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Ignacio Domingo Baguer

PARA QUÉ LEER

«¡Deja ya de leer y ponte a hacer algo útil!»

 

Hubo un tiempo, no hace muchas décadas, antes de la era de la televisión, de las videoconsolas y de Internet, en el que esta amonestación podía ser oída frecuentemente en el hogar de cada escolar del mundo occidental, en los dormitorios de los internados e incluso en las aulas y en las bibliotecas. Los padres y maestros solían recriminar así el vicio de la lectura a los adolescentes, que leían a hurtadillas sus libros y sus tebeos camuflados entre las páginas de los libros de estudio, por debajo de los pupitres o debajo de las sábanas, a la luz de una linterna. La lectura, de cualquier clase y condición, era considerada en el mejor de los casos un mero pasatiempo, cuando no un vicio y una flaqueza, una distracción de tareas más provechosas y convenientes, una afición de carácter dudoso que podía ser sintomática en el imberbe lector de desviaciones más peligrosas e incluso pecaminosas.

¡Qué lejanos parecen hoy, en los albores del siglo xxi, aquellos tiempos en los que la lectura ocupaba un lugar principal entre las ocupaciones de los jóvenes estudiantes! Los videojuegos, Internet y la televisión han sustituido en el dormitorio de la mayoría de los jóvenes a los libros como medio de esparcimiento y, por añadidura y desgracia, como principal herramienta de comprensión y comunicación de la cultura en la que viven. La hegemonía en las aulas y en el ocio de los jóvenes de las denominadas TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación, un grupo del que sorprendentemente se suele excluir a la todavía más extendida e importante de estas tecnologías, que es la palabra escrita) está coincidiendo, y no es una mera casualidad, con lo que en los estados Unidos se ha dado en llamar la crisis of literacy, y que en español podríamos traducir por ‘crisis de la alfabetización’ o, por usar una terminología ya reconocida, con el incremento del ‘analfabetismo funcional’ en nuestros jóvenes. La expresión «analfabetismo funcional», aunque acuñada con anterioridad,1 fue popularizada en los años sesenta por el pedagogo brasileño Paulo Freire para definir a aquellos lectores que, pudiendo leer un texto, siquiera fonéticamente, no podían llegar a entender completamente lo leído, bien por ignorancia del significado de las palabras que leían o bien por falta de referentes culturales e intelectuales que les ayudaran a comprender los significados en sus contextos más amplios. El analfabetismo funcional, que Freire relacionó exclusivamente con la casuística de muchos lectores de países subdesarrollados que habían aprendido a leer solo muy elementalmente y a una edad tardía, es ya un serio problema en los países desarrollados.

El informe PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos), que viene llevando a cabo la OCDE desde el año 1992 y que evalúa la competencia lectora, matemática y científica de los alumnos de quince años de los países más desarrollados, no puede ser más claro en sus resultados de 2006: «en comprensión lectora en 2006 se ha producido un descenso general en todos los países».2 El informe PISA recomienda que «la lectura y la mejora de la comprensión lectora de los alumnos debería convertirse en un objetivo del conjunto de la sociedad, en el que se impliquen, además de las autoridades y los agentes educativos, las familias, las instituciones y los medios de comunicación».3

