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Eleazar Plaza

EL EXPERIMENTO ESTRADA

 

Uriel Estrada Calderón, fundador de Coomeva, era un hombre innovador. Nos contaba a su equipo de trabajo que la fundación de la cooperativa de los médicos del Valle obedeció a la imposibilidad de comprar un seguro colectivo. Estuvo en el momento y lugar preciso porque, averiguando entre los expertos, conoció a varios cooperativistas, entre ellos un cura, quienes le recomendaron crear una cooperativa para resolver el problema. Decenas de médicos le acompañaron en esta misión, pero muchos de ellos desertaron, como es de esperar en este tipo de iniciativas. Las innovaciones organizativas son más difíciles de llevar a cabo que las innovaciones de proceso o producto, o las comerciales, por el factor humano, por la actitud desconfiada y suspicaz del homo sapiens. Pese a las dificultades, el médico pediatra se salió con la suya y en marzo de 1964, como quedó registrado en los anales de la historia, se celebró solemnemente la fundación de Coomeva, con foto incluida. Estrada se tomó la foto con otros veintiséis médicos, adoptando la misma actitud serena y la misma postura ecuánime de los Pioneros de Rochdale en 1844. No hay ninguna mujer entre los ingleses, en cambio aparece la doctora Graciela Hurtado de Mazariegos en la foto de los colombianos. Apenas ahora se me ocurre que debí haberle preguntado quién tuvo la idea de una foto para la posteridad similar a la que se tomaron los ingleses dos siglos atrás. Los fundadores se siguieron tomando fotos en fechas significativas, a medida que Coomeva crecía en número de asociados, oferta de servicios y proyección nacional, y recuerdo haber visto una imagen con fecha 2014, cuando la cooperativa cumplió sus primeros 50 años, que mostraba la mitad de los fundadores, como se les llama institucionalmente, sentados en la silla ministerial. El paso del tiempo iba diezmando el mítico grupo de hombres y una mujer que se atrevieron a crear una organización solidaria con profesionales de buenos ingresos que acostumbran valerse por sí mismos en el mercado capitalista y no necesitan agruparse para lograr sus objetivos.

Cuando en Japón dominaban las cooperativas de distribución, en Alemania tenían participación en el mercado las cooperativas financieras y en USA proliferaban las cooperativas electrificadoras, hospitalarias y de vivienda, en Colombia se asociaba el cooperativismo con la pobreza, con los obreros y los campesinos, y los militantes de izquierda con alternativas económicas no capitalistas, como táctica y estrategia de poder. En general, un cooperativista no es un revolucionario ni un revolucionario tiende necesariamente hacia escenarios donde prevalecen la solidaridad, la mutualidad y la democracia económica, en la senda de la igualdad. No cualquier discurso contra el capitalismo, el individualismo y el monopolio estatal o privado encaja en el corpus cooperativo. La palabra capitalismo o anticapitalismo se escucha pocas veces en la cotidianidad de una organización cooperativa, que no es un foro ideológico ni un refugio de soñadores, sino una empresa de propiedad colectiva con asociados de distinta procedencia y condición social, de distinta ideología o creencia, unidos para trabajar, producir, generar riqueza y proveer bienestar a sus familiares. Es más, este sistema prohíbe expresamente el proselitismo político, religioso, racial, etc. Algunas personas se apasionan, se entregan en cuerpo y alma, hacen el curso de veinte horas, se afilian, participan en múltiples actividades y contribuyen al crecimiento de la organización, en cambio la mayoría solo busca obtener un crédito rápido y barato, y no desea participar en asambleas, leer y discutir los estatutos en comisiones y comprometerse a trabajar en su reglamentación.

A diferencia de los grupos, movimientos y partidos políticos, sean de derecha o izquierda, una cooperativa es una empresa formal que debe producir y comercializar bienes y servicios en el mercado para sobrevivir. Esta forma de organización creada para promover relaciones solidarias, ayuda mutua y democracia económica está conformada por personas heterogéneas  de izquierda, centro o derecha, unidas en su diversidad ideológica, que debaten sus posturas sin odio, sin muertos, proponiendo iniciativas innovadores, impulsando el desarrollo tecnológico y cumpliendo misiones específicas  en la generación de riqueza en un entorno competido y competitivo. Pero quizás lo más importante de todo esto es que este tipo de empresa se basa, como diría Mariátegui, en una moral de productores. La misión y visión que enmarcan y exhiben a la vista de propios y extraños las empresas lucrativas, como parte de su identidad corporativa, no son fruto de convicciones individuales y colectivas, como en la empresa cooperativa, sino piezas de publicidad dirigidas a socios, inversionistas y clientes, o más bien ejercicios de planeación estratégica. Según Fabio Orejuela Barberi, hacia 2014 el sector de economía solidaria en Colombia contaba con 4.088 instituciones, 5.823.347 asociados y 247.594 empleados. Cooperativas destacadas a nivel nacional son Equidad, Saludcoop, Colanta, La Solidaria, Cooprocenva, entre otras, pertenecientes a los sectores de salud, industrial, agrícola, tecnológico, educativo, transporte, crédito y consumo, emprendimiento, trabajo asociado, a veces bien, a veces regular y otras veces mal manejadas por sus asociados y directivos.

De la mano de Estrada, los médicos dirigieron una gran empresa y lograron su expansión en el territorio nacional del mismo modo que otras organizaciones del sector como las mencionadas anteriormente. El fundador era un hombre conservador en política y un innovador radical en temas de desarrollo, con una cartera de innovaciones asombrosa. En algún momento de su vida sufrió un traspié y se retiró de la dirección de Coomeva, aunque seguía influyendo con sus comentarios al gerente, al concejo de administración y a los principales funcionarios. En 1992 fundó Hábitat-Coop con un grupo de prestantes cooperativistas del país y un capital significativo aportado por otras organizaciones. Por la misma época fundó una empresa de reciclaje. Aparte de ello, intervino en la creación y desarrollo de una universidad con sede en Cali. Si algo había aprendido Estrada en su paso por el cooperativismo era el hecho de verse como un emprendedor y un inversionista. Un trabajador cooperativo no es un asalariado, es un inversionista en su propia empresa, un apostador de incertidumbres, un soñador de un mundo mejor. En cierta ocasión Estrada y su equipo de trabajo fueron a Sabaletas, Buenaventura, con la misión de acompañar a las comunidades en el cultivo de papa china y su transformación en harina y almidón, cumpliendo un convenio de cooperación con entidades alemanas. Como suele ocurrir en la regiones apartadas del país y olvidadas por el Estado, salió un emisario paramilitar y le dijo a la cooperativista de la parte alemana “señorita, sabemos que ustedes traen millones de euros para este proyecto, mi jefe les manda decir que dejemos las cosas así, que me entreguen la mitad del dinero y se vayan a sus casas, no les pasará nada…”. Pocos días después los cooperativistas volvieron, pero acompañados del embajador alemán, éste en un carro blindado, y escoltados por el ejército.

En los años noventa, con otros socios preventivos y predictivos, Estrada había invertido mucho dinero en la creación de una empresa de reciclaje, con un extenso terreno en Palmira y una maqueta de cómo sería la planta. Pensaban recolectar en la fuente y convertir la basura en dinero. Diez años después, cuando se temía la bancarrota, Estrada me pidió que hiciera una valoración económica de la empresa y para ello solicitó al gerente entregarme balance, estado de pérdidas y ganancias e inventario. El gerente me atendió con amabilidad y me llevó donde la secretaria. Con el manojo de llaves ella abrió varias puertas y me autorizó a sacar fotocopias de los documentos que considerara importantes. No hizo falta. Encontré muchas cajas de papeles y unos cuantos CD.  En los papeles se consignaban cargos, informes, diagramas, actas por doquier y nombres de gente experta de otros países. Muéstreme el registro de patentes, dije. Todavía no hemos patentado nada, respondió el gerente. Tenían una oficina bien dotada en Las Vallas, pero sin nómina ni empleados, con la sola presencia del gerente y su secretaria. Tenían planes, programas y proyectos en papel y en los computadores, pero no habían facturado. Es que en este país todo es mordida, el CVY (cómo voy yo), sentenció el gerente, y nuestra congregación nos prohíbe terminantemente sobornar a los funcionarios, o sea, nos exhorta a no fomentar la corrupción. Me despedí del gerente. No necesité elaborar ningún informe, fui donde Estrada y le manifesté “doctor, lo único que tienen es el terreno en Palmira, del resto se perdió todo”. Entonces procedieron a liquidar la empresa. Aun así no desmayaba en sus proyectos, que nos describía con emoción, minuciosamente, en el curso del trabajo. Uno de sus sueños era contribuir a la creación del banco mundial cooperativo, con el aporte de un 0.1% del patrimonio de las organizaciones afiliadas. Otro de sus sueños era construir vivienda cooperativa y fundar el primer municipio cooperativo de Colombia.

La obsesión de Estrada era la vivienda cooperativa, ausente en la legislación colombiana pese a las decenas de cartas que enviaba a los funcionarios del alto gobierno. Entre las razones de su importancia mencionaba el fortalecimiento del sentido de pertenencia y la derrota del egoísmo. Decía que resultaba menos costosa porque el gravamen recaía sobre una sola propiedad y no sobre muchas como en el caso de la vivienda individual. Vivir en comunidad, con asociados propietarios escogidos por la misma organización, en asambleas y reuniones, significaba mejorar la calidad de vida y el bienestar de los asociados y sus familias. En su exposición enumeraba una extensa lista de ideas innovadoras como la integración familiar, el ahorro de tiempo, el bienestar comunitario gracias al restaurante cooperativo, la lavandería, la guardería y el jardín infantil para atender a los párvulos, la piscina, la tienda, además de las áreas verdes y las zonas comunes para el sano esparcimiento. Para el médico pediatra resultó relativamente fácil convencer a sus compañeros de Coomeva de crear la primera cooperativa de vivienda del país. Entonces nació Los Fundadores, ubicada en la avenida Guadalupe, a unas cuadras de la autopista sur, con participación de la cooperativa Solidarios, creada entre profesores y trabajadores de la Universidad del Valle. Posteriormente el cooperativista innovador fundó Hábitat Coop, cooperativa de vivienda que aún funciona, con objeto de replicar lo hecho en Los Fundadores y sembrar el país de conjuntos de vivienda donde lo realmente importante es “construir buenos vecinos” y no solo bloques de cemento y ladrillo. Pese a que solo logró construir unas cuantas casas en Samaniego, Nariño, Estrada persistió en su empeño y desarrolló con su equipo de trabajo la figura de los componentes, aspectos que debían trabajarse para mostrar resultados tangibles a los socios, al gobierno y a los organismos de cooperación, incluso a la banca mundial, como un sistema productivo, una cadena de valor, un sistema de distribución, una plataforma educativa, entre otros.

A este y otros descubrimientos casuales en su periplo cooperativo Estrada les llamaba “Itinerario imprevisto” e incluso tenía pensado publicar un libro en el cual contaría las tantas veces que el destino cambió de forma inesperada el rumbo de su vida. Pero el gran sueño del doctor Estrada fue la cooperativización de un municipio en Colombia, al menos uno así fuera el más pequeño. Se presentaron oportunidades en ciudades grandes como Cartagena, Buenaventura, Palmira, en la región petrolera y en Venezuela, por invitación de los gobiernos y las instituciones de desarrollo. El trabajo cooperativo era la vacuna contra la violencia, según Estrada, mediado por la educación cooperativa, la capitalización y la inversión social, la capacidad productiva, la formación de competencias y el semillero. Quería demostrar que el cooperativismo era capaz de transformar la realidad colombiana, a punta de convicciones y trabajo, y por añadidura desterrar los factores generadores de conflicto y violencia. El hombre innovador estuvo con su equipo de trabajo en Palmira, por espacio de varios meses y por invitación del alcalde, el presidente del concejo y algunos concejales de esta ciudad vecina de Cali. Para los centenares de palmiranos que participaron en el proyecto era maravilloso trabajar con Estrada, recibir lecciones sobre cooperativismo de un hombre sabio y contagiarse del entusiasmo y las expectativas de sus paisanos cuyo número crecía en proporciones nunca imaginadas. Se formaron equipos de trabajo en construcción de vivienda con arquitectos e ingenieros, en educación cooperativa con la participación de jóvenes pedagogos, hombres y mujeres, de la Villa de Las Palmas, y en emprendimiento productivo con la vinculación de estudiantes de carreras administrativas e ingenieriles. Por parte de Hábitat-Coop trabajaron numerosos expertos (en un proyecto cualquiera de la marca Estrada participaban por lo menos 50 profesionales) en diversos campos del conocimiento: procesos, finanzas, suministros, logística, ciencia y tecnología, planificación, construcción, ingeniería sanitaria. Las familias pondrían diez mil pesos mensuales, el municipio otros diez y el gobierno tres veces el capital formado en la localidad. Como la población objetivo estaba compuesta por diez mil familias, se proyectaba un recaudo de 600 millones de pesos mensuales, sin contar el capital inteligente, los activos de los participantes, vehículos, maquinaria, locales y especialmente el trabajo de los cooperados.

En sus viajes por el mundo Estrada había ido observando las buenas prácticas que completaban el mapa de su proyecto de desarrollo. La idea del municipio cooperativo se le había metido a la cabeza después de conocer cooperativas y líderes cooperativos en los cantones suizos, los mismos que la gente elegía para que la representaran en los gobiernos locales. Probablemente los suizos pensaban que sería más fácil si se apoyaban en el poder político que limitándose a la eficacia empresarial en la competencia comercial. No podía replicarse esta experiencia sin la organización, la preparación y la convicción del talento humano en el modelo, sin la imaginación y la creatividad de los expertos, como diría Rodolfo Llinás, para simplificar la complejidad del mundo, pues eran muchas piezas las que debían armarse, como un rompecabezas, con los experimentados y los novatos en el terreno de los acontecimientos. En este punto coincidía con Fermín González, un activista de izquierda, trotskista para más señas, para quien había que ponerse la chompa (el buzo) mientras se iba tejiendo.

Uriel Estrada Calderón falleció el martes 20 junio de 2017 cuando su cooperativa de vivienda se hallaba cada vez más sola. Desde 1992, durante veinticinco años de trabajo, según las actas del Consejo de Administración, Hábitat-Coop afilió miles de cooperados, muchos de los cuales llegaban de cooperativas exitosas o fracasadas. Llegaban y se iban, llegaban y se iban, algunos se iban por un tiempo, otros se iban para no volver jamás. Muchos hombres y mujeres que solicitaron afiliación para trabajar en los proyectos de Estrada venían de hacer historia en el movimiento cooperativo colombiano. Cada uno de estos seres humanos es una leyenda y no habrá tiempo ni biógrafos que puedan contar siquiera una anécdota que resuma, cual sinécdoque, una historia de vida poblada de utopías y experimentos sociales.

