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Eleazar Plaza

EL ETERNO

 

Quizás se necesite mucho papel y más de 100 volúmenes, muchos terabytes de contenido en internet, para compendiar las anécdotas de los amigos de Elmo Valencia. Hace un par de días Óscar Olarte nos hizo una breve semblanza del poeta, nos entretuvo una hora con sus minutos a William Aulestia y a quien firma este comentario, y destacó su espíritu de muchacho, su inagotable sentido del humor y sus payasadas. Manifestó que Elmonje Loco, como le llamaban sus amigos, le había confesado que se sentía solo y triste en aquel ancianato. Dos meses vivió en ese lugar antes recibir la visita de la muerte. Cuatro meses atrás había ido a buscarlo con Carlos Gómez, con llamada previa, pero la dirección no coincidía, hasta que nos dio por buscar en una calle paralela y allí era. Elmo contestó la llamada por celular y dijo que estaba acostado. Prometí volver otro día. Cuando pasaba por el restaurante de la carrera sexta me daba por girar la cabeza a la derecha para buscarlo entre los comensales, me enfocaba en la mesa donde se hallaba almorzando la última vez. Fue Hernando Guerra quien me llamó el día de su muerte para comunicarme el fatal suceso. La noticia se regó inmediatamente en la prensa y en internet. Ese mismo día por la noche fuimos al velorio con Jorge Ordóñez y saludamos a Stephen, su hijo, a una prima y otros familiares, entramos al fondo de la capilla y firmamos el libro de visitas. El féretro estaba sellado. Salimos a socializar con los deudos. A un costado de la capilla donde velaban al poeta, un enjambre de murciélagos revoloteaba en las ramas frondosas de un algarrobo. Parecía el jolgorio de pájaros infantiles que aprendían a volar y también parecía la despedida alocada de amigos recientes del poeta, ángeles negros que se burlaban de la muerte. No hacía falta utilizar filtros para inventar la noche tenebrosa, para suscitar suspenso y temores en el público cautivo, el vuelo alborotado de los animaluchos del gótico rompían la aparente quietud y el mutismo del ancianato.

El lugar donde se encontraba el cuerpo del poeta era inmenso, se veía que sus gestores no tuvieron noción de mezquindad y quisieron oponerse a la estrechez dominante en el estilo de vida actual. El camino de entrada era ancho, el parqueadero espacioso como para un centenar de carros, la zona verde generosa, como una cancha de fútbol, y una hilera de árboles robustos le daban un tono tenebroso al lugar, todavía más por las sombras de la noche. Las piezas habitadas por los caballeros de la tercera edad, personas en situación de abandono, hombres y mujeres desamparados, gente completamente sola o que se sentía expulsada del mundo, eran amplias y bien iluminadas. De esta manera podían retratarse en el espejo como pacientes terminales del ancianato (Geriátrico San Miguel se leía en una placa) y esperar tranquilos la muerte, sin el estrés que produce la sensación de encierro. La mayoría de viviendas mostraba la presencia de visitantes y por la edad de los mismos podía inferirse que los internos se acompañaban mutuamente para repeler la soledad y el asedio de las parcas. Viéndolo bien, el ancianato San Miguel era el sitio perfecto para un thriller perfecto sobre la muerte del poeta. Y de hecho tenía un aire familiar, una atmósfera similar a Carne de tu carne, Pura sangre o La mansión de Araucaima, pero solo la atmósfera porque bien sabemos que estas películas son balbuceos cinematográficos de gente caleña. Por sus características el ancianato pudo haber sido el escenario de Cul de sac o El resplandor, películas provistas de una narrativa tensionante gracias a su dramaturgia. En realidad, un director inteligente que viera las visitas que intercambiaban los inquilinos del Hades, prescindiría de la sapiencia de su personal especializado en imagen, llámese escenógrafo, camarógrafo o fotógrafo, o de la habilidad del guionista para elucubrar el diálogo.

A Elmo Valencia le gustaba la narrativa, la ficción de la vida en desarrollo, más que las evocaciones del pasado. Es decir, prefería la inventiva de la imaginación antes que la artesanía del recuerdo. Y eso que era un hombre de andar recordando. Más de la mitad de sus conversaciones se referían a eventos del pasado y los nombres que más mencionaba eran Jota, Gonzalo y Allen Ginsberg, este último completo, pues nunca le escuché decir Allen o Ginsberg por separado. Muchas veces repitió exactamente situaciones vividas con el presidente Alfonso López de quien fue secretario. Pero esta afición por la anécdota se esfumaba cuando aparecía en escena el duende de la narrativa. Aunque Hugo García tuviera Islanada como su libro de cabecera, Elmo parecía dudar de la calidad de su novela. No era un hombre empecinado en defender su trabajo a capa y espada. En una ocasión llegó al apartamento diciendo “me encontré con Zamorano y me dijo que había leído El cielo de Paris, me prometió hacer una reedición pero que necesita mejoras”. Las necesita, pensé. Le dije “tengo al editor”. Pasaron los meses y los años y nunca hablamos con Zamorano. Incluso me había adelantado haciéndole una modificación al primer párrafo como prueba del efecto que produce el trabajo de edición en novelas abortadas. El mismo Jotamario señala en el prólogo que la novela presenta problemas estructurales. Como pocos escritores Elmo reconocía la importancia de la edición, la cirugía del texto o la filigrana de la composición literaria, frases con las que promocionaba este oficio desconocido en la cultura caleña. Lo que hace Feriva es corrección de estilo, le decía, lo que hace Villegas es fotografía, lo que imprime tal o cual editorial es fama. Andrés Caicedo tuvo que abrirse camino solo, sin editor, sin agente literario, o quizás con la ayuda de Fernando Garavito, buen lector. Gabo fue descubierto en Argentina. Logoi  fue publicado en México en 1983 y pese a la consagración de Vallejo como novelista, siete lustros después, no es texto en colegios y universidades.

Solo tenía Islanada pero con el tiempo fui leyendo otros títulos que traía el poeta de Bogotá, ediciones bien cuidadas de editoriales grandes y sus ediciones artesanales del propio bolsillo, digitadas, impresas y encuadernadas por una joven que era al mismo tiempo su secretaria, su asistente editorial y su albacea literaria. En una ocasión llamé al celular de Elmo desde un hotel de La Candelaria. No contestó. Llamé al celular que aparecía en los libros. Tampoco me contestaron. Dejé un mensaje. Al siguiente día recibí la llamada de la joven (parecía veintiañera por el timbre de su voz), pero estaba viajando hacia Tunja. De todos modos, me prometió trasmitir el mensaje de saludo. Nunca me vi con el poeta en la capital, nunca fuimos a mirar libros ni a tomar un tinto a una cafetería tradicional. Todo sucedió en Cali. Así como a Hernando Guerra, le anunciaba un viaje inminente a Bogotá pero éste se postergaba una y otra vez. El interés de Elmo tiraba hacia la literatura y con el tiempo era lo que nos acercaba, este tipo de interés no conoce límites. Cual lector de biblioteca pública, llegaba a mi casa y revisaba autores y títulos en la estantería, sacaba un incunable y lo leía por partes. Lo dejaba en la mesa y cuando volvía reanudaba su lectura. Nos regalábamos libros. Dos últimos libros recibidos fueron una antología surrealista impresa en Venezuela y una edición de Calzadilla, poeta venezolano, publicada por Eafit. Sin embargo, Elmo no era libresco, era un poeta de la vida.

Conocí a Elmo ya viejo, tendría setenta años, a través de una amiga muy querida con estudios de maestría y vocación política. La amiga insistía en sus candidaturas con diferentes agrupaciones sin alcanzar los votos necesarios para llegar al poder. La habíamos visto como candidata al Concejo de Cali por la ASI, a la Asamblea del Valle por el Polo y nuevamente a la Asamblea por el partido de la U. “Vení con el Monje”, me dijo ella en la recta final de la campaña de 2015 y me dio las coordenadas del restaurante donde se reunirían los candidatos, sus patrocinadores y seguidores. El negocio en el barrio La Merced, en el norte de Cali, estaba vacío, había unas quince personas que no se sabía si eran seguidoras de la campaña o clientes habituales. “La gente no cree en la política”, pensé, pero a los pocos minutos, en menos de lo que canta un gallo, el restaurante se llenó de pueblo, de líderes populares, personalidades de la academia y viejos zorros de la política, en su mayoría sancionados, destituidos o condenados. Aquella vez, como tantas otras, Elmo fue el centro de atención por un rato, con saludos y homenajes, aplausos y micrófonos para que dijera unas palabras. Eran los anfitriones Roy Barreras junior, la amiga con maestría y una amiga de la amiga, que contra todo pronóstico salió elegida concejal para el período 2016-2019. Me hice ilusiones con el resultado electoral. Creí que cambiaría la suerte del poeta y la misma amiga política creyó que saldría algo en el Concejo, un contrato, un proyecto o una pensión. Decían que había una ley que otorgaba pensión a los artistas de Colombia con mayoría de edad, o sea, viejos. Elmo tuvo que volver a Cali por recomendación del médico, mejor aún, así podía apersonarse en la reclamación de sus derechos. No pasó nada, el mismo final de la crónica anunciada “y fueron felices para toda la vida”. Lástima, una vez instalada en el cabildo municipal, la concejala no tuvo rigor ni vigor para solicitar al ordenador del gasto que pagara a Elmo unos recitales, unos talleres o la publicación de sus libros.

Con el tiempo llegué a pensar que la amistad con Elmo estuvo mediada por ciertos escritos iconoclastas y parodias publicados en el periódico El Arte o en Arte y parte. Descubrí que estos subgéneros eran recurrentes en la creación literaria elmodiana y que, excepto los retruécanos constantes en su vida y obra, juegos de palabras sin los cuales el nadaísmo desaparece como tal, teníamos en común una pelea casada con los dioses. Durante veinte años vi al mismo Elmo, viejo como Matusalén, eterno como el espacio-tiempo. Pero en el último año lo vi envejecer en forma acelerada, entre agosto de 2016 y 2017 su cuerpo y su rostro mostraban los estragos de la edad, como si hubiese dado un salto de veinte años, como si en algún viaje hubiese perdido el espejo gracias al cual se mantenía joven. Con mi familia, con esposa de cuarenta e hija de trece, fuimos a celebrar los noventa del poeta en una tertulia organizada por sus amigos. Elmo nos recordaba todos los días la fecha y hora y nosotros estábamos entusiasmados. Incluso llegamos a pensar que el poeta apagaría las velas y comería la torta en una casa campestre. Era un sitio muy raro, como un cuarto contiguo a una azotea en un quinto piso, al cual se entraba directo con el abrir y cerrar de ojos de un ascensor, un espacio pequeño dotado de sillas plásticas y un par de sombrillas. Había gente importante, intelectuales, políticos y periodistas, artistas profesionales y aficionados, rostros conocidos de la televisión y el cine, escritores de reconocido prestigio. Algunos llegaban con regalos, con comestibles y bebidas, que el organizador y dos amigos guardaban en un depósito. Salió un chef muy elegante, muy convincente, a recitar el menú del día. Una que otra personalidad hizo su pedido. Pedí un plato para mi hija, que estaba que se moría del hambre; además, solo tenía veinte mil pesos. Comenzaron las intervenciones y nos aburrimos pronto; aprovechamos que alguien fue expulsado del ascensor para correr a meternos en él. Una mano quiso detener el aparato y no fue capaz. Tal vez dijo “por qué se van, todavía falta lo mejor”. Serían las cuatro de la tarde y la familia fue al centro a buscar almuerzo.

Sabía que tenía que verme con Elmo temprano, entre seis y siete de la noche, pero el trabajo me lo impedía, y a veces llegaba a las nueve o más tarde. Con mi esposa, que estaba de vacaciones en Cali, un diciembre de feria, fuimos al restaurante Las Palmas, en la calle Real, a recogerlo para llevarlo al apartamento. Estaba azarado porque debía ir por la hija al apartamento de Adiela en la calle trece, y me fui alejando de ellos. Elmo se sintió abandonado y nos dijo que iría solo hasta el apartamento, que allá nos esperaba. El problema era que olvidaba la realidad del tiempo y su impacto en el cuerpo de Elmo, su actividad silenciosa en los órganos vitales, pues por fuera lo veía como en los noventa, época en que empecé a tratarlo, un hombre vital, con una imaginación portentosa y un humor a prueba de balas. Nunca dejó de ser un muchacho, incluso cuando protestaba porque lo dejaba rezagado a una cuadra. Tras esa experiencia le pedía a mi esposa que lo acompañara hasta el apartamento, mientras iba por la hija, que prefería jugar con unos perros a disfrutar de los eventos y las caminatas de la feria. Ellas aprendieron a compartir otra velocidad y otro ritmo, supieron lo que significaba convivir con un hombre que bordeaba el siglo, y fue una lección de vida que jamás olvidarán. Cuando le dije a mi hija que había muerto, pude ver el rictus de dolor en su rostro, la conciencia de la falta de alguien que estuvo presente en su crecimiento, entre la etapa de la niñez y la adolescencia. “Ha muerto Elmo”, escribió mi esposa en el whatsapp, reiniciando el intercambio de mensajes que estuvo suspendido durante dos semanas.

Elmo sigue siendo el hombre del barrio, el muchacho de la gallada, el compañero de aventuras urbanas, el amigo de todos. Quien quiera seguirle la pista tiene que vérselas con la eternidad. Si alguien quiere mantenerse ocupado por el resto del siglo recopilando las anécdotas de los amigos del poeta, los testimonios de quienes le acompañaron un trecho corto o largo de su existencia, solo tiene que crear un blog en internet y administrarlo día y noche, cargar y descargar parihuelas de papeles como un capitán que conduce por su cuenta y riesgo una de las embarcaciones más preciadas del nadaísmo, una nave que tiene por misión llevar a buen puerto los manuscritos obsesivos de un poeta enamorado de la mitología griega.

 


EXILIADO EN LA CULTURA SOCIALISTA

 

Como otras ciudades de América Latina y el mundo, en los años 70 Colombia se estremeció con la revuelta estudiantil y el nacimiento de los partidos marxistas, que dio comienzo a la tendencia de izquierda en la política nacional. La dirigencia revolucionaria, en la que participaban obreros, campesinos, indígenas, intelectuales y estudiantes, ante el rápido crecimiento en sus filas, la mayor circulación de periódicos, libros y revistas de corte marxista, el análisis decantado de la situación nacional e internacional, las marchas callejeras masivas y las asambleas de nunca acabar en las que se definía la suerte del país y del continente, llegó a creer que el asalto al cielo estaba cerca. También alimentó esta convicción de triunfo revolucionario la reacción violenta del enemigo, la burguesía, la oligarquía, los milicos, como les llamaban, el aparato represivo del Estado. Se vivió un acelerado crecimiento de las organizaciones, con un número cada vez mayor de activistas y militantes que se formaban, sedientos de poder, en la doctrina marxista. Bajo el imperativo de la praxis indicada por los clásicos, especialmente por Gramsci, los revolucionarios se quemaban las pestañas estudiando las obras marxistas para dotar de teoría a la práctica. Los revolucionarios se nutrían de la doctrina diseñada por Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, principalmente. Las asambleas de estudiantes copaban los auditorios y la discusión sobre la autonomía universitaria y la financiación estatal, el veto a los directivos burgueses y el rechazo del intervencionismo yanqui, se prolongaban en el tiempo y parecían interminables. Los militantes devoraban cuanto libro cayera en sus manos, pero algunas obras y autores señalaban la línea a seguir, “Qué hacer” de Lenin, “La revolución permanente” de Trotsky, “La revolución permanente” de Mandel, el “Libro rojo” de Mao. Muchos llevaban en la mochila y apretado con el brazo alguna obra imprescindible como “Diario” del Che Guevara, “Escritos militares” de Mao, “El arte de la guerra” de Sūn Tzu, “Cartas de la cárcel” de Ho Chi Minh, “Guerra del pueblo, ejército del pueblo” de Nguyen Giap, y algún trabajo rescatado por las editoriales independientes, Ignacio Torres Giraldo y Raúl Eduardo Mahecha, algún artículo o estudio sobre María Cano. Nadie ignoraba las premisas, pruebas y conclusiones de dos obras fundamentales, “El Manifiesto comunista” de Marx-Engels, que presentaba las bases de la doctrina socialista e instruía para la acción, e “Imperialismo, fase superior del capitalismo” de Lenin, por su aplicación en el análisis del papel que jugaban los Estados Unidos en Colombia y América Latina.

En Chile, en 1970, ganó las elecciones presidenciales el socialista Salvador Allende, 21 años después de la revolución china y a solo 11 años de la revolución cubana, lo que demostraba el inminente triunfo del socialismo en todo el continente. Fidel Castro visitó Chile en 1971 para manifestar su apoyo al nuevo gobierno; pensaba quedarse en la patria de Recabarren por espacio de 10 días, pero en vista de su pasión revolucionaria terminó recorriendo el país durante tres semanas. No había pasado mucho tiempo cuando, en 1973, apoyado por la CIA y el Pentágono, como reconoció el mismo Henry Kissinger en sus memorias, el general Pinochet dio el famoso golpe de estado. El militar no solo cercenó la amenaza marxista, sino que también acabó con la ilusión de un sistema diferente al capitalista por la vía pacífica, bajo las reglas de la democracia burguesa. Este revés le dio la razón a la tendencia revolucionaria radical que desconfiaba de la legalidad del capitalismo y abogaba por la insurgencia armada, por la toma del poder mediante la violencia, promoviendo el levantamiento de masas. No había mitin donde los oradores dejaran de alertar sobre el peligro reformista de las elecciones y sobre el colaboracionismo con el enemigo de clase. Hizo carrera la frase de Camilo Torres “el que escruta, elige”, más aún cuando un 19 de abril Pastrana padre le robó las elecciones a Rojas Pinilla y provocó el nacimiento del M-19, grupo guerrillero que contaba en sus filas con cuadros marxistas, nacionalistas, socialistas y comunistas, revolucionarios de diferente procedencia pero con la misma misión de tomarse el poder con las armas, como Jaime Bateman y Carlos Pizarro. En este contexto, siguiendo el ejemplo de la revolución cubana, la isla caribeña de Grenada sorprendió al mundo en 1979 con el derrocamiento Eric Gairy, protagonizado por el Movimiento New Jewel (MNJ) de Maurice Bishop y su brazo armado el PRA (Ejército Popular Revolucionario). En ese mismo año de 1979, la insurrección del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua, liderada por los hermanos Ortega, forzó el exilio del dictador Anastasio Somoza.

Los años 70 constituyeron una época muy movida en Colombia, que vio crecer el movimiento revolucionario con activismo y estudio, con triunfos y derrotas, con referentes universales como la revolución cubana en 1959, las revoluciones en Asia y África, el mayo francés de 1968 o la muerte del Che Guevara en 1967 en Bolivia, eventos de gran magnitud. En esta época la efervescencia revolucionaria inundaba las calles, las fábricas y los salones de colegios y universidades. En la universidad, los profesores impartían materias temerarias como materialismo histórico y economía política, profesores con más experiencia, que llegaban de estudiar o trabajar en los países del primer mundo, enseñaban marxismo con el mismo entusiasmo y vigor que estructuralismo, primos hermanos en el campo teórico. Gracias a Levites, profesor de historia de la Universidad del Valle, conocimos a Luis, exiliado chileno, profesor de la licenciatura en geografía, programa que había creado tras su vinculación al alma mater. Luis era un hombre callado, aparentemente solitario, de pocos amigos, huraño, tal vez por su temperamento o por una natural desconfianza y cuidado en virtud de su estatus migratorio. Sin embargo, cuando presentía que la persona era confiable o cuando lo averiguaba por sus propios medios, Luis se transformaba y se volvía un hombre locuaz que no reparaba en el paso del tiempo, más aún si el tema concernía a su trabajo en la academia, a sus publicaciones, al conocimiento histórico y social o a la revolución. Sin que utilizara la jerga o hiciera alarde de teorías y citas, se veía que conocía el marxismo mundial y particularmente el marxismo de América Latina. Entonces se soltaba a conversar copiosamente. Obtener el concepto de Luis sobre la revolución colombiana no fue tarea fácil, hizo falta entrar en confianza, hasta lograr cierta familiaridad, recibir invitación para almorzar en su casa y encuentros fortuitos en el centro de la ciudad que le alegraban el rato, el día y probablemente la semana.

Los astros se pusieron en sincronía, como se dice, para permitir que Luis opinara sobre la candente situación social y política del momento. Una vez hubo dejado esa concha protectora, el profesor exiliado dijo “estoy asombrado por la cantidad y calidad de teóricos marxistas que tiene Colombia, por los discursos tan bien fundamentados que se escuchan en la universidad”. Así es. “Y eso, prosiguió, sin tener una clase obrera fuerte ni un movimiento popular revolucionario en su base”. Esta realidad anotada por Luis podría explicar el retraso no tanto de la revolución como del cambio democrático en un país excluido de la modernidad. Para que la clase obrera tomara consciencia de la realidad del capitalismo y se preparara para la toma del poder había escrito Marx El Capital, Crítica de la economía política, su obra más ambiciosa. Luis aludía a esa ley o principio fundamental del marxismo que concede a la clase obrera el papel de vanguardia de la revolución. Lenin escribía sus estrategias, fundamentadas en el marxismo, pensando en los cuadros mejor preparados de la clase obrera, que en Rusia, un país más bien campesino, era incipiente. En la universidad era distinto, pues si bien los muchachos se presentaban como clase obrera, no eran obreros, ni campesinos, eran estudiantes que representaban los intereses de la clase obrera. Es más, una vez profesionalizados los estudiantes (como se vio años después) entraban o salían, conforme a las circunstancias, en la categoría de pequeños burgueses. Había que hilar muy fino en el discurso y en la práctica para no terminar en la picota pública. Un término peyorativo utilizado para liquidar moralmente al contrincante era “inconsecuente”, que significaba incoherente, una presentación en la cual no asomaba la correspondencia entre teoría y práctica, una evidente renuncia a la doctrina marxista. “¡Compañeros, desde este foro del pueblo, desde esta posición que me concede la base, quiero denunciar la actitud irresponsable e inconsecuente del compañero tal o cual!”. Se escuchaban vítores en el auditorio y en el campus universitario. En esa fragilidad de la que habla Lenin en sus obras, un estudiante amanecía como revolucionario, terminaba la noche del debate como pequeño burgués y volvía a despertar renovado otra vez como revolucionario. En ese tiempo, etiquetar a un estudiante como pequeño burgués era un insulto, una afrenta, incluso una condena a muerte. Era como decir revisionista o renegado en las filas de la revolución en los tiempos de Marx y Lenin. El poeta Roque Dalton fue víctima de tal señalamiento y terminó siendo ejecutado por sus propios compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en 1975.

Hubieran leído o no al máximo representante del marxismo en Rusia, los muchachos de la universidad pública, la mayoría de ellos procedentes de familias pobres, consideraban a la pequeña burguesía como una amenaza y sabían que ellos mismos, por la paranoia existente, podían sufrir vigilancia y persecución como presuntos infiltrados. Obviamente, a la universidad ingresaban estudiantes que en realidad eran agentes encubiertos del F2 o el DAS cuyo trabajo sucio consistía en provocar desmanes y perseguir dirigentes estudiantiles. Una vez que se ganaban la confianza de los principales líderes y activistas, los delataban y los entregaban a las fuerzas de seguridad del estado, a los grupos paramilitares, especializados en técnicas de desaparición y tortura aprendidas en las bases militares y escuelas de contrainsurgencia. Conforme a la teoría de la lucha de clases, las contradicciones suscitadas entre el proletariado y la burguesía ponían a la pequeña burguesía en medio, en una situación difícil, para que decidiera: o acompañaba al proletariado, transformándose en agente revolucionario, o abrazaba el reformismo liberal o la tiranía del sistema, absorbida por la burguesía. Palabras más, palabras menos, en “La enfermedad infantil del 'izquierdismo' en el comunismo” dice Lenin: Pero cuando se trata de la acción práctica de las masas, de poner en orden de batalla al ejército de millones de hombres, de la disposición de todaslas fuerzas de clase de una sociedad para la lucha final y decisiva,no conseguiréis nada con sólo las artes de la propaganda, con la repetición escueta de las verdades del comunismo «puro», que solo llega a miles, tenéis que preguntaros no sólo si habéis convencido a la vanguardia de la clase revolucionaria, sino también si están dispuestas las fuerzas históricamente activas de todaslas clases, obligatoriamente de todas las clases de la sociedad, sin excepción, en forma que la batalla decisiva se halle completamente en sazón, a fin de que se enfrenten y debiliten las fuerzas de clase adversas a la revolución, y los elementos vacilantes, versátiles, inconsistentes, intermedios, es decir, la pequeña burguesía, la democracia pequeño burguesa, a diferencia de la burguesía, se hayan puesto bastante al desnudo ante el pueblo, se hayan cubierto de ignominia por su bancarrota práctica.

Era de entender el asombro del profesor Luis: ¿cómo era posible que surgieran grandes teóricos del marxismo sin la existencia de una robusta clase obrera? Si bien los estudiantes y activistas de izquierda ofrecían la prensa revolucionaria a la entrada de las fábricas, era escasa la formación que podía recibir el obrero y el impacto en sus relaciones sociales. A diferencia de Uruguay, Argentina o Chile, países con más tradición socialista, apenas empezaba a formarse, como mucho esfuerzo, la institucionalidad, los rituales y símbolos de la cultura socialista, más allá de la ideología y la arenga, del resentimiento y el odio de clase, como dice el adversario en la otra orilla. En el plebiscito por el sí o el no al acuerdo de paz pudo verse la forma como manipularon al pueblo con mentiras y distorsión, con cuñas emocionales propagadas por diversos medios, pero especialmente por radio y noticieros televisivos de extrema derecha, arrojando como resultado el triunfo del no. Durante la campaña plebiscitaria no se escucharon voces que abordaran desde el socialismo temas relativos a educación, investigación y desarrollo, temas vetados en los diálogos en La Habana como la reforma agraria y urbana, el modelo económico y el militarismo. La discusión con los partidarios del sí, del no y los vacilantes no estuvo mediada por la cultura socialista, porque ésta es incipiente, no siendo posible todavía un diálogo franco con el vecino, el tendero, el panadero, el carnicero, el zapatero. Este código no existe en la cotidianidad, aunque se observan iniciativas de gran envergadura en las redes sociales, que compensan el bajo nivel teórico al que se ha llegado y el debilitamiento todavía mayor de la clase obrera. En un trabajo bien hecho en los 90 (Consenso de Washington) el neoliberalismo se impuso en el mundo y acabó con el trabajo formal y la organización sindical (mediante el régimen laboral flexible), la industria mediática desfiguró el perfil de leyendas como Marx, el Che o María Cano, al punto de que los jóvenes creen que Trotsky es el perro del vecino.

En el exilio el profesor Luis había conseguido esposa y había visto nacer dos hijos colombianos, un hombre y una mujer, pero un día infortunado, a pocas cuadras de su casa, a diez minutos, en una avenida principal de Cali, unos maleantes mataron a la madre e hirieron al hijo por robarles. A cualquiera le puede pasar. Esta fue la versión que trasmitió el profesor a sus colegas en la universidad y a sus amigos. Tal vez el móvil del crimen fue otro, nadie sabe hasta que no lo averigüe y lo descubra por sí mismo, porque la autoridad legítima es poco eficaz en su trabajo, y el profesor prefirió guardarse la verdad para poder vivir en paz. En una ocasión manifestó que al hijo no le gustaba el estudio, que no quería ser profesional, sin verlo como una falencia o una anomalía, sino como una decisión libre del muchacho. El profesor hace sus viajes de vacaciones a Chile y siempre vuelve, nunca se le ha escuchado decir que tiene planes de volver a su país, pese a que allá tiene familiares y un pasado académico, social y político que harían más fácil la comunicación con otras personas formadas en la cultura socialista.

 


LUCHA DE CLASES Y CULTURA DE PAZ

 

¿La paz es una estrategia de poder o es el resultado de una cultura de paz arraigada en los sujetos y en las relaciones sociales? ¿Es posible una cultura de paz sin la intervención de una pedagogía de paz desde la educación formal? ¿La cultura de paz es David y la guerra es Goliat? ¿Existe en realidad la lucha de clases? ¿Es una doctrina del odio? ¿Quiénes son los enemigos de clase? ¿Por qué la oposición de extrema derecha dice querer la paz pero se opone a la participación política de las Farc? ¿Es posible una sociedad no polarizada en la democracia restringida? ¿Es sensato glorificar la democracia formal sobre los escombros de la injusticia, la desigualdad y la pobreza? ¿Pueden convivir en democracia la lucha de clases y la cultura de paz? La convivencia de los socialistas moderados con el régimen, llamada colaboracionismo por los marxistas ortodoxos, derivó en la fundación de la tercera internacional y la cuarta. A la guerra la llamaron la extensión de la política por otros medios. La estrategia de Lenin consistía en hacer la democracia burguesa simultáneamente con la revolución socialista. La forma de hacerlo no era electoral sino agitacional, ilegal, insurgente, conspirativa. Siguiendo la doctrina de Marx-Engels, al frente de los bolcheviques, en pugna ideológica con los mencheviques, Lenin enarbolaba la bandera de la dictadura del proletariado, una categoría superior o un paso adelante en el curso dialéctico de la historia. Un paso adelante, dos pasos atrás, es una obra crítica en la cual Lenin condena la postura legalista y reformista del socialismo ruso en tiempos de paz, y el abandono de la construcción del partido de la clase obrera. La organización del proletariado enterraría al enemigo de clase, según dijeron Marx-Engels en el Manifiesto comunista. Con estos mismos preceptos, que el realismo político considera una utopía, una locura, la guerrilla colombiana intentó tomarse el poder con las armas y cambiarlo todo. No podía hacerlo mediante la lucha política legal. Probablemente el desenlace hubiese sido más parecido al nicaragüense que al cubano, probablemente hubiese intervenido USA sofocando la revolución o radicalizándola. 

La extrema derecha colombiana insiste en llamar grupo terrorista a las Farc, así como el ejército todavía llama bandidos, delincuentes, criminales, terroristas a los guerrilleros del ELN. Basta un par de firmas en un papel para que adquieran el status de reinsertados o reintegrados a la sociedad civil, a la democracia, a la institucionalidad legítima. ¿Cómo es eso? ¿Ser guerrillero no es acaso una condición inherente, intrínseca, genética, natural, inmodificable? Para la corona española, ¿no fue guerrillero Simón Bolívar? Ningún texto en el mundo llama guerrillero a Simón Bolívar, sino Libertador de cinco repúblicas. Los guerrilleros de las Farc están cursando en la Universidad Javeriana de Cali la especialidad en Diálogo Social y Construcción de Paz y el Programa de Preparación para la Validación del Bachillerato. Los estudiantes no dejan de llamarse guerrilleros y guerrilleras, como si se tratara de una categoría política y social semejante a electricistas y mecánicos en el campo laboral. ¿Qué distingue a un guerrillero (por economía omito el lenguaje de género)? Que se organiza, que se levanta en armas para derrotar al tirano, al dictador, al enemigo de clase, al sistema injusto y explotador. Según las convenciones internacionales, cuando un guerrillero es apresado se le enjuicia y se le condena por cometer un delito político, categoría diferente a terrorismo, excepto cuando ha cometido atrocidades, masacres y violaciones, crímenes de lesa humanidad, barbarie. Hoy guerrillero significa luchador social, soñador del cambio, defensor de la paz, jugador de la democracia, sin armas letales, portador de ideas y programas empeñado en construir un mundo mejor desde la política. Hasta 2010 nadie imaginó que los enemigos de clase acordarían una tregua, que posteriormente firmarían la paz y que finalmente defenderían la paz con el mismo vigor. Hoy la defensa de la paz puede unir a los enemigos de clase y provocar el enojo y la radicalidad de la extrema derecha o señores de la guerra.

Lo irónico de todo esto es que apenas está asomando la cabeza la generación de la paz. Nunca hubo en el país una preparación para la paz, nunca hubo en las escuelas y universidades pedagogos de la paz impartiendo materias de paz con sus respectivos ejercicios en el terreno. Cuando Mockus, siendo alcalde de Bogotá, quiso crear un periódico y darle un espacio a las Farc para que expusieran sus pensamientos y demandas, fue objeto de burla y censura. Lo tildaron de loco. En el referendo por la paz votaron los sentimientos (no la educación ni la cultura) en contra de la paz. Después fue el mismo gerente de la campaña quien dijo a los medios que había logrado emberracar al electorado, que había provocado su indignación, para que votara por el no. Entonces ganó por un ligero margen el no y la firma de la paz se retrasó varias semanas. En respuesta el gobierno ha dedicado más recursos, oradores y tiempo para convencer a los ciudadanos sobre las bondades de la paz acordada, sin que esté haciendo mucho para ayudar al hombre de la calle a distinguir, por ejemplo, como dicen Galtung, Fisas, Jares, Mayor, entre paz positiva (condiciones subjetivas y objetivas para mantenerse en paz) y paz negativa (ausencia de guerra, reducción del conflicto y la violencia, lucha contra la criminalidad). De acuerdo con la teoría pacifista, lo que hay en Colombia es una paz negativa. En todo este tiempo se mencionó la paz negociada, estable y duradera, que para el gobierno se consigue con la fórmula de la democracia del mercado, con la libre competencia, dejando que el liberalismo y el neoliberalismo hagan un excelente trabajo. De otro lado, la oposición de extrema derecha amenaza con ganar las próximas elecciones presidenciales y hacer trizas la paz. Es cierto que la cultura de paz no se forma en cuestión de semanas, meses o años, sino en décadas, pero demos a la democracia de mercado un voto de confianza para que intente hacerlo con discursos y promesas de prosperidad. No se ha visto el aporte guerrillero a la paz porque, en cumplimiento de  la agenda, todavía se encuentra aislado. Una vez reinsertado a la sociedad, una vez vuelva a gozar de sus derechos políticos, después de protagonizar muchos episodios de perdón y reconciliación, sin resentimiento, sin odio, se espera que el guerrillero luche en libertad contra la injusticia, la desigualdad y la pobreza, y de esta manera contribuya a la paz estable y duradera. Pero la pregunta es la siguiente: ¿el partido político de la guerrilla mantendrá la teoría de la lucha de clases, qué cambios hará en su discurso y en su actividad política para reinventar categorías que no sean consideradas obsoletas en la sociedad posmoderna?

La lucha de clases no es solo una doctrina desprestigiada y en desuso. Aunque expulsada del lenguaje ordinario, es una evidencia empírica, una realidad soslayada con eufemismos y una categoría social que explica el origen del estado, la manera cómo funciona la sociedad y la tensión constante o conflicto latente entre grupos sociales (burgueses y proletarios, propietarios y asalariados, explotadores y explotados). La lucha de clases en China ha disminuido en intensidad y admite la convivencia del modo de producción socialista (estatal, público) con la actividad capitalista así como el derecho de los ciudadanos a enriquecerse y a competir para ser menos pobres. Esta política ha hecho de China la primera potencia comercial del mundo. Los chinos no se refugiaron en su país para defender el ideal comunista, salieron a competir con el capitalismo en el mercado, el escenario privilegiado del capitalismo o donde se creía invencible. Los chinos no mandaron hombres a otros países del mundo a fomentar revoluciones, como querían Trotsky y el Che Guevara. Pese a que la política económica en China recae en el Partido Comunista, los medios de comunicación de Occidente no cesan de decretar la desviación capitalista del gigante asiático. De otra parte, desde el punto de vista marxista, lo que acontece en Venezuela es el recrudecimiento de la lucha de clases, que profundizaría el papel del Estado en la construcción del socialismo. En cambio, en la versión del liberalismo lo que se instrumenta en Venezuela es la tiranía de un hombre loco y la destrucción de la democracia. La crisis humanitaria, la degradación de los derechos humanos y el éxodo masivo de venezolanos por la región, como parias, ha terminado de deslucir la imagen internacional del socialismo chavista. No es posible evitar la polarización, no se pueden integrar estas doctrinas en una misma fórmula, pues son como el agua y el aceite, inconciliables, antípodas, enemigas o, como se lee en los libros marxistas, antagónicas.

Los libros de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, Castro, Che Guevara, que entre los años sesenta y ochenta circulaban profusamente y eran leídos con devoción por los estudiantes de bachillerato y universidad, desaparecieron del paisaje cultural del país. Inmediatamente después de la caída del muro de Berlín, presionada en la esfera académica y vapuleada por teorías superficiales pero efectivas tipo Fukuyama, que tuvo un impacto mundial gracias al cuarto de hora concedido por el mercado librero, la literatura revolucionaria sufrió el destierro de las librerías, y fue purgada, censurada y expulsada de los templos de lectura, las bibliotecas. En todas las bibliotecas del país fue sustituida por los libros de editorial Norma, con Ministra de Cultura a bordo. Los libros que desfallecían en las bodegas de editoriales extranjeras y distribuidores nacionales no fueron a parar a la hoguera sino a las fauces de la trituradora de papel. El mismo cuadro de extinción y desaparición de gruesos volúmenes, genuinos dinosaurios, debe haberse pintado en todo el mundo global. En la actualidad estos libros se compran y venden por internet, como incunables, porque en las librerías de la ciudad no es fácil conseguir obras populares como El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Friedrich Engels, fiel compañero de Carl Marx, Escritos militares de Mao o Educación y lucha de clases de Aníbal Ponce. De repente se consigue Manuscritos económico-filosóficos de Marx, después de caminar todo el día por librerías de viejo, recibiendo la sonrisa cómplice y benevolente del librero de viejo que todavía recuerda a su cliente de hace cincuenta años. Es la fuerza de la nostalgia lo que hace que el hombre se ausente unos minutos, que corra a la bodega a una cuadra de su kiosko de libros, para ir tras Humanismo burgués, humanismo proletario (1938) y El viento en el mundo (1939), dos obras de Aníbal Ponce solicitadas por el lector. El hombre hace el esfuerzo, ni corto ni perezoso, para satisfacer la demanda de un comprador que suele llevar hasta cinco libros de esos que todos desprecian. Mejor para el cliente, pues al no haber mucha demanda le sale barato adquirir libros de gran factura literaria como El viento en el mundo, La tejedora de coronas de Germán Espinosa, patrimonio cultural de la Unesco, y Pedagogía del oprimido de Paulo Freire, todo por diez mil pesos. Leamos un fragmento de El viento en el mundo: La inquietud y el descontento pueden engendrar motines; las revoluciones, en cambio, solo estallan cuando la clase que aspira a conformar sus intereses ha ido adquiriendo en escaramuzas previas la exactitud de su rumbo y el conocimiento de sus fuerzas. ¿Qué se puede comentar al respecto? Si la revolución se limita a dar sendos golpes al enemigo, no avanza, no prospera, se estanca en la revuelta, el motín, la toma de pueblos, la destrucción de puestos de policía y el saqueo de bancos rurales. Gira y gira en un remolino de violencia que afecta a millones de inocentes, como daño colateral.

Es famoso el libro El fin de la historia y el último hombre (1992) de Francis Fukuyama, descollante asesor en política económica de los Estados Unidos de América, como se lee en la contratapa de sus libros. Este autor declaró la muerte del socialismo, del comunismo y de la lucha de clases y postuló el liberalismo como el único sistema posible. Todo lo demás, incluso el fascismo, no es otra cosa que alternativas al liberalismo, pero condenadas al fracaso, dijo el norteamericano de ascendencia japonesa. La doctrina marxista plantea la transformación de la sociedad y el reencauzamiento de la historia, pero Fukuyama la reduce hábilmente a un objetivo igualitarista, y explica la existencia de los pobres por cierto legado cultural, no como resultado de las relaciones de clase. El igualitarismo de la Norteamérica moderna representa el logro esencial de la sociedad sin clases vis­lumbrada por Marx. Esto no quiere decir que no haya ricos y pobres en los Estados Unidos, o que la brecha entre ellos no haya aumentado en los últimos años. Pero las causas básicas de la desigualdad económica no conciernen tanto a la estructura legal y social subyacente a nuestra sociedad —la cual continúa siendo fundamentalmente igualitaria y moderadamente redistributiva—, como a las características culturales y sociales de los grupos que la conforman, que son, a su vez, el legado histórico de las condiciones premodemas. Así, la pobreza de los negros en Estados Unidos no es un producto inherente del liberalismo, sino más bien la ‘herencia de la esclavitud y el racismo’ que perduró por mucho tiempo después de la abolición formal de la esclavitud. En otras palabras, dice Fukuyama que la culpa de la pobreza recae en la tradición. Hubo una corriente del pensamiento marxista en el pasado que acusaba a Marx de haber cometido el error de fundamentar la necesidad histórica de la revolución con teorías económicas o mediante la crítica del capital en lugar de haberlo hecho desde la moral, desde una sustentación de la igualdad entre los hombres. Aquí volvemos al punto inicial, a la utopía de construir en Colombia una cultura de paz pese a la existencia de clases sociales, para proceder a implantar un régimen igualitario mediante cambios en el régimen de propiedad y producción, más impuestos para los que obtienen mayor ingreso y eficacia de la política social en educación y salud, sin represalias de los conservadores. La derecha y la extrema derecha colombiana respiraron tranquilos cuando las Farc entregaron sus armas a la ONU, como si hubiesen conseguido quitarse un enorme peso de encima. “Ahora dejemos que el mercado haga su trabajo”, pensarían los guardianes del sistema.

Un joven periodista dijo hace poco en televisión que Brasil era un país del tercer mundo. La periodista, también joven, le replicó diciendo que, por el tamaño de su economía, Brasil era un país del primer mundo. El periodista de mayor edad, quizás más experimentado, intervino diciendo que un país del primer mundo no puede tener 120 millones de pobres.

 


LA MUERTE DE LA FAMILIA

 

La palabra crianza ha sido suprimida del diccionario de la RAE. Los hijos se han salido de las manos de los padres y estos no saben qué hacer para recuperarlos, las palabras tiernas dichas en la etapa de crecimiento, en la infancia, no funcionan en la juventud y menos aún en la madurez. Los padres no se prepararon para tener hijos y tampoco para ser un referente, para servir de ejemplo, para ejercer la autoridad moral, pues son analfabetas, con bajo nivel educativo y nada inclinados a la cultura. Los padres observan impotentes cómo el abandono y la desnutrición emocional cobran factura en los maltratos y desviación de sus hijos. Desde niños los muchachos aprenden a pegar a la mujer y a rebuscarse en la calle, a matar por un celular, a sobrevivir, y una vez reclutados por la organización, aprenden las tramoyas del jefe, que también fue joven.

La experiencia indica que el pez grande se come al chico y que el soldado pequeño incoporado a la organización para cuidar las espaldas del jefe crece más rápido. El que a hierro mata, a hierro muere, dice el proverbio, palpable en el mundo del hampa, donde el jefe mata para escalar posiciones y es muerto por uno de sus pupilos, corriendo la misma suerte de su predecesor. La historia de la traición nos muestra a un ahijado que, no satisfecho con el voto de confianza recibido y la protección de la autoridad legítimamente constituida, utiliza ese poder para asesinar al padre, comete parricidio, ocupando la jefatura del crimen organizado en un período muy corto.

Capos, sicarios, jefes, subalternos, raponeros, apartamenteros, extorsionadores, aprendieron el arte de la traicion, del asesinato por la espalda, en la calle o en la cárcel, no en el hogar. Aprender a relacionarse con el poder económico, político y militar de un país supone mayor capacidad intelectual y entrenamiento diario en competencias lógicas, comunicativas y argumentativas. De ahí que los jóvenes sublevados que se conforman con el aprendizaje callejero, no alcanzan a convencer a los demás soldados de sus propósitos siniestros y terminan siendo delatados por los más leales al jefe. En el teatro de la guerra entre hampones vence el más temible, el más experimentado y el que mantiene nexos con el poder legítimo. El soldado ambicioso, con ansias de dinero y poder, pero carente de vigor conceptual para establecer relaciones con el verdadero poder, fracasa en su intento y es sacrificado por el jefe. Esta muerte suele ser reportada en el periódico amarillista como una vendeta, como una retaliación, cuando en realidad es un castigo a la ignorancia.

La desviación de los jóvenes hacia el hampa se origina en una familia dispersa o descompuesta, conflictiva y violenta. El futuro delincuente se desliga de la rutina hogareña siendo niño y encuentra albergue en la calle, en el parque del barrio, en la esquina. En este escenario es donde prácticamente crece y aprende los rudimentos del rebusque y posteriormente del poder de las armas, del cuchillo, el mazo, la pistola hechiza. Por lo señalado en los anteriores párrafos es que la sociología política dictamina no la muerte de la familia, sino su crisis irreversible dentro del sistema capitalista, por su impotencia en el cuidado y nutrición emocional del niño. Hoy es más cierta que nunca la afirmación de que la familia es el núcleo de la sociedad. Si la sociedad se lamenta es porque la familia agoniza, si el estado es más represivo y perverso es porque la familia castiga, maltrata, utiliza la violencia como forma de aprendizaje. 

Desde mediados del siglo XX la institucíon llamada familia recibió una andanada de golpes de la crítica anarquista, marxista y psicoanalítica, que la derribaron a la lona pero solo por tres segundos. Logró levantarse con gran esfuerzo, no para seguir peleando, sino para despertar lástima entre los aficionados al deporte rudo. Desde entonces la familia sobrevive maltrecha, deformada, pero no ha muerto como profetizaron los críticos del capitalismo industrial. Para algunos pensadores de los años 50 a los 80 del siglo pasado, la muerte de familia era el síntoma que anunciaba la posibilidad de construir una sociedad libre, no represiva, no alienada, no sometida a la pobreza, no controlada por el capitalismo.

En una perspectiva menos radical debe reconocerse que la familia moderna todavía mantenía buenos sentimientos y calor humano. De otro lado, los funcionarios públicos se especializaron en formular políticas de respeto y derechos humanos, responsabilidad estatal en el cuidado y protección de la niñez, educación universal y obligatoria, salud pública e inclusión de los términos igualdad y justicia social en la Constitución política. Como se dice, el papel aguanta todo. La familia moderna estaba conformada por una señora dedicada a las labores del hogar, un señor con empleo estable ocupado en su trabajo asalariado y unos hijos obedientes que necesitaban aprender lo básico para salir a trabajar y formar su propio hogar. Esta familia ni remotamente se imaginaba el consenso de Washington, el gobierno Thatcher en Inglaterra, conservador por lo demás, y la primacía del neoliberalismo.

La familia del siglo XXI es muy diferente a la del siglo XX, pues no solo se encuentra en crisis sino padeciendo la ordalía cotidiana, con un padre ausente, con una madre acostumbrada a trabajar en oficios domésticos, con unos hijos sin educación básica completa, excluidos, marginados, sin proyecto de vida, que se rebuscan en la informalidad para ayudar a la casa. La familia del siglo XXI se halla desprotegida o destejida en sus propósitos, pues se agotó el empleo prometido por los inversionistas y el asistencialismo estatal, se perdió la costumbre de la solidaridad barrial y el espiritu caritativo de los cristianos. Los padres de la tercera edad y los abuelos se refugian en la nostalgia, recuerdan haber recibido de manos del presidente Rojas las llaves de la casita y las provisiones entregadas por la Alianza para el Progreso. Coinciden en que antes se vivía mejor, pues no había tanta maldad en las calles y tan cruel abandono estatal.

La crítica señala como posibles causas del problema, a nivel interno, el escaso tiempo de los padres para estar con sus hijos y ayudarles en las tareas del colegio, la dificultad para reanudar los rituales familiares que restauren los afectos y el tejido familiar, el debilitamiento de la moral y las buenas costumbres en el hogar. Otras voces señalan aspectos externos, a nivel macro, como la desaparición de la burguesía y el proletariado en los discursos, la inexistencia de una base histórica en la formación de la identidad del sujeto, la sustitución de la tradición del trabajo por los partidos de fútbol y los reinados de belleza, la demora en la alianza de clase o interclase para construir la hegemonía popular, que incluya a la familia trabajadora.

Por lo expuesto en el párrafo anterior puede el lector deducir que la muerte de la familia es consustancial con la muerte de los grandes relatos, muerte diagnosticada por el pensador posmoderno. Al no haber lucha por la integridad familiar y el plan de vida de la familia, no hay lucha por el progreso; no hay una motivación intensa y razonable nacida en el núcleo básico de la sociedad.

El neoliberalismo terminó de enterrar lo poco que quedaba de socialización e integración familiar, pues cortó el nexo de la familia con el maestro, el médico, el trabajo o el vecindario. La dificultad de la familia para gozar de un empleo formal y estable, para sufragarse los medios de subsistencia, para sobrevivir en un mundo hostil y rapaz, le resta fuerzas para inducir a sus miembros a formarse profesionalmente. Peor todavía cuando la educación se volvió instrumental y los educadores renunciaron a su misión de mediadores culturales en el aula de clase y al acompañamiento de la comunidad en sus iniciativas de transformación local. Para los jóvenes parece no haber incentivos que justifiquen un mayor esfuerzo en la formación intelectual o en la migración a formas de vida dignas, por la calidad de las oportunidades, que desconocieron sus padres.

La familia contemporánea subsiste básicamente como familia nuclear y en otros casos como familia extensa, familia recompuesta o familia homosexual, sin gozar de las condiciones de su reproducción. Como una especie en peligro de extinción, es vulnerable y vive todo el tiempo expuesta al riesgo, sin la protección institucional ni la orientación de la caquetesis. En el estado fallido colombiano, la violencia intrafamiliar, la victimización de la mujer, la intolerancia social, la violación de los derechos humanos, el reclutamiento armado, el auge de las organizaciones criminales, la corrupción política y el soborno de la autoridad, la precaria democracia, la deserción escolar y la cobardía del delincuente son fenómenos asociados con la muerte de la familia.

En los años 60 del siglo pasado el hipismo fue muy lejos en su experimento de cambiar la familia burguesa por la comunidad autosuficiente. En los años 70 el austriaco Iván Illich enfiló sus baterías contra la escuela amurallada, reivindicando el aprendizaje desescolarizado, el autoaprendizaje y la vida como maestra. Son considerados discípulos de Ilich los mexicanos Javier Sicilia, poeta, y Gabriel Zaid, intelectual y escritor, los franceses Serge Latouche, Jean-Pierre Dupuy y Jean Robert, las alemanas Barbara Duden y Silja Samerski, entre otros, lo que evidencia la fundación de una escuela que pretende renovar el concepto de aprendizaje y dar un lugar destacado a la vida a expensas del pragmatismo, el desarrollismo y el cinismo.

En el mundo desarrollado como en el emergente, el capitalismo le ha perdonado la vida a la iglesia, principal instrumento catequizador, le ha permitido sabotear la secularización de la sociedad y la historia, y la ha sostenido imponiendo un Concordato soterrado. A cambio de ello, la legisladores aprueban el matrimonio homosexual y el divorcio, sin que sean excomulgados por la iglesia. La gente se conforma con el divorcio civil, no insiste en el religioso, además sabe que es muy engorroso, salvo excepciones, pues no todos son seres distinguidos que merezcan el beneplácito,  como un Turbay Ayala o un Belisario Betancur, presidentes de Colombia entre 1978 y 1982, y entre 1982 y 1986, respectivamente. La autoridad que ha ganado el Estado al persistir en el simulacro de democracia electoral, la ha perdido la iglesia católica con la aparición de numerososas sectas que alaban al mismo Dios, pero desconfian de la jerarquía eclesiástica. Actualmente se propaga la visita del Papa argentino, tratando de reanimar el cuerpo agotado.

La muerte de la familia es, según David Cooper, consecuencia de las relaciones neuróticas y la represión sexual y social promovida en virtud de su función mediadora. La familia autoritaria resulta de una sociedad conservadora y este tipo de familia tiene la función de reproducir y perpetuar la sociedad desigual, explotadora, represiva y totalitaria. Para Wilhelm Reich la familia es una celula conservadora, reaccionaria y autoritaria, que se opone a la modernización social y la autonomía del sujeto, como la religión, y favorece el surgimiento del fascismo. El período de la infancia es crítico toda vez que la conjunción de las estructuras socioeconómica y sexual, así como su reproducción, tiene lugar durante los cuatro a cinco primeros años de vida, según Reich.

El problema central focalizado en Fromm es el conflicto que se genera entre los intereses de la sociedad, que tienden a la perpetuación de su propio sistema, y los intereses del hombre, que tiende al desarrollo de sus propias potencialidades. La capacidad biológica fundamental del hombre es su capacidad para aprender, y debido a ello, el hombre es primariamente un ser social. Una proclama libertaria similar se encuentra en pensadores que fusionaron la teoría marxista con la freudiana o que plantearon la relación entre ontogenia (el devenir del ser) y filogenia( el devenir de la especie) tales como Marcuse, Brown y Fromm, entre otros, uniendo el programa opuesto al capitalismo de de la revolución social con la revolución sexual.

Resultado de todo ello es la subversión del hipismo, el mayo francés, la liberación sexual y la mayoría de edad del discurso pedagógico. A este último no se le ha dado la importancia debida, pese a que la filosofía contemporánea se ha fortalecido teóricamente con un pensamiento netamente pedagógico o, como dice Habermas, emancipatorio. Es lícito pensar que se esté formando en Colombia una generación de maestros fundamentada en la pedagogía reflexiva y crítica, dotados ellos de un capital cultural robusto.

 


LA UNIVERSIDAD DE LAS FAR

Foto de la Revista Semana

 

Diego Murillo, “Don Berna”, dijo que el tiro definitivo lo había dado su hermano “Semilla”. Otro paramilitar, Carlos Castaño, aseguró que fue él quien disparó contra la humanidad de Escobar. El general Naranjo dijo que el responsable fue un policía anónimo. El coronel Aguilar se atribuyó el crimen y como prueba mostró el arma que se había robado tras la exitosa operación. La familia del capo insiste en que no lo mataron, sino que se suicidó. El pueblo tiene su propia versión, Pablo Escobar fue un santo. Los más necesitados corren a su tumba a depositar flores y a rogar por el milagro. El 2121993 es el número que más se juega al chance, el más escaso en las loterías y el más recordado por sus devotos (Escobar fue muerto un 12 de diciembre de 1993, tres años después de la convocatoria a la constituyente, 9 de diciembre de 1990, y dos años después de la promulgación de la Carta Magna, 4 de julio de 1991). En ese entonces el presidente era César Gaviria, en reemplazo de Luis Carlos Galán, muerto por orden de Pablo Escobar en el municipio de Soacha, según confesión de Popeye. Sin embargo, la turbiedad que caracteriza la historia nacional impidió una vez más establecer y divulgar la verdad de los hechos. No hubo detenidos por la muerte de Escobar, en cambio muchos fueron encarcelados por la muerte de Galán. Detenciones arbitrarias tenían como propósito enredar las investigaciones. Hoy se sabe que funcionarios del Estado contaron con el apoyo de la mafia y los paramilitares para matar a Galán y posteriormente a Escobar. En el primer caso se culpa a los bandidos de perpetrar el vil asesinato, en el segundo caso, como se señaló al comienzo, todavía se busca al rematador y el honor se lo disputan muchos héroes. Policías y bandidos (los Pepe, perseguidos por Pablo Escobar) se aliaron para sacar la mula atravesada en el camino, pues no podían tolerar que sus acciones temerarias y crueles pusieran en riesgo el negocio del narcotráfico.

