciones del horror que a cada rato la asaltaba, son como una grieta que se le abriera en la paz de su celda para llevarla, literalmente, al infierno, como ocurre en el capítulo I:

“… En una ocasión me pareció andar sobre un entresuelo hecho de ladrillos, puestos punta con punta, como en el aire, y con gran peligro, y mirando abajo vi un río de fuego, negro y horrible, y que entre él andaban tantas serpientes, sapos y culebras, como caras y brazos de hombres que se veían sumidos en aquel pozo o río; yo desperté con gran llanto, y por la mañana vi que en las extremidades de los dedos y las uñas tenía señales de fuego; aunque yo esto no puedo saber cómo sería. Otra vez me hallaba en un valle tan dilatado, tan profundo, de una oscuridad tan penosa, cual no se sabe decir ni ponderar, y al cabo de él estaba un pozo horrible de fuego negro y espeso; a la orilla andaban los espíritus malos haciendo y dando varios modos de tormentos a diferentes hombres, conforme a sus vicios”.

La venerable y vulnerable madre de Castillo, que casi no tuvo tratos con gentes del mundo que no fuera el conventual es sin duda una personalidad atractiva, dividida entre visiones celestes e infernales, muy de su tiempo.

En el año de la muerte de la monja poetisa, en 1742, Juan Santos Atahualpa propicia el estallido de una rebelión en Perú para restaurar el imperio incaico que acosará por cerca de 14 años a las tropas españolas, solo tres años después de restablecido el virreinato de la Nueva Granada. Hay ya en el ambiente un olor de pólvora más que un olor de santidad.

Entre la vida y la obra de la monja tunjana hay tenues límites, que se confunden en un todo. Se trata de alguien que escribió una obra confesional y que, como algunas otras religiosas principalmente del virreinato de Perú y de algunos conventos mexicanos, resulta fundadora de un lirismo místico y contemplativo de una gran belleza.

Resulta sin duda ser la primera gran escritora nacida en estas tierras, alguien que como expresara la escritora norteamericana Denise Levertov sobre Orfeo, el cantor griego por excelencia que apacentaba las bestias y los corazones de los hombres duros con su voz, no cantaba sobre el infierno sino que lo hacía desde el infierno.

 


MOTIVOS PARA UN GALERÓN

 

Pocos escritores han trasegado más la geografía colombiana que Alfredo Molano. No es una novedad decirlo, pero de ninguna manera resulta innecesario repetirlo. Molano es un nómada del país y a la vez un nómada de sí mismo, alguien que no se entiende si no está migrando hacia los otros.

Ese carácter nómada es precisamente lo que se sostiene en su escritura. Molano se evade de los cánones para migrar de géneros, va de la crónica a la historia y de esta a la narrativa mientras se aleja con decisión del aparato conceptual que pocas veces se transgrede en la sociología. 

En textos como el de este libro desglosado de la versión original de Siguiendo el corte, el autor emigra desde los sucesos de nuestra violencia y nos muestra, quizá sin pretenderlo, que aún en ellos hay una poética venida del habla popular, de la palabra y la aguda observación llanera y campesina.

Parece recordarnos que de todos los temas que mueven en el país la aguja creadora, por obvias razones políticas, económicas y sociales, terminamos casi siempre involucrados en el aserto de Rivera anotado en la primera página de su novela de 1924, y que se tratara entonces de un destino crepuscular y colectivo: jugamos el corazón al azar y termina ganándolo, como si fuera algo irremediable, la violencia.

No es asunto de la sociología ni muchas veces lo es del periodismo asumirse desde la lírica, como no lo es de la poesía dejarse atrapar en los sociologismos. Sin embargo —y sin que esto sea un asunto programático— esa pareja disfuncional de la poesía y la historia se encuentran en la obra de Molano de una manera que parece natural, tanto en el lenguaje y en la forma como en la sólida estructura de sus libros.

Cuando lo leo no dejo de pensar en la sentencia de una aguda escritora norteamericana que se opuso de manera radical a la guerra de su país contra Vietnam, Denise Levertov: “escribir es escuchar”.

En ese escucharse señalado hay un llamado a escarbarse, a guaquearse a sí mismo para traducir en palabras necesarias y justas el adentro, pero también hay —y de qué manera— una necesidad de escuchar al otro. Eso lo hace como pocos Molano. Parece esconderse en una penumbra personal tras la historia narrada, no se exhibe ni profetiza y más bien monta desde sus personajes de carne y hueso una galería de autorretratos.

Sin duda, esa condición descalza de su palabra lo lleva a rebasar una condición puramente sociológica. Es muy probable que a algunos puristas de la academia y de la sociología, acostumbrados a una taxonomía y a un lenguaje de gueto, les genere molestias el desenfado y la oralidad testimonial que Molano preserva en todos sus escritos. 

No exagero cuando afirmo que ese despliegue de cosa hablada lo emparenta con Juan Rulfo, alguien que afirmaba que no tuvo que aprender a hablar como su pueblo sino oírse a sí mismo. Esto es algo que siento en la prosa de nuestro relator, él oye al otro como si se oyera a sí mismo, anula su primera persona, sus opiniones y conceptos en un país de hábitos precisamente opinadores y conceptuales.

De esa decisión, que es algo más que una vocación de estilo, dijo alguna vez: “oír las voces de las gentes no es suficiente. Para no usurparlas habría que escribirlas en el mismo tono y el mismo lenguaje en que han sido escuchadas”. Y lo logra, casi que uno puede escuchar la respiración, los espaciados silencios del habla coloquial, una memoria verbalizada.

Una vez le oí decir a Marta Traba y luego lo leí, que Rulfo no describe a sus personajes sino que los “sufre”. Lo mismo, desde lo testimonial, es lo que hace Molano: padece y respeta a su interlocutor, por eso mismo no crea fisuras como bien lo apunta uno de sus  maestros, Orlando Fals Borda. No separa los quehaceres del sociólogo, del literato y el periodista. Más bien los fusiona, crea un mestizaje entre ellos, un lenguaje anfibio. Hay, sí, una amalgama de saberes en su escritura, pero no deja ver las costuras, la artesanía del asunto. 

Uno oye la voz que atrapa de Berardo Giraldo, ‘El Tuerto’, su protagonista fundamental de Siguiendo el corte, y es como si se oyera en el fondo la voz de toda la insurgencia guerrillera del llano. Resulta curioso y premonitorio, se podría decir, que a Molano siendo un niño le hayan mostrado desde lejos —en el Ariari— al tuerto, al temible guerrillero liberal, como lo recordó en las palabras pronunciadas al recibir el Honoris Causa que le otorgó la Universidad Nacional.

Como biógrafo, Molano nos lleva del cabestro con la seguridad de quien conoce el camino, es un baquiano de la historia que ha gastado su tiempo y su rigor en serias investigaciones, siempre con el país atravesado en la memoria. Nadie de la generación que compartimos ha estudiado y recorrido tanto como él la Colombia profunda.

Me sorprende cómo estructura sus libros. Con qué cuidado de respetuoso testigo le presta su oído a las voces populares, malheridas por la violencia pero nunca miserabilistas ni plañideras. Nuestro relator es además el amanuense de una historia de claroscuros y silencios, de una historia olvidada que, no me canso de decirlo, en su ámbito oficial siempre está contada por el lado del borrador más que por la punta del lápiz. 

Uno agradece a quienes como Alfredo Molano vuelven a contar la historia por el grafito, que es el lado de la memoria. Y también se agradece la fidelidad que tiene con su interlocutor, en este caso con el habla genuina de ‘El Tuerto’ Giraldo y las imágenes que nos entrega en su conversación, lo mismo que a su humor negro y su encaletada malicia llanera. 

Todo deviene en Siguiendo el corte, retrato hablado y colectivo, un gran fresco de la guerrilla liberal, la saga de los Dúmar Aljure, los Guadalupe Salcedo y otros embreñados. Y deviene historia, como sucede con El destino de la luz, este libro cuyas páginas me recuerdan las palabras de René Char: “la historia es el reverso del traje de los amos”.

A manera de ejemplo sobre el habla del libro, bien vale la pena señalar el virtuosismo narrativo, la forma como ‘El Tuerto’ describe que a él mismo no lo llevaban en una camilla tras explotarle un taco de dinamita en las manos, que al que llevaban en guandas era su dolor. O la certeza sentenciosa y agorera de que “el destino es arisco”, una imagen agonista que parece salida de La Vorágine, esa novela fundacional que presumo jamás habría leído el tuerto con su único ojo.

El destino de la luz es una pieza magistral que funciona por sí misma como un cuento o como un relato de las gestas llaneras en toda su brutalidad y heroísmo, dos caras de una moneda al aire acuñada en la guerra. Es también un poema en prosa, directo y elusivo a la vez, un poderoso arsenal de imágenes para un galerón.

 

Bogotá, abril 3 de 2017

 

Abro mi muro y me pregunta ¿qué piensas? Pienso en Artaud tras leer los poemas egóticos de buena parte de la joven poesía colombiana, dominada no por los mejores sino por los que intercambian prebendas y aplausos y ediciones y lambonerías. Los fanfarrones que copan casi todos los espacios y un mendicante puesto en las letras. Lo hacen con una chequera en la mano para prodigar invitaciones desde un colegio que no es propiamente el de los patafísicos. Su lema es: yo te prologo, tú me prologas, nos coprologamos.

 

CON PERMISO DE ARTAUD

 

                       “Yo soy mi padre, mi madre, mi hijo y yo”.
                                              Antonin Artaud

I
Soy mi padre

Me he abandonado no pocas veces en un viejo caserón como un pater libertino. Aún así, me escribo cartas desde lugares remotos recordando un amor que duerme en los entresijos de un olvidado equipaje. Tal vez la vejez ocurre cuando empezamos a tratarnos con una cierta y disimulada simpatía, como un padre que regresa. Soy mi padre  pero no lo maldigo. Soy mi padre, a veces Abraham camino al sacrificio, a veces Isaac, un señuelo ciego en la broma macabra de Dios.

 

II
Mi madre

Todo lo que tiene amor viene de mi madre. Cuando veo que solamente mi sombra me acompaña, cuando la veo subir mansamente una espiral de peldaños, la palabra matria es cobijo, una savia que trepa al árbol y canta por el pico de un jilguero. Soy mi madre aunque a veces, como la madrastra de la historia, me ofrezca un pan llovido, una espuela envenenada.

 

II
Mi hijo

Soy mi hijo expósito, asumo su bastardía, su falta de obediencia en el camino. Me he liberado de las ordenanzas del cuerpo, vivo en mí como el primogénito de la soledad y el desatino. Soy mi hijo más viejo al que llevo de la mano a casa y doy de comer silencios tras cerrar la puerta al mundo. Digamos que soy un hijastro en rebeldía, alguien apenas conocido por mi, un tosco caminante que regresa medio muerto de la guerra.

 

IV
...Y yo

Siempre pensé ser el que llegando a la verdad, resbala. Como un actor sin público salgo de noche a la escena del sueño. Soy un teatro mudo de obras que represento sin entender, sin mayor entusiasmo. A veces me acorrala con sus cuchillos la vida, pero hay un paisaje que espera por mí. En él hay una colina y una cabaña donde estás tu, con tus ojos que huelen a la flor de los abismos. Soy yo, sucesivo inquilino de mis huesos, peregrino que cambia de piel en una carrera de relevos. Fisgón del mundo.

 

Inédito desde abril 19 de 2007

 


EL OFICIO DEL ESCRITOR

Oscar Collazos

 

No existe escritor, por malo, mediocre, notable o extraordinario que sea, que no se haya preguntado por el oficio de escribir. No es una pregunta exclusiva de los escritores. Quienes realicen un oficio, el más modesto, el socialmente más noble o inútil, que es un principio el oficio de escribir, se hacen en algún momento de sus vidas idéntica pregunta. Y las respuestas, si no obedecen a una tramposa impostación de la voz, son por lo general respuestas que nacen de la propia experiencia. No se puede, en ningún oficio, repetir las respuestas de los demás porque las preguntas acaso no hayan sido las mismas. Hacerlo es una manera de trampear, de mitificarse usando artificiosamente a los demás, en ocasiones a alguien a quien admiramos o a quien pretendemos emular, con lo cual, por muy brillantes y acertadas que sean las respuestas a preguntas que no han sido las nuestras, acaba por revelar un mimetismo que tarde o temprano se hará visible y que, con justicia, podría llevarnos al ridículo.

Deseo, pues, con esta breve ponencia, evitarme la caída en el ridículo y hablar del oficio del escritor desde una experiencia personal, probablemente parecida a la de otros escritores, pero experiencia que, por lo personal, revela o pretende revelar mis dificultades y mis aciertos en el oficio. Podría haber elegido a aquellos escritores que admiro y que en algún momento de sus vidas escribieron cosas ejemplares y emotivas sobre el oficio. Podría glosar a la Virginia Woolf de Una habitación propia o al William Faulkner de su discurso con motivo de la recepción del Premio Nobel; glosar y simular que comparto las observaciones que Hemingway desliza en Paris era una fiesta o las consideraciones de Edward Morgan Forster y H. James sobre la novela, tan reveladoras como las recientes notas que Raymond Carver ha escrito en su volumen La vida de ml padre. Son muchas y tal vez inabarcables las páginas que se han escrito y publicado sobre el oficio del escritor, que varían sutilmente del “oficio de escribir”.

Que mi experiencia coincida con la de ilustres escritores que admiro no me hace mejor escritor pero pone de relieve algo comúnmente compartido: con rasgos parecidos, o con detalles coincidentes, el oficio del escritor es el mismo aunque no sean las mismas las dificultades que cada escritor ha encontrado en su camino. Podemos sorprendernos al leer que algún escritor ha tenido las mismas dificultades, que se ha hecho las mismas preguntas y ha hallado respuestas nada distintas a las encontradas por nosotros. Empezando por las dificultades materiales que aparecen, amenazantes, en el camino, cuando no se trata, y por lo general no se trata del mismo camino, de aquellos pocos escritores que nacieron con una fortuna. Escribir empieza por ser una actividad incierta pero más incierto es el inmediato futuro, que empieza por la supervivencia y sigue por la necesidad de hallar un poco de tiempo libre. Es posible que, ya consagrados y liberados de esta servidumbre, muchos escritores gocen del prestigio social que, a la vez, les da sentido a sus obras y, de paso, al oficio de escribir. Esto no basta, sin embargo, para quien empieza en medio de azarosas y desesperantes dificultades: nadie apuesta nada por él, ni en su familia (suponiendo que la tenga) ni en su entorno social. Un escritor es un inútil, improductivo, a menos que demuestre lo contrario. Y demostrar lo contrario puede tardar años, tantos como el consumo de adrenalina, de sueño, de kilos, de esperanzas, e incluso de prestigio, pues no puede gozar de prestigio quien vive al fiado, atrasado en el pago del alquiler, sospechosamente mirado por quienes lo sacan de apuros, y, en últimas, tenido por un iluso o un embustero por quienes no han tenido la ocasión de ver los resultados de sus desvelos y mitomanías. Porque a medida que el escritor se hace, deja a su paso lo que los demás llaman mitomanías: siempre dice estar escribiendo lo que los demás no conocen, siempre abruma a su auditorio, si lo tiene, con sus proyectos literarios.

Un escritor que empieza es un proyecto incierto, una pluma a la deriva, un sujeto lleno de ansiedades. Lee y busca el camino trazado por sus predecesores y no halla la manera de emularlos. Y si llega a conseguirlo, no será él, el escritor que pretende llegar a ser un día, sino una huella difusa de aquellos predecesores que imita. Si de verdad desea ser auténtico, debe olvidarse de las obras de aquellos escritores que admira. Y esto no es fácil: se cuelan en su prosa o en sus versos con insidiosa frecuencia; pertenecen a su memoria de escritor y nada puede hacer para desalojarlos de allí.

El hallazgo de un estilo o un acento propio suele ser un primer escollo. Y es por momentos tan irrebasable, que el aprendiz de escritor cae en la tentación de mimetizarse en el estilo o el acento de los escritores que admira. Muy a menudo, las formas elegidas también forman parte de este mimetismo. El escritor nace al mundo con tantas rebeldías y tanta inconformidad, que sueña pegar un salto sin precedentes, así como sueña matar a sus mayores, a esos predecesores a los que tarde o temprano (mejor que sea temprano) pretende quitar de su camino. Empieza por creer (creencia ilusoria) que todo empieza con su escritura y por ello hace de ella un amasijo de influencias extraídas de aquellos escritores que sí han hecho una verdadera revolución en las formas literarias o en la manera de escribir. Puede que de este mimetismo salga algún día un acento propio. Pero la apuesta de este escritor no es tanto con la literatura como con las formas que los escritores han subvertido para darte a la literatura un carácter de exploración cada vez más profunda en las raíces de la condición humana.

No es extraño que un "artista cachorro", teniendo a su mano un arsenal de experiencias de donde podrían salir sus temas literarios, se deslice hacia la experimentación formal, sin sospechar que, de lo que se trata, es de conseguir un equilibrio entre sus temas y sus formas de escribir. Sacrifica (y doy fe de este sacrificio) aquello que tiene de más significativa su experiencia, para demostrarse que pertenece a una época en la que la literatura alcanzó grados insólitos de experimentación formal. Ahoga su propia voz con las estridencias de un “estilo” que, muy a menudo, no es su propio estilo. No es distinta esta dificultad a la que afronta en el momento de elegir sus temas, que sólo tendrán el sello de la autenticidad si vienen del mundo no siempre reconocible de sus obsesiones individuales. Así, el camino que conduce al hallazgo de una temática y un estilo, no siempre tiene el sello de la autenticidad. Como un galgo joven, demuestra más ganas de correr y saltar que deseos de llegar a alguna parte, fustigado como está por asuntos ajenos a la creación artística: el deseo de ser reconocido, la a veces desesperante necesidad de llegar a la fama.

El escritor que empieza, y hablo del escritor que empieza porque estos comienzos son los que forjan una personalidad literaria, aprende su oficio de los demás, de aquellos que le precedieron, aunque en el camino, por una suerte de elección o guiado por las intuiciones de su talento o genio, establezca una disputa en la medida en que le arrebatan su identidad. En el oficio del escritor, todo o casi todo se reduce a consolidar esta identidad. Si se escribe “a la manera de”, pronto se pondrán en evidencia los síntomas del mimetismo o del fracaso. Porque escribir “a la manera de” sólo será posible desde el “pastiche” o la parodia, que es un ejercicio de amor y de odio mediatizado deliberadamente por la ironía. De “pastiches” está llena la literatura, pero como no se trata, en el aprendizaje, de este experimento, lo mejor será que el escritor en ciernes se cuide de caer en estos abismos.

Olvidemos que las dificultades materiales sean un obstáculo. Resultan tan superables y existen tantos medios de sobreponerse a la pobreza, incluyendo la picaresca o la truhanería, que el asunto queda relegado a un segundo plano. El talento siempre será superior a estos accidentes materiales cuando existe, de verdad, la tenacidad del escritor, esa fuerza creativa que la pobreza pretende disminuir con sus miserias. Menos superables son las incertidumbres e inseguridades de aquel escritor que pugna por alcanzar un tono propio, una identidad reconocible en el mapa de sus contemporáneos, mapa en el que existen depresiones y alturas, llanuras tediosas o accidentes de alto riesgo. La pelea de un escritor por conseguir una identidad individual es un acto solitario y de extrema sinceridad. No caben los engaños. Todo escritor, si de verdad lo es, se hace a un código moral y a unas exigencias despiadadas y nada atenta contra uno y otras como la facilidad o la confianza desmedida en su talento. Acto solitario, escritura y critica simultáneas, la concepción de un cuento, un poema o una novela es el producto de un largo conflicto interno, una lucha a brazo partido contra el lugar común. Hacerse a esta seguridad puede tardar años, pero no son pocos los escritores que, poseídos por el genio de la precocidad, ajenos a menudo a la inmediata tradición, incluso a las modas de sus contemporáneos, hallan un estilo propio, emergen con un universo que los separa de aquellos y los lanza al vértigo de la excepcionalidad.

Acepten ustedes que no estoy generalizando. Les prometí hablar de experiencias personales y las anteriores consideraciones pertenecen al mundo de preguntas y respuestas halladas en lo que se llama pomposamente “una carrera literaria”. ¿Una carrera literaria? Jamás me propuse semejante ejercicio deportivo. Desconfío de esa gimnasia que se hace por acumulación acelerada de kilómetros e intrigas. Sospecho que un escritor que viva más pendiente de la carrera literaria que de la creación misma, que no tiene metas fijas y a veces ni siquiera un punto cierto de partida, acabará convirtiéndose en víctima del pavoneo o de esos sentimientos bastardos que animan toda competencia: la prepotencia o los celos, la jactancia o el ninguneo, actitudes o sentimientos muy frecuentes en la tribu literaria o acaso también en todas las tribus artísticas.

Se habla con frecuencia, tal vez por haber sido uno de los lugares comunes del romanticismo, del influjo de los sentimientos en la creación literaria, del efecto inmediato que estos, vividos o sufridos en su mayor intensidad, tienen de beneficioso en la creación literaria. Confieso que, desde mi experiencia, no ha habido sentimiento, por intenso que sea (pongamos por caso el dolor, la decepción amorosa, el sentimiento inquietante de pérdida de alguien, el efecto de las catástrofes humanas sobre nuestra conciencia), que me haya servido, de manera inmediata, para algo que no sea la parálisis o la impotencia creadora. Cuando he sufrido uno cualquiera de estos golpes, caigo en el vacío o en la inactividad, quizá en el desconcierto, en la pérdida de perspectivas y de lenguaje. Necesito superar el efecto pernicioso de tales experiencias para, a la distancia, servirme de ellos literariamente. Y ésta es, a mi modo de ver, una experiencia de escritor. Y puesto que se trata de hablar ante ustedes del oficio del escritor, consigno aquí estas experiencias o, mejor, esta incapacidad de responder de inmediato, por medio de la creación literaria, a sentimientos que la vida me ha ofrecido en los accidentes del amor, de la amistad, de la familia o de las catástrofes naturales.

¿Qué más podría decir que no compartan otros escritores? ¿Algo sobre la crítica? Mis experiencias con la crítica han acabado por convertirse en una relación distante. No soy el único en afirmar que desconfío a distancia del elogio desmedido y que la diatriba me deja indiferente. Existen, en la creación literaria, mayores adversidades, siendo la mayor aquella que nos enfrenta a la página en blanco, a esos vacíos de la creación, a la incapacidad de alcanzar la intensidad expresiva que se desea. Existen compensaciones también mayores y más altas y ninguno se parece tanto a la del diálogo sobre nuestra propia obra, a la conversación de amigos, al desinteresado discurrir sobre nuestros hallazgos y fracasos. No desconozco la importancia de la crítica. Desconfío de sus excesos, que se sitúan en dos extremos: en el de la teorización gratuita, hecha por fuera de la obra literaria, o en el impresionismo ligero e irresponsable que atiende más al grado de antipatía o simpatía que produzca un escritor que a la naturaleza misma de su trabajo literario. He sufrido los dos excesos y tal vez por ello, al leer esta clase de crítica, tengo por costumbre armarme de ironía o de compasión.

Existen escritores que se anclan, con todas sus fuerzas, en un universo o en un estilo. Hasta donde me reconozco, y lo he hecho al leer mi propia obra, he preferido la aventura y el riesgo, el vagabundeo por temas y estilos, algo que, seguramente, obedece a una personalidad cambiante, reacia a fijar su residencia en un solo puerto. Nuestra obra es, en el fondo, nuestra biografía, directa o sublimada. Y en lo que a mí concierne, he tenido, más por azar que por elección, una biografía de nómada. El nomadismo temático y estilístico de mis cuentos y novelas ha establecido lazos indisolubles con el nomadismo de mi vida. ¿Es esta experiencia parte del oficio de escritor? Temo que sí. Pero temo también que, más abajo de la superficie, siguen estando los temas que me obsesionaron desde el comienzo: la sexualidad y el amor, los conflictos interpersonales, las degradaciones de la política y los simulacros de la historia. Quizá sea poco lo que haya llegado a decir sobre el oficio del escritor. Es poco porque el resto sigue estando en los paréntesis del misterio o en esas preguntas que sólo hallan respuesta en el proceso mismo de la creación.

 

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Óscar Collazos, El oficio del escritor, Cuadernos de literatura Volumen 1, No. 2, julio-diciembre de 1995. Conferencia dictada por Óscar Collazos en la mesa redonda "El oficio de escribir", mayo 24 de 1995, acto cultural para celebrar los 25 años del Departamento y la carrera de literatura de la Universidad Javeriana. Esta misma conferencia fue recogida en el libro Artesanías de la palabra: Experiencias de quince escritores colombianos, publicado por Panamericana en 2003.

 


 

Jorge Teillier

SOBRE EL MUNDO DONDE VERDADERAMENTE HABITO

O LA EXPERIENCIA POÉTICA

 

I

He oído decir alguna vez que poesía es lo que hace el poeta. La tarea es partir desde ese lugar y tratar de establecer qué es poesía para quien ejerce ese "monótono oficio o arte".

En un principio poesía eran para mí los extraños trozos de pareja tipografía medida y rimada que aparecían en los libros de lectura, esos versos que hay que aprender de memoria (y no de corazón como se dice en francés); de donde surgen el caballo blanco que nos va a llevar de aquí, las loas a los padres de la patria, los versos a la madre que el mejor alumno declama en el proscenio.

Para empezar entonces, la poesía es lo distinto al lenguaje convencional, por una parte, y por otra, "lo bello", lo idealizado como las cuatro estaciones en los cuadros donde se aprende idioma. Dos son las poesías escolares que aún recuerdo: una me atrajo por la anécdota: "La canción del pirata" de Espronceda ("La luna en el mar riela / y en la lona gime el viento), y la otra de García Lorca: "Naranjita de oro/ de oro y de sol", donde las palabras me sonaban como un encantamiento análogo al de las rondas entonadas por las vecinas al atardecer.

No recuerdo haber intentado escribir poema alguno hasta los doce años de edad. La poesía me parecía algo perteneciente a otro mundo y prefería leer en prosa. Leía como si me hubiesen dado cuerda, así como relata Pasternak que veía leer a los moscovitas en los trenes de 1941 ajenos al cañoneo alemán venido de unos pocos kilómetros. Leía de todo, desde cuentos de hadas y El Peneca hasta Julio Verne, Knut Hamsun y Pannait Istrati por quien aún vuelan los cardos en el Baragán.

Desde los doce años escribía prosa y poemas, pero en Victoria, ciudad donde aún suelo vivir, fue donde escribí mi primer poema verdadero, a eso de los dieciséis años, o sea, el primero que vi, con incomparable sorpresa, como escrito por otro.

