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Pedro Lemebel

CRÓNICAS

 

LAS ORQUÍDEAS NEGRAS DE MARIANA CALLEJAS

(o "el Centro Cultural de la Dina")

 

Concurridas y chorreadas de whisky eran las fiestas en la casa pije de Lo Curro, a mediados de los setenta. Cuando en los aires crispa­dos de la dictadura se escuchaba la música por las ventanas abiertas, se leía a Proust y Faulkner con devoción y un set de gays culturales revo­loteaba en torno a la Callejas, la dueña de casa. Una diva escritora con un pasado antimarxista que hundía sus raíces en la ciénaga de Patria y Libertad. Una mujer de gestos controlados y mirada metálica que, ves­tida de negro, fascinaba por su temple marcial y la encantadora mueca de sus críticas literarias. Una señora bien, que era una promesa del cuento en las letras nacionales. Publicada hasta en la revista de izquierda "La Bicicleta". Alabada por la elite artística que frecuentaba sus salones. La desenvuelta clase cultural de esos años que no creía en historias de ca­dáveres y desaparecidos. Más bien le hacían el quite al tema recitando a Eliot, discutiendo sobre estética vanguardista o meneando el culo es­céptico al ritmo del grupo Abba. Demasiado embriagados por las orquídeas fúnebres de Mariana, la Callejas.

Muchos nombres conocidos de escritores y artistas desfilaron por la casita de Lo Curro cada tarde de tertulia literaria, acompañados por el té, los panecillos y a veces whisky, caviar y queso Camembert, cuan­do algún escritor famoso visitaba el taller, elogiando la casa enclavada en el cerro verde y el paisaje precordillerano y esos pájaros rompiendo el silencio necrófilo del barrio alto. Esa tranquilidad de cripta que nece­sita un escritor, con jardín de madreselvas y jazmines "para sombrear el laboratorio de Michael, mi marido químico, que trabaja hasta tarde en un gas para eliminar ratas", decía Mariana con el lápiz en la boca. En­tonces todos alzaban las copas de Old Fashion para brindar por la al­quimia exterminadora de Townley, esa swástica laboral que evaporaba sus hedores, marchitando las rosas que morían cerca de la ventana del jardín.

Es posible creer que muchos de estos invitados no sabían real­mente dónde estaban, aunque casi todo el país conocía el aleteo buitre de los autos sin patente. Esos taxis de la Dina que recogían pasajeros en el toque de queda. Todo Chile sabía y callaba, algo habían contado, por ahí se había dicho, alguna copucha de cóctel, algún chisme de pintor censurado. Todo el mundo veía y prefería no mirar, no saber, no escu­char esos horrores que se filtraban por la prensa extranjera. Esos cuar­teles tapizados de enchufes y ganchos sanguinolentos, esas fosas de cuerpos retorcidos. Era demasiado terrible para creerlo. En este país tan culto, de escritores y poetas, no ocurren esas cosas, pura literatura tremendista, pura propaganda marxista para desprestigiar al gobierno, decía Mariana subiendo el volumen de la música para acallar los gemi­dos estrangulados que se filtraban desde el jardín.

Con el asesinato de Letelier en Washington y luego la investiga­ción que develó los secretos de Lo Curro, vino la estampida del jet set artístico que visitaba la casa. Varios recibieron invitación para declarar en EE.UU. pero se negaron aterrados por las amenazas telefónicas y misivas de luto resbaladas bajo las puertas. Y sólo una mujer anónima, aceptó via1jar y reconocer el acento Miami de los cubanos amigos de Michael, que una noche por sorpresa se cruzaron con ella después de una fiesta.

Aun así, aunque Mariana se convirtió en yeta cultural y por va­rios años desplegó el terror en los ritos literarios que visitaba, igual le quedaron perlas colizas en su collar de admiradores. Igual ejercía un sombrío poder en los fanáticos del cuento que alguna vez la invitaron a la Sociedad de Escritores, la fichada casa de calle Simpson llena de afiches rojos, boinas, ponchos y esas canciones de protesta que Mariana escu­chó indiferente sentada en un rincón. Allí todos sabían el calibre de esa mujer que fingía escuchar atenta los versos de la tortura. Todos pre­guntando quién la había invitado, nerviosos, simulando no verla para no darle la mano y recibir la leve descarga electrificada de su saludo.

Seguramente, quienes asistieron a estas veladas de la cursilería cultural post golpe, podrán recordar las molestias por los tiritones del voltaje, que hacía pestañear las lámparas y la música interrumpiendo el baile. Seguramente nunca supieron de otro baile paralelo, donde la contorsión de la picana tensaba en arco voltaico la corva torturada. Es posible que no puedan reconocer un grito en el destemple de la música disco, de moda en esos años. Entonces, embobados, cómodamente em­bobados por el status cultural y el alcohol que pagaba la Dina. Y tam­bién la casa, una inocente casita de doble filo donde literatura y tortura se coagularon en la misma gota de tinta y yodo, en una amarga memo­ria festiva que asfixiaba las vocales del dolor.

 

LAS SIRENAS DEL CAFÉ

(o "el sueño top model de la Jacqueline")

 

De andar desprevenido dando vueltas por el centro de Santiago, mirando vitrinas y ofertas y más vitrinas con maniquíes tiesos que en­cumbran la moda veraniega, la moda de temporada o las últimas liqui­daciones antes del invierno. De caer en esa hipnosis de la calle céntrica donde se colorea el consumo de las pilchas que lucen las muñecas plás­ticas de los escaparates. Esos cuerpos androides de risa acrílica y pelu­ca sintética. De mirar a la pasada la vitrina de un café, donde los mis­mos maniquíes se mueven, se pasean detrás de un mesón mostrando un bosque de largas piernas enfundadas en finas medias y cortísimas minifaldas. Todas bellísimas con sus pelos brillantes y maquillaje de set televisivo. Todas atentas sirviendo cafecitos, complaciendo el voyerismo de los oficinistas que, a la hora de colación, babean mirando este acua­rio de sirenas en día claro. La tropa de clientes que tienen los Cafés para Varones en el corazón de la capital. Tal vez, una nueva forma de prosti­tución donde el ojo masculino se recrea recorriendo los cuerpos de es­tas diosas admirables. Las chicas del café, las aeromozas de la fiebre express, las azafatas de la calentura al pasar, modeladas por las propi­nas y el mísero sueldo que las expone con sus presas al aire del vitrineo urbano.