Después de varias décadas se ataron cabos para descubrir la gran conspiración que armaron los hombres del Estado y aquellos hombres que el Estado combate enérgicamente, como dicen los medios de comunicación. Siendo Maza Márquez director del DAS detuvieron, condenaron y encerraron en la cárcel (cuatro años le impusieron) al señor Alberto Jubiz Hazbún, pese a que un exministro dijo haber estado jugando billar con el “culpable”. Una carta entregada por un hijo a su madre parecía resguardar la verdad en este caso. En un principio todo apuntaba a que los paramilitares del Magdalena Medio estaban detrás del magnicidio, pero las investigaciones fueron desviadas hábilmente, no con la sofisticación de la CIA o la KGB, sino al viejo estilo criollo, copiando la trama de películas norteamericanas con algunos ingredientes del agente 007 y El hombre que fue jueves, cosecha inglesa. En un atentado de estas dimensiones es razonable que el jefe de la policía mande a sus hombres a la calle de las esmeraldas (Avenida Jiménez) en Bogotá porque los movimientos de un grupo criminal son conocidos al instante por otros grupos. En lo recóndito del mundo criminal unos secuaces son de Gacha y otros de Carranza, no se pueden mezclar, solo intercambiar guiños en los mismos lugares de residencia y cruce de información. Un dato corre como pólvora de las calles del hampa hasta la estación de policía. Finalmente, con la colaboración de los esmeralderos se identificó al grupo de asesinos, José Orlando Chávez, Enrique Chávez Vargas, Jaime Rueda Rocha, Éver Rueda Silva (el de la carta a la madre) y Pedro Páez, alias “Nájaro”. Los motivos para acribillar a Galán en Soacha fueron, esencialmente, detener su cruzada contra el narcotráfico y a favor de la extradición, y poner un candidato presidencial de absoluta confianza que la mafia manejara con un dedo como hasta ese día lo hacía con muchos funcionarios estatales de alto rango. El dinero para matar a Galán lo aportó Gonzalo Rodríguez Gacha, “El mejicano”.

En esta reseña de los acontecimientos que estremecieron a Colombia en 1989 no puede faltar el episodio truculento. En uno de esos eventos que dejan con la boca abierta a la comunidad internacional, el delincuente Jaime Rueda Rocha se fugó de Picota en 1992 y de nuevo en la calle, mientras disfrutaba las delicias de la libertad en Honda, Tolima, fue abatido por la policía. Conociendo un poco cómo funciona el sistema, el Estado, cierto juez, fiscal, soldado o policía, se imagina uno que los mismos que le ayudaron a escapar lo mataron. Seguramente le dieron dinero y le prometieron ayuda para sacarlo del país, pero al prófugo se le hacía difícil dejar su tierra, incluso le dio por visitar mucha más gente de la que debía, por puro sentimentalismo, para despedirse, poniéndose él mismo la lápida en su pecho. Para completar la tarea, los conspiradores ordenaron a sus subalternos y estos a dos sujetos en moto que liquidaran a los hermanos José Orlando y Enrique Chávez. Dos sapos menos. La imaginación nos lleva a una guarida donde los hermanos Chávez se sentían protegidos, convencidos de la lealtad de sus jefes, que llamaban por teléfono o mandaban emisarios en supuestas visitas (para tenerlos en la mira). Los subalternos debían simular eficiencia y esmero en la protección, hasta el momento en que recibieran la orden superior de darles de baja. No obstante, las investigaciones tomaron otro rumbo y es así como la epístola de Éver Rueda Silva a su madre permitió identificar al principal enlace entre buenos y malos, el teniente Flórez, miembro de la red de inteligencia de la XIII Brigada. Gracias a sus favores los asesinos de Galán portaban carnés de esta unidad militar. Por su parte, alias “Popeye”, el sicario del cartel de Medellín, relató a los investigadores que el plan, tras fallar el atentado en Medellín, era encargar al “Mejicano” la misión de ejecutar a Galán en una de sus presentaciones públicas. Así fue como se fraguó el magnicidio. Después de revisar cientos de miles de expediente la honorable corte llegó a la conclusión de que existía, efectivamente, una relación muy estrecha entre el general Maza Márquez, jefe del DAS en esa época, y Henry de Jesús Pérez, jefe paramilitar del Magdalena Medio.

La vida nos da sorpresas. El 25 de julio de 1991, en la misma época de las investigaciones, el periodista Enrique Santos, hermano del presidente que está haciendo la paz, escribió en las páginas de El Tiempo: “No es casual que a Henry Pérez lo hayan enterrado al lado de Pablo Guarín en el cementerio de Puerto Boyacá. Como no es gratuito que lo hayan asesinado el día en que recibió la Medalla al Mérito Cívico Pablo Guarín, que otorga el concejo municipal de esa localidad. Porque Henry Pérez era el sucesor de Guarín, asesinado por las Farc en noviembre de 1987. Fue quien asumió el liderazgo de ese movimiento social, político y militar que han sido las autodefensas del Magdalena Medio”. Observe el lector el lenguaje benigno utilizado por el periodista Santos, un anticipo de las célebres entrevistas que Claudia Gurisatti, hoy directora general de noticias NTN y RCN, concedería al jefe paramilitar Carlos Castaño. Nadie ponía el grito en el cielo por el intento de institucionalizar el paramilitarismo o la guerra sucia contra sindicalistas, defensores de derechos humanos, miembros de la UP, estudiantes, opositores del régimen. Es de entender que el enemigo común de empresarios, terratenientes, directivos de Fedegan, políticos corruptos, medios de derecha y altos oficiales fueran las Farc. Los muertos eran auxiliadores de la guerrilla. ¿Qué corporación o persona poderosa dio la orden de asesinar al opositor en un operático simulacro contraguerrilla? ¿Quiénes mandaron al paramilitar Castaño al set de entrevistas de RCN para que explicara su pensamiento político? El periodista Enrique Santos no es quien reciba órdenes de nadie, en la nota de 1991 se le ve cubriendo el ascenso del paramilitarismo en el país, reconociendo a sus jefes en una de sus capitales. Por utilizar palabras suaves (litotes) como “líder”, “movimiento social, político y militar”, “autodefensas”, el lector suspicaz sacará la conclusión de que los absuelve. Asunto complicado de entender. Es más, los señores líderes del Magdalena Medio, Pérez, Guarín y Castaño no tenían denuncias, ninguna investigación, ninguna condena por parte de la autoridad legítima.

Observe el lector las coincidencias de las que habla Paul Auster en su Cuaderno rojo, en estas tres fechas de un breve período de tiempo que resume lo acontecido en la historia del país, 1987, ascenso de Henry Pérez en el entramado paramilitar; 18 de agosto de 1989, asesinato de Luis Carlos Galán, candidato presidencial; 26 de abril de 1990, asesinato de Carlos Pizarro, candidato presidencial; 4 de julio de 1991, nueva Constitución Política; 20 de julio de 1991, día de la independencia nacional y muerte de Henry Pérez en la antesala de la recepción de la medalla al mérito Pablo Guarín. Haga un esfuerzo el lector para armar este rompecabezas de nombres, organizaciones y sucesos que rodean los nexos entre el poder económico-político, el narcotráfico y el paramilitarismo. Ojalá en estos tiempos de paz los estudiantes de bachillerato y universidad aporten al esclarecimiento de la verdad, hurgando en papeles hasta hoy ocultos en la memoria institucional, que como todo el mundo sostiene es la condición para que no se repitan los errores del pasado y el país puede mirar al futuro sin odio, revancha, o rencor. La construcción de la paz es una tarea difícil que exige una mayor cuota de trabajo y lucidez de quienes pactaron los acuerdos de La Habana hace unos meses y de quienes creen que otra Colombia es posible. Pero analice el lector lo que está sucediendo de parte y parte y saque sus conclusiones, tanto el gobierno como la guerrilla confunden la paz con el posconflicto, no se dan cuenta de que el posconflicto es un tema de desarrollo. Pese a que Santos entendió que para implementar los TLC tenía que hacer la paz, hoy se le ve enredado en trámites legislativos y políticos y convenciendo a los empresarios para que empleen a los desmovilizados.

Señores del gobierno y la guerrilla, el posconflicto es la aventura del conocimiento y la cultura en el contexto de la globalización para que el país sea competitivo como lo es China, Japón, USA o Alemania, lo que implica remendar el tejido social y cambiar radicalmente la manera de hacer política. Para que al Congreso llegue gente pacífica y culta tiene que fortalecerse la educación superior, crearse nuevas universidades y ampliarse las existentes con plataformas virtuales, tiene que popularizarse el posgrado con una oferta masiva de maestrías y doctorados. En este orden de ideas, las Farc tendrán que cambiar el casete para verse como un contingente universitarios más que como militantes aguerridos, más como agentes de desarrollo que como oposición de izquierda. Con discursos tal vez se llegue a ganar elecciones y ocupar cargos de representación popular, pero no a cambiar la historia de un país. No es necesario dibujar el mapa de la educación superior en Colombia para descubrir que la mayoría de universidades privadas son feudos electorales. Existen obstáculos en la creación de esta universidad de la guerrilla, en primer lugar se atraviesa el estigma del nombre. Los señores de las Farc convocarán a un congreso, a una conferencia, discutirán con sus asesores un sustituto, consultarán a sus bases, harán un sondeo en las redes sociales o un estudio en profundidad con la academia, antes de tomar una decisión al respecto.

Cualquier persona lúcida advertirá la inconveniencia de un nombre como Universidad de las FARC, si se quiere que los muchachos y muchachas no sientan pena. ¿Dónde estudias? En la Universidad de las FARC, respuesta dicha con la mayor discreción, poniendo la mano en la boca como cortina pudorosa. Al parecer, la demonización de las Farc ha disminuido en estos primeros meses de posconflicto. Es mayor el número de colombianos que prefiere verlos haciendo política con las armas de la democracia. Nadie se opondrá a la creación de una nueva universidad, ni bruto que fuera, nadie objetará que copie algunos programas de la universidad pública. Es más, nadie le regalará nada a las Farc y ellas tendrán que hacer las diligencias como cualquier otro grupo social o político para conseguir la aprobación de sus programas en el CNA o el MEN. Si una universidad quiere progresar tiene que ofrecer carreras de distinta naturaleza y no restringirse a la sociología o la ciencia política. La paz podría ser el eje transversal de las ingenierías, las licenciaturas, los programas de salud, biología y química, ciencias sociales, filosofía, derecho, administración, arquitectura, en fin. Es la manera como las Farc pueden contribuir en forma significativa al desarrollo de la ciencia, la investigación y la tecnología del país. Señores de las Farc, salven la patria induciendo a sus 12 mil o 15 desmovilizados a que estudien una carrera universitaria. Después llegarán a tener 100 mil, quinientos mil, un millón de estudiantes, porque son millones los bachilleres que salen corriendo al SENA, dado que sus aspiraciones de profesionalización son remotas.

No es fácil cambiar el casete. Este es un problema de paradigma, como dijo el señor Kuhn, que de haber vivido en Colombia sería comandante de las Farc y estaría impulsando esta idea. Como dicen los críticos de la teoría de la reproducción (Willis, Giroux, Apple, entre otros) la gente tiende a la comodidad de un pensamiento mecánico como si los guerrilleros, al no saber hacer nada excepto portar un fúsil, viviesen condenados a “trabajar” para otro grupo insurgente o banda criminal, como si los guerrilleros no tuviesen más expectativas en la selva de cemento que conducir un taxi, emplearse de mensajero, ocupar la vía pública como vendedor informal o vender droga. Para alegría de muchos y enojo de pocos en Colombia, se sabe que los farianos, como se llaman ellos mismos en su jerga, tendrán un partido político, estarán representados en Congreso de la República, contarán con un equipo de fútbol de segunda división, podrán organizar seguramente un certamen musical, una feria del libro y un festival de poesía. Todo ello como resultado de la implementación de los acuerdos de paz con el gobierno Santos. Solo resta esperar que se pregunten ¿después de la pacificación política qué? Es sabido que una revolución o una reforma democrática no se refleja en el desarrollo y el bienestar del pueblo, una nueva constitución no es la condición del giro hacia la ciencia, la tecnología y el intercambio global. Cuba pudo ser una potencia médica, farmacéutica, en ciencia deportiva, en pedagogía. Nicaragua está estancada después de 40 años de hegemonía sandinista (apenas ahora está buscando construir un canal con los chinos para competirle a Panamá). Ahí está Venezuela, país petrolero que lleva más de diez años intentando una revolución profunda como condición del desarrollo.

En otras palabras, no hay revolución sin desarrollo. La comunidad internacional ha cifrado grandes expectativas en la construcción de la paz y las donaciones son solo una pequeña parte de la economía de paz que se avecina. Si los guerrilleros se conforman con la supervivencia y no se deciden a crecer y competir con las armas del conocimiento, los temas de interés serán los mismos que propagan los medios de comunicación y reproducen en la calle los ciudadanos, el muerto del barrio, los desastres naturales, el fútbol, la farándula y la política. Nunca llegará a sus oídos el lenguaje de la revolución del conocimiento que circula en las universidades del mundo desarrollado: I&D, ID+i, CTS, TIC, CRM, LSM, CMS, convergencia digital, alfabetización científica, investigación abierta (Open Science), investigación complementaria, inversores angel, prospectiva, spin off, licencias, franquicias, regalías, patentamiento, valle tecnológico, parque tecnológico, asesoría, consultoría, tutoría, mentoría, monitoreo, etc. En el tiempo de lectura de este comentario han cambiado radicalmente las expectativas y los chinos acaban de anunciar la construcción de grandes obras de ingeniería en todo el trayecto de lo que llamaron la ruta de la seda, que conectó comercialmente Oriente y Occidente. Señores de las Farc, ahí tienen un paradigma de desarrollo de hombres semejantes en el modo de concebir la historia. Salud.   

 


LA IMAGINACION COMPETITIVA

 

Hace unos días el presidente Santos culpó a la oposición (Centro Democrático, CD, o extrema derecha) de decir mentiras y verdades a medias. El mismo Santos dice verdades a medias en muchos asuntos de su gobierno. Lideramos la lucha contra el cambio climático, dice, cuando la locomotora minera y la defosteración de la selva siguen causando daño ambiental. “Es un sector crucial para el país”, dijo en 2013. Mejoramos en Pisa, dijo, cuando Colombia ocupó en 2016 el puesto 57 entre 72 países. Chile quedó en el puesto 44 y la ciudad china de Shanghái fue la primera en el ranking  con  603 puntos (Colombia sacó 379 puntos). Lo mismo en economía, en obras públicas y en el cumplimiento de los acuerdos con la guerrilla. Estamos en un 80% de lo pactado, dicen sus funcionarios, pero las cámaras de la televisión muestran un avance del 30% en las obras que sin terminar acogen a los guerrilleros en las zonas de concentración. La tasa de crecimiento económico para este 2017 será de 2,3%, según cálculos del FMI, o de 1,2%, según la oposición mediática de RCN y NTN. A este ritmo Colombia dejará de ser tercermundista en quinientos años, siempre y cuando los demás países se estanquen. No obstante, el gobierno se felicita por su disciplina en el pago de los intereses de la deuda externa, que pasó la barrera de los 100 mil millones de dólares. Excepto por su estilo clientelista (la mermelada) y su complacencia con políticos corruptos de la Unidad Nacional, Santos es el mejor presidente del siglo XXI. Haber hecho la paz es una prueba de pragmatismo, sensibilidad y persistencia, pero este logro recompensado con el Premio Nobel de Paz no es igual a competitividad y no da como resultado competitividad en la ecuación de la OCDE.

Competencia es un término viejo, Chomsky nos puso a leer a Descartes para poder entender su pesquisa sobre la competencia innata. En su intento de superar a Chomsky los lingüistas acuñaron las competencias comunicativas. Pasado el tiempo el concepto apareció en el campo empresarial metido en el bolsillo de Michael Porter y no demoró mucho para circular en el entorno institucional, como competitividad de los sectores industriales y competitividad de las naciones. Tendrá una larga vida hasta tanto sea reemplazado por un concepto con mayor capacidad predictiva del éxito o fracaso de las organizaciones. Tras la publicación de numerosos libros, conferencias por doquier en todas las lenguas del mundo y sendos artículos en revistas prestigiosas como Harvard Business Review, Porter se convirtió en la vedette de los negocios durante cuatro décadas. Y tuvo que ver con Colombia. Entre 1992-1993 un grupo de investigadores dirigidos por Porter aplicó su famoso modelo de las 5 fuerzas y elaboró el Informe Monitor de la competitividad del Valle del Cauca. En ese documento se dice que uno de los factores que impiden a la región ser competitiva es la mentalidad de sus dirigentes. Entonces se aparece en la pared la fotografía de unos señores ilustres, gente adinerada que incursiona en la política, señores de la tierra, latifundistas, dueños de ingenios azucareros. Nuevas asociaciones se cruzan en la mente, la ampliación del área cultivada, extensos cañaduzales, tierras compradas a bajo precio o usurpadas durante la violencia, freno a la modernización del país, poder paramilitar, privilegio militarista, partido de extrema derecha y veneración del líder, el caudillo, como si fuese el santo médico José Gregorio Hernández. Por algo se le ocurrió decir a Ernest Labrousse: mentalidades retrasadas que retrasan el desarrollo económico.

El haber estudiado en las mejores universidades de Estados Unidos y conocer de cerca el capitalismo avanzado no les ha servido de nada, no han entendido la importancia de la competencia y responden de forma borrosa al llamado de la modernidad, como dice Rodríguez en Pájaros, bandoleros y sicarios. Las mentalidades retrógradas creen fervorosamente en la guerra como catalizador de identidad, pero no mandan a sus hijos a la misma porque también creen en los privilegios y en la superioridad racial heredada de sus antepasados. Consideran que una mezcla de voluntad divina y leyes infalibles de la naturaleza ha ordenado la creación de peces grandes y peces chicos. Indios, negros, mestizos, patirrajados son peces chicos con el mismo derecho a poseer una noción de patria. En el cuartel se hacen los hombres, exhortaban los padres a sus hijos en la entrega de armas el primer día de servicio militar obligatorio, para que no sintieran nostalgia. En la división del trabajo, los soldados identifican al enemigo por sus prendas militares y los oficiales por sus ideas y movimientos clandestinos. Los soldados son gente humilde formada por el ejército como fuerza letal de combate que entra a matar, palabras de la senadora Cabal. El soldado defiende las instituciones, corrigió enseguida el Ministro de Defensa. Hasta hace unos años, antes de las sentencias sobre la no obligación de los hijos de madres solteras, y la objeción de consciencia, imperaba el reclutamiento forzoso. Se ven avances, no hay duda. Sin embargo, todavía no se ha superado el adoctrinamiento en las filas castrenses según el cual los defensores de los derechos humanos son colaboradores de la guerrilla, los sindicalistas candidatos a comunistas y los pacifistas apátridas.

Si la consigna del siglo XIX y XX fue combatir o morir, la del siglo XXII es competir o morir. Lo mismo en Argentina, México, Brasil que en la mayoría de países latinoamericanos, las guerras del siglo XIX fueron internas, de los mismos con las mismas. La última que sacudió a Colombia fue la Guerra de los Mil Días, acaecida entre 1899-1902 poco antes de la pérdida de Panamá (separación o independencia, problema de perspectiva). La oligarquía panameña endosó la construcción del canal a los Estados Unidos, tal como se había acordado previamente, sacando a los franceses del negocio. A USA le costó 30 millones de dólares reparar a Colombia. Los oficios diplomáticos facilitaron la instalación del enclave colonial en el istmo sin afectar las relaciones con el país afectado en su integridad. Hasta el día de hoy la novela mejor contada sobre este episodio adverso es Historia secreta de Costaguana de Juan Gabriel Vásquez, historia porque se refiere a un hecho cierto de grandes proporciones, secreta porque busca recrear una atmósfera de intriga y conspiración y Costaguana por aludir a cierta nación tropical imaginada por Joseph Conrad en Nostromo. Por límites ambiguos heredados de la independencia Colombia y Perú sostuvieron una guerra hace ochenta años. Hubo otra guerra 20 años después y fue contra Corea (1952-53), un país a 14,847 kilómetros de Colombia. Es una guerra que aún no termina porque no se ha comprendido, dijo de R H Moreno-Durán, autor de Mambrú, a José Alberto Castro. La historia afirma que el ejército colombiano fue a Corea a respaldar a Estados Unidos en su lucha contra el comunismo. Nuestro ejército, nuestras fuerzas militares, nuestros soldados, dicen los gobernantes, ninguno dice nuestro pueblo, nuestros trabajadores, nuestros pobres. Una secuela de guerras civiles atravesó los siglos XIX y XX y casi carcome el XXI de no ser por la osadía de Santos de despejar el camino a los TLC. La historia pudo ser alterada por Álvaro Uribe Vélez cuando quiso pasar de caudillo a dictador inventándose la guerra contra Venezuela, refugio de terroristas, y otra contra Nicaragua, país expansionista. No pasó nada.

Mientras el gobernante sueña con la gloria por un par de guerras mal hechas, el escritor pinta una escena de posguerra que conmueve al público, con una destreza incomparable. En Prosas apátridas, una bitácora de exiliado, un texto que recuerda La letra E de Monterroso, Ribeyro registra el final de una vida. “El portero del edificio, ochenta años, veterano de dos guerras, muere de un infarto en su cama cuando hacía la siesta”. El coronel de Gabo mantenía intactas sus esperanzas de pensión, en cambio su mujer desfallecía. “Y mientras tanto qué comemos”, preguntó y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía. “Dime, qué comemos”. El coronel respondió: “Mierda”. El militar deviene veterano y el veterano caudillo de la política o terrateniente respetado por sus vecinos, hacendado, latifundista, estanciero, amo y señor de la tierra y de una peonada inmensa. El caudillo político-militar cobra gran protagonismo en las guerras civiles del siglo XIX en América Latina e inspira obras de gran factura como Facundo o civilización y barbarie de Domingo Faustino Sarmiento y Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato. La revolución mexicana sirvió de referente a grandes escritores como Azuela (Los de abajo), Martín Luis Guzmán (El águila y la serpiente), Agustín Yáñez (Al filo del agua), Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz) y el fabuloso Jorge Ibargüengoitia (Los relámpagos de agosto). En Colombia es célebre la novela Los ejércitos de Evelio José Rosero. La guerra de secesión fue magistralmente boceteada por Stephen Crane en El rojo estandarte del valor (The Red Badge of Courage). Todas ellas tienen el ingrediente de la ironía, un rasgo de actualidad.

Quedó demostrado con el boom que América Latina es grande en su literatura, quizás no lo sepa el policía de aduanas ni el ciudadano promedio, pero lo sabe el estudiante y el que dedica parte de su tiempo a la lectura. El caudillo al que se refiere Ángel Rama en su ensayo sobre la novela del dictador es designado con una variedad de epítetos como el Padre, el Sabio, el Señor Presidente, el Primer Magistrado, el Supremo, el Patriarca, el Bienhechor, el Generalísimo, el Conductor, el Guía, el Jefe, el Protector, el Comandante, el Déspota Ilustrado, afortunados retratos extraídos del imaginario popular. Si existe tal inventiva existe talento y potencial, solo falta que la política educativa reintegre a clase a millones de desertores. De esta manera la tasa de lectura pasaría de dos libros al año a cinco, ocho, quince, veinte o más títulos para iniciar el camino de herradura de la competencia lectora. Enseñar a leer comprensivamente fue la misión de toda la vida de la chilena Mabel Condemarín, Premio Nacional de Ciencias de la Educación en el 2003. La lectura es paso obligado del estudio de la lengua y las matemáticas, esto lo sabe Pisa tanto como CCM o GFI. Los gobernantes no leen, no dan ejemplo, y en las entrevistas por televisión se excusan diciendo que las ocupaciones del estadista dejan poco tiempo para el noble oficio de lector. Según el Centro de Competitividad Mundial del IMD Business School, Colombia ocupaba en 2015 el puesto 51 entre los más competitivos. En 2016, conforme a la medición de World Competitiveness, otra entidad especializada en el tema, seguía manteniendo el puesto 51 entre 61 países. Este indicador señala que el país con el quinto ejército más poderoso de América Latina, según el Global Firepower Index (GFI), tiene un futuro incierto. No son calumnias, son datos producidos y divulgados por entidades respetables del mundo moderno. INCAE refiere que el Informe de Competitividad Global, acerca de la competitividad de 133 países, se basa en 110 indicadores sacados de cifras oficiales nacionales e internacionales y encuestas de opinión a más de 12 mil líderes empresariales del mundo.

El Índice de Competitividad Global (ICG) resume “el conjunto de instituciones, políticas y factores que determinan el crecimiento económico sostenible y ayudan a explicar por qué algunos países son más exitosos que otros en elevar, de manera sostenible, su productividad, niveles de ingreso y oportunidades para sus respectivas poblaciones”. El ICG se levanta sobre doce pilares que hemos tenido el arrojo de organizar en tres categorías alusivas a la competencia: instituciones, estabilidad macroeconómica, infraestructura, sofistificación del mercado financiero, sofistificación empresarial, tamaño de mercado, salud y educación primaria (capacidad); educación superior y capacitación, preparación tecnológica (aprendizaje), eficiencia en el mercado de bienes, eficiencia en el mercado laboral e innovación (gestión). Como puede ver el lector, el ICG descarta factores como capacidad militar, aprendizaje en el teatro de operaciones, apoyo logístico durante el combate, infiltración y espionaje del enemigo, guerra contrainsurgente, etc. Esto lleva a plantear la hipótesis de la relación cero entre el militarismo y la competitividad. Se presume que las fuerzas armadas no compiten, destruyen al enemigo. En realidad, no es así. Estados Unidos puede demostrar que grandes desarrollos científicos y tecnológicos se originaron en los laboratorios del Pentágono en el contexto de la guerra de las galaxias. Cuando la industria militar investiga pone a temblar el mundo. La ropa que usamos y los tenis que calzamos, los celulares, la medicina no invasiva, los GPS, las plataformas de las universidades a distancia, etc., nacieron el día aquel en que los norteamericanos, para no regazarse frente a los rusos, pusieron su primer satélite en el espacio. Esto fue en 1958.

Más de la mitad de la población no se hace expectativas con la paz. Los gobiernos no atinan a imaginar la estrategia del desarrollo para devolver la esperanza a millones de pesimistas, no saben cómo garantizarles estudio, trabajo y bienestar. El Estado confía en la fuerza del mercado y el empresariado solicita del Estado la fórmula para alinear la fuerza competitiva. La Alianza para el Progreso en 1961, la OEA, el TIAR resultaron falsetes, los americanos utilizaron tales organizaciones para contrarrestar el avance comunista. La ciencia, la tecnología y el conocimiento de la primera economía del mundo jamás se transfirieron al principal aliado, no hubo tal cooperación. Muchos ciudadanos suspicaces se preguntan: Ahora que se firmó la paz, ¿qué pasará con las fuerzas militares? Ya lo dijo el Presidente y el Ministro de Defensa: “Nuestros militares pueden estar tranquilos”. En realidad, hay otra guerra que los medios cubren a toda hora. Reportan la escalada criminal de corruptos, narcotraficantes, expendedores de droga, secuestradores, extorsionistas, jaladores, asaltantes, ladrones de poca monta y sicarios, una fauna temible. ¿Qué hace el gobierno? Aumentar el pie de fuerza. Para rematar, los paramilitares asesinan a defensores de derechos humanos y el Ministro del Interior dice en Washington que no es sistemático siendo el paramilitarismo sistemático. No es sistemático, replican inmediatamente en las redes sociales, porque no los matan por orden alfabético.

El concepto de competencia del talento (ser, saber, hacer) tiene una enorme deuda con el holandés Leonard Mertens, que desde los años setenta del siglo pasado aportó a la creación de cuatro modelos (sistémico, conductual, funcional y constructivo) con los cuales mejorar el desempeño laboral, proponiendo realizar la tarea no por cargos o puestos de trabajo sino por competencias, que otros llaman habilidades. Mertens distinguió entre calificación y competencia, explican Larraín y González, entre el conjunto de conocimientos y habilidades que los individuos adquieren durante los procesos de socialización y formación, y los aspectos necesarios del acervo de conocimientos y habilidades para llegar a ciertos resultados en circunstancias determinadas o la capacidad real para lograr los planes y objetivos previstos. Tiene su complejidad, como todo lo que beneficia a una Nación definitivamente. La entidad educativa que mejor domina el modelo de competencias y encabeza este tipo de formación en el país no es la Universidad Nacional, la Universidad del Valle o la Universidad de los Andes, sino el modesto SENA. Estudiantes pobres con bachillerato completo o incompleto y desertores del sistema educativo pueden realizar estudios técnicos en el SENA, presentar un proyecto de financiación de su emprendimiento y acreditarse en ciertas competencias para poder trabajar a escala global.

Cuando hablamos de competencias no estamos pensando solo en la formación técnica de Mertens, sino también en la comprensión del texto de Chomsky y en las estrategias empresariales e institucionales de Porter para competir con ventajas en el mundo global.

 


LA GUERRA DE LA PAZ. TEATRO DE OPERACIONES

 

Si no fuera porque Colombia es el principal aliado de USA en América Latina, dicho por los presidentes del país del norte y repetido infinidad de veces por sus pares colombianos, este comentario sería inutil, puro relleno por ausencia de temas relevantes, manifestación de impotencia frente al poder de los acontecimientos. Ser el principal aliado podría significar igualmente ser el más arrodillado, el más sometido a la política de Washington, el más útil para los intereses norteamericanos, como lo evidencia el envió de un batallón a Corea en 1951 para defender el mundo libre, según el concepto de libertad que trasmite USA.

Dos secretarios de la OEA, Alberto Lleras (presidente de Colombia en 1945–1946 y en 1958–1962) y César Gaviria (presidente en 1990–1994), defendieron las políticas diseñadas por USA para aplicar en el sur del continente. En 1961, con el objeto de frenar el avance comunista desde Cuba, el presidente Kennedy fundó la Alianza para el Progreso, siendo un miembro activo de esta organización el colombiano Hernando Agudelo Villa, el mismo que en 1966 publico La revolución del desarrollo. Origen y evolución de la Alianza para el Progreso. En el campo económico Colombia no solo fue el principal socio comercial de USA a lo largo de su historia republicana, sino objeto de un trato privilegiado desde la época aquella en que recibió 30 millones de dólares como compensación por los perjuicios ocasionados a raíz de la separación de Panamá. Sesenta años después de este epiosodio un poco olvidado por la opinión pública, fue creado el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), una institución financiera controlada por USA que tuvo a Colombia como país miembro desde su fundación en 1959, el mismo año de la revolución cubana. Hoy es un orgullo para el país tener un hijo suyo, Luis Alberto Moreno, como su cuarto presidente en un período que va de 2005 a 2017.

Y si esta dependencia política y económica resulta ser poco significativa en el siglo XXI, las agencias de noticias y las corporaciones de medios han conseguido que los colombianos crean que no existe otro país digno de recordarse que no sea USA. Los pincipales eventos de USA grabados en la mente de las personas desplazan los referentes culturales del resto del mundo. Desde que nace hasta que muere el colombiano promedio solo escucha hablar de cine, deporte, espectáculo, política y medios de comunicación provenientes de USA. Los premio Grammy son vividos con el mismo interes e intensidad en Colombia que en USA, lo mismo puede decirse de los premios Óscar, los premios Globo, la NBA, el baseball (béisbol), el Super Bowl y sobre todo las elecciones presidenciales. Edificios, revistas, diarios, páginas de internet, negocios, discursos, maneras de pensar y vivir se copian de un modelo fácil de entender: USA. Sin embargo, el mérito de tal expansionismo debe otorgarse únicamente a USA, que acertó en el desarrollo de su estrategia de colonización cultural conocida como “american way of life”. Gracias a la reproduccin ampliada que corre a cargo de medios de comunicación como RCN y NTN, que parecen sucursales de CNN, el pueblo colombiano es seducido todo el tiempo por el “sutil estilo de los americanos”, como entonó Piero en su famosa canción protesta.

Por lo visto, esos años 60 y 70 que formaron una generación emancipada en el continente no volverán. Ningún cantante importante del siglo XXI en Colombia siente que debe componer una cancion como Los americanos de Piero o El derecho de vivir en paz de Víctor Jara para conmover a un público derrotado por el escepticismo. Solo un pequeño grupo de nostálgicos que sobrevivió a la guerra puede soñar con repetir los pasajes de una canción que decía “go home” a los gringos. América Latina ha experimentado con gobiernos de izquierda en un primer ensayo de descolonización, pero Colombia no quiere admitirlo. La hegemonía USA es indiscutible y la aculturación pesa en la vida nacional, tanto así que muchos columnistas arremetieron contra Trump, el empresario que le ganó a Clinton en las elecciones presidenciales de noviembre pasado. Le dijeron retrógrado, racista, xenófobo, intolerante, fascista, idiota, y contribuyeron a la creación de la leyenda. Esperaban liquidar con palabras duras a un Trump versado en insultos e improperios. Lo que hicieron fue magnificar su precaria concepción del desarrrollo en la democracia formal. Así debió ser Roma con sus emperadores y sus colonias en tierras lejanas, la España de reyes y virreyes que dejó biblias y espejitos y se llevó el oro, y así tuvo que ser el imperio británico desde la revolución industrial hasta la segunda guerra mundial, cuando perdió su hegemonía a manos de USA.

La intelectualidad norteamericana, salvo personalidades como James Petras, Noam Chomsky o Gore Vidal, cree firmemente en su sistema, y buena parte de la población odia la política, siendo el abstencionismo muy alto, igual que en Colombia. La gente muestra los rasgos que caracterizan al hombre unidimensional, tal como lo describe Marcuse, sumido en un consumismo controlado en el cual no prospera el pensamiento propio. Los conflictos no son interpretados dialécticamente y se perciben como anomalías o disfunciones de un sistema que goza de buena salud. El ciudadano USA promedio espera que el resto del mundo aprenda a comportarse como dicta su modelo de progreso porque ha demostrado su perfección reportando un PIB más alto y un mayor consumo. Presa de la paranoia suministrada por los medios el norteamericano raso cree firmemente en la obligación de USA de utilizar todas las armas a su alcance, más ilícitas que lícitas, bombardeos indiscriminados y torturas, para detener el terrorismo, cree que es legítima su injerencia en los asuntos internos de otros países y sus invasiones para combatir al enemigo y apropiarse de los recursos estratégicos. Este pensamiento difiere del que promueven los gobiernos de izquierda de América Latina, más alineado con los principios de descolonización de la ONU, tarea díficil de llevar a cabo por el lastre imperial que todavía pesa en el mundo.

Millones de niños mueren en Siria con bombas fabricadas en USA, pero esta tragedia humanitaria no tiene la misma resonancia que el asesinato de afronorteamericanos por policías blancos o las masacres cometidas por excombatientes de Vietnam. Un rasgo dominante del mundo contemporáneo, según los filósofos, es el cinismo. En el tema del control de armas nucleares el cinismo USA no tiene límites, se queja a toda hora porque Corea o Irán realizan un par de pruebas, quizás para defenderse del enemigo, quizás con fines pacíficos, como aseguran a la ONU. El caso es que USA, el país que hizo su ejercicio estudiantil con bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 y que ha realizado más pruebas nucleares que el conjunto de países del mundo, sanciona y amenaza constantemente a los advenedizos. USA tiene derecho a mantener un mayor número de bombas, bases militares y soldados desplegados por el mundo porque, como dicen sus críticos, es el gendarme universal. La gran responsabilidad del imperio es defender el mundo libre, misión heredada de Inglaterra después de salir ileso y victorioso de la segunda guerra mundial. Es de gran responsabilidad evitar que algún Homero Simpson presione el botón nuclear en la empresa contratada por el Pentágono, por accidente o error, desencadenando el lanzamiento de miles de misiles y sus réplicas de las potencias para destruir el planeta en segundos. ¡Terrorífico!

Trámites de la guerra contemporánea, el armamentismo, el mayor número de efectivos militares, los conflictos internos que se extienden a la región, las invasiones de otros países y la muerte de millones de civiles, de niños inocentes, llevaron a los Premios de Paz a crear su Cumbre y a los jóvenes a seguir su ejemplo. No es correcto que los premios Nobel mencionen nombres propios en su denuncia de violaciones de los derechos humanos, pero uno deduce quién es el gobernante o el país canalla por la procedencia del visitante. Todos saben que la violación de los derechos humanos no constituye la causa sino el efecto de la crisis de gobernabilidad pero ante todo de sensibilidad y ética humana. A su vez, esta crisis civil es producto de la despolitizacion del ciudadano, de la escasa participación en la cosa pública, dejando que la economía capitalista arrase con el estado social de derecho. La diplomacia de la Cumbre impedía utilizar un lenguaje confrontador de políticas y acciones de gobernantes autoritarios. Se refirieron los hechos pero se omitieron los nombres, de modo que cada quien debía identificarlos por su cuenta. Como dijo Pareto, los culpables del problema están en posiciones directivas y el 20% de su gestión causa un 80% de los errores. Políticos, empresarios, jerarcas de la iglesia, corporaciones, líderes influyentes son culpables de la crisis estructural y humanitaria. Pero lo insólito es que todos ellos se empeñan en culpar al azar y en eximir al sistema. Presumen que el capitalismo es el único camino posible o el fin de la historia, como dijo un pensador venido a menos.

Si se pone atención a la declaración final de la 16 Cumbre Mundial de Premios Nobel de Paz, realizada entre el 2 y el 5 de febrero de 2017 en Bogotá, el mundo parece a punto de colapsar. Estamos hasta el cuello de problemas de grandes dimensiones. Los premios Nobel repetían problemas globales que afectan a la humanidad y ponen en riesgo la paz como el narcotráfico, la trata de personas, el cambio climatico, la xenofobia, la proliferación de armas nucleares. Casi todos se refirieron indirectamente a Trump y hablaron de construir puentes en lugar de levantar muros. Entre los más aclamados estuvo la educadora y activista norteamericana, líder en labores de desminado a nivel mundial, Jody Williams. Tuvieron especial participación en la Cumbre los jóvenes del mundo, trasladados de los cinco continentes para manifestar su deseo generacional de seguir luchando conjuntamente por la paz y apoyar la paz de Colombia. Hablaron los jóvenes en el cierre de la Cumbre sobre temas que les afectan y afectan a la humanidad, jóvenes de la generación del milenio muchos de los cuales no ven signos de mejorar la situación en sus países, jóvenes sin futuro que sueñan y se inspiran en los premios Nobel de paz.

Hablaron por millones de jóvenes sumidos en la incertidumbre, sin acceso a la educación superior, desempleados, que aun cuando sufren el abandono del Estado y son amenazados por su edad, persisten en sus luchas por la igualdad y la justicia, y se oponen al militarismo y la guerra. Son activistas de la guerra contra las guerras y sus causas. En medio de las guerras que ensombrecen la suerte del mundo, surgen guerras nobles promovidas por los premios Nobel de Paz, que inspiran a millones de jóvenes, como la guerra contra la pobreza y la trata de personas, la guerra contra el narcotráfico y las bandas criminales. No hablaron por otros jóvenes que quisieron coger las armas para defender ideologías e instituciones o que fuerron arrastrados por el torrente de la guerra como soldados, guerrilleros, paramilitares y mercenarios en procura del sustento diario. Cuesta creer que para comer y sostenerse haya que matar al enemigo, sea quien fuere, subiendo las acciones de la industria de la guerra. Un participante de la Cumbre dijo a su entrevistador en un receso de pocos minutos que el minado afecta a 70 países del mundo y que el número de minas sembradas llega a los 70 millones, lo que quiere decir que el promedio de minas por país es de un millón.

Si las comunidades preguntan ¿cuál es el inventario de ojivas nucleares?, quizás no obtengan una respuesta rápida. ¿Cuántos centros de desarrollo nuclear tienen las potencias? Quizás lo sepan aquellos cuya profesión es hacer espionaje. Si el público quiere una respuesta oficial, puede consultar en internet. Según internet, USA posee en la actualidad un arsenal de 5.113 ojivas nucleares preparadas para ser lanzadas desde su territorio y sus bases militares en el mundo. Los informes hablan de casi 1000 bases militares USA instaladas con la tecnología más sofisticada en todo el mundo, excepto en Rusia, en China o en Cuba, como es lógico. Solamente en Alemania, país estratégico para frenar el avance comunista, cuenta con más de 200 bases militares. Todos recuerdan los planes de instalar otras 7 bases militares en Colombia en el gobierno de Álvaro Uribe. ¿Cuántas bases militares tiene USA en Colombia? Es un secreto, no existe un grupo de investigación ni una corporación mediática con acceso a esta información clasificada que nos mantenga al día mediante reportajes especiales.

Fuera de los pronunciamientos oficiales por televisión de los premos Nobel de Paz se desconocen los papeles de la Cumbre, especialmente cierta información clasificada que podría haber llegado y regresado intacta en la maleta del invitado. En una Cumbre de paz tiene que haber mucha información actualizada y confiable sobre la guerra. Pero tal parece que no se cumplió el adagio según el cual un arma poderosa contra la guerra es la información. Por ello, una tarea pendiente de los colectivos y movimientos sociales, especialmente en Colombia, es el manejo de la tecnología de internet como herramienta de resistencia contra los poderes de la guerra. Los civiles atropellados a diario por miembros de las FFMM, las madres con hijos asesinados en falsos positivos, los objetores de conciencia, los pacifistas en general están en mora de adquirir capacidad organizativa y logística, apalancamiento financiero y manejo técnico al mismo nivel de WikiLeaks, sistema de filtraciones liderado por Julian Assange, Vatileaks (papeles del Vaticano) o Bahamas Leaks (Panama papers). No está bien dejar todo el trabajo a los medios de comunicación, a los noticieros privados, a la prensa local. Teniendo el control de la información se puede prevenir antes que lamentar. La gente joven es pacifista y no dejará que los señores de la guerra destruyan el planeta con ideologías como la defensa del mundo libre. Como dijo H. G. Wells: “Y estas bombas atómicas que la ciencia explotó en el mundo aquella noche fueron extrañas incluso para los hombres que las usaron”.

 


LA FUENTE DEL BIEN Y DEL MAL

 

Es evidente que nos engañaron con la extradición. El gobierno solicitó la extradición de Andrés Felipe Arias y su par norteamericano respondió sin más trámite que no existe tratado de extradición con Colombia. Entonces uno se pregunta por qué razón mandaron y siguen mandando miles de colombianos para ser juzgados, condenados y encarcelados por los gringos, y solo traen una decena de ellos quebrantando el principio de reciprocidad. Los capos de los carteles en los Estados Unidos compran a los capos colombianos miles de toneladas de droga cada año y de esta manera contribuyen al escalamiento de la violencia, pero no se conoce pedido de extradición ni encarcelamiento de ningún pez gordo del país del norte. Entre 2003 y 2007 soldados norteamericanos abusaron de menores de edad en diferentes ciudades del país, pero ninguna autoridad nacional ha solicitado su extradición para juzgarlos por sus crímenes. Nos engañan fácilmente para hacernos pagar impuestos arbitrarios. En 1998 nos engañaron con el cuatro por mil, cuando no fue suficiente el dos por mil, supuestamente una medida transitoria (de un año) creada para salvar la banca. Según el respectivo decreto de sustentación, el impuesto era para “preservar la estabilidad y la solvencia del sistema y proteger a sus usuarios”. En 2003 el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez consideraba que “todas las empresas de servicios públicos domiciliarios deberían vincular a los usuarios como sus accionistas, con el fin de solucionar las necesidades de recursos para inversión y acabar con las constantes contradicciones y protestas”. Una vez aprobada la propuesta, la empresa Emcali implementó desde 2005, por más de una década, un sobrecargo del 0.2% sobre el valor facturado de los servicios públicos domiciliarios como una “medida temporal” para salir de la crisis. En lo que respecta al plebiscito por la paz celebrado el 2 de octubre de 2016, el Consejo de Estado señaló hace poco que los promotores del “no” engañaron a los ciudadanos al denunciar la presencia de acuerdos inexistentes como ideología de género (en el acuerdo se habla de enfoque), eliminación de subsidios, afectación del régimen pensional, impunidad de los guerrilleros, burla de los derechos de las víctimas y tránsito a un modelo castro-chavista (régimen comunista). La lista de mentiras es larga, el lector las conoce y no vale la pena insistir en ello.

Las mentiras causan perjuicios e inciden indirectamente en la muerte de personas inocentes, pero su efecto no puede compararse, de ningún modo, con la guerra sucia. Conocemos la historia de unos pájaros en Tuluá por la novela de Álvarez Gardeazábal, Cóndores no entierran todos los días, y hemos visto una versión  nítida de este pasaje de la violencia colombiana en la película dirigida por Francisco Norden con la actuación de Frank Ramírez como León María Lozano, alias "El Cóndor". No hemos visto El baile rojo, documental de Pakiko Ordóñez sobre el extermino de la UP, pero hemos leído que este genocidio perpetrado en conjunto por organizaciones fascistas, militares, paramilitares, narcotraficantes, distinguidos financiadores y políticos, sicarios, entre otros extremistas, acabó con la vida de los candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa (además de Carlos Pizarro y Luis Carlos Galán, que no eran de la UP), 8 congresistas, 13 diputados, 70 concejales, 11 alcaldes y 3.500 militantes (5.000 según otros). Es de imaginarse el asedio para tener cercado al enemigo día y noche (la cacería), las interceptaciones telefónicas, la detención de los familiares, la alianza no autorizada de militares y paramilitares, la entrega de listas de supuestos colaboradores de la guerrilla, sacados de sus hogares, torturados y masacrados, el secuestro y desaparición de ciudadanos sospechosos de pertenecer a la insurgencia, las vejaciones, la ejecución extrajuicio de civiles por los militares en defensa de la democracia, el exilio de los que lograron salvarse milagrosamente. De la violencia y la guerra sucia se ocupan autores como Javier Giraldo (sacerdote jesuita), Gonzalo Sánchez, Mauricio Archila, Francisco Gutiérrez, Alfredo Molano, Hernando Calvo, Martín Medem, Guido Piccoli, entre otros.

Ahora bien, si el lector quiere profundizar en el estudio de este tema funesto de exterminio físico y sistemático del “enemigo” perpetrado por miembros de la seguridad estatal (ejército, policía secreta, inteligencia y policía regular), paramilitares y narcotraficantes, puede consultar por su cuenta y riesgo libros, investigaciones universitarias, estudios especializados, artículos científicos y periodísticos, contratos y autenticaciones notariales, procesos judiciales, denuncias de los defensores y organizaciones de derechos humanos, testimonios de las víctimas, entre otros. Material muy valioso reposa en las bibliotecas públicas y privadas, en páginas de internet subvencionadas por los países desarrollados y especialmente en instituciones acreditadas como el Centro Nacional de memoria Histórica (CNMH), CINEP, Peace Brigades International, bibliotecas y hemerotecas del país, etc. Periódicos, revistas y noticieros de dudosa reputación dan cuenta de episodios de guerra sucia como secuelas del acuerdo de paz, como una reacción lógica, y de alguna manera “legítima”, de los grupos extremistas. Tras la firma del acuerdo de paz crece automáticamente el número de voluntarios, sicarios y mercenarios, gente que se ofrece por unas monedas para cometer toda clase de atrocidades pues la historia les ha enseñado que señores poderosos que dicen defender las instituciones democráticas dan el aval, patrocinan, financian la continuación de la guerra. En efecto, estos señores planifican y ordenan los ataques letales conocidos como guerra sucia con una frialdad pasmosa, confiados en que el sistema los absolverá. Planificadores que están detrás (o delante) como autores intelectuales y ejecutores que cumplen la orden perentoria sin hacer preguntas saben que el sistema está hecho para despistar y brindar impunidad. Hoy mismo, con presidente Nobel a bordo, la guerra sucia persiste cobrando nuevas víctimas entre campesinos, indígenas, jóvenes, defensores de derechos humanos, profesores, sindicalistas y miembros de los partidos y movimientos de la oposición de izquierda. Los medios informan sobre una campaña sistemática en diferentes regiones del país, un nuevo episodio de distribución de panfletos, hostigamiento, muerte selectiva y desplazamiento, con un balance tenebroso para este período de 71 asesinatos, 279 amenazas y 30 atentados. Los violentos se atreven incluso a enviar panfletos amenazantes al mismo arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve, tildado junto a otros sacerdotes de "clérigo comunista". En 2002, hace 15 años, siendo presidente Andrés Pastrana, monseñor Isaías Duarte Cancino recibió los mismos panfletos y de nada valió un Estado con un millón de uniformados responsables del orden público para impedir su asesinato. La osadía de las fuerzas oscuras no tiene límites y la historia se repite, si antes el objetivo de guerra de los violentos de extrema derecha fue la UP, hoy es Marcha Patriótica.

El pueblo no vota, el abstencionismo llega al 60% y la democracia es una democracia de papel, de mentira, una democracia formal, representativa. Muchos mantienen su incredulidad frente a la firma de la paz y razón no les falta. No le creen al gobierno, al Estado, a las instituciones, no le creen al papel. Como suele decirse, “el papel aguanta todo”, una expresión popular que cobra vigencia después de ver infinidad de veces el acto de firma de los acuerdos en un papel, en una especie de libro. Para aquellos acostumbrados a lo tangible de los hechos, al acto de comprar y vender con un billete que se hace efectivo inmediatamente, lo escrito, y más si contiene bonitas palabras, es mera retórica, sin efecto práctico en la vida, es la antelación de su incumplimiento pese a las expectativas que genera. La Constitución es para los incrédulos la mejor prueba del hiato entre el decir y el hacer. Dice que es obligación del Estado defender la vida y honra de los ciudadanos, pero en la práctica el Estado renuncia a su misión o la delega al libre mercado, al capitalismo salvaje. Copiado de las grandes potencias, el mercado capitalista sustituye al Estado en su función de garantizar el goce de los derechos, regular las relaciones sociales y proveer los medios de supervivencia de los más necesitados. Es el caso de la ley 100 de1993, aprobada con ponencia del senador liberal Álvaro Uribe en el gobierno del socialdemócrata Ernesto Samper. Solo quien tiene plata de reserva puede solventar un tratamiento médico oportuno en una clínica privada. Los demás ciudadanos deben presentar un cerro de tutelas y rezar todo el tiempo para que se produzca el milagro de la atención eficaz de una IPS quebrada por el incumplimiento de las EPS. La inseguridad y la desprotección provocan sufrimiento y dolor en los más necesitados y, de no ser por distractores como el fútbol y las fiestas, se incrustarían como una ordalía en su cotidianidad. Es inhumano que no haya bajo el sistema de salud neoliberal una cobertura universal de las enfermedades. El sistema es cruel como sus agentes y no perdona. Pero entonces entran en escena los críticos del sistema con sus acciones colectivas y movimientos, con sus redes sociales, los activistas políticos, que rechazan y seguramente tumbarán la ley 100.

Se presentó una discusión en estos grupos opositores, críticos del sistema, sobre si llamar posconflicto o posacuerdo a la culminación del proceso de paz entre el gobierno Santos y las Farc. Son precisiones conceptuales que resultan inocuas si no prenden viralmente en la comunicación social, si no se reproducen en las expresiones y diálogos en la vida cotidiana, si no contribuyen a la educación política del ciudadano de a pie. Por lo visto, a la mayoría le ha calado el término posconflicto.  Tosa institucionalidad habla de posconflicto, que incluye el acuerdo o el posacuerdo. En realidad, viéndolo bien, se ha terminado el conflicto político-militar pero subsiste el conflicto social. La guerra por el poder y sus réditos se traslada del campo a la ciudad, ahora son los delincuentes comunes y las bandas criminales formadas por los paramilitares que se desmovilizaron en el gobierno Uribe los que tienen azotados a los ciudadanos. La situación de la juventud es bastante crítica en los barrios populares y las soluciones no se ven a la vista sino en el largo plazo. Como decir que esta generación y los dos siguientes no tienen futuro. Si acaso desde la cuarta generación del posconflicto. Las causas del conflicto social, que se presentan desde el primer día de estreno de la República y enrarecen el clima de convivencia en la actualidad, constituyen el verdadero problema por resolver. Sin embargo, no puede repetirse la fórmula mecanicista de atribuir el recrudecimiento de la delincuencia social y la corrupción política a la pobreza, la desigualdad y la ignorancia. Cabe pensar en las subjetividades, en las mentalidades, en los hábitos del trabajo y del emprendimiento, en representaciones sociales y proyectos de vida, en los imaginarios, la creatividad y la asertividad, en la incapacidad para leer, entender, prevenir, negociar y mediar en los problemas sociales.

Sin duda alguna, el clima de paz que se logre construir en lo que dure el posconflicto tendrá impacto en la reducción del conflicto social e intrafamiliar, en los hábitos irrespetuosos, intransigentes y violentos que se han incrustado en hogares, calles, pueblos y ciudades. De ahí que los entendidos consideren con justa razón que el conflicto no termina con la firma de la paz, sino que abre una ventana de oportunidades para el crecimiento y el desarrollo, desde el punto de vista oficial, para reducir la brecha de desigualdad e injusticia, según los críticos. De cualquier modo, el posconflicto inaugura un largo proceso de retorno a la civilidad y la convivencia mediado por una multiplicidad de mecanismos formativos, más que sancionadores y represivos, llamado pedagogía de la paz. Pocos saben que el sector educativo se adelantó a la firma de los acuerdos de paz creando la Cátedra de Paz y, mucho antes, instituyendo el Manual de Convivencia. Hemos visto en los colegios la elaboración de historias de vida, que posibilitan introducirse en la memoria histórica y en la memoria individual o familiar, el diseño e implementación de estrategias pedagógicas en la construcción de una cultura de convivencia y paz, así como la creación de museos en las instituciones educativas. De esta manera se confirma que, efectivamente, gozarán la paz las futuras generaciones. Mientras tanto, la dinámica mercantil de los medios de comunicación, que despliegan el currículo oculto a su audiencia, hará contrapeso a estos avances que se producen y se profundizarán en el sector educativo. El amarillismo de los medios no tiene reversa, seguirán informando sobre el crimen execrable o la masacre del mismo modo que narran un partido de fútbol o cubren un reinado de belleza, como un espectáculo. Salvo que esta era de la paz inspire a los comunicadores en el emprendimiento de nuevos medios, formatos y enfoques periodísticos.

Hace 10 años Juanita León, la reportera de guerra, esperaba que abrieran más espacios en los medios masivos para hacer el retrato humano de los actores del conflicto, mediante un registro en profundidad que rescatara por igual las emociones y pasiones de los violentos y sus víctimas. Ella quería conmover al lector mostrando el lado “humano” de la guerra. Pero este deseo era imposible de materializar en el formato en papel, en una época en que el periodismo digital en Colombia estaba en pañales. Además, la competencia era dura, con muchos candidatos con buenas propuestas en el maletín, con una buena cantidad de periodistas consagrados como Germán Castro Caycedo, que podían garantizar la venta de una edición completa de sus libros. Desde el Conrad  reportero del hundimiento del Titanic, desde mucho antes, desde el remoto expansionismo tribal, desde el Julio César de la Guerra de las Galias, se sabe que el periodismo novelado seduce más que el periodismo informativo. Debe reconocerse, sin embargo, el esfuerzo de la industria cultural para hacer del periodismo un arte, para ponerlo a la altura de la novela, para hacer de los escritores periodistas y de los periodistas escritores. Gabo tuvo una clara ventaja sobre sus colegas periodistas (no escritores) y sobre sus colegas escritores (sin experiencia periodística. El derecho a publicar todos los libros inéditos guardados en el computador parece reservado a los novelistas de prestigio o a los periodistas que sacaron tiempo de su oficio informativo para invertirlo en la creación de novelas. Juanita León no es la única reportera de guerra que nos tiene historias fabulosas, historias hondamente humanas de hombres y mujeres en el vórtice de la guerra, envueltos en un conflicto cuyas causas desconocían o no eran capaces de explicarse en contexto. Como decía el famoso programa de televisión, hay un millón de historias de vida en el universo y esta es solamente una de ellas.

