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Juan Manuel Roca

EPISODIO DEL UBICUO

“Yo es otro”
Jean Arthur Rimbaud

 

El poetastro, me lo acaba de decir una muchacha de ojos bulliciosos y cuello de telescopio, una suerte de Modigliani revivido que miraba al paso y con desgano los cuadros expuestos en la galería, tiene el don de la ubicuidad.

El poetastro es cojitranco, con algo de pigmeo, pero con un don que en otros seres, Dios entre ellos, podría resultar extraordinario, con el don de estar en una y todas partes a la vez. Pero en su caso, más que un milagro, resulta una maldición.

Todos saben que hay gente que vive lejos, aunque no se sabe bien con respecto de qué, gente que vive inclusive lejos de la lejanía, pero para el ubicuo esa palabra tendrá que resultar una de tantas voces huecas por la concepción particular que debe tener del tiempo y, sobre todo, del espacio.

“No entiendo para qué voltea uno en la calle cuando lo llaman –me dice un amigo escritor–. De seguro es él, más pertinaz que una sombra, con su olor de agua estancada, con su aliento de mar encarcelado como el óleo turbio de un mal pintor. Casi al mismo tiempo de decir el nombre de la víctima, demanda, casi que exige, una suma de dinero. Es como si cobrara el retén de su saludo”.

La verdad, nunca creí en su don, en su perorada ubicuidad, hasta esa noche despejada de luna llena, una de esas noches que nos aclaran cualquier misterio. Nunca creí en su poder de bilocación, mucho menos en su ubicuidad solar. La última vez que lo había visto estaba, bamboleante como una bandera, locuaz y ebrio como un tonel de ron, aferrado a un poste de la luz.

Y ahí está, de nuevo, en medio del tedioso coctel, más tedioso aún que los cuadros expuestos.

He dicho ubicuidad. No hablo de un proceso de zombificación en Haití, de hombres muertos traídos por ensalmo o por hechizo al más acá. No hablo de un ensayo de clonación ni de desdoblamientos producidos por el peyote, la datura o el yagé. No se trata de la creación de un doble a la que aspiran los médicos brujos que hablan en creole, ni asunto de otro tipo de magia negra, ni siquiera de espejos enfrentados a otros espejos. Hablo, sencillamente, de un hombrecito fastidioso, cargante, insoportable, pero con el privilegio del viento capaz de estar en una y tantas partes a la vez. Algo de lo que siempre dudé, de lo que siempre reí con escepticismo. Pero esa noche, sin perfumes y sin música de alas, tuve la revelación: tendría que aceptar en adelante los poderes ocultos del grotesco personaje.

De esta entraña era su talante bizarro: comía y bebía al mismo tiempo en que llenaba sus bolsillos de pasabocas o entremeses, aparecía de súbito en las fiestas a las que no era invitado, a cualquier hora y en cualquier lugar de la ciudad. A veces, anfitriones e invitados a una cena se entregaban una clave, un santo y seña, un ábrete sésamo consistente en tres toques de puerta y dos timbrazos largos para evitarlo. Pero cuando llegaban a la fiesta era él quien abría. Personas hubo que llamaron de Bogotá a Cereté o a Barranquilla en su presencia, y sin depender de quién les respondiera al otro lado de la línea, oían una voz fatigada que decía que estaba allí, el ubicuo, el poetastro, como quien acepta la llegada sin atenuantes de la peste.

Yo reía, habitualmente disfrutaba de esas exageraciones propias de un medio cruel y pirañero, hasta que tuve que ceder a la evidencia.

Pero vamos al grano: al cerrar la puerta de la casa de unos viejos amigos y salir al aire callejero de la noche, el ubicuo comía a dos carriles un trozo de pavo y se llevaba a la boca un vaso de vino mientras fumaba y tosía y decía un poema suyo y tarareaba un bolero y se hurgaba una muela, todo al mismo tiempo. Juro que no había bebido y que la escena de horror no es producto de mi febril imaginación o influencias de Lovecraft. Como en el verso de un viejo poeta que precisa que la luciérnaga va “huyendo de la luz, la luz llevando”, al salir del horror entré a un pánico multiplicado. Huía del horror, el horror llevando. Al cerrar la puerta y precipitarme hacia la noche empezó la multiplicación de los espejos, la bastardía de sus reflejos ajenos a la habitual servidumbre o mansedumbre del cristal. Todo por huir de la escena.

Estiré el brazo. El taxi frenó unos cuantos metros más adelante, dio marcha atrás y la mano del taxista me abrió la puerta. Un rito convencional. Tuve la idea peregrina de que el conductor era el poetastro. Pero uno no puede creerse todas las historias que oye, a veces ni siquiera las que ve. Las calles llovidas duplicaban en sus charcos los edificios, los árboles, y a las personas mismas que ya habían cerrado sus paraguas. De alguna manera la ciudad toda estaba bilocada, doblada por los espejos de agua quieta, grandes pozos de lluvia partidos por el paso de un auto. Paisaje de aire limpio y luminoso bajo la luna ciudadana. Justifiqué mi visión del hombrecito al volante por el hecho de habérmelo tropezado toda la noche, inclusive antes de llegar a la fiesta. Cuando paramos en un semáforo frente al estadio sentí la ola del estupor. Las torres de los reflectores que iluminaban el partido de futbol, y que hacen que ese trozo de la ciudad viva un día en plena noche, una especie de sol nocturno, me ayudaron a verificarlo: el sujeto de marras conducía el auto. Pero a esa admiración que aún no se trocaba en terror, sobrevino el imposible: todas las personas que hacían fila para entrar al estadio, eran el poetastro. Unas vestidas de rojo y blanco, otras de azul y blanco, unas con banderas rojas y blancas, otras con banderas azules y blancas, pero todas eran el poetastro. Imaginé el estadio atiborrado de una misma persona multiplicada hasta el cansancio, y futbolistas, árbitro y jueces de línea con el mismo rostro y el mismo porte saltando a la cancha y un sudor frío me recorrió. Imaginé al taquillero, al que recibe las boletas, a los vendedores de helados y a sesenta mil espectadores iguales, en una pavorosa democracia de facciones.

El clima pesadillesco aumentó cuando volví a ver su rostro en el espejo retrovisor y mientras me acomodaba mejor en el asiento trasero pude verme en el mismo espejo: yo también era el horrible personaje. La sucesión de seres iguales en todo al cargante hombrecito me espantaba. El auto siguió en medio de otros autos conducidos por él mismo, la gente que atravesaba las avenidas eran él, un par de enamorados que se besaban en una esquina del barrio Palermo eran él, tanto el hombre trajeado de celador como la joven vestida de mucama. Una procesión religiosa era él, y lo peor, la virgen y hasta el divino niño que llevaban en andas, eran él.

Un hombre cruzó en bicicleta y me sonrió como si fuera la bruja del Mago de Oz: era copia exacta del poetastro trocado en conductor. Su aspecto tenía algo de siniestro y aún luego de desaparecer en la boca de la noche quedó su sonrisa flotando como la del gato de Alicia. De un hospital salió un hombre con un pie enyesado. Era él. Padre e hijos esperaban el cambio de un semáforo para cruzar la Avenida Caracas. Eran él. Una monja. Un mendigo. Un policía. Un hombre a caballo dibujado en una valla. Todos eran él.

