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Alberto García-Teresa

CAMINO DE RABIA Y ESPERANZA

Mauricio Vidales. De-cantares. De ires, iras y esperanzas. Granada: IslaVaria, 2010.

Resulta especialmente meritorio ser capaz de aunar la búsqueda a la raíz del lenguaje con un discurso crítico valiente y tenaz. En ese sentido, debemos subrayar la capacidad de Mauricio Vidales de indagar en el misterio de la palabra y también en su explicitez, en la sugerencia y la referencia directa, en su capacidad evocativa y representativa al mismo tiempo, simultáneamente. Así, se resalta extraordinariamente su trabajo poético.

De este modo, para la poesía crítica en castellano resulta un lujo poder contar con los versos de De-cantares. De ires, iras y esperanza, pues muestran lucidez, inteligencia, conciencia y rigor estético.

El libro se abre con la cita de César Vallejo sobre cómo dedicarse a juegos retóricos con la que está cayendo. Pero su poesía en absoluto descuida la forma: es más, la pule concienzudamente.

El poeta en sus piezas imprime un ritmo característico, marcado, aunque no emplea la rima. Sin embargo, demuestra su versatilidad utilizando también el poema en prosa.

Mediante la ausencia de artículos determinados logra universalizar lo expuesto, que suele ser el conflicto, el dolor, la injusticia. Vidales habla de la represión, principalmente (“presas en la sed del aire”), con imágenes duras, austeras y ásperas por esa misma sequedad. Tampoco por ello denuncia ejemplos concretos, sino que pone de manifiesto las consecuencias de una actitud, de unos valores, de una política que crea muerte y más muerte a cambio del beneficio y la sobreabundancia material y de poder de unos pocos.

Pero siempre deja abierta una puerta a la esperanza, porque la esperanza (en una actitud de combate, no autocomplaciente ni autocompasiva) es el impulso que incita a la resistencia. Él es un poeta, como dice, de los que “sólo saben obedecer al hondo desgarro que los cerca para acrecentar su lucha”. Así, manifiesta su convicción por el vitalismo, pues respira “con la única certeza del Amor por el Humano y por el Planeta”.

En ese sentido, se presenta una recuperación de la Pacha Mama (que viene a ser en la práctica el precedente americano de Gaia). Por eso denuncia la industrialización y esboza un canto emocionado por la vida ante la muerte. No en vano, Vidales habla “del amor bajo misiles”.

De este modo, el poeta ensalza al amor como salvación entre el desastre, como brújula en el sinsentido, como luz en la tiniebla. Ofrece hermosos poemas de amor precisamente porque parten desde el dolor, y trasmiten una humildad y una honestidad, una entrega tan sincera, que recogen la estela de los versos de cárcel de Miguel Hernández.

Con estas mimbres elabora un retrato en muchos textos de la situación de Colombia (“un país atado al caudillismo (...) que hace fiesta con la bandera y con el himno bajo la mentira ilimitada como escudo”), a la que menciona frecuentemente como “mi tierra”, “mi país”, “en un pueblo”. Señala cómo se sigue protegiendo a los poderosos a base de represión y miseria, cómo el Poder mantiene su fuerza y la ejerce con una clara dirección. Su poesía está así, por tanto, plenamente marcada por las raíces del poeta, por la tristeza, la rabia y el sufrimiento ante la lejanía (¿exilio?) y la incapacidad de acción inmediata.

De esta manera, resulta muy importante su óptica de emigrante: contempla con ojos ajenos la cotidianeidad, y puede por eso realizar una radiografía crítica, detectar el polvo que se acumula en las rutinas, las inercias que han enquistado el odio y el desprecio. También esa perspectiva es constituyente del carácter de movimiento, de flujo de personas e intercambio entre ellas que se aprecia en todo el volumen y que se erige como una poética: “acompañarnos en el canto, en el abrazo, sembrar raíces de esperanza en la tierra reseca”.

La misma noción de “ires” nos remite al movimiento. No en vano, el libro está dedicado “a los compañeros de camino”, lo que postula un talante cooperativo, una conciencia de trayecto (existencial y político) y una voluntad de compartir el trabajo y su fruto. De hecho, emplea el plural como sujeto, pues se siente comunidad. Esa misma condición la interpreta como propia de todas las personas, incluidos los muertos y los asesinados (“las voces de otros cuerpos que te habitan y te nutren”; “jurar por nuestros muertos no olvidar su sacrificio por nosotros”), y reclama la memoria como herramienta para la conciencia e instrumento para no caer en la sumisión (“no perdono tu amnesia”). De este modo, Vidales insiste en la unión y en la continuidad en las luchas, frente a la atomización que conlleva el inmovilismo. Lo lleva a cabo como reclamación vital y también como estrategia, pues pone de manifiesto la conciencia del Poder por perpetuarse.

Con ello, critica la apariencia y la presunción, la falsedad; el aspirar a ser lo que no se es para engañar a los demás (y a sí mismo) para alcanzar la felicidad. En esencia, critica la sociedad de consumo pero sin mencionarla, sin caer en lo fácil; sin emplear su mismo lenguaje.

Destaca su creación de atmósferas, de todo tipo. Utiliza en diversas ocasiones anáforas y otras estructuras paralelísticas en busca de una gradación en la intensidad, que se desborda en su emoción en los versos finales.

Además, se debe mencionar el notable trabajo de Joan Castejón con las ilustraciones; hermosísimas. Basadas en un inquieto dibujo que traza y retraza las partes que pretende subrayar. Ellas potencian los versos, en especial con la serie de las manos. Demuestran, como la propia poesía de Vidales, todas las posibilidades, negativas y positivas, de creación y destrucción, que tiene la humanidad en su herramienta diferencial con las otras especies: las manos y la capacidad de utilizar instrumentos. La propia ilustración de la cubierta del volumen nos remite a esa idea principal del colectivo en movimiento del poemario. Porque De-cantares. De ires, iras y esperanza nos devuelve una poesía viva, insumisa y comunitaria; generosa y rebelde.

 


 

Orlando López Valencia

EL MANUSCRITO DE SÍSIFO

 

Cuenta la leyenda que Sísifo fue testigo casual del rapto de Egina, la hija del dios fluvial Asopo, y reveló al desconsolado padre la identidad del raptor (que no era otro que Zeus) a cambio de que este hiciese brotar un manantial en Corinto. La delación atrajo sobre Sísifo la cólera del señor del Olimpo, quien le impuso un castigo ejemplar y eterno: arrojado al infierno, fue condenado a empujar una piedra enorme por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio, una y otra vez.

No es fácil ni verosímil creer que Sísifo haya escrito un manuscrito y lo haya dejado como testimonio de su transformación causada por el castigo al que fue sometido por sus mentiras, avaricia y asesinatos, pero al leer este libro, que en principio creí apócrifo, no puedo menos que admitir que el poeta Ordóñez fue elegido por los dioses para hallarlo –imagino yo– en Villa de Leyva, tierra rica en fósiles que alguna vez fue el fondo de un mar ya desaparecido. Región a la que el poeta ascendió en muchas ocasiones desde el Valle del Cauca, para depositar su carga de nostalgia, a veces más dura que la roca, y volver luego por ella, más pesada aun por nuevas adherencias.   

Entonces, lo que antes no era fácil, ni verosímil encuentra un asidero; el poeta sin quererlo ha sido Sísifo, no el bandido mitológico, sino el hombre que padece la fatiga que supone la tarea impuesta y con ella aprende sobre la voluntad y la paciencia, esas virtudes que nunca son alud, ni descalabro. Quizá ese sea el origen de su elección para la ejemplar tarea de recrear el paisaje, por donde rueda la enorme roca, describir lo que acontece a su paso y ocuparse de la roca misma.

Este manuscrito dictado por el mito hace del poeta el médium que nos regala el privilegio de la palabra demolida, tallada, pulida en su recorrido hasta el punto de caber, como un guijarro en la mano; piedra y palabra hermanadas en el signo, en el silencio de la música y en el fuego que les es común.

Atado a la roca como un lastre no puede evitar nombrarla, ella es el cimiento de sus reflexiones y con ella funda la belleza, como si el castigo fuera cosa del pasado y el peso que debió agobiar en su momento se hubiese trastocado en un leve equipaje.

Son duros estos tiempos que corren, y el poeta halla en la mítica roca un material noble y maleable con que decir tiempo, agua, río, mientras el hombre se endurece y tal vez para nombrarlo se requiera de un cincel y un mazo, instrumentos de destreza y dolor para ponerlo de nuevo en pie sobre la tierra –si me permiten ustedes este pesimismo inoportuno en este apreciado momento de celebración en el que el poeta Ordóñez nos leerá su bello manuscrito. 

 

SELECCIÓN DE POEMAS

 

GUIJARRO

 

Lento río ha viajado

por su lomo, color ocre

por mi noche, en resplandor,

por mis leves rodillas

de su tiempo sabe el agua

fugaz y eterna

 

piedra de siempre,

pequeño fulgor

en la espesura

 

ahora en mi escritorio

fósil desalado

paciente como un escarabajo

 

ORIGEN

 

Ha venido del sol

de agua frondosa

entre la sombra

y la lluvia arquitecta,

leve piedra

en mi mano,

tortuga de silencio

 

DESTINO

 

Destino de las piedras

existir y callar

 

dejar que el viento

el agua

el canto de las aves

les otorgue

sus formas poderosas

 

MONÓLOGO

 

La lluvia

hace un monólogo

cae parsimoniosa

en la rama

en el hongo pintado

como una mariquita

 

la piedra se resiste

deja resbalar el agua,

caricia o sobresalto

en plomada de tiempo

 

PERIPLO

 

En la creciente

las piedras más pequeñas

viajan largas distancias

 

se pulen, se acomodan,

la voz del hombre,

el aullido de los lobos

no pueden dominarlas

hacen parte de la música

de las esferas

 

SAPITOS

 

Al remansarse el río

los hombres lanzan

guijarros pandos

en la superficie del agua

 

como si les pusieran

alas a las piedras

o fueran anfibios

voladores,

dan brinquitos

aterrizan

en la otra orilla

 

HOGUERAS

 

Las piedras

saben del fuego,

en su contorno

danzan las hogueras

 

humo de leña verde

lenguas

amarillas y azules

bajo los árboles

 

como un pequeño sol

al trasluz

la araña

teje su galaxia

 

PÁJARO

 

El barranquero

con su pluma bífida

se posa en su asteroide

 

no canta

sus ojos y la luz

hacen un arco

 

piedra y pluma

en el milagro de la tarde

 

SÍSIFO

 

De la estirpe del viento,

ahora soy un condenado

como todos los hombres,

no es fácil mi tarea

tampoco amarga

 

en la tierra

cargué en mis hombros

el peso del desamor

 

en los infiernos

pesa menos la piedra

que rueda hacia la sima

como un recordatorio

 

CUANDO LA PIEDRA ES HIELO

 

El esquimal

y su mujer

se han amado

bajo el cielo

redondo

del iglú

 

ha sido un abrazo

de osos blancos

en la noche interminable

de la estepa

 

más que un encuentro

idílico

los amantes semejan

un par de bueyes

almizcleros,

forcejeando y gimiendo

entre las luces

intermitentes

de un pabilo,

alimentado

con aceite de ballena

 

un ronroneo

de animal salvaje

los olfateó

inocente y arisco,

cada vez que la ventisca

dejó su desolada voz

en el postigo

 

afuera la noche sin fin

del polo norte,

con el bullicio

de los araos

y el reposo de los cuerpos

que ahora flotan

en la isla del iglú

donde la piedra

es hielo

 


Álvaro Neil Franco

MANUSCRITO DE SÍSIFO. DONDE LA CANTERA ES NUBE

Manuscrito de Sísifo es un libro de poemas escrito por la paciencia de un hombre que ha sabido sopesar la levedad y el peso de las piedras. Ordóñez ha cincelado sus palabras hasta convertirlas en las reinas del aire, en su poema Sapitos, a los guijarros les brotan alas para alcanzar la orilla de la infancia (plena de jiraballos y hipoguanas, de castillos de guijarros donde nace el poema), semejan lagartos prehistóricos sobrevolando los secretos del agua. La esencia de sus piedras hay que buscarla en el viento, en el canto de las aves, en la caricia efímera de las mariposas y las hojas, en el vuelo de los amantes enceguecidos por el calor del hielo: “si no fueras de piedra,/ pensaría que eres/ una mariposa/ detenida en mi orilla,/ porque vuelas hasta mis ojos/ y allí te quedas/ velando tu eternidad/ de ala y de silencio” (36).

Sus piedras, en una suerte de claro-oscuro,  cobran sentido gracias al juego  de la luz y la sombra: qué sería del ocre de Barichara sin el sol que ilumina el tiempo detenido que camina sus calles, sin sus fuentes de agua manando el rumor de las sombras que pueblan los zaguanes. Es en el agua donde  acontecen la vigilia y el sueño de estas piedras, en el abismo rodante de silencios habitados por la plenitud del vacío: "todos mis sentidos/ están gratos y alerta/ cuando el viento/ arranca un eco / a esta catedral de piedra/ que cae en los abismos" (107).

Piedras relucientes de contrastes entre lo eterno y lo fugaz: en un instante de eternidad los sapitos atraviesan el río que corre hacia la infancia. Toda piedra tocada por la infancia es para siempre (parafraseando a Gómez Jattin). Estas piedras a la vez que son sueños infinitos de soledad y silencio, también son navegantes sumergidos en el resplandor de lo efímero, como el guijarro “pequeño fulgor/ en la espesura” (9), o la mariposa negra que presintiendo su corta existencia se eterniza rozando los siglos de las rocas; piedras que desde la dureza de  su eternidad intercambian abrazos de  blandura, hasta llegar a ser “tan fuertes como el humo” (100), una cantera de nube,  o un “duro animal de arena” (101), como sucede con el pangolín,  esa “plegaria de guijarros” (102), o con esa piedra áspera de Medusa y Caín, de la que sin embargo el poeta dice: “yo la convierto en piel/ y la acaricio/ como a una pequeña/ luna/ que durmiera/ en mi almohada” (77).

Para este poeta con sangre de cometa, el desamor es la piedra que más pesa en la vida. Es un martirio que arrastra su memoria aún en los infiernos. Piedra-desamor que colinda con la piedra negra de soledad y ausencia donde Vallejo recostaba sus huesos; su piedra tropiezo construye un templo en medio del abismo, y es hermana de las piedras con que Anise Koltz levantó los silencios de su poesía. Piedras tormentosas que recuerdan a María Magdalena, a Goliat infinitamente pequeño con su ojo de cíclope, la cabeza de la Medusa rodando en los caminos donde los hombres escriben su destino, las demoliciones urbanas donde las piedras pierden su aura sagrada y acaban olvidadas como Pedro Páramo: “tal esta ciudad/ de escombros/ donde ha caído/ la Piedra/ en agonía” (76).

Ordóñez no es sólo un coleccionador de piedras, sino un lector de sus formas, porque en las mismas también transcurre la historia de los hombres. De ahí que vea en éstas a un escarabajo de la estirpe de Kafka que le ayuda a pulir su escritura, a un fósil cuyas alas se han transformado en páginas, a una tortuga de silencio en cuya casa muda de piel su río de palabras, a un caracol  interpretando en su trombón la rosa de los vientos, el lomo de un animal sorprendido por las historias que las flores de espuma le traen de sus viajes, planetas donde se dan muy bien los baobabs de El Principito.

Estos versos también cantan algunas piedras nacidas en la tradición popular, como la piedra de amolar que afila las estrellas y le saca punta a los colores de la Navidad; como la piedra luna que sale en la cocina, teñida de rojo por el aroma del ají, redonda de tanto moler el alma de los granos, llorando su espíritu de agua , como si fuera familia de la cebolla cabezona; como la piedra lavadero, donde las lavanderas le sacan a la ropa (a punta de golpes) los cansancios del día: “ unas pocas piedras/ para lavar la ropa,/ el jabón y la totuma/ anuncian/ su elemental epifanía” (43-44).

