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Juan Manuel Roca

UNA CASA MÁS ALLÁ DE LOS MURMULLOS

 

Hace varios años que los poetas abandonamos la Casa de Poesía Silva. Fuimos entonces centenares los firmantes que pedíamos un cambio en la dirección de la que fuera una casa inspiradora de muchas otras en América Latina y España. 

La Casa de Poesía Silva fue desde la dirección de María Mercedes Carranza una inspiradora institución por la que pasaron  grandes poetas del mundo. Era una suerte de enclave para dignificar la poesía y difundirla.

Hoy, en realidad, como en una queja bambuquera, “ya no vive nadie en ella”, aparte de unos cuantos poetas mercenarios, medradores de talleres y recitales cada vez más lánguidos y espaciados. Por supuesto que resultaría cómico decirles esquiroles a unos poetas, o pedirles una huelga de metáforas caídas, pero por ahí va la cosa. La Casa ahora es solo un inmueble y su director, Pedro Alejo Gómez, es como un bedel de fantasmas.

Esa casa en la que viviera José Asunción Silva, nuestro primer poeta moderno, data de la época de la Colonia. Vivió en ella muchos años después Aurelio Arturo, un referente que para los colombianos que amamos la poesía es algo así como  nuestro poeta de la guarda. También alojó a Gregorio Castañeda Aragón, el poeta del mar que nos legó unos bellos poemas en prosa a los que vale la pena volver. 

En un comienzo lo verdaderamente muerto y sin ánimo de museo era una vitrina -¿existirá aún?- con la máquina de escribir de Aurelio Arturo, que más bien escribía a mano; con el bastón de Eduardo Carranza que no era cojo, con la billetera de otro vate de antaño que nunca tuvo plata y un llavero de alguno que jamás tuvo casa. No faltaba, solía decir en broma, sino un puñadito de marihuana de Porfirio Barba Jacob, una lata del avión de Air France en que muró Gaitán Durán, la heroica jeringa de Eduardo Castillo y la botella -vacía- de todos. 

Todo eso reposa en la memoria de los poetas que no van -vamos- a esta Casa que aunque siga en pie como edificación es una ruina espiritual. La memoria de Silva y de María Mercedes están arrinconadas. Es triste pero cierto. Ahora los poetas estelares a los que se rinden homenajes son los políticos tradicionales, diga usted como Roy Barreras o Telésforo Pedraza, este último por sus aportes a la cultura. 

Quién sabe, vale preguntarse, de cuánto será ese aporte y el de otros invitados cercanos a la entrega de presupuestos. 

No tiene deudos esta casa. Su director, que no sabemos cómo diablos sigue dirigiendo algo casi inexistente, ya no resulta un funcionario vitalicio sino crónico.

Es triste tener que parodiar los versos de Silva más acordes con la Colombia de hoy:

“Una noche, 

una noche toda llena de murmullos 

y de música de balas”...

O bien:

“Una casa,

una casa llena de chanchullos

y de música de babas”... 

Posdata: no queda más que decir, como en el poema que tradujo Silva de Tennyson: “¡oh voces silenciosas de los muertos!”. Y llamarlas, no con una ouija, no en clave de morse, ni siquiera con mañas espiritistas. Tal vez, gajes de la modernidad, llamar las voces de los poetas idos que recorren la casa por el TEÓFONO, un aparato inventado por Ramón Gómez de la Serna para llamar a Dios. O mejor aún, hacerlo por un TELÉSFORO roto.