 


LA REPÚBLICA DE LOS PRIVILEGIOS

 

En las negociaciones de paz entre el gobierno Santos y las Farc se establecieron inamovibles, temas intocables por cuanto representan los fundamentos sobre los cuales se erige la doctrina política y el sistema en general de cada cual. Era necesario ponerlos sobre la mesa como unos límites en la función de moderar el clima de las negociaciones, como si capitalismo y comunismo hubiesen acordado no pisarse los callos. De los muchos inamovibles que los medios de comunicación reportaron en los últimos meses vale la pena mencionar algunos por parte del gobierno y la guerrilla. Un inamovible del gobierno fue la propiedad privada (referida a los medios de producción, no la nevera de la familia ni los zapatos del hijo mayor), que el socialismo acepta pero el comunismo promete abolir. Otro inamovible gubernamental fue la integridad de las fuerzas militares (encargadas de mantener el estado de cosas, incluso en Nicaragua donde guerrilleros y soldados no somocistas se fundieron en un solo ejército).

Casi todo lo que pedía la insurgencia estaba escrito en el papel de la Constitución y las leyes de la República, cosas como la lucha contra la corrupción, la educación gratuita hasta el grado universitario, la sostenibilidad ambiental, los derechos políticos de la minorías o la justicia social (como declaración). Estaban vetados temas como la nacionalización de los recursos naturales, la estatización de la banca, la reforma agraria, etc. Un inamovible de la insurgencia fue la tipificación de sus “delitos” como delitos políticos, siendo conexos otros delitos como la falsedad documental, el secuestro de civiles, el narcotráfico, etc. Otro inamovible de los guerrilleros fue su participación en política una vez retornaran a la vida civil. La extrema derecha se oponía a los curules para los comandantes de las Farc con argumentos religiosos más que políticos.

En realidad, el gobierno hizo un buen negocio porque el acuerdo se focalizó en temas de desarrollo y justicia social, consignados hace tiempo en la Constitución de 1991, considerada entre las mejores del mundo, y en la normatividad vigente. No se tocó un pelo del modelo prevaleciente, en lo fundamental, y más bien se perfeccionó para poder funcionar más eficientemente y garantizar a la oposición llegar al poder por la vía electoral. Es exagerado pero no insensato plantear que este acuerdo fortalece al gobierno y el Estado colombiano y deja a la guerrilla menoscaba en su poder. Puede decirse que la revolución, tal como la concibe el marxismo, quedó postergada hasta una fecha incierta o fue suprimida definitivamente del programa, depreciándose la tesis de Lenin en su Quiénes son los amigos del pueblo y cómo luchan contra la socialdemocracia. En este libro Lenin dice cómo hacer la revolución comunista al mismo tiempo que se hace la revolución democrática, postergada o traicionada por la burguesía y la pequeña burguesía incipientes de un país campesino.

Comparado con las revoluciones rusa, china o cubana, este desenlace histórico de las Farc, este acuerdo con el enemigo de clase, significa renunciar a la toma del poder por las armas e imponer la dictadura del proletariado en cabeza del partido comunista. La guerrilla optó por el socialismo del siglo XXI, que hace un gran esfuerzo por construir un solo bloque de países de América Latina, con la oposición de los Estados Unidos. Este país poderoso, que algunos llaman imperialismo o gendarme mundial, defiende por medios diplomáticos o belicistas, pacíficos o violentos, con gran habilidad y flexibilidad, como ningún otro en el pasado, el modelo capitalista. Los gringos aprueban el acuerdo de paz en Colombia con la misma firmeza con que negocian el restablecimienro de relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba. La dirigencia cubana ha puesto sobre la mesa su inamovible y es de imaginar la decepción de los negociadores de Obama, y ahora de Trump, cuando escuchan que el papel rector de la política y la economía recae en el partido comunista y que la intervención del Estado en la economía se ratifica después de cada congreso de los herederos de Julio Antonio Mella. Sin embargo, para conseguir el desbloqueo, los cubanos tendrán que ceder con apertura democrática y economía de mercado como exigen los gringos.

Así como estaban las cosas, ni la guerrilla iba a derrotar al poder militar del gobierno para imponer su propio sistema e intentar construir una hegemonía social y política, ni el gobierno iba a seguir desgastándose en una guerra interna otras cinco décadas, dilapidando decenas de billones de pesos anuales en armas y pie de fuerza y, lo más importante, sacrificando vidas humanas entre soldados y civiles, hombres, mujeres y menores de edad. Oficialmente se cuentan ocho millones de víctimas, pero deben ser más teniendo en cuenta que las estadísticas oficiales se quedan cortas frente a la realidad. El gobierno proyecta un crecimiento de ocho puntos, muy superior a los dos o tres puntos en tiempos de guerra. Hoy el mundo saluda y celebra la paz colombiana, y los inversionistas estudian los sectores de negocio más promisorios. A veces se pierde, a veces se gana, se gana perdiendo, como dijo Maturana, o se pierde ganando, en todo caso, la paz siempre será mejor negocio que la guerra. Se demoraron sesenta años en darse cuenta y hay que abonarle al presidente Santos la iniciativa para acabar con el conflicto armado.

Para otros es el momento de hacer pequeñas reformas. Las redes sociales convocan a un referendo para establecer un tope al sueldo de los altos funcionarios, del presidente hacia abajo. En Colombia basta con haber sido presidente encargado (incluso por nueve días como en el caso de Carlos Lemos Simmonds) para tener derecho a una pensión vitalicia de muchos millones. La senadora Claudia López se suma a esta petición de reforma, pensiones de no más de 20 salarios mínimos, o sea, que no excedan en más de veinte veces lo que gana un trabajador raso. Son peticiones respetuosas, distantes en su tono y alcance de las posiciones radicales de izquierda. Aunque, pensándolo bien, que se sepa, ningún funcionario público de izquierda, del ala moderada o radical, elegido democráticamente, ha renunciado a su sueldo abultado, lo ha donado a una obra social o ha solicitado que se le rebaje en forma significativa para estar a nivel del ingreso popular. Probablemente haya una ley que lo impida, así es de inteligente el sistema, se blinda ante cualquier contingencia.

El presidente Pastrana recibe 22 millones mensuales de pensión. El padre, el presidente Pastrana, recibe un poco menos, no él sino su viuda, 19 millones. Y así por el estilo. Al país le cuesta más de 30 mil millones mantener la dignidad de sus presidentes, expresidentes y exvicepresidentes. Este tema de las pensiones de los presidentes y funcionarios de alto rango, senadores, representantes, diputados, concejales, etc., que en algún momento de la vida republicana le prestaron valiosos servicios al país, es viejísimo. El Tiempo del 26 de octubre de 1993 informaba lo siguiente: “Un nuevo debate político acaba de desatarse a raíz del decreto 1359 expedido por el Gobierno el 12 de julio de este año, que crea un régimen especial de pensiones para los congresistas. Según la norma, los parlamentarios gozarán de una serie de privilegios distintos a los que establece el nuevo régimen de seguridad social para el resto de colombianos y que se encuentra haciendo trámite en el Congreso”. Este mismo periódico denunciaba el 9 de julio de 2011 las maniobras de más de cien servidores públicos para ganarse la lotería. En los distintos juzgados del país, a punta de tutelas, antiguos procuradores, magistrados, fiscales y miembros del Consejo Electoral, lograban la reliquidación de sus pensiones violando el monto máximo legal. Mientras este caso es revisado por las autoridades, informa El Tiempo, las pensiones de los expresidentes son inamovibles. En el ranking de pensiones el expresidente Uribe es que más gana. El 19 de enero de 2013, veinte años después, la revista Semana titulaba: “Pensiones de congresistas se reforman ahora o nunca”.

La culpa de los privilegios es del pueblo, que no quiere esforzarse por emular la condición humana de las élites, así como la culpa de la pobreza es de los pobres. Si no hubiese pobres en el mundo todo marcharía mejor. En cambio, no se puede abolir los privilegios porque provocaría una crisis terrible. El director británico Ken Loach acusa a la derecha europea de culpar a los pobres por su desgracia, como si fuesen artífices de su propia pobreza. Para la derecha “si no tienes empleo, eres un paria", señala este cineasta ganador de varios Cannes y otro montón de premios en Europa. En el cruce de acusaciones, el nuevo presidente de los Estados, el señor Donald Trump, a quien llaman el magnate, el multimillonario, el machista, el republicano diferente, en fin, con diversos epítetos para referirse a un hombre que desconoce la pobreza, acusa a los mexicanos de la posición incómoda de su país frente a la competencia china. No culpa a los chinos directamente sino a los mexicanos de los problemas que aquejan a la potencia mundial. Desde la época de Thomas Mann las cosas han cambiado drásticamente. La discriminación racial, que podría ser causa en lugar de consecuencia de los privilegios, no aplica para las celebridades negras, mestizas o mulatas, ni para los jeques árabes. A este fenómeno le llaman blanqueo social.

Ciertas convenciones sociales reproducen el régimen de privilegios en una sociedad que concede más oportunidades a los blancos y bonitos que a los pardos, grises o menos agraciados. Felix Krull, el personaje de Thomas Mann, es el hijo vanidoso de un burgués vinicultor que dibuja su autorretrato con las siguientes palabras. “Claro, a aquellos muchachos corrientes de pelo duro y manos rojas les hubiera resultado muy difícil, además de ridículo, intentar imaginarse como príncipes. Yo, en cambio, poseía un cabello suave como la seda, muy raro de encontrar en el género masculino; y como además era rubio, eso, sumado a mis ojos azul grisáceo, contrastaba de forma cautivadora con el tono dorado de mi piel: en realidad, cabía dudar si yo era rubio o castaño, pudiendo calificárseme de ambos modos con igual derecho. Mis manos, que desde muy pronto empecé a cuidarme mucho, sin ser demasiado delgadas tenían una forma agradable, nunca sudorosas sino siempre calientes en su justa medida, secas, con unas uñas bonitas…”.

A propósito de Thomas Mann, casi todos los escritores colombianos condenan el régimen de privilegios en sus columnas de prensa, como corresponde a su oficio humanista. En esta época es raro encontrar un escritor, un artista o un intelectual que aplauda la desigualdad social y las ventajas abrumadoras de nacimiento o enriquecimiento, la explotación y la opresión del hombre por el hombre, como pudo ser bajo la esclavitud y el feudalismo. Este hecho lleva a pensar en las relaciones entre la ilustración y la libertad, los derechos humanos y Antonio Nariño, el humanismo y la crítica de las injusticias, desde el romanticismo europeo hasta el barroco americano. A la retirada del humanismo del entorno socializador de la familia, la escuela, el trabajo y el barrio, cabe atribuir el irreversible deterioro mental, la atrofia de la sensibilidad y la brutalidad de millones de personas que escogen el camino de la delincuencia. Esta deshumanización creciente empuja a las familias y sus integrantes al abandono, a la apatía y el desinterés, a renunciar al cuidado de sí, a la pérdida de dignidad y a conformarse con la mediocridad de los derrotados.

Es lo que revela la cultura contemporánea, el empobrecimiento material y espiritual, el culto de los nuevos héroes de la posmodernidad, las monarquías, las familias adineradas, las élites, las celebridades y los personajes famosos. Todo aquello que la televisión presenta como farándula y que en este rincón de internet renombramos como la república de los privilegios (sin ofender).

 


DYLAN THOMAS INTERCONECTADO

 

En alguna entrevista ya olvidada Robert Allen Zimmerman, también llamado Elston Gunn, Blind Boy Grunt, Bob Landy, Robert Milkwood Thomas, Tedham Porterhouse, Lucky/Boo Wilbury, Sergei Petrov, Jack Frost, Bob Dillon, pero sobre todo Bob Dylan, dijo que había tomado su nombre del poeta Dylan Thomas, que había estado un poco indeciso de ponerse Bobby hasta que finalmente se decidió por Bob. Con este nombre pasó a la historia como un músico contestario y con este nombre acaba de ganar el Nobel de literatura, suscitando la controversia, de si la musica es literatura, de si las canciones son poesía como dicen que son las trovas y los boleros los críticos de última hora. Tras la revolución de internet se ha descubierto que el poeta no nace ni se hace, sino que se rodea de otros poetas para formar comunidades indestructibles. La comunidad se encarga de darle el aval al poeta, no la obra elogiada, ni las publicaciones exitosas ni los premios más apetecidos del país.

La poesía es y no es, dijo un filósofo experto en Derrida y el deconstruccionismo. De pronto quiso decir que la posmodernidad, que sigue la huella del posestructuralismo y del giro cualitativo en el pensamiento y la investigación, cosa esta última que pocos intelectuales reconocen, pues prefieren reflexionar desde la filosofía y la política, derriba las fronteras del género. Se sustituyen las parcelas alambradas por los campos abiertos a la curiosidad del visitante. Hace años García Canclini definió la cultura contemporánea como cultura híbrida, con fronteras muy tenues entre las formas de vida y los estilos. Este rasgo de la posmodernidad puede verse en la vestimenta, los instrumentos, las conversaciones y el escenario de las bandas bolivianas que hoy están en Oruro, mañana en Lima y pasado mañana en Sabaletas, dejando ver elementos comunes con sus anfitriones y rarezas que prenden en terreno abonado por el pastiche.

Es la situación experimentada por la cumbia, que dejó de ser un rasgo de identidad colombiano o reconocido como folclor colombiano, excepto por el nombre, por la gente más joven, para convetirse en el ingrediente básico de una gran cantidad de mezclas, desde el Río Bravo a la Patagonia. Es la sorprendente paradoja, ya que la gente joven no sabe de dónde vienen los cantantes pero acepta su arte con amabilidad, en cambio los viejos, que todo lo saben, rechazan este nuevo arte indefinible. Y lo extraño de todo este asunto es que Umberto Eco dijo en una ocasión que toda obra es una obra abierta, apoyado no en el neoestructuralismo ni en el posestructuralismo sino en el estructuralismo de Formaggio (librería Atenas remató un lote de La morte dell’arte e l’estetica, traducida por la extinta Grijalbo como La muerte del arte y la estética).

Por eso me extraña que un intelectual estructurado como Vargas Llosa se oponga con vehemencia a la decisión de la academia sueca de conceder el premio Nobel de literatura a un músico cuyas canciones son publicadas y leídas como poesía. No tiene en cuenta el autor de La casa verde la evolución operada en las artes en general. El lector recordará que al comienzo se premiaban novelistas y, después, por algún cambio en la noción de literatura, como dice Carlos Rincón, se premiaron dramaturgos y poetas, Harold Pinter o Pablo Neruda, o dramaturgos novelistas como Sartre o Pirandello, hace poco cuentistas y hoy un músico famoso. De ahí que el premio Nobel termine en manos del menos opcionado, un no novelista. Si alguien todavía cree que debe escribir buenas novelas para merecer el Nobel, está equivocado.

Estamos de acuerdo con los opositores en el punto del profesionalismo, mas no de la especialización. Todos los premios Nobel se dedicaron a la literatura de tiempo completo, no hubo uno que escribiera como hobby, que creyera que su trabajo era mero pasatiempo, tampoco hubo ninguno que se sentiera un aficionado, un amateur, y que hiciera su trabajo gratis. Puede decirse con absoluta certeza que hacer literatura no es fisgonear en librerías de viejo, no es malgastar el tiempo dejando recados con el panadero, cuando el idioma exige atención y las montañas de libros esperan en la biblioteca. Gabo era Gabo porque cargaba sobre sus espaldas autores que no le dejaban extraviarse de la ruta trazada. Con ellos mantenía charlas reveladoras. Pero quién puede dudar del nivel cultural y estético de USA, de la calidad de las conversaciones que traban sus mejores artistas (un Andy Warhol intercalando con Jean-Michel Basquiat ideas para futuras pinturas y chistes o un Gore Vidal apartándose de la novela histórica para compartir con su comunidad una perorata antiimperialista).

Da pesar que siendo nosotros el patio trasero de USA, neocolonias como decían los sociólgos de los setenta, no aprovechemos esta rica herencia americana. Los gringos le regalan a Colombia dos secretarios de la OEA y una silla en el consejo de seguridad de la ONU, pero no le comparten su cultura universal, nada de lo bueno y mejor que hay en sus cincuenta estados. A cada quien le toca informarse personalmente. Ahora no hay en español artículos robustos sobre el autor de Tarántula y Crónica, única literatura escrita y publicada por Dylan, la primera un fiasco y la segunda una buena autobiografía a la altura de cualquier Nobel mayor de sesenta años. Toca esperar a que los columnistas de El Tiempo, El Espectador, El País, Arcadia, entre otros medios de gran cobertura, se pongan al día revisando material en culturas más avanzadas, en la metrópoli hispana, gala o sajona, no tanto germana, para tener la oportunidad de constatar que, efectivamente, se desbordó el río de la música en los predios de la literatura. Pero si el lector quiere adelantarse le garantizó que encontrará abundante material, escritos soberbios, todo lo que quiera saber sobre Dylan, en el Colombo Americano.

Por ejemplo, me enteré por Malcolm Cowley (1898-1989), en una vieja entrevista publicada en The Paris Review, que Faulkner le escribió confesándole que quería que alguien le escribiera en su tumba el siguiente epitafio: “He wrote the books and he died.” Estos son datos valiosos que dicen mucho de un autor. De Dylan podemos decir un monton de cosas tanto de su música como de la letra de sus canciones, su poesía, y de sus memorias, pero ese no es el objeto del presente comentario, sino la resonancia universal de un nombre artístico. Hay un gran revuelo en la calle por un supuesto desaire de Dylan, que los del Nobel trataron de contactarlo, que incluso le pidieron el favor a su representante, pero que hasta el momento desconocen el paradero del poeta y desistieron de buscarlo para informarle que ha ganado un premio. Por ahí leí en el blog de una amiga en Facebook que Dylan ha donado la plata a los palestinos, siendo él de origen judío y habiendo recibido hace poco una distinción del mismo Obama, presidente de una nación solidaria con los judíos. Es poco sensato imaginarse un Dylan provocador.

Por mi parte, siempre estuve de acuerdo con el premio y al comienzo creí que Dylan iría por el Nobel, teniendo en cuenta el antecedente Obama, incluso lo critiqué en las redes y lo puse por debajo de Sartre y Becket, otros premios Nobel que no lo aceptaron o no fueron a la ceremonia. Me parecía que un rebelde no podía caer en esa tentación, que esa actitud era más nuestra, más latinoamericana, teniendo en cuenta que nuestros escritores y artistas caen fácilmente en el vedetismo, como puede verse en la prensa, que desean salir del anonimato a toda costa y son incapaces de rechazar una distinción argumentando principios religiosos o políticos. Si nos basamos en los chismes de alcoba del país nacional, Dylan seguirá escondido en algún lugar del territorio americano desde donde verá la ceremonia en su honor sin sentir ningún remordimiento. Algunos gringos son así, Dickinson, Faulkner, Salinger, Pynchon, extremadamente reservados.

Mi opinión sobre la validez que puede tener un premio Nobel entregado a un músico en lugar de a un escritor con más de diez libros en su haber, ha cambiado radicalmente. Incluso tengo en el computador unos textos que no sé si son míos o de otra persona. Los textos, que pudieran ser fragmentos copiados de algún lugar y unidos por la necesidad de demostrar una hipótesis, se refieren a un milagro papal que acabó revelando la influencia más significativa. Los préstamos de diversos autores y géneros se toleran con benevolencia hasta que un premio posterior a la visita papal termina anteponiendo el pasado al presente, indicando que el origen se llama Dylan Thomas y que ha llegado la hora de celebrar ese feliz encuentro. Durante el mes de septiembre, cuando la gira llegó a las puertas de Roma, Dylan aprovechó la oportunidad para hacerle una visita al Papa Juan Pablo II, la misma que causó alboroto en los medios de comunicación del mundo. De regreso a su país fue galardonado como uno de los cinco grandes artistas de la música popular. En lugar de perder el rumbo, Dylan va asimilando todo lo que llega de afuera, un mundo inagotable de referencias, y de esta manera reconoce su estilo, con absoluta sinceridad, como quien recibe la orden, en esta especie de iluminación o epifanía, de desprenderse de las imitaciones para apostar por su propia autoría.

Mi teoria es que cambian más lentamente los conceptos que la percepción de las cosas, que muy pocos escritores saben lo que en realidad significa ser escritor o lo que esto representa para una vida fracasada o en plenitud. Algunos están cerca de conseguirlo pero no lo logran, por ejemplo el maestro Whitman, sumamente vanidoso, y aprovechado porque cogió una nota de Emerson, extraída de una breve carta del filósofo como acuse de recibo de la primera edición del libro, unas cuantas líneas elogiosas, y la utilizó como prólogo en la segunda edición de Hojas de hierba. Ahí comenzó la gran obra del poeta americano. ¿Esto se llama viveza? No, se llama gratitud. También consideramos un escritor poco discreto al maestro Hemingway, que además de histriónico era excluyente con quienes parecían poco inteligentes, y no es que saliera al café en Paris a descansar despues de la dura jornada, sino que buscaba toparse con personalidades importantes de la cultura universal, gente influyente que estaba más allá del bien y del mal, o salía con la intención de seducir a una mujer confiado en su gran porte.

Por lo visto y leído, Dylan es un animal gregario y hace parte de una comunidad muy grande de músicos y poetas, como lo demuestran las fotos. En otras palabras, Dylan es un artista popular que acude al llamado de las multitudes, no se esconde ni elude entrevistas como los escritores nombrados anteriormente. Quizás el premio Nobel lo ha sacudido llevándolo a verse como un poeta, no como un músico que escribe y canta letras de gran contenido poético. Conociendo como es su personalidad, su ética artística, probablemente Dylan ha entrado en crisis después del Nobel y le está pesando no tanto el premio como su graduación oficial de poeta (no bardo) por los suecos. No es lo mismo decir trovador de la Edad Media que decir poeta del siglo XXI. Es la diferencia. El cambio de identidad y de imagen de sí mismo ocasiona la crisis. Es posible también que Dylan haya resuelto ser el mismo de antes y su aislamiento sea una estrategia para no tener que soportar una montaña de saludos.  

Por último, Dylan estuvo en la baraja del Nobel desde hace mucho tiempo y, que se sepa, no pidió a la academia sueca que lo sacara de la lista. El famoso cantante escuchó decir muchas veces a sus amigos artistas, esa comunidad incondicional, que era un digno candidato al Nobel de literatura, y tal parece que jamás armó escándalo por ello. Gordon Ball publicó hace nueve años (2007) en la revista Oral Tradittion un texto titulado "Dylan and the Nobel" en el cual dice que el promotor de esta nominación fue el poeta Allen Ginsberg. Ball lo sabe mejor que nadie porque es especialista en Ginsberg y ha editado tres libros de esta otra celebridad americana. Este es el tipo de obsesiones que me gusta de los gringos, dedicarle toda una vida a la obra de otro sacrificando la propia. Como dice Ball en su artículo: “My specialty is the poet Allen Ginsberg and the literature of the Beat Generation”. Del mismo modo, habrá centenares si no miles de trabajos que hablen de la curiosa relación que mantuvo Dylan, como un amante furtivo, con el premio Nobel de literatura.

En lo que respecta a Colombia, un país con cincuenta millones de habitantes, habrá centenares de especialistas en literatura americana, conocedores a fondo de los escritores universales como Whitman, Melville, Crane, James, Elliott, Ginsberg, Dylan, etc. etc. También habrá muchos especialistas en la música de Dylan que no saben nada de poesía o no han encontrado el nexo entre un género y otro, y unos pocos especialistas en la poesía de Dylan. Estos últimos son los que festejan y se hacen leer en los principales medios de comunicación. Antes había que buscarlos con lupa y pagarles una fortuna para que soltaran la lengua. Hoy es más fácil. Hoy, por suerte, existe la maravilla electrónica de internet, que permite a los lectores ubicar en segundos la página colombiana más consultada sobre Dylan. Haga la prueba el lector. En su computador, su tablet o su celular aparecerá Arquitrave, la excelente revista del poeta Harold Alvarado Tenorio, en los primeros lugares de la lista que nos entrega el buscador. Hasta el mediodía del jueves 20 de octubre se encontraban dos obras extensas, como corresponde a una revista prestigiosa, una larga lista de canciones publicadas como poemas, traducidos por Gabriel Jiménez Emán en formato pdf descargable, y unos cuantos poemas publicados como canciones en código html.

 


SIETE DÍAS QUE ESTREMECIERON A COLOMBIA 

(INCLUIDO EL NOBEL DE PAZ)

 

De Suecia vino la orden de no alfabetizar por el momento a los remisos y proseguir con la implementación de lo acordado. Entonces los negociadores llamaron a la ONU para que hiciera su trabajo de verificación. Al mismo tiempo escucharon las propuestas del sí y del no para mejorar lo acordado. No es por estigmatizar pero sabemos que la mayoría  de la población colombiana no tiene el hábito de lectura ni la capacidad para comprender un acuerdo de paz de 200 páginas, ni siquiera de 20 páginas. Tampoco sabe discernir entre un enunciado lógico y una frase manipuladora. Es responsabilidad del Estado velar por la vida de todos, incluso de los suicidas, y el instrumento es la renegociación. ¿Se justifica un segundo plebiscito sabiendo que los ciudadanos no leerán el contenido de los acuerdos?

Es muy corto el tiempo para alfabetizar a los ciudadanos y esta tarea patriótica tiene que hacerse en el mediano y largo plazo. Sin embargo, los pedagogos de la paz pueden intentar un resumen de 10 páginas de los acuerdos, realizar talleres con niños y jóvenes de la generación pacífica y reactivar la Cátedra de Paz, que estuvo un poco perdida entre los papeles del profesorado. Pocos días después de la crisis generada por los votantes del no, los estudiantes universitarios marchan masivamente por la paz, con prudencia pero con vehemencia, pues quieren intervenir sin fastidiar. También los movimientos sociales del sí, aprovechando las condiciones favorables creadas por el premio Nobel de Paz otorgado al presidente Santos, convocan a los votantes del no y marchan juntos.

El mundo entero no podía entender cómo la mitad de un país votaba por el no impidiendo que se implementaran los acuerdos de paz. El primer sorprendido fue el gobierno del presidente Santos, que mínimamente esperaba un 60% del sí contra un 40% del no. Pero las cosas no se dieron esta vez, el no ganó con un 50,21% contra un 49,79% del sí, un escaso margen. Los más pesimistas hablaban de esperar diez años para que otro gobierno intentara un nuevo proceso de paz. Los politólogos manifestaban que este resultado no podía interpretarse como el regreso a la guerra sino como la necesidad de emprender la renegociación del acuerdo. Entre los insurgentes está ganando la tendencia renegociadora, sin ser acusados como entreguistas por los radicales.

La situación era preocupante a los tres días de producirse el triunfo del no, se desconocía la respuesta de los movimientos sociales y se pensaba que todo quedaría otra vez en manos de los políticos, que decían haber liderado las votaciones del 2 de octubre. Pero de repente aparecieron estos movimientos en el escenario de la renegociación, sus líderes fueron entrevistados en los medios y en ese momento cobraron protagonismo a nivel nacional. Las marchas en pueblos y ciudades y la toma de lugares emblemáticos en todo el país conducen a pensar que la paz retoma la senda del optimismo. Vale la pena destacar el renacimiento de la democracia directa, una utopía que figuró en la Constitución del 91 y en la ley 134 de participación ciudadana de 1994. Sería vergonzoso, por no decir tramposo, que la paz y la democracia se hagan con una minoría de votos y que sean las élites económicas y políticas en el poder las que manden en el proceso de paz.

La escasa representatividad colombiana pone en entredicho su democracia, como diría el profesor Dahl. En este plebiscito votaron un 37% de los ciudadanos habilitados, una tercera parte del potencial electoral, manteniéndose la tendencia histórica abstencionista.  El abstencionismo es un cáncer difícil de extirpar que carcome la confianza de los electores y amenaza el clima de paz alcanzado en la negociación. Cualquier resultado que no supere el 50% de los votos esperados es espurio, ilegitimo, inefectivo y cuestiona el estado social de derecho. La crisis de representatividad prevale en el ejercicio de una democracia electoral, indirecta, formal desde el comienzo de la República. No entendemos por qué los políticos eluden la discusión del voto obligatorio y el voto electrónico en el Congreso, por qué no exploraran mecanismos persuasivos o de presión que reduzcan el abstencionismo. ¿Qué pierden?

Los profesores se enfrentan al desafío de analizar en el aula de clases no solo las causas y consecuencias del abstencionismo, sino también el sesgo de los principales medios de comunicación y el confusionismo que crean los políticos con sus declaraciones. No es una tarea fácil pero vale la pena intentar el análisis del discurso, comenzando por la famosa frase del doctor Uribe, líder de la oposición, en respuesta al comentario del doctor Juan Carlos Vélez: “la campaña no apeló a la mentira ni a la tergiversación”. Con una buena pedagogía los alumnos entenderán que el líder está intentando decir lo contrario: “la campaña apeló a la mentira y a la tergiversación”. Es algo parecido a la lectura sugerida por Borges en suPierre Menard autor de El Quijote. Pero dista del Abc de la lectura, libro con el cual Ezra Pound quiso enseñarnos a leer poesía.

A veces nos damos cuenta un poco tarde de que somos objeto de manipulación. Nos despedimos de este mundo sin saber que fuimos manipulados durante toda la vida. Fuimos utilizados por gente poderosa con el señuelo de la libertad. Millones de personas se forman una idea del mundo en programas de entretenimiento, telenovelas, partidos de fútbol y noticieros, en medios de prensa, radio y televisión que reemplazan la educación formal con sus contenidos.  En Colombia la educación es impartida por los medios de comunicación. Por ello no advertimos las incoherencias del líder de la oposición cuando felicita al presidente Santos por el Nobel de Paz.  Si ganó el Nobel de Paz es porque Santos hizo las cosas bien, como dicen los futbolistas. Sin embargo, el líder de la oposición, el representante del no, según los medios, dijo: “Felicito el Nobel para el Presidente Santos, deseo que conduzca a cambiar acuerdos dañinos para la democracia”.

Sus ocho años de gobierno nos permitieron conocer su teoría de la democracia, lo que no sabemos es qué entiende por “acuerdos” o por “dañinos”. No es este el espacio para indagar en los discursos del senador Uribe ni para ensayar una definición lógica de estos términos como nos enseñaron Russell, Ayer, Frege, etc., quienes se quemaron las pestañas, se gastaron centenares de páginas para desmenuzar el sentido de palabras sencillas como “número” o “actualidad”. No le pedimos peras al olmo, no esperamos que los votantes que rechazaron el sí lean ni siquiera el resumen del acuerdo de paz firmado por el presidente Santos y Timochenco, el jefe de la guerrilla, no les pedimos que se actualicen en educación cívica en materias como democracia o responsabilidad, tampoco les exigimos que dejen la ingenuidad en sus casas. Esta estrategia de apelar a la razón de la sinrazón es totalmente equivocada. Es más, si se pretende mantener en pie la democracia formal nadie debe someterse a un escrutinio riguroso, a una prueba tipo Icfes, para ejercer su derecho a votar.

Le llaman manipulación, ardid, trampa, mentira, le llaman delito porque engañan al electorado. Es lo que hizo el doctor Juan Carlos Vélez, gerente del no, según su propia confesión: En emisoras de estrato medio y alto nos basamos en la impunidad de los delitos atroces y de lesa humanidad —dijo—destacamos el nombramiento de los guerrilleros como congresistas y la reforma tributaria que aprobaría el Congreso para costear el posconflicto, mientras que en emisoras de estrato bajo nos enfocamos en los salarios que se pagarían a los jefes guerrilleros y los insurgentes rasos con el dinero de los contribuyentes. Mientras los promotores del sí, los funcionarios de Santos y los pacifistas, se esforzaban en explicar conceptualmente al pueblo los términos del acuerdo, los dirigentes del Centro Democrático hacían mercadeo con un manual de bolsillo.

Estaba muy atareada en mi trabajo, no tenía tiempo para pensar y voté por el no, se disculpó una señora. Dije en la encuesta que me hicieron que no sabía si sí o si no, declaró otra señora, y cuando estuve en el puesto de votación marque no. Supe desde un comienzo que votaría por el no, dijo un señor con mucha firmeza, me parecía insólito que los terroristas de las Farc llegaran al Congreso de la República sin pagar por sus crímenes. No entiendo nada de política, pero el presidente Uribe me parece la persona más honorable del país, manifestó un señor de la tercera edad, por eso escucho sus sabios consejos cuando de votar se trata. En cambio, un joven vestido con uniforme de mensajero acusó a Uribe de instigar a la guerra. Entonces dijo: culpó a Uribe de lo que pueda pasarle al país si lo dejan sabotear el proceso de paz.

La tormenta parece haber pasado, se ve más tranquilo y confiado al presidente Santos, el panorama político se esclarece. El gobierno en pleno y los aliados se han volcado a ofrecer su apoyo incondicional al premio Nobel de Paz 2016. Los pronunciamientos son más contundentes que hace una semana. Los militantes del sí aprendieron la dura lección del no en las urnas y vencieron la timidez. Hemos visto el cambio en el propio Ministro de Defensa. Nadie esperaba que los jóvenes del sí y del no, las nuevas generaciones, se unieran en la misma causa. De otro lado,  las trampas de los opositores han indignado al electorado. "Juan Carlos Vélez ha hecho un daño muy grande con sus declaraciones": dijo el senador Uribe. Juan Carlos Vélez ha renunciado al Centro Democrático. Pero no crean que este partido experimente una derrota y se sienta debilitado políticamente. No señores, esté partido cuenta en sus filas con la gente más astuta de América Latina y quizás del mundo.

El premio Nobel de Paz es el respaldo de la comunidad internacional para que  Santos termine la tarea. El guerrillero Márquez dijo que escucharían a todos los actores, negociadores, votantes del sí, votantes del no, organizaciones de víctimas, abstencionistas, que estuvieran dispuestos a hacer ajustes al documento. Es lo que siempre quiso la insurgencia, que participara la sociedad civil. Y gracias al no es que se renegocia lo acordado y se gesta una Constituyente sin dignatarios, es decir, sin constituyentes. Quizás pueda bajarse el nivel discursivo de intelectual a popular. El pueblo no quiere clases magistrales sino mensajes escuetos, frases sencillas y emotivas, cuñas publicitarias. Los opositores dijeron que no mandarían negociadores a La Habana. ¿Qué estarán tramando?

 


LA GENERACIÓN DE LOS HIJOS DE LOS HIJOS DE LA PAZ

 

Estamos de acuerdo con Falicov en el sentido de que las transiciones generacionales pueden darnos la clave de los problemas en la familia y sus posibles soluciones. La gente, la familia, los grupos humanos, la sociedad y las naciones cambian como sistemas abiertos que naturalmente tienden a cerrarse ante las dificultades. Los subsistemas o cada uno de sus elementos pueden cambiar el sistema y el sistema depende jerárquicamente de grandes sistemas o suprasistemas. Hemos dicho repetidas veces que el comercio mundial y los TLC, particularmente, obligaron al gobierno a explorar caminos de paz con la guerrilla. La presión no vino tanto de los ciudadanos que votaron mayoritariamente el mandato por la paz en 1997, a seis años de la Constitución, sino de los negocios que podían dañarse por la testarudez de dirigentes de derecha y extrema derecha. De igual modo, la mentalidad o la cultura anticomunista que condujo a la creación de grupos paramilitares y a la muerte de Jaime Garzón, impidieron en varias ocasiones que se avanzara hacia la paz.

La paradoja de nuestra época es que para un problema sistémico se propone una solución no sistémica. Sistémico tiene el sentido de global, economía global, ciencia global, deporte global, espectáculo global. Lo que pase en Colombia tiene repercusión en el mundo global pero tiene más impacto en Colombia y el mundo lo que ocurra en USA, China, Alemania, incluso Rusia. Los medios de comunicación nacionales lo saben, por eso se ocupan de los detalles de la contienda Clinton-Trump y dejan de lado el cambio de gobierno en Alemania. El hombre de hoy se ha liberado de las noticias sesgadas de los medios de comunicación nacionales para poder informarse de los acontecimientos del mundo global por internet. Busca y encuentra lo que le interesa y para ello utiliza los enlaces. De los miles de millones de terabytes que circulan en la red solo utiliza 20, lo demás lo descarta, es información basura, spam, ajeno a sus intereses. ¿Tiene que leer todo para hacerse a una idea sistémica del mundo? No.

Fermín sabía que tenía la información, el conocimiento y la capacidad política para influir en los centros de poder desde la orientación de movimientos sociales locales en Colombia, Argentina, Chile, México, etc. Para ello debía estar bien informado de lo que pasaba en cada país y en el mundo, de modo que compraba los periódicos y revistas más acreditados por el público. Estando en México fue que descubrió la imposibilidad de estar completamente informado, pese a que leía Excélsior, La Jornada, El Economista, 24 horas, entre otros medios de prensa, sin contar los programas de televisión, y vio cómo el globo de la información explotaba en el aire. En esa época no existía internet. Fermín renunció al deseo de estar bien informado para hacer su trabajo porque (justamente) no le dejaba tiempo para hacer su trabajo.

Quizás los hijos de los hijos de la generación de la paz estén mejor informados ya sea porque la tecnología lo permita o porque sea de vida o muerte aprender a informarse y ejercer la crítica, como dicen los docentes. Aparte de las cámaras digitales repartidas en muchos puntos de la ciudad, con las que ahora se supone que la policía será más eficiente para identificar al delincuente, no para prevenir el delito, el ciudadano tiene el manejo de la tecnología en sus manos. Y lo más importante, está conectado al mundo. El Estado colombiano ha querido facilitar este acceso a la tecnología, que quiere decir acceso a una información confiable, con políticas públicas, normas y presupuestos, en ese orden, como corresponde en el mundo global. Las plataformas integradoras de procesos constituyen una preocupación en el mundo empresarial y las Tic en el mundo educativo.

Según el profesor Juan Manuel De Pablos Pons de la Universidad de Sevilla, la tecnología educativa es la unión de los dispositivos tecnológicos y la manera de enseñar o de aprender a enseñar. Ha detectado que la tecnología educativa pasa por tres momentos, la utilización (todos los docentes y todos los estudiantes tienen sus dispositivos que utilizan unos con más destreza que otros), la aplicación (muchos docentes estudian maestría para desarrollar software, crean un blog para interactuar con sus estudiantes, instalan programas que hacen mapas o plantean problemas en plataformas educativas) y, finalmente, la integración, en lo cual estamos un poco rezagados.

Seguramente los hijos de los hijos de la generación de la paz puedan integrar el dominio de la tecnología con el arte de educar. Si son capaces de hacer la integración estamos salvados como nación en el conjunto de naciones más competitivas del mundo. Un pequeño elemento del sistema hará su labor de topo para remover las bases del sistema. Por esta vía los muchachos se encontrarán, no me cabe la menor duda, con los indicadores de desarrollo tecnológico que se publican desde hace 50 años y cuyos archivos podrán descargar en sus smartphone para leerlos con algo de tiempo. Señalo las fechas de creación de estas cuatro biblias del desarrollo en materia tecnológica, Manual Frascati (1963), Manual Bogotá (1991), Manual Canberra (1995) y Manual Oslo (1997) para que los lectores identifiquen al gobernante que decidía los destinos del país demagógicamente sin estar conectado con el mundo global.

No queremos que se ensañen con esos hombres que llegaron al poder sin ser estadistas ni que se metan con sus familias que gozaron de los privilegios que consagran las instituciones. Estos gobernantes no marcaron la diferencia por una política científica y tecnológica durante su mandato, sino que se creyeron seres especiales por ser objeto de homenajes cada cierto tiempo por las fuerzas militares, los concejos, las asambleas y el Congreso de la República en pleno. No quedando conformes con la pensión vitalicia, aceptaron la invitación de formar parte de las juntas directivas de las grandes corporaciones económicas. De pronto los electores actuales no ven la necesidad de consultar en internet información sobre el tejido económico y político detrás del poder para saber quién es quién en los debates electorales. Los que sí estarán obligados a discriminar entre buenos y malos políticos, entre gobernantes mentirosos y veraces, entre demagogos y pragmáticos, serán los hijos de los hijos de la generación de la paz. Entonces habrá menos o casi ninguna tolerancia con gobernantes que pagan altos intereses del bolsillo de los contribuyentes por la deuda de cien mil millones de dólares contraída con la banca internacional. La amenaza de aumentar el IVA y los impuestos dentro del ajuste fiscal refleja el síntoma de la enfermedad, no la causa.

La productividad y competitividad del trabajador no es compatible con el gasto ni con su distribución conforme a las prioridades determinadas por la economía global. Un país súper endeudado, que no invierte en educación ni implementa una política de desarrollo científico-tecnológico, que destina 30 billones de presupuesto en seguridad y mantiene un pie de fuerza de un millón de hombres, sin contar los terceros, un país que esconde la miseria del pueblo con discursos gloriosos y promesas celestiales, es un país fallido, un país destinado al fracaso, un país incompetente. Como diría Pareto en su fórmula de los mínimos máximos, el juicio de la historia debe hacerse a los líderes, a ese 5% que es responsable de la suerte de ese otro 95%. ¿Somos competitivos? No somos. ¿Somos equitativos en las responsabilidades? No somos. El Consejo de Estado acaba de fallar en el caso Jaime Garzón obligando al Estado a  reparar a su familia con 900 millones. Dicen que pagará el Ministerio de Defensa. Pagará el Estado y nosotros sabemos que pagaremos con nuestra plata. No me imagino al general dejando de comer un mes para reparar el daño causado.

La paz de 2016 es una oportunidad para enfrentar problemas secundarios como los derechos de la oposición (que demoró más de la cuenta), las garantías de participación política (sin voto electrónico ni obligatorio como medida prudente contra el abstencionismo), mas no los problemas esenciales de la sociedad colombiana como el derecho al trabajo, la salud, el bienestar familiar y social, el estudio, el derecho a la vida en forma efectiva, no retórica. Mientras predomine la ley del mercado sobre los derechos humanos, la ley 100 de salud versus la dificultad para recibir atención médica eficaz, el crecimiento de las universidades privadas versus la crisis endémica de las públicas, para solo mencionar dos problemas, no será posible aprovechar el clima de paz del presente para avanzar hacia su consolidación a futuro. Rodolfo Llinás no se cansa de manifestar que la educación universitaria en Colombia es obsoleta. Las pruebas Icfes, las pruebas Pisa y las pruebas de ingreso a la universidad indican que la educación básica, principalmente en las instituciones públicas, es de mala calidad. En la cadena de valor del sector empresarial se excluye este eslabón o se hace la evaluación como un factor extraño, externo, de contexto, por considerarse que esa tarea compete al gobierno.

Los que voten por el Sí serán los héroes de la paz en su fase de desarme y sus hijos serán los héroes del crecimiento económico si es que el sistema local se adapta a las circunstancias del mundo global. Nadie regala nada en la competencia mundial entre países y a cada país le toca sacar ventaja de las oportunidades que le ofrece el mercado global. Los gobernantes que negociaron la paz no podrán excusarse diciendo “ah, es que no crecimos 5 puntos del PIB por culpa de las Farc”. Cuando firmaron los TLC estaban pensando en los retos de la competencia global y sabían que estaban a un paso de iniciar conversaciones de paz con las Farc. En medio de la guerra ningún inversionista querrá arriesgar su vida y su dinero para poner en marcha un negocio en el proceso de implementación de los TLC. Al gobierno le correspondía allanar el camino y Santos lo hizo. Los motivos de la paz difieren entre dirigentes y dirigidos, entre grupo dominante y oposición, entre gente que administra su riqueza y el asalariado, entre el gobierno que está pensando en el crecimiento cuando habla de paz y el pueblo que se imagina el cielo de la fe cristiana, una imagen del más allá, un futuro en clave de utopía. El pueblo desposeído sueña con una sociedad feliz sin detenerse a calcular la viabilidad de sus expectativas. Sus hijos podrán vivir el crecimiento económico y los hijos de sus hijos podrán tal vez construir una cultura de paz que intente oponer un discurso humanista y ecológico a las pretensiones del armamentismo y el belicismo que sostienen el sistema capitalista.

De las declaraciones a los hechos hay un largo trecho. Los líderes arengan a sus seguidores diciendo voten por el Sí, derroten a los señores de la guerra. Como principal argumento dicen “somos una familia, somos patriotas, somos demócratas, somos guerreros incluyentes y libertarios, luchamos por la justicia social”. Pura retórica, dicen los críticos del no, son héroes de boca y pretenden engañar a la mayoría con mentiras. Prometen aquello que no cumplirán jamás. Conocemos sus actos, sabemos que buscan votos y poder. Y no obstante, estos líderes empresariales, políticos y militares han negociado la paz con el principal grupo guerrillero y esperan hacerlo con el segundo. Los críticos no pueden negarlo. Otra cosa es que lo que llaman paz verdadera y duradera, en un tono francamente retórico, es un largo camino de 20, 30, 50 años, si acaso 100 años, de cambio de paradigmas y mentalidades. Por ahora parece suficiente. No hay un as bajo la manga. Cualquiera puede descargar los acuerdos de internet y leerlos para estar seguro antes de depositar su voto. Los negociadores no quieren repetir la historia de Misael Pastrana robándole las elecciones a Rojas Pinilla.

Es probable que los hijos de los hijos de la generación de la paz sean equitativos y justos, pero sobre todo más productivos y competitivos para contribuir al desarrollo nacional. Nosotros somos la generación que apostó a la paz desde siempre y que refrendó la paz el 2 de octubre de 2016. Nuestros hijos se verán involucrados de una u otra manera en las reformas y sabemos que los políticos (todos pueden consultar sus nombres en internet) torcerán hábilmente la dirección de la flecha de la paz para que no dé en el blanco, como hicieron con la Constitución del 91. Estamos mejor preparados intelectualmente, pero todavía no somos capaces de derrotar a los políticos conservadores. Nosotros no seremos la generación de la paz ni nuestros hijos harán la paz, sino los hijos de nuestros hijos, clamaría Nietzsche desde la montaña. Acaso alcancemos a ser hombres superiores, con mucho esfuerzo, pero no seremos superhombres, como hablaba Zaratustra, estaremos muy lejos de serlo porque no somos estoicos, no tenemos ningún lazo de continuidad con los griegos, no amamos el conocimiento (no somos filósofos), no somos valerosos en la paz como en la guerra, no somos justos ni somos amigos de la naturaleza.

 


UN TORRENTE DE TRAGEDIA HUMANITARIA

 

Pudo ser el mensaje de un cubano a su mujer en Holguín: "Dina, estoy vivo, gracias a Dios, y me dispongo a salir de esta aldea de campesinos que cultivan marihuana para sobrevivir. He decidido lanzarme a la aventura de recorrer la selva hasta un punto donde sea más fácil hallar una balsa a motor que me lleve a las costas de Panamá. Nada ni nadie hará que desista de mi proyecto de ingresar y acogerme a las leyes de los Estados Unidos". Otro pudo aprovechar un instante de sosiego para informar a sus familiares en La Habana sobre su paradero: "Estoy a punto de internarme en la selva con unos treinta compañeros. Estamos escapando de los agentes de inmigración de Colombia, que nos acosan desde hace un par de días por mar, aire y tierra. Hasta el domingo estábamos bien pero el martes las cosas se complicaron porque llegaron a los hoteles del pueblo y detuvieron como a doscientos compañeros. Nosotros nos salvamos porque estábamos en unas carpas de refugiados de guerra, acompañados por defensores de derechos humanos y la Cruz Roja". Las palabras por celular a un familiar en Miami de un cubano refugiado temporalmente, según las autoridades un turista en tránsito, suscitan preocupación: "Con la ayuda de la población local ubicamos a varios guías con la suficiente sabiduría y experiencia como para llevarnos por la selva del Darién a un lugar seguro desde donde zarpar a Panamá. Los escuchamos con atención durante dos horas. Les pagamos por esa asesoría y nos devolvimos al campamento. Deliberamos con toda la calma del caso, sin sobresaltos, y tomamos la decisión de permanecer en Turbo y pagar entre todos el alquiler de una lancha que nos lleve a Capurganá. Hemos reunido dos millones de pesos, que es un precio sumamente bajo si haces la conversión al dólar. El gobierno de Panamá dice que garantiza nuestro paso a Costa Rica y que no seremos tratados como criminales sino como víctimas de la crisis humanitaria. Tengan fe en Dios que todo saldrá bien y pronto estaremos compartiendo en la misma mesa".

Mientras los grandes pensadores se ocupan de la filosofía del desastre, que veinte años después, a través de estudios académicos profundos, se convertirá en teoría de obligada consulta y posteriormente en política pública, la tragedia humanitaria sigue su curso inexorable. La gente sufre y muere en busca de la libertad. Según Marcuse se trata más bien de la seguridad, pues en la búsqueda de los migrantes hace falta un instinto de vida, una fuerza erótica que mueva la palanca de la cultura, contra el instinto de muerte de la tendencia conservadora, que reprime y castiga ensayos de rebeldía y resistencia. No son auténticos nómadas de los mares, la selva o el desierto, pero en sus genes llevan esa vocación aventurera. El nomadismo se caracteriza por desplazamientos más o menos frecuentes del grupo humano en busca de nuevos pastos o de nuevas tierras de cultivo, se lee en internet. El nomadismo consiste en ir de un lugar a otro sin establecerse en un sitio de forma permanente. Es la forma de vida característica de algunas etnias que sobreviven a la depredación occidental, herederos de la mentalidad y las costumbres de los pueblos primitivos. Los filósofos rotulan como nomadismo el impulso de los viajes e intercambios culturales entre las naciones que pueblan la tierra, impulsado por la globalización económica. Se hacen películas sobre las relaciones interculturales, los traumatismos individuales y las guerras étnicas. Se llevan al cine historias de migrantes que emplean todos los medios para escapar de la miseria. Es ampliamente conocido el “Tren de la muerte” o “La bestia”, una red de trenes de transporte de mercancías extremadamente peligrosa e ilegal que utilizan los migrantes de distintas nacionalidades para ingresar a USA atravesando México. Hay otras rutas, como señala el periodista Alberto Nájar de la BBC Mundo. Algunas balsas o pequeñas embarcaciones “zarpan del puerto de Ocós en el Departamento de San Marcos, Guatemala, y realizan escalas en pueblos costeros de los municipios de Mazatán, Acapetahua y Tonalá, Chiapas, ya en México. De allí siguen por el Golfo de Tehuantepec, sin alejarse mucho de la costa, hasta el puerto de Salina Cruz, en Oaxaca. Otra ruta parte de Mazatán y de allí recorre el mar o canales intercosteros, con escalas en pueblos de Acapetahua y Tonalá hasta Salina Cruz. A veces se detienen en playas del municipio de San Francisco Ixhuatán, Oaxaca. De Salina Cruz los migrantes se dirigen a Ixtepec, también en Oaxaca, por donde pasa el ferrocarril que va hacia Veracruz, al este del país, y de allí siguen el viaje por tren o autobuses hasta Tamaulipas, en el noreste y frontera con Texas, Estados Unidos”.

En este mundo competitivo y complejo se fraguan intensas luchas por los recursos esenciales, sin la certeza de conseguirlos conforme al esquema inicial. En la sociedad de mercado, que los líderes del establecimiento y las mentes más lúcidas presentan como un regalo de Dios, aumenta la sensación de impotencia del ser humano no apto por la edad para obtener recursos de sus familiares. En la adultez, tras descubrir que las relaciones humanas se monetizaron hace tiempo, la persona se deprime, se hunde en el pesimismo, ve ensombrecido su futuro, pero todavía tiene la posibilidad de meterse en una burbuja esotérica como forma de aislamiento. Por ello el ave más mencionada como analogía de la tragedia humana actual, según el análisis de sociólogos, antropólogos y filósofos, es el avestruz. “Muchos optan por meter la cabeza en la tierra para ocultar la realidad”, recuerda el conferencista. Para resguardarse de las amenazas del entorno, para dejar de sentir esa sensación de vulnerabilidad en todo momento, como si tuviese que lidiar con varios contendores al mismo tiempo, el ser humano decide arriesgarse y viajar en busca de la tierra prometida. Los exiliados, los expatriados, los desterrados, los migrantes, los nómadas, se dan cuenta del agotamiento de sus posibilidades en su lugar de origen. La comida escasea, el conflicto por ideologías aumenta, la violencia emerge en sitios de recogimiento espiritual, y la respuesta natural es probar suerte en otra parte, seguir los pasos del pariente que se fue y no volvió, imitar al primero que tuvo el valor de escapar del desempleo y el tedio. En pocas semanas aumenta en forma desproporcionada el número de migrantes que vagan por las ciudades de América Latina en busca de oportunidades de trabajo, la principal motivación del éxodo. Una porción pequeña está compuesta por los refugiados, que evaden la persecución política, el sometimiento de las instituciones económicas y la degradación social.

La economía como la cultura es global y la tragedia humanitaria es global. El hombre primitivo estaba mejor preparado que el moderno o el posmoderno para emprender largas marchas en busca de comida y refugio. El hombre primitivo se orientaba por las señales electromagnéticas como las palomas o las ballenas. Actualmente, un hombre no puede salir de su casa a la esquina porque se expone a morir, en apenas cien metros de recorrido corre toda clase de peligros, desde la embestida de una moto veloz hasta la amenaza de un atracador con el arma sobre su cabeza. ¿Qué le toca hacer? Entregar todo lo que lleva encima. Los motociclistas buenos son despojados de su vehículo. Los conductores son atracados en los semáforos, cuando están de buenas, o bajados del auto por los delincuentes armados de metralleta, cuando están de malas. El delincuente es un infame que ha ultrajado la dignidad humana, una bestia oculta en un cuerpo humano. Fue un niño inocente hasta que padeció maltratos en el hogar y creyó que estaría protegido por sus amistades en la calle, por niños de su misma edad que gozan contando sus hazañas delictivas. Estamos cómodamente sentados viendo Ciudad de Dios, película brasilera, y La vendedora de rosas de Víctor Gaviria. Una vez que el niño descubre la importancia de quebrantar la norma, de burlarse de la ley y las costumbres piadosas, de manejar dinero para darse gusto, no querrá volver a sentir el sopor casero. En el curso de millones de años se formó la mente maravillosa del ser humano, pero solo se necesitaron veinticinco años, un cuarto de siglo desde el Consenso de Washington, para retroceder como especie, para matar por un pedazo de carne y correr a la cueva a esconderse de la fiera. No puede considerarse excéntrica la teoría que iguala la pérdida de las facultades humanas con la sequedad de los sentidos, los afectos, las sensaciones y la emoción del hombre en la sociedad industrial. Ahí tenemos la respuesta de Coleman con su inteligencia emocional y Gardner con sus inteligencias múltiples al diagnóstico de la atrofia mental del ser humano.

Quisiéramos estar siquiera un corto período de tiempo en uno de esos lugares del primer mundo para interpretar el accionar delictivo y tratar de enriquecerlo con interpretaciones plausibles. Como no es posible por el momento nos conformamos con leer la historia por internet. En octubre pasado, una niña de 13 años, Sheridan Hookimaw, se ahorcó en el vertedero de basura de Attawapiskat, pueblo aborigen de 2000 habitantes al sur de la Bahía de Hudson. Desde entonces, más de 100 residentes, la mayoría de ellos adolescentes, han intentado suicidarse. La tía de Sheridan, Jackie Hookimaw, una profesora nativa del grupo indígena Cree, se ofreció a mostrar su pueblo al periodista. Jackie le confiesa a Stephen Sackur, corresponsal de la BBC Magazine, que los jóvenes aborígenes no se sienten valorados. En otro lugar, en la próspera Calgary, una ciudad occidental enriquecida por el ganado y el aceite, reporta Sackur, “me uní a una vigilia en la lluvia por la muerte de la joven de 25 años Joey English. Su cuerpo desmembrado fue hallado en un parque de la ciudad el pasado mes de junio. Un par de docenas de amigos acompañaron a Stephanie y Patsy, la madre y abuela de Joey, en los cantos y música de tambores en su memoria”. "Es como cuando te cortas y no puedes controlar el flujo de sangre. Así es como me siento", dice Stephanie. Cuando habla la abuela de Joey, aflora su rabia. "¡Estoy tan enojada con el sistema de justicia... tan cansada de esto! Nuestras familias, nuestros hermanas, necesitan ayuda", dice Patsy. El número de hombres y mujeres muertos violentamente aumenta en proporción al crecimiento del Estado y al desempeño súper organizado de los aparatos policivos y judiciales creados justamente para combatir la criminalidad. Este fenómeno no se reduce a Colombia o a los países hispanoamericanos, es global.