 


EL ETERNO

 

Quizás se necesite mucho papel y más de 100 volúmenes, muchos terabytes de contenido en internet, para compendiar las anécdotas de los amigos de Elmo Valencia. Hace un par de días Óscar Olarte nos hizo una breve semblanza del poeta, nos entretuvo una hora con sus minutos a William Aulestia y a quien firma este comentario, y destacó su espíritu de muchacho, su inagotable sentido del humor y sus payasadas. Manifestó que Elmonje Loco, como le llamaban sus amigos, le había confesado que se sentía solo y triste en aquel ancianato. Dos meses vivió en ese lugar antes de recibir la visita de la muerte. Cuatro meses atrás había ido a buscarlo con Carlos Gómez, con llamada previa, pero la dirección no coincidía, hasta que nos dio por buscar en una calle paralela y allí era. Elmo contestó la llamada por celular y dijo que estaba acostado. Prometí volver otro día. Cuando pasaba por el restaurante de la carrera sexta me daba por girar la cabeza a la derecha para buscarlo entre los comensales, me enfocaba en la mesa donde se hallaba almorzando la última vez. Fue Hernando Guerra quien me llamó el día de su muerte para comunicarme el fatal suceso. La noticia se regó inmediatamente en la prensa y en internet. Ese mismo día por la noche fuimos al velorio con Jorge Ordóñez y saludamos a Stephen, su hijo, a una prima y otros familiares, entramos al fondo de la capilla y firmamos el libro de visitas. El féretro estaba sellado. Salimos a socializar con los deudos. A un costado de la capilla donde velaban al poeta, un enjambre de murciélagos revoloteaba en las ramas frondosas de un algarrobo. Parecía el jolgorio de pájaros infantiles que aprendían a volar y también parecía la despedida alocada de amigos recientes del poeta, ángeles negros que se burlaban de la muerte. No hacía falta utilizar filtros para inventar la noche tenebrosa, para suscitar suspenso y temores en el público cautivo, el vuelo alborotado de los animaluchos del gótico rompía la aparente quietud y el mutismo del ancianato.

El lugar donde se encontraba el cuerpo del poeta era inmenso, se veía que sus gestores no tuvieron noción de mezquindad y quisieron oponerse a la estrechez dominante en el estilo de vida actual. El camino de entrada era ancho, el parqueadero espacioso como para un centenar de carros, la zona verde generosa, como una cancha de fútbol, y una hilera de árboles robustos le daban un tono tenebroso al lugar, todavía más por las sombras de la noche. Las piezas habitadas por los caballeros de la tercera edad, personas en situación de abandono, hombres y mujeres desamparados, gente completamente sola o que se sentía expulsada del mundo, eran amplias y bien iluminadas. De esta manera podían retratarse en el espejo como pacientes terminales del ancianato (Geriátrico San Miguel se leía en una placa) y esperar tranquilos la sentencia final, sin el estrés que produce la sensación de encierro. La mayoría de viviendas mostraba la presencia de visitantes y por la edad de los mismos podía inferirse que los internos se acompañaban mutuamente para repeler la soledad y el asedio de las parcas. Viéndolo bien, el ancianato San Miguel era el sitio perfecto para un thriller perfecto sobre la muerte del poeta. Y de hecho tenía un aire familiar, una atmósfera similar a Carne de tu carne, Pura sangre o La mansión de Araucaima, pero solo la atmósfera porque bien sabemos que estas películas son balbuceos cinematográficos de gente caleña. Por sus características el ancianato pudo haber sido el escenario de Cul de sac o El resplandor, películas provistas de una narrativa tensionante gracias a su dramaturgia. En realidad, un director inteligente que viera las visitas que intercambiaban los inquilinos del Hades, prescindiría de la sapiencia de su personal especializado en imagen, llámese escenógrafo, camarógrafo o fotógrafo, o de la habilidad del guionista para elucubrar el diálogo siniestro.

A Elmo Valencia le gustaba la narrativa, la ficción de la vida en desarrollo, más que las evocaciones del pasado. Es decir, prefería la inventiva de la imaginación antes que la artesanía del recuerdo. Y eso que era un hombre de andar recordando. Más de la mitad de sus conversaciones se referían a eventos del pasado y los nombres que más mencionaba eran Jota, Gonzalo y Allen Ginsberg, este último completo, pues nunca le escuché decir Allen o Ginsberg por separado. Muchas veces repitió exactamente situaciones vividas con el presidente Alfonso López de quien fue secretario. Pero esta afición por la anécdota se esfumaba cuando aparecía en escena el duende de la narrativa. Aunque Hugo García tuviera Islanada como su libro de cabecera, Elmo parecía dudar de la calidad de su novela. No era un hombre empecinado en defender su trabajo a capa y espada. En una ocasión llegó al apartamento diciendo “me encontré con Zamorano y me dijo que había leído El cielo de Paris, me prometió hacer una reedición pero que necesita mejoras”. Las necesita, pensé. Le dije “tengo al editor”. Pasaron los meses y los años y nunca hablamos con Zamorano. Incluso me había adelantado haciéndole una modificación al primer párrafo como prueba del efecto que produce el trabajo de edición en novelas abortadas. El mismo Jotamario señala en el prólogo que la novela presenta problemas estructurales. Como pocos escritores Elmo reconocía la importancia de la edición, la cirugía del texto o la filigrana de la composición literaria, frases con las que promocionaba entre los impresores este oficio inédito en la cultura caleña. Lo que hace Feriva es corrección de estilo, le decía, lo que hace Villegas es fotografía, lo que imprime tal o cual editorial es fama. Andrés Caicedo tuvo que abrirse camino solo, sin editor, sin agente literario, o quizás con la ayuda de Fernando Garavito, buen lector. Gabo fue descubierto en Argentina. Logoi  fue publicado en México en 1983 y pese a la consagración de Vallejo como novelista, siete lustros después, no es texto en colegios y universidades.

Solo tenía Islanada pero con el tiempo fui leyendo otros títulos que traía el poeta de Bogotá, ediciones bien cuidadas de editoriales grandes y sus ediciones artesanales del propio bolsillo, digitadas, impresas y encuadernadas por una joven que era al mismo tiempo su secretaria, su asistente editorial y su albacea literaria. En una ocasión llamé al celular de Elmo desde un hotel de La Candelaria. No contestó. Llamé al celular que aparecía en los libros. Tampoco me contestaron. Dejé un mensaje. Al siguiente día recibí la llamada de la joven (parecía veintiañera por el timbre de su voz), pero mi persona estaba viajando hacia Tunja. De todos modos, me prometió trasmitir el mensaje de saludo. Nunca me vi con el poeta en la capital, nunca fuimos a mirar libros ni a tomar un tinto a una cafetería tradicional. Todo sucedió en Cali. Así como a Hernando Guerra, le anunciaba un viaje inminente a Bogotá pero éste se postergaba una y otra vez. El interés de Elmo tiraba hacia la literatura y con el tiempo era lo que nos acercaba, este tipo de interés no conoce límites. Cual lector de biblioteca pública, llegaba a mi casa y revisaba autores y títulos en la estantería, sacaba un incunable y lo leía por partes. Lo dejaba en la mesa y cuando volvía reanudaba su lectura. Nos regalábamos libros. Dos últimos libros recibidos fueron una antología surrealista impresa en Venezuela y una edición de Calzadilla, poeta venezolano, publicada por Eafit. Sin embargo, Elmo no era libresco, era un poeta de la vida.

Conocí a Elmo ya viejo, tendría setenta años, a través de una amiga muy querida con estudios de maestría y vocación política. La amiga insistía en sus candidaturas con diferentes agrupaciones sin alcanzar los votos necesarios para llegar al poder. La habíamos visto como candidata al Concejo de Cali por la ASI, a la Asamblea del Valle por el Polo y nuevamente a la Asamblea por el partido de la U. “Vení con el Monje”, me dijo ella en la recta final de la campaña de 2015 y me dio las coordenadas del restaurante donde se reunirían los candidatos, sus patrocinadores y seguidores. El negocio en el barrio La Merced, en el norte de Cali, estaba vacío, había unas quince personas que no se sabía si eran seguidoras de la campaña o clientes habituales. “La gente no cree en la política”, pensé, pero a los pocos minutos, en menos de lo que canta un gallo, el restaurante se llenó de pueblo, de líderes populares, personalidades de la academia y viejos zorros de la política, en su mayoría sancionados, destituidos o condenados. Aquella vez, como tantas otras, Elmo fue el centro de atención por un rato, con saludos y homenajes, aplausos y micrófonos para que dijera unas palabras. Eran los anfitriones Roy Barreras junior, la amiga con maestría y una amiga de la amiga, que contra todo pronóstico salió elegida concejal para el período 2016-2019. Me hice ilusiones con el resultado electoral. Creí que cambiaría la suerte del poeta y la misma amiga política creyó que saldría algo en el Concejo, un contrato, un proyecto o una pensión. Decían que había una ley que otorgaba pensión a los artistas de Colombia con mayoría de edad. Elmo tuvo que volver a Cali por recomendación del médico, mejor aún, así podía apersonarse en la reclamación de sus derechos. No pasó nada, el mismo final de la crónica anunciada “y fueron felices para toda la vida”. Lástima, una vez instalada en el cabildo municipal, la concejala no tuvo rigor ni vigor para solicitar al ordenador del gasto que pagara a Elmo unos recitales, unos talleres o la publicación de sus libros.

Con el tiempo llegué a pensar que la amistad con Elmo estuvo mediada por ciertos escritos iconoclastas y parodias publicados en el periódico El Arte o en Arte y parte. Descubrí que estos subgéneros eran recurrentes en la creación literaria elmodiana y que, excepto los retruécanos constantes en su vida y obra, juegos de palabras sin los cuales el nadaísmo desaparece como tal, teníamos en común una pelea casada con los dioses. Durante veinte años vi al mismo Elmo, viejo como Matusalén, eterno como el espacio-tiempo. Pero en el último año lo vi envejecer en forma acelerada, entre agosto de 2016 y 2017 su cuerpo y su rostro mostraban los estragos de la edad, como si hubiese dado un salto de veinte años, como si en algún viaje hubiese perdido el espejo gracias al cual se mantenía joven. Con mi familia, con esposa de cuarenta e hija de trece, fuimos a celebrar los noventa del poeta en una tertulia organizada por sus amigos. Elmo nos recordaba todos los días la fecha y hora y nosotros estábamos entusiasmados. Incluso llegamos a pensar que el poeta apagaría las velas y comería la torta en una casa campestre. Era un sitio muy raro, como un cuarto contiguo a una azotea en un quinto piso, al cual se entraba directo con el abrir y cerrar de ojos de un ascensor, un espacio pequeño dotado de sillas plásticas y un par de sombrillas. Había gente importante, intelectuales, políticos y periodistas, artistas profesionales y aficionados, rostros conocidos de la televisión y el cine, escritores de reconocido prestigio. Algunos llegaban con regalos, con comestibles y bebidas, que el organizador y dos amigos guardaban en un depósito. Salió un chef muy elegante, muy convincente, a recitar el menú del día. Una que otra personalidad hizo su pedido. Pedí un plato para mi hija, que estaba que se moría del hambre; además, solo tenía veinte mil pesos. Comenzaron las intervenciones y nos aburrimos pronto; aprovechamos que alguien fue expulsado del ascensor para correr a meternos en él. Una mano quiso detener el aparato y no fue capaz. Tal vez dijo “por qué se van, todavía falta lo mejor”. Serían las cuatro de la tarde y la familia fue al centro a buscar almuerzo.

Sabía que tenía que verme con Elmo temprano, entre seis y siete de la noche, pero el trabajo me lo impedía, y a veces llegaba a las nueve o más tarde. Con mi esposa, que estaba de vacaciones en Cali, un diciembre de feria, fuimos al restaurante Las Palmas, en la calle Real, a recogerlo para llevarlo al apartamento. Estaba azarado porque debía ir por la hija al apartamento de Adiela en la calle trece, y me fui alejando de ellos. Elmo se sintió abandonado y nos dijo que iría solo hasta el apartamento, que allá nos esperaba. El problema era que olvidaba la realidad del tiempo y su impacto en el cuerpo de Elmo, su actividad silenciosa en los órganos vitales, pues por fuera lo veía como en los noventa, época en que empecé a tratarlo, un hombre vital, con una imaginación portentosa y un humor a prueba de balas. Nunca dejó de ser un muchacho, incluso cuando protestaba porque lo dejaba rezagado a una cuadra. Tras esa experiencia le pedía a mi esposa que lo acompañara hasta el apartamento, mientras iba por la hija, que prefería jugar con unos perros a disfrutar de los eventos y las caminatas de la feria. Ellas aprendieron a compartir otra velocidad y otro ritmo, supieron lo que significaba convivir con un hombre que bordeaba el siglo, y fue una lección de vida que jamás olvidarán. Cuando le dije a mi hija que había muerto, pude ver el rictus de dolor en su rostro, la conciencia de la falta de alguien que estuvo presente en su crecimiento, entre la etapa de la niñez y la adolescencia. “Ha muerto Elmo”, escribió mi esposa en el whatsapp, reiniciando el intercambio de mensajes que estuvo suspendido durante dos semanas.

Elmo sigue siendo el hombre del barrio, el muchacho de la gallada, el compañero de aventuras urbanas, el amigo de todos. Quien quiera seguirle la pista tiene que vérselas con la eternidad. Si alguien quiere mantenerse ocupado por el resto del siglo recopilando las anécdotas de los amigos del poeta, los testimonios de quienes le acompañaron un trecho corto o largo de su existencia, solo tiene que crear un blog en internet y administrarlo día y noche, cargar y descargar parihuelas de papeles como un capitán que conduce por su cuenta y riesgo una de las embarcaciones más preciadas del nadaísmo, una nave que tiene por misión llevar a buen puerto los manuscritos obsesivos de un poeta enamorado de la mitología griega.

 

EL ESCRITOR VALIENTE

 

James estudió literatura en la Universidad Santiago de Cali y fue alumno de Edgar Rúales. Cuando se abrió el taller literario La Broka, dirigido por el profesor Rúales, James pudo revelar su carácter recio. James era talentoso como Rolando, pero a diferencia de éste no escribía prosa sino poesía, como la mayoría de muchachos en progreso. Un día le dije lo tuyo es el cuento. Los comentarios de sus compañeros del taller le convencieron de renunciar a la poesía. No estaban mal las narraciones que entregaba a La Broka. James se fue del país, no recuerdo haberme despedido del cuentista promisorio. Fue por esa época que empezamos a publicar Rosa Blindada. No recuerdo haber leído ningún cuento de James en los escasos cuatro números de la revista. En cambio hay un cuento de Rolando en el número tres, que fue celebrado por Clemencia, Augusto, Aníbal. Quizás alguien mejor informado, dónde, cuándo, no se sabe, comentó que James estaba viviendo en México. Hasta ese momento nadie sabía de su estadía en el país del norte excepto James. Nueva información, James acaba de volver a Colombia y viene a Cali en un vuelo de Mexicana de Aviación. Pasaron los días, todavía no se celebraba la fiesta del reencuentro y se especulaba sobre el motivo de su viaje. De pronto no fue un secreto celosamente guardado porque pronto se supo que James había estado preso en México. Nuevas especulaciones. Que no era el mismo muchacho locuaz, mordaz y juguetón del taller literario se vio, sin lugar a dudas, en la reunión celebrada en su casa finca del Aguacatal. Lo vimos golpeado emocionalmente, bastante desconcentrado en la conversación, parecía otro James, un impostor. 

En la cárcel, dicho por el mismo James, leyó a los escritores mexicanos, entre otros a José Revueltas, y escribió cuentos. Allá dentro no perdió el tiempo y estudió la vida de los presos, particularmente la rutina de un hombre que se alimentaba de fermentos, un gordo falso, un hombre fofo, de carnes desganadas, inflado de gases. Es en la cárcel, en la contemplación del hombre fofo, que recibe la visita de las musas para escribir su famoso cuento El Buitre, que fue su boleta de libertad por orden de la Dirección Penitenciaria. A los demás presos les pareció lógico que un cuento de cinco páginas tuviese más valor que una tonelada de cocaína, que un breve cuento valiese no un puñado de dólares sino un montón de billetes que convencen al juez más promiscuo. James obtuvo su libertad con El Buitre, de por sí un hecho inverosímil como todo lo que ocurre en la región. No necesitó decenas de miles de millones de dólares, como el Chapo Guzmán, para comprar alcaides, guardias, esbirros, jueces, gobernadores, etc., para reconquistar esa cosa tan bella llamada libertad. Para James fue suficiente ganar un concurso nacional de cuento en el país azteca (es verdad, hemos visto el recorte de prensa) y para el director del penal fue suficiente una llamada rápida del gobernador del estado ordenando la salida del escritor colombiano. No había ninguna posibilidad de equivocarse, nadie estaba chantajeando a nadie. Entonces James, el escritor valiente, salió agotado de la cárcel manita para regresar a Colombia. 

