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Héctor Rojas Herazo

EL PUEBLO QUE AGONIZA BAJO LOS ALMENDROS I

 

EL ABUELO

 

El abuelo era un retrato. Un gran retrato color de humo sólido que colgaba sobre el baúl de la tía mayor. Parecía que aquel hombre no hubiese muerto nunca. Parecía asomado a una ventana. Mirándonos desde la vida dura de sus mostachos de alquitrán. Con sus ojos severos siguiéndonos, con pensativa cautela, por todos los rincones del cuarto. Conocía su oficio el retrato del abuelo. Por las noches, a la luz de la lámpara, aparecía súbitamente sobre la pared. Entonces era lo único vivo en ese cuarto lleno de cosas muertas. Sobre aquellos baúles que parecían ataúdes demasiado anchos, sobre aquel escaparate, sobre aquellos sillones destrozados. Todo lo que había sido tenso y luminoso cuando él andaba con sus botas de resorte —seguro, pausado y autoritario— por las alcobas derrotadas. Sabía de nosotros. Sabía que estábamos allí, que creíamos, que usábamos tobillos que nadaron en su sangre.

Ese hombre del retrato, el abuelo, meditó muchas veces en nosotros. Cuando nosotros todavía no habíamos llegado. Lo decían sus ojos. Sus pómulos subían y bajaban, en la luz macilenta de la lamparita de gas, con una furia sólida, con dulzura amarga parecida a un regaño. Mirarlo era sentirse. Explicarnos.

Encontrar la causa de aquellas paredes, de aquellos horcones donde pendulaba la hamaca durante la siesta, de aquel lecho de madera labrada, recto y colosal como un escenario. Ese, en verdad, había sido su reino. Allí se había trenzado, glándula con glándula, con la viejita seca que nos daba agua de panela y trocitos de alcanfor para la tos.

De esa trabazón habían venido a nosotros esas voces de ahora: esas mujeres rojas y extrañas que se abanicaban en los mecedores al mediodía; esos tíos macizos que amarraban sus caballos al pie de los almendros y entraban a la sala con su olor a cuero, a desdicha, a polvo y sudor de caminos lejanos sobre las polainas y los hombros. Pero el abuelo seguía allí con nosotros. En sus puñados de latín, en sus refranes, en sus migajas de pan en el comedor.

No quería irse. Sobre aquellos terrones de barro asentaba su poderío. Era un vaho. Una fuerza ruda e ineluctable dispuesta a llevar hasta el fin el ejercicio de su vigilia. Dispuesta a seguir siendo, a seguir durando, a seguir respirando más allá de sus pulmones, de su lengua, de su saliva, de sus huesos. Por eso el retrato del abuelo era como un llamado. Un embrujo que venía de los árboles y sacudía nuestros corazones. A veces era un temor. Algo que nos dejaba indefensos. Entonces recordábamos una carta y un nombre de mujer entre las hojas. También recordábamos un invierno y un diálogo en una casa cural con un sacerdote que jugaba al ajedrez y fumaba unos exóticos cigarrillos rosados para aplacar una dolencia asmática. Eso era el abuelo: una vida simple; una cosa que había contado con nosotros frente a una cofia de recién casada y con unos libros que tenían litografías napoleónicas; un cráneo con dos ojos que había visto unas hormigas subiendo a despojar el limonero de un patio. Allí estaba. Con su cuello de tiza y sus mostachos de alquitrán sobre nuestras cabezas. Lo sentíamos subir y bajar como si fuéramos el oleaje sanguíneo de su deseo de estar acá. Con nosotros. Porque el retrato miraba los vasos y los muebles y el hilo del comején adherido al muro de la sala. Todo eso lo miraba el retrato —el abuelo—, el dueño de esa respiración que oíamos en la noche. Cuando la casa era como un cuerpo gigantesco que empezaba a nutrirse de nuestro pavor o de nuestro sueño para resistir, bajo el follaje de los almendros, el empuje de la muerte.

 

LA MAESTRA

 

La maestra era una anciana dura y violenta. Toda ella como un garfio vivo. Nos apretaba. Llenaba de pavura nuestros sentidos de cinco años. Su boca era una caverna donde anidaban, como si fuesen alimañas, unos vocablos que emponzoñaban nuestra sangre. No la oíamos. No queríamos oír esos vocablos reptantes, silbadores, ebrios de furia y de odio. Entonces —cuando la maestra hablaba— mirábamos la calle amarilla o el plumaje de los gallos entre la verdura del patio. Acá, en el minúsculo taburete de palo, solo había unos huesecillos temblorosos; unos ojos que golpeaban, desesperados, las paredes de guaduas, unas manecitas intranquilas que llenaban de amargura y de mugre la superficie del abecedario. Definitivamente ese fru fru, ese bulto negro que avanzaba hasta nosotros, era una cosa cruel. Algo que nos llenaba de infinita desesperación, de triste cansancio. Antes de la pregunta estábamos derrotados. Sin fuerzas para oponernos a aquel oleaje de ferocidad. Queríamos, en lo más remoto de nosotros, ascender a nuestra saliva, al flujo de las palabras. Pero aquello —ese bulto negro, mascullante— se interponía entre nosotros y la vida. Suplicábamos en silencio. Con nuestros míseros pantaloncitos de almidón, con nuestras boticas gastadas por el roce de los guijarros, con nuestros dientes prematuramente cariados. Sentíamos, implacable y certera, aquella garra revolviendo la íntima vida de nuestras vísceras. Nos aflojábamos. Entonces, en aquel naufragio de los sentidos, se escuchaba el rugido, la pregunta temible, la indagación por algo que había volado, dando alaridos, de nuestra memoria. Las letras, ominosas, se desintegraban con un tenso crujido ante nuestros ojos. Macabros palillos de color de cobre se entrelazaban, se hacían señas de mofa, ocultaban, hasta el delirio, su significado y su acento. Era el terror. Los palotes succionaban nuestras glándulas salivales. Tragábamos en seco. Llamábamos a alguien. Alguien que vivía en nuestros bolsillos, en nuestras rodillas magulladas o en nuestro corazón. Alguien que quería subir a nuestras uñas y entrabarnos las manos como un muro. Después era el silencio. Esa tierra de nadie donde irían a silbar, a atronar, dentro de poco, los ofidios verbales. Como un gran oído quedábamos esperando. Escuchábamos las cosas más inauditas y etéreas: el sonido del comején en el espaldar de un retrato, el quejido apostólico de la techumbre, el jadeo de las hormigas en los rincones, el furioso latido de las arterias de la maestra. Sentíamos el roce de su falda sobre nuestros muslos desnudos. La pasión y el odio de su cabeza. Su olor a ataúd. Eran dos odios, dos amarguras fundidos. Casi era un límite de atracción y de amor el que se operaba en nuestros dos seres en un punto cualquiera de la tierra. Entre un silencio prieto. Entre un aire, frío y sólido, como una mortaja. ¿Qué podíamos responder? ¿Qué podía quedar en nosotros para ofrendar o para escapar o para llorar? Simplemente alzábamos nuestros ojos. Sentíamos el peso de nuestras caderas —soportando aquella embestida, aquel resuello irritado— sobre el tramo de cuero del taburete. Después pasaba la tormenta. Solo quedaba el día amarillo y el pulso del pueblo. Como quien regresa, volvíamos a escuchar, a existir, a durar. Conjugábamos, en una redada heroica, nuestros miembros dispersos, nuestros nervios, nuestras manos amedrentadas. La maestra, vieja y hundida, era entonces un bulto de tela mascullante que se acompasaba sórdidamente en un mecedor. Nosotros mirábamos. De todo aquello de aquel combate aterradoramente anónimo, quedaría un bloque de tristeza que después iríamos lentamente desmenuzando sobre el mundo.

 

LOS NOVIOS

 

En los pueblos el noviazgo es una entrañable página de cursilería. De cursilería de la buena. De esa que está tejida con las más puras fibras del corazón, con las más hermosas hebras verbales, con tarjeticas que rezan "tuya hasta la muerte" bajo dos retratos enlazados por un moño vegetal y sostenidos por el pico de una paloma. Esto es posible porque en los pueblos nunca dejamos de ser un poco niños, un poco nosotros mismos, un poco esa verdad humana que termina superando todo formulismo.

Novios de pueblo tropical. Novios de mi memoria. Silenciosos. Sentados, un mecedor frente al otro, en los altos pretiles de esas calles llenas de burros con pajaritos en la mollera. Un poco después del Avemaría, con su palito de limón aromándole los dientes, con su cuello de celuloide, su corbatín, su sombrero tartarita y su traje de cazabe, el novio viene por el sendero. Es moreno y delgado. Un tímido bigotillo alcanza, apenas, a pincelar el labio superior. Ha cortado una rosa, al descuido, de una rama que se mece suavemente entre la dicha del aire. A lado y lado aroma de ciruelos, trinos, paredillas mordidas por el tiempo, ventanas polvorientas. En una de ellas, en una sola, un rostro de muchacha enlutada se ensimisma, como un retrato, en la música de las campanas. El novio camina. Está lleno de edad, de municipio, de taburetes y velorios. Recuerda la hormiguita que pugnaba por arrastrar un grano de azúcar en el tazón del comedor. Y a la madre cuando afirmaba, extraña y aromada por el trocito de cacao con que alisaba sus cabellos sobre el brocal del pozo: "Hoy ha florecido el naranjo". Y el efluvio de los azahares aspirado con enérgico regusto al pasar entre palabras, entre gestos, entre el balanceo de árboles grandes y misteriosos. Es frágil y eterno en esa calle solitaria. En esa calle que tiene un caballo frente a una puerta y un horcón para sostener el hilo del telégrafo.