El hombre está solo y el Estado es un parásito que crece y se multiplica para oponerse a quienes lo crearon confiados en la utopía de la libertad y la democracia. En 1844, poco después de la revolución francesa, Marx empezó a divulgar su teoría comunista con la pretensión de estar haciendo ciencia. Quiérase o no dejó un legado ideológico que le disputa la primacía a la doctrina, el gobierno y la cultura capitalista. Hay que tomarse en serio la fuerza de la ideología marxista, que produjo tres grandes revoluciones en la historia, la soviética, la china y la cubana. Los tiempos han cambiado, la URSS desapareció del mapa geopolítico del mundo y los cubanos no pudieron sortear la crisis provocada desde 1962 por el bloqueo norteamericano, después de su tentativa fallida de invasión en Bahía Cochinos. Todos conocen la historia de los misiles y la intervención de Rusia, hechos que marcaron el inicio de la guerra fría. Existen otros hechos con mayor carga simbólica como imponer un premio Nobel de la paz a Obama, la invasión de los países árabes para saquear el petróleo y la presencia de agentes de la CIA como gendarmes mundiales encargados de velar por la defensa de las sagradas instituciones de Occidente. El poderío marxista se ha trasladado a China, nación con el mayor volumen comercial en el mundo y con inmensas divisas en dólares que ponen en riesgo la economía norteamericana. De todos modos, 170 años después de Marx y 100 años después de Lenin, el Estado capitalista y el Estado comunista siguen funcionando de la misma manera, sin retarse a un duelo a muerte que implicaría el uso de misiles atómicos. La vida en el planeta está en manos de las potencias. Entre tanto los migrantes cubanos utilizan sus remesas para escapar del Estado absoluto, del control totalitario, y buscar la hospitalidad de la democracia representativa, la democracia formal, que otros denominan democracia de mercado o estatua de la libertad. La mayoría desconoce el estado de vida capitalista, pero están convencidos de que la oferta de mercancía de toda clase representa un nuevo cielo.

Los sermones del cura en el púlpito no tienen un efecto perenne en las almas caritativas y sus consejos son olvidados a un par de cuadras a la salida de la iglesia. Ahora sí es más cierto que nunca que el diablo se mimetiza en el materialismo de las cosas y la carne pecadora. Cada vez más gente sumida en la pobreza va entendiendo que su destino es padecer hambre y necesidad y que habrá una segunda oportunidad después de la muerte. La promesa del cielo les permite vivir sin angustia, sin predisponerse al suicidio, y les convence de estar cerca de obtener una recompensa espiritual por tanto daño sufrido. Es como si repitieran con júbilo “mi reino no es de este mundo”. Tenemos las consecuencias de la guerra civil en Colombia, los millones de seres humanos que fueron desplazados de sus tierras, los dueños de pequeñas parcelas o fincas que fueron despojados por los paramilitares. Novelas como Los ejércitos de Evelio Rosero sobre el ataque de la guerrilla y la destrucción de pueblos enteros retratan magníficamente el clima de violencia. Tenemos los feminicidios perpetrados en Ciudad Juárez, referidos como arte literario y memoria cultural por Roberto Bolaño en su 2666. Por otro lado conocemos detalles del accionar de las tribus urbanas en El Salvador, llamadas de distinta forma, Mara Salvatrucha, Mara, MS-13 o simplemente MS. Ellos tienen sus escritores que interpretan el fenómeno y expresan con palabras elocuentes, llenas de belleza y encantamiento, el ascenso y caída de los héroes locales y el oprobio de sus gestas cantadas en los géneros musicales del pueblo como el corrido o el joropo. La novela es el formato que contiene episodios sangrientos en la historia social reciente de América Latina. ¿Quién sabe cuántas historias sobre la muerte en las favelas se cocinan en los escritorios de Río de Janeiro, además de las inspiradas en las noticias de robos y atentados contra la integridad personal de los turistas que asistieron a los juegos olímpicos en este mes de agosto.

Muchas veces se hace innecesaria la presencia del escritor y basta con la crónica del periodista, un género que se introduce con disimulo entre los pliegues de las bellas artes. Los estudiantes de periodismo quieren aprender a contar el crimen del día y cuando salen de clase corren a leer novelas, no solamente policiales, se vuelcan sobre innumerables autores consagrados cuyas historias benévolas o malditas se ocupan de la decadencia humana, el retorno a la caverna o el agotamiento de la teoría de la condición humana, con un estilo neorrealista que explota la crudeza y crueldad contra el antagonismo entre buenos y malos, entre mundanos y espirituales, que hizo célebre al autor de El lobo estepario y El juego de abalorios. No me imagino a Hermann Hesse recreando un crimen a sangre fría de la vida real al estilo Capote. Tampoco me imaginó a Joyce ensayando múltiples formas escriturales para descubrir el secreto del éxito de Blade Runner.

 


PERITAJE DEL CRIMEN ORGANIZADO

 

Una cosa es lo que vemos en televisión, otra la realidad palpable a la salida del supermercado, el rostro del hombre desfigurado por el miedo, la conciencia del peligro de su vecino y el escape del malhechor hacia Realengo, Terrón Colorado.

Segundos después de sentir el frío metal en su cabeza, la víctima no pudo impedir el cambio de color en su piel, el tono pálido y sombrío producto del miedo que invadía su rostro. El hombre tenía unos cuarenta años y su vecino en la calle unos veinticinco. El ladrón le arrebató el celular con rudeza, guardó el arma y se marchó a gran velocidad en su moto. La víctima no opuso resistencia porque estaba congelado por el impacto de la agresión y evitó que el robo desencadenara su muerte violenta y la muerte del testigo. Detuvo un taxi y desapareció.

En otra ocasión, en el mismo punto, la policía estacionó varias motos para crear un cordón de seguridad, ordenaba detenerse a cuanto motociclista descendiera de Terrón Colorado y pedía papeles. Efectuaba una requisa minuciosa sin poder encontrar las armas de fuego. Algunas motos eran inmovilizadas y sus dueños esperaban la multa por infracciones menores como SOAP o luces, protestando por una sanción considerada injusta. Ninguno trataba de escapar tomando el rumbo de la vía al mar, provocando la reacción de la policía que estaba preparada para darles caza, como se dice. Dicho lugar justo a cien metros de la curva de Claro parece haber sido estudiado por el crimen organizado del sector y la policía lo sabe. Los delincuentes se especializan como verdaderos profesionales, más cuando el botín en el barrio Santa Teresita, estrato alto, ocupado por una población que cree en las medidas de seguridad del gobierno, es tentador.

Los piratas urbanos proceden de Terrón, un barrio de estrato bajo ubicado en la Comuna 1 de Cali, provisto de agua, energía, servicios de diversa índole y pavimento en sus calles. No es una lucha de clases lo que se produce en este escenario sino una serie de hechos delictivos a cargo de ladrones, raponeros, jaladores, apartamenteros, microtraficantes, extorsionistas y sicarios. Lo macondiano de todo es que hace décadas, desde los años setenta por poner una fecha, se sabe que las bandas criminales protagonistas de la violencia y la inseguridad en el sector duermen en El Realengo, Puente Azul, Palermo, entre otros barrios de reconocido prestigio en el mundo del hampa. En cuatro décadas la criminalidad ha aumentado en proporción al presupuesto aprobado a nivel local y nacional en seguridad democrática. No se sabe a ciencia cierta si el presupuesto para proteger al ciudadano aumenta a causa de la criminalidad o si ésta crece a pasos agigantados gracias al presupuesto que cada año aprueba la autoridad civil presionada por la fuerza militar.

El sistema policial es el mismo en todo el mundo, como su correlato, la delincuencia. Los criminales se organizan en Terrón y en toda la ciudad o en todas las ciudades de Colombia, en todos los países del mundo, para ganar la partida, no para perder. A nadie le gusta perder. Es de suponer que la policía tanto como la empresa criminal observan con detenimiento la curva de aprendizaje para mejorar sus planes de acción, de tal modo que quedan en igualdad de condiciones. El que crea que el Estado es más fuerte por entregar 30 billones de pesos a las fuerzas del orden para garantizar la seguridad de los ciudadanos, está equivocado, los delincuentes son menos, pero su capital intelectual o capacidad operativa es superior. ¿Por qué? Porque trabajan a la sombra de la actividad cotidiana. Es tal su atrevimiento que el capo Pablo Escobar propuso al gobierno pagar la deuda externa si dejaba las cosas así, en el entendido de que la libertad se negocia. El delincuente está entrenado para evadir el acoso de la ley o para negociar si es capturado. Los 30 billones invertidos en seguridad y el incremento del pie de fuerza corren detrás del delincuente, imprimen gran velocidad a la persecución con el propósito de alcanzarlo, pero es inútil.

La ciudad es el principal escenario del crimen, pero los pueblos tienen su propia historia y modalidades específicas que la policía estudia y caracteriza con rigor científico. Pueblo pequeño, infierno grande, dice el saber popular. En este instante, en un pueblo cualquiera del mundo, un hombre pacífico se ve envuelto en un episodio violento. Un hombre roba y mata una gallina para saciar el hambre, otro hombre se enfrasca en una pelea con el vecino por haber desviado el curso del arroyo.

En la ciudad la criminalidad se multiplica por mil y no hay nadie que pueda sentirse inmune al flagelo que azota a las civilizaciones del mundo global. La desconfianza y la suspicacia terminan de enrarecer el ambiente. A veces se desconoce el móvil del asesinato, la policía lanza hipótesis, no existe una certeza sobre lo sucedido, pero la gente especula acerca de la condición y los antecedentes de la víctima, como si dijera algo habrá hecho para estar muerto. Nadie está libre de sospecha mientras no demuestre lo contrario, señaló un famoso presidente invirtiendo el principio de inocencia. Cuando el poder civil apremia por la lluvia de mensajes de las organizaciones de derechos humanos, la policía se atreve a informar la verdad. Sin esperar el informe de los peritos encargados de la investigación, la policía concluye que se trata de una guerra de carteles de la droga, un ajuste de cuentas, o que el asesinato del sindicalista no es por un motivo político sino pasional.

Un hombre yace muerto sobre el volante de su automóvil, en una posición absurda, y otro con la cabeza perforada sobre una mancha de sangre en el cojín, y antes de que llegue la autoridad los curiosos se acercan para ver con sus propios ojos la muerte inesperada, la piel lívida de las víctimas. Uno de los curiosos recuerda haber visto esa piel amarillenta en el ataúd de un familiar muerto por un cáncer agresivo. En otra parte del barrio Chiminangos, que según sus habitantes se ha dañado irreversiblemente, se escuchan más disparos. Los irresponsables corren al lugar de los hechos, incluso se acercan más de la cuenta para identificar al muerto, pues puede tratarse de Balín, Tocayo, El depredador o algún otro hampón conocido en este sector de estrato bajo-medio. Algunos atrevidos regresan al grupo de curiosos con una leve preocupación. En una hora habrán vuelto a la normalidad. En cambio un vecino del barrio se muestra compungido, es Písbur, dice, yo vi cuando lo mataron, y entra en detalles que la policía se pierde por tardarse en llegar. El espanto se dibuja en el rostro del hombre, triste testigo del crimen atroz, que dice Dios mío, por qué tanta maldad, mientras los demás miran nuevamente el cuerpo sin vida sobre el pavimento. Sí, es Písbur.

La criminalidad se ha disparado en toda Colombia y el escenario sigue siendo la gran ciudad. Tres balaceras en menos de una hora en las calles de Cali no son nada en comparación con los miles de crímenes silenciosos, no denunciados o impunes perpetrados en el lapso de un minuto. Los críticos del sistema afirman que la lucha contra la criminalidad está perdida, que pese a los refuerzos constantes en personal, equipamiento y presupuesto, la política criminal ha fracasado de plano. ¡Apague y vámonos!, exclaman decepcionados. Quién sabe en Suecia, en Finlandia, pero en Cali y en Colombia entera la criminalidad aumenta sin cesar. Mientras más plata tramita el gobierno en el Congreso más criminalidad se observa en todos los rincones de la urbe y es como si los bomberos emplearan gasolina en vez de agua para apagar el incendio. Las personas víctimas de la delincuencia no denuncian por temor y porque, además, no confían en la institución policial. Al delincuente nadie lo ve porque es muy astuto, se esconde en lugares insospechados y a veces se mete de policía. Así es muy difícil ofrecer resultados a los medios y a través de estos a la opinión pública. No obstante, según la prensa del mes de julio del año en curso el cuerpo policial es más efectivo de lo que parece, pues de los 648 fleteos cometidos en Barranquilla, fueron resueltos 545 casos y capturados más de mil delincuentes, un record.

De nada sirve poner denuncias, más aún, aquellos que presumen tener experiencia en criminalidad no ponen denuncias porque temen que regresen contra ellos como un bumerang. La red criminal se halla tan bien tejida que unos segundos después de poner la denuncia los victimarios saben en qué trabaja y dónde vive el osado, y entonces preparan sus armas para entrar en acción. Lo más inteligente es quedarse callado. Lo más que pueden hacer los expertos es organizar un grupo de limpieza social y proceder en consecuencia. Se desconoce si las víctimas de las operaciones de limpieza social son vendidas para hacerlas pasar como guerrilleros en esa modalidad denominada falsos positivos, en una cadena de acontecimientos que borra los límites entre la legalidad y la ilegalidad, entre la autoridad y el hampa. La historia da cuenta de Estados que fueron controlados o sometidos por organizaciones criminales con la complicidad de las fuerzas del orden. Entre otros es emblemático el señor Al Capone de quien se han hecho varias películas, Sing sing, Caracortada, El capo, etc. El libro El cartel de los sapos de Andrés López nos regala una lista inmensa de Al Capones colombianos entre 1970-1995. Quienes manejan las armas detentan el poder, dijo un hombre del siglo XX. Lo que tenemos es un Estado doblegado por los violentos, dijo otro en este siglo XXI.

Lo que distingue al siglo XX del XXI es la sistematicidad de la información y las operaciones. Es entendible, el siglo XX era eléctrico, este siglo es electrónico. La criminalidad no es bruta, como podría pensarse, todo lo contrario, es igual o tal vez más inteligente que el cuerpo policial, su enemigo, y es capaz no solo de disfrazarse sino de infiltrarse en el contingente creado para defender las instituciones democráticas. La mayoría de hechos violentos se producen con armas de fuego y la pregunta es por qué estas armas no están en manos de los buenos. La gente confiable recibe el salvoconducto sin ningún problema, si bien se conocen casos de concesión de licencias a personas y organizaciones que figuran como empresarios importantes en Cámara de Comercio cuando todo el mundo comenta que son bandidos. Una cosa es calumniar, culpar a la ligera, otra cosa es exhibir las pruebas. Incluso, cuando las armas se pierden misteriosamente, no se puede inferir que éstas terminaron en manos de los malhechores.

Toca investigar, poner a funcionar la colaboración internacional, mandar a los mejores hombres de la Fiscalía a los países vecinos porque, la verdad, el tráfico de armas es una copia exacta que viaja de país en país para actualizar a los delincuentes en las mejores técnicas. Un aspecto sumamente interesante es descubrir las estrategias utilizadas por los traficantes para llevar a cabo el trasiego de armas. La autoridad debe meterse a la cabeza que no son casos aislados sino sistemáticos los que se refieren al tráfico de armas y entender que la pista se halla en otros crímenes conexos como el secuestro, la trata de personas y, desde luego, el narcotráfico. Todo el mundo sabe que policías corruptos alquilan o venden armas a las bacrim. No se trata de hacer el trabajo de otros, sino de colaborar con los investigadores en su misión de combatir la criminalidad. Por esta razón cabe confeccionar una pequeña lista, una especie de crónica, de los casos de pérdida de armas en algunos países de América Latina. Después de profundizar en cada caso podrá la autoridad saber más sobre tráfico de armas y trasmitir ese saber a la fuerza policial de los países hermanos. Sería ingenuo esperar que con esta sola acción la criminalidad se reduzca en un 50% en los sitios críticos.

CRÓNICA DE LAS ARMAS PERDIDAS

CR Hoy Panamá 9 de febrero de 2015. Sin certeza ni claridad, robo de armas en el Mopt sigue impune luego de tres años. Ya son más de tres años desde que se presentó el robo de 215 armas propiedad de la Policía de Tránsito y a la fecha no se han sentado responsabilidades penales ni administrativas por este caso. Lejos de eso, el asunto se mantiene impune. El caso se remonta al 30 de enero de 2012.

Proceso México 25 de julio de 2015. “Desaparecen” 50 armas de cuartel policiaco en Nuevo León.

Multimedios México 27 de julio de 2016. Armas sustraídas de la SSP no están en casa de funcionario: PGJ.

El Tiempo 20 de abril de 2015. Capturan a 7 suboficiales del Ejército por traficar armas a las Farc.

El Tiempo 5 de febrero de 2016. Excontratista del Guaviare fue capturado por tráfico de armas.

El Tiempo 8 de abril de 2016. Capturan a 5 policías y un civil por pérdida de armas en Santa Marta.

WRadio 27 de julio de 2016. Hurtaron armas de la Dirección de Tránsito sin forzar caja de seguridad.

Lo que pasa en Bucaramanga y Colombia 27 de julio de 2016. Escandalo 22 armas de fuego fueron hurtadas de la dirección de tránsito de Bucaramanga. El robo se puso al descubierto luego [de] que una de estas armas fuera utilizada en un asalto ocurrido en Santa Marta.

 


FARC VS MODELO DE DESARROLLO

 

Santos ha sido insistente en manifestar a los medios de comunicación que no está negociando el modelo de desarrollo con las Farc. La guerrilla calla ante la opinión pública por prudencia o porque espera que algún día se conozca su posición al respecto. Este comentario indaga en los alcances y límites de la política de izquierda, no de los TLC ni de la inversión, con la entrada al escenario de un nuevo actor considerado radical.

La oposición de derecha acusa a Santos sin tregua de entregar el país al castrochavismo, término utilizado actualmente para referirse al comunismo. Todavía existen temores de que algo nefasto están tramando los dirigidos por Timochenko y en esta fase de concentración en campamentos, a escasos seis meses del desarme, la opinión pública sigue intranquila pese a la confesión de Santos. Se dice una cosa y se escucha otra, el presidente habla del futuro de la economía de un país en paz y la opinión pública, gracias al trabajo de los medios de comunicación, piensa en bombas, secuestros y destrucción. En cambio en el Congreso, donde se encuentra la intelectualidad de derecha y extrema derecha, existe la certeza de que el modelo de desarrollo se mantendrá intacto después de sellarse los acuerdos de optimización de la tierra, en lugar de reforma agraria, y participación política, en lugar de expropiación forzada de la burguesía. No se necesita haber ido a la universidad para razonar que sin reparto igualitario de la tierra y sin expropiación de los ricos no hay revolución. Lo que negocia Santos son unas pocas reformas políticas, como hizo Barco con el M-19, que quizás incluyan la instalación de una Constituyente.

El modelo de desarrollo es intocable porque Santos cree, por la recuperación más o menos rápida, por la perfección teórica alcanzada y por la relativa eficacia de las decisiones de ajuste para sortear la tormenta cíclica, que no hay otro mejor. La crisis que afecta con frecuencia a los países capitalistas es cíclica, como un resfriado, enfermedad repetitiva de corta duración cuyo agente patógeno es finalmente eliminado por el sistema inmunitario del cuerpo. Esta comparación es inexacta, en realidad, porque si bien cada recaída precede a una recuperación y mejora temporal de la salud, su impacto es tan grande que millones de personas quedan sin empleo, pierden sus casas e intentan suicidarse presionadas por los cobradores. En tiempos de crisis la amenaza sobre los trabajadores es constante y terrible. Ningún Nobel de economía ha obtenido el premio por un modelo econométrico que desafíe o supere en teoría el modelo capitalista, pero muchos lo han ganado por ofrecer fórmulas para superar la crisis. El comunismo no tiene un modelo económico propio, solo una combinación de planeación sistémica y monopolio estatal al estilo ruso, deformado por la burocracia. De Cuba se conoce la contracción económica y el atraso material, no humano, sin que nadie haya informado sobre un modelo de desarrollo antibloqueo yanqui. Marx hizo la crítica del capital durante treintaicinco años pero no alcanzó a desarrollar el modelo contrario.

Dos variables que desecharon rusos y cubanos pero identificaron a tiempo los chinos se llaman competencia y transferencia tecnológica. Hay otras variables, por ejemplo, las desarrolladas por el rumano Nicholas Georgescu-Roegenidea, padre de la bioeconomía,  disciplina cuyo estudio era escaso hace diez años y que en actualidad nos entrega 143.000 resultados tras la búsqueda en Google. Este modelo quiere ser más realista, o sea, menos ideológico, y destaca la inclusión de variables que tengan relación con la vida y la ecología, no tanto con el interés individual y la rentabilidad del inversionista, dos motores de la economía capitalista. La ruptura por los chinos del paradigma económico sorprendió a todo el mundo, como si hubiesen construido hondos túneles con la técnica del viejo topo para mantener el secreto de un nuevo modelo que, entre otras cosas, arrojó la teoría demográfica de Malthus al museo de lo inútil. Mientras Malthus veía un problema en el aumento de la población, los chinos encontraron la oportunidad para ser la primera economía del mundo en muchos aspectos, especialmente en el mercado interno y la producción a escala. Mientras esto sucede en el país de Mao, medios de comunicación de masas como Clarín, El País, El Tiempo, Excelsior, etc., solamente en América Latina, sostienen que China le dio la espalda a Marx y que la historia demuestra una vez más que nadie puede escapar al capitalismo.

Santos pasará, Uribe pasará, intentarán reemplazarlos De la Calle y Vargas Lleras, pero el modelo de desarrollo se mantendrá invariable, con la desigualdad endémica reproducida por los padres de la patria (congresistas con 30 millones de sueldo versus trabajadores con salario mínimo de 700 mil) y la acumulación de la riqueza (cinco familias, seguidoras de la selección Colombia, dueñas del país, versus 15 millones de pobres según cifras del Dane) como instituciones de una democracia sostenida con la fuerza de las armas. La ideología ha hecho tan buena labor que se acepta la existencia de un sistema soportado por la mitad no abstencionista del electorado, una democracia medio representativa que permanece en la mente del ciudadano como el único mundo posible. Si en el siglo XIX la inhumanidad del capitalismo inspiro la creación de grandes obras y el realismo social en la novela, en esta época el capitalismo canalla promueve la mentira y el cinismo, logrando que los periodistas de los medios de comunicación manipulen fácilmente al mundo. Este modelo innegociable de capitalismo mentiroso es el que bajará del cielo para confrontar a las Farc una vez que los guerrilleros se desarmen y retornen a la vida civil. Tarea inmensa la que espera al grupo insurgente y pondrá a prueba la eficacia de sus métodos pacíficos.

Los enemigos de la paz ponen en duda las buenas intenciones de las Farc. Todavía hay sectores atemorizados por su virtual llegada al Congreso de la República, no conciben que los “terroristas” participen en la promulgación de leyes con total impunidad. Esta mirada sesgada no oculta su pretensión punitiva para obligar a los guerrilleros a volver a la guerra. Una lectura más verosímil es la que permite imaginar un grupo radical de izquierda que quiere ensayar el recorrido inaugurado por otras fuerzas políticas en la creación del socialismo del siglo XXI. Los guerrilleros desmovilizados no renuncian como grupo político a su condición de fuerza utópica de resistencia anticapitalista. Las convicciones fortalecidas en varias décadas de lucha empujan a este grupo a persistir tercamente en busca de lo imposible, hacer la revolución pacífica como un proyecto de largo plazo. Es un sueño político ambicioso en el momento en que el socialismo triunfante en las urnas en América Latina se limita a producir reformas. En este contexto es encomiable que un grupo prometa unirse a otras fuerzas desde una posición radical de izquierda más parecida a la utopía de suscribir enteramente la tesis revolucionaria cuando el resto de la población se entrega al consumismo. Por el contrario, la línea moderada de izquierda solo quiere contribuir con medidas sensatas a mejorar el funcionamiento del sistema para brindar mayor acceso de la población a los servicios sociales y reforzar la democracia con incentivos a la participación política de los ciudadanos, sin tener a un Marx o un Lenin encima efectuando una crítica despiadada del revisionismo.

El término “revolución” se lee menos en el diccionario de izquierda, casi no se escucha en el discurso de los líderes en campaña o en la actividad del grupo de izquierda en el poder, quizás por el repliegue del programa de cambio estructural, por la ausencia de propuestas viables desde la crítica marxista intransigente. En este contexto moderado las Farc se enfrentan, desarmadas teóricamente, al feroz modelo neoliberal, y resulta que sesenta años después el dinosaurio de Monterroso sigue ahí, esperando una pequeña distracción de su presa, y resulta que la consigna “la tierra es pal que la trabaja” no funciona porque la competencia global exige la presencia de grandes inversionistas. Cualquiera sabe que el modelo neoliberal no depende de Santos ni de los negociadores, tampoco de los económetras del Banco de la Republica, sino de la economía política de la banca mundial impuesta por USA y sus aliados al resto del mundo. Las Farc se desarman, salen de la lista de organizaciones terroristas y quedan presas del neoliberalismo reinante en el planeta, que el estratega Santos venera como gran invento de la humanidad. Resulta insensato culpar a las Farc de traición a la causa revolucionaria por no haber diseñado su propio modelo de desarrollo antes de las negociaciones de paz, conformándose con un modelo contable de administración de sus activos y pasivos. Un modelo no se crea de la noche a la mañana.

Santos y los señores del poder en Colombia han dicho que el modelo de desarrollo no se cambiará por decreto. No basta que un grupo guerrillero firme la paz para que se produzcan cambios en partes sensibles del sistema. A muchos ciudadanos que votarán por el “sí” en el plebiscito les molesta la privatización de la salud por este sagrado modelo, les molesta la desigualdad, la injusticia, el desempleo y la inseguridad, en fin, casi todo. Los que no votan en las elecciones, los abstencionistas, parecen más molestos cuando le dan la espalda a la democracia. Los que venden el voto no están contentos, tampoco obtienen beneficios del modelo, ni les interesa la suerte de la democracia, por lo que reciben sin pudor los cincuenta mil pesos por acercarse al sitio de la votación y depositar el tarjetón en la urna. El modelo parece bueno porque existe, porque funciona, pero sus resultados son penosos, son inhumanos, y como dicen los críticos, no es un modelo de desarrollo sino un modelo de crecimiento económico que discrimina entre ricos, pobres y clase media. En eso justamente consiste el capitalismo, que unos pocos tengan todo, la mayoría no tenga nada y los que están en el medio tengan algo. El modelo que defiende Santos con vehemencia privilegia lo privado sobre lo público, causa el sufrimiento de la gente sin inmutarse, como una pequeña falla no del hombre sino del mercado, y reduce el drama de la pobreza y el hambre a dato estadístico. Ese modelo es el que hace que se curse una cita médica sesenta días después de sentir los síntomas de la enfermedad, que no se entregue el remedio formulado por el medico por ser demasiado costoso según la tasa de rentabilidad de las EPS y que las IPS estén quebradas por una extraña circunstancia que no alcanza a explicarnos el sistema general de seguridad social en salud.

El modelo de desarrollo que no negociará Santos con las Farc, por una cuestión de principios y lealtad de clase, se originó en el siglo XII, maduró en el siglo XV, coincidente con las campañas de descubrimiento y conquista, y se consagró como institución sagrada del nuevo Estado burgués en los siglos XVIII y XIX. Cuando Colombia logró su independencia de España no había sino este modelo pero se demoró algo en asimilarlo pues, como dicen los historiadores, tenía que desprenderse del lastre de la colonia. Lo que quiere decir que no es fácil cambiar de modelo. Según lo expuesto, el capitalismo es un modelo viejo que de tanto en tanto adquiere parches superficiales para aparentar que evoluciona. Es un modelo insensible al dolor humano pero se presenta como una panacea y se vende. Es un modelo que convive con métodos erróneos, que ocasionan efectos desastrosos y perversos, pero se legaliza con la econometría y su aspiración a ocupar un lugar en la ciencia. Lo expertos en evolución disciplinar definen la economía, el eje del modelo, como una ideología. Por ejemplo, la idea de que la guerra incidirá en la provisión de petróleo hace que el precio del barril suba, pero una invasión de USA a Libia hace que la idea cambie y el precio baje. El pánico financiero es otro ejemplo. Por las noticias la gente puede esperar una escalada en la guerra interna, una desestabilización social, y creer que la solución es sacar los ahorros de la entidad financiera, poniendo en riesgo el sistema. Con la firma de la paz el gobierno podrá infundir con menos esfuerzo tranquilidad en los ciudadanos.

Los países del bloque socialista en el este europeo no pudieron resistir el embrujo capitalista, presentado como apertura democrática, se volcaron a la economía de mercado y hoy sus ciudadanos buscan trabajo en Inglaterra, Francia, España y otros países occidentales. En Cuba socialista la economía se estancó y en Venezuela bolivariana, con petróleo y todo, se incrementan las necesidades básicas insatisfechas.  Estamos viendo que el ritmo impuesto por los gobiernos que construyen el socialismo del siglo XXI es como para cambiar las cosas y mejorar ostensiblemente la calidad de vida de la gente en 100 años. Han ajustado unas cuantas tuercas de la maquinaria capitalista pero no han decidido cambiarla y no han resuelto los problemas estructurales de la sociedad. No se ve la intención de diseñar, probar el prototipo y poner en marcha un modelo de desarrollo socialista. El reto de superar el paradigma individualista y privatizador que promovió el capitalismo es bastante grande. La gente se acostumbra a vivir con lo que conoce y a tolerar en su cuerpo la enfermedad del neoliberalismo, fase superior del capitalismo, como si fuese un mal necesario. Situación complicada y compleja que deberá enfrentar las Farc en esta etapa de su historia, quizás menos dramática que su lucha armada, pero más difícil de resolver.

 


EL COCO DEL COMUNISMO

 

En el instante en que se traman nuevas invasiones de los países con recursos naturales estratégicos, aliados o no del comunismo, y se reedita la guerra fría que confrontó en el pasado a USA y URSS (hoy Rusia), el pueblo se vuelca a las tiendas a comprar el último smartphone para sentir el sentimiento de poder de la tecnología, soportado en Android, internet e innumerables aplicaciones. La tecnología puede estar haciendo el trabajo que Marx le encomendó a la clase obrera. La tecnología te mete la mano al bolsillo al mismo tiempo que te distrae de tu tarea histórica, dirán los radicales. Una nueva estética cuestiona la idea de progreso ininterrumpido expuesta por Marx tras su adhesión a la dialéctica hegeliana y replantea la teoría de la revolución permanente junto con la teoría del socialismo en un solo país. Algunos pueblos que en el pasado fueron bárbaros derriban la estatua de Lenin. En cambio, un chino norteamericano ha cobrado notoriedad por proclamar el fin de la historia y razón no le falta si se admite que los gobernantes no están obligados a pensar el cambio y menos a llevarlo a cabo cuando fácilmente pueden prometer la reintegración social pacífica, el ajuste económico o el intercambio comercial justo bajo las reglas estrictas del TLC. Revolución, evolución, progreso, desarrollo, crecimiento son palabras que terminan significando lo mismo. Entonces, si el mundo parece más desarrollista, calmado y seguro, según las evidencias, ¿por qué asustarse por un comunismo cada día más lejano? ¿Por qué fundar cooperativas paramilitares para masacrar gente inocente?

Perdedores, como se dice, no son los comunistas, la mitad del mundo es comunista. Los gobiernos comunistas se rigen por las conclusiones del congreso del partido, aprendieron a estudiar y trabajar aplicando esas tesis, prueba de lo cual es la derrota del analfabetismo en Cuba y el crecimiento comercial chino, pero aun así los hechos demuestran que el aprendizaje es incompleto y el comunismo no representa una amenaza efectiva al capitalismo. Sin que haya un motivo para prender las alarmas los gendarmes del capitalismo gritan histéricamente “terroristas, terroristas” mientras persiguen a un presunto comunista por las callejuelas de la ciudad, como el policía a Chaplin, por alterar el orden público, por poner en peligro la vida de los demás y por parecerse a Fidel Castro. Los intelectuales puros del capitalismo delatan a los intelectuales independientes, los idiotas útiles del comunismo, como si después de siete décadas todavía resonara en sus oídos la orden del viejo McCarthy, el senador norteamericano, de avisar a la policía cuando vean a un escritor o artista al servicio del bolchevismo. Los periodistas de investigación van más allá y aseguran que Arthur Miller, Bertolt Brecht, Dalton Trumbo, Charles Chaplin, entre otras personalidades influyentes acosadas por el macartismo en los años 40 y 50, fueron seducidos por los rojos para enarbolar la hoz y el martillo, no fueron comunistas por voluntad propia sino víctimas del monstruo de Stalin, que juró secuestrar a sus familias si no colaboraban con el régimen heredado de Lenin.

Quizás la formación del bloque socialista al final de la segunda guerra mundial atemorizó a los líderes de Occidente y provocó que USA decidiera, para defenderse de los comunistas, crear la CIA (Agencia Central de Inteligencia), un sofisticado instrumento de espionaje mundial. Este aparato del Estado fue creado por orden del Congreso USA en 1947, siendo presidente Harry S. Truman, y se inspiró en la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos), en el Departamento de Estado y en el Departamento de Guerra. En el mundo muchos piensan que la CIA es un estado dentro del estado o al menos la punta de lanza en la preparación de las conspiraciones de USA desde que suplantó a la Inglaterra colonialista. Célebres escritores como Mark Twain previenen del imperialismo USA. Gore Vidal ha tenido problemas por criticar la política expansionista de su país. Se sabe que el cineasta Oliver Stone ha sugerido que la CIA estuvo implicada en la muerte de Kennedy en momentos en que no hace falta acudir a McCarthy ni a la CIA para silenciarlo, encarcelarlo o matarlo por esta imputación. El lingüista Noam Chomsky acusa a USA de inventarse guerras e invasiones en busca de los recursos estratégicos, sin que sus palabras tengan impacto en el pueblo norteamericano. Unos pocos marchan en la calles de Boston.

Cualquiera siente un profundo temor por lo desconocido, los marcianos, los extraterrestres, los platillos voladores, el demonio, la patasola, el fantasma de la ópera y otras apariciones populares de ayer y hoy. Está bien que la mitad de la humanidad se acobarde por lo que desconoce, ¿pero por qué asustarse por el comunismo? ¿Por qué asustarse antes de preguntar a los que saben y sobre todo a los que vivieron la experiencia o todavía la viven? ¿Por qué no suplir la paranoia estudiando la historia del mundo moderno, la praxis de Marx, el resumen del Capital, el febrero y el noviembre de los bolcheviques de Lenin, la gran marcha de Mao, tantos episodios consignados en internet, incluyendo la caída del muro de Berlín? Como dijo un famoso pensador, quien no conoce la historia está destinado a asustarse. En fin, ¿por qué no darse una vuelta por La Habana, Moscú, Pekin, capitales emblemáticas del comunismo del siglo XX y XXI? Si faltan los recursos para emprender el viaje de descubrimiento de un mundo nuevo, como Cristobal Colón, o si falta la vocación de estudio, ¿por qué prescindir de las definiciones de marxismo, estalinismo, trotskismo, guevarismo, castrismo, socialismo real, comunismo primitivo y comunismo científico que nos proporciona el diccionario?

Hoy es más cierto que nunca que el comunismo es un fantasma que recorre el mundo, no metiendo medio sino inspirando toda clase de narraciones fantásticas. Para ser más exactos, Marx y Engels dijeron “un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”, no dijeron el mundo, pero como Europa era la representación del mundo industrial más o menos civilizado, con tentáculos coloniales, la frase se extendió a las zonas periféricas de África, América Latina, Asia. Marx y los marxistas hablaban del modo de producción capitalista y su referente era Inglaterra. Para hacer el retrato vivo de los sepultureros del capitalismo fue que Engels escribió su libro La clase obrera en Inglaterra. ¿Y qué estaba pasando en el resto del mundo?, se preguntará el lector suspicaz. Previendo estas suspicacias Marx y los marxistas acuñaron el término “modo de producción asiático” y el mismo Trotsky, en su lucha contra Stalin, dijo que el socialismo (comunismo) podía darse en cualquier país de la periferia, no necesariamente en Inglaterra. La historia le dio la razón a los “teóricos orientales”, Lenin y Mao, principalmente, porque la revolución prendió en sus países, Rusia y China, que vivieron procesos esquivos a los países industrializados, Inglaterra, Francia, Alemania.

Rusia entre 1905 y 1917, y China entre 1910 y en 1948, eran dos países atrasados en los cuales predominaba el modo de producción asiático, dos países sin una clase obrera significativa, sin un poderoso movimiento sindical, sin un Partido Comunista de masas, más bien poblado por campesinos pobres. Quizás el fantasma que asusta al capitalismo se llame modo de producción asiático, una categoría que seguramente desconocían los socialistas latinoamericanos de los años 20, pese a que Mariátegui se había referido a la economía y la sociedad incaica, cuyo núcleo productivo era el ayllu, como comunismo primitivo. En este sistema la tierra se trabajaba comunitariamente, como en la minga. Mariátegui pensaba que la revolución la haría la clase obrera, junto con los campesinos y las comunidades organizadas, y parecía darle al comunismo primitivo heredado de los incas un valor simbólico, un valor cultural, no reconociéndole un papel de vanguardia o sujeto revolucionario, categorías fundamentales de la teoría marxista y neomarxista. El capitalismo de la periferia ignora todo esto y su respuesta armada puede deberse no a un análisis de la situación histórica, que condujera a admitir la jefatura de Mussolini en Italia o de Hitler en Alemania, sino a un susto primario por voces y sombras que atribuye al fantasma del comunismo. La burguesía de la periferia no forma estadistas como Harry Truman, Winston Churchill o Charles De Gaulle y ella misma se encarga de hacer una lectura intuitiva del orden público.

Para el heterodoxo existe una burguesía del modo de producción asiático. ¿Por qué esta burguesía no forma estadistas como en el modelo clásico? No hace falta responder esta pregunta con argumentos de peso, solamente cabe repasar algunos episodios que fueron noticia nacional, como los cientos de miles de muertos que lloraron las familias a lo largo de la historia republicana. Guerras por doquier que demuestran la incapacidad de la burguesía o capitalismo de la periferia para garantizar la convivencia. Pobreza, desigualdad, injusticia y atraso causados por una política clasista o más bien sádica de marginación y exclusión. Además de corromper las instituciones y la sociedad civil, los políticos y los partidos tradicionales mantuvieron el oscurantismo medieval y se opusieron por la fuerza de ciertas normas y armas al advenimiento de la modernidad. En la pasarela del siglo XXI desfilaron políticos astutos que sabían escuchar la orden de grupos poderosos, pero eran sordos cuando el pueblo denunciaba en la calle, con sus altavoces, la pérdida de sus derechos, cuando los estudiantes protestaban por las privatizaciones ordenadas por USA y la banca mundial. El neoliberalismo acabó con lo público. Los políticos renunciaron a ser estadistas, ganaron nuevas elecciones y ocuparon cargos de alta responsabilidad en el gobierno, se dirigieron al pueblo por televisión cuantas veces quisieron, comieron en la misma mesa de los violentos y poco se preocuparon por averiguar la relación entre el fraude electoral, la compra de votos y el coco del comunismo.

Gaviria compró el lote y preparó el terreno, Pastrana lo cultivó de temores y Uribe cosechó los frutos en dos períodos y por poco consigue el tercero, si la Corte Constitucional acepta su segunda reelección. Total, necesitaba otros cuatro años para derrotar a las Farc. A raíz del proceso de paz del presidente Santos se ha visto crecer como espuma la esperanza de los colombianos, que ven cómo la historia corre más rápido cuando antes lo hacía a paso de tortuga, acelerando las contradicciones de las que hablaban Lenin (Cuadernos filosóficos) y Mao (Sobre la contradicción). Fieles al pensamiento legado por Carlos Marx, Lenin dijo "la dialéctica, en sentido estricto, es el estudio de la contradicción en la esencia misma de los objetos” y Mao dijo “la ley de la contradicción en las cosas, es decir, la ley de la unidad de los contrarios, es la ley más fundamental de la dialéctica materialista”. Quizás Marx subestimó al capitalismo cuando dijo que se asustaría fácilmente porque sus reacciones son primarias, pues todavía conserva trazas de instinto animal. Es lo que entiende Marcuse (Razón y revolución) cuando dice que “el capitalismo mismo ha extendido, de manera considerable, el alcance y el poder de las prácticas racionales. Las ‘leyes naturales’ que hacen marchar al capitalismo han sido contrarrestadas por tendencias de otro tipo, las cuales han retardado el efecto de los procesos necesarios y prolongado, por ende, la vida del orden capitalista”.

Es decir, en ese lote de tierra que se disputan izquierda, derecha y extrema derecha crecen no sólo frutos naturales sino también frases contundentes de pensamiento, que sean o no verdad, que se verifiquen o no en la práctica, las conversaciones en La Habana presentan a Colombia como un país civilizado ante el mundo y apaciguan los ánimos imperiales de poner orden invadiendo la república banana o república de tierra caliente. La extrema derecha, que es la más asustadiza con el comunismo, debe preguntarse cómo es posible que unos tipos que ponen bombas lean al mismo tiempo a Hegel a través de Marx y Marcuse. Quizás se empeña en desconocer las toneladas de terabytes de filosofía que publican los seguidores de Marx en internet. Es impresionante. En el curso de la historia revelaron no solo sus preocupaciones filosóficas sino también sus creaciones artísticas y sus conceptos de libertad. La lista es larga como para hacer un inventario rápido de sus nombres en este comentario. Todo el mundo conoce que Bretón mantenía nexos estrechos con el comunismo y que su Manifiesto del surrealismo evidentemente sugiere la necesidad de transformar el mundo y cambiarlo todo, del mismo modo que Marx y Engels en su Manifiesto comunista. Por su parte, en su teoría de la liberación Reich (La Revolución Sexual), Marcuse (Eros y civilización) y Fromm (El miedo a la libertad) intentan fundir el psicoanálisis (Freud) con el comunismo (Marx).

María Cabal, senadora de Centro Democrático, mandó al infierno a su compatriota García Márquez, justo el día de la muerte del escritor samario. Los compañeros del senador Uribe acusan a Gabo de trabajar para el comunismo, de ser un agente infiltrado al servicio de Fidel Castro, prueba de lo cual son las fotos que se han tomado juntos. Solamente lo acusan, no lo consideran terrorista ni lo condenan a la hoguera como la doctora Cabal. Según las convenciones de la cultura, que una senadora y un escritor sean compatriotas es lo de menos, lo que importa es el sentido que cobra su filiación política en momentos cruciales de la historia del país. Es cuando la lucha de clases deriva en la utilización del lenguaje difamatorio. Los medios de comunicación utilizan epítetos para ahorrarse palabras y poder distinguir entre una senadora demócrata y un escritor seducido por el poder. Como sentencia Marx, los comunistas no tienen  patria, y este principio demuestra el verdadero motivo de Gabo para no volver a Colombia. Las guerras desmintieron a Marx, pues muchos comunistas que decían obedecer la consigna “trabajadores de todos los países, uníos” pelearon por su bandera. Los auténticos internacionalistas son los escritores, lo que podría explicar su cercanía al comunismo entre los 20 y los 80. Las anécdotas recuerdan que el primer Borges estuvo a punto de entrar al Partido Comunista Argentino. Los argentinos que sí entraron fueron Raúl González Tuñón y Juan Gelman, desafiando la tentación del panfleto, un género que tiende a secar la creatividad. Vallejo, Neruda, Revueltas, Amado, Saramago, entre otros, siguieron este camino y, no obstante, se salvaron de la mediocridad.

En conclusión, los argumentos presentados quieren persuadir a los asustados de mantener la calma, de no dejarse llevar por la reacción emocional primaria, pues el comunismo no debe asustar a nadie. El comunismo no es el coco, conforme a la metáfora marxista, el coco es el fascismo, es el anticomunismo y toda política que niegue el desarrollo humano y social.

 


SEMBLANZA DEL HÉROE

 

Después de muchos años he vuelto a conversar con Clemencia Gálvez. Mi jefe me ha puesto una tarea, ha manifestado. ¿Cuál tarea? Editar los textos del próximo número de la revista de Bellas Artes. ¿Quién es tu jefe? Fernando Vidal. He querido ver en internet qué hace Bellas Artes o qué hacen los profesores de Bellas Artes y no he encontrado nada, solo información institucional, programas de estudio, registro, estatuto, misión, objetivos. Por ningún lado se ven los héroes. Ha sido Clemencia la que ha desempolvado el viejo tema del ensayo académico, si acaso no es exagerado llamar ensayo académico a un texto rígido carente de gracia. En el ensayo el autor es osado para opinar de cualquier cosa con soberbia, he opinado, no se vale de apoyo bibliográfico ni tiene que doblegarse a la autoridad. El ensayo académico viola la primera norma del ensayo que es argumentar en defensa de una idea con carácter recio. Más bien llámenle artículo, disertación o paper, sean humildes, no ensayo.

Ha sido Clemencia la que ha manifestado su preocupación por la esmirriada escritura de los docentes. Ella es editora y en lugar de alegrarse por las mejores oportunidades de trabajo se queja de los errores que cometen los docentes en sus textos. ¿Está obligado el docente a escribir bien? Tal vez baste con ofrecerle un taller sobre producción textual, como dicen ahora, para ayudarle a identificar el género literario antes de entregarlo a edición. En el lapso de media hora hemos hablado de los géneros literarios y de la audacia de Borges para extralimitarse, de las funciones del lenguaje de Jakobson y de la tenacidad de van Dijk para enfrentarse al texto. Los profesores no necesitan leer teorías, solo escribir, escribir y escribir, y dejar el título para el final. Hemos coincidido en señalar la sabiduría de Gabo para rotular (más que titular) sus escritos indicando el género, Relato de un náufrago, Crónica de una muerte anunciada. ¿Qué es relato, qué es crónica? Son preguntas inevitables en una charla por celular con Clemencia, que no tiene el problema de los minutos.

Semblanza, perfil, autobiografía, testimonio, cuál género, cuál edición. Que al autor le pidieron una semblanza, que si la semblanza es en primera persona, que no debe escribirse como autobiografía. Recordé inmediatamente las preguntas de los estudiantes cuando fungía como profesor de redacción, al mismo tiempo que leía Calcomanías de Girondo, Memorias de Adriano de Yourcenar y Lolita de Nabokov. Te agradezco mucho que me hayas abierto los ojos, espeté (sic) a Clemencia. Me conmovió nuevamente la suerte de Santiago Uribe que pasó del jet set de Medellín a la galería de la infamia, por culpa de El clan de los doce apóstoles de Olga Behar. Para poder dibujar la semblanza del hermano del presidente la periodista contextualiza y nos recuerda que monseñor Builes “estremecía al país con sus doctrinas conservadoras recalcitrantes y sus condenas a elementos de la vida de moderna” como el uso de pantalones por las mujeres.

Algunos entrevistados se perfilan ellos mismos, se autodibujan con portaminas, pues trazan una línea delgadísima de su vida y obra, cuando todos saben que debieron hacerlo con crayón. Todos son inocentes hasta no demostrarles lo contrario. Behar hace el boceto de Yarumal, el pueblo, y de Palacio, el cura del pueblo, de hacendados, tenderos, informantes y sicarios. No habla de la niñez de Santiago Uribe, de sus profesores y sus amigos de colegio, de su afición por los caballos y sus socios en el negocio de la ganadería, y de ese modo evita que el lector imagine un personaje demasiado humano, cuando la finalidad es justamente hacer la semblanza del diablo. Gracias a la evocación de estas y otras lecturas comprendemos que una semblanza no es una elegía, ni una epifanía y menos un epitafio. ¿Entonces qué es?, pregunta Clemencia. Un riesgo de caricatura, digo, un chiste de mal gusto. Ahora bien; si quieres complicarte la vida una semblanza es una semblanza, es algo tan diferente del testimonio como la crítica del ensayo o la parodia de la comedia. Los críticos de los filósofos del lenguaje son envidiosos.

De haber tenido más tiempo para hablar con Clemencia le hubiese dicho que la página de Bellas Artes no presenta a los docentes como los verdaderos héroes y que peca por comunicarse en el lenguaje neutro de las instituciones o por querer parecer objetiva en un mundo que glorifica el periodismo amarillo. A sus profesores les convendría ensayar un estilo más suelto, más informal, más casual, sin caer en la irreverencia, en el amarillismo de periódicos que se hacen llamar judiciales como El Caleño o Q´hubo. Tienes razón, ya no se dice la autodenominada prensa judicial. Si quieren hacer la mejor página universitaria en contenido, estructura y diseño tienen que cuidarse de que el inconsciente no los traicione. ¿Qué tiene que ver el psicoanálisis? La intención al hablar es importante, como dice Austin, pero a veces nos traiciona el inconsciente. Entonces puse un par de ejemplos de correo directo, tema correspondiente a la promoción publicitaria, para eludir una charla de dos horas sobre psicoanálisis, concretamente sobre la formación del espíritu científico, contribución a un psicoanálisis del conocimiento objetivo, de Bachelard.

Acaso le expliqué con palabras sencillas, citando autores y obras como un intelectual libresco, autosuficiente y pedante, y le prometí enviar a su correo algunos link de páginas que saben caracterizar y definir el género de la semblanza como Wikipedia. Prometí mandar el libro de Bachelard sobre el espíritu científico y un ensayo mío presentado en la Universidad Católica sobre serendipia o la historia con final feliz de los olvidos, casualidades, equivocaciones y errores, con una breve nota recordando que lo hecho muchas veces no corresponde con la intención que se tenía inicialmente o que lo encontrado no es precisamente lo que se buscó con tanto esfuerzo durante toda la vida. Lo mismo sucede en el proceso de producción textual, pues nos ordenan escribir una semblanza y terminamos escribiendo una reseña, y lo que es peor, por no contratar un editor pensamos que podemos arreglarlo nosotros mismos con tal mala suerte que la reseña se convierte en una biobliografía y la biobliografía en una micromemoria de ocho líneas cuando nos advirtieron que tenía que ser de una cuartilla.

Obvio, para persuadirla de la necesidad de ajustes me tocó exponer la teoría del correo directo, sin conocer su jerarquía en Bellas Artes o su influencia para incidir en los cambios que debían hacer a la página de internet. Me explico, la página del centro educativo de Clemencia comete el mismo error de la mayoría de páginas de instituciones de educación superior (IES), de hablar demasiado de la organización y su producto cuando bien se sabe, y en esto ha insistido hasta el cansancio el correo directo y el mercadeo en general, que debe hablarse del beneficio del producto, dirigiéndose al usuario, al estudiante universitario, de lo que hará el egresado en la calle, la organización o la empresa de servicios una vez termine su carrera profesional en alguna disciplina dentro de las bellas artes, algo así como el perfil del egresado. Perfil es contorno de la figura, según la RAE, conjunto de rasgos peculiares que caracterizan a alguien o algo, foto de lado, retrato tamaño carnet del lado derecho o izquierdo del rostro, precisamos. En cuanto a semblanza dice el diccionario que es sinónimo de retrato, bosquejo biográfico de una persona, algo similar a semejanza o parecido entre personas o cosas.

Dado que los profesionales de las ciencias humanas, las ciencias sociales y la educación escuchan hablar de estos temas con incredulidad, como si sintieran el dedo en la boca, utilicé la estrategia del escenario virtual. Para despejar dudas, para que creyera definitivamente en la importancia de las prestaciones, le pedí que imaginara la visita a una empresa u oficina de venta de cosméticos al detal. Llegas a la empresa, le dije, te presentas como cliente por el citófono, entras y te diriges directamente al cuarto más colorido que llaman Sales Force. Ahí, en un lugar destacado en la pared, encontrarás una pizarra de corcho y en el centro la foto del mejor vendedor del mes, con gráficos de barras y curvas sobre la evolución de las ventas semana tras semana, cifras del mismo mes del año anterior y la participación de la competencia, pero nada en relación con el monto del premio, se entiende, para no ofender a los colegas. Así es como se hace, como se fabrica un héroe mensual, pero no importa, al fin y al cabo, para el mejor vendedor de la compañía, tanto como el reconocimiento laboral, vale el estímulo económico, pero el día de la premiación debe fingir que ha superado el materialismo.

Satisfacción por el deber cumplido y por ser la mejor en su organización es lo que vi en el rostro de la muchacha bonita, buen cuerpo, buenas piernas, que me atendió gentilmente en la distribuidora de electrodomésticos. Estoy buscando una mini nevera, dije, y ella entendió perfectamente. Le tengo algo mejor que una mini. Depende qué se entiende por mejor. Le tengo esta nevera, agregó, y me mostró con el dedo una nevera dos veces más grande que una mini. ¿No le parece que es muy grande? Es más grande pero al mismo precio de una mini. Tenía razón, había averiguado precios y una mini costaba 390 mil pesos y la nevera de la mejor vendedora costaba 430 mil. Es decir, me estaba ofreciendo el doble de tamaño por casi el mismo precio. A decir verdad, mi problema no es el precio, dije, mi problema es el espacio, lo siento mucho. Di la vuelta para salir del negocio pero me retuvo cogiéndome suavemente del hombro. ¿Cuánto le piden afuera? Eso dijo, afuera. A ver, 450 mil por la gobernación y 390 mil a una cuadra, marcas diferentes. Deme 400 por mi nevera. Le doy 390. Ok. Ganamos los dos, ella porque vendía su incentivo como mejor vendedora y yo porque podía conservar más cosas por el mismo precio. La pequeña nevera costaba catálogo en mano 550 mil pesos. Después de la anécdota dije: Clemencia, disculpa que insista pero ve a decirle a tu jefe que haga poner el perfil del egresado en la página de internet. Es un portal, aclaro ella. En el portal.

Finalmente quedó claro el concepto de semblanza, lo que no se supo es el nombre del héroe que merecía un retrato escrito, uno entre un millón de candidatos. Seguimos buscando al héroe. Los noticieros de televisión nos llevan al Congreso, repasamos las oficinas hasta que damos con el senador que fue víctima de los delincuentes. Sustrajeron mil doscientos millones de pesos de mi caja fuerte, dice, y las autoridades ya tienen los retratos hablados y trabajan arduamente. Nos dice que su héroe es un equipo, no un jugador. ¿Quién es, si no es indiscreción? El Barcelona Fútbol Club. Ah, ya, el equipo que gana todos los partidos. No es porque gane los partidos sino por la fantasía de su juego, es un espectáculo inolvidable como el Circo del Sol. En selecciones. La selección Colombia, claro, la del Pibe, Asprilla y Rincón. Entre los artistas me quedo con Sofía Vergara. Qué hay de Juanes, Shakira, Carlos Vives. Sofía Vergara, no hay otra. Nos despedimos del senador con un selfie (autorretrato) y en cuestión de segundos le compartimos su propia foto con una nota de agradecimiento. 

