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Augusto Monterroso

LA LETRA E

 

Yo sólo corrijo

 

Veo en Le Monde, en la sección dedicada este día a los libros, una nota con un titular destacado: «Un humorista genial: Alfredo Bryce-Echenique», en la que Claude Couffon, traductor, entre otros, de Miguel Ángel Asturias y Carlos Fuentes, comenta La vida exagerada de Martín Romaña, la última novela de Bryce, que acaba de aparecer aquí traducida al francés.

Los escritores no siempre se alegran mucho de ver elogiados a sus colegas. Lo contrario suele ser lo común. Pero ésta, como tantas otras, puede ser sólo una verdad a medias. A mí, en este momento, me alegra ver esos elogios, como también me alegró encontrar que Le Nouvel Observateur escoge Martín Romaña como una de las cuatro mejores novelas publicadas en la semana, al lado de Joseph Roth, Dashiell Hammet y Frédérick Tristan (Premio Goncourt estos mismos días). Conocí a Alfredo hace años en la Universidad de Windsor, Canadá, casi bajo la nieve que nos mantuvo encerrados cinco días durante un coloquio de escritores hispanoamericanos al que asistieron como figuras principales Manuel Puig, Salvador Elizondo, Ernesto Mejía Sánchez, Vicente Leñero. Ahí Alfredo, con su ingenio habitual, le contó a un público sumamente atento cómo escribía (casi sin corregir), mientras yo deseaba que alargara lo más posible su intervención porque el siguiente era mi turno. Cuando éste llegó, a mí, paralizado por el miedo, no se me ocurrió otra cosa que decir: «Yo no escribo; yo sólo corrijo», lo que al público, no sé por qué, le pareció gracioso y comenzó a reírse y a aplaudir, y a mí me dio la impresión de que los estudiantes y los maestros tomaban la cosa como que yo estaba diciendo que mi forma de escribir era mejor que la de Bryce y ya no pude decir nada más, ni mucho menos ponerme a dar explicaciones; pero Alfredo, que aparte de un gran escritor es un hombre de mundo, lo tomó con humor y después en el pasillo nos confesamos riéndonos que ambos habíamos dicho lo que habíamos dicho nada más por miedo escénico. Desde entonces Alfredo y yo somos muy amigos y con frecuencia nos vemos ante una copa en México o en alguna otra parte, pero sobre todo aquí en Francia.

Precisamente, una de mis mejores razones para venir esta vez a Francia en tren era ver a Alfredo en Montpellier, en la Universidad en que ahora enseña literatura, pero un amigo común me dice en Barcelona que no lo busque, que está enfermo o fatigado o algo, y después otro amigo me lo confirma y atribuye todo a la salida de su libro y al éxito, al cual, pienso yo, Alfredo debería estar, bueno, debería irse acostumbrando.

«Pero a través de sus mil y una aventuras –termina Couffon refiriéndose a Martín Romaña– de encantador desencantado, de 'víctima de una educación privilegiada', Martín Romaña nos dice lo esencial: el inmenso talento de su inventor, un tal Bryce-Echenique.»

 

Ocaso de sirenas

 

José Durand, quien desde hace varios años ha enseñado literatura hispanoamericana en las universidades de Michigan y Berkeley, me hace llegar su Ocaso de sirenas. La primera edición apareció en 1950 y es en la actualidad inencontrable excepto en manos de especialistas o manatiólogos, como los llama el poeta Ernesto Mejía Sánchez en el propio libro de hoy, ilustrado con los dibujos originales de Elvira Gascón, más nuevos grabados antiguos. (¿No suena mal eso de nuevos grabados antiguos, a manera de oxímoron por grabados antiguos nuevamente publicados?)

Durand insiste hoy por teléfono en que no se trata de una simple reedición ni de una antología como según él podría desprenderse de la solapa. Y así es, y yo lo sé muy bien pues en los últimos años he visto los capítulos añadidos y las nuevas versiones en borrador aquí y en otros países hasta los que me han alcanzado por correo, y lo he observado a él trabajar infinitamente, ésta es la palabra, en la ampliación y reducción y ampliación de esta obra en sí misma con algo de sirena por su pertenencia al mundo de los seres mezclados (como si hubiera de otros), mitad esto, mitad aquello; y de esta manera Ocaso tiene, si se lee bien, una mínima parte de documento y una máxima del talento de Durand para convertir la historia en literatura y los ficheros en este producto de creación y delectación morosas.

