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Jesús David Buelvas

LITERATURA Y COTIDIANIDAD: HORIZONTES DIFUSOS Y PROFUSOS

 

La poesía hace que pasemos del espíritu de posesión

 impulsor de equívocos y guerras, al deseo

de participación simple y directa del mundo.

Yves Bonefoy

     La cotidianidad es algo de lo que inevitablemente, todos participamos, pero al intentar definirla, cualquier esfuerzo lingüístico se queda corto. Por ello para aclarar este concepto central en el presente análisis, no acudiré en un principio a la literatura. A esta no le es dado trabajar a partir de precisiones expositivas con respecto a las temáticas que sus ejecutores abordan. Para establecer tan necesario parámetro aclaratorio, acudiré a la vertiente fenomenológica de la filosofía que tanto ha trabajado sobre el tópico de la realidad y a la vez ha servido como punto de apoyo para constituir el entramado ideológico de obras literarias que han recreado mundos posibles desde ese tan patente pero esquivo acontecer que es la cotidianidad (1) misma.

     Para abordar un análisis, incompleto como todo análisis, pero conveniente para estas manías aclaratorias en que nos movemos, acudiré a la idea en la que Karel Kosik afirma que “la cotidianidad es un mundo fenoménico en el que la realidad se manifiesta en cierto modo, y a la vez, se oculta”. Esta idea es muy conveniente al presente caso pues no nos quedaremos en el mundo de precisiones y aspiraciones esquemáticas de la filosofía sino que nos trasladaremos desde ella hacia ese territorio de connotaciones, simbologías, impresiones y ambigüedades estéticas que es la literatura. Dicha definición nos es propicia pues dice en pocas palabras qué es la cotidianidad, presentándola como ese mundo de hechos “evidentes” que por su facticidad constituyen lo que para nosotros es la realidad o en términos platónicos o hasta sartrianos, el mundo de las apariencias. Mundo en el que todos estamos sumidos, pero del cual les es posible escapar, gracias a la reflexión y a la creación, tanto al filósofo como al literato. En dicha expresión están contenidos los aspectos definitorios que sirven de punto de partida para hablar de la estrecha relación que existe entre cotidianidad y literatura, pues además de iluminarnos acerca de la primera, pareciera que en su segunda parte buscara emparentar con ese ejercicio creativo de manifestaciones y ocultamientos que es la práctica literaria.

     Las anteriores incursiones acerca de lo que entraña lo cotidiano, permiten tomar el rumbo que interesa. Gracias a ellas se confirma que el escritor, sujeto de ese cotidiano, está circunscrito como cualquier otro hombre a la circunstancialidad, a lo fortuito del hecho. Pero, su particularidad como creador le permite tener respiros que lo liberan, facultándolo para trasladarse al plano trascendental de la creación, y desde ese distanciamiento, retomar como pretextos creativos esa facticidad que aparentemente había abandonado. El escritor, visto así, se constituye en un ser dual que por un lado vivencia la realidad como partícipe de ella junto a los demás, y por el otro, se deifica (alusión al “Arte poética” de Huidobro) transcendiendo dicha realidad y constituyéndose en creador a partir de la misma.

     Es conocido para quien, de alguna manera, se ha acercado a la historiografía literaria que los asuntos y trasuntos de esta materia, por más ficcionales que sean, siempre tienen base en un hecho real. Esta idea la planteó muy bien en alguna de sus entrevistas nuestro renombrado premio nobel. Si nos dedicamos a hacer análisis exhaustivos, encontraríamos reinterpretaciones eficaces de la cotidianidad hasta en las más inventivas historias de ciencia ficción. Pero no quiero trasegar por esos lares. En este caso prefiero, haciendo la salvedad de que toda selección es mezquina, reforzar las ideas que he planteado, con algunos ejemplos específicos, referenciando y citando fragmentos de algunas obras en las que podemos captar una relación directa entre la cotidianidad y la literatura. Relación que puede ir en múltiples direcciones y que por lo mismo se patenta de manera muy estrecha en las obras a las que aludiré a continuación.

     El primer acercamiento problémico con la cotidianidad como tópico literario a analizar se da en “La náusea” de Jean Paul Sartre. Es probable que exista una gran cantidad de textos en los que la realidad, planteada como esa rutina que aplasta al hombre hasta el punto de generarle la incomodidad de estar en el mundo, sea el eje temático. Sin embargo, al leer el diario de Antoine de Roquentin se obtiene plena conciencia de que la cotidianidad podría ser nuestra acérrima enemiga si no tenemos algo que por momentos nos salve de ella. Indagando por una explicación a tal revelación, me he encontrado con muchas que he confirmado gracias a la relectura de esta obra. Su lenguaje demencialmente coloquial, la configuración también demencial del absurdo que rodea a los personajes, entre otras razones, conducen a pensar en que si nos detenemos a reflexionar cada acción de nuestra vida como lo hace el protagonista, correríamos el riesgo de ese aplastamiento, de esa náusea inexorable que lo embarga cada vez que su nivel de incomodidad con el mundo llega al extremo. Varios pasajes de este relato pueden llegar a resonar como ecos en la cabeza del lector por largo tiempo. Pero esta vez solo serán citados dos muy breves en los que la cotidianidad cae con todo su peso sobre la existencia del personaje central y tal vez sobre la del lector mismo. El primero de ellos dice:

Pero todo esto pasaba en la superficie. Si me hubieran preguntado qué era la existencia, habría respondido de buena fe que no era nada, exactamente una forma vacía que se agrega a las cosas desde afuera, sin modificar su naturaleza. Y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso. Había perdido su apariencia inofensiva de categoría abstracta; era la materia misma de las cosas, aquella raíz estaba amasada en existencia.