Así seguimos, en un mutismo espeso, atravesando calles. Subimos a la Avenida Tercera y aún había estudiantes, empleados de banco, burócratas y secretarias caminando por la calle 19. Todos eran él. Cuando íbamos frente a la Cinemateca no aguanté más. Me bajé del auto casi en marcha y fue peor porque no sabía cómo moverme en un paisaje de seres repetidos como un eco interminable, como grotescas muñecas rusas pariendo otras muñecas sin descanso. Tuve la feliz idea de hacer fila en el cine, detrás de un centenar de hombres y mujeres idénticos, galería de espejos en movimiento, pensando que en la oscuridad del teatro desaparecería la pesadilla. Pero fue peor. Al momento de apagar las luces, de sonar una fanfarria, y cuando esperaba que en la pantalla rugiera el león de la Metro, el poetastro, con una sonrisa indescifrable, fue quien rugió desde el telón anunciando el inicio del filme.

Imagínense una película donde el capitán Ahab y una gavilla de broncos marineros son todos el mismo hombre persiguiendo una ballena.

 


AGUA DE COLONIA

 

Una amiga, que prefiere el anonimato, me pregunta cuál podría ser la primera mujer que escribió una poesía memorable en Colombia. Me parece que fue la madre Josefa de Castillo, nacida en 1671 en Tunja. Reproduzco un aparte de “Galería de Espejos”, donde hablo de la febril abadesa. Con ella se inicia el libro, en lo que tiene que ver con autores conocidos, pues el bellísimo “Canto de solidaridad” que la antecede fue escrito por un miembro anónimo de la comunidad Kuna, asentada en el golfo de Urabá.

Entre la poesía indígena, los cantos de antes de la llegada de los españoles y la poesía de la Colonia, aparece de manera inaugural la figura del sevillano don Juan de Castellanos, autor de una obra descomunal aunque escasa en poesía, tediosa y abigarrada llamada “Elegías de varones ilustres”, cuyo valor atañe más a la historia o a la antropología que a la lírica misma.

Que después de Juan de Castellanos las figuras de la Colonia sean dos religiosos, un sacerdote y una monja, podría ser un bautizo de agua bendita para una tradición poética, pero ya se encargaría le historia de mostrar poetas con aires herejes y con ínfulas de malditos.

Por supuesto me refiero a dos poetas tunjanos: Hernando Domínguez Camargo y Sor Francisca Josefa de Castillo, aunque también aparecen en ese período colonial otros dos autores de indudable valor, ya no solo para la historia sino para la poesía misma en estas tierras dormidas entre campanarios y virreyes: Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla (1647) y Francisco Antonio Vélez Ladrón de Guevara (1721).

La primera figura femenina que entra en la historia de la poesía y de la literatura escritas en tierras de la Nueva Granada es la madre Sor Francisca Josefa de Castillo y Guevara, una tunjana nacida en 1671 y muerta en 1742.

SOR FRANCISCA JOSEFA DE CASTILLO

Imaginemos la Tunja conventual de su época. No se necesita ser muy creativo para saber que esa ciudad aldeana había hecho del aburrimiento su religión y de la beatería y del pecado escondido su vida cotidiana.

De niña era tanto el deseo, la necesidad de orar de Francisca Josefa que, ante el gentío que entraba a casa de su padre, un hombre notable que tenía una alta posición social, decidía salir con sigilo e irse a rezar en los gallineros.

Esa es una imagen que parece sacada de una novela de ficción, casi propia de la literatura fantástica, una niña de aires enfermizos rezándole a Dios entre el cacareo de las aves de corral como si estas fueran el coro de una iglesia. Conmueve y a la vez asombra la creencia de esta niña, capaz de ver la divinidad en un galpón, la fe y la divinidad en un humilde pajar. Por fortuna la Inquisición no asomaba de manera abierta su negro capuchón de verdugo en un poblado como Tunja, pues podría haber sido condenada como bruja ante tan inusitado y sospechoso ritual.

Desde la edad de siete años Francisca Josefa empezó a tener unas visiones espantosas del infierno y del demonio, al que llamaba “el enemigo”, unas visiones que la acompañarían a lo largo de toda su atormentada vida. En medio de esos períodos, de esa “temporada en el infierno” que fue toda su existencia, la madre Josefa dejó estremecedores testimonios en prosa y en verso, lo mismo que en sus señales autobiográficas que ella llama auto-semblanzas.

Su admiración por la también monja y también poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, sin duda que se filtra en alguna medida en su obra, una obra escrita en buena parte en una celda del Convento de Santa Clara, del que fue abadesa, sacristana y portera en diferentes épocas y, sobre todo, en condiciones infra-humanas de soledad y de miseria.

“Una rueda de navajas”, diría la monja clarisa para referirse a sus días y sus noches. Algunas veces veía su espejo en llamas. Todo esto revelado por ella misma hacía que las compañeras del convento se burlaran de sus visiones, preguntándole en un corrillo de pesadilla gótica por las apariciones de Dios, de la virgen o el demonio.

Hay notables descripciones del ambiente del Convento de Santa Clara de esa época evocados por Elisa Mujica que recuerdan las perversidades y las afrentas a las que era sometida la madre de Castillo, realmente en un clima infernal de murmuraciones y calumnias.

Su buen biógrafo y estudioso Darío Achury Valenzuela dice que la monja escribía en cuanto papel caía en sus manos: “cartas, tarjetas, libros de cuentas”, atormentada por la angustia de vivir y por la necesidad de alejar sus demonios interiores. Sin embargo era capaz, gracias a su espíritu místico mezclado a su talento natural y a una autenticidad a toda prueba, de cambiar la realidad o por lo menos de escapar de ella con el recurso de la poesía.

Aún desde su naturaleza enfermiza y desde las severas penitencias que además se imponía, podía escribir versos tan sutiles como estos:

DELIQUIOS DEL DIVINO AMOR EN EL CORAZÓN
DE LA CRIATURA Y EN LAS AGONÍAS DEL HUERTO

El habla delicada
Del amante que estimo,
Miel y leche destila
Entre rosas y lirios.

Su meliflua palabra
Corta como rocío,
Y con ella florece
El corazón marchito.

Tan suave se introduce
Su delicado silbo,
Que duda el corazón,
Si es el corazón mismo.

Tan eficaz persuade,
Que cual fuego encendido
Derrite como cera
Los montes y los riscos.

Tan fuerte y tan sonoro
Es su aliento divino,
Que resucita muertos
Y despierta dormidos.

Tan dulce y tan suave
Se percibe al oído,
Que alegra de los huesos
Aun lo más escondido.

Es el clásico poema que como en el “Cantar de los cantares” atribuido al rey Salomón en el “Antiguo testamento”, propicia la pregunta alegórica de si la autora habla más de Dios que de un amante real. En el caso de la madre Josefa, de vida recogida y conventual, parece no haber duda de que su destinatario es Dios.

Su poema sin duda resulta influenciado por las lecturas del Rey Salomón, sus giros, su delicadeza, las palabras escritas como si se tratara de una revelación. El amante al que hace referencia la madre Josefa, que siempre por su propia decisión permaneció soltera, parece ser un recurso metafórico para hablarnos de Dios, a quien le entrega cuerpo y alma durante toda una vida de rezos y quebrantos.

Cuando habla del aliento de su amante, “tan fuerte y tan sonoro/ es su aliento divino,/ que resucita muertos/ y despierta dormidos”, la alusión parece apuntar más que al milagro del amor a los milagros de Dios, capaz de resucitar a los ausentes y de despertar a los que duermen por fuera de la fe.

Si cambiamos la palabra amante por la palabra Dios, algo que es recurrente en muchas monjas de hondo misticismo, Santa Teresa entre ellas, los significados del poema se alteran pero no su esencia amorosa. Un amado que habla con miel en la boca, que hace que el corazón dude de ser el mismo, un habla tan embriagante que puede alegrar hasta los huesos, es como una aparición, como la llegada de una suave presencia que se mezcla en todos los actos cotidianos.

