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NAVÍOS DE CARONTE DE CARLOS FAJARDO FAJARDO

O LA PERMANENCIA DEL EXILIO

 


Orlando López Valencia

LOS CAMINOS DEL EXILIO

 

Carlos caminaba junto a Elizabeth. Sobre su hombro, con la mano diestra, sostenía una guitarra. Martha y yo caminábamos detrás. El río Cali dejaba escuchar su exiguo caudal como una queja mientras la brisa de la tarde arrastraba las hojas secas. Nos detuvimos cerca de la orilla y nos sentamos sobre la hierba. Carlos, en posición de loto, colocó la guitarra sobre sus piernas y cantó. Las muchachas fueron cediendo derrotadas por las baladas y cuando el ambiente era propicio para el romance, Carlos se detuvo, dejó a un lado la guitarra y nos regaló su primer sol:

Si escribí fue tan solo para no morir
En mis primeros años
no contaba con la astucia de hombres muertos.
Caminaba entre higueras marchitas
conociendo de prisa la silueta de las cosas.
Sin olvidar sus formas
me detuve a darles nombre.
Así aprendí el mundo.
Ahora no puedo faltar a mi palabra.
De este a oeste
igual a péndulo de arena
mi deseo crece cotidiano.

La luz del poema aplazó la caída de la noche que se nos venía encima y celebramos ese inesperado sol. Al fondo, el puente Ortiz parecía una postal de otra ciudad. La que nosotros habitábamos era tan joven como ellas.

Una semana después nos volvimos a encontrar, esta vez solos. Las amigas ya habían ingresado a ese álbum de los seres perdidos al que a veces volvemos a reconocernos. Me ofreció ser miembro de la editorial Si mañana despierto, y, aunque admito que me entusiasme, decidí que era muy joven para responderme esa pregunta.

Desde aquel día no nos volvimos a ver. Sin embargo, año tras año, me llegaban noticias de sus logros y pensé que la noción de muerte siempre presente en su sello editorial lo había hermanado con el más allá. La muerte lo persigue y parece que se regocija con su arenga:

...nadie nos quitará la gratitud de ver un nuevo día
tan mísero y sin jardín.
Aquí la alegría no alcanza para todos. Estamos cansados. Hemos habitado por años casas de gran oscuridad
fornicado en sus estrechos espacios bebido en las noches Íntimas no ha sido suficiente.
Algo nos falta.

Debemos dar las gracias a ese vacío que hace que Carlos, tratando de llenarlo, nos regale sus ensayos y su poesía. Ese vacío que lo afirma porque es evidente que se niega a desaparecer.

Hace pocos días volví a saber de él. A mi puerta llegó el cartero con los Navíos de Caronte y sentí que ese pequeño hombre que se alejaba a prisa en su bicicleta era un emisario del infierno. La belleza del libro me hizo dudar. Lo leí lentamente y en cada verso me fui adentrando en ese mar tan ajeno y tan nuestro.

Estas barcas nos llevarán a otros países.
Son nuestra fortaleza
El suplicio por una libertad remota y triste.

Dudé en continuar. El poeta nos edifica en un verso una esperanza y en el siguiente la derriba. Sin embargo, ya estaba con los remos en la mano. Era uno más de esos seres que desesperadamente buscaban la otra orilla.

Las olas se estrellan contra los remos
y nosotros, semidesnudos,
somos sombras en esta noche sin luna.
No tenemos tierra no fogón que nos ampare,
Sólo este navío lleno de silencio
guiado por el fantasma de Caronte.

Sentí miedo. Traté de tomar distancia de esa oscura tripulación pero los sentí tan míos que seguí remando. Podrían ser de otras latitudes, otras lenguas, otros árboles, pero en los caminos del exilio somos una manada asustada que busca salvarse.

No es fácil vivir el infierno como objeto estético, sin embargo, cuando se vuelven los ojos hacia atrás o los proyectamos a lo por venir surgen la nostalgia y la esperanza como dos carnadas que saltan en este mar embravecido. Ahí está la belleza, esquiva, azarosa, intermitente. Carlos lo sabe, es el pescador que nos arrastra.

Finalmente cuando arribamos a la otra orilla, el país que dejamos atrás nos llama.

Estoy hecho para el recuerdo.
Ahora sé que no seré feliz.
Triste e esta fortaleza donde no perduraré,
Triste de mí
Triste de viento
Triste de ser lo que soy
Aunque perduren las hojas caídas
y los pájaros.