Jorge, como José Manuel Arango, es un poeta que bebe en lo sagrado, por eso sus piedras participan del baile de las lenguas de fuego, se hacen eternas en el mutismo de su vuelo, sueñan con alcanzar el reino de los cielos, se multiplican como peces y panes para alimentar el corazón de los desprotegidos, piedras ancestrales de Hunzahúa que fecundan con nubes la profundidad de la tierra.

 

Ordóñez Muñoz, Jorge Eliécer (2014). Manuscrito de Sísifo. Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander. Premio Nacional de Poesía UIS 2013.

 


Nana Rodríguez Romero

MANUSCRITO DE SÍSIFO. MURMURIO DE LA PIEDRA

 

Un elemento tan natural y tan poético como la piedra, es la imagen que viaja por este hermoso libro ganador del Quinto Concurso Nacional de poesía al que convoca la Universidad Industrial de Santander. Su autor, el poeta Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz, de la ciudad de Cali, profesor durante varios años de esta universidad, autor de numerosos libros de poesía como Vuelta de campana, Ciudad menguante, Brújula insomne, Farallones, La casa amarilla, entre otros;  miembro fundador de la Corporación Literaria Si mañana despierto.

Mantener la unidad temática en un libro de poesía, es un trabajo difícil, y en este caso, valioso por la riqueza que el autor ha puesto a través de su mirada  y sus palabras,  al cincelar los 45 poemas que componen este canto a las piedras. Y digo un canto porque hay una cadencia y un ritmo en este Manuscrito,  que  seducen al lector, no lo dejan despertar, en el sentido garciamarquiano, al decir que el secreto de un buen cuento o una novela consistía en no permitir que el lector despierte, y lograrlo en un libro de poesía es aún más difícil, seducir con la palabra y la música, es un arte secreto en estos poemas de Jorge Eliécer.

El universo de la piedra en esta propuesta poética, se detiene en la humildad y belleza de los guijarros pulidos por el agua, en la presencia de esos animales dormidos en el tiempo, los fósiles que también reposan en el escritorio como una especie de amuleto, las piedras poderosas y enormes que encierran secretos y misterios de antiguas civilizaciones y pueblos que tallaban sus mitos y sus dones. Hasta el cuerpo de las piedras que fueron los altares en las historias hoy sagradas, las mismas que se usaron para apedrear a los pecadores y castigar a los filisteos, para aquellos que la encajaron en sus puños como si estuviesen libres de culpa.

Las piedras tienen un particular encantamiento, quién no se ha agachado para recoger una de ellas, para acariciarlas por su piel suave, o para tirarlas a los pozos, para dibujarlas como hacen los niños en la escuela, para usarlas como pisapapel, o quizá también en las comunidades de paz, para traerlas en el canto rodado de los ríos y marcarlas con el nombre de sus muertos y apilarlas en el centro de su plaza, como un ejercicio en contra del olvido, en este país que olvida todos los días.

 Sísifo, es el hombre mítico que por venganza de los dioses debido a su astucia, debe cargar por siempre una enorme roca en su espalda hasta la cima de una montaña  para que luego vuelva a caer al valle y cargarla de nuevo, en un eterno retorno del absurdo,  mito trabajado también por Camus, como el esfuerzo enorme e inútil de la humanidad para seguir viviendo, o en otras palabras, en la elegía de Miguel Hernández, donde nos dice: Cuánto penar para morirse uno . Aquí, el poeta asume su papel como el Sísifo que carga diversos pesos sobre los hombros, entre éstos el desamor, “En los infiernos / pesa menos la piedra /que  rueda hacia la sima /como un recordatorio;  y a pesar de estar ciego por el castigo, sabe de los paisajes que están alrededor y los descubre en un manuscrito : “La mariposa negra/conoce la fugacidad/ de su belleza/ no se anida en la roca, /apenas un roce de alas/ en la gris curvatura”.

La esencia de la poesía es el asombro, el develar un misterio, el descubrir  secretos de la naturaleza, o del mundo, o de la existencia del ser humano, y en Manuscrito de Sísifo, nos encontramos con varias de estas revelaciones.  El poeta observa y mira y por una alquimia de los elementos que se conjugan con la emoción y el lenguaje, crea, da vida, nos muestra de otra manera, tal vez con la mirada y el asombro de los niños: Al remansarse el río/ los hombres lanzan/  guijarros pandos en la superficie del agua/ como si les pusieran/ alas a las piedras/ o fueran anfibios voladores, / dan brinquitos/ aterrizan / en la otra orilla.

Esta íntima conversación con la naturaleza de la piedra, en su sustancia o en el símbolo,  mira también  el entorno en el que habita; decir piedra es decir agua, río, árbol, pájaro, montaña, lluvia, silencio, viento; también amigos entrañables, que conforman esa red invisible de la vida: piedra todopoderosa/ piedra tiempo/ piedra volcán/ floreciendo en el alba/ como el canto de los gallos/ del  Cenizo. También en este Manuscrito, hay una piedra de esclavos “ que muchos hombres/ la arrastraron/ por la tierra/ como un latigazo /de dios en sus espaldas. Y piedras de ahogada: Como una bestia mutilada/ fue testigo/ de sus últimos esplendores.

Las piedras viajan y habitan las ciudades en forma de falos de Hunzahúa, piedras de zaguán en las casas antiguas, obeliscos, piedras para afilar cuchillos, piedras olvidadas que sirven para defenderse, o se lanzan desde ventanales a quienes se atreven a la palabra.

Como lo expresa el jurado del concurso, Felipe García Quintero, Gustavo Adolfo Garcés y Eugenia Sánchez Nieto, esta obra se destaca por “la factura y el refinamiento del estilo, la unidad temática y el tono sostenido, el verso conciso y exacto”, entre otras virtudes.  Manuscrito de Sísifo, es el libro de un poeta, - siempre lo ha sido -, los premios literarios no hacen al poeta, son valiosos por el reconocimiento y la difusión; de esta manera, Jorge Eliécer también ha ganado este año además, el Premio Nacional de poesía Eduardo Cote Lamus 2013 con el libro Cuerpos sobre  campos de trigo, que se presentarán en la Feria del libro de Bogotá.

La invitación es para leer y disfrutar este libro maravilloso, esta voz de Jorge Eliécer Ordóñez, que nos acerca desde la distancia.

 


 

Carlos Fajardo Fajardo

RITUAL DE TÍTERES O LA POESÍA COMO PROTAGONISTA

“Se imaginó escribiendo una novela

donde todos asistirían como títeres a un ritual,

en una ciudad que rápidamente se deshace”

Ritual de Títeres

 

“Abrir los diques del lenguaje, ir más allá del monosílabo”. He aquí una de las claves secretas y maravillosas de esta novela-río, novela-poema, novela-ensayo, imagen y pensamiento. Fusión de voces y de vidas al filo de los cuchillos, al fondo de los abismos poéticos e históricos de una generación siempre a la intemperie, la cual vivió las tempestades de la violencia, la búsqueda desgarrada de todos los placeres y el desengaño de las grandes utopías al no dar con ninguna puerta abierta, ninguna luz. Tal es la atmósfera de este Ritual de títeres, seres en medio de la fragua histórica, llenos de fracasos, ruinas, doloroso erotismo y muerte.

En este escenario del mundo, la palabra es la protagonista principal del drama; la palabra convertida en poesía, se entiende. Por ello aplaudo este ritual y caudal poético, esta lucha perpetua donde triunfa la pulsión creadora de la poeisis, su pasión fundante. Sabemos que “el verdadero poeta, según T.S. Eliot, es el que hace de su lengua una gran lengua”. Se alimenta de su tradición, pero a la vez, la supera enriqueciéndose en otras fuentes diferentes a su raíz; se renueva en profundidad constante. Poesía para alterar la vida; poesía para sabotear las rutinarias frases y costumbres de su tiempo, para ser críticos en aquellos períodos donde la pobreza imaginativa y existencial nos consume. Poesía para mantenernos creativos, atentos, vigilantes.

De allí la imposibilidad de nombrar a este río de imágenes novela, o bien, objeto narrativo a secas, pues como tal deconstruye las lógicas tradicionales narrativas, la antigua idea de ser un contador de historias. Aquí existe otra cosa, se ha propuesto otro asunto: quizá sea un rizoma lingüístico donde “el tiempo no fluye: estalla”; un libro que elabora una cartografía calidoscópica de las sensibilidades, con múltiples entradas y posibilidades, o bien un juego de espacios y de tiempos discontinuos, donde cada capítulo –si es conveniente denominarlo así- funciona como multiplicidad autónoma, como un poema en sí, desde sí, sin principio ni fin, laberíntico, descentrado, disperso. Libro unión de fragmentos construido desde lo par-impar-sin par, de tal suerte que las dicotomías tradicionales de Occidente se intentan romper, o al menos se cuestionan desde la fuerza del lenguaje.

Creo encontrar en ello uno de sus mayores riesgos y propuestas: dinamitar la concepción de la novela, siguiendo la tradición del romanticismo alemán temprano de la “Obra de arte total”, es decir, la fusión de géneros,  lograda, como proponía Friedrich Schlegel, con una liberalidad absoluta pero con un rigor muy grande. Como resultado, el texto se convierte en acto de reflexión filosófica existencial, en una delirante imaginación, en apasionada teoría poética y estética, donde la fuerza unificadoracomo un continuum es la poesía. Entonces se lee: “La pretensión es consagrar en estas páginas el sueño de la novela-ensayo-poema, de la novela-cuento-teatro, de una intensa literatura esencial”. Desde esta apuesta, Ritual de títeres dialoga con Novalis, Joyce, Broch, Borges, Dylan Thomas, Lezama Lima, Bioy Casares; continúa en la cuerda floja de los poetas dadaístas, surrealistas y expresionistas; se alimenta de Vicente Huidobro y de César Vallejo, se comunica en poema pero se constituye en pensamiento y concepto. Dicha aventura del lenguaje escarba y se contagia de las grandes conquistas artísticas de una modernidad rebelde, crítica y subversiva; de las profanas estéticas vanguardistas de la protesta y del cambio; se contagia de las aventuras del espíritu nihilista nietzscheano, explora la libertad erótica y el “desarreglo de todos los sentidos”.

Hemos asegurado que este “libro-río”, “libro-imagen”, como le gustaba a Gilles Deleuze llamar a su Rizoma -hecho de mil mesetas, de mil posibilidades- se muestra como una fusión de fragmentos que pueden leerse de forma independiente y ponerse en diálogo desde cualquiera de sus partes. Ello obliga a inventar otro tipo de lector, un lector de flujos, de caudales, un lector poeta, receptor-creador que vaya al ritmo torrentoso de las palabras. También aquí encuentro una de las más riesgosas propuestas del libro: exigir –tal vez inventar- otro tipo de lector no lineal, con un capital simbólico muy amplio, el cual dialogue con los momentos y conceptos filosóficos, estético-poéticos y políticos más significativos de la cultura occidental: Heráclito, Platón, Goethe, Kierkergaard, Freud, Kavafis, Coleridge, Rimbaud, D.H. Laurence, Chaplin, Héctor Lavoe, Led Zeppelin, Roling Stones…

Otro lector, otro narrador, otro poeta: “una novela donde la acción es excluida y tan sólo deja sus esquirlas en los hombres derruidos”, se lee en el capítulo X. Y en otro apartado: “el lector pone en movimiento el tiovivo de figuraciones trágicas” (Capítulo XVI), a la vez que  se instaura la ya anunciada por Roland Barthes “muerte del autor”. No hay aquí un Yo narrador plenipotenciario, ni  un narrador tótem. Existen varios narradores-poetas, polifonía y pluralidad de rituales ante la palabra. “Se escribe para desaparecer. Si decimos ‘Yo’ estamos obligados a mirarnos desde afuera, a convertirnos en objeto, a construir un espejo de cinco nombres y pronombres” (Capítulo XXIV). Muerte del narrador tradicional, surgimiento de polifonías intertextuales, calidoscópicas. Es la poesía la que funda estas actuaciones de títeres en medio de la terrible soledad del Ser.

De igual manera, la diversidad de voces poéticas no intenta narrar situaciones cotidianas, sucesos. Estos sólo se sugieren. Más que recrear anécdotas se trata es de construir atmósferas estéticas y propuestas poéticas. Existen, claro, personajes con nombres míticos: Ariadna, la protagonista y Fedra; la trilogía masculina Jano, Orfeo y Mirtilo; historias de amor y desamor que el lector capta entre líneas en medio de la corriente de este sonoro río. También encontramos espacios de una Bogotá real: el barrio La Candelaria, La Carrera Trece, la Séptima, el centro de la ciudad, los bares, pero todo ello alejado del afán novelesco de contar una historia  convencional y sí utilizado como pretexto para formular una estructura distinta de novela y una nueva posición del escritor frente al lenguaje. Es el estallido de la palabra-nómada que desterritorializa todo ritual doméstico de la escritura; es la línea de fuga de la poesía contra lo pétreo, lo consolidado, el confort, la burocracia del pensamiento.

Es esto lo que convierte a esta novela en un “río de estilo”, pues en cada página el lector se encuentra con un profundo y extenso poema, como atravesando un campo minado.

Saludo, pues, este trabajo escritural riguroso y riesgoso; esta atrevida metaforización progresiva y provocadora que va en contravía a las exigencias que hace el mercado a los novelistas de última hora, presos del imperio de la rentabilidad, de la fama y de las preferencias del cliente. Saludo su feroz combate contra las novelas escritas por encargo, fáciles, efectistas, efímeras, reemplazables. Ritual de títeres, muy al contrario, exige varias lecturas, es decir varios desgarramientos. Novela-red que se enreda y desenreda en el laberinto de laberintos donde Ariadna juega con sus marionetas arrojadas al escenario del lenguaje. Novela-experiencia, como si las propuestas de Morelli, en la Rayuela de Cortázar, o de Lezama Lima sobre la idea de escribir la “anti-novela”, la “novela-Metáfora”, se hicieran presentes, concreción, cuerpo vital.

Bajo la oscura, fría y lluviosa Bogotá, estos personajes, dispersos y extraviados, hacen su ritual y se difuminan en “la aventura del lenguaje y en la hoz fundadora de la risa”.

 

Gonzalo Márquez Cristo, Ritual de títeres. 2e. Fundación Común Presencia, Colección Los Conjurados, Bogotá, 2011.

 


POLEN DE LEJANIA

DE HENRY LUQUE MUÑOZ

 

Asombra que una antología personal registre una gran variedad de poemas maravillosos como los que se leen en el libro POLEN DE LEJANIA (Pontificia Universidad Javeriana, Fundación Fumio Ito, 1998) de Henry Luque Muñóz (Bogotá, 1944-2005). Y asombra porque el poeta concibe la estructura de su libro con una arquitectura –sólida y hermosa- que propone múltiples vivencias sintetizadas en tres partes esenciales: la estrella silenciosa, no me dejes solo junto a ti, noticiero de lo inaudito. En cada una de ellas se observa una inquietud por lograr cierta unidad de sentidos cimentados en un solo cuerpo y regida por la obsesión de encontrar una voz propia, una atmósfera comunitaria, una diferencia.

De este modo, las crónicas de una civilización bárbara, el mirar la belleza de lo terrible, la conciencia del tiempo con su guadaña inevitable, las cicatrices dejadas por la historia, son las primeras impresiones al emprender el viaje por este poemario. Con la serenidad del que  aprende a mirar lo que se desploma en los abismos, el poeta registra todas aquellas criaturas que el poder y la historia han destrozado en esa loca búsqueda de la quimera nominada Paraíso Perdido; criaturas gloriosas o anónimas, todas bañadas por las cenizas del olvido, marcadas para siempre por un pasado nada pomposo, cifradas con “letra roja sobre una pared blanca”, signos de un abecedario sangriento. Como un vigía desengañado de todo cuanto a sus ojos quema, testimonia un tiempo, observa las plagas del hombre, su insufrible miseria. Como testigo, afila la pluma y se mantiene en guardia “mientras sus detractores duermen” y, desplazado por tanta algarabía, pule y reelabora el poema como única tabla de salvación en medio del naufragio.

