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JOSÉ MANUEL ARANGO,

MÚSICA CALLADA Y PALABRA ESENCIAL

Por Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

 

La primera vez que fue anunciada su presencia nos quedamos frustrados. El poeta, que venía desde Medellín, vía terrestre, no alcanzó a llegar por algún derrumbe invernal. Los organizadores ofrecieron las disculpas de rigor y los fervorosos lectores de su poesía, sobria y precisa, debimos guarecernos del frío en algún cafetín del centro histórico. Nos resignamos a leer entre nosotros sus poemas breves y rotundos, mientras imaginábamos que en esas mismas calles, en esos sitios gobernados por la bruma, muchos años atrás, el poeta José Manuel, debió caminar y ejercer el acto solitario de la poesía, mientras adelantaba su carrera de Filosofía en la Universidad Pedagógica de Colombia, transformada con los años en la Uptc.

Ocho días después se cumplió nuestro deseo. Silencioso y austero llegó el poeta a la Casa Cultural Eduardo Caballero Calderón y leyó sus poemas, en una mezcla de timidez y asombro por ver colmado el recinto y constatar que buena parte del público conocía su obra y le solicitaba poemas a viva voz. Bajo perfil, dijo alguien, por su intimismo, su actitud de fuga a la publicidad y estridencia mediática; serenidad, lectura mesurada del mundo, correspondencia entre la sobriedad de su vida y el susurro de su palabra, pienso ahora, que nos ha dejado “la forma de su huida”. Una vez concluido el recital, José Manuel Arango, nos aceptó, a mí y a los contertulios de la Corporación Literaria Si Mañana Despierto, un diálogo, en La Carreta, taberna ya extinguida en el marco de la plaza de Bolívar. De ese diálogo, quedan estos vestigios, diseminados en este lugar de la noche, para acudir a uno de sus títulos insignes:

Jorge Eliecer Ordóñez: Poeta, ¿qué opina de los talleres de poesía?

José Manuel Arango: Hombre, yo francamente no he sido demasiado amigo de los talleres, pero tengo que decir que no soy persona que pueda opinar con mucha autoridad sobre esto porque no conozco un taller por dentro. Nunca asistí a un taller, nunca he asistido a talleres…tal vez sean prejuicios de uno, pero yo tengo la idea de que el gran taller es leer a los grandes poetas, más amigo soy de las tertulias, porque esos son  lugares donde uno habla de literatura, donde alguien llega con un libro y dice, ve hombre, me encontré este poeta, leételo, y se pasan de uno a otro, digamos los descubrimientos que se han hecho, pero taller, taller, yo entiendo que tengan talleres de música, de pintura, pero talleres de poesía, no.

JEO: De todas maneras, poeta, el intercambio sí es importante

JMA: Sí, pero eso se da a nivel de tertulia, puede ser importante el intercambio, cara a cara con los amigos, pero eso se hace con muy pocos; uno tiene uno o dos amigos a los que les muestra con toda confianza las cosas porque sabe que le van a decir la verdad, y sobre todo que son duros, le van a decir claramente las cosas y le van a ayudar a echar tijera. La consigna debe ser, duro y a la cabeza.

JEO: Usted se forma en Tunja, en su carrera universitaria, ¿nos recuerda un poco esa etapa?

JMA: Yo quería estudiar Filosofía, porque la que vi en los dos últimos años de bachillerato me emocionó mucho, la poesía la conocía desde antes, pero de pronto descubro en 5º. Y 6º. la filosofía y dije, esto es lo mío. En Medellín no había una carrera de Filosofía, entonces me vine a Bogotá y ya tenía la admisión en la Javeriana, pero yo no me podía costear la carrera, tenía que trabajar y no pude conseguir trabajo. Me hablaron de Tunja, aquí me dieron una beca para estudiar Filosofía. Por supuesto, de Tunja tengo los mejores recuerdos, porque aquí estudié, aquí enseñé, aquí me casé, aquí nacieron mis hijos…

JEO: ¿En qué momento se da el paso a la Universidad de Antioquia?

JMA: Hombre, uno siempre tiende a volver a su tierra. Estuve un tiempo en Popayán, trabajando en el Liceo de la Universidad del Cauca, luego, unos años aquí, en la Pedagógica y entonces, de pronto se presentó la oportunidad de irme a la Universidad de Antioquia. De allí viajé a los Estados Unidos. El Inglés ya lo leía, pero el conocimiento de la gran poesía norteamericana lo adquirí allá.

JEO: La poesía de William Carlos Williams, a quien luego traduce, ¿lo impacta, incluso, lo influye?