En este instante tengo que hacer un gran esfuerzo para no anotar aquí historias personales de Durand, que le dejo de buena gana en estos momentos en que él mismo juega con el proyecto de escribir sus memorias de Hamburgo 29-12. Durand, el hombre que más sabe sobre los Comentarios reales y toda la obra de Garcilaso de la Vega, El mea (su compatriota); el único de mis amigos que tiene la facultad de decir, sin equivocarse, claro, y en minuto y medio, si la grabación de una sinfonía de Mahler está dirigida por Bruno Walter o por Georg Solti; el solo capaz de escribir en una tarde un ballet basado en un cuento de Juan Rulfo; y (no sé si cometo una indiscreción) de perseguir durante varios meses a una mujer, de preferencia bailarina, durante dieciocho horas hábiles diarias por todos los medios de comunicación posibles, incluido el cajón (instrumento musical), que puede tocar doce horas seguidas, digamos de las siete de la tarde a las siete de la mañana del día siguiente, sin importar para nada que la bailarina, con pies ligeros, naturalmente, haya huido a las siete y cuarto de la tarde anterior, y el único, en medio de todo esto de perseguir a la vez, paso a paso, en las páginas de Cervantes, las huellas del amor platónico, plotínico y dantesco; y entre las de Cristóbal Colón, Antonio de Torquemada, Fray Toribio de Benavente (dicho Motolinía), Fray Bartolomé de las Casas y tantos otros, las huellas, por fin, del manato, o manatí o pejemujer, según el Diccionario de Autoridades «pez así llamado por la semejanza que tiene del medio cuerpo arriba con las facciones o miembros humanos, especialmente de la mujer, y a ellos cría sus hijos», hasta llegar a producir esta insólita obra de paciencia erudita y de persecución melancólica, no a lo largo y lo ancho de los mares abiertos (pero al fin agotables), como Melville a su ballena, sino del tiempo y de las bibliotecas sin límites, como su maestro Raimundo Lida, a quien está dedicada.

 

Los cuentos cortos, cortos

 

Correo con ejemplares de la edición de bolsillo de Short Shorts: Chejov, Tolstoi, Maupassant, Kafka, Crane. Me detengo en éste, el novelista y cuentista, no el poeta: Hart, de cuya permanencia en México ando buscando huellas desde que el otro día, leyendo el volumen Poems 1909-1925 de T. S. Eliot (editado en Londres por Faber and Gwyer en 1926), de mi propiedad, me encontré con la novedad de que en algún momento perteneció a Hart, pues en la primera página en blanco tiene bien estampada con tinta negra su firma: Hart Crane, y durante años yo no me había dado cuenta o lo había olvidado.

Así que, como de costumbre, comienzo a preguntar a mis amigos qué sabes de Hart Crane que vivió en México en 1921 con una beca Guggenheim; sí, me dicen, se suicidó tirándose al mar en el Golfo de México en 1932. Yo aventuro que habiendo vivido un año en México debe de haber sido amigo de alguien, del poeta Villaurrutia o de algún otro contemporáneo; en todo caso es seguro que conoció a Siqueiros, quien le hizo un retrato al óleo, y que fue aquí muy amigo de Katherine Ann Porter, su compañera de beca; los libros afirman que vino a escribir un poema sobre la Conquista de México y que tenía influencia de Rimbaud, y lo mismo, pero contradictoria, de Eliot, y lo que me gusta es que sea precisamente de Eliot –ese amor-odio suyo– el volumen que poseo, con palabras y nombres como Priapus y Tiresias copiados a lápiz en la página blanca final, si bien arriba de la firma de Crane hay otra también con lápiz de un tal E. R. Chase (que podría ser Richard Chase, autor de Walt Whitman –otra influencia de Crane– Revisited  y posible amigo de Crane si compartieron este libro), y habría que hacer una comparación caligráfica para averiguar de cuál de los dos son las anotaciones.