 


 

Henry Posada Lozada

UN TSUNAMI DE BENDICIONES

 

Hoy subí al santuario de Monserrate, suelo hacerlo como terapia. En la cima de la montaña un invidente grita con voz estentórea: "¡Ánimo!", " ¡Vamos con toda!", exhibía esta vez un peto amarillo donde aparecía impreso su grito de estímulo para quienes, sudorosos y agitados, avanzábamos hacia la cumbre. Alcancé a leer al final: monserrate.com, toda una estrategia publicitaria creada por El sacro colegio cardenalicio de Monserrate. El ciego Ernesto que ése es su nombre me recuerda personajes de las películas de Buñuel o Pasolini, a cuentos del Decamerón de Boccaccio, algún pasaje del Lazarillo de Tormes; este hombre anima para que le avienten unas perras (Monedas) al vaso de latón que agita cuando siente la turba ascendiendo. El nuevo uniforme estoy seguro obedece a la proximidad de la fecha que le dará un giro a nuestra historia de vejámenes, corrupción, reconciliación, entelequias, inequidades en nuestra patética republiqueta bananera, la llegada de Bergoglio; las puertas del atrio estaban de par en par, en la puerta del perdón dos menesterosos barrían diligentes y limpiaban con bayetillas rojas la mampostería que rodea el Santuario; de nuevo vino a las mientes Bergoglio y su arribo triunfal a este paisito tan necesitado de Papas, Santas, santurrones, milagros. Hay una exacerbación religiosa que empieza a ser insufrible, seguramente los almacenes de cadena pronto entregarán con las bolsas plásticas, la remesa, la imagen bonómica con el kid del milagroso Francisco a solo $20.000, ya me han entregado el otro día escapularios con la Santa Laura, oraciones y otros fetiches con el Pbro. Marianito y la libra de lentejas, fríjoles, aceite en almacenes Éxito...Seguramente se acrecentarán las apariciones en los desvencijados muros de alguna casa en el barrio, en el cuncho de chocolate y si tenemos suerte la virgen de Fátima trasladará toda su parafernalia para algún paraje montaraz de nuestra geografía donde haya pastorcicos apacentando sus majadas. A mis años el escepticismo me pudre, recuerdo al padre Cardona, rubicundo, contemplándome con mirada sicalíptica mientras servía deliciosas viandas en su hermosa casa cural, o en Domus Dei (Casa de Dios en latín) donde Eduardo Vivas, el sacerdote que se me parecía a San Martín de Porres recibido como regaló de mamá cuando era un niño, con su infaltable escoba y los ratones rodeándolo, como símbolo de austeridad, de pobreza; el Padre Eduardo se arrodillaba tembloroso cuando yo era un efebo parecido a Tadzio, personaje de Muerte en Venecia de Thomas Mann, a suplicarme que me dejara hacer una felación; y llorando de deseo me abrazaba, un recuerdo que cuando filme mi ópera prima no desaprovecharé. Aún padezco algunos personajes que contritos oran y cantan en sus iglesias, no "políticamente incorrectos" si no "Cristianamente correctos", y luego se dedican al agiotismo, la usura, el amor desmedido por el biyuyo, "el pinga de oro", el estiércol del diablo, como llamó al dinero el gran Papini. En llegando a esta ciudad alquilé una alcoba y la casera era adventista ortodoxa o en todo caso cristiana a ultranza y un día me visitó una amiga muy querida (y no era para follar: ojalá) y con mirada pecaminosa la Sra, Flórez me dijo enfática y perentoria: "Aquí están prohibidas las visitas femeninas". Supe después que un señor muy humilde de su provincia, era costeña, a quien había traído por razones humanitarias, "sufría mucho en esa región tan pobre", era con quien se entregaba a la lujuriosa gimnasia sexual, la que a nombre de la moral cristiana me prohibía terminantemente... Por estas razones y otras muchas me entregaré a la lectura durante la estadía de Bergoglio y el tsunami de fervor que nos ahogará quién sabe hasta cuándo.