JMA: Es verdad, pero no sólo la de él. Cuando yo llegué a Estados Unidos había un movimiento que venía de William Carlos Williams, Ezra Pound, Wallace Tigers, eso que se llamó el Imaginismo, que es muy bueno, se llamaba el movimiento The Black Mountain -La Montaña Negra- originario del Imaginismo. Eso fue lo que más me interesó, no estaba tan interesado en la “poesía beat”, sino en un tono mucho más en voz baja, mucho menos estridente.

JEO: Por generación, usted podría haber sido un poeta nadaista, pero ni Giovanni Quessep, ni usted lo son, ¿se van al otro lado?

JMA: Yo leí con mucha atención a los nadaistas, pero yo sentía que andaba por otro lado, además, Medellín era el centro de ese movimiento. Yo no conocí a los nadaistas porque por esa época yo estaba estudiando, tal vez, una de las razones por las cuales yo empecé a publicar cuando ya había pasado un poco el estrépito nadaista. Quessep sí había publicado un libro.

JEO: ¿Usted se siente identificado cuando lo ubican en la “Generación Desencantada”, del Estado de Sitio o Golpe de Dados?

JMA: Hombre, a mí no me convence mucho el nombre de Desencantada, prefiero Generación Post-Nadaista. ¿Por qué? Porque creo que el Nadaismo fue el último movimiento que hacía manifiestos, que tenía como un programa. Los que venimos después somos todos muy distintos, entonces no se encuentra una manera de hablar de generación, debe decirse,  poetas post-nadaistas.

JEO: ¿Y no le gusta Generación Golpe de Dados, en homenaje a la revista que ha sido el receptáculo de sus autores?

JMA: También, así como se habla del grupo Mito. Creo que lo esencial es que ya no hay ismos, que ya no hay manifiestos, que ya cada uno asume las cosas de una manera muy distinta y ya no se cree como en una escuela, creo que lo único que nos une es que somos de la misma época.

JEO: Y hay otras cosas, por ejemplo, que ya son poetas muy profesionales, en el sentido que tienen un oficio, tanto en la palabra, así como una profesión.

JMA: Ahora los poetas no son ni políticos, ni diplomáticos, son más bien, profesores, periodistas y hasta publicistas, si se quiere, hombres menos públicos. En una época se dedicaban a la diplomacia, quizás hasta “Piedra y Cielo”, pero ya no.

JEO: Usted rompe con la “poesía declamatoria” y con ese poeta elocuente, que empieza a mirarse de soslayo; ustedes encarnan otra manera de ser, incluso como hombres enfrentan distinto la historia nacional.

JMA: Yo creo que uno viene de atrás. Por ejemplo Rogelio Echavarría cuando presenta al poeta como un transeúnte, como uno más que va por la calle en medio de la gente, que ya no es el elegido, ni el maldito, sino el hombre común y corriente. A esa concepción corresponde un tono distinto: es el hombre que dice las cosas en el lenguaje del hombre de la calle, de todos los días. Yo estimo mucho a Rogelio y creo que es el iniciador en Colombia de esa manera nueva de ver la poesía.

JEO: En México se tiene el caso de Jaime Sabines, el peatón, el poeta sin aura, que no tiene rayos delatores en la frente…

JMA: Esa es la idea. Barba-Jacob decía que tenía la marca de Saturno en la sien.

JEO: Poeta, hablemos un poco de la herencia de Aurelio Arturo, que creo es fundamental en los poetas colombianos.

JMA: Aurelio Arturo es uno de los poetas que uno quiere y relee, sobre todo por esa especie de tono menor, no declamatorio, y por esa persecución de cierta música, muy callada, secreta, que viene incluso de Silva, y sigue con Rogelio Echavarría. El mundo de Aurelio Arturo es de todos modos muy distinto al de uno, es ese mundo paradisiaco del sur –su morada-. En ese aspecto, me siento más cercano del mundo de Rogelio, de la ciudad, del transeúnte…

JEO: Claro que es Medellín, pero igual, puede ser cualquiera de estas degradadas y paradójicas ciudades latinoamericanas

JMA: Por supuesto, claro que lo de ciudad degradada es un poco ambiguo, porque si bien uno camina por calles con nombre de batalla, ya no somos héroes, pero también, de pronto en algún detalle de la vida cotidiana aparecen los dioses; aunque las ciudades estén “abandonadas por los dioses”, el que sepa ver los encuentra en los vendedores de frutas, en esa otra…

JEO: En el muchacho que alista su honda, por ejemplo

JMA: Claro, la terca vida, esa terquedad de los que luchan por seguir viviendo la vida a pesar de todo

JEO: Y en ese orden de ideas, ¿Mario Rivero? 

