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Walt Whitman

LETRAS DEL POSCONFLICTO

 

28.  MUERTE DE UN SOLDADO DE PENNSYLVANIA

 

Frank H. Irwin, Compañía E del 93 de Pennsylvania, fallecido el 1 de Mayo de 1865. Carta escrita por mí a su madre.

Querida Señora:

Usted y los amigos de Frank habrán recibido la triste noticia de su muerte, acontecida en este hospital, seguramente por habérsela comunicado la señora de Baltimore que se ocupó de sus efectos personales y el mismo tío de Frank —yo nunca coincidí con ellos, sólo sé que iban a visitarle.

Considero para mí un deber escribirle estas breves líneas, en razón de la casual amistad que me unió a su hijo y por haberle velado en su lecho de muerte.

El cabo Frank H.  Irwin había  sido   herido  cerca  de Fort Fisher, en Virginia, el 25 de marzo de 1865 herido, de manera bastante grave, en la rodilla izquierda.

Fue trasladado a Washington e ingresó en el pabellón C del hospital de la plaza de la Armería el 28 de marzo su herida empeoró y el día 4 de abril fue amputada la pierna, un poco más arriba de la rodilla.

La intervención corrió a cargo del doctor Bliss, uno de nuestros mejores cirujanos militares, quien la realizó personalmente.

Le encontraron un extenso depósito de pus y la bala alojada en la rodilla.

En los quince días que siguieron a la operación Frank pareció experimentar una discreta mejora. Iba muy a menudo a visitarle y solía permanecer largos ratos a su lado, haciéndole compañía, porque veía que mi actitud le agradaba.

En los últimos diez, doce días de abril me di cuenta de que su estado se había vuelto crítico.

Tenía fiebre y escalofríos. En la última semana de abril estuvo delirando casi constantemente, sin embargo nunca dejó de mostrarse amable y cariñoso.

Murió el día primero de mayo.

La verdadera causa de su fallecimiento fue el extenderse de la infección la amputación no consiguió salvar a su organismo inicialmente no afectado.

Frank, por lo que me consta, recibió en todo momento todos los cuidados médicos, quirúrgicos, etc. que necesitaba y casi siempre tuvo a su lado un enfermero.

Era un hombre tan bueno, tan honesto y cariñoso que llegué a amarle con todo el corazón.

Tomé por costumbre ir a verle todas las tardes y sentarme a su lado haciéndole compañía... a él le hacía mucho bien tenerme allí le gustaba apoyar su mano en mi rodilla y quedarse largo rato así.

En los últimos días la agitación y los delirios aumentaban de intensidad al atardecer a menudo se imaginaba estar con su regimiento a veces, por sus palabras, cabía sospechar que sus sentimientos estaban heridos por algún reproche de sus superiores, por alguna acusación de la cual se sentía completamente inocente. «Nunca, nunca nadie solía repetir me ha creído capaz de hacer cosa semejante. Nunca».

Otras veces se figuraba estar con unos chicos, parientes suyos creo, y no se cansaba de darles buenos consejos, prolongando sin tasa su conversación imaginaria.

Durante los periodos en que permanecía alejado de la realidad, nunca le salió una expresión censurable, una palabra incorrecta, nunca.

Alguien, muy acertadamente, observó que muchas personas, en plena posesión de sus facultades, no suelen hablar ni con la mitad de la sensatez que manifestaba Frank en sus delirios.

Ya se había preparado desde hacía tiempo a morir –su debilidad era extrema, había sufrido mucho y estaba resignado, pobre muchacho.

No sé casi nada de su pasado, pero estoy convencido de que su vida debe haber sido ejemplar.

De todos modos, si tengo que juzgarle por lo que he visto aquí, puedo declarar que nadie me hubiera podido aparecer más heroico, más sereno, más amable y cariñoso de lo que demostró ser él en un trance tan difícil, encontrándose con una herida sumamente dolorosa y entre desconocidos.

El, como tantos otros buenos y nobles soldados, después de haber servido a su Patria con las armas, supo ofrecerle el sacrificio de su vida, justo cuando, como una flor, brotaba su juventud.

Hechos como éste son tristes mas acordémonos de aquella frase que dice «Dios escribe derecho por líneas torcidas», cuyo sentido, al final, nos será ampliamente revelado.

He pensado que unas pocas palabras sobre su hijo, querida señora, aunque de la boca de un desconocido que sin embargo ha velado sus últimos instantes, quizás puedan traerle un poco de consuelo y resultarle valiosas. Mi afecto hacia este joven, que se fue casi en el mismo instante en que acababa de conocerle, era verdaderamente grande.

