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Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

LA ESCUELA DE MÚSICA

 

Desprovistos de voz. Con las oquedades sin ojos. Varados en la orfandad de la nada. Y eran tantos que llenaban no solo la iglesia, sino las calles y la intemperie de Tunja. Provenían de los cuatro puntos cardinales y estaban allí para recibir un trozo de consuelo hecho de sonidos. (…) Y los aplausos cayeron como una lluvia fresca.

Pablo Montoya

 

Pedro Cadavid viene del ruido, busca el silencio. Viene de letanías y jaculatorias, y quiere hacerse su propio camino. La ciudad de los espejismos modernos y las megafamilias cargadas de insignias, buenas maneras y herencia repetitiva, lo han agobiado hasta el límite del despojo. Quiere ser él, quitarse la rémora de un padre bueno, pero fracasado, de una madre, como todas las madres, abnegada, diligente, espiritual, pero ajena a los movimientos telúricos y existenciales de su hijo, un tanto díscolo, frente a los requerimientos de la tradición familiar. Ha escuchado de una ciudad fría, recogida y austera; algo en él lo impulsa a caminarla, a penetrar en su cauce subterráneo. Y zarpa, con mínimas provisiones, muchacho apenas, con una ilusión amorosa en bandolera y un deseo de fraguarse un destino como músico. Ha dejado abandonados unos estudios de medicina, empezados sin mayor convicción, por las urgencias del padre, de tener un seguidor en su apostolado, la seguridad del marsupio materno, los primeros escarceos eróticos con Manuela, su ilusión y su lastre.

Llega a Tunja, esa extraña ciudad andina, como una isla rodeada de barrancos estériles por todos sus costados. En la Terminal lo recibe el primer sablazo de la niebla, unos cuantos perros y un hombre, llamado Lorenzo Cifuentes, especie de lazarillo a lo largo del relato. Trata de acomodarse, tiene frescas aún las imágenes de Medellín, sus luces y sus sombras, su calle iluminada, su farol a la entrada de un tango. Ha quemado sus naves, tiene que seguir, tanteando la niebla, como un barquero en la noche de la borrasca.

No puede haber apoteosis, todo es tan real como un poste, como unas mujeres marchitas en el umbral de la noche, como unas cobijas heladas que nunca le van a abrigar los pies, como unos seres hieráticos que irán deslizándose por las calles estrechas y las páginas de esta abigarrada novela de iniciación.

Pedro Cadavid es un equilibrista, siempre entre dos fuegos, primero en la ciudad de los espejismos, después en este nuevo ámbito, donde despliega sus dotes de estratega. Su recepción en la Escuela de Música no fue nada fácil. Tuvo que lidiar con el maestro Javier Zabala, una suerte de gurú de provincia, que no obstante su formación musical en La Unión Soviética y sus macondianas utopías, se ve constantemente enredado en un medio donde la burocracia, el menester de clerecía y el tufillo castrense, son el pan cotidiano. Tunja, como Popayán, son ciudades ancladas en un pasado de blasones, con la mirada oblicua hacia el fasto republicano y por contera, un tanto reacias a la innovación. Pedro Cadavid es un corcho dando vueltas en el remolino cotidiano. Tiene todo el tiempo del mundo para hacer de la música su trinchera de salvación. Así, entre solfeos, teoría musical y ejecución de instrumentos, se deja llevar, como hoja de invierno, por los vericuetos de la pequeña ciudad. El ocioso lector percibe un rictus donde se alternan el desdén y la resignación. La libertad, la independencia de su elección, cobran un peaje muy alto, pero Cadavid lo asume con coraje. Además, no es el único, entre la niebla de Hunzahúa pasa una galería de personajes que serían inocuos para el desprevenido transeúnte, pero que cobran matices de tragicomedia en la pupila vigilante de Cadavid, y por supuesto, en la cima de la pirámide simbólica urdida por el Narrador Omnisciente.

En las cuevas, hábitat inicial de los aprendices de músicos venidos de Antioquia –Hernando Escobar, Jaime Sánchez, Pedro Cadavid– se conforma una cofradía donde la música, la bohemia, tangencialmente la literatura, y el chismorreo sobre la cotidianidad se dan cita:

En esos días almorzaban y comían juntos. Sánchez, sin mucho entusiasmo, los guiaba por la ciudad. Aquí no hay mayor cosa que ver, decía. Solo iglesias, conventos y aguzar el oído para escuchar chismes que provienen de los tiempos coloniales. Maricas por allá, putas por acá y uno que otro crimen cenagoso como para recordarnos que estamos en el centro del infierno. (p. 46) 

Manuela empieza a fluctuar, en lo físico y en lo sicológico. Flota, como un motivo pictórico de Marc Chagalll, entre Medellín, Envigado, Bogotá, Tunja, París. Aparece y desaparece con relativa facilidad, a veces con turbulencia erótica, otras, con un gran desdén hacia Cadavid, hacia sus elecciones laborales, académicas e ideológicas. Es pura energía del instante, muy sincera, pero poco genuina, como decían de los románticos. Cadavid salta, de duelo en duelo, de incertidumbre en incertidumbre, hasta un grado tal de hipnosis afectiva que lo llevan a bucear en otros cuerpos, en otras coordenadas afectivas. Es la solidaridad de los arrinconados, la urgencia de los cuerpos que tratan de balbucir lo que las almas no pueden:

Acércate más dijo Pantoja. Se volteó y pegó las nalgas contra él. Cadavid le acarició el cuello. La respiración de los dos se hizo acezante. Él huía de la boca porque no gustaba del aliento a ajo y cebolla. Ella lo fue despojando de la ropa y buscó la erección con la mano. Cadavid se escabulló hacia abajo. Aspiró el olor de la desnudez. Hundió el dedo en la fisura mojada. Unas ganas apremiantes le sobrevinieron.

Entra dijo Pantoja.

Cuando iba a hacerlo, desde más allá de su deseo vio el rostro de Manuela. (p. 101)

Martha Pantoja es una mujer del sur, obsesiona por la poesía de Aurelio Arturo, hija de una mujer que se desquicia y se lanza a un bus, en Pasto. Trae consigo una estela olfativa muy particular de ajos y cebollas. Viste de manera original y navega todo el tiempo entre las brumas de lo alternativo; una especie de hippie, en una ciudad y en una Escuela de Música, donde la superficie no debe mostrar fisuras. Pedro Cadavid, siempre al límite, encuentra en ella, un excelente motivo para ir construyendo su novela futura: es, en términos de Lukács, una heroína degradada, abandonada por los dioses, demónica; esto es, un espécimen valioso para la corriente dialógica de la novela: Dostoievski, y su galería de humillados y ofendidos, Kafka y sus caracteres tiernamente ridículos, absurdamente humanos, limpios de cualquier encasillamiento porque son fichas movidas por un azar tragicómico.

Aparecen otros personajes pintorescos: Córdoba, el adalid de la vida bucólica, con su utopía de fundar una especie de colonia, con economía de autoabastecimiento; Leonardo el joven precoz, como un duende sin biografía, ni pasado, que llega y se va como un fantasma, después de dejar en la Escuela una impronta de frescura y anarquismo creador. La pareja de hermanos poetas, provenientes de una familia con tradición y abolengo, pero prisioneros en las redes del alcoholismo y la alucinación en un ámbito estrecho que los amarra y los libera a la vez, en un álgebra simbólica donde se pueden apostar los restos a la creación vanguardista o al despilfarro existencial. En esas pocas cuadras que rodean la Plaza de Bolívar y el campus universitario de la Uptc, proverbial universidad que formó una generación de pedagogos, dispersos por todo el país, deambulan estudiantes, profesores, dilettantes, escritores y artistas en formación. La novela recoge, y de paso, homenajea, a tres figuras definitivas en los inicios literarios de Pedro Cadavid: Jacobo Gaona, Ernesto Mendoza Franco y Esteban Zulia, referentes con nombre propio y biografía que el desocupado lector podría, si así se lo sugiere su curiosidad, equiparar con los seres humanos, “con vísceras”, que luego se transmutaron en la ficción. Igual podría decirse de los escritores Victoriano Lozano, Gustavo Valbuena, Gilberto Bustos Zafra y Camilo Juan Costas, y los hermanos poetas Lucrecio e Isadora Murillo. Pero tanto, la realidad, colmo la ficción, igual que la luna, tienen su lado secreto y no está entre mis prerrogativas de lector, invadir sus fronteras.