     Es posible apreciar en el fragmento el carácter reflexivo del protagonista en primera persona, y cómo esta reflexividad tan acuciosa se revierte en contra del personaje por tratar de comprender tan a fondo los detalles de su existencia individual que como categoría se extiende y cobija la existencia de todos. La profunda reflexión sobre la existencia misma se convierte en dolor, un dolor que atenta contra el sujeto mismo que reflexiona. Pero no solo eso marca al lector al enfrentarse a esta novela. Su lectura también genera la necesidad de la evidencia compenetrada con el juego y el detenimiento frente a lo mínimo, con la perplejidad que puede despertar lo supuestamente insignificante. Esa insignificancia, solo aparente, de cada uno de los hilos que tejen lo rutinario y que se evidencia en los actos, unas veces mecánicos, otras no tanto, que a diario ejecutamos.  Una muestra de ello es el fragmento siguiente.

Hay un círculo de sol en el mantel de papel. En el círculo una mosca atontada se arrastra, se calienta y frota las patas de adelante una con otra. Voy a hacerle el favor de aplastarla. No ve surgir este dedo índice gigante cuyos pelos dorados brillan al sol.

     Si se apuesta a analizar las pequeñeces como lo hacen algunos críticos, es posible obtener a partir de este fragmento un juego de representaciones. Imaginemos que la mosca es la representación del hombre común, del mismo Roquentin o de cada uno de nosotros: la mosca-individuo. El dedo podría ser, visto en diferentes perspectivas, cualquiera de nuestras representaciones de aquello que, en medio de la realidad inexorable, nos determina como seres circunstantes, como seres sometidos, de manera inevitable, a las contingencias. Faltaría preguntar si en el último instante hubo una posibilidad de salvación para la mosca. Pero eso no me compete a mí decirlo. Quien quiera saberlo, vaya a la lectura de esta buena novela.

     Otro personaje que genera ese conflicto revelación con la cotidianidad como pretexto narrativo, es el pariente literario de Roquentin conocido con el nombre de Meursault, el recordado protagonista de “El extranjero”. Ese personaje al que María, su casi novia, amaba por ser extraño pero que algún día podría llegar a odiar por lo mismo (2). Un hombre que vive la cotidianidad de una ciudad en la que el verano parece ser eterno y que, gracias a su observación lenta, con un alto matiz de indiferencia por los hechos de su entorno y por los que le ocurren a él mismo, participa casi que por impulso de esa realidad extraña.

     En torno a Meursault circundan personajes que ofrecen curiosas miradas de la cotidianidad, de la rutina y del hábito. Uno de los más inquietantes es su vecino Salamano cuya relación con la vida depende de su contradictorio emparejamiento con el perro que lo acompaña y con el cual comparte además de las peleas, gestos, el modo de caminar y hasta enfermedades. Este personaje hace pensar en la manera en que la costumbre tiraniza y hace sentir que el matiz fundamental de nuestra existencia reside en lo común, en aquello que huye de lo inusual y que por miedo o cualquier otra razón nos condena sin que nos demos cuenta, a la repetición de actos en los que solo interactuamos con aquello y aquellos que de alguna forma nos resultan más cercanos. Es como si de alguna manera se nos conminara al convencimiento de que lo mejor para cualquier ser humano es no salir de su zona de confort. Salamano lo evidencia cuando habla acerca de la pérdida del perro con Meursault, quien evoca este pasaje con las siguientes palabras, “le dije al viejo Salamano que podría tener otro perro, pero me hizo notar con razón que estaba acostumbrado a éste”.

     Como acto confirmatorio de ese apego a lo acostumbrado, de ese estar impedido para salirse del ciclo que atormenta, y del que Salamano podría ser un muy buen modelo literario para equiparar con todas las personas que en nuestra sociedad somos víctimas de dicha rutina en algún momento, el capítulo termina con las propias palabras de Salamano corroborando la percepción que de él nos ha transmitido el protagonista narrador “Espero que los perros no ladren esta noche. Siempre me parece que es el mío”.

     En la consideración de María y en ese consejo de Meursault a Salamano podríamos intuir algo especial en el protagonista de “El extranjero”. Esa particular marca se evidencia cuando le dice a su jefe que le daría lo mismo ir o no a trabajar a otra ciudad así sus perspectivas económicas y personales mejoraran a causa del cambio. También en la reacción inusual que muestra ante el hecho de que María le propusiera matrimonio. Se evidencia en Meursault la indiferencia por lo cotidiano, por el acontecer a pesar de tener que participar de él. Esto lo puede corroborar su reacción ante el telegrama que le anuncia la muerte y el sepelio de su madre. Entonces ¿qué ocurre con Meursault? Es un condenado por su entorno y quienes participan de él. La condena por la muerte del árabe ya está dada desde el principio. Por ello, lo ilógico de que los personajes que acuden al juicio en su mayoría sean personas que no estuvieron en el momento del asesinato y cuyo testimonio gira en torno a las actitudes de Meursault en la ocasionalidad de los encuentros que con él tuvieron. Meursault es el hombre anticotidiano. Y la cotidianidad, la normalidad, la rutina, lo convencional, lo convenido buscan sus medios para castigar en él su atrevimiento. Meursault sería la mosca, y el sistema, el dedo de lo cotidiano apuntando a aplastar la mosca que Roquentin contempla en medio del círculo de sol.