James tuvo pequeños problemas para graduarse. La universidad pedía un informe de lectura. James no estaba de acuerdo con la selección, muchos lugares comunes, como es normal entre gente inclinada a la copia. Me pidió ayuda. Nos sentamos a hacer la lista, veinte títulos, él fue escribiendo y yo fui dictando un resumen de las obras. Y ahora, ¿dónde consigo estos libros?, peguntó. Yo los tengo, respondí, fresco. Doble fondo, Diamantes y pedernales, Ocaso de sirenas, La feria, Epigramas de Juvenal, Los sangurimas, Historia de macacos, Prosas apátridas, Plenilunio, Nadie encendía las lámparas, El cielo de esmalte, etc., fueron leídos con mucha dedicación por el estudiante rebelde. La estrategia funcionó, el jurado no tenía tiempo para leer veinte libros supuestamente raros de autores latinoamericanos. El grupo de profesores deliberó, hizo un simulacro de análisis del informe presentado por el estudiante y al cabo de media hora firmó el acta de aprobación. Una vez diligenciado el informe de lectura James se dirigió al banco a consignar el valor estipulado para tener derecho a graduarse como Licenciado en Literatura. Como es lógico, celebramos en su casa finca en el Aguacatal. Había comida para un mes sin tener que ir a Cali o a buscar provisiones en las tiendas del lugar. En su casa compraban a bajo precio, en Cavasa o en la Galería Santa Elena, costales de arroz, granos, panela, papa, maíz (para los pollos y la arepa), galones de aceite, arrobas de carbón. Alguien le hizo una broma pesada a Edgar Rúales, que borracho montó en su moto para irse, con tan mala suerte que se estrelló y se rompió una pierna. James se burlaba y los demás se tiraban al río Aguacatal con ropa y todo. Un borracho por poco se ahoga en un charco. El padre de James era un hombre generoso y recto, que no admitía esta clase de juegos, pero estaba dormido.

Vino una bella mexicana en plan de vacaciones y consideraciones de matrimonio, una funcionaria del departamento de prisiones del distrito federal, novia de James mientras este estuvo encarcelado. La pasamos rico, la mexicana era muy sociable y alegre, se expresaba bien, quizás tenía sueños de escritora y admiraba el trabajo de su novio. Todos estaban enamorados de la mexicana, especialmente Jaime Vélez, que en ese tiempo usaba cola. Como es natural, los ánimos desfallecieron, como que la gente sentía el llamado de la Sultana del Valle, la fiesta se fue apagando y uno a uno los invitados comenzaron a despedirse en sus vehículos o en un yip que hacía la ruta Aguacatal-Cali con gente muy pobre de las laderas de Terrón. Como estaba programado, llegó la hora, el día, el momento triste y nostálgico, y la mexicana se despidió. Hasta ese punto llegaba la reunión, la fiesta del reencuentro, los invitados entendimos el aviso, la felicidad es intermitente, tuvimos que dejar a James desconcertado, con la mente revuelta de imágenes terribles, al borde la locura. Finalmente, los remisos salieron en busca de los vehículos en un grupo abultado, todos los demás habían retomado con resignación sus actividades habituales en la ciudad. La mexicana nunca más volvió a Colombia, han pasado casi treinta años y nunca le hemos preguntado a James ¿quiubo, buey, onde anda tu novia?

En Colombia se publican miles de obras de ficción diariamente en el sistema de autoedición o también llamado del propio bolsillo. James público un libro de cuentos que fue texto en los colegios de Cali, me consta que los muchachos iban a las librerías a preguntar por La muerte ronda esta casa y otros cuentos y posteriormente por El ocaso de una mula y otras bestialidades. Las existencias se agotaban y el autor tenía que hacer nuevas ediciones. La última vez que vi La muerte en Santa Rosa, hace años, iba en la quinta edición. James escribió un tercer libro de cuentos, que hasta donde tengo noticias no ha publicado, y estaba preparando una novela. Pudo llegar a ser el Hernán Hoyos del cuento maloso, pendenciero, pero prefirió meterse a la docencia y asegurar su estabilidad económica. Pero esto no quiere decir que el autor sea un cobarde. Me han dicho que está trabajando en una institución educativa con el escritor Alberto Esquivel, ganador del premio de novela Plaza & Janés en 1985 (dato de internet). Cuando estuvo en Cenproes James organizó concursos de cuento y poesía y no ha perdido la costumbre de fomentar la creación literaria. En el colegio parecía un amansador de jóvenes, un profesor que cumple con su horario de clase, pero seguía siendo arriesgado y valiente. Con James puede hablarse de política, guerrilla, guevarismo, oligarquía y revolución sin prevenciones, sin cuidarse de incomodar a los demás, sin miedo de proferir una opinión militante, radical, ortodoxa, presuntamente mamerta. Viendo la forma burlona de discutir de James cabe imaginar sus réplicas a los críticos del mamertismo, su estilo entre irónico, bizarro y cínico. Lo primero y quizás lo único que anima a James es la justicia social, que se predica en todo el territorio nacional, pero don territorio, de hecho, suele estar en desacuerdo con la dignidad humana.

¿James? ¿Quién es James? ¿Cuántos premios ha ganado? ¿Por qué hablan de un autor totalmente desconocido, se preguntará el lector, un don nadie? En ese caso podemos hablar de Natalia Springer y su millonario contrato con la Fiscalía. La niña Natalia, jefa de  la firma Springer Von Schwarzenberg, ha contratado con la Fiscalía para ayudar en la metodología de esclarecimiento de los crímenes de la delincuencia común y las Farc, por un valor de $895 millones (4 mil millones, dicen las malas lenguas) y ha entregado un informe de resultados que da pena, que puede elaborar cualquier estudiante de segundo semestre de ingeniería mecánica. Dice que los miembros de las Farc son terroristas. Así es como trabajan los políticos y sus contratistas, no tienen pudor, no saben presentar un informe, desde un punto de vista moral y técnico. No tienen sensibilidad, no saben expresarse, no hablan con sinceridad, con afecto, están contagiados de la mediocridad política, odian la actividad artística y el humanismo. La peste de la politiquería amenaza con liquidar la civilización, ya acabó con la armonía de la gente, ahora quiere acabar con su fe en las instituciones democráticas. Corremos el riesgo de volver al Medioevo, al esclavismo, al oscurantismo primitivo, mientras nos asalta una pesadilla, esperamos callados la deserción de la fiera, cansada de esperar su presa día y noche al pie de la cueva.

Hacemos la semblanza de James por las circunstancias que rodean a Colombia, que hace que los escritores se marchen, se escondan o empuñen la bandera del patriotismo. James no es un apátrida, es un escritor valiente que ama a su país, un hombre decidido a recobrar la libertad. No todo escritor que critique las estupideces del sistema prevaleciente es enemigo de su país. James es un escritor de izquierda que observa el crecimiento de la derecha sin entregarse al escepticismo, es un hombre que celebra el triunfo de su grupo político con salvedades. James nunca ha renegado de su ideología y no es por ello que ha logrado sobrevivir, como muchos militantes y simpatizantes de izquierda, a la guerra sucia. Muchos de sus amigos de la UP fueron muertos cobardemente por la mano negra, por las fuerzas oscuras, pero James se salvó milagrosamente. Los asesinos no solamente provienen de la oligarquía, que se vale de los uniformados con dotación oficial o sin esta, también están en la calle, en los bajos fondos, en la olla, dispuestos a matar por un mendrugo de pan o hacer el trabajo sucio de los señores de la guerra. En cierta ocasión fuimos a visitar a una amiga y James dejó su auto en el parqueadero externo del conjunto residencial. Cuando salimos, tres horas después, el auto no estaba, se lo habían robado. Al cabo de pesquisas y llamadas por celular, tuvo que pagar rescate a los secuestradores y escuchar el sitio exacto donde abandonarían el auto. La policía nunca está para recibir este tipo de quejas, pues anda muy ocupada persiguiendo a los opositores.

James es de esos escritores que exponen públicamente su orientación política, cuando otros se asustan con la palabra compromiso, cuando el más prestigioso de los poetas no encuentra las palabras adecuadas para criticar al gobierno. No sé qué piensa James del proceso de paz entre el gobierno y las Farc, qué espera del postconflicto (de pronto escribe posconflicto sin “t”), pero estoy seguro que asumirá una posición vertical sin traicionar sus convicciones. En los momentos cruciales es cuando se conoce a la gente. En un sistema pulcro poetas y artistas podrían participar en política sin temer represalias, metidos en el barro de la contienda electoral con botas pantaneras y probabilidades de ganar. Si no fuera por el nido de víboras del clientelismo, la corrupción, la persecución y la desaparición del adversario Colombia tendría un presidente negro, una presidente mujer o un presidente artista que repartiría su tiempo entre el auditorio abarrotado de público y el Palacio de Nariño. Claro, este presidente negro, mujer, culto, viviría constantemente amenazado por algún grupo al margen de la ley, Los Águilas Negras, Los Rastrojos, Los Urabeños, sería un objetivo militar de los violentos, aun de su misma guardia pretoriana, y no estaría a salvo de las balas asesinas de un comando de desquiciados, los señores de la tierra, los señores de la guerra, adiestrados por algún judío, por un algún halcón de la potencia mundial.

Tal vez no estemos seguros del fin de la ideología o de la significación de la literatura comprometida. Si de algo estamos seguros es del rechazo del artista y del intelectual a un sistema totalitario causante de oprobios. Por más que intente presentarse como una mansa oveja, el sistema es un lobo astuto, traicionero y tenebroso. En su dinámica de dominación, opresión, dictadura, tiranía y muerte, arrastra a la víctima a experimentar sentimientos de derrota, debilidad, vacío, aislamiento. En la adversidad se pierde la calma, la vida en la calle se torna más dura, como escenario de crueldad, abuso, encierro, hastío. La boca de la víctima se llena de palabras rencorosas. Estos temas son poco poéticos, es cierto, y alejan a las personas cansadas de peroratas igualitarias. Es el riesgo que se corre, el estigma de idiota útil al servicio de la insurgencia, aunque también se conocen escritores y artistas con los cuales se comparte la importancia de la política, junto con la renovación del lenguaje, del estilo. Algunos artistas se lucen hablando, otros hablan poco, algunos dirigen una mirada compungida, otros asumen una postura enérgica, algunos dicen estar comprometidos con el arte, otros consideran que lo mejor es que puedan concentrar la pluma en una operación quirúrgica. Algunos tienen los que otros necesitan. En todo caso, luchan por ser auténticos. Los artistas, sin excepción, se oponen a la guerra. Todos dicen “con la paz no se juega, tampoco con la guerra”. También dicen como si reescribieran Trilce y España aparta de mí este cáliz en la misma hoja “ellos no pudieron con la korrupsión, nosotros sí”.  

 

LOS FRUTOS DE RAMA, LA CONCIENCIA CRÍTICA DEL BOOM

Como siempre tenemos un amigo que sabe más sobre ciertos temas, le pregunté a Gunter Cortés, filósofo de la Universidad del Valle, alumno de Jarauta y Papacchini, si podía hablarse de una filosofía latinoamericana. Sin vacilar me respondió que no se presentaba una filosofía como tal en el continente, conforme a la definición clásica, sino como teología de la liberación. No podía creer que el autor de una tesis de grado sobre el método en Marx, versado en los borradores de El capital (los Grundrisse) y en la Introducción a la crítica de la economía política, me diese esa respuesta. Para persuadirme de su seriedad evoqué varias evidencias de orden religioso, la evangelización española, el fervor popular de la semana santa, las procesiones multitudinarias de la virgen de Guadalupe, la circulación de la iconografía mística en las iglesias y los hogares, las fiestas de guardar en el calendario colombiano y su ajetreo comercial y, desde luego, la teología de la liberación, todas ellas a su favor. El autor de Aproximaciones a la crisis global de Occidente era de hecho un lector ávido de conocimiento y poco ortodoxo, que estimaba la importancia de las encíclicas de Juan XXIII y la invocación hecha por Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, Pedro Casaldáliga, Ernesto Cardenal, entre otros, para retornar a la eclecia primitiva o auténtica iglesia de los pobres. Pese a todo, las dudas sobre la filosofía latinoamericana no se disiparon y siguieron rondando en las tertulias nocturnas con los amigos, que intentaban ofrecer toda clase de respuestas desde sus especialidades pero ninguna  convincente o satisfactoria.

En ese tiempo era preciso estar actualizado para hablar y haber leído Educación y Lucha de clases de Ponce, además de Humanismo burgués, humanismo proletario. Resultaba desagradable oír comentarios vagos, generalidades de diccionario, sobre Cabrera Infante (Tres tristes tigres), Alfonso Reyes (El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria) o Arguedas (El zorro de arriba y el zorro de abajo) y se consideraba grave prestarse para especulaciones. En el abordaje de autores y títulos cuya lectura era obligatoria no existía la censura y cualquier tema era bien recibido siempre y cuando encajara en los asuntos tratados. Como ya dije en un comentario anterior, las opiniones sobre marxismo se mezclaban con los análisis de obras literarias hispanoamericanas, las conversaciones progresaban de Cortázar a Marcuse, saltando a Freud y Nietzsche, de Sartre a Octavio Paz, pasando por Breton, de Barba Jacob a Poulantzas y de Mandel a Rulfo, defendiendo a Trotsky en contra de Stalin, indecisos de apostar si Lenin hubiese apoyado al creador de la cuarta internacional frente a la tendencia del socialismo en un solo país. Los que no sabían escuchaban, los que creían saber arriesgaban un concepto y los que sabían más de la cuenta discutían hasta que cerraban el negocio casi a medianoche. Gunter no posaba de revolucionario pero se ocupaba del pensamiento antiguo, la teología de la liberación y la filosofía de la liberación, las lecciones del Che Guevara, Malcolm X o Camilo Torres, con generosa solvencia. Gracias a su formación académica podía distinguir entre un filósofo y un pensador, entre un Kant y un Nietzsche, y declarar muy seguro de sí mismo que todo filósofo es pensador, mas no todo pensador es filósofo.

Ciertos autores carecían de un discurso sistémico y un lenguaje proposicional para llamarse filósofos, sin embargo calificaban como excelentes ensayistas por el estilo expositivo y la fuerza de sus argumentos. Casi no se veía gente como Sartre, el existencialista, que una veces podía escribir como filósofo (El ser y la nada, Crítica de la razón dialéctica), otras veces como ensayista (¿Qué es la literatura?, Literatura y arte) y como autor de ficción (La náusea, A puerta cerrada). En realidad, se había preparado para utilizar con la misma fortuna el lenguaje técnico y denso del filósofo y el lenguaje coloquial del escritor de ensayos, relatos y novelas. Se habló de todo, se hicieron análisis inteligentes sobre temas actuales como los límites de la ciencia o la función (compromiso) del escritor, pero la pregunta por la existencia de una filosofía latinoamericana no fue respondida completamente, sólo sirvió para recordar frases asociadas con el problema y mantener viva la expectativa de los lectores. Creo que fue Carlos Fuentes quien explicó en una entrevista que los escritores de América Latina, por los temas de hondo contenido humano y social que abordaban en sus obras, eran los filósofos que todos esperaban encontrar, a falta de un Hegel, un Marx o un Heidegger. O el autor de La región más transparente quizás dijo otra cosa menos filosófica, que los escritores se encargaban de hacer visible la problemática del hombre y la sociedad de nuestro tiempo, como si usurparan la función de los periodistas profesionales, comunicando en sus obras la realidad de los seres humanos y su historia, a falta de una prensa objetiva .