Recuerda, Franjas de azul de pelotica sobre las paredes blancas. Cocoteros. Todo ese polvo, todos esos muertos, toda esa clorofila pública y hombrones de sementera que conducen, bajo el improvisado quitasol de una sábana, un mecedor con una mujer encinta, magra y agonizante, en el aire amarillo. El caballo es sacudido por un trémolo de oro. Parece un perro. Y allí está ella —la novia— con el hijo de ambos metido en su cofrecito de costura. Con sus ojos que vuelan sobre el rostro como dos pájaros asustados. A veces lo mira fijamente. Entonces el novio es un bloque de almidón y las pupilas de ella son dos sombríos, dos nidos con espuelas de azufre que le hacen relinchar los sentidos como si fueran caballos. Porque ella lo tiene a él prisionero en su corpiño. Sus muelas se saben de memoria el algodón con creosota que ella le puso un jueves de hace tres años y el muslo de pavo con que manchó su camisa frente al pastel de Navidad. Se morirá una tarde —puede muy bien ser una tarde de febrero—cuando estén preparando la miel de los caramelos bajo el totumo o reparando las bielas al motor del camión. Pero ella está ahí: la novia. La madre de todos esos hombres y esas mujeres que se cogerán por el pelo y se golpearán contra los baúles y se harán raspaduras sobre las espaldas y los muslos. Porque él también está allí: con su sexo escondido entre los pantalones de almidón. En esa hora, después del Avemaría, en que las yerbas se ponen negras. Como si alguien las fuera pisando bajo las estrellas. 

 


Edgar Ruales Ortiz

MIS GAFAS DE ANDRÉS

 

 

            Siempre lo vi con sus gafas puestas. Por esos años las lentes con receta médica, casi todas, lucían de tamaño y grueso ortopédicos, las de Andrés no eran menos; enmarcaban ostensiblemente su cara huesuda para formar un triángulo invertido, sostenido por el vértice de su barbilla imberbe. Varios años mayor que Andrés, ya me hubiera alcanzado sino decide adelantar su segunda fecha. De todos modos pasamos por el mismo tiempo y, sobre todo, por su intención de convertirnos a la modernidad, sacándonos así sólo fuera las mañanas de los sábados de las rancheras y el cine mejicano, es decir, de nuestra cultura cine-musical de agua panela sin leche, mimetizada un poco, sobre todo en los muchachos de barriada, con los ritmos caribes de Cuba y Puerto Rico; con Celia, Daniel y La Sonora a la cabeza. Pero eran los de la “media” quienes más consumían Andrés-manía. Su rostro, siempre mirando hacia adentro, pensaba en cine, escribía en cine, amaba en cine, rodaba en cine; era un rostro que se nos fue convirtiendo en el  primer video de nuestra cultura-goce.

         Muchos sábados en el teatro San Fernando hicimos colas de taquilla mientras leíamos las cuartillas, entonces mimeografiadas con los textos de Andrés, que orientaban la inteligencia de las películas en cartelera; guías confiables, proyectadas desde sus gafas escritoras. En ese entonces la muerte quedaba lejos y no veíamos su futuro,  Andrés  la miraba desde sus gafas de pre-texto, mientras nos hacia guiños desde el cine, la mano derecha de sus sueños.

         El 21 de septiembre de 2003 en uno de los recitales “Ámbito de luz” del Xl Festival Internacional de Arte de Cali, en Proartes, un hombre con la edad hipotética de mi padre se acercó a la mesa para hacer autografiar mis poemarios, comprados y leídos por él, después de mi recital del viernes anterior; le había gustado ni trabajo. Hasta aquella noche de poesía no lo traté. Alguien me dijo que, desde años atrás, había decidido recoger los pasos por donde pasara Andrés Caicedo Stella, el escritor caleño que siempre tendrá veinticinco años. Esta vez, le gustaron a Don Alberto mis poemas y se tomó el trabajo de buscarme el lunes siguiente y me encontró compartiendo mesa con los poetas Horacio Benavides y Jorge Eliécer Ordóñez, quienes leían esa noche. Yo estaba allí líricamente solidario, como ellos conmigo la noche de mi recital. El señor que pedía mi autógrafo, se sentó por unos minutos a nuestra mesa; Jorge Eliécer y yo nos dispusimos a compartir su pedido y sus palabras. Nos dijo algo acerca de sus ancestros payaneses, tal vez motivado por el sur de mi apellido. Muy amable, me invitó a su casa con dirección y  teléfonos. Después de mi firma con dedicatoria en EL SILENCIO DE LOS ESPEJOS y LAS MIRADAS HACEN LUZ, mis poemarios, supimos que se trataba del padre de Andrés Caicedo Stella, don Carlos Alberto Caicedo. Me sorprendió la coincidencia. Los recuerdos aproximan sentimientos, sueños, nostalgias… todo lo pueden acercar. Mucho de leyenda tiene Andrés entre nosotros, los caleños de su época.

         Don Carlos Alberto, al ponerse de pie para retornar a su mesa, guardó en su bolsillo, sin darse cuenta, mis gafas confundidas con las suyas; tampoco nosotros lo percibimos. Antes de Freud se pensaba que actos así eran variables del azar. O descuidos, decían los mayores.

         ¿Por qué las gafas de alguien que conoció a Andrés en tiempos del Cine-club, con su cara triangular mirando hacia adentro y, precisamente, en un recital de poemas y escritura? Tengo la suerte de no ser psicoanalista y de haber perdido en una guerra de silencios al amigo experto en esas lides, pero no puedo dejar de pensar en los sentidos ocultos de este acto fallido de don Calos Alberto.

         El martes siguiente, en el último recital del festival, una señora y su esposo andaban preguntando por el dueño de unas gafas extraviadas. El señor Caicedo, quien no pudo asistir esa noche, les había hecho el encargo de informamos que él tenía mis “Cartier” de marco delgado, livianas y también  formuladas.

 


MIS GAFAS DE ANDRÉS

 

Siempre tuvo gafas. Por esos años las lentes con receta médica, casi todas, lucían de tamaño y grueso ortopédicos, las de Andrés no eran menos; enmarcaban ostensiblemente su cara huesuda hasta formar un triángulo invertido, sostenido por el vértice de su barbilla imberbe.

Siempre fui varios años mayor que Andrés, y ya me hubiera alcanzado si no decide adelantar su segunda fecha. De todos modos pasamos por el mismo tiempo y, sobre todo, por su intención de convertirnos a la modernidad, sacándonos -así sólo fuera las mañanas de los sábados- de las rancheras y el cine mejicano, es decir, de nuestra cultura cine-musical de agua panela sin leche, mimetizada un poco, sobre todo en los muchachos de barriada, con los ritmos caribes de Cuba y Puerto Rico; con Celia, Daniel y La Sonora a la cabeza. Pero eran los de la "media" quienes más consumían Andrés-manía. Su rostro, siempre mirando hacia adentro, pensando en cine, escribía en cine, amaba en cine, rodaba en cine; era un rostro que se nos fue convirtiendo en el primer video de nuestra cultura-goce. El teatro San Fernando en el antiguo sur de Cali nos vio hacer colas de taquilla muchos sábados leyendo las cuartillas mimeografiadas con los textos de Andrés orientando la inteligencia de la próxima película; guías confiables, proyectadas desde sus gafas escritoras. En ese entonces la muerte quedaba lejos y no sabía de su futuro. Andrés la miraba desde sus gafas de pre-texto, mientras nos hacía guiños desde el cine, la mano derecha de sus sueños.

El 21 de septiembre de 2003 en uno de los recitales "Ámbito de luz" del XI Festival Internacional de Arte de Cali, en Proartes, un hombre con la edad hipotética de mi padre se acercó a la mesa para hacer autografiar mis poemarios, comprados y leídos por él, después de mi recital del viernes anterior, le había gustado mi trabajo. Hasta aquella noche de poesía no lo traté. Alguien me dijo que, desde décadas atrás, había decidido recoger los pasos por donde pasara Andrés Caicedo Stella, el escritor caleño que siempre tendrá veinticinco años. Esta vez, le gustaron a Don Alberto mis poemas y se tomó el trabajo de buscarme el lunes siguiente. Me encontró compartiendo mesa con los poetas Horacio Benavides y Jorge Eliécer Ordóñez, quienes leían esa noche. Yo estaba allí líricamente solidario, como ellos conmigo la noche de mi recital. El señor que pedía mi autógrafo, se sentó por unos minutos a nuestra mesa; Jorge Eliécer y yo nos dispusimos a compartir su pedido y sus palabras. Nos dijo algo acerca de sus ancestros payaneses, tal vez motivado por el sur de mi apellido. Muy amable, me invitó a su casa con dirección y teléfonos. Después de mi firma con dedicatoria en EL SILENCIO DE LOS ESPEJOS y LAS MIRADAS HACEN LUZ, mis poemarios, supimos que se trataba del padre de Andrés Caicedo Stella, don Carlos Alberto Caicedo.