     La lectura de estas dos novelas entraña una toma de conciencia en cualquiera de sus lectores. Quien las lee queda impedido para seguir mirando la realidad de la misma manera después de haber conocido las intimidades del diario del pelirrojo Roquentin y las confesiones desinteresadas de Meursault mientras espera que se cumpla su condena. Ambos personajes son antihéroes semejantes de cierto modo a los vecinos o los transeúntes con que nos topamos a diario por las calles de nuestras ciudades. Estas dos obras marcan el inicio de un hito literario; el de las novelas protagonizadas por ese tipo de personajes que de una u otra manera se enfrentan a la realidad representada en el peso de las veinticuatro horas y las sensaciones que constituyen el relleno de cada uno de sus instantes. Después de ellas se han escrito en distintos puntos del mundo muchos otros textos entre los que se cuentan novelas, obras de teatro, cuentos y poemas que retoman esta temática con igual intensidad.

     Ni el idioma ni las barreras geográficas son impedimento para afirmar que las huellas de la ansiedad, del vacío, del hastío o del simple descontento frente a lo evidente y repetitivo de los hechos son una marca universal de la humanidad. Sobre todo cuando gran parte de ella no está compenetrada con su dimensión creativa. Entonces no le queda otra opción que dejarse alienar, que asumir de manera inconsciente y gregaria lo que el contexto en que vive quiere que sea frente a cada una de las situaciones en que la pone. Un escritor observador de lo cotidiano capta estas dinámicas y busca las maneras de narrarlas como lo hicieron Sartre y Camus en las novelas anteriormente citadas o como otros autores lo han hecho en novelas posteriores. Por ser tan limitado este espacio gráfico, como la misma posibilidad humana ante la compleja realidad de la que hablamos, solo dejo la sugerencia de probables análisis que podrían hacerse desde esta perspectiva a partir de novelas latinoamericanas como “Este domingo” de José Donoso, “Los adioses” de Juan Carlos Onetti o “El coronel no tiene quien le escriba” de García Marques, entre otras.

     Cada uno de nosotros tiene una mirada de las “cosas”, un ángulo específico desde donde se percibe lo que somos y lo que se manifiesta desde afuera. Pero cuando analizamos a fondo la realidad, esa mirada, generalmente veloz y somera, cambia para ganar en profundidad y amplitud, participando de la mayor complejidad posible. Esta mirada modificada por el detenimiento es el punto de partida para la actitud anticotidiana que caracteriza a los personajes a los que nos estamos refiriendo. El mismo hecho de que en algún momento nos detengamos para leer y reflexionar sobre estos asuntos en lugar de dejarnos llevar por los hechos a los que estamos compelidos y que nos obligan a ponernos al servicio de la prisa y la competencia generados por el capitalismo, por el consumo y por la imperiosa necesidad de ganar o conseguir dinero, nos hace partícipes de esa anticotidianidad meursaultiana que en este texto se comenta. Actos como leer, contemplar o reflexionar, ya sea para liberarnos o para enfrentarnos al dolor de manera catártica, rompen con la cotidianidad desde su esencia.

     Desde esa mirada que aspira a la amplitud para el análisis de la relación que nos hemos propuesto, intentaré avanzar un poco más para abordar, en lo posible, otras formas de la expresión literaria como el cuento y la poesía.

     Para mirar cómo es abordada la cotidianidad desde la cuentística acudiré a un relato en el que, al mejor estilo del tremendismo que distinguió la narrativa de Camilo José Cela, se cuenta el encuentro con el viudo Don David quien según el mismo narrador-autor era “un hombre destinado a vivir de espaldas a la realidad y a quien la realidad hubo de azotar tan despiadadamente, tan sin consideración en las espaldas”.

     El relato de Don David es un ejemplo crudo en el que un hombre de proyectos nada ostentosos, como pueden ser los proyectos de cualquier hombre que aspira a tener una vida sujeta a la “normalidad” de lo que hacen los otros, matrimonio, hijos, estabilidad, se ve obligado a la renuncia de tales aspiraciones básicas a causa de la tragedia que lo destina a la viudez, a la soledad y a la ansiedad que esta misma le produce hasta el punto de buscar al narrador para contar su desgracia y así hacer la catarsis que cada ser humano hace día a día cuando se reúne con sus vecinos, con sus conocidos y amigos para llevar a cabo ese rito de la costumbre que consiste en compartir las penas y así alivianar su peso. Don David comparte su tristeza con el narrador y el narrador nos la transmite enfatizando en el dolor del personaje, dolor que se siente tanto en las lágrimas que se asoman en los ojos de Don David como en la forma en que termina en la cantina hasta que unos personajes de dudosa procedencia lo llevan bastante borracho hasta su casa.

     Al igual que Camilo José Cela otros autores han acudido al tópico de la cotidianidad para recrear cuentos de diversa índole. A veces el asombro se revela cuando en medio de alguna de esas obras maestras de la literatura fantástica, aparecen, de manera contundente e inevitable, los detalles de la cotidianidad para darle verosimilitud y peso al argumento de dicho relato (3). Se necesita de ella como recurso narrativo tal como se evidencia en la reiterada cuentística de lo urbano que se ha afianzado en las últimas décadas y que surge de la necesidad de contar lo que ocurre gracias al crecimiento urbanístico acelerado y desplanificado de nuestras ciudades. El hombre citadino es el hombre cotidiano por excelencia y esta cuentística, cuando es buena, logra captar y transmitir, por medio de las acciones que relata y los personajes que las protagonizan, esa psicología que se desarrolla bajo el imperio de la cotidianidad que cae junto con las sombras de los edificios sobre los cuerpos agotados de los transeúntes.