El que tantos alumnos de un sistema educativo más y mejor dotado, en medios humanos y materiales, apenas pueda comprender lo que lee es causa, y a la vez consecuencia, de lo poco que se lee fuera de las aulas (dentro de las aulas es de suponer que, a pesar de la insistencia de los políticos en época electoral para que se llenen las escuelas de esa panacea educativa en la que han convertido a los ordenadores y a los medios audiovisuales, todavía se lee alguna vez algún libro de texto). El «Barómetro de Hábitos de Lectura», elaborado trimestralmente por la Federación de Gremios de Editores de España, destaca que es el sector pre-adolescente —entre 10 y 13 años— el que más libros lee. A partir de esa edad, los índices de lectura de los estudiantes descienden drásticamente.4 En el curso 2001-2002, el Centro de Investigación y Documentación Educativa (CIDE) realizó un estudio, en el marco del Plan de Fomento de la Lectura puesto en marcha por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, para conocer los hábitos de lectura de los jóvenes con edades comprendidas entre los 15 y los 16 años. El estudio reveló que solo un 20% de los adolescentes lee en su tiempo libre casi a diario, y un 17% lo hace una o dos veces a la semana. El resto no leen casi nunca. De esas escasas lecturas solo el 52% son por placer, mientras que el resto se hacen por obligación, para la realización de tareas escolares o por no aburrirse. En cualquier caso, la lectura no puede competir con otras aficiones. Entre diez actividades que los adolescentes pueden realizar en su tiempo libre, leer ocupa la penúltima posición en sus preferencias, solo superando a la opción de «no hacer nada», actividad esta que sin duda los llevaría a «pensar», algo que, según puede inferirse de este estudio, a muchos de ellos les podría desagradar incluso más todavía que leer.5

El descenso en los hábitos de lectura también ha trascendido, como no podía ser de otra manera, al ámbito de la enseñanza secundaria. Quizás algunos alumnos aprendan ortografía en su bachillerato, antes de ingresar en la universidad (lo que antes se hacía en la educación primaria), pero más probable resulta que un porcentaje muy elevado de los alumnos sigan cometiendo faltas de ortografía durante sus estudios universitarios. En cuanto al nivel del uso de la lengua, y aunque todavía no se han elaborado estudios científicos al respecto, muchos expertos valoran que el deterioro en las últimas décadas ha sido de proporciones catastróficas, incluso entre los estudiantes de mejor expediente académico y en los estudiantes de carreras humanísticas.6

Esta decadencia de la lectura como medio principal de información, formación y culturización entre los estudiantes de enseñanza secundaria y el consiguiente descenso en los niveles de exigencia en competencias lectoras y escritoras está probablemente relacionada con una cierta depreciación generalizada de los estudios humanísticos en el panorama académico. Cada vez menos alumnos se matriculan en carreras humanísticas, casi un 40% menos en el lapso de diez años. Según un estudio llevado a cabo por la profesora de Sociología de la UNED Mercedes López Sáez, en la enseñanza secundaria son fácilmente detectados entre el alumnado los tópicos de que «las letras» son más fáciles y, por lo tanto, elegibles por los alumnos más vagos y menos inteligentes. Peor todavía resulta constatar que ese mismo tópico se puede encontrar también entre el profesorado de la enseñanza secundaria y que puede condicionar los consejos que reciban los alumnos sobre la elección de carrera universitaria.7 Los índices de lectura de los alumnos universitarios son todavía más tristes que los de los alumnos de la educación secundaria. En España los niños leen más, en conjunto, que los adolescentes y los jóvenes. La Unesco define al analfabeto funcional como «aquella persona que no puede emprender aquellas actividades en que la alfabetización es necesaria para la actuación eficaz en su grupo o comunidad y que le permitan, asimismo, seguir valiéndose de la lectura, la escritura y la aritmética al servicio de su propio desarrollo y del desarrollo de la comunidad».8

De acuerdo con esta definición, debería ser imposible encontrar analfabetos funcionales en la universidad, ya que quien quiera que haya ingresado en ella se supone que ha tenido un nivel de alfabetismo lo suficientemente «funcional» como para llegar a un estado «superior» en su desarrollo educativo. Los datos, sin embargo, obligan a sospechar lo contrario. Quizás sería más adecuado aplicar al universitario la calificación de «analfabeto de segunda categoría», que definiera y alabara con cierta ironía el pensador alemán Hans Mangus Enzensberger en su escrito «en defensa del analfabeto». El «analfabeto de segunda categoría», a diferencia del «analfabeto de primera categoría», sabe leer, y se diferencia a su vez del «analfabeto funcional» en que, si no entiende lo leído no es por falta de referentes culturales o de información, sino porque todo pensamiento complejo, profundo o con un cierto grado de abstracción le resulta extraño y, por lo tanto, todo texto escrito que contenga algún rastro de pensamiento complejo le resulta incomprensible. En palabras de Enzensberger, «el analfabeto de segunda categoría es afortunado. Su falta de memoria no le causa ningún sufrimiento; el no tener una manera de pensar propia le alivia de toda presión; valora positivamente su falta de capacidad para concentrarse en nada; considera una ventaja el no saber y no comprender lo que le sucede. Es activo. Es adaptable. Muestra una considerable determinación para conseguir lo que quiere. Así que no hay que sentir lástima por él. El hecho de que el analfabeto de segunda categoría no tenga ni idea de que lo es contribuye a su bienestar. Se considera a sí mismo bien informado, puede entender instrucciones, pictogramas y cheques bancarios, y se mueve en un mundo que le aísla completamente de cualquier desafío a la confianza en sí mismo. Es impensable que pudiera sentirse frustrado por el ambiente que le rodea. Al fin y al cabo, es ese ambiente el que lo ha creado y formado para garantizar su supervivencia sin problemas».9

