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Orlando López Valencia

EL MANUSCRITO DE SÍSIFO

 

Cuenta la leyenda que Sísifo fue testigo casual del rapto de Egina, la hija del dios fluvial Asopo, y reveló al desconsolado padre la identidad del raptor (que no era otro que Zeus) a cambio de que este hiciese brotar un manantial en Corinto. La delación atrajo sobre Sísifo la cólera del señor del Olimpo, quien le impuso un castigo ejemplar y eterno: arrojado al infierno, fue condenado a empujar una piedra enorme por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio, una y otra vez.

No es fácil ni verosímil creer que Sísifo haya escrito un manuscrito y lo haya dejado como testimonio de su transformación causada por el castigo al que fue sometido por sus mentiras, avaricia y asesinatos, pero al leer este libro, que en principio creí apócrifo, no puedo menos que admitir que el poeta Ordóñez fue elegido por los dioses para hallarlo –imagino yo– en Villa de Leyva, tierra rica en fósiles que alguna vez fue el fondo de un mar ya desaparecido. Región a la que el poeta ascendió en muchas ocasiones desde el Valle del Cauca, para depositar su carga de nostalgia, a veces más dura que la roca, y volver luego por ella, más pesada aun por nuevas adherencias.   

Entonces, lo que antes no era fácil, ni verosímil encuentra un asidero; el poeta sin quererlo ha sido Sísifo, no el bandido mitológico, sino el hombre que padece la fatiga que supone la tarea impuesta y con ella aprende sobre la voluntad y la paciencia, esas virtudes que nunca son alud, ni descalabro. Quizá ese sea el origen de su elección para la ejemplar tarea de recrear el paisaje, por donde rueda la enorme roca, describir lo que acontece a su paso y ocuparse de la roca misma.

Este manuscrito dictado por el mito hace del poeta el médium que nos regala el privilegio de la palabra demolida, tallada, pulida en su recorrido hasta el punto de caber, como un guijarro en la mano; piedra y palabra hermanadas en el signo, en el silencio de la música y en el fuego que les es común.

Atado a la roca como un lastre no puede evitar nombrarla, ella es el cimiento de sus reflexiones y con ella funda la belleza, como si el castigo fuera cosa del pasado y el peso que debió agobiar en su momento se hubiese trastocado en un leve equipaje.

Son duros estos tiempos que corren, y el poeta halla en la mítica roca un material noble y maleable con que decir tiempo, agua, río, mientras el hombre se endurece y tal vez para nombrarlo se requiera de un cincel y un mazo, instrumentos de destreza y dolor para ponerlo de nuevo en pie sobre la tierra –si me permiten ustedes este pesimismo inoportuno en este apreciado momento de celebración en el que el poeta Ordóñez nos leerá su bello manuscrito. 

 

SELECCIÓN DE POEMAS

 

GUIJARRO

 

Lento río ha viajado

por su lomo, color ocre

por mi noche, en resplandor,

por mis leves rodillas

de su tiempo sabe el agua

fugaz y eterna

 

piedra de siempre,

pequeño fulgor

en la espesura

 

ahora en mi escritorio

fósil desalado

paciente como un escarabajo

 

ORIGEN

 

Ha venido del sol

de agua frondosa

entre la sombra

y la lluvia arquitecta,

leve piedra

en mi mano,

tortuga de silencio

 

DESTINO

 

Destino de las piedras

existir y callar

 

dejar que el viento

el agua

el canto de las aves

les otorgue

sus formas poderosas

 

MONÓLOGO

 

La lluvia

hace un monólogo

cae parsimoniosa

en la rama

en el hongo pintado

como una mariquita

 

la piedra se resiste

deja resbalar el agua,

caricia o sobresalto

en plomada de tiempo

 

PERIPLO

 

En la creciente

las piedras más pequeñas

viajan largas distancias

 

se pulen, se acomodan,

la voz del hombre,

el aullido de los lobos

no pueden dominarlas

hacen parte de la música

de las esferas

 

SAPITOS

 

Al remansarse el río

los hombres lanzan

guijarros pandos

en la superficie del agua

 

como si les pusieran

alas a las piedras

o fueran anfibios

voladores,

dan brinquitos

aterrizan

en la otra orilla

 

