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Carlos Fajardo Fajardo

LA BALADA:

EDUCACIÓN SENTIMENTAL DE UNA ÉPOCA

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Álvaro Neil Franco

LOS CAMINOS DEL TANGO

Primero hay que saber sufrir,

después amar, después partir

y al fin andar sin pensamientos…

Homero Expósito

Para mi tío Luis Humberto Forero Pineda

 

Un hombre cuyos pies eran dos caballitos de mar, abrió en mi vida los caminos del tango. De barba roja poblada por hormigas arrieras y sombrero negro gardeliano, para burlar el sol de la violencia. Sus grafonolas trajeron de Caracas el ladrillo que sigue sosteniendo la historia de mi cuadra. Ladrillo habitado por enredaderas que parieron gusanos perejiles que me curaron de los nervios, cabros que lanzaban sus pelos  a mi rostro quebrado por montañas. Ladrillo sentado que prefería la cárcel al cementerio, porque de la primera algún día se sale; pero del segundo no. Ladrillo  donde se acostaba a dormir el sol de los venados, envuelto en una trenza que trajo este dolor hermoso que llamamos los días.

Ladrillo que en la voz de Jaime subía hasta la luna, y repartía recuerdos en las luces que todavía iluminan los fantasmas del ferrocarril. Yo he viajado sin descanso, sin destino, por esas luces donde mis abuelos se dieron el beso del adiós. He perseguido con  desespero de falena y de Malena, la memoria de la vieja cantando tangos mientras lavaba la ropa, como despidiendo una alondra que ya no soportaba en sus manos,  el farol que José Salvador se llevó para la vereda de enfrente, la Navidad y el Año Nuevo que sus palabras de bohemio sembraron en mi alma de niño, el amor por las muñecas de loza que le partieron  la ilusión a su corazón bordado con flores de naranjo.  

Ladrillo rojo con que Luis Humberto me calentó el corazón en mis cuartos azules de La Candelaria. Cuartos alumbrados por las  luciérnagas  de Silva, con ventanas donde llegaban los amigos a compartir la soledad de sus esquinas, y la soberbia de los muslos de Kathy guardaba la esperanza de salir adelante, donde las goteras de vino nos metían la dicha hasta la humedad de los huesos. Cuartos azules que resuenan en mis pasos gastados de tanto girar alrededor de nada.

 


 

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

JOSÉ BENITO BARROS, JUGLAR DEL CARIBE

EN EL CENTENARIO DE SU ARRIBO

Cantamos para no morir, para que el mundo no se acabe

Tradición de la filosofía Kogui,

de la Sierra Nevada de Santa Marta

 

La vida con sabor a cumbia, a calles alumbradas por el color de la luna y los recuerdos de los abuelos. Las tardes de nostalgia acompañadas por la evocación de un amor lejano, perdido, no olvidado, como en la sentencia de Borges: una cosa no hay, es el olvido. Los múltiples caminos de un trashumante precoz, el tiempo con su tejido inconsútil, la cotidianidad caribe, tan cercana al realismo mágico, los ríos y el mar, los pueblitos ribereños, de cara al sol, con chinchorro, mecedora y taburete para contemplar y cantar la vida que pasa en tren o en piragua, rumbo a la mar que es el morir, como diría con acierto Jorge Manrique. Todo ello y quizás otro tanto fue el motivo para que José Benito Barros pasara por el desierto cantando, como es la misión de un juglar. Hace cien años arribó el cantor, a su ribera de gran río, con llanuras indómitas, y destinos cruzados. Llegó para pulsar el ritmo de la música y la poesía porque supo mezclar los elementos raizales de la tradición caribeña y darles la altura suficiente para soportar el paso del tiempo. 

A manera de homenaje, de grata evocación, hemos querido comentar algunas de sus canciones más representativas; textos que en su letra y en su música hacen parte del tesaurus nacional. Se sugiere con respeto a los acuciosos lectores de nuestra revista que en la medida que vayan deshojando estas palabras se acompañen de un cancionero –como en los viejos tiempos- para que puedan sopesar y saborear la poesía de un hombre sencillo que le cantó a todo aquello que su entorno le ofreció y que él supo descifrar y traducir en obras de arte, que no por ser populares, en el mejor sentido, se han vestido con los mejores atuendos y se han escuchado en lugares de privilegio. Decía un famoso compositor mexicano que si Barrios hubiese nacido en ese país, se le hubiese tratado como a un príncipe. Pues bien, aquí sabemos que vivió con mínima holgura en El Banco, Magdalena, cerca de sus pescadores y sus iguanas, y que se fue a entregar su mínimo equipaje de juglar a las arenas blancas de Santa Marta. Barros llenó buena parte del siglo XX de música bien hecha y bien pensada, razón por la cual las mejores orquestas del continente, con sus voces más representativas interpretaron sus cumbias, sus porros, sus boleros, sus tangos y sus pasillos:

El PESCADOR: Difícil decirlo con la fonética de las palabras. Es preciso oír esta canción que tiene cabriolas de mar y hechizo de noche caribeña. Digamos que es el pulso del hombre común, aquel que en una canoa, un bote o una piragua, se hace al río o a la mar para recoger el sustento. Pero no va solo, le acompaña la luna, la playa y su gran tesoro: su atarraya. Épica del hombre cotidiano, del héroe descalzo y espalda desnuda frente a los elementos, el mismo que encarna el verso de Aurelio Arturo, nuestro juglar andino: trabajar, un pretexto para no irse del río.    

El río Magdalena como testigo de la vida de un poeta, soñador y vocero lúcido de su pueblo: José Benito Barros Palomino. Recibido por una comadrona, Fermina Socarrás, el 21 de marzo de 1915, en El Banco Magdalena. Su padre fue el comerciante portugués Joao María Barros Traveceido y su madre, Eustasia Palomino. Fue el menor de cinco hijos, criado por su hermana Clara, pues los padres fallecieron en su niñez. Para colaborar con el sostenimiento familiar cantaba en las plazas de mercado, en el puerto o en las casas de familias adineradas del pueblo. Con el tiempo fue aprendiendo a tocar varios instrumentos musicales, entre ellos la guitarra, y se dedicó a ofrecer serenatas a las jóvenes de la comarca.

PESARES: La primavera de mi corazón contigo no tuvo perfumes. Tonada del corazón partido y entablillado. José Barros cuenta que compuso este hermoso pasillo en algún muelle, mirando las aguas, en apariencia tranquilas, pero turbulentas del río Magdalena. Entonces recordó alguno de sus viejos amores, a la mujer que le dio un par de hijos y al evocar los momentos dolorosos de la ruptura, sólo pudo decirle, a manera de reproche, que su amor sólo le había dejado pesares. ¿Y qué amor deja algo distinto a los pesares? El amor es esa encrucijada de sentimientos y emociones, pérdidas y ganancias, cielos e infiernos, tesis y antítesis que al final, a manera de balance, nos deja el verso de Lope de Vega: creer que un cielo en un infierno cabe/ dar la vida y el alma a un desengaño/ esto es amor; quien lo probó lo sabe. Pesares tiene además un rasgo adicional, no es una cumbia, ni un porro, es un pasillo andino, lo que muestra la versatilidad de nuestro juglar caribeño.

A los 17 años José Barros se trasladó a Santa Marta, desde donde quiso viajar a otros lugares, pero la milicia obligatoria se lo impidió. A su regreso a El Banco mantenía el anhelo de conocer lejanas tierras, y una madrugada, en plena fiesta, decidió embarcarse como polizón en el barco Medellín, que llegaba de Barranquilla y continuaba viaje hacia Honda; no logró llegar a su destino pues en el puerto de Barrancabermeja lo bajaron. Esta parada lo llevó a conocer en esa ciudad músicos que estaban allí por circunstancias parecidas. Entonces formó parte de grupos dedicados a tocar en los bares. De allí partió a Segovia, Antioquia, en busca de oro. Luego de un año se enrumbó a Medellín, participó en un concurso de canción inédita en la Voz de Antioquia y ganó con la canción El Minero.

ARBOLITO LINDO DE NAVIDAD: Epifanía de los diciembres. La infancia trepada al corazón en forma de musgo y de juguete. La oscilación mágica de las luces, más allá de los ojos, quizás hacia ese rincón olvidado y siempre recuperado de los años que ya se nos convirtieron en mitología cotidiana, porque el arbolito lindo de navidad es la voz congregante de la madre, el ladrido y las cabriolas del perro, entre feliz y asustadizo, jugando con los aparejos decembrinos, las aromas únicas de esa fiesta sagrada y pagana a la vez, en fin, esas voces que quedaron fosilizadas en el cofre de la memoria.