La monja precisa en el título de su poema que se trata de un “deliquio”, esto es de un desmayo o de un desfallecimiento, algo que el amor carnal, el amor terreno, también padece cuando el corazón es invadido por la fuerza del sujeto amado.

La dulzura de su lenguaje a cada tanto da paso a terribles visiones y entonces resulta quizá más expresiva su palabra que parece venir de un descenso al infierno. A cada tanto, como lo relata en los capítulos de “Su vida”, se le aparecía el demonio, al que llamaba siempre el enemigo. Los espeluznantes y temibles descripciones del horror que a cada rato la asaltaba, son como una grieta que se le abriera en la paz de su celda para llevarla, literalmente, al infierno, como ocurre en el capítulo I:

“… En una ocasión me pareció andar sobre un entresuelo hecho de ladrillos, puestos punta con punta, como en el aire, y con gran peligro, y mirando abajo vi un río de fuego, negro y horrible, y que entre él andaban tantas serpientes, sapos y culebras, como caras y brazos de hombres que se veían sumidos en aquel pozo o río; yo desperté con gran llanto, y por la mañana vi que en las extremidades de los dedos y las uñas tenía señales de fuego; aunque yo esto no puedo saber cómo sería. Otra vez me hallaba en un valle tan dilatado, tan profundo, de una oscuridad tan penosa, cual no se sabe decir ni ponderar, y al cabo de él estaba un pozo horrible de fuego negro y espeso; a la orilla andaban los espíritus malos haciendo y dando varios modos de tormentos a diferentes hombres, conforme a sus vicios”.

La venerable y vulnerable madre de Castillo, que casi no tuvo tratos con gentes del mundo que no fuera el conventual es sin duda una personalidad atractiva, dividida entre visiones celestes e infernales, muy de su tiempo.

En el año de la muerte de la monja poetisa, en 1742, Juan Santos Atahualpa propicia el estallido de una rebelión en Perú para restaurar el imperio incaico que acosará por cerca de 14 años a las tropas españolas, solo tres años después de restablecido el virreinato de la Nueva Granada. Hay ya en el ambiente un olor de pólvora más que un olor de santidad.

Entre la vida y la obra de la monja tunjana hay tenues límites, que se confunden en un todo. Se trata de alguien que escribió una obra confesional y que, como algunas otras religiosas principalmente del virreinato de Perú y de algunos conventos mexicanos, resulta fundadora de un lirismo místico y contemplativo de una gran belleza.

Resulta sin duda ser la primera gran escritora nacida en estas tierras, alguien que como expresara la escritora norteamericana Denise Levertov sobre Orfeo, el cantor griego por excelencia que apacentaba las bestias y los corazones de los hombres duros con su voz, no cantaba sobre el infierno sino que lo hacía desde el infierno.

 


MOTIVOS PARA UN GALERÓN

 

Pocos escritores han trasegado más la geografía colombiana que Alfredo Molano. No es una novedad decirlo, pero de ninguna manera resulta innecesario repetirlo. Molano es un nómada del país y a la vez un nómada de sí mismo, alguien que no se entiende si no está migrando hacia los otros.

Ese carácter nómada es precisamente lo que se sostiene en su escritura. Molano se evade de los cánones para migrar de géneros, va de la crónica a la historia y de esta a la narrativa mientras se aleja con decisión del aparato conceptual que pocas veces se transgrede en la sociología. 

En textos como el de este libro desglosado de la versión original de Siguiendo el corte, el autor emigra desde los sucesos de nuestra violencia y nos muestra, quizá sin pretenderlo, que aún en ellos hay una poética venida del habla popular, de la palabra y la aguda observación llanera y campesina.

Parece recordarnos que de todos los temas que mueven en el país la aguja creadora, por obvias razones políticas, económicas y sociales, terminamos casi siempre involucrados en el aserto de Rivera anotado en la primera página de su novela de 1924, y que se tratara entonces de un destino crepuscular y colectivo: jugamos el corazón al azar y termina ganándolo, como si fuera algo irremediable, la violencia.

No es asunto de la sociología ni muchas veces lo es del periodismo asumirse desde la lírica, como no lo es de la poesía dejarse atrapar en los sociologismos. Sin embargo —y sin que esto sea un asunto programático— esa pareja disfuncional de la poesía y la historia se encuentran en la obra de Molano de una manera que parece natural, tanto en el lenguaje y en la forma como en la sólida estructura de sus libros.

Cuando lo leo no dejo de pensar en la sentencia de una aguda escritora norteamericana que se opuso de manera radical a la guerra de su país contra Vietnam, Denise Levertov: “escribir es escuchar”.

En ese escucharse señalado hay un llamado a escarbarse, a guaquearse a sí mismo para traducir en palabras necesarias y justas el adentro, pero también hay —y de qué manera— una necesidad de escuchar al otro. Eso lo hace como pocos Molano. Parece esconderse en una penumbra personal tras la historia narrada, no se exhibe ni profetiza y más bien monta desde sus personajes de carne y hueso una galería de autorretratos.

Sin duda, esa condición descalza de su palabra lo lleva a rebasar una condición puramente sociológica. Es muy probable que a algunos puristas de la academia y de la sociología, acostumbrados a una taxonomía y a un lenguaje de gueto, les genere molestias el desenfado y la oralidad testimonial que Molano preserva en todos sus escritos. 

No exagero cuando afirmo que ese despliegue de cosa hablada lo emparenta con Juan Rulfo, alguien que afirmaba que no tuvo que aprender a hablar como su pueblo sino oírse a sí mismo. Esto es algo que siento en la prosa de nuestro relator, él oye al otro como si se oyera a sí mismo, anula su primera persona, sus opiniones y conceptos en un país de hábitos precisamente opinadores y conceptuales.

De esa decisión, que es algo más que una vocación de estilo, dijo alguna vez: “oír las voces de las gentes no es suficiente. Para no usurparlas habría que escribirlas en el mismo tono y el mismo lenguaje en que han sido escuchadas”. Y lo logra, casi que uno puede escuchar la respiración, los espaciados silencios del habla coloquial, una memoria verbalizada.

Una vez le oí decir a Marta Traba y luego lo leí, que Rulfo no describe a sus personajes sino que los “sufre”. Lo mismo, desde lo testimonial, es lo que hace Molano: padece y respeta a su interlocutor, por eso mismo no crea fisuras como bien lo apunta uno de sus  maestros, Orlando Fals Borda. No separa los quehaceres del sociólogo, del literato y el periodista. Más bien los fusiona, crea un mestizaje entre ellos, un lenguaje anfibio. Hay, sí, una amalgama de saberes en su escritura, pero no deja ver las costuras, la artesanía del asunto. 

Uno oye la voz que atrapa de Berardo Giraldo, ‘El Tuerto’, su protagonista fundamental de Siguiendo el corte, y es como si se oyera en el fondo la voz de toda la insurgencia guerrillera del llano. Resulta curioso y premonitorio, se podría decir, que a Molano siendo un niño le hayan mostrado desde lejos —en el Ariari— al tuerto, al temible guerrillero liberal, como lo recordó en las palabras pronunciadas al recibir el Honoris Causa que le otorgó la Universidad Nacional.

Como biógrafo, Molano nos lleva del cabestro con la seguridad de quien conoce el camino, es un baquiano de la historia que ha gastado su tiempo y su rigor en serias investigaciones, siempre con el país atravesado en la memoria. Nadie de la generación que compartimos ha estudiado y recorrido tanto como él la Colombia profunda.