 


Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

ROSA BLINDADA, UN DESTINO

                Margarita, por tus espinas pareces una rosa

Graffiti

 

La revista surgió como suelen nacer las cosas que van a tener resonancia. Yo hacía mis primeros pasos como docente de lengua castellana en un colegio nocturno, en una zona sórdida de Cali, quiero decir, unas manzanas de la vida dura, con bares precarios, ventas ambulantes, chatarrerías y comercios clandestinos que en la noche cambian su camuflaje hasta convertirse en antros de vicio, guarida de atracadores y vía obligada de mujeres distraídas, puestas como estatuas de sal en las manos del mejor postor. Mis estudiantes provenían de estratos deprimidos, eran volqueteros, mecánicos, muchachas del servicio, choferes de bus, cadeneros, corteros de caña, recicladores, contrabandistas, emboladores, recicladores, peluqueras, rebuscadores, que por alguna gracia querían terminar su bachillerato. Bordeábamos la segunda parte de la década de los 70. Andrés Caicedo caminaba por la sexta, nos miraba de soslayo en el Café de los Turcos y los sábados nos regalaba una hoja mimeografiada, en el teatro San Fernando, donde asistimos a su cine club.

Para alguien que venía de las películas mejicanas del Asturias, o de la vespertina con vaqueros en el Colón o el Belalcázar, cuando no de los ciclos de lucha libre en el teatro Ángel, esto sí que era una novedad. Un muchacho de mi edad, con su cabello largo, sus gafas perpetuas y su tímida tartamudez, dirigiendo un cine club, valga decir, enseñándonos a ver e interpretar películas de gran contenido estético. Grato y ambiguo recuerdo. Uno andaba entonces como caminando entre nubes, como dando palos de ciego en un presente detenido; la noción de futuro surge ya cuando hemos quemado las naves, cuando ya el pasado ha puesto su hierro al rojo vivo en la piel trashumante.

Una noche, cualquier noche con guachafita en la ventana del colegio por donde se colaban rumores de tango y olor de mariguana, llegó un hombre alto, de tez trigueña y acento del sur. Traía en su mochila un plegable, es decir, un cuadernillo con cuentos breves, quizás algún poema y varias ilustraciones. Siguió a mi clase, habló con los estudiantes que se animaron a leer sus textos, escritos como ejercicios literarios, sin mayores pretensiones. El hombre, como salido de un cuento de Julio Ramón Ribeyro, se llamaba por entonces Eleazar Lima. Nunca imaginamos que en ese encuentro de hace 38 años se estaba dando el primer paso de Rosa Blindada, pero así son las cosas, de un azar sin azares, cuando van a tener resonancia.

Se inició una intachable amistad literaria y humana  con Eleazar, ese hombre despojado que vino al mundo solo a tres cosas, leer, escribir y caminar, su resto es silencio, trabajo callado y constante, como las raíces nocturnas. Pasaron algunos años de compartimiento de textos, de charlas de café y tertulias al aire libre, cerca del puente Ortiz, hasta una tarde de sábado, cuando cantaba boleros Leo Marini en la rotonda del parque La María y unos policías se nos acercaron amenazantes para informarnos que por el estatuto de seguridad estaban prohibidas las reuniones públicas  de más de tres personas. Nos fuimos con nuestra música a otra parte, recuerdo a Hugo García, que hizo parte de Rosa Blindada, por un tiempo, a Lucy Osorio, su novia por entonces, a Erik, el negro de Guachené, con su gran sonrisa y su efusión musical, a su esposa Helena, la mexicana, convertida con los años en el hada madrina de los colombianos que se abrían paso en el Distrito Federal, a Inés de Castellanos y su esposo, una pareja de bogotanos que habían anclado en Cali y estaban integrándose a este trópico de macetas, ríos, champús, pandebono y cometas de verano.

Siguió la vida con su paso de ave fragata, robándole los peces a los alcatraces en pleno vuelo. Fue la metáfora de nuestra generación. De manera voluntaria se fue para siempre, como los dinosaurios, Andrés Caicedo y los cinéfilos y lectores de su audaz literatura quedamos como huérfanos.  Ensayamos otros cine-clubes, como el del Bolívar y el del Calima, a media noche, pero no fue igual. Una sensación frustrante se nos quedó atragantada.

