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Carlos Fajardo Fajardo

LA BREVEDAD DE LA LÍNEA DE TU MANO.

LA POESÍA DE TOMÁS QUINTERO

 

El libro recupera la obra del poeta Tomás Quintero la cual no es conocida entre la mayoría de los poetas colombianos ni latinoamericanos. No ha sido publicado en ninguna antología de renombre. Ello no por falta de calidad poética, sino por cierta indiferencia hacia su obra, tanto de las editoriales como de los mismos poetas de su generación en Cali. De esta manera, este libro es un intento crítico por conservar su memoria y rechazar de alguna forma el silencio y el olvido.

El poeta Tomás Quintero nació en Cali, Colombia, en 1945 y murió el domingo 3 de junio de 1978, en el río Agua Clara, cerca de Buenaventura -Departamento del Valle del Cauca- cuando sufrió un infarto en las fauces de las aguas. En sus 33 años de vida publicó sólo algunos poemas. Sin embargo, su obra es de una gran calidad escritural y conceptual, lo que lo sitúa como uno de los poetas más importantes de su generación en la Cali de los años setenta.

Nació y vivió en el barrio San Nicolás de Cali, barrio de bares, prostíbulos, con partidos de fútbol en las calles, música antillana, tangos y boleros. Gran lector de Borges, de García Lorca, Antonio Machado, de Mayakovski, Miguel Hernández, Walt Whitman, de Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Nicanor Parra, de Juan Rulfo, Ernesto Cardenal, Cesar Vallejo. Como gran parte de su generación universitaria, asimiló las corrientes teóricas que fusionaban el marxismocon el estructuralismo y el existencialismo de Sartre y Camus, el psicoanálisis, la lingüística, la antropología de Claude Lévi-Strauss, la Escuela de Frankfurt (Theodor W. Adorno, Max Horkheimer,Walter Benjamin, Herbert Marcuse, Erich Fromm), el pensamiento de Louis Althusser, junto a las manifestaciones artísticas, poético-culturales de la época.

Sobre la vida de este poeta sólo tenemos vagas noticias gracias a ciertos datos fragmentarios de amigos, allegados y conocidos. Sabemos que se graduó de bachiller en el Colegio San Luis Gonzaga de Cali y que estudió Letras en la Universidad del Valle, graduándose en la primera promoción de 1970. Trabajó como profesor por un tiempo en el INEM. Fue docente en el Departamento de Literatura de la Universidad Santiago de Cali -estando de Rector Álvaro Pio Valencia y Estanislao Zuleta de Vicerrector Académico-, y en el Departamento de Letras de la Universidad del Valle, universidades en las que dictaba las cátedras sobre el Siglo de Oro y El Quijote.

Militante en la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) y de ideas trotskistas, lo que lo unía a un grupo de intelectuales y escritores como Fernando Cruz Kronfly, Julio Roberto Arenas, Hernán Toro, Luis Carlos Arboleda, Ernesto Viera, Eduardo Serrano y a estudiantes de la Universidad Santiago de Cali y de la Universidad del Valle, cuyas reuniones se realizaban en la Casa Vieja, cerca de la Universidad Santiago de Cali, sitio donde hoy se ubica la sede de Proartes.

Con lucidez y valentía, Tomás Quintero registró la fugacidad de lo cotidiano, las contradicciones y contrastes de su época. De este modo rescató la memoria como elemento esencial para la poesía. Frente al olvido histórico, propuso una memoria poética; ante la amnesia, edificó una poética del recuerdo íntimo y colectivo. Ese fue su sino y su signo. La conservación de la memoria fue quizás uno de sus más altos compromisos. No se trataba de nostalgizar la vida pasada. Su idea era más alta y perturbadora: eternizar el instante, volverlo presencia donde existían ausencias. Superar la peste del olvido.

Esa condición se impone cuando leemos la poesía de Tomás Quintero. Lucidez unida a pasión y razón crítica. Tal eticidad poética se alimenta de una permanente ambición de cambio y de emancipación, no sólo de las trabas sociales, sino del mismo lenguaje. Se trata de transformar, estremecer, subvertir al lenguaje; crear nuevas maneras de cifrar, descifrar, sentir, amar. Búsqueda y conquista de una nueva sensibilidad a través del poema, que permita entender la realidad, pero a la vez rebelarse contra ella y modificarla. Crear otras orillas. Petición de una razón poética de la acción, unida a la praxis política e histórica. Entre este aceptar y rechazar los principios de la realidad fluye la escritura de Quintero.