Sería fácil condenar este consumo del cuerpo femenino, diciendo que es un refinado puterío de remate público. Sería obvio apuntar con la uña sucia de la moral este negocio erótico de los "Nuevos Tiempos". Pero las únicas perjudicadas serían las chicas que llegaron a este oficio con sueños de gloria. Las nenas de pobla que ilusionaron ser modelos top, actrices de teleserie, misses de primavera para lucir la ropa de los maniquíes que vieron tantas veces cuando acompañaban a su mamá al centro. Más bien ellas, las hermosas jóvenes proletas; la Solange, la Sonia, la Paola, la Patty, la Miriam, o la Jacque, siempre quisieron ser maniquíes, sentirse admiradas por otros ojos diferentes a la patota de la esquina. Y la meta siempre fue salir del barrio, triunfar, ser otras, estudiar cosmé­tica, maquillaje y modelaje. Desfilar en esas academias rascas que ofre­cen Hollywood en tres meses, por cómodas cuotas mensuales. Pero al terminar el rápido curso, después de aprender a pintarse, a caminar como cigüeña y a fabricarse ese alero de chasquilla. Después del pobre desfile de modas que se organiza para la graduación. Luego de sacarse fotos con los papás mostrando el diploma, lo único que queda de ese ilusionado glamour, es el diploma y la foto colgada en un marquito. Lo único que recuerda ese sueño de princesa, es la foto a color, donde la Jacque se veía tan linda esa noche, sonriendo ingenuamente para la posteridad.

Pero luego, al pasar los meses, al llegar el agotamiento de entre­gar fotos y fotos y currículos en las agencias publicitarias, al ser humi­lladas en citas y reuniones con gerentes de marketing que tenían otras intenciones, las bellas Cinderellas guardan el diploma con las cartas de recomendaciones y certificados de liceo. Y sólo queda la foto de gra­duación en el marquito, mirándolas cuando salen por la puerta con el diario buscapegas bajo el brazo. Porque de pensar su inevitable futuro allí en la pobla; casadas, gordas, llenas de guaguas, maltratadas por el marido, chasconas y grasientas en el oficio doméstico del matrimonio obrero, se deciden por el aviso del periódico que ofrece trabajo a seño­ritas de buena presencia en el Café para Varones. Y allí, detrás del me­són, a medio vestir con el taparrabo que usan de uniforme, pintándose las uñas y retocándose continuamente el maquillaje; siguen soñándose modelos top cuando caminan tras la barra para servir el cafecito. Si­guen modelando para el ojo masculino que las desnuda a distancia. Mientras se arreglan los visos dorados de la tintura barata que les coro­na el pelo, las chicas del café siguen posando, como sirenas cautivas, en el acuario erótico del comercio peatonal.

 

CLAUDIA VICTORIA POBLETE HLACZIK

(o "un pequeño botín de guerra")

 

Al caer en mis manos el libro Mujeres Chilenas Detenidas Desa­parecidas, publicado en Santiago el 8 de marzo de 1986, el Día Interna­cional de la Mujer; después de recorrer con impotencia las caras nubla­das de 56 obreras, profesoras, estudiantes, modistas, dueñas de casa, sociólogas, secretarias o empleadas domésticas que abanican con sus rostros el triste hojeo de estas páginas; me detengo sin querer en el últi­mo caso que documenta esta bitácora. El retrato párvulo de Claudia Victoria, la niña más joven que cierra aquella ronda de la muerte.

Al mirar su foto y leer su edad de ocho meses al momento de la detención, pienso que es tan pequeña para llamarla Detenida Desapa­recida. Creo que a esa edad nadie tiene un rostro fijo, nadie posee un rostro recordable, porque en esos primeros meses, la vida no ha cicatri­zado los rasgos personales que definen la máscara civil. A esa edad, todas las guaguas se parecen, todas hacen pucheros y se ríen sin ver­güenza frente a una cámara fotográfica. Ninguna sabe entonces que su carita de manzana, mostrando las encías despobladas, es la última vi­sión que se tendrá de ellas, el único documento en blanco y negro don­de aparece y desaparece la nena, tan diminuta, tan graciosa y chiquitita, como para cargar en su frágil cuerpo la banda fúnebre que encinta el álbum familiar de América Latina.

Desde dónde acaso se puede invocar una vida tan corta, la más desaparecida en su diminuto capullo rasgado a tirones la noche del 28 de Noviembre de 1978, en Buenos Aires. La ciudad donde vivía con su mamá argentina y su padre chileno, la pareja que intentaba anidarle un futuro feliz en esa capital callada por la dictadura porteña. Desde qué sueño infantil recuperarla, sobresaltada, bruscamente despierta por los bototos pateando la puerta. Los enormes zapatos que entraron en su mundo pitufo, pisando los juguetes que le tenían sus papis en aquella pascua. Los zapatos de tanque milico, los pesados zapatones de gigante malo quebrándole su cascabel, marchando sin piedad sobre el es­truendo de mamaderas, platos rotos, osos, muñecas y libros de cuentos deshojados, revoloteando en el vendaval estremecido por el brutal alla­namiento. Esa noche que vio por última vez su espacio cálido, desde donde la arrancaron sin permiso, en el infarto nocturno de oír los ecos de su madre apagándose por el túnel de algodón donde la desaparecieron.

