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Simone Weil

MEMORIAS DEL TRABAJO

 

CARTA A BORIS SOUVARINE

(1935)

Viernes

 

Apreciado Boris: Estoy obligada a escribirle unas líneas, porque sin eso no tendría la valentía de dejar una huella escrita de las primeras impresiones de mi nueva experiencia. La llamada pequeña y simpática nave ha resultado ser —conocida de cerca— primero una nave enorme y después, sobre todo, una nave sucia, muy sucia, y en esta nave sucia se encuentra un taller de aspecto particularmente desagradable: el mío. Me apresuro a decirle, para tranquilizarle, que al terminar la mañana me han sacado de allí y me han depositado en un rinconcito tranquilo donde tengo posibilidades de estar toda la semana próxima; allí no estoy ante una máquina.

Ayer hice el mismo trabajo durante todo el día (embutido en una prensa). Hasta las cuatro estuve trabajando a un ritmo de cuatrocientas piezas hora (fíjese que mi salario por hora eran tres francos) con la sensación de que trabajaba duro. A las cuatro el contramaestre ha venido a decirme que si no hacía ochocientas me despedirían: «Si a partir de este momento hace usted ochocientas, quizá consentiré que se quede». Compréndalo, nos hacen una gran merced permitiendo que reventemos; encima hay que decir gracias. Sacando todas mis fuerzas he conseguido llegar a seiscientas por hora. Por lo menos me han permitido volver esta mañana (les faltan obreras porque la nave es excesivamente mala para que el personal sea estable y hay pedidos urgentes para armamentos). He hecho este trabajo una hora más y con un nuevo esfuerzo he llegado a sacar algo más de seiscientas cincuenta. Me han encargado diversas cosas más, pero siempre con la misma consigna: ir a toda mecha. Durante nueve horas diarias (ya que entramos a la una, no a la una y cuarto, como le había dicho) las obreras trabajan así, literalmente sin un minuto de respiro. Cambiar de trabajo, buscar una caja, etc., todo se hace de prisa y corriendo. Hay una cadena (es la primera vez que veo una, y esto me ha hecho daño) en la cual, me ha dicho una obrera, han doblado la velocidad en cuatro años; y todavía hoy un contramaestre ha reemplazado a una obrera de la cadena de su máquina y ha trabajado diez minutos a toda velocidad (lo cual es muy fácil si descansas después) para demostrarle que debía ir más aprisa. Ayer tarde, a la salida, me encontraba en un estado de ánimo que ya puede usted imaginar (por suerte, el dolor de cabeza me deja respirar de vez en cuando); en el vestuario me ha sorprendido ver que las obreras eran capaces de charlar y no parecía que tuviesen esta rabia concentrada en el corazón que a mí me ha invadido. Algunas, no obstante (dos o tres), me han expresado sentimientos parecidos. Son las que están enfermas y no pueden descansar. Usted sabe que el pedaleo que la prensa exige es muy malo para las mujeres; una obrera me contó que habiendo tenido una salpingitis no había podido conseguir otro trabajo que el de las prensas. Ahora, por fin, ha conseguido dejar las máquinas, pero su salud está definitivamente echada a perder.

En cambio, una obrera que está en la cadena y con la cual hemos venido juntas en el tranvía, ha dicho que al cabo de algunos años, e incluso al cabo de uno solo, se llega a no sufrir ya, aunque se continúa sintiéndose embrutecida. Creo que éste es el último grado de envilecimiento. Me ha contado cómo ella y sus compañeras han llegado a dejarse reducir a semejante esclavitud (por otra parte ya lo sabía). Hace cinco o seis años, me dijo, se ganaban 70 francos diarios, y «por 70 francos hubiéramos aceptado cualquier cosa, nos hubiéramos matado». Ahora, incluso algunas que no tienen necesidad absoluta de ello están contentas de ganar en la cadena cuatro francos por hora y primas. ¿Quién ha sido, pues, el que, dentro del movimiento obrero o llamándose a él mismo obrero, ha tenido el coraje de decir durante el periodo de salarios altos que se estaba envileciendo y corrompiendo a la clase obrera? Es verdad que los obreros han merecido su suerte: pero la responsabilidad es colectiva y el sufrimiento individual. Un ser con el corazón en su sitio ha de llorar lágrimas de sangre si se encuentra preso dentro de este engranaje.

