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Edward Kennedy

LOS DERECHOS HUMANOS Y

LA POLÍTICA DE LOS ESTADOS UNIDOS

EN AMERICA LATINA

 

Los Estados Unidos debemos reafirmar, como interés vital de esta nación, nuestro histórico apoyo a los derechos humanos y a las causas humanitarias en América Latina y el resto del mundo. Fundada como nación de libertades, debemos reafirmar esta herencia y la imagen que nos hemos forjado de pueblo generoso. Cuando hemos perdido de vista esta perspectiva —como en Chile bajo la Junta, en Vietnam bajo Thieu o en Grecia bajo los coroneles—nuestra nación ha extraviado el rumbo.

Preservar nuestros intereses estratégicos, promover el bienestar económico, equilibrar fuerzas vitales: todo esto es insuficiente para una nación que pregona orgullosamente sus ideales. Debemos, además, reafirmar nuestra inquebrantable convicción en los derechos humanos y nuestro apoyo a su inviolabilidad.

Ahora se impone hacer esta reafirmación ante la oleada de denuncias que nos llegan sobre la represión en todo el mundo, sobre violaciones a los más fundamentales derechos a la vida y a la libertad en que incurren gobiernos de izquierda y derecha.

De hecho, y con harta frecuencia, tanto en América Latina como en otras partes, ha existido una contradicción entre la política estadounidense hacia naciones que flagrante y persistentemente violan las normas internacionales de los derechos humanos, y nuestra reiterada preocupación por la justicia individual. Si una nación es anticomunista y se muestra receptiva a la política exterior de los Estados Unidos, no es raro que pasemos por alto su falta de libertad o sus violaciones de los derechos humanos.

La angustia de una mujer que espera noticias de la policía secreta de la Junta chilena sobre si su marido está vivo o muerto; el sinfín de cartas suplicando la liberación de una prisión cubana de un hijo que un día fue joven; el patético éxodo de familias kurdas de Irak con sus pertenencias a cuestas; la interminable espera de una familia judía soviética que desea emigrar libremente: he aquí realidades que no podemos ignorar, independientemente de otros intereses.

Así como no podemos ignorar la injusticia en nuestro país, tampoco debemos adoptar una política de silencio cuando la advirtamos en otros pueblos. También éstos son humanos y también quieren vivir, ser libres y tener la opción de un futuro decoroso.

Creo que, como nación, los Estados Unidos tienen una responsabilidad para consigo mismos, para con nuestro concepto de lo que somos y lo que representamos. Para nosotros seguirá siendo fundamental levantar la voz en nombre de la humanidad, promover la causa de los derechos del hombre, restañar las heridas de la guerra y defender la libre expresión del espíritu humano.

Nuestro celo por los derechos y por el bienestar humano jamás se ha detenido en nuestras fronteras ni debemos consentir que se detenga ahora. Antes bien, debemos convertirlo en elemento básico de nuestra política exterior.

Por eso pienso que debemos luchar por la adopción de una nueva posición, por una relación formalmente correcta pero distinta, con los gobiernos que niegan a sus pueblos el derecho de gobernarse y que violan las normas reconocidas de los derechos humanos.

Concretamente, pienso que no se debería proporcionar ayuda militar a ningún gobierno que utilice las armas contra sus propios ciudadanos y que viole sistemáticamente las normas de los derechos humanos. El año pasado envié a Chile una misión de estudio del Subcomité de Refugiados del Senado, que presido. En ella participaron Ralph A. Dunga, ex-embajador de los Estados Unidos en Chile; John N. Plank, que fue experto en asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado; y Mark L. Schneider, de mi equipo de trabajo.

Esta misión —contrariamente a las reiteradas afirmaciones hechas por el gobierno chileno y sus representantes—llegó a la conclusión de que en Chile había un sistemático, flagrante y continuo menoscabo de los derechos del hombre. Comprobó que había arrestos arbitrarios y detenciones por tiempo indefinido sin cargo alguno. De acuerdo con las estadísticas de la Junta, en el momento del viaje estaban detenidas unas seis mil personas. Otras fuentes señalaban la existencia adicional de personas arrestadas en cárceles improvisadas, distribuidas por todo el país. Actualmente, se calcula que varios miles de personas fueron detenidas, encarceladas o condenadas sumariamente.