     Para ir dando los puntazos finales, me adentro por los intersticios de la poesía. Si bien es cierto que tenemos una tradición idealizada de esta, debemos reconocer que en las últimas décadas han surgido en Latinoamérica poetas muy versátiles, cuya capacidad estética se ha manifestado en esa decisión de abandonar la práctica poética del idilio decimonónico para usar el verso como medio eficaz al momento de interrogar y representar la realidad en la que el hombre de la segunda mitad del siglo veinte y lo que va corrido del siglo veintiuno ha estado viviendo. Nos encontramos con obras poéticas en las que los autores han sido muy hábiles al momento de poetizar sobre las relaciones que este hombre, metalizado por los lineamientos del capitalismo y el consumo, sostiene con las dinámicas y contextos rurales o citadinos en que le ha tocado vivir y por los cuales ha sido tocado. Si revisamos a partir de lecturas detenidas y placenteras obras de autores como Jaime Sabines, Vicente Gerbasi, Juan Calzadilla, Eugenio Montejo, María Mercedes Carranza y el mismo Mario Benedetti, entre otros, nos encontraremos con poetas que han sabido indagar en las dinámicas de lo cotidiano para extractar imágenes, recursos y temas con los cuales han configurado poemas que les saben hablar muy bien a los hombres de hoy de lo que ellos mismos son en sus contextos. Bastaría leer poemas como Entresuelo, Los pitucos, Da lo mismo, o Poema de amor para corroborar lo anteriormente dicho. Estos poemas y las obras poéticas que los contienen confirman que existen poetas que han sabido aterrizar la idea de la poesía en el hoy, iluminado por ese sol con el que inicia y termina todo cada vez que en la mañana nos levantamos para embarcarnos en un bus cuya única parada es la estación llamada cotidianidad. El sol en todo que precisamente Montejo supo nombrar cuando escribió “El trópico y sus horas de calor/ el sol sobre las cosas día tras día/ y el rencor de los malos matrimonios”.  

     Para concluir quisiera que nos preguntáramos ¿qué hace la literatura cuando toma lo cotidiano como pretexto creativo? Gracias a la literatura en cualquiera de sus géneros, tenemos la posibilidad de efectuar una recreación lúdica, reflexiva y transformadora de nuestro entorno y de nosotros mismos. Encontrarnos con lo que vivimos a diario en una obra literaria nos hace percatarnos de lo que somos como seres humanos y en ese encuentro se gesta la utopía de revivificarnos como sujetos conscientes y creativos. La lectura literaria arranca al lector de la línea de lo cotidiano, lo despierta mostrándole mundos posibles que él debe atreverse a conquistar. Cuando el lector es arrancado de esa línea para ponerse frente a la cotidianidad se ejecuta un doble ejercicio de revelación en el cual emergen formas de la conciencia relacionadas con lo social, lo político, lo ético y lo ecológico, dimensiones humanas indispensables para lograr una interacción dinámica y creativa con nuestra otredad. Ninguna forma de literatura nos deja indemnes. Pero la que nos pone ante nosotros mismos, esa que funciona como espejo, cumple con eficacia el papel de despertar nuestro logos entumecido por el pragmatismo para ponerlo en función de lo inmediato, de eso que necesitamos reorientar o remediar estéticamente para humanizarnos cada vez más.

 

Notas

(1) Uno de los ejemplos que patentan lo dicho es la novela “La náusea” de Jean Paul Sartre. 

(2) Recreo el pensamiento de Mersault, capítulo cinco de la primera parte.

(3) Por ejemplo, la caminata del amante hacia la casa en la que asesinará a su rival en el cuento “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar.

 

Bibliografía

Kosik, Karel, Dialéctica de lo concreto, Grijalbo, México, 1967.

Unamuno, Miguel de, Del sentimiento trágico de la vida, Altaya, Barcelona, 1993.

Sartre, Jean Paul, El ser y la nada, Altaya, Barcelona, 1993.

Sartre, Jean Paul, La náusea, Editorial Diana S.A., México D.F. 1963.

Camus, Albert, El extranjero, Emecé Editores, Buenos Aires, 1971.

Cela, Camilo José, Don David, Citado en Dinámico 10, serie de español y literatura, Villabona et al., Bogotá, 1997.

Bonnett, Piedad, compiladora, Antología de poesía latinoamericana contemporánea, Norma, Bogotá, 2010.

 


 

Diego Gil Parra

ANOTACIONES SOBRE EL SENTIDO DE LA VIDA

 

Uno podría expresar la sorpresa de que los interrogantes por la existencia y por el sentido (al menos de modo explícito) se hayan demorado tanto en pasar al primer plano de la inquietud filosófica; de hecho milenios. ¿Por qué no empezó por allí la filosofía? ¿Por qué no fueron las preguntas por la existencia, el sentido y la finitud las primeras preguntas de la filosofía?

Nos referimos a interrogantes del tipo: ¿Qué es la vida, la existencia? ¿Cuál sería el sentido de esta, en caso de que admitamos que tiene alguno? ¿Cuál es la actitud ideal frente a la propia vida, y frente a la ajena? ¿Qué es la muerte? ¿Qué habría qué hacer, o de qué deberíamos abstenernos, para acceder a experiencias como la felicidad?

No son preguntas necias, no son preguntas entre las preguntas. Son decisivas, incluso urgentes. Los pensadores y artistas existencialistas se las formularon una y otra vez, en medio de la particular zozobra de las primeras décadas del siglo XX en Europa. Con acentos distintos, desde angustias específicas, con grados de elocuencia y de profundidad diferentes.

En el ámbito moderno de la filosofía occidental de las últimas cuatro décadas parece, sin embargo, que esas  preguntas no son ya relevantes, o que ya se les dio una solución satisfactoria. Creemos que ni una cosa ni la otra.