HOGUERAS

 

Las piedras

saben del fuego,

en su contorno

danzan las hogueras

 

humo de leña verde

lenguas

amarillas y azules

bajo los árboles

 

como un pequeño sol

al trasluz

la araña

teje su galaxia

 

PÁJARO

 

El barranquero

con su pluma bífida

se posa en su asteroide

 

no canta

sus ojos y la luz

hacen un arco

 

piedra y pluma

en el milagro de la tarde

 

SÍSIFO

 

De la estirpe del viento,

ahora soy un condenado

como todos los hombres,

no es fácil mi tarea

tampoco amarga

 

en la tierra

cargué en mis hombros

el peso del desamor

 

en los infiernos

pesa menos la piedra

que rueda hacia la sima

como un recordatorio

 

CUANDO LA PIEDRA ES HIELO

 

El esquimal

y su mujer

se han amado

bajo el cielo

redondo

del iglú

 

ha sido un abrazo

de osos blancos

en la noche interminable

de la estepa

 

más que un encuentro

idílico

los amantes semejan

un par de bueyes

almizcleros,

forcejeando y gimiendo

entre las luces

intermitentes

de un pabilo,

alimentado

con aceite de ballena

 

un ronroneo

de animal salvaje

los olfateó

inocente y arisco,

cada vez que la ventisca

dejó su desolada voz

en el postigo

 

afuera la noche sin fin

del polo norte,

con el bullicio

de los araos

y el reposo de los cuerpos

que ahora flotan

en la isla del iglú

donde la piedra

es hielo

 


Álvaro Neil Franco

MANUSCRITO DE SÍSIFO. DONDE LA CANTERA ES NUBE

Manuscrito de Sísifo es un libro de poemas escrito por la paciencia de un hombre que ha sabido sopesar la levedad y el peso de las piedras. Ordóñez ha cincelado sus palabras hasta convertirlas en las reinas del aire, en su poema Sapitos, a los guijarros les brotan alas para alcanzar la orilla de la infancia (plena de jiraballos y hipoguanas, de castillos de guijarros donde nace el poema), semejan lagartos prehistóricos sobrevolando los secretos del agua. La esencia de sus piedras hay que buscarla en el viento, en el canto de las aves, en la caricia efímera de las mariposas y las hojas, en el vuelo de los amantes enceguecidos por el calor del hielo: “si no fueras de piedra,/ pensaría que eres/ una mariposa/ detenida en mi orilla,/ porque vuelas hasta mis ojos/ y allí te quedas/ velando tu eternidad/ de ala y de silencio” (36).

Sus piedras, en una suerte de claro-oscuro,  cobran sentido gracias al juego  de la luz y la sombra: qué sería del ocre de Barichara sin el sol que ilumina el tiempo detenido que camina sus calles, sin sus fuentes de agua manando el rumor de las sombras que pueblan los zaguanes. Es en el agua donde  acontecen la vigilia y el sueño de estas piedras, en el abismo rodante de silencios habitados por la plenitud del vacío: "todos mis sentidos/ están gratos y alerta/ cuando el viento/ arranca un eco / a esta catedral de piedra/ que cae en los abismos" (107).

Piedras relucientes de contrastes entre lo eterno y lo fugaz: en un instante de eternidad los sapitos atraviesan el río que corre hacia la infancia. Toda piedra tocada por la infancia es para siempre (parafraseando a Gómez Jattin). Estas piedras a la vez que son sueños infinitos de soledad y silencio, también son navegantes sumergidos en el resplandor de lo efímero, como el guijarro “pequeño fulgor/ en la espesura” (9), o la mariposa negra que presintiendo su corta existencia se eterniza rozando los siglos de las rocas; piedras que desde la dureza de  su eternidad intercambian abrazos de  blandura, hasta llegar a ser “tan fuertes como el humo” (100), una cantera de nube,  o un “duro animal de arena” (101), como sucede con el pangolín,  esa “plegaria de guijarros” (102), o con esa piedra áspera de Medusa y Caín, de la que sin embargo el poeta dice: “yo la convierto en piel/ y la acaricio/ como a una pequeña/ luna/ que durmiera/ en mi almohada” (77).