Me sorprendió la coincidencia. Los recuerdos aproximan sentimientos, sueños, nostalgias... todo lo pueden acercar. Mucho de leyenda tiene Andrés entre nosotros, los caleños de su época.

Don Carlos Alberto, al ponerse de pie para retornar a su mesa, guardó en su bolsillo, sin darse cuenta, mis gafas confundidas con las suyas; tampoco nosotros lo percibimos. Antes de Freud se pensaba que actos así eran variables del azar. O descuidos, decían los mayores. ¿Por qué las gafas de alguien que conoció a Andrés en tiempos del Cine-club, con su cara triangular mirando hacia adentro y, precisamente, en un recital de poemas y escrituras? Tengo la suerte de no ser psicoanalista y de haber perdido en una guerra de silencios al amigo experto en esas lides, pero no puedo dejar de pensar en los sentidos ocultos de este acto fallido de Don Carlos Alberto.

El martes, en el último recital del festival, una señora y su esposo andaban preguntando por el dueño de unas gafas extraviadas. El señor Caicedo, quien no pudo ir esa noche, había hecho el encargado de informamos que él tenía mis "Cartier" de marco delgado, simuladoras de oro, livianas, también formuladas.

 


 

Gonzalo Márquez Cristo

LA MEMORIA CALCINADA

 

Un poco nervioso, el domingo primero de junio de 1980, caminé a las siete de la mañana por las desoladas calles de Chapinero con destino al apartamento de Liliana Puyo, quien me esperaba con nuestro común amigo Juan Guillermo Meza, para dirigirnos al Patio No. 1 de la penitenciaría La Picota.

Después de recibir instrucciones precisas relativas a mi ingreso al centro carcelario para no despertar la suspicacia policiaca, tomamos el bus que atravesaría Bogotá hasta la calle 51 Sur, por la horrible avenida Caracas que se ondula como la espina dorsal de un pez agonizante. Al arribar al barrio Molinos viendo las asiduas colinas que exponían dentelladas producidas por las explotaciones de arena y los racimos de casas de colores estridentes colgadas como murciélagos en las laderas, Liliana me advirtió que debíamos prepararnos pues ya estábamos próximos a esa herrumbrosa edificación gris, donde tendría la oportunidad de ser testigo de excepción de uno de los momentos históricos más convulsos de la historia colombiana reciente.

Recuerdo que durante el último año había sido víctima de un cauto proselitismo político por parte de mis dos amigos, quienes me rondaban en tertulias o en fiestas delirantes, sin jamás decidirse a efectuar su secreta propuesta, debido a que mi anarquismo poético me daba un blindaje contra toda militancia. Yo, por curiosidad y un poco seducido por la espectacularidad de las acciones del M 19, había aceptado visitar a los integrantes de ese movimiento, que decidió involucrar en forma exitosa la publicidad en su accionar, inspirados un poco en nuestro realismo maravilloso y en gran parte en los Tupamaros uruguayos que rendían con sus sugestivas estrategias urbanas, tributo a la rebelión del Jefe indio Tupac Amaru II, sublevado sin éxito en 1780 contra la tiranía española.    

Después de caminar quinientos metros y cuando estábamos próximos a la turbulenta colonia penitenciaria rodeada de mallas electrificadas, al ver la larga fila constituida por quienes visitaban a los miles de presos allí recluidos, Liliana me susurró que ya no podríamos volver a conversar hasta encontrarnos en el interior del Patio mencionado, pues todo estaba infestado de “tiras”, cuya labor principal en ese momento  –un mes después de la triunfante culminación de la toma de la Embajada de República Dominicana por parte del Eme–, era reprimir con todo el rigor a los miembros de ese Movimiento de incomparable audacia. 

Este golpe de gran repercusión mediática, comandado por Rosemberg Pabón, todavía era referencia cotidiana en toda la población, y como se sabe había sido durante 62 días primera página de los más destacados periódicos del mundo, debido a la importancia de los 16 diplomáticos de alto rango secuestrados, entre quienes estaban los embajadores de los Estados Unidos, Austria, Israel, México y Suiza, entre otros. 

Es fundamental mencionar que dos años antes, el 31 de diciembre de 1978, el M 19 había asestado uno de los golpes más humillantes al ejército colombiano robando 5.700 armas de las instalaciones militares del Cantón Norte, construyendo durante 73 días un arriesgado túnel, en la operación bautizada como “Ballena Azul”; hecho que desencadenó una persecución sin antecedentes por parte del Estado, instituyendo la indiscriminada tortura a centenares de sospechosos y los allanamientos a casas de activistas de Izquierda o de simples simpatizantes, y a numerosos intelectuales colombianos, bajo la égida del temerario Estatuto de Seguridad, dictado por el presidente Turbay Ayala, uno de los hórridos presidentes de nuestro atormentado país. 

A causa de esa cacería sistemática, el gobierno mostraba por entonces con orgullo a los 150 detenidos del M 19, a quienes se les adelantaba un publicitado Consejo de Guerra, reuniéndolos a todos en La Picota por motivos logísticos. Allí se encontraban los fundadores del grupo: Iván Marino Ospina, Carlos Pizarro y Álvaro Fayad, cuya labor política había comenzado en las Juventudes Comunistas (JUCO); y otros de alto rango como Elmer Marín, quien como parte de la paradoja de nuestra historia había surgido de la Juventud Católica (JOC).

Dos horas después de hacer la lenta fila y de franquear cuatro requisas –una de ellas donde se desnudaba a todos los visitantes–, y de ser marcado con sendos sellos en el antebrazo con tinta indeleble, al ir caminando –todavía aturdido debido a los dispositivos de seguridad– por un ruidoso pasillo buscando el destino previsto, fui repentinamente alcanzado por varios brazos que salían por entre las rejas. Con temor forcejeé para liberarme de las cinco manos que me aferraban sin conseguirlo, hasta que vino a mi rescate Juan Guillermo lanzando patadas como un Ninja tropical, logrando desasirme de ese pulpo humano que me arrastraba con el propósito de saquear mis bolsillos. 

Aún nervioso arribé a la puerta del Patio No. 1. Un guardia después de catearme por quinta vez me preguntó a gritos por el nombre del preso que pretendía visitar: “Carlos Erazo”, respondí y lo hice con voz queda para simular un carácter duro, sin mencionar según me habían aconsejado a ninguno de los máximos comandantes, lo que en ese tiempo revestía de peligro.

Erazo, era un guerrillero sin mucha visibilidad entonces, aunque más tarde, reconocido como el comandante Nicolás, sería fundamental en la estructura militar del M 19, a tal punto que tendría la responsabilidad histórica de ordenar la dejación total de las armas en la ceremonia del 9 de marzo de 1990, evento transmitido por la televisión nacional. Posteriormente se exiliaría en Noruega (el país de la paz), donde vive hace veinte años y trabaja como electricista, muy lejos de Colombia (el país de la guerra) –según relata la lúcida periodista Angélica Pérez.

Al ser llamado por el guardia, Erazo fue a buscarme inmediatamente a la puerta y me condujo al interior. Fruncía constantemente la frente y aflautaba la voz para dar énfasis a sus palabras. Su fraternidad era manifiesta. A los dos minutos de conocerme me invitó a un desteñido y dulce café preparado en el caspete. Me guió por el bullicioso lugar señalándome a algunos de sus camaradas de reclusión, contándome cuántos días llevaba allí y cuántos pasos había de un extremo al otro del patio, y me explicó que debido a que 150 prisioneros pertenecían al Eme, y veinte a las FARC y un poco menos a ELN, grupos que se encontraban allí en evidente minoría, todo estaba coordinado por los miembros de su movimiento, lo que era notorio en la afable administración del recinto, “por lo que no era posible compararlo con las otras secciones donde el imperio del hampa era categórico”, argumento que para mí era irrebatible minutos después de haber sido atacado por el pulpo humano.

Al terminar el café nos acercamos de nuevo al caspete para beber otro, que yo deseaba pagar para retribuir la invitación de Erazo; sin embargo él nuevamente se adelantó con movimientos felinos y llevándome a un rincón me dijo: “Compañero, aquí están retenidos la mitad de los fundadores del Eme, ¿quiere conocerlos?” Ansioso respondí que sí, pues aquella era la razón de mi visita.

Comenzamos por Iván Marino Ospina. Lo recuerdo con su rostro curtido y su sonrisa que siempre denotaba astucia. Me saludó con mano firme y de inmediato me dijo que mirara alrededor. Así lo hice. Dos guardias no dejaban de observarnos. “¿Ya conoció nuestro laboratorio político? Esto no es una cárcel, hermano, aquí todos estudiamos historia, economía y política, reflexionamos, vivimos en permanente debate…” Hablamos durante algunos minutos, me contó que había luchado en la guerrilla venezolana y que como parte de su lucha revolucionaria en Colombia editó la revista Comuneros conectando una imprenta a un viejo vehículo en un bosque; su intranquilidad era evidente. Tres camaradas suyos esperaban muy cerca de nosotros pues quizá temían un atentado; era una de las figuras jerárquicas y el gran adalid militar del Movimiento, y sería reconocido posteriormente por su carácter inflexible.