Tal vez el existencialismo como cuerpo doctrinal de pensamiento ya dio lo que podía dar, y tal vez tanto sus presupuestos como sus métodos han sido “superados” ya por el Espíritu. Pero sin lugar a la menor duda vale la pena seguir leyendo a Jaspers, a Camus, a Marcel, a Sastre:... Leerlos para contextualizarlos, para actualizar la angustia de su meditar. Independientemente del provecho concreto que pueda extraerse de esas lecturas, lo que hay que reconocer es que sus inquietudes esenciales son no solo válidas sino vigentes, permanentemente vigentes. El gran problema será siempre cómo responderlas.

Vamos a retomar las preguntas que enunciábamos antes y a intentar algunas posibles respuestas. Muy breves y muy personales.

Primera pregunta: ¿Qué es la vida?

La vida, en el más inmediato sentido de la palabra, es el efecto de un azar, de una combinación aleatoria de sustancias elementales a las que los científicos han dado nombres específicos, y cuyas propiedades físico-químicas han sido paulatinamente identificadas. Sustancias como hidrógeno, helio, oxígeno, nitrógeno, fósforo, calcio, hierro,  carbono…

La vida es materia, materia organizada de determinada manera, y por efecto de combinaciones que se producen por azar y en “obediencia” a ciertas “leyes” más o menos susceptibles de ser descritas. La vida es materia, pero, adicionalmente, materia animada; tanto la del más minúsculo protozoario como la de la planta, la del animal, la del hombre. La diferencia entre estas diversas manifestaciones de la vida dependerá de las diferencias en el número de elementos básicos y en el modo de organizarse.

Materia y energía. Eso es la vida en su especificidad más primaria. Ni nacemos ni morimos; nos transformamos eternamente (parafraseando la célebre definición de Einstein).

La vida es un acontecimiento aleatorio, un efecto del azar, y además es único e irrepetible.

Puede que eso sea asumido por unos como un milagro (un milagro afortunado) o que sea considerado por otros como una fatalidad. El hecho cierto es que existen más o menos las mismas probabilidad estadísticas de que un organismo sea y de que no sea.

Segunda pregunta: ¿Cuál sería es el sentido de la vida? ¿Tiene algún sentido?

El argumento de que la vida no tiene sentido puede servir por igual al suicida y al cínico. Pero lo esencial, creemos, es entender esto: que la vida tenga sentido o no es algo irrelevante; lo importante es que provea satisfacción, placer, gusto, alegría, realización.

La pregunta por el sentido tal vez sea una pregunta eternamente irresoluble. O contestable de mil maneras distintas, de acuerdo a la religión que se profese o a la ideología que se comparta, o al lugar y a la época a los que se pertenezca.

No es tan decisivo responder por “el sentido” de la vida. Lo urgente, para cada cual, es acceder a un estilo de vida que por sí mismo sea gratificante.

Es difícil concebir un sentido general para la vida; solo hay sentidos particulares, coyunturales: los de cada existencia concreta. Y esos sentidos son construcciones imaginarias, relatos subjetivos, mentiras provisionales. Que han de servir, con mayor o menor fortuna, de motor para cada vida. El sentido no existe; los sentidos se construyen, se fabulan.

Querer quitarse la vida con el argumento de que no tiene sentido, no tiene sentido. Lo que aduce el suicida es más bien otra cosa: que su sentido de la vida no le resulta gratificante, no le es placentero.

Por lo demás, es una gran cosa que la vida carezca de sentido, al menos de un sentido dado y universal. De tenerlo, careceríamos de la menor opción de libertad. Gracias a Dios no hay un sentido trascendente, porque entonces estamos en el derecho de fundar un sentido propio, el de cada vida particular.

Tercera pregunta: ¿Cuál sería la actitud ideal frente a la vida propia y frente a la ajena?

Creemos que, fundamentalmente, el respeto. Unido al ansia de superación, fundado en la sana y fructífera emulación.

Lo único que poseemos con certeza es la vida. Es, por tanto, lo que más hay que enaltecer. La actitud ética fundamental en relación con la vida ha de ser, pues, respetarla, y querer perfeccionarla y embellecerla. Al menos en nuestra respetable, perfeccionable y embellecible opinión. Y eso puede hacerse de infinitas formas, en diversos grados de intensidad y desde cualquier condición existencial: de edad, sexo, nacionalidad o color de piel.

Cuarta pregunta: ¿Qué es, o qué podría ser, la muerte?

Lo más difícil de aceptar, sin duda. Y en especial para quienes mantenemos un gran apego a la vida.

Todo parece indicar, sin embargo, que la muerte no existe. No en la medida en que la totalidad de los elementos primarios de que estamos constituidos habrá de perpetuarse después de que la organización específica que actualmente somos de desintegre. De hecho cada átomo de los que en el momento presente sirven de sustrato a nuestro cuerpo seguirá existiendo cuando nos hayamos desintegrado, y comenzarán a hacer parte de otras organizaciones aleatorias.

Lo que algunas religiones llaman Vida Eterna parece ser una metáfora de lo que real y verdaderamente ocurre cuando dejamos de existir, cuando “morimos”. No se muere propiamente; ocurre la desintegración de aquello que alguna vez se formó en la concepción intrauterina. Lo que se da es un tránsito a otras formas de organización: orgánicas e inorgánicas. Todo nos viene de la Naturaleza, y todo retorna a ella.

Quinta pregunta: ¿Qué habría qué hacer para acceder a experiencias como la felicidad?

Para ser felices no puede haber fórmulas. O las que les sirven a unos pueden resultar inútiles para otros.

