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Carlos Fajardo Fajardo

RITUAL DE TÍTERES O LA POESÍA COMO PROTAGONISTA

“Se imaginó escribiendo una novela

donde todos asistirían como títeres a un ritual,

en una ciudad que rápidamente se deshace”

Ritual de Títeres

 

“Abrir los diques del lenguaje, ir más allá del monosílabo”. He aquí una de las claves secretas y maravillosas de esta novela-río, novela-poema, novela-ensayo, imagen y pensamiento. Fusión de voces y de vidas al filo de los cuchillos, al fondo de los abismos poéticos e históricos de una generación siempre a la intemperie, la cual vivió las tempestades de la violencia, la búsqueda desgarrada de todos los placeres y el desengaño de las grandes utopías al no dar con ninguna puerta abierta, ninguna luz. Tal es la atmósfera de este Ritual de títeres, seres en medio de la fragua histórica, llenos de fracasos, ruinas, doloroso erotismo y muerte.

En este escenario del mundo, la palabra es la protagonista principal del drama; la palabra convertida en poesía, se entiende. Por ello aplaudo este ritual y caudal poético, esta lucha perpetua donde triunfa la pulsión creadora de la poeisis, su pasión fundante. Sabemos que “el verdadero poeta, según T.S. Eliot, es el que hace de su lengua una gran lengua”. Se alimenta de su tradición, pero a la vez, la supera enriqueciéndose en otras fuentes diferentes a su raíz; se renueva en profundidad constante. Poesía para alterar la vida; poesía para sabotear las rutinarias frases y costumbres de su tiempo, para ser críticos en aquellos períodos donde la pobreza imaginativa y existencial nos consume. Poesía para mantenernos creativos, atentos, vigilantes.

De allí la imposibilidad de nombrar a este río de imágenes novela, o bien, objeto narrativo a secas, pues como tal deconstruye las lógicas tradicionales narrativas, la antigua idea de ser un contador de historias. Aquí existe otra cosa, se ha propuesto otro asunto: quizá sea un rizoma lingüístico donde “el tiempo no fluye: estalla”; un libro que elabora una cartografía calidoscópica de las sensibilidades, con múltiples entradas y posibilidades, o bien un juego de espacios y de tiempos discontinuos, donde cada capítulo –si es conveniente denominarlo así- funciona como multiplicidad autónoma, como un poema en sí, desde sí, sin principio ni fin, laberíntico, descentrado, disperso. Libro unión de fragmentos construido desde lo par-impar-sin par, de tal suerte que las dicotomías tradicionales de Occidente se intentan romper, o al menos se cuestionan desde la fuerza del lenguaje.

Creo encontrar en ello uno de sus mayores riesgos y propuestas: dinamitar la concepción de la novela, siguiendo la tradición del romanticismo alemán temprano de la “Obra de arte total”, es decir, la fusión de géneros,  lograda, como proponía Friedrich Schlegel, con una liberalidad absoluta pero con un rigor muy grande. Como resultado, el texto se convierte en acto de reflexión filosófica existencial, en una delirante imaginación, en apasionada teoría poética y estética, donde la fuerza unificadoracomo un continuum es la poesía. Entonces se lee: “La pretensión es consagrar en estas páginas el sueño de la novela-ensayo-poema, de la novela-cuento-teatro, de una intensa literatura esencial”. Desde esta apuesta, Ritual de títeres dialoga con Novalis, Joyce, Broch, Borges, Dylan Thomas, Lezama Lima, Bioy Casares; continúa en la cuerda floja de los poetas dadaístas, surrealistas y expresionistas; se alimenta de Vicente Huidobro y de César Vallejo, se comunica en poema pero se constituye en pensamiento y concepto. Dicha aventura del lenguaje escarba y se contagia de las grandes conquistas artísticas de una modernidad rebelde, crítica y subversiva; de las profanas estéticas vanguardistas de la protesta y del cambio; se contagia de las aventuras del espíritu nihilista nietzscheano, explora la libertad erótica y el “desarreglo de todos los sentidos”.