Para este poeta con sangre de cometa, el desamor es la piedra que más pesa en la vida. Es un martirio que arrastra su memoria aún en los infiernos. Piedra-desamor que colinda con la piedra negra de soledad y ausencia donde Vallejo recostaba sus huesos; su piedra tropiezo construye un templo en medio del abismo, y es hermana de las piedras con que Anise Koltz levantó los silencios de su poesía. Piedras tormentosas que recuerdan a María Magdalena, a Goliat infinitamente pequeño con su ojo de cíclope, la cabeza de la Medusa rodando en los caminos donde los hombres escriben su destino, las demoliciones urbanas donde las piedras pierden su aura sagrada y acaban olvidadas como Pedro Páramo: “tal esta ciudad/ de escombros/ donde ha caído/ la Piedra/ en agonía” (76).

Ordóñez no es sólo un coleccionador de piedras, sino un lector de sus formas, porque en las mismas también transcurre la historia de los hombres. De ahí que vea en éstas a un escarabajo de la estirpe de Kafka que le ayuda a pulir su escritura, a un fósil cuyas alas se han transformado en páginas, a una tortuga de silencio en cuya casa muda de piel su río de palabras, a un caracol  interpretando en su trombón la rosa de los vientos, el lomo de un animal sorprendido por las historias que las flores de espuma le traen de sus viajes, planetas donde se dan muy bien los baobabs de El Principito.

Estos versos también cantan algunas piedras nacidas en la tradición popular, como la piedra de amolar que afila las estrellas y le saca punta a los colores de la Navidad; como la piedra luna que sale en la cocina, teñida de rojo por el aroma del ají, redonda de tanto moler el alma de los granos, llorando su espíritu de agua , como si fuera familia de la cebolla cabezona; como la piedra lavadero, donde las lavanderas le sacan a la ropa (a punta de golpes) los cansancios del día: “ unas pocas piedras/ para lavar la ropa,/ el jabón y la totuma/ anuncian/ su elemental epifanía” (43-44).

Jorge, como José Manuel Arango, es un poeta que bebe en lo sagrado, por eso sus piedras participan del baile de las lenguas de fuego, se hacen eternas en el mutismo de su vuelo, sueñan con alcanzar el reino de los cielos, se multiplican como peces y panes para alimentar el corazón de los desprotegidos, piedras ancestrales de Hunzahúa que fecundan con nubes la profundidad de la tierra.

 

Ordóñez Muñoz, Jorge Eliécer (2014). Manuscrito de Sísifo. Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander. Premio Nacional de Poesía UIS 2013.

 


Nana Rodríguez Romero

MANUSCRITO DE SÍSIFO. MURMURIO DE LA PIEDRA

 

Un elemento tan natural y tan poético como la piedra, es la imagen que viaja por este hermoso libro ganador del Quinto Concurso Nacional de poesía al que convoca la Universidad Industrial de Santander. Su autor, el poeta Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz, de la ciudad de Cali, profesor durante varios años de esta universidad, autor de numerosos libros de poesía como Vuelta de campana, Ciudad menguante, Brújula insomne, Farallones, La casa amarilla, entre otros;  miembro fundador de la Corporación Literaria Si mañana despierto.

Mantener la unidad temática en un libro de poesía, es un trabajo difícil, y en este caso, valioso por la riqueza que el autor ha puesto a través de su mirada  y sus palabras,  al cincelar los 45 poemas que componen este canto a las piedras. Y digo un canto porque hay una cadencia y un ritmo en este Manuscrito,  que  seducen al lector, no lo dejan despertar, en el sentido garciamarquiano, al decir que el secreto de un buen cuento o una novela consistía en no permitir que el lector despierte, y lograrlo en un libro de poesía es aún más difícil, seducir con la palabra y la música, es un arte secreto en estos poemas de Jorge Eliécer.

El universo de la piedra en esta propuesta poética, se detiene en la humildad y belleza de los guijarros pulidos por el agua, en la presencia de esos animales dormidos en el tiempo, los fósiles que también reposan en el escritorio como una especie de amuleto, las piedras poderosas y enormes que encierran secretos y misterios de antiguas civilizaciones y pueblos que tallaban sus mitos y sus dones. Hasta el cuerpo de las piedras que fueron los altares en las historias hoy sagradas, las mismas que se usaron para apedrear a los pecadores y castigar a los filisteos, para aquellos que la encajaron en sus puños como si estuviesen libres de culpa.