A algunos pareciera que la felicidad les cayera del cielo; les llega desde la cuna y no los abandona hasta la tumba. Otros, en cambio, deben luchar mucho para alcanzarla.

Quizá existan más razones para la infelicidad, la desgracia y la tristeza que para la felicidad, la bienaventuranza y la alegría. Acceder a esto último supone, por consiguiente, cierto grado de fortuna y cierto nivel de valentía.

Puede que en su realidad más inmediata la vida sea un azar; lo cierto es que deberíamos asumirla como un don, como un regalo. Algo digno de ser vivido y de seguir reproduciendo. Algo digno de que los niños disfruten. Algo que hay que bendecir y preservar. Algo que hay que defender.

Una vez asumida la vida como un don precioso, como un regalo imponderable, todo lo demás es subsidiario, es puro estilo personal: alegría de hacer las cosas, alegría de respirar, alegría de soñar o de pensar, alegría de reír, alegría de amar, alegría de ser.

 

Tres ensayos de “Elogio de la felicidad”. California: Windmills Editions, 2014.

 

Jonathan Swift

EL ARTE DE LA MENTIRA POLÍTICA

 

SE NOS DICE que el diablo es el padre de las mentiras, y que fue una mentira desde un principio, de tal forma que, sin contradicciones, es un viejo invento y, lo que es más: el primer ensayo que de ella se hizo fue puramente político al emplearla en minar la autoridad de su príncipe y seducir la tercera parte de los súbditos y alejarlos de su obediencia. Por ello fue expulsado del cielo en el que (como dice Milton) había sido virrey de una gran provincia occidental, y obligado a gastar su talento en las regiones inferiores, entre otros espíritus caídos, hombres pobres y engañados, a los que todavía diariamente tienta a cometer su propio pecado, y lo hará por siempre, hasta que sea encadenado en el pozo sin fin.

Pero aunque el diablo sea el padre de las mentiras parece que, como otros grandes inventores, ha perdido mucho de su reputación por las continuas mejoras que se le han hecho.

Quién fue el primero que hizo de la mentira un arte y lo adaptó a la política, no lo dice la historia, aunque he realizado minuciosas investigaciones. Por ello lo consideraré solamente en el sistema moderno, como ha sido cultivado estos últimos veinte años en el sur de nuestra propia isla.

El poeta nos dice que después que los gigantes fueron expulsados por los dioses, la tierra, en venganza, dio a luz su último hijo: la fama. Y así se interpreta la fábula; que cuando se aquietan los tumultos y las sediciones, los rumores y las falsedades se propalan con abundancia por toda la nación. Así que de esta forma la mentira es el último consuelo de los innobles partidos políticos derrotados y rebeldes. Pero aquí los modernos han hecho grandes mejoras al aplicar este arte para ganar y preservar el poder, tanto coma en vengarse de que lo han perdido, así como los animales hacen uso del mismo instrumento para alimentarse cuando están hambrientos que para morder a quienes los amenazan.

Pero no en toda mentira política puede admitirse la misma genealogía, por lo tanto la refinaré aún más agregando algunas nociones sobre las circunstancias de su nacimiento y padres. Una mentira política nace a veces de la cabeza de un estadista descartado, y, entonces es entregado al populacho para que la alimente y mime. Algunas veces nace monstruosa y sólo más tarde se la pule hasta darle forma. Otras veces llega al mundo totalmente formada y al pulirla, la pierde. A menudo nace igual que todos los niños y hace

falta tiempo para que madure y a menudo ve la luz en su pleno desarrollo, pero se desvanece lentamente. Algunas veces es de noble origen y otras el fruto de un agiotista. Aquí grita con fuerza al abrirse la matriz, allá nace con un susurro. Yo conozco una mentira que ahora disturba la mitad del reino con su ruido del cual si ahora es demasiado grande y orgulloso para reconocer a sus propios padres, puedo recordar el quieto origen. Para concluir con la natividad de este monstruo: cuando viene al mundo sin aguijón es que ha nacido muerto, y cuando lo pierde, muere.

No es extraño que un infante de tan milagroso origen se encuentre destinado a grandes aventuras y, así, vemos que ha sido el espíritu guardián que ha prevalecido ya por cerca de veinte años. Puede conquistar reinos sin combate y, a veces, tras de haber perdido la batalla. Otorga y regresa empleos; puede convertir una montaña en un agujero de topo y hacer, de un agujero, una montaña; ha presidido por muchos años los comités electorales; puede convertir a un negro en blanco; hacer un santo de un ateo, un patriota de un libertino, dotar de inteligencia a los ministros extranjeros y hacer que suba o se derrumbe el crédito de la nación. Esta diosa vuela con un enorme espejo en las manos para engañar a la multitud y hacerlos ver, conforme lo hace girar, la ruina en su interés o su interés en la ruina. En este espejo veréis a vuestros mejores amigos arropados en trajes adornados con fleurs de lis y triples coronas, sus cintos tendrán cadenas y abalorios y calzarán zapatos de madera. Y vuestros peores enemigos estarán adornados con los emblemas de la libertad, la propiedad, la indulgencia, la moderación y llevarán un cuerno de abundancia en las manos.

Las grandes alas de la mentira, como las de los peces voladores, no le son de ninguna utilidad más que cuando se encuentran húmedas; y es por ello que continuamente las sumerge en el fango y, remontándose a lo alto, los distribuye en los ojos de la multitud, mientras vuela con gran suavidad. Pero en cada giro se ve obligada a descender a los sucios caminos y recoger nuevas provisiones.

