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Simón Royo Hernández

FILOSOFÍA Y CIUDADANÍA EN LA SOCIEDAD

CONTEMPORÁNEA

 

De la distinción entre el aficionado (filosofía mundana), el profesional (filosofía “académica”) y el filósofo (Filosofía). Seguido de un Apéndice sobre la distinción entre filosofía sistemática y filosofía edificante.

 

I

 

Lo primero que se aprende en la escuela la primera vez que se reciben unas clases de Historia de la Filosofía es que Platón distinguía entre ideas y opiniones, entre doxa y episteme, así como entre apariencia y realidad. De modo que en lo que sigue, procuraré articular no ya tanto mis opiniones, sino también algunas ideas, no adoctrinando a nadie, sino realizando un diagnóstico de un problema, una cartografía, un mapa imperfecto que podrá servir de orientación a quien no conozca directamente y mejor que la topografía presente los caminos que ésta traza; aun a sabiendas de que ningún mapa más que el que propiamente se trace tras familiarizarse con tal arte podrá ser de utilidad.

Es un problema muy difícil y complejo el responder a la pregunta ¿qué es la filosofía? Proporcionar una respuesta teórica resulta una tarea titánica porque se trata de un asunto que se lleva discutiendo durante alrededor de dos mil quinientos años y no voy a abordarlo sino, colateralmente, en la presente ocasión. Porque si nos fijamos en su dimensión y delimitación ya no teorética sino pragmática, eso nos puede arrojar bastante luz respecto a lo que nos ocupa. Al abordar el problema desde la pregunta ¿qué es filosofar?, y no ¿qué es la filosofía?, encontramos algo más que dificultades insoslayables. Esta pregunta colateral nos lleva, inmediatamente, a contestar que filosofar es aquello que hacen los filósofos, que filosofar es hacer filosofía y que filósofo es quien hace filosofía. Dimensión práctica tratada someramente por Wittgenstein y relacionada, como veremos, con la producción de conceptos o ideas: “Die Philosophie ist Keine Lehre, sondern eine Tätigkeit (1)”. Si hacer filosofía es lo que, indudablemente, han hecho gentes como, por ejemplo: Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Spinoza, Kant, Hegel, Husserl, Sartre, Wittgenstein o Heidegger, por poner unos nombres de los que nadie discutiría el calificativo de “Filósofos”, entonces quienes quieran “hacer filosofía”, aun sin responder a la pregunta “¿qué es la filosofía?”, lo que tendrán que hacer es tomar como modelos a los grandes filósofos y encaminarse hasta llegar a hacer lo que ellos han hecho, hasta llegar a la filosofía pura y al manejo de conceptos al más alto grado de abstracción, que es el núcleo de lo que han hecho y sobre lo que gira el resto de su producción literaria. De ahí que la familiaridad con al menos un filósofo, el convertirse en especialista del mismo y, al tiempo, el hacerse su amigo tomándolo por maestro socrático, pueda ayudar a comprender cómo se hace la filosofía. Esto es, a partir de un modelo preclaro, junto a otros requisitos, podría llevarnos esa mimesis y ese empeño, con el tiempo, la disciplina y el esfuerzo, a convertirnos en filósofos nosotros mismos. Por otra parte, el filósofo, en sentido estricto, es quien tiene un sistema holístico de explicación de la realidad, aunque también en sentido lato, son muchos los filósofos que se han ocupado de una parcela de la realidad y no del todo.

A causa de que la frontera entre la filosofía y la literatura sea a veces confusa, (pues existe la literatura filosófica: Voltaire, Séneca, Montaigne, Maquiavelo, Nietzsche, Sartre en sus obras literarias, Rousseau, etc, lo que Unamuno llamaba nivolas para distinguirlo de las novelas); y de que exista algún rudimento de filosofía en la mejor literatura, pues los mitos homéricos y hesíodeos contienen ya el germen de la filosofía. Y además, como en las distintas disciplinas científicas también se aprecia la configuración de un saber racionalmente ordenado, ya en la geometría, la física o la biología, pero también en la historiografía, la filología (o incluso la música y el deporte), parece, por todo ello, que todo es filosofía y que todo homo sapiens sapiens es filósofo. Pero no debemos confundir la cuestión de la génesis de la filosofía con la cuestión de la estructura y quehacer propiamente filosóficos, aunque responder a la pregunta ¿cómo se llega a ser filósofo? tiene algo que ver con responder a la pregunta ¿cómo surgió la filosofía?