Una noche de domingo, en un horario inusual se escuchó un toque de ventana, por allá en Benjamín Herrera. Entreabrí y era Eleazar quien venía de alguna de sus eternas caminatas a proponerme un asunto  que se estaba gestando de tiempo atrás. Con algunos rones de madrugada sellamos el pacto: publicar una revista de literatura y arte. En la época se editaba El Gato Encerrado, la perenne Puesto de Combate; de Medellín nos llegaba Acuarimántima, así como El Aleph, de Manizales. En Cali un grupo de poetas sacaba Aqua Ardens, cada vez que las treguas etílicas lo hacían posible, Literatura portátil, El oboe sumergido. En Popayán, un colectivo muy entusiasta editaba La Rueda que nos llegaba por conducto del escritor Iván Ulchur, hoy afincado en Quito. Se hizo célebre en el medio la revista Ekuóreo, de minicuentos, liderada por Harold Kremer y Guillermo Bustamante, así como Luciérnaga, dirigida por José Zuleta y Eureko, en las manos humorosas y desparpajadas de Julián Malatesta.

Iniciamos Rosa Blindada con Henry Ibáñez, docente y escritor que aportó durante varios años su escrupuloso trabajo de editor, corrector de estilo, entrevistador, promotor cultural y distribuidor, tal como hacíamos con Eleazar y el poeta Edgar Ruales. Era una época de ebullición política muy fuerte;  a los grupos insurgentes tradicionales se les sumó el M-19, que despertó simpatías en los medios académicos e intelectuales, quizás por sus operaciones audaces y su papel de Robin Hood, en una sociedad con enormes desigualdades. García Márquez, que había retomado su vocación de periodista, nos deleitaba, domingo tras domingo, con su columna de El Espectador y su resonancia como pilar del boom era indiscutible. Se leía con fervor su Cien Años de Soledad, su Otoño del Patriarca, su Crónica de una Muerte Anunciada, que suscitó más de una polémica, por su tema, entre anacrónico y silvestre, de un crimen por limpiar el honor sexual en un pueblo del Caribe.

El número 1 de Rosa Blindada fue la grata experiencia de romper el cascarón. Nos reuníamos todos los sábados, después de las tres, rotando el lugar, desde el barrio Junín, pasando por San Bosco, La Flora, eventualmente el Café de los Turcos, la Librería Signos del inefable Chamizo o la Normal Nacional del barrio Libertadores, a la sazón, el sitio de trabajo de Edgar y mío, en la docencia, de Eleazar, en sus asesorías académicas. En una tipografía del barrio San Nicolás nos encontrábamos para ver las pruebas, avances de la criatura, en papel.Qué grato el olor a tinta, a máquinas aceitadas que cumplían su viaje desde los linotipos a la hoja en blanco, como una alquimia que se quedó anclada en alguna isla interior, como el paso del tren, el trino del bichofué, el vaho del tinto mañanero o el clap-clap del caballo, tirando la carreta, en un oficio poético pero ignominioso. Allí, entre tarjetas de grado, invitaciones a bautismos y matrimonios, obituarios y  carteles para promocionar rumbas  sabatinas, iba  desplegando la Rosa, su pétalo y su espina, sus cuentos y poemas, sus entrevistas a los teatreros de la ciudad, su cuadernillo a Ernesto Cardenal, que desde entonces nos enseñó que si he de dar cuenta de mi época, diré que fue bárbara, pero poética.

Se trabajaba en composer, los textos se levantaban en una máquina de escribir, moderna para la época, hoy lenta y obsoleta. La maga era Olguita, la suegra 1 A de Edgar. Las correcciones las hacíamos por parejas, los cuatro integrantes y fundadores. Los títulos de los cuentos, poemas, ensayos y demás géneros, los hilvanábamos manualmente, en letraset que comprábamos en alguna papelería de la ciudad. Hace unos días, por esas cosas del azar, necesité corregir el título de un gazapo desafortunado, me acerqué al lugar de siempre a buscar las cintillas, pero para las diligentes vendedoras fue como si les hablara en sánscrito. Salí del lugar con la moraleja de que no todo tiempo pasado fue mejor y la cambié por la de todo tiempo tiene su propio ritmo. Que no haya hoy letraset, fondos y escarcelas femeninas, máquinas de escribir y leontinas, es señal inequívoca de que ya entramos en el museo de la eterna. 