La misión de estudio también tomó nota de que se había suspendido el recurso de habeos corpus chileno; que seguía la tortura y el mal trato a los prisioneros; que algunos prisioneros habían permanecido incomunicados durante varios meses; que a otros se les había permitido ver a su familia en forma más o menos regular aunque brevemente; que la mayoría jamás había tenido la oportunidad de consultar a un abogado; que en todos los casos se habían restringido los procesos legales y que en otros simplemente no habían existido; que no había libertad de prensa; que muchos miles de personas habían sido despedidas arbitrariamente, tanto de puestos públicos como privados, por sus ideas políticas; y que a los sindicatos se les había prohibido declarar huelgas y limitado el ejercicio de sus actividades normales.

La misión de estudio también tomó nota de que se había clausurado el Congreso, mutilado la Constitución, abolido o suspendido los partidos políticos y que crecía el número de refugiados chilenos en los países vecinos.

Posteriormente, luego que múltiples organismos internacionales llegaron también a las mismas conclusiones, la Comisión Investigadora sobre Derechos Humanos envió sus propios investigadores a Chile.

En su informe, la Comisión llegó a la conclusión, después de examinar numerosas quejas y documentos, y haber realizado su propia investigación en Chile, de que el actual régimen chileno "ha violado repetidamente los derechos consignados en los Artículos I, II, IV, VIII, XVII, XXV, y XXVI de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre".

La Comisión comprobó que la Junta violaba el derecho a la vida, que por largos períodos ha habido torturas, apremios y tratos inhumanos, incluyendo la aplicación de choques eléctricos, amenazas a parientes, ataques sexuales y vendaje de ojos de los presos por largos períodos. Comprobó la violación de los procesos legales; la inexistencia de la libertad de expresión, pensamiento o información; la suspensión del derecho de reunión y de asociación; la ausencia de igual trato ante la ley así como la abolición de todos los derechos políticos.

Por tales motivos, presenté ante el Senado de los Estados Unidos una propuesta para negar toda ayuda militar al actual gobierno de Chile. Su persistente trayectoria de torturas y represión; su condena en los dictámenes de múltiples organismos internacionales; su negativa de aceptar la visita de la Comisión sobre Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el pasado mes de julio, todos estos hechos justifican la suspensión de la ayuda militar a ese gobierno.

De igual modo, si debe haber alguna distinción entre naciones al otorgarse asistencia económica bilateral, la mayor parte de esa asistencia debe destinarse a las naciones que se esfuerzan por impartir mayor justicia a sus pueblos.

Al proceder de esta manera, no lo haríamos con el afán de intervenir o de imponer a los demás las normas de conducta que consideramos adecuadas sino porque tenemos la responsabilidad ante nuestra propia República de actuar, en política exterior, conforme a nuestros ideales. Muchas veces —demasiadas, quizá—hemos hecho lo contrario. Ha llegado el momento de cambiar.

Los Estados Unidos y otros gobiernos preocupados por los derechos humanos, pueden hacer mucho al respecto en este continente. Debemos procurar que se ratifique la Convención Americana sobre Derechos Humanos. Debemos reforzar la Comisión Interamericana sobre Derechos Humanos, aumentando sus fondos y difundiendo sus actividades. Un financiamiento más adecuado facilitará a la Comisión llegar a conclusiones y hacer recomendaciones. Considerando los recursos con que ha contado, la Comisión ha realizado una encomiable labor.

Es nuestra obligación apoyar sus esfuerzos y hacer pública la negativa de otras naciones —por ejemplo, Brasil y Cuba—a colaborar con ella. Debemos fortalecer la conciencia pública de esta causa en los Estados Unidos y en otras naciones del continente.

Debemos adoptar como norma de conducta las palabras de Benito Juárez: "Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz".

 

Publicado en El fascismo en América, nueva política, número 1, enero-marzo de 1976.