Sobre el pupitre del liceo nacieron buena parte de los poemas que iban a integrar mi primer libro Para ángeles y gorriones, aparecido en 1956. Mi mundo poético era el mismo donde también ahora suelo habitar, y que tal vez un día deba destruir para que se conserve: aquel atravesado por la locomotora 245, por las nubes que en noviembre hacen llover en pleno verano y son las sombras de los muertos que nos visitan, según decía una vieja tía; aquel poblado por espejos que no reflejan nuestra imagen sino la del desconocido que fuimos y viene desde otra época hasta nuestro encuentro, aquel donde tocan las campanas de la parroquia y donde aún se narran historias sobre la fundación del pueblo. Y también aparecían los poetas; el primero de todos Paul Verlaine, cuyos versos rimaban con las campanas y los pájaros y cuya poesía fue la primera que aprendí a ver viva sin necesitar otra cosa que el sonido, y luego

Rubén Darío, López Velarde y Luis Carlos López, provincianos cursis y universales, y también los chilenos: Vicente Huidobro, cuya antología leía en la Pascua de 1949, y Omar Cáceres que me fue descubierto por Miguel Serrano en su Ni por mar ni por tierra ("La brújula del alma señala el sur"), y Pezoa Véliz y Alberto Rojas Giménez y Romeo Murga que hablaba por nosotros a las muchachas con las que no podíamos hablar. Sin embargo, aclaro que nunca hubo para mí distinción entre poetas chilenos y poetas extranjeros. Se es o no es poeta, y allí no caben nacionalidades. Más aún, creo que es un signo de madurez no preguntarse ya "qué es lo chileno". Las personas adultas no se preguntan quién son, sino cómo van a actuar. También las colectividades adultas, me parece.

Nuestra poesía siempre ha tendido a la universalidad, que fundamentalmente se obtiene por el lenguaje imperecedero de la imagen. "La muerte que está ante mí como el chubasco que se aleja" del arpista del Antiguo Egipto es también, "la muerte es grande y somos los suyos" de Rilke, y la misma nieve recuerda a las damas de antaño de Villon y es como la soledad en Rilke, y el tiempo es un río en Heráclito y Jorge Manrique.

Pero vuelvo a 1953... cuando como todo provinciano debí hacer el viaje bautismal de hollín de trenes de entonces a Santiago, atravesando la noche como en un vientre materno hasta asomarse a la lívida madrugada de boca amarga de la Estación Central. Por esos años el héroe poético de mi generación era Pablo Neruda, que perseguido por el Traidor se dejaba crecer barba y atravesaba a caballo la Cordillera y desde México lamentaba que los jóvenes leyeran Residencia en la tierra y llamaba a cantar con palabras sencillas al hombre sencillo y en nombre del realismo socialista convocaba a los poetas a construir el socialismo. Hijo de comunista, descendiente de agricultores medianos o pobres y de artesanos, yo sentimentalmente sabía que la poesía debía ser un instrumento de lucha y liberación y mis primeros amigos poetas fueron los que en ese entonces seguían el ejemplo de Neruda y luchaban por la Paz y escribían poesía social.

Pero yo era incapaz de escribirla, y eso me creaba un sentimiento de culpa que aún ahora suele perseguirse. Fácilmente podía ser entonces tratado de poeta decadente, pero a mí me parece que la poesía no puede estar subordinada a ideología alguna, aun cuando el poeta como hombre y ciudadano (no quiero decir ciudadano elector, por supuesto) tiene derecho a elegir la lucha a la torre de marfil o de madera o cemento. Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias. Yo escribía lo que me dictaba mi verdadero yo, el que trato de alcanzar en esta lucha entre mí mismo y mi poesía, reflejada también en mi vida. Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido y sin puerta de escape que vemos deambular por el mundo literario.

 

II

A su debido tiempo, me parece que todo poeta en esta sociedad se suele considerar un sobreviviente de una perdida edad, un ente arcaico. La poesía es una enferma grave, a la que se le toleran algunos caprichos en espera de su futura muerte, y también la Cenicienta (para editores) de los géneros literarios aun cuando la novela sea "la poesía de los tontos" según dice mi amigo el poeta Molina Ventura.

La burguesía ha tratado de matar a la poesía, para luego coleccionarla como objeto de lujo. Me parece un signo de estos tiempos ver cómo medio mundo reúne cosas que nunca se usarán: volantines que jamás se enredarán en un árbol, botellas que nunca recibirán vino, redes de pescadores que no sirven para atrapar un pez, llaves mohosas para ninguna puerta, "posters" con efigies de muertos que de algún modo se contribuyó a matar. El poeta es un ser marginal, pero de esta marginalidad y de este desplazamiento puede nacer su fuerza: la de transformar la poesía en experiencia vital, y acceder a otro mundo, más allá del mundo asqueante donde se vive. El poeta tiende a alcanzar su antigua "conexión con el dínamo de las estrellas", en su inconsciente está su recuerdo de la "edad de oro" a la cual acude con la inocencia de la poesía. Si soy extraño en este mundo no soy extraño en mi propio mundo, reflexiona el creador, y a la larga, en poesía, "lo que no es práctico resulta ser lo práctico" como escribía Gunnar Ekelof. Pienso en dos poetas chilenos ya fallecidos que pagaron con su vida su calidad de poetas: Teófilo Cid y Carlos de Rokha, ambos "amateurs de la lepra", en nuestro medio. Sí, la poesía considerada como la lepra en este mundo en donde está muriendo la imaginación, en donde la inspiración está relegada al desván de los muebles viejos. Astronautas antisépticos y en esterilizados vehículos llegarán a la luna a plantar sus pequeñas banderas, y a transmitir mensajes sin sentido, serán artistas de circo en la "caja de los idiotas" de la TV. Al contrario, pienso en los verdaderos conquistadores como Cristóbal Colón que parte sin mapas junto con un equipo de locos y presidiarios hasta que aparece el Nuevo Mundo que surge gracias a su visión; en Ponce de León muriendo en pos de la Fuente de la Juventud; Gonzalo Pizarro yendo hacia El Dorado; el Padre Meléndez en estrechas chalupas bogando por los canales hacia la Ciudad de los Césares. Qué puede ver el ciudadano del siglo XX en la Luna sino un pequeño satélite cuya probable utilidad será la de depósitos de perfeccionados proyectiles nucleares, allí donde las jóvenes irlandesas veían al rostro de su futuro amado, los puritanos de Boston a un duende maléfico, los nativos de Samoa una anciana hilando nubes, los niños de hace treinta años a la Sagrada Familia rumbo a Egipto. El poeta es el guardián del mito y de la imagen hasta que lleguen tiempos mejores.

 

III

Creo que todos mis libros forman un solo libro, publicado en forma fragmentaria, a excepción de Crónica del Forastero. Me parece que difícilmente uno tiene más de un poema que escribir en su vida. Hay varias tendencias en mis libros que van de Para ángeles y gorriones (1956) hasta Poemas del País de Nunca Jamás (1963); una descriptiva del paisaje visto como un signo que esconde otra realidad (como en los poemas "El Aromo" o "Molino de Madera"), otra como la historia de un personaje contada con un marco de referencia que es siempre la aldea (así en "Historia de Hijos Pródigos"), otra como el afrontar el problema del paso del tiempo, de la muerte que subyace en nosotros revelada como el fuego revela la tinta invisible por medio de la palabra (los poemas "Domingo a domingo" u "Otoño secreto"). En este sentido quiero hacer destacar que para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño, a cuyo reino pertenezco desde muy niño, cuando sentía sus pasos subiendo la escalera que me llevaba a la torre de la casa donde me encerraba a leer. Sé que la mayoría de las personas que conozco y conocemos están muertas, que creo que la muerte no existe o existe sólo para los demás. Por eso en mis poemas está presente la infancia, porque –para mí– el tiempo más cercano a la muerte y en donde verdaderamente se entiende lo que significa. Por otra parte, yo no canto a una infancia boba, en donde está ausente el mal, a una infancia idealizada; yo sé muy bien que la infancia es in estado que debemos alcanzar, una recreación de los sentidos para recibir limpiamente la "admiración ante las maravillas del mundo". Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado, pero que debiera pasarnos.

Siguiendo con mis libros, Los trenes de la noche es un solo poema escrito también de un solo golpe, en un viaje de Santiago a Lautaro, mirando por la ventanilla del tren nocturno, escribiendo unos versos en un cuaderno de croquis tras salir a respirar a la pisadera del carro, tras bajarme rápidamente en las estaciones de donde parten los ramales, a tomar un vaso de vino. El paso del tren representa el tiempo que las locomotoras van dividiendo en forma implacable en el pueblo natal que atraviesan por la mitad. Alguna vez correrá un último tren, pensaba yo, cuál será ese último tren, así como tantas veces pienso quién pronunciará por última vez mi nombre, quién leerá por última vez un poema mío.

Crónica del Forastero es un libro con menos revelación, menos visión lírica, un intento fallido tal vez de cambiar mi expresión habitual por el relato, a costa unas veces del relato, otras de la tensión lírica. Pero uno muchas veces no es responsable de lo que hace. Mi intento era el de revivir a través de un personaje lírico la historia o mejor dicho la intrahistoria de la Frontera, nuestro Far West, donde nace en el Siglo XVI la poesía chilena con Pedro de Oña y Ercilla; esa zona tan singular nacida de la fusión de tres razas; revivir a los (y mis) antepasados, proyectar una historia mítica en un presente que debe cambiarse. Yo debía transformarme en una especie de médium para que a través de mí llegara una historia, y una voz de la tierra que es la mía, y que se opone a la de esta civilización cuyo sentido rechazo y cuyo símbolo es la ciudad en donde vivo desterrado, sólo para ganarme la vida, sin integrarme a ella, en el repudio hacia ella. Es posible que esta "Crónica" sea un primer intento que alguna vez retomaré, un primer paso hacia un poema épico para el cual todavía no estoy preparado. Mi trabajo actual está orientado en otro sentido, que no creo del caso hablar ahora, para utilizar figuras manidas, la primavera trabaja mudamente las raíces del trigo que va a aparecer. Tal vez sí apunte a una contradicción de mí mismo, una contradicción dolorosa, porque yo no soy poeta de la aventura, sino del orden, aun cuando admire a los innovadores auténticos, por supuesto. Pero sí, quiero establecer que para mí lo importante en poesía no es el lado puramente estético, sino la poesía como creación del mito, y de un espacio y tiempo que trasciendan lo cotidiano, utilizando muchas veces lo cotidiano. La poesía es para mí una manera de ser y actuar, aun cuando tampoco puedo desarticularla del fenómeno que le es propio: el utilizar para su fin el lenguaje justo para este objeto. Mi instrumento contra el mundo es otra visión del mundo, que debo expresar a través de la palabra justa, tan difícil de hallar. Porque el poema no debe (como dice Archibald McLeish) "significar sino ser". Tal vez lo que importa no es dar en el blanco, sino lanzar la flecha. Y de nada vale escribir poemas si somos personajes antipoéticos, si la poesía no sirve para comenzar a transformarnos nosotros mismos, si vivimos sometidos a los valores convencionales. Ante el "no universal" del oscuro resentido, el poeta responde con su afirmación universal.

 

IV

Nunca he pensado escribir una poesía original, ni me tengo por un ser sin antepasados poéticos. Cada poeta tiene una línea que va siguiendo. Es la mía la de Francis Jammes, Milocz en alguna de sus etapas, René Guy Cadou —un poeta con cuya visión del mundo creo tener afinidad—, Antonio Machado, para citar a los poetas principales, y en las lenguas que puedo leer en versiones originales, lo que me parece fundamental. En prosa, la línea de Robert Louis Stevenson, Alain Fournier, Selma Lagerlof, cierto Knut Hamsum, Edgar Allan Poe (Arturo Gordon Pym). En Chile, alguna vez me adscribí a un cierto sentido de la poesía que yo mismo llamé "lárica" (ver Boletín de la Universidad de Chile, número 56, 1965, mi trabajo "Los poetas de los lares"), y en donde están, entre otros, Efraín Barquero y Rolando Cárdenas, para citar sólo a mis coetáneos. A través de la poesía de los lares yo sostenía una postulación por un "tiempo de arraigo", en contraposición a la moda imperante e impuesta por ese tiempo, por un grupo ya superado, el de la llamada Generación del 50, compuesto por algunos escritores más o menos talentosos, por lo menos en el sentido de la ubicación burocrática, el conseguir privilegios políticos, el iniciar empresas comerciales, representantes de una pequeña burguesía o burguesía venida a menos. Ellos postulaban el éxodo y el cosmopolitismo llevados por su desarraigo, su falta de sentido histórico, su egoísmo pequeño burgués. De allí ha nacido una literatura que tuvo su momento de auge por la propaganda y autopropaganda, pero que por frívola y falta de contacto con la tierra, por pertenecer al oscuro mundo de la desesperanza ha caducado en pocos años. La pretendida crisis de la novela chilena no es, tal vez, sino crisis de la inautenticidad, de renuncia a las raíces, incluso a las de nuestra tradición literaria, por pobre que sea. En cambio, la mayor parte de nuestros poetas se mantienen fieles a la tierra, o vuelven a ella, como es el caso desde Neruda y Pablo de Rokha a Teófilo Cid y Braulio Arenas, ex surrealistas; o como en los más destacados poetas de la última generación, la poesía es expresión de una auténtica lucha por esclarecerse a sí misma, o por poner en claro la vida que la rodea. Pero mejor que yo lo dice Rilke: "Para nuestros abuelos una torre familiar, una morada, una fuente, hasta su propia vestimenta, su manto, eran aún infinitamente más familiares; cada cosa era un arca en la cual hallaban lo humano y agregaban su ahorro de humano. He aquí que hacia nosotros se precipitan llegadas de EE.UU cosas vacías, indiferentes, apariencias de cosas, trampas de vida... Una morada en la acepción americana, una manzana americana, o una viña americana nada tienen de común con la morada, el fruto, el racimo en los cuales había penetrado la esperanza y la meditación de nuestros abuelos... Las cosas dotadas de vida, las cosas vividas, las cosas admitidas en nuestra confianza, están en su declinación y ya no pueden ser reemplazadas. Somos tal vez los últimos que conocieron tales cosas. Sobre nosotros descansa la responsabilidad de conservar no solamente su recuerdo (lo que sería poco y de no fiar), sino su valor humano y lárico". Hasta aquí Rilke (1929). Y no se debe añadir nada más. Dentro del mismo Estados Unidos los movimientos de los beatniks y los hippies recuperan también este mundo del "lar".

 

V

Lo he dicho entre líneas, pero ahora quiero hacerlo explícito: el personaje que escribe no soy necesariamente yo mismo, en un punto estoy como un ser consciente, en otro la creación que nace del choque mío contra mi doble, ese personaje que es quien yo quisiera ser tal vez. Por eso el poeta es quizás uno de los menos indicados para decir cómo crea. Cuando el poeta quiere encontrar algo se echa a dormir, me parece que lo dice León Felipe. Habitualmente el poema nace en mí como un vago ruido que debe organizarse alrededor de la palabra o la frase clave o una imagen visual que ese mismo ruido o ritmo mejor dicho, concita. No puedo concebir luego el poema en la memoria, sino que debo escribir la palabra o frase clave en un papel, y ver cómo se van organizando alrededor de ella las demás. Nunca corrijo, sino que escribo varias versiones, para elegir una, en la cual trabajo. A veces queda limpia de toda intervención posterior, otras veces empiezo a podar y corregir en exceso, quitando espontaneidad. Creo que algo de eso me ocurrió en la Crónica del Forastero. Pero en realidad, nunca sé en verdad lo que voy a decir hasta que no lo he dicho.

 

VI

Releo este trabajo, como de costumbre me siento disconforme de él, pero hemos llegado a un fin y eso no carece de importancia.

Me molesta el tono impostado y dogmático que he solido adoptar, así como el de querer decir verdades últimas. De veras, muchas veces no sé si soy poeta o no, no sé si sobrevivirá de lo que he escrito por lo menos "algunas palabras verdaderas" como pedía Antonio Machado. Pero "nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea". No soy humilde, al estilo de los que dicen, como decía la violeta, "a humilde a mí no me la gana nadie", pero tampoco seguro de si lo que escribo vale ante los demás y ante mí mismo. Tal vez alguna vez ya no escriba más poesía, tal vez siga en esta tarea que nadie sino yo mismo me he impuesto, no para vender nada, sino para salvar mi alma, en el sentido figurado y literal.

Bien, si difícilmente he podido comunicar algo pido disculpas afirmando como lo hace Humpty Dumpty en Alicia a través del espejo que las palabras no significan sino lo que nosotros queremos que signifiquen. De todos modos, para terminar diré que "el vino y la poesía con su oscuro silencio" dan respuesta a cuanta pregunta se le formule y que si mi amigo el poeta Nicanor Parra escribe "Total cero" en un "artefacto" de epitafio a Pablo de Rokha yo prefiero decir con Paul Eluard que "toda caricia, toda confianza sobrevivirá", y con René Char: "A cada derrumbe de las pruebas el poeta responde con una salva por el porvenir".

1968

 


 

Pilar Vélez

LA INVISIBILIDAD DE LOS ESCRITORES HISPANOS

DE LOS ESTADOS UNIDOS

If you talk to a man in a language he understands, that goes to his head.

If you talk to him in his language, that goes to his heart.

Nelson Mandela

 

Uno de los dones más admirables del ser humano es la capacidad de comunicarse con sus semejantes por medio de un lenguaje común. Este lenguaje común, sistema de vocablos propio de una comunidad social, también llamado idioma, ha posibilitado el desarrollo de la humanidad y el traspaso del legado cultural de una generación a otra. Sin lenguaje no habría civilización y sin idioma sería imposible preservar la cultura de un pueblo. Se estima que existen hoy en el mundo  alrededor de siete mil idiomas y dialectos, de los cuales una mínima parte se habla masivamente, y que alrededor de dos mil quinientos de ellos desaparecerán en corto plazo debido a la globalización y su efecto de homogenización cultural. Según la Unesco1, el mandarín, el inglés, el español, el hindi, el árabe, el bengalí, el ruso, el portugués, el japonés, el alemán y el francés son los idiomas más hablados en la actualidad, y los hispanos debemos sentirnos orgullosos y afortunados de que nuestro idioma, además de su amplísima difusión en todas las latitudes del mundo, sea uno de los seis idiomas oficiales de las Naciones Unidas.

La pluralidad cultural de los Estados Unidos es uno de sus mayores atractivos, por ser este país la meca  de la población mundial. Se trata de una nación de emigrantes, razón por la cual en su territorio se hablan, en mayor o menor grado, alrededor de trescientos idiomas y dialectos, y entre ellos destaca el español, que se ha convertido en el segundo idioma del país. El último censo poblacional de USA, realizado en el 2010, mostró que de sus 308.745.538 habitantes, los hispanos, con una población de 50.5 millones de habitantes, somos el 16% y el grupo poblacional con mayor índice de crecimiento.

Hay ciudades en los Estados Unidos cuyo idioma preponderante es el español, gracias a la migración masiva de latinos hacia ciertas áreas del país. En Los Ángeles, por ejemplo, el 48.5% de la población es hispana; en Houston, el 41.4%; en San Antonio, el 61.2% y en Miami, el 68.2%, por mencionar los casos más notables.

Es claro que los hispanos, por ser tan numerosos, constituimos  una fuerza económica y política de gran importancia en los Estados Unidos; pero este peso económico y político parece no ir a la par con lo que representamos culturalmente, especialmente en lo que se refiere a la difusión de la literatura en español producida por los escritores hispanos residentes en los Estados Unidos.

Sin embargo, independientemente del número de personas que hablen una lengua, para que esta se sostenga y enriquezca es preciso considerar dos factores sin los cuales es imposible lograrlo: la creación literaria y el fomento de la lectura. Usar el idioma solo con fines de comunicación básica  es desperdiciar sus maravillosas posibilidades, lo cual, a más de imperdonable, atenta contra su supervivencia. Si los hispanos deseamos mantener el protagonismo del español, con todo lo que significa como sostén de nuestras raíces ancestrales,  debemos enriquecerlo elevando nuestro nivel cultural y educativo, y qué mejor para ello que fomentar la lectura en nuestra lengua nativa, de lo contrario ella se irá empobreciendo paulatinamente por la influencia del nuevo idioma, en este caso el inglés. Infortunadamente, los hispanos en general reportan bajísimos índices de lectura y esto desestimula a las editoriales a que incursionen en la literatura escrita en castellano.

Es un hecho que en los Estados Unidos los hispanos superamos en número a los otros inmigrantes, como lo muestran las estadísticas, pero debemos ir más allá de las simples cifras, capitalizar lo que significa ser la segunda comunidad poblacional de este país y hacernos el firme propósito de ocupar un sitial destacado no sólo en la cantidad sino también en la calidad. Ambos factores se pueden enfocar desde diversos ángulos, por ejemplo: la calidad de vida de esos 50.5 millones de personas, cuántas de ellas residen legalmente en este país, cuál es su nivel de acceso a la educación y a la salud, por citar algunos. No obstante, el punto que me interesa en este análisis es la importancia que para los inmigrantes hispanos tiene aprender el idioma inglés sin dejar de enriquecer el español, y esto sólo se logra, valga recalcarlo, a través de la educación, de la lectura, de la escritura y del fortalecimiento cultural y social de nuestra comunidad hispana.

La literatura, herramienta invaluable para una sólida educación, no es asunto exclusivo de los escritores. Una población que escribe y lee tiene mejores posibilidades de sobrevivencia y superación. Aprender el idioma inglés es una necesidad indiscutible, pero no significa que haya que renunciar al español. Es penoso ver a tantas familias hispanas que han perdido el español porque los padres no han transmitido este legado a sus hijos, y triste comprobar cómo cientos de miles de personas terminan hablando spanglish y aun así se consideran bilingües. En cuanto a esto, vale la pena agregar que no todos los hispanos que viven en los Estados Unidos son bilingües (es decir, hablan y escriben en inglés y en español) y que muchos hispanos sólo cuentan con la televisión y la radio como medios de educación y entretenimiento -y no es una verdad oculta que predomina el entretenimiento. La lectura ha sido relegada a las aulas de clase y a las consultas cada vez más rápidas en el internet. Los índices de lectura revelan que hay personas que se pueden pasar la vida entera sin leer un libro, y este panorama también cobija a los hispanos que viven en los Estados Unidos. Por todo lo anterior, la difusión cultural de calidad en español es una necesidad para nuestra comunidad hispana y no debe reñir con el aprendizaje de la cultura y el idioma anglosajones.

La invisibilidad comienza en casa. Muchos hispanos ignoran que en los Estados Unidos se produce literatura en español y desconocen el hecho de que hay escritores de habla hispana que residen en sus comunidades. Así mismo, muchos de estos escritores ignoran que algunos de sus colegas  hispanos han tomado la iniciativa de formar grupos y organizaciones para brindarse apoyo mutuo, generar sus propias oportunidades y unir al gremio, conscientes de que el arte es por antonomasia la expresión de la cultura de los pueblos y que se necesita construir espacios para su profesionalización y difusión. Sin embargo, no existe un apoyo de gran escala para promover el trabajo literario de los escritores hispanos en los Estados Unidos, pese a la relevancia que tiene la escritura y la lectura para educar, dar poder y unir a la comunidad. El trabajo de promover el uso correcto de nuestro idioma y difundir la literatura en español pareciera ser del interés de unos pocos.

La mayoría de los escritores hispanos autofinancian sus publicaciones, pero al no existir canales de distribución efectivos para que la producción literaria sea conocida y llegue a las manos de los lectores hispanos, ese notable esfuerzo financiero no rinde sus frutos. La oferta de literatura hispana disponible en las librerías no es representativa y no incluye a excelentes escritores residentes en este país que esperan en la antesala de las editoriales la oportunidad de ser incluidos en su fondo de publicaciones y reconocidos por la audiencia de lectores hispanos. Algunos escritores hispanos tienen éxito al escribir sus libros en inglés y luego, si la editorial lo considera conveniente, los publica en español.

Lo dicho hasta aquí no significa que aboguemos por que se dé prelación a los escritores hispanos que viven en este país por sobre sus colegas de otras lenguas, o que ellos sean mejores o tengan mayores derechos, porque para nosotros es claro que en el arte prima la calidad. Pretendemos simplemente que nuestros escritores tengan las mismas oportunidades que los demás. La falta de difusión del trabajo literario hispano producido en los Estados Unidos ocasiona que los lectores hispanos  restrinjan sus opciones de lectura en español y sólo conozcan a los escritores patrocinados por las grandes editoriales. Ello no significa que demeritemos el trabajo de estos escritores, pues en muchos casos gracias a ellos las librerías tienen secciones de libros en español; pero es innegable que mientras sus libros son distribuidos en las librerías y aparecen masivamente en los medios, el trabajo de los escritores locales es ignorado.

El escritor hispano residente en los Estados Unidos cuenta para la difusión de su obra, básicamente, con la promoción que puede hacerse él mismo a través de su blog y de Facebook. En general, la situación económica de los escritores es difícil, pero la del escritor hispano que escribe en español y reside en los Estados Unidos es casi insostenible. Quizás el panorama cambie gradualmente en la medida en que nuestros conciudadanos se interesen por una variedad más amplia de contenidos además de los libros de espiritualidad, plantas medicinales y astrología, que son los que reportan mayores ventas.

La comunidad hispana de los Estados Unidos necesita del trabajo de los escritores hispanos residentes en este país, porque a través de él se unifica, se expresa y deja un legado. Nuestra pluma registra de primera mano el paso de los hispanos por esta nación, pues compartimos la misma realidad, sabemos de sus vicisitudes y logros porque de ello somos actores y testigos, y contribuimos a documentar esta experiencia. Difundimos nuestra cultura a la par que educamos y entretenemos. El reconocer a los talentos de nuestra propia comunidad y valorar la diversidad que aporta cada uno por provenir de cualquiera de los veintiún países en donde el español es el idioma oficial, fortalece los lazos que nos unen e invita a las próximas generaciones de hispanos en los Estados Unidos a preservar su cultura. Es, por tanto, un deber de esta generación apoyar las instituciones que den continuidad al legado cultural de los inmigrantes hispanos en los Estados Unidos, y particularmente respaldar a nuestros escritores y artistas pues son ellos los exponentes privilegiados de la fuerza expresiva de nuestro bello idioma y testigos de excepción de su aporte a la riqueza cultural de esta gran nación. Los hispanos somos una enorme comunidad en los Estados Unidos y poseemos un vasto patrimonio multicultural; y los escritores hispanos que residimos en este país somos parte de esta vivencia y tenemos mucho que ofrecer. Es evidente, entonces, que debemos abandonar nuestra invisibilidad.

La ausencia de conexión entre los escritores hispanos radicados en USA y la comunidad hispana de la que son parte es una de las razones por las cuales muchos de ellos deciden volver sus ojos a sus países de origen, en los que la gran mayoría tampoco tiene lectores porque nadie los conoce o nadie los recuerda, pero aun así piensan que tienen allí mayores probabilidades de que sus obras sean difundidas. Sobra decir que esta decisión implica un esfuerzo económico mucho mayor debido a la distancia, sin contar con que el resultado de esta aventura es un verdadero albur.

El arte es universal, lo sabemos, pero en este escenario en el que la literatura se importa y exporta debemos preguntarnos si valdrá la pena saber para quién escribimos. Y aunque la respuesta obvia  es que se escribe para los lectores, habría que hacerse una serie de preguntas más específicas: ¿Para cuáles lectores? ¿No será que ellos también son invisibles para nosotros, al menos para los escritores hispanos que vivimos en los Estados Unidos? Porque hemos de reconocer que los lectores no son una masa indiferenciada y mal haríamos en etiquetarlos a todos en la misma categoría (así sea de invisibles). Nosotros los escritores somos nuestros primeros lectores y críticos. Escribimos los libros que nos gustaría leer, pero el éxito no reside en producir un manuscrito o en financiar su publicación. El éxito es que vivamos de nuestros escritos, que nos lean, que cultivemos en los lectores un pensamiento crítico, que la lectura de nuestras letras les produzca placer y que la satisfacción acompañe el ejercicio constante de nuestro oficio. Entonces se habrán justificado el esfuerzo y el tiempo invertidos en producir una obra literaria.