Las piedras tienen un particular encantamiento, quién no se ha agachado para recoger una de ellas, para acariciarlas por su piel suave, o para tirarlas a los pozos, para dibujarlas como hacen los niños en la escuela, para usarlas como pisapapel, o quizá también en las comunidades de paz, para traerlas en el canto rodado de los ríos y marcarlas con el nombre de sus muertos y apilarlas en el centro de su plaza, como un ejercicio en contra del olvido, en este país que olvida todos los días.

 Sísifo, es el hombre mítico que por venganza de los dioses debido a su astucia, debe cargar por siempre una enorme roca en su espalda hasta la cima de una montaña  para que luego vuelva a caer al valle y cargarla de nuevo, en un eterno retorno del absurdo,  mito trabajado también por Camus, como el esfuerzo enorme e inútil de la humanidad para seguir viviendo, o en otras palabras, en la elegía de Miguel Hernández, donde nos dice: Cuánto penar para morirse uno . Aquí, el poeta asume su papel como el Sísifo que carga diversos pesos sobre los hombros, entre éstos el desamor, “En los infiernos / pesa menos la piedra /que  rueda hacia la sima /como un recordatorio;  y a pesar de estar ciego por el castigo, sabe de los paisajes que están alrededor y los descubre en un manuscrito : “La mariposa negra/conoce la fugacidad/ de su belleza/ no se anida en la roca, /apenas un roce de alas/ en la gris curvatura”.

La esencia de la poesía es el asombro, el develar un misterio, el descubrir  secretos de la naturaleza, o del mundo, o de la existencia del ser humano, y en Manuscrito de Sísifo, nos encontramos con varias de estas revelaciones.  El poeta observa y mira y por una alquimia de los elementos que se conjugan con la emoción y el lenguaje, crea, da vida, nos muestra de otra manera, tal vez con la mirada y el asombro de los niños: Al remansarse el río/ los hombres lanzan/  guijarros pandos en la superficie del agua/ como si les pusieran/ alas a las piedras/ o fueran anfibios voladores, / dan brinquitos/ aterrizan / en la otra orilla.

Esta íntima conversación con la naturaleza de la piedra, en su sustancia o en el símbolo,  mira también  el entorno en el que habita; decir piedra es decir agua, río, árbol, pájaro, montaña, lluvia, silencio, viento; también amigos entrañables, que conforman esa red invisible de la vida: piedra todopoderosa/ piedra tiempo/ piedra volcán/ floreciendo en el alba/ como el canto de los gallos/ del  Cenizo. También en este Manuscrito, hay una piedra de esclavos “ que muchos hombres/ la arrastraron/ por la tierra/ como un latigazo /de dios en sus espaldas. Y piedras de ahogada: Como una bestia mutilada/ fue testigo/ de sus últimos esplendores.

Las piedras viajan y habitan las ciudades en forma de falos de Hunzahúa, piedras de zaguán en las casas antiguas, obeliscos, piedras para afilar cuchillos, piedras olvidadas que sirven para defenderse, o se lanzan desde ventanales a quienes se atreven a la palabra.

Como lo expresa el jurado del concurso, Felipe García Quintero, Gustavo Adolfo Garcés y Eugenia Sánchez Nieto, esta obra se destaca por “la factura y el refinamiento del estilo, la unidad temática y el tono sostenido, el verso conciso y exacto”, entre otras virtudes.  Manuscrito de Sísifo, es el libro de un poeta, - siempre lo ha sido -, los premios literarios no hacen al poeta, son valiosos por el reconocimiento y la difusión; de esta manera, Jorge Eliécer también ha ganado este año además, el Premio Nacional de poesía Eduardo Cote Lamus 2013 con el libro Cuerpos sobre  campos de trigo, que se presentarán en la Feria del libro de Bogotá.

La invitación es para leer y disfrutar este libro maravilloso, esta voz de Jorge Eliécer Ordóñez, que nos acerca desde la distancia.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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