 


 

Malcolm Cowley

LO ESENCIAL EN LAS MEMORIAS

A veces cuesta trabajo sostener la distinción entre lo ficticio y lo no ficticio en el amplio campo de lo que podría llamarse literatura de memorias. Tanto el biógrafo como el novelista autobiográfico tratan de imponer una forma a los acontecimientos que se ofrecen en una secuencia; los dos narran historias. Ambos tienen como material su experiencia personal y el conocimiento acumulado –en otras palabras, sus recuerdos–. La diferencia está en que el novelista se siente en libertad para mezclar los recuerdos provenientes de distintas fuentes e incluso para relatar acontecimientos que nunca sucedieron. El memorialista es más humilde al aceptar “lo que sucedió” como guía para lo que escribirá. Tal vez siente que la vida misma es la fuente de todos los buenos relatos y que su problema central es de reconocimiento e interpretación más que de invención.

Sin embargo, a veces la diferencia entre las memorias ficticias y las no ficticias parece ser principalmente una cuestión de pronombres. El verdadero memorialista dice “yo” o “nosotros”; el novelista dice con más frecuencia “él” o “ella”, y cuando habla en primera persona por lo común presenta los pensamientos de algún personaje imaginario. Pero las salvedades vuelven más confusas las generalizaciones sobre los pronombres. Dos de las mejores autobiografías de Estados Unidos –Ushant de Conrad Aiken y The Education of Henry Adams– son narraciones en tercera persona; Aiken se refiere a sí mismo como “D” –o Demarest– mientras que Adams siempre es “él”.

¿Hay otros elementos de ficción en estos dos libros de memorias ejemplares? Cuando se relee The Education no se puede pasar por alto que los episodios importantes en la vida de Adams –su matrimonio, sobre todo– se omitieron de la narración. Su versión de cada acontecimiento es “la verdad” hasta donde él puede darla, pero hizo una selección entre los acontecimientos reales para darle al libro una forma novelística. De hecho, se puede leer como novela –mejor, de paso, que la supuesta novela de Dreiser The Genius, la cual también era la obra de un autor que contemplaba el pasado de su carrera y trataba de recuperar la esencia de lo sucedido.

Las cualidades específicas de los libros de memorias, pretendan o no ser novelas, depende en gran medida del periodo de vida en que fueron escritos. Con frecuencia tratan sobre la juventud, y se escriben antes de que el autor acumule la experiencia suficiente para hablar con autoridad. Pocos de esos libros tienen la vitalidad y la inmediatez que se habría perdido si el autor hubiera esperado unos cuantos años; un ejemplo ilustre es The Sun Also Rises, que se publicó cuando Hemingway tenía 27 años. John Glassco escribió casi todas sus Memoirs of Montparnasse antes de los treinta y las terminó mucho tiempo después. El libro debe leerse y acreditarse como la más dramática entre las numerosas narraciones que tratan sobre París en la década de los veinte. Pero estos dos libros son excepciones a la regla según la cual la mayoría de las memorias se escriben demasiado rápido. Aparecen –o no aparecen–como primeras novelas que podrían compartir el mismo título: La educación de (añádase el nombre del autor). Por lo común la historia que cuentan es la de su conversión de mero tonto en idiota.

Las memorias escritas en la madurez merecen, y es probable que encuentren, más lectores, porque para entonces el autor ya acumuló un arsenal más rico de recuerdos. Puede elegir entre ellos, después de pensarlo, o puede probar simplemente su subconsciente: lo que esté ahí de vida intensa será lo que le haga falta, y tal vez lo que necesita el mundo. El autor maduro pudo alcanzar también un grado superior de autoconciencia, y éste es uno de los parámetros, tal vez sea el principal de los parámetros, con el que deben juzgarse unas memorias. Al mismo tiempo el autor conserva la suficiente vitalidad animal para trabajar duro y prolongadamente en el tema de su elección.

El anciano descubre que uno de sus dones perdidos es la vitalidad animal. Tengo que decir esto al hablar de las memorias que se escriben en la vejez, un tema que está cerca de mis preocupaciones actuales. Casi desde el principio fui un escritor de memorias; incluso mi primer libro de poesía, Blue Juanita, tenía algo de memorias. Mi primer libro en prosa, Exile’s Return, empezaba como una memoria personal, aunque después, en el trayecto de la escritura y la revisión, se convirtió en algo próximo a una novela colectiva sobre los miembros del grupo literario de mi edad. Hoy quisiera escribir de nuevo con la misma y confiada facilidad.