Al detenerme en la foto de Claudia Victoria, la pienso doblemen­te desaparecida en la multitud de guaguas que tienen la misma mueca juguetona para el diaporama del recuerdo. Y tal vez, si está viva, quizás adoptada por alguna familia militar que no podía tener hijos, se hace más oscura su desaparición, ahora como hija de veinte años criada en el bando contrario que le giró bruscamente su vida. Se hace imposible recuperarla para decirle la verdad, contarle un viejo cuento que se ini­ció en Santiago de Chile, en el barrio de La Cisterna, cuando José Poblete, lisiado de las dos piernas, emigró a la Argentina para rehabilitarse. Y allí conoció a Gertrudis Hlaczik con quien formó un hogar y tuvieron una niña que crecía cada día más linda, mientras él estudiaba sociolo­gía y se movía entre los pasajeros de los trenes en su silla de ruedas vendiendo cosas. Ambos participaban en un grupo de cristianos por la liberación. Ambos fueron detenidos con la beba y hasta el día de hoy no se conoce su paradero. Después las abuelas de la niña, dejaron los za­patos en la calle, buscando, preguntando por ellos en Campo de Marte, el Olimpo y Puente Doce. Y siempre les dijeron lo mismo: no se sabe. No aparecen. A joder a otro lado viejas. Por ahí algo supieron de los chicos a través de unos detenidos que los vieron en el Olimpo, aún con vida. Pero de la nena nadie tenía información, se había esfumado en el aire empañado de aquella noche de terror. Ni siquiera el cardenal Gracelli, el sucio monseñor alcahuete de las botas argentinas, supo dar razón en el desaparecimiento de Claudia Victoria, y despidió a las abue­las con una hipócrita bendición en su elegante despacho de la Nuncia­tura. Por eso la abuela chilena de la niña, se integró a las Abuelas de Plaza de Mayo; solamente ella, porque la abuela argentina sucumbió en la inútil espera. Se suicidó en Buenos Aires, justo a los tres años de ocurrido el hecho.

Y de Claudia Victoria, la diminuta criatura impresa en la foto, nuncamás se supo, y su amplia sonrisa dibujada en el papel, es la mis­ma cicatriz que une a los dos países. La misma costra cordillera que hermana en la ausencia y el dolor.

 

EL INFORME RETTIG

(o "recado de amor al oído insobornable de la memoria")

 

Y fueron tantas patadas, tanto amor descerrajado por la violencia de los allanamientos. Tantas veces nos preguntaron por ellos, una y otra vez, como si nos devolvieran la pregunta, como haciéndose los lesos, como haciendo risa, como si no supieran el sitio exacto donde los hicieron des­aparecer. Donde juraron por el honor sucio de la patria que nunca revela­rían el secreto. Nunca dirían en qué lugar de la pampa, en qué pliegue de la cordillera, en qué oleaje verde extraviaron sus pálidos huesos.

Por eso, a la larga, después de tanto traquetear la pena por los tribunales militares, ministerios de justicia, oficinas y ventanillas de juz­gados, donde nos decían: otra vez estas viejas con su cuento de los de­tenidos desaparecidos, donde nos hacían esperar horas tramitando la misma respuesta, el mismo: señora, olvídese, señora, abúrrase, que no hay ninguna novedad. Deben estar fuera del país, se arrancaron con otros terroristas. Pregunte en investigaciones, en los consulados, en las embajadas, porque aquí es inútil.

Que pase el siguiente.

Por eso, para que la ola turbia de la depresión no nos hiciera de­sertar, tuvimos que aprender a sobrevivir llevando de la mano a nues­tros Juanes, Marías, Anselmos, Cármenes, Luchos y Rosas. Tuvimos que cogerlos de sus manos crispadas y apechugar con su frágil carga, cami­nando el presente por el salar amargo de su búsqueda. No podíamos dejarlos descalzos, con ese frío, a toda intemperie bajo la lluvia tiritan­do. No podíamos dejarlos solos, tan muertos en esa tierra de nadie, en ese piedral baldío, destrozados bajo la tierra de esa ninguna parte. No podíamos dejarlos detenidos, amarrados, bajo el planchón de ese cielo metálico. En ese silencio, en esa hora, en ese minuto infinito con las balas quemando. Con sus bellas bocas abiertas en una pregunta sorda, en una pregunta clavada en el verdugo que apunta. No podíamos dejar esos ojos queridos tan huertanos. Quizas aterrados bajo la oscuridad de la ven­da. Tal vez temblorosos, como niños encandilados que entran por primera vez a un cine, y en la oscuridad tropiezan, y en el minuto final buscan una mano en el vacío para sujetarse. No pudimos dejarlos allí tan muertos, tan borrados, tan quemados como una foto que se evapora al sol Como un retrato que se hace eterno lavado por la lluvia de su despedida.

Tuvimos que rearmar noche a noche sus rostros, sus bromas, sus gestos, sus tics nerviosos, sus enojos, sus risas. Nos obligamos a soñar­los porfiadamente, a recordar una y otra vez su manera de caminar, su especial forma de golpear la puerta o de sentarse cansados cuando lle­gaban de la calle, el trabajo, la universidad o el liceo. Nos obligamos a soñarlos, como quien dibuja el rostro amado en el aire de un paisaje invisible. Como quien regresa a la niñez y se esfuerza por rearmar con­tinuamente un rompecabezas, un puzzle facial desbaratado en la últi­ma pieza por el golpetazo de la balacera.

Y aun así, a pesar del viento frío que entra sin permiso por la puerta de par en par abierta, nos gusta dormirnos acunados por la ti­bieza terciopela de su recuerdo. Nos gusta saber que cada noche los exhumaremos de ese pantano sin dirección, ni número, ni sur, ni nom­bre. No podría ser de otra manera, no podríamos vivir sin tocar en cada sueño la seda escarchada de sus cejas. No podríamos nunca mirar de frente si dejamos evaporar el perfume sangrado de su aliento.

Por eso es que aprendimos a sobrevivir bailando la triste cueca de Chile con nuestros muertos. Los llevamos a todas partes como un cálido sol de sombra en el corazón. Con nosotros viven y van plateando lunares nuestras canas rebeldes. Ellos son invitados de honor en nues­tra mesa, y con nosotros ríen y con nosotros cantan y bailan y comen y ven tele. Y también apuntan a los culpables cuando aparecen en la pan­talla hablando de amnistía y reconciliación.

Nuestros muertos están cada día más vivos, cada día más jóve­nes, cada día más frescos, como si rejuvenecieran siempre en un eco subterráneo que los canta, en una canción de amor que los renace, en un temblor de abrazos y sudor de manos, donde no se seca la humedad Porfiada de su recuerdo.