Los escritores hispanos que vivimos en Estados Unidos debemos también cuestionarnos: ¿Escribimos en español pensando en los lectores hispanos residentes en los Estados Unidos? ¿Escribimos para los lectores que están en nuestros países de origen, o escribimos para todos los lectores sin importar en dónde residan? ¿Hace alguna diferencia identificar geográficamente a ese lector para el cual se escribe? ¿Se trata solo de geografía? Definitivamente, las respuestas correctas a estos interrogantes las tiene cada escritor cuando logra identificar para quién escribe sus obras. Este artículo, por ejemplo, está dirigido a un público específico: los escritores hispanos residentes en los Estados Unidos, y si se “cuelan” algunos lectores, miel sobre hojuelas, pues ello indicaría que ambos, escritor y lector, estamos dejando de ser mutuamente invisibles: nos unen el idioma y el interés sobre este mismo tema.

Si los escritores hispanos queremos que nuestra comunidad de lectores se percate de nuestra existencia debemos colgar la sábana de la invisibilidad en algún lado, olvidarnos de nuestros egos, pintarnos de colores brillantes, abandonar las esquinas oscuras, salir a las calles, dejar de lado  mitos y prejuicios, y hacer ruido, mucho ruido. Debemos aprender a trabajar en equipo para convertirnos en una voz capaz de mover montañas, y esto solo se logra creando instituciones fuertes con visión y compromiso a largo plazo. El primero que debe conocer cuál es su comunidad -para quién escribe- es el escritor mismo. Esto es prioritario, pues la escritura es un diálogo, una comunicación en la que el intercambio parte de cautivar la atención del receptor y conquistar su interés en recibir el mensaje. A este respecto, valga decir que el mensaje también debe ser analizado, pues muchas veces fracasamos en establecer esa conexión con nuestra comunidad porque nuestro mensaje está pasado de moda, saturado y no ofrece ópticas nuevas. En otros casos el mensaje es atractivo, pero el esfuerzo de difusión se enfoca en un terreno equivocado y en una audiencia incorrecta porque –volvemos a lo mismo- no conocemos en realidad a la comunidad para la cual escribimos.

En términos de mercadeo, identificar a nuestros lectores hace posible que articulemos una estrategia de comunicación y visibilidad para promover nuestras obras. Se trata de un proceso continuo cuyo objetivo es el lector destinatario. Por lo tanto, saber cuáles, cuántos y cómo son nuestros lectores es un factor clave para formular la estrategia, y esto exige una cuidadosa investigación. Hay que conocerlos en sus fibras internas, tanto o más que nuestra propia obra. Una corrección oportuna puede representar el éxito de venta de un producto, mas desconocer cómo funciona el marketing suele ser fatal en términos económicos y profesionales para un autor independiente.

¿Vale la pena invertir en nuestra comunidad hispana?

Según Hispantelligence®, el poder de compra de los hispanos en el 2008 se estimó en $870 billones y se proyecta que para el 2015 será de $1.3 trillones, equivalente al 12% del total del poder de compra de los estadounidenses. Y no solo somos una gran fuerza laboral y por ende económica, sino que también representamos un importante segmento de la población votante. Los hispanos llegamos a este país, sufrimos el proceso de adaptación, nos dedicamos a labrar el “sueño americano”, y la mayoría, pese a la nostalgia,  terminamos por quedarnos. Cimentar la necesidad de que la lectura de nuestros libros sea parte de la canasta familiar de la población hispana es la culminación de un proceso que los escritores que estamos en este país debemos emprender para poder ejercer nuestro oficio con un horizonte más prometedor. Al igual que la hispanidad, sus escritores llegaron para quedarse.

Conozcamos nuestra hispanidad para crear comunidad

Según un informe revelado por el Centro Hispano Pew, al 2012 los inmigrantes de origen mexicano residentes en los Estados Unidos sumaron 31.6 millones, o sea el 65.5% de la población latina en el país. El porcentaje restante (34.5%) de los hispanos está repartido como sigue: puertorriqueños, 4.4 millones (9%); salvadoreños, 1.7 millones (3.6%); cubanos, 1.6 millones (3.5%); dominicanos, 1.3 millones; colombianos, 916,000; hondureños, 624,000 y españoles, 613,000.

De otra parte, el Instituto Cervantes estima que por lo menos seis  millones de estadounidenses estudian español como segunda o tercera lengua. Según el censo de Estados Unidos del 2011, la población estudiantil que hablaba español sumaba 7.820.000 personas, de las cuales 3.600.000 cursaban educación primaria, 3.220.000 cursaban secundaria, y 1.000.000 eran universitarios.

Los escritores hispanos residentes en los Estados Unidos estamos llamados a tener una mentalidad más abierta y debemos ser conscientes de la fuerza que brinda la unión para concretar el anhelo de que nuestra literatura sea parte de la vida de nuestra comunidad. La renuencia a afiliarse y a ser parte de las organizaciones culturales hispanas va en detrimento de la comunidad tanto de lectores como de escritores. Tenemos escritores de prestigio que trabajan en solitario, lo que impide que exista una retroalimentación con los escritores en formación, y menos su reconocimiento. Este es el momento de unir nuestras fuerzas y propiciar oportunidades para todos. Es lamentable que muchos escritores hispanos, obnubilados por su ego, crean que solo escribiendo lograrán reconocimiento, y olvidan que para forjar en la comunidad hispana una cultura que privilegie nuestra literatura es condición sine qua non el trabajo en equipo.

Los inmigrantes recién llegados a los Estados Unidos se integran pronto con el grupo de hispanos, que no distingue entre nacionalidades y acoge con naturalidad a cualquiera que hable el castellano.  Con esa misma facilidad deberíamos acogernos y apoyarnos los escritores.  Nuestra competencia no son los otros escritores hispanos residentes en este país. Nuestra competencia es la invisibilidad, es permitir que la literatura en español siga siendo una minoría. Para poder surgir aquí como escritores necesitamos crear instituciones con recursos, con visión, capaces de implementar estrategias que hagan visible nuestra literatura y que nos apoyen en la publicación y distribución de nuestras obras tanto en español como en inglés. Pero para llegar a ello hay que hacer un trabajo de base que consiste en crear en nuestra comunidad la necesidad de la lectura, lo cual  se puede lograr, entre otras, con las siguientes estrategias: a) participando en actividades culturales, b) fundando movimientos literarios, c) conformando grupos de lectura y d) siendo más proactivos para darnos a conocer. Unir fuerzas es unir capitales e intereses y trabajar mancomunadamente. No se trata de nuestros libros: se trata de la literatura en nuestra lengua.

El mejor idioma para comunicarnos con los hispanos radicados en los Estados Unidos es el español, pero hay que hacer algo más que escribir para levantar ese velo que impide que nos veamos y que lleguemos al corazón de nuestra gente.

 

 

Eleazar Plaza

EL EXPERIMENTO ESTRADA

 

Uriel Estrada Calderón, fundador de Coomeva, era un hombre innovador. Nos contaba a su equipo de trabajo que la fundación de la cooperativa de los médicos del Valle obedeció a la imposibilidad de comprar un seguro colectivo. Estuvo en el momento y lugar preciso porque, averiguando entre los expertos, conoció a varios cooperativistas, entre ellos un cura, quienes le recomendaron crear una cooperativa para resolver el problema. Decenas de médicos le acompañaron en esta misión, pero muchos de ellos desertaron, como es de esperar en este tipo de iniciativas. Las innovaciones organizativas son más difíciles de llevar a cabo que las innovaciones de proceso o producto, o las comerciales, por el factor humano, por la actitud desconfiada y suspicaz del homo sapiens. Pese a las dificultades, el médico pediatra se salió con la suya y en marzo de 1964, como quedó registrado en los anales de la historia, se celebró solemnemente la fundación de Coomeva, con foto incluida. Estrada se tomó la foto con otros veintiséis médicos, adoptando la misma actitud serena y la misma postura ecuánime de los Pioneros de Rochdale en 1844. No hay ninguna mujer entre los ingleses, en cambio aparece la doctora Graciela Hurtado de Mazariegos en la foto de los colombianos. Apenas ahora se me ocurre que debí haberle preguntado quién tuvo la idea de una foto para la posteridad similar a la que se tomaron los ingleses dos siglos atrás. Los fundadores se siguieron tomando fotos en fechas significativas, a medida que Coomeva crecía en número de asociados, oferta de servicios y proyección nacional, y recuerdo haber visto una imagen con fecha 2014, cuando la cooperativa cumplió sus primeros 50 años, que mostraba la mitad de los fundadores, como se les llama institucionalmente, sentados en la silla ministerial. El paso del tiempo iba diezmando el mítico grupo de hombres y una mujer que se atrevieron a crear una organización solidaria con profesionales de buenos ingresos que acostumbran valerse por sí mismos en el mercado capitalista y no necesitan agruparse para lograr sus objetivos.

Cuando en Japón dominaban las cooperativas de distribución, en Alemania tenían participación en el mercado las cooperativas financieras y en USA proliferaban las cooperativas electrificadoras, hospitalarias y de vivienda, en Colombia se asociaba el cooperativismo con la pobreza, con los obreros y los campesinos, y los militantes de izquierda con alternativas económicas no capitalistas, como táctica y estrategia de poder. En general, un cooperativista no es un revolucionario ni un revolucionario tiende necesariamente hacia escenarios donde prevalecen la solidaridad, la mutualidad y la democracia económica, en la senda de la igualdad. No cualquier discurso contra el capitalismo, el individualismo y el monopolio estatal o privado encaja en el corpus cooperativo. La palabra capitalismo o anticapitalismo se escucha pocas veces en la cotidianidad de una organización cooperativa, que no es un foro ideológico ni un refugio de soñadores, sino una empresa de propiedad colectiva con asociados de distinta procedencia y condición social, de distinta ideología o creencia, unidos para trabajar, producir, generar riqueza y proveer bienestar a sus familiares. Es más, este sistema prohíbe expresamente el proselitismo político, religioso, racial, etc. Algunas personas se apasionan, se entregan en cuerpo y alma, hacen el curso de veinte horas, se afilian, participan en múltiples actividades y contribuyen al crecimiento de la organización, en cambio la mayoría solo busca obtener un crédito rápido y barato, y no desea participar en asambleas, leer y discutir los estatutos en comisiones y comprometerse a trabajar en su reglamentación.

A diferencia de los grupos, movimientos y partidos políticos, sean de derecha o izquierda, una cooperativa es una empresa formal que debe producir y comercializar bienes y servicios en el mercado para sobrevivir. Esta forma de organización creada para promover relaciones solidarias, ayuda mutua y democracia económica está conformada por personas heterogéneas  de izquierda, centro o derecha, unidas en su diversidad ideológica, que debaten sus posturas sin odio, sin muertos, proponiendo iniciativas innovadores, impulsando el desarrollo tecnológico y cumpliendo misiones específicas  en la generación de riqueza en un entorno competido y competitivo. Pero quizás lo más importante de todo esto es que este tipo de empresa se basa, como diría Mariátegui, en una moral de productores. La misión y visión que enmarcan y exhiben a la vista de propios y extraños las empresas lucrativas, como parte de su identidad corporativa, no son fruto de convicciones individuales y colectivas, como en la empresa cooperativa, sino piezas de publicidad dirigidas a socios, inversionistas y clientes, o más bien ejercicios de planeación estratégica. Según Fabio Orejuela Barberi, hacia 2014 el sector de economía solidaria en Colombia contaba con 4.088 instituciones, 5.823.347 asociados y 247.594 empleados. Cooperativas destacadas a nivel nacional son Equidad, Saludcoop, Colanta, La Solidaria, Cooprocenva, entre otras, pertenecientes a los sectores de salud, industrial, agrícola, tecnológico, educativo, transporte, crédito y consumo, emprendimiento, trabajo asociado, a veces bien, a veces regular y otras veces mal manejadas por sus asociados y directivos.

De la mano de Estrada, los médicos dirigieron una gran empresa y lograron su expansión en el territorio nacional del mismo modo que otras organizaciones del sector como las mencionadas anteriormente. El fundador era un hombre conservador en política y un innovador radical en temas de desarrollo, con una cartera de innovaciones asombrosa. En algún momento de su vida sufrió un traspié y se retiró de la dirección de Coomeva, aunque seguía influyendo con sus comentarios al gerente, al concejo de administración y a los principales funcionarios. En 1992 fundó Hábitat-Coop con un grupo de prestantes cooperativistas del país y un capital significativo aportado por otras organizaciones. Por la misma época fundó una empresa de reciclaje. Aparte de ello, intervino en la creación y desarrollo de una universidad con sede en Cali. Si algo había aprendido Estrada en su paso por el cooperativismo era el hecho de verse como un emprendedor y un inversionista. Un trabajador cooperativo no es un asalariado, es un inversionista en su propia empresa, un apostador de incertidumbres, un soñador de un mundo mejor. En cierta ocasión Estrada y su equipo de trabajo fueron a Sabaletas, Buenaventura, con la misión de acompañar a las comunidades en el cultivo de papa china y su transformación en harina y almidón, cumpliendo un convenio de cooperación con entidades alemanas. Como suele ocurrir en la regiones apartadas del país y olvidadas por el Estado, salió un emisario paramilitar y le dijo a la cooperativista de la parte alemana “señorita, sabemos que ustedes traen millones de euros para este proyecto, mi jefe les manda decir que dejemos las cosas así, que me entreguen la mitad del dinero y se vayan a sus casas, no les pasará nada…”. Pocos días después los cooperativistas volvieron, pero acompañados del embajador alemán, éste en un carro blindado, y escoltados por el ejército.

En los años noventa, con otros socios preventivos y predictivos, Estrada había invertido mucho dinero en la creación de una empresa de reciclaje, con un extenso terreno en Palmira y una maqueta de cómo sería la planta. Pensaban recolectar en la fuente y convertir la basura en dinero. Diez años después, cuando se temía la bancarrota, Estrada me pidió que hiciera una valoración económica de la empresa y para ello solicitó al gerente entregarme balance, estado de pérdidas y ganancias e inventario. El gerente me atendió con amabilidad y me llevó donde la secretaria. Con el manojo de llaves ella abrió varias puertas y me autorizó a sacar fotocopias de los documentos que considerara importantes. No hizo falta. Encontré muchas cajas de papeles y unos cuantos CD.  En los papeles se consignaban cargos, informes, diagramas, actas por doquier y nombres de gente experta de otros países. Muéstreme el registro de patentes, dije. Todavía no hemos patentado nada, respondió el gerente. Tenían una oficina bien dotada en Las Vallas, pero sin nómina ni empleados, con la sola presencia del gerente y su secretaria. Tenían planes, programas y proyectos en papel y en los computadores, pero no habían facturado. Es que en este país todo es mordida, el CVY (cómo voy yo), sentenció el gerente, y nuestra congregación nos prohíbe terminantemente sobornar a los funcionarios, o sea, nos exhorta a no fomentar la corrupción. Me despedí del gerente. No necesité elaborar ningún informe, fui donde Estrada y le manifesté “doctor, lo único que tienen es el terreno en Palmira, del resto se perdió todo”. Entonces procedieron a liquidar la empresa. Aun así no desmayaba en sus proyectos, que nos describía con emoción, minuciosamente, en el curso del trabajo. Uno de sus sueños era contribuir a la creación del banco mundial cooperativo, con el aporte de un 0.1% del patrimonio de las organizaciones afiliadas. Otro de sus sueños era construir vivienda cooperativa y fundar el primer municipio cooperativo de Colombia.

La obsesión de Estrada era la vivienda cooperativa, ausente en la legislación colombiana pese a las decenas de cartas que enviaba a los funcionarios del alto gobierno. Entre las razones de su importancia mencionaba el fortalecimiento del sentido de pertenencia y la derrota del egoísmo. Decía que resultaba menos costosa porque el gravamen recaía sobre una sola propiedad y no sobre muchas como en el caso de la vivienda individual. Vivir en comunidad, con asociados propietarios escogidos por la misma organización, en asambleas y reuniones, significaba mejorar la calidad de vida y el bienestar de los asociados y sus familias. En su exposición enumeraba una extensa lista de ideas innovadoras como la integración familiar, el ahorro de tiempo, el bienestar comunitario gracias al restaurante cooperativo, la lavandería, la guardería y el jardín infantil para atender a los párvulos, la piscina, la tienda, además de las áreas verdes y las zonas comunes para el sano esparcimiento. Para el médico pediatra resultó relativamente fácil convencer a sus compañeros de Coomeva de crear la primera cooperativa de vivienda del país. Entonces nació Los Fundadores, ubicada en la avenida Guadalupe, a unas cuadras de la autopista sur, con participación de la cooperativa Solidarios, creada entre profesores y trabajadores de la Universidad del Valle. Posteriormente el cooperativista innovador fundó Hábitat Coop, cooperativa de vivienda que aún funciona, con objeto de replicar lo hecho en Los Fundadores y sembrar el país de conjuntos de vivienda donde lo realmente importante es “construir buenos vecinos” y no solo bloques de cemento y ladrillo. Pese a que solo logró construir unas cuantas casas en Samaniego, Nariño, Estrada persistió en su empeño y desarrolló con su equipo de trabajo la figura de los componentes, aspectos que debían trabajarse para mostrar resultados tangibles a los socios, al gobierno y a los organismos de cooperación, incluso a la banca mundial, como un sistema productivo, una cadena de valor, un sistema de distribución, una plataforma educativa, entre otros.

A este y otros descubrimientos casuales en su periplo cooperativo Estrada les llamaba “Itinerario imprevisto” e incluso tenía pensado publicar un libro en el cual contaría las tantas veces que el destino cambió de forma inesperada el rumbo de su vida. Pero el gran sueño del doctor Estrada fue la cooperativización de un municipio en Colombia, al menos uno así fuera el más pequeño. Se presentaron oportunidades en ciudades grandes como Cartagena, Buenaventura, Palmira, en la región petrolera y en Venezuela, por invitación de los gobiernos y las instituciones de desarrollo. El trabajo cooperativo era la vacuna contra la violencia, según Estrada, mediado por la educación cooperativa, la capitalización y la inversión social, la capacidad productiva, la formación de competencias y el semillero. Quería demostrar que el cooperativismo era capaz de transformar la realidad colombiana, a punta de convicciones y trabajo, y por añadidura desterrar los factores generadores de conflicto y violencia. El hombre innovador estuvo con su equipo de trabajo en Palmira, por espacio de varios meses y por invitación del alcalde, el presidente del concejo y algunos concejales de esta ciudad vecina de Cali. Para los centenares de palmiranos que participaron en el proyecto era maravilloso trabajar con Estrada, recibir lecciones sobre cooperativismo de un hombre sabio y contagiarse del entusiasmo y las expectativas de sus paisanos cuyo número crecía en proporciones nunca imaginadas. Se formaron equipos de trabajo en construcción de vivienda con arquitectos e ingenieros, en educación cooperativa con la participación de jóvenes pedagogos, hombres y mujeres, de la Villa de Las Palmas, y en emprendimiento productivo con la vinculación de estudiantes de carreras administrativas e ingenieriles. Por parte de Hábitat-Coop trabajaron numerosos expertos (en un proyecto cualquiera de la marca Estrada participaban por lo menos 50 profesionales) en diversos campos del conocimiento: procesos, finanzas, suministros, logística, ciencia y tecnología, planificación, construcción, ingeniería sanitaria. Las familias pondrían diez mil pesos mensuales, el municipio otros diez y el gobierno tres veces el capital formado en la localidad. Como la población objetivo estaba compuesta por diez mil familias, se proyectaba un recaudo de 600 millones de pesos mensuales, sin contar el capital inteligente, los activos de los participantes, vehículos, maquinaria, locales y especialmente el trabajo de los cooperados.

En sus viajes por el mundo Estrada había ido observando las buenas prácticas que completaban el mapa de su proyecto de desarrollo. La idea del municipio cooperativo se le había metido a la cabeza después de conocer cooperativas y líderes cooperativos en los cantones suizos, los mismos que la gente elegía para que la representaran en los gobiernos locales. Probablemente los suizos pensaban que sería más fácil si se apoyaban en el poder político que limitándose a la eficacia empresarial en la competencia comercial. No podía replicarse esta experiencia sin la organización, la preparación y la convicción del talento humano en el modelo, sin la imaginación y la creatividad de los expertos, como diría Rodolfo Llinás, para simplificar la complejidad del mundo, pues eran muchas piezas las que debían armarse, como un rompecabezas, con los experimentados y los novatos en el terreno de los acontecimientos. En este punto coincidía con Fermín González, un activista de izquierda, trotskista para más señas, para quien había que ponerse la chompa (el buzo) mientras se iba tejiendo.

Uriel Estrada Calderón falleció el martes 20 junio de 2017 cuando su cooperativa de vivienda se hallaba cada vez más sola. Desde 1992, durante veinticinco años de trabajo, según las actas del Consejo de Administración, Hábitat-Coop afilió miles de cooperados, muchos de los cuales llegaban de cooperativas exitosas o fracasadas. Llegaban y se iban, llegaban y se iban, algunos se iban por un tiempo, otros se iban para no volver jamás. Muchos hombres y mujeres que solicitaron afiliación para trabajar en los proyectos de Estrada venían de hacer historia en el movimiento cooperativo colombiano. Cada uno de estos seres humanos es una leyenda y no habrá tiempo ni biógrafos que puedan contar siquiera una anécdota que resuma, cual sinécdoque, una historia de vida poblada de utopías y experimentos sociales.

 


EL ETERNO

 

Quizás se necesite mucho papel y más de 100 volúmenes, muchos terabytes de contenido en internet, para compendiar las anécdotas de los amigos de Elmo Valencia. Hace un par de días Óscar Olarte nos hizo una breve semblanza del poeta, nos entretuvo una hora con sus minutos a William Aulestia y a quien firma este comentario, y destacó su espíritu de muchacho, su inagotable sentido del humor y sus payasadas. Manifestó que Elmonje Loco, como le llamaban sus amigos, le había confesado que se sentía solo y triste en aquel ancianato. Dos meses vivió en ese lugar antes de recibir la visita de la muerte. Cuatro meses atrás había ido a buscarlo con Carlos Gómez, con llamada previa, pero la dirección no coincidía, hasta que nos dio por buscar en una calle paralela y allí era. Elmo contestó la llamada por celular y dijo que estaba acostado. Prometí volver otro día. Cuando pasaba por el restaurante de la carrera sexta me daba por girar la cabeza a la derecha para buscarlo entre los comensales, me enfocaba en la mesa donde se hallaba almorzando la última vez. Fue Hernando Guerra quien me llamó el día de su muerte para comunicarme el fatal suceso. La noticia se regó inmediatamente en la prensa y en internet. Ese mismo día por la noche fuimos al velorio con Jorge Ordóñez y saludamos a Stephen, su hijo, a una prima y otros familiares, entramos al fondo de la capilla y firmamos el libro de visitas. El féretro estaba sellado. Salimos a socializar con los deudos. A un costado de la capilla donde velaban al poeta, un enjambre de murciélagos revoloteaba en las ramas frondosas de un algarrobo. Parecía el jolgorio de pájaros infantiles que aprendían a volar y también parecía la despedida alocada de amigos recientes del poeta, ángeles negros que se burlaban de la muerte. No hacía falta utilizar filtros para inventar la noche tenebrosa, para suscitar suspenso y temores en el público cautivo, el vuelo alborotado de los animaluchos del gótico rompía la aparente quietud y el mutismo del ancianato.

El lugar donde se encontraba el cuerpo del poeta era inmenso, se veía que sus gestores no tuvieron noción de mezquindad y quisieron oponerse a la estrechez dominante en el estilo de vida actual. El camino de entrada era ancho, el parqueadero espacioso como para un centenar de carros, la zona verde generosa, como una cancha de fútbol, y una hilera de árboles robustos le daban un tono tenebroso al lugar, todavía más por las sombras de la noche. Las piezas habitadas por los caballeros de la tercera edad, personas en situación de abandono, hombres y mujeres desamparados, gente completamente sola o que se sentía expulsada del mundo, eran amplias y bien iluminadas. De esta manera podían retratarse en el espejo como pacientes terminales del ancianato (Geriátrico San Miguel se leía en una placa) y esperar tranquilos la sentencia final, sin el estrés que produce la sensación de encierro. La mayoría de viviendas mostraba la presencia de visitantes y por la edad de los mismos podía inferirse que los internos se acompañaban mutuamente para repeler la soledad y el asedio de las parcas. Viéndolo bien, el ancianato San Miguel era el sitio perfecto para un thriller perfecto sobre la muerte del poeta. Y de hecho tenía un aire familiar, una atmósfera similar a Carne de tu carne, Pura sangre o La mansión de Araucaima, pero solo la atmósfera porque bien sabemos que estas películas son balbuceos cinematográficos de gente caleña. Por sus características el ancianato pudo haber sido el escenario de Cul de sac o El resplandor, películas provistas de una narrativa tensionante gracias a su dramaturgia. En realidad, un director inteligente que viera las visitas que intercambiaban los inquilinos del Hades, prescindiría de la sapiencia de su personal especializado en imagen, llámese escenógrafo, camarógrafo o fotógrafo, o de la habilidad del guionista para elucubrar el diálogo siniestro.

A Elmo Valencia le gustaba la narrativa, la ficción de la vida en desarrollo, más que las evocaciones del pasado. Es decir, prefería la inventiva de la imaginación antes que la artesanía del recuerdo. Y eso que era un hombre de andar recordando. Más de la mitad de sus conversaciones se referían a eventos del pasado y los nombres que más mencionaba eran Jota, Gonzalo y Allen Ginsberg, este último completo, pues nunca le escuché decir Allen o Ginsberg por separado. Muchas veces repitió exactamente situaciones vividas con el presidente Alfonso López de quien fue secretario. Pero esta afición por la anécdota se esfumaba cuando aparecía en escena el duende de la narrativa. Aunque Hugo García tuviera Islanada como su libro de cabecera, Elmo parecía dudar de la calidad de su novela. No era un hombre empecinado en defender su trabajo a capa y espada. En una ocasión llegó al apartamento diciendo “me encontré con Zamorano y me dijo que había leído El cielo de Paris, me prometió hacer una reedición pero que necesita mejoras”. Las necesita, pensé. Le dije “tengo al editor”. Pasaron los meses y los años y nunca hablamos con Zamorano. Incluso me había adelantado haciéndole una modificación al primer párrafo como prueba del efecto que produce el trabajo de edición en novelas abortadas. El mismo Jotamario señala en el prólogo que la novela presenta problemas estructurales. Como pocos escritores Elmo reconocía la importancia de la edición, la cirugía del texto o la filigrana de la composición literaria, frases con las que promocionaba entre los impresores este oficio inédito en la cultura caleña. Lo que hace Feriva es corrección de estilo, le decía, lo que hace Villegas es fotografía, lo que imprime tal o cual editorial es fama. Andrés Caicedo tuvo que abrirse camino solo, sin editor, sin agente literario, o quizás con la ayuda de Fernando Garavito, buen lector. Gabo fue descubierto en Argentina. Logoi  fue publicado en México en 1983 y pese a la consagración de Vallejo como novelista, siete lustros después, no es texto en colegios y universidades.