Me sorprende cómo estructura sus libros. Con qué cuidado de respetuoso testigo le presta su oído a las voces populares, malheridas por la violencia pero nunca miserabilistas ni plañideras. Nuestro relator es además el amanuense de una historia de claroscuros y silencios, de una historia olvidada que, no me canso de decirlo, en su ámbito oficial siempre está contada por el lado del borrador más que por la punta del lápiz. 

Uno agradece a quienes como Alfredo Molano vuelven a contar la historia por el grafito, que es el lado de la memoria. Y también se agradece la fidelidad que tiene con su interlocutor, en este caso con el habla genuina de ‘El Tuerto’ Giraldo y las imágenes que nos entrega en su conversación, lo mismo que a su humor negro y su encaletada malicia llanera. 

Todo deviene en Siguiendo el corte, retrato hablado y colectivo, un gran fresco de la guerrilla liberal, la saga de los Dúmar Aljure, los Guadalupe Salcedo y otros embreñados. Y deviene historia, como sucede con El destino de la luz, este libro cuyas páginas me recuerdan las palabras de René Char: “la historia es el reverso del traje de los amos”.

A manera de ejemplo sobre el habla del libro, bien vale la pena señalar el virtuosismo narrativo, la forma como ‘El Tuerto’ describe que a él mismo no lo llevaban en una camilla tras explotarle un taco de dinamita en las manos, que al que llevaban en guandas era su dolor. O la certeza sentenciosa y agorera de que “el destino es arisco”, una imagen agonista que parece salida de La Vorágine, esa novela fundacional que presumo jamás habría leído el tuerto con su único ojo.

El destino de la luz es una pieza magistral que funciona por sí misma como un cuento o como un relato de las gestas llaneras en toda su brutalidad y heroísmo, dos caras de una moneda al aire acuñada en la guerra. Es también un poema en prosa, directo y elusivo a la vez, un poderoso arsenal de imágenes para un galerón.

 

Bogotá, abril 3 de 2017

 

Abro mi muro y me pregunta ¿qué piensas? Pienso en Artaud tras leer los poemas egóticos de buena parte de la joven poesía colombiana, dominada no por los mejores sino por los que intercambian prebendas y aplausos y ediciones y lambonerías. Los fanfarrones que copan casi todos los espacios y un mendicante puesto en las letras. Lo hacen con una chequera en la mano para prodigar invitaciones desde un colegio que no es propiamente el de los patafísicos. Su lema es: yo te prologo, tú me prologas, nos coprologamos.

 

CON PERMISO DE ARTAUD

 

                       “Yo soy mi padre, mi madre, mi hijo y yo”.
                                              Antonin Artaud

I
Soy mi padre

Me he abandonado no pocas veces en un viejo caserón como un pater libertino. Aún así, me escribo cartas desde lugares remotos recordando un amor que duerme en los entresijos de un olvidado equipaje. Tal vez la vejez ocurre cuando empezamos a tratarnos con una cierta y disimulada simpatía, como un padre que regresa. Soy mi padre  pero no lo maldigo. Soy mi padre, a veces Abraham camino al sacrificio, a veces Isaac, un señuelo ciego en la broma macabra de Dios.

 

II
Mi madre

Todo lo que tiene amor viene de mi madre. Cuando veo que solamente mi sombra me acompaña, cuando la veo subir mansamente una espiral de peldaños, la palabra matria es cobijo, una savia que trepa al árbol y canta por el pico de un jilguero. Soy mi madre aunque a veces, como la madrastra de la historia, me ofrezca un pan llovido, una espuela envenenada.

 

II
Mi hijo

Soy mi hijo expósito, asumo su bastardía, su falta de obediencia en el camino. Me he liberado de las ordenanzas del cuerpo, vivo en mí como el primogénito de la soledad y el desatino. Soy mi hijo más viejo al que llevo de la mano a casa y doy de comer silencios tras cerrar la puerta al mundo. Digamos que soy un hijastro en rebeldía, alguien apenas conocido por mi, un tosco caminante que regresa medio muerto de la guerra.

 

IV
...Y yo

Siempre pensé ser el que llegando a la verdad, resbala. Como un actor sin público salgo de noche a la escena del sueño. Soy un teatro mudo de obras que represento sin entender, sin mayor entusiasmo. A veces me acorrala con sus cuchillos la vida, pero hay un paisaje que espera por mí. En él hay una colina y una cabaña donde estás tu, con tus ojos que huelen a la flor de los abismos. Soy yo, sucesivo inquilino de mis huesos, peregrino que cambia de piel en una carrera de relevos. Fisgón del mundo.

 

Inédito desde abril 19 de 2007

 


EL OFICIO DEL ESCRITOR

Oscar Collazos

 

No existe escritor, por malo, mediocre, notable o extraordinario que sea, que no se haya preguntado por el oficio de escribir. No es una pregunta exclusiva de los escritores. Quienes realicen un oficio, el más modesto, el socialmente más noble o inútil, que es un principio el oficio de escribir, se hacen en algún momento de sus vidas idéntica pregunta. Y las respuestas, si no obedecen a una tramposa impostación de la voz, son por lo general respuestas que nacen de la propia experiencia. No se puede, en ningún oficio, repetir las respuestas de los demás porque las preguntas acaso no hayan sido las mismas. Hacerlo es una manera de trampear, de mitificarse usando artificiosamente a los demás, en ocasiones a alguien a quien admiramos o a quien pretendemos emular, con lo cual, por muy brillantes y acertadas que sean las respuestas a preguntas que no han sido las nuestras, acaba por revelar un mimetismo que tarde o temprano se hará visible y que, con justicia, podría llevarnos al ridículo.

Deseo, pues, con esta breve ponencia, evitarme la caída en el ridículo y hablar del oficio del escritor desde una experiencia personal, probablemente parecida a la de otros escritores, pero experiencia que, por lo personal, revela o pretende revelar mis dificultades y mis aciertos en el oficio. Podría haber elegido a aquellos escritores que admiro y que en algún momento de sus vidas escribieron cosas ejemplares y emotivas sobre el oficio. Podría glosar a la Virginia Woolf de Una habitación propia o al William Faulkner de su discurso con motivo de la recepción del Premio Nobel; glosar y simular que comparto las observaciones que Hemingway desliza en Paris era una fiesta o las consideraciones de Edward Morgan Forster y H. James sobre la novela, tan reveladoras como las recientes notas que Raymond Carver ha escrito en su volumen La vida de ml padre. Son muchas y tal vez inabarcables las páginas que se han escrito y publicado sobre el oficio del escritor, que varían sutilmente del “oficio de escribir”.