Conozco de cerca dos novelas colombianas en cuyas páginas suena de fondo una música particular: la salsa y el rock, en Que Viva la Música, de Andrés Caicedo, y el tango, en Aires de Tango, de Manuel Mejía Vallejo. La Escuela de Música de Pablo Montoya conformaría la trilogía de lo que pudiéramos llamar novelas musicadas. Aquí, y esta sería la novedad, se pasean todo el tiempo los acordes de la música clásica: Schumann, Berlioz, Bethoven, pero también profusas alusiones al jazz y la música andina. Otro rasgo interesante es que no se trata de simples pistas enunciadas por un melómano, sino de inmersiones profundas de alguien que, como autor biográfico, tiene una formación profesional en la música, y por supuesto, sabe trasladarla a su Autor Implícito y a las voces narrativas que despliega el relato. Justamente los apartados titulados como Berlioz y Requiem, a mi manera de ver, los mejor logrados de la novela, son prueba documental de lo afirmado:

El Requiem, en vez de ahuyentar ese cortejo de figuras imprecisas, lo que hacía era convocarlas. Sostenido sobre la extensa sinuosidad de las frases de la orquesta, el coro seguía cantando, y la música iba aglutinando más y más sombras. Cadavid comprendió que ellas, reunidas en el templo de San Ignacio, estaban allí por un motivo. También percibió que afuera de la iglesia llegaban más. Y esa percepción era rara porque se producía a través de un ensanchamiento del espacio. Él, de súbito, vio la Plaza de Bolívar. La vio como si estuviera arriba de ella. La percibía vacía y rodeada de tinieblas.  (p. 339)

Los timbales y la orquesta preparaban el advenimiento del amén cuando Cadavid pudo verlos. Primero vio a su padre que comandaba ese desfile mortuorio. Enseguida vio a los muertos de los velorios de la infancia. Y vio a los otros. A los de su país golpeados por la impiedad. A los que habían sido torturados. A los que fueron asesinados con bala. A los que murieron por las bombas. A los descuartizados. A los enterrados en las fosas comunes. A los sepultados por el pantano del volcán. Todos estaban allí. Como si fueran una criatura dolida y solitaria. Desprovistos de voz. Con las oquedades sin ojos. Varados en la orfandad de la nada. Y eran tantos que llenaban no solo la iglesia sino las calles y la intemperie de Tunja. Provenían de los cuatro puntos cardinales y estaban allí para recibir un trozo de consuelo hecho de sonidos. (…). El último amén ascendió al centro luminoso del sol mayor. Y los aplausos cayeron como una lluvia fresca. (p. 341)

La música, quizás como ninguna de las artes, nos dispara la sinestesia. No solo escuchamos acordes, nuestra psiquis genera un cruce de sensaciones e imágenes, que operan como círculos concéntricos. Los párrafos anteriores, suscitados por el Requiem de Berlioz, convierten a la iglesia de San Ignacio, a Tunja, con su ropaje de niebla, en la capital del dolor. Allí, a manera de síntesis de la ignominia, se siente convocado el hombre, todos los hombres, que bien por desastres naturales, o por la mano de sus propios congéneres, han perdido lo imperdible: la vida, con su música callada y su soledad sonora. Después del amén, cae la lluvia fresca de los aplausos, como una catarsis mínima bajo los arcos donde se ha despertado un cúmulo de emociones contrastadas.  

Afirmaba Gogol que la novela es un saco donde cabe todo, para bien o para mal, a diferencia de la poesía, que en términos de Lezama Lima es un caracol nocturno en un rectángulo de agua. Un texto tan voluminoso y ambicioso como La Escuela de Música, deja en el desocupado lector la sensación de haberse enfrentado a una prosa rica, poderosa, donde se van deshojando una a una las hojas de ese árbol poderoso llamado novela de aprendizaje, formación o iniciación (del alemán Bildungsroman):

La Escuela de Música es un fresco espacio-temporal donde la figura del protagonista, Pedro Cadavid, desarrolla el programa vital que corresponde al subgénero literario: evolución y desarrollo físico, moral, psicológico y social del personaje, hasta alcanzar su madurez, cuando se despide, desde la Terminal de Tunja (como el salmón en su periplo asombroso de vida y muerte), hacia los límites insondables de un París idealizado:

Desde la acera, Catalina Perdomo y su hijo le decían adiós con la mano. El bus arrancó por fin. Tunja. Tunja con sus calles, sus moradas y sus habitantes fue quedando atrás. Adelante lo esperaban la capital y su aeropuerto. Y más allá el futuro, atravesado por algunas iluminaciones.  (p. 463)

La novela mantiene un perfil autobiográfico donde la formación del artista, en la música y la literatura van de la mano. La primera en estudios regulares en La Escuela de Música de Tunja, la segunda, en tertulias informales de amigos, pero también en la Tertulia del doctor Faustus, pensada y dirigida durante varios años por el profesor de la Uptc Jacobo Gaona –en la ficción– que tantos aportes hizo a la cultura, la filosofía y la literatura en la ciudad. La preponderancia del arte y el conocimiento o evolución intelectual del protagonista se instaura como uno de los ejes narrativos del texto.

En La escuela de música se modula un rumor, un diálogo permanente entre la sociedad y la ficción autobiografiada, de ahí que sucesos determinantes en la vida nacional como la toma del Palacio de Justicia por un comando del M-19, la avalancha de Armero, así como la sombra del narcotráfico, el sicariato y la insurgencia, se muevan entre bastidores. Todo ello hace parte del aprendizaje, son elementos reciclables que salpican a Pedro Cadavid, y por contera, a toda una generación, que paradójicamente fue creciendo entre músicas maravillosas y estertores de tragedia.

La identidad y la alteridad son goznes sobre los que gira el relato. Ausencia y omnipresencia encarnadas en los progenitores: padre austero, culto, dominante y obsesivo; madre virtuosa, tradicionalista, pero finalmente comprensiva con los variados destinos escogidos por sus hijos.

En la novela de formación aparecen de forma recurrente varias figuras: el protagonista, el mentor (Zabala, en la Música, Jacobo Gaona, Ernesto Mendoza Franco y Esteban Zulia, en Literatura), todos ellos con referentes reales en la historia sociocultural y artística de la Tunja de los años 80.

La mujer igualmente toma relevancia: Manuela, especie de musa contradictoria, Martha Pantoja, alternativa, obsesiva, excéntrica, vector sexual y poético, la costeña engrupida, Catalina Perdomo, especie de mecenas, siempre leal, omnipresente, las condiscípulas de la Escuela de Música, algunas convencionales, otras, salidas de órbita, pero todas ellas fundamentales en el periplo formativo de Pedro Cadavid.

Escuela de Música, escuela de la vida, con sus dos extremos, el amor y la muerte, en un recinto donde se aguzan las dos categorías con inusitada claridad, tal vez por exclusión de materia:

Sabía ya algunas cosas sobre las plenitudes y los vacíos del amor. Y sospechaba que, apertrechado en la música, había aprendido a escribir.  (p. 461) 

Viaje externo e interno, de Medellín a Tunja, con exilios y retornos; de la música a la Poesía, del rigor a la vida, que instaura su evanescente y dinámico rigor; de la comunión a la incomunicación, del vértigo al clímax, del asombro ante lo bello y lo sublime, al repudio por lo inaudito y lo terrible. Todo ello, como en las cien flores que se abren, ha de encontrar el desocupado lector en esta novela musicada que recoge con lujo de detalles las luces y las sombras de una Tunja centenaria que se quedó fundida en “algún rincón del alma”, para rematar, otra vez, con música.

 

Santiago de Cali, agosto 12 de 2018  

 


JORGE GALÁN: PREMIO DE POESÍA CASA DE AMÉRICA 2016

 

Lo conocí en el año 2008, en el XVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín; caminamos en el metro, en compañía del malogrado poeta nicaragüense Francisco Ruiz Udiel, su novia y mi hija Saudade. Más bien callado, con la palabra serena y oportuna. Ya tenía reconocimiento internacional por haber ganado el prestigioso Premio de Poesía Adonáis, pero eso para él era lo de menos. Recuerdo que le hablé con entusiasmo de algunos de nuestros poetas –Arturo, Quessep, José Manuel Arango, Roca– y lo insté para que los adquiriera en la exposición de Poesía que presenta el Festival. En el comedor del Hotel Nutibara, en el parque donde las efigies de Botero nos hablan con obesa ternura, en la batahola de la calle donde conviven los canarios, los buhoneros y el “despachador de poetas”, el poeta Galán me expresó su cálido asombro por nuestro país paradójico, donde en curiosa sincronía los policías persiguen a un atracador y en un vagón del metro se deja leer un poema de León de Greiff y en el portal de una estación La Canción de la Vida Profunda de Porfirio Barba-Jacob. En los predios de la Universidad de Antioquia, en el Pueblito Paisa y otros sitios emblemáticos, cumplimos con el oficio de sembrar versos en tomas pacíficas de palabras. Me obsequió su poemario La Habitación, con una sencilla pero grata dedicatoria: “A Jorge Eliécer, con el aprecio que se gana a través de lo vivido, un abrazo fraterno y perenne, Jorge Galán, Medellín, julio 2008”.