Pero si la comunión con la historia le muestra al poeta las llagas y el pudridero que ha construido el hombre, él sabe que algo debe existir en medio de estas ruinas para hacer posible la utopía. Y he aquí que la mujer, esa zurcidora del deseo, se instaura en este libro como pilastra del mundo, cima y precipicio a la vez, hermosa y terrible: poesía. El amor carnal expulsa la tragedia de vivir en un tiempo de pocas promesas, y Henry Luque Muñóz lo sabe. Como un Acteón ante su diosa fatal, plasma lo que está allí viviendo: las heridas y el esplendor de su total entrega. Con una bella frase tomada en préstamo a Julio Cortázar, el poeta sintetiza esa extraña dialéctica del amor: “no me dejes solo frente a ti. Junto a ti que eres utopía palpada, saboreada, poseída, devorada. Erotismo que da un salto hacia el vacío del cuerpo y llega al instante de la muerte por amor, ese territorio doloroso y dulce para el poeta, quien es vida en medio de una sangrienta estirpe. La mujer, más que una compañía, es el mismo viaje, un itinerario con el cual saboteamos la normalidad del día, aquella que  “cuando cruza, /la ruina del día se levanta/ y se convierte en una canción”, la que convulsiona el universo, quiebra y genera el equilibrio, llámese Sara, Penélope, Helena, Afrodita.

Sin embargo, la senectud, esa mueca que hace caer toda máscara, también habita en esta mujer desafiante de nuestra mirada. De allí la preocupación del poeta por lo fugaz de la belleza, lo cual, en un paralelismo extraño, nos la hace sentir como la fugacidad de la historia, con sus imperdonables tragedias. Mujer e historia, esencias dominadas por la temporalidad, fundidas en un solo marasmo.

Inundados por la bestialidad y la hermosura, nosotros, lectores, vemos pasar estos incendios creados con una palabra lacónica y tranquila que vence el miedo y las lágrimas. Libro luminoso que insinúa metáforas sorprendentes; conjuga el animal amoroso que llevamos con la historia de horror que hemos inventado. Habitarlo es peregrinar al corazón de las ruinas, pero también saborear la presencia de un milagro.

 

Bogotá, Septiembre 3 de 1998

 


JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ M

FARALLONES (POESÍA)

 

La memoria es trascendencia e invitación al viaje; profundo afecto e indagación sobre lo que se vive. La memoria es Fundación, creación de posibilidades y de aventuras no sólo pasadas sino venideras. De allí su capacidad de predecir y ser visionaria en medio de la niebla del tiempo. Gracias a la memoria poética, puedo hoy hablar con ustedes de la profunda amistad y hermandad que me une a este gran poeta como lo es Jorge Eliécer Ordóñez Muñóz, y doy esta gratitud a la memoria viva, pues fue a través de ella que- leyendo el libro de poemas Farallones- pude habitar de nuevo algunos espacios, los cuales de niño experimenté y palpé en esa ciudad con nombre de santo, imágenes nunca desterradas y que hasta ahora han sido materia y raíz de toda la poética de Jorge Eliécer. Raíz de varios textos tan sentidos y amados por todos; poemas amigos de sus amigos, trabajados día y noche arduamente para luego ser leídos a deshoras, en las madrugadas, uniéndonos a veces en la distancia por trasnochados teléfonos, emocionados al sentir que al otro lado de la línea un poeta hermano invita a trasegar, ir a la otra orilla, visitar con ojo abierto, y con la paciencia que da el amor, sus soñadas y mágicas cumbres de Farallones. Así, desde el permanente y sincero abrazo, se ha construido la poesía y la amistad del Grupo Si Mañana Despierto; y  fue así que conocimos los primeros poemas de este ambicioso libro tan único y comunitario.

Cantar es dejar registro de una voz en cualquier camino, es sorprender al silencio para que en su mudez él se escuche mejor. Cantar es compañía, creación de una presencia que no existía, fabricar voces e invitarlas para que nos acompañen en la soledad y en el recuerdo de la muerte. Por eso agradecemos todo ese canto de escritura que es Farallones, siete cantos lanzados al viento que instauran varios reinos e imaginarios posibles; cantos que son creación desde y por el origen; poesía que permanece con su música de río en el oído. Nuestro poeta, para tallar este hermoso universo, se apropia de una simbología primigenia y matriarcal, lo cual va ofreciéndonos la imagen de ser un libro edificado desde los cuatro elementos míticos y mágicos que han fomentado rituales y hechizos a través de la historia. El aire navega en el viento que atraviesa lo selvático y lo ciudadano; nos quema el fuego en ese valle de sol con sus veranos y canículas; más allá está la tierra, toda ella una mujer presente y lejana, deseo y necesidad de poseerla, y no podía faltar el agua original, es decir, los ríos que tienen su primera infancia en Farallones y vagan por las noches en medio de escándalos y ruidos de ciudades.

De este modo, el poeta nos induce al viaje; invita a salir a sus caminos para que, con ojos de infancia, veamos en nuestro asombro las pequeñas y grandes cosmologías, aprendamos a sentir el rumor y los silencios de su cartografía amorosa. Eso es.  Farallones  nos invoca y evoca el viaje, la aventura exploradora que para el poeta no ha perdido esa frescura y fuerza con la cual devela y descubre una región de misterios. Creación y misterio.

A veces, reunidos en la alta noche, los integrantes de este desaforado y amoroso Grupo  de Si mañana Despierto, hemos traído de nuevo a nuestras memorias alucinadas las corrientes de nuestros ríos iniciales. Hombres de río, de aguas mansas y trágicas como somos, leemos y escuchamos abatidos por la hermosura de varios poemas esos ríos de todos: el Guáitara, el Sinú, el Magdalena, el Suárez, y no podían faltar los ríos de Farallones: el Pance, el Aguacatal, el Lili, el Cali, llevándonos en el ritmo de sus corrientes. Los Ríos del Alba, segundo canto de este poemario, es fundación de lo acuático, presencia de una cosmovisión que recuerda lo que somos: huída y fugacidad; pasaje y permanencia. “Ríos de Farallones como el amor todo se lo llevan” dice el poeta. Ríos pequeños que hacen su lento trayecto en el verano y de pronto se enfurecen en invierno. Ríos de montaña nativa y salvaje, observados ahora por las pupilas de un memorioso que no olvida esa música de cascada en la piedra. Ah nuestros ríos Jorge, nuestros ríos y sus rituales. Cuántas veces leyendo esta parte de tu libro, tuve que sostenerme un momento en la baranda del vértigo para observar desde mi superficie cómo nos construyes de nuevo la leyenda y la fábula del agua infantil, las preguntas de siempre tratando de explicar ese misterio de los ríos que trabajan todo el día y en las noches debajo de los árboles, después entre las luces de la ciudad estridente de bares y asaltos a mansalva, como bien lo mencionas. Ríos de selva y de ciudad. He allí su ambigua y terrible belleza. En la selva de Farallones está el nacimiento; el poeta, como un chamán o un payé, puede conversar con esas voces ocultas; nos trae lo que existe en esos lugares, conecta éste nuestro lado de cotidianidades efímeras con un imaginario rumoroso lleno de permanencias. La poesía logra así construir presencias en la ausencia, ríos que se consagran en expresar la metafísica material de lo imaginario.

Sin embargo, están esos otros ríos tributarios de ciudad que recorren, en las tardes de verano, calles y barrios de paraísos e infiernos, evocan un mar lejano y presente y, como dice el poeta, “trabajan de noche como los ladrones y los amantes, en esas horas tácitas cuando besos y crímenes fraguan su piedra negra en las orillas”.

¿A qué largo y misterioso viaje nos remite este libro? ¿Cómo no acceder a él sin sentirse navegando por sus sustancias terrestres, acuáticas, de luz y de viento?

Farallones nos trae también la fundación del amor, otro cauce importante en su cosmovisión material. En el canto titulado Aluna de Tauro se esculpe un cuerpo femenino lleno de sol, agua y montaña. El erotismo aquí está presente en el símbolo del fuego y se edifica a través de la mirada. El poeta es un voyerista que observa desde la orilla a su inalcanzable diosa, a su Leda del Trópico, y como Acteón frente a Artemisa, sabe que es seducido por esa trágica belleza, mas se deja arrastrar, irse en pos de un erotismo doloroso y placentero. Agua, mirada y deseo. No otra cosa hace el poeta: su mirada funda el amor e igual a un niño anuncia con su asombro el descubrimiento de la desnudez y el goce. Aluna de Tauro es la reivindicación de lo sensorial, registro de la felicidad pletórica junto a lo sensual y festivo: “piernas, zarzas, caderas, hongos, aletazos de piel, senos más hermosos que la luna en el río, fiesta de todas las cosas que arden en la espesura y se avivan en la mirada del tigrillo”. “Todo el cuerpo en el agua gravitando alrededor del deseo”.

Navegante perpetuo, el poeta de Farallones hace su travesía de iniciado por un espejo memorioso abrazándose a una ciudad que lo condena a la vigilia; ciudad interior traída de nuevo ante nosotros para que podamos descubrirla, perdernos en ella hasta encontrarla llena de ansiedad y de milagro. Situados en lo más alto de las montañas, avistamos desde Pico -Amor los tres flancos que el índice del poema señala: al oeste cordilleras poderosas, solemnes, grávidas. Al otro lado, el mar, “el verdadero mar con palmas de chontaduro y hombres color uva”; y al norte ese otro océano, el valle trasmutado en viento. Ensoñación del paisaje. La fuente de este poeta habrá que buscarla en su potencialidad de cartógrafo de imágenes. Su poesía dibuja topologías sensitivas, pinta mapas de sueños, catapulta sus imaginarios hasta construirnos regiones invisibles-visibles: la infancia con sus lujuriosos y pícaros juegos, la música de marimbas y tambores, esos barrios de la periferia con sus extraños y hermosos personajes, las luces de diciembre encendidas por el padre, ah de esos diciembres Jorge, con sus villancicos, pesebres y zagalas, en fin, mares vistos en palabras.

Hemos dicho cartografías de sueños. En ellas no podrían faltar los trenes, esos trenes que, como dice el poeta, abordamos con el corazón en vilo y penetran con su campana en la memoria. Convidados a realizar el largo itinerario en los trenes del trópico, sentimos que estamos participando de un viaje el cual nos muestra por sus ventanas en nacimiento de un mundo. Así “pueblos de nombre sonoro pasan por los ojos con su anciano sentado en una mecedora al borde del atardecer” y “surgen de la nada unas muchachas nuevas con aires de mujeres recientes en los pechos”, “una campana lenta señala el sur. El viento de Farallones se mete por las celosías y trae noticias del mar”. Cuánta carga y pulsión de infancia poseen los trenes de este poemario. Qué gran reconocimiento a uno de los monstruos tecnológicos más hermosos, muchas veces cantado por nosotros. Algo se edifica aquí; algo que va más allá de ser un simple tránsito de turista por la tierra y es nada menos Jorge, tu llamado a que seamos habitantes viajeros dejando una cicatriz en los caminos, que tengamos la habilidad y el asombro para asumir esa “preciosa metafísica de trenes”.

Al unísono con otros textos poéticos, leídos, amados y sobre todo asimilados por Jorge Eliécer, Farallones se levanta en la poesía colombiana como un libro que prosigue las voces representadas en Aurelio Arturo, Alvaro Mutis, Héctor Rojas Erazo, Giovanni Quessep, José Manuel Arango, junto a las de ese importante grupo como lo fue Mito. Libro épico-lírico que establece una larga conversación con los paisajes interiores y exteriores; puesta en escena de una intersubjetividad activa, proyectando una estética del caosmos, caos y cosmos a la vez, desgarramiento y unidad, flujo y reflujo del sujeto creador. Digno es reconocer aquí un trabajo riguroso y una madurez de ritmo en la palabra. Madurez a la cual ya nos tiene acostumbrado este poeta. Texto que dialoga desde su geografía simbólica con la mejor poesía mundial, de allí su universalidad, pues estos tonos y registros de lenguaje se unen con las conquistas de los poetas modernos.

Si algo identifica al grupo Si mañana Despierto es su permanente trabajo y vocación en la pulsión poética. Algunos de nosotros hemos dejado registro de dicho trabajo en varios textos en cuyo testimonio nos reconocemos como hermanos. Los jóvenes poetas de este grupo, vitalizados en Tunja y Bogotá, están dando cuenta de su pasión y perpetuo compromiso con la poesía. Sabemos de la calidad de sus textos y de las hermosas sorpresas que tienen en reserva. Con entusiasmo, vigor, cantos y poemas pronunciados en los más cálidos recintos, hemos ido construyendo unas atmósferas propicias, facilitando este aire donde se respira tanta buena poesía como la que hoy felizmente nos congrega.

Démonos gracias amigos y amigas por tener un libro lleno de vida y frescura en un país que ha perpetuado a la muerte como única soberana. Démonos gracias porque al leer Farallones podemos sentir, en un instante eterno, algo de eso que llamamos felicidad, desafiando las banalidades y trivialidades efímeras de última hora.

Jorge, poeta cómplice, ahora ha llegado el momento de escuchar tus poemas, habitar, sentir tus palabras, pues alguien nos susurra que “el viento es un son y es preciso bailarlo antes de morir”.  

 

Jorge Eliécer Ordóñez, Farallones, Bogotá, Si Mañana Despierto Ediciones, 2000.

 


 

JORGE GALÁN: PREMIO DE POESÍA CASA DE AMÉRICA 2016

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

Selección y nota 

 

Lo conocí en el año 2008, en el XVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín; caminamos en el metro, en compañía del malogrado poeta nicaragüense Francisco Ruiz Udiel, su novia y mi hija Saudade. Más bien callado, con la palabra serena y oportuna. Ya tenía reconocimiento internacional por haber ganado el prestigioso Premio de Poesía Adonáis, pero eso para él era lo de menos. Recuerdo que le hablé con entusiasmo de algunos de nuestros poetas –Arturo, Quessep, José Manuel Arango, Roca– y lo insté para que los adquiriera en la exposición de Poesía que presenta el Festival. En el comedor del Hotel Nutibara, en el parque donde las efigies de Botero nos hablan con obesa ternura, en la batahola de la calle donde conviven los canarios, los buhoneros y el “despachador de poetas”, el poeta Galán me expresó su cálido asombro por nuestro país paradójico, donde en curiosa sincronía los policías persiguen a un atracador y en un vagón del metro se deja leer un poema de León de Greiff y en el portal de una estación La Canción de la Vida Profunda de Porfirio Barba-Jacob. En los predios de la Universidad de Antioquia, en el Pueblito Paisa y otros sitios emblemáticos, cumplimos con el oficio de sembrar versos en tomas pacíficas de palabras. Me obsequió su poemario La Habitación, con una sencilla pero grata dedicatoria: “A Jorge Eliécer, con el aprecio que se gana a través de lo vivido, un abrazo fraterno y perenne, Jorge Galán, Medellín, julio 2008”.

Por estos días he recibido con inmensa alegría la noticia de su premio en España, hecho que confirma la indudable calidad de su obra, distinguida entre casi un millar de participantes de todo el ámbito hispanohablante. Para un mayor conocimiento de nuestros lectores, una breve noticia biográfica y una selección de poemas de su libro La Habitación:

 

CAMINATA DE OCTUBRE

 

Una muchacha joven, no posee cabello,

su cabeza es blanca, lisa como el contorno

pulido de una piedra en una costa diáfana.