Como Platón y Aristóteles no tenían más filósofos anteriores a ellos que los presocráticos, tuvieron la suerte de no tener que estudiar demasiada “historia de la filosofía”. Ambos, mucho más el segundo, sin embargo, estaban familiarizados con todo el saber de su tiempo. Los griegos no padecieron hasta la época del helenismo la enfermedad histórica o vicio del eruditismo extremo, sin embargo, todos estaban familiarizados, al menos, con la poesía homérica y con las obras de teatro (épica, tragedia y comedia), lo cual les proporcionaba una sólida formación de base, unos cimientos nobles sobre los que asentar el edificio de la filosofía, asunto facilitado por la disponibilidad que su peculiar sistema político les proporcionaba y exigía.

El filósofo Friedrich Nietzsche nos puede orientar en nuestra disquisición actual, pues criticó duramente a la llamada filosofía académica o universitaria (2), que no es, en sentido estricto, más que la profesión de profesor e historiógrafo de las ideas filosóficas, aunque como cualquier otra profesión o circunstancia vital que lo permitan, es una profesión plenamente compatible con la posibilidad de llegar a hacer filosofía. No hay que olvidar que, respecto a las profesiones o circunstancias vitales y materiales, los filósofos no vivían del aire sino que eran: Platón y Aristóteles (terrateniente el primero y el segundo preceptor); Epicteto (esclavo); Marco Aurelio (emperador romano); San Agustín y Santo Tomás (eclesiásticos); Spinoza (pulidor de lentes); Descartes (mercenario); Maquiavelo (secretario de la cancillería de Florencia); Leibniz (diplomático); Bacon (canciller de Inglaterra); John Locke (médico); Rousseau (copista de música); Marx (pensionado de Engels y periodista), Stuart Mill (diputado del parlamento británico y comerciante), Nietzsche (profesor y rentista con una baja permanente por enfermedad proporcionada por el Estado prusiano), etcétera, etcétera. Aunque a partir de la modernidad, la profesión de profesor universitario se haya impuesto como la más frecuente en los filósofos, Schopenhauer, Kant, Fichte, Hegel, Heidegger, Habermas, Gadamer, Derrida, Foucault, Deleuze, etcétera; que en raras ocasiones logran dedicarse exclusivamente de la investigación, estudio, reflexión y producción de pensamiento.

Como hemos visto con el ejemplo de Nietzsche, el filósofo condena al erudito y su febril detallismo historiográfico, pues la proximidad de los árboles le impiden a menudo ver el bosque, motivo por el cual Schopenhauer dijera que no le importaba morir y ser devorado por una miríada de gusanos, pero que le horrorizaba que cuando muriese una miríada de catedráticos de universidad se pusieran a roer su obra. Y desde luego que, de los aficionados no se preocupaba, pues no los consideraba capaces de hincarle el diente a su Die Welt als Wille und Vorstellung (3). Pero si bien vemos que hay que tener cuidado con que la cercanía del árbol te impida ver el bosque, también habrá que tener cuidado también con lo contrario, con que la distancia del bosque no deje ver la fauna y la flora que lo habitan Pero el propio Nietzsche no sólo era un gran erudito en la filosofía clásica y un precursor de la micropolítica sino que se familiarizo enormemente con una serie de pensadores, con los que llegaría a dialogar y discutir: “Cuatro parejas de hombres no han rechazado mis sacrificios: Epicuro y Montaigne, Goethe y Spinoza, Platón y Rousseau, Pascal y Schopenhauer (4)”. De modo que lograba la oscilación entre la contemplación general de las ideas y la concreción de las mismas.