Hemos asegurado que este “libro-río”, “libro-imagen”, como le gustaba a Gilles Deleuze llamar a su Rizoma -hecho de mil mesetas, de mil posibilidades- se muestra como una fusión de fragmentos que pueden leerse de forma independiente y ponerse en diálogo desde cualquiera de sus partes. Ello obliga a inventar otro tipo de lector, un lector de flujos, de caudales, un lector poeta, receptor-creador que vaya al ritmo torrentoso de las palabras. También aquí encuentro una de las más riesgosas propuestas del libro: exigir –tal vez inventar- otro tipo de lector no lineal, con un capital simbólico muy amplio, el cual dialogue con los momentos y conceptos filosóficos, estético-poéticos y políticos más significativos de la cultura occidental: Heráclito, Platón, Goethe, Kierkergaard, Freud, Kavafis, Coleridge, Rimbaud, D.H. Laurence, Chaplin, Héctor Lavoe, Led Zeppelin, Roling Stones…

Otro lector, otro narrador, otro poeta: “una novela donde la acción es excluida y tan sólo deja sus esquirlas en los hombres derruidos”, se lee en el capítulo X. Y en otro apartado: “el lector pone en movimiento el tiovivo de figuraciones trágicas” (Capítulo XVI), a la vez que  se instaura la ya anunciada por Roland Barthes “muerte del autor”. No hay aquí un Yo narrador plenipotenciario, ni  un narrador tótem. Existen varios narradores-poetas, polifonía y pluralidad de rituales ante la palabra. “Se escribe para desaparecer. Si decimos ‘Yo’ estamos obligados a mirarnos desde afuera, a convertirnos en objeto, a construir un espejo de cinco nombres y pronombres” (Capítulo XXIV). Muerte del narrador tradicional, surgimiento de polifonías intertextuales, calidoscópicas. Es la poesía la que funda estas actuaciones de títeres en medio de la terrible soledad del Ser.

De igual manera, la diversidad de voces poéticas no intenta narrar situaciones cotidianas, sucesos. Estos sólo se sugieren. Más que recrear anécdotas se trata es de construir atmósferas estéticas y propuestas poéticas. Existen, claro, personajes con nombres míticos: Ariadna, la protagonista y Fedra; la trilogía masculina Jano, Orfeo y Mirtilo; historias de amor y desamor que el lector capta entre líneas en medio de la corriente de este sonoro río. También encontramos espacios de una Bogotá real: el barrio La Candelaria, La Carrera Trece, la Séptima, el centro de la ciudad, los bares, pero todo ello alejado del afán novelesco de contar una historia  convencional y sí utilizado como pretexto para formular una estructura distinta de novela y una nueva posición del escritor frente al lenguaje. Es el estallido de la palabra-nómada que desterritorializa todo ritual doméstico de la escritura; es la línea de fuga de la poesía contra lo pétreo, lo consolidado, el confort, la burocracia del pensamiento.

Es esto lo que convierte a esta novela en un “río de estilo”, pues en cada página el lector se encuentra con un profundo y extenso poema, como atravesando un campo minado.

Saludo, pues, este trabajo escritural riguroso y riesgoso; esta atrevida metaforización progresiva y provocadora que va en contravía a las exigencias que hace el mercado a los novelistas de última hora, presos del imperio de la rentabilidad, de la fama y de las preferencias del cliente. Saludo su feroz combate contra las novelas escritas por encargo, fáciles, efectistas, efímeras, reemplazables. Ritual de títeres, muy al contrario, exige varias lecturas, es decir varios desgarramientos. Novela-red que se enreda y desenreda en el laberinto de laberintos donde Ariadna juega con sus marionetas arrojadas al escenario del lenguaje. Novela-experiencia, como si las propuestas de Morelli, en la Rayuela de Cortázar, o de Lezama Lima sobre la idea de escribir la “anti-novela”, la “novela-Metáfora”, se hicieran presentes, concreción, cuerpo vital.