En cuanto a mí, debe usted preguntarse qué es lo que me permite resistir la tentación de evadirme, ya que no existe necesidad alguna de que me someta a estos sufrimientos. Voy a explicárselo: lo que me pasa es que, ni aun en los momentos en que ya no puedo más, siento semejante tentación. Estos sufrimientos no los siento como míos, los siento como sufrimientos de los obreros, y el que yo personalmente los asuma o no me parece un detalle sin importancia. Así, el deseo de conocer y comprender no tarda en llevárselos.

No obstante, no habría aguantado si me hubiesen dejado en aquel taller infernal. En el rincón en que ahora me encuentro estoy con obreros que no se desesperan. Jamás hubiera podido creer que entre uno y otro lado de una misma nave pudieran existir tales diferencias.

Bien, por hoy basta... Casi me arrepiento de haberle escrito. Ya tiene usted bastante con sus penas para que venga yo a molestarle con cosas tristes.

Afectuosamente,

S. W.

FRAGMENTOS DE CARTA

(Sin fecha ¿abril-mayo de 1936?)

 

Muy señor mío:

En principio, pienso ir dentro de quince días. Escribiré confirmándoselo.

En mi artículo sobre Antígona, puede poner de seudónimo: «Cleanto» (es el nombre de un griego que combinaba el estudio de la filosofía estoica con el oficio de aguador). Firmaría si no fuera por la cuestión del empleo eventual.

Si cree que me ha costado un esfuerzo presentar Antígona tal como lo he hecho, hace mal en darme las gracias: se dan las gracias a la gente por los aprietos en que se pone. Pero no es éste el caso, o por lo menos no es exactamente el mismo. Encuentro mucho más bello exponer el drama en toda su desnudez. Quizá en otros textos consiga esbozar, en pocas palabras, posibles aplicaciones a la vida contemporánea; espero que no le parecerán inaceptables.

Lo que, en cambio, me ha resultado penoso ha sido el hecho mismo de escribir teniendo siempre presente en el pensamiento la pregunta: ¿es que esto puede pasar? Esto no me había ocurrido nunca, y son muy pocas las consideraciones capaces de hacerme tomar una decisión. La pluma se resiste a este género de sujeciones cuando se ha aprendido a manejarla convenientemente. A pesar de todo, continuaré.

Tengo una gran ambición, en la cual no me atrevo casi ni a pensar. Tan difícil de realizar es. Consiste en escribir después de una serie de artículos, otro —comprensible y capaz de interesar a cualquier peón— que hable de la creación por los griegos de la ciencia moderna. Es una historia maravillosa y generalmente ignorada, incluso por gente culta.

No me ha comprendido usted en lo de los despidos. No es la arbitrariedad misma lo que quisiera ver limitada. Cuando se trata de una medida tan cruel (no es a usted a quien se dirige este reproche), ya de por sí la elección me parece hasta cierto punto indiferente. Lo que encuentro incompatible con la dignidad humana es el temor de desagradar, engendrado en los subordinados por creer que la elección del que van a despedir puede ser arbitraria. La regla más absurda en sí misma, pero fija, sería un progreso en este sentido. Y mejor aún, la organización de un control cualquiera, que permitiese a los obreros darse cuenta de que la elección no es arbitraria. Seguramente es usted único juez en este asunto. En todo caso, ¿cómo podría yo no considerar a hombres situados en esta situación moral como oprimidos? Lo cual no implica necesariamente que sea usted un opresor.

 

Muy señor mío:

Han ido pasando los días sin escribirle, en espera de poder fijar una fecha. Hasta hoy no me ha sido posible fijarla porque durante este tiempo no he estado muy bien de salud. Además, pasar todo un día visitando una fábrica es cansado; y sólo se aprovecha si se guarda hasta el fin la lucidez y la presencia de espíritu.

Vendré, salvo aviso en contra, el viernes 12 de junio, a 7:40, tal como convinimos.

Le traeré un nuevo escrito sobre otra tragedia de Sófocles. Pero no se lo dejaré si no encuentra usted disposiciones tipográficas aceptables. En este aspecto tengo que hacerle algunos reproches serios.

Pensándolo bien, no visitaré el alojamiento de los obreros. No puedo creer que una visita de este género deje de herir; y me harían falta consideraciones de mucho peso para arriesgarme a herir a la gente de ahí, máxime cuando ocurre que si se los hiere deben callarse e incluso sonreír.

Claro que cuando digo hay peligro de herir, en el fondo estoy convencida de que los obreros se sienten efectivamente heridos por cosas de este tipo, por poco que hayan guardado su orgullo. Supóngase que un visitante curioso desee conocer las condiciones de vida no sólo de los obreros, sino también del director, y que M. M. a este efecto le haga visitar la casa de usted. Se me hace difícil creer que usted encontrase la cosa tan natural. Y no veo diferencia alguna entre los dos casos.