 

II

 

Respecto a la Filosofía se puede ser entonces autodidacta y lector procaz o tardío (filosofía mundana), erudito o/y profesional, especialista o generalista (filosofía académica), e incluso Filósofo. El aficionado y el filósofo coinciden en la sinceridad y seriedad con la que se toman la filosofía, frente al profesional, que la puede concebir como un adorno. De ahí que Sócrates y el joven Hipócrates del Protágoras de Platón tengan más en común entre ellos que el primero con el sofista. En sí mismas todas esas formas de relacionarse con la filosofía nada tienen de indigno y mucho de meritorio. Un gran erudito como Werner Jaeger, escritor de la monumental Paideia, merece los más grandes respetos, elogios y agradecimientos, también el aficionado o el joven cuando se inician en la reflexión y se encaminan sinceramente hacia la filosofía, realizando entonces ejercicios que pueden compartir con los demás y que son como una antesala más de la filosofía, la racionalidad emergente que se contrapone a las ideologías medioambientales, pero no creemos que nadie discuta que Platón, el filósofo, es más estimable que John Burnet, el gran especialista en Platón (aunque el segundo sea muy respetable también), que Hegel, el filósofo, es más estimable que Jean Hyppolite, el gran especialista en Hegel, o que Nietzsche, el filósofo, sea más estimable que Andrés Sánchez Pascual, el gran especialista en Nietzsche. Los especialistas en un autor suelen ser, además, traductores del mismo, como los citados con anterioridad, e incluso hay muchos casos en los que los trabajos de especialista y la condición de filósofo coexisten, ya que por poner un ejemplo clarísimo, el filósofo Heidegger era un especialista magnífico en el filósofo Nietzsche (y además ejercía de profesor universitario), aunque no lo leyera sólo como especialista sino también como pensador que dialoga con otro pensador para desarrollar su propio pensamiento. En España, el filósofo Agustín García Calvo es, además o previamente, un gran erudito y filólogo, y vive de dar clases de latín en la Universidad y otro tanto podría decirse de Gustavo Bueno.

Por todo lo antedicho, vemos que el interés por decantar la reflexión de estilo filosófico del lado del amateur en contraposición a la fiebre erudita del profesional parece ser siempre, tan sólo, una necesidad psicológica de quien quiere hacer filosofía y nunca ha podido poner los medios formativos necesarios para su ejercicio. Pero en tales casos un estudio sistemático de alguno de los autores que les interesan a los aficionados o amateurs no estaría nada mal, para orientarse en el pensamiento y poder darse cuenta de que no todo es relacionable con todo. Célebre autodidacta es, por ejemplo, el lucidísimo Rafael Sánchez Ferlosio (de ningún modo un aficionado y que rebasa con creces a los profesionales), eso si entendemos por autodidacta quien nunca ha cursado unos estudios oficiales reglados ni obtenido unos títulos académicos o detentado unos cargos docentes institucionalizados. Pero el caso que mentamos no es en absoluto el de alguien que no haya pasado por la disciplina de la sistematicidad, erudición, rigor kantiano, de un modo mucho más firme que muchos académicos, simplemente lo ha pasado por su cuenta, transitando por otras vías los mismos caminos y adquiriendo por otros medios las mismas aptitudes y capacidades. Luego el aficionado que a veces nos interpela con su escritura y su protesta antiacadémica tiene razón en que no es absolutamente imprescindible el paso por unos cursos y titulaciones, pero carece de ella cuando minusvalora o desprecia lo que unos estudios en regla pueden aportar, no mostrándose dispuesto a adquirirlo por otros medios, o lo que es peor, pensando que eso no tiene importancia o que cualquiera que tenga mucho corazón y se ponga frente a un libro será capaz de entenderlo y cualquiera que se ponga frente a una página en blanco será capaz de escribir. Hace falta como mínimo estar alfabetizado para poder leer y escribir, pero mucho más que estar alfabetizado para poder leer y escribir filosofía. No es lo mismo leer el Marca que leer a Aristóteles y la diferencia entre ambos lectores estriba en que no todo lector del Marca puede entender a Aristóteles, mientras que todo lector de Aristóteles, no tendrá ninguna dificultad en entender el Marca.

Respecto al aficionado que critica al profesional el problema es que no ejemplifica lo que critica, como hace un texto de Séneca, aquél en el que el sabio estoico criticaba la erudición, pero demostrando dominarla y hallarse, por así decirlo, por encima de ella (5), (como hiciera Nietzsche en su juventud al criticar a los filólogos); pero el aficionado no está por encima de lo que condena y su filosofía es mundana (6) sin sobrepasar ni superar a la académica, con lo cual su crítica no viene desde arriba sino desde abajo y carece de fuerza, aunque tenga motivación e ilusión.