Bajo la oscura, fría y lluviosa Bogotá, estos personajes, dispersos y extraviados, hacen su ritual y se difuminan en “la aventura del lenguaje y en la hoz fundadora de la risa”.

 

Gonzalo Márquez Cristo, Ritual de títeres. 2e. Fundación Común Presencia, Colección Los Conjurados, Bogotá, 2011.

 


POLEN DE LEJANIA

DE HENRY LUQUE MUÑOZ

 

Asombra que una antología personal registre una gran variedad de poemas maravillosos como los que se leen en el libro POLEN DE LEJANIA (Pontificia Universidad Javeriana, Fundación Fumio Ito, 1998) de Henry Luque Muñóz (Bogotá, 1944-2005). Y asombra porque el poeta concibe la estructura de su libro con una arquitectura –sólida y hermosa- que propone múltiples vivencias sintetizadas en tres partes esenciales: la estrella silenciosa, no me dejes solo junto a ti, noticiero de lo inaudito. En cada una de ellas se observa una inquietud por lograr cierta unidad de sentidos cimentados en un solo cuerpo y regida por la obsesión de encontrar una voz propia, una atmósfera comunitaria, una diferencia.

De este modo, las crónicas de una civilización bárbara, el mirar la belleza de lo terrible, la conciencia del tiempo con su guadaña inevitable, las cicatrices dejadas por la historia, son las primeras impresiones al emprender el viaje por este poemario. Con la serenidad del que  aprende a mirar lo que se desploma en los abismos, el poeta registra todas aquellas criaturas que el poder y la historia han destrozado en esa loca búsqueda de la quimera nominada Paraíso Perdido; criaturas gloriosas o anónimas, todas bañadas por las cenizas del olvido, marcadas para siempre por un pasado nada pomposo, cifradas con “letra roja sobre una pared blanca”, signos de un abecedario sangriento. Como un vigía desengañado de todo cuanto a sus ojos quema, testimonia un tiempo, observa las plagas del hombre, su insufrible miseria. Como testigo, afila la pluma y se mantiene en guardia “mientras sus detractores duermen” y, desplazado por tanta algarabía, pule y reelabora el poema como única tabla de salvación en medio del naufragio.

Pero si la comunión con la historia le muestra al poeta las llagas y el pudridero que ha construido el hombre, él sabe que algo debe existir en medio de estas ruinas para hacer posible la utopía. Y he aquí que la mujer, esa zurcidora del deseo, se instaura en este libro como pilastra del mundo, cima y precipicio a la vez, hermosa y terrible: poesía. El amor carnal expulsa la tragedia de vivir en un tiempo de pocas promesas, y Henry Luque Muñóz lo sabe. Como un Acteón ante su diosa fatal, plasma lo que está allí viviendo: las heridas y el esplendor de su total entrega. Con una bella frase tomada en préstamo a Julio Cortázar, el poeta sintetiza esa extraña dialéctica del amor: “no me dejes solo frente a ti. Junto a ti que eres utopía palpada, saboreada, poseída, devorada. Erotismo que da un salto hacia el vacío del cuerpo y llega al instante de la muerte por amor, ese territorio doloroso y dulce para el poeta, quien es vida en medio de una sangrienta estirpe. La mujer, más que una compañía, es el mismo viaje, un itinerario con el cual saboteamos la normalidad del día, aquella que  “cuando cruza, /la ruina del día se levanta/ y se convierte en una canción”, la que convulsiona el universo, quiebra y genera el equilibrio, llámese Sara, Penélope, Helena, Afrodita.

Sin embargo, la senectud, esa mueca que hace caer toda máscara, también habita en esta mujer desafiante de nuestra mirada. De allí la preocupación del poeta por lo fugaz de la belleza, lo cual, en un paralelismo extraño, nos la hace sentir como la fugacidad de la historia, con sus imperdonables tragedias. Mujer e historia, esencias dominadas por la temporalidad, fundidas en un solo marasmo.