Quizá este mar que atravesamos no sea otra cosa que el tiempo y lo que Carlos busca es volver a la orilla del río a cantar baladas, a arder, como alguna vez lo hizo, en su primer sol.

 

Carlos Fajardo Fajardo, Navíos de Caronte, Bogotá, Común Presencia Editores, 2009, 62 Págs.

 

Lectura ofrecida en la Biblioteca Departamental, Cali, Julio 2-2009.

 


Gustavo Adolfo Quesada

NAVÍOS DE CARONTE DE CARLOS FAJARDO FAJARDO 

"La mano que maneja la pluma

vale tanto como la que maneja el arado"

Arthur Rimbaud

 

Conozco a Carlos Fajardo Fajardo desde comienzos de los noventa el siglo XX, cuando él y su hermanad de poetas y de gestores culturales: "Si mañana despierto", se abrían espacio en los ambientes literarios de Bogotá. Jóvenes, seguros y denotados, en más de una ocasión nos coludimos para programar eventos literarios. Desde esos días Carlos Fajardo se manifestaba como lo que es: "un horrible trabajador" -tal denominaba Rimbaud al poeta vidente-, ya sea haciendo la maestría de literatura y luego el doctorado, como docente, como ensayista que busca las claves de las nuevas culturas y las nuevas sensibilidades, o como poeta que trasciende lo sensible cotidiano para nevegar en las aguas profundas de las desgarraduras del hombre. Su pasión por el verbo lo ha llevado siempre a una disciplina de carácter total. De ahí sólo podría surgir una obra rigurosa con capacidad de develar el mundo y anclarse en la  memoria de la cultura. Muchos reconocimientos y premios atestiguan esa búsqueda y esa inmersión ética en nuestros torvos tiempos, para resurgir con la palabra exacta, la única capaz de abrir el futuro desde los resquicios de lo onírico y el horizonte de lo humano, porque como diría Jorge Gaitán Durán lo estético y lo ético una ligazón indisoluble.

Mi soledad es más grave que una esquirla
Clavada en el corazón
más terrible que la sed del viajero
más basta que los mares de mi patria

Navíos de Caronte, libro bellamente editado por la Colección Los Conjurados de Común Presencia, iluminado con navíos surgidos del pincel de Edgar Insuasty, es un poemario con cuatro puertas que uno no sabe si se abren o están cerradas para los viajeros: Navíos, Diásporas, Puertos, Exilios, ¿De qué habla el poeta? En el mundo de hoy el desplazamiento y la migración surgen en Córdoba o Nariño (Colombia), en Rusia, en Sudán, en Marruecos, en Túnez o África del Sur, en la China, en el Salvador, en Guatemala o en México. Inversamente a lo sucedido desde el siglo XVI y hasta la mitad del siglo XX, cuando desde el centro las corrientes migratorias se dirigían al Tercer Mundo, hoy presenciamos "la colonización inversa". pero mientras los viajeros del centro encontraron siempre una recepción abierta y en poco tiempo se constituyeron en parte de las élites dominantes, valga el caso de los migrantes europeos hacia América por todo el siglo XIX y el siglo XX, los actuales migrantes no encuentran recepción distinta a la de la policía. Y a donde quiera que lleguen, sea Europa o América del Norte, los esperan la discriminación y el abandono. Y esto cuando logran llegar, cuando sus huesos no van a parar al fondo del mar.

"Soy extranjero/ sin nombre/ sin ley/ sin luna. /Soy extranjero/ sin lengua/ sin palabras. /Soy extranjero/ sin madre/ sin patria/ sin un árbol que recuerde".

Quedarse sin lengua, sin memoria, en una tierra extraña,es quedarse sin patria. ¿Cómo portar la patria cuando la propia lengua es otra, cuando se vive en las sombras, cuando se es representación del mal? El poemario es contundente: se inicia el viaje con expectativa, se arriba a puertos que proscriben la entrada, se llega al exilio, a la soledad y a la autonegación: " Esta ciudad para mi se oculta. /No soy más que un despojo/ en una calle enemiga". No se trata de la tragedia de un grupo humano o de una cultura específicos. Es una tragedia universal. Inmensas masas humanas se desplazan de sur a norte, luego de que sus sociedades fueran desarticuladas y saqueadas por el colonialismo y cuando han sido destruidas por la guerra; cuando las potencias coloniales construyen fronteras que separaron hermanos y aglomeraron  culturas diferentes; cuando la única alternativa que se encuentra es ser un paria en España, en Francia, en Italia o en Alemania. "La Otra Orilla" es el lugar del desarraigo, de la pérdida de los sueños, de la disolución de lo humano: "¿(...) alguien habrá encendido un fuego a nuestro nombre?/ ¿Presentirán este vacío el vacío, sin dolor alguno?"