Es un día de luna no una noche de luna.

Ya casi es mediodía pero la luna permanece

como una mariposa que ha perdido las alas.

Es octubre.

El viento se hace miles de pájaros fantasmas,

las macetas vacías atraen abejas oscuras,

las puertas de las iglesias están abiertas a sus muertos.

 

Esta muchacha es joven, tiene labios

donde debía tener senos,

está vestida con una túnica de luz,

tiene los ojos negros de una golondrina bellísima,

no tiene alas pero podría tener alas,

todas las fuentes reflejan su rostro cuando mira hacia el cielo,

camina en plena calle,

también está descalza.

Sus pies son hojas secas que parecen ser pies,

su pecho es como un valle donde todo es más cálido,

su pubis es un grito de noche en pleno día,

sus muslos son el mar que encalla en el ocaso.

Tiene un nombre que pulen los gorriones más jóvenes.

Sus pómulos son lámparas o perlas o avenidas

donde bajan dos niñas luminosas como ella.

¿Por quién está llorando?

¿Somos nosotros su pregunta

o somos su respuesta?

Quizás está muy joven para entender eso que busca.

Anda sin detenerse. Entra y sale del mundo.

Es octubre.

Un cielo emocionado presiente sus estrellas.

Ella presiente que la observo, y a través de mis ojos

que tú también la observas.

Es más joven que nunca este día sin límites.

 

Sube las gradas.

Se arrodilla.

Se levanta.

Penetra.

Cruza las puertas anchas de madera roída:

solo para sus muertos están abiertas las iglesias.

 

BAILARINA NOCTURNA CON PAÑUELO

 

Sostenía un pañuelo

se envolvía

el pañuelo era luz emancipada

pero ella era un gorrión

bebiendo agua

 

toda esa agua

caía de mis ojos

su cuerpo era de hielo

ella bailaba

 

las maderas crujían

y giraba, giraba,

se envolvía,

 

entraba en esa cueva

de seda reluciente,

salía, oleaje puro,

porque ella era el oleaje,

la gaviota atrapada, la liberada estrella,

la lumbre que giraba,

 

la penumbra reía

con carcajadas blancas,

 

ella tenía manos displicentes

era una reina blanca que pulía ese ámbito

de luz donde se hallaba,

 

sostenía un pañuelo

se envolvía

el pañuelo era luz emancipada

pero ella era un gorrión

y también un oleaje

y era una reina blanca.

 

EL LAMENTO DEL HIJO

 

Me duele el pecho, Madre,

como si dentro del pecho

me estuviera naciendo el mundo,

como si una noche tan vasta como el tiempo

me estuviera llenando el corazón,

como si el filo de una música más hermosa que el alba

me cortara la sangre,

como si un solo beso inadvertido me pesara de pronto.

 

Tú sabes lo que hablo, Madre.

Tú que ya no sabes mi nombre pero que lo presientes

Igual que presientes una sombra sobre la calle desolada.

 

Me duele el pecho, Madre

y observo nuevas estrellas que hacen nuevas constelaciones

para que tú las veas, desde tu eternidad…

 

Qué hora más terrible nos convoca.

Desde aquí huelo sangre,

tú sabes que es verdad.

 

No me toques el pecho ni la sombra del pecho,

no respires mi viento respirado,

no pretendas negar mi muerte intacta.

No vuelvas a cantarme cada noche.

Escribe un epitafio de amor sobre mis sábanas.

 

No puedes alcanzar la lejanía.

La oración que repites se está quedando sin palabras…

 

Me duele el pecho, Madre,

como si dentro del pecho

en vez de una gaviota

me estuviera naciendo todo un mar.

Como si un universo despiadado

me quisiera romper hasta volverme

una terrible inmensidad…

 

Tú sabes lo que hablo…

Sabes de este destino de flores inclinadas

y de este llanto humeante que no quiere cesar.

¡Qué hora más terrible nos reclama!

Madre, tú sabes que es verdad.

 

EL SILENCIO DEL PADRE

 

No queda nada por decir ni tengo nada que decir.

Siempre ha sido una hora de plegarias,

aunque acaso lo sea hoy más que nunca.

Desde ayer ya no existo, no existimos, solo somos siluetas,

la costumbre de andar nos hace irnos

pero hacia ningún sitio caminamos.

 

Un día fuimos: los pianos delicados, los violines

nos hacían llorar hasta volvernos viento entre follajes.

Teníamos el corazón iluminado como una lágrima de oro,

teníamos cabellos interminables,

la belleza habitaba detrás de nuestros ojos,

nada tenía fecha,

vivir no era ausentarse, vivir era asistir a la mañana

y entrar en otro cuerpo hasta volverlo más hermoso

y convertir el mar en una iglesia.

 

Pero no queda nada por decir ni quiero decir nada:

las palabras, las frases, estas voces, no sirven, están huecas.

Éramos un dolor que todavía somos.

Éramos el puño envilecido gloriosamente levantado.

Éramos las palabras del humo gritando hacia la luz sus

encendidos epitafios.

Éramos la piedra que hizo creer al mar que era su lágrima.

 

El amor nos dio nombres, pero solo pudimos decirlos en lo

odiado.

Y hoy no tenemos nada que decirnos.

Todo lo no deseado ha sucedido:

los labios de esta noche besan todos mis labios.

 

QUIETUD

 

De pie, como un árbol en llamas

o una columna de oro,

como un mar vertical en cuyo oleaje

vierte la medianoche su murmullo impasible,

yaces y tienes ojos, ojos bellos y tristes,

inmensos como la noche que los llena.

Yo floto en medio de ellos,

no como un niño extraviado en una ciudad abandonada,

sino como un relámpago

ahondándose en la oscuridad.

 

No te pareces a una lengua de fuego:

eres el fuego

 

De pie, pero perdida, tu horizonte soy yo.

 

Poemas tomados de: La Habitación, Jorge Galán, Dirección de Publicaciones e Impresos, CONCULTURA, 2007, Volumen 66, Primera Edición. San Salvador, El Salvador.

 

 


EL BESO DE LA NOCHE

Pablo Montoya Campuzano

 

El libro que voy a comentar está compuesto por diez cuentos. El contexto dominante es el área metropolitana de Medellín, entre los años 80 y el presente. Por consiguiente es un tejido  de signos y de símbolos que da cuenta de la ciudad y sus habitantes en los últimos cuarenta años, tiempo que traduce una vida, como la de Pablo Montoya, el autor real, que hace las veces de cronista, voyeur, focalizador, de una realidades crudas e impactantes.

Las líneas generales del libro apuntan hacia los temas recurrentes de la sociedad colombiana del último medio siglo: narcotráfico, guerrilla, paramilitarismo, alcoholismo y drogadicción, violencia citadina y campesina, degradación ética y estética, desplazamientos forzados; factores que combinados en dosis aleatorias producen sujetos alienados, paranoicos, obsesivos, psicópatas y sexópatas, esquizoides, víctimas y victimarios, en un tramado que, por lógica de perogrullo, no podría producir otro tipo de sociedad. Invito a dar un rápido rastreo, de algunos cuentos, para corroborar lo afirmado:        

Las mujeres de Aspasio es la historia de un necrófilo de los años 40, que reincide en su aberración a través de José, su espejo retrovisor. Aspasio se ha familiarizado con la muerte, ha sentido su resuello en la nuca, ha visto a su madre y hermana descuartizadas y entra en ese torbellino tanático, de manera casi natural y progresiva. Aspasio “evoluciona” de vulgar violador de cadáveres a celador nocturno, a fantasma de ciudad. Su figura siniestra es tamizada por la voz del narrador extradiegético, por las diversas versiones que se tejen de él: la secretaria, el espejo complaciente de José, el investigador-narrador, que finalmente cree encontrarlo en una garita, al lado de su termo de café cerrero y su ruana de violador obsesivo de mujeres muertas.

El Salto nos presenta a Lázaro, un compulsivo con síndrome uterino. Lo suyo es el agua, en todas sus formas y manifestaciones. Es un hidrófilo, o mejor aún, un hidromaníaco. Como todo psicorígido, es además un solitario, enfermizo proclive al suicidio. Viaja a las Cataratas de Iguazú en una misión de trabajo. Lo suyo es el agua. Va enfermo, inconforme, alterado, defensivo, obstinado. “Una bestia invisible le ha carcomido la vida”. Entre lágrimas y éxtasis, entre brumas y estrépito de cataratas hiperbóreas, se lanza al abismo. No es la paradoja absoluta de Kierkegaard, es el hombre alucinado por los estertores de la enfermedad y la belleza.

En El beso de la noche se enciende un triángulo: la madre y sus dos hijos, Mario y Carlos. La atmósfera es de abandono, de ciudad atormentada, de vidas inscritas en un laberinto social donde impera el crimen, la ley del más fuerte, los subterráneos poderes de una mafia creciente que utiliza a los jóvenes desposeídos, como carne de cañón, para luego abandonarlos a su suerte. El triángulo se va diluyendo. Mario escribe poemas románticos, Carlos envía dinero de dudosa procedencia, pero su vida es una incógnita, un dolor de ausencia. Mario, en la encrucijada envenena a la madre  y se aplica igual procedimiento. El beso de la noche, el beso de la madre, el beso de la muerte: paráfrasis de los suicidados por la sociedad. Una ciudad que se puso la máscara de una opulencia ficticia, de una economía de espuma, ha tenido que pagar un precio muy alto: el beso de Judas por treinta monedas de ignominia.

Las formas del silencio es un paréntesis obligado en medio de tanta algarabía, porque la muerte suena, retumba en todos los confines, produce atroces sinestesias: olores agrios, miradas fétidas, ecos gélidos, sabores punzantes…El obsesivo silencioso y silenciador de este cuento es un enfermo positivo, un fonófobo que pasó por las etapas de coleccionista de ruidos y melómano erudito. Ahora resuelve, de manera poética, que el único sonido soportable es el que produce la colisión erótica con Cecilia, su ángel guardián.

Insectos  es un relato en contrapunto, lleno de símbolos e insinuaciones. Esta vez el obsesivo es un abandonado del amor, un recluso de la soledad. Resuelve su enfermiza separatidad  con un onanismo trascendente y voluptuoso. Que su amada se llame Manuela quizás sea más que una metonimia. Los insectos acuden al lugar del deterioro, comparten la animalidad del soñador. ¿Chuang-Tzu y la mariposa, en versión de nuestros tristes trópicos? Al final lo visita un animal enorme, “alimaña negra” que se eleva por los ramajes y se lanza hacia la ventana. Se pregunta el desocupado lector: ¿vestigio de la amada, se va la luna, se va el monstruo, isotopías del eterno y veleidoso femenino? El beso de la noche es múltiple, polisémico, rico en incertidumbres y misterios, puede despertar a la princesa, pero también, entregar al maestro o quitarle la fuerza al nazareo.

Tomás es el frescode una generación de colombianos que escogieron o fueron escogidos por caminos tortuosos que finalmente desembocaron en la utopía o en la locura: el narrador, especie de alter ego del autor real, Fernando, el joven rebelde que ve en la lucha armada una salida a las profundas crisis socieconómicas de su entorno, Tomás, seguidor del ideario estético de su hermano, pero cohibido por su homosexualidad manifiesta que lo lleva a la degradación física y espiritual. Curiosa paradoja de una sociedad católica y patriarcal, en su génesis, como la antioqueña, que a lo largo de su historia ha producido anticuerpos, como los que focaliza, de manera magistral, la escritura rastreada en El beso de la noche. Aquí, esa dama, misteriosa como Lady Macbeth, convierte sus labios sensuales en fauces que escupen y devoran, convirtiendo el sueño juvenil en una pesadilla adulta.

EL Muerto: Te parecés a James, dijo Gaviria, esa suerte de zombi que dialoga con el muerto. Todos los muertos se parecen, atina a pensar el desocupado lector. Cuento de estirpe rulfiana, pero con atmósfera citadina. El muerto sale de su cripta, a recoger sus pasos, como decían las viejas tías. El decorado tanático está simbolizado en los caballos, en los olores fétidos a mierda, flatos, mortecina, aguas turbias de caños y albañales. Se entremezclan el mundo miserable de los vivos  que corren hacia la muerte y el de los muertos miserables que añoran la vida. ¿Qué pasaba cuando se mataba a un muñeco? Pregunta un vivo, candidato a tumba. El muerto no es James, el amigo de Gaviria, bandolero, y traidor y por último, celador de la noche, que reparte sus besos letíferos. Es Esteban, de treinta años, con mujer e hijo (como si a la muerte eso le importara). El muerto puede ser un transeúnte, un N.N., uno de tantos, que cerca a la calle Colombia camina como Nosferatu, desorientado al “enfrentar las primeras luces del día”.

El Encargo: Cristóbal, etimológicamente significa el que carga a Cristo. Aquí el jefe de los sicarios se llama Jesús y pacta con el primer Cristóbal,  llevar un encargo, atravesar la noche de Medellín y deshacerse de ese misterioso bulto. La atmósfera es sórdida, lluviosa, con olor a barriobajo y antihéroes emergentes, abandonados por los dioses, en términos de Lukacs. Se evocan episodios violentos, lucha a muerte entre un guerrillero y un paramilitar, que se aniquilan siendo amigos. Tal parece que los dos Cristóbal han de repetir la historia. Al final la trama es compleja, el desocupado lector se pierde un poco. Tal vez un Cristóbal muere de unos disparos a mansalva, el encargo no es enterrado, sino abandonado entre los arbustos, mientras el metro, el taxi, la vida, las llaves del viejo Chevette, son tragados , evaporados por la luz del día que “todo lo modifica y daña”, para recordar a León de Greiff y su cantata de búhos, filosóficos y nocturnales.

Figura con paisaje bien podría haberse llamado Epifanía desplazada o Bestia dulcificada para acudir a frases del mismo contexto. Es la épica del desarraigo, el éxodo de unos campesinos que en su afán por conquistar el sueño de la gran ciudad, huyendo de múltiples violencias, tan solo encuentran más dolor, miseria y oprobio. La ciudad los devora, los convierte en víctimas, primero y victimarios, después. Serna es sobreviviente de un hogar desplazado y destrozado, busca en la pintura una vía de escape a su condición miserable. Toca fondo, es atrapado por las comunas de Medellín, salpicado por su ambiente brutal, belicoso y primario. Conoce a Tabaco, un paria, reciclador, que en medio de su existencia precaria le otorga el don de la amistad. Accede al erotismo elemental con una sirvienta que lo conmina a una lujuria sadomasoquista. Serna, como un corcho, da vueltas en la vorágine de los bajos fondos. Intenta la redención, vuelve a la casa materna. En un sobrino encuentra alivio, pero nadie puede escapar a su destino. Tabaco muere atropellado por un carro, su sobrino es asesinado. La bestia dulcificada, es decir, la ciudad, “bárbara, pero poética”, le rompe todas sus coyunturas. El mural que quiso terminar con el sobrino se convirtió en una quimera. “Serna, en algún momento se perdió entre los bosques que aún quedaban y las crestas  rocosas que parecían no terminar jamás”.

Termina El beso de la noche  con un texto complejo por su heterogeneidad temática: La doble herida. Régimen hermafrodita, historia con hipertextos ocultos y manifiestos, pero igual, la noche con su sordidez y su misterio, con su crimen y su desesperanza, con su ética vapuleada y su estética de lo terrible, se abre paso en la maraña de los símbolos. El narrador, de principio a fin se erige como un “emisario de las tinieblas”, un profeta de los laberintos, en los que esos seres de ficción se proyectan como alter egos de seres reales y concretos que han dejado la huella tangible de la condición humana. El desocupado lector no es un fiscal, ni un desfacedor de entuertos, menos aún, un censor al servicio del índice; tan sólo, un desprevenido transeúnte a quien le produce escalofrío salir a pasear una noche por la calle Colombia  y encontrar miles de Sernas, Tabacos, Cristóbales y Gavirias, caminando a su lado.