Por estos días he recibido con inmensa alegría la noticia de su premio en España, hecho que confirma la indudable calidad de su obra, distinguida entre casi un millar de participantes de todo el ámbito hispanohablante. Para un mayor conocimiento de nuestros lectores, una breve noticia biográfica y una selección de poemas de su libro La Habitación:

 

CAMINATA DE OCTUBRE

 

Una muchacha joven, no posee cabello,

su cabeza es blanca, lisa como el contorno

pulido de una piedra en una costa diáfana.

Es un día de luna no una noche de luna.

Ya casi es mediodía pero la luna permanece

como una mariposa que ha perdido las alas.

Es octubre.

El viento se hace miles de pájaros fantasmas,

las macetas vacías atraen abejas oscuras,

las puertas de las iglesias están abiertas a sus muertos.

 

Esta muchacha es joven, tiene labios

donde debía tener senos,

está vestida con una túnica de luz,

tiene los ojos negros de una golondrina bellísima,

no tiene alas pero podría tener alas,

todas las fuentes reflejan su rostro cuando mira hacia el cielo,

camina en plena calle,

también está descalza.

Sus pies son hojas secas que parecen ser pies,

su pecho es como un valle donde todo es más cálido,

su pubis es un grito de noche en pleno día,

sus muslos son el mar que encalla en el ocaso.

Tiene un nombre que pulen los gorriones más jóvenes.

Sus pómulos son lámparas o perlas o avenidas

donde bajan dos niñas luminosas como ella.

¿Por quién está llorando?

¿Somos nosotros su pregunta

o somos su respuesta?

Quizás está muy joven para entender eso que busca.

Anda sin detenerse. Entra y sale del mundo.

Es octubre.

Un cielo emocionado presiente sus estrellas.

Ella presiente que la observo, y a través de mis ojos

que tú también la observas.

Es más joven que nunca este día sin límites.

 

Sube las gradas.

Se arrodilla.

Se levanta.

Penetra.

Cruza las puertas anchas de madera roída:

solo para sus muertos están abiertas las iglesias.

 

BAILARINA NOCTURNA CON PAÑUELO

 

Sostenía un pañuelo

se envolvía

el pañuelo era luz emancipada

pero ella era un gorrión

bebiendo agua

 

toda esa agua

caía de mis ojos

su cuerpo era de hielo

ella bailaba

 

las maderas crujían

y giraba, giraba,

se envolvía,

 

entraba en esa cueva

de seda reluciente,

salía, oleaje puro,

porque ella era el oleaje,

la gaviota atrapada, la liberada estrella,

la lumbre que giraba,

 

la penumbra reía

con carcajadas blancas,

 

ella tenía manos displicentes

era una reina blanca que pulía ese ámbito

de luz donde se hallaba,

 

sostenía un pañuelo

se envolvía

el pañuelo era luz emancipada

pero ella era un gorrión

y también un oleaje

y era una reina blanca.

 

EL LAMENTO DEL HIJO

 

Me duele el pecho, Madre,

como si dentro del pecho

me estuviera naciendo el mundo,

como si una noche tan vasta como el tiempo

me estuviera llenando el corazón,

como si el filo de una música más hermosa que el alba

me cortara la sangre,

como si un solo beso inadvertido me pesara de pronto.

 

Tú sabes lo que hablo, Madre.

Tú que ya no sabes mi nombre pero que lo presientes

Igual que presientes una sombra sobre la calle desolada.

 

Me duele el pecho, Madre

y observo nuevas estrellas que hacen nuevas constelaciones

para que tú las veas, desde tu eternidad…

 

Qué hora más terrible nos convoca.

Desde aquí huelo sangre,

tú sabes que es verdad.

 

No me toques el pecho ni la sombra del pecho,

no respires mi viento respirado,

no pretendas negar mi muerte intacta.

No vuelvas a cantarme cada noche.

Escribe un epitafio de amor sobre mis sábanas.

 

No puedes alcanzar la lejanía.

La oración que repites se está quedando sin palabras…

 

Me duele el pecho, Madre,

como si dentro del pecho

en vez de una gaviota

me estuviera naciendo todo un mar.

Como si un universo despiadado

me quisiera romper hasta volverme

una terrible inmensidad…

 

Tú sabes lo que hablo…

Sabes de este destino de flores inclinadas

y de este llanto humeante que no quiere cesar.

¡Qué hora más terrible nos reclama!

Madre, tú sabes que es verdad.

 

EL SILENCIO DEL PADRE

 

No queda nada por decir ni tengo nada que decir.

Siempre ha sido una hora de plegarias,

aunque acaso lo sea hoy más que nunca.

Desde ayer ya no existo, no existimos, solo somos siluetas,

la costumbre de andar nos hace irnos

pero hacia ningún sitio caminamos.

 

Un día fuimos: los pianos delicados, los violines

nos hacían llorar hasta volvernos viento entre follajes.

Teníamos el corazón iluminado como una lágrima de oro,

teníamos cabellos interminables,

la belleza habitaba detrás de nuestros ojos,

nada tenía fecha,

vivir no era ausentarse, vivir era asistir a la mañana

y entrar en otro cuerpo hasta volverlo más hermoso

y convertir el mar en una iglesia.

 

Pero no queda nada por decir ni quiero decir nada:

las palabras, las frases, estas voces, no sirven, están huecas.

Éramos un dolor que todavía somos.

Éramos el puño envilecido gloriosamente levantado.

Éramos las palabras del humo gritando hacia la luz sus

encendidos epitafios.

Éramos la piedra que hizo creer al mar que era su lágrima.

 

El amor nos dio nombres, pero solo pudimos decirlos en lo

odiado.

Y hoy no tenemos nada que decirnos.

Todo lo no deseado ha sucedido:

los labios de esta noche besan todos mis labios.

 

QUIETUD

 

De pie, como un árbol en llamas

o una columna de oro,

como un mar vertical en cuyo oleaje

vierte la medianoche su murmullo impasible,

yaces y tienes ojos, ojos bellos y tristes,

inmensos como la noche que los llena.

Yo floto en medio de ellos,

no como un niño extraviado en una ciudad abandonada,

sino como un relámpago

ahondándose en la oscuridad.

 

No te pareces a una lengua de fuego:

eres el fuego

 

De pie, pero perdida, tu horizonte soy yo.

 

Poemas tomados de: La Habitación, Jorge Galán, Dirección de Publicaciones e Impresos, CONCULTURA, 2007, Volumen 66, Primera Edición. San Salvador, El Salvador.

 


EL BESO DE LA NOCHE

Pablo Montoya Campuzano

El libro que voy a comentar está compuesto por diez cuentos. El contexto dominante es el área metropolitana de Medellín, entre los años 80 y el presente. Por consiguiente es un tejido  de signos y de símbolos que da cuenta de la ciudad y sus habitantes en los últimos cuarenta años, tiempo que traduce una vida, como la de Pablo Montoya, el autor real, que hace las veces de cronista, voyeur, focalizador, de una realidades crudas e impactantes.

Las líneas generales del libro apuntan hacia los temas recurrentes de la sociedad colombiana del último medio siglo: narcotráfico, guerrilla, paramilitarismo, alcoholismo y drogadicción, violencia citadina y campesina, degradación ética y estética, desplazamientos forzados; factores que combinados en dosis aleatorias producen sujetos alienados, paranoicos, obsesivos, psicópatas y sexópatas, esquizoides, víctimas y victimarios, en un tramado que, por lógica de perogrullo, no podría producir otro tipo de sociedad. Invito a dar un rápido rastreo, de algunos cuentos, para corroborar lo afirmado:        

Las mujeres de Aspasio es la historia de un necrófilo de los años 40, que reincide en su aberración a través de José, su espejo retrovisor. Aspasio se ha familiarizado con la muerte, ha sentido su resuello en la nuca, ha visto a su madre y hermana descuartizadas y entra en ese torbellino tanático, de manera casi natural y progresiva. Aspasio “evoluciona” de vulgar violador de cadáveres a celador nocturno, a fantasma de ciudad. Su figura siniestra es tamizada por la voz del narrador extradiegético, por las diversas versiones que se tejen de él: la secretaria, el espejo complaciente de José, el investigador-narrador, que finalmente cree encontrarlo en una garita, al lado de su termo de café cerrero y su ruana de violador obsesivo de mujeres muertas.