Hoy en día el ámbito ideal de formación de «analfabetos secundarios» es la universidad. Una universidad donde los objetivos inveterados y universales de la institución, como son la formación de científicos y humanistas que puedan servir a la sociedad en todos los ámbitos laborales y el avance en el conocimiento e investigación de todas las áreas del conocimiento humano, han sido sustituidos por la adquisición de «competencias» y «destrezas» y la adecuación a la demanda social y al mercado de trabajo, una universidad donde la formación de lo que antaño se conoció como «universitarios» ha dado paso a la producción de «técnicos», ya sea en medicina, en derecho, en filosofía o en ingeniería. La Universidad del siglo xxi es la institución educativa donde los analfabetos secundarios alcanzan, después de su formación básica en el desprecio a la lectura y al pensamiento complejo en la enseñanza secundaria y bachillerato, su nivel de excelencia. Los universitarios leen poco y cuando se dice que leen es porque llegan a casi un libro al mes.10

Sin duda estos datos no sorprenderán a muchos profesores universitarios y miembros de tribunales de selectividad, que han asumido ya la realidad de que es posible ingresar en la universidad e incluso licenciarse con un bajísimo nivel de competencia en el uso del idioma, tanto hablado como escrito. ¿Tendrá el abandono de la lectura algo que ver con el aumento de los índices de fracaso académico en la universidad? Según el informe de «La Universidad en cifras», casi la mitad de los estudiantes universitarios aprueban solo un sesenta por ciento de los créditos matriculados en cada curso. Si además se considera que muchos no matriculan cursos completos, el resultado es que, en un curso de setenta y cinco créditos, un alumno medio termina aprobando treinta y siete. Trasladando estas proporciones a asignaturas, si el curso tiene doce asignaturas el alumno medio se matricula de diez y finalmente solo aprueba seis. Desolador.

El panorama de la lectura fuera de los ámbitos académicos no resulta más halagüeño. El «Barómetro de Hábitos de Lectura» refleja que el número de libros leídos cada año decrece lenta pero inexorablemente, y que la lectura se está convirtiendo en una actividad cultural marginal. El porcentaje de población lectora creció hasta el año 2000, pero desde entonces no ha hecho sino descender. Hacia el año 2008 algo más de la mitad de los españoles se declaraba lector. El dato, sin embargo, necesita ser convenientemente matizado: para ser consideraros «lectores» los encuestados debían estar leyendo al menos cinco libros al año, esto es, algo menos de un libro cada dos meses. El «Barómetro de Hábitos de Lectura» parte, por lo tanto, de un presupuesto que revela una realidad atroz para el mundo del libro: realmente, ¿es la palabra escrita ya tan marginal en nuestra cultura que una persona que tarda más de diez semanas en leer un libro puede ser considerada «lectora»? incluso en las bibliotecas, los templos sagrados de la lectura, el libro está cediendo terreno a otros productos culturales: mientras que en el año 2001 el 70,1 % de los préstamos de las bibliotecas eran libros, en el año 2005 ese porcentaje había caído al 56,8 %, siendo el resto de los préstamos fundamentalmente películas y música.11 Probablemente no está lejos el día en que las bibliotecas se conviertan en mediatecas, y el préstamo de las obras impresas sea un servicio residual y minoritario frente a la oferta de productos audiovisuales. No faltarán ese día quienes saluden la muerte del libro como un signo inequívoco del progreso tecnológico y cultural de nuestra sociedad: la biblioclastia, la fobia hacia los libros y las bibliotecas, ha sido una constante de la cultura occidental en general y nunca como en el siglo xxi han disfrutado los biblioclastas de mayor impunidad intelectual, gracias a la exaltación de todo lo que tenga que ver con la informática y el audiovisual que se promueve a diario desde el analfabetismo secundario que impera en los medios de difusión de masas y en los ámbitos de poder que rigen las políticas culturales y educativas.