Que mi experiencia coincida con la de ilustres escritores que admiro no me hace mejor escritor pero pone de relieve algo comúnmente compartido: con rasgos parecidos, o con detalles coincidentes, el oficio del escritor es el mismo aunque no sean las mismas las dificultades que cada escritor ha encontrado en su camino. Podemos sorprendernos al leer que algún escritor ha tenido las mismas dificultades, que se ha hecho las mismas preguntas y ha hallado respuestas nada distintas a las encontradas por nosotros. Empezando por las dificultades materiales que aparecen, amenazantes, en el camino, cuando no se trata, y por lo general no se trata del mismo camino, de aquellos pocos escritores que nacieron con una fortuna. Escribir empieza por ser una actividad incierta pero más incierto es el inmediato futuro, que empieza por la supervivencia y sigue por la necesidad de hallar un poco de tiempo libre. Es posible que, ya consagrados y liberados de esta servidumbre, muchos escritores gocen del prestigio social que, a la vez, les da sentido a sus obras y, de paso, al oficio de escribir. Esto no basta, sin embargo, para quien empieza en medio de azarosas y desesperantes dificultades: nadie apuesta nada por él, ni en su familia (suponiendo que la tenga) ni en su entorno social. Un escritor es un inútil, improductivo, a menos que demuestre lo contrario. Y demostrar lo contrario puede tardar años, tantos como el consumo de adrenalina, de sueño, de kilos, de esperanzas, e incluso de prestigio, pues no puede gozar de prestigio quien vive al fiado, atrasado en el pago del alquiler, sospechosamente mirado por quienes lo sacan de apuros, y, en últimas, tenido por un iluso o un embustero por quienes no han tenido la ocasión de ver los resultados de sus desvelos y mitomanías. Porque a medida que el escritor se hace, deja a su paso lo que los demás llaman mitomanías: siempre dice estar escribiendo lo que los demás no conocen, siempre abruma a su auditorio, si lo tiene, con sus proyectos literarios.

Un escritor que empieza es un proyecto incierto, una pluma a la deriva, un sujeto lleno de ansiedades. Lee y busca el camino trazado por sus predecesores y no halla la manera de emularlos. Y si llega a conseguirlo, no será él, el escritor que pretende llegar a ser un día, sino una huella difusa de aquellos predecesores que imita. Si de verdad desea ser auténtico, debe olvidarse de las obras de aquellos escritores que admira. Y esto no es fácil: se cuelan en su prosa o en sus versos con insidiosa frecuencia; pertenecen a su memoria de escritor y nada puede hacer para desalojarlos de allí.

El hallazgo de un estilo o un acento propio suele ser un primer escollo. Y es por momentos tan irrebasable, que el aprendiz de escritor cae en la tentación de mimetizarse en el estilo o el acento de los escritores que admira. Muy a menudo, las formas elegidas también forman parte de este mimetismo. El escritor nace al mundo con tantas rebeldías y tanta inconformidad, que sueña pegar un salto sin precedentes, así como sueña matar a sus mayores, a esos predecesores a los que tarde o temprano (mejor que sea temprano) pretende quitar de su camino. Empieza por creer (creencia ilusoria) que todo empieza con su escritura y por ello hace de ella un amasijo de influencias extraídas de aquellos escritores que sí han hecho una verdadera revolución en las formas literarias o en la manera de escribir. Puede que de este mimetismo salga algún día un acento propio. Pero la apuesta de este escritor no es tanto con la literatura como con las formas que los escritores han subvertido para darte a la literatura un carácter de exploración cada vez más profunda en las raíces de la condición humana.

No es extraño que un "artista cachorro", teniendo a su mano un arsenal de experiencias de donde podrían salir sus temas literarios, se deslice hacia la experimentación formal, sin sospechar que, de lo que se trata, es de conseguir un equilibrio entre sus temas y sus formas de escribir. Sacrifica (y doy fe de este sacrificio) aquello que tiene de más significativa su experiencia, para demostrarse que pertenece a una época en la que la literatura alcanzó grados insólitos de experimentación formal. Ahoga su propia voz con las estridencias de un “estilo” que, muy a menudo, no es su propio estilo. No es distinta esta dificultad a la que afronta en el momento de elegir sus temas, que sólo tendrán el sello de la autenticidad si vienen del mundo no siempre reconocible de sus obsesiones individuales. Así, el camino que conduce al hallazgo de una temática y un estilo, no siempre tiene el sello de la autenticidad. Como un galgo joven, demuestra más ganas de correr y saltar que deseos de llegar a alguna parte, fustigado como está por asuntos ajenos a la creación artística: el deseo de ser reconocido, la a veces desesperante necesidad de llegar a la fama.

El escritor que empieza, y hablo del escritor que empieza porque estos comienzos son los que forjan una personalidad literaria, aprende su oficio de los demás, de aquellos que le precedieron, aunque en el camino, por una suerte de elección o guiado por las intuiciones de su talento o genio, establezca una disputa en la medida en que le arrebatan su identidad. En el oficio del escritor, todo o casi todo se reduce a consolidar esta identidad. Si se escribe “a la manera de”, pronto se pondrán en evidencia los síntomas del mimetismo o del fracaso. Porque escribir “a la manera de” sólo será posible desde el “pastiche” o la parodia, que es un ejercicio de amor y de odio mediatizado deliberadamente por la ironía. De “pastiches” está llena la literatura, pero como no se trata, en el aprendizaje, de este experimento, lo mejor será que el escritor en ciernes se cuide de caer en estos abismos.

Olvidemos que las dificultades materiales sean un obstáculo. Resultan tan superables y existen tantos medios de sobreponerse a la pobreza, incluyendo la picaresca o la truhanería, que el asunto queda relegado a un segundo plano. El talento siempre será superior a estos accidentes materiales cuando existe, de verdad, la tenacidad del escritor, esa fuerza creativa que la pobreza pretende disminuir con sus miserias. Menos superables son las incertidumbres e inseguridades de aquel escritor que pugna por alcanzar un tono propio, una identidad reconocible en el mapa de sus contemporáneos, mapa en el que existen depresiones y alturas, llanuras tediosas o accidentes de alto riesgo. La pelea de un escritor por conseguir una identidad individual es un acto solitario y de extrema sinceridad. No caben los engaños. Todo escritor, si de verdad lo es, se hace a un código moral y a unas exigencias despiadadas y nada atenta contra uno y otras como la facilidad o la confianza desmedida en su talento. Acto solitario, escritura y critica simultáneas, la concepción de un cuento, un poema o una novela es el producto de un largo conflicto interno, una lucha a brazo partido contra el lugar común. Hacerse a esta seguridad puede tardar años, pero no son pocos los escritores que, poseídos por el genio de la precocidad, ajenos a menudo a la inmediata tradición, incluso a las modas de sus contemporáneos, hallan un estilo propio, emergen con un universo que los separa de aquellos y los lanza al vértigo de la excepcionalidad.

Acepten ustedes que no estoy generalizando. Les prometí hablar de experiencias personales y las anteriores consideraciones pertenecen al mundo de preguntas y respuestas halladas en lo que se llama pomposamente “una carrera literaria”. ¿Una carrera literaria? Jamás me propuse semejante ejercicio deportivo. Desconfío de esa gimnasia que se hace por acumulación acelerada de kilómetros e intrigas. Sospecho que un escritor que viva más pendiente de la carrera literaria que de la creación misma, que no tiene metas fijas y a veces ni siquiera un punto cierto de partida, acabará convirtiéndose en víctima del pavoneo o de esos sentimientos bastardos que animan toda competencia: la prepotencia o los celos, la jactancia o el ninguneo, actitudes o sentimientos muy frecuentes en la tribu literaria o acaso también en todas las tribus artísticas.

Se habla con frecuencia, tal vez por haber sido uno de los lugares comunes del romanticismo, del influjo de los sentimientos en la creación literaria, del efecto inmediato que estos, vividos o sufridos en su mayor intensidad, tienen de beneficioso en la creación literaria. Confieso que, desde mi experiencia, no ha habido sentimiento, por intenso que sea (pongamos por caso el dolor, la decepción amorosa, el sentimiento inquietante de pérdida de alguien, el efecto de las catástrofes humanas sobre nuestra conciencia), que me haya servido, de manera inmediata, para algo que no sea la parálisis o la impotencia creadora. Cuando he sufrido uno cualquiera de estos golpes, caigo en el vacío o en la inactividad, quizá en el desconcierto, en la pérdida de perspectivas y de lenguaje. Necesito superar el efecto pernicioso de tales experiencias para, a la distancia, servirme de ellos literariamente. Y ésta es, a mi modo de ver, una experiencia de escritor. Y puesto que se trata de hablar ante ustedes del oficio del escritor, consigno aquí estas experiencias o, mejor, esta incapacidad de responder de inmediato, por medio de la creación literaria, a sentimientos que la vida me ha ofrecido en los accidentes del amor, de la amistad, de la familia o de las catástrofes naturales.