Hicimos la presentación de la revista en la casa de Edgar Ruales, en La Flora, adonde llegó la fauna de escritores caleños, de nuestra generación. Ya tuvimos flora y fauna, el resto era continuar. Varios escritores y poetas, hoy muy reconocidos, pasaron por nuestra revista: Antonio Zibara, Farías, Orieta Lozano, Omar Ortiz, Fabio Jurado, Juan Carlos Moyano, Horacio Benavides, Enrique y Nicolás Buenaventura, Carlos Fajardo, Elvira Alejandra Quintero, Juan Manuel Roca, Carlos Roso, Javier Navarro, José Edier Gómez, Fernando Cruz Kronfly, Iván Ulchur, Phanor Terán…

Debo decir que Rosa Blindada ha sido un aprendizaje esencial y permanente. Nos acercó a los poetas, escritores e intelectuales de la ciudad y sus áreas de influencia. Evoco gratamente a Diego Luis Ortiz, infatigable lector que nos embarcó en autores desconocidos. En su estilo, a veces displicente, a veces rotundo, nos señaló rutas impredecibles. La bohemia con él y otro grupo de trashumantes y noctámbulos nos dejó una memorable estela de lecturas fundamentales, críticas fuertes, a veces, acerbas. Preferible que así fuera, duro y a la cabeza, nos enseñó José Manuel Arango, cuando de criticar al amigo se trata; lo otro es condescendencia o diplomacia, fatales en un escritor que empieza. Por eso hoy, se entrevera nuestra gratitud a Diego, quien desde la distancia hace parte del Comité Editorial de Rosa Blindada, por derecho más que propio.

¿Qué decir de Edgar Rúales Ortiz? profesor universitario, poeta cuando lo ha decidido, repentista del lenguaje, pastor de bosques con neblina, arquitecto de sueños y jardines en su Jacaranda en flor. Con él hemos caminado en Poesía, desde Rosa Blindada, en físico, cuando Eleazar nos instó a ser periodistas culturales, talleristas de literatura, editores. Su revista La Broka, de la Universidad Santiago de Cali, recogió en gran medida el acervo acumulado de nuestra experiencia anterior. Ahora, desde su montaña mágica y domesticada, pensamos la revista, le damos forma, trabajamos, leemos, escribimos, nos reímos un poco, tomamos jugo de toronja que Edgar prepara con la solvencia que sólo otorga el afecto. Eres tú el cuerpo de mi alma, quédate, ha dicho el poeta boliviano Jaime Sáenz, y así es, toda empresa del espíritu sale a flote cuando el cuerpo es su garante, su puente de cosas tangibles, compartidas en situación.

En marzo llegan los gitanos, en palabras del Gran Juglar de Aracataca y llegó también la sílaba, viajando por el Suárez, por el Guáitara. Hablo de Alvaro Neil Franco y Julio César Goyes; el primero de las breñas de Santander, el segundo de las tierras del sur, a lomo de caballo del alba. Ambos hicieron parte de otra utopía creadora: La Corporación Literaria Si Mañana Despierto, grupo que por más de 20 años animó encuentros nacionales de Poesía, publicación de poemarios y libros de ensayo, revistas, programa radial, tertulias, asesorías a universidades y colegios, concurso nacional de cuento infantil y juvenil; siempre con la palabra en vilo, el poema en aluvión, la sensibilidad en bandolera para escuchar un tango, un bolero, una balada francesa y echar a volar los instantes como si fueran pompas de jabón. Han llegado Julio César y Alvaro Neil, desde el centro del país, Bogotá y Tunja, lo que nos permite un diálogo fecundo entre el centro y la periferia, útil en nuestro rastreo de la palabra estética.