¿Dónde quedaron entonces las promesas de la razón y la ilustración? ¿Dónde el humanismo del que han hecho gala las naciones "civilizadas" argumento socorrido para justificar su colonialismo sobre el resto del mundo? El mundo global abre sus fronteras, sobre todo las de otrora llamado Tercer Mundo, para que circulen el dinero, las mercancías y los símbolos pero no los hombres. Los desplazados terminan en el fondo del mar: "En casa nadie sabe/ que ahora somos dos cadáveres/ sin compañía alguna"

Es posible que el poeta haya percibido en toda su dimensión esta crisis de proporciones inusuales en sus periplos por Colombia y por el mundo. Es posible que haya recibido el terrible sacudón en alguna parte de España o en las comunas de Cali o Medellín: Quizá en una esquina de Bogotá cuando se nos acercan los desplazados. Todo lo hemos percibido, todos padecemos el impacto de las noticias de las pateras o la zozobra de los balseros, o las casas llenas de chinos que esperan pasar por Colombia rumbo a Centroamérica y de allí a México y a los Estados Unidos. Pero no todos podemos transformar el dolor humano en arte. En el ambiente se respiran todavía fragmentos de los "Cuadernos de Sarajevo" de Juan Goytisolo, como el caso más cercano de un texto que recorre el dolor de un pueblo, de un momento histórico y lo lanza al espacio para sacudir la conciencia universal.

La lectura y la relectura de Navíos de Caronte nos exige, además, una digresión: toda obra de arte nace de una experiencia singular en la sensibilidad y la conciencia del artista, pero sólo su trabajo, su esfuerzo denotado, su medir cada hecho creativo en su justa dimensión hace de su experiencia algo universal. Tal es el caso del poemario que comentamos: el desgarramiento del dolor humano se hace universal en palabras contenidas, cinceladas con su sudor y con talentos, hijas de quien ve en la poesía la posibilidad cierta todavía de señalar el dolor y el sufrimiento: "Ancho es el mar. /Mis cabellos se agitan por los tempranos vientos. / Sumergido en la inmensidad de la luna / se me acaba la tarde. / Que nadie se fije en nuestros aguados ojos. / La muerte será más cruel y pura/ en océanos de nadie".

No hay realismo. No hay cuerpos. No hay nombres ni apellidos. Los migrante, los desplazados, son fantasmas que sueñan, que deambulan, que sienten dolor y nostalgia, que rememoran el cuerpo de la amada o el calor del fogón de la casa de la madre; que dibujan el árbol o sienten las medusas en los ojos como certificado de su propia muerte. No hay desbordes lingüísticos ni quejidos sentimentales. Contención, precisión y una herida abierta de la primera a la última página.

Pero llegados a la parte final, "Exilios" el autor nos subvierte la mirada: En el mundo actual se han finiquitado los lugares. Donde quiera que estemos: la ciudad, la calle, la distancia, nuestro destino es el de los exiliados. La casa de los juegos, la calle de la añoranza, la infancia, la voz de la amada, todo nos anuncia que los lugares se han perdido en la memoria y que la memoria nos conduce al exilio. No hay lugares. Todo es un grande y a la vez pequeño mundo, ajeno, veloz e implacable, que arrasa los recuerdos, los colores, las texturas que le podrían dar sentido a la existencia. Si antes el exilio era un lugar físico, ahora es un lugar permanente de la sensibilidad y de la existencia. ¿Cuál es el territorio que pisamos? ¿Qué tienen que ver conmigo las ciudades, las muchedumbres, el tiempo al que no contienen los relojes, las luces que hacen todo más oscuro?

"Acostúmbrate, dicen tus cartas /a ese destino de ciudad / que hoy sostiene tu mirada".

 

Bogotá, marzo de 2009.

 


Rafael Díaz Borbón

CARLOS FAJARDO FAJARDO

Y SU POESIA DEL EXILIO

A pesar de las penurias y de la exclusión con las cuales se manejan los asuntos de la cultura en el país, al punto que la inmensa mayoría de dichas actividades estéticas ni siquiera son registradas por los entes supuestamente encargados de ellas, hay creadores quienes, ante la marginalidad e indiferencia oficiales, continúan dando muestras valiosas de su creatividad y, aunque no lleguen a los círculos de los privilegios informativos, cuentan igualmente con cientos y hasta miles de lectores anónimos, en la academia, y como creadores viven en los inmensos márgenes, disponiendo de ese otro tipo de información que en éstos se produce.