La pregunta por la filosofía de América Latina fue una de las tantas fiebres de sarampión que atacaron durante algunos meses a los habitantes de las universidades y desaparecieron misteriosamente del recinto académico, porque el profesor que introdujera la discusión había cambiado de trabajo o porque las editoriales estaban más interesadas en la crítica del boom de la literatura. El tema contagió a estudiantes y profesores pero no por mucho tiempo y tuvo prensa pero su difusión fue muy tímida, razón por la cual se extinguió sin dejar huella en la memoria. La filosofía de América Latina no tuvo la acogida esperada en la opinión pública, no prosperó en el medio intelectual ni siquiera despertó el interés de los militantes de izquierda que se proclamaban latinoamericanistas, pese a la insistencia de sus principales promotores, filósofos de profesión como Leopoldo Zea, Augusto Salazar Bondy y Rizieri Frondizi, que publicaban sesudos estudios en las revistas especializadas y provocaban controversias de corta duración en el campo de las humanidades. Si bien el consenso en la mesa del café era que no teníamos grandes filósofos, en cambio había pleno acuerdo en que contábamos con excelentes pensadores y ensayistas, por ejemplo José Luis Romero que acababa de publicar su Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Sin temor a equivocarnos podemos decir a estas alturas que ensayistas como Ángel Rama antecedieron a los escritores del boom y prácticamente fundaron el nuevo movimiento con su trabajo crítico, con la participación de agentes literarios e innovaciones en el negocio editorial, a falta de manifiestos escritos por los más intelectuales y mediáticos, un Fuentes o un Cortázar.

Los escritores no aparecen en el escenario para consagrarse por sí mismos, por la calidad de sus obras, sino por la bendición de los críticos, que son personajes secundarios cuyo papel consiste en detectar, valorar y posicionar un autor, o ser capaces de inventar una teoría o un modelo de análisis para proceder al descubrimiento del mejor poeta, el mejor cuentista o el mejor novelista de un período de la historia. Numerosos ensayistas liderados por Ángel Rama se ocupaban entre los sesenta y los setenta de valorar las obras del boom de la literatura latinoamericana, el evento cultural más importante del siglo pasado en América Latina. Si hacemos caso a la crítica los estandartes del boom fueron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, de Colombia, Perú, Argentina y México, respectivamente, como si alguien se hubiese confabulado para darle a cada país la oportunidad de enorgullecerse por la emergencia de un autor universal. El boom sirvió para hacer visible otros escritores notables, que en forma silenciosa trascendían sus propias fronteras, y para relanzar algunos clásicos que se conocían por ediciones de gran tiraje como el Primer Festival del Libro y la biblioteca Salvat. Hablamos de Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Manuel Puig, Juan Carlos Onetti, Augusto Roa Bastos, Jorge Amado, José Donoso, Arturo Uslar Pietri, Salvador Garmendia, Miguel Ángel Asturias (premio Nobel), José María Arguedas, Manuel Scorza, Juan Rulfo, Juan José Arreola, algunos de los cuales oficiaban en la crítica.

Los novelistas del boom se caracterizaban por su vasta cultura y un manejo refinado del lenguaje, por escribir con fundamentos y enriquecer el legado de su tradición. No eran autores ingenuos que pretendieran crear una obra sin ideología, doctrina y tesis, o que se dejaran llevar por la corriente política de la época para seguir teniendo demanda. Cuando casi todo lo bueno llegaba de otra parte, el rasgo distintivo de estos autores era la independencia. El pensamiento y el método asimilados de las culturas foráneas permiten a Rama acuñar nuevas categorías para explicar el cambio cultural en curso como “ciudad letrada”, “transculturación narrativa” o “mercadotecnia del boom”. Los críticos del boom, los editores, la prensa y el público se acostumbraron a rotular las obras con los términos de realismo mágico (García Márquez), realismo maravilloso (Carpentier) y realismo fantástico (Cortázar). No es posible hacer crítica sin dominar el género ensayo ni pensar ensayísticamente sin contar con fundamentos teóricos, metodológicos y filosóficos. La fundamentación crítica es lo que diferencia a un ensayista literario de un articulista de prensa, a una estructura de análisis de una opinión inteligente. Sin pensamiento sistémico es imposible imaginar una obra sorprendente y ambiciosa como la escrita por José Carlos Mariátegui, Aníbal Ponce, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Candido, Antonio Cornejo Polar,  José Miguel Oviedo, Roberto Fernández Retamar, Jean Franco, Luis Harss, Saúl Yurkievich, Noé Jitrik, Ariel Dorfman, Juan Lovelucki, Seymour Menton, Enrique Anderson Imbert, Guillermo Sucre, Emir Rodríguez Monegal, Jorge Rufinelli o Saúl Sosnowski, muchos de ellos novelistas sin éxito, como Harss y el mismo Rama.

¿Y qué?, dirá el lector, ¿dónde está el chiste?, todo esto lo puedo leer en un manual de literatura, que incluso trae mapas conceptuales, ejercicios e índice analítico. Por favor, diga algo nuevo. Tiene razón el lector, pero es que todavía no he terminado. Justamente estaba a punto de decir que los escritores actuales no son pensadores, es decir, no han demostrado tener bases conceptuales y metódicas en respaldo de sus obras, por tanto no pueden compararse con los autores del boom cuyas obras conviven con la antropología (Arguedas), la historiografía (Carpentier) o la ciencia (Sábato). Indistintamente, los autores del boom militaron en la cultura del vanguardismo, que es un invento europeo, como casi todo en el proceso de fundar la modernidad intelectual y cultural, una tentativa de independencia que reconoce sus orígenes. En un principio, la avanzada del boom, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes, era reconocida por su tendencia de izquierda y por pisar las arenas movedizas de la política, consecuente con la postura crítica contra la realidad social de exclusión y pobreza dominante en la región. Las novelas Cien años de soledad (1967), La muerte de Artemio Cruz (1962), Rayuela (1963) y La casa verde (1966) plantean problemas de corte ontológico, sociológico y antropológico no resueltos, lugares comunes identificados desde comienzos del siglo XX con el atractivo nombre de ingreso al modernismo. La falsa modernidad instalada en la república de tierra caliente, como dijo Valle Inclán, degenerada por las artes de la demagogia, es denunciada por el modernismo de la vanguardia intelectual, que parece estar casi al alcance de la mano cuando triunfa la revolución cubana.

Si las novelas asumieron el rol de vanguardia social junto con la política, mucho mayor fue el impacto de la crítica a través del ensayo, que analizó el sentido y alcance de tales novelas y condujo a la reflexión sobre la realidad representada. Por tratarse de un oficio naciente era de esperar que los ensayos celebraran aciertos y cometieran deslices. Poco después de la consagración de García Márquez con su novela mítica sobre Macondo, Vargas Llosa presenta su tesis doctoral titulada “García Márquez: historia de un deicidio”, publicada el año 1971 por Barral Editores, obra atrevida que prometía desnudar las motivaciones y la técnica narrativa del colombiano. Si se examina la monografía del escritor peruano puede verse su visión totalitaria (enciclopédica) de la crítica y su desconocimiento de la metodología corriente de la época con avances en aspectos de muestreo, focalización, triangulación, interpretación, etc., que podría haber aplicado de conocer los trabajos de Gadamer o Merton. De allí que sus categorías de análisis sean convencionales. Vargas Llosa se apresuró en su deseo de hacer historia como crítico de Gabo sin tener al menos una teoría o un modelo de análisis. Según la bibliografía anotada, devoró casi todo lo que se había publicado sobre Cien años y creyó que era suficiente para escribir un mamotreto de 600 páginas, se saturó del objeto y olvidó la perspectiva. También hubo ligereza de Jaime Mejía Duque, crítico colombiano que cultivaba la sociología literaria e hizo historia con su “Literatura y realidad”, cuando quiso dar una puntada definitiva cuestionando de García Márquez, (El otoño del patriarca o la crisis de la desmesura, 1975) lo que era precisamente su mérito, la exageración o hipérbole.

Obras importantes, entre un centenar de buenos trabajos de ensayo, fueron  “Los nuestros” de Harss (1966), “Borges, el poeta” de Sucre (1967), “Para una teoría de la literatura hispanoamericana y otras aproximaciones” de Retamar (1975), “El cambio actual de la noción de literatura y otros estudios de teoría y crítica latinoamericana” de Rincón (1978), sobre obras de autores que clasificaban en movimientos y teorías literarias. En “Transculturación narrativa en América Latina” Ángel Rama señala la importancia de la extrapolación disciplinar de teorías, métodos y perspectivas en el abordaje de los trabajos. Se refiere a la transculturación desde la oralidad a la escritura y desde la tradición oral popular a la creación del texto literario. Las técnicas y el punto de vista narrativo se importaron de las culturas desarrolladas, pero el lenguaje y la representación popular se aprendieron en el propio medio y en la tradición modernista que comienza con Rubén Darío, según indican la mayoría de críticos. En otra vertiente se habla del mestizaje, se habla de un continente donde se forma, desde la colonia, el más puro barroco. La que representa este crisol de influencias, la formación del barroco americano, es la novela Concierto barroco de Alejo Carpentier. De otro lado y mucho antes, tenemos el proyecto modernizador de Mariátegui a través de la revista Amauta, que ejerció gran influencia en la primera ola vanguardista de los años veinte. Las revistas Marcha de Uruguay y Casa de las Américas de Cuba continuaron en la línea trazada por Mariátegui de involucrarse en el proyecto de emancipación cultural y política de América Latina. La revista Marcha de Aníbal Quijano existió desde 1939 hasta 1974, año en que fue cerrada por la dictadura de Juan María Bordaberry.

En el propósito de hacer un periodismo literario y cultural renovador, que tuviese un impacto masivo, se trasladaron a América Latina los modelos de revista europeos y norteamericanos (L’Express, Time, Newsweek) adecuándolos a las demandas nuevas de los públicos nacionales (Rama, 1984). Poetas, narradores y ensayistas se formaban alrededor de las revistas, animadas por docentes universitarios, intelectuales y escritores ocupados enteramente, en la mayoría de los casos, de la producción y difusión. Las revistas más conocidas fueron Casa de las Américas, Marcha, Mundo Nuevo, Plural, Vuelta, Jaque,Texto Crítico, El techo de la ballena, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Crisis y la revista Escritura de Ángel Rama. En el espacio de convivencia de las revistas floreció el proyecto cultural y social y la solidaridad entre los miembros de una cofradía que parecía perdurar. Esta unión se acabó y sus integrantes partieron al exilio obligados por la mano dura, por las manos criminales de la dictadura, para volver a empezar de cero. Es en las revistas, con manifiesto o sin este, donde se dan cita los escritores, donde se prepara y se da cuenta de la celebración de eventos, encuentros, simposios y seminarios. Ahí es donde se publican los nuevos trabajos y convergen los autores y el público para compartir experiencias y visiones del mundo, para expresar preferencias y simpatías y para sellar distanciamientos. Las revistas notifican al mercado literario sobre la aparición de nuevos valores y definen la identidad de los autores según la presentación que de estos hacen las editoriales, especifican quién es quién en el relevo generacional, y con alguna suerte descubren y presentan al escritor con más proyección en un lugar o época. Y lo más importante es que en las revistas se forman los críticos.

Ninguna campaña publicitaria reemplaza la valoración del crítico, que cuida la calidad intrínseca por encima de factores externos como los premios o la venta. La dedicación, la pasión y el rigor del crítico anulan las veleidades del mercado. Ángel Rama devoraba libros en persecución de teorías y métodos, su obsesión era estar al día para responder a las expectativas, que se renovaban cada día con la publicación de nuevas obras y la aparición de nuevos nombres. Los títulos de sus libros reflejan la evolución experimentada con el correr de los años, títulos innovadores tanto como sintomáticos del ritmo de la vida intelectual de su época. La aventura intelectual de FigariLa generación críticaLos dictadores latinoamericanos, y póstumamente Literatura y clase socialLa crítica de la cultura en América LatinaGarcía Márquez, edificación de una cultura nacional y popular Literatura, cultura y sociedad en América Latina, entre otras obras, dan cuenta de su compromiso valorativo y prospectivo a escala continental. Rama esperaba que el cambio resultante del trabajo a futuro de la vanguardia política y cultural fuera vivido por las nuevas generaciones, no por la suya, como se aprecia en su última carta del 15 de octubre de 1983 dirigida a Carlos Maggi desde París: “Si no nosotros mismos, estoy seguro de que nuestros hijos reharán ese mundo, con el mismo puntillo arrogante que pusimos nosotros en los gloriosos 50 y 60 que recorrimos en conquistadores” (Peyrou, 1962).

En la época en que abandonaba la novela para centrase en el ensayo, Rama (1962) comenta sobre sus planes de adoptar nuevos enfoques críticos: "Nunca dije que la sociología de la literatura fuera el único método recomendable –espero escribir sobre las interpretaciones psicoanalíticas que me interesan sobremanera, y sobre los estudios formales–ni el único que yo mismo habría de utilizar". En la fecha de su último viaje (1983) después de dejar París, en el avión de la ruta Madrid-Bogotá para asistir a un congreso junto con Marta Traba, Jorge Ibarguengoitia y Manuel Scorza, Rama mantenía una intensa actividad como lector, ensayista, diarista, autor epistolar, conferencista,  periodista y editor, entre otros oficios escriturales. El escritor apreciado por unos y vetado por otros no descansaba un instante en la búsqueda de conocimiento. Rama sabía de todo sobre cultura occidental y, como su paisano Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, sobre cultura latinoamericana. “Para pensarnos mejor” fue el nombre que dieron los ramistas al conversatorio realizado en el marco de la celebración de los 25 años de la muerte del maestro.  “Rama es, además, un virtuoso del subgénero de los panoramas –reconoce Mabel Moraña–. Tuvo esa capacidad para ver la totalidad y poder distinguir temas, núcleos, direcciones, transgresiones. Él podía organizar el funcionamiento cultural de una manera muy orgánica. Eso se extraña”. Ana Pizarra agrega: “El suyo no es un latinoamericanismo pobre o restrictivo, es un latinoamericanismo dentro de la cultura occidental”.

Con la devoción de Rama por el saber, viniera de donde viniera la teoría o el modelo, seguramente estaría analizando la novela contemporánea de América Latina, la obra de Santiago Roncagliolo, Juan Gabriel Vásquez y Roberto Bolaño, con un aparato crítico renovado por la hermenéutica y el posmodernismo. Como Rama era osado le habría echado el diente a la novela colombiana de la violencia y el narcotráfico y hasta se habría visto tentado a desarmar y volver a armar (deconstruir) Qué viva la música de Caicedo. “Es que mueren en el 83 –justifica Hugo Achugar la imposibilidad de Rama y Marta Traba de tener un auditorio nuevo con un discurso viejo–, cuando comienza en el mundo iberoamericano todo el debate de la posmodernidad, y el famoso tema de la ciudad letrada empieza a quedar casi obsoleto porque estamos viviendo en la ciudad cibernética, televisiva, informática o como gusten llamarla”. Pero Rama estaba habituado a actualizarse para mantener una discusión inteligente con contradictores como Emir Rodríguez Monegal, uruguayo también. “Yo creo que Rama no entendía el trabajo cultural sin debate –dice Mabel Moraña–, era una cosa que lo apasionaba”. En lo personal es la crítica como debate, que prepara al retador para no esconderse y saber responder, para no abandonarse a la grosería del odio y el enojo por salir derrotado. “Decía que justamente la polémica era lo que medía el vigor de una cultura” –sostiene Ana Pizarra. Eran otros tiempos, como aclara Mabel Moraña, “hay una razón fundamental, ¿no? Que es la plataforma política en que todo eso estaba armado en los sesenta y los setenta...”.

