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Bernardo Javier Tobar Q.

“La mirada espejeante” de Julio César Goyes

 

La Mirada espejeante Análisis textual del film El espejo de Andrei Tarkovski(1974)de Julio César Goyes Narváez, profesor del Instituto de Estudios en Comunicación y Cultura de la universidad Nacional de Colombia, es el resultado de un arduo proceso de investigación de orden interdisciplinario que toma sentido en la lectura sobre una de las obras más interesantes del cineasta ruso, ubicándolo en su cinematografía. El autor despliega una lectura innovadora y completamente contemporánea e intertextual del film, toda vez que se fundamenta, en primera instancia, en la original Teoría del texto y análisis textual desarrollada por el profesor Jesús González Requena; en segundo lugar, en varias investigaciones que se han hecho sobre la obra del cineasta y finalmente en otras perspectivas de análisis como las desarrolladas por autores de gran prestigio como George Bataille, Guilles Deleuze, Feliz Guatari, Walter Benjamin, José Luis Borges, entre otros.

El libro editado por la Editorial de la Universidad Nacional de Colombia no es un texto liso, lineal, sino que cada cita, paraje e imagen nos da cuenta de las diferentes dimensiones del texto-film y con él de la cinematografía tarkovskiana. Se trata de una lectura creativa que enlaza varios hilos: la filmografía del cienasta ruso, las propias reflexiones que hace el realizador de su obra, la estética del propio film, los recursos y el contexto histórico; materiales con los cuales el investigador-espectador trabaja para trazar una lectura que favorece no una crítica convencional sino un texto poético, que dicho sea de paso, desafía los enfoques interpretativos.

Al profundizar en la filmografía de Tarkovski, los textos escritos del cineasta, los recursos visuales, plásticos y sonoros, las asociaciones poéticas y en el ritmo del relato tarkovskiano, Goyes Narváez realiza importantes contribuciones sobre el cine tarskovskiano y su personaje/ pensador/ narrador del film, de tal modo que introduce al lector en la experiencia interior del realizador que, según él mismo reveló, era arcilla con la cual moldeaba sus películas. A caballo de dichos materiales y sin desprenderse de su experiencia interior, el profesor Goyes hace un tratamiento de diversos “eventos” de la película desde varios planos (antropológico, filosófico, estético). De esta forma, lo que el lector vivencia a través del análisis textual que hace el autor, es un desplazamiento por la infancia, la carencia, el miedo, el retorno, el abandono, la muerte, la guerra, la violencia y lo que padecemos cuando nos enfrentamos a los diferentes planos de lo imaginario, lo simbólico y lo real.

Libros como del Dr. Julio César Goyes, son el resultado de valiosos esfuerzos intelectuales y artísticos que hacen importantes contribuciones desde nuestros contextos al arte, la cultura y la investigación.

 

Popayán, enero 30 de 2015.

 

Goyes N., Julio César, La mirada espejeante. Análisis textual del film El espejo (Zérkalo, 1974) de Andrei Tarkovski, colección Obra Selecta del sello editorial de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2016.

 


ARRAYÁN O LA PALABRA MESTIZA

Henry Manrique

Carátula de Armando Villlegas

 

En el Gólgota se ubica la casa del Arrayán. Una situaciones la vuelve especial, es esquinera lo que permite disfrutar dos trayectorias, allí se interceptan no solo los vientos fríos del sur sino también las miradas. Como los hogares de los ancestros, la imagino, que tenía o tiene todo al alcance de la mano. Basta “evocar” que desde las cocinas ahumadas por los leños o el carbón y desde la infaltable ventana que daba o colindaba con el  huerto, la mamá vieja, o el padre, solo estiraba su mano para alcanzar las uvillas, la hierba buena, la manzanilla, el ají o el “tauso o tuzo”, que se enredaba en el churo cósmico o sarcillos pegados a los colores que empezaban en el verde y no terminaban en el amarillo. En esos ambientes se creaban los paraísos donde se revolcaban los aires junto a los juegos y sonrisas de los niños, infantes que se habían aseado con paico y habían ahuyentado los espíritus malos con la ruda.

Pero en la cuadra de atrás también se enmarañada la selva. Las campánulas, los claveles, geranios, rosas y gladiolos ordenaban a los quindes para iniciar el rito de la  levitación. Entonces el agua que había dormido al filo de la niebla nocturna, el sol, y las manos que ordenaban alejarse a la maleza, en una  acto de complicidad creaban la belleza inicial, sincera, inocente y verdadera. Cuanto debe extrañar Julio Cesar Goyes estos cuadros vivos tantas veces repetidos y que, sin embrago, son  novedosos, iniciatorios, elementos claves que retornan intermitentemente para poder nostalgiar sobre el pasado.

Y es que la poesía es eso, nostalgiar. John O. Kuinghttons, decide que la poesía es evocación, con la razón que la palabra evocar es, como lo percibo, quizá me equivoco, en esto también hay destreza, volver a la boca, es volver a decir, es reinventar o transmutar en palabra la memoria, en ese sentido quizá los dos términos carezcan de antonimia porque se parecen tanto; pero la nostalgia es más bien ese retornar al pasado, es el disfrute desde un presente que tampoco existe, es también una forma de redención por habernos alejado en busca de otras ternuras, de otros destinos. Aquí en este punto, la poesía de J.C. Goyes en Arrayán encuentra su manija, es decir la esencia del hombre es lo pretérito, porque el futuro aún no es, y el hoy es desde ya, pasado, “instante fugaz donde el tiempo no es presente”. Y más aún, la evocación y la nostalgia es lo que lo mantiene unido, en la palabra, al lugar de su génesis.