Qué iba a imaginarse Emerson, el de la frase laudatoria que utilizó Whitman en la segunda edición de Canto a mí mismo, los cambios que sufriría el concepto de héroe con el paso del tiempo. En Representative Men (1850) Emerson dibuja el perfil de algunos hombres importantes que trascendieron su época, pensadores, escritores, poetas, Sócrates, Swedenborg, Montaigne, que ejemplifican la superioridad del ideal sobre la materia (en lenguaje actual, la dignidad por encima del dinero). “Entre las personas eminentes –escribe este autor–, aquellos que son más queridos de la humanidad, no son los de la clase que los economistas llaman productora; no tienen nada en sus manos; no cultivaron trigo ni hicieron pan; no colonizaron ni inventaron fábricas. La clase más alta en la estimación y en el amor de esta raza constructora y mercantil que se llama humanidad, son los poetas, los cuales desde su intelectual reino nutrieron el pensamiento y la imaginación, con ideas y pinturas que elevan a los hombres muy por encima de este mundo material, y los consuelan de las cotidianas mezquindades y de la bajeza del trabajo y del tráfico. También el filósofo tiene su valor, halagando el entendimiento del hombre trabajador y mostrándole sus nuevas facultades. Otros construyen ciudades; él las comprende y las guarda. Pero hay otra clase que nos lleva a otra región más elevada, al mundo de la moral y de la voluntad”, la clase de las santidades de la moral, los místicos.

Emerson no imaginó las vueltas que daría el mundo, como no se imaginó McLuhan que la realidad sería virtual y el hombre y la mujer del siglo XXI hallarían la fuente del heroísmo en internet, en Hotmail, Yahoo, Skipe, Wikipedia, Facebook, Twitter, Instagram, Whatsapp, desde donde socializarían sus hazañas cotidianas, sus proezas domésticas. Qué pensaría Lichtenberg después de ver que miles de millones de seres humanos redactan segundo a segundo miles de millones de aforismos en Twitter, sin saber qué es aforismo, foro o fori. Los actos heroicos se gestan en el mundo moderno en el trayecto de la cocina a la sala, tecleando en el smart phone, y aunque en un principio sean pura ilusión estos mensajes tienen el efecto de un terremoto que remueve los cimientos de la civilización. Héroes como Olafo, Dick Tracy, El Fantasma, Sandokan, Batman, Superman no se propusieron cambiar el mundo sino parodiarlo, incluso James Bond el seductor, el espía inmortal, hasta que Homero Simpson, “la creación cómica más grande de los tiempos modernos”, según The Sunday Times, invirtió los valores para imponernos un patriarca descuidado, irresponsable, antípoda de Ulises, el héroe por excelencia. Nietzsche ponía a prueba nuestro entendimiento y nos hacía creer que habíamos encontrado al superhombre, cuando en realidad sólo teníamos una pálida imagen del hombre superior. Seguimos esperando y mientras tanto la vida se nutre de esta hermosa ilusión.

 

Referencias

 

Emerson, Ralph Waldo (1941). Hombres simbólicos. Buenos Aires: Editorial Tor.

Behar, Olga (2011). El clan de los doce apóstoles. Bogotá: Editorial Icono.

 


LOS CONDUCTORES DE COOPER

Lo que realmente dije de los conductores de Cooper fue lo siguiente:

“Qué tal que un artículo sobre mercadeo de bienes simbólicos derivara en los conductores de Cooper, actividades de valor que conducen otras actividades, necesarias e innecesarias, dejando al descubierto la actividad clave, como un cambio de paradigma contable, pues la contabilidad de costos no será por unidad de producción, carga o lote, ni por departamento, sino por actividades. Como dice el Abc de Cooper, estas actividades transportan valor y contribuyen al salto de valor (el océano azul). Qué tal si cada nueva novela fuese un producto substituto, una amenaza para la novela conocida, que pudiese cambiar los hábitos de consumo y, por su carácter nacional, lograr una ventaja comparativa mas no competitiva en el mercado cultural. El efecto sería desastroso para el gusto del público y el canon literario, y esta estética maleable alentaría la previsión del técnico (el temor del humanista) ante un gusto que no le pertenece al público, ni al autor, sino a la competencia.

“El fin de semana me interesa la estética y me da por leer escritores exquisitos, atractivos más por su estilo que por sus temas. No mencionaré nombres, el público los conoce, son aquellos que con estilo compensan la pobreza informativa de los periódicos locales. Las revistas culturales, en cambio, por ser menos periódicas, dejan que sus colaboradores renuncien a la actualidad y escriban por enésima vez sobre los amores de Marylin, que envuelvan temas viejos con papel de regalo nuevo. Quizás los escritores consideran que el formato de la revista es permisivo o los miembros del consejo editorial son muy rigurosos en la escogencia de trabajos estrictamente culturales, no disciplinares. Dicen que en el Renacimiento era normal encontrarse con gente docta en múltiples materias como filosofía, educación, ciencias humanas, ciencias políticas y militares, ingeniería, medicina, etc. En la modernidad industrial prevalece la especialización, hasta hoy. En el siglo XIX todavía se ven seres excepcionales, como Carlos Marx, que siendo filósofo se introduce en temas económicos, interpreta la cultura y deja una teoría política. Como diría el profesor Cooper, un tema simple conduce otros temas simples y complejos hasta las puertas del eclecticismo, un oficio de diletantes.

"Parece que Descartes, un hombre del Renacimiento, desvió el camino cuando nos dijo que tomáramos rutas separadas para perfeccionar el método analítico. Personalidades como Jurgen Habermas o Umberto Eco no alcanzan a dominar los conocimientos y técnicas que se atribuyen a Leonardo. En la segunda mitad del siglo XX se esperaba que el intelectual orgánico de Gramsci o el hombre nuevo del Che nos sorprendieran con el manejo teórico-práctico de diversos temas, como quien se encuentra preparado para nadar a sus anchas en remansos como en corrientes turbulentas de la cultura y la técnica, con pataleo sostenido y brazadas elegantes, como pez en el agua.

"El lector hipócrita espera que el columnista muerda el anzuelo y se equivoque haciendo el ridículo. Los temas socio-técnicos o estético-contables exigen un caminar pausado en el borde del conocimiento y la percepción y una prudencia filosófica para rumiar cada hoja de hierba sin lastimarse la lengua. El eclecticismo es arriesgado, excepto para escritores arriesgados como Ezra Pound, Sabato o Chomsky. Me he sentado a escuchar conversaciones de muchachas, estudiantes de la Javeriana, en una cafetería de Unicentro, y me he enterado de la superioridad de la psiquiatría sobre el psicoanálisis, de la distinción entre psicología terapéutica (clínica) y psicología orientadora (narrativa). También he hablado con el profesor Albeiro García y leído en Redipe que los temas de contenido (currículo), asociados con la cultura, dicen si es el momento de enseñarles educación sexual a los muchachos y dejar que examinen de cerca los órganos reproductores. Los temas metodológicos (didáctica), la mediación pedagógica o la conveniencia de utilizar dibujos en cartulina del aparato reproductor, reproducciones en 3D o réplicas hechas en plástico, parecen menos exigentes pero no lo son.

“Temas empresariales como los conductores de Cooper o las 5 fuerzas del diamante de Porter son extraños para el escritor o el humanista y, no obstante, son menospreciados por su influencia dañina. He leído columnas en El País que critican la gerencia cultural, en cambio consienten el cultivo a escala de la caña de azúcar y no dicen nada del agua del subsuelo que consumen los ingenios azucareros, de este recurso vital que no sé si se factura a los empresarios. También he leído columnas que atribuyen la escasez de agua al fenómeno del niño y desconocen los conflictos de tierra en los nacederos o no se preguntan de dónde sacan agua las embotelladoras. Los escritores hablan de estos temas sin consultar a los expertos o creen que deben reemplazar a los expertos con un estilo retórico que salve al lector de explicaciones insulsas y torpes sobre temas actuales. Al escritor que opina de todo en la prensa local, que decide seguir los pasos de Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Javier Marías, le parece suficiente apoyarse en la tradición romántica, que nos colmó generosamente con su elocuencia, para descifrar las cosas del mundo. El lector hipócrita espera que el columnista se vea tentado a opinar sobre terrorismo desde su experiencia, que se equivoque, para salir a criticar. El columnista, a su vez, detesta por áridas, tediosas y técnicas, las explicaciones que sobre el terrorismo ofrecen los financistas. Piensa que los hombres de negocio son poco inteligentes y son culpables del mercantilismo que azota el mundo.

“No es lo mismo leer un periódico que asistir a una clase de economía ambiental. En el campo filosófico la gente quiere más, no se conforma con opiniones ligeras, y reclama textos de corte interdisciplinar, textos que sean apetecibles por su profundidad. En el campo cultural la gente es más relajada y acepta con benevolencia textos especulativos sobre temas complejos. Algunos lectores desconocen el sentido de los temas que leen y toda publicación estilizada les parece magnífica. En la zona de los tintos, en el descanso de un seminario sobre patentamiento, escucho sin querer las críticas a una columna de prensa. El autor de la columna, un escritor con varios premios de literatura, quiere promover el evento concentrándose en los TLC y eludiendo el tema del patentamiento. Los críticos leen un párrafo, paran y se ríen, y uno de ellos muestra en su celular el comentario, debajo de la columna, su opinión sobre la avalancha de transferencia tecnológica gracias a los TLC. Parece que las ciencias humanas y sociales están en contra de los TLC, las ciencias empresariales a favor. Un abogado aclara la situación, nos entrega una tarjeta de presentación donde dice que tiene maestría en derecho comercial internacional. Me pongo a pensar que en el campo literario, en el campo artístico, nunca dejó de haber TLC, transferencias de nombres y obras. Con todo lo criticable que es la democracia restringida en Colombia, no hubo censura como en España ni fue bloqueada o aislada como en Cuba.

“Los conductores de Cooper pertenecen al campo de la contabilidad, no de la electricidad, y es un modelo que puede considerarse viejo, por lo tanto puede que haya perdido vigencia, pues el desarrollo organizacional (DO) no da tregua. El lector hipócrita irá corriendo a Internet para verificar este temor y se encontrará con la desagradable sorpresa de ver una lista interminable de Robin Cooper, y además tardará varias horas para descubrir en Google que Cooper es un químico metido a la administración y la investigación contable, con varios libros publicados que dan cuenta de su importancia en el ámbito empresarial. Cooper tiene un MBA en Harvard, como la mayoría de teóricos empresariales. El nombre de Cooper está asociado a personalidades como Kaplan o Norton, estudiados en las universidades del mundo, pero poco citados por los columnistas de la prensa local, salvo por aquellos que  trabajan en Portafolio. La cultura no es un tema que le interese al editor de Portafolio. Para terminar este breve perfil de Cooper, les comento que es muy respetado y querido, que ha recibido muchas distinciones de los gobiernos por sus aportes a la  contabilidad, por haber revolucionado con su costeo por actividades (Abc) la manera de hacer negocios, Cooper ha publicado varios libros y por esta razón es un intelectual serio”.

Hasta aquí Cooper, lo que sigue es el comentario inspirado en este hombre. Los tiempos cambian y la sociedad es arrastrada por nuevas tendencias culturales que se imponen con mucho ruido y entierran lo viejo con un placer sádico, como si se tratara de una guerra a muerte entre el pasado y el presente. Es el caso de la literatura. Tomamos una revista de hace treinta años, hojeamos sus páginas, por lo general diseñadas en estilo cuadriculado, y nos parece increíble que hayamos aprendido a leer por caminos de herradura. No estábamos preparados para seguir la señalización de los senderos que se bifurcan. No hablaré de contabilidad ni de conductores (driver), sino de la visita a mi apartamento de un joven aprendiz de escritor. Su visita estaba más que anunciada, como diría Gabo, sabía con antelación la fecha exacta del encuentro y, no obstante, preferí irme con los amigos a tomar unos tragos a un bar llamado El habanero, en una esquina del parque de Alameda.

Cuando desperté el aprendiz estaba ahí. Era un joven mugroso, a la usanza de un punk pero sin la cresta, enviado por el director del taller, cohorte 2015 o nueva cantera de poetas del programa de creación y sensibilización de la alcaldía. Había llegado puntual a cumplir la cita sin sospechar que hacía media hora estaba tirado en la cama de agua no descansando sino durmiendo después de una noche de bohemia. Giré la cabeza a la izquierda y vi al joven mirando la cama como si en ella yaciera un hombre apuñalado por la espalda. Los ronquidos no le fastidiaban en absoluto, más bien le hacían pensar en las causas y consecuencias de la bohemia. Con sus gafas estilo John Lennon el joven parecía más un hombre inteligente que un indigente, parecía inofensivo hasta que comenzaba a opinar de los autores locales, todos malos, según su modesta opinión, demostrando que los conocía como la palma de su mano. Como por darle pedal le pregunté por tres autores que acababan de sacar libro y habló pestes de ellos, dijo que eran una vergüenza para la literatura universal. Sí, dijo universal y me dejó pasmado. Los jóvenes de hoy se mueven en niveles superiores, pensé, tal vez por el fenómeno de la globalización.

Quería saber más sobre el comentario. Por el director del taller sabía que no era un hombre de entrevistas, pero quería insistir, no le bastaba con las respuestas por celular. Parecía paisa y por eso cedí. Me gusta la gente que persiste y va contra la corriente de las dificultades. Me contó que no soportaba la mala literatura como tampoco toleraba la coquetería de una mujer. Una mujer coqueta es menos complicada para el amor, ¿no le parece? Sí, respondió, pero que no sea su propia mujer. O sea, era un hombre celoso. Dijo que su mujer era tan promiscua (no dijo puta) que la castigaba hasta cansarse y cuando ella, en respuesta, sacaba el cuchillo de la mochila, él sacaba su pistola. Era capaz de todo para vengar el honor mancillado y no había nadie que detuviera sus impulsos criminales y le hiciera desistir de su propósito, nadie que más tarde le hiciera sentirse arrepentido, cuando los nervios se calmaban un poco. Mientras hablaba se recostaba en la pared, como si necesitase recordar el roce de los arrumes de paca de algodón del pueblo costeño de su infancia. Iba por los tintos y desde la cocina veía que se rozaba en la pared como cerdo y se rascaba.

Necesitó varias entrevistas para tomar notas, para recordar los puntos tratados y hacer claridad sobre los principales aspectos abordados en el comentario sobre Cooper y su invento, es decir, sobre los conductores. Cuando creía estar estresado me pedía el favor de que le dejara ver televisión un rato. Siempre ponía el mismo canal, Sport Tv. Sentado en el suelo, con sus manos apretando las rodillas, observaba el partido de fútbol y la persecución del jugador que llevaba el balón en sus pies. Cuando el jugador metía el balón en la portería él se paraba y gritaba gol, agitaba los brazos y volvía a sentarse. Pese a que no éramos amigos llegaba a mi apartamento temprano provisto de café, azúcar, pan, queso, huevos y jamón para que preparáramos un buen desayuno, todo porque me había escuchado decir a mi hija, por el celular, que no se olvidara de visitar a su amiga Claudia con algo en la mano. Desayunábamos y proseguíamos la entrevista. Una vez que leyó su trabajo en el taller y fue elogiado por el director y sus compañeros regresó para despedirse y no volver jamás.

Recibí su reportaje sobre los conductores de Cooper y la explicación de su autor, o sea yo, pero la verdad me dejó perplejo, por un lado, por la sencilla razón de que no expliqué nada sino que me limité a interpretar al señor Cooper, y por otro lado, porque se alejaba de la idea de conductor, tal como la interpreté y la comentamos infinidad de veces. Lo que hizo el aprendiz de escritor fue más un ejercicio de estilo que un reportaje, un ensayo a su manera, un escrito muy bonito que me recordó la obra de los maestros irlandeses. En el curso de la lectura sentía que no había nada de lo mío y me veía inmerso en una farsa, utilizado por un joven con menos experiencia en la vida, pero no me enojaba sino que me daba risa. “Dijeron que su obra es gran diosa (sic), que supera la media creacionista, porque ellos tienen un criterio recortado del arte actual y de sí mismos, porque sufren de miopía cuando tienen que valorar la obra del otro. Sabemos que la calidad artística es relativa y que el gusto está atado a movimientos financieros en el mercado de bienes simbólicos. La prueba de esta relativa prestancia de la obra, que suele tener su cuarto de hora entre las novedades de librería, es el cambio constante de bestseller en la vitrina de exhibición, pero particularmente cuando se produce la desaparición física del artista, su muerte”.

En mi comentario hablo de la osadía de los autores, los escritores con columna en la prensa, para meterse en temas especializados con tal descuido que quedan mal parados y se desprestigian. Pero el joven aprendiz se fue por otro lado y terminó haciendo un exuberante ensayo sobre la inmortalidad del autor y su obra. “En diversas circunstancias hemos manifestado que la obra se extingue si su autor no está para promocionarla. Si su creador desaparece físicamente de la tierra la obra se muere, lo que quiere decir que ésta fue tratada como un producto de mercadotecnia, a diferencia de las obras universales que permanecen en la memoria del mundo a pesar de sus autores. Lo más triste y patético es que esta manera doble de morir, en el papel y en la espiritualidad, es la prueba de la parroquialidad de origen y su incrustación arbitraria en las colecciones de literatura que de vez en cuando nos presentan las editoriales. Si revisamos la colección de autores colombianos de La Oveja Negra, se observará muchos nombres que no le dicen nada al lector del siglo XXI. Fueron promesas literarias escogidas por su protagonismo en los medios, sin el correspondiente análisis realista de su proyección a futuro por parte del editor y sus asesores”.

Pero no todo en el ensayo era ejemplo de traición y arbitrariedad. Había pasajes más objetivos y mejor enfocados que superaban mi propio discurso, como el tema de los códigos, que rondó tercamente en múltiples conversaciones ya fuera sobre lingüística o espionaje. Incluso, a propósito de El americano impasible, obra de Green que el joven escritor traducía como El americano discreto, dijo que presagiaba la debacle norteamericana en la guerra de Vietnam. Realmente me alegró su versión de los códigos y me hizo reír desde que me levanté hasta que me acosté todo un domingo, y no sólo eso, también me instó a leer el párrafo a cuanto amigo aterrizaba en mi apartamento en la semana siguiente. “Del mismo modo que la huella electrónica, los códigos revelan la identidad. En eso es que trabajan los agentes de la CIA, en descifrar los códigos del enemigo, del amigo y de los aliados estratégicos del momento, tarea nada fácil. No vamos a decir por ello que la literatura se reduzca a códigos, a semiótica, relegando la poética, ni que la literatura norteamericana sea superior a todas por el número de espías que vigilan el mundo”.

Realmente lo que habíamos hablado era otra cosa, algo así como que la democracia formal promueve la esclavitud interiorizada en el lenguaje, en la comunicación, como indica Habermas. La personalidad influyente busca que el mensaje tenga el efecto de un masaje placentero, dice McLuhan, el tirano admite la necesidad de recubrir el mensaje de intenciones perversas, mientras ejerce el control mediático, la manipulación del tiempo libre y de la conciencia, señala Chomsky. En la sociedad competitiva tiene ventajas quien maneja un código abierto frente a quien utiliza un código restringido, explica el profesor Bernstein. Pero nada de esto se cruza en la vida de la mayoría de personas que se encontraron en el mismo lugar, atraídas por el reflejo adictivo del televisor y un contenido que no se ve sino cada cuatro años. Hablábamos del período presidencial, claro, y de la exclusión del ciudadano. Ninguno pudo ni tuvo las ganas ni la convicción para decir estoy en desacuerdo con los planteamientos del presidente, discutamos su idea de gobierno, su discurso y el alcance de sus promesas. La tecnología solamente permite la comunicación en una sola vía, directiva y descendente. Halliday dice que el lenguaje es una semiótica social y Bernstein dice que los códigos complejos están por fuera del alcance de los pobres. En otras palabras, los receptores de estrato bajo e incluso de estrato medio no tienen forma de controvertir supuestas verdades, no cuentan con canales alternativos de disidencia, contra la idea prevaleciente de que la democracia se esfuerza por mantener relaciones simétricas de comunicación y confirmar con sus leyes la igualdad de todas las personas, sin distingo de raza o religión.

La interpretación audaz del joven tallerista no quedó ahí. Es que tuvimos muchas sesiones donde hablamos de códigos hasta el cansancio, largas sesiones durante la cuales anotaba en su cuaderno como con desespero y, cuando le parecía excepcional la interpretación (para él explicación), le daba por sacar su grabadora para ponérmela en la boca, temiendo que después se le dificultara entender cada palabra. A veces la grabadora quedaba encendida y registraba nuestra conversación mientras tomábamos un tinto. De ahí quizás su confusión y la mezcla de cosas técnicas con cosas políticas en su ensayo. “Los jefes esperan que los políticos de oficio obedezcan al pie de la letra la orden de los cacaos. Por el dialecto de los jefes se ve que los cacaos hablan con tono respetuoso de las instituciones, parecen buena gente y se les perdona todo lo que hacen para dejar al país en el ranking del más desigual del continente junto con Haití. Aparentemente el dialecto no tiene color político, no sabe de lucha de clases, y si le da por rebelarse lo hace en un tono hondamente humano, tierno y benevolente. El dialecto encubre el instinto asesino y el cinismo. Podría decirse que los cacaos, a su vez, codifican a la perfección las necesidades del pueblo; ellos mandan en el país y ellos saben escoger a los presidentes que inspiren confianza y despierten expectativas, según las inflexiones de la voz. Contra el dialecto nadie puede, ni la Corte Suprema de Justicia ni la Comisión de Acusaciones del Congreso de la República. El dialecto es el disfraz de los cobardes”.

Como ya dije, estaba sorprendido por el texto apócrifo, no molesto sino conmovido por el coraje de su autor para manipular mi interpretación de Cooper y sus conductores y, además, para pedirme un concepto a través del director del taller. Descubrí que el director, supuestamente mi amigo, no había leído mi comentario ni ninguno de mis comentarios publicados en internet a lo largo de cinco años, pues me agradeció por haber concedido algunas entrevistas y por haber compartido algunos desayunos con su pupilo, sin mencionar a Cooper. Este no tiene idea de Cooper, me dije, y mucho menos de sus conductores. No quise tocar el tema, tampoco mencionar las publicaciones del experto contable. Espera unos minutos, dije al director del taller, mientras tanto puedes ir viendo un partido de la Champion, y me dirigí al computador a escribir unas notas sobre el ensayo del joven escritor. Le puse el título y seguí escribiendo, a los diez minutos paré, imprimí el texto y le entregué dos hojas al mensajero.

 


EL ÚLTIMO NEOLIBERAL

 

Es temprano y el grupo de personas mira el televisor plano adosado a la pared. La panadería está abierta para recibir a los clientes habituales y a los ciudadanos de diversa procedencia atraídos por la voz contagiosa del periodista. Los clientes entran al lugar con prudencia, sus rostros revelan preocupación, pues nada justifica la aglomeración de personas desconocidas dentro excepto un atraco. Observan a la cajera en su puesto de trabajo, sin los moretones producidos por la agresión de los delincuentes, sin dolerse de ninguna lesión en su cuerpo. Como en otros negocios del centro de la ciudad, el televisor encendido indica que su propietario quiere compartir el acto de posesión del nuevo alcalde. Hoy todos los capitalinos viven el comienzo de la recuperación de su ciudad, señala el discurso. Los ciudadanos verán con sus propios ojos y escucharán hasta el final, sin cansarse, las  promesas de orden público, seguridad, desarrollo urbano, pulcritud en el manejo de los recursos y eficiencia administrativa del nuevo alcalde.  

La pequeña mujer ingresa a la panadería metida en su largo abrigo, diminuta y envejecida, y arrastrando los pies llega a colarse en el grupo de curiosos hipnotizados por la televisión. Por previsión, ya que podría desatarse una tormenta de repente, lleva en su mano una rudimentaria sombrilla. Es una sombrilla hechiza y maltrecha, hecha de tablillas de madera amorosamente amarradas con alambre a un tubo de plástico que sirve de soporte. Nadie se fija en ella ni en su sombrilla, todos se mantienen concentrados en el discurso de posesión, excepto un hombre mayor que al sentir el aliento detrás, en su nuca, gira la cabeza para reconocer a la mujer menuda y decir en típico dialecto rolo “su merced, ya vio, hay que pagar para que llueva”. El hombre no espera la respuesta, se abre paso entre la gente y, en señal de despedida, corta el aire con el canto de la mano desplegada, como los militares al pasar revista y los políticos al dar un parte de victoria.

El alcalde Peñalosa, el último neoliberal, termina su discurso. Nadie pretende quedarse a escuchar los comentarios, las anécdotas y las citas textuales del periodista, ni la interpretación del eslogan “recuperar la ciudad” por el invitado especial, ni las intervenciones del experto en renovación urbana con una voz que parece alejarse cuando refiere datos estadísticos. Los curiosos salen de la panadería en manada, con la cabeza gacha, como si estuviesen cansados y aburridos tras el acto de posesión, como un contingente de extras de una película cuyo director rara vez dice corten, pues ignora el efecto del hambre en el cuerpo y concede solamente cinco minutos para el refrigerio. Una vez enterados de que el nuevo alcalde promete mejorar la vida de todos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, desocupan el lugar inmediatamente y toman diferente rumbo. Los clientes se quedan a completar su pedido, pagan en la caja y salen corriendo a sus casas con el pan del desayuno. La cajera cobra con una mano y con la otra toma el control, apunta a la pantalla del televisor, presiona y produce un silencio reseco.

La panadería se ha despejado totalmente y solo permanece dentro la mujer de la sombrilla, mucho más avejentada y encogida en su abrigo, detenida en el tiempo, víctima de la hipnosis del televisor o de las imágenes agolpadas en su memoria. Está quieta, algo le impide moverse, un recuerdo desagradable, el éxtasis de un momento irrepetible, la fatiga y el hambre acumulados durante la semana o la neurastenia. Una persona observadora diría que es una parálisis asociada con un hecho triste, la ruina económica de una familia extensa, el abandono del esposo cansado de sufrir escenas bochornosas de su mujer celosa, la desaparición del hijo único, el lanzamiento por mora en el pago de la casa, la pérdida del derecho a la seguridad social o el corte del chorro de agua por el racionamiento causado por el fenómeno del Niño o la imprevisión. Una persona práctica opinaría sobre el hambre, la droga y su conjunción en la locura, fatalidades que se ciernen no solo sobre la juventud sino también sobre los ancianos.

El dueño del negocio se acerca donde la mujer con una chuspa en la mano, que contiene un croissant y una almojábana, antes que un obsequio un método razonable para lograr que despeje la entrada del local como acaban de hacer los otros. La mujer mete su mano en el bolsillo del abrigo y saca una billetera en la cual es de suponer que guarda su dinero. El panadero le dice que no se preocupe, que guarde su dinero, es un regalo en nombre del nuevo alcalde. La mujer no entiende, no está acostumbrada a recibir regalos, e insiste en pagar. Se dirige a la caja, paga con unas monedas y se retira del lugar sin reclamar la mercancía. Quizás la mujer olvidó la costumbre de la caridad pública, la existencia de la bondad humana, entre otras convenciones del pasado. Ella es práctica y alcanza a recordar que lleva dinero en su cartera, que donde haya una caja registradora es señal de negocio y hay que pagar para poder salir. De otro modo puede considerarse un rehén.

Entonces, ¿cuál es la interpretación, cuál es la conclusión? Desde que paga el derecho a salir con su dinero la mujer es consciente del sistema mercantil y no está loca o, como dicen los psicólogos, es una loca funcional. Grave fuera que no pudiera articular palabras porque su gramática de pensamientos y sentimientos se encuentra atrofiada por un incidente personal detectado por un especialista, un psiquiatra, un psicólogo, un antropólogo. Un urbanista, por muy experto que se considere, queda inhabilitado para hacer el diagnóstico de la situación personal y social de los seres vulnerables. Siendo economista, Petro gobernó con un sentido humanista, de ahí su eslogan de la Bogotá Humana. Peñalosa descarta la línea social en su gobierno y más aún el enfoque humano para plantear un modelo funcional, ni reformista ni radical, pese a tener en su gabinete a un liberal, nieto de presidente, Miguel Uribe Turbay, y contar con el apoyo de Vargas Lleras, el mismo de Cambio Radical.

En realidad, el modelo es una mezcla de funcionalismo y neoliberalismo, funcionalismo en tanto se quiere que las cosas funcionen en orden, sin alteraciones, y neoliberalismo porque se presume que los sistemas privados son mejores que los sistemas públicos, justificándose la venta de los bienes del Estado, como se viene haciendo desde hace tres décadas. La Constitución de 1991 dice que los trabajadores de la empresa del Estado, digamos Telecom o Isagen, tienen prioridad como compradores, pero materialmente es imposible que los trabajadores tengan gruesas sumas de dinero para tal adquisición, de tal modo que son los inversionistas extranjeros quienes terminan como dueños. La privatización es la salida de políticos y programas de gobierno incapaces de administrar lo público, de hacer rentable económica y socialmente las empresas del Estado.

Como dicen los estudiosos, los privados aprenden en la universidad privada (la mayoría de miembros del gabinete Peñalosa estudió en los Andes, la Javeriana, la Externado, etc.), llegan al sector público donde aprenden leyes y técnicas, vuelven al sector privado a presentar licitaciones, demandas, contratos, proyectos, entre otros, y reciben apoyo para lanzarse a la política y hacerse elegir democráticamente. ¿Qué sigue después? Los negocios, la venta de las empresas públicas, las concesiones, la entrega de las obras civiles, la competencia desleal. Se quita el manejo de la basura a los recicladores para dárselo a las sociedades conformadas por políticos y empresarios capitalistas. Los negocios más grandes se entregan a los inversionistas extranjeros.

Las denuncias no tienen efecto práctico, no son efectivas ni siquiera para diseñar políticas públicas y se reducen a un tipo de información fragmentaria que se olvida al instante. No llegan a nivel de performativos, como dirían Austin y Searle, no tienen solución práctica en la vida social y política. Las empresas involucradas se benefician de la denuncia, que por arte de magia se transforma en publicidad, gracias a la tolerancia del público que construye la imagen del cínico y canalla como un tipo hábil digno de admiración. Dice la denuncia: “Se sabe desde hace años, pero parece que da igual a las empresas. El cobalto, un mineral imprescindible para la fabricación de baterías de teléfonos móviles y ordenadores, es extraído en minas por niños que cobran una miseria y son tratados como esclavos. La última organización que ha dado la voz de alarma sobre este espeluznante hecho ha sido Amnistía Internacional. En el informe, Amnistía Internacional habla de 16 grandes empresas, entre las que se encuentran Apple, Daimler, Lenovo, Microsoft o Samsung”.

El pueblo fue engañado con la idea de trasladar al gobierno la gerencia privada, la eficiencia, la rentabilidad y el orden del mundo empresarial. La gente se lo creyó. Vamos a hacer gerencia pública, dijeron los políticos, y lo que hicieron fue privatizar las empresas del Estado, aprovechando la circunstancia para enriquecerse con comisiones o CVY (Como Voy Yo). Otros políticos se robaron la plata del acueducto, de la cobertura educativa o de la salud pública. Otros políticos compraron lotes a 10 millones desde las Alcaldías, a través de empresas recién creadas con amigos y familiares como testaferros, para vendérselos al Estado por 1000 millones, con POT (Plan de Ordenamiento Territorial) aprobado con la ayuda de los honorables concejales.

Vamos a gobernar eficientemente como en la empresa privada, dicen los políticos neoliberales, sin ser capaces de definir en forma precisa los términos eficiencia, eficacia o efectividad. Con el tiempo los políticos quisieron acreditar su gestión aplicando las normas ISO y por más que lo intentaron no pudieron. Luego delegaron a la empresa privada el cobro de los impuestos del municipio hasta que el Consejo de Estado tumbó esta medida. Vivimos en la era neoliberal y los políticos aprenden sus alcances en corto tiempo. La salud se privatizó con la Ley 100 y la educación pública, la que forma realmente según los resultados de la prueba ICFES, es privada. Cuando los políticos neoliberales son consultados por los medios sobre sus planes de gobierno, responden en forma brillante, pero cuando las preguntas giran hacia el crecimiento empresarial, la cultura empresarial, la reconversión industrial o la generación de empleo, ellos prometen firmar TLC con las potencias.

La retórica todo lo puede, el secreto consiste en repetir frases de cajón como “pondré orden en la finanzas”, “mi prioridad será la gente de bajos ingresos” o “me ocuparé personalmente del gasto social”. Durante la campaña electoral el ciudadano de clase media escucha con atención las propuestas políticas, envueltas en términos y tonos seductores, planes de crecimiento económico y generación de empleo, y se crea expectativas de logro. La televisión no es la facultad de ciencias y el político se salva de ser sometido a un examen riguroso de desarrollo sostenible o bioeconomía, dos materias que ponen a prueba el saber hacer en la democracia de mercado. En los debates nadie entre los periodistas insiste en preguntas de fondo sobre la estrategia de empleo o la derrota de la pobreza, nadie hace preguntas sobre arte y cultura a los candidatos. Sin embargo, el político está preparado, pues su fortaleza es la retórica y la especulación, para responder con habilidad preguntas sobre el retroceso de la cultura empresarial, teniendo en cuenta, como dijo Hernando de Soto, el mayor aporte de la economía informal al PIB del país.

Los asesores de Peñalosa lo maquillaron tan bien de frases técnicas y postura de gobernante moderno, de urbanista que sabe de desarrollo urbano, que lograron sustraer del imaginario popular la idea de bienestar social y solidaridad humana. Así, frente al desalojo de más de 300 vendedores informales de la 72 de Bogotá, mientras los afectados protestan por la medida, como es lógico, algunas personas que entendieron el programa de Peñalosa argumentan que es por el bien de la ciudad, para garantizar orden y seguridad a los ciudadanos. Los trabajadores le pidieron a la Administración Distrital, informa Caracol, oportunidades de empleo formal (derecho al trabajo), pero sabemos que neoliberalismo es privatizar lo público, llamar a los inversionistas privados, porque en el país no los tenemos, no existe la cultura del riesgo, para hacer negocios, no para generar empleo, por más que el Estado elabore y entregue publicaciones sobre política de empleo y la Cámara de Comercio, las entidades del Estado y la academia realicen foros para discutir las estrategias de empleo.

Algunos comentaristas advierten el acelerado trámite neoliberal de Peñalosa en las cuatro semanas que lleva gobernando a Bogotá. Como dice Bejarano (2016), Peñalosa “anuncia con bombos y platillos la privatización de ETB, posiblemente de TGI (Transportadora de Gas Internacional) y del Canal Capital (uno de los canales públicos con mayor reconocimiento en Colombia)”. La política hace abstracción del drama humano para dedicarse a planear una administración eficiente. Un chiste en internet lo gráfica de la siguiente manera: “Se abre el telón, aparece Peñalosa; se cierra el telón, se cierra el teatro, se cierra la escuela, se cierra el hospital”. Antes se sostenía que el modelo capitalista era bueno porque buscaba el crecimiento económico de la gran empresa o del país para atender las necesidades de empleo e ingresos de los sectores menos favorecidos. Las empresas grandes, formales, generadoras de empleo han desaparecido para dejar el mercado a las Pyme (pequeñas y medianas empresas), microempresas y actividades informales de rebusque. Hoy los políticos de derecha como Peñalosa, revestidos del aura de gobernantes ordenados y eficaces, no prometen bienestar social para los trabajadores informales sino obras de infraestructura y despeje de las vías públicas. Los desalojados suplican a la autoridad distrital que al menos les devuelva sus productos.

En el siglo pasado los políticos del sistema que prometían cambios eran reformistas como López Pumarejo o eran populistas como Juan Domingo Perón. En el tercer quinquenio del presente siglo se retrocede, la política es retrógrada, manda el neoliberalismo en perjuicio de los derechos sociales, y políticos como Álvaro Uribe o Vargas Lleras crean partidos con nombres provocadores como Puro Centro Democrático o Cambio Radical, que simbolizan el cinismo y la burla del chico malo. ¿Qué hay detrás de Peñalosa?, pregunta Cecilia López (2015) y dice que Vargas Lleras. ¿Qué hace el vicepresidente? Se toma Bogotá y entrega cientos de miles de casas gratis como ejercicio para buscar la silla presidencial en 2018. No habrá cambio radical, desde luego, sino continuación neoliberal. Una cosa es la funcionalidad, otra la reforma y otra la revolución social y económica, categorías expresadas en los partidos Centro Democrático y Cambio Radical, Partido Liberal y Partido Verde, Polo Democrático y Progresistas, respectivamente, principales fuerzas en la democracia colombiana.

Para la academia los problemas del país son estructurales, pero los partidos de extrema derecha, derecha y liberal siguen haciendo una política para un país con problemas de orden público y fallos en la prestación del servicio. Los problemas del país tienen que ver con el modelo económico, que deriva de la hegemonía política de las fuerzas conservadoras, pero los medios de comunicación soslayan la estructura y no mencionan las categorías referidas a las relaciones sociales, como conceptuaba Marx. Los medios de comunicación consideran, como si reprodujeran las palabras de Peñalosa o Uribe, que el desarrollo distrital o nacional depende de cómo se neutralice a la izquierda, que amenaza la institucionalidad democrática. Es una amenaza al orden vigente, en efecto, y es una opción de poder que cambiando las estructuras restituya los derechos sociales y la justicia social, dignifique el trabajo y mejore el bienestar de todos.

El pueblo fue engañado en otras épocas de la historia con alertas sobre la amenaza comunista, en la revista Selecciones se publicaban testimonio de víctimas del comunismo y uno de esos testimonios era el de una mujer que decía haber sufrido el secuestro de su hijo, que le habían arrebatado al niño de teta de sus brazos. Más recientemente, la revista Fortune publicaba la lista de los hombres más ricos del mundo y en ella figuraba un hombre barbudo llamado Fidel Castro. Castro replicó diciendo que aparecía como primer capitalista de su país porque firmaba los billetes, porque era responsable de la contabilidad y era quien se entendía con la banca mundial, cosa muy distinta a ser el verdadero dueño de esa plata, de esas reservas en dólares y otras monedas extranjeras.

Como dicen Fowler y otros en Lenguaje y control, el lenguaje del poder forma sujetos, adoctrina conciencias. La interacción social mediada por el lenguaje lleva a creer en consensos. La interlocución entre ciudadanos desiguales se presenta como prueba de libertad, el derecho de opinión es suficiente para sentirse libre. Cualquiera puede dirigirse a un gobernante, formularle preguntas o decirle cuatro verdades y esta es la prueba de que todos tenemos los mismos derechos y somos iguales. La atención que pone el ciudadano demuestra su interés en la cosa pública y el gobierno demuestra, según la interpretación oficial, que cree fervorosamente en las instituciones. Escuchar a una persona importante infunde cierta sensación de inclusión social. Además, la interpelación tiene el efecto de reconsiderar el sentido de pertenencia del excluido.

Los medios de comunicación fabricaron el consenso sobre pequeños temas como la ineficiencia de Petro o la complicidad de Clara López con Moreno, el alcalde corrupto de izquierda, soslayando los problemas estructurales del país, inspiradores de la constituyente, contenidos en los programas de la oposición e incluidos en la parte introductoria o diagnóstica de los planes de desarrollo. Los medios de comunicación, promotores de la democracia representativa y formal del capitalismo, portavoces del fin de la historia dispuesta por Fukuyama en 1992, época marcada por el paradigma neoliberal de Thatcher y Reagan, logran desprestigiar a los líderes de la izquierda no solo de Colombia sino de América Latina. Los medios de comunicación mienten, sesgan la información, confunden con la retórica noticiosa, apelando al derecho de expresión que garantizan la Constitución y las leyes de la República. Esos medios celebrarán ruidosamente los 100 primeros días de Peñalosa.

 

Referencias

 

Bejarano, Daniel (enero 25, 2016). Peñalosa le quita recursos a la educación para dárselos a la policía”. Las 2 orillas. Disponible en http://www.las2orillas.co/penalosa-primeros-25-dias-la-alcaldia/

López, Cecilia (diciembre 29, 2015). ¿Qué hay detrás de Peñalosa? Las 2 orillas. Disponible en http://www.las2orillas.co/que-hay-detras-de-penalosa/

 


LA TEORÍA DE LA CONSPIRACIÓN

 

Películas sobre espionaje y conspiraciones se han hecho por montones. Graham Green también es latinoamericano por Nuestro hombre en La Habana dirigida por Carol Reed. Maten al león de Ibargüengoitia es una obra divertida sobre la entronización de un presidente medio ilustrado, tan cinematográfica como Relámpagos de agosto, por lo que no causa sorpresa que José Estrada haya hecho la película. Tirano Banderas de Valle Inclán y Agosto de Rubem Fonseca son dignas interpretaciones de la asechanza del poder, la primera dirigida por José Luis García Sánchez y la segunda por Paulo José, Denise Sarraceni y José Henrique Fonseca para una serie de televisión. Se cuentan por millares las novelas que se ocupan del tema de la conspiración, baste mencionar Los idus de marzo de Thornton Wilder y la celebrada Historia secreta de Costaguana de Juan Gabriel Vásquez. En Terrorista John Updike (2006) quizás quiso explicar el nacimiento o la formación de la personalidad de un terrorista con un perfil similar a los que se supone ejecutaron la operación que terminó con el desplome de las torres gemelas en Nueva York y la muerte de miles de personas inocentes. Parece que no lo logró.

Mueren unos cuantos para salvar al país de la horda salvaje del tercer o cuarto mundo y de la precariedad de un territorio limitado en sus fronteras. Por ello, hace muchos años el Pentágono dijo que la frontera de los Estados Unidos se extiende hasta los lugares remotos donde se encuentran los recursos. Exactamente no dijo eso, sino que los Estados Unidos están dispuestos a defender el mundo libre de la amenaza totalitaria y la seudodemocracia del Estado comunista. Después de Las Malvinas ningún gobernante serio de América Latina cree en ese discurso, el resultado del rechazo al lobo disfrazado de oveja es la desaparición del TIAR y el ocaso de la OEA. Los expertos dirán con la sangre fría de quien realiza la autopsia que matar gente del propio país para justificar la invasión de países donde se hallan los recursos naturales es una estrategia infame pero efectiva y, a largo plazo, es una estrategia patriótica pues se trata de salvar una nación del desastre, por todos los medios no imaginados por Maquiavelo, para paliar la falta de agua o petróleo. Este enfoque cruel del terrorismo de Estado es supremamente lógico. Los jefes de Estado admiten que sus guerras son preventivas porque, como suele decirse, es mejor prevenir que lamentar. Estados Unidos es un país muy rico, incluso en época de invierno, lo mismo Francia, pero temen que sus recursos naturales estén escaseando.

La gente toma en serio las palabras de las autoridades, por más que disfracen los hechos, que engañen, confundan  y soslayen la presencia de mendigos en las inmediaciones del lugar desde donde pronunciará su discurso el presidente. Después del atentado contra el presidente la gente prefiere ignorar la evidencia pues son tantas las reunidas por los investigadores que escoger una de ellas es como jugar a la lotería. ¿Cuál evidencia? Que bajo un puente vehicular elevado, mientras el presidente se dirigía al sitio de la conferencia, dos seres humanos completamente despojados de deseo compartieron el mismo espacio, el primero de ellos, un ser humano degradado y envejecido, agonizaba junto a un sombrero con monedas tiradas durante el día por personas compasivas, y otro ser humano, con un pedazo de lata de un aviso publicitario de los que todavía quedan en el mobiliario de la ciudad, guardaba un arma en un maletín de plomería. Los organismos de inteligencia detuvieron a todos los mendigos pero de ellos no surgió ningún sospechoso, ningún cómplice, ningún culpable del atentado. Entre los capturados se encontraba un agente de la CIA llamado Flower, disfrazado de pordiosero, pero no hubo nada que justificara tenerlo más tiempo detenido, nada que lo incriminara. Cincuenta años después Flower confesó haber participado en el complot contra el presidente, pero nadie le creyó excepto su hijo.

Por cuestión de lógica estos magnicidios nos despistan, pues esperamos que el ataque haya sido perpetrado por algo o alguien grande y los agentes de seguridad nos dicen que no, que el asesino es un fanático, que en su casa hallaron una bandera rusa y en la pared una imagen del Che Guevara. Después del suceso luctuoso reflexionamos sobre la suerte de la nación, por nuestra fragilidad humana amenazada por gente desquiciada, obreros estresados por el trabajo, pensionados deprimidos por la rutina y el abandono de los familiares. La lógica inculcada por años exime de responsabilidad a los desocupados, los informales, incluso los beneficiarios del Sisben, de estrato 1 y 2, que tendrían más o menos motivos para desfogar su resentimiento. Nos resistimos a creer que el magnicidio sea el resultado de una obra de ingeniería criminal, que hubiera personal del gobierno tramando la muerte del candidato presidencial, el exguerrillero desmovilizado. Supongo que las películas hechas en Hollywood sean más suspicaces para mantener el interés del público y se atrevan a especular con argumentos contrarios a toda lógica, que insinúen una conspiración, no que prueben o demuestren, porque es muy difícil probar o demostrar cuando no se tiene suficiente capacidad, cuando los recursos son escasos y no somos tan brillantes como Asange o Snowden.

Salvo en las películas, en la vida real nada ni nadie nos convence del importante papel de las conspiraciones en la historia del mundo, por no decir en el progreso de Occidente, teniendo en cuenta que el Oriente Medio se destruye a sí mismo con su fanatismo religioso estancado desde el siglo XII, mientras las grandes potencias occidentales aprovechan esta falta de experiencia civil para quedarse con el petróleo. Así como vamos, nada ni nadie nos llevará al terreno de la ficción literaria o cinematográfica para cambiar el chip, el paradigma de la verdad, para cambiar la idea del bien y conjeturar que las conspiraciones podrían ser acciones de salvación de los buenos, sin necesidad de hacer proselitismo con un nuevo evangelio. Nos moriremos y nunca pensaremos que la muerte de Lincoln y la muerte de Kennedy fueron conspiraciones bien planeadas con técnicas conocidas como la siembra de pistas falsas, la captura de gente inocente para despistar y la muerte del asesino, como en los casos Oswald o Pizarro, en Estados Unidos o en Colombia. No se sabe a ciencia cierta qué querían con la muerte de Kennedy, en cambio se sabe que los agentes y directivos del DAS, recibiendo órdenes superiores, participaron en la muerte del virtual presidente de Colombia, consiguieron el sicario perfecto a quien, después de hacer su trabajo, lo mataron también, para impedir que la nación se volcara al comunismo. ¿Sabía el sicario que moriría en el avión por la misma gente que lo contrató, sabía que su víctima planeaba llevar al país por la ruta del comunismo?

No estábamos equivocados en nuestro comentario de hace algunos meses, cuando decíamos que en 1991 empezamos a construir una nueva nación sobre los pilares del nepotismo y el terrorismo de Estado. Quizás signifiquen lo mismo, quizás se refieran a la actividad misional de gente importante con ansias de dinero y poder para refundar la patria (sería lógico imaginarse un terrorista de estrato uno pero ilógico esperar un nepotista del mismo estrato por la debilidad de sus relaciones) o la estrategia eficaz de familias emergentes que adquirieron poder en la regiones del país (se habla de mafias) para comprar policías, militares, fiscales, jueces, como hicieron los capos en otra época. Los mafiosos saben que el poder es un asunto de familias y que la estrategia de terror sirve para crear el caos, el desgobierno, y doblegar la voluntad de los ciudadanos. Hace años vimos la destrucción en las calles, vimos cómo explotaban las bombas en edificios y sitios públicos, cómo moría gente inocente, no en la misma proporción de Siria pero sí de París. Pero aquí no hubo una amenaza externa sino una guerra por el poder económico y político entre mafiosos y gobernantes, que posteriormente se transformó en una persecución conjunta de mafiosos gobernantes contra los opositores de izquierda. Arropados en el manto de la impunidad los políticos se hicieron mafiosos de la política y los mafiosos se reagruparon como grupos paramilitares. La conspiración rotulada como Refundación de la Patria no fue de un día o una semana sino de muchos años y hasta tuvo presidente. Miles de ciudadanos fueron objeto de espionaje, decenas de miles fueron perseguidos y muertos, y millones fueron despojados de sus tierras y desplazados a las cabeceras municipales y centros urbanos. Los periodistas quieren llamar la atención sobre esta crisis humanitaria y (se) preguntan qué pasó.

Por internet circulan terabytes de información sosteniendo que el ataque a las torres gemelas fue un autoatentado para justificar la invasión a Afganistan y otros países orientales. Mucho antes, en los noventa, Bush exhibió unas fotos por televisión que demostraban la existencia de un arsenal bioquímico en Irak, como etapa previa a la invasión de ese país y la posterior captura y muerte de Sadam Hussein, su presidente. Según las fotos difundidas por las agencias noticiosas, Hussein, Bin Laden y Gadaffi fueron muertos por los invasores, pero la gente dice que son montajes, que los norteamericanos negociaron la rendición con estos cabecillas a cambio de dejarlos con vida. Entonces los muertos deben ser dobles fabricados en Hollywood. Uno se pregunta hasta dónde puede ser cierto todo lo que comenta la gente por las redes sociales, hasta dónde puede dar resultado el mismo simulacro o es que los lectores de noticias se metieron en una gran burbuja de ficción y no pueden salir de ella. Mientras tanto el  terrorismo sigue su marcha presentando a los yanquis como enemigos cuando los yanquis son creadores del terrorismo y financiadores de terroristas a quienes utilizan hasta que no sirven más a sus propósitos. Diplomáticos, investigadores, profesores, estudiantes, religiosos, directores de cine, actores, deportistas, turistas, amas de casa, veteranos de guerra, pensionados, en fin, son reclutados porque revelan un gran amor a su país y estan dispuesto a perder la vida en una misión con la CIA. ¿Cuántas vidas habrá costado la libertad del mundo?

Internet ha replanteado el concepto de periodismo, de información y de democracia informativa. El poder tradicional se fractura por las voces virtuales que salen de todas partes. El poder vuelve a la imaginación y la escritura sorprende con la aparición de una cubana que desafía al régimen comunista con su blog. Una novelista joven rechazada por prestigiosas editoriales gringas vende un millón de ejemplares en un mes. El formato digital es su aliado. No hay tanto portero como antes que te impida el paso o te ponga una zancadilla, el editor, el lector de manuscritos, el redactor jefe, el gerente, el dueño o el sobrino del dueño de la casa editorial. El poder parece democratizarse, el poder popular tal vez renace con la tecnología y podría ser que estemos a las puertas de la verdad. Cuando pasa algo importante en el mundo nos valemos de la información online, la radio digital, la red social, el mensaje viral del contacto, las páginas de internet, la versión del periodismo alternativo. Ahora le toca el turno a los franceses y la gente mal pensada dice que la acción terrorista del 13 de noviembre en distintos punto de París fue un autoatentado para justificar un ataque al estado islámico que, a su vez, combate contra las fuerzas oficiales de Siria. ¿Qué tiene que ver Siria con terroristas islámicos en París? En Siria hay petróleo, como en Irak, Libia y Venezuela. Uno es incrédulo y la gente afirma que el barril de petróleo estará a 10 dólares, como en los años sesenta. Eso dicen los internautas y a veces uno piensa que esta gran capacidad de imaginación la obtienen de las películas gringas.

Hoy el dilema es el siguiente: O bajamos la guardia ante el terrorismo o pedimos ayuda a los Estados Unidos. Los críticos dirán que se trata simplemente de una invasión de conquista disfrazada de pacto de ayuda mutua. Para un periodista de opinión de la prensa norteamericana, que los hay muy buenos con premios Pulitzer en su hoja de vida, es fácil demostrar que ningún país del primer mundo está a salvo del terrorismo y ningún país del tercer o cuarto mundo es inmune a oleadas migratorias de potenciales terroristas. Todavía hay tiempo para que la teoría de la conspiración se inscriba en los anales de la historia y aparezca, después del respectivo plebiscito, en el himno nacional del país ocupado militarmente por  los norteamericanos. Los libros de historia hablan de la separación de Panamá en 1903, de la remoción de Jacobo Arbenz en 1954 y  el derrocamiento de Salvador Allende en 1973, de la invasión de Grenada conducida por Maurice Bishop (1983) y de la invasión de Panamá cuando era gobernada por Manuel Antonio Noriega (1989), de quien se dice que fue agente de la CIA. Que haya dado la orden Reagan o Bush, Obama o Clinton, no tiene importancia; la política de los Estados Unidos es defender la libertad y la democracia tal como la entiende Occidente. Todas estas acciones de defensa son el resultado de conspiraciones bien planeadas que contaron con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU y la bendición de las grandes potencias del mundo.

Los norteamericanos son expertos en conspiración, los ingleses no se quedan atrás ni los franceses. Cincuenta años antes los norteamericanos invadían cualquier nación de América Latina con la excusa de detener la amenaza comunista. Veinte años atrás se desataron las guerras étnicas y la fragmentación de países. Hoy no son los comunistas los enemigos de cuidado, los peligrosos, ni las etnias tienen que matarse para poder convivir en el mismo territorio. Hoy es el pasaje de la historia protagonizado por actores conocidos, por pueblos que contribuyeron al desarrollo del mundo, que de la noche a la mañana vemos en la pantalla del televisor transformados en los terroristas de Oriente. Los árabes, los musulmanes, los fanáticos religiosos, los seguidores de Alá, toda esa gente salvaje, según los medios occidentales, constituye la nueva amenaza global, si bien algunos expertos en geopolítica, conflicto telúrico y guerra de las galaxias aseguran que el próximo episodio pondrá en primer plano a gentes que detentan, en forma injusta y abusiva, el monopolio del agua.

 


EL POETA CONTRA LAS CUERDAS

 

En l9l7, el mismo año de la revolución bolchevique, Vallejo se aventura a enviar El poeta a su amada a la revista limeña “Variedades”. Lo editores, los críticos o los jefes de redacción, algunos especialistas en literatura moderna, le responden burlonamente que, en verdad, “su poema le acredita a usted para el acordeón o la ocarina mas no para la poesía”. Corre el año l92l, cuatro años después del incidente, Mariátegui se encuentra en Europa tratando de entender la revolución bolchevique, y estamos en Trujillo nuevamente con César Vallejo, que se ha presentado a un concurso de cuento con Más alla de la vida y de la muerte y lo gana. Con este dinero el poeta resuelve publicar Trilce, su segundo libro de versos, que recibe con desconcierto el público y la crítica. Y eso que no es aquel otro que el impresor corrige con la caligrafía autorizada por la academia (Busco volver de golpe el golpe, en lugar de Vusco volvvver de golpe el golpe), sino el libro que Vallejo ha escrito de su puño y letra. Sin embargo, el poeta no se doblega. Más tarde Vallejo dirá, imperturbable: “Trilce cayó en el más completo vacío. Eso no me sorprendió ni afectó. Me siento superior a mi libro”.

Si no hay espacio en revistas y eventos, poco importa, el poeta no se desmotiva, todo lo contrario, persiste con más empeño en la idea de publicar un buen libro, trabaja y lee sin descanso, conversa con sus amigos sobre poesía y asiste a recitales de escritores que sobresalieron por sus trabajos. No es que el poeta se desmotive cuando duda de su poesía, sino que otras ocupaciones demandan su tiempo y sustituyen su vocación. Como aquella historia en la cual arriba el principal poeta nacional a un pueblo recóndito, despertando expectativas en los jóvenes que quieren aprender del maestro. Un joven poeta le pregunta si existe alguna fórmula para saber si va bien en su escritura. No, dice el maestro, no hay fórmula, sólo trabajo constante y sacrificio; si dudas de tu trabajo te invito a que reflexiones por espacio de dos años, tiempo que tardaré en volver. A los dos años vuelve el maestro al pueblo y en el grupo de aprendices aparece nuevamente el joven poeta. Maestro, dice, lo he pensado como usted me recomendó. A qué conclusión llegaste, inquiere el maestro. Que quiero ser poeta. Qué has hecho en todo este tiempo, además de pensar y resolver que quieres ser poeta. No, nada, solamente eso, responde el joven poeta. Lo siento mucho, dice el maestro, no sirves para poeta. ¿Por qué?, quiere saber el joven. Porque un poeta nunca para de escribir, concluye el maestro.