He observado con placer que parece surgir cierta colaboración obrera en su periódico, a propósito del problema de los «crecientes». El artículo de la obrera que pide los suprima me ha impresionado mucho. Espero que me dará usted más informes sobre ella.

Con toda cordialidad.

 

S. Weil.

P. S. — Estoy también muy interesada por saber la repuesta a aquella carta que pide algunos artículos sobre la organización de la fábrica.

Miércoles (10 junio 1936).

 

Muy señor mío:

Me encuentro en la necesidad de ir a París mañana y pasado, a fin de ver a unos amigos que están de paso. Habrá, pues, que retrasar otra vez la visita.

Además, es mejor así. En este momento me sería imposible estar entre sus obreros sin felicitarlos calurosamente (1).

Supongo que no duda usted de la alegría y el sentimiento de liberación indecibles que ha dado este maravilloso movimiento de huelga. Las consecuencias serán las que sean. Pero no pueden hacer desaparecer el valor de estas bellas jornadas alegres y fraternales, ni el alivio que han experimentado los obreros al ver a los que los dominan doblegarse ante ellos.

Le escribo todo esto para que no existan equívocos entre nosotros. Si yo felicitara a sus obreros por su victoria, usted encontraría que abuso de su hospitalidad. Es mejor esperar a que las cosas se asienten. Si después de estas líneas consiente aún en recibirme...

Con toda cordialidad.

S. Weil.

(1) Hace referencia a los acontecimientos sociales de junio de 1936 en Francia.

 

Simone Weil, Ensayos sobre la condición obrera, Barcelona, Ediciones Nova Terra, 1962.

 


Kurt Tucholsky

PROSA EN EL ASFALTO

 

Negocios Berlineses

 

Los negocios berlineses se hacen de la manera siguiente: Un día te llama por teléfono una voz de señor. «Buenos días. Aquí la Unión Central Internacional… quisiéramos hablar con usted cuanto antes… ¡pero cuanto antes! ¿Cuándo le podemos esperar?». Tú dices que sí, que te pueden esperar y cuanto antes. De acuerdo. Y vas.

Te recibe con evidentes muestras de entusiasmo un hombre extraordinariamente amable y gordo. Dice que ha oído hablar mucho de ti, que está encantado de conocerte personalmente… te ofrece asiento, también un cigarro… ¿Cómo?… Bien, pues, al grano. Se trata de algo totalmente nuevo. De algo absoluta y categóricamente nuevo, y que enseguida han pensado en ti… en primer lugar porque eso sería imposible sin ti y, además, porque tú eres la persona más adecuada… En concreto… aunque todavía —dice— sea confidencial… lo que queremos hacer es una nueva revista. ¡Ah, por el amor de Dios! Pero no te caes de la silla, sino que miras al hombre pequeño y gordo amablemente, con buena educación, como se espera de ti. Sí —dice—, se trata de una nueva revista… participarán todas las primeras figuras y tú, como dibujante, también deberías participar. ¡Pero enseguida! ¡Pero inmediatamente! Únicamente quedarían algunas minucias… algunas formalidades… cosas sin importancia, ¿verdad? Por otro lado corre mucha prisa. ¿Tal vez ya se lo podrías entregar mañana…? ¿O tal vez anteayer? Pero se lo deberías entregar enseguida. Enseguida. Haces una reverencia graciosa y prometes: enseguida. De acuerdo. Movimiento de sillas. Apretón de manos. Tanto gusto. Fuera.

Fuera.

Durante las próximas cuatro semanas no vuelves a tener noticia de la Unión Central Internacional. Tú ya te has puesto manos a la obra a la mañana siguiente, has representado las piernas más bonitas de todos tus modelos, pintado el bosque más verde y la doselera más azul sobre el baldaquín… lo has embalado perfectamente todo junto, lo has enviado a la U. C. I. (¡Qué bien suena! ¡Tan potente económicamente!). Y a partir de aquí, nada.

Durante cuatro semanas no hay noticia. Entonces escribes una carta tímida.

Nada. Absolutamente nada. Te quedas hundido. Luego escribes otra, algo menos tímida. Pero no hay respuesta. Entonces llamas por teléfono. Responde una voz chillona de chica joven y dice, después de que tú hayas soltado toda la letanía de la oferta, lo que dicen todos los berlineses siguiendo una ley natural inexplicable cuando hablan por teléfono: «¡Un momento, por favor!». Y desaparece. Y entre tanto se corta la comunicación y te ponen con la Escuela de Comadronas de Colonia. Finalmente te sube la mosca a la nariz y cuelgas. A la U. C. I.