El 24 de junio de 1980, es decir apenas tres semanas después de este encuentro, Iván Marino Ospina protagonizaría con Elmer Marín una de las fugas más escandalosas de las cárceles colombianas, y mucho después se conocería su divertido testimonio sobre ese evento que en el momento de mi visita se estaba gestando. Allí refiere que según el plan establecido varios de sus compañeros se disfrazaron de bastoneras, con cintas y adornos, y que ellos saltaban levantando las piernas velludas en forma obscena, conformando un equipo que se enfrentaría en un partido de micro-fútbol al de las mujeres guerrilleras vestidas con pantalonetas diminutas, todo según una coreografía que habían imaginado entre risas los miembros de la cúpula del grupo subversivo. Y como la puesta en escena era tan eficaz, los guardianes y los oficiales que asistieron al Consejo de Guerra se dispusieron a ver piernas, mientras ellos se prepararon raudos en el baño con los atuendos militares previamente conseguidos. Ospina se rasuró el bigote y se peinó, e hizo los últimos retoques a su disfraz pero antes de salir tuvo que esperar a que Marín rescatara del repugnante orinal el quepis que se le había caído de los nervios. Preocupado le advirtió que si el plan fracasaba era por su culpa pues el hedor podría delatarlos. Luego salieron del baño y caminando despacio se acercaron a la puerta del Patio con arrogancia. Allí miraron por última vez a sus amigos en señal de despedida, y cuando notaron que el “Turco” Fayad los observaba expresando asombro estuvieron a punto de estallar en carcajadas. Lograron escapar sin contratiempos y afuera una célula del M 19 los esperaba en un auto. Esta huida sería otra de las escenas cinematográficas del Movimiento que mancillaría el honor policiaco.

Ospina cuenta detalles de este episodio y explica que no se había fugado con Fayad, quien era la primera persona opcionada, al analizar que su figura no era persuasiva debido a su escasa estatura; tampoco con Pizarro, quien aunque era hijo de un importante Almirante de la Marina y conocía a fondo el espíritu militar, era demsiado apuesto y causaría sospechas, así que solo quedaba Elmer Marín, con su “insuperable figura de sargento”.

Poco después me despedí de Iván Marino notando que varias personas querían abordarlo. Entonces lo escuché decir: “Compañero, la revolución necesita dramaturgos, no solo actores, piénselo”. Y claro que pensé en sus palabras cuando veía por televisión la noticia de la intrépida fuga que involucraba la puesta en escena del partido de fútbol. Luego, al morir Bateman –el brillante fundador del Eme a quien lo rodeaba una aureola mágica–, en un accidente de avión ocurrido en 1983 que según diversas fuentes se atribuye al mal tiempo, Ospina sería elegido como el comandante superior, y dos años después lo abatirían frente a su hijo hoy senador de las República en el barrio Cristales de Cali.

Al verme solo, Erazo se volvió a reunir conmigo, me preguntó inmediatamente por la percepción de mi reciente entrevista y me invitó a un nuevo café. Asentí. Me adelanté corriendo al caspete para no dejar que lo pagara, pero nuevamente fracasé pues él ya lo había cancelado mientras yo conversaba con el jefe guerrillero. “Prepárate, ahora te presentaré a Pizarro”, me dijo.

El saludo fue emotivo, su carisma era notable. Inmediatamente y tomándome del brazo me preguntó en qué universidad estudiaba. Le respondí que en la Javeriana pero que el próximo semestre por motivos econo-ideológicos desertaría a la Nacional; él sintiéndose identificado me dijo moviendo los brazos con su histrionismo característico: “A mí me expulsaron de allá por organizar una protesta, pero en todas partes se puede aprender algo… hasta en la Javeriana”, y escuché su carcajada inolvidable. “En esa universidad de curas ambiguos aprendí como Jesucristo que nunca se debe confiar en los ricos” agregó volviendo a reír.   

Poco después le confesé que intentaba ser escritor. Sorprendido me pidió que lo siguiera porque quería mostrarme algunos importantes escritos. Erazo nos acompañó hasta la celda 319, a donde había llegado hacía poco el comandante “Papito” después de veinte días de torturas sistemáticas. Durante el trayecto Pizarro no dejó de esgrimir su ironía, contra mí y contra el mundo. Se burló de los militares, hizo varios chistes sobre el Inquisidor Turbay Ayala a quien propuso como la voz ideal para doblar al pato Donald, luego se acercó a unos guardianes que no dejaban de vigilarnos y les dijo con rostro adusto que yo era un agente de la KGB y que esa misma noche pensaba explotar el Capitolio.

Reímos. Al llegar a la pequeña celda que me mostró con orgullo –había algo de ascetismo en su personalidad–, en cuyas paredes tenía pegados poemas de Neruda y una flor azul seca, buscó un manojo de papeles arrugados con tanta devoción, que yo imaginé que eran los míticos Documentos para la Nueva Colombia, de los que se hablaba clandestinamente en tantas reuniones, como si fueran la ruta de navegación que necesitaba nuestro país para salir del abismo. Viéndolo mover las hojas imaginé por un instante que yo sería el encargado de sacar los Documentos de allí con el fin de publicarlos en alguna imprenta clandestina, y por segundos me sentí como Antonio Nariño cuando traducía los Derechos del Hombre. No obstante para mi decepción, se puso a leer con ademanes muy marcados uno de sus poemas melifluos de amor. Quedé absorto, no sabía que Pizarro escribía lírica, y creo que él al notarlo, buscó un texto con temática política para que yo lo siguiera respetando como un audaz guerrero; después regresamos al patio recordando momentos absurdos de la historia nacional, y fiel a su humor lo escuché afirmar: “Despertar es la clave, compañero, lo dijo Buda”.  

Hablé con Pizarro por veinte minutos. Luego lo escuché pronunciar su frase: “La revolución tiene que ser una fiesta”, que se haría emblemática en entrevistas televisivas. Finalmente, y cuando yo creía que me haría otra de sus bromas, me confesó: “Hay poetas muy importantes entre los amigos del Eme. Y como la vida tiene que ser un poema la próxima vez que venga a visitarnos traiga alguno de sus escritos”.

Le aseguré que así lo haría aunque nunca volví. Me quedé pensando en quiénes eran los bardos a los que aludía Pizarro. Al despedirme le comenté que deseaba conocer los Documentos para la Nueva Colombia. Sonriendo me respondió que por ahora era imposible.  

Una década después, en 1990, Pizarro sería asesinado a sus 38 años, luego de apostar todo por la paz, acción definida por él como un “salto necesario al vacío”, pese a los lineamientos de su grupo que no quería creer en esa posibilidad histórica, y que la veían como una trampa del gobierno –y no estaban lejos de la verdad pues casi todos sus cabecillas fueron cayendo como parte de una acción de exterminio emprendida por los grupos paramilitares en alianza con las fuerzas militares–. Durante la impactante primicia televisiva donde se informaba que el candidato presidencial del M 19 viajaba en un avión a Barranquilla, cuando el suicida sicario había disparado su metralleta contra él en pleno vuelo, recordé nuestro segundo y último encuentro ocurrido unas semanas antes del crimen:

Acudí con el reconocido periodista Ignacio Ramírez autor de Hombres de palabra a una cena a la que Pizarro, próximo a iniciar campaña política, había confirmado su asistencia. Allí le recordé nuestro encuentro en La Picota y luego le regalé mi poemario Apocalipsis de la rosa, diciéndole que aunque diez años tarde cumplía mi palabra de visitarlo con alguno de mis textos. Fraternalmente se alejó de los numerosos invitados y se dispuso a leer a saltos mi libro, mientras Ignacio y yo permanecíamos expectantes. Al fondo se escuchaban algunos temas de Serrat. Minutos después lo vimos levantarse con el propósito de hacer una llamada y pronto regresó a la sala informándonos que lamentablemente debía marcharse, que se le había presentado un imprevisto doméstico. Los escoltas salieron de la cocina y lo rodearon. Pizarro al despedirse de mí recitó un verso del “Legado del fuego”, el extenso poema con el cual culmino mi libro: “Aquí la muerte es más sutil: la víctima no tiene a quién aparecérsele”. Después poniéndose el sombrero se despidió afectuosamente de todos. Las mujeres intentaron disuadirlo sin éxito. Entonces lo vi partir para siempre… Veinticinco años después todavía me estremece pensar que haya vislumbrado en ese verso alguna premonición.

El tiempo como una salamandra se muerde la cola... La memoria regresa al Patio de La Picota, donde al promediar las dos de la tarde y luego de comer una empanada de un amarillo irreal, y cuando me disponía a beber con Erazo el noveno café dulce, viendo cómo los presos hablaban animadamente con sus visitantes, decidí preguntarle al guerrillero valluno por el destino de la espada de Bolívar, que había raptado el Eme como acto fundacional en enero de 1974.