Su siguiente destino fue Bogotá, ya para la década de los cincuenta, cuando compartió residencia con otro músico costeño, el tamborero Jesús Lara Pérez, Túmbele. En la capital constató que la música costeña estaba entrando con fuerza al interior del país. Por esos días compuso su célebre canción El gallo tuerto. El macondismo, que a muchos hoy les avergüenza, quizás por su carga provinciana y folclórica, tiene en esa pieza su nota antológica: cocorocó cantaba el gallo, cocorocó, en la cocina, posee reminiscencias de García Márquez y Héctor Rojas Erazo, otro par de caribes que entendieron desde siempre que buena parte de nuestra poesía se ha levantado desde el patio de la casa y que esos íconos de la cotidianidad no son otra cosa que amuletos consubstanciales a nuestra idiosincrasia , a medio camino entre el romanticismo decimonónico y el carnaval que nos atalaya detrás del árbol de mango.

EL VAQUERO: Se oye un pregón, es el hombre de las grandes sabanas de Bolívar, arreando su ganado hacia nuevos pastos. Lo acompaña el amor y un lucero. El primero con sus mínimas dichas, sus trampas y sus mitologías, sus pesares íntimos y quizás, sus alegrías, así sean ilusorias. El segundo, como la lucecita que alguna vez se nos enciende a los seres humanos que vamos por la vida, igual que los vaqueros, arreando en ocasos o en madrugadas, todo aquello que amamos y luchamos en la faz de la tierra.

José Benito Barros es de esos artistas que brillan con luz propia. Ochocientas composiciones musicales, de versátiles partituras, en diferentes géneros que abarcan cumbias, boleros, pasillos, tangos, merengues, porros, vallenatos, rumbas criollas, suficientes para figurar al lado de los grandes artífices de nuestro imaginario popular latinoamericano: Agustín Lara, quien le profesaba una ferviente admiración, Rafael Hernández y Pedro Flórez, los dos juglares boricuas, gestores de tantas y tantas canciones que ruedan diariamente por Nuestra América, como el agua sobre las piedras; Chabuca Granda que con su Flor de la Canela nos ha llenado el espíritu de fragantes aromas; Simón Díaz, que debe galopar todavía en su caballo viejo por las estepas del amor; el compadre José Alfredo Jiménez, que desde su lejana montaña sigue siendo el jinete y el vigía de los más hondos sentimientos del hombre de a pie. Junto a esa pléyade exquisita está sentado nuestro juglar caribeño, el maestro José Benito Barros, como se le llama con justo reconocimiento.

BUSCO TU RECUERDO: Si hay un bolero inmenso compuesto en Colombia, quizás al lado de Te busco y Cuando voy por la calle, ese es Busco tu recuerdo. Lo inmortalizó Charlie Figueroa, ese mozalbete precoz en la vida y en la muerte, que al decir de José Barros, murió de “debilidá”, así en franca fonética caribe. Busco tu recuerdo es la saudade, el duelo romántico de aquello que se nos fue como el agua entre las manos o el pájaro por el tragaluz de la razón. Queja ontológica por la pérdida, por la ausencia del ser amado, reclamo para que vuelva a llenar el vacío. En esa canción, como en todas sus composiciones, el maestro Barros tiene un manejo admirable de la poesía. Es, por supuesto, la poesía del hombre común, pero hecha con altura, sin el menor asomo de vulgaridad. Por eso quizás su música  puede moverse en todos los estratos sociales y culturales, le llega al intelectual como al hombre de escasas letras, porque su lenguaje es sencillo, directo; sus símiles y metáforas las arranca de los elementos cotidianos, pero las viste con una elegancia que pudiera tener una ñapanga o un príncipe negro o indio. Poesía y música populares, pero bien hechas, jamás ordinarias o chapuceras. Prueba de ello, esta joya del lenguaje y de la música, cantada y danzada por innúmeras generaciones del continente:

MOMPOSINA: Interpretada por otro colombiano de pro, el barranquillero Nelson Pinedo, acompañado por la decana de las orquestas de América, La Sonora Matancera. En alguna ocasión el lingüista y gran maestro de generaciones, Jaime Bernal Leongómez, a la sazón decano del Seminario Andrés Bello, nos dijo con vehemencia que había versos de la música popular que ya los hubiera querido soltar de su estilográfica un Neruda o un Borges. ¿No sería el caso de mi vida está pendiente de una rosa, porque es hermosa y aunque tenga espinas?: la poesía, que tiene innúmeros vericuetos para fundar su propia estética de la recepción, propició aquí una alquimia magnífica entre lo vernáculo y lo canónico. A veces suceden logros espontáneos que los poetas de reconocimiento no pueden menos que festejar, como el de algún bolero centenario que dice que el odio no es más que amor triste, o esa perla que parece sonsacada de algún inventario de Borges: estando contigo me olvido de todo y de mí. La Momposina es un poema cantado, quizás el más leído por el colombiano que no se ha querido degradar por la morbocultura y  la estridencia del terrorismo auditivo. Escucharlo es navegar por el río del amor, por la galantería del hombre que invita a la dama a su ranchito a solazarse en amores. (Son los tiempos, señor, en palabras de Rulfo: situación que la enamorada refutaría con los años, por considerarla poco honrosa, limítrofe con los rígidos cánones morales del entorno). Con la aprobación de la exaltada, o sin ella, La Momposina sigue resonando en nuestro aventurero corazón.

Bien se sabe que hay artistas que han sido fabricados con las tramposas estrategias publicitarias, pero que estos, como las naves que naufragan, después de un terrible estruendo, sólo dejan una estela de silencio. No es el caso del maestro José Benito Barros, hijo de El Banco, Magdalena, que a los noventa y dos años se embarcó en La Piragua de Guillermo Cubillos, para navegar por los siglos:

LA PIRAGUA: Metáfora del viaje, ilusión de Ítaca, para Ulises, para todos los argonautas que en el mundo han sido, desde el viejo puerto, su aldea natal, hacia las playas de amor en Chimichagua. Fonética y semántica de ancestros, cauce fundacional hacia Macondo, hacia tierras de Nadie, hacia destinos abiertos como una rosa de los vientos. Luz y leyenda, trasegar de los bogas, bajo el cosmos, con sus historias sencillas, sus remos abriendo noches de cumbia, de trabajo rudo, de avistamientos. Orilla de ciénagas, de micos aulladores, de iguanas trepando por los días, de mujeres e hijos, esperando el retorno, de los doce bogas, como los doce de la cruz y la túnica, con un temible Pedro Albundia, pirata quizás, en esos ríos nocturnos, que igual trabajan a la luz de la lámpara o de la Osa Mayor…el río, el tiempo que los vuelve sombra, era la piragua de Guillermo Cubillos, la misma que los vio envejecer, doblar la cerviz ante la degradación del río y el dormitar de la antigua nave; solo quedan los recuerdos en la arena y el fluir del tiempo.

Para que haya una nueva floración, esta sencilla evocación al maestro José Barros, a los fieles vigías de la noche, su música, su poesía y su silencio creador. Este juglar de ríos y mares, por algún pasadizo secreto comunicado con Aurelio Arturo, poeta de los elementos, con Porfirio Barba-Jacob y su parábola del retorno, con los búhos peripatéticos de León de Greiff y sus romerías por el Cauca, y por supuesto, con Raúl Gómez Jattin y Gabriel Alberto Ferrer, con Alvaro Neil Franco y Julio César Goyes, quienes le han tomado el pulso invisible a este país que madruga en las ramas de un clavellino y se recoge en un totumo a orillas del Sinú, después de tirarle piedrecitas al río para conjurar la danza erótica de los manatíes. Por José Barros, su playa blanca, sus pilanderas, su rumor de cumbia y su olor a aguardiente, ¡qué viva la música!

 

Santiago de Cali, mayo 20 de 2015.

 


UNA GUITARRA EN LA SELVA

 

¿Qué hace una guitarra abandonada en la espesura de la selva amazónica? ¿Quién pudo olvidarla o arrojarla en una presunta persecución? Suceden cosas en el mundo no exentas de realismo mágico, como algunas de las que cuenta Gabriel García Márquez en su texto La Soledad en América Latina, a las que yo agregaría otras, quizás menos extravagantes, nacidas en la entraña misma de la cotidianidad, a la postre, menos normal de lo que uno imagina. En esos sucesos, con vida propia, se escurre, subrepticiamente, el aura de la poesía, que tiene que ver con el extrañamiento, la rara belleza o la desviación de la norma ortodoxa.