El hombre pequeño y gordo te recibe y está encantado. Tú no lo estás pero él sí. ¡Pase, por favor! ¿Un cigarro…? No, no quieres el cigarro. Información es lo que quieres. ¿Información sobre tus dibujos… sobre la revista…? Ah, tus dibujos… Y el hombre pequeño y gordo extrae de entre un montón de carpetas polvorientas aquellos dibujos tuyos tan precisos, con el encantador baldaquín y las piernas de modelo más bonitas, y dice: «¡Sí… totalmente fascinante! ¡Exactamente lo que esperábamos de usted! Pero todavía he de hablar con mi socio… han surgido unos pequeños problemas… esta temporada tenemos tanto trabajo… ¡Sólo he de hablar con mi socio…!».

En Berlín aparecen socios en estado salvaje. Son una tribu de negros peligrosa. Siempre se conoce sólo a uno. El otro es siempre el más fuerte y el alma del floreciente negocio. Siempre es el otro el que influye sobre el primero. Sobre el tuyo. Los socios hacen lo mismo que la impaciencia con el reloj. Lo paran.

Entretanto ha bajado mucha agua oleosa por el canal de la Landwehr. Las semanas van pasando. Ya te has olvidado totalmente de tus dibujos… Un día vuelves a ir a la U. C. I. De hecho, más bien por curiosidad. Con una sonrisa benévola y con toda la tranquilidad del mundo. Lejos de cualquier ardor juvenil, subes por las escaleras alfombradas. Y el hombre pequeño y gordo te recibe radiante.

¿Aquello de la revista…? Ah, aquella idea ya hace tiempo que se abandonó. «Mire usted, la coyuntura para las revistas es en estos momentos… ¿verdad?». No, ahora lo que quieren hacer —dice— es algo totalmente diferente. Una cosa totalmente grandiosa. Una cosa totalmente impresionante. A saber: una central de suministro de leche. Ahora es cuando coges resignado tu sombrero, sales y lloras amargamente.[1]

Y meditas. ¿Qué clase de ciudad es ésa? Cualquiera va rondando por aquí, con grandes proyectos y planificando cosas totalmente grandiosas. No hay ningún hombre de teatro que no esté a punto de abrir —¡pero eso todavía es confidencial!— un gran teatro nuevo; ningún cineasta que no esté acabando de preparar los últimos detalles de un macroconsorcio; ningún editor que no esté dispuesto a cantar las verdades…

Y entretanto no pasa nada.

Los negocios berlineses no se realizan gracias a sus empresarios, sino a pesar de sus empresarios.

Realmente, ¿no se están haciendo demasiados proyectos en esa bendita ciudad? ¿No están aparentando demasiado? ¿Laureles de antemano? ¿Letra de cambio al futuro? ¿No…?

¿No se está dilapidando demasiado en todas partes, en el teatro, en las revistas, en el mundo del cine, la energía de los otros, especialmente de los jóvenes artistas? Los que ya son mayores no lo toleran… ¿pero y cuando uno debe? ¿Cuando uno necesita dinero? Y vosotros os aprovecháis de él, que, lleno de esperanzas, va enviando proyectos… ¡Qué son las esperanzas, qué son los proyectos! Pasado mañana ya se habrán olvidado de todo: de vuestro proyecto, del artista y de los diseños. Y alegremente se lanzarán a la próxima elucubración…

«Su memoria no se conserva de un día para otro. Nunca tienen intención de terminar realmente una empresa. Fanfarronean, parlotean y anuncian a gritos que son un gran pueblo y que pronto toda la jungla hablará de sus actos, pero se asustan en cuanto cae una nuez… sueltan una carcajada estúpida o se escapan y todo lo demás queda olvidado». Eso lo dice Kipling. De los monos.

¡Pero escucha! ¿No está sonando el teléfono? «Aquí la Unión General de Cooperativas. ¿No nos podría tal vez usted…?».

Y el sabio cuelga el auricular con una sonrisa, lo ha escuchado todo en silencio y no cree ni una sola palabra. Y piensa en Don Quijote, un caballero español que quería realizar muchos actos heroicos.