Solo tenía Islanada pero con el tiempo fui leyendo otros títulos que traía el poeta de Bogotá, ediciones bien cuidadas de editoriales grandes y sus ediciones artesanales del propio bolsillo, digitadas, impresas y encuadernadas por una joven que era al mismo tiempo su secretaria, su asistente editorial y su albacea literaria. En una ocasión llamé al celular de Elmo desde un hotel de La Candelaria. No contestó. Llamé al celular que aparecía en los libros. Tampoco me contestaron. Dejé un mensaje. Al siguiente día recibí la llamada de la joven (parecía veintiañera por el timbre de su voz), pero mi persona estaba viajando hacia Tunja. De todos modos, me prometió trasmitir el mensaje de saludo. Nunca me vi con el poeta en la capital, nunca fuimos a mirar libros ni a tomar un tinto a una cafetería tradicional. Todo sucedió en Cali. Así como a Hernando Guerra, le anunciaba un viaje inminente a Bogotá pero éste se postergaba una y otra vez. El interés de Elmo tiraba hacia la literatura y con el tiempo era lo que nos acercaba, este tipo de interés no conoce límites. Cual lector de biblioteca pública, llegaba a mi casa y revisaba autores y títulos en la estantería, sacaba un incunable y lo leía por partes. Lo dejaba en la mesa y cuando volvía reanudaba su lectura. Nos regalábamos libros. Dos últimos libros recibidos fueron una antología surrealista impresa en Venezuela y una edición de Calzadilla, poeta venezolano, publicada por Eafit. Sin embargo, Elmo no era libresco, era un poeta de la vida.

Conocí a Elmo ya viejo, tendría setenta años, a través de una amiga muy querida con estudios de maestría y vocación política. La amiga insistía en sus candidaturas con diferentes agrupaciones sin alcanzar los votos necesarios para llegar al poder. La habíamos visto como candidata al Concejo de Cali por la ASI, a la Asamblea del Valle por el Polo y nuevamente a la Asamblea por el partido de la U. “Vení con el Monje”, me dijo ella en la recta final de la campaña de 2015 y me dio las coordenadas del restaurante donde se reunirían los candidatos, sus patrocinadores y seguidores. El negocio en el barrio La Merced, en el norte de Cali, estaba vacío, había unas quince personas que no se sabía si eran seguidoras de la campaña o clientes habituales. “La gente no cree en la política”, pensé, pero a los pocos minutos, en menos de lo que canta un gallo, el restaurante se llenó de pueblo, de líderes populares, personalidades de la academia y viejos zorros de la política, en su mayoría sancionados, destituidos o condenados. Aquella vez, como tantas otras, Elmo fue el centro de atención por un rato, con saludos y homenajes, aplausos y micrófonos para que dijera unas palabras. Eran los anfitriones Roy Barreras junior, la amiga con maestría y una amiga de la amiga, que contra todo pronóstico salió elegida concejal para el período 2016-2019. Me hice ilusiones con el resultado electoral. Creí que cambiaría la suerte del poeta y la misma amiga política creyó que saldría algo en el Concejo, un contrato, un proyecto o una pensión. Decían que había una ley que otorgaba pensión a los artistas de Colombia con mayoría de edad. Elmo tuvo que volver a Cali por recomendación del médico, mejor aún, así podía apersonarse en la reclamación de sus derechos. No pasó nada, el mismo final de la crónica anunciada “y fueron felices para toda la vida”. Lástima, una vez instalada en el cabildo municipal, la concejala no tuvo rigor ni vigor para solicitar al ordenador del gasto que pagara a Elmo unos recitales, unos talleres o la publicación de sus libros.

Con el tiempo llegué a pensar que la amistad con Elmo estuvo mediada por ciertos escritos iconoclastas y parodias publicados en el periódico El Arte o en Arte y parte. Descubrí que estos subgéneros eran recurrentes en la creación literaria elmodiana y que, excepto los retruécanos constantes en su vida y obra, juegos de palabras sin los cuales el nadaísmo desaparece como tal, teníamos en común una pelea casada con los dioses. Durante veinte años vi al mismo Elmo, viejo como Matusalén, eterno como el espacio-tiempo. Pero en el último año lo vi envejecer en forma acelerada, entre agosto de 2016 y 2017 su cuerpo y su rostro mostraban los estragos de la edad, como si hubiese dado un salto de veinte años, como si en algún viaje hubiese perdido el espejo gracias al cual se mantenía joven. Con mi familia, con esposa de cuarenta e hija de trece, fuimos a celebrar los noventa del poeta en una tertulia organizada por sus amigos. Elmo nos recordaba todos los días la fecha y hora y nosotros estábamos entusiasmados. Incluso llegamos a pensar que el poeta apagaría las velas y comería la torta en una casa campestre. Era un sitio muy raro, como un cuarto contiguo a una azotea en un quinto piso, al cual se entraba directo con el abrir y cerrar de ojos de un ascensor, un espacio pequeño dotado de sillas plásticas y un par de sombrillas. Había gente importante, intelectuales, políticos y periodistas, artistas profesionales y aficionados, rostros conocidos de la televisión y el cine, escritores de reconocido prestigio. Algunos llegaban con regalos, con comestibles y bebidas, que el organizador y dos amigos guardaban en un depósito. Salió un chef muy elegante, muy convincente, a recitar el menú del día. Una que otra personalidad hizo su pedido. Pedí un plato para mi hija, que estaba que se moría del hambre; además, solo tenía veinte mil pesos. Comenzaron las intervenciones y nos aburrimos pronto; aprovechamos que alguien fue expulsado del ascensor para correr a meternos en él. Una mano quiso detener el aparato y no fue capaz. Tal vez dijo “por qué se van, todavía falta lo mejor”. Serían las cuatro de la tarde y la familia fue al centro a buscar almuerzo.

Sabía que tenía que verme con Elmo temprano, entre seis y siete de la noche, pero el trabajo me lo impedía, y a veces llegaba a las nueve o más tarde. Con mi esposa, que estaba de vacaciones en Cali, un diciembre de feria, fuimos al restaurante Las Palmas, en la calle Real, a recogerlo para llevarlo al apartamento. Estaba azarado porque debía ir por la hija al apartamento de Adiela en la calle trece, y me fui alejando de ellos. Elmo se sintió abandonado y nos dijo que iría solo hasta el apartamento, que allá nos esperaba. El problema era que olvidaba la realidad del tiempo y su impacto en el cuerpo de Elmo, su actividad silenciosa en los órganos vitales, pues por fuera lo veía como en los noventa, época en que empecé a tratarlo, un hombre vital, con una imaginación portentosa y un humor a prueba de balas. Nunca dejó de ser un muchacho, incluso cuando protestaba porque lo dejaba rezagado a una cuadra. Tras esa experiencia le pedía a mi esposa que lo acompañara hasta el apartamento, mientras iba por la hija, que prefería jugar con unos perros a disfrutar de los eventos y las caminatas de la feria. Ellas aprendieron a compartir otra velocidad y otro ritmo, supieron lo que significaba convivir con un hombre que bordeaba el siglo, y fue una lección de vida que jamás olvidarán. Cuando le dije a mi hija que había muerto, pude ver el rictus de dolor en su rostro, la conciencia de la falta de alguien que estuvo presente en su crecimiento, entre la etapa de la niñez y la adolescencia. “Ha muerto Elmo”, escribió mi esposa en el whatsapp, reiniciando el intercambio de mensajes que estuvo suspendido durante dos semanas.

Elmo sigue siendo el hombre del barrio, el muchacho de la gallada, el compañero de aventuras urbanas, el amigo de todos. Quien quiera seguirle la pista tiene que vérselas con la eternidad. Si alguien quiere mantenerse ocupado por el resto del siglo recopilando las anécdotas de los amigos del poeta, los testimonios de quienes le acompañaron un trecho corto o largo de su existencia, solo tiene que crear un blog en internet y administrarlo día y noche, cargar y descargar parihuelas de papeles como un capitán que conduce por su cuenta y riesgo una de las embarcaciones más preciadas del nadaísmo, una nave que tiene por misión llevar a buen puerto los manuscritos obsesivos de un poeta enamorado de la mitología griega.

 

EL ESCRITOR VALIENTE

 

James estudió literatura en la Universidad Santiago de Cali y fue alumno de Edgar Rúales. Cuando se abrió el taller literario La Broka, dirigido por el profesor Rúales, James pudo revelar su carácter recio. James era talentoso como Rolando, pero a diferencia de éste no escribía prosa sino poesía, como la mayoría de muchachos en progreso. Un día le dije lo tuyo es el cuento. Los comentarios de sus compañeros del taller le convencieron de renunciar a la poesía. No estaban mal las narraciones que entregaba a La Broka. James se fue del país, no recuerdo haberme despedido del cuentista promisorio. Fue por esa época que empezamos a publicar Rosa Blindada. No recuerdo haber leído ningún cuento de James en los escasos cuatro números de la revista. En cambio hay un cuento de Rolando en el número tres, que fue celebrado por Clemencia, Augusto, Aníbal. Quizás alguien mejor informado, dónde, cuándo, no se sabe, comentó que James estaba viviendo en México. Hasta ese momento nadie sabía de su estadía en el país del norte excepto James. Nueva información, James acaba de volver a Colombia y viene a Cali en un vuelo de Mexicana de Aviación. Pasaron los días, todavía no se celebraba la fiesta del reencuentro y se especulaba sobre el motivo de su viaje. De pronto no fue un secreto celosamente guardado porque pronto se supo que James había estado preso en México. Nuevas especulaciones. Que no era el mismo muchacho locuaz, mordaz y juguetón del taller literario se vio, sin lugar a dudas, en la reunión celebrada en su casa finca del Aguacatal. Lo vimos golpeado emocionalmente, bastante desconcentrado en la conversación, parecía otro James, un impostor. 

En la cárcel, dicho por el mismo James, leyó a los escritores mexicanos, entre otros a José Revueltas, y escribió cuentos. Allá dentro no perdió el tiempo y estudió la vida de los presos, particularmente la rutina de un hombre que se alimentaba de fermentos, un gordo falso, un hombre fofo, de carnes desganadas, inflado de gases. Es en la cárcel, en la contemplación del hombre fofo, que recibe la visita de las musas para escribir su famoso cuento El Buitre, que fue su boleta de libertad por orden de la Dirección Penitenciaria. A los demás presos les pareció lógico que un cuento de cinco páginas tuviese más valor que una tonelada de cocaína, que un breve cuento valiese no un puñado de dólares sino un montón de billetes que convencen al juez más promiscuo. James obtuvo su libertad con El Buitre, de por sí un hecho inverosímil como todo lo que ocurre en la región. No necesitó decenas de miles de millones de dólares, como el Chapo Guzmán, para comprar alcaides, guardias, esbirros, jueces, gobernadores, etc., para reconquistar esa cosa tan bella llamada libertad. Para James fue suficiente ganar un concurso nacional de cuento en el país azteca (es verdad, hemos visto el recorte de prensa) y para el director del penal fue suficiente una llamada rápida del gobernador del estado ordenando la salida del escritor colombiano. No había ninguna posibilidad de equivocarse, nadie estaba chantajeando a nadie. Entonces James, el escritor valiente, salió agotado de la cárcel manita para regresar a Colombia. 

James tuvo pequeños problemas para graduarse. La universidad pedía un informe de lectura. James no estaba de acuerdo con la selección, muchos lugares comunes, como es normal entre gente inclinada a la copia. Me pidió ayuda. Nos sentamos a hacer la lista, veinte títulos, él fue escribiendo y yo fui dictando un resumen de las obras. Y ahora, ¿dónde consigo estos libros?, peguntó. Yo los tengo, respondí, fresco. Doble fondo, Diamantes y pedernales, Ocaso de sirenas, La feria, Epigramas de Juvenal, Los sangurimas, Historia de macacos, Prosas apátridas, Plenilunio, Nadie encendía las lámparas, El cielo de esmalte, etc., fueron leídos con mucha dedicación por el estudiante rebelde. La estrategia funcionó, el jurado no tenía tiempo para leer veinte libros supuestamente raros de autores latinoamericanos. El grupo de profesores deliberó, hizo un simulacro de análisis del informe presentado por el estudiante y al cabo de media hora firmó el acta de aprobación. Una vez diligenciado el informe de lectura James se dirigió al banco a consignar el valor estipulado para tener derecho a graduarse como Licenciado en Literatura. Como es lógico, celebramos en su casa finca en el Aguacatal. Había comida para un mes sin tener que ir a Cali o a buscar provisiones en las tiendas del lugar. En su casa compraban a bajo precio, en Cavasa o en la Galería Santa Elena, costales de arroz, granos, panela, papa, maíz (para los pollos y la arepa), galones de aceite, arrobas de carbón. Alguien le hizo una broma pesada a Edgar Rúales, que borracho montó en su moto para irse, con tan mala suerte que se estrelló y se rompió una pierna. James se burlaba y los demás se tiraban al río Aguacatal con ropa y todo. Un borracho por poco se ahoga en un charco. El padre de James era un hombre generoso y recto, que no admitía esta clase de juegos, pero estaba dormido.

Vino una bella mexicana en plan de vacaciones y consideraciones de matrimonio, una funcionaria del departamento de prisiones del distrito federal, novia de James mientras este estuvo encarcelado. La pasamos rico, la mexicana era muy sociable y alegre, se expresaba bien, quizás tenía sueños de escritora y admiraba el trabajo de su novio. Todos estaban enamorados de la mexicana, especialmente Jaime Vélez, que en ese tiempo usaba cola. Como es natural, los ánimos desfallecieron, como que la gente sentía el llamado de la Sultana del Valle, la fiesta se fue apagando y uno a uno los invitados comenzaron a despedirse en sus vehículos o en un yip que hacía la ruta Aguacatal-Cali con gente muy pobre de las laderas de Terrón. Como estaba programado, llegó la hora, el día, el momento triste y nostálgico, y la mexicana se despidió. Hasta ese punto llegaba la reunión, la fiesta del reencuentro, los invitados entendimos el aviso, la felicidad es intermitente, tuvimos que dejar a James desconcertado, con la mente revuelta de imágenes terribles, al borde la locura. Finalmente, los remisos salieron en busca de los vehículos en un grupo abultado, todos los demás habían retomado con resignación sus actividades habituales en la ciudad. La mexicana nunca más volvió a Colombia, han pasado casi treinta años y nunca le hemos preguntado a James ¿quiubo, buey, onde anda tu novia?

En Colombia se publican miles de obras de ficción diariamente en el sistema de autoedición o también llamado del propio bolsillo. James público un libro de cuentos que fue texto en los colegios de Cali, me consta que los muchachos iban a las librerías a preguntar por La muerte ronda esta casa y otros cuentos y posteriormente por El ocaso de una mula y otras bestialidades. Las existencias se agotaban y el autor tenía que hacer nuevas ediciones. La última vez que vi La muerte en Santa Rosa, hace años, iba en la quinta edición. James escribió un tercer libro de cuentos, que hasta donde tengo noticias no ha publicado, y estaba preparando una novela. Pudo llegar a ser el Hernán Hoyos del cuento maloso, pendenciero, pero prefirió meterse a la docencia y asegurar su estabilidad económica. Pero esto no quiere decir que el autor sea un cobarde. Me han dicho que está trabajando en una institución educativa con el escritor Alberto Esquivel, ganador del premio de novela Plaza & Janés en 1985 (dato de internet). Cuando estuvo en Cenproes James organizó concursos de cuento y poesía y no ha perdido la costumbre de fomentar la creación literaria. En el colegio parecía un amansador de jóvenes, un profesor que cumple con su horario de clase, pero seguía siendo arriesgado y valiente. Con James puede hablarse de política, guerrilla, guevarismo, oligarquía y revolución sin prevenciones, sin cuidarse de incomodar a los demás, sin miedo de proferir una opinión militante, radical, ortodoxa, presuntamente mamerta. Viendo la forma burlona de discutir de James cabe imaginar sus réplicas a los críticos del mamertismo, su estilo entre irónico, bizarro y cínico. Lo primero y quizás lo único que anima a James es la justicia social, que se predica en todo el territorio nacional, pero don territorio, de hecho, suele estar en desacuerdo con la dignidad humana.

¿James? ¿Quién es James? ¿Cuántos premios ha ganado? ¿Por qué hablan de un autor totalmente desconocido, se preguntará el lector, un don nadie? En ese caso podemos hablar de Natalia Springer y su millonario contrato con la Fiscalía. La niña Natalia, jefa de  la firma Springer Von Schwarzenberg, ha contratado con la Fiscalía para ayudar en la metodología de esclarecimiento de los crímenes de la delincuencia común y las Farc, por un valor de $895 millones (4 mil millones, dicen las malas lenguas) y ha entregado un informe de resultados que da pena, que puede elaborar cualquier estudiante de segundo semestre de ingeniería mecánica. Dice que los miembros de las Farc son terroristas. Así es como trabajan los políticos y sus contratistas, no tienen pudor, no saben presentar un informe, desde un punto de vista moral y técnico. No tienen sensibilidad, no saben expresarse, no hablan con sinceridad, con afecto, están contagiados de la mediocridad política, odian la actividad artística y el humanismo. La peste de la politiquería amenaza con liquidar la civilización, ya acabó con la armonía de la gente, ahora quiere acabar con su fe en las instituciones democráticas. Corremos el riesgo de volver al Medioevo, al esclavismo, al oscurantismo primitivo, mientras nos asalta una pesadilla, esperamos callados la deserción de la fiera, cansada de esperar su presa día y noche al pie de la cueva.

Hacemos la semblanza de James por las circunstancias que rodean a Colombia, que hace que los escritores se marchen, se escondan o empuñen la bandera del patriotismo. James no es un apátrida, es un escritor valiente que ama a su país, un hombre decidido a recobrar la libertad. No todo escritor que critique las estupideces del sistema prevaleciente es enemigo de su país. James es un escritor de izquierda que observa el crecimiento de la derecha sin entregarse al escepticismo, es un hombre que celebra el triunfo de su grupo político con salvedades. James nunca ha renegado de su ideología y no es por ello que ha logrado sobrevivir, como muchos militantes y simpatizantes de izquierda, a la guerra sucia. Muchos de sus amigos de la UP fueron muertos cobardemente por la mano negra, por las fuerzas oscuras, pero James se salvó milagrosamente. Los asesinos no solamente provienen de la oligarquía, que se vale de los uniformados con dotación oficial o sin esta, también están en la calle, en los bajos fondos, en la olla, dispuestos a matar por un mendrugo de pan o hacer el trabajo sucio de los señores de la guerra. En cierta ocasión fuimos a visitar a una amiga y James dejó su auto en el parqueadero externo del conjunto residencial. Cuando salimos, tres horas después, el auto no estaba, se lo habían robado. Al cabo de pesquisas y llamadas por celular, tuvo que pagar rescate a los secuestradores y escuchar el sitio exacto donde abandonarían el auto. La policía nunca está para recibir este tipo de quejas, pues anda muy ocupada persiguiendo a los opositores.

James es de esos escritores que exponen públicamente su orientación política, cuando otros se asustan con la palabra compromiso, cuando el más prestigioso de los poetas no encuentra las palabras adecuadas para criticar al gobierno. No sé qué piensa James del proceso de paz entre el gobierno y las Farc, qué espera del postconflicto (de pronto escribe posconflicto sin “t”), pero estoy seguro que asumirá una posición vertical sin traicionar sus convicciones. En los momentos cruciales es cuando se conoce a la gente. En un sistema pulcro poetas y artistas podrían participar en política sin temer represalias, metidos en el barro de la contienda electoral con botas pantaneras y probabilidades de ganar. Si no fuera por el nido de víboras del clientelismo, la corrupción, la persecución y la desaparición del adversario Colombia tendría un presidente negro, una presidente mujer o un presidente artista que repartiría su tiempo entre el auditorio abarrotado de público y el Palacio de Nariño. Claro, este presidente negro, mujer, culto, viviría constantemente amenazado por algún grupo al margen de la ley, Los Águilas Negras, Los Rastrojos, Los Urabeños, sería un objetivo militar de los violentos, aun de su misma guardia pretoriana, y no estaría a salvo de las balas asesinas de un comando de desquiciados, los señores de la tierra, los señores de la guerra, adiestrados por algún judío, por un algún halcón de la potencia mundial.

Tal vez no estemos seguros del fin de la ideología o de la significación de la literatura comprometida. Si de algo estamos seguros es del rechazo del artista y del intelectual a un sistema totalitario causante de oprobios. Por más que intente presentarse como una mansa oveja, el sistema es un lobo astuto, traicionero y tenebroso. En su dinámica de dominación, opresión, dictadura, tiranía y muerte, arrastra a la víctima a experimentar sentimientos de derrota, debilidad, vacío, aislamiento. En la adversidad se pierde la calma, la vida en la calle se torna más dura, como escenario de crueldad, abuso, encierro, hastío. La boca de la víctima se llena de palabras rencorosas. Estos temas son poco poéticos, es cierto, y alejan a las personas cansadas de peroratas igualitarias. Es el riesgo que se corre, el estigma de idiota útil al servicio de la insurgencia, aunque también se conocen escritores y artistas con los cuales se comparte la importancia de la política, junto con la renovación del lenguaje, del estilo. Algunos artistas se lucen hablando, otros hablan poco, algunos dirigen una mirada compungida, otros asumen una postura enérgica, algunos dicen estar comprometidos con el arte, otros consideran que lo mejor es que puedan concentrar la pluma en una operación quirúrgica. Algunos tienen los que otros necesitan. En todo caso, luchan por ser auténticos. Los artistas, sin excepción, se oponen a la guerra. Todos dicen “con la paz no se juega, tampoco con la guerra”. También dicen como si reescribieran Trilce y España aparta de mí este cáliz en la misma hoja “ellos no pudieron con la korrupsión, nosotros sí”.  

 

LOS FRUTOS DE RAMA, LA CONCIENCIA CRÍTICA DEL BOOM

Como siempre tenemos un amigo que sabe más sobre ciertos temas, le pregunté a Gunter Cortés, filósofo de la Universidad del Valle, alumno de Jarauta y Papacchini, si podía hablarse de una filosofía latinoamericana. Sin vacilar me respondió que no se presentaba una filosofía como tal en el continente, conforme a la definición clásica, sino como teología de la liberación. No podía creer que el autor de una tesis de grado sobre el método en Marx, versado en los borradores de El capital (los Grundrisse) y en la Introducción a la crítica de la economía política, me diese esa respuesta. Para persuadirme de su seriedad evoqué varias evidencias de orden religioso, la evangelización española, el fervor popular de la semana santa, las procesiones multitudinarias de la virgen de Guadalupe, la circulación de la iconografía mística en las iglesias y los hogares, las fiestas de guardar en el calendario colombiano y su ajetreo comercial y, desde luego, la teología de la liberación, todas ellas a su favor. El autor de Aproximaciones a la crisis global de Occidente era de hecho un lector ávido de conocimiento y poco ortodoxo, que estimaba la importancia de las encíclicas de Juan XXIII y la invocación hecha por Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, Pedro Casaldáliga, Ernesto Cardenal, entre otros, para retornar a la eclecia primitiva o auténtica iglesia de los pobres. Pese a todo, las dudas sobre la filosofía latinoamericana no se disiparon y siguieron rondando en las tertulias nocturnas con los amigos, que intentaban ofrecer toda clase de respuestas desde sus especialidades pero ninguna  convincente o satisfactoria.

En ese tiempo era preciso estar actualizado para hablar y haber leído Educación y Lucha de clases de Ponce, además de Humanismo burgués, humanismo proletario. Resultaba desagradable oír comentarios vagos, generalidades de diccionario, sobre Cabrera Infante (Tres tristes tigres), Alfonso Reyes (El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria) o Arguedas (El zorro de arriba y el zorro de abajo) y se consideraba grave prestarse para especulaciones. En el abordaje de autores y títulos cuya lectura era obligatoria no existía la censura y cualquier tema era bien recibido siempre y cuando encajara en los asuntos tratados. Como ya dije en un comentario anterior, las opiniones sobre marxismo se mezclaban con los análisis de obras literarias hispanoamericanas, las conversaciones progresaban de Cortázar a Marcuse, saltando a Freud y Nietzsche, de Sartre a Octavio Paz, pasando por Breton, de Barba Jacob a Poulantzas y de Mandel a Rulfo, defendiendo a Trotsky en contra de Stalin, indecisos de apostar si Lenin hubiese apoyado al creador de la cuarta internacional frente a la tendencia del socialismo en un solo país. Los que no sabían escuchaban, los que creían saber arriesgaban un concepto y los que sabían más de la cuenta discutían hasta que cerraban el negocio casi a medianoche. Gunter no posaba de revolucionario pero se ocupaba del pensamiento antiguo, la teología de la liberación y la filosofía de la liberación, las lecciones del Che Guevara, Malcolm X o Camilo Torres, con generosa solvencia. Gracias a su formación académica podía distinguir entre un filósofo y un pensador, entre un Kant y un Nietzsche, y declarar muy seguro de sí mismo que todo filósofo es pensador, mas no todo pensador es filósofo.

Ciertos autores carecían de un discurso sistémico y un lenguaje proposicional para llamarse filósofos, sin embargo calificaban como excelentes ensayistas por el estilo expositivo y la fuerza de sus argumentos. Casi no se veía gente como Sartre, el existencialista, que una veces podía escribir como filósofo (El ser y la nada, Crítica de la razón dialéctica), otras veces como ensayista (¿Qué es la literatura?, Literatura y arte) y como autor de ficción (La náusea, A puerta cerrada). En realidad, se había preparado para utilizar con la misma fortuna el lenguaje técnico y denso del filósofo y el lenguaje coloquial del escritor de ensayos, relatos y novelas. Se habló de todo, se hicieron análisis inteligentes sobre temas actuales como los límites de la ciencia o la función (compromiso) del escritor, pero la pregunta por la existencia de una filosofía latinoamericana no fue respondida completamente, sólo sirvió para recordar frases asociadas con el problema y mantener viva la expectativa de los lectores. Creo que fue Carlos Fuentes quien explicó en una entrevista que los escritores de América Latina, por los temas de hondo contenido humano y social que abordaban en sus obras, eran los filósofos que todos esperaban encontrar, a falta de un Hegel, un Marx o un Heidegger. O el autor de La región más transparente quizás dijo otra cosa menos filosófica, que los escritores se encargaban de hacer visible la problemática del hombre y la sociedad de nuestro tiempo, como si usurparan la función de los periodistas profesionales, comunicando en sus obras la realidad de los seres humanos y su historia, a falta de una prensa objetiva .

La pregunta por la filosofía de América Latina fue una de las tantas fiebres de sarampión que atacaron durante algunos meses a los habitantes de las universidades y desaparecieron misteriosamente del recinto académico, porque el profesor que introdujera la discusión había cambiado de trabajo o porque las editoriales estaban más interesadas en la crítica del boom de la literatura. El tema contagió a estudiantes y profesores pero no por mucho tiempo y tuvo prensa pero su difusión fue muy tímida, razón por la cual se extinguió sin dejar huella en la memoria. La filosofía de América Latina no tuvo la acogida esperada en la opinión pública, no prosperó en el medio intelectual ni siquiera despertó el interés de los militantes de izquierda que se proclamaban latinoamericanistas, pese a la insistencia de sus principales promotores, filósofos de profesión como Leopoldo Zea, Augusto Salazar Bondy y Rizieri Frondizi, que publicaban sesudos estudios en las revistas especializadas y provocaban controversias de corta duración en el campo de las humanidades. Si bien el consenso en la mesa del café era que no teníamos grandes filósofos, en cambio había pleno acuerdo en que contábamos con excelentes pensadores y ensayistas, por ejemplo José Luis Romero que acababa de publicar su Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Sin temor a equivocarnos podemos decir a estas alturas que ensayistas como Ángel Rama antecedieron a los escritores del boom y prácticamente fundaron el nuevo movimiento con su trabajo crítico, con la participación de agentes literarios e innovaciones en el negocio editorial, a falta de manifiestos escritos por los más intelectuales y mediáticos, un Fuentes o un Cortázar.