Él se transformó, perdió su constante sonrisa y me dijo que era el enigma mejor guardado y se negó rotundamente a dar explicaciones; probablemente desconocía su paradero pues el Eme escindía toda información importante fiel a su logística militar.  

Esa emblemática arma que levantó Bolívar en el Monte Sacro en Roma cuando afirmó que no la envainaría hasta ver liberados a los pueblos oprimidos de América, seguía su periplo misterioso. “Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente”, decía el comunicado dejado por el Eme en la añosa Quinta el día de su espectacular robo. Sin embargo aunque Erazo no respondió mi cuestionamiento, años más tarde supe por Nelson Osorio Marín (autor de tres libros y de la letra de la canción “Ricardo Semillas” cantada por Ana y Jaime), al final de una noche interminable vivida en un bar de la calle 59, que llamábamos el Hueco y dónde no era posible saber si era de día debido a que todos los vidrios habían sido pintados de negro, que la mítica espada estuvo oculta primero en la casa del poeta León de Greiff –adherida al respaldo de la mesa del comedor–, y que luego la custodió por varios meses Luis Vidales el autor de Suenen timbres; por lo que recordé las palabras de Pizarro cuando me confió que el Eme contó con la solidaridad de algunos reconocidos poetas; y esta vez la fuente era fiable a pesar del delirio que atizaba ese lugar donde la salsa era una religión, pues cuando Pizarro desertó de las FARC en 1973 se había refugiado en la casa de Nelson Osorio.

Posteriormente supe que la famosa espada, verdadero Santo Grial de la Revolución latinoamericana, que numerosas y febriles personas juraban haber guardado en sitios recónditos de sus viviendas, estuvo oculta en una suntuosa casa del barrio Santa Bárbara y que luego la cuidó un artista prestigioso cuyo nombre nunca ha sido revelado, y que también permaneció varios años en Cuba y después en Panamá durante la invasión de Estados Unidos a ese país, hasta que al fin, seguramente por mediación de García Márquez, fue devuelta en enero de 1991 como parte del compromiso del Eme al firmar su proceso de paz. Es memorable la divertida frase de Otty Patiño, cuando al verificar los preparativos para su tan esperada devolución al gobierno le preguntó a la directora de la Quinta de Bolívar:“¿Señora, y este lugar le parece lo suficientemente seguro como para guardar la espada?”

Es fundamental agregar al respecto que después de la ceremonia de entrega, por orden del presidente Gaviria la simbólica arma fue llevada a una bóveda del Banco de la República, y fue así como esta metáfora de la independencia de América, permanece aún envainada y cautiva en una caja fuerte del organismo estatal, mientras en la Quinta de Bolívar, solo se expone para los visitantes una copia, un simulacro, como nuestra libertad.    

Cierro los ojos y recuerdo a Erazo hablando sin parar en el Patio No. 1, mencionando  las estrategias urbanas y las dificultades que tenía una guerrilla de esas características, que la hacía muy vulnerable. Lo escucho en mi memoria enumerando los golpes a los camiones que transportaban leche y a los supermercados cuyos artículos luego eran repartidos a los pobres, como lo había enseñado Robin Hood, y lo evoco citando los más destacados robos a bancos, donde quedaban expuestos en la geometría urbana, siendo para ellos muy difícil evadirse. Su explicación era categórica y noté, allá en 1980, que la exuberante topografía colombiana era más confiable y que el grupo dejaría por completo las ciudades.

Entonces se oyó el poema “Liberté” de Paul Eluard, en la hermosa versión de Nacha Guevara, que alguien puso en una estropeada grabadora de pilas, y luego de que muchos cantaron: “Por el pájaro enjaulado / por el pez en la pecera / por mi amigo que está preso porque a dicho lo que piensa / yo te nombro libertad…” escuchamos una invitación a presenciar el discurso semanal, que le correspondía esta vez, para mi suerte, al famoso ideólogo del Eme: Álvaro Fayad.

Numerosos guerrilleros y la mayoría de los visitantes que nos encontrábamos allí nos reunimos en círculo. Aproximadamente doscientas personas vimos como ese hombre delgado de bigote en forma de herradura, subido en una tarima improvisada, magnetizaba con palabras y ademanes enérgicos, haciendo que los presentes exclamaran celebrando sus juegos retóricos y el potencial político de su discurso. Al cabo de media hora, cuando Fayad se disponía a terminar, pensé a mis 17 años, motivado por su disertación, que la revolución era inevitable, y más que eso, que con algo de entereza la podríamos hacer la semana siguiente. Aplaudimos enardecidos. Para terminar Fayad habló de los Documentos para la Nueva Colombia, y citó algunos fragmentos de ese texto, que me parece ahora como las páginas extraviadas de la Anglo-American Cyclopaedia, que según Borges refieren la existencia de Uqbar.

Cuando Fayad finalizó su intervención me acerqué con otras personas a saludarlo y hablamos por algunos segundos. Entonces me dijo con la pasión que regía su existencia: “Compañero, un estratega debe saber que el horizonte se mueve. Es importante improvisar como en el baile”.

Difícil olvidar aquella sentencia del “Turco”, más cuando según e investigado era un pésimo bailarín y especialmente cuando ya hemos presenciado el hundimiento de nuestro horizonte, que ahora parece quedar abajo.

Todo estaba llegando a su fin. Me reuní con Liliana y Juan Guillermo, y despidiéndome de Erazo, comenzamos a desandar el camino. Esta vez me deslicé con precaución por la pared opuesta para evitar que al paso por la puerta de alguno de los patios fuese agredido por las manos que salían sorpresivamente entre los barrotes. En mi otro brazo recibí uno a uno los sellos de salida, y ya al final, cuando abandonamos el bloque central y mientras caminábamos por un sendero rodeado de césped, escuchamos unos aullidos provenientes del tercer piso. Allí treinta mujeres gritaban ondeando sus manos y dejando ver sus perfiles distantes. Evoqué el sombrío itinerario de Dante por el infierno. Una de ellas había distinguido a Liliana y quería enviar un mensaje a su familia que la daba por desaparecida. Ella con su solidaridad característica escribió en su mano el número telefónico. Luego otra mujer gritó su propio nombre y la razón que deberíamos transmitir. Posteriormente otra y una más lanzaron sus mensajes al viento. Liliana subiéndose la bota de su pantalón comenzó a escribirlos en su pierna convirtiéndose en una misiva corporal. Y cuando a causa del alboroto los guardianes se fueron acercando denotando agresividad nos despedimos a gritos, no sin antes ver por última vez esa selva de brazos y de cabelleras que flotaba por entre las rejas diciéndonos adiós. Ellas estaban retenidas allí, en esa cárcel de hombres, transitoriamente, debido al Consejo de Guerra que se adelantaba contra el Movimiento Guerrillero.

Tomamos la Avenida Caracas en sentido contrario. Llegando al centro de la ciudad Liliana sugirió que cambiáramos de bus pues podíamos estar siendo seguidos. Repetimos la pueril estrategia en dos ocasiones. Yo veía la ciudad distinta y creería por algunas horas todavía que en breve tiempo una rebelión se desataría, capaz de reducir la injusticia y oprobio. Pero no fue así.

Pasaron siete años de mi visita a la prisión y en 1987 Jaime Pardo Leal, lúcido candidato de la Unión Patriótica, fue asesinado, como parte del holocausto contra ese movimiento político de izquierda que según la exhaustiva investigación de Roberto Romero, recogida en Expedientes contra el olvido, asciende a la cifra de 1.600 víctimas. Ante el rechazo general por el magnicidio un río enardecido de personas marchó esta vez por la Calle 26 hacia el Cementerio Central donde se realizarían sus funerales. Allí, mientras se sucedían los discursos observamos cómo cuatro integrantes de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, que pretendía aunar todos los grupos alzados en Colombia, alianza inspirada por el Eme, se subieron encapuchados a los mausoleos próximos a la tumba del dirigente sacrificado y mientras dos de ellos lanzaban panfletos e izaban su bandera, los otros dispararon al aire una ráfaga de metralleta. Quienes estábamos cerca corrimos atemorizados pues imaginamos que llegaría el ejército y podría producirse una masacre, pero pronto regresamos aplaudiendo. Nada ocurrió porque el poder de la indignación esa tarde era contundente, pero es increíble pensar que eso pudiera suceder en pleno centro de la capital de Colombia hace relativamente pocos años.

Durante tres lustros continuó el genocidio de la Unión Patriótica, y en reducido tiempo abatieron a casi todos los dirigentes del Eme, por lo que es oportuno recordar uno de los mensajes publicados repetidas veces en los periódicos a comienzos de la década del setenta, cuando el Movimiento fue fundado: “¿Perdió la memoria? Ya viene M 19”.