(1920)

 

Nuestra Tierra

 

            Pero siempre tendrás un consuelo, un refugio, un

            lugar donde evadirte. Incluso en un entorno de

            llanuras hay árboles, ojos de agua te miran

            resplandecientes, los horizontes son amplios

            y hasta con un cielo tenebrosamente

            cubierto te llega el aliento del campo.

            ALFONS GOLDSCHMIDT:

            Deutschland Heute

 

Y ahora que a lo largo de muchas páginas hemos dicho no, hemos dicho no por compasión y no por amor, no por odio y no por pasión… ahora, por una vez, también queremos decir sí…: al paisaje y al país de Alemania.

Al país en el que hemos nacido y cuya lengua hablamos.

Prescindamos del Estado si amamos nuestra tierra. ¿Por qué precisamente ésta…? ¿Por qué no cualquier otro país…? Los hay muy bonitos.

Sí, pero nuestro corazón no habla allí. Y si habla, lo hace en otra lengua… tratamos de usted al suelo; lo admiramos, lo apreciamos… pero no es lo mismo.

No hay ningún motivo para arrodillarse ante cada uno de los rincones de Alemania ni para mentir: ¡qué bonito! Pero hay algo común en cada una de las regiones… y para cada uno de nosotros es algo diferente. A uno se le abre el corazón en las montañas, donde campos y prados miran hacia los pequeños caminos, a orillas de los lagos de montaña, donde huele a agua y a madera y a rocas, y donde se puede estar solo; si uno está ahí, en su tierra, oye el palpitar de su corazón. Eso ha sido ya tan falseado en libros malos, en versos aún más estúpidos y en películas, que casi nos avergonzamos de decir: amamos nuestra tierra. Pero quien sabe lo que es la música de las montañas, quien puede apreciar sus sonidos, quien percibe el ritmo de un paisaje… no, quien no siente nada más aparte de que él está en su casa, que ésta es su tierra, su montaña, su lago, aunque no tenga ni un palmo de tierra… hay un sentimiento más allá de cualquier política y es a partir de este sentimiento que amamos este país. Lo amamos porque el aire pasa por las calles así y no de otra forma, por el efecto de la luz al que estamos acostumbrados… por mil motivos que no se pueden enumerar, de los que ni tan sólo somos conscientes, a pesar de llevarlos en lo más profundo de la sangre.

La amamos a pesar de los espantosos errores en la arquitectura, falaz y anacrónica, que nos obliga a dar largos rodeos; intentamos no ver esas monstruosidades; amamos el país aunque en los bosques y en las plazas públicas nos amenaza más de una imagen de príncipe en forma de pastel…

Dejémosle amenazar, pensemos y sigamos paseando por los caminos del brezal, que es bonito a pesar de todo.

A veces esta belleza es aristocrática y no por eso menos alemana; no olvido que, alrededor de cualquier palacio de éstos, cien campesinos tuvieron que vivir en la miseria para que pudiera ser construido… pero a pesar de ello, a pesar de ello es bonito. No quiero que esto se convierta en un álbum de los que se ponen encima de la mesa el día del aniversario; hay ya muchos. Además siempre son incompletos… siempre hay otro lugar de Alemania, siempre hay otro rincón y otro paisaje que el fotógrafo no recogió… y además cada uno tiene su Alemania privada. La mía está al norte. Empieza en la Alemania central, donde el aire es tan claro por encima de los tejados, y a medida que se avanza hacia el norte, más fuerte late el corazón, hasta que se huele el mar. El mar… Ya unos cuantos kilómetros antes, de pronto, cada estaca, cada tejado de paja tiene un significado más profundo… nosotros sólo estamos aquí, dicen ellos, porque el mar está justo detrás de nosotros… estamos aquí por el mar. El viento sopla el arbusto en todas direcciones, entre los dientes cruje la arena fina…

El mar. Inolvidables los recuerdos de infancia; imborrable cada hora que has pasado allí… y cada año la renovada alegría y el «¡Buenos días!» y aunque el mar Mediterráneo sea tan azul… el mar alemán. Y el hayedo; y el musgo, tan blando que cuando se pisa no se oyen los pasos; y el pequeño estanque, en medio del bosque, sobre el que danzan los mosquitos… los árboles se pueden tocar, y cuando el viento murmura entre ellos entendemos su lengua. Jocosamente este libro lleva por título Alemania, Alemania por encima de todo, aquel verso imprudente de una poesía jactanciosa. No, Alemania no está por encima de todo ni es por encima de todo… jamás. Pero debe estar con todos, nuestro país. Valga insertar aquí la profesión de fe en la que debe desembocar este libro:

Sí, amamos este país.