En ese contexto, mucho más complejo aún, el porta, Carlos Fajardo Fajardo, de la mano de la Colección Los conjurados, de común Presencia Editores, da a conocer este nuevo libro de poemas, Navíos de Caronte, utilizando para su título la mítica figura de la literatura griega, encargada de llevar en su barca a los muertos más allá de las islas del averno. Una metáfora para llamar la condición y situación de apremio de aquellos, quienes angustiosamente buscan una vida digna yéndose de un Continente a otro en las conocidas pateras de África, rumbo a España, siendo extensivo a muchos otros inmigrantes en distintas partes del mundo, como aquellos esperanzados en el sueño americano. Los Navíos de Caronte, a la vez, resultan en otra metáfora del viaje de los desplazados, consistente en el viajero, en la familia obligada por circunstancias irrenunciables a desplazarse de su patria a otro Continente, incluso de su tierra, a las periferias de miseria de las ciudades dejando atrás todo cuanto aman.

Dos o tres lecturas paralelas, de acuerdo a las motivaciones del lector, se pueden ir haciendo de los "Navíos, Diásporas, Puertos, Exilios". Desde el primer poema de Navíos, "Nos enmudece el mar/ su insistente sonido...", un ritmo, una cadencia, un movimiento en el cual se arrastra y envuelve al lector, lo va llevando; al mismo tiempo una atmósfera seductoramente extraña, ignora, por donde se va cadenciosamente de un verso a otro, de un poema a otro. Al viajar en una u otra de esas lecturas, el lector no tiene otra opción, como los "guerreros" dispuestos a pasar las turbulentas aguas de una orilla a otra, atraídos por "el sonido de las olas /  el llamado de Caronte" hacia lo tantas veces anhelando pero desconocido, incierto y/o trágico. Logro destacable de este libro de poemas, con esa cadencia y esa atmósfera de las cuales la palabra, la imagen, se hace un instrumento con las diferencias técnicas y sin el vasto y complejo despliegue de inmensidad interior de un Saint-John Perse, en obras como "Mares", los Navío e Caronte parecieran navegar en esos mares del poeta franco-antillano.

Si bien la referencia, con sus impresionantes imágenes, de quienes dejan sus países en África para arrojarse en frágiles pateras tratando de alcanzar las costas de España, pudo desatar ese viaje de imágenes poéticas, "Navíos" es también la suerte, la diáspora, el exilio de tantos pueblos en el mundo acosados por el hambre y/o la violencia, haciendo olvidar el problema de las pateras, para reflejar ese viaje de tantos latinoamericanos en busca de un mejor destino en los Estados Unidos y en Europa: "he soportado estas calles / buscando palabras / para nombrar mi bárbara ciudad. / Nada he encontrado. / Solo repudio en un país de plomo". Una vez en tierra extranjera, el desarraigo, la soledad, la incomunicación, la soledad, ese "homesick" de los ingleses no pueden sino contenerse en versos como estos:

Soy un extraño en trenes de extraños
Un pasajero sin más
Embriagado de luna.

No conozco estos seres que pasan como un vicio
No sé nada de sus largas jornadas
Ni de su íntimo bar.

Busco mi patria en las patrias de otros
Y no sé qué país
Con sus miedos me habita.

Este poema, en otra lectura, muestra la soledad y el desamparo del poeta, la separación indeseada del amor, deseando todo lo lejano y no encontrándose en los nuevos lugares transitados, a donde de deberes de la vida lo han traído pero en la extrañeza y desasosiego su voz se hace una imprecación al destino, yendo hasta las mismas raíces ancestrales: "Mi mano busca la mano de mi madre / pero desde entonces todo ha sido ausencia / y nada puede ya traer su rostro alucinado. / Mi mano busca la palabra del hermano..."/

Hermosa y trágica experiencia poética la de este libro, habiendo abordado una problemática con todas sus turbulencias interior, cierra con la nostalgia siempre presente del regreso, en aras de recuperar todo lo dejado aunque esto, tantas veces, ya no sea sino un sueño: "¿Quién me llevará de nuevo a mi triste y bello país? / Está en la otra orilla. / Llamo / pero madie responde".

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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