Yo no soy más que un amigo que va por los hospitales procurando aliviar los sufrimientos de enfermos y heridos.

W. W.

32.  RECAPITULACIÓN DE UN MILLÓN DE MUERTOS

 

Todos los que murieron en esta guerra, están aquí, debajo de nuestros pies, en los campos, en los bosques, en los valles, en las tierras del Sur donde enfureció la batalla la península de Virginia, la colina Malvern y Fair Oaks, las orillas del Chickahominy, las laderas de Fredericksburgh, el puente de Antietam, los siniestros barrancos de Manassas, la sangrienta ruta del desierto.

¿Pero dónde están los muertos cuyos cuerpos nunca se hallaron? Son cifras del Ministerio de la Guerra: 25.000 soldados de la Unión desaparecieron en los campos de batalla sin dejar rastro de sí, 5.000 perecieron ahogados, 15.000 fueron enterrados a toda prisa por civiles o militares en lugares de imposible re-localización, 2.000 sepulturas fueron borradas por el fango y las arenas cuando se desbordó el Mississipi, 3.000 desaparecieron con las tierras arrastradas por el río, etc.

Gettysburgh, el Oeste y el Sur-oeste, Vicksburgh, Chattanooga, las trincheras de Petersburgh, las innumerables batallas, los hospitales de campo, hospitales en todas partes la exterminada mies cosechada por aquellos terribles segadores que se llaman tifus, disentería, infecciones y lo más estremecedor, lo más repulsivo: aquellos pozos malditos, iguales para los muertos que para los vivos, cavados en los campos de concentración de Andersonville, Salisbury, Belle-isle, etc. (ni el infierno de Dante, con todo el horror de sus tormentos imaginados, puede superar la escalofriante realidad de aquellos lugares) muertos, muertos, muertos todos nuestros muertos del Norte, del Sur, todos, todos son nuestros todos están en mi corazón gente del Este, del Oeste de la costa Atlántica, del valle de Mississipi ¡qué tristeza pensar en todos aquellos que se arrastraron para ocultarse y morir solos entre los matorrales, en alguna estrecha garganta perdida entre las rocas, detrás de alguna colina (y allá, en los rincones más apartados, de vez en cuando, aún se descubren esqueletos, huesos calcinados, cabellos, botones, reliquias de uniformes militares)!

Nuestros jóvenes, antaño tan hermosos y llenos de vida, nos han sido arrebatados el hijo de su madre, el esposo de la esposa, el amigo del amigo, margaritas de cementerio cubren los campos de Georgia, de Carolina, de Tennessee hay tumbas solitarias en los bosques, las hay bordeando las carreteras (son cientos, miles, ocultas, perdidas, olvidadas), hubo cadáveres que estuvieron flotando en los ríos y luego fueron repescados y enterrados (a docenas flotaron sobre las aguas del Potomac Superior después de los choques de caballería y la persecución de Lee), otros están en el fondo del martodo un millón de muertos, y hay cementerios militares en casi todos los estados el número de los muertos es infinito (el país entero está saturado, perfumado por la exhalación de sus impalpables cenizas destiladas por la química de la naturaleza— y siempre estarán presentes entre nosotros, en cada futuro grano de trigo, en cada mazorca, en cada flor, en nuestra respiración) muertos del Norte en las tierras del Sur –miles y miles de muertos del Sur disolviéndose en el subsuelo del Norte.

En todo lugar, entre los túmulos que llevan nombre y apellidos en los innumerables cementerios militares esparcidos por toda la Nación igual que antaño en las trincheras transformadas en depósitos de cadáveres del Norte y del Sur después de las grandes batallas y no tan solo en los lugares donde el terrible azote de la guerra enfureció a lo largo de tres años sino lejos, donde aparentemente sólo llegaba el eco de la contienda— todos podemos ver, y las futuras generaciones también lo verán, como impera la palabra «desconocido» sobre miles y miles de estelas.

(En algunos sectores de los cementerios, casi todos los muertos son «desconocidos». Por ejemplo en Salisbury, Carolina del Norte, los identificados son 85 y los desconocidos 12.027, de los cuales 11.700 enterrados en fosas comunes. En este lugar, por orden del Congreso, se ha erigido un monumento nacional en honor de todos los que allí yacen pero ¿puede un monumento material devolver a aquellos lugares su perdida dignidad?

 

33. LA VERDADERA GUERRA NUNCA ENTRARA EN LOS LIBROS

 

Y así, ¡adiós guerra!