¿Qué más podría decir que no compartan otros escritores? ¿Algo sobre la crítica? Mis experiencias con la crítica han acabado por convertirse en una relación distante. No soy el único en afirmar que desconfío a distancia del elogio desmedido y que la diatriba me deja indiferente. Existen, en la creación literaria, mayores adversidades, siendo la mayor aquella que nos enfrenta a la página en blanco, a esos vacíos de la creación, a la incapacidad de alcanzar la intensidad expresiva que se desea. Existen compensaciones también mayores y más altas y ninguno se parece tanto a la del diálogo sobre nuestra propia obra, a la conversación de amigos, al desinteresado discurrir sobre nuestros hallazgos y fracasos. No desconozco la importancia de la crítica. Desconfío de sus excesos, que se sitúan en dos extremos: en el de la teorización gratuita, hecha por fuera de la obra literaria, o en el impresionismo ligero e irresponsable que atiende más al grado de antipatía o simpatía que produzca un escritor que a la naturaleza misma de su trabajo literario. He sufrido los dos excesos y tal vez por ello, al leer esta clase de crítica, tengo por costumbre armarme de ironía o de compasión.

Existen escritores que se anclan, con todas sus fuerzas, en un universo o en un estilo. Hasta donde me reconozco, y lo he hecho al leer mi propia obra, he preferido la aventura y el riesgo, el vagabundeo por temas y estilos, algo que, seguramente, obedece a una personalidad cambiante, reacia a fijar su residencia en un solo puerto. Nuestra obra es, en el fondo, nuestra biografía, directa o sublimada. Y en lo que a mí concierne, he tenido, más por azar que por elección, una biografía de nómada. El nomadismo temático y estilístico de mis cuentos y novelas ha establecido lazos indisolubles con el nomadismo de mi vida. ¿Es esta experiencia parte del oficio de escritor? Temo que sí. Pero temo también que, más abajo de la superficie, siguen estando los temas que me obsesionaron desde el comienzo: la sexualidad y el amor, los conflictos interpersonales, las degradaciones de la política y los simulacros de la historia. Quizá sea poco lo que haya llegado a decir sobre el oficio del escritor. Es poco porque el resto sigue estando en los paréntesis del misterio o en esas preguntas que sólo hallan respuesta en el proceso mismo de la creación.

 

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Óscar Collazos, El oficio del escritor, Cuadernos de literatura Volumen 1, No. 2, julio-diciembre de 1995. Conferencia dictada por Óscar Collazos en la mesa redonda "El oficio de escribir", mayo 24 de 1995, acto cultural para celebrar los 25 años del Departamento y la carrera de literatura de la Universidad Javeriana. Esta misma conferencia fue recogida en el libro Artesanías de la palabra: Experiencias de quince escritores colombianos, publicado por Panamericana en 2003.

 


 

Jorge Teillier

SOBRE EL MUNDO DONDE VERDADERAMENTE HABITO

O LA EXPERIENCIA POÉTICA

 

I

He oído decir alguna vez que poesía es lo que hace el poeta. La tarea es partir desde ese lugar y tratar de establecer qué es poesía para quien ejerce ese "monótono oficio o arte".

En un principio poesía eran para mí los extraños trozos de pareja tipografía medida y rimada que aparecían en los libros de lectura, esos versos que hay que aprender de memoria (y no de corazón como se dice en francés); de donde surgen el caballo blanco que nos va a llevar de aquí, las loas a los padres de la patria, los versos a la madre que el mejor alumno declama en el proscenio.

Para empezar entonces, la poesía es lo distinto al lenguaje convencional, por una parte, y por otra, "lo bello", lo idealizado como las cuatro estaciones en los cuadros donde se aprende idioma. Dos son las poesías escolares que aún recuerdo: una me atrajo por la anécdota: "La canción del pirata" de Espronceda ("La luna en el mar riela / y en la lona gime el viento), y la otra de García Lorca: "Naranjita de oro/ de oro y de sol", donde las palabras me sonaban como un encantamiento análogo al de las rondas entonadas por las vecinas al atardecer.

No recuerdo haber intentado escribir poema alguno hasta los doce años de edad. La poesía me parecía algo perteneciente a otro mundo y prefería leer en prosa. Leía como si me hubiesen dado cuerda, así como relata Pasternak que veía leer a los moscovitas en los trenes de 1941 ajenos al cañoneo alemán venido de unos pocos kilómetros. Leía de todo, desde cuentos de hadas y El Peneca hasta Julio Verne, Knut Hamsun y Pannait Istrati por quien aún vuelan los cardos en el Baragán.

Desde los doce años escribía prosa y poemas, pero en Victoria, ciudad donde aún suelo vivir, fue donde escribí mi primer poema verdadero, a eso de los dieciséis años, o sea, el primero que vi, con incomparable sorpresa, como escrito por otro.

Sobre el pupitre del liceo nacieron buena parte de los poemas que iban a integrar mi primer libro Para ángeles y gorriones, aparecido en 1956. Mi mundo poético era el mismo donde también ahora suelo habitar, y que tal vez un día deba destruir para que se conserve: aquel atravesado por la locomotora 245, por las nubes que en noviembre hacen llover en pleno verano y son las sombras de los muertos que nos visitan, según decía una vieja tía; aquel poblado por espejos que no reflejan nuestra imagen sino la del desconocido que fuimos y viene desde otra época hasta nuestro encuentro, aquel donde tocan las campanas de la parroquia y donde aún se narran historias sobre la fundación del pueblo. Y también aparecían los poetas; el primero de todos Paul Verlaine, cuyos versos rimaban con las campanas y los pájaros y cuya poesía fue la primera que aprendí a ver viva sin necesitar otra cosa que el sonido, y luego

Rubén Darío, López Velarde y Luis Carlos López, provincianos cursis y universales, y también los chilenos: Vicente Huidobro, cuya antología leía en la Pascua de 1949, y Omar Cáceres que me fue descubierto por Miguel Serrano en su Ni por mar ni por tierra ("La brújula del alma señala el sur"), y Pezoa Véliz y Alberto Rojas Giménez y Romeo Murga que hablaba por nosotros a las muchachas con las que no podíamos hablar. Sin embargo, aclaro que nunca hubo para mí distinción entre poetas chilenos y poetas extranjeros. Se es o no es poeta, y allí no caben nacionalidades. Más aún, creo que es un signo de madurez no preguntarse ya "qué es lo chileno". Las personas adultas no se preguntan quién son, sino cómo van a actuar. También las colectividades adultas, me parece.

Nuestra poesía siempre ha tendido a la universalidad, que fundamentalmente se obtiene por el lenguaje imperecedero de la imagen. "La muerte que está ante mí como el chubasco que se aleja" del arpista del Antiguo Egipto es también, "la muerte es grande y somos los suyos" de Rilke, y la misma nieve recuerda a las damas de antaño de Villon y es como la soledad en Rilke, y el tiempo es un río en Heráclito y Jorge Manrique.