En un primer momento el autor ubica a Tomás Quintero en la Cali de los años sesenta y setenta, en los imaginarios y mentalidades que fluctuaban entre la música, el fútbol, la vida de barrio, el compromiso político de izquierda, temas que lo motivaron y que poetizó con bastante pasión. Analiza los procesos de modernización de la ciudad a finales de los sesenta y principios de los setenta, debido a las obras que se llevaron a cabo para los VI Juegos Panamericanos. En un segundo momento, indaga los contextos socio-políticos nacionales de los poetas posnadaístas que publicaron en los setenta y de la que hará parte Tomás Quintero. En el tercer apartado se compilan entrevistas y testimonios escritos por amigos, colegas de trabajo, familiares y camaradas de Tomás Quintero, donde se observa la importancia que para el poeta tenía la amistad, como espacio mágico, solidario, político, de compromiso poético y amoroso. Por último, aborda la poesía de Tomás Quintero, sus cimientos temáticos, conceptuales y formales a través de los cuales elevó su poética.

Tomás Quintero murió joven, igual que sus paisanos Julio Roberto Arenas (1943-1973) y Andrés Caicedo (1951-1977), los tres pertenecientes a una generación con ideales de transformar el mundo y cambiar la vida, golpeándose con la realidad, desengañados, desesperados, desgarrados por una historia colombiana sin rumbo, sin luz en el horizonte. Tal fue el tiempo que les tocó vivir, tal su compromiso con la escritura y la palabra en esa ciudad solar, llena de furia y de ánimo gracias a una juventud contestataria y contracultural, alimentada por las concepciones de vanguardia, viviendo intensa y tenazmente por y para la renovación de la sociedad y la cultura.

 

POEMAS DE TOMÁS QUINTERO

 

Viaje

A Hernán Toro

 

Caminaré contigo por Europa

sin moverme de mi barrio triste

de mi bar sembrado de botellas

de mi música vieja y mis tambores.

 

Caminaré contigo, por Europa,

(en París. te aseguro,

el hambre pega fuerte

si llegás allá

soñando con la nieve y sin bufanda).

 

Caminaré contigo por los puertos

entre los barcos Noruegos

hediondos a ballena en celo.

 

Entre el catarro atosigado

del viejo vendedor de castañas.

Entre libros gastados

y amores de prostitutas de otros tiempos.

 

Caminaré

Hacia el Are du Carroussel o Thilleries

Hacia los canales de Amsterdam

Hacia algún atardecer brumoso en Liverpool.

 

Caminaré contigo

y todos los días será más honda la tristeza

más agrio el vino

más duro el pan entre los dientes.

 

Pero caminaremos juntos por Europa

-Objeto amado-

 

Aunque sea largo el tiempo de estar muertos

Aunque en mi barrio pobre

el absurdo lo arruine todo lentamente…

 

Alma mía, cuando muramos

 

Alma mía

Cuando muramos

Llevadme de la mano

Hasta las playas del sol

Para secar allí nuestra tristeza

y clavar con flores

En el sexo

Nuestro amor

 

Alma mía

Cuando muramos

Dejemos colgando nuestra vida

En la percha

Del cuarto barato

Para que las putas vistan

Con ella

Las baratas ilusiones

De sus amantes y sus cuerpos

 

Alma mía Cuando muramos

Que al menos sea desnudos

Para poder cantar

Con los niños

Las verdades de la aurora.

 

(Último poema de Tomás Quintero)

 

Sarah Yvanovich

 

Sarah Yvanovich,

hija de emigrados,

Nieta de bolchevique

Te encontré por la calle empedrada

De mi barrio viejo

con el cabello que la lluvia de agosto

Había pegado sobre tu rostro.

Sarah Yvanovich,

mochila y guitarra

y viejos zapatos gastados

Sobre los charcos grises.

En la mesa más íntima del bar

Bebimos ron mientras me hablabas de tu hambre.

Sarah Yvanovich, danzamos.

Tú como zíngara

Yo como antillano.

Bebimos y fumamos el tabaco negro

Que traías de Singapur.

También cantamos, al son de tu guitarra.

Sarah Ivanovich, algo recordabas de la Revolución

y habló tal vez la boca de tu abuelo,

Tal vez la boca de tu padre.

Porque tú hermosa Sarah,

Jamás has entendido en qué consiste eso.

Lloraste, sin embargo,

Por el negro humillado

De Brooklyn.

Por el Vietnamita que se quedó sin ojos.

Por el pobrecito latino, tan pobre, tan pobre.

Lloraste, Sarah Yvanovich

Hasta el amanecer,

Hasta mi cuarto

Hasta mi colchón gastado

Hasta que nos amamos.

Hasta que la risa corrió como río loco

Por tus costados y tus piernas.