 

NOCHE DE TOMA EN LA UNIVERSIDAD DE CHILE

(o "me gustan los estudiantes")

 

Y si a uno lo invitan a sumarse a la toma de la U., la catedral del saber, donde tantos piojos no pudieron entrar por falta de money, y tuvieron que mirar desde la vereda del frente la vida universitaria, la vida joven echada a pata suelta en los jardines académicos. Sobre todo en la Facultad de Humanidades, la inútil casa del pensamiento, dicen los que quieren transformar la educación en un negocio rentable, una productora de técnicos y economistas que sigan las huellas del jaguar. "Gente decente, de pelo corto y sin complicaciones existenciales como necesita este país. No como esa patota de universitarios inclinados a las letras, las ideas o el arte". Los mismos que han provocado este sismo grado ocho en la casa de Bello, la manga revoltosa que dio el espolonazo para que renuncie el rector, el mismo que fue elegido el noventa y se repitió el plato el noventa y cuatro, y si los cabros no hubieran atinado con esta paralización, capaz que perpetúe su mandato el noventa y ocho. Por eso, y para moverle el piso a esta momia y su camarilla conserva­dora, acepté la invitación. Que si me llaman voy, me dije, a pasar una noche con los chicos del cambio, a leer mis letras sucias y a cantar con ellos las mismas canciones de la rebeldía, con o sin causa, da lo mismo, pura pasión, puro deseo, y eso es lo único que queda cuando las ideolo­gías están al servicio del poder de turno. Total, la razón en estos siste­mas es comprable, transable y la tiene quien argumenta mejores razo­nes pragmáticas. Por eso estuve con ellos y con La Batucana animando e1 paro, salpicando con versos y crónicas la noche pendeja que se hizo corta copuchando y tomando sopa. Riendo y coqueteando con los pendex bellos que compartían la seducción del canto a través del guitarreo, los pendejos y pendejas que defendían fieros las rejas de en­trada, pidiendo documentos por si se colaba un sapo, tomándose este Resto de independencia tan en serio, que a las cuatro de la mañana re­novaban la guardia y los turnos bostezando, muertos de cansados por la vigilia de la resistencia. Con tanto empeño, que se daban tiempo para ponerse melancólicos, con las canciones de Silvio, con los himnos y amo­res de estudiantes detrás de alguna barricada. "Tú te acuerdas, tú escu­chaste de esa histórica marcha para que se fuera Federici". Y entonces, a puro paro, a puro café y alguna garrafa de vino navegado que pasó clandestina por la complicidad de los chicos de guardia, tiritando en la portería. Chicos, que les cuesta ser guardias, y a escondidas se tomaron su copete esa noche para mantener poéticamente los ojos abiertos y las patas calientes con el vino navegado. Y ay qué noche, qué síntoma de soñar despiertos la ilusión marina de un abordaje en sus ojos cansados, trasnochados de utopía dulce. Qué noche memorable viví con los chi­cos de la U., cantando sus slogans de Universidad libre, Universidad para todos, Universidad para el que sufre, total en el pedir no hay en­gaño. Y si se trata de soñar, qué importa, soñemos lo imposible. El res­to, fue esperar que la cordillera recortara su lomo en el clarear de la amanecida, a esa hora, cuando el frío escarcha la mirada de los estu­diantes en paro, los bellos estudiantes que le dan una lección de digni­dad a este país, en la trinchera de su exaltado desacato.

 


 

Leila Guerriero

EL HUÉRFANO

 

La de Luis Montiel fue la segunda muerte y llegó ocho meses después de la de Mónica Banegas, el 18 de noviembre de 1997.

La casa de la familia Montiel está en una esquina, y desde la calle, antes de golpear, los vi. Emilio y Juana, los abuelos de Luis, miraban por la ventana. No me miraban a mí ni a la calle ni a la vereda. Miraban por la ventana como quien ha visto algo que jamás hubiera querido ver y no habían hecho otra cosa que mirar por la ventana, salvo leves interrupciones para el llanto y las compras, desde el día de la muerte de su nieto.

Clara Montiel, una de las tías solteras y católicas de Luis, abrió la puerta. Iba abotonada hasta el cuello. La casa estaba helada, con las ventanas abiertas.

-La gente recibe muy bien a la Madre, bendito sea Dios -dijo.

Había regresado minutos atrás de uno de los barrios por los que solía pasear la imagen de la Virgen. Era maestra, jubilada, y alguna vez había sentido el impulso de casarse y tener hijos, pero se había consagrado a Dios -sin ser monja- y vivía en esa casa con sus padres y su hermana Teresa, enfermera del Hospital Distrital Las Heras.

-La Virgen hace tanta falta en estos tiempos en los que está todo tan mal -decía Clara, mientras estrujaba la tela de su falda gris.

Luis nunca había vivido más que ahí, con sus abuelos, sus tías y su madre soltera, poniendo la sangre joven en un hogar donde se agitaban edades más bien altas. Todo iba bien hasta que, cuando Luis cumplió 10 años, su madre de 35 murió en un accidente de tránsito y él quedó sin padre ni madre en ese nido de abuelos y tías solteras.

-Diez añitos tenía él, sí. Fue difícil -decía Clara, sentada en el borde de un sofá-. Para mis padres fue muy difícil aceptar la muerte de su hija. Yo vivía abocada a mi tarea en la escuela. Vivía trabajando. Con el material didáctico para los chicos y después a la parroquia, o sea que tenía poco tiempo para estar con Luis, pobre. Y el lugar de una madre no podía suplirlo. Al principio me daba culpa no poder darle el tiempo que todo niño necesita, amor, cariño, estar con él. Porque él no tenía su mamá, no tenía su papá.

-¿Y vos lo veías bien?

-Sí. Pero es terrible darle todos los gustos, porque económicamente estaba bien, tenía de todo, pero lo material no es lo importante. Lo material lo tenía. Por eso digo que a lo mejor no es bueno darles todo porque la Virgen, en sus mensajes, dice que en las confiterías nunca van a encontrar a su hijo Jesús.

-¿En las confiterías?

-Sí, en los bares.

A los 15 años, a pesar de los esfuerzos en contra de su tía Clara, Luis había empezado a salir de noche. En ese entonces, las únicas opciones nocturnas eran Eclipse -una cruza mestiza de bailanta y disco- y la bailanta que llevaba el nombre de Gigante. De los dos lugares se contaban historias de golpes, de borrachos, de cosidos a cuchillo. Estaban también los bares -Bronco, Míster, Ven a mí- pero nada de eso cuadraba al ánimo católico de Clara, que vivía aterrada cada vez que el sobrino volvía tarde.