Algunas veces he pensado que si un hombre poseyera el arte de una segunda visión para ver las mentiras, así como en Escocia la tienen para ver fantasmas, de qué manera admirable se divertiría en este pueblo al observar las diferentes formas, tamaños ycolores de los enjambres de mentiras que zumban alrededor de las cabezas de algunas gentes; o aquellas legiones que revolotean todas las tardes en las casas de moneda y que son suficientes para oscurecer el aire; o sobre un club de nobles descontentos, que después las envían para que se distribuyan en las elecciones.

Hay un punto esencial en el que la mentira política difiere de otras de la misma escuela, en que debe tener una memoria breve, lo que es necesario para que en cada hora pueda diferir de sí misma y jurar a los dos lados de una contradicción según convenga a las personas con las que tiene que tratar. Al describir los vicios y virtudes de la humanidad es conveniente tener presente alguna persona eminente de quien copiar la descripción. Yo he cumplido con esta regla estrictamente y en este momento mi imaginación recuerda a cierto gran hombre, famoso por su talento, a la práctica constante del cual le debe la vieja reputación de ser la más diestra cabeza en Inglaterra para la resolución de los asuntos complicados. La superioridad de su genio no consiste en otra cosa que en un fondo inagotable de mentiras políticas, que distribuye con largueza cada minuto que habla y que, por una generosidad sin paralelo, olvida, y consecuentemente contradice la siguiente media hora. Hasta ahora él no se ha detenido a considerar si una proposición es verdadera o falsa, sino si es conveniente en tal momento y para tal compañía el afirmarlo o negarlo; de tal forma que si creéis que interpretando todo cuanto dice lograreis clarificar su pensamiento, al igual que hacemos con los sueños, os encontrareis con todo lo contrario; tendréis que seguir buscando y os encontrareis igualmente desilusionados lo hayáis creído o no. El único remedio es suponer que habéis escuchado unos sonidos inarticulados y sin ningún significado, y además, esto le quitará el horror que podáis concebir al oír los juramentos con los que perpetuamente acompaña los extremos de cada oración; si bien, al mismo tiempo, creo que en justicia no puede acusársele de perjuro cuando invoca a Dios y a Cristo, porque es conocido públicamente que no cree en ninguno.

Alguien puede pensar que una habilidad como ésta no es de gran utilidad a su poseedor, o a su partido, después de que ha sido practicada a menudo y es ya notoria; pero aquí se equivocan del todo. Pocas mentiras llevan el sello del inventor, de tal forma que el más prostituido enemigo de la verdad puede regar un millar sin que se vea en él al autor. Más aún, así como el más vil de los escritores tiene sus lectores, así la más grande de las mentiras tiene sus creyentes; y sucede a menudo que si una mentira es creída por sólo una hora, ha realizado ya su tarea y no hay más tarde ocasión de desmentirla. La falsedad vuela mientras que la verdad llega cojeando penosamente tras ella, de manera que cuando los hombres llegan a desengañarse es ya tarde; la broma ha terminado y el cuento ha producido su efecto; como el hombre que ha pensado en una respuesta aguda cuando el discurso ha cambiado o elpúblico ha partido; o como el médico que encuentra una medicina infalible cuando el paciente ya ha muerto.

Considerando la disposición natural que tienen muchos hombres a mentir, y en las multitudes a creer, me he quedado perplejo al reflexionar sobre aquella máxima, tan frecuente en todas las bocas, de que a la larga vencerá la verdad. Aquí ha estado esta isla nuestra, yaciendo a causa del más grande partido político que hemos tenido en veinte años, bajo la influencia de tales personas y consejos cuyo principio e interés en corromper nuestras costumbres, cegar nuestro entendimiento, agotar nuestra salud y, con el tiempo, destruir nuestra constitución tanto en la iglesia como en el Estado, hasta que, finalmente, fuimos traídos hasta el borde mismo de la ruina; sin embargo, por medio de perpetuas falsedades, no hemos sido nunca capaces de distinguir entre nuestros amigos y enemigos. Hemos visto como una gran parte del dinero de la nación ha ido a parar a las manos de aquellos que por su nacimiento, educación y mérito no podían pretender nada mejor que llevar las libreas de nuestros criados; mientras que otros que, por su crédito, calidades y fortuna fueron solamente capaces de darle reputación y éxito a la revolución no sólo fueron dejados a un lado por peligrosos e inútiles, sino manchados por el escándalo de ser jacobinos, hombres de principios arbitrarios y pensionistas de Francia; mientras que la verdad, de la que se dice que yace en un pozo, parece enterrada ahora bajo un montón de piedras. Pero recuerdo que era una queja usual entre los whigs, que la mayor parte de los terratenientes no se encontraban de acuerdo con sus intereses, lo que algunos de los más sabios vieron como un mal agüero; y vimos que fue con la mayor de las dificultades que pudieron reservar para sí la mayoría, mientras que la corte y el ministerio se encontraban de acuerdo con el otro lado hasta que aprendieron aquellos admirables expedientes para decidir las elecciones e influir en los lejanos distritos desde la ciudad alegando poderosos motivos. Pero todo esto era mera fuerza y coacción sostenida. sin embargo, por elmás diestro artificio y administración, hasta que el pueblo empezó a comprender que sus propiedades, su religión y la monarquía misma se encontraban en peligro; cuando los vimos esperar vorazmente la primera ocasión para aprovecharse. Pero de este poderoso cambio en los ánimos del pueblo hablaré con más amplitud en algún trabajo futuro; en el que intentaré desengañadas o engañosas que esperan o pretenden que se trata de una breve locura en el vulgo de la que pronto ha de recobrarse; mientras que yo creo que aparecerá ser distinto en sus causas, síntomas y consecuencias y demostrará ser un gran ejemplo para ilustrar la máxima que mencionaba hace poco de que finalmente (aunque a veces demasiado tarde) prevalece la verdad.