Tómate el café, Sarah Yvanovich.

El tren del norte partirá a las seis.

La lluvia continúa.

Es lunes y debo trabajar.

 

Allí comenzó el bayano

 

Cuando el siglo moría de cansancio entre la guerra

Llegaron los abuelos.

Bajaron cabalgando en mulas jóvenes

por la calle Real de sol y piedra.

Cargaban con baúles y negras milenarias

- que no esclavas sino parte de su propia historia -

Mi abuelo, su guitarra y su bigote

Blanco, como ala de paloma, durmiéndose en el labio...

No quisieron

El centro del poblado de grandes casas

Con ruidos de charol en los zapatos

Y perfume francés en las ventanas:

Entre otras cosas porque las damas del Alférez y el Alférez

Y sus hijos azules y otras cosas

Cerraron los zaguanes a su paso.

Gustaron más del sitio cercano al río y al llano

Donde comenzaba el pueblo o terminaba.

y allí comenzó el Bayano, el Barrio,

Pila de aguas tranquilas

En una plaza verde.

Y comenzó la saga del adobe y la casa

Del corredor y los geranios. 

 

Kamal Arabat, el palestino

 

Te esperaban en casa, Kamal Arabat,

Madre ha tendido mantel blanco

Y el vino dulce aguarda sobre la mesa.

Hermana tiene lista la camisa

Para la fiesta del viñador.

Laila sueña con tu cuerpo moreno y duro

Sobre el suyo

Y espera cantando tu regreso.

Abdul, el anciano, fuma de su pipa

Y desde la penumbra de sus ojos

Piensa en ti,

Todos te quieren, Kamal Arabat,

Todos te esperan.

Lo que ninguno sabe

Es que en este amanecer del Sinaí

Las manos judías te han dado muerte.

 

Estoy cansado ahora

 

“¿Quién podrá decir mañana

o años más tarde,

cuando vuelva a pasar por esta calle

y mire la ventana,

que fueron falsas las palabras

y falso el llanto con que quise describir

el inagotable silencio de tu presencia?”

¿Quién podrá decir que no había amor

en el deambular de mi cuerpo por tu cuerpo,

y que el último beso, el de la tarde del adiós,

hizo crecer

cantos de pájaros nocturnos

en la aridez de mi angustia?

Mujer antigua,

estoy cansado ahora.

Mira:

sólo quedan mis manos que tiemblan

cuando reconstruyen el recuerdo de tu rostro.

 

Siri Jahn

(Fragmento)

 

Siri Jahn

recuerdo que era invierno

cuando te encontré

porque llevabas mojado el rostro

y viejos jeans, y una mochila,

y la vieja guitarra

a la que le faltaba alguna cuerda

Siri Jahn

Temblabas

no por el frío porque ya conocías el frío

sino por falta de amor

y preguntaste perdida en la ilusión de la droga

si por aquí quedaban las playas del sol

para poner a secar toda tu tristeza

Siri Jahn pediste

en tu canto de sirena

un muchacho que colocara sobre tu sexo

todas tus cosas deseadas

un muchacho que te despojara

de un poco de tu llanto

para poder cantarle al llanto...”

 

Poema final

¿Qué tiempos son estos

en que hablar de árboles

significa callar tanta barbarie?

B. Brecht.

 

¿Y de qué servirán tantas palabras

si cada amanecer es un sudario

si vivir es morirse

a plazos,

lentamente

si ante cada pared

o al pie de cada árbol

se despierta la patria hecha pedazos?

(Y la patria es un niño o una huelga

es un indio o un negro que agoniza

es un pueblo de piel acribillada

es usted o soy yo,

la patria es eso...)

¿Y de qué servirán los retóricos

goces del lenguaje,

de qué, pregunto yo,

este poema?

 

Carlos Fajardo Fajardo. La brevedad de la línea de tu mano. La poesía de Tomás Quintero. Programa Editorial Universidad del Valle, Cali, 2018, 136 págs.

 


RITUAL DE TÍTERES O LA POESÍA COMO PROTAGONISTA

“Se imaginó escribiendo una novela

donde todos asistirían como títeres a un ritual,

en una ciudad que rápidamente se deshace”

 

Ritual de Títeres

 

“Abrir los diques del lenguaje, ir más allá del monosílabo”. He aquí una de las claves secretas y maravillosas de esta novela-río, novela-poema, novela-ensayo, imagen y pensamiento. Fusión de voces y de vidas al filo de los cuchillos, al fondo de los abismos poéticos e históricos de una generación siempre a la intemperie, la cual vivió las tempestades de la violencia, la búsqueda desgarrada de todos los placeres y el desengaño de las grandes utopías al no dar con ninguna puerta abierta, ninguna luz. Tal es la atmósfera de este Ritual de títeres, seres en medio de la fragua histórica, llenos de fracasos, ruinas, doloroso erotismo y muerte.