Los escritores no aparecen en el escenario para consagrarse por sí mismos, por la calidad de sus obras, sino por la bendición de los críticos, que son personajes secundarios cuyo papel consiste en detectar, valorar y posicionar un autor, o ser capaces de inventar una teoría o un modelo de análisis para proceder al descubrimiento del mejor poeta, el mejor cuentista o el mejor novelista de un período de la historia. Numerosos ensayistas liderados por Ángel Rama se ocupaban entre los sesenta y los setenta de valorar las obras del boom de la literatura latinoamericana, el evento cultural más importante del siglo pasado en América Latina. Si hacemos caso a la crítica los estandartes del boom fueron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, de Colombia, Perú, Argentina y México, respectivamente, como si alguien se hubiese confabulado para darle a cada país la oportunidad de enorgullecerse por la emergencia de un autor universal. El boom sirvió para hacer visible otros escritores notables, que en forma silenciosa trascendían sus propias fronteras, y para relanzar algunos clásicos que se conocían por ediciones de gran tiraje como el Primer Festival del Libro y la biblioteca Salvat. Hablamos de Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Manuel Puig, Juan Carlos Onetti, Augusto Roa Bastos, Jorge Amado, José Donoso, Arturo Uslar Pietri, Salvador Garmendia, Miguel Ángel Asturias (premio Nobel), José María Arguedas, Manuel Scorza, Juan Rulfo, Juan José Arreola, algunos de los cuales oficiaban en la crítica.

Los novelistas del boom se caracterizaban por su vasta cultura y un manejo refinado del lenguaje, por escribir con fundamentos y enriquecer el legado de su tradición. No eran autores ingenuos que pretendieran crear una obra sin ideología, doctrina y tesis, o que se dejaran llevar por la corriente política de la época para seguir teniendo demanda. Cuando casi todo lo bueno llegaba de otra parte, el rasgo distintivo de estos autores era la independencia. El pensamiento y el método asimilados de las culturas foráneas permiten a Rama acuñar nuevas categorías para explicar el cambio cultural en curso como “ciudad letrada”, “transculturación narrativa” o “mercadotecnia del boom”. Los críticos del boom, los editores, la prensa y el público se acostumbraron a rotular las obras con los términos de realismo mágico (García Márquez), realismo maravilloso (Carpentier) y realismo fantástico (Cortázar). No es posible hacer crítica sin dominar el género ensayo ni pensar ensayísticamente sin contar con fundamentos teóricos, metodológicos y filosóficos. La fundamentación crítica es lo que diferencia a un ensayista literario de un articulista de prensa, a una estructura de análisis de una opinión inteligente. Sin pensamiento sistémico es imposible imaginar una obra sorprendente y ambiciosa como la escrita por José Carlos Mariátegui, Aníbal Ponce, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Candido, Antonio Cornejo Polar,  José Miguel Oviedo, Roberto Fernández Retamar, Jean Franco, Luis Harss, Saúl Yurkievich, Noé Jitrik, Ariel Dorfman, Juan Lovelucki, Seymour Menton, Enrique Anderson Imbert, Guillermo Sucre, Emir Rodríguez Monegal, Jorge Rufinelli o Saúl Sosnowski, muchos de ellos novelistas sin éxito, como Harss y el mismo Rama.

¿Y qué?, dirá el lector, ¿dónde está el chiste?, todo esto lo puedo leer en un manual de literatura, que incluso trae mapas conceptuales, ejercicios e índice analítico. Por favor, diga algo nuevo. Tiene razón el lector, pero es que todavía no he terminado. Justamente estaba a punto de decir que los escritores actuales no son pensadores, es decir, no han demostrado tener bases conceptuales y metódicas en respaldo de sus obras, por tanto no pueden compararse con los autores del boom cuyas obras conviven con la antropología (Arguedas), la historiografía (Carpentier) o la ciencia (Sábato). Indistintamente, los autores del boom militaron en la cultura del vanguardismo, que es un invento europeo, como casi todo en el proceso de fundar la modernidad intelectual y cultural, una tentativa de independencia que reconoce sus orígenes. En un principio, la avanzada del boom, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes, era reconocida por su tendencia de izquierda y por pisar las arenas movedizas de la política, consecuente con la postura crítica contra la realidad social de exclusión y pobreza dominante en la región. Las novelas Cien años de soledad (1967), La muerte de Artemio Cruz (1962), Rayuela (1963) y La casa verde (1966) plantean problemas de corte ontológico, sociológico y antropológico no resueltos, lugares comunes identificados desde comienzos del siglo XX con el atractivo nombre de ingreso al modernismo. La falsa modernidad instalada en la república de tierra caliente, como dijo Valle Inclán, degenerada por las artes de la demagogia, es denunciada por el modernismo de la vanguardia intelectual, que parece estar casi al alcance de la mano cuando triunfa la revolución cubana.

Si las novelas asumieron el rol de vanguardia social junto con la política, mucho mayor fue el impacto de la crítica a través del ensayo, que analizó el sentido y alcance de tales novelas y condujo a la reflexión sobre la realidad representada. Por tratarse de un oficio naciente era de esperar que los ensayos celebraran aciertos y cometieran deslices. Poco después de la consagración de García Márquez con su novela mítica sobre Macondo, Vargas Llosa presenta su tesis doctoral titulada “García Márquez: historia de un deicidio”, publicada el año 1971 por Barral Editores, obra atrevida que prometía desnudar las motivaciones y la técnica narrativa del colombiano. Si se examina la monografía del escritor peruano puede verse su visión totalitaria (enciclopédica) de la crítica y su desconocimiento de la metodología corriente de la época con avances en aspectos de muestreo, focalización, triangulación, interpretación, etc., que podría haber aplicado de conocer los trabajos de Gadamer o Merton. De allí que sus categorías de análisis sean convencionales. Vargas Llosa se apresuró en su deseo de hacer historia como crítico de Gabo sin tener al menos una teoría o un modelo de análisis. Según la bibliografía anotada, devoró casi todo lo que se había publicado sobre Cien años y creyó que era suficiente para escribir un mamotreto de 600 páginas, se saturó del objeto y olvidó la perspectiva. También hubo ligereza de Jaime Mejía Duque, crítico colombiano que cultivaba la sociología literaria e hizo historia con su “Literatura y realidad”, cuando quiso dar una puntada definitiva cuestionando de García Márquez, (El otoño del patriarca o la crisis de la desmesura, 1975) lo que era precisamente su mérito, la exageración o hipérbole.

Obras importantes, entre un centenar de buenos trabajos de ensayo, fueron  “Los nuestros” de Harss (1966), “Borges, el poeta” de Sucre (1967), “Para una teoría de la literatura hispanoamericana y otras aproximaciones” de Retamar (1975), “El cambio actual de la noción de literatura y otros estudios de teoría y crítica latinoamericana” de Rincón (1978), sobre obras de autores que clasificaban en movimientos y teorías literarias. En “Transculturación narrativa en América Latina” Ángel Rama señala la importancia de la extrapolación disciplinar de teorías, métodos y perspectivas en el abordaje de los trabajos. Se refiere a la transculturación desde la oralidad a la escritura y desde la tradición oral popular a la creación del texto literario. Las técnicas y el punto de vista narrativo se importaron de las culturas desarrolladas, pero el lenguaje y la representación popular se aprendieron en el propio medio y en la tradición modernista que comienza con Rubén Darío, según indican la mayoría de críticos. En otra vertiente se habla del mestizaje, se habla de un continente donde se forma, desde la colonia, el más puro barroco. La que representa este crisol de influencias, la formación del barroco americano, es la novela Concierto barroco de Alejo Carpentier. De otro lado y mucho antes, tenemos el proyecto modernizador de Mariátegui a través de la revista Amauta, que ejerció gran influencia en la primera ola vanguardista de los años veinte. Las revistas Marcha de Uruguay y Casa de las Américas de Cuba continuaron en la línea trazada por Mariátegui de involucrarse en el proyecto de emancipación cultural y política de América Latina. La revista Marcha de Aníbal Quijano existió desde 1939 hasta 1974, año en que fue cerrada por la dictadura de Juan María Bordaberry.

En el propósito de hacer un periodismo literario y cultural renovador, que tuviese un impacto masivo, se trasladaron a América Latina los modelos de revista europeos y norteamericanos (L’Express, Time, Newsweek) adecuándolos a las demandas nuevas de los públicos nacionales (Rama, 1984). Poetas, narradores y ensayistas se formaban alrededor de las revistas, animadas por docentes universitarios, intelectuales y escritores ocupados enteramente, en la mayoría de los casos, de la producción y difusión. Las revistas más conocidas fueron Casa de las Américas, Marcha, Mundo Nuevo, Plural, Vuelta, Jaque,Texto Crítico, El techo de la ballena, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Crisis y la revista Escritura de Ángel Rama. En el espacio de convivencia de las revistas floreció el proyecto cultural y social y la solidaridad entre los miembros de una cofradía que parecía perdurar. Esta unión se acabó y sus integrantes partieron al exilio obligados por la mano dura, por las manos criminales de la dictadura, para volver a empezar de cero. Es en las revistas, con manifiesto o sin este, donde se dan cita los escritores, donde se prepara y se da cuenta de la celebración de eventos, encuentros, simposios y seminarios. Ahí es donde se publican los nuevos trabajos y convergen los autores y el público para compartir experiencias y visiones del mundo, para expresar preferencias y simpatías y para sellar distanciamientos. Las revistas notifican al mercado literario sobre la aparición de nuevos valores y definen la identidad de los autores según la presentación que de estos hacen las editoriales, especifican quién es quién en el relevo generacional, y con alguna suerte descubren y presentan al escritor con más proyección en un lugar o época. Y lo más importante es que en las revistas se forman los críticos.

Ninguna campaña publicitaria reemplaza la valoración del crítico, que cuida la calidad intrínseca por encima de factores externos como los premios o la venta. La dedicación, la pasión y el rigor del crítico anulan las veleidades del mercado. Ángel Rama devoraba libros en persecución de teorías y métodos, su obsesión era estar al día para responder a las expectativas, que se renovaban cada día con la publicación de nuevas obras y la aparición de nuevos nombres. Los títulos de sus libros reflejan la evolución experimentada con el correr de los años, títulos innovadores tanto como sintomáticos del ritmo de la vida intelectual de su época. La aventura intelectual de FigariLa generación críticaLos dictadores latinoamericanos, y póstumamente Literatura y clase socialLa crítica de la cultura en América LatinaGarcía Márquez, edificación de una cultura nacional y popular Literatura, cultura y sociedad en América Latina, entre otras obras, dan cuenta de su compromiso valorativo y prospectivo a escala continental. Rama esperaba que el cambio resultante del trabajo a futuro de la vanguardia política y cultural fuera vivido por las nuevas generaciones, no por la suya, como se aprecia en su última carta del 15 de octubre de 1983 dirigida a Carlos Maggi desde París: “Si no nosotros mismos, estoy seguro de que nuestros hijos reharán ese mundo, con el mismo puntillo arrogante que pusimos nosotros en los gloriosos 50 y 60 que recorrimos en conquistadores” (Peyrou, 1962).

En la época en que abandonaba la novela para centrase en el ensayo, Rama (1962) comenta sobre sus planes de adoptar nuevos enfoques críticos: "Nunca dije que la sociología de la literatura fuera el único método recomendable –espero escribir sobre las interpretaciones psicoanalíticas que me interesan sobremanera, y sobre los estudios formales–ni el único que yo mismo habría de utilizar". En la fecha de su último viaje (1983) después de dejar París, en el avión de la ruta Madrid-Bogotá para asistir a un congreso junto con Marta Traba, Jorge Ibarguengoitia y Manuel Scorza, Rama mantenía una intensa actividad como lector, ensayista, diarista, autor epistolar, conferencista,  periodista y editor, entre otros oficios escriturales. El escritor apreciado por unos y vetado por otros no descansaba un instante en la búsqueda de conocimiento. Rama sabía de todo sobre cultura occidental y, como su paisano Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, sobre cultura latinoamericana. “Para pensarnos mejor” fue el nombre que dieron los ramistas al conversatorio realizado en el marco de la celebración de los 25 años de la muerte del maestro.  “Rama es, además, un virtuoso del subgénero de los panoramas –reconoce Mabel Moraña–. Tuvo esa capacidad para ver la totalidad y poder distinguir temas, núcleos, direcciones, transgresiones. Él podía organizar el funcionamiento cultural de una manera muy orgánica. Eso se extraña”. Ana Pizarra agrega: “El suyo no es un latinoamericanismo pobre o restrictivo, es un latinoamericanismo dentro de la cultura occidental”.

Con la devoción de Rama por el saber, viniera de donde viniera la teoría o el modelo, seguramente estaría analizando la novela contemporánea de América Latina, la obra de Santiago Roncagliolo, Juan Gabriel Vásquez y Roberto Bolaño, con un aparato crítico renovado por la hermenéutica y el posmodernismo. Como Rama era osado le habría echado el diente a la novela colombiana de la violencia y el narcotráfico y hasta se habría visto tentado a desarmar y volver a armar (deconstruir) Qué viva la música de Caicedo. “Es que mueren en el 83 –justifica Hugo Achugar la imposibilidad de Rama y Marta Traba de tener un auditorio nuevo con un discurso viejo–, cuando comienza en el mundo iberoamericano todo el debate de la posmodernidad, y el famoso tema de la ciudad letrada empieza a quedar casi obsoleto porque estamos viviendo en la ciudad cibernética, televisiva, informática o como gusten llamarla”. Pero Rama estaba habituado a actualizarse para mantener una discusión inteligente con contradictores como Emir Rodríguez Monegal, uruguayo también. “Yo creo que Rama no entendía el trabajo cultural sin debate –dice Mabel Moraña–, era una cosa que lo apasionaba”. En lo personal es la crítica como debate, que prepara al retador para no esconderse y saber responder, para no abandonarse a la grosería del odio y el enojo por salir derrotado. “Decía que justamente la polémica era lo que medía el vigor de una cultura” –sostiene Ana Pizarra. Eran otros tiempos, como aclara Mabel Moraña, “hay una razón fundamental, ¿no? Que es la plataforma política en que todo eso estaba armado en los sesenta y los setenta...”.

No se necesita leer libros, sino ver lo que pasa alrededor, para comprobar que el proyecto emancipador que envolvió a Rama y a la izquierda en su conjunto no fue inútil, todo lo contrario, dio sus frutos muchos años después con una nomenclatura inimaginable, llamada socialismo del siglo XXI, que ha resultado más realista en desarrollo económico y geopolítica que la misma revolución cubana. El movimiento popular que elige y reelige gobiernos de izquierda en la mayoría de naciones de América Latina ha derrotado a la filosofía posmoderna que hablaba del fin del metarrelato y la desideologización de las ideas. “Bueno, por supuesto que había un proyecto –admite Hugo Achugar–, y ahora no es que no haya proyectos, pero quizás perdimos la ingenuidad de creer. Porque había una cierta cosa ingenua en las polémicas de Ángel, de Mario Vargas Llosa, incluso la de Cortázar con Collazos, la ingenuidad de creer que a través de la palabra y el debate llegaba el cambio. Hay menos ilusión ahora”. Hoy las ideas no salen sesgadas por obedecer al determinismo revolucionario, tampoco la ciencia se reduce a la dialéctica de la lucha de clases, sino que prosperan múltiples alternativas de desarrollo estratégico en la región.

En palabras de Ana Pizarra y como conclusión: “Ahora opinan los economistas, los escritores son los intelectuales menos escuchados. Ahora, yo creo también que en los años sesenta y setenta nosotros manejábamos la idea de América Latina como un bloque monolítico, y resulta que Ángel y Marta, entre otros, nos hicieron ver una América Latina mucho más plural”. Treinta años después de la muerte de Rama otras creencias como la influencia del clima en el espíritu relajado del criollo o la inevitabilidad de la revolución armada a la manera cubana o nicaragüense han caído en desuso o fueron disueltas por el propio peso de la historia posmoderna. Recreando a Onetti, el mapa político de América Latina dibuja diversas rutas de ingreso a puerto Astillero, cuando está a punto de arruinarse, para salvarlo del marasmo, una operación tardía que nadie vislumbró en los setenta. Hoy no son los partidos sectarios sino los gobiernos socialistas de América Latina, más moderados que radicales, los que sostienen un proyecto político gracias a alianzas toleradas dentro de la transición necesaria. Por lo que se conoció de Rama, ensayista incansable, organizador de eventos y bibliotecas, viajero y conferencista oportuno, aceptaría todos los trabajos que le ofrecieran las instituciones de los países socialistas como el Uruguay de Mojica y Tabaré Vásquez, y entendería sin mucho esfuerzo que la tripulación pudiera quedar al resguardo de gente pragmática.

 

BIBLIOGRAFIA

Moraña, Mabel (2008). “A 25 años de su muerte: Ángel Rama y los imaginarios de la crítica” en Acto oficial realizado en el Paraninfo de la Universidad de la República, organizado por el Ministerio de Cultura en Montevideo, Uruguay, 27 de Noviembre de 2008.

Peyrou, Rosario (Curaduría y textos) (1962). Ángel Rama Explorador de la Cultura. Centro Cultural de España en Montevideo.

Rama, Angel (1962). "Vaivén generacional" en Marcha,no 1 11 5, 13 julio 1962, p. 29.

Rama, Ángel (1984). Más allá del boom: Literatura y mercado. Buenos Aires: Folios Ediciones.

Ruffinelli, Jorge (1992). “Ángel Rama, Marcha, y la crítica literaria latinoamericana en los 60s” en Scriptura; 1992: Núm.: 8-9; 119-128.

 


LA TRAVESÍA DEL ATRAVESADO

INCIDENCIAS DE LA NOVELA QUE NO HIZO NADA POR CAICEDO

La noticia de este nuevo siglo es que Colombia supera a los demás países de América Latina en novela. Daniel Ferreira es el último ganador del Premio Clarín de Novela 2014 con “Rebelión de los oficios inútiles”, después de haber obtenido galardón con "La balada de los bandoleros baladíes" (Premio Latinoamericano de novela Sergio Galindo 2010, Veracruz-México) y "Viaje al interior de una gota de sangre" (Premio Latinoamericano de novela Alba Narrativa 2011, Cuba). El nombre Ferreira se suma a otros escritores nacionales destacados como Restrepo, Franco, Rosero, Vásquez, para mencionar unos cuantos, que compitieron con centenares de novelistas y vencieron por la mejor técnica, trama, lenguaje o inventiva de sus obras.

Un centenar de los miles de novelistas colombianos alcanza notoriedad y de este grueso número sólo una veintena goza de los favores de la prensa, que termina de posicionarlos en el mercado editorial. De estos veinte, acaso Juan Gabriel Vásquez sea el único que ha logrado alcanzar el nivel de un Gabo, los demás deben conformarse con la fama en Hispanoamérica, el interés de las grandes editoriales y los ingresos por los premios y contratos. Hasta el momento, Medellín parece ser el epicentro de la novela con escritores como Franco, Abad y Vallejo, principalmente. ¿Y Cali qué? Nos pasaremos hablando otro siglo de Caicedo porque no ha salido el novelista que distraiga las miradas del público y diga “soy exitoso, vivo de la novela y no necesito hacer otra cosa”. Es mi teoría, que infinidad de escritores de todo el país, salvo Cali, aprendieron a escribir literariamente y gracias a sus premios internacionales convirtieron a Colombia en potencia novelística. Faltando quinientos metros para la meta, los escritores de Cali están en el pelotón y hasta el momento no se ve a nadie que amenace con una atropellada fulminante.

Mi teoría es que Cali ha conservado una mentalidad parroquial pese a su modernización física ostensible en Chipichape, Centenario, Palmeto y Bulevar, en los edificios Torre de Cali, Banco de Occidente y Banco de Bogotá, en los conjuntos residenciales, puentes elevados, avenidas rápidas y especialmente en el sistema de transporte Mío. Cali quedó reducida al folclor que rechazaba Caicedo y que motivó su respuesta artística junto con otros íconos de la época como Guerrero. Quizás por su clima tropical, como decían los teóricos decimonónicos, Cali no pudo desprenderse de su macondismo inveterado con personajes como Jovita y el loco Guerra. Hoy Cali es la capital de la salsa y los monumentos que se proyectan son el justo premio a los músicos populares antes que a los intelectuales y escritores.

Fue precisamente el macondismo, según Fuguet y Manrique, lo que provocó las ganas de Caicedo de escribir una literatura moderna, además de hacer teatro y cine vanguardista. Fue el provincianismo lo que hizo que Caicedo mirara al extranjero en busca de fundamentos estéticos y referentes de creación. En este nuevo siglo la mentalidad colectiva ha cambiado y el internet hizo del mundo una aldea global, como bien anunció en su momento McLuhan, no comunicador social como muchos creen sino doctor en poética. Cualquiera que tenga acceso a internet se vuelve un experto en Duchamp, cualquiera que consulte en su tablet sabe quién fue Tina Modotti y la relación que mantuvo con Julio Antonio Mella. Dicho en términos populares, el mundo ha dejado la pendejada. Curiosamente, la misma prensa que exalta a los novelistas premiados mantiene a la gente con una mentalidad premoderna, por un mecanismo inconsciente, como diría el doctor Freud, o por contribuir al mantenimiento de la democracia, como dijo el coronel Plazas. Para muestra un botón, hoy 29 de noviembre leí el siguiente titular en El País de Cali: “Juan Pablo Jaramillo, famoso youtuber colombiano, confiesa que es homosexual”.

Pero si El Colombiano es más retrógrado, dirán los contradictores. Es verdad, sin salir de la caverna el periódico paisa conduce los pasos perdidos de millones de personas en Antioquia y sus alrededores. ¿En qué quedó mi teoría? En nada. Echando mano de cierta teoría de segundo grado o subteoría podemos decir que los novelistas paisas son más reactivos o más críticos de su cultura regional. Esta teoría secundaria no tiene peso porque ser crítico de la propia cultura no asegura la emergencia de un buen novelista. La pregunta es ¿por qué después de Caicedo no tenemos en Cali un novelista sobresaliente que trascienda las fronteras? Estamos intentando encontrar la respuesta. Mientras tanto, presentamos otra teoría, la última para no cansar al lector, una teoría que nació en los ochenta en las charlas sostenidas con el escritor Enrique Cabezas, premiado por su novela “Miro tu lindo cielo y quedo aliviado”, y madurada con lecturas de diversa índole y sobre todo con el tiempo. Según me dijo Cabezas, él no era un gran escritor por la falta de crítica.

En el caso de Caicedo no vemos todavía el trabajo crítico, que seguramente llegará y revelará la justa medida del escritor caleño, sólo vemos anécdotas y opiniones, lugares comunes y tentativas de interpretación, mitificaciones y mixtificaciones (dijeron en una tesis que Caicedo era miembro de la familia Caicedo, el famoso apellido asociado a la caña de azúcar). Ningún escritor inédito llama la atención de la crítica, esta viene después de publicarse el primer libro, el segundo, el tercero, hasta que se llega al punto de saturación, como dicen los metodólogos cualitativos, o hasta la repetición de la repetición, que Thomas Kuhn llama respetuosamente ciencia normal. Tenemos gente preparada para hacer la crítica literaria de Caicedo, Harold Alvarado Tenorio, Álvaro Pineda y Jorge Ordóñez, entre otros (lástima que el finado RH Moreno Durán prefirió ser novelista antes que crítico). La crítica tiene la última palabra sobre el caso Caicedo. A propósito, dije Jaime Tello, en una perspectiva claramente sociológica, que “el crítico surgirá cuando las necesidades sociales del país lo requieran” (citado por Medina, 2010).

Así como están las cosas, no demora en salir un peso pesado, un Ángel Rama, haciendo la valoración crítica de este novelista que algunos llaman talentoso y otros precoz. Nadie sabe si Caicedo se hubiese estancando, contagiado por el medio caleño, o hubiese estado disputando los grandes premios en el mundo desarrollado. De pronto tendríamos un Príncipe de Asturias y hasta un premio Nobel, quién quita, si nuestro novelista hubiese sobrevivido a las drogas. Es verdad que Caicedo murió prematuramente y el tiempo no le dio para escribir una obra copiosa digna de un profesional como Gabo o Vargas Llosa. Tampoco su escasa obra tiene la contundencia de El llano en llamas y Pedro Páramo de Rulfo o la fina elaboración de El Astillero y Juntacadáveres de Onetti. Le faltó tiempo para entrar al club de los elegidos del boom, categoría que estaba vigente en 1977. Han transcurrido 37 años desde su muerte y la sombra de su figura mítica crece descomunal como el ciudadano Kane. Atribuyo la idolatría caicediana al hecho de que no hay en Cali, entre el centenar de novelistas que escriben y publican regularmente, nadie que lo supere en técnica narrativa y propuesta poética.

Mientras llegan los críticos, paso a contarles la travesía de la primera novela de Caicedo, El Atravesado, con fechas, lugares y nombres para entrar en contexto y de pronto satisfacer a los lectores habituados a la verosimilitud de las palabras. Agradezco a Carlos Moncayo que me haya recordado insistentemente, en nuestros encuentros fortuitos en la ciudad y ahora último en el Bulevar de Cali, donde no nos cansamos de hablar de la visita de Manuel Puig o de la entrevista que sostuvo con el maestro Vargas Llosa, la sugerencia de escribir esta nota. Como he comentado a Carlos, el incidente literario de marras sucedió por allá en el año 1975 o quizás fue en 1976, de lo que sí estamos seguros es que no fue en 1977 porque desde la lectura del librito “que le publicó la mamá en hoja barata y pasta amarilla chillona”, como dice Angélica Gallón Salazar (2012), hasta la muerte prematura de Caicedo, transcurrió más de un año. Son muchas personas involucradas en el caso, pero cometo reduccionismo por motivos de espacio. Los episodios fueron los siguientes: visita a la Universidad del Valle sede Meléndez, regalo de Aída, amistad con Alba, noticia de Alba sobre la muerte de Caicedo.

La verdad, entre 1975 y 1977 nadie daba un peso por El atravesado de Caicedo y tampoco por el escritor. Caicedo comenzó a perfilarse como escritor de cuidado gracias a la escogencia del Instituto Colombiano de Cultura, más conocido como Colcultura, para que figurara en su serie de ediciones rústicas de bolsillo, distinguida por la carátula de los búhos sobre las tapas de un libro abierto. Y no era porque la gente prefiriera María ni porque estuviéramos detenidos en el tiempo, en el gran siglo XVIII del romanticismo, renuentes a masticar obras modernas en la tierra de Isaacs. La razón era más trivial, se trataba de una autoedición, un volumen por lo demás feo, un diseño a dos tintas ideado por un muchacho inexperto, el dibujo de un pandillero sobre un fondo amarillo y el título escrito a mano alzada. Una carátula a dos tintas para un libro rústico. El código comercial ha impuesto que la mercancía entre por los ojos. Tales detalles importan para la gente del común, que valora la presentación del libro, para un lector disciplinado es un hecho circunstancial y hasta chistoso. Como decir que encontramos un perfume exquisito en un pomo de penicilina.