Como a intervalos seguí trabajando en este terreno durante medio siglo, encuentro que el anciano o la anciana que se ponen a escribir sus memorias cargan con problemas especiales, entre los cuales la falta de energía no es el mayor de todos. Peor aflicción es que algunos de sus recuerdos no son tan claros o no tienen la riqueza de detalles que los caracterizaba cuando apenas se era un septuagenario. Pero los detalles se pueden recobrar si uno persevera; existen cartas y diarios que se pueden consultar y melodías que le pasan a uno por la cabeza, que sugieren una atmósfera del ayer. Mientras tanto, uno descubre que el memorialista anciano cuenta con unas cuantas ventajas reales y sorprendentes frente a sus rivales más jóvenes. Tal vez la mayor sea que él sabe exactamente lo que quiere hacer, es decir: palear el cascajo acumulado a lo largo de los años y descubrir debajo la verdadera configuración e historia de su propia persona.

En el transcurso de mi propia búsqueda a través y por debajo de los recuerdos, he tratado de hallar lo que Kenneth Burke, el más viejo de mis amigos, solía llamar los parteaguas, esto es, las escenas o los episodios después de los cuales los pensamientos de uno siguieron una trayectoria diferente. Uno de esos momentos se dio cuando yo tenía 14 años. Estaba solo en la ribera oriente del Mississippi en Quincy, Illinois, en donde vivía mi abuela. El río tenía una milla de ancho y de una a otra ribera la corriente pasaba frente a mí con firmeza, sin titubeos. A unas cien yardas de la orilla un tronco surgía y desaparecía en la superficie del agua conforme lo arrastraba la corriente. La escena me cautivó, no sé por qué, y después soñé con ella. En el sueño yo me había convertido en ese tronco, pero de algún modo el tronco tenía ojos para observar lo que sucedía en la orilla. Tiempo después, mucho tiempo después, llegué a sentir que había encontrado una metáfora guía. El río era la historia y todos nosotros estábamos involucrados en ella como objetos que iban sobre su inquieta superficie móvil. La corriente nunca iría de regreso. Sólo estábamos en libertad para hacernos más conscientes del espectáculo en su desenvolvimiento.

Esa fue una de las percepciones subyacentes, y hubo otras. Mi padre era una persona religiosa, un swedenborguiano con una gran fe en la sabiduría de la Divina Providencia; para él todo lo que sucedía era parte del designio de Dios. Yo acepté esa fe durante un tiempo, como todos los niños, pero luego la abandoné poco a poco. Parcial e instintivamente la reemplacé con otra fe, esta vez en la naturaleza o en la comunidad humana. No estaba seguro cómo llamarla. Cualquiera que fuera su carácter, había una fuerza al margen de nosotros que se encargaba de las cosas en su modo secreto y dilatorio. No tenía sentido que una persona fuera sumamente ambiciosa. Si en nuestro interior existían las capacidades, éstas se mostrarían en el transcurso de los años y la gente las reconocería: “Pasamos por lo que somos”, escribió Emerson. Si dentro de nosotros había poco, más valía aceptar la situación y vivir con ella.

No hace mucho tiempo, según se llega a reconocer al tiempo, oía que los estudiantes universitarios se preguntaban con frecuencia: “¿Quién soy?” En esos días les preocupaba genuinamente la pregunta por sus identidades personales. Yo los escuchaba con simpatía, y también con algo de desdén. “Cuando yo tenía la edad de ustedes”, me daban ganas de decirles, pero no lo hice, “yo sabía muy bien quién era yo”. Ahora no estoy tan seguro. Como ya tengo 85 años, la pregunta vuelve a mí, aunque de un modo ligeramente distinto: “¿Quién era yo?”, y la respuesta no siempre es lo que yo esperaba. Hasta 1930 me había considerado representante de una nueva generación en las letras de Estados Unidos, uno entre muchos, y además como un joven sin cualidades especiales. Yo no fui un dirigente, no fui un promotor, ni un actor en los grandes acontecimientos de nuestro tiempo; fui sobre todo un observador y un consignador. Escuchaba y recordaba sin tratar de imponerles a otros mis opiniones. Sin embargo, existe la posibilidad de que yo fuera un personaje más singular de lo que sospechaba en aquel tiempo. Escribiría sobre mí mismo en el prefacio de un libro reciente. The Dream of the Golden Mountains:

Y ese autor, ese observador que trata de ser franco en cuanto a sí mismo, ¿qué tipo de persona era en la década de los treinta? Si uno lo ve entonces parece menos típico, incluso para los de su edad, de lo que él se creía. Seguía siendo un muchacho del campo después de pasar la mayor parte de su vida en las ciudades; tenía las manos toscas de un granjero. Vele las manos si tienes oportunidad, le escribió a su amigo Edmund Wilson aquel hombre de cartas elegantes, John Pale Bishop. “El niño yuntero del mundo occidental que ha estado en París”. El yuntero aceptaba que era reservado, crédulo, tosco o exuberante por momentos, y por lo general persistente –¿o lo llamarías terco? –. Nunca olvidó que venía de gente sin pretensiones, que ni siquiera eran miembros de la respetable clase media. Era lento al hablar y tenía los prolongados silencios de la gente del campo, aunque no era lento de entendimiento; la gente se engañaba a veces. Revisaba mentalmente sus palabras, a menudo hasta que se pasaba el momento de decirlas. Tal vez se le podría llamar un artesano de las palabras que trabaja en su fragua y en su yunque, martillando sus pensamientos en lo que esperaba que fueran formas duraderas.

Ese era Malcolm Cowley en 1930 –hasta donde se puede reconstruir su personaje de memoria y, cuando falla la memoria, a partir de registros escritos y completados por las impresiones de los amigos sobrevivientes–; yo le doy la bienvenida. Buscar el pasado de uno mismo es una ocupación fascinante y acaso apropiada para el memorialista de edad; está entre los privilegios que en parte compensan sus desventajas. En años anteriores él estuvo muy ocupado viviendo entre otros para pensar mucho en sí mismo, pero ahora por fin tiene una oportunidad, aunque no siempre el tiempo, para descubrir la configuración de su vida. Cuenta con la perspectiva de los años, en la cual los acontecimientos cruciales siguen destacando, al mismo tiempo que mucho de lo trivial se desvanece en el fondo. Acaso ha adquirido el útil sentimiento de que vivió en la historia.

Todas éstas son las ventajas de que goza el memorialista de más edad, si es que las puede aprovechar. También tiene la libertad de escribir con una franqueza perfecta, recordando –como está obligado a hacerlo a cada momento– que no tiene nada que perder al decir la verdad. Siente que toda vida humana es un drama, breve o prolongado, y diferente en detalle de todas las demás vidas humanas. Sin embargo, la diferencia no es absoluta. Si los contornos del drama fueron expuestos con claridad, si el protagonista se mostró fielmente, entonces otros reconocerán sus propios rasgos en el retrato. Cada hombre, cada mujer, no son sólo una persona sino también representantes de la época en que vivieron. Un anciano puede citar ese principio como justificación final por la búsqueda de una configuración para su propia vida.

De modo que yo sigo investigando. Derecho en una silla o tirado en la cama, trato de leer el libro de mis días. Hace mucho tiempo, un aprendiz me puso en letras de imprenta, con errores grandes y pequeños. Después dejaron ese libro a la intemperie y le pegó el sol y le llovió encima. Muchas palabras están borrosas. Páginas completas, capítulos enteros se desprendieron de la encuadernación y están puestos en otro lugar. Me cuesta trabajo reconstruir esos capítulos, cuando descubro con frecuencia que preferiría olvidarlos pero, aun así, persisto. Esta ocupación, realizada en silencio (ni siquiera muevo los ojos al dar la vuelta a la página imaginaria), me absorbe más que la Lectura de cualquier libro publicado. Cuando llegue al último capítulo, ¿qué habré de encontrar: una obra de teatro, un ensayo, una novela, incluso una serie de novelas? En cualquier caso habré leído un relato en palabras que aún no han sido escritas, un relato que es largo, confuso en apariencia, pero que sigue teniendo un principio, una parte media y un final ordenados por la naturaleza o la biología. Habré descubierto o develado una configuración en el tiempo. Habré revelado para mí una persona que es posiblemente mi verdadero Yo. ¿Qué sucedería si resultara ser tan sólo un costal relleno de paja y que en lugar de cara tiene los rasgos pintados encima? En ese caso seguiría siendo útil para alejar a los mirlos de mi jardín secreto.