No sé cómo fue o puede haber sido para los demás. Para mí su esencia la encontré (y sigo repitiéndolo en el templo de la memoria) en el callado sacrificio de los soldados rasos de los dos ejércitos, en los enfermos de los hospitales, en los caídos.

Para mí la revelación de las virtudes que laten en cada uno de los Estados, representados por aquellos dos o tres millones de americanos del Norte y del Sur, muchachos y hombres maduros muy especialmente representados por aquella tercera o cuarta parte alcanzada por heridas o enfermedades tuvo una importancia trascendente, en un orden de cosas muy superior a los intereses políticos en juego. (Pues todas o casi todas las cualidades de una raza se evidencian cuando hay que enfrentarse con la muerte, con el sufrimiento físico y con la enfermedad. Por eso, gracias al rutilante destello de las reflexiones marginales de Plutarco nos resulta más útil, para comprender en profundidad el mundo antiguo, su obra emocional y no los rigurosos anales de su acontecer históricos).

Las generaciones futuras nunca conseguirán formarse una idea de aquel infierno, del sombrío y diabólico clima de tantos episodios menores, de ciertas interioridades secretas de la fría y convencional cortesía de los Generales, del mecanismo oculto que determinó el desarrollo de ciertas batallas en una palabra, nunca llegarán a conocer la realidad de la Guerra de Secesión, y es mejor que sea así la verdadera guerra nunca entrará en los libros.

En el chato y aburguesado clima de nuestros días, se está desvaneciendo hasta la intensa emoción que despertaba el recuerdo de aquellos acontecimientos trascendentales.

He gastado noches enteras velando enfermos en los hospitales, al lado de gente que tenía las horas contadas. He visto el destello ardiente de sus ojos, cuando la emoción del recuerdo conseguía vencer la postración y daba fuerza milagrosa a los heridos para incorporarse a relatar atrocidades padecidas por otros, o describir las horrendas mutilaciones que desfiguraban sus cadáveres (ver, el episodio de Upperville. Los cadáveres de aquellos diecisiete fueron dejados allí donde cayeron, nadie quiso tocarlos, y sin embargo todos quisieron estar bien seguros de su muerte. Si alguien se preocupó de enterrarlos, cosa poco probable, no fue ningún militar).

Así fue la guerra. No un minueto meticulosamente orquestado. Su historia secreta nunca saldrá a la luz en las páginas de un libro ciertos hechos, ciertos acontecimientos, ciertos detalles pasionales permanecerán para siempre ocultos.

El auténtico soldado de los años 1862/65, tanto del Norte como del Sur, con sus modales, su increíble audacia, con costumbres, usos, gustos, lenguaje, con su fiero sentido de la amistad, sus apetitos, su temple salvaje, su soberbia animalidad, hundido en los claroscuros de los campos de batalla, nunca llegará a ser descrito en primer plano. Quizás sea mejor así, quizás no se deba.

Es probable que mis apuntes abran una fugaz posibilidad de hacer conocer aquella vida, aquellos terribles «aparte» que nunca pasarán a la historia, pero no estoy muy seguro de ello.

Sin embargo todo aquello que se refiere a los hospitales, desde el 61 al 65, merece ser recordado.

La multiformidad y complejidad de la tragedia, salpicada de súbitos y sorprendentes golpes de escena, de acontecimientos que contradecían lo previsible, de momentos de desesperación, de miedo a posibles interferencias extranjeras, las interminables campañas, las sangrientas batallas, los ejércitos demasiado grandes e inexpertos para ser maniobrados con eficacia, el constante reclutamiento de hombres para cubrir las bajas todo presupuesto económico quedaba desbordado por la lluvia violenta y pertinaz de unos gastos imperativos y, en los últimos tres años de lucha, a lo largo y a lo ancho de todo el territorio, el inacabable y universal llanto fúnebre de las mujeres, de los padres, de los huérfanos la esencia de la tragedia cada vez más concentrada en aquellos hospitales militares (parecía, a veces, que lo esencial del país, lo mismo en el Norte que en el Sur, estuviese concentrado en un inmenso hospital central, todo lo demás no era más que circunstancia accidental)— todo esto forma la historia no escrita de la guerra algo infinitamente superior (como la vida misma) a los escasos y desfigurados episodios fragmentarios que suelen constituir la materia de todo relato histórico.

Hay que pensar en lo sagrado que debe parecernos y, desde el punto de vista civil y militar desde luego lo ha sido el sacrificio de quien, sepultado debajo de nuestros pies, desde las tinieblas eternas sustenta nuestra luz.