La baraja de libros se destacaba en el suelo a la entrada de humanidades, que quedaba después de administración, cuando era impensable que humanidades ocupara los bloques de residencias universitarias. El conocimiento de la primera obra del autor fue mucho antes de que los uniformados se tomaran las residencias de la Universidad del Valle para desalojar a los estudiantes de provincia acusados de subversivos. Los investigadores pueden darse tiempo para establecer la fecha exacta en internet. Llegué por la mañana, saludé a la dueña, amiga de una amiga, y me dispuse a mirar las novedades de las prestigiosas editoriales españolas, mexicanas, argentinas y colombianas. De pronto me llamó la atención un montón de libros feos del mismo título, levanté uno cualquiera, lo abrí sin mayor interés, leí unas líneas, seguí leyendo, esta vez varios párrafos, pasé las hojas y pude seguir en ese trance hasta el anochecer de no ser por Aída, que observaba la operación. Creí que debía decir unas palabras y dije está bueno, excelente narrador, es muy coloquial. Aída me dijo llévalo. No entendí. Es un regalo, llévalo… y me comentas.

Así fue cómo conocí El Atravesado y la narrativa juvenil de Caicedo. Por esos días coincidí en una mesa con Taseche (Fernando Tascón Echeverry), puse el libro a la vista y su reacción fue automática, me dijo que Caicedo copiaba a José Agustín. Al menos había leído la primera novela del autor y tenía una opinión que los comentaristas de este tiempo no cesan de repetir como un hallazgo de última hora. También por esos días me hice amigo de Alba, la viuda de Hernando Olano Cruz, jefe rojaspinillista, una lectora incansable a quien no sé si regalé el libro o solamente propuse reiteradamente los temas Caicedo y García Márquez, el primero porque era el caleño más destacado y el segundo porque había dejado a todo el mundo ensimismado con sus Cien años de soledad. Alba nunca pudo digerir a Gabo y mostraba un elegante repudio por el escritor debido más a su militancia izquierdista que a su calidad literaria.

No le gustó La mala hora ni La hojarasca. En cambio Caicedo le caía bien y no por el hecho de ser caleño, y no le molestaba en absoluto que se atravesara en nuestras conversaciones y diera lugar a largas digresiones sobre lengua estándar, dialecto y modo de caracterizar al personaje por su modo de hablar. Alba no necesitaba escuchar ninguna crítica, le bastaba con imaginar los lugares mencionados por Caicedo, que ella conocía perfectamente. Cada vez que salía algo en la prensa lo recortaba y me lo guardaba, cuando me despedía llevaba las manos ocupadas, los recortes dentro de un libro en una mano y la bola de queso en una chuspa de papel en la otra. Eran quesos finos y costosos que prefería regalar a las amistades entrañables. El rótulo Caicedo escritor quedó tan grabado en el cerebro de Alba en el período de un año o año y medio de charlas en su apartamento de Miraflores, charlas acompañadas de vino, galletas exquisitas y quesos de fuerte aroma importados de Suiza. Fue Alba la que me notificó apesadumbrada la muerte de Caicedo, el mismo día de los hechos, con una voz quebrada que denotaba su dolor.

Alba no sabía que existían los pobres. En una ocasión volvía de López, de una cita con sindicalistas o militantes de izquierda, no recuerdo, y llegué a su apartamento, me preguntó dónde había estado. Le dije que en López. Que cómo me fue. Le dije que bien, todo salió según lo planeado, sólo que sentí pesar de ver el esfuerzo de una familia para invitarnos maduro asado con café en leche. Viendo que la anfitriona demoraba más de la cuenta pregunté dónde había una tienda y salí corriendo a comprar la leche. En la tienda encontré a la señora de la casa, arreglando con el tendero la fecha en que le pagaría la chuspa de leche. Ah, usted por acá. Tranquila, le dije, me entretuve hablando, pero hagamos la lista, ¿qué se necesita?, leche, azúcar, pan, queso, café, claro está, no podemos regresar sin el café. Alba escuchaba mi relato asombrada, le parecía que estaba remedando a García Márquez, una historia en estilo macondiano precario. Sin querer fastidiar dije que la gente por allá se acuesta con un maduro asado y un tinto, cuando hay, nada que ver con los personajes de la sexta, del norte de la ciudad, de Andrés Caicedo. No seas mentiroso, dijo Alba, en Colombia todos comen, debe ser un cuento comunista.

Seguimos con los incidentes de la primera novela de Caicedo. ¿Qué fue lo que me confesó Aída? Sin preguntarle, pues en esa época me bastaba el goce de la lectura y poco me importaba la historia del nacimiento o muerte de una novela, me dijo que El atravesado era un fracaso editorial. No me habló de la calidad de la obra, me comentó que había recibido de manos del propio autor, en consignación, el lote de libros, que su precio inicialmente era de 50 pesos, que al volver y constatar que no se vendía, el autor había resuelto rebajarlo a 20 pesos y que después no había vuelto al lugar ni a preguntar por la venta de su libro. Tal vez estaba ocupado escribiendo más literatura o haciendo películas, mientras cientos de ejemplares repetidos de su libro ocupaban un espacio considerable en la bodega que Aída tenía alquilada en el barrio Miraflores, frente a la casa de doña Rosmira, la mamá de Nydia Vivas. Meses después de la muerte de Caicedo vi esos mismos libros feos de tinte amarillista en los estantes de la librería Nacional. El nexo era Aída-Nydia-Aura, no digamos como Tres mujeres de Musil, sino alrededor del negocio de los libros. Aura había liquidado Letras para ocupar el cargo de administradora en La Nacional, Nydia se desembarazaba lentamente de la librería La Lechuza y Aída vendía los saldos de su bodega después de graduarse en filosofía.

Una persona descuidada habría regalado los libros a un reciclador para aprovechar el espacio de la bodega, sabiendo que cualquier espacio es oro. Una persona amiguera habría repartido los libros en los encuentros con sus amistades, corriendo el riesgo de que no fueran leídos, y en los eventos culturales de la ciudad, mediante canjes con escritores que publican del propio bolsillo. Caicedo tuvo la suerte de quedar seleccionado para la serie literaria de Colcultura, de generar expectativa y de revelarse Qué viva la música como una novela realmente buena. Entonces se entiende la razón por la que El Atravesado salió ganando, un libro que no había hecho nada por su autor terminó engalanando los principales estantes de la librería Nacional por algunos días. Me imagino que los libros se vendieron en un santiamén. No conocí al impresor de El Atravesado, pero sí al que publicaba la revista Ojo al Cine, Pacho Vernaza, con quien mantengo una vieja amistad. Por mera coincidencia, la imagen era la misma que la experimentada donde Aída, el amontonamiento de revistas que denotaban el fracaso editorial. La dificultad para vender una publicación y al menos recuperar la inversión. Las carátulas vistosas del montón de revistas en una parihuela parecían chillar en busca de un lector, pues era lo primero que veía el cliente delante del mostrador.

Las revistas no estaban en una bodega, sino a la vista, sabía que hablaban de cine y por eso no le pedí al dueño que me regalara un ejemplar de cada número. Tenía el ojo puesto en las revistas porque no había dónde más mirar y quizás por ello Pacho pensó que estaba interesado en el tema y me las regaló con un gesto de amabilidad del proveedor al cliente. Justamente allá fue donde hicimos todas las publicaciones de Rosa Blindada en papel, cuando la carrera quinta era más angosta y Arte Color todavía no se trasladaba a la calle 17 con 5a. En ese tiempo los amantes de la cultura, especialmente los estudiantes universitarios, mezclaban literatura y política, era tal el fervor cultural y revolucionario que, como expresa María del Carmen Huerta, personaje principal de Qué viva la música, se estudiaba El capital de Marx al mismo tiempo que se leía con devoción a los escritores del boom. Otra gente buscaba su liberación alternando literatura y cine. De tal manera que un sábado como a eso de las 10 de la mañana fuimos con Alba a ver una película en el Teatro San Fernando y me pareció haber visto a Caicedo en la puerta de entrada.

Nada de eso, ahora me convenzo de las mentiras de la imagen, nunca vi a Caicedo y nunca le escuché decir “póngale tenis” en la escena de una película sobre un niño salvaje al que recuperan del bosque y calzan con zapatos de cuero. La gente de cine sabrá identificar la película. Todos saben que Caicedo era amante del celuloide y que volcó su entusiasmo en la creación de un cine club, como sucedáneo de la producción, la dirección, el manejo de una cámara y la actuación. Se han presentado varios documentales y muchas fotografías del cinéfilo Caicedo y cada día surgen nuevos testimonios de su paso por el teatro San Fernando. Uno ve tantas veces las mismas fotos del joven novelista en el frontispicio de un teatro, en su ambiente natural, que cree haber estado en el lugar de los acontecimientos. Sin duda se trata del llamado efecto Gestalt, que consiste en que uno ve, en virtud de una graciosa trampa de la mente, no lo que es sino lo que uno quiere ver. En cambio es totalmente verídico que saludé al poeta Aníbal Arias a la salida del teatro y que días después me preguntó si la señora con la que iba era mi mamá, tal vez porque era alta, casi me alcanzaba en altura, y tenía cierto andar reposado.

En efecto, siempre pensé que había visto a Caicedo a la entrada del teatro San Fernando, pero todo fue una ilusión producto del bombardeo constante de fotos en los medios de comunicación. La avalancha de fotos en internet en la primera década de este siglo superó el acumulado en treinta años de historia y ha contribuido al incremento del número de jóvenes que veneran a Caicedo. Además, desde hace tiempo es obligatoria la lectura de Qué viva la música en los colegios de Cali y el resto del país. La nota insólita es que en la época de exhibición de El atravesado en humanidades, Universidad del Valle, en la mediana del año 1976, ningún lector de novelas daba un peso por Caicedo, ni sus amigos cercanos. ¿Por qué digo esto? Porque es imposible creer que aquellos que acompañaban al Rimbaud caleño o colombiano hasta el año 1975 hayan permitido, en primer lugar, la publicación de un libro desaliñado, y en segundo lugar, el fracaso editorial, la indiferencia absoluta frente a su ópera prima.

Fue Fernando Garavito, según me dijeron, quien recomendó Qué viva la música a Colcultura. Recuérdese que fue precisamente en 1975 que el poeta y periodista bogotano organizó y dirigió Estravagario, la revista cultural del periódico El Pueblo de Cali. La muerte de Caicedo truncó su carrera como novelista e impidió conocer la suerte del más talentoso de su generación, que dos años después de regalar la edición de El Atravesado porque nadie se interesaba en el libro, publicaba una novela de gran tiraje para todo el país que cambiaría la historia. Es por este viraje inesperado que ahora todo el mundo habla bellezas de Caicedo.

Hoy nuestro autor seguramente estaría escribiendo sus memorias, por solicitud de alguna editorial que sigue el curso de la moda o por recomendación de un Garavito especializado en mercadeo, en cuestiones de tarjet group y segmentación de mercado. Seguramente evitaría la perífrasis verbal por consejo de su editor y ensayaría la frase larga utilizando con prudencia las aliteraciones disfrutadas por Cabrera Infante. Quizás Caicedo fuese hoy una institución literaria, como la mayoría de escritores que opinan sobre todos los temas en la prensa, quizás fuese un director de cine con planes de escribir novelas en las vacaciones, quizás una persona veterana en los comentarios y entrevistas sobre salsa en la Feria de Cali o quizás fuese el auténtico sucesor no macondiano de Gabo. No se sabe.

 

REFERENCIA

Gallón Salazar, Angélica (7 Mar 2012). "Morir y dejar obra" en El Espectador, Cultura.  Disponible en http://www.elespectador.com/noticias/cultura/morir-y-dejar-obra-articulo-330989

Medina, Álvaro (2010). Procesos del Arte en Colombia. Encuesta: “La Crítica en Colombia” 1957 en Biblioteca Virtual Luis Ángel Arango. Disponible en http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/todaslasartes/procesos/cap32.htm

 


LA SIMIENTE HEMINGWAY

 

Si se tratara de definir con una palabra a Hemingway, esta sería “profesionalismo”. Desde que escribió  en los años veinte su novela Fiesta, producto del esfuerzo y una férrea disciplina de trabajo, ha sido un referente para muchos escritores del mundo, incluido Gabriel García Márquez.

¿Por qué nos ocupamos de Hemingway, habiendo escritores originales en América Latina como Arguedas o José de la Cuadra? Por circunstancias del azar.  Todo comenzó un atardecer en la cafetería La Aragonesa, donde me citaba con escritores del mundo provisto de una hoja de reciclaje, un bolígrafo y un libro en papel –los libros en formato digital de la tablet los abría en el apartamento–. Recuerdo que estaba leyendo Cacao, la primera novela de Amado, cuando apareció a cierta distancia Jaime Vélez y me hizo señas con la mano de que lo esperara. Mientras cruzaba la sexta y se dirigía a Café Gardel a culminar alguna charla interrumpida por sus ocupaciones, me entretuve cinco minutos con una historia sobre el despojo y la lucha social entre cacaoteros y hacendados, bellamente contada por el hombre de Bahía.

Me saludó y se sentó, sacó el libro del sobre de manila, El gran Gatsby, y la nota sobre la celebrada novela de Fitzgerald. Era una nota, en efecto, no una crítica ni un ensayo, que llevaba por título “Comentario sobre El gran Gatsby”, el agradecimiento a Rafael Araújo, dueño del libro, y la firma Jaime Vélez al final del escrito. Como siempre, esperaba un buen planteamiento, un análisis minucioso, sin lugares comunes, una interpretación audaz y un desarrollo lógico del asunto. Los antecedentes presagiaban una buena nota, un texto corto pero no incompleto, un comentario sobrio que sin ser académico se ajustase a las exigencias del ensayo, una hipótesis, una antítesis y una tesis, en otras palabras, una premisa, una prueba y una conclusión. El auditorio de Jaime suele estar compuesto por personas que desconocen su titulación como licenciado en literatura.

Era de esperar, pues Jaime no es el expositor perezoso que se contenta con hacer un resumen del libro, aderezado con anécdotas y digresiones, con un par de trazos que dibujen toscamente los personajes, como terminando la tarea lo más rápido posible. Tampoco estamos ante el comentarista promedio, que utiliza un estilo tremendista, exageradamente macondiano, para disimular su incompetencia. Todos sabemos que Jaime es un lector juicioso y agudo, que se da tiempo para penetrar en la médula del texto, como quería Girondo, y sacar sus propias conclusiones. Particularmente me sorprende la manera cómo Jaime saca con facilidad las categorías de análisis a medida que avanza en el desarrollo de la idea. Por este motivo los amigos hemos esperado toda la vida que Jaime despegue como escritor, pero es inútil, no se puede pedir a un autor oral que cambie al modo escritura si no tiene oficio, si no tiene las pretensiones de escritor y menos de crítico.

Después de leerla completa e interrumpirse con algunas acotaciones al vuelo, dobló la nota, la guardó en el libro y metió el libro, justamente el objeto del análisis, en el sobre de manila, quedando todo como al comienzo. Me dijo que en agradecimiento por el préstamo devolvería el libro a su dueño con la nota dentro y, de ser necesario, se la leería personalmente. Pensé que a veces, por los llamados vasos comunicantes, la devolución de un libro supone el préstamo de otro con el que tiene relación, como Cien años de soledad con Los Sangurimas de José de la Cuadra. Al rato, por algún resorte desprendido de la conversación, volvió a sacar el libro del sobre de manila y la nota sobre la novela de Fitzgerald, me leyó algunos pasajes sueltos y lanzó su hipótesis del destino, como si hubiese descubierto la esencia del flogisto. Por mi parte, siempre vi El gran Gatsby como una novela policial, pero Jaime fue más allá, habló de los griegos, habló de Nietszche y esbozó su teoría del destino, lo que quería decir, palabras más, palabras menos, que Gatsby, el rico emergente, tenía que morir a manos de Wilson, así estaba escrito en algún lugar del mundo.

La cosa no quedó ahí, pues en posteriores ocasiones, en encuentros fortuitos con Jaime en las calles del norte de Cali, en La Aragonesa, mientras llegaba de Café Gardel y me daba tempo para tomar nota sobre las singularidades de la novela que leía en ese momento, o mientras caminábamos pausadamente por la plazoleta Varela, en dirección al centro comercial Centenario donde lo esperaba Julio César, escuché nuevos asedios a su teoría del destino. Esta vez me hablaba de su interpretación y la que había hecho Vargas Llosa en su libro La verdad de las mentiras. Previamente le había mandado vía mail el ensayo de Vargas Llosa sobre Gatsby, escrito en 1988, y coincidimos en que si bien tenía aciertos, no era tan bueno como podía esperarse de un premio Nobel. Vargas Llosa no planteaba ninguna hipótesis fuerte similar a la teoría del destino, se quedaba en la anécdota y más bien parecía obligado a escribir sobre Fitzgerald por algún contrato editorial o la competencia natural entre los escritores llamados grandes.

Bueno ¿y todo esto qué tiene que ver con el señor Hemingway? Por Jaime acometí la relectura de Hemingway para reencontrar a Fitzgerald y volví a imaginar, sin acudir a ningún estudio o película que se ocupara del asunto “encuentro de escritores norteamericanos en los años veinte en París”, volví a imaginar el ambiente literario y cultural, que era muy intenso porque circulaba el dinero, la gente compraba y viajaba y se inventaban géneros, escuelas y movimientos cada día, poniendo a trabajar a toda carrera a los editores de las revistas y a los agentes literarios. Imaginé los eventos de lanzamiento, la celebración íntima o fastuosa, según el bolsillo del artista, la solvencia de sus amigos o la excentricidad del mecenas. Imaginé las tertulias y sobre todo las conversaciones y las peleas en medio de los tragos, las fiestas, como interpretamos los hispanos de lengua y mentalidad epicúrea. Jaime me puso a recordar un bello libro de cuentos sobre toros y toreros, que había regalado en los ochenta y que traté de encontrar en formato digital en internet. Esta vez no tuve éxito en la búsqueda, la tablet se quedó con las ganas de tener un incunable en su disco duro y yo terminé un poco desencantado con la red de redes

La nota de Jaime también tiene que ver con que Hemingway, Fitzgerald y demás escritores norteamericanos en el París de los años 20 formaron una cofradía, un ambiente propicio para hacer literatura, con gente crítica como Stein, agente literaria, Pound, descubridor de Joyce, y Cowley, descubridor de John Cheever y redescubridor de Faulkner. Era una generación encontrada, más que perdida. Hemingway fue quien hizo la biografía novelada de esos años en su libro Paris era una fiesta (A Moveable Feast), otorgando un especial protagonismo a Fitzgerald, y Erns, como le llamaba Pound, fue quien escribió El viejo y el mar, la novela corta que leen los muchachos colombianos en bachillerato. Tatie, como le llamaba su mujer en la intimidad del hogar, le daría la idea a Cepeda Samudio para escribir ese trozo de la Casa Grande conocido como Soldados, aparte de que García Márquez dijera que Hemingwayinfluyó en su literatura, como puede comprobarse si ponemos frente a frente el Relato de un náufrago con El viejo y el mar y vemos el símil de la proeza de vencer la dificultad con algo de suerte.

Con una prosa magistral Hemingway evoca en Paris era una fiesta el ritual de escribir con disciplina, antes de salir de su apartamento a vagabundear, a procurar recrearse con sus amigos escritores, poetas y pintores en un café parisino o a cumplir alguna cita con Sylvia Beach para recibir los libros recomendados por la propietaria de Shakespeare and Company. También era aplicado en la lectura y creía distinguir entre lo bueno y lo malo (no le gustaba Dostoievski) o tal vez podía reconocer el matiz de su escritura en el intento de los demás por plasmar la imagen genuina con palabras apropiadas. Pound siempre pidió a los escritores conciencia literaria, una manera de negar el factor inspiración y la pretensión de una obra no respaldada en el trabajo honesto y tenaz, en otras palabras, la rigurosidad de la creación que se consigue mediante la fundamentación, sin el nerviosismo que distrae al prospecto de escritor obsesionado por el éxito o la fama.

La deuda con Pound es innegable, pero no definitiva, pues el compañero de Fitzgerald y Joyce mantenía su propia poética. La obra de Hemingway está llena de frases que adquieren el carácter de aforismos iluminadores o emblemas portadores de fuerza creativa, como la siguiente: Dicen que las simientes de todo lo que haremos están en todos nosotros, pero a mí me parece que en los que bromean con la vida las simientes están cubiertas con mejor tierra y más abono. Este hombre corpulento, aventurero y desprendido, el típico gringo trabajador, activo y práctico, es el mismo que compensó a su esposa Hadley Richardson con las regalías de Fiesta (The sun also rises). Los que bromean con la vida, interpretamos en la distancia, son aquellos que mantienen una estrecha amistad con la muerte, que no le temen al peligro y al riesgo de sufrir accidentes o padecer enfermedades. En la vida y en la creación no hay límites insuperables, sólo hay esfuerzo y dedicación, indulgencia con el artista frustrado o fracasado y crítica áspera de la ingenuidad, el desatino y la vacilación del cobarde.

Salvo los árabes y algunas culturas milenarias rígidas, con sus religiones cerradas y dogmáticas, en el mundo occidental y en los países del lejano oriente no se ve la mano de la censura recogiendo libros y quemándolos. No se ve  la intolerancia de otras épocas y los autores pueden abordar en libertad los temas más controversiales del momento. Solamente los prejuiciosos y moralistas hacen su lista negra de obras censuradas por el tema, la ideología y la actuación de sus autores en diversos escenarios. La mayoría se ríe de las maldades de los autores y sus personajes y en las conferencias les celebran sus ocurrencias con prolongados aplausos. Entonces queda claro que los autores terribles de Colombia alternan la payasada en las ferias y carnavales populares con la sobriedad del trabajo silencioso en el recinto privado. De otra manera no podrían publicar con regularidad nuevas novelas.

La censura moral, que pretendía decirnos qué era correcto o incorrecto incluso en materia estética, es cosa del pasado. Nadie se queja por la decadencia del hombre, nadie se siente llamado a denunciar por escrito (un memorial, un manifiesto) la pérdida de estatus o los traspiés que han sufrido los valores occidentales, nadie pierde su tiempo en preguntarse sobre las causas de la derrota del humanismo. O si alguien lo hace en el viejo formato papel o en internet, no logra tener resonancia y no conmueve a nadie. La televisión ha atrofiado en menos de un siglo la mente y la sensibilidad de los seres humanos, las facultades que demoraron millones de años en formarse. Leemos y vemos las cosas sesgadamente, según la codificación reproducida de los medios masivos de comunicación, y como dijo McLuhan, los comentarios al final de la historia de amor se enfocan en unos patos que nadan en la laguna.

La moral ha cambiado y la gente no se escandaliza tanto con el cuerpo de una mujer desnuda como con el maltrato de los animales o la muerte de las ballenas, además del daño ecológico y la condena del deporte de la caza. Justamente, recordemos que un escritor antioqueño regaló a una fundación protectora de animales un grueso premio en dólares obtenido por una novela antiedípica, matricida como pocas al igual que paternalista. En materia de derechos humanos hay un empate, pues las élites y las gentes influyentes no hicieron nada para detener la guerra, las masacres y los abusos de los uniformados de distinta procedencia, más bien la alentaron con el liderazgo de un presidente amante de los caballos de paso, y hoy dan un viraje para apoyar a un presidente de la paz de quien desconocemos su mascota preferida. En Fiesta, en cambio, lo censurable es la falta de personalidad y la cobardía, pero particularmente el comportamiento libertino de Lady Brett Ashley, una mujer emancipada y gozosa que arrastra a dos hombre a la perdición, a Robert Cohn y al torero Pedro Romero.

Los ecologistas, defensores de la naturaleza, enemigos de las corridas de toros, condenarán al autor de Muerte en la tarde por su afición taurina, sin haber leído ninguno de sus libros. La opinión pública nunca se hace preguntas artísticas, solo afirma verdades racionalmente prácticas. Desde las religiones es imposible entender que el arte es soberano para tratar cualquier tema, que el artista sabrá considerar qué tema es significativo para iluminar un detalle de la vida. Las ideologías radicales condenarán al escritor que simpatizó con la Revolución Cubana y los escritores de los talleres literarios, influenciados por sus directores, objetarán el estilo sobrio y puntual de Hemingway, sustentado en oraciones simples y una sintaxis sencilla, sin frases subordinadas, aprendido en sus años de periodista en el Toronto Star y empleado en Los asesinos. Hemingway fue versátil, no se encasilló, y por ello Fiesta, Los asesinos (cuento publicado en 1927, un año después de Fiesta), París era una fiesta, El viejo y el mar, publicado en 1952, son textos de diferente tono y ritmo, pero todos marcados con el vigoroso estilo Hemingway, salidos no del teclear de sus dedos en la máquina de escribir sino del estremecedor fuelle de su respiración.

Ese fuelle se apagó un 25 de julio de 1960 para dar comienzo al mito. Durante muchos años creí que Hemingway se había suicidado para continuar la tradición de los poetas valerosos, de los guerreros que jugaban con la muerte, pero no fue así, no se mató para demostrar que era valiente o para escapar al dolor de una decepción amorosa, sino por una enfermedad genética, como dice la ciencia médica. Ultimately, Hemingway's defense mechanisms failed, overwhelmed by the burden of his complex comorbid illness, resulting in his suicide. However, despite suffering from multiple psychiatric disorders, Hemingway was able to live a vibrant life until the age of 61 and within that time contribute immortal works of fiction to the literary canon (Martin, 2006). Murió por defenderse de la enfermedad mental a los 61 años y dejó una grandiosa obra.

 

REFERENCIA

Martin CD (2006). Ernest Hemingway: a psychological autopsy of a suicide in Psychiatry. Winter;69(4):351-61.

 


LA SUERTE DEL TALENTOSO:

EL CASO MODIANO

 

En los viajes a Dapa, que fueron muchos, conversamos con Jorge sobre las estrellas que brillan en el firmamento por un tiempo y de repente se apagan, por un fenómeno tan lógico como extraordinario, digno de un estudio estadístico y también esotérico. Este fenómeno es el agotamiento y la renuncia al sueño artístico y el consiguiente olvido del público. Después de prometer una obra sensacional, de mostrar indicios de calidad en sus primeras publicaciones, los artistas desaparecen sin dejar rastro o se echan a perder en conversaciones nostálgicas y en ocupaciones asumidas con desgano. Llama la atención que las secciones culturales de la prensa y la prensa cultural especializada mencionen nombres que jamás se escucharon, como si las generaciones precedentes no hubiesen existido, como si no hubiesen dejado huella, pese al bullicio de sus actuaciones.

Qué se hicieron los Rolando, los Hernando, los José Antonio, los Roberto, los Octavio, los Pacho y tantos otros, qué se hicieron los talentos, los que presentaron una obra sorprendente al público y los que ganaron sendos premios de literatura, los que mandaban la parada por épocas, como se dice popularmente. Deber ser porque nada es como antes, porque todo es efímero y la notoriedad dura un suspiro con tanta gente que entra y sale cada año en los entresijos de la cultura, porque aquí nadie toma en serio a los escritores, a los artistas locales, porque aquí no es como Francia, Alemania o Inglaterra, incluso España e Italia, aquí nadie compra un libro ni va a teatro regularmente. Aquí no hay editoriales ni agentes literarios, tampoco hay agencias de noticias ni críticos que hablen de literatura con la misma sapiencia con que hablan de guerra. Aquí no hay una oficina de un editor o un agente editorial que te reciba con saco y corbata y te invite a tomar un capuchino en el Café de Los Turcos. Aquí no hay un loco descubridor de talentos que jamás desmayará en su intención de fabricar un bestseller, mientras se gasta una fortuna viajando a otros países para conocer grandes escritores en persona y tomarlos como puntos de referencia.