 

Y ahora os quiero decir una cosa:

No es verdad que aquellos que se denominan «nacionales» y no son más que burgueses militaristas hayan arrendado este país y su lengua exclusivamente para ellos. Ni el representante del Gobierno, de levita, ni el profesor de instituto, ni los señores y las señoras del casco de acero son ellos solos Alemania. Nosotros también estamos aquí.

Ellos se llenan la boca gritando: «¡En nombre de Alemania…!». Exclaman: «¡Nosotros amamos este país, sólo nosotros lo amamos!». No es verdad.

En patriotismo nos dejamos superar por aquéllos… nosotros tenemos un sentimiento internacional. En el amor a nuestra tierra, por nadie… ni tan sólo por aquellos a cuyo nombre se ha inscrito el país en el registro de la propiedad. Es nuestro.

Y tan odiosos como me resultan aquellos que —opuestos a los nacionalistas— no encuentran absolutamente nada bueno en este país, ni un pelo, ni el bosque, ni el cielo, ni las olas… con la misma decisión nos guardaremos de caer, por ejemplo, en el patriotismo. Nos reímos de las banderas… pero amamos este país. Y así como las agrupaciones nacionalistas hacen sonar los tambores por los caminos… con el mismo derecho, exactamente con el mismo derecho, nosotros, nosotros que hemos nacido aquí, nosotros que escribimos y hablamos mejor el alemán que la mayoría de aquellos asnos nacionalistas… exactamente con el mismo derecho nos apropiamos de ríos y bosques, de playas y casas, de claros del bosque y prados: es nuestro país. Tenemos el derecho de odiar a Alemania… porque la amamos. Nos deben tener en cuenta, cuando hablen de Alemania, a nosotros: comunistas, jóvenes socialistas, pacifistas, amantes de la libertad de todo tipo; deben pensar en nosotros cuando piensen en «Alemania»… resultaría muy fácil actuar como si en Alemania sólo existieran las agrupaciones nacionalistas.

Alemania es un país dividido. Nosotros somos una parte.

Y en todas las contradicciones está —imperturbable, sin bandera, sin estribillos, sin sentimentalismo y sin espada desenvainada— el amor callado a nuestra tierra.

            (1929)

NOTA

[1] La frase final recoge casi literalmente dos versos del poema 55, «Ich habe im Traum geweinet» («En sueños he llorado»), del Intermezzo de Heinrich Heine: «Desperté y seguí / llorando amargamente».

 

Zwischen Gestern und Morgen (1960), Edicion de Mary Gerold-Tucholsky, Entre el ayer y el mañana (2003), Traducción de Jordi Jané, Barcelona, Acantilado.

 


Bertrand Russell

EXPERIENCIAS DE UN PACIFISTA

EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Mi vida fue tajantemente dividida en dos períodos por el estallido de la Primera Guerra Mundial, que me libró de muchos prejuicios y me hizo pensar de nuevo en algunas cuestiones fundamentales.

Como otros, había observado con espanto el creciente peligro de guerra. La primera vez que oí defender la política de la Entente, que no me agradaba nada, fue en 1902. Lo oí de labios de sir Edward Grey, durante una discusión sin importancia, en un club del que yo era miembro. Por aquel entonces, la política no había sido adoptada, ni sir Edward Grey era miembro del gobierno, pero conocía las intenciones del gobierno y estaba de acuerdo con ellas. Protesté con vehemencia. No me agradaba que me hicieran aliado de la Rusia zarista, y no veía obstáculos insuperables para un modus vivendi con la Alemania del kaiser. Preveía que una gran guerra señalaría el fin de una época y rebajaría drásticamente el nivel general de la civilización. Por esas razones, hubiera deseado que Inglaterra hubiera permanecido neutral. La historia posterior me ha confirmado en esta opinión.

En los calurosos días del final de aquel julio, estuve, en Cambridge, discutiendo la situación con todo el mundo. Me parecía imposible creer que Europa fuera tan loca como para lanzarse al conflicto, pero estaba persuadido de que, si había guerra, Inglaterra se vería envuelta en ella. Recogí las firmas de un gran número de profesores y agregados, en un manifiesto a favor de la neutralidad, que apareció en el Manchester Guardian. El día que la guerra fue declarada, casi todos ellos cambiaron de opinión. Recordando ese pasado, resulta extraordinario que no se tuviera una percepción más clara de lo que iba a ocurrir.