 

Pablo Montoya Campuzano, El beso de la noche, Bogotá, Editorial Panamericana, 2000.

 


PALABRAS SATÉLITES EN TORNO A VIAJEROS

Siempre he creído que viajar es un acto espiritual antes que físico; de hecho no hay simetría entre la distancia geográfica recorrida en cualquier tipo de vehículo y el tiempo subjetivo que cada conquista, en agua, aire o tierra, suscita el acto del desplazamiento. Viajar es romper la linealidad, ir a contracorriente, como el salmón, en una búsqueda frenética de los orígenes.

La tradición literaria abunda en imágenes viajeras: Ulises y sus asedios a Ítaca,  Sheherezada, hilvanando noches y vértigos, Heracles y sus ingentes trabajos, Moisés persiguiendo zarzas y rebaños, Jacob, persistente en el tiempo, hasta alcanzar el amor, por encima de la rígida norma, Jesús el nazareno, llamado por antonomasia el caminante de Emaús, abriéndose paso entre cardos, parábolas y decepciones, Jonás, a bordo de ballena –bus de los mares como la llamó X-504- los vikingos, soñando y viajando a una posible América, corroborada después por Cristóforo Colombo…y a su lado, don Quijote, viajero concéntrico en torno a la Mancha y más exactamente, a Dulcinea, que era su verdadero norte, y Juan Preciado, en busca de su padre, “un tal Pedro Páramo, un rencor vivo”, campesino y terrateniente, desmoronado en piedras, como todo destino humano, y José Arcadio Buendía, con sus sesenta vueltas al mundo, hasta terminar en un hilillo de sangre, fundido al ombligo materno. 

Cuántas y diversas formas de viajar: hacia adentro, hacia afuera, hacia el amor, hacia la muerte, hacia una isla inédita, hacia una mujer. Viajeros de utopías, viajeros estelares, sin moverse de su sitio como Galileo y Hawkings, viajeros inmóviles, al igual que Lezama lima, gordo y asmático, que a duras penas salía de su caserón en La Habana y nos ha presentado un fresco maravilloso de la condición humana: es que su Paradiso iba por dentro.

El turista no viaja jamás, incorpora kilómetros, postales, valijas, suvenires; el viajero, en cambio, sabe que entre su patio y las constelaciones hay un agujero negro por donde se fuga de tarde en tarde. Toda gran poética se levanta desde el patio casero o desde “la calle que le conoció la infancia”, en palabras del poeta Alvaro Neil Franco dirigidas a su padre. Para nombrar las cosas hay que viajar por ellas, así los portales, las mamparas, el solar, el muro, las veredas, se instalan en la Calzada de Jesús del Monte de Eliseo Diego y desde allí alcanzan fulgor de epifanía.

Desde esos pequeños microcosmos es que Julio Verne, Ray Bradbury, García Márquez, Aurelio Arturo, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Pablo Montoya, instauran sus “ínsulas extrañas” y desde allí nos hablan, nos suscitan, todo el tiempo. En todos esos lugares –Macondo, Comala, Marte, Bosnia, París, Niquía- el hombre viaja hacia adentro y hacia afuera, hacia la llama o hacia el cafetín, hacia el baúl de cartas desteñidas o hacia el boulevard, hacia la palabra rota o hacia el verso con alas. La prosa poética de Pablo Montoya se dispara a todas esas dimensiones, es una brújula que rastrea sus puntos cardinales.

El tiempo para viajar es relativo: tan intenso es el viaje del Ulises homérico para reunirse con Penélope, como el de Leopold Bloom –Ulises moderno, desterrado en Dublín- náufrago en la tediosa cotidianidad de una ciudad gris.

 La gran metáfora del viaje como pretexto para soportar la osadía de la existencia la   escribió un alejandrino llamado Konstantino Kavafis: Ítaca, ese poema fundamental como el faro de su ciudad. Ítaca no engaña jamás, llegar o no llegar es un albur; lo más importante es la aventura, el territorio de lo inesperado, ella nos aporta experiencias y saberes. Chuang-Tzú viaja a mariposa, ¿o al contrario?, Gregorio Samsa se aventura a las profundidades de un insecto, ¿o es una larva reptando hacia lo humano? Nadie nos garantiza nada, el movimiento pendular del cosmos tiene curiosas paradojas, ritmos en contraste.

Todas estas cosas, todos estos signos velados y develados por la fuerza de una escritura que vimos nacer, crecer y viajar por el mundo es Viajeros, libro de Pablo Montoya, al que siempre volvemos con alborozo. En él cada personaje histórico o ficcional, se nos adelanta en el espejo y nos hace sentir un poco él y un poco el otro. Entonces todos somos Ulises, el Astuto, pero a la vez, el solitario, o Schopenhauer, oscilando como un péndulo entre la agonía y el fastidio, o Alejandro Magno, en la encrucijada se sus conquistas y su declive, o Dante, echando a los dados un destino de infierno y paraíso, sin que Beatriz escuche nada porque la distancia es atroz y su maestro, Virgilio, tampoco le escucha. Bolívar, constatando que la victoria, después de onerosas batallas, es tan solo un espejismo donde se vislumbra que la esperanza siempre estará en agonía por causa de los enfermos de poder.

Retorno a Viajeros, libro que fiel a su título, navega entre las aguas profundas de la poesía, el relato, el mito y la leyenda, con la certeza de abrir una caja de Pandora, de donde emergen estos breves textos que nos suscitan diversas sensaciones y reflexiones, gracias a su lenguaje fino y ponderado, y al desarrollo  de esos temas, siempre antiguos, siempre contemporáneos.

 

Pablo Montoya Campuzano, Poemas ilustrados. Viajeros, Medellín, Tragaluz Editores, 2011.

 


BOTELLA PAPEL

 

Casi por azar, como tantas cosas del inusitado universo, llegó a mis manos este pequeño libro. Metáfora del arte poética: humilde, sencillo, manuable y manejable, creo que cabe en un bolsillo de camisa calentana o de chaqueta de páramo. Un libro por centavos dice en su parte alta, como para retribuir la sentencia del poeta: la poesía no se vende porque no se vende; como las flores silvestres, que igual crecen a la orilla de un río o en la insolencia de un albañal.

Empecé su lectura. Confieso que las primeras líneas no me atraparon. Me devolví con la insistencia de un guaquero. En Demoliciones encontré este hallazgo: “y le asignan a la escalera desolada, a su aturdido caracol de madera, el poder de un observatorio”.

Como pasa con el buen licor, sólo después del tercer trago hay lucidez de opinión. En Repartidor de carbón, me estremeció esta imagen: “Y se detenía frente a la casa como si entregara agónico la noticia de la caída de la ciudad de Troya”.

Vino el milagro de la buena poesía. Empecé a ser un habitante de ese mundo construido con palabras. Esos desprevenidos habitantes de la gran ciudad adquieren visos de epifanía, de titanes irrepetibles. Hagan lo que hagan ya tienen en sus frentes la impronta de la metáfora, como El Repartidor de carbón “que le robó el hilo a su mujer para coser sus costales”. Alquimia en las manos de un gran tejedor de sílabas, de palabras tan poderosas como los átomos.

Después de cada exaltación al obrero del rebusque, viene su oración, como si lo bello, antes de extinguirse, solicitara una plegaria postrera: ¿“poder de las cenizas”?

Discurren por esta Ciudad Invisible -evocando la poética fundación de Italo Calvino- el zapatero, el vendedor de corbatas, el fotoagüitas (fotógrafo de parque), el afilador, el calderero, el taxista, el melancólico, las bicicletas, el hidrante…que saltan desde su trivial cotidianidad al altar del lenguaje, donde son canonizados por obra y gracia del verso justo, sabio, inédito e irrepetible:

“Mira que nunca hizo milagros, mira que lo queremos por una sola cosa: solamente lo mínimo nos salva. Por eso merece la permanencia” (Oración por el hidrante).

Inventario de asombros, museo salvaje, para recurrir a títulos canónicos. El desprevenido lector sale de Botella Papel, repitiendolas palabras del sabio Melquiades: las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima.

 

Ramón Cote Baraibar, Botella de papel, Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 2006.

 


IMAGINARIO POSTAL

 

Qué hermoso espacio para celebrar una fiesta. Así diga el tango en su retórica noctívaga que veinte años no es nada, dos décadas en el alambique de la poesía, es un buen tiempo para generar, decantar y compartir los afectos y los efectos de la palabra.

Imaginario Postal se abre con la llave de la noche: unas casas, unas calles vacías, cinceladas con ese color indeciso de las lámparas; entre los patios y la ciudad, erguida en la colina, unos agujeros negros y después, nuevas luces dormidas, como cocuyos, como incendios, como puntas de fuego de un gran cetáceo que se abre paso hacia el total abismo.  No en vano nuestro poeta trabaja la imagen, la carátula es una síntesis visual de su poética. Trataré de evidenciarlo.

Que lo diga el epígrafe de Rojas Herazo: Todo esto es mi negocio, redondo y exclusivo, lo que ocupa mis sueños y mis ojos. Las áureas fachadas ensombrecen los patios, lo que capta el iris difiere de lo imaginado, de lo soñado, que en su fugaz claridad, se abalanza hacia el vacío.

    A la sombra de los geranios mis viejos hablaban de cosas

    que hoy de todo corazón olvido (p. 23)

De todo corazón quiere olvidar, pero no puede. Pessoa acierta cuando dice que el poeta es un fingidor. Freud, a su vez, habla del olvido represivo, ese que el consciente quiere desalojar de su patio, pero tercamente retorna, en las alas del inconsciente, al jardín de la página blanca:

   Perdone esta largura y la letra Don Antonio,

   sólo quería contarle que no olvido tocar los tambores

   ni las flautas ansiosas…(p. 24)

Tambores, flauta, perro de la infancia, silencios (es decir, intervalos, zonas de despeje para que el inconsciente instaure su dictadura de poetariado). Se escribe desde la memoria dictadora, y aquí el adjetivo, cumple su doble menester: gobernar con absolutismo y susurrarle al oído del creador, las cosas, que queriendo callar, no puede menos que obedecer. Las dice, las plasma en el muro rosáceo, así los solares, que lo separan y lo unen con la ciudad, reposen en la oscuridad de lo escondido.

El juguete de la palabra “repara cualquier pena”, gira su ojo físico y su visión interior hacia las estrellas negras, invisibles.

   No se enojen -escribo- con quienes como yo

   anhelan lo que jamás verán

  (…) sé que me esperan iluminados en la sombra (p.25)   

Diálogo permanente entre la luz y la sombra, el sueño y la mirada, el locus amoenus de una infancia grata, en contraposición al locus terríbilis que ofrece una ciudad, alta y luminosa, presta a devorar los sueños y las evocaciones que reposan en los oscuros jardines:

   La azotea fue un refugio para ventanear el mundo

   Y descifrar los ojos de una esquiva estrella ( p.27)

 

   La casa es una fábula materna, techo sin puertas

   donde escampan las caricias, las ruinas

   y el misterio (p. 29)

Diálogo con la soledad, con el desamor, con  los deseos que no encallaron en ninguna playa. Por eso convoca a otros interlocutores, cómplices en sus carencias afectivas, pero plenos en efusión creadora: Quassimodo, Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Montale, Andersen. Su noche, de casas doradas y abismos siderales, lo acerca a Drumond de Andrade: amas la noche por el poder de aniquilamiento que contiene, dice la Elegía del brasileño y Goyes le responde: no supimos que hacer con la felicidad colectiva/ de su utopía sólo nos queda la desilusión y una extraña hermandad/ que arruina sus mejores horas de amor diciendo poemas/ por teléfono como si fueran dádivas de salvación/.

Se destapa un viejo baúl, color caoba, se miran a contraluz algunas piedras, se deletrean cartas de ayer, fotografías que el tiempo quiso eternizar y las convirtió en fósiles de espuma. Circulan parientes de sangre y parientes de palabra. Hay conmoción espiritual por García Lorca y el Che Guevara, por Rosario Castellanos y Olga Orozco. El poeta es un vaso comunicante, una voz que congrega otras voces y otros silencios. Un niño trémulo ha destapado la Caja de Pandora, celebra sus dones pero le asusta su osadía:

   No tengo edad ni exclusividad alguna,

   Soy un niño que apuesta canicas durante el día,

   Suelta su cometa en la noche

   Y corre asombrado por una invasión de soledades (p. 67)

 

Poemario ambicioso, de palabra en aluvión, de incendio exasperado. Invadido de soledades, expuesto a la intemperie. En esos caminos riesgosos, bajo el ritmo exasperante, “ardiendo a la entrada de una ciudad imaginada”, surgen las pausas, las ínsulas extrañas, donde la poesía decanta sus mejores tonos: La rapsodia del gordo móvil (p.69), Una postal para Omar Khayyam (p.71) y el gran símbolo, tanático y volador, brioso y sostenido, que sustenta todo el libro, Caballo del Alba:

     Caballo del alba, te pareces a la infancia

     cabalgando misterio adentro.

     En tus pupilas el universo me acoge en su lomo de sueño.

 

     Los nervios de tu oreja y la profundidad de tu olfato

     siguen a la rama que espera dorada

     en algún lugar de la quimera.

 

     Te ví sólo una vez saltando sobre mi primera pena,

     entonces apenas saltaba sobre las praderas del mundo

 

     Caballo del alba, blanca es tu imagen viajando

     en la penumbra de mi memoria,

     blanca tu amistad en el oído que te nombra.

 

     Quizás un día vuelva a verte inmenso y lejano,

     regresando a las espumas del mar. (p.70)

 

El caballo letífero, después de su agónico periplo, regresa a las aguas de su génesis. Circulación de la vida y la muerte, de la realidad y el deseo, de la provincia fundacional y la ciudad estentórea. La inmensa noche negra del cosmos permite que por unos breves instantes, antes del alba, unos cuantos jinetes celebren su encuentro:

      La poesía es el brindis de los lunáticos contra el olvido  (p. 53)

 

Julio César Goyes Narváez, Imaginario postal, Editor: Donald Fredy Calderón Noguera, Tunja, Si Mañana Despierto Ediciones 20 años, 2010.

 


PÉNDULO DE ARENA

 

Desde hace un buen número de años hemos conocido y seguido las pisadas del poeta Carlos Fajardo. Lo constata la arena en la que ha dejado sus señales de náufrago lunar enamorado (p.20). Si algo tiene este artista de la palabra, nacido en Casas Blancas, una de las ciudades invisibles, al oeste de Cali, es la fidelidad a la Poesía. Desde los remotos años, cuando Andrés Caicedo  refundó la ciudad, antes de irse con su música a otros laberintos, el poeta Carlos ya entendía que la serenidad de su generación estaba sitiada y por lo tanto, había que atrincherarse en la palabra para no morir, por voluntad propia, como Andrés, o ajena, como muchos coetáneos. Supo desde siempre que se requiere “pasar el desierto cantando” como lo expresó el Gaviero, desde su exilio. No otra cosa ha hecho este intrépido viajero que en sus primeros libros nos trajo noticias del sur, de sus veredas y barrios, sus amuletos, jardines y vagabundeos, sus personajes reales que en su poesía entraron ya en la galería de la fábula.