Pienso en algún mexicano especialista en Crane, alguien que en México haya hecho su tesis o un trabajo sobre él o que le haya seguido la pista aquí, pues a su estadía en México los libros que he visto le dedican no más de cuatro o cinco líneas, y a este respecto casi se concretan a asombrarse de que el barco en que vino y el de su regreso fuera el mismo, de nombre Orizaba, y ven en esa coincidencia un signo ominoso. Por mi parte, me he llevado un buen chasco cuando al encontrar en su poema The Bridge los nombres de Luis de San Ángel y Juan Pérez, me entusiasmé pensando que pudieran ser todavía vecinos míos de Chirnalistac, y resulta que se trata de Luis de San Ángel, cobrador de impuestos eclesiásticos en España, y de Juan Pérez, nada menos que confesor de la reina Isabel la Católica; o me desilusiono cuando apenas se cuentan sus exaltaciones en alguna fiesta popular en Taxco o se hace referencia a su posible única relación hétero, Peggy Baird, con quien estuvo también allí y con quien iba en el barco Orizaba de regreso a los Estados Unidos; pero los recuerdos de esta mujer son vagos e inseguros incluso sobre la fecha de embarque y no puede decir con certeza si el poeta se tiró al agua, lo tiraron al agua, o fue un accidente lo que contradice un tanto la leyenda según R. W. Lewis, quien señala asimismo que los parientes de Crane nunca aceptaron la versión del suicidio y pusieron claramente en la tumba de su padre: «Harold Hart Crane. 1899-1932. Perdido en el Mar»; aunque es claro que a los familiares de los suicidas no les gusta declarar en las esquelas o siquiera mencionar esta forma de muerte. En cambio, Waldo Frank, que fue su amigo, pero que no se encontraba allí para verlo, afirma elegantemente: «Se quitó el saco con calma, y saltó».

Sólo hasta este momento imagino que Luis Mario Schneider o Ernesto Mejía Sánchez, que está al tanto de todo e incluso ha traducido poemas de Crane, deben de saber cuánto hay que saber sobre Crane en México, pero ya es demasiado tarde para borrar lo escrito. Vuelvo al índice de Short Shorts: Von Kleist, Mishima, Joyce, Babel, etc., en esta antología de cuentos cortos publicada en Nueva York por Irving Howe e Iliana Wiener Howe, su mujer.

 

Nueva York

 

De regreso de un breve viaje me encuentro como desbordado por pequeños acontecimientos, y escribir estas líneas sobre los del viaje y los de aquí no es nada fácil. La sensación de desbordamiento viene sola, y donde digo pequeños acontecimientos quiero decir libros. Para bien o para mal, lo que en mayor medida me acontece son libros, y cuando en uno mío se señala que la primera palabra que la figura principal pronuncia a los cinco años de edad no es ni «papá» ni «mamá» sino «libro» se estaría dando a entender que ésta será también la última.

Aun cuando, como es natural, en este viaje anoté muchas otras cosas en libretas ad hoc, es muy improbable que vaya a repetirlas aquí. Todo el mundo (“todo el mundo” significa quienes leen esto) ha viajado y sabe cómo son los trenes, los autobuses, las demoras en los aeropuertos y la emoción de los aterrizajes. Cualquier tentación que en el pasado o en el presente haya yo podido tener de contar un viaje se ha visto siempre aplastada (perdóname, Yorick, pero ésa es la palabra, aunque tú, estoy seguro, darías cualquier cosa o emplearías los términos más corteses para que yo no me sintiera así) por respeto al Viaje sentimental, el mejor relato de viaje que se haya escrito jamás. Ya lo sé, está el Quijote, pero si nos ponemos así no vamos a llegar a ninguna parte, porque también existe la Odisea, o para algunos niños Julio Verne o, para los espíritus selectos si bien un tanto desarrapados, lo de Kerouac. Pueden intentarse otros, con más aventuras o menos aventuras, más largos o más cortos; viajes alrededor de nuestro cuarto, como el de Xavier de Maistre; viajes al infierno; a la Luna, como el de Cyrano de Bergerac; más cargados de pesimismo, como los de Gulliver; más llenos de peligros; con amores más intensos, como el de Des Grieux y su buena Manon; en vehículos más refinados y cómodos que la désobligeante de Yorick, o más veloces, incluidos los espaciales: nada igualará nunca el encanto del Viaje de Sterne, porque nada se parecerá nunca más a ese instante del siglo XVIII inglés en que Sterne se convierte a sí mismo y por derecho propio en el representante número uno de la Melancolía, de la melancolía que, como la ironía, no puede improvisarse ni adoptarse como programa; y hoy la melancolía se desprende de las cosas y de ciertas situaciones pero no está más en las personas, entre otras razones, tal vez, por exceso de farmacias o de nombres para designarla. Pero quizá toda la digresión anterior haya estado encaminada a registrar el pequeño acontecimiento que en este viaje significó para mí el encuentro con otro Sterne, otro y el mismo. Y si uno no se deja llevar por la digresión al recordar a Sterne ya no lo hará por nada.