Pasé la noche del 4 de agosto andando por las calles, principalmente por los alrededores de Trafalgar Square, percibiendo la excitación de la multitud y dándome cuenta de las emociones de los transeúntes. Durante ese día y los siguientes, descubrí con asombro que la mujer y el hombre medio estaban contentos ante la perspectiva de la guerra. Había acariciado tiernamente la idea de que gobiernos despóticos y maquiavélicos imponían la guerra a pueblos que no la querían, como se imaginaron la mayoría de los pacifistas.

El patriotismo me torturó. Los éxitos de los alemanes antes de la batalla del Marne fueron horribles para mí. Deseé la derrota de Alemania tan ardientemente como un coronel retirado. Mi sentimiento más intenso es probablemente el amor a Inglaterra y, en aquellos momentos, significaba una renuncia muy difícil mi aparente despego hacia ella. A pesar de todo, no dudé ni un sólo momento lo que debía hacer. A veces, el escepticismo me ha paralizado; he sido cínico en ocasiones; otras veces, indiferente; pero, cuando llegó la guerra, actué como si oyese la voz de Dios. Sabía que mi cometido era protestar, por inútil que la protesta pudiese ser. Todo mi ser estaba comprometido en la empresa. Como amante de la verdad, la propaganda nacional de todas las naciones beligerantes me enfermaba. Como amante de la civilización, la regresión a la barbarie me aterraba. Como hombre de sentimientos paternales frustrados, la matanza de la juventud atormentaba mi corazón. Apenas podía suponer lo que ganaría oponiéndome a la guerra, pero tenía la impresión de que, por el honor de la naturaleza humana, los que no se habían derrumbado debían demostrar que se mantenían de pie. Después de ver los trenes de tropas salir de Waterloo, solían asaltarme extrañas visiones de Londres, en las que éste aparecía como un lugar irreal. Solía ver, con la imaginación, los puentes desplomándose y hundiéndose, y toda la gran ciudad desvaneciéndose como la niebla de la mañana. Sus habitantes empezaron a parecerme alucinaciones, y me preguntaba si el mundo en el que pensaba que había vivido no era sólo un producto de mis propias pesadillas febriles. Tales estados de ánimo, sin embargo, fueron breves, y la necesidad de trabajar terminó con ellos.

Hablé en muchos mítines pacifistas, por lo general sin incidentes, pero hubo uno, en apoyo de la revolución de Kerensky, que fue más violento. Tuvo lugar en la iglesia de la Fraternidad, en Southgate Road. Los periódicos patrióticos repartieron octavillas por todas las tabernas de los alrededores (es un distrito muy pobre), en las que se podía leer que estábamos en comunicación con los alemanes y que indicábamos a sus aviones los lugares donde debían arrojar las bombas. Esto nos hizo algo impopulares entre la vecindad y, muy pronto, una multitud tumultuosa se puso a asediar la iglesia. La mayoría de nosotros creímos que la resistencia sería inmoral, y, los que no, imprudente, puesto que algunos éramos completamente contrarios a cualquier violencia, y otros comprobaron que teníamos pocas fuerzas para resistir a toda la muchedumbre del suburbio que nos rodeaba. Algunos, entre ellos Francis Meynell, intentaron enfrentarse con ella, y recuerdo cómo le vi volver de la puerta con la cara llena de sangre. Nuestros asaltantes irrumpieron, en esto, conducidos por algunos militares; todos, menos los militares, estaban más o menos borrachos. Los más fieros eran algunas viragos que llevaban tablas con clavos oxidados. Los que dirigían intentaron inducir a las mujeres que estaban en nuestras filas a que se retiraran para poder tratarnos como creían que nos merecíamos los hombres pacifistas, a todos los cuales suponían cobardes. Mrs. Snowden se comportó en aquella ocasión de una manera muy admirable. Rehusó claramente abandonar la nave, si no se permitía a los hombres abandonarla al mismo tiempo. Las demás mujeres presentes estuvieron de acuerdo con ella. Esto desconcertó bastante a los que dirigían a los bribones, pues no deseaban expresamente atacar a mujeres. Pero, entretanto, la muchedumbre hervía de indignación y, de repente, se abrió el pandemónium. Cada uno de nosotros tuvo que escapar como pudo mientras la policía nos contemplaba calmosamente. Dos de las viragos borrachas empezaron a atacarme con sus tablas con clavos. Mientras me preguntaba cómo había que defenderse de un ataque de ese tipo, una de las señoras que estaba con nosotros acudió a los policías instándolos a que me defendieran. Pero la policía se limitó a encogerse de hombros. «Tengan en cuenta que es un filósofo eminente», dijo la señora, y el policía siguió encogiéndose de hombros. «Tenga en cuenta que es un profesor famoso en el mundo entero», añadió ella. El policía siguió inconmovible. «Mire que es hermano de un conde», acabó gritando ella. Entonces, la policía se precipitó a auxiliarme. Sin embargo, era demasiado tarde para que sirvieran de algo, y debo mi vida a una joven, a la que no conocía, que se interpuso entre las viragos y yo, el tiempo suficiente para que pudiera escaparme. Me siento feliz al decir que ella, gracias a la policía, no fue atacada. Pero un buen número de personas, incluyendo a varias mujeres, llevaban desgarrada la parte posterior de sus vestidos, al dejar el edificio.

