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Edgar Collazos Córdoba

UN LIBRO NECESARIO

 

Cierta vez William Ospina me dijo que para escribir una novela sobre la Cali de los años sesenta del siglo pasado era necesario conocer y rescatar los lugares, las canciones, la poesía y los hábitos de la gente que vivió en esa época. Y eso es verdad, siempre se dijo en los corrillos y cenáculos intelectuales, que los escritores caleños tenían una deuda con su ciudad. Que la ciudad precisaba un libro que recogiera las semblanzas y narrara no solo el desarrollo social, arquitectónico, artístico; que se necesitaba un libro escrito desde el corazón de la ciudad, un libro donde esté cifrada la cotidianidad que ofrecieron los espacios y las ansias de vida de generaciones inquietas, desarraigadas, existiendo bajo el sueño del arte.

Ya la deuda está saldada. Ese venturoso libro, que de alguna manera justifica la caleñidad, lo acaba de escribir el poeta y ensayista Carlos Fajardo Fajardo y lo publicó el Programa Editorial de la Universidad del Valle, que dirige Omar J. Díaz Saldaña. Forma parte de una colección llamada Las Ofrendas, dirigida por el poeta Julián Malatesta.

Inicialmente este bello y necesario libro, fue pensado con el fin de hacer un homenaje al poeta caleño Tomás Quintero (1945-1978) pero, página por página, otra preocupación de índole diversa se impone y complementa el memorable fresco literario. Recuerdo haber leído que Jorge Luis Borges, después de escribir su primer libro de prosa sobre Evaristo Carriego, un poeta menor argentino, declaró que, finalizado el libro, había descubierto que todo fue un pretexto para escribir sobre Buenos Aires. Algo análogo hay en La brevedad de la línea de tu mano, donde una buena parte de las ciento treinta y dos páginas que conforman el texto son escritura sobre la ciudad, y aun así el libro no adolece de arbitrariedades, antes, por el contrario, sentimos que la reconstrucción de la espacialidad urbana por medio de la palabra es el ámbito poético donde soñó y operó Tomás Quintero.

El libro inicia haciendo alusión al Cali de los años treinta, época cuando despega el proceso de modernización de la pequeña ciudad anclada en la estética del siglo XIX. Con prosa medida, eludiendo el “caleñol” y dueño de la precisión necesaria, Fajardo hace el recuento de las instancias culturales: La Voz del Valle, fundada el 12 de octubre de 1932; la Voz de Cali; Radio El Solo; La Voz del Río Cauca, gestoras del gusto musical que contenía ritmos caribeños, boleros, sones, guarachas, mambos y chachachás. Su prosa medida hace un rastreo de diferentes temas y no se le escapan los bares, prostíbulos, cantinas, bailaderos de los años cincuenta, como el Club Bavaria, El Séptimo Cielo, Aretama, Tibiri-Tábara y los de los años sesenta y setenta, como el Honka Monka, la Habana Club, conocido también como el Bar de William, centro donde se reunían los mejores bailadores y los adictos de la música del Caribe. No se le escapan los pormenores necesarios para atrapar, desde la evocación a la Cali de la vanguardia cultural, esa ciudad activa que los soñadores y bohemios de esa época añoran. Ahí están todos los escritores, críticos literarios, gestores culturales, instituciones como el TEC, el Museo La Tertulia, Ciudad Solar, El Festival oficial de arte de Cali, los nadaístas caleños, y el poeta Tomás Quintero Echeverry.

El libro nos cuenta que Quintero formó parte de un puñado de escritores que poetizaron la ciudad en medio del acontecer del Nadaísmo, sufriendo el desarraigo. Nos hace sentir la poetización del barrio San Nicolás, su gente, sus jóvenes. Para prueba este bocato exquisito:

 

                        Caminaré contigo

                        (…) Aunque sea largo el tiempo

                        de estar muertos

                        Aunque en mi barrio pobre el

                        Absurdo lo arruine todo lentamente

 

Ese es el tono y el dolor que con tino certero Fajardo analiza y le abre la puerta a esa poética que atrapa el barrio y su actividad callejera. Nos dice: “Poemas donde la ciudad está en transformación permanente. Es la vida típica de un barrio popular. Allí los rituales colectivos y de solidaridad han cambiado, se han perdido hasta volverse nostalgia, doloroso recuerdo”. De modo que el poeta describe los flujos cotidianos, los cambios tenebrosos y graciosos de su barrio de infancia:

 

             Mi barrio

             Mi barrio

             un día estuvo hecho

de carambolas y de sábados

de domingos de matinées con dulces y muchachas

de partidas de fútbol en las calles

y en la plaza de la barra de muchachos

de radiolas triunfantes en los bares

de Cortijo, de Charles, de Rolando

de Gardel el tanguista

y Daniel Santos.

Estuvo hecho de peleas

de cortada en los brazos

de cigarrillos perseguidos

por el policía de la esquina

de maricas adultos

de enormes prostitutas

de curas

de amaneceres colmados de beatas.

Un día

mi barrio fue todo eso

un día

cuando jugaba al amor por los zaguanes

y peinaba mi pelo

con peines prestados…

Mi barrio se deshizo poco a poco

Como una nube blanca

O como el humo.

 

Más allá del análisis y de los pareceres estéticos, algo hay en este libro de Fajardo similar a la poesía del poeta Quintero, quizás sea un dejo mitológico rasgado del irrevocable olvido; o será que, como está escrito desde la evocación, tiene el misterio, el poder poético de la nostalgia emanada de la ciudad del recuerdo. Pese a ese sentimiento ineluctable, este es un libro feliz, así que brindemos y démosle gracias a Carlos Fajardo, por este libro del porvenir, por lo espléndido de su arte, tan necesario para Cali.

 

Publicado en Revista Institucional de la Universidad del Valle: Campus

Edición 166, octubre de 2019

 

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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