JMA: Ah, por supuesto, allí iba ahora cuando hablaba de Rogelio, después de él viene el Mario Rivero de Poemas Urbanos, que es un libro muy bello. Rivero es un poeta que ha explorado muchas cosas, está hablando de su experiencia como hombre, del envejecimiento en Los Poemas de Invierno, que es otro de sus bellos libros.

JEO: ¿Qué le dice a usted un poeta tan controvertido como Raúl Gómez Jattin?

JMA: No sólo he querido su poesía, sino que lo quise mucho a él. No puedo decir que fuimos muy amigos, pero sí que nos encontramos varias veces y tuvimos una relación muy cordial, de pronto un poco conflictiva, porque él era una persona en el umbral, pero era una persona tan tierna, tan indefensa…

JEO: ¿Inocente como los pájaros?

JMA: Exacto, como decía Borges de Verlaine. Bueno, él tiene una poesía desigual, precisamente por su vida misma, ¿cierto?, pero cuando está en la vena, es tremendo. Los poemas más intensos de la última poesía colombiana los ha hecho Gómez Jattin.

JEO: ¿Qué representa para los poetas de su generación el legado del grupo Mito?

JMA: Mito fue muy importante como una apertura, después de Piedra y Cielo, que era tan cerrado en un cierto hispanismo y en una cierta idea un poco conservadora de la cultura, por ejemplo ese giro en torno a la poesía española…y en fin, sí, digamos que frente a poetas como Silva o como Luis Carlos López, Piedra y Cielo fue como una reacción; después viene Mito y fue como la apertura al mundo, a la problemática social del país. Veo que para nosotros fue muy importante: cuando estábamos muchachos tener a Mito, leer y orientarnos, oír hablar del Marqués de Sade  y de Saint-Jhon Perse…en la poesía, tal vez un poco menos. Yo aprecio cierta poesía de Cote y de Gaitán Durán, pero no toda, y creo que el tono nuestro es un poco distinto al de ellos, excepto Charry Lara, Rogelio o Mutis. De todos modos les debemos no solo la apertura a otras poéticas, también a otras problemáticas; como quien dice, nos ayudaron a leer mejor el mundo.

JEO: ¿El poeta conoció a Estanislao Zuleta?

JMA: Sí claro, lo conocí. Asistí a sus charlas, era un magnífico conferencista. Incluso creo que aquí hay una línea que viene de Fernando González. Fernando fue el papá de Estanislao Zuleta porque él se quedó huérfano y Fernando González lo educó. Después Estanislao fue profesor en Antioquia, luego se fue al Valle y allá hizo escuela y de esa escuela salió William Ospina, de manera que yo creo que Fernando González, Estanislao y William son como una línea de reflexión sobre este país. Estanislao estaba mediado por Marx, Freud, el psicoanálisis.

JEO: El poeta Ernesto Cardenal ha dicho que si ha de dar cuenta de su época dirá que “fue bárbara, pero poética”. Es lo que yo percibo en la poética de José Manuel Arango, la barbarie vista a través del ojo del poeta, como por ejemplo, en un poema fundamental suyo, Como para el amor, donde en principio se capta como erótico y termina siendo thanático

JMA: Sí, seguramente, lo que pasa es que uno vive un mundo que lo tiene que marcar, y si además vive en una ciudad como Medellín, que ha sido como el epicentro del terremoto en Colombia, una ciudad con una personalidad tremenda, que a la vez ha sido el inicio del narcotráfico, del sicariato, de los paramilitares y hemos vivido una situación terrible…pero también es una ciudad donde los muchachos están haciendo cine, están haciendo poesía, están pintando…bueno, de todos modos Medellín es una experiencia terrible, pero al mismo tiempo, maravillosa

JEO: Bueno, pero en medio de la crisis que ha vivido Antioquia uno ve que hay búsquedas, que la gente está preocupada por la creación, ¿cómo ve usted la relación entre las humanidades y lo que se hace en la academia convencional?

JMA: Si una persona está metida en una cosa, va encontrando. Jaime Jaramillo Escobar dice que la mejor manera de encontrar un poema es otro poema. Una tertulia, no como institución sino como un grupo de amigos con quienes se encuentra en un café y les dice, léanse esto, pero talleres, talleres, por lo menos los que he visto…uno ve los resultados y es que a veces lo que se escribe se parece a lo del director del taller. A mí personalmente me llevó a la poesía un maestro de escuela de quinto de primaria, quien nos leía poesía sin ninguna pretensión. Ahora, eso de los análisis, estructuralismo, semiótica, etc. lo han llevado a las universidades como una plaga, y entonces eso es matar el gusto por la poesía y por la literatura en general. Después los que estudian con ellos lo llevan al bachillerato y eso si es terrible. Entonces yo no creo que sea llevar a la gente, pero si por lo menos no estorbarles el camino con todas esas carretas tontas.