Qué se necesita para entrar con pie derecho al negocio editorial, aparte de hacer el ejercicio de fortalezas y debilidades en un curso de capacitación ofrecido por la Fundación Semillero de Premios Nobel, que incluye una biografía de los premiados y un estudio de los factores desfavorables como la escasa publicidad y los temas controversiales, que impiden a un candidato alcanzar el estrellato. Todos los años la suerte le es esquiva a la mayoría, solamente gana uno, no como en otros premios que se rinden ante la evidencia de que hay dos tan buenos que no se puede prescindir de ninguno, más por el afán, pues uno de ellos puede aguardar hasta el próximo año, cuando toca hacer un simulacro de concurso porque ya se sabe quién es el ganador, pese al mérito de los demás. A la Academia Sueca poco le importa que el que no salió esta vez no salga nunca por la eventualidad de la muerte, teniendo en cuenta que el candidato suele ser una personas vieja y achacosa, víctima de una enfermedad terminal, entregado a una vida etérea de recuerdos de obras que fueron exitosas desde el punto de vista artístico y comercial, cuidado por una mujer que hace las veces de esposa y enfermera al mismo tiempo o de una auténtica enfermera que atiende su súplica de que le lea el nombre de los candidatos que menciona la prensa, cuáles son los candidatos que entraron y cuáles son los que salieron, para comprobar si sigue en la lista como todos los años.

Cuando llegamos a Dapa y Jorge timbra a Edgar para que abra el portón de su casa, el tema no se ha agotado y lo dejamos para el siguiente viaje, sin tener conciencia de la decisión tomada porque los conceptos y las imágenes compartidas estarán al acecho esperando una nueva oportunidad ese mismo día, aguardando un descuido en las conversaciones para colarse y reaparecer vertiginoso desafiando la prevalencia de otros temas. En la tertulia improvisada el naturalista expondrá su posición diciendo que el pez grande se come al chico, aun en el campo artístico donde, comparado con el campo educativo, son pocos los peces y son cada día más escasos los peces grandes. El biologista explicará que muchos mueren en el camino, es decir, que de los millones de espermatozoides que obedecen la orden, y salen disparados a la meta de la creación como una explosión de entusiasmo, por lo general sólo uno ovula y en ciertos casos excepcionales sólo dos o tres procrean.

Así también pasa en el campo artístico, donde miles de talentos que surgieron y circularon en el pasado, que sonaron como los representantes de las nuevas generaciones, los sucesores de los maestros de renombre, desfallecieron en el camino, se agotaron y desaparecieron. Los estudios sistematizados de las universidades no alcanzan a nombrarlos a todos, sus revistas, sus publicaciones en la prensa y sus libros, no se proponen explicar el fenómeno, sólo se limitan a describirlo. La verdad, algunos se acreditan en un tiempo muy corto, algunos son forjadores de una nueva escuela artística a la edad de Rimbaud, algunos son premiados aunque viejos, pero lo importante es que trascienden y tienen derecho a ser reproducidos en la efigie que un concejal preocupado por la cultura recomienda poner en un parque de la ciudad, pero son las excepciones. ¿Y los demás qué, qué se hacen los demás, a qué se dedican? La sociología de la literatura todavía no ha informado sobre el resultado de sus investigaciones. Esperemos.

Mientras tanto hablemos de los premios Nobel, que fueron conocidos en sus lugares de origen antes de ganarlo, hablemos de la baraja de candidatos al premio Nobel, que todos los años por esta época llenan las páginas de la prensa con una reseña, una foto y la opción de ganar según los expertos en premiaciones. Los candidatos rotan menos, casi siempre aparecen los mismos en el mazo de naipes, de pronto se ve uno nuevo, un nombre raro, reemplazando al que salió el año anterior por haber ganado el premio. Los que ganan el premio lógicamente salen de la foto de los favoritos, salen de las cábalas de todos los años, salen de la lista elaborada por los periodistas, expectantes a ver qué pasa, y salen de la lista secretísima del jurado sueco (¿o es que la democracia global ha logrado que se admitan jurados de otras nacionalidades?). Hay grandes autores en el mundo, con temas de toda clase y no solamente universales, autores que son ellos mismos el gran tema de los periodistas antes y después de otorgarse el Nobel, muchos de ellos eternos postulantes o que nunca son tenidos en cuenta. Desconocemos si existe un libro sobre los Nobel de literatura que murieron sin serlo, debe haber en otros idiomas que sostienen una industria editorial potente, en países donde las editoriales pretenden que saben leer las necesidades del público o contratan un editor jefe que sabe cómo hacerlo, por algo tiene tras de sí un séquito de jóvenes talentosos.

Todo premio Nobel es un candidato antes de convertirse en Nobel y un candidato no es que signifique gran cosa en la industria cultural, puede ser conocido en su país y ganar todos los premios en su lengua, pero no será universal, su nombre no se mencionará en todas las lenguas del mundo, mientras no produzca ganancias y comentarios por doquier entre los lectores y la prensa. Las ventas son el principal indicador de reconocimiento. Es lo que no se dice, que para ser Nobel hay que merecerlo y este merecimiento se constata en el negocio editorial, cuando el autor ha entregado hasta su obra póstuma concedida a su esposa e hijos, como Bolaño. Todos los demás, los cientos de miles que cada año publican libros, mientras no sean atractivos para los agentes, las editoriales y el público, se quedan en la categoría de talentos. Este no es el caso de Rulfo, desde luego, que no soportaría el asedio de la prensa después de ser nominado al Nobel, o de Borges, que toda la vida se creyó elegido y espero el Nobel, esquivo por hablar bien de Pinochet, según dicen.

Queremos destacar que un candidato al Nobel se reconoce a la legua. Estamos ante un candidato o un virtual candidato cuando se comprueba que el escritor ha mostrado atisbos de excelencia en su carrera, cuando ha participado en tertulias con reputados editores en su juventud, cuando se ha codeado con los mejores exponentes de la cultura de su tiempo. Puede hablarse de candidato o posible candidato cuando el escritor, no importa edad, sexo, raza o religión, ha sabido cotizarse en su gremio por la publicación de unos buenos poemas o una buena prosa, como dicen los que saben, porque ha publicado sus libros en las mejores editoriales del país y ha sido traducido a otras lenguas del mundo y, el elemento más importante, porque sus libros son fotocopiados o pirateados, pasando de un lector a otro deshojados y sudorosos, caso de Pedro Páramo, Cien años de soledad o Rayuela. Si estas condiciones no se cumplen, el escritor será un eterno talento que trabaja creyéndose el mejor, sin saber si lo es realmente, con la mira puesta en las mejores editoriales del mundo hispano, las sudamericanas de Argentina, las joaquinmortices de México o las alfaguaras de España (país de donde fueron las barral y las bruguera), antes de escalar a editoriales inalcanzables como Random House o Gallimard, para citar solamente dos.

Después de toda suerte de vaticinios, de favoritismos, de mayor o menor probabilidad de ganar, finalmente los suecos le dieron el Nobel de literatura a Patrick Modiano. De este premio y su importancia para las letras de Cali tal vez hablemos con Jorge en el próximo viaje a Dapa, donde aguardan con generosidad Edgar y su esposa Tilcia. Mientras el carro se desplaza escoltado a lado y lado por  los hoteles del barrio Menga, hablaremos seguramente de la industria editorial, de la muerte de editoriales prestigiosas y la agonía de otras, de La Carreta, Áncora Editores, Villegas Editores, Oveja Negra, Norma, etc., y de las editoriales llamadas del Propio Bolsillo. Le recordaré que Hugo García estuvo a la espera de la carta de Brasil o España con la feliz noticia de que le publicarían su libro, pendiente del contrato como el coronel de su pensión, pero infortunadamente se murió sin ver publicados sus cuentos y novelas mezcla de historia y erotismo. Hablaremos de las condiciones que hacen falta para descubrir no sólo talentos sino escritores de peso, como Andrés Caicedo, que gracias a Garavito y Colcultura conoció el éxito en vida, aunque por poco tiempo, del ojo crítico que debe tener el cazatalentos y del apoyo emocional que debe brindar al joven escritor para que no se distraiga en otras cosas. Al doblar por el supermercado la catorce para tomar la vía a Dapa, pasando por el hospital San José y el colegio Jefferson, recordaremos los nombres de los poetas, hombres y mujeres, que creíamos dejarían una obra asombrosa, de cuentistas y novelistas prometedores, no ensayistas porque este género casi no se cultiva o se ha vuelto exclusividad de la academia.

En el duro ascenso por las montañas de Dapa para llegar donde Edgar y celebrar un nuevo encuentro de los editores de la revista, tendremos tiempo para ocuparnos, no para chismosear, como es la costumbre en el gremio, de tal o cual malogrado escritor de otras épocas, que fue un referente y tuvo su oportunidad, quizás la única en su vida, pero la desperdició tontamente por creerse importante o el más importante entre los talentos de su generación, volcándose a la bohemia y olvidando la creación y sobre todo el estudio para adquirir los fundamentos. Fueron muchos los talentos que desde los años setenta hasta hoy alcanzaron reconocimiento y fama, muchas genialidades que brillaron por espacio de semanas o meses hasta que se fueron apagando, se malograron y desaparecieron del mapa. Lo cierto es que si usted conversa con un joven estudiante, no sabe quién fue Rolando, qué hizo mientras incursionó en la literatura, qué se hizo después de recibir la aclamación del público en uno de sus recitales y correr en seguida al Chuzo de Rafa a celebrar con unas cervezas.

En la conversación recurrente, como si no hubiese otra cosa de qué hablar, estemos de ida a Dapa o volviendo de ese lugar paradisiaco llamado también Jacaranda, la finca o la oficina de la revista, saldrá el nombre del último premio Nobel de literatura, algunos libros de su cosecha y los premios que ganó en su país de origen, sin descontar el Goncourt. No hablaremos de Goncourt ni de por qué se instituyó el premio sino de la oportunidad, más bien de la suerte que tuvo Modiano para no terminar en el olvido como los demás, en virtud de su encuentro con Queneau, el gran Queneau, el autor de Ejercicios de estilo y Zazie en el metro, entre otras obras de gran factura. ¿Quién no se hace grande al lado de Queneau? Incluso podemos decir que ya se sabía que Modiano sería premio Nobel en cualquier año, en una dura competencia en la cual cualquiera puede ganar por una nariz. Como todos los años, esta vez estaban en la largada Murakami, Auster, Ngugi wa Thiong’o y un centenar de buenos escritores del mundo. Pero solo Modiano había contado con el aval de Queneau para publicar su primera gran obra en Gallimard. Modiano fue grande gracias a Queneau como Franz Kafka fue grande gracias a Max Brod. Ah, y también gracias a la literatura francesa, que fue de donde surgió, antes de Modiano, Queneau, y antes de Queneau Víctor Hugo. De esa cantera salieron Balzac, Stendhal, Flaubert, Proust, Celine, Simenon (belga) y todos aquellos que contribuyeron a consolidar la tradición literaria gala. 

Al César lo que es del César, y tal como dije cuando hable de la deuda de los kafkianos con Max Brod, hay que darle el crédito a Queneau, siquiera una pequeña nota al final del texto. Lo merece. Ahora todos elogian a Modiano y olvidan que fue Queneau el ojo zahorí que descubrió para Francia a finales de los sesenta, y para el mundo en la segunda década del nuevo siglo, a este monstruo de escritor que pasó la prueba del talento. Monstruo porque hizo una obra citadina sobre temas cruciales de la historia contemporánea poniendo a Paris como escenario, una novelística sobre los vericuetos físicos y emocionales de Paris que le llevaron a ocuparse del colaboracionismo (Trilogía de la ocupación), la deportación o desaparición de los judíos (Dora Bruder) o la memoria de la orfandad (Joyita). Justamente este último punto parece tener relación con su suerte de escritor descubierto por un clásico que pudo reemplazar al padre como guía de vocaciones. Desconozco la biografía de Modiano y la crítica que puede haberse escrito sobre su obra, toneladas de papel o de bytes, sin embargo puedo decir que la relación con el padre o la ausencia del padre, similar al caso Kafka, jugó a su favor permitiendo que invirtiera los ingredientes negativos por los positivos en la alquimia del verbo.

En otro momento nos ocuparemos de la relación Modiano-Auster y Modiano-Vásquez (Juan Gabriel), por ahora terminemos esta nota sobre los temas literarios que surgen en las casi dos horas de viaje a Dapa con el poeta Jorge Ordoñez diciendo que autores de segunda hay un poco en ciudades como Cali, no hablamos de la ciudad luz, autores de tercera hay por montones, que si publicaran sus obras y se pusieran estos libros junto a los árboles que alegran la vía a Palmira, todavía faltaría espacio para esta exposición surrealista. Modiano no corrió la misma suerte por la feliz aparición de Queneau y durante un año sus libros ocuparán los principales estantes de las librerías colombianas y serán exhibidos en grandes vitrinas en el hall de las bibliotecas para que los muchachos conozcan al nuevo premio Nobel, especialmente las muchachas de los colegios, que lanzarán gritos de histeria con sólo ver la foto de Modiano a sus veintitrés años, sin tener la menor idea del rol que jugó Queneau en su carrera. Por lo leído a vuelo de pájaro, parece ser que Queneau evitó que Modiano terminara en las calles de Paris como el gamín que roba cualquier cosa a su alcance para sobrevivir, o que fuera recluido en la cárcel por vandalismo, en ese sitio donde todos saben que se aprende el arte del crimen y donde, en el mejor de los casos, el delincuente hace su escuela ejercitándose en la solución de los asesinatos casi perfectos, que la policía tarda en descubrir u olvida por siempre ante la avalancha de nuevos casos.

 


LITERALIDAD HERNANDIANA

Letras, literatura, literato, letrado, lectura, literalidad, familia de palabras que nos hace pensar en lectores. Hay indicios para afirmar que Cali no se caracteriza por tener lectores exquisitos, aquellos a quienes en el pasado se les conocía con el gracioso apelativo de ratones de biblioteca. Tengo pruebas. Solamente cuatro, tres breves y la cuarta larga, tres escuetas y la última retórica. Primero las pruebas escuetas. Según la estadística de las instituciones responsables, en promedio un ciudadano caleño no alcanza a leer un libro al año, y eso contando libros de texto. Cuando la gente habla de literatura cae en los lugares comunes. Borges es el autor más citado. Los libreros se quejan, la cosa va de mal en peor. Claro, los grandes lectores que conocimos en los 70, que deben estar frisando los 60, disfrutan de la pensión en los centros comerciales o han muerto.

La prueba retórica es el hecho de que no se vendiera la obra completa de Felisberto Hernández que publicara Siglo XXI en tres volúmenes y que reposara durante mucho tiempo en un estante empolvado de la librería Signos. La librería Signos se llamaba así porque fue el nombre que se nos ocurrió con Nydia Vivas en homenaje a José Carlos Mariátegui, autor de Signos y obras, no porque en los 70 se viviera el boom de la semiótica, como muchos creen. Viendo el nombre de Felisberto, la carátula y la mención de los tres volúmenes en el catálogo de Siglo XXI, la prestigiosa editorial mexicana fundada por refugiados españoles, no dudamos en recomendar a Chamizo que trajera la obra diciéndole "se vende ya". ¡Cuál se vende ya! Pasaron los años hasta que Gustavo Zapata, persuadido por nuestras alabanzas, compró el cañengo. Quizás en ese tiempo no se sabía en esta ciudad salsera que Gabo era uno de los autores influenciados por Felisberto. Tampoco se sabía de la admiración de Cortazar por el escritor pianista ni del prólogo de Calvino a la edición italiana titulada Nessuno accedenva le lampade.

La obra que más circulaba en América Latina, y parece que la mejor de Felisberto, era Nadie encendía las lámparas, publicada por Arca de Montevideo (¡cuál más!). En los 70 todo el mundo en Colombia leía con avidez los trabajos de Benedetti y Galeano, luego Onetti y en los colegios Horacio Quiroga. Hernández no se mencionaba ni se leía por ningún lado. Con razón la dichosa obra completa esperaba un lector llamado Godot diciendo las palabras mágicas, ¿cuánto es?, la llevo. La tendencia ha cambiado en esta segunda década del nuevo siglo (2010-2019), lógicamente por la globalización de la cultura gracias a internet, el lector acude al buscador para estar al día y parece que el prestigio vuelve a los dominios del autor de Las hortensias. Y con ello, como dicen algunos moralistas, se hace justicia. Por lo demás, en vista de nuestra precaria literalidad, existe cierta exageración en los comentarios con que se aborda la obra de algunos forasteros de la literatura hispana, y pienso no solamente en Felisberto sino también en Ramos Sucre, autor de El cielo de esmalte, y en José de la Cuadra, el de Los Sangurimas.

En materia de incunables confío en las palabras de Diego Luis Ortiz y no porque haya sido director del área de literatura del festival de arte de Cali y haya traído a gente importante mencionada en las tertulias pretenciosas de Los Turcos. A Diego le cuesta, pero finalmente logra sacar palabras sinceras de su espíritu crítico para hablarnos con solvencia de Pacheco, Nicanor Parra o Efraín Huertas, este último honrado por Roberto Bolaño. Diego es el que más sabe, es su mérito, y si no lo sabe lo busca y lo encuentra. Con Diego hemos compartido muchas rarezas de este continente literario y hemos tenido que descrestar para que nos respeten las nuevas generaciones. Con Diego podemos hablar de Felisberto sin desentonar, horas y horas hasta que nos damos cuenta de las primeras luces de la madrugada, podemos planear por encima de las nubes de la literatura uruguaya y latinoamericana sin marearnos, como si fuese el único oficio digno de llevarse a cabo.

Entonces la pregunta es ¿por qué Diego, que sabe mucho y es un lector consumado, no compró la obra completa de Felisberto? Es que ya la tenía en su biblioteca, es que nunca la vio cumpliendo su protagonismo deslucido en Signos o es que la obra se sentía víctima de la ingratitud y, como venganza, se escondía de todo el mundo, incluso de aquellos lectores que compran tres libros al atardecer y leen el prólogo completo no bien arriban al café. Quizás no la vio porque los tres volúmenes fueron bajando de nivel en el estante destinado a la literatura y terminaron en el tablón que lindaba con el piso. Quizás el polvo que arrastran los zapatos de la clientela cubría las letras opacando el nombre del autor y el título de tan gloriosa obra. Son divagaciones, son las clásicas conjeturas a las que nos tienen acostumbrados autores modernos como Paul Auster o Javier Marías, es metaliteratura, literatura sobre la literatura, que torna interesante al maestro Borges. Cabe hacer como los periodistas, ir a la fuente y al grano con grabadora en mano y preguntarle directamente a Diego, para salir de dudas, si vio la obra en Signos y si la vio por qué dejó que la comprara Zapata.

Mientras le hacemos la pregunta por correo electrónico, por mail, como se estila ahora, nos disponemos a releer el famoso cuento de Felisberto, el prólogo de Calvino a la edición italiana del libro citado y la nota nostálgica de Cortazar sobre su influencia. Leímos la nota del autor de Rayuela dos veces para asegurarnos de su autenticidad y fuimos a las mejores revistas de internet a ver qué pensaban los críticos, si estaban de acuerdo en que el exordio parece el texto de un muchacho talentoso pero inexperto, un paso en falso causado por la emoción de toparse a boca de jarro con el ídolo. Expresar la simpatía y las similitudes con desmesura hace parte del agradecimiento, más alla de que el texto sea sentimental y haya sido escrito en un estilo de joven promesa que descubre su vocación literaria y lucha por tener una voz propia. Vale el agradecimiento a un autor que cambió la idea de literatura, que borró la frontera entre la literatura y la vida y tuvo la genialidad de crear vericuetos fantásticos en los cuales lo razonable es perder la cabeza.

 


Carlos Fajardo Fajardo

DESPEDIDA DEL CONFABULADO

 

Querido Gonzalo, ¿quién dijo que los poetas mueren? Ellos viajan, asumen su eterna condición de viajeros, creando posibilidades como tú lo hiciste a lo largo de toda tu vida, inventando regiones donde el viento es rey  y la poesía luminoso astro. Poeta, tus palabras, tu amistad estarán presentes en nuestros senderos de bruma, para iluminar estas constantes sombras.

Nos harás mucha falta amigo; harás falta a esta generación de confabulados para pensar, reflexionar, leer a hechizados poetas, soñar en locas empresas poéticas, para amar y bebernos el vino que quedó pendiente, emborracharnos cantando nuestras canciones amadas, para escribir y conversar emocionados hasta que se rompa el alba.

En eso consistía para ti la amistad y la poesía ¿te acuerdas?

Tantos recuerdos en nuestras mochilas de viento; tantos proyectos Gonzalo. Son asuntos que se depositan en el corazón y salen hoy para evocarte y recordarte llenos de complicidad y admiración por tu obra, por ese importante  legado que has dejado  y por el cual deseamos agradecerte, darte las gracias “por tantas alianzas sensibles” como nos decías lleno de abrazos y estremecimientos. Sí, tú lo escribiste: “Vino la muerte y su cuerpo de cristal… Un viaje siempre precede a la vida”.

 


 

Bertrand Russell

EXPERIENCIAS DE UN PACIFISTA

EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Mi vida fue tajantemente dividida en dos períodos por el estallido de la Primera Guerra Mundial, que me libró de muchos prejuicios y me hizo pensar de nuevo en algunas cuestiones fundamentales.

Como otros, había observado con espanto el creciente peligro de guerra. La primera vez que oí defender la política de la Entente, que no me agradaba nada, fue en 1902. Lo oí de labios de sir Edward Grey, durante una discusión sin importancia, en un club del que yo era miembro. Por aquel entonces, la política no había sido adoptada, ni sir Edward Grey era miembro del gobierno, pero conocía las intenciones del gobierno y estaba de acuerdo con ellas. Protesté con vehemencia. No me agradaba que me hicieran aliado de la Rusia zarista, y no veía obstáculos insuperables para un modus vivendi con la Alemania del kaiser. Preveía que una gran guerra señalaría el fin de una época y rebajaría drásticamente el nivel general de la civilización. Por esas razones, hubiera deseado que Inglaterra hubiera permanecido neutral. La historia posterior me ha confirmado en esta opinión.

En los calurosos días del final de aquel julio, estuve, en Cambridge, discutiendo la situación con todo el mundo. Me parecía imposible creer que Europa fuera tan loca como para lanzarse al conflicto, pero estaba persuadido de que, si había guerra, Inglaterra se vería envuelta en ella. Recogí las firmas de un gran número de profesores y agregados, en un manifiesto a favor de la neutralidad, que apareció en el Manchester Guardian. El día que la guerra fue declarada, casi todos ellos cambiaron de opinión. Recordando ese pasado, resulta extraordinario que no se tuviera una percepción más clara de lo que iba a ocurrir.

Pasé la noche del 4 de agosto andando por las calles, principalmente por los alrededores de Trafalgar Square, percibiendo la excitación de la multitud y dándome cuenta de las emociones de los transeúntes. Durante ese día y los siguientes, descubrí con asombro que la mujer y el hombre medio estaban contentos ante la perspectiva de la guerra. Había acariciado tiernamente la idea de que gobiernos despóticos y maquiavélicos imponían la guerra a pueblos que no la querían, como se imaginaron la mayoría de los pacifistas.

El patriotismo me torturó. Los éxitos de los alemanes antes de la batalla del Marne fueron horribles para mí. Deseé la derrota de Alemania tan ardientemente como un coronel retirado. Mi sentimiento más intenso es probablemente el amor a Inglaterra y, en aquellos momentos, significaba una renuncia muy difícil mi aparente despego hacia ella. A pesar de todo, no dudé ni un sólo momento lo que debía hacer. A veces, el escepticismo me ha paralizado; he sido cínico en ocasiones; otras veces, indiferente; pero, cuando llegó la guerra, actué como si oyese la voz de Dios. Sabía que mi cometido era protestar, por inútil que la protesta pudiese ser. Todo mi ser estaba comprometido en la empresa. Como amante de la verdad, la propaganda nacional de todas las naciones beligerantes me enfermaba. Como amante de la civilización, la regresión a la barbarie me aterraba. Como hombre de sentimientos paternales frustrados, la matanza de la juventud atormentaba mi corazón. Apenas podía suponer lo que ganaría oponiéndome a la guerra, pero tenía la impresión de que, por el honor de la naturaleza humana, los que no se habían derrumbado debían demostrar que se mantenían de pie. Después de ver los trenes de tropas salir de Waterloo, solían asaltarme extrañas visiones de Londres, en las que éste aparecía como un lugar irreal. Solía ver, con la imaginación, los puentes desplomándose y hundiéndose, y toda la gran ciudad desvaneciéndose como la niebla de la mañana. Sus habitantes empezaron a parecerme alucinaciones, y me preguntaba si el mundo en el que pensaba que había vivido no era sólo un producto de mis propias pesadillas febriles. Tales estados de ánimo, sin embargo, fueron breves, y la necesidad de trabajar terminó con ellos.

Hablé en muchos mítines pacifistas, por lo general sin incidentes, pero hubo uno, en apoyo de la revolución de Kerensky, que fue más violento. Tuvo lugar en la iglesia de la Fraternidad, en Southgate Road. Los periódicos patrióticos repartieron octavillas por todas las tabernas de los alrededores (es un distrito muy pobre), en las que se podía leer que estábamos en comunicación con los alemanes y que indicábamos a sus aviones los lugares donde debían arrojar las bombas. Esto nos hizo algo impopulares entre la vecindad y, muy pronto, una multitud tumultuosa se puso a asediar la iglesia. La mayoría de nosotros creímos que la resistencia sería inmoral, y, los que no, imprudente, puesto que algunos éramos completamente contrarios a cualquier violencia, y otros comprobaron que teníamos pocas fuerzas para resistir a toda la muchedumbre del suburbio que nos rodeaba. Algunos, entre ellos Francis Meynell, intentaron enfrentarse con ella, y recuerdo cómo le vi volver de la puerta con la cara llena de sangre. Nuestros asaltantes irrumpieron, en esto, conducidos por algunos militares; todos, menos los militares, estaban más o menos borrachos. Los más fieros eran algunas viragos que llevaban tablas con clavos oxidados. Los que dirigían intentaron inducir a las mujeres que estaban en nuestras filas a que se retiraran para poder tratarnos como creían que nos merecíamos los hombres pacifistas, a todos los cuales suponían cobardes. Mrs. Snowden se comportó en aquella ocasión de una manera muy admirable. Rehusó claramente abandonar la nave, si no se permitía a los hombres abandonarla al mismo tiempo. Las demás mujeres presentes estuvieron de acuerdo con ella. Esto desconcertó bastante a los que dirigían a los bribones, pues no deseaban expresamente atacar a mujeres. Pero, entretanto, la muchedumbre hervía de indignación y, de repente, se abrió el pandemónium. Cada uno de nosotros tuvo que escapar como pudo mientras la policía nos contemplaba calmosamente. Dos de las viragos borrachas empezaron a atacarme con sus tablas con clavos. Mientras me preguntaba cómo había que defenderse de un ataque de ese tipo, una de las señoras que estaba con nosotros acudió a los policías instándolos a que me defendieran. Pero la policía se limitó a encogerse de hombros. «Tengan en cuenta que es un filósofo eminente», dijo la señora, y el policía siguió encogiéndose de hombros. «Tenga en cuenta que es un profesor famoso en el mundo entero», añadió ella. El policía siguió inconmovible. «Mire que es hermano de un conde», acabó gritando ella. Entonces, la policía se precipitó a auxiliarme. Sin embargo, era demasiado tarde para que sirvieran de algo, y debo mi vida a una joven, a la que no conocía, que se interpuso entre las viragos y yo, el tiempo suficiente para que pudiera escaparme. Me siento feliz al decir que ella, gracias a la policía, no fue atacada. Pero un buen número de personas, incluyendo a varias mujeres, llevaban desgarrada la parte posterior de sus vestidos, al dejar el edificio.