En este escenario del mundo, la palabra es la protagonista principal del drama; la palabra convertida en poesía, se entiende. Por ello aplaudo este ritual y caudal poético, esta lucha perpetua donde triunfa la pulsión creadora de la poeisis, su pasión fundante. Sabemos que “el verdadero poeta, según T.S. Eliot, es el que hace de su lengua una gran lengua”. Se alimenta de su tradición, pero a la vez, la supera enriqueciéndose en otras fuentes diferentes a su raíz; se renueva en profundidad constante. Poesía para alterar la vida; poesía para sabotear las rutinarias frases y costumbres de su tiempo, para ser críticos en aquellos períodos donde la pobreza imaginativa y existencial nos consume. Poesía para mantenernos creativos, atentos, vigilantes.

De allí la imposibilidad de nombrar a este río de imágenes novela, o bien, objeto narrativo a secas, pues como tal deconstruye las lógicas tradicionales narrativas, la antigua idea de ser un contador de historias. Aquí existe otra cosa, se ha propuesto otro asunto: quizá sea un rizoma lingüístico donde “el tiempo no fluye: estalla”; un libro que elabora una cartografía calidoscópica de las sensibilidades, con múltiples entradas y posibilidades, o bien un juego de espacios y de tiempos discontinuos, donde cada capítulo –si es conveniente denominarlo así- funciona como multiplicidad autónoma, como un poema en sí, desde sí, sin principio ni fin, laberíntico, descentrado, disperso. Libro unión de fragmentos construido desde lo par-impar-sin par, de tal suerte que las dicotomías tradicionales de Occidente se intentan romper, o al menos se cuestionan desde la fuerza del lenguaje.

Creo encontrar en ello uno de sus mayores riesgos y propuestas: dinamitar la concepción de la novela, siguiendo la tradición del romanticismo alemán temprano de la “Obra de arte total”, es decir, la fusión de géneros,  lograda, como proponía Friedrich Schlegel, con una liberalidad absoluta pero con un rigor muy grande. Como resultado, el texto se convierte en acto de reflexión filosófica existencial, en una delirante imaginación, en apasionada teoría poética y estética, donde la fuerza unificadoracomo un continuum es la poesía. Entonces se lee: “La pretensión es consagrar en estas páginas el sueño de la novela-ensayo-poema, de la novela-cuento-teatro, de una intensa literatura esencial”. Desde esta apuesta, Ritual de títeres dialoga con Novalis, Joyce, Broch, Borges, Dylan Thomas, Lezama Lima, Bioy Casares; continúa en la cuerda floja de los poetas dadaístas, surrealistas y expresionistas; se alimenta de Vicente Huidobro y de César Vallejo, se comunica en poema pero se constituye en pensamiento y concepto. Dicha aventura del lenguaje escarba y se contagia de las grandes conquistas artísticas de una modernidad rebelde, crítica y subversiva; de las profanas estéticas vanguardistas de la protesta y del cambio; se contagia de las aventuras del espíritu nihilista nietzscheano, explora la libertad erótica y el “desarreglo de todos los sentidos”.

Hemos asegurado que este “libro-río”, “libro-imagen”, como le gustaba a Gilles Deleuze llamar a su Rizoma -hecho de mil mesetas, de mil posibilidades- se muestra como una fusión de fragmentos que pueden leerse de forma independiente y ponerse en diálogo desde cualquiera de sus partes. Ello obliga a inventar otro tipo de lector, un lector de flujos, de caudales, un lector poeta, receptor-creador que vaya al ritmo torrentoso de las palabras. También aquí encuentro una de las más riesgosas propuestas del libro: exigir –tal vez inventar- otro tipo de lector no lineal, con un capital simbólico muy amplio, el cual dialogue con los momentos y conceptos filosóficos, estético-poéticos y políticos más significativos de la cultura occidental: Heráclito, Platón, Goethe, Kierkergaard, Freud, Kavafis, Coleridge, Rimbaud, D.H. Laurence, Chaplin, Héctor Lavoe, Led Zeppelin, Roling Stones…

Otro lector, otro narrador, otro poeta: “una novela donde la acción es excluida y tan sólo deja sus esquirlas en los hombres derruidos”, se lee en el capítulo X. Y en otro apartado: “el lector pone en movimiento el tiovivo de figuraciones trágicas” (Capítulo XVI), a la vez que  se instaura la ya anunciada por Roland Barthes “muerte del autor”. No hay aquí un Yo narrador plenipotenciario, ni  un narrador tótem. Existen varios narradores-poetas, polifonía y pluralidad de rituales ante la palabra. “Se escribe para desaparecer. Si decimos ‘Yo’ estamos obligados a mirarnos desde afuera, a convertirnos en objeto, a construir un espejo de cinco nombres y pronombres” (Capítulo XXIV). Muerte del narrador tradicional, surgimiento de polifonías intertextuales, calidoscópicas. Es la poesía la que funda estas actuaciones de títeres en medio de la terrible soledad del Ser.