Se supone que quien haya ido a Nueva York conocerá dos librerías (la Gotham y la Strand) a las que no puede dejar de dedicar una mañana, de preferencia una mañana a cada una, para consolarse de lo que sucede en ciertas otras, elegantes, bueno, más bien caras, en las cuales, a pesar de que los libros y sus autores cambian casi cada día, el espectáculo sigue siendo el mismo: el de una acumulación de llamativos objetos de todos los colores con todos los géneros literarios y todos los autores vendibles adentro; y el problema consiste en pasar una y otra vez frente a ellos y hojearlos y decidir si comprarlos en ese momento o no, porque uno sabe que tres cuadras adelante hay otra librería en que ese mismo libro puede venderse a un precio ridículamente bajo, aunque si uno finalmente se decide por esto último resulta que cuando llega allá el libro ha desaparecido, y así lo más aconsejable es comprarlo en donde uno lo ve primero venciendo ese temor de persona pobre de estar gastando sus pesos donde los gastan los ricos, y uno cree que los ricos no se preocupan de esto pero sí se preocupan y por eso son ricos. O encontrarse, al buscar en la librería X (no escribo el nombre por superstición: la editorial homónima publicó en inglés un libro mío), como lo había hecho en otras de la Quinta Avenida, la edición de Don Quijote traducido por Samuel Putnam (que me servirá a su debido tiempo para aclarar la cantidad de tonterías que Vladimir Nabokov dijo en sus conferencias sobre ese libro en la Universidad de Harvard); pero ésta es otra historia y no me han faltado críticos que se quejan de que mis paréntesis los distraen tanto que se pierden y terminan por no saber de lo que estoy hablando (pero qué haría uno sin los paréntesis), es decir, la más moderna, fechada en 1978, cuya primera edición apareció en 1949 (y Putnam, que había traducido antes a Aretino, a Huysmans, a Cocteau y a Pirandello entre otros, murió en 1950) y en la Colección Modern Library que dirigió Bennett Gerf y que desapareció durante un tiempo por publicar sólo libros buenos y ha medio revivido quién sabe por qué. O encontrarse, decía, con que el empleado, probablemente muy joven para estas cosas no sabía qué cosa fuera Don Quijote, por lo que, dudando de mi inglés y de su oído hecho a otros requerimientos, pronuncié en todas las formas posibles la palabra Quijote: Quixote, Quishote, Quiesote, Cuishote (todo por negarme a llamarlo Man of la Mancha), by  Cervantes, you know; pero él didn't know; «Cervantes?» - «Modern Library» «Modern Library?» Entonces le sugerí que quizá habría clásicos; y sí, y fuimos, y ahí estaba, tranquilo, gordo de más de mil páginas, barato, honrando a Bennett Gerf que en su tiempo se empeñó en publicar el Ulises de Joyce a pesar de todo el lío correspondiente. En cambio, en la barata Strand, subida en una escalera mientras yo la sostenía por un pie, B. encontró la rara edición original de The Life of Laurence Sterne por Percy Fitzgerald (J. P. Taylor & Co., New York, 1904), en dos volúmenes, intensos, empastados, con canto superior dorado, grabados, y esta nota impresa: York Edition. The Coxwold Issue of The Life and Works of Laurence Sterne, printed at the Westminster Press, New York, is limited to Two Hundred and Fifty Sets of which this is the Set No. 143 (143 escrito a mano). Que uno compra por unos cuantos pesos para que sus amigos bibliómanos le tengan envidia ya que no se la tienen por lo que uno escribe.

 


Pilar Vélez

LA INVISIBILIDAD DE LOS ESCRITORES HISPANOS

DE LOS ESTADOS UNIDOS

If you talk to a man in a language he understands, that goes to his head.

If you talk to him in his language, that goes to his heart.