Pero vuelvo a 1953... cuando como todo provinciano debí hacer el viaje bautismal de hollín de trenes de entonces a Santiago, atravesando la noche como en un vientre materno hasta asomarse a la lívida madrugada de boca amarga de la Estación Central. Por esos años el héroe poético de mi generación era Pablo Neruda, que perseguido por el Traidor se dejaba crecer barba y atravesaba a caballo la Cordillera y desde México lamentaba que los jóvenes leyeran Residencia en la tierra y llamaba a cantar con palabras sencillas al hombre sencillo y en nombre del realismo socialista convocaba a los poetas a construir el socialismo. Hijo de comunista, descendiente de agricultores medianos o pobres y de artesanos, yo sentimentalmente sabía que la poesía debía ser un instrumento de lucha y liberación y mis primeros amigos poetas fueron los que en ese entonces seguían el ejemplo de Neruda y luchaban por la Paz y escribían poesía social.

Pero yo era incapaz de escribirla, y eso me creaba un sentimiento de culpa que aún ahora suele perseguirse. Fácilmente podía ser entonces tratado de poeta decadente, pero a mí me parece que la poesía no puede estar subordinada a ideología alguna, aun cuando el poeta como hombre y ciudadano (no quiero decir ciudadano elector, por supuesto) tiene derecho a elegir la lucha a la torre de marfil o de madera o cemento. Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias. Yo escribía lo que me dictaba mi verdadero yo, el que trato de alcanzar en esta lucha entre mí mismo y mi poesía, reflejada también en mi vida. Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido y sin puerta de escape que vemos deambular por el mundo literario.

 

II

A su debido tiempo, me parece que todo poeta en esta sociedad se suele considerar un sobreviviente de una perdida edad, un ente arcaico. La poesía es una enferma grave, a la que se le toleran algunos caprichos en espera de su futura muerte, y también la Cenicienta (para editores) de los géneros literarios aun cuando la novela sea "la poesía de los tontos" según dice mi amigo el poeta Molina Ventura.

La burguesía ha tratado de matar a la poesía, para luego coleccionarla como objeto de lujo. Me parece un signo de estos tiempos ver cómo medio mundo reúne cosas que nunca se usarán: volantines que jamás se enredarán en un árbol, botellas que nunca recibirán vino, redes de pescadores que no sirven para atrapar un pez, llaves mohosas para ninguna puerta, "posters" con efigies de muertos que de algún modo se contribuyó a matar. El poeta es un ser marginal, pero de esta marginalidad y de este desplazamiento puede nacer su fuerza: la de transformar la poesía en experiencia vital, y acceder a otro mundo, más allá del mundo asqueante donde se vive. El poeta tiende a alcanzar su antigua "conexión con el dínamo de las estrellas", en su inconsciente está su recuerdo de la "edad de oro" a la cual acude con la inocencia de la poesía. Si soy extraño en este mundo no soy extraño en mi propio mundo, reflexiona el creador, y a la larga, en poesía, "lo que no es práctico resulta ser lo práctico" como escribía Gunnar Ekelof. Pienso en dos poetas chilenos ya fallecidos que pagaron con su vida su calidad de poetas: Teófilo Cid y Carlos de Rokha, ambos "amateurs de la lepra", en nuestro medio. Sí, la poesía considerada como la lepra en este mundo en donde está muriendo la imaginación, en donde la inspiración está relegada al desván de los muebles viejos. Astronautas antisépticos y en esterilizados vehículos llegarán a la luna a plantar sus pequeñas banderas, y a transmitir mensajes sin sentido, serán artistas de circo en la "caja de los idiotas" de la TV. Al contrario, pienso en los verdaderos conquistadores como Cristóbal Colón que parte sin mapas junto con un equipo de locos y presidiarios hasta que aparece el Nuevo Mundo que surge gracias a su visión; en Ponce de León muriendo en pos de la Fuente de la Juventud; Gonzalo Pizarro yendo hacia El Dorado; el Padre Meléndez en estrechas chalupas bogando por los canales hacia la Ciudad de los Césares. Qué puede ver el ciudadano del siglo XX en la Luna sino un pequeño satélite cuya probable utilidad será la de depósitos de perfeccionados proyectiles nucleares, allí donde las jóvenes irlandesas veían al rostro de su futuro amado, los puritanos de Boston a un duende maléfico, los nativos de Samoa una anciana hilando nubes, los niños de hace treinta años a la Sagrada Familia rumbo a Egipto. El poeta es el guardián del mito y de la imagen hasta que lleguen tiempos mejores.

 

III

Creo que todos mis libros forman un solo libro, publicado en forma fragmentaria, a excepción de Crónica del Forastero. Me parece que difícilmente uno tiene más de un poema que escribir en su vida. Hay varias tendencias en mis libros que van de Para ángeles y gorriones (1956) hasta Poemas del País de Nunca Jamás (1963); una descriptiva del paisaje visto como un signo que esconde otra realidad (como en los poemas "El Aromo" o "Molino de Madera"), otra como la historia de un personaje contada con un marco de referencia que es siempre la aldea (así en "Historia de Hijos Pródigos"), otra como el afrontar el problema del paso del tiempo, de la muerte que subyace en nosotros revelada como el fuego revela la tinta invisible por medio de la palabra (los poemas "Domingo a domingo" u "Otoño secreto"). En este sentido quiero hacer destacar que para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño, a cuyo reino pertenezco desde muy niño, cuando sentía sus pasos subiendo la escalera que me llevaba a la torre de la casa donde me encerraba a leer. Sé que la mayoría de las personas que conozco y conocemos están muertas, que creo que la muerte no existe o existe sólo para los demás. Por eso en mis poemas está presente la infancia, porque –para mí– el tiempo más cercano a la muerte y en donde verdaderamente se entiende lo que significa. Por otra parte, yo no canto a una infancia boba, en donde está ausente el mal, a una infancia idealizada; yo sé muy bien que la infancia es in estado que debemos alcanzar, una recreación de los sentidos para recibir limpiamente la "admiración ante las maravillas del mundo". Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado, pero que debiera pasarnos.

Siguiendo con mis libros, Los trenes de la noche es un solo poema escrito también de un solo golpe, en un viaje de Santiago a Lautaro, mirando por la ventanilla del tren nocturno, escribiendo unos versos en un cuaderno de croquis tras salir a respirar a la pisadera del carro, tras bajarme rápidamente en las estaciones de donde parten los ramales, a tomar un vaso de vino. El paso del tren representa el tiempo que las locomotoras van dividiendo en forma implacable en el pueblo natal que atraviesan por la mitad. Alguna vez correrá un último tren, pensaba yo, cuál será ese último tren, así como tantas veces pienso quién pronunciará por última vez mi nombre, quién leerá por última vez un poema mío.