 

Walt Whitman, Sobre la Guerra de Secesión (1861-1865), Zaragoza, Editorial Litho Arte, 1976.

 


Svetlana Alexiévich

LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER

Introducción y selección de textos: Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

 

 

Agredir a otro ya es un desorden, un movimiento del psiquismo que se concreta en físico. Pareciera que tal disposición nos viniera en los genes, navega por la sangre y hace fuego en las manos y en la voz. Los sistemas se activan de diversas maneras, van desde el gesto descompuesto, la intemperancia verbal, hasta la invasión a la otra corporeidad, bien sea con los propios miembros, o con instrumentos, especializados o no, para socavar al contrincante. Un puño, una piedra, un leño, un cuchillo, un arma de fuego, cualquier cosa que proyecta la pasión destructiva. Irrumpir con  violencia es levantar bandera en los despojos ajenos, es declararse superior ante el más débil, desprevenido, o víctima propiciatoria. Desde el más tierno infante —perverso polimorfo, en términos rotundos de Freud— cuando hace pataleta, araña y muerde a la madre o teatraliza para que castiguen al hermanito mayor, hasta el más vil sociópata, la carga belicista está presente en la cotidianidad. Hace parte de nuestra energía libidinal, nos insta a pararnos firmes sobre la tierra, a defender, por las buenas o por las malas, nuestro patrimonio tangible e intangible. A cualquier ser humano, por inteligente, culto y pacifista que sea, en algún momento se le puede salir el tigre y activar su potencial agresivo. No ceder ante la provocación, pasar como un ángel ante la arbitrariedad, la ignominia, o la discriminación, linda con el estoicismo o el espíritu pusilánime.

Matar es un verbo tabú, porque se sale de lo normal, así se haya tratado de legitimar con textos superpuestos, como la patria, la religión, la propiedad, el poder, los códigos de honor, la raza y la tradición. Matar descompensa, se vuelve noticia, rompe diques familiares y sociales, paraliza fracciones de tiempo, complica a los vivos con el peso y los humores de los muertos. Se cambia de aire, de color, de ritmo. Los duelos se prolongan, las campanas doblan sobre los techos y el corazón de las palomas. Matar es un gran desorden, un remolino tratando de encontrar un nuevo cauce de equilibrio. Viene la media asta, el sostenido de trompeta fúnebre, los rostros compungidos y los sobretodos negros. A veces, la medalla de honor, las palabras encendidas, pero en la cima del climax, se campea el silencio de sabernos impotentes frente a la tarea precisa de Caronte, el aciago barquero, capitán de la muerte. Matar un hombre nos disminuye, ha dicho el poeta, porque matar a un hombre, es matar un universo: de afectos, posibilidades, deseos, noches y amaneceres. Sumatoria de domingos, como una tregua, de las pequeñas agonías laborales, incensarios de sábados, con el vino y los cuerpos en combustión de fiesta. La nada, si es posible la nada, donde una vez habitaron la sorpresa y el péndulo.

Svetlana Aleixiévich es una mujer bielorrusa, que el próximo año arribará a los setenta. Es periodista y escritora, en el año 2015 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura. Se paseó por las estepas y las ciudades de la antigua Unión Soviética, con grabadora y bitácora, auscultando la voz entrecortada de las veteranas de la segunda guerra mundial, aquella que libraron muchas mujeres, ante la invasión nazi y que dejó millones de muertos, dispersos entre la nieve y las trincheras. Mujeres jóvenes, algunas apenas saliendo de la adolescencia, que nunca imaginaron siquiera con empuñar un arma, se vieron envueltas en batallas dantescas, resistencias inverosímiles y heroísmos, que en medio de la nefasta conflagración, dejan esa mínima impronta de humanidad, a la que acudimos cuando todo se derrumba, menos la pavesa, tímida y oscilante de la compasión. De su libro “La guerra no tiene rostro de mujer” he seleccionado algunos textos que bien pueden funcionar como pequeñas crónicas, minificciones, hasta poemas, para que nuestros innúmeros lectores pongan en balanza esas dos palabras que León Tolstoi, otro ruso insigne, nos dejó para siempre: guerra y paz.         

*****

“No queremos que se compadezcan de nosotras. Tenemos nuestro orgullo. Que reescriban la historia las veces que quieran. Con Stalin o sin él. Pero esto siempre quedará: ¡Vencimos! Al igual que nuestros sufrimientos. Lo que habíamos aguantado. No es chatarra, ni cenizas. Es nuestra vida. Y ya no digo ni una palabra más.