-Mi hermana me decía ≪No lo podés tener en una cajita de cristal, porque el mundo es distinto, tiene que ir preparándose≫. Pero yo, con mis ideas religiosas, lo veía mal que anduviera de noche. Qué podía encontrar en la noche. Era tan lindo. Era un picaflor. Vivian las chicas llamándolo por teléfono. Lamentablemente en su tercer año del colegio ya se empezó a alejar del Señor. No quería ir a misa. Antes yo le hacía participar de las tareas parroquiales. Evento que había, Luisito iba. Después ya no quería ir. Empezó a salir, y no estaba protegido.

-¿En qué sentido no estaba protegido?

-No llevaba su cruz. Yo se la ponía y él se la sacaba porque sus compañeros se reían. AI no estar protegido, el Maligno le ha trabajado la mentecita. Es el Maligno el que se los lleva. Y pasaron tantos casos acá, que no sabemos qué pasó. Puede ser una secta, que te arranca la mente de los niños, porque fueron uno tras otro, uno tras otro. Dicen que una chica que se suicidó en el dormitorio había dejado los nombres de todos los que les iba a pasar lo mismo.

-¿Esa lista la vio alguien?

-No. Es que nadie sabe nada. Nadie vino a hacer nada. Nadie intervenía. Nadie investigó. Nadie preguntó nada. Cuando murió él, ocho años después de mi hermana, lo primero que pensé fue ≪Dios mío, por qué me castigaste así≫. Pero después le pedí perdón porque no es castigo. No hay que reprocharle nada a Dios, hay que creer en el destino. Dios no castiga, vos vas haciendo tu camino y está el camino bueno y el malo. Pero cuando falleció mi sobrino, quedé vacía totalmente. Hice un retiro en el monasterio de Los Toldos, en Buenos Aires, con el padre Mamerto Menapace, y yo le preguntaba al padre Mamerto por qué, por qué. Y él me decía que no hay explicaciones, que nadie sabe por qué.

-¿Luis no hablaba de su madre?

-No. Con nosotros no. Para nada. Se ve que para no preocupar a mi papá. Pero cuando vino una prima de Chile, de la misma edad de él, él le habló de su mamá. Le dijo que la extrañaba. No se lo veía mal. Se lo veía bien. Pero se ve que por dentro no, no andaba bien.

Luis tenía 18 años, una novia -Ana- y un buen amigo -Esteban Suárez- con quien planeaba ir a estudiar Medicina a la ciudad de Neuquén. Los dos estaban preparando sus exámenes de ingreso y Luis tomaba clases particulares, como si el futuro fuera algo sólido, algo que de veras iba a suceder.

Estaba por terminar el colegio secundario pero no había querido hacer, por esos días y como todos sus compañeros, el tradicional viaje de egresados. Le preocupaban otras cosas. Dicen que, porque sus tías se oponían a esa relación, tenía que ver a su padre a escondidas.

El 18 de noviembre de 1997 Luis Montiel no fue al colegio.

A las cuatro de la tarde fue al galpón de su casa, se ató un alambre al cuello y se ahorcó. Lo encontró su abuelo. Lo descolgó Teresa, su tía enfermera.

Al día siguiente, las puertas del ómnibus en el que sus compañeros regresaban de viaje de egresados se abrieron, y dos docenas de adolescentes eufóricos vieron lo imposible: Luis los estaba esperando. El velorio se hacía en el colegio.

Ya eran dos, pero nadie hizo nada.

Como de una vergüenza, o de un escándalo, los vecinos de Las Heras hablaban de los muertos -de Luis, de Mónica- en las tiendas, las farmacias, los supermercados.

Los pastores evangelistas echaron bendiciones, los católicos multiplicaron las misas, los familiares visitaron seguido el cementerio y la revista La Ciudad publicó esto: ≪Nuevamente nuestra ciudad se vio conmocionada en el día de ayer al conocerse la infausta noticia del fallecimiento del joven Luis Montiel. Tomó la fatal decisión de quitarse la vida en la tarde de ayer por razones que se desconocen. Su cuerpo agonizante fue encontrado por el abuelo cerca de las cinco de la tarde y en vano fueron los intentos por salvarle la vida ya que el joven de 18 años y que a punto estaba de culminar el Colegio Secundario falleció en la ambulancia camino al Hospital≫.

Los servicios del entierro de Luis Montiel fueron brindados por la funeraria Navarro, la más tradicional de Las Heras, propiedad de Carlos Navarro, que amortajó a Luis personalmente, como hizo siempre con todos sus muertos. Nunca era fácil pero con este fue peor: su hija, Florencia Navarro, había sido alguna vez novia de Luis y lloró amargamente cuando supo que a su padre le tocaba vestir para la muerte a quien ella, tan joven, le había dicho ≪mi amor≫. Seis meses más tarde, cuando eso empezaba a ser recuerdo, la amiga del alma de Florencia, madre de su sobrino y novia de su hermano Mariano Navarro, una chica de 19 años llamada Carolina González, se mataba en el cuarto de su casa. Entonces -quizás- Florencia Navarro pensó que el mal existe, y que el mal era eso. Esa locura.

Los datos dicen, pero nunca explican.

Los datos de la Organización Mundial de la Salud dicen que hay un millón de muertes anuales por suicidio en todo el planeta.

Los de la Organización Panamericana de la Salud que el 65% de los suicidios se encuentran asociados a la depresión y que son la tercera causa de muerte en varones y la cuarta en mujeres de 15 a 24 años.

Según el Indec en Santa Cruz viven exactamente 196.876 personas, el 0,5% de la población del país.

Los últimos datos de la Asociación Argentina de Prevención del Suicidio, elaborados en base a las Estadísticas Vitales del año 2002 del Ministerio de Salud de la Nación, aseguran que Santa Cruz es la tercera provincia con la tasa más alta de suicidios de la Argentina (con una tasa general del 8,38 por cien mil), después de La Pampa (15,22 por cien mil) y Chubut (15,18). La tasa de defunciones por suicidio correspondiente a Santa Cruz para el año 2002 es de un 14,70 por cien mil.

Pero Las Heras es una ciudad acostumbrada a no contar con datos propios.