Nelson Mandela

 

Uno de los dones más admirables del ser humano es la capacidad de comunicarse con sus semejantes por medio de un lenguaje común. Este lenguaje común, sistema de vocablos propio de una comunidad social, también llamado idioma, ha posibilitado el desarrollo de la humanidad y el traspaso del legado cultural de una generación a otra. Sin lenguaje no habría civilización y sin idioma sería imposible preservar la cultura de un pueblo. Se estima que existen hoy en el mundo  alrededor de siete mil idiomas y dialectos, de los cuales una mínima parte se habla masivamente, y que alrededor de dos mil quinientos de ellos desaparecerán en corto plazo debido a la globalización y su efecto de homogenización cultural. Según la Unesco1, el mandarín, el inglés, el español, el hindi, el árabe, el bengalí, el ruso, el portugués, el japonés, el alemán y el francés son los idiomas más hablados en la actualidad, y los hispanos debemos sentirnos orgullosos y afortunados de que nuestro idioma, además de su amplísima difusión en todas las latitudes del mundo, sea uno de los seis idiomas oficiales de las Naciones Unidas.

La pluralidad cultural de los Estados Unidos es uno de sus mayores atractivos, por ser este país la meca  de la población mundial. Se trata de una nación de emigrantes, razón por la cual en su territorio se hablan, en mayor o menor grado, alrededor de trescientos idiomas y dialectos, y entre ellos destaca el español, que se ha convertido en el segundo idioma del país. El último censo poblacional de USA, realizado en el 2010, mostró que de sus 308.745.538 habitantes, los hispanos, con una población de 50.5 millones de habitantes, somos el 16% y el grupo poblacional con mayor índice de crecimiento.

Hay ciudades en los Estados Unidos cuyo idioma preponderante es el español, gracias a la migración masiva de latinos hacia ciertas áreas del país. En Los Ángeles, por ejemplo, el 48.5% de la población es hispana; en Houston, el 41.4%; en San Antonio, el 61.2% y en Miami, el 68.2%, por mencionar los casos más notables.

Es claro que los hispanos, por ser tan numerosos, constituimos  una fuerza económica y política de gran importancia en los Estados Unidos; pero este peso económico y político parece no ir a la par con lo que representamos culturalmente, especialmente en lo que se refiere a la difusión de la literatura en español producida por los escritores hispanos residentes en los Estados Unidos.

Sin embargo, independientemente del número de personas que hablen una lengua, para que esta se sostenga y enriquezca es preciso considerar dos factores sin los cuales es imposible lograrlo: la creación literaria y el fomento de la lectura. Usar el idioma solo con fines de comunicación básica  es desperdiciar sus maravillosas posibilidades, lo cual, a más de imperdonable, atenta contra su supervivencia. Si los hispanos deseamos mantener el protagonismo del español, con todo lo que significa como sostén de nuestras raíces ancestrales,  debemos enriquecerlo elevando nuestro nivel cultural y educativo, y qué mejor para ello que fomentar la lectura en nuestra lengua nativa, de lo contrario ella se irá empobreciendo paulatinamente por la influencia del nuevo idioma, en este caso el inglés. Infortunadamente, los hispanos en general reportan bajísimos índices de lectura y esto desestimula a las editoriales a que incursionen en la literatura escrita en castellano.

Es un hecho que en los Estados Unidos los hispanos superamos en número a los otros inmigrantes, como lo muestran las estadísticas, pero debemos ir más allá de las simples cifras, capitalizar lo que significa ser la segunda comunidad poblacional de este país y hacernos el firme propósito de ocupar un sitial destacado no sólo en la cantidad sino también en la calidad. Ambos factores se pueden enfocar desde diversos ángulos, por ejemplo: la calidad de vida de esos 50.5 millones de personas, cuántas de ellas residen legalmente en este país, cuál es su nivel de acceso a la educación y a la salud, por citar algunos. No obstante, el punto que me interesa en este análisis es la importancia que para los inmigrantes hispanos tiene aprender el idioma inglés sin dejar de enriquecer el español, y esto sólo se logra, valga recalcarlo, a través de la educación, de la lectura, de la escritura y del fortalecimiento cultural y social de nuestra comunidad hispana.

La literatura, herramienta invaluable para una sólida educación, no es asunto exclusivo de los escritores. Una población que escribe y lee tiene mejores posibilidades de sobrevivencia y superación. Aprender el idioma inglés es una necesidad indiscutible, pero no significa que haya que renunciar al español. Es penoso ver a tantas familias hispanas que han perdido el español porque los padres no han transmitido este legado a sus hijos, y triste comprobar cómo cientos de miles de personas terminan hablando spanglish y aun así se consideran bilingües. En cuanto a esto, vale la pena agregar que no todos los hispanos que viven en los Estados Unidos son bilingües (es decir, hablan y escriben en inglés y en español) y que muchos hispanos sólo cuentan con la televisión y la radio como medios de educación y entretenimiento -y no es una verdad oculta que predomina el entretenimiento. La lectura ha sido relegada a las aulas de clase y a las consultas cada vez más rápidas en el internet. Los índices de lectura revelan que hay personas que se pueden pasar la vida entera sin leer un libro, y este panorama también cobija a los hispanos que viven en los Estados Unidos. Por todo lo anterior, la difusión cultural de calidad en español es una necesidad para nuestra comunidad hispana y no debe reñir con el aprendizaje de la cultura y el idioma anglosajones.

