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Oscar Alejandro Cabrera

PATERSON: UN RESPIRO ANTE EL FRENESÍ DE LA ALIENANTE MODERNIDAD

 

Paterson (Adam Driver) es un joven muy tranquilo, conductor de autobús, que disfruta el ameno carácter cíclico de la rutina diaria, mientras indaga en su mundo interior y escribe hermosa poesía –arraigada en la realidad– en su libreta, bajo la influencia de su querido William Carlos Williams, célebre autor oriundo de la misma Paterson, ciudad homónima en que vive, ubicada en Nueva Jersey. Es un hombre afable que observa en detalle situaciones cercanas y comunes, lo esencial e inefable del gran prisma de la eventualidad humana. Son de gran importancia en su vida charlar con su animada y entrañable pareja Laura (Golshifteh Farahani), escuchar anécdotas de sus pasajeros y dirigirse a un bar cuando sale a pasear con su perro. Todo ello es presentado bajo la mirada penetrante y el lenguaje cuidadoso de Jim Jarmusch, cuyo balance entre lo directo y lo implícito es formidable, resultado de una trayectoria creativa singular que se distingue por evitar los lugares comunes de otros personajes cinematográficos envueltos en dilemas y dudas existenciales de manual.   

Hecha como una genuina muestra fílmica para navegar por la lírica de lo cotidiano, por los referentes literarios, representaría la síntesis crucial de temas y demás trayectos sensibles constantes en los entornos personales o universales de su director. De forma similar a sus personajes, es posible toparnos con ciertos acontecimientos en una vida de matizadas y significativas salientes, que no proyectan los habituales anhelos de trascendencia, pero complementan honestamente la vastedad de la condición humana.

En una coherente y sólida filmografía, Jarmusch huye de los efectismos gastados de la ficción catastrófica y ahonda en el ser mediante manifestaciones e introspecciones sinceras que toman tiempo, pero tampoco en lapsos prolongados de una narrativa pausada, sino en el transcurrir propio de los eventos cercanos a la vida misma, donde los seres en pantalla interactúan acorde a su velocidad personal, con palabras necesarias y silencios en “tiempos muertos” que transmiten aún más sobre ellos, sin llegar a algo concreto, porque hay demasiada ambigüedad para plasmarla en valores absolutos y Paterson es el tope de tal principio. Como claro ejemplo la relación entre Paterson y Laura, fieles a sí mismos en cuanto a sus identidades y motivaciones, complacidos en cada jornada de cándidas búsquedas. Son quienes desean ser, sin necesidad de reafirmarlo ni demostrarlo; de alguna manera puedo relacionarlos parcialmente con Poppy, protagonista de Happy Go Lucky de Mike Leigh, muy recomendable.

En su exquisito minimalismo elegante y sutil –reminiscente a Aki Kaurismaki– y en el manejo de una correcta distancia dramática digna de Rainer Werner Fassbinder –removiendo la angustia, claro está–, Jarmusch perpetúa a plenitud su contemplativo estilo desde Permanent Vacation, su opera prima; cada vez más depurado en las posteriores Mystery Train, Extraños en el paraíso o Una noche en la tierra, entre otras piezas suyas. Aquí se decanta de nuevo por un outsider que sigue su camino fuera de las convenciones sociales, librado de otras represiones, aunque tal marginalidad no es vista como un yugo absoluto, sino como el necesario tránsito a la cimentación individual. Digamos que no hay preguntas ni respuestas exactas, pero se dan indicios como destellos de lo que podría ver quien realmente tiene libertad para elegir, para tomar un sendero en sus términos, algo que muy pocos tienen el valor de hacer hoy en día.

Su composición naturalista genera otra clase de meditación en el espectador, por encima de la habitual empatía artificial de otros productos y captando esa pasividad accesible en su relato. Una experiencia intuitiva y sensorial, carente de grandilocuencias metafóricas y fragores técnicos. Acontecer humano en su estado más puro.

Aparte de ofrecer una alternativa al convulso y agobiante alrededor, nos invita a mirar e intentar recordar cuándo fue la última vez que anotamos aquella idea en nuestro cuaderno, recogimos ese puñado de césped en el parque o esa ocasión en la que quisimos hablar con alguien queriendo escuchar historias, sin apelar al autoengaño ni ceder a las presiones del mundo. Creo recordar… ¿y ustedes?

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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