El aficionado a la filosofía (mundana) lo es, como lo es a la Astronomía. Distingue también éste (al igual que el profesional) entre aficionados y profesionales, pero no establece mayores distinciones. Aficionado a la astronomía soy yo, profesional, quien trabaja en el observatorio de Tenerife, pero astrónomo, astrónomo sólo lo son gentes como Copérnico, Kepler y Galileo. Yo también soy aficionado a la astronomía, de pequeño me compré una carta celeste y un pequeño telescopio porque quería ser astrónomo, pero luego descubrí que para ser astrónomo había que aprender muchas matemáticas y, con el absurdo modelo de ciencias o letras (en lugar de ambas) me decanté finalmente por las humanidades, donde acabé aprendiendo que si para ser astrónomo hacen falta las matemáticas para ser filósofo hacen falta también algunas cosas especializadas, aunque no lo parezca, como conocimientos en ciertas lenguas, familiaridad con la historia de la filosofía, las corrientes, los autores y las doctrinas, así como un largo ejercicio de las reglas del razonamiento lógico, siendo muy recomendable también la familiaridad con algunas disciplinas científicas y humanísticas adyacentes. A quien no haya tenido tiempo hasta el momento de adquirir tales medios sólo puede recomendársele que sin tardanza los adquiera, bien mediante unos estudios reglados, bien mediante otras vías más personalizadas, pero no podremos alentar el que se los desprecie por no poseerlos.

Los estudios y escritos son ejercicios encaminados a convertirse en Filósofo, pero, con todo ello, se puede convertir uno en un erudito o profesor, no en un filósofo; siendo cierto que precisamente eso mismo necesario para llegar a hacer filosofía puede llegar a ser lo que más la entorpezca y la impida, pero siendo igualmente cierto también, que sin ello, sin pasar por ello e intentar ir más allá de ello, no hay filosofía que valga.

La visión del aficionado a la Filosofía es muy frecuente y está muy extendida y por eso es muy digna de atención. Da la pauta de un sentir general, en la línea de El Mundo de Sofía. Esa visión es un signo, no obstante lo antedicho, de la lectura y el estudio encaminado a justificar nuestros propios prejuicios (creemos verdadero lo que nos place y falso lo que nos duele), en lugar de la lectura y el estudio encaminados a arrancar de raíz nuestros prejuicios. Spinoza insta a pensar sin dejarse influir por las pasiones, y lo cree posible; Nietzsche, sin embargo, considerará eso imposible y nos advertirá contra el embrujo hedonista del conocimiento, instándonos a buscar las verdades duras, dolorosas, como prueba de que no sea el placer el que nos influya en el asentimiento. Pero no basta sentir dolor (o placer) leyendo un libro de filosofía para ser filósofo, filosofar no es sentir, tampoco el sólo razonar (algo más amplio y que es propio de todos los seres racionales). Luego algo distinto a sentir y razonar ha de ser el filosofar, y algo distinto el Filósofo del erudito o del aficionado.

Sin embargo, siempre ha estado la Filosofía en contacto con esas instituciones académicas y con quienes las frecuentan. ¿Por qué? Pues porque pese a todos sus defectos, vicios y corrupciones, es en esas instituciones donde se puede encontrar a otros ciudadanos con los mismos intereses que los tocados por el afán de la reflexión y de la voluntad de llegar a ser filósofos, además de los discípulos y los profesores. Porque pese a la corrupción de la universidad o la locura de la secundaria, en la primera se pueden llegar a adquirir unos conocimientos propedéuticos indispensables para llegar a la filosofía y en la segunda se puede llegar a enseñar el amor a una disciplina pese a lo aburrido y pesado que pueda ser el absorber sus rudimentos, proporcionando, desgraciadamente como excepción y no como regla, los recursos necesarios para llegar a ser Filósofo (aunque cada vez más se pretende que sólo proporcione lo necesario para llegar a ser profesional y ganarse la vida de ese modo).