Pero han pasado algunas décadas y como todos sabemos ya nadie viene... Y ahora que la memoria ha sido por completo calcinada, es legítimo mencionar a manera de epílogo algo relativo al destino de los obsesivos soñadores, de mis dos lazarillos de ese distante día en La Picota: Liliana, a quien siempre recuerdo por su agudeza intelectual y su voz profunda, sería detenida durante un año luego de una absurda celebración de la emisora libertaria Macondo en la falda de Monserrate –pues “la revolución debía ser una fiesta”–; poco después se refugió en Bélgica donde actualmente reside. En cuanto a Juan Guillermo, quien una noche me confesara a ritmo de ron que fue torturado por una perversa teniente –episodio que interpreto en mi novela Ritual de títeres–, murió masacrado al pretender raptar en compañía de los integrantes de su célula, a un comandante del Eme de un hospital de Bogotá, en un auto con problemas mecánicos, lo que describe la ingenuidad que muchas veces definió a este grupo.

No es necesario agregar más palabras… “Para que la muerte sea justa la vida tiene que ser justa”, había dicho el poeta Nazim Hikmet. Por consiguiente ofrendo lo anterior a una generación de mujeres y hombres que vivieron un sueño para muchos errático, en un tiempo en el cual el individualismo no era un sacramento, en el que la indiferencia no era dogma, cuando el mundo no estaba estandarizado y las ideologías no se habían derrumbado dejando un infranqueable desierto imaginario.

Lo ofrezco a un colectivo humano que merece ser vindicado, que vivió y luchó en un tiempo de utopías, cuando las guerrillas no eran empresas sino causas, cuando aún no nos habíamos convertido en los fantasmas virtuales que hoy poblamos la Tierra, cuando los artistas creaban obras y no mercancías que obedecen a tendencias globales, es decir cuando algunos seres todavía podían de manera desinteresada –o mejor: generosa– dar la vida por otros.

También lo ofrezco a ellos, los protagonistas, que hoy permanecen exilados en diversas latitudes o condenados al olvido, a quienes es muy fácil vilipendiar ahora gozando del privilegio inhumano de la mirada retrospectiva, por lo que se hace legítimo aclarar que cuando esos eventos ocurrían impulsados por secretos latidos nada era previsible y las decisiones poseían referentes quizá lógicos y con frecuencia mágicos. Pues sé que aunque sus acciones fueron muchas veces trágicas, y en ocasiones insensatas e inútiles, a mí, vigía nostálgico de ese tiempo convulso –quien nunca militó en grupos políticos aunque mi inclinación por el anarquismo aún no ha sido reducida–, sólo me queda como refugio, después de tantos arrasamientos físicos y simbólicos padecidos, la luminosa frase del poeta Hernando Socarrás pronunciada en alguno de los numerosos funerales de aquella época de gran intensidad existencial: “Tomamos el camino equivocado, pero ese era”.

Tal vez entonces sea urgente volver a soñar. ¡Lo que viene pertenece a la vida!

 

Extraído de http://con-fabulacion.blogspot.com.co/2014/03/la-memoria-calcinada.html

 


 

Jorge Eliécer Ordóñez M

ROMPE MI CANALETE

 

Esos seres anónimos son los que salvan el mundo

Jorge Luis Borges

 

La galería de la Alameda, especie de corazón culinario de los barrios que la circundan, es para mí el nicho de profundas sinestesias, quiero decir, entrecruce de sensaciones. Tal vez porque nací en su diagonal y mis primeros años de infancia están signados por su olor a coco, chontaduro, sábila y otras aromas que se mezclan con el sol rotundo y las músicas de la década del 50. Hubo en la esquina un bar que se llamó Puñaladas y cuadras arriba, el Asturias, un teatro donde Cantinflas y los charros románticos, con bigotes, sombreros, corridos y pistolas, entraron sin pedir permiso a mis imaginarios iniciales. Había un largo corredor, un patio con mangos y un hilo invisible que me sigue guiando por el laberinto.

Gracias a Mónica Vivas, ese hilo me llevó de nuevo a los aromas, siempre vigentes de la galería Alameda. Ella realiza allí, cada mes, un encuentro donde dialogan la poesía, en sus variadas formas, con las recetas del entorno. Llegué puntual a la cita de las once de la mañana, entré a los antiquísimos lugares recorridos desde los dientes de leche y devolví la rocola de colores, con sus acetatos que exultaban tangos, boleros y rancheras. Otros rostros, pero la misma esencia, iguales frutas, iguales pregones. El coco y la miel de abejas, las plantas aromáticas, el tinto con su saludo cordial.

Mónica, vestida como una oficiante de cocina, saca sus camarones tití, sus ingredientes vegetales, sus palabras, saturadas de cariño y esencias. A un lado del mesón, los libros, un Neruda infatigable, textos para niños, bellamente ilustrados. Ella va y viene, organizando su partitura con la diligencia de un hada de los sabores y las sílabas. Los niños y los adultos devueltos a niños le seguimos el paso. El poema Chontaduro de Dieguito Echeverry nos motiva las pupilas y el paladar. Se corta el jengibre, el aguacate, el pimentón; se espolvorea la pimienta y la cúrcuma, se despliega el verde de las lechugas. De fondo un currulao que cosquillea los calcañales y se sube por las rodillas buscando su diapasón. Los trashumantes observan, algunos se detienen, toman fotos, participan por instantes de esta puesta en escena de la poesía, leída y saboreada. Una niña lee oréjano en vez de orégano y suena muy bien; un negrito llora desconsolado porque no le dejan picar la cebolla, pero se integra feliz a otros oficios. La receta, denominada Rompe mi Canalete –en alusión al Festival Petronio Álvarez- va tomando forma. Por un conjuro del tiempo me devuelvo a la infancia redimida, me gozo el taller de lectura y cocina que magistralmente dirige Mónica Vivas. Algo parecido a la emoción me asalta. No quiero irme, camino por diversos pasillos donde me ofrecen frutas y tubérculos, verduras y gramíneas, cucharones de madera, estropajos y estopa. Una mujer, con destreza pela cocos sobre un tronco, otra, almacena el agua en un cántaro. Bebo un vaso, me reconcilio con la tierra, siento su sabor, su frescura ancestral; pienso que estos hombres y mujeres, sin escribir un verso, propician la poesía de la existencia.

Qué buena manera de incentivar la lectura y la escritura en los niños y  adolescentes de todas las edades: tocando los sentidos, haciendo salivar, con platos y palabras, utilizando una pedagogía poco convencional, pero con la seducción que nos dispara al deseo. Agua de coco, odas elementales y cocadas, esencias de tierra y mar, voz de los ancestros, palabra en gestación.

Estos seres anónimos, con cara de llamarse Esteban, Juan, Mónica, Isabel, Margarita… guiados por amoroso instinto, nos han tendido una mesa para celebrar la cena que recrea y enamora.

 


UN BOLERO EN LA ODISEA

Evocación a Jairo Aníbal Niño

Para Julio César Goyes

 

La tarde caía sobre la casa del profesor Campo Elías Quintero, creador e impulsor del concurso de cuento estudiantil  Jairo Aníbal Niño, en la Uptc, de Tunja. En el amplio patio del barrio Maldonado, un perro negro ladraba desde los arbustos de papayuela, a los visitantes que, uno a uno, llegábamos a la tertulia con la que cada año se cerraba el evento. En esa ocasión, con su cabello blanco y su caminar tranquilo, vino el poeta, acompañado de Celso Román, otro buen escritor para niños. Asamblea de compadres, de cómplices en el oficio creativo. La sala se llenó de palabras, de anécdotas y añoranzas sobre el nacimiento y desarrollo del concurso, que por entonces ya tenía la coordinación de Si Mañana Despierto, una corporación literaria en la que varios aprendieron a volar, y otros, a aterrizar de emergencia. La voz matizada del maestro Jairo Aníbal desovilló esta pequeña historia:

Yo era un muchacho, que como todo muchacho, tenía la fantasía de volarme de la casa a recorrer el mundo que empezaba en los guayabales de Moniquirá  y abría su abanico en la costa Caribe. Pasó un camionero, mejor dicho, un príncipe que oficiaba de camionero. Me aceptó como ayudante de su tractomula.

Me enseñó a sentarme a manteles, a hablar pausado, a ser mejor persona. Con él recorrí la costa Atlántica, desde Tolú hasta Riohacha, siempre aprendiendo de su hidalguía. Las fondas camineras, los dormitorios a orilla de caminos, son escuelas naturales donde la vida corrige las planas, muestra ese lado fuerte, pero genuino, que nos convierte en hombres.  Al retorno, con gran nostalgia, decidí quedarme en Bucaramanga. El príncipe siguió su camino por los cañones y las montañas de Santander, hacia el reino de la incertidumbre.

En Bucaramanga me hice amigo de los taxistas, los emboladores, los vendedores ambulantes, los artesanos, los desarrapados y las vírgenes de medianoche. Organizamos un club de lectura, espontáneo, informal, donde hombres y mujeres se emocionaban con los relatos de Homero, los cuentos de Edgar Allan Poe y los poemas de León de Greiff y Porfirio Barba Jacob. Así, las noches empezaron a tener sentido. Comentábamos los textos, releíamos versos y fragmentos cuando la emoción así lo solicitaba. Personalmente me sentí como en otra época, cuando alrededor de la fogata los trashumantes contaban sus proezas  de caza, comían, bebían y se adormilaban bajo los astros y los insectos. Todo iba bien hasta el día aciago cuando les comuniqué de mi inminente regreso a mi pueblo de Boyacá, a terminar mi bachillerato.