Tono trémulo, de caballo de fuego, (p.19), enraizado con la generosa herencia de la poesía mediterránea en sus diversas manifestaciones: de Serrat a Quassimodo, de Aznavour a Séferis, de Adamo a Ungaretti, de Vilard a Montale, van desfilando sus amores y obsesiones, desamores y fantasmas, a ritmo de cormorán herido antes de alcanzar su acantilado. Pero también están los ecos de Jorge Gaitán Durán, ese visionario, precoz en la vida y en la muerte, quien entendió que entre el goce erótico y la pulsión de muerte, hay una puerta secreta. La apuesta de Carlos Fajardo por el erotismo es un salvoconducto para entrar en la precaria cotidianidad. Su palabra es la llave que igual abre los cerrojos de la ciudad, distante e idealizada, y de la mujer, que hace sus veces porque es castillo, morada interior, fortaleza. Curiosa metamorfosis que tiene su lógica interna en la geografía del deseo, como en el niño, quien ve en el afuera (la ciudad), el espacio de su goce, pero también intuye en ella el espacio del vértigo y el peligro, la supresión momentánea del cordón umbilical que lo ata a la casa, esa otra mujer con presencia recurrente en los versos fajardianos:

Se que soy una ciudad guiada por un niño

un náufrago lunar enamorado  (p.20)

La casa es una mujer

que por la cerradura vigila sus materas (p.30)

 

En Serenidad Sitiada, Veraneras, Atlas de Callejerías y Tierra de Sol, el poeta Fajardo pendula  en las arenas movedizas de una ciudad que en estricto sentido no existe, que es hechura de su imaginario sublimado, deuda ambigua de amor y desamor, hacia una realidad que es inferior a la utopía creadora del Orfeo citadino, que se debate entre la pérdida y la recuperación, el deseo y el deterioro, a sabiendas de que al final de los balances todo se pierde amor, todo se pierde (p.10):

Sé infiel a tu ciudad, pues a ella le es inútil, indiferente, que habites sus rincones y trates de esculpirla con palabras. (…). Marcha. Aférrate a tus sogas. Viaja a otros soles siendo infiel incluso a tu muerte. (p.53)

¿Habrá mayor osadía humana que encantar a la serpiente, en un juego de salmos y conjuros, si al final sabemos que la última punzada, la letal, la venenosa, la propicia ella? En el álgebra poética de este recorrido, donde digo serpiente puedo decir ciudad, amor, casa, familia, ilusión … El rapsoda lleva la melodía, pero el thánatos tiene ojos de cascabel. La poética de Carlos Fajardo, me atrevo a decir, es un acertijo de encantador que termina encantado: honda y piedra en la mitad de mi noche (p.68)

Péndulo de Arena recoge al final un par de poemas del libro Navíos de Caronte, Exilios I y II, metáfora de nuestra diáspora, en patera o canasta de Moisés, abandonadas al albur de los elementos y de las oscuras redes sociopolíticas y culturales; así como textos inéditos cuyo tema dominante es el amor y el erotismo. En ellos, a manera de imagen cóncava en el convexo del  espejo, aparece el señuelo de la muerte:

 

Enséñame a morir en unos brazos

morir sobre ti, arena movediza (p. 65)

La muerte te observa desnuda,

se ha enamorado de tí  (p.66)

Frente a esta muerte de gigantescos ojos (p.67)

Contra la muerte te desnudo (p.69)

Veo a la muerte como un asunto  que me deja sin amigos (p. 71)

 

Lectura grata de este Péndulo de Arena que nos relativiza el oráculo de la existencia, con versos bien logrados, buceos existenciales, y la intuición de hallarnos frente a un diálogo frontal, sentido y asimilado con la gran poesía universal.

 

Carlos Fajardo Fajardo, Péndulo de arena,  Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 2013.

 


FESTEJOS

 

La palabra es una fiesta, tiene el atributo de llevar en sus aguas ancestrales la reciedumbre de un pasado, con sus soles y sus sombras, el devenir de un presente, tan fugaz como este último vocablo que acabo de escribir, y la incertidumbre de un futuro que proyectamos en su veleidosa epifanía. Estos tiempos se configuran en este fresco poemario que ahora me ocupa.

Abre el viaje el poema Venado, esevapor de luz, esebello pájaro, que toda una vida salta en nuestro bosque de sueños y palabras. Un ciervo, un ante, una gacela…cualquiera que sea su versión en el croquis del universo, ese animal que sintetiza la gracia y la ternura, es un apoteósico motivo para festejar nuestra brega cotidiana. Ha escogido la ingravidez, el poeta Ferrer, para iniciar su vuelo de palabras, y lo hace con el conocimiento y la delicadeza de los poetas orientales: pura insinuación, línea sugerida, emoción presente, pero sobria, sin ostentación o ruido. En la tensión de la carrera, en alguna parte del bosque, está el cazador, apenas presentido, pero el poema lo obnubila, lo aparta con sutileza para que sea la criatura elástica el motivo central de la ensoñación poética. Por eso vuela; aquí la metáfora es una metamorfosis, una complicidad del deseo. El intrépido animal derriba el horizonte. Deseo solidario, la debilidad se torna fuerte. Proyección del poeta en un mundo infame que no sólo lo persigue y lo degrada, sino que busca aniquilarlo, pero su vuelo, su fiesta de palabras, desafía la muerte. El lector ya es partícipe, salta del paisaje y se dispone a vagabundear por la oscura pradera que nos convida, como lo expresó Lezama Lima, con honda sabiduría.

Tan antológico como Venado es La verde melancolía del ángel, ese fósil cuaternario que todavía repta por nuestros árboles del trópico: la iguana, que al igual que nosotros busca el cielo, con palabra y dolor, esto es, con su lengua y su lágrima. Por eso se queda en el imaginario, por rotunda y sencilla, y aunque nuestras manos ociosas traten de usurpar su territorio, su mirada proverbial es una trinchera entre nuestra insensatez y sus raíces.

Luego emerge la casa, sus habitantes, su diáspora y su retorno. Poemas-palafito, edificados sobre el agua, que es amor, vida y bautismo, en diversas cosmogonías:

     Fortuna que el agua nos habita

     El mar brama en los huesos

 

     Nos gusta contrabandear el amor

     Luz de mar  (p.31)

 

Nada queda para festejar. Todo queda para festejar. Algebra poética, donde signo por signo da más. Sol, paisaje triste y amarillo, brasas, silencio, hombres, meros recuerdos. Todo esto, con abundante agua, marina y fluvial, es el pergamino de Gabriel Ferrer  para ser descifrado por lectores aljibe:

     Que el delirio te haga libre

     en el lenguaje (p. 41)

 

En el éxodo – de venado, de iguana, de poeta- surge un lugar: Barrancas de San Nicolás, manera alusiva de nombrar un espacio que ha sido pródigo. Ciudad, vigilia, metáfora permanente del agua, su cruz en la frente, como otro Aureliano, su vigía:

     Imposible salir del agua

     cuando se nace de su dolor(p. 60)

 

Puente de agua entre los poemas breves, sugerentes de la primera parte: Testimonio y Festejos y los reunidos bajo el título deLugares. Aquí son de mayor aliento, se mueven más en el sintagma que en el paradigma, aglutinan elementos de diversa índole, entran en la batahola de la ciudad que crece, canta y agoniza:

    

     Se prolonga el monólogo de la lluvia

     en estos días de festejos y cortejos fúnebres (p. 65)

 

Es un riesgo inventariar una ciudad, difícil escapar a su prosa, de calles y comercios, a su ambigüedad de fiesta pagana y muerte ineluctable, a sus fragmentos de signos, en batalla onerosa, no siempre fértil, por convertirse en símbolos:

     Es fácil hollar espacios transparentes

     Encontrar los nombres:

     Aduana

     Estación Montoya

     Banco Comercial de Barranquilla(p. 69)

 

    Fácil dibujar un Rebolo dormido

    Y un Barrio Bajo untado de amarillo(p. 71)  

 

Cuestión de perspectiva, de cifrar y decantar las experiencias al alcance de la mano. Oscilo entre soñar, pensar y enumerar. El sueño no me impone otro norte que el deseo, en tanto que el pensamiento me lleva a inventariar los espacios y los tiempos. Lógica ortodoxa, versus lógica paradójica; me interesa la segunda, la que puede expresar: me miró hondamente con su boca, la enamorada de los ojos boquiabiertos. Quizás deliro, quizás evoco fragmentos de poemas distintos, pero me acojo a su semántica libertaria y sugerente. Collage, palabra ajena, rumor de diversas espumas en el eterno río de la Poesía.

     Lloro

     Y un delirio me sacude al instante

     ¿Quién descifra el salitre y el corrosivo silencio? (p. 74)

 

¿Quién, si no el poeta?, el alquimista que convierte a un  venado en pájaro y a una iguana en ángel.

 

Gabriel Ferrer, Festejos Poesía (1997-2008), Edición y Corrección: Yuri de Jesús Ferrer Franco, Barranquilla, Universidad del Atlántico, Vicerrectoría de Investigaciones, Extensión y Proyección Social, 2008.

 

EL RETORNO DE LAS CARACOLAS

 

Libro de evocaciones, de retornos, de mareas altas y bajas, de memorias humedecidas, de sencillos y sentidos reconocimientos al origen. Madre, gestora de mundos, padre simbólico, el escritor Fernando del Paso, con su impronta en el epígrafe, en el que desenmascara el carácter sinuoso y quimérico de los recuerdos. Por supuesto que nos manipulan, ventrílocuos delirantes, así como el amor, como el miedo, como la embriaguez,  todo lo hacen ver distinto. Y sin embargo, volvemos sobre ellos, como el niño, cuando estremece su calidoscopio y reacomoda las figuras, que siendo las mismas, producen infinidad de combinaciones. El poeta le agrega humedad y la tierra fertiliza esa palabra:

     Se necesita sólo un momento

     para que la memoria

     humedezca,

     y los erizos compongan

     melodías en el pentagrama

     de tu pie  (p. 11)

 

Humedad de llovizna, humedad de ola, para que la memoria eche a andar sus imágenes ambivalentes. El erizo es melodía, pero también, espina; el niño augura sueños -mar, cielo- y anticipa muerte (beso del pelícano); la madre desnuda las frutas y las ofrece al abismo; la lavandera del origen hace ablución amorosa y participa con Caronte de su extraño rito en el Leteo:

     El mensajero del río ya no oficia

     el tránsito de las ánimas,

     celebra el hallazgo de las rutas del agua  (p.17)

 

Agua de amor, con visos de muerte, mensaje del mar enviado en un  dardo. Desde Heráclito, desde Jorge Manrique, no hay disculpas en el fondo del agua. (p.33)

Luego vienen unos poemas cortos, añoranzas del hai-ku oriental, como Instantánea, Límite. Difícil empresa de sintetizar en menos de veinte sílabas, una imagen, un pensamiento cargado de energía cinética. El pingüino, ágil en el agua, no las tiene todas consigo cuando se echa a andar.

Vuelve a su elemento, el poema de mayor alcance verbal, en Sequía, hombre salitroso, Abrigo, con audacias coloquiales que dejan al lector con los ojos boquiabiertos:

     La casa de mamá no ha perdido el olor

     a colonia de infancia

     ni ha cambiado su fisonomía de collage,

     manoseo de albañiles,

     puterosde su piel

 

     Aún la salamanqueja

     Lo contempla extranjero (p.41)  

 

Por ese hilo invisible el poeta retorna a la infancia, contempla con padre y madre, la poderosa escritura del mar, con sus arenas y cangrejos, su luna y sus estrellas, sus peces y caballos ecuóreos, hasta constatar, a la sombra del gigante humilde, José Watanave, el soprano lamento de las ballenas (p.46)

Todo se transforma, nosotros los de entonces ya no somos los mismos, repica en los oídos como un padrenuestro nerudiano; el barrio fundacional de la infancia, con su casa en ciernes, su patio de limonero y mango, es un débil eco en la memoria, menos para el poeta, que restituye en la palabra esos paraísos perdidos, primigenios y perdidos, salvajes y perdidos:

     La orfandad nunca fue mi camisa preferida

     Hoy los menores de antes

     se hallan en sus motos,

     lejanos a la alborada

     del pájaro chupahuevo,

    

     Ajenos al barro

     del viejo tamarindo (p.51)

 

Reclamo poético, tan eficaz como “abrir un paraguas para protegerse en medio de espesos abaleos” o enfrentar una marejada con un escudo de geranios…Qué más da, aquí impera otra lógica y otra épica, así que Henry, guardián del manglar, ya es hora de que respondas por los mamoncillos, los grillos y tu madre, María Vergara, transformada en María Verga, por el gracejo y la picardía connatural del hombre caribe.

Opera prima de Wilfredo Esteban Vega, con los aciertos, la emoción y los resbalones del primogénito. Cierra con un poema sencillo y redondo, más que sincero, genuino, porque deja resonando a la distancia el grito que atraviesa toda la existencia:

     No soy otro, soy yo

     A la espera reveladora

     del grito:

     un, dos, tres,

     Esteban, detrás del almendro.    (p.57).

 

Wilfredo Esteban Vega Bedoya, El retorno de las caracolas, Editor: Julio César Goyes Narváez, Bogotá, Si Mañana Despierto Ediciones 20 años, 2010.

 


Alvaro Neil Franco Zambrano

LA SAGA DE LOS CLAVELLINOS

(o la calle del barrio que le conoció la infancia)

 

Hablar de Alvaro Neil Franco como poeta es tender un puente entre la ciudad, apenas conquistada, y la aldea con olor a melcocha que lo vio despuntar. A medio camino está la colonial Tunja, como un espolón flotante y brumoso que le cambió su tono de narrador primerizo por el de perito en nostalgias. Así, el muchacho díscolo que jugaba fútbol, tenía novia en su pueblo y estudiaba Idiomas, una mañana descubrió, por instigación de Arkady Averchenko, que él era el doble de Kapiton Kruglikof, el osado mozalbete que le hacía preguntas perturbadoras a su maestra resignada, mientras afuera, en la estepa veraniega, otros chicos jugaban a los indios y sobre la hierba graznaba un cuervo tan a conciencia que hacía estremecer el corazón (Averchenko, 1971, p.8).

Entonces pienso que Alvaro pensó ¿y yo que hago aquí, metido en estas aulas frías? Y se fue, como don Quijote a realizar su primera salida, llevándose consigo un fajo de poemas recién descubiertos y una Dulcinea, de carne y hueso, a despecho de la idealización de nuestro andante, señor de los tristes.

Una vez en la capital, este hombre de ríos, este niño perseguidor de hechiceras y de ancestros, empezó a entender que la gran ciudad no hace diferencias entre poetas y peatones. Un  carro fantasma frustró su carrera de futbolista, así que esta figura de la primera c, reinsertado a los Idiomas y a la Poesía –que es muy sabia y muy celosa- debió dar un vuelco a su vida. Con cicatriz y clavos, experiencias y dolores, cuarto desvencijado en la soledad de las tardes, sólo por compañía el hombro fraterno de Germán Diego Castro y los sablazos de Arthur Rimbaud, retornó a la niebla de Tunja, a inventar su segunda salida.

Alvaro Neil Franco se había transfigurado en El Cenizo: su cabellera jaspeada, su mochila con versos, su voz y su risa en los corredores de la Facultad de Educación, nos hacían presagiar que su periplo capitalino le había servido para dos cosas: pulir su vagabundería y entregarse de lleno a la Poesía, quizás lo primero consustancial a lo siguiente. Entonces lo elegimos director de Si Mañana Despierto, capítulo Boyacá, cargo que ostentó con enorme sentido de irresponsabilidad, caso contrario a las tertulias con tinto y habano y a las bohemias que iban de claro en claro, atrincherados en gran música y excelsa poesía. Allí, en su hábitat natural, “sin disciplinan ni desorden”, El Cenizo, enemigo de las planeaciones ejecutivas y de los proyectos a corto o largo plazo, se nos crecía con su voz de cascada, su risa contagiosa y su bailao, arrítmico, pero eficaz. Más de una lágrima furtiva nos arrancó este atrabiliario de las emociones sin bozal. Seguramente porque nos habló en metáforas cotidianas de las cosas más elevadas de los hombres: su casa, su patio con vista al río, sus perros eternos, su calle con farol, sus tíos a donde llegábamos sus sobrinos de todas las partes de la tierra a compartir su infinita cerveza (p. 14)

Su primera poesía está tocada por los ecos de Aurelio Arturo, Raúl Gómez Jattin, el terrígeno, no el otro, Eugenio Montejo, cierto sesgo humorístico de Luis Vidales, pero ante todo, es su propia voz, arrimada a los galapos y a sus piedras de río, a las raudas bicicletas, volando en las calles de su trópico, con palmas y guayabos, a los gallos de su padre, vigía y sapiencia en manantial. Poesía esencial, natural, por momentos, primitivista, sin pretensiones de perspectiva o vacuos intelectualismos. Más cercana a la juglaría que a la clerecía, pero eso sí, con un conocimiento desvaído del lenguaje, pleno de intuiciones y exuberante en imágenes, como ciertas músicas, que sin esbozar intenciones de grandeza, se tararean en las plazas, sin que les asusten los palacios:

   Como me compongo yo que vivo triste

   Acordate Moralito de aquel día que estuviste en Urumita y no quisiste hacer parranda

   ¿Y dónde estaba Dios cuando tú te fuiste?