El que los «no-lectores» aumenten y ya puedan ser incluso universitarios indica que puede llegar el día en que lo que la sociedad considere como una persona «culta y formada» no implique, necesariamente, que esa persona esté en posesión del hábito de leer. Al declive del hábito de leer le acompaña, inevitablemente, la decadencia en la competencia en el uso del lenguaje, tanto hablado como escrito, entre todas las capas de la población y, de manera más llamativa, entre aquellos que ocupan las posiciones culturalmente más prominentes de la sociedad. Hace solo unas décadas se hubiera considerado impensable que un simple bachiller cometiera faltas de ortografía, no pudiera redactar un texto con corrección gramatical, coherencia y estilo adecuado al tema del escrito, y no tuviera un bagaje de lecturas tanto literarias como de una diversidad de temas, conformando aquello que antaño se conocía como «cultura general». Hoy en día escasean los licenciados universitarios que pueden presumir de dominar su lengua nativa como la dominaba un bachiller de hace décadas. Más preocupante resulta caer en la cuenta de que, por meras razones demográficas, esas hordas de iletrados van a llegar a ser los líderes culturales, políticos y sociales el día de mañana. En un tiempo en que el analfabetismo funcional, ilustrado por un bagaje de horas de televisión vistas y de países y de museos turísticamente visitados, se pasea a sus anchas por las facultades universitarias, las redacciones de los medios de difusión y los salones de gobierno, parece evidente que estamos asistiendo a un cambio de paradigma de dimensiones históricas en la cultura occidental, un cambio de trascendencia similar al del paso de las sociedades orales a las sociedades escritas y que, quizás por haber sido muy tempranamente detectado por Marshall McLuhan y otros críticos ya en la década de los sesenta del siglo pasado, ha sido también olvidado demasiado pronto. Como afirma George Steiner, «estamos asistiendo hoy en día, todos nosotros, al paulatino final de la era clásica de la lectura. De una época de una alta y privilegiada literariedad, de una cierta actitud hacia los libros que, en líneas generales, duró desde aproximadamente la época de Erasmo hasta el colapso parcial del orden mundial de la clase media […] y de los sistemas de educación y de valores asociados a ella».12