La invisibilidad comienza en casa. Muchos hispanos ignoran que en los Estados Unidos se produce literatura en español y desconocen el hecho de que hay escritores de habla hispana que residen en sus comunidades. Así mismo, muchos de estos escritores ignoran que algunos de sus colegas  hispanos han tomado la iniciativa de formar grupos y organizaciones para brindarse apoyo mutuo, generar sus propias oportunidades y unir al gremio, conscientes de que el arte es por antonomasia la expresión de la cultura de los pueblos y que se necesita construir espacios para su profesionalización y difusión. Sin embargo, no existe un apoyo de gran escala para promover el trabajo literario de los escritores hispanos en los Estados Unidos, pese a la relevancia que tiene la escritura y la lectura para educar, dar poder y unir a la comunidad. El trabajo de promover el uso correcto de nuestro idioma y difundir la literatura en español pareciera ser del interés de unos pocos.

La mayoría de los escritores hispanos autofinancian sus publicaciones, pero al no existir canales de distribución efectivos para que la producción literaria sea conocida y llegue a las manos de los lectores hispanos, ese notable esfuerzo financiero no rinde sus frutos. La oferta de literatura hispana disponible en las librerías no es representativa y no incluye a excelentes escritores residentes en este país que esperan en la antesala de las editoriales la oportunidad de ser incluidos en su fondo de publicaciones y reconocidos por la audiencia de lectores hispanos. Algunos escritores hispanos tienen éxito al escribir sus libros en inglés y luego, si la editorial lo considera conveniente, los publica en español.

Lo dicho hasta aquí no significa que aboguemos por que se dé prelación a los escritores hispanos que viven en este país por sobre sus colegas de otras lenguas, o que ellos sean mejores o tengan mayores derechos, porque para nosotros es claro que en el arte prima la calidad. Pretendemos simplemente que nuestros escritores tengan las mismas oportunidades que los demás. La falta de difusión del trabajo literario hispano producido en los Estados Unidos ocasiona que los lectores hispanos  restrinjan sus opciones de lectura en español y sólo conozcan a los escritores patrocinados por las grandes editoriales. Ello no significa que demeritemos el trabajo de estos escritores, pues en muchos casos gracias a ellos las librerías tienen secciones de libros en español; pero es innegable que mientras sus libros son distribuidos en las librerías y aparecen masivamente en los medios, el trabajo de los escritores locales es ignorado.

El escritor hispano residente en los Estados Unidos cuenta para la difusión de su obra, básicamente, con la promoción que puede hacerse él mismo a través de su blog y de Facebook. En general, la situación económica de los escritores es difícil, pero la del escritor hispano que escribe en español y reside en los Estados Unidos es casi insostenible. Quizás el panorama cambie gradualmente en la medida en que nuestros conciudadanos se interesen por una variedad más amplia de contenidos además de los libros de espiritualidad, plantas medicinales y astrología, que son los que reportan mayores ventas.

La comunidad hispana de los Estados Unidos necesita del trabajo de los escritores hispanos residentes en este país, porque a través de él se unifica, se expresa y deja un legado. Nuestra pluma registra de primera mano el paso de los hispanos por esta nación, pues compartimos la misma realidad, sabemos de sus vicisitudes y logros porque de ello somos actores y testigos, y contribuimos a documentar esta experiencia. Difundimos nuestra cultura a la par que educamos y entretenemos. El reconocer a los talentos de nuestra propia comunidad y valorar la diversidad que aporta cada uno por provenir de cualquiera de los veintiún países en donde el español es el idioma oficial, fortalece los lazos que nos unen e invita a las próximas generaciones de hispanos en los Estados Unidos a preservar su cultura. Es, por tanto, un deber de esta generación apoyar las instituciones que den continuidad al legado cultural de los inmigrantes hispanos en los Estados Unidos, y particularmente respaldar a nuestros escritores y artistas pues son ellos los exponentes privilegiados de la fuerza expresiva de nuestro bello idioma y testigos de excepción de su aporte a la riqueza cultural de esta gran nación. Los hispanos somos una enorme comunidad en los Estados Unidos y poseemos un vasto patrimonio multicultural; y los escritores hispanos que residimos en este país somos parte de esta vivencia y tenemos mucho que ofrecer. Es evidente, entonces, que debemos abandonar nuestra invisibilidad.