Recuerdo el termal en un barrio popular de Pasto, en una huerta de hortalizas con cuyes escurridizos. Sus propietarios no se daban ni por enterados, lo encontraban tan normal como la irrupción de una orquídea en un albañal, así que con absoluta espontaneidad quitaban la hoja de zinc y lo mostraban al casual visitante con sus volutas de materias sulfúricas y hervores volcánicos. En medio de los olores fuertes de las curtiembres, estos vapores, surgidos de la entraña de la tierra, no alteraban para nada el discurrir de estas gentes sencillas. La señora, sin más, seguía recogiendo las coles y el perejil, mientras que el perro, el gato, el marido y los hijos, volvían a sus oficios de todos los días: cuidar el rancho y organizar los cueros para su posterior proceso. Nada de infraestructura en el lugar, nada de abrir una piscina pública para generar ingresos, nada de publicidad para atraer visitantes. La familia, su huerta y el termal; hacia arriba, el gran volcán, a veces despejado, otras, con un vaho espeso de neblina.

Otra historia singular es la del chigüiro domesticado que se comió la tesis de grado de un amigo, en un descuido del despistado académico que se la dirigía, hombre que además tiene una admirable colección de fósiles y varias vitrinas llenas de trenes, traídos de todos los confines de la tierra. Recordando a Borges, yo acepto de buen grado que estos seres anónimos, singulares, desprevenidos de las veleidades de la cotidianidad, son los que salvan el mundo, los que le ponen ese toque de humor y hasta de ironía, ya que aportan ondulaciones inesperadas en un croquis plano. Pienso que Dios fue el maestro en esos menesteres, al diseñar el pulpo, el elefante, el oso hormiguero, el ornitorrinco, verdaderos adefesios estéticos, precursores de todos los surrealismos que en el mundo han sido.

¿Qué hace una guitarra abandonada entre lianas, pantanos, árboles gigantescos y fauna variopinta? ¿Acaso una expedición frustrada? Así la encontraron los hermanos Mussapere y Herundy, vástagos tercero y cuarto de los treinta hijos que engendró el cacique Mitanga, de la etnia Tabajara, ubicada en el estado de Ceará, al nordeste brasileño. Debieron sentir pánico al mirarla, en principio creyeron que se trataba de un arma, con un compartimento secreto en la caja de resonancia. La observaron largo tiempo, yendo y viniendo entre la sombra vertiginosa que apenas cuela destellos de luz en ese imperio del verde, donde la vida es un albur, gobernada por el estruendoso silencio. Ya más familiarizados con el inusual objeto, lo tomaron con cuidado y lo llevaron a su maloca, como quien ha descubierto una nueva especie en alguno de los reinos de la naturaleza. Pasaron los días entre el asombro tribal. Una mañana, uno de los hermanos pulsó la presunta arma de fuego y en vez de pólvora brotó una nota musical, tenue, armónica, sostenida. El júbilo debió ser inefable; siguieron pulsando las cuerdas y la guitarra respondía al estímulo digital. La rústica empalizada se llenó de sonidos agradables. Los indios apuraron el regalo de la selva, poco a poco empezaron a interpretar el instrumento, primero de manera primaria, espontánea, después, con la asistencia de algún experto. Recuerdo que por allá, a principios de los años 60, todo el continente de Nuestra América cantó con ellos: por qué suspiras que piensas de mí, cuando te miro yo, por qué tus ojos me dicen que sí, si sé muy bien que no…  

Se volvieron leyenda, caminaron por los cuatro puntos cardinales del globo, cantando los boleros clásicos, las hermosas baladas de época, incluso, se atrevieron con los clásicos. Adoptaron los nombres citadinos de Natalicio y Antenor Moreyra Lima, pero figuraron como Los Indios Tabajaras en sus grabaciones y presentaciones en Brasil primero y luego en Sur América, México, desde 1957 hasta el 2009. La vorágine, que todo lo esfuma, puso en las manos de estos indígenas del Brasil, un arma cargada de futuro –para recordar a Gabriel Celaya– un arma cargada de primicias para los enamorados de estas tierras de promisión, tan marcadas por los contrastes y los hechos inverosímiles. Al escucharlos de nuevo, por esos movimientos secretos del azar, no puedo menos que agradecer a la madera, en todas sus formas, por el prodigio de convertir lo inerte en ondas de belleza inusitada.

De la selva nos llegó una guitarra cargada de esencias, de flora y fauna de estirpe barroca, de creación humana, terca, insospechada. La música de las esferas no tiene límites, va y viene por el mundo, desde la tierra, desde el desierto, desde el mar, desde la manigua profunda y misteriosa.  La música latinoamericana, en esas voces abrasiladas, en esas guitarras pulsadas en la hibridación permanente de civilización y barbarie, inundó todo el continente y susurró en los imaginarios populares el mensaje de nuestros compositores más ilustres, a medio camino entre la poesía canónica y los menesteres de la juglaría. 

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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