Un taxista, de los más aventajados en el club de encantamientos, muy majo y muy santandereano, me dijo con vehemencia:

-No sea pingo, usted no se puede ir, no ve que con usted aprendimos tantas cosas bellas, como que el primer bolero ya estaba en La Odisea

-Explíquenos mejor, ¿cuál bolero en La Odisea?

-Claro, cuando la hechicera le propone a Ulises que se quede con ella en la isla, así tendrá amor y vida eternos, pero él sólo pensaba en Penélope, en volver a su hogar, eso es un bolero, ese que dice: “y si me ofrecieran riquezas y gloria renunciando a ti, sin vacilaciones, yo respondería, prefiero la muerte, a la gloria inútil de vivir sin ti”…

La noche adelgazó su cuerpo, noche para alegrar los años que nos faltan en el carrusel de la música. Ahora que el juglar se ha ido a recorrer otros caribes infinitos, escucho otra vez el bolero, mientras Penélope, en algún recinto del misterio, sigue tejiendo su manto.

 


 

Carlos Fajardo Fajardo

SANTIAGO DE CALI: “CON EL PUCHO DE LA VIDA”

Poeta Tomás Quintero

Para Aníbal Arias

 y Jorge Eliécer Ordóñez

 

Caminaré contigo

(…) Aunque sea largo el tiempo de estar muertos

Aunque en mi barrio pobre

el absurdo lo arruine todo

lentamente…

 

Tomás Quintero

 

En el barrio San Nicolás, en esa Cali de los años setenta, te he buscado entre recodos, tiendas y billares. No ha sido fácil encontrarte, pero al fin he dado contigo. Estás sentado en aquel bar que tanto te gusta, con tu barba de militante y de poeta, con un cigarrillo entre los labios y la mirada triste, perdida, buscando algo, siempre buscando. Estás en este tu barrio que “un día estuvo hecho/de carambolas y de sábados/de domingos de matinées con dulces y muchachas/de partidos de fútbol en las calles/y en la plaza de la barra de muchachos/de radiolas triunfantes en los bares/de Cortijo, de Charles, de Rolando/de Gardel el tanguista/y Daniel Santos./Estuvo hecho de peleas/de cortada en los brazos/de cigarrillos perseguidos/por el policía de la esquina/de maricas adultos/de enormes prostitutas/de curas/de amaneceres colmados de beatas…”.

Entonces recuerdo tu vida Tomás Quintero; tu íntima nostalgia por el niño que fuiste, el muchacho que sos. Recuerdo aquellos versos, homenaje a la infancia,“cuando jugar era ser niño correteando una pelota de trapo/ con pantalones cortos/ y cabellos en la frente.// Cuando vivir era dejar los libros/ sobre la banca vieja de aquel parque, / para tirar un trompo/ o definir una bronca”. Te imagino caminando por este barrio pobre, lleno de amor, con tantos deseos acumulados para darlos a borbotones a la chica que pasaba tímida por tus orillas. Eran cortas las líneas de tu mano, Tomás, como breve fue tu vida. No tenías sino algunos pocos  instantes sobre este valle para entregarte total a tus juegos, a las contiendas y a la ebriedad desaforada. Tenías poco tiempo y todo lo saboreaste, todo lo consumiste hasta la saciedad de ti mismo. Dijiste como Píndaro:” Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”.

Te observo llevar a los labios la gélida cerveza, ahogándote la garganta como una dolorosa premonición. Tú que tanto gustabas de cantar a los amores idos, sufridos y gozados entre sábanas. Tú que sabías que el amor dura lo que dura un instante en su eternidad; que conocías de adioses, despedidas, de dolorosos silencios, pudiste resumirlo todo en estos versos: “Alma mía/Cuando muramos /Llevadme de la mano /Hasta las playas del sol /Para secar allí nuestra tristeza /y clavar con flores /En el sexo /Nuestro amor//Alma mía/Cuando muramos/ Dejemos colgando nuestra vida /En la percha /Del cuarto barato /Para que las putas vistan /Con ella /Las baratas ilusiones /De sus amantes y sus cuerpos//Alma mía Cuando muramos /Que al menos sea desnudos /Para poder cantar/Con los niños/Las verdades de la aurora”.

Tomás, “¿cómo llamarte ahora que eres sólo una sombra en la luminosa penumbra de los sueños?” ¿Cómo evocarte cuando te observo en tu bar de barrio sonero, poblado de nostalgias, escuchando tu música vieja y sus tambores? Qué tan ligero te llevó el tiempo. Rápida, fugaz fue tu despedida, un rocío joven sobre tu barba.

No podías ser otra cosa de lo que fuiste: guerrero del deseo, a punto de regarlo en otros cuerpos; apasionado hermano, amigo, camarada, llegando siempre de largos viajes a dar un fuerte abrazo a tus eternos cómplices, a tus efímeras novias, o recordando a los “muertos anónimos de tantos días gloriosos”, muertos sin tumbas ni epitafios en un país que les negó tener un rostro, un vivo porvenir.

Así te observo, recordando aquellos tiempos épicos de los años sesenta y setenta en tu pequeña ciudad del sol, cuando “la necesidad de gritar apretaba el cuerpo” y te proponías cargar con el dolor del mundo. Te imagino de frente diciéndome: “Y si al viajar sólo te llevás el recuerdo del ron entre los labios. O el trompetazo sublime de la sonora en los costados… o los recuerdos bohemios de tanta bohemia loca. Y si al viajar te llevás sólo las palabras que hablamos por encima y acaso la tristeza de algo que no queremos recordar… y si te llevás todas esas cosas/ te digo que aún en invierno cantarán los pájaros y que sobre la ventana que dejás la niebla crecerá. Abur camarada, sobre tus hombros estarán mis manos y sobre tu hombro mis besos… Te espera  la nieve y una tristeza blanca”.

Te imagino deambulando por la Calle Quince con tu mochila y tu barba negra de libertario y de poeta, llevando del brazo a Sarah Ivanovich, entrando a los bares donde el guaguancó es ritmo total, la esencia misma. Y allí Sarah bailando como zíngara, tú como antillano, mientras le susurras suave en el oído: “Sarah Yvanovich, /hija de emigrados, /Nieta de bolchevique /Te encontré por la calle empedrada /De mi barrio viejo /con el cabello que la lluvia de agosto /Había pegado sobre tu rostro./Sarah Yvanovich, /mochila y guitarra /y viejos zapatos gastados /Sobre los charcos grises”.

Luego, ya en la madrugada, caminas ebrio hacia el hotelito de barrio donde los amantes refrescan su pasión, mojan su ansiedad.

Sí, Tomás Quintero, sabemos que Sarah marchó, se fue en el tren del norte hacia un ninguna parte y quedaste solo con su música de guitarra en tus jóvenes huesos, con el sabor del ron en la garganta, con el recuerdo de su lengua rusa entre tus carnes. Así fue tu vida,  llena de abrazos y de manos despidiendo amores desde las esquinas.

En tu barrio “de torres y hospitales, en este San Nicolás sin rostro ni principio, en tu calle más vieja, la que muere en el río donde los peces y la mierda duermen juntos”, naciste en 1945 para inventar un bar, un mito, una ciudad-poema. Muchacho joven, hijo de una generación que se alistó para morir de soledad y desamor, también de violencia y de silencio en un país que nunca escuchó sus gritos. Hombre de calle, de tango, de Sonora Matancera, de son y bolero, de ron y de cerveza ¿Cómo soportaste tanta soledad, el dolor de una generación provinciana, contorsionando su cintura? ¿Dónde fuiste a buscar lejanías?

Un día de 1978 -tú acababas de morir- el pintor Walter Orlando Tello te trajo en su mochila a Popayán, aquella ciudad blanca llena de templos, atardeceres y arreboles. Desde ese momento te hice mi cómplice y me fui desbocando con tus versos hasta encontrar las puertas de tu casa de par en par abiertas, con un pan sobre la mesa. Así tu poesía, así tu fugacidad que permanece. De allí que ahora recuerde los melancólicos poemas que en aquella blanca ciudad leía alrededor de otros solitarios en el viejo Parque Caldas, donde quedaron nuestras voces con estos versos balanceándose entre las ramas:

“¿Dónde está la figura del último de los amigos?/ ¿Dónde?/ ¿Dónde el seno mórbido que acarició mi mano/y aquellas manos que me hicieron beber/ el amor y el vino? / ¿Dónde la plaza solitaria/ y el viejo organillero de pájaros azules/ que me pronosticó amor y vida?/Ah! Pero quedan aún las calles/ y mis viejos zapatos / y la mesa en aquel rincón del bar /y mi cigarro”.

Y queda tu muerte Tomás, tu muerte de muchacho vagabundo, desquiciado. Cómo te vengaste de la tierra ahogándote en tus propios años. Tú lo dijiste: “morir un poco es, en fin, olvidar que esta existencia hay que jugársela a diario y con prisas. Y con prisas ahogar tanta miseria”.

Has salido del bar y te aprestas a buscar tus viejos amigos que  te esperan en la  Habana Club, conocido también como El Bar de William, legendario bailadero con sabor a isla y ron, donde renaces y mueres mirando danzar a las muchachas.