Pero desde donde se nostalgia, esa urdimbre es instantánea, como veloz y etéreo es el levitar del quinde, ser alado que solo puede ser atrapado en la palabra. Es que Julio Goyes no sólo evoca el lugar de encuentros y desencuentros, los jardines, las flores, la esquina filosa que arrastra los aromas; el evoca la misma palabra. Creo que el quinde no sería tan fantástico si lo hubiera denominado con otro término, picaflor o colibrí. Goyes evoca los sonidos, los ecos, la música (el quinde es música, es pentagrama, “Quisinde quinde”, charagüitos, pingullos), es decir lo que se cifra en el canto dulce de la gente de los Andes. El quinde no puede prescindir tampoco de taita, wachi, lluspe, achilan y tantos vocablos que los encuentro dulces como la savia o miel que recibe de su amante del jardín.

El poeta, entonces, extraña el elemento y la palabra que la evoca. En el sur de leyendas y mitologías el “enruanado” Juan Chiles invita a desanudar el discurso en un sentido tríptico, Pasto- Quechua- Español. El Idioma Pasto, que según Sergio Elías Ortiz, se extinguió en el siglo XVIII, pero del cual prevalecen muchas palabras; el quechua, heredado a los pastos por los adelantados del imperio Inca, las yanaconas; estos idiomas ancestrales indígenas aportan un caudal importante de palabras al idioma español que en la triada se ubica en el tercer lugar. En cuestión,  Julio  Cesar Goyes, anuda o mejor teje esta manta lingüística logrando una identidad poética que generaliza partiendo del yo autor al todo lector; casa-barrio-comunidad. Entonces reincide en la belleza de la palabra nostalgiada, choza, curaca, chagra, chasqui o andador de chasquiñanes. En este punto, Goyes es un deambulante lúcido que transita los callejones de la memoria, evocando y comunicando con suavidad de pasto su alma.

Es que no puede ser de otra  manera, el hombre no puede desarraigarse de su primer entorno, el sonido, que se incrusta incluso desde el útero, es eco que rebota  sobre el mundo, es lenguaje, es signo. En ese  ámbito, cuántas voces  no  recorrieron y recorren los recintos de su primer  morada; y allí, en los intersticios que va  dejando el tiempo, desde esas rendijas que nos indican la trashumancia de los hombres, es cuando Julio Cesar Goyes nos rescata y nos hace comprender que somos uno solo; este acto mágico en la palabra es lo que vuelve universal la poesía del autor de La ciudad de las Nubes Verdes.

En el eco y la mirada, más distanciado aun de sus aldeas surianas, me remite a pensar que, a un hombre, como Goyes, que ama lo que deja atrás, solo por momentos porque siempre retorna, aunque lo espacien lomas y montañas, mares y continentes, no olvida tampoco este mestizaje que puede ser la poesía, y esto es fundamentalmente bello como la palabra o el verso que lo nombra y lo más importante, allí, cuando nos atrevemos a reencontrarnos en el verso que antaño fue vivencia, solo allí entenderemos lo que somos…  ya Borges insistía que “estamos hechos de  pasado”.

 


LA FLOR DE NUESTRA MEMORIA

Gonzalo Márquez Cristo

 

Al leer Arrayán de Julio César Goyes que reúne sus libros El eco y la mirada (2001) y El quinde y los geranios (2013), nos queda la certidumbre de que la niñez es el único territorio donde todavía vuela el colibrí.

En el primero de sus poemarios el tránsito se inicia en un patio de arrayanes con cuyes, donde una infancia expectante festeja la tierra natal del autor (Ipiales), para luego emprender el descubrimiento de una interiorizada Europa poblada de signos y evocaciones, mientras la indagadora escritura no renuncia a ser deseo y origen, y arrastra en el torrente el linaje de sus palabrasde sol y sus silencios de luna.

Luego, en El quinde y los geranios, la última de sus creaciones poéticas, el lector es invitado a vigilar el perturbador cáliz del poema, con el mágico propósito de cautivar a un misterioso dios errante, a un ser que conoce los secretos de la levedad y la muerte, vistoso señor del reino de la sorpresa, arcoíris fugitivo que reparte en su viaje la ventura y la fatalidad, que irrumpe y desaparece como si conociese los arcanos de lo invisible: el tucsito, tominejo, Q’inti o colibrí; íngrima ave que las culturas andinas distinguen como una deidad diminuta y grácil, cuyo poder no debe ser subestimado pues con su vertiginosa sabiduría vence al déspota cóndor encegueciéndolo como lo describe una leyenda inca.

Y este pájaro del sueño, que simboliza la libertad –pues según su mitología se suicida al estar en cautiverio–, para Goyes es epifanía: mitad carne trémula, mitad relámpago, y aunque ya ha sido poetizado en las más diversas literaturas, es fundamental afirmar que el evasivo diosito recobra aquí su luminiscencia gracias a la tierna y lúcida aproximación del autor, que con una percepción afinada durante sus años iniciáticos, logra que el sigiloso ser conformado de palabras descienda y ascienda entre pezones ardientes, bebiendo en la flor de nuestra memoria, dibujando con su misterioso vuelo el símbolo del infinito, y sembrando en nuestro interior el dulce deseo de que siempre a nuestra ventana llegue un suave mensaje, casi susurro, procaz picoteo en el silencio.

 

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El texto del poeta Gonzalo Márquez hace parte de la contraportada del libro Arrayán, editado por Común Presencia Editores en la Colección Los Conjurados, y que fue presentado el 27 de abril en el salón Porfirio Barba Jacob de CORFERIAS a las 6:30 pm., en el marco de la 26 Feria Internacional del libro de Bogotá.

 

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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