Inundados por la bestialidad y la hermosura, nosotros, lectores, vemos pasar estos incendios creados con una palabra lacónica y tranquila que vence el miedo y las lágrimas. Libro luminoso que insinúa metáforas sorprendentes; conjuga el animal amoroso que llevamos con la historia de horror que hemos inventado. Habitarlo es peregrinar al corazón de las ruinas, pero también saborear la presencia de un milagro.

 

Bogotá, Septiembre 3 de 1998

 


JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ M

FARALLONES (POESÍA)

 

La memoria es trascendencia e invitación al viaje; profundo afecto e indagación sobre lo que se vive. La memoria es Fundación, creación de posibilidades y de aventuras no sólo pasadas sino venideras. De allí su capacidad de predecir y ser visionaria en medio de la niebla del tiempo. Gracias a la memoria poética, puedo hoy hablar con ustedes de la profunda amistad y hermandad que me une a este gran poeta como lo es Jorge Eliécer Ordóñez Muñóz, y doy esta gratitud a la memoria viva, pues fue a través de ella que- leyendo el libro de poemas Farallones- pude habitar de nuevo algunos espacios, los cuales de niño experimenté y palpé en esa ciudad con nombre de santo, imágenes nunca desterradas y que hasta ahora han sido materia y raíz de toda la poética de Jorge Eliécer. Raíz de varios textos tan sentidos y amados por todos; poemas amigos de sus amigos, trabajados día y noche arduamente para luego ser leídos a deshoras, en las madrugadas, uniéndonos a veces en la distancia por trasnochados teléfonos, emocionados al sentir que al otro lado de la línea un poeta hermano invita a trasegar, ir a la otra orilla, visitar con ojo abierto, y con la paciencia que da el amor, sus soñadas y mágicas cumbres de Farallones. Así, desde el permanente y sincero abrazo, se ha construido la poesía y la amistad del Grupo Si Mañana Despierto; y  fue así que conocimos los primeros poemas de este ambicioso libro tan único y comunitario.

Cantar es dejar registro de una voz en cualquier camino, es sorprender al silencio para que en su mudez él se escuche mejor. Cantar es compañía, creación de una presencia que no existía, fabricar voces e invitarlas para que nos acompañen en la soledad y en el recuerdo de la muerte. Por eso agradecemos todo ese canto de escritura que es Farallones, siete cantos lanzados al viento que instauran varios reinos e imaginarios posibles; cantos que son creación desde y por el origen; poesía que permanece con su música de río en el oído. Nuestro poeta, para tallar este hermoso universo, se apropia de una simbología primigenia y matriarcal, lo cual va ofreciéndonos la imagen de ser un libro edificado desde los cuatro elementos míticos y mágicos que han fomentado rituales y hechizos a través de la historia. El aire navega en el viento que atraviesa lo selvático y lo ciudadano; nos quema el fuego en ese valle de sol con sus veranos y canículas; más allá está la tierra, toda ella una mujer presente y lejana, deseo y necesidad de poseerla, y no podía faltar el agua original, es decir, los ríos que tienen su primera infancia en Farallones y vagan por las noches en medio de escándalos y ruidos de ciudades.

De este modo, el poeta nos induce al viaje; invita a salir a sus caminos para que, con ojos de infancia, veamos en nuestro asombro las pequeñas y grandes cosmologías, aprendamos a sentir el rumor y los silencios de su cartografía amorosa. Eso es.  Farallones  nos invoca y evoca el viaje, la aventura exploradora que para el poeta no ha perdido esa frescura y fuerza con la cual devela y descubre una región de misterios. Creación y misterio.