El Salto nos presenta a Lázaro, un compulsivo con síndrome uterino. Lo suyo es el agua, en todas sus formas y manifestaciones. Es un hidrófilo, o mejor aún, un hidromaníaco. Como todo psicorígido, es además un solitario, enfermizo proclive al suicidio. Viaja a las Cataratas de Iguazú en una misión de trabajo. Lo suyo es el agua. Va enfermo, inconforme, alterado, defensivo, obstinado. “Una bestia invisible le ha carcomido la vida”. Entre lágrimas y éxtasis, entre brumas y estrépito de cataratas hiperbóreas, se lanza al abismo. No es la paradoja absoluta de Kierkegaard, es el hombre alucinado por los estertores de la enfermedad y la belleza.

En El beso de la noche se enciende un triángulo: la madre y sus dos hijos, Mario y Carlos. La atmósfera es de abandono, de ciudad atormentada, de vidas inscritas en un laberinto social donde impera el crimen, la ley del más fuerte, los subterráneos poderes de una mafia creciente que utiliza a los jóvenes desposeídos, como carne de cañón, para luego abandonarlos a su suerte. El triángulo se va diluyendo. Mario escribe poemas románticos, Carlos envía dinero de dudosa procedencia, pero su vida es una incógnita, un dolor de ausencia. Mario, en la encrucijada envenena a la madre  y se aplica igual procedimiento. El beso de la noche, el beso de la madre, el beso de la muerte: paráfrasis de los suicidados por la sociedad. Una ciudad que se puso la máscara de una opulencia ficticia, de una economía de espuma, ha tenido que pagar un precio muy alto: el beso de Judas por treinta monedas de ignominia.

Las formas del silencio es un paréntesis obligado en medio de tanta algarabía, porque la muerte suena, retumba en todos los confines, produce atroces sinestesias: olores agrios, miradas fétidas, ecos gélidos, sabores punzantes…El obsesivo silencioso y silenciador de este cuento es un enfermo positivo, un fonófobo que pasó por las etapas de coleccionista de ruidos y melómano erudito. Ahora resuelve, de manera poética, que el único sonido soportable es el que produce la colisión erótica con Cecilia, su ángel guardián.

Insectos  es un relato en contrapunto, lleno de símbolos e insinuaciones. Esta vez el obsesivo es un abandonado del amor, un recluso de la soledad. Resuelve su enfermiza separatidad  con un onanismo trascendente y voluptuoso. Que su amada se llame Manuela quizás sea más que una metonimia. Los insectos acuden al lugar del deterioro, comparten la animalidad del soñador. ¿Chuang-Tzu y la mariposa, en versión de nuestros tristes trópicos? Al final lo visita un animal enorme, “alimaña negra” que se eleva por los ramajes y se lanza hacia la ventana. Se pregunta el desocupado lector: ¿vestigio de la amada, se va la luna, se va el monstruo, isotopías del eterno y veleidoso femenino? El beso de la noche es múltiple, polisémico, rico en incertidumbres y misterios, puede despertar a la princesa, pero también, entregar al maestro o quitarle la fuerza al nazareo.

Tomás es el frescode una generación de colombianos que escogieron o fueron escogidos por caminos tortuosos que finalmente desembocaron en la utopía o en la locura: el narrador, especie de alter ego del autor real, Fernando, el joven rebelde que ve en la lucha armada una salida a las profundas crisis socieconómicas de su entorno, Tomás, seguidor del ideario estético de su hermano, pero cohibido por su homosexualidad manifiesta que lo lleva a la degradación física y espiritual. Curiosa paradoja de una sociedad católica y patriarcal, en su génesis, como la antioqueña, que a lo largo de su historia ha producido anticuerpos, como los que focaliza, de manera magistral, la escritura rastreada en El beso de la noche. Aquí, esa dama, misteriosa como Lady Macbeth, convierte sus labios sensuales en fauces que escupen y devoran, convirtiendo el sueño juvenil en una pesadilla adulta.

EL Muerto: Te parecés a James, dijo Gaviria, esa suerte de zombi que dialoga con el muerto. Todos los muertos se parecen, atina a pensar el desocupado lector. Cuento de estirpe rulfiana, pero con atmósfera citadina. El muerto sale de su cripta, a recoger sus pasos, como decían las viejas tías. El decorado tanático está simbolizado en los caballos, en los olores fétidos a mierda, flatos, mortecina, aguas turbias de caños y albañales. Se entremezclan el mundo miserable de los vivos  que corren hacia la muerte y el de los muertos miserables que añoran la vida. ¿Qué pasaba cuando se mataba a un muñeco? Pregunta un vivo, candidato a tumba. El muerto no es James, el amigo de Gaviria, bandolero, y traidor y por último, celador de la noche, que reparte sus besos letíferos. Es Esteban, de treinta años, con mujer e hijo (como si a la muerte eso le importara). El muerto puede ser un transeúnte, un N.N., uno de tantos, que cerca a la calle Colombia camina como Nosferatu, desorientado al “enfrentar las primeras luces del día”.

El Encargo: Cristóbal, etimológicamente significa el que carga a Cristo. Aquí el jefe de los sicarios se llama Jesús y pacta con el primer Cristóbal,  llevar un encargo, atravesar la noche de Medellín y deshacerse de ese misterioso bulto. La atmósfera es sórdida, lluviosa, con olor a barriobajo y antihéroes emergentes, abandonados por los dioses, en términos de Lukacs. Se evocan episodios violentos, lucha a muerte entre un guerrillero y un paramilitar, que se aniquilan siendo amigos. Tal parece que los dos Cristóbal han de repetir la historia. Al final la trama es compleja, el desocupado lector se pierde un poco. Tal vez un Cristóbal muere de unos disparos a mansalva, el encargo no es enterrado, sino abandonado entre los arbustos, mientras el metro, el taxi, la vida, las llaves del viejo Chevette, son tragados , evaporados por la luz del día que “todo lo modifica y daña”, para recordar a León de Greiff y su cantata de búhos, filosóficos y nocturnales.

Figura con paisaje bien podría haberse llamado Epifanía desplazada o Bestia dulcificada para acudir a frases del mismo contexto. Es la épica del desarraigo, el éxodo de unos campesinos que en su afán por conquistar el sueño de la gran ciudad, huyendo de múltiples violencias, tan solo encuentran más dolor, miseria y oprobio. La ciudad los devora, los convierte en víctimas, primero y victimarios, después. Serna es sobreviviente de un hogar desplazado y destrozado, busca en la pintura una vía de escape a su condición miserable. Toca fondo, es atrapado por las comunas de Medellín, salpicado por su ambiente brutal, belicoso y primario. Conoce a Tabaco, un paria, reciclador, que en medio de su existencia precaria le otorga el don de la amistad. Accede al erotismo elemental con una sirvienta que lo conmina a una lujuria sadomasoquista. Serna, como un corcho, da vueltas en la vorágine de los bajos fondos. Intenta la redención, vuelve a la casa materna. En un sobrino encuentra alivio, pero nadie puede escapar a su destino. Tabaco muere atropellado por un carro, su sobrino es asesinado. La bestia dulcificada, es decir, la ciudad, “bárbara, pero poética”, le rompe todas sus coyunturas. El mural que quiso terminar con el sobrino se convirtió en una quimera. “Serna, en algún momento se perdió entre los bosques que aún quedaban y las crestas  rocosas que parecían no terminar jamás”.

Termina El beso de la noche  con un texto complejo por su heterogeneidad temática: La doble herida. Régimen hermafrodita, historia con hipertextos ocultos y manifiestos, pero igual, la noche con su sordidez y su misterio, con su crimen y su desesperanza, con su ética vapuleada y su estética de lo terrible, se abre paso en la maraña de los símbolos. El narrador, de principio a fin se erige como un “emisario de las tinieblas”, un profeta de los laberintos, en los que esos seres de ficción se proyectan como alter egos de seres reales y concretos que han dejado la huella tangible de la condición humana. El desocupado lector no es un fiscal, ni un desfacedor de entuertos, menos aún, un censor al servicio del índice; tan sólo, un desprevenido transeúnte a quien le produce escalofrío salir a pasear una noche por la calle Colombia  y encontrar miles de Sernas, Tabacos, Cristóbales y Gavirias, caminando a su lado.

 

Pablo Montoya Campuzano, El beso de la noche, Bogotá, Editorial Panamericana, 2000.

 


PALABRAS SATÉLITES EN TORNO A VIAJEROS

Siempre he creído que viajar es un acto espiritual antes que físico; de hecho no hay simetría entre la distancia geográfica recorrida en cualquier tipo de vehículo y el tiempo subjetivo que cada conquista, en agua, aire o tierra, suscita el acto del desplazamiento. Viajar es romper la linealidad, ir a contracorriente, como el salmón, en una búsqueda frenética de los orígenes.