   El odio no es más que amor triste

   Mamá yo quiero saber de dónde son los cantantes

Entonces El Cenizo que viene de esos mismos hornos de fundición no se arredra para decir:

     Acuérdate de cuando éramos los boquetos de la cuadra

     Y tirábamos la baba por Betsabé y Soraya

     -las vecinas de enfrente-    (p.15)

 

     Regresa a los palos de escobo

     donde descubrimos la redondez del mundo (p.15)

 

    Cuenta mi papá

    que él nunca aprendió la palabra cangrejo

    porque se encontraba en cualquier diccionario

    mientras que cangarejo

    la conseguía debajo de las piedras

    en una quebrada que con su brisa de guayaba

    sigue pasando por el pueblo   (p.40)

 

Y si Borges, el erudito e inmenso Borges, fue capaz de expresar que le dolía una mujer en todo el cuerpo (El Amenazado), Alvaro Neil Franco, afirma que Si Katherine se fuera, yo simplemente sería un delfín manteniéndome a flote sobre su peso muerto. Las cosas cuando está bien dichas se tornan verosímiles, además adquieren sabor de perpetuidad.

Al poeta Alvaro Neil Franco  – explorador de luna como el astronauta- se le acosa a veces para que sea más centrado, más ordenado en sus lecturas y escrituras, más planificador de su vida y de sus muertes, él hace un guiño malicioso, acepta las sugerencias, de dientes para adentro y vuelve a las andanzas de su corazón de cometa sin cola. El intuye que el universo es demasiado grande para caer en picada libre. Quizás llegue lejos, quizás se rompan sus palitos contra el muro de la cotidianidad. Todo es un albur; ahora es un académico respetable, un padre de familia, amoroso y ejemplar, pero sea como fuere y viva donde viva, encima de su computador hay un gallo de pelea, madrugador y en la cabecera de su cama, un carbonero florecido de pájaros.

 

Álvaro Neil Franco, La saga de los clavellinos (o la calle del barrio que le conoció la infancia). Cali, Escala de Jacob Poesía (Director Horacio Benavides), Programa Editorial Universidad del Valle, 2008.

 

REFERENCIA

Averchenco, Arkady (1971). Discusión en la escuela y otros cuentos. Antología. Bogotá, Colección Popular, Biblioteca Colombiana de Cultura.

 


 

NAVÍOS DE CARONTE DE CARLOS FAJARDO FAJARDO

O LA PERMANENCIA DEL EXILIO

 


Orlando López Valencia

LOS CAMINOS DEL EXILIO

 

Carlos caminaba junto a Elizabeth. Sobre su hombro, con la mano diestra, sostenía una guitarra. Martha y yo caminábamos detrás. El río Cali dejaba escuchar su exiguo caudal como una queja mientras la brisa de la tarde arrastraba las hojas secas. Nos detuvimos cerca de la orilla y nos sentamos sobre la hierba. Carlos, en posición de loto, colocó la guitarra sobre sus piernas y cantó. Las muchachas fueron cediendo derrotadas por las baladas y cuando el ambiente era propicio para el romance, Carlos se detuvo, dejó a un lado la guitarra y nos regaló su primer sol:

Si escribí fue tan solo para no morir
En mis primeros años
no contaba con la astucia de hombres muertos.
Caminaba entre higueras marchitas
conociendo de prisa la silueta de las cosas.
Sin olvidar sus formas
me detuve a darles nombre.
Así aprendí el mundo.
Ahora no puedo faltar a mi palabra.
De este a oeste
igual a péndulo de arena
mi deseo crece cotidiano.

La luz del poema aplazó la caída de la noche que se nos venía encima y celebramos ese inesperado sol. Al fondo, el puente Ortiz parecía una postal de otra ciudad. La que nosotros habitábamos era tan joven como ellas.

Una semana después nos volvimos a encontrar, esta vez solos. Las amigas ya habían ingresado a ese álbum de los seres perdidos al que a veces volvemos a reconocernos. Me ofreció ser miembro de la editorial Si mañana despierto, y, aunque admito que me entusiasme, decidí que era muy joven para responderme esa pregunta.

Desde aquel día no nos volvimos a ver. Sin embargo, año tras año, me llegaban noticias de sus logros y pensé que la noción de muerte siempre presente en su sello editorial lo había hermanado con el más allá. La muerte lo persigue y parece que se regocija con su arenga:

...nadie nos quitará la gratitud de ver un nuevo día
tan mísero y sin jardín.
Aquí la alegría no alcanza para todos. Estamos cansados. Hemos habitado por años casas de gran oscuridad
fornicado en sus estrechos espacios bebido en las noches Íntimas no ha sido suficiente.
Algo nos falta.

Debemos dar las gracias a ese vacío que hace que Carlos, tratando de llenarlo, nos regale sus ensayos y su poesía. Ese vacío que lo afirma porque es evidente que se niega a desaparecer.

Hace pocos días volví a saber de él. A mi puerta llegó el cartero con los Navíos de Caronte y sentí que ese pequeño hombre que se alejaba a prisa en su bicicleta era un emisario del infierno. La belleza del libro me hizo dudar. Lo leí lentamente y en cada verso me fui adentrando en ese mar tan ajeno y tan nuestro.

Estas barcas nos llevarán a otros países.
Son nuestra fortaleza
El suplicio por una libertad remota y triste.

Dudé en continuar. El poeta nos edifica en un verso una esperanza y en el siguiente la derriba. Sin embargo, ya estaba con los remos en la mano. Era uno más de esos seres que desesperadamente buscaban la otra orilla.

Las olas se estrellan contra los remos
y nosotros, semidesnudos,
somos sombras en esta noche sin luna.
No tenemos tierra no fogón que nos ampare,
Sólo este navío lleno de silencio
guiado por el fantasma de Caronte.

Sentí miedo. Traté de tomar distancia de esa oscura tripulación pero los sentí tan míos que seguí remando. Podrían ser de otras latitudes, otras lenguas, otros árboles, pero en los caminos del exilio somos una manada asustada que busca salvarse.

No es fácil vivir el infierno como objeto estético, sin embargo, cuando se vuelven los ojos hacia atrás o los proyectamos a lo por venir surgen la nostalgia y la esperanza como dos carnadas que saltan en este mar embravecido. Ahí está la belleza, esquiva, azarosa, intermitente. Carlos lo sabe, es el pescador que nos arrastra.

Finalmente cuando arribamos a la otra orilla, el país que dejamos atrás nos llama.

Estoy hecho para el recuerdo.
Ahora sé que no seré feliz.
Triste e esta fortaleza donde no perduraré,
Triste de mí
Triste de viento
Triste de ser lo que soy
Aunque perduren las hojas caídas
y los pájaros.

Quizá este mar que atravesamos no sea otra cosa que el tiempo y lo que Carlos busca es volver a la orilla del río a cantar baladas, a arder, como alguna vez lo hizo, en su primer sol.

 

Carlos Fajardo Fajardo, Navíos de Caronte, Bogotá, Común Presencia Editores, 2009, 62 Págs.

 

Lectura ofrecida en la Biblioteca Departamental, Cali, Julio 2-2009.

 


Gustavo Adolfo Quesada

NAVÍOS DE CARONTE DE CARLOS FAJARDO FAJARDO 

 

"La mano que maneja la pluma

vale tanto como la que maneja el arado"

Arthur Rimbaud

 

Conozco a Carlos Fajardo Fajardo desde comienzos de los noventa el siglo XX, cuando él y su hermanad de poetas y de gestores culturales: "Si mañana despierto", se abrían espacio en los ambientes literarios de Bogotá. Jóvenes, seguros y denotados, en más de una ocasión nos coludimos para programar eventos literarios. Desde esos días Carlos Fajardo se manifestaba como lo que es: "un horrible trabajador" -tal denominaba Rimbaud al poeta vidente-, ya sea haciendo la maestría de literatura y luego el doctorado, como docente, como ensayista que busca las claves de las nuevas culturas y las nuevas sensibilidades, o como poeta que trasciende lo sensible cotidiano para nevegar en las aguas profundas de las desgarraduras del hombre. Su pasión por el verbo lo ha llevado siempre a una disciplina de carácter total. De ahí sólo podría surgir una obra rigurosa con capacidad de develar el mundo y anclarse en la  memoria de la cultura. Muchos reconocimientos y premios atestiguan esa búsqueda y esa inmersión ética en nuestros torvos tiempos, para resurgir con la palabra exacta, la única capaz de abrir el futuro desde los resquicios de lo onírico y el horizonte de lo humano, porque como diría Jorge Gaitán Durán lo estético y lo ético una ligazón indisoluble.

Mi soledad es más grave que una esquirla
Clavada en el corazón
más terrible que la sed del viajero
más basta que los mares de mi patria

Navíos de Caronte, libro bellamente editado por la Colección Los Conjurados de Común Presencia, iluminado con navíos surgidos del pincel de Edgar Insuasty, es un poemario con cuatro puertas que uno no sabe si se abren o están cerradas para los viajeros: Navíos, Diásporas, Puertos, Exilios, ¿De qué habla el poeta? En el mundo de hoy el desplazamiento y la migración surgen en Córdoba o Nariño (Colombia), en Rusia, en Sudán, en Marruecos, en Túnez o África del Sur, en la China, en el Salvador, en Guatemala o en México. Inversamente a lo sucedido desde el siglo XVI y hasta la mitad del siglo XX, cuando desde el centro las corrientes migratorias se dirigían al Tercer Mundo, hoy presenciamos "la colonización inversa". pero mientras los viajeros del centro encontraron siempre una recepción abierta y en poco tiempo se constituyeron en parte de las élites dominantes, valga el caso de los migrantes europeos hacia América por todo el siglo XIX y el siglo XX, los actuales migrantes no encuentran recepción distinta a la de la policía. Y a donde quiera que lleguen, sea Europa o América del Norte, los esperan la discriminación y el abandono. Y esto cuando logran llegar, cuando sus huesos no van a parar al fondo del mar.

"Soy extranjero/ sin nombre/ sin ley/ sin luna. /Soy extranjero/ sin lengua/ sin palabras. /Soy extranjero/ sin madre/ sin patria/ sin un árbol que recuerde".

Quedarse sin lengua, sin memoria, en una tierra extraña,es quedarse sin patria. ¿Cómo portar la patria cuando la propia lengua es otra, cuando se vive en las sombras, cuando se es representación del mal? El poemario es contundente: se inicia el viaje con expectativa, se arriba a puertos que proscriben la entrada, se llega al exilio, a la soledad y a la autonegación: " Esta ciudad para mi se oculta. /No soy más que un despojo/ en una calle enemiga". No se trata de la tragedia de un grupo humano o de una cultura específicos. Es una tragedia universal. Inmensas masas humanas se desplazan de sur a norte, luego de que sus sociedades fueran desarticuladas y saqueadas por el colonialismo y cuando han sido destruidas por la guerra; cuando las potencias coloniales construyen fronteras que separaron hermanos y aglomeraron  culturas diferentes; cuando la única alternativa que se encuentra es ser un paria en España, en Francia, en Italia o en Alemania. "La Otra Orilla" es el lugar del desarraigo, de la pérdida de los sueños, de la disolución de lo humano: "¿(...) alguien habrá encendido un fuego a nuestro nombre?/ ¿Presentirán este vacío el vacío, sin dolor alguno?"

¿Dónde quedaron entonces las promesas de la razón y la ilustración? ¿Dónde el humanismo del que han hecho gala las naciones "civilizadas" argumento socorrido para justificar su colonialismo sobre el resto del mundo? El mundo global abre sus fronteras, sobre todo las de otrora llamado Tercer Mundo, para que circulen el dinero, las mercancías y los símbolos pero no los hombres. Los desplazados terminan en el fondo del mar: "En casa nadie sabe/ que ahora somos dos cadáveres/ sin compañía alguna"

Es posible que el poeta haya percibido en toda su dimensión esta crisis de proporciones inusuales en sus periplos por Colombia y por el mundo. Es posible que haya recibido el terrible sacudón en alguna parte de España o en las comunas de Cali o Medellín: Quizá en una esquina de Bogotá cuando se nos acercan los desplazados. Todo lo hemos percibido, todos padecemos el impacto de las noticias de las pateras o la zozobra de los balseros, o las casas llenas de chinos que esperan pasar por Colombia rumbo a Centroamérica y de allí a México y a los Estados Unidos. Pero no todos podemos transformar el dolor humano en arte. En el ambiente se respiran todavía fragmentos de los "Cuadernos de Sarajevo" de Juan Goytisolo, como el caso más cercano de un texto que recorre el dolor de un pueblo, de un momento histórico y lo lanza al espacio para sacudir la conciencia universal.

La lectura y la relectura de Navíos de Caronte nos exige, además, una digresión: toda obra de arte nace de una experiencia singular en la sensibilidad y la conciencia del artista, pero sólo su trabajo, su esfuerzo denotado, su medir cada hecho creativo en su justa dimensión hace de su experiencia algo universal. Tal es el caso del poemario que comentamos: el desgarramiento del dolor humano se hace universal en palabras contenidas, cinceladas con su sudor y con talentos, hijas de quien ve en la poesía la posibilidad cierta todavía de señalar el dolor y el sufrimiento: "Ancho es el mar. /Mis cabellos se agitan por los tempranos vientos. / Sumergido en la inmensidad de la luna / se me acaba la tarde. / Que nadie se fije en nuestros aguados ojos. / La muerte será más cruel y pura/ en océanos de nadie".

No hay realismo. No hay cuerpos. No hay nombres ni apellidos. Los migrante, los desplazados, son fantasmas que sueñan, que deambulan, que sienten dolor y nostalgia, que rememoran el cuerpo de la amada o el calor del fogón de la casa de la madre; que dibujan el árbol o sienten las medusas en los ojos como certificado de su propia muerte. No hay desbordes lingüísticos ni quejidos sentimentales. Contención, precisión y una herida abierta de la primera a la última página.

Pero llegados a la parte final, "Exilios" el autor nos subvierte la mirada: En el mundo actual se han finiquitado los lugares. Donde quiera que estemos: la ciudad, la calle, la distancia, nuestro destino es el de los exiliados. La casa de los juegos, la calle de la añoranza, la infancia, la voz de la amada, todo nos anuncia que los lugares se han perdido en la memoria y que la memoria nos conduce al exilio. No hay lugares. Todo es un grande y a la vez pequeño mundo, ajeno, veloz e implacable, que arrasa los recuerdos, los colores, las texturas que le podrían dar sentido a la existencia. Si antes el exilio era un lugar físico, ahora es un lugar permanente de la sensibilidad y de la existencia. ¿Cuál es el territorio que pisamos? ¿Qué tienen que ver conmigo las ciudades, las muchedumbres, el tiempo al que no contienen los relojes, las luces que hacen todo más oscuro?

"Acostúmbrate, dicen tus cartas /a ese destino de ciudad / que hoy sostiene tu mirada".