A veces, reunidos en la alta noche, los integrantes de este desaforado y amoroso Grupo  de Si mañana Despierto, hemos traído de nuevo a nuestras memorias alucinadas las corrientes de nuestros ríos iniciales. Hombres de río, de aguas mansas y trágicas como somos, leemos y escuchamos abatidos por la hermosura de varios poemas esos ríos de todos: el Guáitara, el Sinú, el Magdalena, el Suárez, y no podían faltar los ríos de Farallones: el Pance, el Aguacatal, el Lili, el Cali, llevándonos en el ritmo de sus corrientes. Los Ríos del Alba, segundo canto de este poemario, es fundación de lo acuático, presencia de una cosmovisión que recuerda lo que somos: huída y fugacidad; pasaje y permanencia. “Ríos de Farallones como el amor todo se lo llevan” dice el poeta. Ríos pequeños que hacen su lento trayecto en el verano y de pronto se enfurecen en invierno. Ríos de montaña nativa y salvaje, observados ahora por las pupilas de un memorioso que no olvida esa música de cascada en la piedra. Ah nuestros ríos Jorge, nuestros ríos y sus rituales. Cuántas veces leyendo esta parte de tu libro, tuve que sostenerme un momento en la baranda del vértigo para observar desde mi superficie cómo nos construyes de nuevo la leyenda y la fábula del agua infantil, las preguntas de siempre tratando de explicar ese misterio de los ríos que trabajan todo el día y en las noches debajo de los árboles, después entre las luces de la ciudad estridente de bares y asaltos a mansalva, como bien lo mencionas. Ríos de selva y de ciudad. He allí su ambigua y terrible belleza. En la selva de Farallones está el nacimiento; el poeta, como un chamán o un payé, puede conversar con esas voces ocultas; nos trae lo que existe en esos lugares, conecta éste nuestro lado de cotidianidades efímeras con un imaginario rumoroso lleno de permanencias. La poesía logra así construir presencias en la ausencia, ríos que se consagran en expresar la metafísica material de lo imaginario.

Sin embargo, están esos otros ríos tributarios de ciudad que recorren, en las tardes de verano, calles y barrios de paraísos e infiernos, evocan un mar lejano y presente y, como dice el poeta, “trabajan de noche como los ladrones y los amantes, en esas horas tácitas cuando besos y crímenes fraguan su piedra negra en las orillas”.

¿A qué largo y misterioso viaje nos remite este libro? ¿Cómo no acceder a él sin sentirse navegando por sus sustancias terrestres, acuáticas, de luz y de viento?

Farallones nos trae también la fundación del amor, otro cauce importante en su cosmovisión material. En el canto titulado Aluna de Tauro se esculpe un cuerpo femenino lleno de sol, agua y montaña. El erotismo aquí está presente en el símbolo del fuego y se edifica a través de la mirada. El poeta es un voyerista que observa desde la orilla a su inalcanzable diosa, a su Leda del Trópico, y como Acteón frente a Artemisa, sabe que es seducido por esa trágica belleza, mas se deja arrastrar, irse en pos de un erotismo doloroso y placentero. Agua, mirada y deseo. No otra cosa hace el poeta: su mirada funda el amor e igual a un niño anuncia con su asombro el descubrimiento de la desnudez y el goce. Aluna de Tauro es la reivindicación de lo sensorial, registro de la felicidad pletórica junto a lo sensual y festivo: “piernas, zarzas, caderas, hongos, aletazos de piel, senos más hermosos que la luna en el río, fiesta de todas las cosas que arden en la espesura y se avivan en la mirada del tigrillo”. “Todo el cuerpo en el agua gravitando alrededor del deseo”.

Navegante perpetuo, el poeta de Farallones hace su travesía de iniciado por un espejo memorioso abrazándose a una ciudad que lo condena a la vigilia; ciudad interior traída de nuevo ante nosotros para que podamos descubrirla, perdernos en ella hasta encontrarla llena de ansiedad y de milagro. Situados en lo más alto de las montañas, avistamos desde Pico -Amor los tres flancos que el índice del poema señala: al oeste cordilleras poderosas, solemnes, grávidas. Al otro lado, el mar, “el verdadero mar con palmas de chontaduro y hombres color uva”; y al norte ese otro océano, el valle trasmutado en viento. Ensoñación del paisaje. La fuente de este poeta habrá que buscarla en su potencialidad de cartógrafo de imágenes. Su poesía dibuja topologías sensitivas, pinta mapas de sueños, catapulta sus imaginarios hasta construirnos regiones invisibles-visibles: la infancia con sus lujuriosos y pícaros juegos, la música de marimbas y tambores, esos barrios de la periferia con sus extraños y hermosos personajes, las luces de diciembre encendidas por el padre, ah de esos diciembres Jorge, con sus villancicos, pesebres y zagalas, en fin, mares vistos en palabras.