No se necesita leer libros, sino ver lo que pasa alrededor, para comprobar que el proyecto emancipador que envolvió a Rama y a la izquierda en su conjunto no fue inútil, todo lo contrario, dio sus frutos muchos años después con una nomenclatura inimaginable, llamada socialismo del siglo XXI, que ha resultado más realista en desarrollo económico y geopolítica que la misma revolución cubana. El movimiento popular que elige y reelige gobiernos de izquierda en la mayoría de naciones de América Latina ha derrotado a la filosofía posmoderna que hablaba del fin del metarrelato y la desideologización de las ideas. “Bueno, por supuesto que había un proyecto –admite Hugo Achugar–, y ahora no es que no haya proyectos, pero quizás perdimos la ingenuidad de creer. Porque había una cierta cosa ingenua en las polémicas de Ángel, de Mario Vargas Llosa, incluso la de Cortázar con Collazos, la ingenuidad de creer que a través de la palabra y el debate llegaba el cambio. Hay menos ilusión ahora”. Hoy las ideas no salen sesgadas por obedecer al determinismo revolucionario, tampoco la ciencia se reduce a la dialéctica de la lucha de clases, sino que prosperan múltiples alternativas de desarrollo estratégico en la región.

En palabras de Ana Pizarra y como conclusión: “Ahora opinan los economistas, los escritores son los intelectuales menos escuchados. Ahora, yo creo también que en los años sesenta y setenta nosotros manejábamos la idea de América Latina como un bloque monolítico, y resulta que Ángel y Marta, entre otros, nos hicieron ver una América Latina mucho más plural”. Treinta años después de la muerte de Rama otras creencias como la influencia del clima en el espíritu relajado del criollo o la inevitabilidad de la revolución armada a la manera cubana o nicaragüense han caído en desuso o fueron disueltas por el propio peso de la historia posmoderna. Recreando a Onetti, el mapa político de América Latina dibuja diversas rutas de ingreso a puerto Astillero, cuando está a punto de arruinarse, para salvarlo del marasmo, una operación tardía que nadie vislumbró en los setenta. Hoy no son los partidos sectarios sino los gobiernos socialistas de América Latina, más moderados que radicales, los que sostienen un proyecto político gracias a alianzas toleradas dentro de la transición necesaria. Por lo que se conoció de Rama, ensayista incansable, organizador de eventos y bibliotecas, viajero y conferencista oportuno, aceptaría todos los trabajos que le ofrecieran las instituciones de los países socialistas como el Uruguay de Mojica y Tabaré Vásquez, y entendería sin mucho esfuerzo que la tripulación pudiera quedar al resguardo de gente pragmática.

 

BIBLIOGRAFIA

Moraña, Mabel (2008). “A 25 años de su muerte: Ángel Rama y los imaginarios de la crítica” en Acto oficial realizado en el Paraninfo de la Universidad de la República, organizado por el Ministerio de Cultura en Montevideo, Uruguay, 27 de Noviembre de 2008.

Peyrou, Rosario (Curaduría y textos) (1962). Ángel Rama Explorador de la Cultura. Centro Cultural de España en Montevideo.

Rama, Angel (1962). "Vaivén generacional" en Marcha,no 1 11 5, 13 julio 1962, p. 29.

Rama, Ángel (1984). Más allá del boom: Literatura y mercado. Buenos Aires: Folios Ediciones.

Ruffinelli, Jorge (1992). “Ángel Rama, Marcha, y la crítica literaria latinoamericana en los 60s” en Scriptura; 1992: Núm.: 8-9; 119-128.

 


LA TRAVESÍA DEL ATRAVESADO

INCIDENCIAS DE LA NOVELA QUE NO HIZO NADA POR CAICEDO

La noticia de este nuevo siglo es que Colombia supera a los demás países de América Latina en novela. Daniel Ferreira es el último ganador del Premio Clarín de Novela 2014 con “Rebelión de los oficios inútiles”, después de haber obtenido galardón con "La balada de los bandoleros baladíes" (Premio Latinoamericano de novela Sergio Galindo 2010, Veracruz-México) y "Viaje al interior de una gota de sangre" (Premio Latinoamericano de novela Alba Narrativa 2011, Cuba). El nombre Ferreira se suma a otros escritores nacionales destacados como Restrepo, Franco, Rosero, Vásquez, para mencionar unos cuantos, que compitieron con centenares de novelistas y vencieron por la mejor técnica, trama, lenguaje o inventiva de sus obras.

Un centenar de los miles de novelistas colombianos alcanza notoriedad y de este grueso número sólo una veintena goza de los favores de la prensa, que termina de posicionarlos en el mercado editorial. De estos veinte, acaso Juan Gabriel Vásquez sea el único que ha logrado alcanzar el nivel de un Gabo, los demás deben conformarse con la fama en Hispanoamérica, el interés de las grandes editoriales y los ingresos por los premios y contratos. Hasta el momento, Medellín parece ser el epicentro de la novela con escritores como Franco, Abad y Vallejo, principalmente. ¿Y Cali qué? Nos pasaremos hablando otro siglo de Caicedo porque no ha salido el novelista que distraiga las miradas del público y diga “soy exitoso, vivo de la novela y no necesito hacer otra cosa”. Es mi teoría, que infinidad de escritores de todo el país, salvo Cali, aprendieron a escribir literariamente y gracias a sus premios internacionales convirtieron a Colombia en potencia novelística. Faltando quinientos metros para la meta, los escritores de Cali están en el pelotón y hasta el momento no se ve a nadie que amenace con una atropellada fulminante.

Mi teoría es que Cali ha conservado una mentalidad parroquial pese a su modernización física ostensible en Chipichape, Centenario, Palmeto y Bulevar, en los edificios Torre de Cali, Banco de Occidente y Banco de Bogotá, en los conjuntos residenciales, puentes elevados, avenidas rápidas y especialmente en el sistema de transporte Mío. Cali quedó reducida al folclor que rechazaba Caicedo y que motivó su respuesta artística junto con otros íconos de la época como Guerrero. Quizás por su clima tropical, como decían los teóricos decimonónicos, Cali no pudo desprenderse de su macondismo inveterado con personajes como Jovita y el loco Guerra. Hoy Cali es la capital de la salsa y los monumentos que se proyectan son el justo premio a los músicos populares antes que a los intelectuales y escritores.

Fue precisamente el macondismo, según Fuguet y Manrique, lo que provocó las ganas de Caicedo de escribir una literatura moderna, además de hacer teatro y cine vanguardista. Fue el provincianismo lo que hizo que Caicedo mirara al extranjero en busca de fundamentos estéticos y referentes de creación. En este nuevo siglo la mentalidad colectiva ha cambiado y el internet hizo del mundo una aldea global, como bien anunció en su momento McLuhan, no comunicador social como muchos creen sino doctor en poética. Cualquiera que tenga acceso a internet se vuelve un experto en Duchamp, cualquiera que consulte en su tablet sabe quién fue Tina Modotti y la relación que mantuvo con Julio Antonio Mella. Dicho en términos populares, el mundo ha dejado la pendejada. Curiosamente, la misma prensa que exalta a los novelistas premiados mantiene a la gente con una mentalidad premoderna, por un mecanismo inconsciente, como diría el doctor Freud, o por contribuir al mantenimiento de la democracia, como dijo el coronel Plazas. Para muestra un botón, hoy 29 de noviembre leí el siguiente titular en El País de Cali: “Juan Pablo Jaramillo, famoso youtuber colombiano, confiesa que es homosexual”.

Pero si El Colombiano es más retrógrado, dirán los contradictores. Es verdad, sin salir de la caverna el periódico paisa conduce los pasos perdidos de millones de personas en Antioquia y sus alrededores. ¿En qué quedó mi teoría? En nada. Echando mano de cierta teoría de segundo grado o subteoría podemos decir que los novelistas paisas son más reactivos o más críticos de su cultura regional. Esta teoría secundaria no tiene peso porque ser crítico de la propia cultura no asegura la emergencia de un buen novelista. La pregunta es ¿por qué después de Caicedo no tenemos en Cali un novelista sobresaliente que trascienda las fronteras? Estamos intentando encontrar la respuesta. Mientras tanto, presentamos otra teoría, la última para no cansar al lector, una teoría que nació en los ochenta en las charlas sostenidas con el escritor Enrique Cabezas, premiado por su novela “Miro tu lindo cielo y quedo aliviado”, y madurada con lecturas de diversa índole y sobre todo con el tiempo. Según me dijo Cabezas, él no era un gran escritor por la falta de crítica.

En el caso de Caicedo no vemos todavía el trabajo crítico, que seguramente llegará y revelará la justa medida del escritor caleño, sólo vemos anécdotas y opiniones, lugares comunes y tentativas de interpretación, mitificaciones y mixtificaciones (dijeron en una tesis que Caicedo era miembro de la familia Caicedo, el famoso apellido asociado a la caña de azúcar). Ningún escritor inédito llama la atención de la crítica, esta viene después de publicarse el primer libro, el segundo, el tercero, hasta que se llega al punto de saturación, como dicen los metodólogos cualitativos, o hasta la repetición de la repetición, que Thomas Kuhn llama respetuosamente ciencia normal. Tenemos gente preparada para hacer la crítica literaria de Caicedo, Harold Alvarado Tenorio, Álvaro Pineda y Jorge Ordóñez, entre otros (lástima que el finado RH Moreno Durán prefirió ser novelista antes que crítico). La crítica tiene la última palabra sobre el caso Caicedo. A propósito, dije Jaime Tello, en una perspectiva claramente sociológica, que “el crítico surgirá cuando las necesidades sociales del país lo requieran” (citado por Medina, 2010).

Así como están las cosas, no demora en salir un peso pesado, un Ángel Rama, haciendo la valoración crítica de este novelista que algunos llaman talentoso y otros precoz. Nadie sabe si Caicedo se hubiese estancando, contagiado por el medio caleño, o hubiese estado disputando los grandes premios en el mundo desarrollado. De pronto tendríamos un Príncipe de Asturias y hasta un premio Nobel, quién quita, si nuestro novelista hubiese sobrevivido a las drogas. Es verdad que Caicedo murió prematuramente y el tiempo no le dio para escribir una obra copiosa digna de un profesional como Gabo o Vargas Llosa. Tampoco su escasa obra tiene la contundencia de El llano en llamas y Pedro Páramo de Rulfo o la fina elaboración de El Astillero y Juntacadáveres de Onetti. Le faltó tiempo para entrar al club de los elegidos del boom, categoría que estaba vigente en 1977. Han transcurrido 37 años desde su muerte y la sombra de su figura mítica crece descomunal como el ciudadano Kane. Atribuyo la idolatría caicediana al hecho de que no hay en Cali, entre el centenar de novelistas que escriben y publican regularmente, nadie que lo supere en técnica narrativa y propuesta poética.

Mientras llegan los críticos, paso a contarles la travesía de la primera novela de Caicedo, El Atravesado, con fechas, lugares y nombres para entrar en contexto y de pronto satisfacer a los lectores habituados a la verosimilitud de las palabras. Agradezco a Carlos Moncayo que me haya recordado insistentemente, en nuestros encuentros fortuitos en la ciudad y ahora último en el Bulevar de Cali, donde no nos cansamos de hablar de la visita de Manuel Puig o de la entrevista que sostuvo con el maestro Vargas Llosa, la sugerencia de escribir esta nota. Como he comentado a Carlos, el incidente literario de marras sucedió por allá en el año 1975 o quizás fue en 1976, de lo que sí estamos seguros es que no fue en 1977 porque desde la lectura del librito “que le publicó la mamá en hoja barata y pasta amarilla chillona”, como dice Angélica Gallón Salazar (2012), hasta la muerte prematura de Caicedo, transcurrió más de un año. Son muchas personas involucradas en el caso, pero cometo reduccionismo por motivos de espacio. Los episodios fueron los siguientes: visita a la Universidad del Valle sede Meléndez, regalo de Aída, amistad con Alba, noticia de Alba sobre la muerte de Caicedo.

La verdad, entre 1975 y 1977 nadie daba un peso por El atravesado de Caicedo y tampoco por el escritor. Caicedo comenzó a perfilarse como escritor de cuidado gracias a la escogencia del Instituto Colombiano de Cultura, más conocido como Colcultura, para que figurara en su serie de ediciones rústicas de bolsillo, distinguida por la carátula de los búhos sobre las tapas de un libro abierto. Y no era porque la gente prefiriera María ni porque estuviéramos detenidos en el tiempo, en el gran siglo XVIII del romanticismo, renuentes a masticar obras modernas en la tierra de Isaacs. La razón era más trivial, se trataba de una autoedición, un volumen por lo demás feo, un diseño a dos tintas ideado por un muchacho inexperto, el dibujo de un pandillero sobre un fondo amarillo y el título escrito a mano alzada. Una carátula a dos tintas para un libro rústico. El código comercial ha impuesto que la mercancía entre por los ojos. Tales detalles importan para la gente del común, que valora la presentación del libro, para un lector disciplinado es un hecho circunstancial y hasta chistoso. Como decir que encontramos un perfume exquisito en un pomo de penicilina.

La baraja de libros se destacaba en el suelo a la entrada de humanidades, que quedaba después de administración, cuando era impensable que humanidades ocupara los bloques de residencias universitarias. El conocimiento de la primera obra del autor fue mucho antes de que los uniformados se tomaran las residencias de la Universidad del Valle para desalojar a los estudiantes de provincia acusados de subversivos. Los investigadores pueden darse tiempo para establecer la fecha exacta en internet. Llegué por la mañana, saludé a la dueña, amiga de una amiga, y me dispuse a mirar las novedades de las prestigiosas editoriales españolas, mexicanas, argentinas y colombianas. De pronto me llamó la atención un montón de libros feos del mismo título, levanté uno cualquiera, lo abrí sin mayor interés, leí unas líneas, seguí leyendo, esta vez varios párrafos, pasé las hojas y pude seguir en ese trance hasta el anochecer de no ser por Aída, que observaba la operación. Creí que debía decir unas palabras y dije está bueno, excelente narrador, es muy coloquial. Aída me dijo llévalo. No entendí. Es un regalo, llévalo… y me comentas.

Así fue cómo conocí El Atravesado y la narrativa juvenil de Caicedo. Por esos días coincidí en una mesa con Taseche (Fernando Tascón Echeverry), puse el libro a la vista y su reacción fue automática, me dijo que Caicedo copiaba a José Agustín. Al menos había leído la primera novela del autor y tenía una opinión que los comentaristas de este tiempo no cesan de repetir como un hallazgo de última hora. También por esos días me hice amigo de Alba, la viuda de Hernando Olano Cruz, jefe rojaspinillista, una lectora incansable a quien no sé si regalé el libro o solamente propuse reiteradamente los temas Caicedo y García Márquez, el primero porque era el caleño más destacado y el segundo porque había dejado a todo el mundo ensimismado con sus Cien años de soledad. Alba nunca pudo digerir a Gabo y mostraba un elegante repudio por el escritor debido más a su militancia izquierdista que a su calidad literaria.