Cada cierto tiempo se escucha el nombre de un poeta premiado en alguno de los concursos realizados en el país, se lee la entrevista en la prensa y se asiste al acto de homenaje con presencia del secretario de gobierno, que excusa al alcalde o al gobernador porque, según dice, tuvieron una urgencia que les impidió llegar. Todos celebran emocionados, esperan que el poeta baje del escenario, se acercan, le dan una palmada en la espalda, como prueba de amistad, y se acomodan para ser fotografiados por la cámara digital. Nadie se imagina las penurias por las que tuvo que pasar el hombre para alcanzar la cima como poeta. Nadie se imagina la cantidad de momentos tristes que experimentó porque su obra poética no fue galardonada, porque ni siquiera quedó entre los finalistas. Cuando es premiado y pasa la tormenta el poeta prefiere olvidar esos momentos y quiere convercerse que el perdedor o fracasado es uno y el ganador es otro. Gracias a que se le acercan poeta premiados en otros certámenes deja la tristeza vallejiana a un lado y se transforma en un ser comunicativo, amigable y alegre. No es que se ponga la máscara del triunfo sino que cambia de verdad. Es como si las premiaciones impartieran la orden inapelable de cambiar de personalidad, de amigos y de vestuario. Algunos aprenden a fumar pipa, otros se vuelven bohemios.

Aunque la buena crítica, los medios de comunicación y el respetable público elogien la obra y el poeta se lo crea, el ascenso no es definitivo. Basta revisar la prensa cultural de hace cinco años para soprenderse por la desaparición de la mayoría de poetas que estaban vigense en aquel entonces. Buscar periódicos más viejos en la hemeroteca supone estar preparado para sentirse fuera de contexto. Quién es capaz de reconocer a un tal Henry Ortiz entre los poetas que figuraban en los años 70 en Cali. Todavía en los 90 podrá reconocerse la cara del poeta presidente Belisario Betancur en un acto oficial del Festival de Arte de Cali, en una foto con Amparo Sinisterra de Carvajal. Belisario Betancur pudo haber sido el último de los presidentes letrados si su imagen no se hubiese caído estrepitosamente después de encontrarle responsabilidad en la retoma y quema del Palacio de Justicia. No era un presidente culto, aun cuando ofrecía discursos pausados y tranquilizadores como cualquier poeta, aun cuando escribía poemas para las mejores revistas del país y el extranjero y era invitado a España con frecuencia. En Colombia Betancur inauguraba exposiciones y ferias de libro y ayudaba a mucha gente de provincia a colarse en la élite capitalina.

Entre los años 70 y 90 podrá verse la foto de Gustavo Cobo Borda, diplomático colombiano, director de Colcultura, poeta y crítico, colaborador de los más importantes periódicos y revistas del país, autor de cincuenta o más libros y dueño de una inmensa biblioteca. Su mérito es haber compartido la decisión de seleccionar Qué viva la música, novela de Andrés Caicedo, para la famosa serie de escritores colombianos de Colcultura. Cobo es un hombre de libros que se deja aconsejar por sus amigos y pos sus autores de cabecera. Justamente, la hermana de Caicedo contó en una entrevista que el poeta de Roncando al sol como una foca en las Galápagos la llevó a su apartamento, la introdujo al baño y la sedujo regalándole un libro de ensayos que bajó de la repisa, una publicación reciente con su firma. Cuenta la hermana de Caicedo que eran tantos los libros dispersos en el trayecto al baño que no había por dónde caminar.

Treinta años después de la matanza en el Palacio de Justicia, ahí junto a la estatua del libertador, el presidente Betancur está desacreditado, ha caído en desgracia y nadie quisiera contar con su presencia en las veladas poéticas. Pero este comentario no se refiere a la soledad del poder de un presidente, tema fascinante para Gabo, sino que plantea la dificultad para encontrar gobernantes letrados en el tercer milenio. Hablamos de gobernantes que escriben poesía y participan en tertulias poéticas, al mismo tiempo que se desempeñan con éxito en temas de desarrollo, igualdad, justicia y libertad. Los trabajos de investigación destacan los nombres de Guillermo Valencia, Alberto Lleras y Alfonso Lopez, presidentes ilustrados que heredaron la enjundia de los presidentes gramáticos. Después de López los estudiosos no reconocen a ningún otro presidente, Pastrana hijo, Gaviria, Barco, Samper, Uribe Santos, que pudiera llamarse letrado. Todos ellos fueron hábiles para llegar al poder, supieron cuidar el orden público, pero ninguno habló de libros en sus discursos televisados, ninguno abrió una página al azar de La tejedora de coronas de Germán Espinosa para leer un trozo que acompañara la idea expuesta. Muchos gobernantes letrados del municipio, del departamento y de la nación saben quién fue Germán Espinosa, sería el colmo que no lo supieran, pero no han tenido tiempo para leer la principal novela del autor cartagenero, la misma que fue declarada patrimonio cultural universal por la Unesco. Así es la vida, un chino sabe más de literatura nacional.

No es lo mismo decir gobernante letrado que ciudad letrada. Gobernante letrado es cualquiera que se empodera mediante la actividad literaria y cultural o que utiliza su poder para acceder al escenario privilegado de la literatura, el arte y la cultura. El concepto utilizado por el profesor Ángel Rama es amplio y se refiere a la ciudad como escenario de múltiples actores y factores educativos y culturales que entran en conflicto, describiendo cómo lo letrado, ligado a la funciones del poder, se impone a lo iletrado. No hablaremos del libro del profesor Rama ni abordaremos sus tesis. Este comentario se pregunta si existe la posibilidad de reconfigurar la actividad política como ejercicio cultural o viceversa. El lector perspicaz objetará que el desarrollo no separa la cultura de los gobernantes de la cultura del pueblo. Ambos factores están relacionados, pues el mayor acceso del pueblo a la educación y a los libros depende del nivel educativo y cultural de los gobernantes. Si los gobernantes que dirigen los destinos del país son incultos, el porvenir de los gobernados será incierto y sombrío. Lo que acaba de pasar en el país de poetas y en la Atenas Sudamericana es que hace un par de semanas fueron elegidos políticos profesionales y uno que otro independiente, pero todos alejados de la actividad cultural o al menos no directamente relacionados con la literatura, la poesía y el arte. Lo mismo en Cali y el Valle del Cauca, de los elegidos democráticamente ninguno puede mostrar publicaciones de su autoría que sean leídas con devoción por el público.

Hace tiempo desaparecieron Gaceta y Número. Las editoriales fallecen y las revistas languidecen. Dos referentes de las letras y la cultura colombiana son Arcadia y El mal pensante, impresas en papel y formato digital. Otras revistas se ven obligadas a copiar el estilo farandulero de Jetset para sobrevivir en el mercado. En internet circulan miles de revistas de segundo orden cuyo posicionamiento e impacto es mucho menor. Las revistas serias hablan de dinero para parecerse a sus modelos del primer mundo. ¿Cuánto tiempo necesitan los hombres más ricos del mundo para gastar su fortuna?, pregunta la prestigiosa revista Forbes. La pregunta podría derivar en otra pregunta que dijera: ¿Cuántos años necesita un hombre rico para leer los veinte libros de su biblioteca, descontando la Constitución y la Biblia? ¿Cuántos libros puede leer un gobernante local (alcalde, gobernador, concejal o diputado) si una ley lo obligase a leer un libro semanal? Como los señores que ganan la contienda electoral reciben una credencial para gobernar durante cuatro años, suponiendo que no sean destituidos por los organismos de control, leerían 208 libros en todo ese tiempo. Los que saben de libros y estadística sostienen que la biblioteca de un presidente tiene mínimo 20 mil ejemplares, que ocupan cuatro habitaciones de la casa más una pieza alquilada en las inmediaciones del barrio. Debe ser una biblioteca técnicamente acondicionada para evitar la descomposición de las hojas. Si el presidente tuviese que leer un libro diario en virtud de su rango, necesitaría 54 años para leer toda su biblioteca, y todavía le quedarían años para devorar la biblioteca de sus amigos y del municipio donde viviese.

Estos gobernantes son lo que condecoran a los poetas. Los poetas no tienen la culpa de que el poder busque darse un toque de cultura para quedar bien con la opinión pública. Por el relevo generacional en el arte nacional y la rotación en el poder de los gobernantes cada cuatro años, no siempre serán los mismos poetas los que gocen del homenaje ni serán los mismos gobernantes quienes hagan entrega del trofeo, bandeja de plata, medalla o bando al homenajeado. Otra cosa fuera si los poetas gobernaran o si volviéramos a tener gobernantes letrados.

 


TODA FERIA DEL LIBRO PROMOCIONA LIBROS,

NO LOS HUNDE

 

Me sorprendí de verme caminando por los corredores de la feria del libro de Cali y más aún cruzando un rápido saludo con la administradora de la Librería Nacional. De nada sirvió dejarme crecer la barba. La culpa nuevamente la tiene Jorge Ordóñez, la vez pasada me invitó a escuchar al poeta Carlos Fajardo en el evento —creo que se llamaba— Oiga, mire, lea y esta vez a una charla con los autores de una editorial capitalina. La vez pasada tomaron el micrófono varios poetas antes de que lo hiciera Fajardo y esta vez precedieron a Ordóñez, que habló de un encuentro con Mario Rivero y el trabajo editorial de Si mañana despierto,  poetas, novelistas y cronistas que aludían a Cali y el Valle en sus obras. Ahí junto a ellos estaba Pablo Pardo, gerente de Caza del libro. ¿Es hermano de los Pardo, de Eliécer y Orlando?, pregunté. Me dijeron que sí. No sabía que había un tercer Pardo. Pardo tiene el mérito de haberle publicado a todo el mundo en su casa editorial, tal vez buscando descubrir el nuevo Roca, que se ve más viejo en la foto, como si hubiese llegado el momento de reemplazarlo. Hace un tiempo critiqué toda una colección amarilla de nuevos novelistas colombianos. Ahora me doy cuenta de que esa colección también fue idea de Pardo. Si no estoy mal, creo haber escuchado del propio Pardo que poesía es lo que más vende Caza del libro. Sin embargo, le sigue apostando a la novela. Mis respetos.

Invitado por los amigos últimamente voy a festivales de poesía, ferias de libro y encuentros de poesía y narrativa. Hace poco estuve en Ibagué y demostré que no sirvo para leer en voz alta ni para criticar verbalmente la literatura nacional. Por ejemplo, dije que los escritores nacionales y sus obras no hacen nada por promover la buena lectura, por mejorar la conciencia literaria del lector. Pero esta denuncia es injusta, pues como diría Vilfredo Pareto, el 80% es responsabilidad de los editores y el 20% de los autores. No estamos hablando de los editores (los otros) que arreglan, que hacen la cirugía del texto y en producción mandan con soberbia y enojo y ponen a temblar a los empleados. No estamos hablando de editores que son agentes literarios al frente de una docena de prospectos, celosos de la calidad del texto, las artes y la publicidad de cada nueva edición, que dicen competir con el primer mundo. No estamos hablando de traductores como el tal Patricio Canto, hermano de Estela, la misma del noviazgo y las cartas con Borges. Estamos hablando de editores nacionales que intentan comercializar un catálogo abultado de libros, que decidieron apostar a muchos autores en todos los géneros para tener más probabilidades de descubrir un Cortázar, editores que saben de masa crítica, minería de datos y CRM.

Para nadie es un secreto que hoy se promociona un libro, un autor, se mercadea, se vende por segmentos. Hoy se vende por estaciones, en invierno sombrillas, al inicio del calendario escolar textos de estudio y material didáctico, en diciembre la plata se destina a vacaciones, hoteles, paseos, rumba. En casa tenemos esperando grandes escritores, muchos de ellos latinoamericanos, y ahora mismo estamos comprando libros de autores locales que debemos leer para entender la política cultural, la identidad nacional, no por el mero placer de leer como suponía Barthes. El mismo fenómeno que viven Chile y Nicaragua. Pero aquí nadie que esté en sano juicio tiene que verse empujado a leer a Mariana Callejas o Coronel Urtecho. Colombia es potencia novelística en América Latina con autores como RH Moreno Durán, Vallejo, Mendoza, Franco, Abad, con obras que son objeto de muchos ensayos académicos en el colegio y la universidad. Imagino que las obras de Óscar Collazos, por ejemplo, son abordadas por los estudiantes en sus tesis de grado, son enfocadas según los nuevos paradigmas de la crítica.

“El arte de escribir, el oficio de leer”, así se llamó el conversatorio efectuado en el Banco de la República en el marco del X Encuentro de Poesía y Narrativa “Ibagué en flor”. En el conversatorio, Rómulo Bustos propuso que se hace literatura desde la condición existencial, desde el humanismo, y Santiago Mutis que revistas como Mito hacen camino y la academia tiene una deuda en la formación de lectores. Por nuestra parte, afirmamos rotundamente que no hay buenos lectores porque no hay buena literatura nacional. Horas antes en la muestra del libro había hablado Pablo Montoya, premio Rómulo Gallegos, sobre su trayectoria como escritor y su predilección por la novela histórica. Dijo que la marginalidad podía convenirle al escritor y que un impedimento es el narcisismo. Desde su arribo al hotel Acandí el poeta Edgar Trejos, director de la Casa de Poesía Barba Jacob, no paraba de criticar la seudopoesía, recitando versos o poemas malos que se había aprendido de memoria. Todo lo que hace un poeta para mejorar el oficio. También acompañamos en algunas lecturas a la poeta y ensayista Luz Mary Giraldo, con numerosos libros publicados, y escuchamos su invitación al poeta Henry Alexander Gómez de hacer una nueva antología poética colombiana.

No es como decía García Márquez, que el coronel no tiene quien le escriba. En Colombia tenemos muchos escritores de calidad y ensayistas, escritores con conocimiento del oficio, de la obra de sí mismo y de los otros. Esto también lo pude ver en la feria del libro que se desarrolló en Cali, en la plazoleta Jairo Varela, en la segunda quincena de octubre. Los escritores hablaron de sus obras con tal convicción que cualquiera correría a ponerse al día. Mientras ellos hablaban de su trayectoria me hacía la pregunta ¿por qué habiendo buenos escritores no hay buenos lectores?, ¿por qué los lectores se dejan llevar por la publicidad?, ¿por qué compran menos libros que películas piratas? No me detuve a observar el comportamiento del público en Cali, en cambio en Ibagué pude escuchar que preguntaban por Gabo, William Ospina y Pablo Montoya. No preguntaban por Caicedo, Mendoza, Franco, Gamboa, Vallejo, Abad ni Juan Gabriel Vásquez, el de mayor peso dentro y fuera del país. Buena idea de los organizadores de la feria dar protagonismo a la música, aquella que inspiró a Caicedo, que subyace en Son de máquina (1967) de Collazos, que anima Bomba camará (1972), Celia rumba (1981) y Miro tu lindo cielo y quedo aliviado (1981), de Valverde y Cabezas, respectivamente.

Podría ser que la gerencia le saque muchos cuerpos de ventaja al arte de la creación literaria. Cada semana se celebra en Cali un gran evento gracias a personas que saben de misión y visión. Hasta el día de ayer fui crítico de la feria del libro que se realizaba en Cali, muy pobre, muy parroquial, pero esta feria es diferente, esta feria está a la altura de la época posmoderna. Uno no se explicaba cómo, siendo la Universidad del Valle el principal centro regional formador de administradores y gerentes, se daba el lujo de hacer una feria de barriada. No soy amigo de los gerentes de FILCA ni me interesa serlo, a cierta edad los amigos están completos, como dice Jaime Vélez, pero es alentador escuchar hablar de un antes y un después de FILCA. Los escritores, los editores, los libreros y el público manifestaron estar muy agradecidos con los organizadores. Incluso un líder de la liga de consumidores del libro, que se me acercó creyendo que todavía dirigía el periódico El Arte, se sentía con derecho a reclamar su participación en la victoria. Dijo así: para que vea, nosotros los directivos de la liga de consumidores del libro, con el apoyo de la Sociedad Secreta de Lectores, hicimos posible esta feria, que antes se llamó del Pacifico, con nuestras quejas a la SIC (Superintendencia de Industria y Comercio). Algo es algo, así se empieza, cada paso que da el hombre en su pedazo de tierra es un salto enorme en la conquista del mundo.

El próximo año habrá más expositores y visitantes a la feria del libro, las cifras reportarán un crecimiento inusitado en ventas y lo que hizo Norma, como representante de Gabo, será visto como un ejemplo a seguir por las editoriales independientes como Caza del libro y La sílaba. En el panel de escritores Jorge Ordóñez señaló que la Corporación Si mañana despierto, con sede en Tunja, incluyó en su antología de poesía patrocinada por la UPTC a quienes hoy sobresalen como los mejores exponentes del género en Colombia, caso de Gerardo Rivera, Pablo Montoya y Nelson Romero. Descubrir talentos es la misión de las editoriales, sean estas emergentes (independientes) o estén suficientemente consolidadas en el mercado. La misma misión de los grupos y movimientos que a veces giran alrededor de una revista literaria, como es nuestro caso. La misión de la feria del libro es asegurar el resultado de este noble esfuerzo en su programación anual, convocar más público a los eventos, traer a los mejores del país y del exterior y perfeccionar lo que se está haciendo en Cali por otros medios, lecturas, charlas (conversatorios), conferencias, lanzamientos de libros, con la presencia del autor para que firme la dedicatoria al afortunado lector, audiciones musicales y oferta gastronómica.

No vi en la programación de la feria, espero me desmientan los lectores, un crítico importante capaz de elevar al cielo o demoler la novela más reciente con un modelo aceptable por su enfoque y sus categorías de análisis. Las ferias del libro probablemente se hacen para promocionar las obras, no para criticarlas. La crítica es el coco de la industria editorial o más bien un fantasma que recorre los recintos culturales sin atemorizar a nadie. ¿Por qué nadie hunde novelas en Colombia?, pregunta Nicolás Morales en Sopor i piropos, sección destacada de la revista Arcadia. En su concepto, “llegó la hora de volver a decir lo que ya se sabe hasta la saciedad: estamos en el peor momento de la crítica literaria de todos los tiempos. Ya nadie sabe qué de nuestra ficción es bueno y cada novela resulta ‘ultra original, bella y llena de figuritas hermosas’”. Original, bella, espectacular, dicen los reseñadores en los medios diseminados en las páginas de la prensa, el segmento de farándula del noticiero e internet; figuritas hermosas, dice Morales. Periodistas, críticos, periodistas críticos, editores, agentes literarios y traductores viven haciendo crítica y devengan de esta actividad ingrata, se organizan en revistas virtuales que nadie lee y utilizan un lenguaje oscuro, pero el público sigue comprando nombres posicionados, que son como marcas, sin que medie la selección del gusto, el abc de la lectura.

En la feria los lectores solicitan Ursúa como si fuese un celular. ¿En qué le puedo servir? Un iPod, por favor, versión 6.0, que trae una aplicación selfie. Seguro que sí. Un capuchino Juan Valdez, please. A la orden, señorita. Muy amable, me llevo esos Adidas que están en la vitrina, los de color naranja. Señor, ¿me envuelve este Ursúa? Tengo la trilogía completa. Que no sea pirata. Vendemos legal. Y el descuento... El 20% por época de feria y le regalamos este bonito separador. Gracias, gracias, es usted muy gentil, dice alguien a mis espaldas, giro la cabeza y es Milton, el profesor de literatura. Le pregunto por su hermano, ¿qué hay de Gabriel? Por ahí anda mirando libros. ¿Y tú que compraste? Este libro que casi no se consigue. Saca el libro de la chuspa y me muestra la caratula. La aventura equinoccial de Lope de Aguirre. Buena novela. La estoy trabajando con los muchachos en paralelo con Ursúa. ¿Qué edición es? Casals. ¿Cuánto? Treinta mil. La tuve en Bruguera y la releería si la encontrase. Podemos cambiar. ¿Por cuál? No sé, cualquiera. Tengo Historia secreta de Costaguana y El ruido de las cosas al caer. Historia secreta, dice Milton. Me invita a un conversatorio. Le digo que escucharé la presentación de los autores caleños y vallunos que organiza Caza del libro. A la salida nos vemos. Ok.

A la salida nos vimos. Fuimos a tomar café al centro comercial Centenario. Ahí destapó sus otros libros. Tomé en mis manos Ursúa, olía a tinta fresca. Ospina no es cronista ni novelista, dijo Milton, pero escribe bonito. La verdad, desconozco su literatura, excepto su ensayo sobre Aurelio Arturo, que me parece bueno. La trilogía es un proyecto fallido, Ospina olvidó lo más importante, que toda novela es panorámica, no un inventario de detalles innecesarios que afectan la trama. Eso dicen los que saben, que utiliza un estilo florido pero ineficaz. Milton puso el libro de Sender en la mesa. Entonces me vi en la obligación de poner el libro de Ospina junto al de Sender. ¿Qué dice Sender?, pregunté, pues notaba las ansias de Milton de hacer comparaciones. Como si reescribiera Pierre Menard, autor de El Quijote del maestro Borges, marcó con un resaltador un párrafo de Ospina y otro de Sender. Esperé a ver qué podía aprender del profesor de literatura. Primero te leo el texto de Ospina: “Yo nunca vi esas cosas, pero aquí estoy copiando sus recuerdos. Su padre se llamaba Tristán, Tristán de Ursúa. Y si el muchacho viajó temprano a tierras desconocidas es porque sabía que la fortaleza familiar estaba destinada a Miguel, su hermano mayor, y nunca imaginó que éste se desangraría batiéndose por una hembra en calles de Tudela. Él ya estaba muy lejos cuando ocurrió aquel duelo, y después heredó en vano el castillo y los campos, porque otros espejismos se habían apoderado de su mente. Por ello fue el tercer hermano, Tristán, como su padre, una espada obediente en las guerras del emperador, quien recibió finalmente el señorío con su ermita y sus murallas. Hubo también hermanas, aunque Ursúa nunca me dijo cuántas, que fueron vientres dóciles para los burdos y ricos señores de aquellos condados, y madres del futuro; y un hermano menor al que le asignaron un lugar en la Iglesia, para que la familia cumpliera con todos los poderes de la tierra y del cielo”.

Pensaba opinar pero me hizo señas de que me callara. Pensaba decir Ospina caracteriza a Ursúa haciendo un rápido perfil de su padre y su hermanos. Ahora hablamos, prometió Milton, abrió el libro y estaba a punto de leer cuando llegó su amigo diciendo “jueputa, ganamos, ahora sigue Uruguay”. Las interrupciones son odiosas y hubo que esperar a que su amigo siguiera su camino para volver a la lectura. Hablamos más tarde, prometió Milton a su amigo, como si la promesa fuese un acto de habla que significase invitación a discutir tanto como despedida. Entonces empezó a leer el párrafo de Sender: “El año 1559, cuando en tierras del Perú se pregonaba la expedición de Ursúa al Dorado, algunos se preguntaban quién era Ursúa para haber logrado del rey que le concediese aquella empresa. Era Ursúa un capitán nacido en 1525 en Arizcun (Navarra), en el llamado valle del  Baztár y no lejos de Pamplona. Tenía una alta idea de sí mismo que trataba de hacer compartir a los otros. Algunos lo odiaban por la persistencia que ponía en aquella tarea. De talla algo más que mediana, bien portado, un poco adusto y altivo, tuvo dificultades en aquellos territorios de Indias. Cerca de Quito, en la provincia de los indios llamados chitareros, descubrió una mina de oro. Más tarde, en tierras de la actual Colombia, fundó Pamplona y Tudela, redujo a los  indios musos y despertó tales envidias en otros capitanes que una noche, por instigación ­de su enemigo Montalvo de Lugo, le quemaron la casa y tuvo que saltar desnudo por una ventana”.

A simple vista no había diferencia entre un texto y otro, ambos eran literatura, ambos eran trozos de novela referidos al mismo personaje. Sin embargo, mirando con detenimiento uno se daba cuenta de la mayor precisión y solvencia literaria de Sender. Se notaba cierta habilidad de Ospina para ocultar sus debilidades, como el uso de la metáfora, espejismos, espada, vientres dóciles, más como estrategias de escritura que como necesidad del texto. En la conversación sostenida con Milton se revelaban secretos nunca dichos, información reservada por el novelista de oficio, como la narración en la perspectiva del autor, que en la mayoría de casos se utiliza en Colombia, sobre todo en los escritores jóvenes, y la escritura convocada por el texto del cual el autor es apenas un sirviente. Locuciones adverbiales, conjunciones, adjetivos, tropos son un lastre si impiden que la novela se eleve desde las convenciones del género y la innovación del lenguaje. En Sender Ursúa es lo que se piensa de Ursúa, la impresión que suscita Ursúa en sus enemigos; de entrada nos dibuja el perfil de un antagonista. Es bastante temerario proferir juicios reduccionistas, decir palabras más, palabras menos, que Ursúa de Ospina ofrece información muy organizada sobre la conquista. ¿Y la novela qué, el arte de la ficción o de la distorsión qué? Habrá que leer las respuestas publicadas en la academia y en las páginas de internet, pero especialmente la opinión franca y sustentada de los críticos que pueblan el mundo.

 


EL ESCRITOR VALIENTE

 

James estudió literatura en la Universidad Santiago de Cali y fue alumno de Edgar Rúales. Cuando se abrió el taller literario La Broka, dirigido por el profesor Rúales, James pudo revelar su carácter recio. James era talentoso como Rolando, pero a diferencia de éste no escribía prosa sino poesía, como la mayoría de muchachos en progreso. Un día le dije lo tuyo es el cuento. Los comentarios de sus compañeros del taller le convencieron de renunciar a la poesía. No estaban mal las narraciones que entregaba a La Broka. James se fue del país, no recuerdo haberme despedido del cuentista promisorio. Fue por esa época que empezamos a publicar Rosa Blindada. No recuerdo haber leído ningún cuento de James en los escasos cuatro números de la revista. En cambio hay un cuento de Rolando en el número tres, que fue celebrado por Clemencia, Augusto, Aníbal. Quizás alguien mejor informado, dónde, cuándo, no se sabe, comentó que James estaba viviendo en México. Hasta ese momento nadie sabía de su estadía en el país del norte excepto James. Nueva información, James acaba de volver a Colombia y viene a Cali en un vuelo de Mexicana de Aviación. Pasaron los días, todavía no se celebraba la fiesta del reencuentro y se especulaba sobre el motivo de su viaje. De pronto no fue un secreto celosamente guardado porque pronto se supo que James había estado preso en México. Nuevas especulaciones. Que no era el mismo muchacho locuaz, mordaz y juguetón del taller literario se vio, sin lugar a dudas, en la reunión celebrada en su casa finca del Aguacatal. Lo vimos golpeado emocionalmente, bastante desconcentrado en la conversación, parecía otro James, un impostor. 

En la cárcel, dicho por el mismo James, leyó a los escritores mexicanos, entre otros a José Revueltas, y escribió cuentos. Allá dentro no perdió el tiempo y estudió la vida de los presos, particularmente la rutina de un hombre que se alimentaba de fermentos, un gordo falso, un hombre fofo, de carnes desganadas, inflado de gases. Es en la cárcel, en la contemplación del hombre fofo, que recibe la visita de las musas para escribir su famoso cuento El Buitre, que fue su boleta de libertad por orden de la Dirección Penitenciaria. A los demás presos les pareció lógico que un cuento de cinco páginas tuviese más valor que una tonelada de cocaína, que un breve cuento valiese no un puñado de dólares sino un montón de billetes que convencen al juez más promiscuo. James obtuvo su libertad con El Buitre, de por sí un hecho inverosímil como todo lo que ocurre en la región. No necesitó decenas de miles de millones de dólares, como el Chapo Guzmán, para comprar alcaides, guardias, esbirros, jueces, gobernadores, etc., para reconquistar esa cosa tan bella llamada libertad. Para James fue suficiente ganar un concurso nacional de cuento en el país azteca (es verdad, hemos visto el recorte de prensa) y para el director del penal fue suficiente una llamada rápida del gobernador del estado ordenando la salida del escritor colombiano. No había ninguna posibilidad de equivocarse, nadie estaba chantajeando a nadie. Entonces James, el escritor valiente, salió agotado de la cárcel manita para regresar a Colombia. 

James tuvo pequeños problemas para graduarse. La universidad pedía un informe de lectura. James no estaba de acuerdo con la selección, muchos lugares comunes, como es normal entre gente inclinada a la copia. Me pidió ayuda. Nos sentamos a hacer la lista, veinte títulos, él fue escribiendo y yo fui dictando un resumen de las obras. Y ahora, ¿dónde consigo estos libros?, peguntó. Yo los tengo, respondí, fresco. Doble fondo, Diamantes y pedernales, Ocaso de sirenas, La feria, Epigramas de Juvenal, Los sangurimas, Historia de macacos, Prosas apátridas, Plenilunio, Nadie encendía las lámparas, El cielo de esmalte, etc., fueron leídos con mucha dedicación por el estudiante rebelde. La estrategia funcionó, el jurado no tenía tiempo para leer veinte libros supuestamente raros de autores latinoamericanos. El grupo de profesores deliberó, hizo un simulacro de análisis del informe presentado por el estudiante y al cabo de media hora firmó el acta de aprobación. Una vez diligenciado el informe de lectura James se dirigió al banco a consignar el valor estipulado para tener derecho a graduarse como Licenciado en Literatura. Como es lógico, celebramos en su casa finca en el Aguacatal. Había comida para un mes sin tener que ir a Cali o a buscar provisiones en las tiendas del lugar. En su casa compraban a bajo precio, en Cavasa o en la Galería Santa Elena, costales de arroz, granos, panela, papa, maíz (para los pollos y la arepa), galones de aceite, arrobas de carbón. Alguien le hizo una broma pesada a Edgar Rúales, que borracho montó en su moto para irse, con tan mala suerte que se estrelló y se rompió una pierna. James se burlaba y los demás se tiraban al río Aguacatal con ropa y todo. Un borracho por poco se ahoga en un charco. El padre de James era un hombre generoso y recto, que no admitía esta clase de juegos, pero estaba dormido.

Vino una bella mexicana en plan de vacaciones y consideraciones de matrimonio, una funcionaria del departamento de prisiones del distrito federal, novia de James mientras este estuvo encarcelado. La pasamos rico, la mexicana era muy sociable y alegre, se expresaba bien, quizás tenía sueños de escritora y admiraba el trabajo de su novio. Todos estaban enamorados de la mexicana, especialmente Jaime Vélez, que en ese tiempo usaba cola. Como es natural, los ánimos desfallecieron, como que la gente sentía el llamado de la Sultana del Valle, la fiesta se fue apagando y uno a uno los invitados comenzaron a despedirse en sus vehículos o en un yip que hacía la ruta Aguacatal-Cali con gente muy pobre de las laderas de Terrón. Como estaba programado, llegó la hora, el día, el momento triste y nostálgico, y la mexicana se despidió. Hasta ese punto llegaba la reunión, la fiesta del reencuentro, los invitados entendimos el aviso, la felicidad es intermitente, tuvimos que dejar a James desconcertado, con la mente revuelta de imágenes terribles, al borde la locura. Finalmente, los remisos salieron en busca de los vehículos en un grupo abultado, todos los demás habían retomado con resignación sus actividades habituales en la ciudad. La mexicana nunca más volvió a Colombia, han pasado casi treinta años y nunca le hemos preguntado a James ¿quiubo, buey, onde anda tu novia?

En Colombia se publican miles de obras de ficción diariamente en el sistema de autoedición o también llamado del propio bolsillo. James público un libro de cuentos que fue texto en los colegios de Cali, me consta que los muchachos iban a las librerías a preguntar por La muerte ronda esta casa y otros cuentos y posteriormente por El ocaso de una mula y otras bestialidades. Las existencias se agotaban y el autor tenía que hacer nuevas ediciones. La última vez que vi La muerte en Santa Rosa, hace años, iba en la quinta edición. James escribió un tercer libro de cuentos, que hasta donde tengo noticias no ha publicado, y estaba preparando una novela. Pudo llegar a ser el Hernán Hoyos del cuento maloso, pendenciero, pero prefirió meterse a la docencia y asegurar su estabilidad económica. Pero esto no quiere decir que el autor sea un cobarde. Me han dicho que está trabajando en una institución educativa con el escritor Alberto Esquivel, ganador del premio de novela Plaza & Janés en 1985 (dato de internet). Cuando estuvo en Cenproes James organizó concursos de cuento y poesía y no ha perdido la costumbre de fomentar la creación literaria. En el colegio parecía un amansador de jóvenes, un profesor que cumple con su horario de clase, pero seguía siendo arriesgado y valiente. Con James puede hablarse de política, guerrilla, guevarismo, oligarquía y revolución sin prevenciones, sin cuidarse de incomodar a los demás, sin miedo de proferir una opinión militante, radical, ortodoxa, presuntamente mamerta. Viendo la forma burlona de discutir de James cabe imaginar sus réplicas a los críticos del mamertismo, su estilo entre irónico, bizarro y cínico. Lo primero y quizás lo único que anima a James es la justicia social, que se predica en todo el territorio nacional, pero don territorio, de hecho, suele estar en desacuerdo con la dignidad humana.

¿James? ¿Quién es James? ¿Cuántos premios ha ganado? ¿Por qué hablan de un autor totalmente desconocido, se preguntará el lector, un don nadie? En ese caso podemos hablar de Natalia Springer y su millonario contrato con la Fiscalía. La niña Natalia, jefa de  la firma Springer Von Schwarzenberg, ha contratado con la Fiscalía para ayudar en la metodología de esclarecimiento de los crímenes de la delincuencia común y las Farc, por un valor de $895 millones (4 mil millones, dicen las malas lenguas) y ha entregado un informe de resultados que da pena, que puede elaborar cualquier estudiante de segundo semestre de ingeniería mecánica. Dice que los miembros de las Farc son terroristas. Así es como trabajan los políticos y sus contratistas, no tienen pudor, no saben presentar un informe, desde un punto de vista moral y técnico. No tienen sensibilidad, no saben expresarse, no hablan con sinceridad, con afecto, están contagiados de la mediocridad política, odian la actividad artística y el humanismo. La peste de la politiquería amenaza con liquidar la civilización, ya acabó con la armonía de la gente, ahora quiere acabar con su fe en las instituciones democráticas. Corremos el riesgo de volver al Medioevo, al esclavismo, al oscurantismo primitivo, mientras nos asalta una pesadilla, esperamos callados la deserción de la fiera, cansada de esperar su presa día y noche al pie de la cueva.

Hacemos la semblanza de James por las circunstancias que rodean a Colombia, que hace que los escritores se marchen, se escondan o empuñen la bandera del patriotismo. James no es un apátrida, es un escritor valiente que ama a su país, un hombre decidido a recobrar la libertad. No todo escritor que critique las estupideces del sistema prevaleciente es enemigo de su país. James es un escritor de izquierda que observa el crecimiento de la derecha sin entregarse al escepticismo, es un hombre que celebra el triunfo de su grupo político con salvedades. James nunca ha renegado de su ideología y no es por ello que ha logrado sobrevivir, como muchos militantes y simpatizantes de izquierda, a la guerra sucia. Muchos de sus amigos de la UP fueron muertos cobardemente por la mano negra, por las fuerzas oscuras, pero James se salvó milagrosamente. Los asesinos no solamente provienen de la oligarquía, que se vale de los uniformados con dotación oficial o sin esta, también están en la calle, en los bajos fondos, en la olla, dispuestos a matar por un mendrugo de pan o hacer el trabajo sucio de los señores de la guerra. En cierta ocasión fuimos a visitar a una amiga y James dejó su auto en el parqueadero externo del conjunto residencial. Cuando salimos, tres horas después, el auto no estaba, se lo habían robado. Al cabo de pesquisas y llamadas por celular, tuvo que pagar rescate a los secuestradores y escuchar el sitio exacto donde abandonarían el auto. La policía nunca está para recibir este tipo de quejas, pues anda muy ocupada persiguiendo a los opositores.

James es de esos escritores que exponen públicamente su orientación política, cuando otros se asustan con la palabra compromiso, cuando el más prestigioso de los poetas no encuentra las palabras adecuadas para criticar al gobierno. No sé qué piensa James del proceso de paz entre el gobierno y las Farc, qué espera del postconflicto (de pronto escribe posconflicto sin “t”), pero estoy seguro que asumirá una posición vertical sin traicionar sus convicciones. En los momentos cruciales es cuando se conoce a la gente. En un sistema pulcro poetas y artistas podrían participar en política sin temer represalias, metidos en el barro de la contienda electoral con botas pantaneras y probabilidades de ganar. Si no fuera por el nido de víboras del clientelismo, la corrupción, la persecución y la desaparición del adversario Colombia tendría un presidente negro, una presidente mujer o un presidente artista que repartiría su tiempo entre el auditorio abarrotado de público y el Palacio de Nariño. Claro, este presidente negro, mujer, culto, viviría constantemente amenazado por algún grupo al margen de la ley, Los Águilas Negras, Los Rastrojos, Los Urabeños, sería un objetivo militar de los violentos, aun de su misma guardia pretoriana, y no estaría a salvo de las balas asesinas de un comando de desquiciados, los señores de la tierra, los señores de la guerra, adiestrados por algún judío, por un algún halcón de la potencia mundial.

Tal vez no estemos seguros del fin de la ideología o de la significación de la literatura comprometida. Si de algo estamos seguros es del rechazo del artista y del intelectual a un sistema totalitario causante de oprobios. Por más que intente presentarse como una mansa oveja, el sistema es un lobo astuto, traicionero y tenebroso. En su dinámica de dominación, opresión, dictadura, tiranía y muerte, arrastra a la víctima a experimentar sentimientos de derrota, debilidad, vacío, aislamiento. En la adversidad se pierde la calma, la vida en la calle se torna más dura, como escenario de crueldad, abuso, encierro, hastío. La boca de la víctima se llena de palabras rencorosas. Estos temas son poco poéticos, es cierto, y alejan a las personas cansadas de peroratas igualitarias. Es el riesgo que se corre, el estigma de idiota útil al servicio de la insurgencia, aunque también se conocen escritores y artistas con los cuales se comparte la importancia de la política, junto con la renovación del lenguaje, del estilo. Algunos artistas se lucen hablando, otros hablan poco, algunos dirigen una mirada compungida, otros asumen una postura enérgica, algunos dicen estar comprometidos con el arte, otros consideran que lo mejor es que puedan concentrar la pluma en una operación quirúrgica. Algunos tienen los que otros necesitan. En todo caso, luchan por ser auténticos. Los artistas, sin excepción, se oponen a la guerra. Todos dicen “con la paz no se juega, tampoco con la guerra”. También dicen como si reescribieran Trilce y España aparta de mí este cáliz en la misma hoja “ellos no pudieron con la korrupsión, nosotros sí”.  

 


PRONTUARIO DE LA CALLE

 

Siempre nos hemos preguntado por qué se acabó Norma si era tan buena muchacha y prometía elevarse al cielo como Remedios la bella o penetrar el mercado editorial del mundo sin visa, solamente con la recomendación tácita de Gabo. Con el apoyo de la editorial que manejaba los derechos del autor de Cien años de soledad, parecía que los escritores locales tenían por fin su gran oportunidad de hacerse conocer en el extranjero. Nuestra hipótesis es que Norma se acabó por provinciana y por esta razón no dio la talla en el mercado global del libro. Argentina ha decaído, México se ha volcado a la literatura infantil y juvenil, y Brasil no es competencia por lo del idioma. Los vientos favorecían a Norma, la editorial colombiana que migraba del libro técnico al libro culto. Fue por Norma que Caicedo trascendió, pero no repitieron la historia del atravesado Tomás González, William Ospina, Santiago Gamboa, Julio Paredes, etc. Juan Gabriel Vásquez (el de Alina Suplicante) despegó con el patrocinio de editoriales españolas que conocen el negocio y subsisten por su experiencia comercial. Gracias al vedetismo de Vallejo El cuervo blanco vendió 40 mil ejemplares.

Hemos comprado unos cien libros de Norma después de revisar con lupa título, autor y tabla de contenido. De pronto veíamos Gombrich, pero no era el Gombrich de la historia del arte sino una entrevista con el teórico austriaco. Nos asaltaba un título conocido, Los flores del mal, que abríamos para descubrir que era una historia ilustrada (manga), un libro de Shuzo Oshimi que alude a un lector ensimismado en el famoso poemario de Baudelaire. El inconsciente persistía en la búsqueda de Andrés Holguín en los créditos, como traductor de la misma obra publicada por Colcultura. Nunca vi nada de Rodoreda (Viajes y flores) o Jelinek (Deseo), libros que se deben comprar con los ojos cerrados. Tampoco vi que rescataran algún clásico, el Musil (paisano de Jelinek) de Tres mujeres, obra casi olvidada por la editoriales que creen mejor negocio publicar similares como Las ciudades invisibles de Calvino y La historia universal de la infamia de Borges.

Los títulos de Norma eran perezosos, sus traducciones tímidas y su catálogo disparejo, unos cuantos escritores soberbios y los demás eternos aspirantes a la consagración. Norma es una editorial de altibajos, como la selección Colombia, y esto lo pude comprobar en Cuentos de la calle, una antología con textos de José Felix Fuenmayor, Andrés Caicedo, Andrés Elías Florez, Diego Bustos, Eduardo Caballero, Umberto Valverde, Luis Fayad y Pablo García. Como siempre, la cantidad no habla por la calidad y se pueden catalogar como cuentos logrados los textos de Fuenmayor, Caballero y Fayad. Los demás son exploraciones, búsquedas estructurales, experimentaciones verbales o, como dicen los prologuistas, multiplicidad temática y emocional.

Todo tiene su recompensa y el libro de Norma me hizo recordar un incidente vivido hace poco en Cali. La calle, donde se traman las mejores conspiraciones de la historia, más concretamente la plaza de Caicedo, donde hay un monumento de un prócer, que para algunos historiadores no es prócer pues no se opuso a la corona española, ahí me cité con Porfiria. Ella había perdido la cédula y quería que hablara con su mamá, que la mamá escuchara mi voz para confiar en el buen destino de la plata. Le dije listo, llamemos a tu mamá. Hablé con la señora por espacio de diez minutos y le aseguré que el dinero llegaría a los bolsillos de su nena. Su hija menor entró a internet y comprobó la honorabilidad del amigo de su hermana, pudo ver su nombre y sus fotos en varias páginas de internet, pudo verificar en Whois, con las instrucciones de rigor, que eran de su propedad. Nada oculto, nada turbio, nada de pornografía que generara temor.

Arrimamos con Porfiria a Gane a reclamar la plata. Porfiria no se llamaba Porfiria, ni Leonisa ni Odete, como me había dicho al comienzo, sino Beatriz. Lo supe por la mamá que dijo estar preocupada por la suerte de Beatriz, tan sola en Cali, y por la hermana que hasta me preguntó si podía aceptar su invitación a Facebook, ni corta ni perezosa. Claro, dije, para que sepas de tu hermana, también tengo Line y Whatsapp, la aplicación que quieras. Cómo está mi hermana, preguntó. La veo bien, dije, se ha repuesto. Sí, dijo Yudi, ya no tiene la voz apagada, gangosa, por efecto de la mariguana. Está comiendo bien, agregué, casi no fuma mariguana, sólo cigarillo y ha disminuido el consumo, de una cajetilla ha bajado a la mitad. Me agradeció y me dijo que oraría por mí. Señor, hay un problema, dijo la chancera, su cédula no coincide con su fecha de nacimiento.

Fuimos con Beatriz a la oficina principal de Gane, carrera cuarta con calle trece. Beatriz prefirió quedarse en la calle, quizás porque no se veía bien presentada, porque su facha alebrestaba a los perros y a los vigilantes de todas partes. Solamente una persona esperaba que la atendieran en Gane, un lujoso establecimiento, nada parecido al que conoci hace algunos años con Pablo Angarita y Jaurez Naranjo, teatreros. El motivo, hacer un dramatizado para lanzar el nuevo producto de su portafolio. No soy aficionado al chance, a la lotería, a los juegos de azar, sólo apuesto a los caballos, y eso, siempre y cuando pueda verlos de cuerpo entero. A veces los caballos duermen mal y el malhumor se refleja en el brillo del pelo. Además, hay que tener cuidado con el jinete, por lo general mañoso. En el paddock, el público cree que cualquier cosa que haga, cualquier movimiento nimio, como rascarse la nariz, es señal de que esta vez jalará las riendas del alazán para que pierda.

La gente que entra a las oficinas es gente de la calle. El joven entró, arrancó el tiquete, sin necesidad porque sólo había una persona (yo) y se dirigió a la ventanilla. De ahí lo mandarón a unas muchachas vestidas con los colores y símbolos corporativos. No eran ni bonitas ni feas, pero blancas y con una cara de hacerse matar por la empresa. En el rostro se les veía su predisposición a negarle los derechos al cliente para que la empresa no viera amenazada su estabilidad. En efecto, la empleada le dijo al joven que no podían hacer nada, que el sistema estaba caído y que esperara. ¿Cuánto tiempo?, preguntó el joven. No sabemos. Siempre el mismo cuento, que el sistema. El joven se paró del asiento intranquilo, levantó los brazos y se paseó por el recinto diciendo siempre el mismo cuento, que no hay sistema, que no me pueden pagar mi plata. En eso llegaron los vigilantes, con cara de matones, le dijeron señor, siéntese, por favor. No me da la gana, dijo el joven. Y un vigilante robusto lo hizo sentar a la fuerza.

La empleada me dijo espere un momento. La empresa gana y el cliente pierde, la misma historia de estas corporaciones, dije. Le explicaron que se dañó el sistema y no quiere escuchar, dijo una mujer joven escondida en un rincón. Si se dañó el sistema la empresa debe tener un plan b, dije convencido de la complejidad de la frase. Le dijeron que se sentara y no hizo caso, dijo la muchacha. Nadie puede obligar a un cliente a sentarse, sobre todo cuando presenta un reclamo o protesta por el mal servicio. Las corporaciones abusan, desconocen la ley y todo lo arreglan con plata. Las empleadas y la muchacha del rincón escuchaban en silencio. Las corporaciones compran policías, jueces y magistrados. ¿Cuál es tu nombre? Gustavo, dijo el cliente. Mira, Gustavo, has sido víctima de un atropello, busca un abogado, pon la demanda. No, respondió, esperaré hasta mañana y si no arreglan el sistema pediré que me giren por Servientrega. En Chipichape sacaron a dos hombres que se besaban, pero ellos demandaron y ganaron. No sabía. Es hora de ganarle a Gane… hablaré con un amigo periodista. Gustavo me agradeció y salió de la oficina con un mejor semblante.

Beatriz estaba sentada en el sardinel de la calle cuarta, junto a una venta ambulante. Cuando me vio llegar se incorporó como lanzada por una silla de emergencia de un avión. ¿Qué pasó?, dijo. Nada, hay que esperar cinco minutos. Pero hay plata. Claro que hay plata, en cinco minutos tienes tu plata. Bueno, esa noticia me reconforta. ¿Para qué necesitas doscientos mil pesos? Para un aborto. Me quedé pensando. Sería más ético que llamaras al que te preñó para que pague de su bolsillo, en lugar de pedirle a tu mamá. Debes entender, dijo, que el man va a querer que tenga el hijo, así son los machos, y me buscará por cielo y tierra para convencerme. Entiendo. Ni el putas, djo Beatriz, no concibo un hijo en mi cuerpo. El que la hace la paga, es mi opinión, dije, toma el celular y llámalo. Te pido un favor, dijo, no hables nada con mi famila, si el man se entera me boleteará a bienestar familiar.

Me contó la historia, no del man sino de su lío con la justicia. El robo sistemático a una biblioteca, eso parecía, pero también podía ser el robo a un supermercado, a una bodega o a unos transeúntes en la calle blandiendo el arma blanca. Pocos días antes habíamos ido a comprar unas cuchillas de afeitar y Beatriz me había pedido que le regalara una navaja. Es para defenderme. A ti que te gusta la calle hay que darte una pistola, dije. Ella lo vio como un chiste y se rió. Era en serio el asunto, repetí varias veces la recomendación, hasta que ella misma me confesó que tenía libertad condicional. Me dijo que un man le había robado su portátil y que otro man se había quedado con su billetera, con su cédula y otros papeles, por una deuda de cinco mil pesos. ¿En qué mundo es que retienen los papeles por cinco mil pesos? En el hotel donde vivía, dijo ella. Vamos por tus papeles, dije, siempre y cuando el hotel no quede en la olla; si pasa de la carrera octava es inseguro, lo mismo que si hay que ir más allá de la calle trece. El hotel es por este lado, dijo, señalando la calle sexta con carrera once. Es olla, señalé, dejemos el rescate de los papeles para mañana temprano.

Volvimos a Gane temprano a cobrar el giro. No se pudo. El sistema estaba caído. Esto siempre pasa con RedMía, dijo la chancera, anotan cualquier fecha de nacimiento, cualquier fecha de expedición de la cédula, y el problema es con nosotras, los clientes creen que es culpa nuestra, lo que pasa es que nuestra empresa es más estricta y no acepta este tipo de errores, en cambio por allá, por la región de ellos, de RedMía, pagan los giros con solo mostrar la cedula. Me parece que así debe ser, expresé, es más, si reciben la plata con errores, deben pagar el giro al cliente con esos mismos errores. La chancera pareció no entender el argumento. ¿Usted ya fue a la oficina principal? Ayer estuve allá y perdí media hora, llevó aquí otra media hora y ni Gane ni RedMía me pagan el tiempo perdido. Así es con los bancos, así es con el Éxito, con la 14, con Olímpica, con Superinter, así es con todos. El cliente pierde tiempo y el tiempo es oro.

Volvamos mañana, dije, y Beatriz estuvo de acuerdo. Hazme un gran favor, dijo, regálame un cigarillo, no, corrigió, que sean dos. Cuando llegamos al carrito, calle diez con carrera cuarta, a una cuadra de la plaza de Caicedo, pedí dos cigarrillos, busqué el rostro de Beatriz y pregunté qué marca. Boston, dijo ella, y luego solicitó, casi como una súplica: ¿pueden ser tres? Pagué novecientos pesos. Nos desplazamos al Boulevard, en una banca recogió sus piernas y prendió el primer cigarrillo, a los veinte minutos el segundo. Este lo guardo, dijo. Te lo puedes fumar y mañana compras un piel roja con estos doscientos pesos. Le di la moneda. Encendí la tablet, necesitaba actualizar las aplicaciones. Sentí que quería algo más. ¿Quieres navegar? Se puso a buscar poemas de Barba Jacob, mientras leía poemas de León de Greiff de memoria y sacaba de su bolso unos manuscritos ajados y sucios. Tenme un momento, dijo, me los entregó, eran poemas de Orietta Lozano. Entonces entendí, quería utilizar heterónimos, jugar a Pessoa. ¿Beatriz es un nombre o un sobrenombre?, indagué, tengo la ligera sospecha de que te llamas chigüira. Sonrió y me preguntó si me gustaba Ishiguro. Siempre he querido saber si el tipo escribe como japonés, si conserva la sensibilidad japonesa. No, la verdad, escribe como inglés, aclaró.

 


ESLABONES PERDIDOS DE LA NOVELA

 

Han pasado 12 años. ¿Qué estuve haciendo en todo este tiempo que no leí a Evelio Rosero, Álvarez Gardeazábal, Jairo Aníbal Niño y Santiago Gamboa, entre otros escritores locales? La novela clásica y la novela latinoamericana, lo más destacado del boom y su periferia, podrían haber sido lo único digno de leer desplazando desdeñosamente la literatura nacional. Todavía no llego a German Castro, desconozco el catálogo de Planeta, los autores premiados por Alfaguara y los prospectos de Mondadori, las nuevas voces que promocionan las editoriales de prestigio. Por la publicidad insistente y los comentarios publicados en la prensa, pero sobre todo por su aparición en el apartamento de Henry Marulanda (hola, Henry, qué tal este trabajo), compre Historia secreta de Costaguana, que resumía en pocas palabras las calidades de una obra (magnífica novela sobre el canal de Panamá). En su apartamento vi las portadas y los nombres de los españoles más acreditados, Vila Matas, Javier Marías, Cercas, que fui comprando uno a uno. Como sabueso Henry es un referente confiable, olfatea por toda la ciudad los mejores libros de autores colombianos y extranjeros. Leí con interés las primeras páginas de la novela de Vásquez. Inicialmente no me tramó, no me conecté con su preámbulo, me pareció un truco burdo para agarrar al lector. “Digámoslo de una vez: el hombre ha muerto. No, no es suficiente. Seré más preciso: ha muerto el Novelista (así, con mayúscula). Ya saben ustedes a quién me refiero. ¿No? Bien, lo intentaré de nuevo: ha muerto el Gran Novelista de la lengua inglesa. Ha muerto el Gran Novelista de la lengua inglesa, polaco de nacimiento y marinero antes que escritor. Ha muerto el Gran Novelista”. De inmediato recordé el listado de circunstancias trágicas de “Tu rostro mañana 3 Veneno y sombra y adiós” de Javier Marías: “Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado, en una misión o en una batalla, en una escuadrilla aérea o bajo un bombardeo o en la trinchera cuando las había, en un asalto callejero o en el atraco a una tienda o en un secuestro de turistas, en un terremoto, una explosión, un atentado, un incendio, da lo mismo: el compañero, el hermano, el padre o incluso el hijo, aunque sea niño. Y también la amada, tam­bién la amada, antes que uno mismo”.

La ventaja de algunos lectores es que se dan tiempo para leer todo lo publicado o publicitado sobre el autor y su novela y así entran fácilmente en contexto o logran captar las claves de la obra. En cambio yo no sabía nada de Vásquez pues jamás había leído El mal pensante o Arcadia, una revista llamada Número y otra Quimera, que miraba de lejos cuando pasaba por la caja de la Librería Nacional. Sabía que existían estas revistas, pero por cosas del destino no había tenido la suerte de leer el contenido de ninguna. Sin informarse con los reseñadores y críticos no se puede saber quién es quién. Entonces la primera lectura de Historia secreta de Costaguana fue ineficaz, no obstante su escritura me pareció elegante y decantada por el oficio. Por ello no terminó entre los libros proscritos en el mueble junto al teléfono, donde van a parar incluso los autores célebres, que muchos de mis amigos aprecian y se llevan a sus casas como un regalo especial. Ahí quedó la novela del colombiano esperando un mejor momento, por espacio de varios meses o quizás de años, soportando los rayos del sol, entre los libros de cabecera, Jelinek, Chejov, Wolff, Musil, Nabokov, Onetti, Ribeyro. El encuentro con Los informantes, una obra anterior en edición de segunda de Juan Gabriel Vásquez, me reveló su indiscutible calidad narrativa. Sin pensarlo dos veces corrí a comprar Alina suplicante, que asomaba triste, casi en el piso, en una librería de viejo, luego adquirí El ruido de las cosas al caer, y una vez convencido de su maestría fui tras la novela desechada en un comienzo y constaté que Henry tenía razón, era una magnífica novela sobre el canal de Panamá.