La tradición literaria abunda en imágenes viajeras: Ulises y sus asedios a Ítaca,  Sheherezada, hilvanando noches y vértigos, Heracles y sus ingentes trabajos, Moisés persiguiendo zarzas y rebaños, Jacob, persistente en el tiempo, hasta alcanzar el amor, por encima de la rígida norma, Jesús el nazareno, llamado por antonomasia el caminante de Emaús, abriéndose paso entre cardos, parábolas y decepciones, Jonás, a bordo de ballena –bus de los mares como la llamó X-504- los vikingos, soñando y viajando a una posible América, corroborada después por Cristóforo Colombo…y a su lado, don Quijote, viajero concéntrico en torno a la Mancha y más exactamente, a Dulcinea, que era su verdadero norte, y Juan Preciado, en busca de su padre, “un tal Pedro Páramo, un rencor vivo”, campesino y terrateniente, desmoronado en piedras, como todo destino humano, y José Arcadio Buendía, con sus sesenta vueltas al mundo, hasta terminar en un hilillo de sangre, fundido al ombligo materno. 

Cuántas y diversas formas de viajar: hacia adentro, hacia afuera, hacia el amor, hacia la muerte, hacia una isla inédita, hacia una mujer. Viajeros de utopías, viajeros estelares, sin moverse de su sitio como Galileo y Hawkings, viajeros inmóviles, al igual que Lezama lima, gordo y asmático, que a duras penas salía de su caserón en La Habana y nos ha presentado un fresco maravilloso de la condición humana: es que su Paradiso iba por dentro.

El turista no viaja jamás, incorpora kilómetros, postales, valijas, suvenires; el viajero, en cambio, sabe que entre su patio y las constelaciones hay un agujero negro por donde se fuga de tarde en tarde. Toda gran poética se levanta desde el patio casero o desde “la calle que le conoció la infancia”, en palabras del poeta Alvaro Neil Franco dirigidas a su padre. Para nombrar las cosas hay que viajar por ellas, así los portales, las mamparas, el solar, el muro, las veredas, se instalan en la Calzada de Jesús del Monte de Eliseo Diego y desde allí alcanzan fulgor de epifanía.

Desde esos pequeños microcosmos es que Julio Verne, Ray Bradbury, García Márquez, Aurelio Arturo, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Pablo Montoya, instauran sus “ínsulas extrañas” y desde allí nos hablan, nos suscitan, todo el tiempo. En todos esos lugares –Macondo, Comala, Marte, Bosnia, París, Niquía- el hombre viaja hacia adentro y hacia afuera, hacia la llama o hacia el cafetín, hacia el baúl de cartas desteñidas o hacia el boulevard, hacia la palabra rota o hacia el verso con alas. La prosa poética de Pablo Montoya se dispara a todas esas dimensiones, es una brújula que rastrea sus puntos cardinales.

El tiempo para viajar es relativo: tan intenso es el viaje del Ulises homérico para reunirse con Penélope, como el de Leopold Bloom –Ulises moderno, desterrado en Dublín- náufrago en la tediosa cotidianidad de una ciudad gris.

 La gran metáfora del viaje como pretexto para soportar la osadía de la existencia la   escribió un alejandrino llamado Konstantino Kavafis: Ítaca, ese poema fundamental como el faro de su ciudad. Ítaca no engaña jamás, llegar o no llegar es un albur; lo más importante es la aventura, el territorio de lo inesperado, ella nos aporta experiencias y saberes. Chuang-Tzú viaja a mariposa, ¿o al contrario?, Gregorio Samsa se aventura a las profundidades de un insecto, ¿o es una larva reptando hacia lo humano? Nadie nos garantiza nada, el movimiento pendular del cosmos tiene curiosas paradojas, ritmos en contraste.

Todas estas cosas, todos estos signos velados y develados por la fuerza de una escritura que vimos nacer, crecer y viajar por el mundo es Viajeros, libro de Pablo Montoya, al que siempre volvemos con alborozo. En él cada personaje histórico o ficcional, se nos adelanta en el espejo y nos hace sentir un poco él y un poco el otro. Entonces todos somos Ulises, el Astuto, pero a la vez, el solitario, o Schopenhauer, oscilando como un péndulo entre la agonía y el fastidio, o Alejandro Magno, en la encrucijada se sus conquistas y su declive, o Dante, echando a los dados un destino de infierno y paraíso, sin que Beatriz escuche nada porque la distancia es atroz y su maestro, Virgilio, tampoco le escucha. Bolívar, constatando que la victoria, después de onerosas batallas, es tan solo un espejismo donde se vislumbra que la esperanza siempre estará en agonía por causa de los enfermos de poder.

Retorno a Viajeros, libro que fiel a su título, navega entre las aguas profundas de la poesía, el relato, el mito y la leyenda, con la certeza de abrir una caja de Pandora, de donde emergen estos breves textos que nos suscitan diversas sensaciones y reflexiones, gracias a su lenguaje fino y ponderado, y al desarrollo  de esos temas, siempre antiguos, siempre contemporáneos.

 

Pablo Montoya Campuzano, Poemas ilustrados. Viajeros, Medellín, Tragaluz Editores, 2011.

 


BOTELLA PAPEL

Casi por azar, como tantas cosas del inusitado universo, llegó a mis manos este pequeño libro. Metáfora del arte poética: humilde, sencillo, manuable y manejable, creo que cabe en un bolsillo de camisa calentana o de chaqueta de páramo. Un libro por centavos dice en su parte alta, como para retribuir la sentencia del poeta: la poesía no se vende porque no se vende; como las flores silvestres, que igual crecen a la orilla de un río o en la insolencia de un albañal.

Empecé su lectura. Confieso que las primeras líneas no me atraparon. Me devolví con la insistencia de un guaquero. En Demoliciones encontré este hallazgo: “y le asignan a la escalera desolada, a su aturdido caracol de madera, el poder de un observatorio”.

Como pasa con el buen licor, sólo después del tercer trago hay lucidez de opinión. En Repartidor de carbón, me estremeció esta imagen: “Y se detenía frente a la casa como si entregara agónico la noticia de la caída de la ciudad de Troya”.

Vino el milagro de la buena poesía. Empecé a ser un habitante de ese mundo construido con palabras. Esos desprevenidos habitantes de la gran ciudad adquieren visos de epifanía, de titanes irrepetibles. Hagan lo que hagan ya tienen en sus frentes la impronta de la metáfora, como El Repartidor de carbón “que le robó el hilo a su mujer para coser sus costales”. Alquimia en las manos de un gran tejedor de sílabas, de palabras tan poderosas como los átomos.

Después de cada exaltación al obrero del rebusque, viene su oración, como si lo bello, antes de extinguirse, solicitara una plegaria postrera: ¿“poder de las cenizas”?

Discurren por esta Ciudad Invisible -evocando la poética fundación de Italo Calvino- el zapatero, el vendedor de corbatas, el fotoagüitas (fotógrafo de parque), el afilador, el calderero, el taxista, el melancólico, las bicicletas, el hidrante…que saltan desde su trivial cotidianidad al altar del lenguaje, donde son canonizados por obra y gracia del verso justo, sabio, inédito e irrepetible:

“Mira que nunca hizo milagros, mira que lo queremos por una sola cosa: solamente lo mínimo nos salva. Por eso merece la permanencia” (Oración por el hidrante).

Inventario de asombros, museo salvaje, para recurrir a títulos canónicos. El desprevenido lector sale de Botella Papel, repitiendolas palabras del sabio Melquiades: las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima.

 

Ramón Cote Baraibar, Botella de papel, Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 2006.

 


IMAGINARIO POSTAL

Qué hermoso espacio para celebrar una fiesta. Así diga el tango en su retórica noctívaga que veinte años no es nada, dos décadas en el alambique de la poesía, es un buen tiempo para generar, decantar y compartir los afectos y los efectos de la palabra.

Imaginario Postal se abre con la llave de la noche: unas casas, unas calles vacías, cinceladas con ese color indeciso de las lámparas; entre los patios y la ciudad, erguida en la colina, unos agujeros negros y después, nuevas luces dormidas, como cocuyos, como incendios, como puntas de fuego de un gran cetáceo que se abre paso hacia el total abismo.  No en vano nuestro poeta trabaja la imagen, la carátula es una síntesis visual de su poética. Trataré de evidenciarlo.

Que lo diga el epígrafe de Rojas Herazo: Todo esto es mi negocio, redondo y exclusivo, lo que ocupa mis sueños y mis ojos. Las áureas fachadas ensombrecen los patios, lo que capta el iris difiere de lo imaginado, de lo soñado, que en su fugaz claridad, se abalanza hacia el vacío.