 

(Trad. de Rafael Ruiz Harrell).

 

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Jean-Jacques Courtine

Arte de la mentira política de Jonathan Swift y John Arbuthnot

Mentira totalitaria, mentira democrática

¿Conserva este antiguo arte de la mentira política su pertinencia? Sí, sin ninguna duda. Su evidente actualidad permite suponer que existe una gran estabilidad en los usos políticos. La mentira de hoy se parece curiosamente a la del pasado. El autor supo entrever esta permanencia de la mentira política, pero no pudo predecirlo todo e imaginarse los notables progresos habidos desde su época en el arte de la saludable falsedad; los grandes descubrimientos, los continentes vírgenes desbrozados desde entonces. El panfleto describe en definitiva lo que no era sino una fase artesanal del disimulo: rumores, chismes, usos verbales, una acumulación y distribución primitivas de ruidos falaces, un entramado pre-moderno de la calumnia.

Pasados los tiempos de Swift, la mentira política logró hacer su propia revolución industrial: con el desarrollo de la prensa escrita, en el siglo XIX, dejó atrás la fase de la oralidad, se mecanizó y alcanzó así una sistematización y una difusión que Swift y sus amigos nunca podrían haber soñado. Pero no sería todo: en el siglo XX, la mentira política entró en la era de la producción y del consumo en masa. La mentira es hoy en día electrónica, instantánea, global; el producto de una organización racional y de una rigurosa división del trabajo: "un artículo estandarizado y uniforme es elaborado por disciplinados grupos de trabajadores; cada uno de ellos ejecuta una sola operación básica, y no realiza más que una parte ínfima del proceso de producción, no teniendo ninguna responsabilidad sobre el producto terminado; y si éste dura poco, tanto mejor: la obsolescencia instantánea es una de las grandes ventajas del nuevo arte de la mentira política".

El siglo XX fue el de una nueva era de la mentira, la tecnológica. Conoció, asimismo, la invención de unas formas inéditas de la ilusión política, unas formas enormes, inimaginables. Mentiras producidas a gran escala, por unas burocracias ante las cuales la "sociedad de mentirosos" soñada por el autor del panfleto se queda en una simple tribu primitiva o, mejor, una corporación medieval: no ya una cofradía de mentirosos sino un Ministerio de la Verdad enteramente dedicado, como supo vislumbrar George Orwell, a fabricar Mentira.

Aldeas indefensas sufren bombardeos aéreos, sus habitantes dispersos por los campos, el ganado ametrallado, las chozas arrasadas por las llamas incendiarias: esto se llama pacificación. Arrebatadas sus granjas, millones de campesinos son arrojados a los caminos llevándose tan sólo lo que puedan cargar: esto se llama traslado de poblaciones o rectificación de fronteras. Se encarcelan personas durante años sin juicio, o se les dispara en la nuca, o se les envía a morir a campos de trabajo del Ártico: esto se llama eliminación de elementos sospechosos.

No nos cansaremos de decirlo: nuestra época ha sido el siglo de oro de la mentira política, y nuestros coetáneos pueden incluso enorgullecerse por ello. Barridas las prudentes reservas y los escrúpulos que aún contenían al autor de nuestro opúsculo: la mentira totalitaria, en un paso decisivo, acabó modificando la naturaleza misma del lenguaje: la posibilidad de pensar la verdad y expresarla con palabras. Pero elarchipiélago de la "mentira desconcertante" acabó sucumbiendo, víctima de sus propias ambiciones. De haber leído la advertencia del Arte de la mentira política, habrían sabido que, si bien pretender procurar la felicidad de un pueblo aún en contra de su voluntad puede hacerse, resulta extremadamente pernicioso para una mentira que acabe creyéndose a sí misma verdadera. Trágico error: la brutalidad de la caída estuvo a la altura de la enormidad de las ambiciones. La ingratitud de los pueblos no conoce límites.

El Arte de la mentira política nos invita así a someter las mentiras de nuestros días a unas necesarias distinciones: debe diferenciarse la mentira totalitaria de las mentiras democráticas. La democrática es pluralista, no pretende ser exclusiva sino que coexiste, tolerante, con las de la competencia. Veamos un caso reciente: la V República francesa. Se pensó durante mucho tiempo que la mentira era, en Francia, un privilegio natural de la derecha. Pero, más allá de sus loables esfuerzos, no supo conservar esa exclusividad. La derecha perdió su monopolio de la mentira al igual que la izquierda perdió el suyo de la compasión y la virtud. Como dijera con acierto Tocqueville, la democracia acaba siempre igualando las condiciones. Abolidos todos los privilegios, la mentira se ha democratizado. Humilde, ya no aspira a perpetuarse en la historia. Ha tenido que aprender a coexistir. La mentira democrática es efímera, ecléctica, postmoderna. Liberada de las cortapisas morales de otrora, vivificada por una ética mínima e "indolora", la mentira se ha difundido sutilmente a lo largo y ancho de la vida pública. Se han conseguido así importantes progresos en la siempre delicada elaboración de "falsedades saludables": la distinción entre verdad y mentira resulta cada vez más compleja. ¿Información o intoxicación? Ya nadie sabe distinguirlas. Quizá nos estemos aproximando a ese estado ideal en el que el discurso político conseguirá, por fin, deshacerse de ese fantasma de la verdad, que cual atávico remordimiento a veces aún lo persigue.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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