De Cali y el Valle me he perdido muchas historias, quizás no tan bien contadas en las primeras páginas. Los amigos me han hablado de una nueva novela de un autor caleño o valluno, he ido a la librería con ánimo de sentir el placer de una buena lectura y con la plata en el bolsillo, he hojeado el libro y me ha defraudado su factura, por lo que he puesto el objeto con ambas manos, como si se tratara de una cabeza reducida, en el hueco de la estantería. Es obligatoria la visita al sector de literatura nacional, la revisión de obras nuevas y la hojeada a obras viejas de autores afamados, mitos de la localidad, que vencieron la barrera del tiempo. Abro los libros, leo las primeras líneas, los primeros párrafos, y siento la impresión de una escritura inexperta, balbuceante o farragosa. A veces me pica el bicho de la terquedad y trato de experimentar otra forma de encuentro con el texto como la lectura al revés, por el medio o por cualquier página abierta al azar, por si este método puede ayudar a descubrir las calidades del texto recomendado. Doy una vuelta por la sección de literatura universal, voy a filosofía, voy a comunicación, voy a sociología, busco en administración algo sobre heurística, no hay nada nuevo que valga la pena, no es como la librería del Fondo de Cultura en Bogotá, y vuelvo a literatura colombiana, directo a la novela presuntamente buena, para leer el texto de otra manera, aquello que el editor estima importante, pero que el público considera secundario, como la tipografía de los títulos en la caratula, los créditos, las dedicatorias, los epígrafes, la reseña en la contratapa, la información de la solapa, cuando la trae, antes de entrar en materia. Es inútil, este sistema minucioso tampoco funciona, me dije, no se parece en nada al calentamiento fuera y dentro del ring de boxeo, a ese estudio en los primeros round que permite a los peleadores descifrar el texto de un guante cuya pegada contundente no deja lugar a dudas.

Hace cosa de un año vi en un rincón de la librería Atenas, casi abandonados a su suerte, una hilera de libros de pasta amarilla, una colección de novelistas colombianos. Quería actualizarme. Tenía dinero para comprar varios títulos. Me agaché algo incómodo para recogerlos, para quitarles el polvo, para leer las primeras páginas y los datos de sus autores, una reseña de su vida y obra. Leía y leía con la intención de ser complaciente y flexible en el gusto, utilizaba los mismos métodos para no fallar en la prueba, adoptaba una actitud rigurosa y determinista, luego una postura tolerante y flexible, si el párrafo no me gustaba me detenía en los conectores de párrafo, por si eran puestos en forma perezosa y mecánica, como fórmulas, o en forma innovadora y atrevida. Estuve hojeando por espacio de dos horas la colección de novelas o lo que quedaba de saldo, hice todo lo que estaba a mi alcance para descubrir sus atributos, un registro novedoso, una escritura original, un estilo propio, una propuesta fácil de digerir por el lector novato, quería comprar siquiera un par de libros para sentirme compensado, pero sinceramente no vi nada, no compré nada y para desquitarme me fui caminando hasta La Aragonesa a tomar un café. En el trayecto recordé un texto de Collazos publicado en El Tiempo, casa periodística donde trabajó como columnista: “En estos días, estuve curioseando en varias librerías. Busqué libros de excelentes y hasta hace poco afamados novelistas colombianos: R. H. Moreno Durán, Germán Espinosa, Marvel Moreno, Héctor Rojas Herazo, Manuel Mejía Vallejo, Pedro Gómez Valderrama. Por supuesto, no estaban expuestos en las mesas de novedades”. Los autores de la colección examinada en Atenas eran más jóvenes, de todos modos Collazos me hizo pensar en los numerosos estratos culturales que produce el espíritu de la época, en el florecimiento y muerte de movimientos literarios, en el gusto variable del público que las casas editoriales fabrican o copian antes de utilizar membretes sencillos de reconocer como novelistas posmacondianos o generación del posconflicto.

En los años setenta y ochenta algunos escritores se plantearon el reto de hacer novela urbana, como en otros países, y otros se propusieran identificar la novela más representativa de la violencia, que al decir de los críticos comenzaba con Viento seco, para continuar una tradición nacional. En las tertulias un tema recurrente, al que se llegaba quiérase o no, era la literatura de la violencia, con cierto apoyo bibliográfico. Ángel Rama todavía no había escrito su ensayo sobre la cultura nacional y popular en García Márquez. Los grupos literarios y culturales constituidos, en su mayoría de izquierda, invitaban a conferencistas especializados, con libros publicados sobre el tema, para que explicaran la naturaleza y la importancia de este género de novela en la historia nacional desde Gaitán o desde la Guerra de Mil Días. El hecho de que no existiera un ejemplo destacado de novela de la violencia no desanimó a los críticos en su labor de esclarecimiento. Transcurrió el tiempo inexorable y el país se quedó sin conocer su novela y su novelista representativo del conflicto armado. Existe acuerdo en que a lo largo de 40 años de industria editorial, de movimiento cultural, de maduración novelística, de discusión intelectual y académica, ningún autor ha creado ninguna obra que sea el emblema de este género, como lo es para el realismo mágico Cien años de soledad. Al parecer, esa novela impactante esperada por los críticos, algo parecido a El estandarte rojo del valor de Stephen Crane o Hiroshima de John Hersey, nunca se produjo en su totalidad en el país y menos definió el carácter de un movimiento, algo semejante a la innovación posvanguardista del boom. Tampoco se ha identificado un autor o una obra que sea el eslabón intergeneracional entre la novela social y la novela de la violencia o entre ésta y la novela urbana, como puede serlo Juan Carlos Onetti entre vanguardismo y boom. Sin embargo, los mejores escritores colombianos, Gabo, Manuel Mejía Vallejo o Álvaro Cepeda Samudio, ofrecen maravillosos fragmentos del conflicto y la violencia de honda significación literaria.

En esta búsqueda podríamos acaso tener el retrato de lo imposible, quién sabe si estemos copiando un modelo eurocentrista ajeno a la cultura de tierra caliente. Si allá los autores escribían obras representativas de su época, aquí la definición de una nueva época no debe preceder a la creación de una novela singular y, acaso, del movimiento que movilice su aceptación popular, sino que la percepción de una nueva época será el resultado de la obra, como parece ser el caso de la novelística del boom en América Latina. En otras palabras, novelas como La casa verde, Pedro Páramo y Los ríos profundos renuevan el lenguaje literario, a partir de influencias mundiales (transculturación narrativa, dice Ángel Rama), y fundan una nacionalidad continental soberana. En el tratamiento del género no hay un autor que pueda sentirse libre de influencias nacionales y continentales o que pretenda desconocer el impacto de los acontecimientos históricos entre 1950 y 1980 (la revolución cubana en 1959, la revolución sandinista en 1979 y la caída del muro de Berlín en 1989) con una influencia política marcada, como dice la crítica, difícil de encontrar en otro período, anterior o posterior, de la historia. Violencias de diferente cuño en la novela colombiana, micro y focal, macro y panorámica, rural y urbana, denunciada o estilizada, conforman un escenario abigarrado de perfiles y contrastes. La novela de la violencia política enmarcada en el poder difiere de la novela de la violencia cotidiana manifestada en las calles. La ingenuidad de la narración en la primera es superada por el manejo de técnicas intertextuales y subjetivas apropiadas por la segunda de los grandes escritores del mundo. Esta adopta puntos de vista y perspectivas que eluden el sesgo ideológico. Frente a la violencia, dice Escobar [1],el creador trasmite la intensidad del hecho, la secuela que deja el cuerpo violentado (la tortura, la sevicia) o el rencor que se aviva al paso del tiempo, alejándose de la acción y el drama que se vive al momento, acusando un distanciamiento temporal y emocional de los acontecimientos. Los escritores posteriores a la generación "de la violencia" están mejor equipados técnica y estéticamente para escribir de una manera más crítica y reflexiva sobre la tradición del horror. Una mejor preparación para el arte deja la desconfianza en la política.

Uno diría que los escritores se alejan de la política, que no ven la necesidad de crear personajes involucrados en situaciones, relaciones o protagonismos políticos, pero no es así. Más bien carecen de esta vocación y no se han preparado para una lectura de este tipo de realidad. Su época no es propicia para plantear argumentos y conflictos políticos, permanecen en la novela psicológica o se vuelcan a la novela histórica, otra forma de crear grandes escenarios. Tampoco se observa la inclinación a promover movimientos artísticos como sus predecesores (Piedra y cielo, Mito, Nadaísmo, Generación del Estado de Sitio). Nadie se pelea por militancias o ideologías políticas y algunos arman el tropel porque no recibieron un premio de poesía o porque ven apagada su notoriedad. Tal como vamos no volverán a repetirse episodios que conmovieron al mundo como el puño que asestó Vargas Llosa a Gabo, quizás el motivo pueril de su distanciamiento de la revolución cubana y su mudanza al liberalismo sin obedecer ningún patrón lógico. Cabrera Infante, Vargas Llosa, Uslar Pietri, cada cual de distinta manera, se enamoraron de la revolución y terminaron peleándose con ella por traicionar los principios liberales y el humanismo decimonónico. Por su contenido utópico y libertario, los escritores estuvieron de lado de la revolución cubana y décadas atrás de la revolución rusa, sabiendo que proclamaban la dictadura del proletariado, principio marxista perfeccionado por Lenin y practicado por Stalin. Los escritores rechazaron los excesos de la revolución y concluyeron que ninguna dictadura sirve, cerrando filas en la defensa de la libertad y apostando su capital simbólico, un cheque en blanco, a la democracia de mercado, que Fidel Castro llama civilización del auto.

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NOTA

[1] Augusto Escobar. La violencia: ¿Generadora de una tradición literaria? Disponible en http://www.javeriana.edu.co/narrativa_colombiana/contenido/bibliograf/violencia.htm

 


BARROQUISMO INSUMISO

 

Luz Marina Gil me ha llamado. Hemos estado donde Toño poniéndonos al día en información sobre los amigos y el mundo. Por algún motivo me ha recomendado que lea sobre la masacre de El Salado en el Espectador. Don Toño ha dicho ahí está, queda uno. Hace muchos años no leo prensa ni veo televisión, los partidos de la copa América los he visto en el CAM, en una pantalla gigante, menos gigante que la instalada para el mundial. Toda la información está en internet, pero quizás esta sea una información reservada para la versión en papel. Don Toño ha bajado el periódico, que he puesto en mis rodillas, un mamotreto de ochenta páginas, más grueso que un libro. Mientras tanto busco y encuentro el número de celular para Luz Marina diciendo es éste, anótalo, llámala de mi parte. El periódico está abierto en la página del informe especial con el título Los muertos incompletos de la masacre de El Salado. Aparece la foto de la autora del informe, enviada especial Montes de María, la periodista Diana Carolina Durán Núñez. El mamotreto envejecerá, se pondrá amarillo, sin provocar al lector, o será leído como novela de la violencia.

He escuchado opiniones sobre el proceso de paz en el mundo real y virtual, que resumo en dos partes. Primero, todo indica que la opinión pública repite el libreto de los medios de comunicación; segundo, el análisis del momento sobre la reparación es demasiado simple para ser verdad, se reduce a la condena de los malos desde la institucionalidad o en defensa de una institucionalidad fallida. Los guerrilleros son malos, por lo tanto, deben someterse y pedir perdón a la sociedad. El gobierno deja que crezca la ola de condena para montarse en ella y levantar la mano en señal de triunfo. En forma inteligente, con ayuda de los medios de comunicación oficialistas, el gobierno pone a la guerrilla como rival y no responde por sus responsabilidades en la pobreza y el régimen excluyente. Todos los indicadores, excepto el indicador del crecimiento económico, desaprueban con un 2.0 al sistema imperante en el país.

Se ha dicho muchas veces que una paz duradera es posible si se eliminan las causas de la violencia. El gobierno no está interesado en atacar las causas de la guerra sino en atribuir a la guerrilla la culpa de todos los males que acontecen en el territorio nacional. Al gobierno le place que el pueblo ignore que existe el derecho a la rebelión o que otros hagan la guerra sucia en su nombre en defensa de las instituciones. Por eso la insistencia no en la profundización de los temas aprobados en la mesa de negociaciones, la tierra o la política, sino en el tema de la reparación de las víctimas. Los líderes conservadores y ultra derechistas no se cansan de pedir que enjaulen a los guerrilleros, que sean exhibidos en la plaza pública, como hizo Fujimori con Abimael Guzmán. Pero entre bambalinas parece fraguarse el perdón para guerrilleros y militares. Entre los culpables que gozarían de amnistía se encuentran los patrocinadores del paramilitarismo. Los comandantes de las AUC, que hicieron el mandado, no se rebelaron contra el Estado y no son, por tanto, delincuentes políticos.

Los crímenes de lesa humanidad merecen cárcel. Pero nadie se atreve a pensar que mantener a millones de seres humanos en la pobreza, en un país rico, es asesinato a mansalva. Los pobres no tienen educación, no tienen acceso a la salud y mendigan en las calles o en el Mío por unos pesos que sirvan para calmar el hambre. Nos hemos acostumbrado a las desigualdades y hemos aceptado que la vida sea regulada por el mercado. No le pedimos cuentas al gobierno ni a los líderes de la democracia fallida, de la institucionalidad cínica y perversa, por la suerte de millones de seres humanos que sobreviven a duras penas. La guerrilla no fracasó en sus propósitos sino en sus métodos y hoy los pobres no se sienten representados por ella. Una guerrilla que secuestra, cobra vacuna a los civiles y destruye pueblos enteros, sin conseguir el cambio en la estructura social y política, es señalada con el dedo acusador. No se pide a la guerrilla que sea gestora cultural como tampoco se pide a los inversionistas que sean poetas.

La negativa a ampliar los espacios democráticos hace parte de una política segregacionista que no tendría que envidiarle nada al apartheid. Sin ser monarquía, familias cortesanas se reparten el país en las regiones. Son feudos económicos, barreras a la competencia. Los japoneses querían comprar El Calvario y hoy los chinos desean hacer su Chinatown en esa zona. Los métodos de la expansión china se diferencian del estilo enclave colonial norteamericano, con sus bases militares, y de la prepotencia eurocéntrica que restringe el ingreso de inmigrantes del tercer mundo. Las familias prestantes de la oligarquía caleña, los líderes de la ciudad y la región vallecaucana que exaltaban la figura del presidente Uribe, no admiten que chinitos de baja estatura, tez amarilla y ojos rasgados, se tomen el poder. Esta oligarquía y sus voceros en los gremios, los medios y las instancias del gobierno, su representación política, sabotean el proceso de paz, quieren más guerra, vetan la propuesta de Constituyente, prohíben la participación en los destinos del país de millones de negros de cabello ensortijado y mestizos de tez curtida, habitantes de Siloé, La Reforma, Terrón, Aguablanca.

No es la primera vez que la hipótesis del racismo se funde con la lucha de clases. La clase existe, a pesar de la caída del muro de Berlín, lo mismo la raza, la etnia, el fenotipo. Un mentón tipo Hemingway delata al norteamericano. No todos los judíos parecen judíos. ¿Cómo se conoce a un judío? Por la nariz, por los ojos. ¿Por la mirada vivaz? Además de la mirada ¿qué distingue a los judíos? Se casan entre ellos, conforman un clan, son religiosos. Señor, querrá decir que son espirituales y unidos. Piensan lo mismo en Dios que en la plata. En cambio los skinhead son pobres que alardean de su piel lechosa. Se trasnochan imaginando no el libro que leerán mañana sino la pureza de su raza, tal como saben rememorar sus ancestros. La propaganda distribuye a gran escala presuntas teorías de filósofos y músicos conocidos como Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger y Wagner. Teorías fascistas reacias a desaparecer se actualizan con la tecnología virtual a una velocidad sorprendente. Se sabe que la industria del cine norteamericano es mucho más que entretenimiento. El mentón cuadrado y la nariz ganchuda coinciden en la marcha fascista contra la democracia literal. Los artífices del discurso neofascista, una minoría excéntrica, conspiran para tomarse el poder por la vía legal o por la fuerza.

Nosotros nacimos aquí y aquí estamos resistiendo con estoicismo la manipulación mediática, como dice Chomsky. El conocimiento está de nuestro lado, confiamos en la ciencia del mismo modo que otros rezan para que se produzca el milagro de la resurrección. Los genetistas sostienen que la raza humana se fortalece con el cruce, un zambo patirrajao, hijo de negro e india, enfrenta las calamidades con entereza y mantiene reservas para viajar sin tregua donde parece haber comida y agua. La tecnología apuesta por la supremacía del robot, revalidando las visiones futuristas y utópicas del superhombre. El sueño de la eternidad moviliza grandes ideas e inversiones en el negocio de la salud. La biotecnología, la ingeniería genética, la farmacología y demás disciplinas regeneradoras reciben cuantiosos recursos para hacer investigación. La ciencia ha demostrado su poderío mediante el cruce genético en laboratorio, no con procedimientos mecánicos rudimentarios estilo Frankenstein, sino con métodos y tecnología de punta. La tecnogenética podría reproducir con exactitud el primer hombre que pobló la tierra, un negro africano, del cual nacen todos los demás.

El mestizaje es la condición humana. El mestizaje de la lengua es el dialecto. La lengua se estabiliza, se torna inmodificable con la invención de la imprenta, una consecuencia imprevista para Gutenberg. Cuando la lengua se distorsionaba en el uso, la imperfección era un hecho natural aceptado por todos. La genética ha posicionado los injertos y el gusto se adapta al sabor medio acido, medio acre, de la guayaba coronilla. Nadie es capaz de decir que la guayaba coronilla es un error, una malformación genética o una aberración moral. Esta condición barroca de la época tecno-científica, como la estabilidad de la lengua tras el Renacimiento gutenberiano de los siglos XVI y XVII, nos define como una raza impura y ecléctica. Somos mestizos y el barroco es nuestra expresión americana, como dijeron don Lezama Lima y don Alejo Carpentier. Si nos caracterizamos por un rasgo particular, este es el barroco.

Usted siempre con el barroco, como una obsesión. Seguramente, solamente comparto mis preferencias, sin excluir otras identidades. Aparte de reflexionar sobre nuestra identidad racial y cultural, como dice usted, que coexiste con la lucha de clases, ¿qué más podemos hacer? Luchar contra la catequización del mercado y la mentira mediática. Insistir en el derecho de las personas a su libertad y el derecho de los pueblos a su soberanía. No se sorprenda si, contra toda evidencia científica, los editorialistas y los articulistas de la prensa regional explican las causas del atraso económico y la pobreza con teorías fósiles sobre la influencia del clima de tierra caliente en la pereza del negro. Es cosa del pasado, mejor dígame ¿qué opina de la raza de bronce? Bonito. Bonito que en las alturas de Puno, donde un frío helado quema la piel, los serranos cambien de lengua cada cierto trecho. Muda el idioma constantemente. Mientras comercian con el mestizo en idioma español, giran la cabeza para decir palabras cariñosas en quechua al hijo que cuelga del aguayo. Cuando el tren se aproxima a Bolivia hablan aymará, preguntan por la hora al pasajero del puesto colindante. Y este dice “ten minutes to eight” en inglés chapuceado. Quiere decir usted que algunos nativos son trilingües. Quiero destacar lo bonito de las razas y la lengua.

No sé  por qué últimamente me ha dado por poner en las conversaciones el tema de la raza, que la sangre judía de los paisas o el acento cordial de los caleños, la diferencia entre el paisa pereirano y el paisa antioqueño. Este tema me trae a la memoria la obra de don José María Arguedas y me anima a escuchar sus conferencias en su propia voz. Nos persigue El sueño del pongo, un cuento emblemático. Para rematar, estuve leyendo Angosta de Héctor Abad, donde las razas son estratificadas y se les distingue por su color leche, café o café con leche. Quizás la novela se deje leer hasta el final por el humor, los cinco centavos que le faltó al autor de La oculta para completar el peso y terminar de convencernos, como Juan Gabriel Vásquez desde Los informantes. Los filósofos contemporáneos, una horda de interpretantes del representamen, acusan al determinismo de los males de la humanidad, pero no se puede negar que la desigualdad económica es determinista y lo mismo el color de la piel, especialmente en Colombia. En Ottawa un negro jamaiquino puede alcanzar el cielo, si se propone. En cambio, un negro colombiano es pobre, excluido y condenado a muerte.

Cuando vi el título por primera vez no entendí. Todas las sangres, por qué, sangre de qué. Me detuve en el sustantivo y lo asocié con el punto de sangre de las vacunas. La gente era pacífica por naturaleza, era más considerada y no mataba cobardemente como hoy. Hoy predomina la violencia, aquella que los novelistas saben transparentar. Los sicarios son héroes populares, el cine los glorifica, el sicariato es estudiado con vehemencia por la sociología y canalladas como el secuestro y la extorsión son materia prima exquisita de los novelistas. Las masacres le disputan el primer lugar a la Champions League. La novela Todas las sangres de Arguedas escenifica el conflicto de clase y raza en una explotación minera. El sexto descubre similitudes entre populistas y comunistas, entre costeños y serranos, que reconocen en la cárcel la inutilidad de sus rencillas. La novela El zorro de arriba y el zorro de abajo señala la dificultad del indio serrano para adaptarse al individualismo de la costa. No obstante, su reserva comunitaria le permite migrar a un estilo de vida barrial que resiste el sistema de explotación a gran escala de la anchoveta. Formado en la urbe moderna Julio Cortázar no entendió la clave arguediana, los conflictos entre lo serrano y lo urbano, entre el mundo mágico andino y el racionalismo de la ciudad letrada, y se apresuró a clasificar la novela de Arguedas como telúrica. Vargas Llosa acusó a Arguedas de indigenista quizás sin conocer la definición de novela indígena, que difiere de novela indigenista según el autor de Los ríos profundos.

Los militares ponen una bomba, los medios acusan a la guerrilla, el proceso de paz tambalea, los medios realizan una campaña perfecta de desprestigio, recuperan fotos y archivos viejos y entrevistan a un amigo de la paz y a tres amigos de la guerra. Conclusión: la paz es un embeleco. Después todo vuelve a ser como antes. Se supone que Gabo humaniza a Bolívar, sin ser historiador, en El general en su laberinto, y otros escritores desacralizan al héroe de cinco naciones. El ejército criollo cuenta en sus filas con escritores. En la creación de sus mitos Eduardo Galeano adopta una postura regionalista y heterodoxa. En una perspectiva localista Jorge Ibargüengoitia pone en duda la versión popular, que a veces origina y a veces copia, la historia de México. Más por ética que por patriotismo, desean enderezar la historia, como los novelistas históricos, para restituir la soberanía simbólica a los “pueblos asiáticos”, como diría Marx. Tal acto de justicia puede ser el motivo que llevó a Jorge Zalamea a rescatar la poesía nativa olvidada e ignorada. Por no haber obtenido el premio Nobel, la obra de Zalamea es periférica y sólo interesa a los lectores de la academia. Las literaturas centrales siguen llegando al país vía España. España es Europa y Colombia es un remedo de los Estados Unidos en arte, sensibilidad y progreso.

Nadie puede contra los lugares comunes que se erigen en verdades en el imaginario popular. Dicen que Becket fue secretario de Joyce y que Vallejo (no el de acá, el de allá) murió un jueves con aguacero. Con Carlos Gómez y Gabinho, letrado y librero, hablamos de literatura en el Boulevard y, como siempre, sale a relucir el nombre de Ezra Pound. Por qué antisemita, pregunta Carlos. El fascismo estuvo de moda desde 1918 cuando el ideólogo y jefe, el condotiero Mussolini, valiéndose de símbolos ancestrales, dirigió la marcha sobre Roma. El nazismo y el fascismo hicieron causa común por motivos económicos. Despreciaban a los judíos porque encarnaban la usura, la acumulación de capital y el oficio de prestamista. El nuevo sistema corporativo, alternativa a la desigualdad económica capitalista, atenuada con una democracia representativa, el nuevo sistema colaboracionista, alternativa a la dictadura de clases del proletariado, generaba simpatía en los intelectuales y artistas cansados de la dictadura del capital financiero. Las películas de la MGM y otras productoras judías dicen que el motivo fue racial. El ser humano es perezoso y prefiere copiar esta verdad mediática a sacar sus propias conclusiones. Si el detonante fue el odio racial, ¿por qué los arios se unieron a los latinos de Mussolini, a los súbditos de Hirohito, pequeños orientales de ojos rasgados, y ayudaron a los morenos, ibéricos mezclados con moros, del general Franco contra los republicanos?

Barroco es el arte y la literatura de la Edad de Oro, especialmente la picaresca, Lope, Quevedo y Cervantes. Cualquiera lo puede percibir, no sólo el Valle Inclán de Tirano Banderas. Según el maestro español, “esperpento” es un estilo de escritura que consiste en buscar el lado cómico en lo trágico de la vida. Tragicómico es que antes los presidentes eran payaneses y hoy pueden ser de cualquier parte. Lo importante es que sean avispados y entiendan el guiño de ojo de sus patrocinadores. Antes las campañas electorales eran financiadas por los amigos del político con la esperanza de obtener puestos oficiales y contratos. Hoy las campañas son financiadas totalmente por los contratistas. El mundo cambia. La idiosincrasia es más respetable que el poder. Por eso el tono proteccionista del anterior presidente en sus reuniones comunitarias, la democracia del carriel, “Mijito, tome su cheque para que invierta en su tierrita”. A veces escuchamos en Youtube viejos videos que nos recuerdan el acento pausado y quejumbroso de Betancur, la voz gruesa y amortajada de Turbay y el dejo paisa del penúltimo presidente, campechano y paternal.

 


NOSOTROS LOS MORTALES

 

En Cuba queda Lezama Lima, pero su formación poética es anterior a la revolución, a esta no le debe nada, igual que Eliseo Diego, Felix Pita Rodríguez, Virgilio Piñera y Cabrera Infante. Este último encuentra la oportunidad de exiliarse cuando la revolución apenas arranca (era funcionario del gobierno), fija su residencia en Londres y vive a una cuadra de Vargas Llosa, con quien conversa frecuentemente y construye una bonita amistad fortalecida por la coincidencia ideológica. Quedan Carpentier, dirán, Nicolás Guillén y Fernández Retamar. Llegan muchos escritores latinoamericanos de izquierda, entre ellos Óscar Collazos, que a raíz de un artículo en el prestigioso semanario Marcha se hace famoso hasta su muerte hace una semana.

Los tiempos han cambiado, los grandes autores del boom han muerto, se acabaron las dictaduras militares que inspiraron obras importantes, El otoño del patriarca, El recurso del método, Yo el supremo, las expectativas revolucionarias retrocedieron y en su lugar la democracia eligió gobiernos de izquierda, fundadores del socialismo del siglo XXI, que paso a paso llevan a cabo reformas moderadas en sus países, nada semejante al cambio estructural violento que aleccionaba a los manifestantes de los años setenta. Alguien despojó a los escritores de ideología, un conjunto de ideas de toda  clase, no sólo políticas, que animan las obras. Nadie pudo hacer cambiar el concepto de novela ni el estilo cauteloso de la generación posterior a Gabo, la misma que creyó posible forjar la obra universal evitando la incorrección gramatical.

A Colombia le fue bien en el postboom y es el país cuyos escritores, según la crítica y el mismo Vargas Llosa en su presentación de los finalistas del premio que lleva su nombre, tienen la mejor proyección internacional. La industria editorial ha decaído, no obstante el tamaño de la población nacional y los movimientos existentes, especialmente los silenciosos y visibilizados que se tomaron las páginas de internet, constituyen el soporte de los cien novelistas importantes que pueblan el mapa literario en la actualidad. Los hay famosos, conocidos y promesas, o promesas conocidas que obtuvieron importantes galardones como Daniel Ferreira, premiado en Cuba, México y Argentina, o Adelaida Fernández Ochoa, Premio Casa de Las Américas de novela, y otros como Pilar Quintana, que podrían despuntar a futuro, si dios lo quiere.

Para quienes consideran determinante la correlación entre literatura y sociedad, la violencia colombiana jugaría un papel no sólo en los temas sino en los tratamientos utilizados por los novelistas jóvenes. La crítica académica última, que desconozco, podría conjeturar que la violencia política (Los ejércitos de José Evelio Rosero o Las tres orillas de Fenys Tovar) y la cotidiana (La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo o Satanas de Mario Mendoza) es inspiradora de la mejor ficción con obras convincentes que desplazan los juegos retóricos o florituras, como dice Jaime Vélez, de autores de la generación postgabo. Hay quienes escriben temas morbosos, quienes se cuidan de no equivocarse y quienes buscan equivocarse, con una postura desafiante, en la forma y el contenido.

Al contrario del pasado, la inmoralidad de los novelistas contemporáneos no asusta a nadie. Ante obras como Satanás, Sin tetas no hay paraíso o La puta de Babilonia los jerarcas de la iglesia hacen un mohín de indiferencia, el gobierno no recoge los libros para impedir contagios y las familias ven la versión telenovelada en sus hogares como un entretenimiento antes de acostarse. Los muchachos disfrutan ruidosamente las obras de Fernando Vallejo y nadie puede decir que las obras del escritor paisa sean malas. En el Ministerio de Educación ningún funcionario enciende las alarmas y no se sabría cómo después de constatarse que las editoriales extranjeras asentadas en el país, que premian a los colombianos, publican sus obras, las distribuyen por el mundo y negocian las traducciones, generan empleo y contribuyen al crecimiento económico. Como decía Marx, en el capitalismo prima la razón económica; economicista o consumista, dicen los profesores de sociología política.

Entre los setenta y los noventa, antes del postmodernismo tardío, antes del hipermodernismo, los escritores pretendían escandalizar a la sociedad con obras sexuales, con tramas, conflictos y muertes pasionales, y es lo que dice Aguilera Garramuño que le dijo Álvarez Gardeazábal, que los temas han cambiado. El género violento le gana la batalla al romanticismo. Algunos escritores no se dan cuenta que por culpa de los temas viejos su obra incompleta o su nombre terminan en el cuarto de San Alejo. No diremos que Wikipedia haya reemplazado a la crítica profesional, pero cuando se trata de verificar la importancia de un autor los internautas le preguntan a la enciclopedia virtual más grande del mundo. Como dijo el poeta latino, si no estás en Wikipedia, no estás. Lo peor es que un autor avispado como Potdevin toma tus trabajos y títulos de escasa circulación para hacer unos pequeños cambios estilísticos y sacar provecho. Parece que esto mismo está ocurriendo con Breve historia de todas las cosas, título del que se apropia abusivamente Ken Wilber.

Haz lo correcto, dice el padre. Si de ética se trata, en vida y en obra, tenemos a Óscar Collazos, pensando siempre en respetar el derecho ajeno y en hacer el bien. Quizás Collazos habló del asunto en sus artículos periodísticos o en privado, desconozco sus aproximaciones políticas, pero en vista de la claridad ética y política de sus textos, podría sospechar que le solicitaron ser candidato de algún partido socialista o liberal, incluso hasta del mismo Centro Democrático, considerando que el autor de Tierra quemada trabajaba en El Tiempo, periódico declaradamente uribista. En general, los escritores evitan quemarse en política, salvo hombres apasionados e ideológicos hasta la médula como Vargas Llosa, que arriesgan su reputación y su libertad en este oficio maldito. Los escritores condenan el accionar de la política y los políticos reaccionarios, sin estar dispuestos a lanzarse a la contienda electoral y ensayar el protagonismo gubernamental.

Hay mucho por hacer en el campo cultural y es lo único que justificaría la libertad del escritor para escoger un camino menos escabroso. Los escritores pueden seguir hablando de autores y libros, peleando por ser los más duros en el conocimiento de un autor o por un premio poético que creyeron merecer, que perdieron cuando estaban seguros de ganarlo. Escuchemos un momento la polémica, está interesante, mientras tanto,  dejemos que los presidentes, los congresistas, los asambleístas, los concejales, alcaldes y gobernadores, los ministros y los funcionarios, los jefes y los subalternos de la institucionalidad, toda esa caterva de politiqueros manejen las riendas del Estado, que conserven el mando desde su poder de mierda, como dice una amiga.

En una reunión de los editores de la revista en Dapa, donde Edgar Ruales, se leyó un texto de Collazos sobre el olvido de los escritores, un tema que nos preocupa desde hace tiempo. Por mi parte, estaba preparado para escuchar algo de Collazos, después de leer La ballena varada, hace un año apenas, intentar sorprenderme vanamente con Batallas en el monte de venus y hacer un seguimiento a sus artículos periodísticos. Analizamos el argumento de Collazos y la conclusión a la que llega: los escritores son olvidados porque no hay lectores y porque las universidades no implementan programas que se conviertan en foro literario. Completamos las ideas de Collazos con otros apuntes como la importancia de la crítica, la noble labor de las revistas y, principalmente, la figura del editor, agente literario o consejero de negocios intangibles.

Después de un periplo intelectual admirable por los centros culturales del mundo Óscar Collazos (Bahía Solano en 1942 - Bogotá en 2015) regresa a Colombia para ocupar un lugar destacado entre escritores e intelectuales. Todavía se cita la controversia Collazos-Vargas Llosa-Cortázar cuando el colombiano era funcionario de Casa de Las Américas y se recuerda vivamente la publicación producto de la controversia hasta que Vargas Llosa, en una gentil solicitud, ordenó archivar para siempre. Por eso el libro no ha vuelto a circular. Además, el espíritu revolucionario quedó en el pasado y así como desaparecieron los libros de Marx, el libro de Siglo XXI fue borrado del catálogo de la editorial mexicana, sin dejar rastro alguno. No recuerdo exactamente el título del libro pero quizás decía revolución en la portada. Sería fácil rescatar el título y hasta su carátula apelando a la magia de Google, pero no vale la pena escarbar en un tema proscrito, la política.

Como dije anteriormente, Collazos no me convencía, tampoco RH Moreno Durán y tantos otros novelistas que han muerto dejando una cuantiosa bibliografía. Fue por la lectura de La ballena varada, una novela infantil, que el nombre Collazos sonó nuevamente, después de muchos años, desde cuando en Cali se leía Son de máquina y el nombre Collazos estaba asociado a Umberto Valverde. Era inevitable hablar de Collazos y enseguida mencionar Bomba cámara o hablar de Valverde y destacar El verano también moja las espaldas. Leí que La ballena varada había ganado un premio y por ahí me animé a intentar nuevamente sacarle gusto a Collazos. También conté con la suerte de encontrar el libro en una librería de viejo, el estante exhibía varios ejemplares y podía haber más en Santa Rosa, Librería Brother, Atenas o el chuzo de don Vicente, de haber ido sólo por curiosidad. La novela fue publicada por Norma, cuando Norma era Norma, cuando con cierta ingenuidad y ciertos directores despistados, la editorial colombiana quiso conquistar el mundo, creyendo que bastaba con hacer las cosas bien.

No sabemos si, como consecuencia del olvido, del no ser en la memoria popular, la industria editorial pierde o gana, si recupera su inversión o se declara en quiebra. Lo que sí sabemos es que el colombiano es un pésimo lector. En su artículo Los olvidados Óscar Collazos dice que los buenos escritores desaparecen porque la gente pierde el interés en ellos. En otras épocas los escritores debieron morirse para gozar del éxito postrero, en cambio hoy sufren de dos muertes, la muerte natural y la muerte simbólica. No son días sino largos años los que persiguen al artista con homenajes y premios, pero de repente este muere y el tingado cae aparatosamente. Los “buenos” escritores son olvidados rápidamente porque la gente no lee. De acuerdo, la gente que no lee tiene cartas en el entierro del escritor olvidado. Los escritores se eternizan gracias a los lectores, pero cuando estos escasean el destino no es otro que el silencio. Tratándose de un escritor a la caza de la universalidad, a Collazos le preocupa la tradición y los procedimientos para permanecer en la memoria, para trascender su tiempo. Le pide a la universidad que actúe para detener el olvido que somos.

Para ser justos digamos que el olvido no es solamente por la nulidad de lectores que tenemos, sino también por las leyes de la vida. Son muchos los que nacen en cualquier rama de la creación y son pocos los que sobreviven. De mil empresas fundadas, emprendimientos quiméricos, prosperan una docena; igual ocurre en la novela y entre los novelistas, de mil obras publicadas son reeditadas y traducidas una docena. La inmortalidad no es una obra en curso, es la obra leída y releída. Todos soñamos con ser Joyce. Mientras gozamos de popularidad por haber escrito algunos libros y haber tenido un espacio destacado en publicaciones periódicas de nuestra época, por haber pergeñado alguna pequeña idea en un semanario de provincia o porque la suerte nos puso en el momento justo en la capital de la república, todos nos creemos inmortales. Todos lanzamos una ópera prima de tiraje limitado que, no obstante, aspiramos a que ponga de cabeza el orden establecido. Todos discurrimos con expectativas de eficacia y cuando vemos nuestro nombre en el suplemento cultural más leído de la localidad creemos ver crecida nuestra alma de poeta y queremos volar lo más alto, no como Ícaro, alto referente para el debutante, sino como pichón de gavilán.

Todos fuimos inexpertos en las primeras salidas del hogar con el propósito de conocer el mundo y todos aprendimos a comportarnos dócilmente, refrenando nuestra rebeldía juvenil, antes de penetrar en los círculos sociales, en los cenáculos del arte, donde nos esperaba un maestro cuyo hablar pausado y sutil elegancia en la conclusión desbarataba el trabajo de meses. Siempre que vemos a un joven precoz o a una joven brillante con sus poemas esperando el turno recordamos las palabras del maestro que dijo, como el astrónomo de Khayyám, “me preocupa que los jóvenes miren a las estrellas y descuiden la tierra”. Leyendo a diario los poemas, cuentos y reflexiones en internet, de miles de autores nuevos, casi todos desconocidos al otro lado de la frontera, nos duele pensar que pudieran estar perdiendo su tiempo y su tranquilidad en una labor estéril.

Somos testigos de la virulencia vanidosa en las redes y somos incrédulos pues de repente surge la duda de si esos nombres hicieron méritos para repetir los sitios y las fechas de sus hazañas. Vemos miles de aficionados, entreverados con profesionales, que alardean de una escasa obra ante miles de seguidores virtuales. Un clic produce el efecto de aplausos prolongados y multitudinarios. Vemos artistas más volados que otros, más creídos, más soberbios, porque les pusieron “me gusta”. Sin embargo, no es por eso que Facebook, la red más potente del mundo, eliminará me gusta. Quizás los más ordenados portan un cartabón para medir su crecimiento, como quien mide la estatura del siglo, y según los resultados miran al prójimo.

Nadamos contra la corriente y utilizamos un lenguaje incomprendido para distinguirnos de los demás, nos burlamos de los conservadores y de los conservacionistas, de los creacionistas y de los evolucionistas. La gente convencional no tiene la culpa pero nos parece ridícula. Somos herejes, actuamos como héroes y desafiamos el peligro nocturno. Somos lo que seremos para no morir de aburrimiento y tener el derecho de evocar actos suicidas, utilizando ardides fabulosas para vencer a Goliat, cual David que no cesa en la persecución del gigante que escapa a toda carrera. Somos seres temblorosos que aprendemos a caminar sin ayuda por los pasillos de la cárcel, reprimiendo la tentación de sobornar a los jueces, hasta donde lo permite nuestra honestidad y coraje. Somos aquellos que quisimos oponernos a la tiranía del dinero y seremos los mismos que corrieron con la muchedumbre detrás del señor Houdini y su espectáculo de jaulas, candados y escapes maravillosos.

 


LA NOVELA DEL POSTCONFLICTO

ESTÁ EN PELIGRO

 

Parece haber crisis en el mundo literario y en el mundo de la política por culpa del señor Vallejo y del señor presidente. El primero se ha opuesto rotundamente a la paz y el segundo ha realizado un simulacro de autoridad.

Por su novela La virgen de los sicarios Fernando Vallejo fue elogiado merecidamente, incluso por lectores que desconocían Logoi. Pasó el tiempo, Vallejo arremetió contra los presidentes, escribió varios bestseller, demostró su preferencia por los animales, obtuvo premios y, para rematar, dijo que la paz era una farsa  y que las Farc y Santos eran unos bellacos. En fin, refundó el anarquismo. Visto el asunto generacionalmente, Vallejo dijo simplemente lo que los jóvenes rebeldes celebran y los viejos anquilosados rechazan.

Esta vez no hablaremos del maestro Vallejo, pese a que sus comentarios inducen a preguntarnos si el matrimono literatura y política todavía funciona como al comienzo del boom. Vargas Llosa, autor de García Márquez historia de un deicidio, tesis de maestría que se volvió libro de ensayo, fue gran amigo de Gabo hasta la pelea de celos que terminó en odio. Los investigadores dicen que la pelea fue un pretexto para romper con la revolución de la que Vargas Losa estuvo enamorado. Con el paso de los años Gabo estrechó su amistad con Fidel y la revolución cubana, indiferente a la labor de su examigo de condenar el totalitarismo de la isla.

Para un literato como Vargas Losa no existe una segunda oportunidad, a ver si hablando con el líder corrige el rumbo de la revolución. En las parejas normales, en cambio, surge la duda de si las peleas pueden evitarse. Se llega a un punto en que, por la prevención acumulada en las riñas, cualquier gesto inofensivo es un golpe bajo. Los amantes creen que no se aman, pero aun así intentan una segunda oportunidad con la fórmula del diálogo constructivo y la sombrilla de la tolerancia doméstica. Vuelven a quererse una, dos, muchas veces hasta que descubren que la reincidencia es adictiva.

El mismo cuadro de intemperancia se observa en China, Australia, España, Turquía o Colombia, los seres humanos siguen el mismo patrón de conducta y las parejas se atacan con saña por motivos ajenos a su voluntad. En un matrimonio debilitado por la desconfianza cualquier pequeña equivocación ocasiona una pelea vergonzosa. Algunos se enojan un rato, otros necesitan días, semanas, meses para cicatrizar las heridas de la discordia. Si el hombre es especialista en provocar una tormenta en un vaso de agua, si es la mujer, si son ambos, no se sabe.

–Debes sacar la mantequilla de la nevera una hora antes

–¿Por qué, amor?

–Sabes que a mí me gusta blanda.

–¿Blanca?

–No te hagas, blanda…

El acercamiento entre el gobierno y la guerrilla, no enamoramiento y menos matrimonio legalizado, pende de un hilo. Siguen los muertos de lado y lado como consecuencia de la guerra. Los que mueren de un lado son héroes y los que mueren del otro son bandidos. Es lo que no se explica el reportero de guerra. El presidente ha dicho que la paz debe tener un plazo y los medios de comunicación han reproducido la noticia con alborozo. Los políticos, los periodistas, la opinión pública olvidaron que así era como manejaba la crisis el anterior presidente, haciéndose el fuerte, “te doy en la cara marica”, insultando a los delincuentes de la guerrilla. Con ese tono de aquí mando yo fue como nos vendieron el neoliberalismo, con plazos, con eficiencia, con gerencia pública, con pragmatismo.

Es un hecho que el capital inteligente ha superado en capacidad y rentabilidad al capital físico, los software aplastaron a esas gigantescas máquinas de acero, esos dinosaurios de la industria que los escolares miraban asombrados en sus visitas al mundo del progreso. En ese sector inteligente trabaja gente experta en meterle el dedo a la boca al ciudadano común y corriente. Esta gente sabe que el ciudadano no procesa los siete bytes de Simon y ni siquiera hace las relaciones elementales entre el ayer, el ahora y el mañana, como espera Jodelet.

El presidente habla de un plazo y el ciudadano imagina un plazo de meses, no de años. Esto es muy loco, no tiene ninguna logica, no deja pensar históricamente. Digamos que la causa de la guerra es la injusticia social y la injusticia social es un proceso no de meses sino de décadas o siglos. Claro, amigo lector, la objeción es válida,  es posible resolver un problema de siglos en un segundo, con una gran idea, pero los problemas estructurales, paradigmáticos o culturales necesitan más tiempo. La injusticia es un problema estructural.

El sector armamentista, que es poderoso, y la casta militar, que vive de la guerra, se oponen al proceso de paz, y su trabajo es fijar bien los pies en la tierra, hoy mismo, sin necesidad de hacer proyecciones y menos de remitir a la historia. No puede esperarse que los escritores que hacen novela histórica planteen esta problemática, dado que su concepto de historia es romántico, las manías de Napoleón o los amores de Bolívar, la incertidumbre de Pedro o la humanidad de Cristo. El lector hace un reparo, hay un conflicto, hay un actor principal y hay un desarrollo del tema. De acuerdo.

Después de la revolución epistemológica pareciera que la historia, viéndose en la necesidad de abordar estructuras y procesos, con cabeza fría, legó a los novelistas el derecho a contar apasionadamente la vida de los personajes. No todos son Pound o Joyce para introducir en la novela cifras y mapas conceptuales. El presupuesto militar debe estar en 30 billones anuales y hasta hace poco, según datos oficiales del Dane, Planeación, Ministerio de Hacienda y Banco de la República, superaba al presupuesto educativo. Este presupuesto elevado de un país endeudado en 100 mil millones de dólares, que hizo su ultima guerra en Corea, en el lejano oriente, por allá entre 1950-1953, es de locos.

¿Qué dice Wikipedia? “De los 5100 combatientes colombianos que tomaron parte en el conflicto asiático, 111 oficiales y 590 suboficiales participaron en operaciones de guerra y el resto en la vigilancia del armisticio, recibiendo para el efecto el mismo entrenamiento intensivo de los anteriores. El saldo final de la guerra para el Batallón Colombia fue de 639 bajas de combate distribuidas entre 163 muertos en acción, 448 heridos, 28 prisioneros que fueron canjeados y 47 desaparecidos. Eso le permitió a Colombia en términos humanos figurar en el listado de naciones libres defensoras de la libertad y la democracia de acuerdo con el perfil político de la época”.

A todos se les olvidó que las fuerzas armadas o fuerzas militares se inventaron para defender un país del enemigo externo, por lo que parece sensato que el general Pinochet o Videla utilicen el poder para destituir gobiernos elegidos democráticamente. Las fuerzas armadas no necesitan dar golpes de estado para defender la injusticia. Importada al continente para detener el avance del comunismo mundial, el marxismo-leninismo, la doctrina de la seguridad nacional, invento norteamericano, sustentó los golpes de estado como una fase superior de la represión de los opositores.

Tras el triunfo de la revolución anticolonial de Bolívar o postcolonial de Castro, las nuevas fuerzas armadas o una mezcla de las viejas con las nuevas adquieren la responsabilidad de mantener el orden público. Orden público es un término polisémico que significa varias cosas, status quo, estado de cosas, fin de la historia, desaparición automática de la injusticia, verdadero país, reino de la libertad, materialización de la utopía del hombre nuevo. En la revolución triunfante burguesa, como diría Marx, se detiene el desarrollo social, no es posible pretender nuevas revoluciones y quien se atreva es un bandido.

Las fuerzas armadas harán su trabajo, sin faltar a la disciplina, incluso si el estado de cosas se convierte en un sistema oligárquico de injusticias, represión, corrupción y pobreza que el pueblo acepta con resignación. Las fuerzas armadas fraternizan con las anomalías de la democracia y rechazan virtuales cambios jurídico-políticos que amenacen su existencia. Por eso el presidente le ha dado plazo a la revolución de escritorio en La Habana y le ha dicho a las fuerzas armadas que pueden estar tranquilas, que seguiremos con nuestra democracia de mercado o sistema capitalista. No habrá más guerras de Corea, los problemas internacionales serán resueltos por guerreros entrenados en sacar partido de los TLC que él país firmó.

El presidente sabrá pensar con lógica, por algo estudió con personal inglés en la London School. Además es un estratega de guerra, lo demostró cuando fue ministro de defensa de Uribe. El presidente sabe que conversaciones de paz es una cosa, sometimiento es otra, sin embargo sus palabras quieren decir “tienen tal plazo para que entreguen las armas”. Los guerrilleros no dejarán las armas si la injusticia y el monopolio del poder, que hicieron que se rebelaran contra el estado, sigue igual. Pese a la discusión y firma de acuerdos en varios temas de la agenda, el presidente le dice a los ciudadanos que obligará a los guerrilleros a no demorarse en la paz.

En estos apuntes para la novela del postconflicto se consigna otro hecho de corte surrealista. Los anteriores presidentes no quisieron reconocer que Colombia vivía una guerra civil, que existía una fuerza rebelde, que esta fuerza rebelde tenía fines poíticos. A veces le hicieron creer al ciudadano que los guerrilleros eran bandoleros, gente sin ley, terroristas, otras veces que eran prosoviéticos, castristas, comunistas, unas veces delincuentes en pos del botín, otras veces revolucionarios ateos, el demonio del que habla la santa sede, y así fueron creando la matriz de opinión. Es difícil para un presidente cambiar el discurso o al menos explicar que el gobierno negocia con delincuentes que utilizan palabras, no cuchillos, que son los mismos de siempre pero no son.

Supongamos que el presidente ordene a sus delegados que se levanten de la mesa y declaré oficialmente el fin del ensayo de paz. A los novelistas les tocará aceptar la realidad de la política nacional y seguir retratando la violencia en sus distintas formas o, como dicen en sus comunicados otros guerrilleros, los del ELN, en sus distintas expresiones. Supongamos que los guerrilleros levanten el hombro, como muchacho desjuiciado, ante la decisión presidencial, que no busquen apoyo internacional para salvar el proceso y vuelvan con su mochila al monte a seguir la guerra. En ese caso se frustrará la aparición de la novela del postconflicto.

No está en los planes del novelista consagrado competir con jóvenes escritores y sabe el viejo que cambiar de género es verraco, así pasar de la novela de la violencia a la novela del postconflicto parezca un pequeño salto. El que no alcance a adaptarse tendrá que seguir contando las atrocidades que conmocionan a la gente de bien. El género de la violencia debe ser duro para los novelistas, debe representar un alto costo emocional que no compensa la satisfacción económica y estética, pero les toca porque es lo que quiere el mercado. Un novelista de la violencia recrea una situación dramática con un estilo propio, no es un panfletario ni un agitador, es un artista que se gana la plata honestamente.

Si repasamos el número de éxitos literarios de la última década o los sucesivos grandes premios obtenidos por los escritores entre 1960 y 2015, desde Viento seco, la primera en su género, veremos que los resultados no son malos. No vale la pena presentar la extensa lista de novelas de la violencia, más bien digamos que son 300, como pueden ser 20 o quizás 1000. Si se acaba el proceso de paz, la crítica podrá volver al mundo de la guerra y sus diversas manifestaciones y elaborar por encargo de una importante casa editorial alemana un riguroso inventario de la novela de la violencia para tener cifras exactas.

No se trata de macartizar ni de estigmatizar un oficio, todo novelista tiene derecho a escoger el tema que desee, el que se ajuste a sus limitaciones narrativas, por motivaciones personales o por presión de las obligaciones contraidas con la industria editorial. Por ello es improcedente denigrar el género y sus cultores, visitar los talleres literarios, pedir permiso al director para compartir una infomación importante y denunciar con nombre propio el oportunismo de los novelistas que hacen plata, como la prensa amarilla, alimentando el morbo y la obscenidad de cierto público.

El presidente termina su período y se va con una buena pensión a vivir otra vida, los militares hacen ejercicios de guerra en el cuartel, el guerrillero se va al monte a seguir con la rutina de hace décadas, militares y guerrilleros se siguen matando. ¿Y el novelistas qué, hasta cuándo su trabajo dependerá de cambios políticos y sociales? El novelista no es el ingeniero que proyecta el futuro, salvo que haga literatura de ficción. Ningún novelista predijo en los años setenta el surgimiento de la narconovela. Nadie esperaba un cambio en la noción de novela, no determinado por la estética del arte por el arte o el compromiso del escritor, sino por las oscilaciones del mercado editorial.

Si se acaba el proceso de paz se aborta la criatura que algunos imaginan en su cabeza. Le comenté mis preocupaciones a un amigo que también quiere ver caras nuevas en la novelística colombiana. Me respondió con una anécdota. Escribí en mi blog que no tuvimos el gran crítico de la novela de la violencia y no tendremos el crítico del posconflicto (obsérvese que lo escribe sin t). Un lector de mi blog escribió al día siguiente: ‘Amigo, no se preocupe antes de tiempo, todavía no se ha firmado la paz’. Le respondí de inmediato: Ray Bradbury ficcionó la conquista de Marte sin esperar a que sus compatriotas lo conquistasen. No sé si me dejé entender, en todo caso, expliqué que según la NASA los gringos estarán pisando suelo marciano el año 2050”. Estoy de acuerdo, dije, puede haber novela del postconflicto en medio del conflicto. Asintió con la cabeza y se despidió diciendo “nubarrones ensombrecen el panorama de la novela del posconflicto”.

Me preocupa por igual la suerte de la literatura de la violencia y del postconflicto. Diría que me preocupa más que a los críticos. Vivimos una época de transición como la vivió Rusia entre febrero y octubre de 1917 y Cuba entre 1953 y 1959. La transición es angustiante porque no se sabe qué pueda pasar mañana, incluso de madrugada, que es la hora en que actúan los violentos. He leído y releído la frase inteligente de Kundera y quiero acostumbrarme a la idea de que tiene razón, como siempre. “La novela no ha agotado sus posibilidades”, dice el autor checo. Bueno, al menos no dijo que la novela le hace caso a la teoría del eterno retorno de Heráclito.

 


NEPOTISMO EN LA CIÉNAGA

 

Todo el mundo debería saber qué es nepotismo y cuánto escozor produce en la piel. Ciertos hombres de Estado se degradan por aprovecharse de una posición privilegiada, por la ambición y la codicia, no porque sus enemigos les persigan, como dicen ellos. Tampoco es cuestión de imagen, como si esta subiera o bajara con la temperatura, y bastara con un publicista que emprendiera una campaña para repeler el desprestigio que ensombrece a su cliente. La palabra se escucha con más frecuencia en la calle y el fenómeno se debe a que un magistrado de la República es acusado de enriquecerse y favorecer a sus familiares en las instancias de poder y en su región. Los periodistas atacan al terrateniente, al latifundista, al usurpador de tierras por interpuestas personas, persiguen con cámara en mano (temibles paparazzis) a su esposa y al resto  de sus familiares. El magistrado resiste la embestida, manda a su mujer al extranjero para protegerla de la horda salvaje, vuelve a su trabajo a verse la cara con gente que ha pedido su renuncia.  Como siempre, el nepotismo aparece después de las denuncias de soborno presentadas por otro magistrado y cobra mayor interés gracias a los periodistas que no cesan en su labor de sabuesos detrás del hueso de la verdad. Hoy, con la tecnología, con la digitalización, en cuestión de horas se conoce el nombre y el rango del paramilitar que “compró” esas tierras, que revendió a la esposa del magistrado por unos pesos, miles de hectáreas que aparecen a nombre del jurista. ¿Qué paso? ¿El magistrado las compró a su esposa para dar la impresión de legalidad?

El escándalo tiende a crecer arrastrando la hojarasca de los hechos más allá de lo previsto. El remolino se ha vuelto tornado y cada día atrapa un nuevo elemento en su núcleo de corruptela y criminalidad. Los hechos son, en su orden de gravedad, compra de tierras robadas a campesinos desplazados y muertos por paramilitares, obstrucción de la justicia para impedir la investigación sobre el despojo violento de esas tierras, soborno por cuantía de ocho o más ceros a la derecha para ayudar a una fiduciaria, como dijo el otro magistrado, el denunciante, que se enteró por el abogado de la empresa, recomendación para puestos de trabajo en el Estado, tráfico de influencias, ataque a los colegas, acusar al acusador, eficaz fórmula para detener los ímpetus moralistas y generar caos, entre otros que cabe imaginar de buena fe. Bien asesorado, el magistrado ha reaccionado inteligentemente, no se ha corrido como un perdedor y ha dicho que es víctima de persecución política. Dice que quieren sacar del camino a todo aquel que se oponga a la impunidad de los guerrilleros. Puede que así sea, el presidente tiene fama de estratega y es posible que el nepotismo sea inducido a personas y familias prestantes con una doble intención y que se despliegue por todo el país (el presidente ha dicho que la ley de regalías, que prohíbe contratar obras y puestos en época electoral, es una tontería). Es posible que la operación nepotista empiece no en la capital de la República, como casi todo, o en Montería, capital del departamento de Córdoba, sino en Barranquilla, donde trabaja el abogado al servicio de amigos del vicepresidente.