    A la sombra de los geranios mis viejos hablaban de cosas

    que hoy de todo corazón olvido (p. 23)

De todo corazón quiere olvidar, pero no puede. Pessoa acierta cuando dice que el poeta es un fingidor. Freud, a su vez, habla del olvido represivo, ese que el consciente quiere desalojar de su patio, pero tercamente retorna, en las alas del inconsciente, al jardín de la página blanca:

   Perdone esta largura y la letra Don Antonio,

   sólo quería contarle que no olvido tocar los tambores

   ni las flautas ansiosas…(p. 24)

Tambores, flauta, perro de la infancia, silencios (es decir, intervalos, zonas de despeje para que el inconsciente instaure su dictadura de poetariado). Se escribe desde la memoria dictadora, y aquí el adjetivo, cumple su doble menester: gobernar con absolutismo y susurrarle al oído del creador, las cosas, que queriendo callar, no puede menos que obedecer. Las dice, las plasma en el muro rosáceo, así los solares, que lo separan y lo unen con la ciudad, reposen en la oscuridad de lo escondido.

El juguete de la palabra “repara cualquier pena”, gira su ojo físico y su visión interior hacia las estrellas negras, invisibles.

   No se enojen -escribo- con quienes como yo

   anhelan lo que jamás verán

  (…) sé que me esperan iluminados en la sombra (p.25)   

Diálogo permanente entre la luz y la sombra, el sueño y la mirada, el locus amoenus de una infancia grata, en contraposición al locus terríbilis que ofrece una ciudad, alta y luminosa, presta a devorar los sueños y las evocaciones que reposan en los oscuros jardines:

   La azotea fue un refugio para ventanear el mundo

   Y descifrar los ojos de una esquiva estrella ( p.27)

 

   La casa es una fábula materna, techo sin puertas

   donde escampan las caricias, las ruinas

   y el misterio (p. 29)

Diálogo con la soledad, con el desamor, con  los deseos que no encallaron en ninguna playa. Por eso convoca a otros interlocutores, cómplices en sus carencias afectivas, pero plenos en efusión creadora: Quassimodo, Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Montale, Andersen. Su noche, de casas doradas y abismos siderales, lo acerca a Drumond de Andrade: amas la noche por el poder de aniquilamiento que contiene, dice la Elegía del brasileño y Goyes le responde: no supimos que hacer con la felicidad colectiva/ de su utopía sólo nos queda la desilusión y una extraña hermandad/ que arruina sus mejores horas de amor diciendo poemas/ por teléfono como si fueran dádivas de salvación/.

Se destapa un viejo baúl, color caoba, se miran a contraluz algunas piedras, se deletrean cartas de ayer, fotografías que el tiempo quiso eternizar y las convirtió en fósiles de espuma. Circulan parientes de sangre y parientes de palabra. Hay conmoción espiritual por García Lorca y el Che Guevara, por Rosario Castellanos y Olga Orozco. El poeta es un vaso comunicante, una voz que congrega otras voces y otros silencios. Un niño trémulo ha destapado la Caja de Pandora, celebra sus dones pero le asusta su osadía:

   No tengo edad ni exclusividad alguna,

   Soy un niño que apuesta canicas durante el día,

   Suelta su cometa en la noche

   Y corre asombrado por una invasión de soledades (p. 67)

 

Poemario ambicioso, de palabra en aluvión, de incendio exasperado. Invadido de soledades, expuesto a la intemperie. En esos caminos riesgosos, bajo el ritmo exasperante, “ardiendo a la entrada de una ciudad imaginada”, surgen las pausas, las ínsulas extrañas, donde la poesía decanta sus mejores tonos: La rapsodia del gordo móvil (p.69), Una postal para Omar Khayyam (p.71) y el gran símbolo, tanático y volador, brioso y sostenido, que sustenta todo el libro, Caballo del Alba:

     Caballo del alba, te pareces a la infancia

     cabalgando misterio adentro.

     En tus pupilas el universo me acoge en su lomo de sueño.

 

     Los nervios de tu oreja y la profundidad de tu olfato

     siguen a la rama que espera dorada

     en algún lugar de la quimera.

 

     Te ví sólo una vez saltando sobre mi primera pena,

     entonces apenas saltaba sobre las praderas del mundo

 

     Caballo del alba, blanca es tu imagen viajando

     en la penumbra de mi memoria,

     blanca tu amistad en el oído que te nombra.

 

     Quizás un día vuelva a verte inmenso y lejano,

     regresando a las espumas del mar. (p.70)

 

El caballo letífero, después de su agónico periplo, regresa a las aguas de su génesis. Circulación de la vida y la muerte, de la realidad y el deseo, de la provincia fundacional y la ciudad estentórea. La inmensa noche negra del cosmos permite que por unos breves instantes, antes del alba, unos cuantos jinetes celebren su encuentro:

      La poesía es el brindis de los lunáticos contra el olvido  (p. 53)

 

Julio César Goyes Narváez, Imaginario postal, Editor: Donald Fredy Calderón Noguera, Tunja, Si Mañana Despierto Ediciones 20 años, 2010.

 


PÉNDULO DE ARENA

Desde hace un buen número de años hemos conocido y seguido las pisadas del poeta Carlos Fajardo. Lo constata la arena en la que ha dejado sus señales de náufrago lunar enamorado (p.20). Si algo tiene este artista de la palabra, nacido en Casas Blancas, una de las ciudades invisibles, al oeste de Cali, es la fidelidad a la Poesía. Desde los remotos años, cuando Andrés Caicedo  refundó la ciudad, antes de irse con su música a otros laberintos, el poeta Carlos ya entendía que la serenidad de su generación estaba sitiada y por lo tanto, había que atrincherarse en la palabra para no morir, por voluntad propia, como Andrés, o ajena, como muchos coetáneos. Supo desde siempre que se requiere “pasar el desierto cantando” como lo expresó el Gaviero, desde su exilio. No otra cosa ha hecho este intrépido viajero que en sus primeros libros nos trajo noticias del sur, de sus veredas y barrios, sus amuletos, jardines y vagabundeos, sus personajes reales que en su poesía entraron ya en la galería de la fábula.

Tono trémulo, de caballo de fuego, (p.19), enraizado con la generosa herencia de la poesía mediterránea en sus diversas manifestaciones: de Serrat a Quassimodo, de Aznavour a Séferis, de Adamo a Ungaretti, de Vilard a Montale, van desfilando sus amores y obsesiones, desamores y fantasmas, a ritmo de cormorán herido antes de alcanzar su acantilado. Pero también están los ecos de Jorge Gaitán Durán, ese visionario, precoz en la vida y en la muerte, quien entendió que entre el goce erótico y la pulsión de muerte, hay una puerta secreta. La apuesta de Carlos Fajardo por el erotismo es un salvoconducto para entrar en la precaria cotidianidad. Su palabra es la llave que igual abre los cerrojos de la ciudad, distante e idealizada, y de la mujer, que hace sus veces porque es castillo, morada interior, fortaleza. Curiosa metamorfosis que tiene su lógica interna en la geografía del deseo, como en el niño, quien ve en el afuera (la ciudad), el espacio de su goce, pero también intuye en ella el espacio del vértigo y el peligro, la supresión momentánea del cordón umbilical que lo ata a la casa, esa otra mujer con presencia recurrente en los versos fajardianos:

Se que soy una ciudad guiada por un niño

un náufrago lunar enamorado  (p.20)

La casa es una mujer

que por la cerradura vigila sus materas (p.30)

 

En Serenidad Sitiada, Veraneras, Atlas de Callejerías y Tierra de Sol, el poeta Fajardo pendula  en las arenas movedizas de una ciudad que en estricto sentido no existe, que es hechura de su imaginario sublimado, deuda ambigua de amor y desamor, hacia una realidad que es inferior a la utopía creadora del Orfeo citadino, que se debate entre la pérdida y la recuperación, el deseo y el deterioro, a sabiendas de que al final de los balances todo se pierde amor, todo se pierde (p.10):

Sé infiel a tu ciudad, pues a ella le es inútil, indiferente, que habites sus rincones y trates de esculpirla con palabras. (…). Marcha. Aférrate a tus sogas. Viaja a otros soles siendo infiel incluso a tu muerte. (p.53)

¿Habrá mayor osadía humana que encantar a la serpiente, en un juego de salmos y conjuros, si al final sabemos que la última punzada, la letal, la venenosa, la propicia ella? En el álgebra poética de este recorrido, donde digo serpiente puedo decir ciudad, amor, casa, familia, ilusión … El rapsoda lleva la melodía, pero el thánatos tiene ojos de cascabel. La poética de Carlos Fajardo, me atrevo a decir, es un acertijo de encantador que termina encantado: honda y piedra en la mitad de mi noche (p.68)

Péndulo de Arena recoge al final un par de poemas del libro Navíos de Caronte, Exilios I y II, metáfora de nuestra diáspora, en patera o canasta de Moisés, abandonadas al albur de los elementos y de las oscuras redes sociopolíticas y culturales; así como textos inéditos cuyo tema dominante es el amor y el erotismo. En ellos, a manera de imagen cóncava en el convexo del  espejo, aparece el señuelo de la muerte:

 

Enséñame a morir en unos brazos

morir sobre ti, arena movediza (p. 65)

La muerte te observa desnuda,

se ha enamorado de tí  (p.66)

Frente a esta muerte de gigantescos ojos (p.67)

Contra la muerte te desnudo (p.69)

Veo a la muerte como un asunto  que me deja sin amigos (p. 71)

 

Lectura grata de este Péndulo de Arena que nos relativiza el oráculo de la existencia, con versos bien logrados, buceos existenciales, y la intuición de hallarnos frente a un diálogo frontal, sentido y asimilado con la gran poesía universal.