 

Bogotá, marzo de 2009.

 


Rafael Díaz Borbón

CARLOS FAJARDO FAJARDO

Y SU POESIA DEL EXILIO

 

A pesar de las penurias y de la exclusión con las cuales se manejan los asuntos de la cultura en el país, al punto que la inmensa mayoría de dichas actividades estéticas ni siquiera son registradas por los entes supuestamente encargados de ellas, hay creadores quienes, ante la marginalidad e indiferencia oficiales, continúan dando muestras valiosas de su creatividad y, aunque no lleguen a los círculos de los privilegios informativos, cuentan igualmente con cientos y hasta miles de lectores anónimos, en la academia, y como creadores viven en los inmensos márgenes, disponiendo de ese otro tipo de información que en éstos se produce.

En ese contexto, mucho más complejo aún, el porta, Carlos Fajardo Fajardo, de la mano de la Colección Los conjurados, de común Presencia Editores, da a conocer este nuevo libro de poemas, Navíos de Caronte, utilizando para su título la mítica figura de la literatura griega, encargada de llevar en su barca a los muertos más allá de las islas del averno. Una metáfora para llamar la condición y situación de apremio de aquellos, quienes angustiosamente buscan una vida digna yéndose de un Continente a otro en las conocidas pateras de África, rumbo a España, siendo extensivo a muchos otros inmigrantes en distintas partes del mundo, como aquellos esperanzados en el sueño americano. Los Navíos de Caronte, a la vez, resultan en otra metáfora del viaje de los desplazados, consistente en el viajero, en la familia obligada por circunstancias irrenunciables a desplazarse de su patria a otro Continente, incluso de su tierra, a las periferias de miseria de las ciudades dejando atrás todo cuanto aman.

Dos o tres lecturas paralelas, de acuerdo a las motivaciones del lector, se pueden ir haciendo de los "Navíos, Diásporas, Puertos, Exilios". Desde el primer poema de Navíos, "Nos enmudece el mar/ su insistente sonido...", un ritmo, una cadencia, un movimiento en el cual se arrastra y envuelve al lector, lo va llevando; al mismo tiempo una atmósfera seductoramente extraña, ignora, por donde se va cadenciosamente de un verso a otro, de un poema a otro. Al viajar en una u otra de esas lecturas, el lector no tiene otra opción, como los "guerreros" dispuestos a pasar las turbulentas aguas de una orilla a otra, atraídos por "el sonido de las olas /  el llamado de Caronte" hacia lo tantas veces anhelando pero desconocido, incierto y/o trágico. Logro destacable de este libro de poemas, con esa cadencia y esa atmósfera de las cuales la palabra, la imagen, se hace un instrumento con las diferencias técnicas y sin el vasto y complejo despliegue de inmensidad interior de un Saint-John Perse, en obras como "Mares", los Navío e Caronte parecieran navegar en esos mares del poeta franco-antillano.

Si bien la referencia, con sus impresionantes imágenes, de quienes dejan sus países en África para arrojarse en frágiles pateras tratando de alcanzar las costas de España, pudo desatar ese viaje de imágenes poéticas, "Navíos" es también la suerte, la diáspora, el exilio de tantos pueblos en el mundo acosados por el hambre y/o la violencia, haciendo olvidar el problema de las pateras, para reflejar ese viaje de tantos latinoamericanos en busca de un mejor destino en los Estados Unidos y en Europa: "he soportado estas calles / buscando palabras / para nombrar mi bárbara ciudad. / Nada he encontrado. / Solo repudio en un país de plomo". Una vez en tierra extranjera, el desarraigo, la soledad, la incomunicación, la soledad, ese "homesick" de los ingleses no pueden sino contenerse en versos como estos:

Soy un extraño en trenes de extraños
Un pasajero sin más
Embriagado de luna.

No conozco estos seres que pasan como un vicio
No sé nada de sus largas jornadas
Ni de su íntimo bar.

Busco mi patria en las patrias de otros
Y no sé qué país
Con sus miedos me habita.

Este poema, en otra lectura, muestra la soledad y el desamparo del poeta, la separación indeseada del amor, deseando todo lo lejano y no encontrándose en los nuevos lugares transitados, a donde de deberes de la vida lo han traído pero en la extrañeza y desasosiego su voz se hace una imprecación al destino, yendo hasta las mismas raíces ancestrales: "Mi mano busca la mano de mi madre / pero desde entonces todo ha sido ausencia / y nada puede ya traer su rostro alucinado. / Mi mano busca la palabra del hermano..."/

Hermosa y trágica experiencia poética la de este libro, habiendo abordado una problemática con todas sus turbulencias interior, cierra con la nostalgia siempre presente del regreso, en aras de recuperar todo lo dejado aunque esto, tantas veces, ya no sea sino un sueño: "¿Quién me llevará de nuevo a mi triste y bello país? / Está en la otra orilla. / Llamo / pero madie responde".

 


 

Bernardo Javier Tobar Q.

“La mirada espejeante” de Julio César Goyes

 

La Mirada espejeante Análisis textual del film El espejo de Andrei Tarkovski(1974)de Julio César Goyes Narváez, profesor del Instituto de Estudios en Comunicación y Cultura de la universidad Nacional de Colombia, es el resultado de un arduo proceso de investigación de orden interdisciplinario que toma sentido en la lectura sobre una de las obras más interesantes del cineasta ruso, ubicándolo en su cinematografía. El autor despliega una lectura innovadora y completamente contemporánea e intertextual del film, toda vez que se fundamenta, en primera instancia, en la original Teoría del texto y análisis textual desarrollada por el profesor Jesús González Requena; en segundo lugar, en varias investigaciones que se han hecho sobre la obra del cineasta y finalmente en otras perspectivas de análisis como las desarrolladas por autores de gran prestigio como George Bataille, Guilles Deleuze, Feliz Guatari, Walter Benjamin, José Luis Borges, entre otros.

El libro editado por la Editorial de la Universidad Nacional de Colombia no es un texto liso, lineal, sino que cada cita, paraje e imagen nos da cuenta de las diferentes dimensiones del texto-film y con él de la cinematografía tarkovskiana. Se trata de una lectura creativa que enlaza varios hilos: la filmografía del cienasta ruso, las propias reflexiones que hace el realizador de su obra, la estética del propio film, los recursos y el contexto histórico; materiales con los cuales el investigador-espectador trabaja para trazar una lectura que favorece no una crítica convencional sino un texto poético, que dicho sea de paso, desafía los enfoques interpretativos.

Al profundizar en la filmografía de Tarkovski, los textos escritos del cineasta, los recursos visuales, plásticos y sonoros, las asociaciones poéticas y en el ritmo del relato tarkovskiano, Goyes Narváez realiza importantes contribuciones sobre el cine tarskovskiano y su personaje/ pensador/ narrador del film, de tal modo que introduce al lector en la experiencia interior del realizador que, según él mismo reveló, era arcilla con la cual moldeaba sus películas. A caballo de dichos materiales y sin desprenderse de su experiencia interior, el profesor Goyes hace un tratamiento de diversos “eventos” de la película desde varios planos (antropológico, filosófico, estético). De esta forma, lo que el lector vivencia a través del análisis textual que hace el autor, es un desplazamiento por la infancia, la carencia, el miedo, el retorno, el abandono, la muerte, la guerra, la violencia y lo que padecemos cuando nos enfrentamos a los diferentes planos de lo imaginario, lo simbólico y lo real.

Libros como del Dr. Julio César Goyes, son el resultado de valiosos esfuerzos intelectuales y artísticos que hacen importantes contribuciones desde nuestros contextos al arte, la cultura y la investigación.

 

Popayán, enero 30 de 2015.

 

Goyes N., Julio César, La mirada espejeante. Análisis textual del film El espejo (Zérkalo, 1974) de Andrei Tarkovski, colección Obra Selecta del sello editorial de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2016.

 


ARRAYÁN O LA PALABRA MESTIZA

Henry Manrique

Carátula de Armando Villlegas

 

En el Gólgota se ubica la casa del Arrayán. Una situaciones la vuelve especial, es esquinera lo que permite disfrutar dos trayectorias, allí se interceptan no solo los vientos fríos del sur sino también las miradas. Como los hogares de los ancestros, la imagino, que tenía o tiene todo al alcance de la mano. Basta “evocar” que desde las cocinas ahumadas por los leños o el carbón y desde la infaltable ventana que daba o colindaba con el  huerto, la mamá vieja, o el padre, solo estiraba su mano para alcanzar las uvillas, la hierba buena, la manzanilla, el ají o el “tauso o tuzo”, que se enredaba en el churo cósmico o sarcillos pegados a los colores que empezaban en el verde y no terminaban en el amarillo. En esos ambientes se creaban los paraísos donde se revolcaban los aires junto a los juegos y sonrisas de los niños, infantes que se habían aseado con paico y habían ahuyentado los espíritus malos con la ruda.

Pero en la cuadra de atrás también se enmarañada la selva. Las campánulas, los claveles, geranios, rosas y gladiolos ordenaban a los quindes para iniciar el rito de la  levitación. Entonces el agua que había dormido al filo de la niebla nocturna, el sol, y las manos que ordenaban alejarse a la maleza, en una  acto de complicidad creaban la belleza inicial, sincera, inocente y verdadera. Cuanto debe extrañar Julio Cesar Goyes estos cuadros vivos tantas veces repetidos y que, sin embrago, son  novedosos, iniciatorios, elementos claves que retornan intermitentemente para poder nostalgiar sobre el pasado.

Y es que la poesía es eso, nostalgiar. John O. Kuinghttons, decide que la poesía es evocación, con la razón que la palabra evocar es, como lo percibo, quizá me equivoco, en esto también hay destreza, volver a la boca, es volver a decir, es reinventar o transmutar en palabra la memoria, en ese sentido quizá los dos términos carezcan de antonimia porque se parecen tanto; pero la nostalgia es más bien ese retornar al pasado, es el disfrute desde un presente que tampoco existe, es también una forma de redención por habernos alejado en busca de otras ternuras, de otros destinos. Aquí en este punto, la poesía de J.C. Goyes en Arrayán encuentra su manija, es decir la esencia del hombre es lo pretérito, porque el futuro aún no es, y el hoy es desde ya, pasado, “instante fugaz donde el tiempo no es presente”. Y más aún, la evocación y la nostalgia es lo que lo mantiene unido, en la palabra, al lugar de su génesis.

Pero desde donde se nostalgia, esa urdimbre es instantánea, como veloz y etéreo es el levitar del quinde, ser alado que solo puede ser atrapado en la palabra. Es que Julio Goyes no sólo evoca el lugar de encuentros y desencuentros, los jardines, las flores, la esquina filosa que arrastra los aromas; el evoca la misma palabra. Creo que el quinde no sería tan fantástico si lo hubiera denominado con otro término, picaflor o colibrí. Goyes evoca los sonidos, los ecos, la música (el quinde es música, es pentagrama, “Quisinde quinde”, charagüitos, pingullos), es decir lo que se cifra en el canto dulce de la gente de los Andes. El quinde no puede prescindir tampoco de taita, wachi, lluspe, achilan y tantos vocablos que los encuentro dulces como la savia o miel que recibe de su amante del jardín.

El poeta, entonces, extraña el elemento y la palabra que la evoca. En el sur de leyendas y mitologías el “enruanado” Juan Chiles invita a desanudar el discurso en un sentido tríptico, Pasto- Quechua- Español. El Idioma Pasto, que según Sergio Elías Ortiz, se extinguió en el siglo XVIII, pero del cual prevalecen muchas palabras; el quechua, heredado a los pastos por los adelantados del imperio Inca, las yanaconas; estos idiomas ancestrales indígenas aportan un caudal importante de palabras al idioma español que en la triada se ubica en el tercer lugar. En cuestión,  Julio  Cesar Goyes, anuda o mejor teje esta manta lingüística logrando una identidad poética que generaliza partiendo del yo autor al todo lector; casa-barrio-comunidad. Entonces reincide en la belleza de la palabra nostalgiada, choza, curaca, chagra, chasqui o andador de chasquiñanes. En este punto, Goyes es un deambulante lúcido que transita los callejones de la memoria, evocando y comunicando con suavidad de pasto su alma.

Es que no puede ser de otra  manera, el hombre no puede desarraigarse de su primer entorno, el sonido, que se incrusta incluso desde el útero, es eco que rebota  sobre el mundo, es lenguaje, es signo. En ese  ámbito, cuántas voces  no  recorrieron y recorren los recintos de su primer  morada; y allí, en los intersticios que va  dejando el tiempo, desde esas rendijas que nos indican la trashumancia de los hombres, es cuando Julio Cesar Goyes nos rescata y nos hace comprender que somos uno solo; este acto mágico en la palabra es lo que vuelve universal la poesía del autor de La ciudad de las Nubes Verdes.

En el eco y la mirada, más distanciado aun de sus aldeas surianas, me remite a pensar que, a un hombre, como Goyes, que ama lo que deja atrás, solo por momentos porque siempre retorna, aunque lo espacien lomas y montañas, mares y continentes, no olvida tampoco este mestizaje que puede ser la poesía, y esto es fundamentalmente bello como la palabra o el verso que lo nombra y lo más importante, allí, cuando nos atrevemos a reencontrarnos en el verso que antaño fue vivencia, solo allí entenderemos lo que somos…  ya Borges insistía que “estamos hechos de  pasado”.

 


LA FLOR DE NUESTRA MEMORIA

Gonzalo Márquez Cristo

 

Al leer Arrayán de Julio César Goyes que reúne sus libros El eco y la mirada (2001) y El quinde y los geranios (2013), nos queda la certidumbre de que la niñez es el único territorio donde todavía vuela el colibrí.

En el primero de sus poemarios el tránsito se inicia en un patio de arrayanes con cuyes, donde una infancia expectante festeja la tierra natal del autor (Ipiales), para luego emprender el descubrimiento de una interiorizada Europa poblada de signos y evocaciones, mientras la indagadora escritura no renuncia a ser deseo y origen, y arrastra en el torrente el linaje de sus palabrasde sol y sus silencios de luna.

Luego, en El quinde y los geranios, la última de sus creaciones poéticas, el lector es invitado a vigilar el perturbador cáliz del poema, con el mágico propósito de cautivar a un misterioso dios errante, a un ser que conoce los secretos de la levedad y la muerte, vistoso señor del reino de la sorpresa, arcoíris fugitivo que reparte en su viaje la ventura y la fatalidad, que irrumpe y desaparece como si conociese los arcanos de lo invisible: el tucsito, tominejo, Q’inti o colibrí; íngrima ave que las culturas andinas distinguen como una deidad diminuta y grácil, cuyo poder no debe ser subestimado pues con su vertiginosa sabiduría vence al déspota cóndor encegueciéndolo como lo describe una leyenda inca.

Y este pájaro del sueño, que simboliza la libertad –pues según su mitología se suicida al estar en cautiverio–, para Goyes es epifanía: mitad carne trémula, mitad relámpago, y aunque ya ha sido poetizado en las más diversas literaturas, es fundamental afirmar que el evasivo diosito recobra aquí su luminiscencia gracias a la tierna y lúcida aproximación del autor, que con una percepción afinada durante sus años iniciáticos, logra que el sigiloso ser conformado de palabras descienda y ascienda entre pezones ardientes, bebiendo en la flor de nuestra memoria, dibujando con su misterioso vuelo el símbolo del infinito, y sembrando en nuestro interior el dulce deseo de que siempre a nuestra ventana llegue un suave mensaje, casi susurro, procaz picoteo en el silencio.

 

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El texto del poeta Gonzalo Márquez hace parte de la contraportada del libro Arrayán, editado por Común Presencia Editores en la Colección Los Conjurados, y que fue presentado el 27 de abril en el salón Porfirio Barba Jacob de CORFERIAS a las 6:30 pm., en el marco de la 26 Feria Internacional del libro de Bogotá.

 

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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