"Me marcho con un paquete de empanadas bajo el brazo. Son siberianas. Especiales. No las encontrarás en una tienda… Además he recibido otra larga lista de nombres y teléfonos: Estarán encantadas de hablar conmigo. Te estarán esperando. A ver si me explico: recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible.

"Ahora entiendo por qué a pesar de todo ellas eligen hablar…”

*****

“No me falta metal dentro del cuerpo… Los combates de Vitebsk me dejaron de recuerdo un buen puñado de metralla. La llevo en el pulmón, a tres centímetros del corazón. También en el pulmón derecho. Dos trozos más en el vientre…

"Aquí tiene mi dirección… Venga a verme. No puedo continuar escribiendo, las lágrimas me impiden ver el papel…”

*****

“Recuerdo cuando viajamos al frente… Un camión lleno de chicas, un gran camión con cubierta de lona. Era de noche, la oscuridad, las ramas de los árboles golpeaban la lona, la tensión era enorme, parecía que eran balas que nos disparaban… Con la guerra las palabras y los sonidos cambiaron de significado… La guerra… ¡Nunca dejaba de estar cerca! Decíamos 'mamá' y la palabra cobraba otro sentido, decíamos 'casa' y el sentido también era otro. Se les había añadido alguna cosa. Se les sumo más amor, más miedo. Algo más…”

*****

“Yo era una niñita de mamá… Nunca había viajado fuera de mi ciudad, nunca había dormido en una casa ajena, y de pronto me había convertido en la médico subalterna de una batería de morteros. ¡Lo mal que lo pasaba! Los morteros empezaban a disparar y al instante me quedaba sorda. Tenía la sensación de que mi cuerpo se estaba quemando. Me sentaba en el suelo y susurraba: Mama, mama… mama. Estábamos acampados en el bosque, por la mañana había tanto silencio, se veía el rocío. ¿Quién hubiera dicho que estábamos en la guerra? Tan bonito, tan pacífico era el paisaje…

"Nos ordenaron vestirnos de uniforme, yo mido un metro cincuenta. Cuando me metí dentro del pantalón, las otras chicas consiguieron atármelo por encima de la cabeza. Así que seguí con mi vestido, me escondía de los superiores. Finalmente acabé en la celda de arresto por haber incumplido la disciplina militar…”

*****

“Trajeron un herido… Estaba tumbado en la camilla, el vendaje le cubría casi por completo, había recibido una herida en la cabeza y se le veía muy poco la cara. Un poquito. Por lo visto, le recordé a alguien, se dirigió a mí: 'Larisa… Larisa… Larisa…' Supongo que se trataría de la chica a la que quería. Y yo me llamaba justo así, pero yo sabía que jamás me había cruzado con ese hombre…Pero me llamaba a mí. Me acerqué, no comprendía lo que ocurría, intentaba aclararme. '¿Has venido? ¿Has venido?' Cogí sus manos, me incliné hacia él… 'Sabía que vendrías…' Me susurraba algo, yo no entendía que decía. Me cuesta contarlo, cada vez que me acuerdo de aquel momento, los ojos se me llenan de lágrimas. 'Cuando me marché al frente —dijo no tuve tiempo de darte un beso. Bésame…'

"Le besé. Se le escapó una lágrima que se escurrió hacia el vendaje y desapareció. Y ya está. Murió…”

*****

“La gente no quería morir…Nosotras respondimos a cada gemido y a cada grito. Una vez un herido, al sentir que se moría, me agarró así, por el hombro, me abrazó y no me soltaba. Él creía que si alguien estaba a su lado, si la enfermera estaba con él, la vida no se le iría. Pedía: 'Cinco minutos más, dos minutos más de vida…' Unos morían sigilosamente, sin hacer ruido; otros gritaban: '¡No quiero morir!'. Soltaban palabrotas: 'La madre que te…' Uno de repente se puso a cantar…Entonó una canción moldava…La persona muere, pero no piensa, no puede creer, que se está muriendo. Aun así, yo veía cómo desde abajo del pelo se expandía un color amarillo, amarillo intenso, como una especie de sombra, primero le cubría el rostro, luego iba bajando…Se quedaba allí, muerto, y su rostro expresaba la sorpresa, como si aún se preguntara: '¿Cómo es posible que yo me muera? ¿De verdad estoy muerto?'"       