De igual manera, la diversidad de voces poéticas no intenta narrar situaciones cotidianas, sucesos. Estos sólo se sugieren. Más que recrear anécdotas se trata es de construir atmósferas estéticas y propuestas poéticas. Existen, claro, personajes con nombres míticos: Ariadna, la protagonista y Fedra; la trilogía masculina Jano, Orfeo y Mirtilo; historias de amor y desamor que el lector capta entre líneas en medio de la corriente de este sonoro río. También encontramos espacios de una Bogotá real: el barrio La Candelaria, La Carrera Trece, la Séptima, el centro de la ciudad, los bares, pero todo ello alejado del afán novelesco de contar una historia  convencional y sí utilizado como pretexto para formular una estructura distinta de novela y una nueva posición del escritor frente al lenguaje. Es el estallido de la palabra-nómada que desterritorializa todo ritual doméstico de la escritura; es la línea de fuga de la poesía contra lo pétreo, lo consolidado, el confort, la burocracia del pensamiento.

Es esto lo que convierte a esta novela en un “río de estilo”, pues en cada página el lector se encuentra con un profundo y extenso poema, como atravesando un campo minado.

Saludo, pues, este trabajo escritural riguroso y riesgoso; esta atrevida metaforización progresiva y provocadora que va en contravía a las exigencias que hace el mercado a los novelistas de última hora, presos del imperio de la rentabilidad, de la fama y de las preferencias del cliente. Saludo su feroz combate contra las novelas escritas por encargo, fáciles, efectistas, efímeras, reemplazables. Ritual de títeres, muy al contrario, exige varias lecturas, es decir varios desgarramientos. Novela-red que se enreda y desenreda en el laberinto de laberintos donde Ariadna juega con sus marionetas arrojadas al escenario del lenguaje. Novela-experiencia, como si las propuestas de Morelli, en la Rayuela de Cortázar, o de Lezama Lima sobre la idea de escribir la “anti-novela”, la “novela-Metáfora”, se hicieran presentes, concreción, cuerpo vital.

Bajo la oscura, fría y lluviosa Bogotá, estos personajes, dispersos y extraviados, hacen su ritual y se difuminan en “la aventura del lenguaje y en la hoz fundadora de la risa”.

 

Gonzalo Márquez Cristo, Ritual de títeres. 2e. Fundación Común Presencia, Colección Los Conjurados, Bogotá, 2011.

 


POLEN DE LEJANIA

DE HENRY LUQUE MUÑOZ

 

Asombra que una antología personal registre una gran variedad de poemas maravillosos como los que se leen en el libro POLEN DE LEJANIA (Pontificia Universidad Javeriana, Fundación Fumio Ito, 1998) de Henry Luque Muñóz (Bogotá, 1944-2005). Y asombra porque el poeta concibe la estructura de su libro con una arquitectura –sólida y hermosa- que propone múltiples vivencias sintetizadas en tres partes esenciales: la estrella silenciosa, no me dejes solo junto a ti, noticiero de lo inaudito. En cada una de ellas se observa una inquietud por lograr cierta unidad de sentidos cimentados en un solo cuerpo y regida por la obsesión de encontrar una voz propia, una atmósfera comunitaria, una diferencia.

De este modo, las crónicas de una civilización bárbara, el mirar la belleza de lo terrible, la conciencia del tiempo con su guadaña inevitable, las cicatrices dejadas por la historia, son las primeras impresiones al emprender el viaje por este poemario. Con la serenidad del que  aprende a mirar lo que se desploma en los abismos, el poeta registra todas aquellas criaturas que el poder y la historia han destrozado en esa loca búsqueda de la quimera nominada Paraíso Perdido; criaturas gloriosas o anónimas, todas bañadas por las cenizas del olvido, marcadas para siempre por un pasado nada pomposo, cifradas con “letra roja sobre una pared blanca”, signos de un abecedario sangriento. Como un vigía desengañado de todo cuanto a sus ojos quema, testimonia un tiempo, observa las plagas del hombre, su insufrible miseria. Como testigo, afila la pluma y se mantiene en guardia “mientras sus detractores duermen” y, desplazado por tanta algarabía, pule y reelabora el poema como única tabla de salvación en medio del naufragio.