 


 

Manu de Ordoñana

LA CRÍTICA LITERARIA

 

Es posible que la figura del crítico literario independiente vaya a desaparecer para siempre. Las páginas culturales de los periódicos y las revistas especializadas se acercan cada vez más a una guía de novedades o un boletín de noticias, en las que privan los intereses de la industria editorial. Salvo excepciones cabales, las reseñas literarias se ocupan de los mismos títulos, lo que induce a sospechar que detrás hay algún interés de no sé qué naturaleza. Rara vez aparece una mención a un escritor desconocido que apunta talento. Para eso hace falta tiempo y ser un poco rebelde.

Verdad es que la prensa escrita, su medio de comunicación por excelencia, atraviesa un mal momento. Sufre una crisis profunda que viene de lejos… desde que los periodistas consintieron en convertirse en “empleados” de los grupos mediáticos, sometidos a la presión de los poderes políticos que cubrían sus enormes déficits financieros a base de ayudas y subvenciones. Algunos de ellos se prostituyeron por unos salarios de escándalo, nunca vistos hasta el momento, perdiendo así su capacidad para informar libremente y defender la democracia. Y no parece que la cosa tenga vuelta atrás. En todo caso, algo podría mejorar si se consolida la apuesta de los grupos multinacionales por el control de los medios de comunicación. No es la mejor solución, pero me fío más de ellos que de los otros.

También es verdad que el número de autores que hoy acceden a publicar un libro es muy superior al de hace cuarenta años —en ese sentido, habríamos de entonar un tedeum—, siquiera sea por satisfacer su ego. Si a eso se añade la pluralidad de espacios en la web, se entiende que el crítico se haya transformado en simple comentarista que recoge la opinión de lo que tiene más a mano: notas de prensa, la sinopsis en la contraportada o el contenido del primer artículo que encuentra sobre la obra en Internet. Me pregunto si no habrá incluso alguno que haya escrito una reseña sin haber leído la obra…

Una reseña literaria es la presentación razonada de la opinión que el crítico extrae de un libro, lo que dice en cada momento y cómo lo dice, con citas a las escenas más importantes y la intención del autor en cada una de ellas. Su objetivo es valorarlo para que el público decida si vale la pena leerlo o no, para lo cual suele incorporar al final una reflexión sobre la totalidad de la obra y su influencia en el medio social en que se desarrolla.

Según el poeta norteamericano Robert Pinsky (New Jersey, 1940), las reglas a que debe someterse toda crítica literaria son sólo tres:

1.- La reseña debe decir cuál es el tema del libro.

2.- La reseña debe decir lo que el autor piensa sobre el tema del libro.

3.- La reseña debe decir lo que el crítico piensa sobre lo que el autor del libro dice sobre el tema del libro.

En tiempos pasados, ejercieron su profesión verdaderos maestros del género. Hoy ya quedan menos. Y es que hacer una reseña literaria como la que hizo Miguel Méndez Hernández sobre La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, no está al alcance de cualquiera. Es un trabajo complejo que exige una sólida formación intelectual, asociada a una erudición particular sobre la obra que analiza y el entorno que la rodea. Sólo así es posible descubrir la esencia de un escritor y las señas personales que lo caracterizan. Y luego escribirla con prosa concisa y elegante, para salir airoso del trance. Porque si no… como el burlador burlado. ¡Qué divertido es ponerle los cuernos al tenorio!

Conocida es la definición de E. R. Curtius (Alsacia, 1886 – Roma, 1956): “Crítica es la literatura de la literatura”. Lo dijo Rafael Altamira (Alicante, 1866 – México, 1951) en 1907: “Lo que más importa en la crítica no es el juicio de la obra, sino lo que acerca de ella se le ocurre a un hombre de talento, de ingenio, que hace arte con motivo de una obra ajena”. Y más tarde José Antonio Maravall (Játiva, 1911 – Madrid, 1986) en 1933: “Al nuevo crítico no le interesa ni escribir anuncios, ni emitir fallos… Juzga para ser juzgado, se coloca frente a los demás, quiere hacer gravitar toda la atención hacia él y lo criticado no es sino un pretexto”.