 

Carlos Fajardo Fajardo, Péndulo de arena,  Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 2013.

 


FESTEJOS

La palabra es una fiesta, tiene el atributo de llevar en sus aguas ancestrales la reciedumbre de un pasado, con sus soles y sus sombras, el devenir de un presente, tan fugaz como este último vocablo que acabo de escribir, y la incertidumbre de un futuro que proyectamos en su veleidosa epifanía. Estos tiempos se configuran en este fresco poemario que ahora me ocupa.

Abre el viaje el poema Venado, esevapor de luz, esebello pájaro, que toda una vida salta en nuestro bosque de sueños y palabras. Un ciervo, un ante, una gacela…cualquiera que sea su versión en el croquis del universo, ese animal que sintetiza la gracia y la ternura, es un apoteósico motivo para festejar nuestra brega cotidiana. Ha escogido la ingravidez, el poeta Ferrer, para iniciar su vuelo de palabras, y lo hace con el conocimiento y la delicadeza de los poetas orientales: pura insinuación, línea sugerida, emoción presente, pero sobria, sin ostentación o ruido. En la tensión de la carrera, en alguna parte del bosque, está el cazador, apenas presentido, pero el poema lo obnubila, lo aparta con sutileza para que sea la criatura elástica el motivo central de la ensoñación poética. Por eso vuela; aquí la metáfora es una metamorfosis, una complicidad del deseo. El intrépido animal derriba el horizonte. Deseo solidario, la debilidad se torna fuerte. Proyección del poeta en un mundo infame que no sólo lo persigue y lo degrada, sino que busca aniquilarlo, pero su vuelo, su fiesta de palabras, desafía la muerte. El lector ya es partícipe, salta del paisaje y se dispone a vagabundear por la oscura pradera que nos convida, como lo expresó Lezama Lima, con honda sabiduría.

Tan antológico como Venado es La verde melancolía del ángel, ese fósil cuaternario que todavía repta por nuestros árboles del trópico: la iguana, que al igual que nosotros busca el cielo, con palabra y dolor, esto es, con su lengua y su lágrima. Por eso se queda en el imaginario, por rotunda y sencilla, y aunque nuestras manos ociosas traten de usurpar su territorio, su mirada proverbial es una trinchera entre nuestra insensatez y sus raíces.

Luego emerge la casa, sus habitantes, su diáspora y su retorno. Poemas-palafito, edificados sobre el agua, que es amor, vida y bautismo, en diversas cosmogonías:

     Fortuna que el agua nos habita

     El mar brama en los huesos

 

     Nos gusta contrabandear el amor

     Luz de mar  (p.31)

 

Nada queda para festejar. Todo queda para festejar. Algebra poética, donde signo por signo da más. Sol, paisaje triste y amarillo, brasas, silencio, hombres, meros recuerdos. Todo esto, con abundante agua, marina y fluvial, es el pergamino de Gabriel Ferrer  para ser descifrado por lectores aljibe:

     Que el delirio te haga libre

     en el lenguaje (p. 41)

 

En el éxodo – de venado, de iguana, de poeta- surge un lugar: Barrancas de San Nicolás, manera alusiva de nombrar un espacio que ha sido pródigo. Ciudad, vigilia, metáfora permanente del agua, su cruz en la frente, como otro Aureliano, su vigía:

     Imposible salir del agua

     cuando se nace de su dolor(p. 60)

 

Puente de agua entre los poemas breves, sugerentes de la primera parte: Testimonio y Festejos y los reunidos bajo el título deLugares. Aquí son de mayor aliento, se mueven más en el sintagma que en el paradigma, aglutinan elementos de diversa índole, entran en la batahola de la ciudad que crece, canta y agoniza:

    

     Se prolonga el monólogo de la lluvia

     en estos días de festejos y cortejos fúnebres (p. 65)

 

Es un riesgo inventariar una ciudad, difícil escapar a su prosa, de calles y comercios, a su ambigüedad de fiesta pagana y muerte ineluctable, a sus fragmentos de signos, en batalla onerosa, no siempre fértil, por convertirse en símbolos:

     Es fácil hollar espacios transparentes

     Encontrar los nombres:

     Aduana

     Estación Montoya

     Banco Comercial de Barranquilla(p. 69)

 

    Fácil dibujar un Rebolo dormido

    Y un Barrio Bajo untado de amarillo(p. 71)  

 

Cuestión de perspectiva, de cifrar y decantar las experiencias al alcance de la mano. Oscilo entre soñar, pensar y enumerar. El sueño no me impone otro norte que el deseo, en tanto que el pensamiento me lleva a inventariar los espacios y los tiempos. Lógica ortodoxa, versus lógica paradójica; me interesa la segunda, la que puede expresar: me miró hondamente con su boca, la enamorada de los ojos boquiabiertos. Quizás deliro, quizás evoco fragmentos de poemas distintos, pero me acojo a su semántica libertaria y sugerente. Collage, palabra ajena, rumor de diversas espumas en el eterno río de la Poesía.

     Lloro

     Y un delirio me sacude al instante

     ¿Quién descifra el salitre y el corrosivo silencio? (p. 74)

 

¿Quién, si no el poeta?, el alquimista que convierte a un  venado en pájaro y a una iguana en ángel.

 

Gabriel Ferrer, Festejos Poesía (1997-2008), Edición y Corrección: Yuri de Jesús Ferrer Franco, Barranquilla, Universidad del Atlántico, Vicerrectoría de Investigaciones, Extensión y Proyección Social, 2008.

 

EL RETORNO DE LAS CARACOLAS

Libro de evocaciones, de retornos, de mareas altas y bajas, de memorias humedecidas, de sencillos y sentidos reconocimientos al origen. Madre, gestora de mundos, padre simbólico, el escritor Fernando del Paso, con su impronta en el epígrafe, en el que desenmascara el carácter sinuoso y quimérico de los recuerdos. Por supuesto que nos manipulan, ventrílocuos delirantes, así como el amor, como el miedo, como la embriaguez,  todo lo hacen ver distinto. Y sin embargo, volvemos sobre ellos, como el niño, cuando estremece su calidoscopio y reacomoda las figuras, que siendo las mismas, producen infinidad de combinaciones. El poeta le agrega humedad y la tierra fertiliza esa palabra:

     Se necesita sólo un momento

     para que la memoria

     humedezca,

     y los erizos compongan

     melodías en el pentagrama

     de tu pie  (p. 11)

 

Humedad de llovizna, humedad de ola, para que la memoria eche a andar sus imágenes ambivalentes. El erizo es melodía, pero también, espina; el niño augura sueños -mar, cielo- y anticipa muerte (beso del pelícano); la madre desnuda las frutas y las ofrece al abismo; la lavandera del origen hace ablución amorosa y participa con Caronte de su extraño rito en el Leteo:

     El mensajero del río ya no oficia

     el tránsito de las ánimas,

     celebra el hallazgo de las rutas del agua  (p.17)

 

Agua de amor, con visos de muerte, mensaje del mar enviado en un  dardo. Desde Heráclito, desde Jorge Manrique, no hay disculpas en el fondo del agua. (p.33)

Luego vienen unos poemas cortos, añoranzas del hai-ku oriental, como Instantánea, Límite. Difícil empresa de sintetizar en menos de veinte sílabas, una imagen, un pensamiento cargado de energía cinética. El pingüino, ágil en el agua, no las tiene todas consigo cuando se echa a andar.