Si Fídias es escultor y arquitecto y no albañil, Séneca es filósofo y no charlatán y Galileo es astrónomo y no contable, ya sabemos de algún modo lo que sería ser escultor, filósofo o astrónomo, sería ser como Fídias, como Séneca o como Galileo, o al menos parecerse a ellos. Cosas que parecen ser el privilegio de algunos pocos, aunque bien pudiera ser el privilegio de muchos, o no ser siquiera un privilegio, sino un derecho y una necesidad social, explicación a mi juicio de lo que se ha llamado el milagro griego y que no tiene nada de milagroso, pues depende tan sólo del ocio, renta y formación con que cuenten los ciudadanos (7), el que haya una filosofía crítica dispersa que impregne a toda una sociedad.

El seguir ciega y absolutamente a un autor u otro no es propio de quien reflexiona sino de quien se deja manipular, como el religioso, como quien necesita sacerdotes, directores espirituales, adoctrinadores. El mesianismo salvífico y el adoctrinamiento son dos de los vicios más grandes del profesorado, asunto relacionado con el culto a la personalidad en política. Distinguimos por tanto, aquí, entre aficionado a la filosofía, profesional de la historia de la filosofía y Filósofo. Pues ya decía Heráclito que: “Una gran erudición (polimathes) no enseña (didasko) la inteligencia (nous)” (22DK40). Pero como no todo está dicho allí, en el fragmento citado de Heráclito, habría que añadir: no, no la enseña, pero puede ayudar a desarrollarla. ¿O acaso se desarrolla por ciencia infusa o aparición del espíritu santo?

Finalmente, respecto a este apartado, recomendar a todo aficionado que se especialice en cierta medida y se interdisciplinarice en lo posible, al menos lo suficiente como para poder subir la escalera que lleva del aficionado, pasando por el especialista polivalente, hasta llegar al maestro ya Filósofo. Pues hay inevitable y generalmente que pasar del filo-sophos al mathematicus y de éste, al sophos. Aunque puedan haber excepciones de forma extraordinaria o Filósofos con poca erudición histiográfistico-filosófica, como Althusser, Kierkegaard o Wittgenstein. Las ciencias surgen entre las ideologías y la filosofía entre las ciencias, pues si nos fijamos en el proceso del conocimiento en Platón, no puede pasarse desde el grado ínfimo (la eikasía o primer grado de la dóxa) hasta la dianoia y la noesis o grados supremos y propiamente filosóficos (episteme), sin pasar por los momentos intermedios (8). Nadie diría que la eikasía (ver el televisor) es filosofar, aunque sea ya un primer grado ínfimo de movimiento neuronal en el cerebro.

 

NOTAS

 

(1) Wittgenstein Tractatus Logico-Philosophicus 4.112: “La filosofía no es una doctrina sino una actividad”.

(2) Cfr. Friedrich Nietzsche Nachgelassene Fragmente, 1873, 29 [56].

(3) Libro clásico del que, sin embargo, no contamos en español con una traducción aceptable.

(4) Nietzsche Humano demasiado humano II. Miscelánea de opiniones y sentencias, §408.

(5) Cfr. Séneca Sobre la brevedad de la vida 13.1-7 (y cfr. ss) En: Diálogos. Editora Nacional. Madrid 1984.

(6) No damos aquí exactamente el sentido de “mundano” que acuña Kant en su obra, algo más preciso, sino que lo empleamos como equivalente a filosofía de la juventud (de quien no ha tenido un trato largo y continuo con ella por su corta edad) o de quien se relaciona con el saber filosófico sin encaramarse a otros saberes previos. La distinción deportiva entre profesionales y aficionados (no se puede decir que los niños en el parque no sepan jugar al futbol) también nos presta una buena analogía del sentido en el que manejamos la expresión.

(7) VVAA Pensar la comunidad. Colección Pólemos Q.Racionero & P.Perera (editores). Dikinson S.L. Madrid 2002. Simón Royo «Comunidades de hombres frente a sociedades de mercancías», págs. 107-190.

(8) Sólo muy extraordinariamente se pueden producir saltos. Cfr. Friedrich Nietzsche KGW IV 2: Menschliches, Allzumenschliches I [1878]: 5. Anzeichen höherer und niederer Cultur. «Fases cíclicas de la cultura individual», §272. Pero contrastándolo con: Friedrich Nietzsche Fragmentos póstumos, 1873, 29 [53].

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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