Hemos dicho cartografías de sueños. En ellas no podrían faltar los trenes, esos trenes que, como dice el poeta, abordamos con el corazón en vilo y penetran con su campana en la memoria. Convidados a realizar el largo itinerario en los trenes del trópico, sentimos que estamos participando de un viaje el cual nos muestra por sus ventanas en nacimiento de un mundo. Así “pueblos de nombre sonoro pasan por los ojos con su anciano sentado en una mecedora al borde del atardecer” y “surgen de la nada unas muchachas nuevas con aires de mujeres recientes en los pechos”, “una campana lenta señala el sur. El viento de Farallones se mete por las celosías y trae noticias del mar”. Cuánta carga y pulsión de infancia poseen los trenes de este poemario. Qué gran reconocimiento a uno de los monstruos tecnológicos más hermosos, muchas veces cantado por nosotros. Algo se edifica aquí; algo que va más allá de ser un simple tránsito de turista por la tierra y es nada menos Jorge, tu llamado a que seamos habitantes viajeros dejando una cicatriz en los caminos, que tengamos la habilidad y el asombro para asumir esa “preciosa metafísica de trenes”.

Al unísono con otros textos poéticos, leídos, amados y sobre todo asimilados por Jorge Eliécer, Farallones se levanta en la poesía colombiana como un libro que prosigue las voces representadas en Aurelio Arturo, Alvaro Mutis, Héctor Rojas Erazo, Giovanni Quessep, José Manuel Arango, junto a las de ese importante grupo como lo fue Mito. Libro épico-lírico que establece una larga conversación con los paisajes interiores y exteriores; puesta en escena de una intersubjetividad activa, proyectando una estética del caosmos, caos y cosmos a la vez, desgarramiento y unidad, flujo y reflujo del sujeto creador. Digno es reconocer aquí un trabajo riguroso y una madurez de ritmo en la palabra. Madurez a la cual ya nos tiene acostumbrado este poeta. Texto que dialoga desde su geografía simbólica con la mejor poesía mundial, de allí su universalidad, pues estos tonos y registros de lenguaje se unen con las conquistas de los poetas modernos.

Si algo identifica al grupo Si mañana Despierto es su permanente trabajo y vocación en la pulsión poética. Algunos de nosotros hemos dejado registro de dicho trabajo en varios textos en cuyo testimonio nos reconocemos como hermanos. Los jóvenes poetas de este grupo, vitalizados en Tunja y Bogotá, están dando cuenta de su pasión y perpetuo compromiso con la poesía. Sabemos de la calidad de sus textos y de las hermosas sorpresas que tienen en reserva. Con entusiasmo, vigor, cantos y poemas pronunciados en los más cálidos recintos, hemos ido construyendo unas atmósferas propicias, facilitando este aire donde se respira tanta buena poesía como la que hoy felizmente nos congrega.

Démonos gracias amigos y amigas por tener un libro lleno de vida y frescura en un país que ha perpetuado a la muerte como única soberana. Démonos gracias porque al leer Farallones podemos sentir, en un instante eterno, algo de eso que llamamos felicidad, desafiando las banalidades y trivialidades efímeras de última hora.

Jorge, poeta cómplice, ahora ha llegado el momento de escuchar tus poemas, habitar, sentir tus palabras, pues alguien nos susurra que “el viento es un son y es preciso bailarlo antes de morir”.  

 

Jorge Eliécer Ordóñez, Farallones, Bogotá, Si Mañana Despierto Ediciones, 2000.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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