Pero si la comunión con la historia le muestra al poeta las llagas y el pudridero que ha construido el hombre, él sabe que algo debe existir en medio de estas ruinas para hacer posible la utopía. Y he aquí que la mujer, esa zurcidora del deseo, se instaura en este libro como pilastra del mundo, cima y precipicio a la vez, hermosa y terrible: poesía. El amor carnal expulsa la tragedia de vivir en un tiempo de pocas promesas, y Henry Luque Muñóz lo sabe. Como un Acteón ante su diosa fatal, plasma lo que está allí viviendo: las heridas y el esplendor de su total entrega. Con una bella frase tomada en préstamo a Julio Cortázar, el poeta sintetiza esa extraña dialéctica del amor: “no me dejes solo frente a ti. Junto a ti que eres utopía palpada, saboreada, poseída, devorada. Erotismo que da un salto hacia el vacío del cuerpo y llega al instante de la muerte por amor, ese territorio doloroso y dulce para el poeta, quien es vida en medio de una sangrienta estirpe. La mujer, más que una compañía, es el mismo viaje, un itinerario con el cual saboteamos la normalidad del día, aquella que  “cuando cruza, /la ruina del día se levanta/ y se convierte en una canción”, la que convulsiona el universo, quiebra y genera el equilibrio, llámese Sara, Penélope, Helena, Afrodita.

Sin embargo, la senectud, esa mueca que hace caer toda máscara, también habita en esta mujer desafiante de nuestra mirada. De allí la preocupación del poeta por lo fugaz de la belleza, lo cual, en un paralelismo extraño, nos la hace sentir como la fugacidad de la historia, con sus imperdonables tragedias. Mujer e historia, esencias dominadas por la temporalidad, fundidas en un solo marasmo.

Inundados por la bestialidad y la hermosura, nosotros, lectores, vemos pasar estos incendios creados con una palabra lacónica y tranquila que vence el miedo y las lágrimas. Libro luminoso que insinúa metáforas sorprendentes; conjuga el animal amoroso que llevamos con la historia de horror que hemos inventado. Habitarlo es peregrinar al corazón de las ruinas, pero también saborear la presencia de un milagro.

 

Bogotá, Septiembre 3 de 1998

 


JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ M

FARALLONES (POESÍA)

 

La memoria es trascendencia e invitación al viaje; profundo afecto e indagación sobre lo que se vive. La memoria es Fundación, creación de posibilidades y de aventuras no sólo pasadas sino venideras. De allí su capacidad de predecir y ser visionaria en medio de la niebla del tiempo. Gracias a la memoria poética, puedo hoy hablar con ustedes de la profunda amistad y hermandad que me une a este gran poeta como lo es Jorge Eliécer Ordóñez Muñóz, y doy esta gratitud a la memoria viva, pues fue a través de ella que- leyendo el libro de poemas Farallones- pude habitar de nuevo algunos espacios, los cuales de niño experimenté y palpé en esa ciudad con nombre de santo, imágenes nunca desterradas y que hasta ahora han sido materia y raíz de toda la poética de Jorge Eliécer. Raíz de varios textos tan sentidos y amados por todos; poemas amigos de sus amigos, trabajados día y noche arduamente para luego ser leídos a deshoras, en las madrugadas, uniéndonos a veces en la distancia por trasnochados teléfonos, emocionados al sentir que al otro lado de la línea un poeta hermano invita a trasegar, ir a la otra orilla, visitar con ojo abierto, y con la paciencia que da el amor, sus soñadas y mágicas cumbres de Farallones. Así, desde el permanente y sincero abrazo, se ha construido la poesía y la amistad del Grupo Si Mañana Despierto; y  fue así que conocimos los primeros poemas de este ambicioso libro tan único y comunitario.

Cantar es dejar registro de una voz en cualquier camino, es sorprender al silencio para que en su mudez él se escuche mejor. Cantar es compañía, creación de una presencia que no existía, fabricar voces e invitarlas para que nos acompañen en la soledad y en el recuerdo de la muerte. Por eso agradecemos todo ese canto de escritura que es Farallones, siete cantos lanzados al viento que instauran varios reinos e imaginarios posibles; cantos que son creación desde y por el origen; poesía que permanece con su música de río en el oído. Nuestro poeta, para tallar este hermoso universo, se apropia de una simbología primigenia y matriarcal, lo cual va ofreciéndonos la imagen de ser un libro edificado desde los cuatro elementos míticos y mágicos que han fomentado rituales y hechizos a través de la historia. El aire navega en el viento que atraviesa lo selvático y lo ciudadano; nos quema el fuego en ese valle de sol con sus veranos y canículas; más allá está la tierra, toda ella una mujer presente y lejana, deseo y necesidad de poseerla, y no podía faltar el agua original, es decir, los ríos que tienen su primera infancia en Farallones y vagan por las noches en medio de escándalos y ruidos de ciudades.