Estamos en la Cali de los años setenta donde todavía es posible la fiesta de la palabra y las grandes utopías se realizan al doblar la esquina. No ha llegado aún la idiotez histórica; no nos ha invadido la obsesión mercantil, ni la ciudad narcótica de efímera apariencia, ese banal relajamiento.

Así te contemplo poeta, abrazado a Doriskos, el griego mercenario, o bien, haciéndote llamar Tartok, nombre terrible, cuyos besos tienen olor a manzanas podridas; o yendo por las calles al lado de Ulises, el trashumante, y hablando con Homero sobre ese otro mar tan infinito, misterioso, tan solitario como tú mismo, ese mar de aguas mansas, turbulentas donde fuiste a detener tu viaje un día del 78, lleno de río, de deseo.

Te veo recorrer cabizbajo los pasillos de la Universidad. Allí hablas sobre los poetas del Siglo Dorado y del loco manchego Don Quijote que tanto admiras y amas. Desde la nostalgia te oigo murmurar un nombre y un poema: Siri Jahn, hembra deseada,  “recuerdo que era invierno/ cuando te encontré/ porque llevabas mojado el rostro/ y viejos jeans, y una mochila,/ y la vieja guitarra / a la que le faltaba alguna cuerda/ Siri Jahn / temblabas/ no por el frío porque ya conocías el frío/ sino por falta de amor/ y preguntaste / perdida en la ilusión de la droga/ si por aquí quedaban las playas del sol/ para poner a secar toda tu tristeza /Siri Jahn pediste/ en tu canto de sirena/ un muchacho que colocara sobre tu sexo/ todas tus cosas deseadas/ un muchacho que te despojara/ de un poco de tu llanto/ para poder cantarle al llanto...”

Entonces buscas a tus amigos de siempre: a Julio Arenas Saavedra, quien también partió hacia la nada una tarde y sólo vuelve a ti como recuerdo; al poeta Aníbal Arias, quien celebra tus poemas, efusivo y ebrio en los amaneceres bisiestos. Buscas abrazos en estas soledades de pájaros y de calles, en tu Cali antigua, mientras recuerdas a Kabal Arabat, el palestino muerto por manos judías y al que todavía esperan en casa.

También nosotros te esperamos poeta. Hemos tendido mantel blanco y un vino dulce aguarda sobre la mesa. Esperamos tu llegada, ahora que has vivido todas las muertes y dialogas con nosotros desde el silencio.

Esas son tus fábulas, tus leyendas inventadas para no morir en esta ciudad gozona y melancólica, plena de distancia y vacía de plenitud como lo fue tu generación, a la que poco a poco fueron desapareciendo. Vaya qué sentimental y desengañada fue tu generación Tomás. Alguna vez lo escribiste: “¿Y de qué servirán tantas palabras /Si cada amanecer es un sudario /Si vivir es morirse /A plazos, /Lentamente /Si ante cada pared /O al pie de cada árbol /Se despierta la patria hecha pedazos? / ¿Y de qué servirán los retóricos /goces del lenguaje, /de qué, pregunto yo, /este poema?”

Me retiro de tu barrio y salgo también como tú a buscar a la chica de “pequeños senos y vagar rosado”, a mi amor posible e imposible, mi amor, fugaz presencia de un día.

 

Crónica del libro La ciudad del poeta. Común Presencia Editores, Bogotá, 2013.

 


 

Carlos Castillo Quintero

El Temblor de Álvaro Neil Franco

 

I

Me cuenta un amigo de Barbosa (Santander) que cuando visita su casa paterna practica un antiguo divertimento: se asoma a la ventana, espera a que sus vecinos del otro lado de la carretera hagan lo mismo, y les grita:

—¡Boyacooosss! —luego se entra, sin darles tiempo de ripostar.

Para quienes no lo saben, Barbosa es un municipio boyacense que queda en el departamento de Santander, clara muestra del desvarío de quienes trazan límites. Allí, en esa tierra de guayabales, nació el poeta Álvaro Neil Franco Zambrano (1969), diestro jugador de rayuela que con frecuencia salta de un lado a otro en esos cuadros invisibles de la geografía.

Álvaro Neil Franco estudió Idiomas en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. En esos años de formación hizo parte del grupo literario “Si mañana despierto” y se dejó contaminar por la oferta cultural de Tunja, exigua entonces, peor hoy. Luego se fue para Bogotá y se hizo magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Ahora vive otra vez en Tunja y trabaja como catedrático de la Escuela de Idiomas y profesor de la Maestría en Literatura de la UPTC. Imagino que cuando va a su casa en Barbosa, hace lo mismo que mi amigo del primer párrafo: se asoma a la ventana y le grita boyacooosss, a los boyacos que vivimos a este lado. Durante estas décadas, paralela a su actividad académica, ha mantenido una fluida producción literaria; sus poemas se han publicado en antologías y revistas de Colombia, México y Chile, y están reunidos en dos libros: «La saga de los clavellinos» (Universidad del Valle, 2008) y «Temblor de Isla» (Rosa Blindada Ediciones, 2016).

 

II

Hacía unos quince años, o más, que no veía a Álvaro Neil Franco. La última vez fue junto a una camada de escritores, en el bar La Torralba, todos armados de Havana Club y poesía. Por entonces yo mantenía comunicación con ese buen amigo que es Germán Diego Castro, profesor de Literatura, escritor, y custodio de la obra de su madre, la querida poeta Beatriz Castelblanco de Castro. Esa noche hablamos con Álvaro Neil y comentamos algunos versos de las «Burdelianas», mi poemario, que hacía años transitaba por noches abismales como esa y del que Germán Diego podía recitar parrafadas completas.

Hace dos días lo volví a ver, en el Café Imperial, ahí, en la Plaza de Bolívar de Tunja. Como en los wéstern primero vi la sombra y después al hombre. Álvaro Neil avanzaba esquivando las mesas, mirando por encima de las gafas, y apretando su mochila arhuaca con la mano derecha, firme, pero con delicadeza, como si cargara allí una pareja de colibríes en pleno ritual del amor. Me asombró su decantada amabilidad, su mesura. Hablamos de amigos comunes, de la UPTC, de la Bogotá que él había conocido cuando estudió en la Javeriana. Yo sabía, por experiencia, que aquel acercamiento nada tenía que ver con lo social; en algún momento (antes o después a la ya acostumbrada mención de las «Burdelianas») bajó la mirada y desenfundó: de la mochila no emergieron los pájaros de alas inquietas que yo había imaginado, sino un libro: «Temblor de Isla».

 

III

La primera edición de «Temblor de Isla» se publicó en el mes de marzo de 2016, estuvo a cargo de Rosa Blindada Ediciones, de Cali, y contó con la curaduría y prólogo de Jorge Eliécer Ordóñez. Es un bello libro de 60 páginas que reúne 36 poemas de Álvaro Neil Franco Zambrano

En estos lluviosos días decembrinos, en los que los noticieros de la caja boba y las redes sociales se solazan exaltando la sevicia de un asesino, o la estupidez de un cantante, el libro de Álvaro Neil me llegó como un bálsamo, un conjuro, una capa invisible para transitar por esta marea informe de tutainas-tuturumainas. Así, mientras a lo lejos la voz suicida de un niño pregunta en dónde están sus juguetes, y una insistente solterona sigue acosando al pobre Adonay, yo leo:

 

Después de haber ido por el mundo

En busca de la mujer amada

Encontré que vivía en la casa de al lado.

(Boomerang, pág. 45)

 

Si fuera un genio

pediría un deseo:

que Sherezada

fuera mi lámpara.

(Aladino, pág. 37)

 

Así, en poemas cortos como éstos, Álvaro Neil traza un mapa del amor romántico y del viaje, temas primigenios de la poesía. Se viaja en la piel del ser amado y en él se naufraga, a veces con fortuna:

 

Temblor de isla

en cuyos muslos brota

la lava de las revelaciones

Yegua primitiva

donde atardece

el sabor del café.

(Ella viene de un cuadro de Gauguin, pág. 29)

 

Y así continúa esta travesía, como Ulises, a merced de la fortuna y la caridad del viento. El poeta (al igual que el héroe homérico) a veces olvida que el amor usa máscaras y que ha trajinado agudezas en múltiples pieles. Lo sorprende con la guardia baja y le hace exclamar:

 

Los ojos de esa noche

única soledad

para este paso

de nube extraviada.

(Ojos nocheros, pág. 24)

 

La Poesía en ocasiones juega con los dados cargados, por lo que no todos los poemas aciertan, no siempre caen pares. Así pasa en «Temblor de Isla», sin que esos esporádicos extravíos perturben al viajero.

Termino la lectura y guardo el libro en mi mochila arhuaca, que no es tan bonita ni colorida como la de Álvaro Neil, pero a la que amo porque desde hace décadas me acompaña a través de esta línea de asfalto que transito y que termina siempre en una habitación de hotel.

Antes de que «Temblor de Isla» se instale en el anaquel de lo ya cumplido, sin que yo pueda evitarlo, una pareja de colibríes amarillos sale de mi mochila, duendes alados que en un segundo retoman su camino hacia Ítaca.

 

Diciembre 8 de 2016

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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