La ausencia de conexión entre los escritores hispanos radicados en USA y la comunidad hispana de la que son parte es una de las razones por las cuales muchos de ellos deciden volver sus ojos a sus países de origen, en los que la gran mayoría tampoco tiene lectores porque nadie los conoce o nadie los recuerda, pero aun así piensan que tienen allí mayores probabilidades de que sus obras sean difundidas. Sobra decir que esta decisión implica un esfuerzo económico mucho mayor debido a la distancia, sin contar con que el resultado de esta aventura es un verdadero albur.

El arte es universal, lo sabemos, pero en este escenario en el que la literatura se importa y exporta debemos preguntarnos si valdrá la pena saber para quién escribimos. Y aunque la respuesta obvia  es que se escribe para los lectores, habría que hacerse una serie de preguntas más específicas: ¿Para cuáles lectores? ¿No será que ellos también son invisibles para nosotros, al menos para los escritores hispanos que vivimos en los Estados Unidos? Porque hemos de reconocer que los lectores no son una masa indiferenciada y mal haríamos en etiquetarlos a todos en la misma categoría (así sea de invisibles). Nosotros los escritores somos nuestros primeros lectores y críticos. Escribimos los libros que nos gustaría leer, pero el éxito no reside en producir un manuscrito o en financiar su publicación. El éxito es que vivamos de nuestros escritos, que nos lean, que cultivemos en los lectores un pensamiento crítico, que la lectura de nuestras letras les produzca placer y que la satisfacción acompañe el ejercicio constante de nuestro oficio. Entonces se habrán justificado el esfuerzo y el tiempo invertidos en producir una obra literaria.

Los escritores hispanos que vivimos en Estados Unidos debemos también cuestionarnos: ¿Escribimos en español pensando en los lectores hispanos residentes en los Estados Unidos? ¿Escribimos para los lectores que están en nuestros países de origen, o escribimos para todos los lectores sin importar en dónde residan? ¿Hace alguna diferencia identificar geográficamente a ese lector para el cual se escribe? ¿Se trata solo de geografía? Definitivamente, las respuestas correctas a estos interrogantes las tiene cada escritor cuando logra identificar para quién escribe sus obras. Este artículo, por ejemplo, está dirigido a un público específico: los escritores hispanos residentes en los Estados Unidos, y si se “cuelan” algunos lectores, miel sobre hojuelas, pues ello indicaría que ambos, escritor y lector, estamos dejando de ser mutuamente invisibles: nos unen el idioma y el interés sobre este mismo tema.

Si los escritores hispanos queremos que nuestra comunidad de lectores se percate de nuestra existencia debemos colgar la sábana de la invisibilidad en algún lado, olvidarnos de nuestros egos, pintarnos de colores brillantes, abandonar las esquinas oscuras, salir a las calles, dejar de lado  mitos y prejuicios, y hacer ruido, mucho ruido. Debemos aprender a trabajar en equipo para convertirnos en una voz capaz de mover montañas, y esto solo se logra creando instituciones fuertes con visión y compromiso a largo plazo. El primero que debe conocer cuál es su comunidad -para quién escribe- es el escritor mismo. Esto es prioritario, pues la escritura es un diálogo, una comunicación en la que el intercambio parte de cautivar la atención del receptor y conquistar su interés en recibir el mensaje. A este respecto, valga decir que el mensaje también debe ser analizado, pues muchas veces fracasamos en establecer esa conexión con nuestra comunidad porque nuestro mensaje está pasado de moda, saturado y no ofrece ópticas nuevas. En otros casos el mensaje es atractivo, pero el esfuerzo de difusión se enfoca en un terreno equivocado y en una audiencia incorrecta porque –volvemos a lo mismo- no conocemos en realidad a la comunidad para la cual escribimos.

En términos de mercadeo, identificar a nuestros lectores hace posible que articulemos una estrategia de comunicación y visibilidad para promover nuestras obras. Se trata de un proceso continuo cuyo objetivo es el lector destinatario. Por lo tanto, saber cuáles, cuántos y cómo son nuestros lectores es un factor clave para formular la estrategia, y esto exige una cuidadosa investigación. Hay que conocerlos en sus fibras internas, tanto o más que nuestra propia obra. Una corrección oportuna puede representar el éxito de venta de un producto, mas desconocer cómo funciona el marketing suele ser fatal en términos económicos y profesionales para un autor independiente.