De este modo, el poeta nos induce al viaje; invita a salir a sus caminos para que, con ojos de infancia, veamos en nuestro asombro las pequeñas y grandes cosmologías, aprendamos a sentir el rumor y los silencios de su cartografía amorosa. Eso es.  Farallones  nos invoca y evoca el viaje, la aventura exploradora que para el poeta no ha perdido esa frescura y fuerza con la cual devela y descubre una región de misterios. Creación y misterio.

A veces, reunidos en la alta noche, los integrantes de este desaforado y amoroso Grupo  de Si mañana Despierto, hemos traído de nuevo a nuestras memorias alucinadas las corrientes de nuestros ríos iniciales. Hombres de río, de aguas mansas y trágicas como somos, leemos y escuchamos abatidos por la hermosura de varios poemas esos ríos de todos: el Guáitara, el Sinú, el Magdalena, el Suárez, y no podían faltar los ríos de Farallones: el Pance, el Aguacatal, el Lili, el Cali, llevándonos en el ritmo de sus corrientes. Los Ríos del Alba, segundo canto de este poemario, es fundación de lo acuático, presencia de una cosmovisión que recuerda lo que somos: huída y fugacidad; pasaje y permanencia. “Ríos de Farallones como el amor todo se lo llevan” dice el poeta. Ríos pequeños que hacen su lento trayecto en el verano y de pronto se enfurecen en invierno. Ríos de montaña nativa y salvaje, observados ahora por las pupilas de un memorioso que no olvida esa música de cascada en la piedra. Ah nuestros ríos Jorge, nuestros ríos y sus rituales. Cuántas veces leyendo esta parte de tu libro, tuve que sostenerme un momento en la baranda del vértigo para observar desde mi superficie cómo nos construyes de nuevo la leyenda y la fábula del agua infantil, las preguntas de siempre tratando de explicar ese misterio de los ríos que trabajan todo el día y en las noches debajo de los árboles, después entre las luces de la ciudad estridente de bares y asaltos a mansalva, como bien lo mencionas. Ríos de selva y de ciudad. He allí su ambigua y terrible belleza. En la selva de Farallones está el nacimiento; el poeta, como un chamán o un payé, puede conversar con esas voces ocultas; nos trae lo que existe en esos lugares, conecta éste nuestro lado de cotidianidades efímeras con un imaginario rumoroso lleno de permanencias. La poesía logra así construir presencias en la ausencia, ríos que se consagran en expresar la metafísica material de lo imaginario.

Sin embargo, están esos otros ríos tributarios de ciudad que recorren, en las tardes de verano, calles y barrios de paraísos e infiernos, evocan un mar lejano y presente y, como dice el poeta, “trabajan de noche como los ladrones y los amantes, en esas horas tácitas cuando besos y crímenes fraguan su piedra negra en las orillas”.

¿A qué largo y misterioso viaje nos remite este libro? ¿Cómo no acceder a él sin sentirse navegando por sus sustancias terrestres, acuáticas, de luz y de viento?

Farallones nos trae también la fundación del amor, otro cauce importante en su cosmovisión material. En el canto titulado Aluna de Tauro se esculpe un cuerpo femenino lleno de sol, agua y montaña. El erotismo aquí está presente en el símbolo del fuego y se edifica a través de la mirada. El poeta es un voyerista que observa desde la orilla a su inalcanzable diosa, a su Leda del Trópico, y como Acteón frente a Artemisa, sabe que es seducido por esa trágica belleza, mas se deja arrastrar, irse en pos de un erotismo doloroso y placentero. Agua, mirada y deseo. No otra cosa hace el poeta: su mirada funda el amor e igual a un niño anuncia con su asombro el descubrimiento de la desnudez y el goce. Aluna de Tauro es la reivindicación de lo sensorial, registro de la felicidad pletórica junto a lo sensual y festivo: “piernas, zarzas, caderas, hongos, aletazos de piel, senos más hermosos que la luna en el río, fiesta de todas las cosas que arden en la espesura y se avivan en la mirada del tigrillo”. “Todo el cuerpo en el agua gravitando alrededor del deseo”.