Siempre he admirado a esos articulistas de periódico que se atreven a juzgar acontecimientos de la vida diaria —incluso algo tan pedestre como un partido de fútbol— a los que sus lectores tienen acceso y pueden formar opinión propia. Su criterio ha de ser firme y persuasivo, para ser bien recibido, sin provocar rechazo, aun discrepando. Un oficio complicado que requiere poseer atributos de genio.

Un genio que además ha de ser ecuánime, estar libre de prejuicios y redimido de esa malevolencia que a menudo acompaña a los seres doctos cuando juzgan a un colega. Es pedir demasiado. Una generosidad tal no es propia del ser humano, y menos si el censor posee vocación literaria, muchas veces, insatisfecha, como le ocurre con frecuencia al crítico. Por eso, decía al principio que su papel se ha devaluado, aunque todavía quedan algunos que realizan su trabajo con pericia y libertad.

Libertad tanto para ensalzar una obra como para malograrla. De hecho, según el diccionario de María Moliner, criticar es expresar un juicio desfavorable, decir faltas o defectos de una persona, de una actuación o de una obra. Comentaba Rodríguez Rivero que a los escritores les encantan las reseñas positivas de sus libros, pero nunca con la intensidad con la que detestan y les enfadan las negativas. Las primeras halagan, pero se olvidan pronto; las segundas producen heridas que tardan en cicatrizar.

¿Qué habrá pensado García Márquez tras leer la crítica que hizo Coetzee —también Premio Nobel en el año 2003— de su última novela “Memoria de mis putas tristes”, publicada en 2004? Merece la pena leerlo por lo mucho que enseña de literatura. No es un varapalo, sólo un reproche de guante blanco: “En comparación con el resto de los textos de García Márquez, Memoria de mis putas tristes no es un gran logro”.

Quizá uno sea víctima de ciertas aprensiones, pero me resisto a leer esas esquelas de libros que aparecen en los suplementos dominicales, insertadas en recuadros igualitos, con la imagen de la portada y los datos relevantes en cabecera y, debajo, un texto explicativo, generalmente banal y siempre laudatorio, siguiendo un modelo prefabricado, parecido al esquema que aprendimos en el colegio para comentar las obras clásicas de la literatura.

Hasta hace poco, recomendar libros era tarea que correspondía al librero y al crítico literario. Hoy ya no tanto. El lector ha perdido la confianza en los medios tradicionales y prefiere esa opinión anónima que le proporciona Internet. Surge así la autoridad del prescriptor cultural que, sin tantas pretensiones estéticas, sugiere títulos alternativos a los best sellers que todo el mundo conoce, en portales digitales de diferente pelaje: blogs especializados, revistas literarias, foros de comunicación y redes sociales.

Pero el nuevo “gurú” se ha transformado, ha cambiado la forma de comunicar, se ha adaptado a las condiciones que impone Internet. Un texto breve y conciso para exponer el núcleo fundamental de la obra, quizá una simple palabra abstracta —que compendia el mensaje que el autor pretende transmitir—, acompañada de unos cuantos adjetivos bien escogidos, puede ser suficiente para despertar la curiosidad del lector moderno. En el estruendo silente de las redes sociales, la paternal figura del crítico literario caerá en el olvido, sin ninguna misericordia. Total, ¿para qué? Si ya no se escriben novelas…

Decía Baroja que, en la primera mitad del siglo XX, no se ha publicado una novela sugestiva. Y luego añadía: “Yo creo que ya no se harán nunca novelas sugestivas, porque no hay ambiente. Está todo demasiado claro. No hay misterio y yo creo que debe haber misterio en el hombre o en el ambiente”. Y acertó, al menos en el ámbito europeo. No así en el latinoamericano, donde apareció más tarde una hornada de escritores que supieron transmitir la magia y el misterio de una sociedad que no ha olvidado sus orígenes. Si el lector quiere profundizar, Carlos Fuentes (Panamá, 1928 – México, 2012) escribió en 2011 una lección magistral que tituló La gran novela latinoamericana (Santillana, 2011).

 

Publicado en Ser escritor (17-07-2014).

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