¿Vale la pena invertir en nuestra comunidad hispana?

Según Hispantelligence®, el poder de compra de los hispanos en el 2008 se estimó en $870 billones y se proyecta que para el 2015 será de $1.3 trillones, equivalente al 12% del total del poder de compra de los estadounidenses. Y no solo somos una gran fuerza laboral y por ende económica, sino que también representamos un importante segmento de la población votante. Los hispanos llegamos a este país, sufrimos el proceso de adaptación, nos dedicamos a labrar el “sueño americano”, y la mayoría, pese a la nostalgia,  terminamos por quedarnos. Cimentar la necesidad de que la lectura de nuestros libros sea parte de la canasta familiar de la población hispana es la culminación de un proceso que los escritores que estamos en este país debemos emprender para poder ejercer nuestro oficio con un horizonte más prometedor. Al igual que la hispanidad, sus escritores llegaron para quedarse.

Conozcamos nuestra hispanidad para crear comunidad

Según un informe revelado por el Centro Hispano Pew, al 2012 los inmigrantes de origen mexicano residentes en los Estados Unidos sumaron 31.6 millones, o sea el 65.5% de la población latina en el país. El porcentaje restante (34.5%) de los hispanos está repartido como sigue: puertorriqueños, 4.4 millones (9%); salvadoreños, 1.7 millones (3.6%); cubanos, 1.6 millones (3.5%); dominicanos, 1.3 millones; colombianos, 916,000; hondureños, 624,000 y españoles, 613,000.

De otra parte, el Instituto Cervantes estima que por lo menos seis  millones de estadounidenses estudian español como segunda o tercera lengua. Según el censo de Estados Unidos del 2011, la población estudiantil que hablaba español sumaba 7.820.000 personas, de las cuales 3.600.000 cursaban educación primaria, 3.220.000 cursaban secundaria, y 1.000.000 eran universitarios.

Los escritores hispanos residentes en los Estados Unidos estamos llamados a tener una mentalidad más abierta y debemos ser conscientes de la fuerza que brinda la unión para concretar el anhelo de que nuestra literatura sea parte de la vida de nuestra comunidad. La renuencia a afiliarse y a ser parte de las organizaciones culturales hispanas va en detrimento de la comunidad tanto de lectores como de escritores. Tenemos escritores de prestigio que trabajan en solitario, lo que impide que exista una retroalimentación con los escritores en formación, y menos su reconocimiento. Este es el momento de unir nuestras fuerzas y propiciar oportunidades para todos. Es lamentable que muchos escritores hispanos, obnubilados por su ego, crean que solo escribiendo lograrán reconocimiento, y olvidan que para forjar en la comunidad hispana una cultura que privilegie nuestra literatura es condición sine qua non el trabajo en equipo.

Los inmigrantes recién llegados a los Estados Unidos se integran pronto con el grupo de hispanos, que no distingue entre nacionalidades y acoge con naturalidad a cualquiera que hable el castellano.  Con esa misma facilidad deberíamos acogernos y apoyarnos los escritores.  Nuestra competencia no son los otros escritores hispanos residentes en este país. Nuestra competencia es la invisibilidad, es permitir que la literatura en español siga siendo una minoría. Para poder surgir aquí como escritores necesitamos crear instituciones con recursos, con visión, capaces de implementar estrategias que hagan visible nuestra literatura y que nos apoyen en la publicación y distribución de nuestras obras tanto en español como en inglés. Pero para llegar a ello hay que hacer un trabajo de base que consiste en crear en nuestra comunidad la necesidad de la lectura, lo cual  se puede lograr, entre otras, con las siguientes estrategias: a) participando en actividades culturales, b) fundando movimientos literarios, c) conformando grupos de lectura y d) siendo más proactivos para darnos a conocer. Unir fuerzas es unir capitales e intereses y trabajar mancomunadamente. No se trata de nuestros libros: se trata de la literatura en nuestra lengua.

El mejor idioma para comunicarnos con los hispanos radicados en los Estados Unidos es el español, pero hay que hacer algo más que escribir para levantar ese velo que impide que nos veamos y que lleguemos al corazón de nuestra gente.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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