*****

“Los alemanes nos cogían prisioneras a las mujeres militares… Las fusilaban. O las paseaban ante sus tropas, mostrándolas. 'No son mujeres, son unos monstruos'. Siempre nos guardábamos dos cartuchos para nosotras, dos, por si el primero fallaba…

“Capturaron a una de nuestras enfermeras… Un día más tarde conseguimos arrebatarles esa aldea. Por todas partes encontramos caballos muertos, motocicletas, vehículos blindados. La encontramos: le habían arrancado los ojos, le habían cortado los pechos… Le habían metido un palo… Hacía mucho frío, ella era muy blanca y tenía el pelo canoso. Tenía diecinueve años.

“En su bolso encontramos las cartas de su familia y un pajarito verde, de goma. Un juguete…”

*****

"¿Sabe qué es lo que más recuerdo?  ¿Lo que se me quedó grabado en la memoria? El silencio, el increíble silencio de las salas donde estaban los heridos graves… Los más graves… No hablaban entre ellos. Muchos estaban inconscientes. Aunque la mayoría de ellos simplemente guardaban silencio. Estaban pensando. Tenían la mirada fijada en un punto y reflexionaban. Les llamábamos y no nos oían .

“¿En qué estarían pensando?”

*****

“Ardían los bosques y los campos… Humeaban los prados. Vi perros y vacas quemados…Un olor insólito. Desconocido. Vi… los barriles con los tomates y las coles quemados. Ardían los pájaros. Los caballos… Todo… Las carreteras estaban llenas de objetos negros, quemados. Había que acostumbrarse a ese olor…

"Comprendí entonces que cualquier cosa puede arder… Incluso la sangre…”

*****

“Durante un bombardeo se nos acercó una cabra. Se acercó hasta el lugar donde nos escondíamos y se tumbó. Simplemente se tumbó a nuestro lado y balaba. Dejaron de bombardear, la cabra nos siguió, no se apartaba de la gente: era otro ser vivo asustado. Llegamos a un pueblo y allí se la ofrecimos a una mujer: 'Quédesela, nos da mucha pena'. Queríamos salvar a la cabra…”

*****

“Tomamos una aldea… Buscábamos agua. Entramos en un patio donde habíamos divisado un pozo con cigoñal. Un pozo artesanal, tallado a mano… En el patio yacía el dueño de la casa, fusilado… A su lado estaba sentado su perro. Nos vio y comenzó a gañir. Tardamos en comprender que nos estaba llamando. El perro nos llevó a la casa… En la puerta hallamos a la mujer y a tres niños…

"El perro se sentó y lloró. Lloró de verdad. Como lloran los humanos…”

 

Alexiévich, Svetlana (2015). La Guerra no tiene rostro de mujer. Bogotá, Penguin Random House Grupo Editorial.

 


Bob Dylan

CRÓNICAS vol. 1 (fragmento)

 

1. PULIR LA PARTITURA

 

LOU LEVY, el hombre de Leeds Music Publishing, me llevó en un taxi al Pythian Temple en la calle 70 Oeste para mostrarme el diminuto estudio donde Bill Haley and His Comets habían grabado Rock Around the Clock, luego hacia abajo al restaurante de Jack Dempsey en la esquina de la 58 con Broadway, donde nos sentamos, frente al ventanal, en un reservado con asientos tapizados de cuero rojo.

Lou me presentó a Jack Dempsey, el gran boxeador, que sacudió el puño hacia mí.

–Te ves demasiado ligero para un peso pesado, tendrás que ponerte unas cuantas libras. Estás muy flaco para ser un peso pesado. Vas a tener que vestir con finura, que se te vea más elegante —aunque de ninguna manera necesitarás mucha ropa cuando estés en el ring—. No tengas miedo de golpear a alguien demasiado fuerte.

–No es boxeador, Jack, es cantautor y vamos a editar sus canciones.

–Ah, ya, bueno, espero escucharlas un día de estos. Buena suerte, muchacho.

Afuera el viento soplaba con fuerza, dispersando jirones de nube, arremolinando la nieve bajo las farolas rojas de la calle, alrededor del forcejeo de los habitantes de la ciudad arrebujados en sus abrigos, pregoneros de cachivache con orejeras de piel de conejo, vendedoras de castañas, envueltos en el vapor que ascendía de las alcantarillas.

Nada de eso parecía importante. Acababa de firmar un contrato con Leeds Music en el que les cedía los derechos para editar mis canciones, aunque en realidad no es que hubiera mucho que ceder. No había compuesto gran cosa hasta entonces. Lou me había anticipado cien dólares de las regalías al firmar el documento y me parecía bien.