En diciembre de 1999 un informe interno del área de asistencia social del Departamento de Seguridad Social y Trabajo de la Municipalidad de Las Heras aseguraba que no había ningún tipo de estadística sobre población y entonces nadie sabía cuántos nacían y morían, cuántos se alimentaban y cuántos no, cuánto ganaban cuantos y cuánto dejaban de ganar todos los otros. De modo que ese mismo año se organizó un censo de salud, población y vivienda que arrojó las siguientes conclusiones, válidas para el periodo2000-2001: eran 8382 habitantes, 4837 de ellos mayores de 18 años. El 30% de las mujeres se embarazaban antes de cumplir los 18, sin novio a la vista; 380 personas con trabajo ganaban menos de 250 pesos por mes, 520 entre 250 y 350 y 1622 ganaban más de 350 pesos. De los 4837 mayores de 18 años, había 2315 desocupados, 380 subocupados, y 2142 personas con trabajo. El 25% estaba sin empleo. Solo 614 personas tenían el secundario completo y 222 el terciario. El 89% del pueblo vivía de la industria del petróleo y 1200 personas eran habitantes transitorios.

Nadie preguntó, ni entonces ni nunca, por los suicidios.

 

Leila Guerriero, Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico, Buenos Aires, Tusquets Editores, 2012, p. 55-62.

 


 

Martha Ruth Talero

EL TRASLADO DE LA CAPITAL DE NEUQUÉN 1903/1906

 

La primera fundación de la capital neuquina se había realizado en Campana Mahuida el 12 de diciembre de 1884, sobre el río Agrio. En agosto de 1886 fue trasladada a Ñorquín, y en 1887 se estableció en Chos Malal, ya que sus tierras eran más fértiles y por lo tanto más aptas para la agricultura.

Pero esta población presentaba inconvenientes importantes referentes al acceso y trastornos relacionados con las comunicaciones ya que éstas eran muy complicadas y difíciles. Llegando por el Norte era necesario viajar primero hasta Mendoza, y desde allí bajar por caminos intransitables. Otra alternativa era entrar por Chile, acercándose por la cordillera con el consiguiente desperdicio de tiempo y dinero que significaba efectuar semejante periplo.

En cuanto a las comunicaciones, los correos debían llegar desde Cipolletti, y el mal estado o la falta de rutas obligaban a demorarvarios días cualquier despacho que llegara desde Buenos Aires. Así estaban las cosas al tomar posesión de los respectivos cargos gubernamentales Bouquet Roldan y Talero en 1903.

Resulta notable para esa época la preocupación por parte de estos nombres en proteger a los primitivos habitantes del territorio. Tantoabuelo como Bouquet Roldan demuestran un pensamiento progresista y socialmente moderno.

Veamos un párrafo de la carta que Bouquet Roldan le escribió al poder central en esos días:

“... respecto a las tribus indígenas que pueblan el territorio,ocurre Señor Ministro, una verdadera injusticia que no debiera subsistir.

Ellos los antiguos pobladores y dueños seculares de estas regiones, sometidos en nombre del progreso y la civilización, han sido tan totalmente despojados, y hoy se ven obligados a vagar sin hogar y sin techo que los cobije, esperando que la munificencia del conquistador le consienta la ocupación de algún pedazo de su antigua propiedad, que el progreso deje vacante para los antiguos bárbaros atados de improviso al carro de una civilización, para ellos aún incomprensible.

Así la adjudicación de la tierra que ha de producirles surelativo bienestar, permitiendo educarlos y vigilarlos, y que han dedejar ellos en herencia a sus hijos ya ciudadanos argentinos, nodebe demorarse, en obsequio a los deberes de humanidad ycivilización invocados para la conquista.”

Bouquet Roldan

Carta del 31 de marzo de 1904.

 

Inmediatamente comenzó a tomar forma la idea de trasladar nuevamente la capital a un paraje ya existente en las márgenes de la confluencia de los ríos Neuquén y Limay, llamado justamente «Paraje Confluencia».

El lugar elegido contaba con varias razones a su favor, la más importante era que, a partir del 12 de julio, ya llegaría el ferrocarril procedente de Bahía Blanca a través del recién inaugurado puente ferroviario, hasta «Estación Neuquén». A través de un decreto, el presidente Roca había autorizado a la empresa «Ferrocarriles del Sud» a comenzar el servicio público de la línea desde Bahía a Neuquén. A esto se sumaba la posibilidad de utilizar el telégrafo de dicha compañía como medio eficaz para las comunicaciones. Por otra parte, la navegación por el Río Negro permitiría la entrada y salida del comercio al Atlántico por el Puerto de Bahía Blanca.

Como se ve, eran oportunidades que no debían dejarse pasar y fundamentalmente para el futuro de la región. Faltaba poco tiempo para que terminara el mandato presidencial del general Roca, por lo que el gobernador Bouquet Roldán se abocó por entero allevar adelante la difícil tarea de demostrar estas ventajas al gobierno nacional.

En esos meses de continuos viajes del gobernador, tanto a Buenos Aires como al lugar elegido, el doctor Talero quedaba en Chos Malal ejerciendo funciones corno gobernador interino, es decir ocupándose de cumplimentar las tareas gubernamentales.

Me causó verdadero asombro al poder revisar y leer las carpetas con la documentación de aquella época en el Archivo Histórico de Neuquén, ver la infinidad de decretos y notas de comunicaciones escritas a mano diariamente, nombramientos de jueces de paz y comisarios, traslados, órdenes, y rendiciones de cuentas, despachados en Chos Malal hacia los pueblos del interior del territorio, como así también los telegramas entre Joaquín V. González, Bouquet Roldan y Talero anoticiándose de los avances de las gestiones en Buenos Aires, alentándose unos a otros a la distancia sin claudicar en ningún momento.

Largos telegramas que por sus contenidos más parecen cartas. Transcribiré puntualmente algunos que merecen ser conocidos textualmente para adentrarnos en el espíritu de aquellos visionarios de principios del siglo pasado.

Estando el ministro con su comitiva en Confluencia les escribe a ambos un extenso telegrama de donde tomo un párrafo:

“Este paraje es un encanto destinado a un gran porvenir. Dichosos ustedes que han tenido la energía de venir a educarlos para la vida civilizada".