Hay gente norteamericana que está volviendo a la poesía con rima y métrica. Lo que importa no es si hay metro o si hay rima. Borges, Giovanni Quessep hacen poesía con rima y metro, pero solamente Borges y Quessep son capaces de coger esas cosas viejas y rejuvenecerlas. Es que con verso libre se han escrito cantidades de basura, claro que con poesía rimada, igual. Es que la música no depende de la métrica ni de la rima. Si leyeran a Silva, a Bécquer, a San Juan de la Cruz, a Quevedo…Quevedo es un poeta que hoy en día uno lo lee y lo estremece. Los poetas españoles de los siglos XVIII y XIX, Espronceda, Núñez de Arce, tenían el metro aquí –se toca la frente- escribían sin oído y sin música, en cambio San Juan de la Cruz escribía con esos mismos metros, pero con oído y con música.

JEO: Poeta, ¿qué ha representado para usted un libro, en el umbral entre la poesía y la narrativa, como Pedro Páramo, del querido Juan Rulfo?

JMA: Por supuesto, Rulfo es uno de esos escritores que uno siente tan cercanos. Rulfo…sí, El llano en llamas, Pedro Páramo o las fotografías de Rulfo. En Medellín hicieron una exposición excepcional de sus fotografías, son de esas tierras áridas, con maticas de esas, ¿qué?, cactus, por ejemplo una fotografía es de una banda de música de un pueblo de esos de Jalisco, pero la banda ya no está, los músicos se fueron a tomarse alguna cosa y hay un atril, una partitura y los instrumentos puestos en el suelo…

JEO: Usted como poeta y a la vez como educador durante muchos años ¿cómo pudo relacionar esas dos profesiones, esas dos maneras de enfrentar la vida?

JMA: Yo nunca enseñé literatura, siempre enseñé Filosofía. Bueno, decir enseñar puede ser pretensioso. En la Universidad de Antioquia me tocó la época del marxismo y de todas esas corrientes del estructuralismo, pero yo nunca estuve con el marxismo, ni con el estructuralismo. Yo no trataba de enseñar respuestas, sin que los muchachos se hicieran preguntas sobre la vida, sobre las cosas. En Filosofía no son importantes las respuestas, sino las preguntas. Entonces yo siempre he sentido la Filosofía y la Poesía como afines, pero no una Filosofía dogmática, de sistemas que tiene respuestas para todo, sino una filosofía que se haga preguntas, que es lo mismo que hace la poesía. Para mí no fue muy difícil conciliar las dos cosas, pero como le decía, nunca enseñé Literatura, tenía como cierto temor, como cierto respeto, pero Filosofía sí, los grandes problemas que tenían los presocráticos  y que seguimos teniendo.

JEO: Poeta, ¿usted sabe cuán querido es entre la juventud colombiana, es consciente de cuánto se lee y aprecia su poesía?

JMA: Pues la sensación más bella que tuve al venir a leer a Tunja es que yo, francamente no esperaba lo que fue esta lectura: que de pronto un muchacho me dijera, “lea este poema”, que otro por allá tuviera un libro mío, que una muchacha hiciera una síntesis interpretativa de mi obra…eso para mí es una cosa maravillosa. A mí no me interesan premios, reconocimientos, cosas, pero que un cura muy joven me diga que dos veces viajó ocho horas por escucharme y que además está traduciendo mis poemas al latín, en sus horas de extrema soledad, eso es muy emocionante para mí.

De fondo los viejos y siempre frescos sones cubanos. La ciudad que se recoge en su niebla de cuchillos glaciales. Algunas anécdotas estudiantiles, una que otra nostalgia al recorrer la ciudad, más de cuarenta años después; su casa, su primera casa cerca al pozo de Donato, su lectura de una sola sentada de La Ciudad y los Perros, en el parque de la República, en esos años magníficos cuando irrumpía el boom latinoamericano con su nueva forma de narrar. Sus poetas del alma, desde Quevedo, Juan de la Cruz, hasta Silva, Borges, Rogelio Echavarría, Aurelio Arturo…su emoción por la poesía norteamericana, que ha traducido con acierto, su amor, su ambiguo amor por Medellín, con calles que tienen nombre de batalla y donde matar debe ser fatigoso, sus nietos, su descubrimiento apasionado de poetas y escritores que empiezan a despuntar en nuestra aurora, inquietante y oscura. Y el resto, su silencio, su gesto contemplativo, tan similar a su poesía: Peligro, demoliciones.

 

Entrevista realizada al poeta antioqueño con motivo de su recital, en la ciudad de Tunja, en el marco del XXVII Festival Internacional de la Cultura.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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