El clérigo al que pertenecía la iglesia de la Fraternidad era un pacifista de notable coraje. A pesar de esa experiencia, me invitó en otra oportunidad a hacer un llamamiento en su iglesia. En esta ocasión, sin embargo, la muchedumbre prendió fuego al pulpito y el llamamiento no tuvo lugar. Estas son las dos únicas veces en que he tropezado con la violencia personal; los restantes mítines en que participé se desarrollaron sin disturbios. Pero tal es el poder de la propaganda de la prensa, que mis amigos no pacifistas vinieron a decirme: «¿Por qué continúa organizando mítines, si todos ellos son interrumpidos por la multitud?»

Durante cuatro meses y medio, en 1918, estuve preso, por hacer propaganda pacifista. Pero, gracias a la intervención de Arthur Balfour, estuve en primera categoría, así que, mientras permanecí en la prisión, pude leer y escribir todo lo que quise, con tal de que no hiciese propaganda pacifista. En muchos aspectos, encontré la prisión muy agradable. No tenía compromisos, no tenía que tomar decisiones difíciles, no tenía el temor a las visitas, ni interrupciones en mi trabajo. Leí una enormidad; escribí un libro, Introducción a la filosofía de la matemática, y empecé a trabajar en el Análisis de la mente. Mis compañeros de prisión me parecieron bastante interesantes y de ninguna manera inferiores moralmente al resto de las personas, aunque estuviesen, en conjunto, ligeramente por debajo del nivel general de inteligencia, como lo demostraba el hecho de haber sido detenidos. Para cualquiera que no esté en la primera categoría, particularmente si está acostumbrado a leer y escribir, la cárcel es un castigo terrible y severo; pero para mí, gracias a Arthur Balfour, no lo fue. A mi llegada me divertí mucho con el guardián de la puerta, que tuvo que hacerme la ficha. Me preguntó la religión que profesaba, y yo contesté: «agnóstico». Entonces me preguntó cómo se escribía esa palabra, y comentó, exhalando un suspiro: «Bueno, hay muchas religiones, pero supongo que todas ellas adoran al mismo Dios.» Esta observación me regocijó durante casi una semana.

Salí de la cárcel en septiembre de 1918, cuando estaba claro que la guerra iba a terminar. Durante las últimas semanas, como la mayoría de la gente, basé mis esperanzas en Wilson, en sus Catorce Puntos y en su Sociedad de Naciones. El final de la guerra fue tan rápido y dramático, que nadie tuvo tiempo de ajustar sus sentimientos al cambio de las circunstancias. Supe, en la mañana del 11 de noviembre, que el armisticio era inminente, algunas horas antes que la generalidad del público. Salí a la calle y se lo anuncié a un soldado belga, que dijo: «Tiens, c'est chic!» Entré en un estanco y se lo dije a la señora que me despachó. «Me alegro de ello —me contestó— porque ahora conseguiremos desembarazarnos de los prisioneros alemanes.» A las once en punto, cuando se anunció el armisticio, estaba en Tottenham Court Road. En dos minutos, toda la gente salió a la calle, de las oficinas y de las tiendas. Conducían los autobuses y los hacían ir a donde querían. Vi a un hombre y a una mujer completamente extraños un momento antes, que, al encontrarse en medio de la calle, se besaron. La multitud se regocijaba y yo también me regocijé. Pero permanecí tan solitario como antes.

Una dama que estuvo presente en la iglesia de la Fraternidad de Southgate en la ocasión descrita en la página 35 me ha informado que no fue la señora Snowden, sino Sylvia Pankhurst, quien se comportó de la admirable manera que he relatado!. Aunque mis recuerdos son diferentes en este punto, considero posible que yo esté equivocado.

 

Russell, Bertrand.  Retratos de memoria y otros ensayos. Madrid: Alianza Editorial, 1976.

 


 

Juan Manuel Roca

UNA CASA MÁS ALLÁ DE LOS MURMULLOS

 

Hace varios años que los poetas abandonamos la Casa de Poesía Silva. Fuimos entonces centenares los firmantes que pedíamos un cambio en la dirección de la que fuera una casa inspiradora de muchas otras en América Latina y España. 

La Casa de Poesía Silva fue desde la dirección de María Mercedes Carranza una inspiradora institución por la que pasaron  grandes poetas del mundo. Era una suerte de enclave para dignificar la poesía y difundirla.

Hoy, en realidad, como en una queja bambuquera, “ya no vive nadie en ella”, aparte de unos cuantos poetas mercenarios, medradores de talleres y recitales cada vez más lánguidos y espaciados. Por supuesto que resultaría cómico decirles esquiroles a unos poetas, o pedirles una huelga de metáforas caídas, pero por ahí va la cosa. La Casa ahora es solo un inmueble y su director, Pedro Alejo Gómez, es como un bedel de fantasmas.

Esa casa en la que viviera José Asunción Silva, nuestro primer poeta moderno, data de la época de la Colonia. Vivió en ella muchos años después Aurelio Arturo, un referente que para los colombianos que amamos la poesía es algo así como  nuestro poeta de la guarda. También alojó a Gregorio Castañeda Aragón, el poeta del mar que nos legó unos bellos poemas en prosa a los que vale la pena volver. 

En un comienzo lo verdaderamente muerto y sin ánimo de museo era una vitrina -¿existirá aún?- con la máquina de escribir de Aurelio Arturo, que más bien escribía a mano; con el bastón de Eduardo Carranza que no era cojo, con la billetera de otro vate de antaño que nunca tuvo plata y un llavero de alguno que jamás tuvo casa. No faltaba, solía decir en broma, sino un puñadito de marihuana de Porfirio Barba Jacob, una lata del avión de Air France en que muró Gaitán Durán, la heroica jeringa de Eduardo Castillo y la botella -vacía- de todos. 

Todo eso reposa en la memoria de los poetas que no van -vamos- a esta Casa que aunque siga en pie como edificación es una ruina espiritual. La memoria de Silva y de María Mercedes están arrinconadas. Es triste pero cierto. Ahora los poetas estelares a los que se rinden homenajes son los políticos tradicionales, diga usted como Roy Barreras o Telésforo Pedraza, este último por sus aportes a la cultura. 

Quién sabe, vale preguntarse, de cuánto será ese aporte y el de otros invitados cercanos a la entrega de presupuestos. 

No tiene deudos esta casa. Su director, que no sabemos cómo diablos sigue dirigiendo algo casi inexistente, ya no resulta un funcionario vitalicio sino crónico.

Es triste tener que parodiar los versos de Silva más acordes con la Colombia de hoy:

“Una noche, 

una noche toda llena de murmullos 

y de música de balas”...

O bien:

“Una casa,

una casa llena de chanchullos

y de música de babas”... 

Posdata: no queda más que decir, como en el poema que tradujo Silva de Tennyson: “¡oh voces silenciosas de los muertos!”. Y llamarlas, no con una ouija, no en clave de morse, ni siquiera con mañas espiritistas. Tal vez, gajes de la modernidad, llamar las voces de los poetas idos que recorren la casa por el TEÓFONO, un aparato inventado por Ramón Gómez de la Serna para llamar a Dios. O mejor aún, hacerlo por un TELÉSFORO roto.

 


 

Henry Posada Lozada

UN TSUNAMI DE BENDICIONES

 

Hoy subí al santuario de Monserrate, suelo hacerlo como terapia. En la cima de la montaña un invidente grita con voz estentórea: "¡Ánimo!", " ¡Vamos con toda!", exhibía esta vez un peto amarillo donde aparecía impreso su grito de estímulo para quienes, sudorosos y agitados, avanzábamos hacia la cumbre. Alcancé a leer al final: monserrate.com, toda una estrategia publicitaria creada por El sacro colegio cardenalicio de Monserrate. El ciego Ernesto que ése es su nombre me recuerda personajes de las películas de Buñuel o Pasolini, a cuentos del Decamerón de Boccaccio, algún pasaje del Lazarillo de Tormes; este hombre anima para que le avienten unas perras (Monedas) al vaso de latón que agita cuando siente la turba ascendiendo. El nuevo uniforme estoy seguro obedece a la proximidad de la fecha que le dará un giro a nuestra historia de vejámenes, corrupción, reconciliación, entelequias, inequidades en nuestra patética republiqueta bananera, la llegada de Bergoglio; las puertas del atrio estaban de par en par, en la puerta del perdón dos menesterosos barrían diligentes y limpiaban con bayetillas rojas la mampostería que rodea el Santuario; de nuevo vino a las mientes Bergoglio y su arribo triunfal a este paisito tan necesitado de Papas, Santas, santurrones, milagros. Hay una exacerbación religiosa que empieza a ser insufrible, seguramente los almacenes de cadena pronto entregarán con las bolsas plásticas, la remesa, la imagen bonómica con el kid del milagroso Francisco a solo $20.000, ya me han entregado el otro día escapularios con la Santa Laura, oraciones y otros fetiches con el Pbro. Marianito y la libra de lentejas, fríjoles, aceite en almacenes Éxito...Seguramente se acrecentarán las apariciones en los desvencijados muros de alguna casa en el barrio, en el cuncho de chocolate y si tenemos suerte la virgen de Fátima trasladará toda su parafernalia para algún paraje montaraz de nuestra geografía donde haya pastorcicos apacentando sus majadas. A mis años el escepticismo me pudre, recuerdo al padre Cardona, rubicundo, contemplándome con mirada sicalíptica mientras servía deliciosas viandas en su hermosa casa cural, o en Domus Dei (Casa de Dios en latín) donde Eduardo Vivas, el sacerdote que se me parecía a San Martín de Porres recibido como regaló de mamá cuando era un niño, con su infaltable escoba y los ratones rodeándolo, como símbolo de austeridad, de pobreza; el Padre Eduardo se arrodillaba tembloroso cuando yo era un efebo parecido a Tadzio, personaje de Muerte en Venecia de Thomas Mann, a suplicarme que me dejara hacer una felación; y llorando de deseo me abrazaba, un recuerdo que cuando filme mi ópera prima no desaprovecharé. Aún padezco algunos personajes que contritos oran y cantan en sus iglesias, no "políticamente incorrectos" si no "Cristianamente correctos", y luego se dedican al agiotismo, la usura, el amor desmedido por el biyuyo, "el pinga de oro", el estiércol del diablo, como llamó al dinero el gran Papini. En llegando a esta ciudad alquilé una alcoba y la casera era adventista ortodoxa o en todo caso cristiana a ultranza y un día me visitó una amiga muy querida (y no era para follar: ojalá) y con mirada pecaminosa la Sra, Flórez me dijo enfática y perentoria: "Aquí están prohibidas las visitas femeninas". Supe después que un señor muy humilde de su provincia, era costeña, a quien había traído por razones humanitarias, "sufría mucho en esa región tan pobre", era con quien se entregaba a la lujuriosa gimnasia sexual, la que a nombre de la moral cristiana me prohibía terminantemente... Por estas razones y otras muchas me entregaré a la lectura durante la estadía de Bergoglio y el tsunami de fervor que nos ahogará quién sabe hasta cuándo.

 


Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

ROSA BLINDADA, UN DESTINO

                Margarita, por tus espinas pareces una rosa

Graffiti

 

La revista surgió como suelen nacer las cosas que van a tener resonancia. Yo hacía mis primeros pasos como docente de lengua castellana en un colegio nocturno, en una zona sórdida de Cali, quiero decir, unas manzanas de la vida dura, con bares precarios, ventas ambulantes, chatarrerías y comercios clandestinos que en la noche cambian su camuflaje hasta convertirse en antros de vicio, guarida de atracadores y vía obligada de mujeres distraídas, puestas como estatuas de sal en las manos del mejor postor. Mis estudiantes provenían de estratos deprimidos, eran volqueteros, mecánicos, muchachas del servicio, choferes de bus, cadeneros, corteros de caña, recicladores, contrabandistas, emboladores, recicladores, peluqueras, rebuscadores, que por alguna gracia querían terminar su bachillerato. Bordeábamos la segunda parte de la década de los 70. Andrés Caicedo caminaba por la sexta, nos miraba de soslayo en el Café de los Turcos y los sábados nos regalaba una hoja mimeografiada, en el teatro San Fernando, donde asistimos a su cine club.

Para alguien que venía de las películas mejicanas del Asturias, o de la vespertina con vaqueros en el Colón o el Belalcázar, cuando no de los ciclos de lucha libre en el teatro Ángel, esto sí que era una novedad. Un muchacho de mi edad, con su cabello largo, sus gafas perpetuas y su tímida tartamudez, dirigiendo un cine club, valga decir, enseñándonos a ver e interpretar películas de gran contenido estético. Grato y ambiguo recuerdo. Uno andaba entonces como caminando entre nubes, como dando palos de ciego en un presente detenido; la noción de futuro surge ya cuando hemos quemado las naves, cuando ya el pasado ha puesto su hierro al rojo vivo en la piel trashumante.

Una noche, cualquier noche con guachafita en la ventana del colegio por donde se colaban rumores de tango y olor de mariguana, llegó un hombre alto, de tez trigueña y acento del sur. Traía en su mochila un plegable, es decir, un cuadernillo con cuentos breves, quizás algún poema y varias ilustraciones. Siguió a mi clase, habló con los estudiantes que se animaron a leer sus textos, escritos como ejercicios literarios, sin mayores pretensiones. El hombre, como salido de un cuento de Julio Ramón Ribeyro, se llamaba por entonces Eleazar Lima. Nunca imaginamos que en ese encuentro de hace 38 años se estaba dando el primer paso de Rosa Blindada, pero así son las cosas, de un azar sin azares, cuando van a tener resonancia.

Se inició una intachable amistad literaria y humana  con Eleazar, ese hombre despojado que vino al mundo solo a tres cosas, leer, escribir y caminar, su resto es silencio, trabajo callado y constante, como las raíces nocturnas. Pasaron algunos años de compartimiento de textos, de charlas de café y tertulias al aire libre, cerca del puente Ortiz, hasta una tarde de sábado, cuando cantaba boleros Leo Marini en la rotonda del parque La María y unos policías se nos acercaron amenazantes para informarnos que por el estatuto de seguridad estaban prohibidas las reuniones públicas  de más de tres personas. Nos fuimos con nuestra música a otra parte, recuerdo a Hugo García, que hizo parte de Rosa Blindada, por un tiempo, a Lucy Osorio, su novia por entonces, a Erik, el negro de Guachené, con su gran sonrisa y su efusión musical, a su esposa Helena, la mexicana, convertida con los años en el hada madrina de los colombianos que se abrían paso en el Distrito Federal, a Inés de Castellanos y su esposo, una pareja de bogotanos que habían anclado en Cali y estaban integrándose a este trópico de macetas, ríos, champús, pandebono y cometas de verano.

Siguió la vida con su paso de ave fragata, robándole los peces a los alcatraces en pleno vuelo. Fue la metáfora de nuestra generación. De manera voluntaria se fue para siempre, como los dinosaurios, Andrés Caicedo y los cinéfilos y lectores de su audaz literatura quedamos como huérfanos.  Ensayamos otros cine-clubes, como el del Bolívar y el del Calima, a media noche, pero no fue igual. Una sensación frustrante se nos quedó atragantada.

Una noche de domingo, en un horario inusual se escuchó un toque de ventana, por allá en Benjamín Herrera. Entreabrí y era Eleazar quien venía de alguna de sus eternas caminatas a proponerme un asunto  que se estaba gestando de tiempo atrás. Con algunos rones de madrugada sellamos el pacto: publicar una revista de literatura y arte. En la época se editaba El Gato Encerrado, la perenne Puesto de Combate; de Medellín nos llegaba Acuarimántima, así como El Aleph, de Manizales. En Cali un grupo de poetas sacaba Aqua Ardens, cada vez que las treguas etílicas lo hacían posible, Literatura portátil, El oboe sumergido. En Popayán, un colectivo muy entusiasta editaba La Rueda que nos llegaba por conducto del escritor Iván Ulchur, hoy afincado en Quito. Se hizo célebre en el medio la revista Ekuóreo, de minicuentos, liderada por Harold Kremer y Guillermo Bustamante, así como Luciérnaga, dirigida por José Zuleta y Eureko, en las manos humorosas y desparpajadas de Julián Malatesta.

Iniciamos Rosa Blindada con Henry Ibáñez, docente y escritor que aportó durante varios años su escrupuloso trabajo de editor, corrector de estilo, entrevistador, promotor cultural y distribuidor, tal como hacíamos con Eleazar y el poeta Edgar Ruales. Era una época de ebullición política muy fuerte;  a los grupos insurgentes tradicionales se les sumó el M-19, que despertó simpatías en los medios académicos e intelectuales, quizás por sus operaciones audaces y su papel de Robin Hood, en una sociedad con enormes desigualdades. García Márquez, que había retomado su vocación de periodista, nos deleitaba, domingo tras domingo, con su columna de El Espectador y su resonancia como pilar del boom era indiscutible. Se leía con fervor su Cien Años de Soledad, su Otoño del Patriarca, su Crónica de una Muerte Anunciada, que suscitó más de una polémica, por su tema, entre anacrónico y silvestre, de un crimen por limpiar el honor sexual en un pueblo del Caribe.

El número 1 de Rosa Blindada fue la grata experiencia de romper el cascarón. Nos reuníamos todos los sábados, después de las tres, rotando el lugar, desde el barrio Junín, pasando por San Bosco, La Flora, eventualmente el Café de los Turcos, la Librería Signos del inefable Chamizo o la Normal Nacional del barrio Libertadores, a la sazón, el sitio de trabajo de Edgar y mío, en la docencia, de Eleazar, en sus asesorías académicas. En una tipografía del barrio San Nicolás nos encontrábamos para ver las pruebas, avances de la criatura, en papel.Qué grato el olor a tinta, a máquinas aceitadas que cumplían su viaje desde los linotipos a la hoja en blanco, como una alquimia que se quedó anclada en alguna isla interior, como el paso del tren, el trino del bichofué, el vaho del tinto mañanero o el clap-clap del caballo, tirando la carreta, en un oficio poético pero ignominioso. Allí, entre tarjetas de grado, invitaciones a bautismos y matrimonios, obituarios y  carteles para promocionar rumbas  sabatinas, iba  desplegando la Rosa, su pétalo y su espina, sus cuentos y poemas, sus entrevistas a los teatreros de la ciudad, su cuadernillo a Ernesto Cardenal, que desde entonces nos enseñó que si he de dar cuenta de mi época, diré que fue bárbara, pero poética.

Se trabajaba en composer, los textos se levantaban en una máquina de escribir, moderna para la época, hoy lenta y obsoleta. La maga era Olguita, la suegra 1 A de Edgar. Las correcciones las hacíamos por parejas, los cuatro integrantes y fundadores. Los títulos de los cuentos, poemas, ensayos y demás géneros, los hilvanábamos manualmente, en letraset que comprábamos en alguna papelería de la ciudad. Hace unos días, por esas cosas del azar, necesité corregir el título de un gazapo desafortunado, me acerqué al lugar de siempre a buscar las cintillas, pero para las diligentes vendedoras fue como si les hablara en sánscrito. Salí del lugar con la moraleja de que no todo tiempo pasado fue mejor y la cambié por la de todo tiempo tiene su propio ritmo. Que no haya hoy letraset, fondos y escarcelas femeninas, máquinas de escribir y leontinas, es señal inequívoca de que ya entramos en el museo de la eterna. 

Hicimos la presentación de la revista en la casa de Edgar Ruales, en La Flora, adonde llegó la fauna de escritores caleños, de nuestra generación. Ya tuvimos flora y fauna, el resto era continuar. Varios escritores y poetas, hoy muy reconocidos, pasaron por nuestra revista: Antonio Zibara, Farías, Orieta Lozano, Omar Ortiz, Fabio Jurado, Juan Carlos Moyano, Horacio Benavides, Enrique y Nicolás Buenaventura, Carlos Fajardo, Elvira Alejandra Quintero, Juan Manuel Roca, Carlos Roso, Javier Navarro, José Edier Gómez, Fernando Cruz Kronfly, Iván Ulchur, Phanor Terán…

Debo decir que Rosa Blindada ha sido un aprendizaje esencial y permanente. Nos acercó a los poetas, escritores e intelectuales de la ciudad y sus áreas de influencia. Evoco gratamente a Diego Luis Ortiz, infatigable lector que nos embarcó en autores desconocidos. En su estilo, a veces displicente, a veces rotundo, nos señaló rutas impredecibles. La bohemia con él y otro grupo de trashumantes y noctámbulos nos dejó una memorable estela de lecturas fundamentales, críticas fuertes, a veces, acerbas. Preferible que así fuera, duro y a la cabeza, nos enseñó José Manuel Arango, cuando de criticar al amigo se trata; lo otro es condescendencia o diplomacia, fatales en un escritor que empieza. Por eso hoy, se entrevera nuestra gratitud a Diego, quien desde la distancia hace parte del Comité Editorial de Rosa Blindada, por derecho más que propio.

¿Qué decir de Edgar Rúales Ortiz? profesor universitario, poeta cuando lo ha decidido, repentista del lenguaje, pastor de bosques con neblina, arquitecto de sueños y jardines en su Jacaranda en flor. Con él hemos caminado en Poesía, desde Rosa Blindada, en físico, cuando Eleazar nos instó a ser periodistas culturales, talleristas de literatura, editores. Su revista La Broka, de la Universidad Santiago de Cali, recogió en gran medida el acervo acumulado de nuestra experiencia anterior. Ahora, desde su montaña mágica y domesticada, pensamos la revista, le damos forma, trabajamos, leemos, escribimos, nos reímos un poco, tomamos jugo de toronja que Edgar prepara con la solvencia que sólo otorga el afecto. Eres tú el cuerpo de mi alma, quédate, ha dicho el poeta boliviano Jaime Sáenz, y así es, toda empresa del espíritu sale a flote cuando el cuerpo es su garante, su puente de cosas tangibles, compartidas en situación.

En marzo llegan los gitanos, en palabras del Gran Juglar de Aracataca y llegó también la sílaba, viajando por el Suárez, por el Guáitara. Hablo de Alvaro Neil Franco y Julio César Goyes; el primero de las breñas de Santander, el segundo de las tierras del sur, a lomo de caballo del alba. Ambos hicieron parte de otra utopía creadora: La Corporación Literaria Si Mañana Despierto, grupo que por más de 20 años animó encuentros nacionales de Poesía, publicación de poemarios y libros de ensayo, revistas, programa radial, tertulias, asesorías a universidades y colegios, concurso nacional de cuento infantil y juvenil; siempre con la palabra en vilo, el poema en aluvión, la sensibilidad en bandolera para escuchar un tango, un bolero, una balada francesa y echar a volar los instantes como si fueran pompas de jabón. Han llegado Julio César y Alvaro Neil, desde el centro del país, Bogotá y Tunja, lo que nos permite un diálogo fecundo entre el centro y la periferia, útil en nuestro rastreo de la palabra estética.

Rosa Blindada, desde sus inicios como revista física de literatura y arte, ha sido testigo, rosa de los vientos, espora, esponja, estela, para recepcionar la creación de escritores consagrados e impulsar a los jóvenes creadores. Nos han inquietado todos los géneros discursivos: el cuento, el ensayo, la poesía, el teatro, el cine, la crítica literaria, la reseña, el reportaje, las artes plásticas, la música, la crónica. La estética, el pensamiento crítico, la autonomía del artista, la libertad de expresión, han sido nuestro norte. Quizás esa sea una buena razón para tener hoy por hoy más de 110.000 lectores en todo el país y el exterior. Sabemos que esto es un honor y a la vez una gran responsabilidad, un reto que mantenemos semana tras semana, cuando nos reunimos en Jacaranda, rincón montañoso de Dapa (Cali-Yumbo), a urdir la revista, mientras miramos en  lontananza, de cuando en cuando, las nieves del nevado del Huila y el Valle del Cauca, a la distancia de un parpadeo. La vida sigue, con su vuelo de guacharaca bulliciosa, mientras nosotros, el Comité Editorial Amplio de Rosa Blindada, nos mantenemos en la pasión creadora.

No somos ajenos al momento crucial que vive nuestro país,  polarizado entre un santanderismo radical que hace de la palabra jurídica un fuero inamovible, y un interlocutor, por momentos razonable, pero en muchas ocasiones, soberbio y contradictorio, cuando de lo que se trata es de pensar un país en términos de justicia y equidad, donde el ciudadano de a pie se sienta representado y habitado  por convicciones esenciales e imaginarios coherentes, en su tiempo y en su espacio. Creemos que el arte y la cultura, al propiciar un diálogo en torno a las ideas, son fundamentos sólidos en la reconstrucción de la patria, segada por diversas guerras, con incontables víctimas y oprobiosos victimarios, tan perdidos y desolados  como los depredadores, una vez han devastado la fuente de su sustento. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? En ninguna parte, porque sólo la vida, la terca vida tiene sentido en un universo ilímite e inagotable como el nuestro. Es allí donde la Poesía, en todas sus formas, el cine, la música, la danza, los relatos, cobran su vigencia, para decirlo con el poeta León de Greiff:

Esta rosa fue testigo

de aquel que si amor no fue

ningún otro amor sería

 


EL POETA OYE BOLEROS

  

 

En el  instante más intrincado y oscuro de la garúa, me ha llamado el poeta Horacio Benavides. Me ha dicho en su voz de oriental que justo ahora va caminando por una ciudad desconocida. Yo recuerdo, por sus señas, que por allí, en calle soleada, la vida era un perpetuo verano, con jovencitas que hilvanaban sus días entre los helados copiosos y las sonrisas de quienes acaban de descubrir una isla en la inmensidad del Pacífico. Pero ahora es de noche, ladran los perros a las sombras diluidas en una bruma inusual de tierra cálida. El poeta lleva en su corazón, cercano al vino, el recuerdo reciente de una cascada que cae , extraña y fronteriza, en una avenida tumultuosa que corre hacia el sur, como una gran serpiente herida. En su oído resuenan todavía los acordes de una música cubana, y ante todo, las palabras cinceladas con barro y con candela, de Ramón Palomares. El poeta viene de escuchar sones y boleros, en la Loma de la Cruz, esa colina donde venden artesanías e ilusiones; lleva en todo su ser la rara sensación de estar entreverado en un clima diferente al usual. Lo duplican los faroles donde juegan los insectos pertinaces y las briznas de humedad. No va solo, lo acompañan los versos epifánicos de Palomares y esas tonadas mestizas que, como pájaros carpinteros, han cincelado, otra vez, su frondoso árbol de poesía. Llueve como arroz de nupcias sobre el cielo de Cali. Cristo Rey, a la distancia, es un fantasma con los brazos extendidos , inerte e insensible, frente a este invierno que nos hace regresar al zaguán de San Cayetano, donde Horacio escampa sus versos y dobla la cabeza cerca de las enredaderas. Por eso cuando llueve me lleno de recuerdos. Baco, el enorme labrador negro, se estira sobre las baldosas, pareciera suspirar, mira de reojo y vuelve a dormitar su oscuro y oscilante sueño.   

 


 

Pablo Montoya

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