El propósito ulterior será poner al descubierto el papel capital que ha tenido la cultura del libro en el desarrollo de la civilización occidental y hacer un ejercicio de reflexión sobre los efectos que puede tener sobre la cultura el ocaso del libro y de la palabra escrita como principal medio de pensamiento, formación y comunicación. En consonancia con esta perspectiva, se podrá abordar numerosos y variados aspectos relacionados con la cultura del libro desde sus orígenes hasta la actualidad, como la importancia de la lectura y de la escritura en la formación del pensamiento y de la consciencia humana, los cambios producidos en el cerebro con la adquisición de la capacidad de la lectura, los desarrollos materiales e intelectuales que llevaron a la evolución del papiro al pergamino, del pergamino al papel, del rollo al códice y del códice al libro electrónico, el surgimiento de las escuelas y de las universidades medievales alrededor del libro y las consecuencias que los modelos de pensamiento que impusieron han tenido en la cultura, la transformación de los modos de lectura a partir del Renacimiento y sus consecuencias en la evolución de las universidades escolásticas a las universidades modernas, y los usos de las bibliotecas y sus sistemas de clasificación desde la antigüedad clásica hasta el presente. Junto a todo ello se deben encaran las cuestiones más candentes y actuales surgidas a raíz del auge de los discursos audiovisuales y de Internet en detrimento del discurso escrito y de la cultura del libro, cuestiones como la del paso del libro en papel al libro electrónico, la supervivencia de las bibliotecas, la conservación de los documentos digitales, los problemas de verificación y derechos de autor de los libros digitales, las polémicas y procesos judiciales surgidas alrededor de la iniciativa «Google Books», el ínfimo nivel intelectual de los contenidos audiovisuales que predominan en la televisión y en Internet, la lectura hipertextual, la piratería, los movimientos a favor de la «liberación de la información», la «Wikipedia», la inteligencia colectiva, la noosfera y las consecuencias de la informatización de la educación. En paralelo a esta perspectiva histórica se podrá desarrollar una perspectiva cultural, una pequeña historia de la cultura occidental desde el libro como su principal medio de comunicación. Siguiendo el viejo aforismo de McLuhan que establece que «el medio es el mensaje», cabe analizar cada uno de los desarrollos del mundo del libro en paralelo al desarrollo de la cultura occidental, haciendo hincapié en las consecuencias que pueden desprenderse por la pérdida de la lectura y del libro o de su sustitución por otros medios tecnológicos de comunicación, especialmente en el ámbito educativo. En este recorrido tecnológico y cultural no debe dejarse de lado la importancia que la lectura y el libro han tenido en el desarrollo del concepto occidental de individualidad y racionalidad y de una cierta idea de lo que constituye nuestra condición de seres humanos que está en la base de la cultura occidental, y que también podría ponerse en peligro por la pérdida de la cultura del libro.

 

NOTAS

1 Véase Juan Jiménez del Castillo, «Redefinición del analfabetismo: el analfabetismo funcional», Revista de Educación, núm. 338, 2005, p. 273-294.

2 PISA 2006: «Programa para la evaluación internacional de Alumnos de la OCDE, Informe Español». Madrid: Secretaría General Técnica de la Subdirección General de Información y Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia, 2007, p. 69.

3  Ibíd., p. 70.

4 Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros. Federación de Editores y Gremios de España. Disponible en la web del Centro Nacional del Libro, la Lectura y las Letras del Ministerio de Cultura: <http://www.mcu.es/libro/mc/centrodoc/ informes/HabitosLectura.html>, trimestral.

5 «Los hábitos lectores de los adolescentes españoles: avance de resultados», Boletín CIDE de Temas Educativos. Madrid: Centro de Investigación y Documentación Educativa. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Junio de 2002, núm. 10.

6 Véase el artículo de José Luis Barbería, «Mucho título y pocas letras». Madrid: El País, 19 de octubre de 2008.

7 Mercedes López Saez (coord.), Diferencias en elecciones de modalidades de Bachillerato entre chicas y chicos. Factores que influyen en la segregación vocacional entre hombres y mujeres. Madrid: Instituto de la Mujer. Secretaría General de Políticas de Igualdad. Ministerio de Igualdad.

8 J. A. Fernández Fernández (coord.), El libro blanco de la educación de adultos. Madrid: Ministerio de Educación y Ciencia, 1986, p. 186.

9 Hans Magnus Enzensberger, «In Praise of the Illiterate», en Zig Zag: The Politics of Culture and Vice Versa. Nueva York: The New Press, 1997.

10 Estudios sobre universitarios españoles 2006. Madrid: Unidad de Estudios Socialesy de Opinión Pública de la Fundación BBVA, 2006, p. 36.

11 Hilario Hernández (dir. téc.), Las bibliotecas públicas en España: dinámicas 2001-2005. Madrid: Fundación Germán Sánchez Rupérez, Ministerio de Cultura,2008, p. 343.

12 George Steiner, «Books in an Age of Post-Literacy», Publishers’ Weekly, 1985, 24 de mayo, p. 44.

 

Adaptado de Ignacio Domingo Baguer, Introducción, Para qué han servido los libros, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2013.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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