No le gustó La mala hora ni La hojarasca. En cambio Caicedo le caía bien y no por el hecho de ser caleño, y no le molestaba en absoluto que se atravesara en nuestras conversaciones y diera lugar a largas digresiones sobre lengua estándar, dialecto y modo de caracterizar al personaje por su modo de hablar. Alba no necesitaba escuchar ninguna crítica, le bastaba con imaginar los lugares mencionados por Caicedo, que ella conocía perfectamente. Cada vez que salía algo en la prensa lo recortaba y me lo guardaba, cuando me despedía llevaba las manos ocupadas, los recortes dentro de un libro en una mano y la bola de queso en una chuspa de papel en la otra. Eran quesos finos y costosos que prefería regalar a las amistades entrañables. El rótulo Caicedo escritor quedó tan grabado en el cerebro de Alba en el período de un año o año y medio de charlas en su apartamento de Miraflores, charlas acompañadas de vino, galletas exquisitas y quesos de fuerte aroma importados de Suiza. Fue Alba la que me notificó apesadumbrada la muerte de Caicedo, el mismo día de los hechos, con una voz quebrada que denotaba su dolor.

Alba no sabía que existían los pobres. En una ocasión volvía de López, de una cita con sindicalistas o militantes de izquierda, no recuerdo, y llegué a su apartamento, me preguntó dónde había estado. Le dije que en López. Que cómo me fue. Le dije que bien, todo salió según lo planeado, sólo que sentí pesar de ver el esfuerzo de una familia para invitarnos maduro asado con café en leche. Viendo que la anfitriona demoraba más de la cuenta pregunté dónde había una tienda y salí corriendo a comprar la leche. En la tienda encontré a la señora de la casa, arreglando con el tendero la fecha en que le pagaría la chuspa de leche. Ah, usted por acá. Tranquila, le dije, me entretuve hablando, pero hagamos la lista, ¿qué se necesita?, leche, azúcar, pan, queso, café, claro está, no podemos regresar sin el café. Alba escuchaba mi relato asombrada, le parecía que estaba remedando a García Márquez, una historia en estilo macondiano precario. Sin querer fastidiar dije que la gente por allá se acuesta con un maduro asado y un tinto, cuando hay, nada que ver con los personajes de la sexta, del norte de la ciudad, de Andrés Caicedo. No seas mentiroso, dijo Alba, en Colombia todos comen, debe ser un cuento comunista.

Seguimos con los incidentes de la primera novela de Caicedo. ¿Qué fue lo que me confesó Aída? Sin preguntarle, pues en esa época me bastaba el goce de la lectura y poco me importaba la historia del nacimiento o muerte de una novela, me dijo que El atravesado era un fracaso editorial. No me habló de la calidad de la obra, me comentó que había recibido de manos del propio autor, en consignación, el lote de libros, que su precio inicialmente era de 50 pesos, que al volver y constatar que no se vendía, el autor había resuelto rebajarlo a 20 pesos y que después no había vuelto al lugar ni a preguntar por la venta de su libro. Tal vez estaba ocupado escribiendo más literatura o haciendo películas, mientras cientos de ejemplares repetidos de su libro ocupaban un espacio considerable en la bodega que Aída tenía alquilada en el barrio Miraflores, frente a la casa de doña Rosmira, la mamá de Nydia Vivas. Meses después de la muerte de Caicedo vi esos mismos libros feos de tinte amarillista en los estantes de la librería Nacional. El nexo era Aída-Nydia-Aura, no digamos como Tres mujeres de Musil, sino alrededor del negocio de los libros. Aura había liquidado Letras para ocupar el cargo de administradora en La Nacional, Nydia se desembarazaba lentamente de la librería La Lechuza y Aída vendía los saldos de su bodega después de graduarse en filosofía.

Una persona descuidada habría regalado los libros a un reciclador para aprovechar el espacio de la bodega, sabiendo que cualquier espacio es oro. Una persona amiguera habría repartido los libros en los encuentros con sus amistades, corriendo el riesgo de que no fueran leídos, y en los eventos culturales de la ciudad, mediante canjes con escritores que publican del propio bolsillo. Caicedo tuvo la suerte de quedar seleccionado para la serie literaria de Colcultura, de generar expectativa y de revelarse Qué viva la música como una novela realmente buena. Entonces se entiende la razón por la que El Atravesado salió ganando, un libro que no había hecho nada por su autor terminó engalanando los principales estantes de la librería Nacional por algunos días. Me imagino que los libros se vendieron en un santiamén. No conocí al impresor de El Atravesado, pero sí al que publicaba la revista Ojo al Cine, Pacho Vernaza, con quien mantengo una vieja amistad. Por mera coincidencia, la imagen era la misma que la experimentada donde Aída, el amontonamiento de revistas que denotaban el fracaso editorial. La dificultad para vender una publicación y al menos recuperar la inversión. Las carátulas vistosas del montón de revistas en una parihuela parecían chillar en busca de un lector, pues era lo primero que veía el cliente delante del mostrador.

Las revistas no estaban en una bodega, sino a la vista, sabía que hablaban de cine y por eso no le pedí al dueño que me regalara un ejemplar de cada número. Tenía el ojo puesto en las revistas porque no había dónde más mirar y quizás por ello Pacho pensó que estaba interesado en el tema y me las regaló con un gesto de amabilidad del proveedor al cliente. Justamente allá fue donde hicimos todas las publicaciones de Rosa Blindada en papel, cuando la carrera quinta era más angosta y Arte Color todavía no se trasladaba a la calle 17 con 5a. En ese tiempo los amantes de la cultura, especialmente los estudiantes universitarios, mezclaban literatura y política, era tal el fervor cultural y revolucionario que, como expresa María del Carmen Huerta, personaje principal de Qué viva la música, se estudiaba El capital de Marx al mismo tiempo que se leía con devoción a los escritores del boom. Otra gente buscaba su liberación alternando literatura y cine. De tal manera que un sábado como a eso de las 10 de la mañana fuimos con Alba a ver una película en el Teatro San Fernando y me pareció haber visto a Caicedo en la puerta de entrada.

Nada de eso, ahora me convenzo de las mentiras de la imagen, nunca vi a Caicedo y nunca le escuché decir “póngale tenis” en la escena de una película sobre un niño salvaje al que recuperan del bosque y calzan con zapatos de cuero. La gente de cine sabrá identificar la película. Todos saben que Caicedo era amante del celuloide y que volcó su entusiasmo en la creación de un cine club, como sucedáneo de la producción, la dirección, el manejo de una cámara y la actuación. Se han presentado varios documentales y muchas fotografías del cinéfilo Caicedo y cada día surgen nuevos testimonios de su paso por el teatro San Fernando. Uno ve tantas veces las mismas fotos del joven novelista en el frontispicio de un teatro, en su ambiente natural, que cree haber estado en el lugar de los acontecimientos. Sin duda se trata del llamado efecto Gestalt, que consiste en que uno ve, en virtud de una graciosa trampa de la mente, no lo que es sino lo que uno quiere ver. En cambio es totalmente verídico que saludé al poeta Aníbal Arias a la salida del teatro y que días después me preguntó si la señora con la que iba era mi mamá, tal vez porque era alta, casi me alcanzaba en altura, y tenía cierto andar reposado.

En efecto, siempre pensé que había visto a Caicedo a la entrada del teatro San Fernando, pero todo fue una ilusión producto del bombardeo constante de fotos en los medios de comunicación. La avalancha de fotos en internet en la primera década de este siglo superó el acumulado en treinta años de historia y ha contribuido al incremento del número de jóvenes que veneran a Caicedo. Además, desde hace tiempo es obligatoria la lectura de Qué viva la música en los colegios de Cali y el resto del país. La nota insólita es que en la época de exhibición de El atravesado en humanidades, Universidad del Valle, en la mediana del año 1976, ningún lector de novelas daba un peso por Caicedo, ni sus amigos cercanos. ¿Por qué digo esto? Porque es imposible creer que aquellos que acompañaban al Rimbaud caleño o colombiano hasta el año 1975 hayan permitido, en primer lugar, la publicación de un libro desaliñado, y en segundo lugar, el fracaso editorial, la indiferencia absoluta frente a su ópera prima.

Fue Fernando Garavito, según me dijeron, quien recomendó Qué viva la música a Colcultura. Recuérdese que fue precisamente en 1975 que el poeta y periodista bogotano organizó y dirigió Estravagario, la revista cultural del periódico El Pueblo de Cali. La muerte de Caicedo truncó su carrera como novelista e impidió conocer la suerte del más talentoso de su generación, que dos años después de regalar la edición de El Atravesado porque nadie se interesaba en el libro, publicaba una novela de gran tiraje para todo el país que cambiaría la historia. Es por este viraje inesperado que ahora todo el mundo habla bellezas de Caicedo.

Hoy nuestro autor seguramente estaría escribiendo sus memorias, por solicitud de alguna editorial que sigue el curso de la moda o por recomendación de un Garavito especializado en mercadeo, en cuestiones de tarjet group y segmentación de mercado. Seguramente evitaría la perífrasis verbal por consejo de su editor y ensayaría la frase larga utilizando con prudencia las aliteraciones disfrutadas por Cabrera Infante. Quizás Caicedo fuese hoy una institución literaria, como la mayoría de escritores que opinan sobre todos los temas en la prensa, quizás fuese un director de cine con planes de escribir novelas en las vacaciones, quizás una persona veterana en los comentarios y entrevistas sobre salsa en la Feria de Cali o quizás fuese el auténtico sucesor no macondiano de Gabo. No se sabe.

 

REFERENCIA

Gallón Salazar, Angélica (7 Mar 2012). "Morir y dejar obra" en El Espectador, Cultura.  Disponible en http://www.elespectador.com/noticias/cultura/morir-y-dejar-obra-articulo-330989

Medina, Álvaro (2010). Procesos del Arte en Colombia. Encuesta: “La Crítica en Colombia” 1957 en Biblioteca Virtual Luis Ángel Arango. Disponible en http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/todaslasartes/procesos/cap32.htm

 


LA SIMIENTE HEMINGWAY

 

Si se tratara de definir con una palabra a Hemingway, esta sería “profesionalismo”. Desde que escribió  en los años veinte su novela Fiesta, producto del esfuerzo y una férrea disciplina de trabajo, ha sido un referente para muchos escritores del mundo, incluido Gabriel García Márquez.

¿Por qué nos ocupamos de Hemingway, habiendo escritores originales en América Latina como Arguedas o José de la Cuadra? Por circunstancias del azar.  Todo comenzó un atardecer en la cafetería La Aragonesa, donde me citaba con escritores del mundo provisto de una hoja de reciclaje, un bolígrafo y un libro en papel –los libros en formato digital de la tablet los abría en el apartamento–. Recuerdo que estaba leyendo Cacao, la primera novela de Amado, cuando apareció a cierta distancia Jaime Vélez y me hizo señas con la mano de que lo esperara. Mientras cruzaba la sexta y se dirigía a Café Gardel a culminar alguna charla interrumpida por sus ocupaciones, me entretuve cinco minutos con una historia sobre el despojo y la lucha social entre cacaoteros y hacendados, bellamente contada por el hombre de Bahía.

Me saludó y se sentó, sacó el libro del sobre de manila, El gran Gatsby, y la nota sobre la celebrada novela de Fitzgerald. Era una nota, en efecto, no una crítica ni un ensayo, que llevaba por título “Comentario sobre El gran Gatsby”, el agradecimiento a Rafael Araújo, dueño del libro, y la firma Jaime Vélez al final del escrito. Como siempre, esperaba un buen planteamiento, un análisis minucioso, sin lugares comunes, una interpretación audaz y un desarrollo lógico del asunto. Los antecedentes presagiaban una buena nota, un texto corto pero no incompleto, un comentario sobrio que sin ser académico se ajustase a las exigencias del ensayo, una hipótesis, una antítesis y una tesis, en otras palabras, una premisa, una prueba y una conclusión. El auditorio de Jaime suele estar compuesto por personas que desconocen su titulación como licenciado en literatura.

Era de esperar, pues Jaime no es el expositor perezoso que se contenta con hacer un resumen del libro, aderezado con anécdotas y digresiones, con un par de trazos que dibujen toscamente los personajes, como terminando la tarea lo más rápido posible. Tampoco estamos ante el comentarista promedio, que utiliza un estilo tremendista, exageradamente macondiano, para disimular su incompetencia. Todos sabemos que Jaime es un lector juicioso y agudo, que se da tiempo para penetrar en la médula del texto, como quería Girondo, y sacar sus propias conclusiones. Particularmente me sorprende la manera cómo Jaime saca con facilidad las categorías de análisis a medida que avanza en el desarrollo de la idea. Por este motivo los amigos hemos esperado toda la vida que Jaime despegue como escritor, pero es inútil, no se puede pedir a un autor oral que cambie al modo escritura si no tiene oficio, si no tiene las pretensiones de escritor y menos de crítico.

Después de leerla completa e interrumpirse con algunas acotaciones al vuelo, dobló la nota, la guardó en el libro y metió el libro, justamente el objeto del análisis, en el sobre de manila, quedando todo como al comienzo. Me dijo que en agradecimiento por el préstamo devolvería el libro a su dueño con la nota dentro y, de ser necesario, se la leería personalmente. Pensé que a veces, por los llamados vasos comunicantes, la devolución de un libro supone el préstamo de otro con el que tiene relación, como Cien años de soledad con Los Sangurimas de José de la Cuadra. Al rato, por algún resorte desprendido de la conversación, volvió a sacar el libro del sobre de manila y la nota sobre la novela de Fitzgerald, me leyó algunos pasajes sueltos y lanzó su hipótesis del destino, como si hubiese descubierto la esencia del flogisto. Por mi parte, siempre vi El gran Gatsby como una novela policial, pero Jaime fue más allá, habló de los griegos, habló de Nietszche y esbozó su teoría del destino, lo que quería decir, palabras más, palabras menos, que Gatsby, el rico emergente, tenía que morir a manos de Wilson, así estaba escrito en algún lugar del mundo.

La cosa no quedó ahí, pues en posteriores ocasiones, en encuentros fortuitos con Jaime en las calles del norte de Cali, en La Aragonesa, mientras llegaba de Café Gardel y me daba tempo para tomar nota sobre las singularidades de la novela que leía en ese momento, o mientras caminábamos pausadamente por la plazoleta Varela, en dirección al centro comercial Centenario donde lo esperaba Julio César, escuché nuevos asedios a su teoría del destino. Esta vez me hablaba de su interpretación y la que había hecho Vargas Llosa en su libro La verdad de las mentiras. Previamente le había mandado vía mail el ensayo de Vargas Llosa sobre Gatsby, escrito en 1988, y coincidimos en que si bien tenía aciertos, no era tan bueno como podía esperarse de un premio Nobel. Vargas Llosa no planteaba ninguna hipótesis fuerte similar a la teoría del destino, se quedaba en la anécdota y más bien parecía obligado a escribir sobre Fitzgerald por algún contrato editorial o la competencia natural entre los escritores llamados grandes.