Navegante perpetuo, el poeta de Farallones hace su travesía de iniciado por un espejo memorioso abrazándose a una ciudad que lo condena a la vigilia; ciudad interior traída de nuevo ante nosotros para que podamos descubrirla, perdernos en ella hasta encontrarla llena de ansiedad y de milagro. Situados en lo más alto de las montañas, avistamos desde Pico -Amor los tres flancos que el índice del poema señala: al oeste cordilleras poderosas, solemnes, grávidas. Al otro lado, el mar, “el verdadero mar con palmas de chontaduro y hombres color uva”; y al norte ese otro océano, el valle trasmutado en viento. Ensoñación del paisaje. La fuente de este poeta habrá que buscarla en su potencialidad de cartógrafo de imágenes. Su poesía dibuja topologías sensitivas, pinta mapas de sueños, catapulta sus imaginarios hasta construirnos regiones invisibles-visibles: la infancia con sus lujuriosos y pícaros juegos, la música de marimbas y tambores, esos barrios de la periferia con sus extraños y hermosos personajes, las luces de diciembre encendidas por el padre, ah de esos diciembres Jorge, con sus villancicos, pesebres y zagalas, en fin, mares vistos en palabras.

Hemos dicho cartografías de sueños. En ellas no podrían faltar los trenes, esos trenes que, como dice el poeta, abordamos con el corazón en vilo y penetran con su campana en la memoria. Convidados a realizar el largo itinerario en los trenes del trópico, sentimos que estamos participando de un viaje el cual nos muestra por sus ventanas en nacimiento de un mundo. Así “pueblos de nombre sonoro pasan por los ojos con su anciano sentado en una mecedora al borde del atardecer” y “surgen de la nada unas muchachas nuevas con aires de mujeres recientes en los pechos”, “una campana lenta señala el sur. El viento de Farallones se mete por las celosías y trae noticias del mar”. Cuánta carga y pulsión de infancia poseen los trenes de este poemario. Qué gran reconocimiento a uno de los monstruos tecnológicos más hermosos, muchas veces cantado por nosotros. Algo se edifica aquí; algo que va más allá de ser un simple tránsito de turista por la tierra y es nada menos Jorge, tu llamado a que seamos habitantes viajeros dejando una cicatriz en los caminos, que tengamos la habilidad y el asombro para asumir esa “preciosa metafísica de trenes”.

Al unísono con otros textos poéticos, leídos, amados y sobre todo asimilados por Jorge Eliécer, Farallones se levanta en la poesía colombiana como un libro que prosigue las voces representadas en Aurelio Arturo, Alvaro Mutis, Héctor Rojas Erazo, Giovanni Quessep, José Manuel Arango, junto a las de ese importante grupo como lo fue Mito. Libro épico-lírico que establece una larga conversación con los paisajes interiores y exteriores; puesta en escena de una intersubjetividad activa, proyectando una estética del caosmos, caos y cosmos a la vez, desgarramiento y unidad, flujo y reflujo del sujeto creador. Digno es reconocer aquí un trabajo riguroso y una madurez de ritmo en la palabra. Madurez a la cual ya nos tiene acostumbrado este poeta. Texto que dialoga desde su geografía simbólica con la mejor poesía mundial, de allí su universalidad, pues estos tonos y registros de lenguaje se unen con las conquistas de los poetas modernos.

Si algo identifica al grupo Si mañana Despierto es su permanente trabajo y vocación en la pulsión poética. Algunos de nosotros hemos dejado registro de dicho trabajo en varios textos en cuyo testimonio nos reconocemos como hermanos. Los jóvenes poetas de este grupo, vitalizados en Tunja y Bogotá, están dando cuenta de su pasión y perpetuo compromiso con la poesía. Sabemos de la calidad de sus textos y de las hermosas sorpresas que tienen en reserva. Con entusiasmo, vigor, cantos y poemas pronunciados en los más cálidos recintos, hemos ido construyendo unas atmósferas propicias, facilitando este aire donde se respira tanta buena poesía como la que hoy felizmente nos congrega.

Démonos gracias amigos y amigas por tener un libro lleno de vida y frescura en un país que ha perpetuado a la muerte como única soberana. Démonos gracias porque al leer Farallones podemos sentir, en un instante eterno, algo de eso que llamamos felicidad, desafiando las banalidades y trivialidades efímeras de última hora.

Jorge, poeta cómplice, ahora ha llegado el momento de escuchar tus poemas, habitar, sentir tus palabras, pues alguien nos susurra que “el viento es un son y es preciso bailarlo antes de morir”.  

 

Jorge Eliécer Ordóñez, Farallones, Bogotá, Si Mañana Despierto Ediciones, 2000.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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