Crónica del Forastero es un libro con menos revelación, menos visión lírica, un intento fallido tal vez de cambiar mi expresión habitual por el relato, a costa unas veces del relato, otras de la tensión lírica. Pero uno muchas veces no es responsable de lo que hace. Mi intento era el de revivir a través de un personaje lírico la historia o mejor dicho la intrahistoria de la Frontera, nuestro Far West, donde nace en el Siglo XVI la poesía chilena con Pedro de Oña y Ercilla; esa zona tan singular nacida de la fusión de tres razas; revivir a los (y mis) antepasados, proyectar una historia mítica en un presente que debe cambiarse. Yo debía transformarme en una especie de médium para que a través de mí llegara una historia, y una voz de la tierra que es la mía, y que se opone a la de esta civilización cuyo sentido rechazo y cuyo símbolo es la ciudad en donde vivo desterrado, sólo para ganarme la vida, sin integrarme a ella, en el repudio hacia ella. Es posible que esta "Crónica" sea un primer intento que alguna vez retomaré, un primer paso hacia un poema épico para el cual todavía no estoy preparado. Mi trabajo actual está orientado en otro sentido, que no creo del caso hablar ahora, para utilizar figuras manidas, la primavera trabaja mudamente las raíces del trigo que va a aparecer. Tal vez sí apunte a una contradicción de mí mismo, una contradicción dolorosa, porque yo no soy poeta de la aventura, sino del orden, aun cuando admire a los innovadores auténticos, por supuesto. Pero sí, quiero establecer que para mí lo importante en poesía no es el lado puramente estético, sino la poesía como creación del mito, y de un espacio y tiempo que trasciendan lo cotidiano, utilizando muchas veces lo cotidiano. La poesía es para mí una manera de ser y actuar, aun cuando tampoco puedo desarticularla del fenómeno que le es propio: el utilizar para su fin el lenguaje justo para este objeto. Mi instrumento contra el mundo es otra visión del mundo, que debo expresar a través de la palabra justa, tan difícil de hallar. Porque el poema no debe (como dice Archibald McLeish) "significar sino ser". Tal vez lo que importa no es dar en el blanco, sino lanzar la flecha. Y de nada vale escribir poemas si somos personajes antipoéticos, si la poesía no sirve para comenzar a transformarnos nosotros mismos, si vivimos sometidos a los valores convencionales. Ante el "no universal" del oscuro resentido, el poeta responde con su afirmación universal.

 

IV

Nunca he pensado escribir una poesía original, ni me tengo por un ser sin antepasados poéticos. Cada poeta tiene una línea que va siguiendo. Es la mía la de Francis Jammes, Milocz en alguna de sus etapas, René Guy Cadou —un poeta con cuya visión del mundo creo tener afinidad—, Antonio Machado, para citar a los poetas principales, y en las lenguas que puedo leer en versiones originales, lo que me parece fundamental. En prosa, la línea de Robert Louis Stevenson, Alain Fournier, Selma Lagerlof, cierto Knut Hamsum, Edgar Allan Poe (Arturo Gordon Pym). En Chile, alguna vez me adscribí a un cierto sentido de la poesía que yo mismo llamé "lárica" (ver Boletín de la Universidad de Chile, número 56, 1965, mi trabajo "Los poetas de los lares"), y en donde están, entre otros, Efraín Barquero y Rolando Cárdenas, para citar sólo a mis coetáneos. A través de la poesía de los lares yo sostenía una postulación por un "tiempo de arraigo", en contraposición a la moda imperante e impuesta por ese tiempo, por un grupo ya superado, el de la llamada Generación del 50, compuesto por algunos escritores más o menos talentosos, por lo menos en el sentido de la ubicación burocrática, el conseguir privilegios políticos, el iniciar empresas comerciales, representantes de una pequeña burguesía o burguesía venida a menos. Ellos postulaban el éxodo y el cosmopolitismo llevados por su desarraigo, su falta de sentido histórico, su egoísmo pequeño burgués. De allí ha nacido una literatura que tuvo su momento de auge por la propaganda y autopropaganda, pero que por frívola y falta de contacto con la tierra, por pertenecer al oscuro mundo de la desesperanza ha caducado en pocos años. La pretendida crisis de la novela chilena no es, tal vez, sino crisis de la inautenticidad, de renuncia a las raíces, incluso a las de nuestra tradición literaria, por pobre que sea. En cambio, la mayor parte de nuestros poetas se mantienen fieles a la tierra, o vuelven a ella, como es el caso desde Neruda y Pablo de Rokha a Teófilo Cid y Braulio Arenas, ex surrealistas; o como en los más destacados poetas de la última generación, la poesía es expresión de una auténtica lucha por esclarecerse a sí misma, o por poner en claro la vida que la rodea. Pero mejor que yo lo dice Rilke: "Para nuestros abuelos una torre familiar, una morada, una fuente, hasta su propia vestimenta, su manto, eran aún infinitamente más familiares; cada cosa era un arca en la cual hallaban lo humano y agregaban su ahorro de humano. He aquí que hacia nosotros se precipitan llegadas de EE.UU cosas vacías, indiferentes, apariencias de cosas, trampas de vida... Una morada en la acepción americana, una manzana americana, o una viña americana nada tienen de común con la morada, el fruto, el racimo en los cuales había penetrado la esperanza y la meditación de nuestros abuelos... Las cosas dotadas de vida, las cosas vividas, las cosas admitidas en nuestra confianza, están en su declinación y ya no pueden ser reemplazadas. Somos tal vez los últimos que conocieron tales cosas. Sobre nosotros descansa la responsabilidad de conservar no solamente su recuerdo (lo que sería poco y de no fiar), sino su valor humano y lárico". Hasta aquí Rilke (1929). Y no se debe añadir nada más. Dentro del mismo Estados Unidos los movimientos de los beatniks y los hippies recuperan también este mundo del "lar".

 

V

Lo he dicho entre líneas, pero ahora quiero hacerlo explícito: el personaje que escribe no soy necesariamente yo mismo, en un punto estoy como un ser consciente, en otro la creación que nace del choque mío contra mi doble, ese personaje que es quien yo quisiera ser tal vez. Por eso el poeta es quizás uno de los menos indicados para decir cómo crea. Cuando el poeta quiere encontrar algo se echa a dormir, me parece que lo dice León Felipe. Habitualmente el poema nace en mí como un vago ruido que debe organizarse alrededor de la palabra o la frase clave o una imagen visual que ese mismo ruido o ritmo mejor dicho, concita. No puedo concebir luego el poema en la memoria, sino que debo escribir la palabra o frase clave en un papel, y ver cómo se van organizando alrededor de ella las demás. Nunca corrijo, sino que escribo varias versiones, para elegir una, en la cual trabajo. A veces queda limpia de toda intervención posterior, otras veces empiezo a podar y corregir en exceso, quitando espontaneidad. Creo que algo de eso me ocurrió en la Crónica del Forastero. Pero en realidad, nunca sé en verdad lo que voy a decir hasta que no lo he dicho.

 

VI

Releo este trabajo, como de costumbre me siento disconforme de él, pero hemos llegado a un fin y eso no carece de importancia.

Me molesta el tono impostado y dogmático que he solido adoptar, así como el de querer decir verdades últimas. De veras, muchas veces no sé si soy poeta o no, no sé si sobrevivirá de lo que he escrito por lo menos "algunas palabras verdaderas" como pedía Antonio Machado. Pero "nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea". No soy humilde, al estilo de los que dicen, como decía la violeta, "a humilde a mí no me la gana nadie", pero tampoco seguro de si lo que escribo vale ante los demás y ante mí mismo. Tal vez alguna vez ya no escriba más poesía, tal vez siga en esta tarea que nadie sino yo mismo me he impuesto, no para vender nada, sino para salvar mi alma, en el sentido figurado y literal.

Bien, si difícilmente he podido comunicar algo pido disculpas afirmando como lo hace Humpty Dumpty en Alicia a través del espejo que las palabras no significan sino lo que nosotros queremos que signifiquen. De todos modos, para terminar diré que "el vino y la poesía con su oscuro silencio" dan respuesta a cuanta pregunta se le formule y que si mi amigo el poeta Nicanor Parra escribe "Total cero" en un "artefacto" de epitafio a Pablo de Rokha yo prefiero decir con Paul Eluard que "toda caricia, toda confianza sobrevivirá", y con René Char: "A cada derrumbe de las pruebas el poeta responde con una salva por el porvenir".

1968

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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