Bueno ¿y todo esto qué tiene que ver con el señor Hemingway? Por Jaime acometí la relectura de Hemingway para reencontrar a Fitzgerald y volví a imaginar, sin acudir a ningún estudio o película que se ocupara del asunto “encuentro de escritores norteamericanos en los años veinte en París”, volví a imaginar el ambiente literario y cultural, que era muy intenso porque circulaba el dinero, la gente compraba y viajaba y se inventaban géneros, escuelas y movimientos cada día, poniendo a trabajar a toda carrera a los editores de las revistas y a los agentes literarios. Imaginé los eventos de lanzamiento, la celebración íntima o fastuosa, según el bolsillo del artista, la solvencia de sus amigos o la excentricidad del mecenas. Imaginé las tertulias y sobre todo las conversaciones y las peleas en medio de los tragos, las fiestas, como interpretamos los hispanos de lengua y mentalidad epicúrea. Jaime me puso a recordar un bello libro de cuentos sobre toros y toreros, que había regalado en los ochenta y que traté de encontrar en formato digital en internet. Esta vez no tuve éxito en la búsqueda, la tablet se quedó con las ganas de tener un incunable en su disco duro y yo terminé un poco desencantado con la red de redes

La nota de Jaime también tiene que ver con que Hemingway, Fitzgerald y demás escritores norteamericanos en el París de los años 20 formaron una cofradía, un ambiente propicio para hacer literatura, con gente crítica como Stein, agente literaria, Pound, descubridor de Joyce, y Cowley, descubridor de John Cheever y redescubridor de Faulkner. Era una generación encontrada, más que perdida. Hemingway fue quien hizo la biografía novelada de esos años en su libro Paris era una fiesta (A Moveable Feast), otorgando un especial protagonismo a Fitzgerald, y Erns, como le llamaba Pound, fue quien escribió El viejo y el mar, la novela corta que leen los muchachos colombianos en bachillerato. Tatie, como le llamaba su mujer en la intimidad del hogar, le daría la idea a Cepeda Samudio para escribir ese trozo de la Casa Grande conocido como Soldados, aparte de que García Márquez dijera que Hemingwayinfluyó en su literatura, como puede comprobarse si ponemos frente a frente el Relato de un náufrago con El viejo y el mar y vemos el símil de la proeza de vencer la dificultad con algo de suerte.

Con una prosa magistral Hemingway evoca en Paris era una fiesta el ritual de escribir con disciplina, antes de salir de su apartamento a vagabundear, a procurar recrearse con sus amigos escritores, poetas y pintores en un café parisino o a cumplir alguna cita con Sylvia Beach para recibir los libros recomendados por la propietaria de Shakespeare and Company. También era aplicado en la lectura y creía distinguir entre lo bueno y lo malo (no le gustaba Dostoievski) o tal vez podía reconocer el matiz de su escritura en el intento de los demás por plasmar la imagen genuina con palabras apropiadas. Pound siempre pidió a los escritores conciencia literaria, una manera de negar el factor inspiración y la pretensión de una obra no respaldada en el trabajo honesto y tenaz, en otras palabras, la rigurosidad de la creación que se consigue mediante la fundamentación, sin el nerviosismo que distrae al prospecto de escritor obsesionado por el éxito o la fama.

La deuda con Pound es innegable, pero no definitiva, pues el compañero de Fitzgerald y Joyce mantenía su propia poética. La obra de Hemingway está llena de frases que adquieren el carácter de aforismos iluminadores o emblemas portadores de fuerza creativa, como la siguiente: Dicen que las simientes de todo lo que haremos están en todos nosotros, pero a mí me parece que en los que bromean con la vida las simientes están cubiertas con mejor tierra y más abono. Este hombre corpulento, aventurero y desprendido, el típico gringo trabajador, activo y práctico, es el mismo que compensó a su esposa Hadley Richardson con las regalías de Fiesta (The sun also rises). Los que bromean con la vida, interpretamos en la distancia, son aquellos que mantienen una estrecha amistad con la muerte, que no le temen al peligro y al riesgo de sufrir accidentes o padecer enfermedades. En la vida y en la creación no hay límites insuperables, sólo hay esfuerzo y dedicación, indulgencia con el artista frustrado o fracasado y crítica áspera de la ingenuidad, el desatino y la vacilación del cobarde.

Salvo los árabes y algunas culturas milenarias rígidas, con sus religiones cerradas y dogmáticas, en el mundo occidental y en los países del lejano oriente no se ve la mano de la censura recogiendo libros y quemándolos. No se ve  la intolerancia de otras épocas y los autores pueden abordar en libertad los temas más controversiales del momento. Solamente los prejuiciosos y moralistas hacen su lista negra de obras censuradas por el tema, la ideología y la actuación de sus autores en diversos escenarios. La mayoría se ríe de las maldades de los autores y sus personajes y en las conferencias les celebran sus ocurrencias con prolongados aplausos. Entonces queda claro que los autores terribles de Colombia alternan la payasada en las ferias y carnavales populares con la sobriedad del trabajo silencioso en el recinto privado. De otra manera no podrían publicar con regularidad nuevas novelas.

La censura moral, que pretendía decirnos qué era correcto o incorrecto incluso en materia estética, es cosa del pasado. Nadie se queja por la decadencia del hombre, nadie se siente llamado a denunciar por escrito (un memorial, un manifiesto) la pérdida de estatus o los traspiés que han sufrido los valores occidentales, nadie pierde su tiempo en preguntarse sobre las causas de la derrota del humanismo. O si alguien lo hace en el viejo formato papel o en internet, no logra tener resonancia y no conmueve a nadie. La televisión ha atrofiado en menos de un siglo la mente y la sensibilidad de los seres humanos, las facultades que demoraron millones de años en formarse. Leemos y vemos las cosas sesgadamente, según la codificación reproducida de los medios masivos de comunicación, y como dijo McLuhan, los comentarios al final de la historia de amor se enfocan en unos patos que nadan en la laguna.

La moral ha cambiado y la gente no se escandaliza tanto con el cuerpo de una mujer desnuda como con el maltrato de los animales o la muerte de las ballenas, además del daño ecológico y la condena del deporte de la caza. Justamente, recordemos que un escritor antioqueño regaló a una fundación protectora de animales un grueso premio en dólares obtenido por una novela antiedípica, matricida como pocas al igual que paternalista. En materia de derechos humanos hay un empate, pues las élites y las gentes influyentes no hicieron nada para detener la guerra, las masacres y los abusos de los uniformados de distinta procedencia, más bien la alentaron con el liderazgo de un presidente amante de los caballos de paso, y hoy dan un viraje para apoyar a un presidente de la paz de quien desconocemos su mascota preferida. En Fiesta, en cambio, lo censurable es la falta de personalidad y la cobardía, pero particularmente el comportamiento libertino de Lady Brett Ashley, una mujer emancipada y gozosa que arrastra a dos hombre a la perdición, a Robert Cohn y al torero Pedro Romero.

Los ecologistas, defensores de la naturaleza, enemigos de las corridas de toros, condenarán al autor de Muerte en la tarde por su afición taurina, sin haber leído ninguno de sus libros. La opinión pública nunca se hace preguntas artísticas, solo afirma verdades racionalmente prácticas. Desde las religiones es imposible entender que el arte es soberano para tratar cualquier tema, que el artista sabrá considerar qué tema es significativo para iluminar un detalle de la vida. Las ideologías radicales condenarán al escritor que simpatizó con la Revolución Cubana y los escritores de los talleres literarios, influenciados por sus directores, objetarán el estilo sobrio y puntual de Hemingway, sustentado en oraciones simples y una sintaxis sencilla, sin frases subordinadas, aprendido en sus años de periodista en el Toronto Star y empleado en Los asesinos. Hemingway fue versátil, no se encasilló, y por ello Fiesta, Los asesinos (cuento publicado en 1927, un año después de Fiesta), París era una fiesta, El viejo y el mar, publicado en 1952, son textos de diferente tono y ritmo, pero todos marcados con el vigoroso estilo Hemingway, salidos no del teclear de sus dedos en la máquina de escribir sino del estremecedor fuelle de su respiración.

Ese fuelle se apagó un 25 de julio de 1960 para dar comienzo al mito. Durante muchos años creí que Hemingway se había suicidado para continuar la tradición de los poetas valerosos, de los guerreros que jugaban con la muerte, pero no fue así, no se mató para demostrar que era valiente o para escapar al dolor de una decepción amorosa, sino por una enfermedad genética, como dice la ciencia médica. Ultimately, Hemingway's defense mechanisms failed, overwhelmed by the burden of his complex comorbid illness, resulting in his suicide. However, despite suffering from multiple psychiatric disorders, Hemingway was able to live a vibrant life until the age of 61 and within that time contribute immortal works of fiction to the literary canon (Martin, 2006). Murió por defenderse de la enfermedad mental a los 61 años y dejó una grandiosa obra.

 

REFERENCIA

Martin CD (2006). Ernest Hemingway: a psychological autopsy of a suicide in Psychiatry. Winter;69(4):351-61.

 


LA SUERTE DEL TALENTOSO:

EL CASO MODIANO

 

En los viajes a Dapa, que fueron muchos, conversamos con Jorge sobre las estrellas que brillan en el firmamento por un tiempo y de repente se apagan, por un fenómeno tan lógico como extraordinario, digno de un estudio estadístico y también esotérico. Este fenómeno es el agotamiento y la renuncia al sueño artístico y el consiguiente olvido del público. Después de prometer una obra sensacional, de mostrar indicios de calidad en sus primeras publicaciones, los artistas desaparecen sin dejar rastro o se echan a perder en conversaciones nostálgicas y en ocupaciones asumidas con desgano. Llama la atención que las secciones culturales de la prensa y la prensa cultural especializada mencionen nombres que jamás se escucharon, como si las generaciones precedentes no hubiesen existido, como si no hubiesen dejado huella, pese al bullicio de sus actuaciones.

Qué se hicieron los Rolando, los Hernando, los José Antonio, los Roberto, los Octavio, los Pacho y tantos otros, qué se hicieron los talentos, los que presentaron una obra sorprendente al público y los que ganaron sendos premios de literatura, los que mandaban la parada por épocas, como se dice popularmente. Deber ser porque nada es como antes, porque todo es efímero y la notoriedad dura un suspiro con tanta gente que entra y sale cada año en los entresijos de la cultura, porque aquí nadie toma en serio a los escritores, a los artistas locales, porque aquí no es como Francia, Alemania o Inglaterra, incluso España e Italia, aquí nadie compra un libro ni va a teatro regularmente. Aquí no hay editoriales ni agentes literarios, tampoco hay agencias de noticias ni críticos que hablen de literatura con la misma sapiencia con que hablan de guerra. Aquí no hay una oficina de un editor o un agente editorial que te reciba con saco y corbata y te invite a tomar un capuchino en el Café de Los Turcos. Aquí no hay un loco descubridor de talentos que jamás desmayará en su intención de fabricar un bestseller, mientras se gasta una fortuna viajando a otros países para conocer grandes escritores en persona y tomarlos como puntos de referencia.

Qué se necesita para entrar con pie derecho al negocio editorial, aparte de hacer el ejercicio de fortalezas y debilidades en un curso de capacitación ofrecido por la Fundación Semillero de Premios Nobel, que incluye una biografía de los premiados y un estudio de los factores desfavorables como la escasa publicidad y los temas controversiales, que impiden a un candidato alcanzar el estrellato. Todos los años la suerte le es esquiva a la mayoría, solamente gana uno, no como en otros premios que se rinden ante la evidencia de que hay dos tan buenos que no se puede prescindir de ninguno, más por el afán, pues uno de ellos puede aguardar hasta el próximo año, cuando toca hacer un simulacro de concurso porque ya se sabe quién es el ganador, pese al mérito de los demás. A la Academia Sueca poco le importa que el que no salió esta vez no salga nunca por la eventualidad de la muerte, teniendo en cuenta que el candidato suele ser una personas vieja y achacosa, víctima de una enfermedad terminal, entregado a una vida etérea de recuerdos de obras que fueron exitosas desde el punto de vista artístico y comercial, cuidado por una mujer que hace las veces de esposa y enfermera al mismo tiempo o de una auténtica enfermera que atiende su súplica de que le lea el nombre de los candidatos que menciona la prensa, cuáles son los candidatos que entraron y cuáles son los que salieron, para comprobar si sigue en la lista como todos los años.

Cuando llegamos a Dapa y Jorge timbra a Edgar para que abra el portón de su casa, el tema no se ha agotado y lo dejamos para el siguiente viaje, sin tener conciencia de la decisión tomada porque los conceptos y las imágenes compartidas estarán al acecho esperando una nueva oportunidad ese mismo día, aguardando un descuido en las conversaciones para colarse y reaparecer vertiginoso desafiando la prevalencia de otros temas. En la tertulia improvisada el naturalista expondrá su posición diciendo que el pez grande se come al chico, aun en el campo artístico donde, comparado con el campo educativo, son pocos los peces y son cada día más escasos los peces grandes. El biologista explicará que muchos mueren en el camino, es decir, que de los millones de espermatozoides que obedecen la orden, y salen disparados a la meta de la creación como una explosión de entusiasmo, por lo general sólo uno ovula y en ciertos casos excepcionales sólo dos o tres procrean.

Así también pasa en el campo artístico, donde miles de talentos que surgieron y circularon en el pasado, que sonaron como los representantes de las nuevas generaciones, los sucesores de los maestros de renombre, desfallecieron en el camino, se agotaron y desaparecieron. Los estudios sistematizados de las universidades no alcanzan a nombrarlos a todos, sus revistas, sus publicaciones en la prensa y sus libros, no se proponen explicar el fenómeno, sólo se limitan a describirlo. La verdad, algunos se acreditan en un tiempo muy corto, algunos son forjadores de una nueva escuela artística a la edad de Rimbaud, algunos son premiados aunque viejos, pero lo importante es que trascienden y tienen derecho a ser reproducidos en la efigie que un concejal preocupado por la cultura recomienda poner en un parque de la ciudad, pero son las excepciones. ¿Y los demás qué, qué se hacen los demás, a qué se dedican? La sociología de la literatura todavía no ha informado sobre el resultado de sus investigaciones. Esperemos.

Mientras tanto hablemos de los premios Nobel, que fueron conocidos en sus lugares de origen antes de ganarlo, hablemos de la baraja de candidatos al premio Nobel, que todos los años por esta época llenan las páginas de la prensa con una reseña, una foto y la opción de ganar según los expertos en premiaciones. Los candidatos rotan menos, casi siempre aparecen los mismos en el mazo de naipes, de pronto se ve uno nuevo, un nombre raro, reemplazando al que salió el año anterior por haber ganado el premio. Los que ganan el premio lógicamente salen de la foto de los favoritos, salen de las cábalas de todos los años, salen de la lista elaborada por los periodistas, expectantes a ver qué pasa, y salen de la lista secretísima del jurado sueco (¿o es que la democracia global ha logrado que se admitan jurados de otras nacionalidades?). Hay grandes autores en el mundo, con temas de toda clase y no solamente universales, autores que son ellos mismos el gran tema de los periodistas antes y después de otorgarse el Nobel, muchos de ellos eternos postulantes o que nunca son tenidos en cuenta. Desconocemos si existe un libro sobre los Nobel de literatura que murieron sin serlo, debe haber en otros idiomas que sostienen una industria editorial potente, en países donde las editoriales pretenden que saben leer las necesidades del público o contratan un editor jefe que sabe cómo hacerlo, por algo tiene tras de sí un séquito de jóvenes talentosos.

Todo premio Nobel es un candidato antes de convertirse en Nobel y un candidato no es que signifique gran cosa en la industria cultural, puede ser conocido en su país y ganar todos los premios en su lengua, pero no será universal, su nombre no se mencionará en todas las lenguas del mundo, mientras no produzca ganancias y comentarios por doquier entre los lectores y la prensa. Las ventas son el principal indicador de reconocimiento. Es lo que no se dice, que para ser Nobel hay que merecerlo y este merecimiento se constata en el negocio editorial, cuando el autor ha entregado hasta su obra póstuma concedida a su esposa e hijos, como Bolaño. Todos los demás, los cientos de miles que cada año publican libros, mientras no sean atractivos para los agentes, las editoriales y el público, se quedan en la categoría de talentos. Este no es el caso de Rulfo, desde luego, que no soportaría el asedio de la prensa después de ser nominado al Nobel, o de Borges, que toda la vida se creyó elegido y espero el Nobel, esquivo por hablar bien de Pinochet, según dicen.