Joaquín V. González

1 de abril de 1904

 

El 7 de abril contestó el ministro que le preocupaban desde hacía tiempo los problemas que sufría esa capital, que estudió distintas posibilidades y que, por último, se había decidido a realizar el viaje que alguien calificó luego como histórico, para apreciar por sí mismo las ventajas que podía ofrecer el lugar. Expresa en el mismo, que na tenido una visión de esa tierra que «le ha iluminado el porvenir»,

Habla de los tres ríos, de la llegada de la línea férrea, de la belleza del inmenso puente sobre el río, de tierras fértiles, de fácil riego, de la cercanía a Colonia Roca, donde pronto sería inaugurado un canal de riego de 20 leguas, en fin por todo lo visto escribe:

 “...traído el convencimiento de que la capital del Neuquén debe
levantarse en el amplio valle que comienza al pasar el río”.

Fragmento de carta de Joaquín V. González

 

Hace notar el inconveniente de que ese lugar no está en el centro del territorio, como sería de esperar, pero que las ventajas enumeradas lo hacen conveniente, y les comunica que puso en conocimiento del Señor Presidente todos los estudios realizados.

El general Roca ya conocía el lugar pues había llegado con sus tropas en junio de 1879 a ese valle. Así lo testifica el monolito conmemorativo que se encuentra en la barda cerca del paso Fotheringam, por lo que inmediatamente comprendió las conveniencias de fundar aní la capital, teniendo la visión de que sería como dijo:

“...un centro del comercio y la vida de toda esa rica posición de la República, admirablemente dotada por la naturaleza”.

Fragmento carta del general Julio A. Roca

 

El ministro González le recomendó a Bouquet Roldan suma discreción en el manejo de ese tema, para no herir intereses de los pobladores, y le sugirió que adelantaran la obtención y cesión de terrenos en la Confluencia, para instalar las oficinas públicas y levantar las casas de los pobladores que los quisieran acompañar a la nueva gobernación.

El ministerio de Agricultura ya había recibido la orden del presidente de preparar todos los elementos necesarios para la fundación.

En contestación, Bouquet Roldán le envía un telegrama el 8 de abril donde le trasmite su gratificación por las noticias recibidas. Le comenta que él también ya tuvo en cuenta que el paraje elegido no quedara en el centro geográfico expresado, pero vuelve a hacer hincapié en las otras innumerables ventajas.

Al empezar a correr los rumores sobre el traslado de la ciudad, comenzó la temida resistencia de quienes veían de esa forma afectados sus intereses e inversiones en Chos Malal.

Bouquet Roldan y Talero decidieron tomar el toro por las astas y se dedicaron de lleno a agilizar los trámites, barriendo con los escollos burocráticos tan comunes en este tipo de situaciones.

El gobernador partió a Buenos Aires, y Talero quedó nuevamente al trente del gobierno como gobernador interino. La comunicación entre ambos era intensa y fluida. Compartían ideas, propósitos, y también la necesidad de actuar tanto con discreción como con la indispensable celeridad. Se intercambiaron innumerables notas y telegramas.

Dos de ellos son dignos de mención: el del 16 de mayo de 1904, en el que Bouquet le comunica a Talero:

«todo marcha a pedir de boca»

 

Y el del 12 de junio del mismo año donde le dice:

 “con verdadero placer le hago llegar mi primer telegrama desde la nueva y eterna capital del territorio”

 

Sus gestiones en Buenos Aires se habían dirigido a conseguir la promulgación de este decreto que nombraría a Confluencia, capital del territorio.

DECRETO: “Buenos Aires 6 de junio de 1904-Dispuesto por decreto de fecha 19 de mayo ppdo. En cumplimiento del art. 22 de la ley del 16 de octubre de 1884 que la Capital del Territorio del Neuquén sea pueblo que deba fundarse con el nombre de «Neuquén» en el punto denominado la Confluencia, estación Terminal del ferrocarril del Sud, y siendo conveniente que el traslado de las autoridades se lleve a cabo a la mayor brevedad, el presidente de la república decreta:

Artículo 1º. el Gobernador del Territorio del Neuquén procederá a trasladar las oficinas de la gobernación al paraje designado para Capital del expresado Territorio, por decreto del 19 de mayo ppdo.

Artículo 2º. los gastos que demande este decreto se imputarán al anexo B, inciso 16, ítem 1, partida 10 del Presupuesto General vigente, art. 3, comuníquese, publíquese, dése al RN y archívese, Roca - J.V. González”.

 

En el mes de mayo de 1904 parecía estar todo listo y el Decreto salió con fecha 19 de ese mes. En el mismo se determinaba la división en departamentos de todos los llamados, por aquel entonces, Territorios Nacionales, en doce, y Chos Malal quedaba como Capital provisoria hasta que se realizara el traslado de todo lo concerniente al gobierno a dicha localidad designada para el futuro como Neuquén.

La ley del Congreso Nacional n° 4523 del 30 de septiembre de 1904, convalidó el decreto.

Casimiro Gómez, dueño de una importante cantidad de tierras en la zona, donó un terreno para la nueva comisaría y, junto a Ramón López Lecube y Francisco Villa Aprile, lotearon tierras de su propiedad.

El gobernador con una audacia que lo iguala a los grandes fundadores de ciudades, no vaciló en instalar la sede del gobierno en carpas, donde funcionaron los primeros días.

Es difícil imaginar esa primera carpa blanca que instaló el gobernador en medio de ese pequeño caserío, rodeada de viento y arena, en ese desierto.

 “sobre el verdor del matorral” con “arboledas que tienen menos hojas que zorzales” (1)

 

El suelo arenoso formaba dunas que eran trasladadas por el viento de un lugar a otro. Los pobladores de las pocas casas existentes debían palear la arena que se amontonaba contra las puertas cuando amainaban esos vientos huracanados que ya conocemos de esa región. Se eligió al ingeniero Pigretti para mensurar y amojonar los terrenos de acuerdo al plano bocetado por el gobernador. Sin embargo, tuvo que abandonar su puesto por razones de salud y terminó sus tareas el agrimensor Carlos Souriges. Los meses elegidos para llevar adelante esas tareas no eran los más adecuados. Hacía muchísimo frío, vientos, heladas, en fin, una terrible situación que nos demuestra cómo era el carácter de esos hombres, la visión de futuro, la seguridad de sus decisiones, la convicción de estar realizando lo mejor en pos del engrandecimiento de la región.