John Hammond, que me había llevado a Columbia Records, me había presentado a Lou, pidiéndole que se ocupara de mí. Hammond sólo había escuchado dos de mis composiciones originales, pero tenía el presentimiento de que habría más.

De vuelta en la oficina de Lou, abrí el estuche de la guitarra, la saqué y empecé a rasguear las cuerdas. La habitación estaba atestada de pilas de cajas con partituras, fechas de grabación de artistas en los tablones de anuncios, discos laqueados, acetatos con etiquetas blancas desperdigados por doquier, fotos de artistas firmadas, retratos satinados –de Jerry Vale, Al Martino, The Andrew Sisters (Lou estaba casado con una de ellas), Nat King Cole, Patti Page, The Crew, Cuts–, un par de grabadoras de carrete y un enorme escritorio de madera oscura con un revoltijo de cosas. Lou dispuso un micrófono en el escritorio delante de mí y enchufó el cable a una de las grabadoras de cinta, mascando en todo este tiempo un gran cigarro, exótico.

–John tiene grandes planes para ti –dijo.

John era John Hammond, el gran cazatalentos y descubridor de artistas colosales y figuras destacadas en la historia de la música grabada: Billie Holliday, Teddy Wilson, Charlie Christian, Cab Calloway, Benny Goodman, Count Basie, Lionel Hampton... Artistas que habían creado una música de gran resonancia en la vida americana. Él había puesto todo a la vista del público. Hammond había dirigido incluso las últimas sesiones de grabación de Bessie Smith. Él formaba parte de la más pura y legendaria aristocracia americana. Su madre era una Vanderbilt original, y John se había levantado con todas las comodidades y facilidades en el seno de la alta sociedad, pero no estaba satisfecho y había seguido la pasión de su vida, la música, preferentemente el rítmico zumbido del hot jazz, espirituales y blues, que apoyó y defendió contra viento y marea. No dejaba que nadie se interpusiera en su camino, pues no tenía tiempo que perder. Yo apenas podía creer que estuviese sentado en su oficina firmando con Columbia Records, se me antojaba todo tan asombroso. Temía que fuera fruto de mi imaginación.

Columbia era una de las primeras y más importantes compañías discográficas del país y para mí conseguir poner mi pie en la puerta era algo serio. De entrada, la música folk se consideraba un género menor, de segunda categoría, digna únicamente de los sellos pequeños. Las grandes discográficas editaban estrictamente para la élite, música previamente desinfectada y pasteurizada. Alguien como yo nunca sería admitido excepto en circunstancias extraordinarias. Pero John era un hombre extraordinario. No hacía música para escolares ni de artistas escolares. Tenía visión y olfato, me había visto y escuchado, captaba mis pensamientos y tenía fe en las cosas por venir. Explicó que me veía como alguien en la larga fila de la tradición, la tradición del blues, el jazz y el folk, y no como un novedoso niño prodigio de vanguardia. En ese entonces no había ninguna vanguardia. Las cosas estaban bastante adormecidas en la escena musical americana de finales de los cincuenta y principios de los sesenta. La radio popular se hallaba en una especie de punto muerto, estancada en una programación llena de cumplidos vacíos. Fue años antes de que los BeatIes, los Who o los Rolling Stones infundieran nueva vida y emoción a todo esto. Lo que yo tocaba por entonces eran ásperas canciones folk con porciones de fuego y azufre, y no hacían falta encuestas para saber que no encajaban en absoluto con lo emitido por las emisores de radio ni se prestaban a la comercialización. Sin embargo, John me dijo que esas cosas no contaban en su lista y que él entendía todas las implicaciones de lo que hacía.

"Entiendo la sinceridad", es lo que dijo. John habló en un tono rudo y brusco, pero con un brillo de empatía en la mirada.

Recientemente había fichado a Pete Seeger para la compañía discográfica. Aunque no lo había descubierto, pues Pete ya llevaba tiempo en escena. Había sido integrante del popular grupo de folk The Weavers, y pese a que el senador McCarthy lo había puesto en su lista negra en esos tiempos difíciles, Pete no paraba de trabajar. Hammond se mostraba desafiante cuando hablaba de Seeger, que los antepasados de Pete habían llegado en el Mayflower, que sus parientes habían luchado en la batalla de Bunker Hill, ¡por el amor de Dios! «¿Puedes creer que esos hijos de puta lo incluyeron en la lista negra? Deberían ser bañados y emplumados en alquitrán.»

"Te voy a dar todos las pistas", dijo. Eres un joven con talento. Si puedes centrarte y controlar ese talento, todo irá bien. Voy a contratarte y a grabar tus canciones. Veremos qué pasa.