El clérigo al que pertenecía la iglesia de la Fraternidad era un pacifista de notable coraje. A pesar de esa experiencia, me invitó en otra oportunidad a hacer un llamamiento en su iglesia. En esta ocasión, sin embargo, la muchedumbre prendió fuego al pulpito y el llamamiento no tuvo lugar. Estas son las dos únicas veces en que he tropezado con la violencia personal; los restantes mítines en que participé se desarrollaron sin disturbios. Pero tal es el poder de la propaganda de la prensa, que mis amigos no pacifistas vinieron a decirme: «¿Por qué continúa organizando mítines, si todos ellos son interrumpidos por la multitud?»

Durante cuatro meses y medio, en 1918, estuve preso, por hacer propaganda pacifista. Pero, gracias a la intervención de Arthur Balfour, estuve en primera categoría, así que, mientras permanecí en la prisión, pude leer y escribir todo lo que quise, con tal de que no hiciese propaganda pacifista. En muchos aspectos, encontré la prisión muy agradable. No tenía compromisos, no tenía que tomar decisiones difíciles, no tenía el temor a las visitas, ni interrupciones en mi trabajo. Leí una enormidad; escribí un libro, Introducción a la filosofía de la matemática, y empecé a trabajar en el Análisis de la mente. Mis compañeros de prisión me parecieron bastante interesantes y de ninguna manera inferiores moralmente al resto de las personas, aunque estuviesen, en conjunto, ligeramente por debajo del nivel general de inteligencia, como lo demostraba el hecho de haber sido detenidos. Para cualquiera que no esté en la primera categoría, particularmente si está acostumbrado a leer y escribir, la cárcel es un castigo terrible y severo; pero para mí, gracias a Arthur Balfour, no lo fue. A mi llegada me divertí mucho con el guardián de la puerta, que tuvo que hacerme la ficha. Me preguntó la religión que profesaba, y yo contesté: «agnóstico». Entonces me preguntó cómo se escribía esa palabra, y comentó, exhalando un suspiro: «Bueno, hay muchas religiones, pero supongo que todas ellas adoran al mismo Dios.» Esta observación me regocijó durante casi una semana.

Salí de la cárcel en septiembre de 1918, cuando estaba claro que la guerra iba a terminar. Durante las últimas semanas, como la mayoría de la gente, basé mis esperanzas en Wilson, en sus Catorce Puntos y en su Sociedad de Naciones. El final de la guerra fue tan rápido y dramático, que nadie tuvo tiempo de ajustar sus sentimientos al cambio de las circunstancias. Supe, en la mañana del 11 de noviembre, que el armisticio era inminente, algunas horas antes que la generalidad del público. Salí a la calle y se lo anuncié a un soldado belga, que dijo: «Tiens, c'est chic!» Entré en un estanco y se lo dije a la señora que me despachó. «Me alegro de ello —me contestó— porque ahora conseguiremos desembarazarnos de los prisioneros alemanes.» A las once en punto, cuando se anunció el armisticio, estaba en Tottenham Court Road. En dos minutos, toda la gente salió a la calle, de las oficinas y de las tiendas. Conducían los autobuses y los hacían ir a donde querían. Vi a un hombre y a una mujer completamente extraños un momento antes, que, al encontrarse en medio de la calle, se besaron. La multitud se regocijaba y yo también me regocijé. Pero permanecí tan solitario como antes.

Una dama que estuvo presente en la iglesia de la Fraternidad de Southgate en la ocasión descrita en la página 35 me ha informado que no fue la señora Snowden, sino Sylvia Pankhurst, quien se comportó de la admirable manera que he relatado!. Aunque mis recuerdos son diferentes en este punto, considero posible que yo esté equivocado.

 

Russell, Bertrand.  Retratos de memoria y otros ensayos. Madrid: Alianza Editorial, 1976.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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