Rosa Blindada, desde sus inicios como revista física de literatura y arte, ha sido testigo, rosa de los vientos, espora, esponja, estela, para recepcionar la creación de escritores consagrados e impulsar a los jóvenes creadores. Nos han inquietado todos los géneros discursivos: el cuento, el ensayo, la poesía, el teatro, el cine, la crítica literaria, la reseña, el reportaje, las artes plásticas, la música, la crónica. La estética, el pensamiento crítico, la autonomía del artista, la libertad de expresión, han sido nuestro norte. Quizás esa sea una buena razón para tener hoy por hoy más de 110.000 lectores en todo el país y el exterior. Sabemos que esto es un honor y a la vez una gran responsabilidad, un reto que mantenemos semana tras semana, cuando nos reunimos en Jacaranda, rincón montañoso de Dapa (Cali-Yumbo), a urdir la revista, mientras miramos en  lontananza, de cuando en cuando, las nieves del nevado del Huila y el Valle del Cauca, a la distancia de un parpadeo. La vida sigue, con su vuelo de guacharaca bulliciosa, mientras nosotros, el Comité Editorial Amplio de Rosa Blindada, nos mantenemos en la pasión creadora.

No somos ajenos al momento crucial que vive nuestro país,  polarizado entre un santanderismo radical que hace de la palabra jurídica un fuero inamovible, y un interlocutor, por momentos razonable, pero en muchas ocasiones, soberbio y contradictorio, cuando de lo que se trata es de pensar un país en términos de justicia y equidad, donde el ciudadano de a pie se sienta representado y habitado  por convicciones esenciales e imaginarios coherentes, en su tiempo y en su espacio. Creemos que el arte y la cultura, al propiciar un diálogo en torno a las ideas, son fundamentos sólidos en la reconstrucción de la patria, segada por diversas guerras, con incontables víctimas y oprobiosos victimarios, tan perdidos y desolados  como los depredadores, una vez han devastado la fuente de su sustento. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? En ninguna parte, porque sólo la vida, la terca vida tiene sentido en un universo ilímite e inagotable como el nuestro. Es allí donde la Poesía, en todas sus formas, el cine, la música, la danza, los relatos, cobran su vigencia, para decirlo con el poeta León de Greiff:

Esta rosa fue testigo

de aquel que si amor no fue

ningún otro amor sería

 


EL POETA OYE BOLEROS

  

 

En el  instante más intrincado y oscuro de la garúa, me ha llamado el poeta Horacio Benavides. Me ha dicho en su voz de oriental que justo ahora va caminando por una ciudad desconocida. Yo recuerdo, por sus señas, que por allí, en calle soleada, la vida era un perpetuo verano, con jovencitas que hilvanaban sus días entre los helados copiosos y las sonrisas de quienes acaban de descubrir una isla en la inmensidad del Pacífico. Pero ahora es de noche, ladran los perros a las sombras diluidas en una bruma inusual de tierra cálida. El poeta lleva en su corazón, cercano al vino, el recuerdo reciente de una cascada que cae , extraña y fronteriza, en una avenida tumultuosa que corre hacia el sur, como una gran serpiente herida. En su oído resuenan todavía los acordes de una música cubana, y ante todo, las palabras cinceladas con barro y con candela, de Ramón Palomares. El poeta viene de escuchar sones y boleros, en la Loma de la Cruz, esa colina donde venden artesanías e ilusiones; lleva en todo su ser la rara sensación de estar entreverado en un clima diferente al usual. Lo duplican los faroles donde juegan los insectos pertinaces y las briznas de humedad. No va solo, lo acompañan los versos epifánicos de Palomares y esas tonadas mestizas que, como pájaros carpinteros, han cincelado, otra vez, su frondoso árbol de poesía. Llueve como arroz de nupcias sobre el cielo de Cali. Cristo Rey, a la distancia, es un fantasma con los brazos extendidos , inerte e insensible, frente a este invierno que nos hace regresar al zaguán de San Cayetano, donde Horacio escampa sus versos y dobla la cabeza cerca de las enredaderas. Por eso cuando llueve me lleno de recuerdos. Baco, el enorme labrador negro, se estira sobre las baldosas, pareciera suspirar, mira de reojo y vuelve a dormitar su oscuro y oscilante sueño.   

 


 

Pablo Montoya

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