Vuelve a su elemento, el poema de mayor alcance verbal, en Sequía, hombre salitroso, Abrigo, con audacias coloquiales que dejan al lector con los ojos boquiabiertos:

     La casa de mamá no ha perdido el olor

     a colonia de infancia

     ni ha cambiado su fisonomía de collage,

     manoseo de albañiles,

     puterosde su piel

 

     Aún la salamanqueja

     Lo contempla extranjero (p.41)  

 

Por ese hilo invisible el poeta retorna a la infancia, contempla con padre y madre, la poderosa escritura del mar, con sus arenas y cangrejos, su luna y sus estrellas, sus peces y caballos ecuóreos, hasta constatar, a la sombra del gigante humilde, José Watanave, el soprano lamento de las ballenas (p.46)

Todo se transforma, nosotros los de entonces ya no somos los mismos, repica en los oídos como un padrenuestro nerudiano; el barrio fundacional de la infancia, con su casa en ciernes, su patio de limonero y mango, es un débil eco en la memoria, menos para el poeta, que restituye en la palabra esos paraísos perdidos, primigenios y perdidos, salvajes y perdidos:

     La orfandad nunca fue mi camisa preferida

     Hoy los menores de antes

     se hallan en sus motos,

     lejanos a la alborada

     del pájaro chupahuevo,

    

     Ajenos al barro

     del viejo tamarindo (p.51)

 

Reclamo poético, tan eficaz como “abrir un paraguas para protegerse en medio de espesos abaleos” o enfrentar una marejada con un escudo de geranios…Qué más da, aquí impera otra lógica y otra épica, así que Henry, guardián del manglar, ya es hora de que respondas por los mamoncillos, los grillos y tu madre, María Vergara, transformada en María Verga, por el gracejo y la picardía connatural del hombre caribe.

Opera prima de Wilfredo Esteban Vega, con los aciertos, la emoción y los resbalones del primogénito. Cierra con un poema sencillo y redondo, más que sincero, genuino, porque deja resonando a la distancia el grito que atraviesa toda la existencia:

     No soy otro, soy yo

     A la espera reveladora

     del grito:

     un, dos, tres,

     Esteban, detrás del almendro.    (p.57).

 

Wilfredo Esteban Vega Bedoya, El retorno de las caracolas, Editor: Julio César Goyes Narváez, Bogotá, Si Mañana Despierto Ediciones 20 años, 2010.

 


Alvaro Neil Franco Zambrano

LA SAGA DE LOS CLAVELLINOS

(o la calle del barrio que le conoció la infancia)

Hablar de Alvaro Neil Franco como poeta es tender un puente entre la ciudad, apenas conquistada, y la aldea con olor a melcocha que lo vio despuntar. A medio camino está la colonial Tunja, como un espolón flotante y brumoso que le cambió su tono de narrador primerizo por el de perito en nostalgias. Así, el muchacho díscolo que jugaba fútbol, tenía novia en su pueblo y estudiaba Idiomas, una mañana descubrió, por instigación de Arkady Averchenko, que él era el doble de Kapiton Kruglikof, el osado mozalbete que le hacía preguntas perturbadoras a su maestra resignada, mientras afuera, en la estepa veraniega, otros chicos jugaban a los indios y sobre la hierba graznaba un cuervo tan a conciencia que hacía estremecer el corazón (Averchenko, 1971, p.8).

Entonces pienso que Alvaro pensó ¿y yo que hago aquí, metido en estas aulas frías? Y se fue, como don Quijote a realizar su primera salida, llevándose consigo un fajo de poemas recién descubiertos y una Dulcinea, de carne y hueso, a despecho de la idealización de nuestro andante, señor de los tristes.

Una vez en la capital, este hombre de ríos, este niño perseguidor de hechiceras y de ancestros, empezó a entender que la gran ciudad no hace diferencias entre poetas y peatones. Un  carro fantasma frustró su carrera de futbolista, así que esta figura de la primera c, reinsertado a los Idiomas y a la Poesía –que es muy sabia y muy celosa- debió dar un vuelco a su vida. Con cicatriz y clavos, experiencias y dolores, cuarto desvencijado en la soledad de las tardes, sólo por compañía el hombro fraterno de Germán Diego Castro y los sablazos de Arthur Rimbaud, retornó a la niebla de Tunja, a inventar su segunda salida.

Alvaro Neil Franco se había transfigurado en El Cenizo: su cabellera jaspeada, su mochila con versos, su voz y su risa en los corredores de la Facultad de Educación, nos hacían presagiar que su periplo capitalino le había servido para dos cosas: pulir su vagabundería y entregarse de lleno a la Poesía, quizás lo primero consustancial a lo siguiente. Entonces lo elegimos director de Si Mañana Despierto, capítulo Boyacá, cargo que ostentó con enorme sentido de irresponsabilidad, caso contrario a las tertulias con tinto y habano y a las bohemias que iban de claro en claro, atrincherados en gran música y excelsa poesía. Allí, en su hábitat natural, “sin disciplinan ni desorden”, El Cenizo, enemigo de las planeaciones ejecutivas y de los proyectos a corto o largo plazo, se nos crecía con su voz de cascada, su risa contagiosa y su bailao, arrítmico, pero eficaz. Más de una lágrima furtiva nos arrancó este atrabiliario de las emociones sin bozal. Seguramente porque nos habló en metáforas cotidianas de las cosas más elevadas de los hombres: su casa, su patio con vista al río, sus perros eternos, su calle con farol, sus tíos a donde llegábamos sus sobrinos de todas las partes de la tierra a compartir su infinita cerveza (p. 14)

Su primera poesía está tocada por los ecos de Aurelio Arturo, Raúl Gómez Jattin, el terrígeno, no el otro, Eugenio Montejo, cierto sesgo humorístico de Luis Vidales, pero ante todo, es su propia voz, arrimada a los galapos y a sus piedras de río, a las raudas bicicletas, volando en las calles de su trópico, con palmas y guayabos, a los gallos de su padre, vigía y sapiencia en manantial. Poesía esencial, natural, por momentos, primitivista, sin pretensiones de perspectiva o vacuos intelectualismos. Más cercana a la juglaría que a la clerecía, pero eso sí, con un conocimiento desvaído del lenguaje, pleno de intuiciones y exuberante en imágenes, como ciertas músicas, que sin esbozar intenciones de grandeza, se tararean en las plazas, sin que les asusten los palacios:

   Como me compongo yo que vivo triste

   Acordate Moralito de aquel día que estuviste en Urumita y no quisiste hacer parranda

   ¿Y dónde estaba Dios cuando tú te fuiste?

   El odio no es más que amor triste

   Mamá yo quiero saber de dónde son los cantantes

Entonces El Cenizo que viene de esos mismos hornos de fundición no se arredra para decir:

     Acuérdate de cuando éramos los boquetos de la cuadra

     Y tirábamos la baba por Betsabé y Soraya

     -las vecinas de enfrente-    (p.15)

 

     Regresa a los palos de escobo

     donde descubrimos la redondez del mundo (p.15)

 

    Cuenta mi papá

    que él nunca aprendió la palabra cangrejo

    porque se encontraba en cualquier diccionario

    mientras que cangarejo

    la conseguía debajo de las piedras

    en una quebrada que con su brisa de guayaba

    sigue pasando por el pueblo   (p.40)

 

Y si Borges, el erudito e inmenso Borges, fue capaz de expresar que le dolía una mujer en todo el cuerpo (El Amenazado), Alvaro Neil Franco, afirma que Si Katherine se fuera, yo simplemente sería un delfín manteniéndome a flote sobre su peso muerto. Las cosas cuando está bien dichas se tornan verosímiles, además adquieren sabor de perpetuidad.

Al poeta Alvaro Neil Franco  – explorador de luna como el astronauta- se le acosa a veces para que sea más centrado, más ordenado en sus lecturas y escrituras, más planificador de su vida y de sus muertes, él hace un guiño malicioso, acepta las sugerencias, de dientes para adentro y vuelve a las andanzas de su corazón de cometa sin cola. El intuye que el universo es demasiado grande para caer en picada libre. Quizás llegue lejos, quizás se rompan sus palitos contra el muro de la cotidianidad. Todo es un albur; ahora es un académico respetable, un padre de familia, amoroso y ejemplar, pero sea como fuere y viva donde viva, encima de su computador hay un gallo de pelea, madrugador y en la cabecera de su cama, un carbonero florecido de pájaros.

 

Álvaro Neil Franco, La saga de los clavellinos (o la calle del barrio que le conoció la infancia). Cali, Escala de Jacob Poesía (Director Horacio Benavides), Programa Editorial Universidad del Valle, 2008.

 

REFERENCIA

Averchenco, Arkady (1971). Discusión en la escuela y otros cuentos. Antología. Bogotá, Colección Popular, Biblioteca Colombiana de Cultura.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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