Queremos destacar que un candidato al Nobel se reconoce a la legua. Estamos ante un candidato o un virtual candidato cuando se comprueba que el escritor ha mostrado atisbos de excelencia en su carrera, cuando ha participado en tertulias con reputados editores en su juventud, cuando se ha codeado con los mejores exponentes de la cultura de su tiempo. Puede hablarse de candidato o posible candidato cuando el escritor, no importa edad, sexo, raza o religión, ha sabido cotizarse en su gremio por la publicación de unos buenos poemas o una buena prosa, como dicen los que saben, porque ha publicado sus libros en las mejores editoriales del país y ha sido traducido a otras lenguas del mundo y, el elemento más importante, porque sus libros son fotocopiados o pirateados, pasando de un lector a otro deshojados y sudorosos, caso de Pedro Páramo, Cien años de soledad o Rayuela. Si estas condiciones no se cumplen, el escritor será un eterno talento que trabaja creyéndose el mejor, sin saber si lo es realmente, con la mira puesta en las mejores editoriales del mundo hispano, las sudamericanas de Argentina, las joaquinmortices de México o las alfaguaras de España (país de donde fueron las barral y las bruguera), antes de escalar a editoriales inalcanzables como Random House o Gallimard, para citar solamente dos.

Después de toda suerte de vaticinios, de favoritismos, de mayor o menor probabilidad de ganar, finalmente los suecos le dieron el Nobel de literatura a Patrick Modiano. De este premio y su importancia para las letras de Cali tal vez hablemos con Jorge en el próximo viaje a Dapa, donde aguardan con generosidad Edgar y su esposa Tilcia. Mientras el carro se desplaza escoltado a lado y lado por  los hoteles del barrio Menga, hablaremos seguramente de la industria editorial, de la muerte de editoriales prestigiosas y la agonía de otras, de La Carreta, Áncora Editores, Villegas Editores, Oveja Negra, Norma, etc., y de las editoriales llamadas del Propio Bolsillo. Le recordaré que Hugo García estuvo a la espera de la carta de Brasil o España con la feliz noticia de que le publicarían su libro, pendiente del contrato como el coronel de su pensión, pero infortunadamente se murió sin ver publicados sus cuentos y novelas mezcla de historia y erotismo. Hablaremos de las condiciones que hacen falta para descubrir no sólo talentos sino escritores de peso, como Andrés Caicedo, que gracias a Garavito y Colcultura conoció el éxito en vida, aunque por poco tiempo, del ojo crítico que debe tener el cazatalentos y del apoyo emocional que debe brindar al joven escritor para que no se distraiga en otras cosas. Al doblar por el supermercado la catorce para tomar la vía a Dapa, pasando por el hospital San José y el colegio Jefferson, recordaremos los nombres de los poetas, hombres y mujeres, que creíamos dejarían una obra asombrosa, de cuentistas y novelistas prometedores, no ensayistas porque este género casi no se cultiva o se ha vuelto exclusividad de la academia.

En el duro ascenso por las montañas de Dapa para llegar donde Edgar y celebrar un nuevo encuentro de los editores de la revista, tendremos tiempo para ocuparnos, no para chismosear, como es la costumbre en el gremio, de tal o cual malogrado escritor de otras épocas, que fue un referente y tuvo su oportunidad, quizás la única en su vida, pero la desperdició tontamente por creerse importante o el más importante entre los talentos de su generación, volcándose a la bohemia y olvidando la creación y sobre todo el estudio para adquirir los fundamentos. Fueron muchos los talentos que desde los años setenta hasta hoy alcanzaron reconocimiento y fama, muchas genialidades que brillaron por espacio de semanas o meses hasta que se fueron apagando, se malograron y desaparecieron del mapa. Lo cierto es que si usted conversa con un joven estudiante, no sabe quién fue Rolando, qué hizo mientras incursionó en la literatura, qué se hizo después de recibir la aclamación del público en uno de sus recitales y correr en seguida al Chuzo de Rafa a celebrar con unas cervezas.

En la conversación recurrente, como si no hubiese otra cosa de qué hablar, estemos de ida a Dapa o volviendo de ese lugar paradisiaco llamado también Jacaranda, la finca o la oficina de la revista, saldrá el nombre del último premio Nobel de literatura, algunos libros de su cosecha y los premios que ganó en su país de origen, sin descontar el Goncourt. No hablaremos de Goncourt ni de por qué se instituyó el premio sino de la oportunidad, más bien de la suerte que tuvo Modiano para no terminar en el olvido como los demás, en virtud de su encuentro con Queneau, el gran Queneau, el autor de Ejercicios de estilo y Zazie en el metro, entre otras obras de gran factura. ¿Quién no se hace grande al lado de Queneau? Incluso podemos decir que ya se sabía que Modiano sería premio Nobel en cualquier año, en una dura competencia en la cual cualquiera puede ganar por una nariz. Como todos los años, esta vez estaban en la largada Murakami, Auster, Ngugi wa Thiong’o y un centenar de buenos escritores del mundo. Pero solo Modiano había contado con el aval de Queneau para publicar su primera gran obra en Gallimard. Modiano fue grande gracias a Queneau como Franz Kafka fue grande gracias a Max Brod. Ah, y también gracias a la literatura francesa, que fue de donde surgió, antes de Modiano, Queneau, y antes de Queneau Víctor Hugo. De esa cantera salieron Balzac, Stendhal, Flaubert, Proust, Celine, Simenon (belga) y todos aquellos que contribuyeron a consolidar la tradición literaria gala. 

Al César lo que es del César, y tal como dije cuando hable de la deuda de los kafkianos con Max Brod, hay que darle el crédito a Queneau, siquiera una pequeña nota al final del texto. Lo merece. Ahora todos elogian a Modiano y olvidan que fue Queneau el ojo zahorí que descubrió para Francia a finales de los sesenta, y para el mundo en la segunda década del nuevo siglo, a este monstruo de escritor que pasó la prueba del talento. Monstruo porque hizo una obra citadina sobre temas cruciales de la historia contemporánea poniendo a Paris como escenario, una novelística sobre los vericuetos físicos y emocionales de Paris que le llevaron a ocuparse del colaboracionismo (Trilogía de la ocupación), la deportación o desaparición de los judíos (Dora Bruder) o la memoria de la orfandad (Joyita). Justamente este último punto parece tener relación con su suerte de escritor descubierto por un clásico que pudo reemplazar al padre como guía de vocaciones. Desconozco la biografía de Modiano y la crítica que puede haberse escrito sobre su obra, toneladas de papel o de bytes, sin embargo puedo decir que la relación con el padre o la ausencia del padre, similar al caso Kafka, jugó a su favor permitiendo que invirtiera los ingredientes negativos por los positivos en la alquimia del verbo.

En otro momento nos ocuparemos de la relación Modiano-Auster y Modiano-Vásquez (Juan Gabriel), por ahora terminemos esta nota sobre los temas literarios que surgen en las casi dos horas de viaje a Dapa con el poeta Jorge Ordoñez diciendo que autores de segunda hay un poco en ciudades como Cali, no hablamos de la ciudad luz, autores de tercera hay por montones, que si publicaran sus obras y se pusieran estos libros junto a los árboles que alegran la vía a Palmira, todavía faltaría espacio para esta exposición surrealista. Modiano no corrió la misma suerte por la feliz aparición de Queneau y durante un año sus libros ocuparán los principales estantes de las librerías colombianas y serán exhibidos en grandes vitrinas en el hall de las bibliotecas para que los muchachos conozcan al nuevo premio Nobel, especialmente las muchachas de los colegios, que lanzarán gritos de histeria con sólo ver la foto de Modiano a sus veintitrés años, sin tener la menor idea del rol que jugó Queneau en su carrera. Por lo leído a vuelo de pájaro, parece ser que Queneau evitó que Modiano terminara en las calles de Paris como el gamín que roba cualquier cosa a su alcance para sobrevivir, o que fuera recluido en la cárcel por vandalismo, en ese sitio donde todos saben que se aprende el arte del crimen y donde, en el mejor de los casos, el delincuente hace su escuela ejercitándose en la solución de los asesinatos casi perfectos, que la policía tarda en descubrir u olvida por siempre ante la avalancha de nuevos casos.

 


LITERALIDAD HERNANDIANA

Letras, literatura, literato, letrado, lectura, literalidad, familia de palabras que nos hace pensar en lectores. Hay indicios para afirmar que Cali no se caracteriza por tener lectores exquisitos, aquellos a quienes en el pasado se les conocía con el gracioso apelativo de ratones de biblioteca. Tengo pruebas. Solamente cuatro, tres breves y la cuarta larga, tres escuetas y la última retórica. Primero las pruebas escuetas. Según la estadística de las instituciones responsables, en promedio un ciudadano caleño no alcanza a leer un libro al año, y eso contando libros de texto. Cuando la gente habla de literatura cae en los lugares comunes. Borges es el autor más citado. Los libreros se quejan, la cosa va de mal en peor. Claro, los grandes lectores que conocimos en los 70, que deben estar frisando los 60, disfrutan de la pensión en los centros comerciales o han muerto.

La prueba retórica es el hecho de que no se vendiera la obra completa de Felisberto Hernández que publicara Siglo XXI en tres volúmenes y que reposara durante mucho tiempo en un estante empolvado de la librería Signos. La librería Signos se llamaba así porque fue el nombre que se nos ocurrió con Nydia Vivas en homenaje a José Carlos Mariátegui, autor de Signos y obras, no porque en los 70 se viviera el boom de la semiótica, como muchos creen. Viendo el nombre de Felisberto, la carátula y la mención de los tres volúmenes en el catálogo de Siglo XXI, la prestigiosa editorial mexicana fundada por refugiados españoles, no dudamos en recomendar a Chamizo que trajera la obra diciéndole "se vende ya". ¡Cuál se vende ya! Pasaron los años hasta que Gustavo Zapata, persuadido por nuestras alabanzas, compró el cañengo. Quizás en ese tiempo no se sabía en esta ciudad salsera que Gabo era uno de los autores influenciados por Felisberto. Tampoco se sabía de la admiración de Cortazar por el escritor pianista ni del prólogo de Calvino a la edición italiana titulada Nessuno accedenva le lampade.

La obra que más circulaba en América Latina, y parece que la mejor de Felisberto, era Nadie encendía las lámparas, publicada por Arca de Montevideo (¡cuál más!). En los 70 todo el mundo en Colombia leía con avidez los trabajos de Benedetti y Galeano, luego Onetti y en los colegios Horacio Quiroga. Hernández no se mencionaba ni se leía por ningún lado. Con razón la dichosa obra completa esperaba un lector llamado Godot diciendo las palabras mágicas, ¿cuánto es?, la llevo. La tendencia ha cambiado en esta segunda década del nuevo siglo (2010-2019), lógicamente por la globalización de la cultura gracias a internet, el lector acude al buscador para estar al día y parece que el prestigio vuelve a los dominios del autor de Las hortensias. Y con ello, como dicen algunos moralistas, se hace justicia. Por lo demás, en vista de nuestra precaria literalidad, existe cierta exageración en los comentarios con que se aborda la obra de algunos forasteros de la literatura hispana, y pienso no solamente en Felisberto sino también en Ramos Sucre, autor de El cielo de esmalte, y en José de la Cuadra, el de Los Sangurimas.

En materia de incunables confío en las palabras de Diego Luis Ortiz y no porque haya sido director del área de literatura del festival de arte de Cali y haya traído a gente importante mencionada en las tertulias pretenciosas de Los Turcos. A Diego le cuesta, pero finalmente logra sacar palabras sinceras de su espíritu crítico para hablarnos con solvencia de Pacheco, Nicanor Parra o Efraín Huertas, este último honrado por Roberto Bolaño. Diego es el que más sabe, es su mérito, y si no lo sabe lo busca y lo encuentra. Con Diego hemos compartido muchas rarezas de este continente literario y hemos tenido que descrestar para que nos respeten las nuevas generaciones. Con Diego podemos hablar de Felisberto sin desentonar, horas y horas hasta que nos damos cuenta de las primeras luces de la madrugada, podemos planear por encima de las nubes de la literatura uruguaya y latinoamericana sin marearnos, como si fuese el único oficio digno de llevarse a cabo.

Entonces la pregunta es ¿por qué Diego, que sabe mucho y es un lector consumado, no compró la obra completa de Felisberto? Es que ya la tenía en su biblioteca, es que nunca la vio cumpliendo su protagonismo deslucido en Signos o es que la obra se sentía víctima de la ingratitud y, como venganza, se escondía de todo el mundo, incluso de aquellos lectores que compran tres libros al atardecer y leen el prólogo completo no bien arriban al café. Quizás no la vio porque los tres volúmenes fueron bajando de nivel en el estante destinado a la literatura y terminaron en el tablón que lindaba con el piso. Quizás el polvo que arrastran los zapatos de la clientela cubría las letras opacando el nombre del autor y el título de tan gloriosa obra. Son divagaciones, son las clásicas conjeturas a las que nos tienen acostumbrados autores modernos como Paul Auster o Javier Marías, es metaliteratura, literatura sobre la literatura, que torna interesante al maestro Borges. Cabe hacer como los periodistas, ir a la fuente y al grano con grabadora en mano y preguntarle directamente a Diego, para salir de dudas, si vio la obra en Signos y si la vio por qué dejó que la comprara Zapata.

Mientras le hacemos la pregunta por correo electrónico, por mail, como se estila ahora, nos disponemos a releer el famoso cuento de Felisberto, el prólogo de Calvino a la edición italiana del libro citado y la nota nostálgica de Cortazar sobre su influencia. Leímos la nota del autor de Rayuela dos veces para asegurarnos de su autenticidad y fuimos a las mejores revistas de internet a ver qué pensaban los críticos, si estaban de acuerdo en que el exordio parece el texto de un muchacho talentoso pero inexperto, un paso en falso causado por la emoción de toparse a boca de jarro con el ídolo. Expresar la simpatía y las similitudes con desmesura hace parte del agradecimiento, más alla de que el texto sea sentimental y haya sido escrito en un estilo de joven promesa que descubre su vocación literaria y lucha por tener una voz propia. Vale el agradecimiento a un autor que cambió la idea de literatura, que borró la frontera entre la literatura y la vida y tuvo la genialidad de crear vericuetos fantásticos en los cuales lo razonable es perder la cabeza.

 


Carlos Fajardo Fajardo

DESPEDIDA DEL CONFABULADO

 

Querido Gonzalo, ¿quién dijo que los poetas mueren? Ellos viajan, asumen su eterna condición de viajeros, creando posibilidades como tú lo hiciste a lo largo de toda tu vida, inventando regiones donde el viento es rey  y la poesía luminoso astro. Poeta, tus palabras, tu amistad estarán presentes en nuestros senderos de bruma, para iluminar estas constantes sombras.

Nos harás mucha falta amigo; harás falta a esta generación de confabulados para pensar, reflexionar, leer a hechizados poetas, soñar en locas empresas poéticas, para amar y bebernos el vino que quedó pendiente, emborracharnos cantando nuestras canciones amadas, para escribir y conversar emocionados hasta que se rompa el alba.

En eso consistía para ti la amistad y la poesía ¿te acuerdas?

Tantos recuerdos en nuestras mochilas de viento; tantos proyectos Gonzalo. Son asuntos que se depositan en el corazón y salen hoy para evocarte y recordarte llenos de complicidad y admiración por tu obra, por ese importante  legado que has dejado  y por el cual deseamos agradecerte, darte las gracias “por tantas alianzas sensibles” como nos decías lleno de abrazos y estremecimientos. Sí, tú lo escribiste: “Vino la muerte y su cuerpo de cristal… Un viaje siempre precede a la vida”.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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