Mientras tanto, el doctor Talero continuaba con sus múltiples tareas de gobernador interino, en las oficinas de Chos Malal, relativas a todo el territorio y además con las nuevas referentes al ordenamiento y traslado del archivo y muebles de las oficinas gubernamentales. Dispuso el envío por etapas, a lomo de mula y en enormes carretones tirados por bueyes.

En el archivo Histórico de la Municipalidad de Neuquén se puede apreciar en fotografías lo terribles que fueron esos días de viaje, cruzando ríos y arroyuelos, trepando bardas y cruzando vados, donde muchas veces terminaban encajadas las carretas. Los arriesgados futuros pobladores de la nueva capital viajaban en grupos. ¿Qué los movía en ese invierno de 1904? Sin duda las ansias de progreso, los proyectos tantas veces postergados, el deseo de un porvenir mejor y más seguro para sus hijos, pero sobre todo la fe, el optimismo, y las grandes perspectivas que proyectaban en el futuro de esos dos grandes hombres, Bouquet Roldán y Eduardo Talero.

En los quince o veinte días que duraba el viaje, sufrían enormes dificultades, sorteando el escarpado terreno existente entre Chos Malal y Neuquén. Las dificultades que les imponían las serranías, los fatigosos cruces de los ríos y la constante lucha contra las inclemencias del tiempo, quedaban de lado tras esas largas travesías diurnas, cuando por las noches junto al fogón, se disponían a descansar bajo las estrellas.

Finalmente abuelo, cuando todo estaba ya encaminado, cumpliendo con la frase que le repitiera siempre en tono de broma Don Bouquet Roldán «tenga paciencia Talero los últimos serán los primeros», se puso en marcha junto a los funcionarios que quedaban, partiendo el 2 de agosto de 1904, calculando un viaje de 14 o 15 días. «La huella que tomaron para realizar el complicado viaje pasaba por Tilhue, Cortaderas, Fortín Carranza, Ojo de Agua y Aguada del Pato, siguiendo los zigzag que les marcaban los médanos, lomadas y zanjones,» según lo relata Raone.

Los acompañaba en ese grupo don Carlos Casamayor, contador, cuya rúbrica vemos junto a la de Talero en muchos documentos de gobierno de esos días. También era de la partida, la familia Pueyrredón, de los que guardo algunas cartas de años posteriores, donde se nota la amistad y cariño que los unía con Abuelo. También partió con ellos el doctor Pelagatti, médico de la gobernación, y al nombrarlo no puedo dejar de comentar un hecho que protagonizara junto a Talero en 1905. Fue una pericia siquiátrica usando un método que recién se estaba empezando a conocer en la Argentina, publicado por Lombroso en Italia, de allí su nombre, “método lombrosiano”.

Dicho método lo adoptaron para realizar una pericia siquiátrica, que fuera ordenada por el Juez Patricio Pardo, sobre el recluso Adolfo Torres. Este método elegido, natía de la inteligencia de estos nombres que nos ocupan en este libro, que aun viviendo en zonas aisladas y lejanas, estaban sin embargo al tanto de los últimos estudios y métodos empleados en esos años en Europa.

 

____________

 

(1) Voz del Desierto

 

Capítulo 9 de La torre de Talero, Martha Ruth Talero, Buenos Aires, Editorial Bourel, 2013.

 


HISTORIA PURA

Carlos Emilio O'Brien

 

En cada lugar del mundo, en la vida de todo país, existieron y existirán nombres y mujeres dispuestos a comprometer su esfuerzo en pos de objetivos altruistas, superiores a los personales. Todos, ellos y los otros, pasan necesariamente por la Historia porque no hay quien no sea protagonista de ella. En cambio, la historia escrita es exigente y pide constancia de los hechos, donde lo plausible debe trascender la propia existencia de su autor. En definitiva, será la importancia que otros hombres y mujeres le asignen a esos hechos lo que determina qué nombres se escriben para siempre sobre el blanco del papel. El bruñido del bronce es reservado a unos pocos.

Lo que el lector está a punto de leer está escrito sobre ambos, en lo blanco y en lo bruñido.

Con toda seguridad, no le va a parecer un libro de historia. Más bien se sentirá estar transitando por un relato de hechos familiares escrito por alguien que no conoció al protagonista principal, su abuelo, por quien adquirió gran admiración gracias a los diálogos con su abuela. (¡Ay, qué colosales esas charlas entre niño y anciano!)

Obtener de pequeña esa información, documentada y de primera mano, y tiempo mediante, merced a su paciente e incansable inves­tigación, comprobar que lo entonces recibido no fue producto de la nostalgia de una abuela que atesoraba su pasado y su vida llena de recuerdos en un arcón, le permitió a la autora descubrir a un hombre de una personalidad singular, Eduardo Talero Núñez, el amado esposo de su abuela y el actor de los cuentos de su infancia.

Talero llegó a una Argentina institucionalmente recién nacida, donde tan poca gente debía hacerse cargo de una tan vasta porción del planeta por entonces casi absolutamente inculta y sin armar. También él era muy joven y dotado: abogado, hombre de letras, hábil escritor pero más que eso ávido lector, tan impulsivo que, expulsado de su país, llegó a nuestra Patagonia y la hizo suya.

Neuquén fue su desvelo. Amó profundamente esta tierra hasta convertirla en su patria. Su pujanza, sus ganas de crecer, nacer y ser, coincidían exactamente con las ambiciones de aquel novel país que no conocía techo, que sólo aspiraba a elevarse. ¿Habrá sido por eso que decidió construir una torre?

En cada capítulo, en cada párrafo, la autora va contando, como si estuviera en el living de su casa, distintos aspectos de su propia vida familiar, no perdiendo jamás el vínculo con su abuelo en el relato. Un relato que, porque también encierra aventura, misterio, poesía, y amor apasionado, puede parecer una novela.

Pero no se engañe, es historia pura.

Ruth, su abuela, al comienzo; y la Torre, siempre la Torre, son los otros protagonistas de esta historia de la historia.

 


Hugo Correa Londoño

EDUARDO TALERO NÚÑEZ. UNA PÁGINA PARA AGREGAR A LA HISTORIA COLOMBIANA

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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