Me parecía suficientemente bueno. Puso un contrato ante mí, el habitual, y lo firmé allí mismo sin entretenerme en los detalles; no necesitaba abogados, asesores ni nadie mirando por encima de mi hombro. Habría firmado con gusto cualquier documento que me pusiera delante.

Consultó el calendario, escogió una fecha para empezar a grabar, la señaló y la rodeó con un círculo, me indicó la hora a la que debía llegar y me recomendó que pensara en lo que quería tocar. Entonces llamó a Billy James, el jefe de publicidad de la compañía, y le pidió que apañara un texto promocional sobre mí, cosas personales para un comunicado de prensa.

Billy vestía Ivy League, ropa cara, como recién salido de Yale, era de estatura media y lucía una encrespada cabellera negra. Daba la impresión de que nunca le habían apedreado en su vida ni había estado involucrado en ningún tipo de problemas. Entré a su oficina, me senté frente a su escritorio y BilIy trató de sonsacarme ciertos datos, como si esperara que yo se los facilitase sin reservas. Sacó una libreta y un lápiz y me preguntó de dónde era. Le dije que de Illinois y lo anotó. Me preguntó si había desempeñado algún otro trabajo y le contesté que había tenido una docena de ocupaciones, que una vez había manejado una camioneta de panadería. Lo escribió y me preguntó si había algo más. Respondí que había trabajado de albañil y quiso saber dónde.

–Detroit.

–¿Viajaste mucho?

–Sí.

Me preguntó por mi familia, de dónde eran. Le respondí que no tenía ni idea, que habían muerto tiempo atrás.

–¿Cómo era tu vida en casa?

Le dije que me habían echado.

–¿Qué hacía tu padre?

–Era electricista.

–Y tu madre ¿qué hay acerca de ella?

–Ama de casa.

–¿Qué tipo de música tocas?

–Música folk.

–¿Qué tipo de música es la música folk?

Le expliqué que se trataba de canciones transmitidas de generación en generación. Odiaba este tipo de preguntas. Sentía que podía ignorarlas. BilIy no las tenía todas consigo y poco me importaba. No me sentí como si respondiera a sus preguntas de todos modos, no sentía la necesidad de explicar nada a nadie.

–¿Cómo has llegado hasta aquí?, me preguntó.

–Me monté en un tren de carga.

–¿Uno de pasajeros, quieres decir?

–No, de carga.

–¿Quieres decir, como un vagón?

–Sí, un vagón. Igual que un tren de carga.

–Okay, un tren de carga.

Miré más allá de Billy, más allá de su silla, por la ventana, al otro lado de la calle, un edificio de oficinas donde divisé a una frenética secretaria que garabateaba afanosamente sobre un escritorio, con aire absorto. No había nada graciosos en ello. Hubiera querido tener un telescopio. Billy me preguntó con quién de la escena musical actual me identificaba. Con nadie, le dije. Esta respuesta, en particular, era verdadera; realmente no me veía a mí mismo como nadie. El resto de todo esto, no obstante, era pura tontería, charla de majadero.

No había venido en un tren de carga en absoluto. Lo que había hecho era cruzar el país desde el Medio Oeste, en un sedán de cuatro puertas, un Impala del 57, impulsado desde Chicago, recorriendo ciudades humeantes por todo el camino hacia el este, carreteras sinuosas, prados cubiertos de nieve, cruzando los límites estatales de Ohio, Indiana y Pensilvania, en un viaje de veinticuatro horas, sesteando durante la mayor parte del trayecto en el asiento trasero, charlando el resto del tiempo. Mi mente se fijaba en intereses secretos... hasta cruzar el puente George Washington.

El carrazo frenó en un punto de la otra orilla y me bajé. Cerré la puerta detrás de mí y, estando abajo, sobre la nieve dura, ondeé una despedida con la mano. El viento cortante me golpeó en la cara. Finalmente estaba allí, en la ciudad de Nueva York, una ciudad como una telaraña, una ciudad intrincada de entender, y yo no sería el primero en intentarlo.

Estaba allí para encontrarme con aquellos cantantes que había escuchado en discos, Dave Van Ronk, Peggy Seeger, Ed McCurdy, Brownie McGhee y Sonny Terry, Josh White, The New Lost City Ramblers, Reverend Gary Davis y muchos otros, sobre todo para conocer a Woody Guthrie. Nueva York, la ciudad que iba a transformar mi destino, la moderna Gomorra. Estaba comenzando, estaba en el punto de partida, pero de ninguna manera era un novato.

...

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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