En marzo el magistrado estaba contra las cuerdas, pero llegó la semana santa, la campana de descanso, y la noticia desapareció de los titulares. No obstante la fiscalía sigue trabajando y es probable que la investigación se reanuda con más ganas y el público manifieste su indignación por este escándalo que envuelve a una distinguida familia cordobesa. Por el apellido, algunos foristas despistados de las redes sociales involucran a otra familia, ampliando el radio de acción al departamento de Bolívar. El político de esa otra familia, famoso por haber gestionado la compra del voto que definió la reelección del presidente Uribe, no tiene que ver en este asunto, es más, nunca fue acusado de nepotismo, sino de pactar prebendas, notarías, puestos de trabajo para los amigos de la mujer, nada que constituya un delito. La congresista que votó por la reelección se defendió, mencionó a los emisarios que la llevaron al palacio de Nariño y recordó que el presidente le dijo en el baño, de rodillas, “haga patria, y todo lo que haya en Barrancabermeja, incluso que lo tenga Horacio Serpa, se lo vamos a quitar y se lo damos a usted". Yidis confesó su delito, dijo estar arrepentida, pero no se salvó de la ejemplar condena, está presa, mientras los reeleccionistas gozan de libertad y siguen participando en política. Se preguntará el lector a qué viene este comentario político o es que el sitio cambió de repente su objetivo, pasó de literario-cultural a político. El sitio es todo eso, decimos, es todo eso, el sitio se complace en aplaudir la labor de cientos de periodistas que exigen pulcritud en la gestión pública y la civilidad de los mejores escritores que castigan a los corruptos en sus columnas de opinión. Como resultado, le está yendo mal al magistrado. Pero hay que reconocer que este señor es un verraco, la tiene bien puesta, como decía ño Sangurima, porque cualquier otra persona en esta situación, ante la andanada de críticas, habría salido corriendo.

Los historiadores hacen novela y los novelistas historia, dijo German Colmenares en los setenta, y tenía razón. Hoy no es así, los historiadores volvieron a la historia, la historiografía o el método de la historia, y utilizan modelos, paradigmas, teorías, estructuras, categorías, registros y referentes de largo plazo (si no sería sociología lo que harían). Los novelistas, en cambio, siguen haciendo historias que mantienen en vilo al lector y opinan con sapiencia sobre temas importantes del presente o que se vuelven importantes por mediar la belleza del lenguaje, caso de Sartre, Gore Vidal, Vargas Llosa, etc. Cabe a los novelistas como profesionales de la ficción histórica en su vertiente política, que nos revelen el detrás de cámara de este incidente vergonzoso que conmueve a la nación. Nadie esperaba que un magistrado, la máxima autoridad en el ejercicio de la justicia, recibiera o arreglara un negocio para recibir 500 millones de pesos, y menos que este magistrado comprara tierras de campesinos muertos y/o desplazados por paramilitares y que acomodara en infinidad de puestos a sus familiares. No pedimos, exigimos, como dice la oposición, que nos digan qué pasó en el triángulo Bogotá-Córdoba-Barranquilla.

También exigimos que nos digan si esta es una jugada del presidente para descalificar moralmente a los enemigos de la paz, ya que en la lucha política no ha podido. En esta lucha tenaz que ha polarizado a la nación entre guerreristas y pacifistas, no entre liberales y conservadores, entre subversivos y demócratas, como en el pasado, el magistrado es la pieza clave de aquellos patriotas o de aquel grupo de oposición de la extrema derecha que pretende vencer a la guerrilla. Como reyes, reinas y torres en el tablero del ajedrez, no pueden dejar que los peones de la guerrilla se salgan con la suya, que impongan en Colombia un comunismo disfrazado de paz, más anticapitalista que el socialismo del siglo XXI, que pasen de contrabando un Estado federal en un país dividido en departamentos, que el gobierno se confabule con la guerrilla para asegurar que los bandoleros lleguen al Congreso, que además de ejercer el control absoluto de los sitios donde siempre delinquieron, pidan tierra para millones de desplazados cuya muerte ha sido demostrada por medicina legal y proyecten empoderar a indios y negros en cooperativas. En realidad, la situación es bastante delicada y el magistrado, en este momento, tiene la responsabilidad de salvar la patria. Generalmente se pensaba que un batallón respetuoso de las instituciones, con un Pinochet al frente, nos sacaría del pantano del comunismo, que bastaba un pequeño golpe de estado y un gobierno de transición para restablecer el orden, pero los acontecimientos pusieron al magistrado en este rol.

No sabe uno si las grandes conspiraciones de la historia tuvieron su origen en la gran prensa, en los medios de comunicación, en un gastado escritorio de un periodista engarzado en el boato y la buena mesa, pese a su salario mínimo. El magistrado podría ser la primera pieza importante del bando guerrero que cae ingenuamente en la trampa diseñada por los pacifistas, los mismos que según se comenta infiltraron al hacker Sepúlveda en la campaña de Zuluaga. Nada de raro tiene que haya gente de la CIA metida en esta misión. Somos el primer país aliado de los Estados Unidos en América Latina y la CIA nos enseña a comportarnos patrióticamente. Novelistas como Graham Green pueden raspar en el fondo de la olla y obtener las pistas necesarias para descubrir el revés de la trama. La mayoría de personas bien pensadas, bienintencionadas, no quieren admitir que el simulacro y la manipulación hacen parte del juego del poder. En todos los bandos se reclutan soldados de la patria entrenados para realizar una labor eficaz de espionaje o contraespionaje. Ellos aprenden a crear su propio lenguaje cifrado. Nadie se da cuenta. Cualquier periodista de cualquier prestigiosa casa editorial del país podría ser un agente encubierto, un provocador, un experto en confundir a la opinión pública. Siempre fue así. Se sacrifican, se exponen a ser descubiertos, a figurar en la galería de cobardes, a vivir en el ostracismo. Si logran escapar de sus perseguidores mantendrán la boca cerrada y el público, copiando la versión del gobierno, dirá que lo hicieron por una noble causa. Un novelista como Graham Green sabría dibujar el perfil del agente secreto disfrazado de periodista.

Periodistas y columnistas apuestan a que esta vez la justicia actuará con celeridad y eficacia. Están seguros de la existencia de pruebas incuestionables que la comisión del Congreso aceptará para proceder a un castigo severo que inhiba a otros magistrados. Los foristas de internet, en cambio, opinan que no pasará nada, pues el sistema se edifica en la arenisca de la democracia formal, no de la democracia real como pretendía Montaña Cuellar. Es una democracia representativa que escapa a la vigilancia de los electores. Cuando el pueblo se dirige a la mesa de votación el día de las elecciones para cumplir su deber ciudadano, al mismo tiempo los políticos llevan a sus hijos de la mano, como si fueran a la escuela por primera vez, para que aprendan el abecedario político, que comienza con la palabra delfín. Los hijos de los políticos, los delfines, aprenden a conseguir votos a cambio de promesas, una manera económica y fácil de llegar al poder. El sistema engendra y pare (otros dirían aborta) al magistrado, lo prepara juiciosamente en técnicas evasivas y lo blinda para contener la embestida del toro de la ley. No hay nada que temer, todo está arreglado, se han borrado del diccionario las palabras temor, adversidad, delito y soledad. El nepotismo es un trabajo en equipo, basado en la producción y reproducción de cofradías políticas, roscas que suscriben pactos de sangre para apoyarse y protegerse mutuamente si llegare a ocurrir una fatalidad. La comisión de acusaciones investigará la conducta del magistrado, todos sospechan, y lo dicen en voz baja, como si temieran ser descubiertos por torturadores profesionales, que se pondrá en escena un teatro de la justicia y vencerá la impunidad. El ciudadano observa el espectáculo con los brazos cruzados, perplejo, siente la impotencia del que no puede interrumpir la obra para reestablecer el orden, del que no puede hacer nada para impedir que la democracia sea burlada nuevamente y dentro de cien años nuevamente.

La imagen del magistrado saldrá ganando y con el tiempo, dentro de cuatro años, cuando vuelvan las elecciones locales, jugará a su favor para entrar en la baraja de nuevos senadores del partido de extrema derecha. Se ha visto que la imagen dañada de la persona es un buen negocio. Los estudiosos del posmodernismo lo saben y lo explican, la vida es un espectáculo donde todo es simulacro y cinismo, el morbo y la impudicia es preferible al estoicismo y la reticencia, la hibridez reemplaza a lo puro. Muchos están dispuestos a revelar conductas censurables y encuentra en los medios de comunicación los mejores aliados. La gente pide historias sangrientas, episodios morbosos de ejecuciones, como en el coliseo romano, aventuras de narcos despiadados, testimonios de mujeres de narcos que fueron reinas, novelas y películas sobre sicarios, confesiones patéticas de secuestrados o retenidos, declaraciones llorosas de reinsertados, en fin, relatos del fin del mundo. En la época moderna o premoderna  a nadie se le hubiese ocurrido ventilar sus asuntos personales, su intimidad, por un puñado de dólares de una casa editorial o una programadora de televisión. Las ansias de notoriedad de algún personaje excéntrico, que los había, merecían el repudio general y sus familias, por la vergüenza, no salían a la calle durante el día, solamente de noche para hacer algunas gestiones a la carrera. No todas las casas tenían teléfono para comunicarse, nadie salvo Dick Tracy, Julio Verne o Leonardo da Vinci tenía un maravilloso aparato como el celular para ordenar su pedido. En la pureza de la provocación, buscando sus quince minutos de notoriedad, hace un par de años Madona se dio besos con Britney Spears y renovó por trigésima vez su imagen apagada, Ricky Martín dijo que era gay y logró que la prensa mundial se movilizara en pos de una entrevista y una foto. Pero Paris Hilton realizó una actuación híbrida, posmoderna, hipermoderna, porque hace cosa de un mes fue a Cuba y mantuvo afectuosa charla con los hijos de Fidel Castro y esta noticia dio la vuelta al mundo. No hubo periódico, de derecha recalcitrante a extrema izquierda dogmática, que no reprodujera la noticia, que quería decir "Cuba se abre al mundo de Sodoma y el capitalismo".

La paz es factible, más que viable, en términos de ingeniería económica, y el presidente está tratando de hacerla sostenible. Cuando se escriba y publique el libro oficial de la historia de la paz los universitarios entenderán que un prócer fue Gaviria, otro fue Betancur, otro fue Pastrana, todos los presidentes que emprendieron la larga marcha del neoliberalismo, apertura democrática para unos, TLC para la mayoría. Por su parte, los desmovilizados de la guerrilla escribirán su versión de la paz y el florero de Llorente será el nepotismo de un magistrado. En el primer taller de redacción promovido por el gobierno y el sindicato antioqueño, el profesor dirá a los participantes, no les parece, muchachos, que debemos definir las palabras para hablar en propiedad de nepotismo. La tarea es encontrar el significado de la palabra, pueden consultar la semántica de Gutiérrez. Los muchachos no consultarán a ningún Gutiérrez en libros de papel, sino páginas de internet en las tablet recibidas del gobierno para actualizarse en TIC. Los muchachos tendrán la precaución de no ir tras una pista falsa, en trampas tipo Borges el poeta, no bajarán ningún pesado tomo XXI, sección C, página 740 de ninguna Enciclopedia Británica. Ellos llegarán a la reunión de taller con los resultados de la búsqueda en internet y dirán, profesor, según la RAE, nepotismo es la desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos. La palabra viene del latín, profe, agregará otro estudiante, viene de nepote, que significa pariente y privado del Papa. Mi consulta en el diccionario Larousse, dirá otro que por su manera de hablar parece bachiller, arroja que nepotismo quiere decir política adoptada por algunos papas de apoyar sistemáticamente a su familia o, por extensión, el abuso de alguien que utiliza su autoridad para proporcionar beneficios a las personas de su familia. Muy bien, buenas intervenciones, los felicito, muchachos, nos vemos en la próxima clase. No conforme, el bachiller levantará la mano y rematará diciendo: profe, ¿Nicolás Maquiavelo le recomienda al príncipe que se valga del nepotismo? Buena pregunta, pero dejemos la respuesta para la próxima clase.

¿Qué pasará con el magistrado? Escribirá un libro en el cual relatará la injusticia sufrida y recordará cuando el Libertador fue acusado de dictador; contará su versión del nepotismo en la ciénaga, un acto patriótico mal entendido, una ironía de la historia. No descartando la posibilidad de que la obra sea un bestseller, la editorial le pondrá todos los editores y correctores de estilo que quiera. No hemos tenido el privilegio de verlo en la televisión, en un importante programa de entrevistas, y no podemos saber si es un buen orador, si ha sido bendecido por la elocuencia y tiene talento para escribir bonito. Podría poseer un espíritu inquieto capaz de volar por las cumbres jurídico-políticas y al mismo tiempo interesarse en la novela, como Rómulo Gallegos, o dejarse acompañar siempre por un libro de Gabo, como Bill Clinton. No sabemos si ama profundamente a Gabo y si le nace hurgar en la psicología humana. Lo que sí sabemos es que, pase lo que pase, sus amigos de la política, los mismos que lo postularon en la terna para fiscal general y, luego de perder en la contienda, para magistrado de la República, saben convertir la debilidad en fortaleza. El magistrado terminará contando la verdad sobre su actuación patriótica, primer paso en su intención de lanzarse al Senado. Tiene chance, el hombre ha cobrado notoriedad en las últimas semanas y ha sabido defenderse de los enemigos de la guerra, que lo persiguen sin piedad por anunciar que no firmará la refrendación de la paz. El magistrado ha dicho, como adelanto de su libro, que con este montaje del soborno quieren detener a un crítico de la impunidad guerrillera que cocina el gobierno a escondidas del pueblo (¿por qué se instaló una Mesa de Diálogos en La Habana?).

Lo dicho anteriormente en el caso de que el magistrado demuestre su inocencia, termine su período y se jubile. Otro es el panorama si el magistrado es condenado y lo echan del puesto. En este caso su relación con la literatura se concentrará en la lectura de obras políticas recomendadas por sus amigos para que aprenda a sustentar la campaña al Congreso una vez recobre su libertad, Yo acuso de Émile Zola, Cóndores no entierran todos los días de Gustavo Álvarez Gardeazábal, Los elegidos de Alfonso López Michelsen, La verdad para la historia de Luis Guillermo Nieto Roa, Memorias Olvidadas de Andrés Pastrana Arango, La verdad sobre las mentiras de Santiago Medina, entre otros. Leyendo libros fue como el hombre llegó a ser gigante, buena lección para un magistrado que, quiera o no la oposición, terminará indefectiblemente en el Senado.

 

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NOTA

No se conoce de ningún magistrado en la picota pública que haya escrito una obra universal para callar a sus críticos. Nepotismo en la ciénaga es una reminiscencia de El guardián en el centeno (The Catcher in the Rye, 1951), para otros El guardián entre el centeno y El Cazador oculto, la famosa novela de Salinger que empieza así: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí”. Luego de este Holden Caulfield aparece otro chico malo, Pascual Duarte, que incorporado a la fábula de Cela inicia su historia de vida de la siguiente manera: “Como desgraciadamente no se me oculta que mi recuerdo más ha de tener de maldito que de cosa alguna, y como quiero descargar, en lo que pueda, mi conciencia con esta pública confesión, que no es poca penitencia, es por lo que me he inclinado a relatar algo de lo que me acuerdo de mi vida”. Para completar las asociaciones llega el gigante O’Brien con su gigantesca obra El tercer policía (The Third Policeman, escrita entre 1939 y 1940 y publicada en 1967, un año después de su muerte) cuyo protagonista, narrador en primera persona como los anteriores, dice: “No todo el mundo sabe cómo maté al viejo Philip Mathers, hundiéndole la mandíbula con mi pala; pero antes será mejor que hable de mi amistad con John Divney, porque fue él quien derribó primero al viejo Mathers, asestándole un fuerte golpe con un bombín especial para bicicletas que él mismo había fabricado con una barra de hierro hueca. Divney era un hombre fuerte, aunque algo vago y descuidado. En primer lugar, él fue personalmente responsable de toda la idea. Él fue quien me dijo que llevara conmigo la pala. Él fue quien dio las órdenes pertinentes y también las explicaciones cuando fueron necesarias. Yo nací hace mucho tiempo. Mi padre era un robusto granjero y mi madre regentaba una taberna”.

 


UNA MUÑECA RUSA EN LA REUNIÓN POR LA PAZ

 

Discurso ladrilludo es aquel discurso que se presenta lleno de lógica y contundencia, pero que el interlocutor olvida fácilmente, o sea, no le queda sonando en el oído, no le provoca emociones, no le conmueve. Tradicionalmente este discurso se dirige a la razón del oyente y prescinde de su sensibilidad y sentimientos. Es un discurso para entender, no para sentir, no es para provocar una preocupación existencial y salir llorando, como quiere Oliverio Girondo, el poeta de Interlunio, o para quebrar el orden de las cosas. Sería faltar a la verdad si dijéramos que los militantes de una u otra tendencia política siempre utilizan un discurso ladrilludo. No siempre, por ejemplo, en la reunión por la paz, un excombatiente, con limitaciones físicas producto de la guerra, habló emotivamente, nos contó pasajes de su historia de vida, y despertó los sentimientos del auditorio, que casi libera el llano. A veces no se sabe si la reacción es hondamente humana o sentimentalista, es como una raya trazada en la arena. El excombatiente pudo sobreponerse y plantear algunas propuestas a la mesa de negociaciones en La Habana. Habló una joven campesina, se notaba en su articulación verbal, al comienzo espontáneamente, hasta se reía para dentro, y poco a poco dobló por la esquina para decir prácticamente que gestionaba proyectos y se pagaba de ellos. La reunión era para hablar del perfil y la experiencia propia y para presentar propuestas que contribuyeran al fortalecimiento del proceso de paz.

Los demás hablaron en términos pragmáticos, como es obligatorio en política. Se veía que estaban habituados a hablar en público, con la sinceridad del hombre político cansado de la desigualdad y la injusticia del país. No he visto ningún noticiero de televisión, ningún video en internet, que muestre el discurso y el rostro del orador, sea del gobierno o de la guerrilla, en la mesa de negociaciones, pero supongo que mantiene la compostura, no se descompone como en las peleas de café, es coherente en su planteamiento y lo que dice revela su ideología y su política. Lo que resulta preocupante, más a futuro que para las rondas de corto plazo que faltan en este proceso de paz, es la manera de hablar de los protagonistas, como si obedecieran una orden superior a sus espaldas, como si no pudieran salirse del libreto escrito hace doscientos años. La base de las revoluciones, sea la política del siglo XVII, sea la social del siglo XX, sigue siendo la racionalidad de la causa esgrimida como justificación de un orden superior que entierra el viejo régimen. Es lo que llaman dialéctica de la historia. Hasta hoy, las noticias en la gran prensa llevan a creer que en La Habana se discute el fin de la guerra desde un punto de vista técnico. Aparte de algunas denuncias de indiscreción o deslealtad, en general los representantes de la guerrilla y el gobierno se entienden. ¿Qué pasaría si un negociador se incorpora en la mesa y le arroja el vaso de agua al negociador del otro bando? Para no caer en comportamientos extremos se fija como regla de juego el respeto y la utilización del discurso racional. No se admite el discurso incoherente de los poetas ni el sentimentalismo.

Todo lo dicho es suficiente para entrar en materia, para hablar de la paz, la muñeca rusa y las fórmulas del habla. Le llaman estructura formulaica y es un concepto popularizado por Ong, relativo al método de la tradición oral de las civilizaciones antiguas para recordar la historia. La estructura formulaica se verifica en la forma de la oración y en las relaciones entre el nombre, el verbo y el adjetivo, por decirlo así. La estructura formulaica es semejante a la gramática innata de Chomsky y al engrama (gramática neuronal) de Koestler, y es la que anula la amenaza del error o las contingencias de la improvisación. La estructura formulaica, en otras palabras, el discurso ladrilludo, es un mecanismo natural y necesario de la mente humana que busca asegurar la comodidad del hablante y la estabilidad del habla, y consiste en seguir pautas, patrones, modelos, matrices o clisés como derroteros de significado. El problema con el discurso ladrilludo en política es que desaprovecha el juego de la frase sugerente, la conjetura, la polifonía, la preguntas capciosa, el sarcasmo o modo irónico de hacerse entender y el arsenal de figuras retóricas a disposición del hablante. Podría plantearse la hipótesis siguiente, reuniendo a McLuhan y Ong: con la invención de la imprenta, con el nacimiento de la memoria artificial que tiene como soporte el papel, no las neuronas, el ser humano ha dado un salto gigantesco en el dominio de la figuras retóricas pudiendo desprenderse del discurso ladrilludo. ¿Será verdad tanta belleza?

Para no seguir hablando en abstracto, pongamos como ejemplo el trabajo realizado por Jaime Garzón en la televisión colombiana, la manera como ridiculizaba la vieja política y convertía sus programas en una escuela de formación política y poética. Hoy la palabra de Garzón, el profeta revelado, es la más citada en las redes sociales. Esa gracia del humorista, que otros llaman irreverencia, es lo que ha trascendido y hoy millones de personas ven sus videos y pegan los enlaces en sus muros de Facebook. De esa crítica a la estructura formulaica no se salvó ni el personaje de la oposición, el sindicalista, que aparecía con su típica vestimenta informal y su mochila mientras echaba su discurso ladrilludo. Los poderosos y mentirosos, los corruptos y los violentos, sufrieron sus sátiras y fueron objeto de escarnio público. Fue más su preocupación por el lenguaje, el estilo poético que se vale del retruécano y el doble sentido, lo que condujo a Cabrera Infante a escribir una sátira contra Castro [Exorcismos de esti(l)o]. Y fue lo que quiso hacer García Márquez, el periodista militante, en su mofa del tirano en El otoño del patriarca. La palabra es un arma de combate, decían los militantes de izquierda en los años setenta, cuando la revolución era un síntoma del romanticismo, cuando los nuevos partidos políticos de izquierda, que competían con el Partido Comunista, eran dirigidos por cuadros de la clase media, y cuando se leía diez veces más libros que hoy, tercer quinquenio del nuevo milenio, cuando son escasas las librerías.

No estuve en Hay Festival sino en una reunión por la paz. Esta vez me invitaron a la reunión del Frente Amplio por la Paz. No digo dónde se celebró por razones obvias, el lector sabrá entender. Este hombre está paranoico, dirán aquellos que olvidan fácilmente el lado infame de la historia. El exterminio de los miembros de la Unión Patriótica (UP) es un dato real, aunque el lenguaje de los medios quiera reducirlo a una cifra estadística. Tampoco menciono los nombres de los asistentes. Es una tontería, dirán los que saben de sistemas, nadie está exento del espionaje electrónico. Les asiste todo la razón del mundo. Una tablet puede tener 500 mil archivos, uno observa el tamaño de la población después del análisis antivirus. Basta con un archivo para conocer el contenido de la tablet. Un pequeño archivo puede detectar el lugar exacto donde se encuentra el usuario y su identidad. Uno lee las noticias y cree que Sepúlveda se metió con la paz de Santos. Así no es. Se metió con nosotros. Estamos más cerca de Andrómeda de lo que creemos. El archivo malicioso puede meterse en el correo y secuestrar los mensajes del Frente Amplio por la Paz. Ahí está la dirección electrónica de los asistentes.

En la reunión del Frente Amplio por la Paz estuvieron unas 80 personas. Vi al abogado Álvaro, al profesor Humberto, al profesor Henry, al otro James y al otro William. No había vuelto desde hace un año, cuando la reunión se celebraba en un hotel. No diré el nombre del hotel. Tienen mi correo, pero por algún motivo se olvidaban de enviarme invitación. En el hotel participaban no más de 20 personas. Si hoy la asistencia se multiplicaba por cuatro significaba, con elemental lógica,  que siguieron reuniéndose sin parar un instante. Por efecto de la constancia, otros se enteraban y llegaban a la reunión. Estos pasaban la voz a sus amigos o recomendaban sus nombres a coordinación. No había curiosos en la reunión, en su mayoría eran líderes de diversos sectores, luchadores sociales ampliamente reconocidos. Hablaron como quince participantes. Se escucharon propuestas, casi todas de carácter propagandístico, pero no faltaron las propuestas económicas, comunicacionales, ideológicas y organizativas. Habló un hombre de porte inmenso, dijo que apoyaba a una candidata a la Alcaldía (sé su nombre, prefiero mantenerlo en reserva) y bajaría recursos de cooperación internacional para el postconflicto, ganase o no su candidata. El director de un medio alternativo dijo que su periódico se enviaba a 25000 cuentas de correo. Ningún participante habló de tener sitio propio, un medio idóneo en las circunstancias actuales. Minutos después del cierre de la reunión, mientras saludaba a un amigo, el profesor Henry me invitó a unas cervezas. Lo esperé afuera veinte minutos y no apareció, estaría socializando o conociendo gente, se hacía tarde y decidí irme. Me fui como como un cobarde, como un desertor. 

Muchos amigos preguntan qué pienso del proceso de paz, de las conversaciones en La Habana, si esto es serio, un simulacro para ganar espacios de poder o una nueva muerte anunciada. Les digo que la paz se firmará porque es una necesidad histórica para todos los bandos, excepto para los guerreristas. El argumento económico es que ningún inversionista querrá venir a poner su plata en un país en guerra, corriendo el riesgo de sufrir un secuestro o la muerte por un lamentable error, uno de esos accidentes a los que nos hemos acostumbrado dócilmente. A nadie le gusta jugar sin reglas claras y aventurarse a perder su dinero. Quizás a los adictos a las maquinitas del casino que imitan deslumbrantes apuestas en Las Vegas. No todo es malo en la economía global y estas son las cosas buenas del TLC, que no es más importante que la vida. En este punto estamos de acuerdo, si el TLC es una promesa a futuro, la vida es ahora. La oposición política se opone a los TLC y busca la paz, de modo que podría caer en contradicción por querer la paz y odiar al mismo tiempo los TLC. Los profesores de macroeconomía han vaticinado que de firmarse la paz Colombia conocerá tasas de crecimiento abrumadoras. La paz tendrá impacto en otros flancos de la sociedad colombiana. Espero que los lectores persistan en la lectura de estos temas en otros medios de comunicación y puedan establecer por su cuenta las relaciones entre TLC y paz o entre cultura global y paz.

La reunión duró dos horas, fue gente prestante de la política de izquierda. Intervinieron más de diez personas, que dejaron una lluvia de ideas innovadoras. No hubo discrepancias ni discusiones acaloradas, no se presentó ninguna tormenta dogmática. Destaco dos cosas de la reunión por la paz: la presencia de personalidades que sobreviven a la larga noche del paramilitarismo y la guerra sucia y la permanencia de un discurso que, en términos generales, se empeña en ser ladrilludo. Si hicieran otra reunión por la paz con nuevos participantes, se escucharía un discurso similar: vigoroso, combativo, lógico, político, práctico. ¿Qué de malo tiene este discurso? Véase la introducción al comienzo de este comentario. Pero si se quiere contextualizar, digamos que malo es la expresión exclusiva o demasiado política del discurso por la paz, que se separa de la cultura sin medir consecuencias, especialmente de la literatura política acumulada durante varios siglos. En otra oportunidad tendrá un espacio bien merecido el tema de los sobrevivientes de la guerra, guerra desigual que fue declarada por un bando pero no aceptada por el otro. Hoy alcanzan las energías para hablar de literatura y política, de ideología y lenguaje, de géneros discursivos, sociolingüística o retórica en la lucha por el poder. La gente creerá, y los medios quieren que así sea, que la guerrilla y el gobierno firman la paz, que los guerrilleros se desarman, que participan en elecciones, y que todo sigue igual. No, señores, la lucha política sigue, la derecha, la extrema derecha, el centro y la izquierda seguirán utilizando estrategias para obtener ventajas en la confrontación política, en el escenario social e institucional, en el contexto nacional e internacional. Y el discurso cobrará una importancia inusitada.

Los medios de comunicación quieren hacernos creer que la guerra es la guerra y no se refieren al origen de la guerra, o no lo hacen en forma explícita, que la guerra es un estado de ánimo, como dijo un Papa a sus feligreses, o que no se sabe con qué nos saldrá la insurgencia. Los medios de comunicación, sus periodistas, sus editores y sus dueños saben más de lenguaje y su uso, su semiótica, que los académicos. Pero no saben tanto como lo escritores o contratan escritores para que opinen y se apliquen ellos mismos la censura. Hay temas vedados, hay temas tabú, y las cosas hay que decirlas con el debido respeto a las instituciones. Un periodista puede decir “viva la libertad de prensa” manifestando su apoyo a Charlie Hebdo y condenando la masacre de los caricaturistas, pero difícilmente dirá “viva la insurgencia”. Lógico, es un delito, es alentar a la violencia, es promover la lucha de clases. Pero no crean, los medios de comunicación se enfrentan a serios problemas en su manejo del discurso, pues al mismo tiempo que siembran dudas sobre las intenciones de la guerrilla, tienen que apoyar la política de paz del gobierno Santos. Creen que la guerrilla miente y que en las negociaciones se afectarán sus intereses, pero se ven obligados a apoyar al gobierno porque es el poder legítimo y el que maneja la chequera. Antes estaban con Uribe, hoy están con Santos. Los medios de comunicación son gobiernistas por naturaleza. Confiamos en que hagan la fila del arrepentimiento y el perdón.

Los medios de comunicación no han dicho que la guerrillera holandesa sea la muñeca rusa, la infiltrada en la mesa de negociación; sería absurdo porque la holandesa es una persona visible, ha ofrecido infinidad de reportajes y no es rusa. Los gobiernos rompían relaciones con la antigua URSS, con China y con Cuba, el eje del mal, y perseguían a los opositores políticos sindicándolos de conspiradores al servicio del comunismo internacional. Dijeron que Fidel Castro había conspirado en la muerte de Gaitán. Luego dijeron que Cuba entrenaba guerrilleros y era verdad. Dijeron que los guerrilleros sellaban pactos con los narcotraficantes y era verdad. Muchas cosas fueron verdad y muchas otras mentira, como los asesinos de Galán que se inventó el DAS y que propagaron los medios para confundir a la opinión pública. Hoy los medios insinúan que algo se trae la guerrilla, que tiene su as bajo la manga en las conversaciones de paz, que tiene una muñeca rusa. Esta muñeca es una mona que representa el espionaje tipo KGB. A los medios no les asusta la CIA sino la KGB. Persiste el temor de dejarse filtrar por el enemigo y quién sabe si la guerrilla sea el caballo de Troya. El delirio de persecución ha aumentado considerablemente en estos cincuenta años de conflicto armado. Es un conflicto imaginario, como decían los presidentes, porque si bien era declarado por un bando, el otro bando lo ignoraba olímpicamente. Este temor a una muñeca rusa se presentaba con toda seguridad en la reunión por la paz, “cuántos tiras hay acá, cuántos soplones, cuántos espías enviados por el enemigo”. Antes el enemigo de la paz era el gobierno. Con la administración Santos esta percepción ha cambiado. Sin embargo, en el gobierno hay más de un traidor, que en este preciso instante puede estar pidiendo la palabra disfrazado de estudiante.

La muñeca rusa no es ninguna espía, es la frase dentro de la frase, técnica apreciada por los escritores barrocos, Carpentier, Mujica Láinez, Severo Sarduy, Lezama Lima, Germán Espinosa, entre otros. La muñeca rusa (matrioska le llaman) es el nuevo estilo discursivo que se espera de un país que dice querer cambiar. ¿Qué pasaría si las propuestas en la reunión por la paz se hicieran en estilo barroco? ¿Sería el acabose o sería la manera de romper definitivamente con el conservatismo? ¿Espantaría a los militantes y simpatizantes o los obligaría a leer para seguir el hilo de las ideas expuestas? ¿Qué pensarían los delegados del gobierno si un comandante guerrillero hablase como el subcomandante Marcos o si un vocero de la insurgencia citara un párrafo de Celine tomado de su Viaje al fin de la noche? Eso estaba pensando en la calle, a unos metros de la entrada del lugar de la reunión, mirando para todos los lados, cuidándome de que las personas que iban en sus autos, que pasaban caminando o que estaban escondidas detrás de un poste no fueran a tomar fotos. Puede pasar que un pacifista imagine el futuro como en una novela, mientras otros hacen su trabajo policial y toman fotos que enseguida llevan a los organismos de seguridad para cotejar con la información contenida en los archivos. Entré a una cafetería, pedí un capuchino y me puse a pensar en la lucha desigual y en las desventajas del partido que fundarían los insurgentes para meterse a la lucha política enmarcada en la contienda democrática de los votos. Cualquier persona con estudios básicos que haya aprendido a leer y escribir, estará de acuerdo con la idea de la desigualdad intrínseca de los actores del nuevo país, un país con mucha gente actuando en el teatro de la confrontación pacífica. No es lo mismo un militante de derecha que ha tenido oportunidad de cultivar un discurso persuasivo, una elegante exposición de argumentos, que un militante de izquierda, un exguerrillero, que toda su vida estuvo en el monte portando un arma y, si acaso, sacando de la mochila el libro desgastado de las conclusiones del último congreso.

El regreso a la vida civil de los guerrilleros y su preparación para la lucha política legal presenta grandes retos y uno de estos es la formación en competencias discursivas. La actividad social y política dejará poco tiempo para aprender a escribir en forma autónoma o grupal y para leer como refuerzo necesario en el proceso de aprendizaje. Supongo que el presidente asistirá a la inauguración de los talleres de escritura política, que copiarán los contenidos y la metodología de los talleres de escritura creativa. Los autores recomendados serán Ernst Hemingway y Tom Wolfe, mezcla de periodistas y novelistas. Algunos talleristas querrán ensayar el estilo más difícil de escritura, el barroco, y otros optarán por la frase corta. Los primeros se entenderán con Carpentier y conocerán su postura política en la revolución triunfante. Los segundos leerán El nuevo periodismo, A sangre fría y Los asesinos creyendo encontrar en estos libros la clave del mejor estilo del discurso político efectivo. Los profesores de comunicación social y periodismo serán muy solicitados y sus libros se venderán por decenas de miles en cuestión de pocos días hasta agotarse en las principales librerías. Habrá librerías por doquier, pues el gobierno ha prometido invertir en lo social. En asocio con la industria editorial el gobierno ordenará que se impriman millones de ejemplares de cada libro de crónicas de Gabo. Entonces los talleristas tendrán los libros de Gabo a la mano y leerán con placer esos trabajos magníficos que le abrieron camino a la ficción del más alto nivel. Los talleristas creerán que entienden mejor la historia del país en las crónicas y novelas del premio Nobel que en los libros de texto. Muchos excombatientes serán buenos escritores, ganarán premios y serán entrevistados en la televisión, teniendo que responder preguntas de cajón, preguntas ladrilludas como: ¿su libro es autobiográfico?, ¿alguna vez pensó en ser escritor?, ¿qué nos puede decir de su época guerrillera?

Una guerra no se olvida, queda impresa en la memoria colectiva, adopta la forma de un estereotipo, una marca, un estigma que apasiona a los hombres del mañana.

 


ARTISTA O GESTOR, UNA DISYUNTIVA PARA MEFISTO

 

Ayer martes 10 de febrero me llamaron de la Secretaría de Cultura municipal para invitarme a la socialización del Plan Decenal de Cultura Cali 2015–2024. Nadie tenía por qué llamarme pero por ahí andaba Pablo Angarita, que gentilmente mencionó mi nombre, dijo que mi presencia era imprescindible y el funcionario escuchó su súplica. Hoy miércoles a las ocho de la mañana asistí a la socialización, escuché a las funcionarias, a la parte técnica, como diría Bolaño, que hablaron de campo y enfoque intercultural, y luego escuché el aporte de los ciudadanos, el primero de los cuales pidió que tuvieran en cuenta el área rural y los otros la participación de su barrio y su sector o más bien una mayor participación en el presupuesto. Me llamó la atención la presencia de un artista empírico, como él mismo dijo, que confesó no saber redactar un proyecto y tuvo el valor de pedir ayuda a los asistentes. También escuché la información suministrada por una funcionaria acerca de la capacidad de la secretaría para ofrecer este tipo de acompañamiento. La funcionaria empleó la palabra precisa, acompañamiento, no apoyo ni ayuda (como se decía en la época del asistencialismo), idea esta última erradicada por completo del discurso oficial.

Tuve que salir rápido, justo en el momento en que se organizaban las mesas de trabajo. No sé hasta qué horas estuvieron, no sé si hubo almuerzo (antes daban) para reanimar a los participantes extenuados por el esfuerzo, tampoco pregunté por el sitio de internet donde podía descargar el plan decenal. Salí a la carrera del recinto, alcancé a despedirme de Ómar, de Pablo, amigos de hace tiempo que conocí en situaciones vulnerables, cuando ignoraba totalmente el tema de la planeación, de la formulación de proyectos y mucho después el tema de la prospectiva. Pensé que era un pasaje de la vida superado y olvidado, no creí que volvería a cruzarse en mi camino, nunca pensé que la planeación cultural me asaltaría nuevamente y que sería cuestionada con una visión diferente, menos optimista. Y he aquí que me hallo redactando una crítica de la planeación cultural, que comienza en primera persona del singular y termina en primera persona del plural. Esto diría un planificador experto, profesor de la materia en la universidad: La parte buena es que la reflexión sigue a la crítica y oxigena el ambiente para que emerja nítida la anomalía del objeto de estudio, que es la insostenibilidad del modelo. Ni yo mismo entiendo este razonamiento y eso que estuve diez años en temas de planeación. Un duro en prospectiva que leyera este comentario, lector de novela, utilizaría palabras usuales y sacaría como conclusión que la crítica surge en los momentos de desencanto para provocar el deseo de poner las cosas en su lugar.

¿Por qué escribir sobre planeación, aparte del impacto que tal vez tuvieron las palabras de los participantes en la socialización del Plan Decenal de Cultura de Cali? ¿Por qué no ocuparse de otros temas de actualidad que se publican en una revista virtual para atrapar cómodamente lectores, como haría cualquier periódico amarillista, por ejemplo la novela histórica, la libertad de prensa, la toma y retoma de las redes sociales por grupos poéticos muy activos, el fundamentalismo y el mesianismo, la amenaza terrorista, entre otros, de mayor interés para un público insaciable? No es porque haya muerto en el avión que venía de Madrid a Bogotá, pero siempre asoma el nombre de Manuel Scorza con su sextología ambiciosa que pocos conocen hasta que se menciona Historia de Garabombo el invisible o Redoble por Rancas, un tema que podría relanzarse y convocar no a lectores de la reciente novela española (Cercas, Marías, Vila Matas) sino a los nostálgicos de aquellos maravillosos años setenta y ochenta. El tema se queda en el tintero porque, la verdad, habría que releerse los seis libros completos y dejar plantados a los novelistas nacionales.

Qué pasaría si hiciera gestión cultural y que hubiese pasado de haber optado por asesorar en formulación de proyectos entre los años setenta y noventa, aprovechando el boom de la planeación y la gran demanda en los municipios del Valle del Cauca. Presumo que no tendría motivos para ser feliz y no habría aprendido a distinguir, por ejemplo, entre precursores del bom (Ramos Sucre, Onetti, Carpentier), celebridades del boom (Fuentes, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa) y figuras del postboom (Puig, Ibarguengoitia, Scorza). Exagerando, sería elegir entre la vida o la muerte, entre el placer del texto, como dijo aquel francés, y la precaución de guardar en el maletín el documento y los acetatos para la reunión de trabajo con los señores concejales. Una cosa por otra, teniendo en cuenta que ciertas asesoras que asistían a los cursos de capacitación cobraban una comisión de hasta el quince por ciento del valor del proyecto, lo que explicaba su constante participación en talleres sobre indicadores que se sabían de memoria. Cualquiera se percataba de la inteligente estrategia de meterse a los cursos porque de esa manera se hacía mercadeo relacional, se sacaba provecho del nicho de mercado, del mercado cautivo, como también le llamaban. En la reunión de la Secretaría de Cultura en el Salón Madera, en el tercer piso del Centro Cultural, seguramente había gente experta en formulación de proyecto con el cliente sentado al lado, que en vez de tomar nota fotografiaba la pantalla con su celular, pero no vi a ningún asesor de otras épocas. Estaba Ómar, pero Ómar en ese tiempo trabajaba en el Dane; estaba la famosa Martha Posso, fotógrafa, directora del Festival del Pacífico que se celebra con las fiestas decembrinas, pero Martha es más joven y no podía haber hecho parte de esa comunidad; estaba Pablo, pero el talento de Pablo no sirve para gestionar cosas técnicas o administrar plata sino para la dramaturgia, la actuación y la dirección teatral.

Cuando me invitan a estos eventos y debo ir por fuerza mayor, pues resulta imposible eludir el compromiso o salir con una mentira como excusa, se me presentó otro compromiso de última hora, estoy resfriado o no estoy en la ciudad si no con mucho gusto, cuando me invitan generosamente los gerentes de las empresas o los funcionarios del gobierno, recuerdo inmediatamente los años felices vividos en los ochenta y noventa con los expertos del proyecto de Planificación a Nivel Local (PAL) en la Universidad del Valle, cuando fui reclutado por el profesor Guillermo Salazar, gran amigo, planificador educativo, asesor del MEN, asesor de Unesco, asesor de universidades colombianas, entre otros créditos que envidiaría cualquier profesional metido entre matrices, presupuestos, cronogramas y flujos de caja. A veces alguien dice desagregación y recuerdo al personal del PAL o alguien habla de factibilidad y pasa por mi mente la imagen de las reuniones con el equipo de Hábitat Coop liderado por el doctor Uriel Estrada Calderón, fundador de Coomeva. Por los motivos expuestos comprenderá el lector que no me desagradan estas reuniones, todo lo contrario, me traen bonitos recuerdos de experiencias laborales y grandes amigos con los cuales mantengo comunicación, me place escuchar a la gente joven que se emociona fabricando el futuro a los demás. Es bueno escuchar nuevos discursos y nuevas propuestas basadas en teóricos fuertes como Bourdieu, Hall y raramente Porter, la frescura de las muchachas del despacho para presentar el borrador, la paciencia de las funcionarias de mayor rango para recibir quejas y reclamos de los asistentes, los “verdaderos” gestores del desarrollo. No existe el traje entero ni el vestido elegante ni el maquillaje ni la solemnidad de las presentaciones del pasado, cuando los economistas y los sociólogos (no había teóricos de la comunicación, García Canclini, Martín Barbero) asumían el reto de planificar el desarrollo de sociedades renuentes a copiar el estilo de vida del primer mundo.

¿Señor, acláreme una cosa, si todo es bueno y le trae bonitos recuerdos, por qué quiere criticar el trabajo de los gestores culturales y la planeación del desarrollo? Respondo a la pregunta, porque, en primer lugar, la deuda externa se ha multiplicado por veinte con el cuento del desarrollo y este no se ve, porque la cooperación internacional ha gastado billones de pesos en la población de bajos ingresos y esta no incrementó sus ingresos ni le ganó la partida a la pobreza. O sea, viendo los resultados, no ha pasado nada en cincuenta años. En el sector cultural, de pronto uno que otro está bien, gracias al aporte estatal más que a la pericia para posicionarse en el mercado, pero la mayoría anda mal. La mayoría vive mal, aunque crea que vive regular, y su proyecto de vida es insostenible. Entre los gestores culturales no se ve mejora de la calidad de vida y su formación, por más talleres que ofrezca el municipio, por más reuniones de socialización, deja mucho que desear, como lo muestra el hecho de que en las mesas de trabajo pregunten si la palabra etcétera tiene que escribirse abreviado o decidan poner autodidactas en lugar de empíricos en el borrador del plan, por el uso peyorativo del segundo término. La impresión que se tiene es que en los procesos formativos del sector cultural participan eternos aprendices. Lo paradójico de este asunto es que muchos que nunca estuvieron en la gestión cultural se volvieron artistas de reconocido prestigio y muchos artistas que se volcaron a la gestión cultural en busca de recursos decayeron en calidad y alejaron al público. Algunos talentos terminaron realizando trámites burocráticos a corta edad y otros aprendieron a conseguir plata con los políticos utilizando refinadas técnicas clientelistas. Sabemos de artistas que necesitaron la carta de recomendación del presidente, del ministro o del concejal, pero ellos tenían la ventaja de poder defenderse con una buena obra. No necesitaron lagartear.

En efecto, querido lector, usted tiene razón, estábamos pensando en lo mismo, la sociedad, la sociedad colombiana todavía es muy parroquial y no tiene la fuerza espiritual para descubrir a sus profetas. Un Gabo, un Botero se hacen ellos mismos, con la ayuda de algunos amigos, con la motivación de las tertulias, y no tienen nada que agradecerle al Estado, a las instituciones sostenidas por el contribuyente de a pie. Ninguno se consagra en Colombia sino en el exterior, no les hace falta un Plan Decenal de Cultura. En general, las élites del poder político y económico son incultas, la clase media es mediocre, como toda clase media, y el pueblo gana un exiguo salario que no alcanza para entrar a ver una obra de teatro. En un mercado de pan llevar restringido para el arte, para el consumo cultural, como dicen los sociólogos, son pocas las oportunidades que tiene el artista de ejercer su vocación con entera libertad. Ningún artista podrá forjarse para vivir de su trabajo en una economía materialista que desconoce el patrimonio cultural, el bien simbólico, intangible, y subvalora la capacidad del público de asombrarse y conmoverse con una obra fantástica. Si los “clientes” del arte no están en el pueblo, en los estratos bajos, se esperaría encontrarlos en las clases medias y altas, pero no es así y el indicador es el número de fiestas populares frente a tres o cuatro eventos grandes de contenido estético como el Iberoamericano de Teatro, el Festival de Poesía de Medellín y el Festival de Arte de Cali (ya desaparecido). El campo cultural nos trae cada día más gestores culturales que artistas, más promotores de artistas que creadores dedicados a modelar la sensibilidad humana. Y este es el punto que queremos tratar enseguida, si el ambiente social es más propicio para la gestión cultural o para la creación artística. Desde el punto de vista de la economía, no cabe duda, es más propicio para la gestión cultural, pero desde el punto de vista del individuo es diferente.

En el campo de la literatura dicen que el único escritor que vive del oficio es Fernando Vallejo, y pensábamos que Álvarez Gardeazábal también tenía el privilegio hasta que lo vimos denunciando que lo habían echado de un programa radial, como si no tuviese varias novelas para explotar. Parece que Juan Gabriel Vásquez vive del oficio, parece que definitivamente renunció a hacer un regular periodismo en El Espectador. Mientras tanto tenemos las columnas de William Ospina y Héctor Abad y la columna de Juan Carlos Botero, que un día nos hizo creer que era el sucesor de Gabo. Con la excepción de Vallejo y Vásquez, los escritores colombianos del siglo XXI quizás no ganan suficiente dinero con sus publicaciones, no tienen el público que desearían tener y utilizan la prensa como gancho. Podría ser que no trabajen exclusivamente en el campo artístico por motivos muy personales como la notoriedad, para contrarrestar el olvido de los lectores, y muy sociales como la competencia, que cada día es más dura. En fin, los escritores están acostumbrados a cambiar de vida cualquier día de la semana para buscar que sus libros sean reseñados en los periódicos. Los españoles se defienden con su industria editorial, pero en América Latina los artistas desfallecen inexorablemente. Por lo demás, el mercado debe renovar continuamente sus productos, lanzar nuevas criaturas y enterrar las viejas. Diferente es la historia de los europeos y los norteamericanos, de los japoneses y hoy de los chinos, con una población de lectores y un mercado cultural que garantiza el éxito de por vida con una sola obra. El gigantesco aparato publicitario puede mantener a Warhol en el top de ventas durante décadas y rescatar a Jean-Michel Basquiat del olvido con una campaña de bajo costo. Vivos o muertos, ellos aún cobran sus regalías.  

Alentados con estos ejemplos de inteligencia comercial y coraje artístico, una buena combinación inventada en el primer mundo, vemos que no vale la pena quejarse, por muy subdesarrollada que la sea la sociedad que nos tocó vivir. El mejor remedio es ponerle humor a esta tragedia y ponerse a trabajar seriamente, y en el evento de que repitamos la vieja historia de tener que vender el alma al diablo para triunfar en lo que no nos interesa a cambio de dedicarnos a lo que nos gusta, entablar un diálogo cordial con Mefisto manteniendo una prudente distancia. Sin embargo, pudiera ser que reconozcamos haberle hecho trampa a la conciencia y Mefisto sea el gobierno del que recibimos unos centavos (el presupuesto cultural es irrisorio). Mefisto se presenta con muchos rostros y de repente es el incipiente mercado cultural, el público compuesto por consumidores de bienes y servicios culturales, amantes del arte, respetables invitados, que no termina de formarse ni muestra la capacidad adquisitiva que se espera del mismo. Mefisto es el truhan que mete gato por liebre, que dice al televidente que el arte es farándula, y pone como ejemplo los fastuosos reportajes de la sección entretenimiento de los noticieros. Mefisto sabe que vivimos distraídos en el mundo virtual y aprovecha para introducirse en nuestros dominios, disfrazado de girasol o jarrón, de cualquier cosa, con la intención de quedarse. Mefisto es el intruso que acaba de traspasar la puerta de nuestro hogar con un regalo sorpresa que quizás sea la muerte, que no alcanzamos a imaginar, y para no asustarnos simula que salta el muro del patio sin despedirse. Muy extraño todo esto, pues la aparición fugaz de Mefisto hace que despierten nuestros sentidos dormidos, sobre todo el olfato, y percibamos que se ha instalado un olor raro en la sala, justamente detrás del sofá. Rendidos al poder del oponente mefistofélico, bajamos la guardia en arte y la subimos en publicidad, creamos obras malas para satisfacer nuestra vanidad y nos deleitamos soñando con los días de fama y gloria que se avecinan. Nos engañamos fácilmente, nos traicionamos, escuchamos la voz de nuestro ego crecido que nos hace creer que vamos bien, con elogios dosificados para que no sospechemos de nuestra propia muerte.

El artista no gestiona, el artista imagina, crea, sueña, inventa, y si bien el gestor también inventa en la formulación del proyecto, si bien proyecta el presente a un futuro mediato, como indica su nombre, encontramos diferencias sustanciales entre una y otra actividad. No vamos a apoyarnos en Eros y civilización de Marcuse, que retomando a Freud habla del instinto de muerte y el instinto de vida, entre la realidad sufrida y el principio de placer. La creación es igual de sufrida en tanto exige estudio, fundamento, disciplina, rigor, sentidos en estado de alerta para captar señales opacas y conciencia crítica, como dice Pound. A veces vemos las obras, tenemos el placer de ver al autor en una conferencia, la fortuna de intercambiar palabras a propósito de una reseña en los medios, y constatamos que es un artista. Pero otras veces, la mayoría de las veces, el autor no es lo que parece ser y basta un breve encuentro para darnos cuenta que es un gestor cultural, un promotor del arte y la literatura que ha tenido la mala suerte de conseguir unos talleres como trabajo y rendirse a la evidencia de sus limitaciones. Con dos o tres palabras dejan al descubierto sus debilidades y resulta así que el pez muere por su boca. Además de la estética, la sociología del arte, la historia del arte, habrá una psicología del arte, presumimos, especulamos, y otras disciplinas que nos permitan valorar las obras y su autores, para arriesgar una elección. Le dijimos a Taseche que El atravesado, esa obra que nunca se vendió, era una gran novela corta. Opinamos en el periódico El Arte que un autor que ganó un premio del Festival de Arte de Cali era malo. Sostenemos que un autor que escribe una novela con un título sobre la luz deja ver un total desconocimiento de la sintaxis y el quiebre sintáctico. Otra cosa es Fernando Vallejo, escritor y gramatólogo. No se necesita ser adivino o brujo para detectar las excelencias de una obra, sea el autor amigo o conocido por la foto en la prensa. Haciendo a un lado las prevenciones, los afectos o la indiferencia que provoque el personaje, todos sabemos que Miguel González es la autoridad en plástica. Fernando Cruz Kronfly pudo ser el gran ensayista de no haber insistido en la novela. Antonio Zibara es un poeta sublime y Gloria Castro una excelente pedagoga de ballet.

 


PANAMA VÁSQUEZ DISTÓPICO

El azar existe, el azar es maravilloso y puede salvar vidas o desviar el curso de los acontecimientos por caminos insospechados. ¿Cuál es el ingrediente del azar en la decisión de Uribe de nombrar ministro de defensa al señor Santos o en el ascenso de este para ocupar la presidencia de la república, la guerra y la paz? En la madrugada de hoy 31 de enero dejé comenzado este comentario, a la una de la tarde mi amiga Olga me dejó la revista destinada inicialmente a Gabo, el otro Gabo, o Gabinho (Gabiño), como le llamo, el vendedor de libros usados de la octava, y a las tres encuentro el artículo, que no he leído y no leeré por el momento. Al despertar esta mañana pensaba ocuparme, como continuación del tema anterior, Santiago y Charles  Hebdo, de la hermenéutica, volviendo a la vieja hipótesis de la atrofia de la especie humana, demostrada sin mucho esfuerzo en la recortada utilización de la mente, que apenas alcanza a procesar un solo byte, acción-reacción, muy lejos de los siete bytes de los que habla Simon. El segundo byte podría ser la capacidad de interpretar la situación y el tercer byte la proyección de esa situación, incluso la retrospección, pero dejemos para otro episodio el asunto del procesamiento de información, el cálculo computacional y los algoritmos. Es Auster quien nos pone a pensar en las coincidencias, a creer en ellas aun siendo materialistas, y es lo que pasó desde la interrupción del trabajo esta madrugada hasta el momento definitivo de redactar el comentario semanal. El tema que se cruzó en el camino en la tarde es un artículo sobre Gabo publicado en la revista El malpensante el año pasado, a raíz de la muerte de nuestro premio Nobel. Es la segunda vez que leo esta revista, la primera vez fue hace unas semanas en el puesto de Gabinho, quería comprar algún número para asombrarme con la palabra de sus escritores más que descubrir temas o aprender alguna cosa.

Panamá Vásquez, un nombre, un título de un comentario que acaso sirva para hablar de un boxeador, de un campeón mundial. A muchas personas que crecen en el extranjero les llaman por el nombre de su país, entonces no les dicen Carmen Arango sino Colombia Arango, no Alfredo Vásquez sino Panamá Vásquez. Es el caso de este boxeador panameño, basta con su apelativo para darse cuenta de dónde es, radicado en México o Nueva York, con papeles en regla después haber estado un buen tiempo indocumentado, mientras le llegaba la oportunidad. El señor Vásquez, un peso gallo (118 libras) campeón de la CMB y la OMB, invicto en todas sus salidas al ring, con 40 peleas ganadas, treintaicinco de ellas por knock out, sale en la prensa y es entrevistado en la televisión, es casi un héroe nacional, sólo le falta unificar los títulos. Un golpe de suerte cambió su vida, un hombre que lo ve salir airoso de una pelea callejera, un entrenador que lo hace esperar hasta muy entrada la noche, para decir suba a ver si usted es el campeón que dicen, póngase estos guantes. Así es como comenzó Panamá Vásquez, por el gesto de un entrenador colombiano que dice ser el descubridor de Pambelé Cervantes. Todos saben que en el año 2000 Pambelé fue declarado el Boxeador del Siglo de Colombia por la FCB (Federación Colombiana de Boxeo) y la ANBP (Asociación Nacional de Boxeo Profesional), recibiendo un cinturón conmemorativo especial por parte de AMB (Asociación Mundial de Boxeo). Con 21combates sostenidos como campeón mundial de la categoría welter junior (140 libras), dieciocho de los cuales fueron en su defensa, nuestro ídolo de San Basilio de Palenque no necesitó unificar nada, sólo le bastó la corona de la AMB para pasar a la historia. Panamá Vásquez, en cambio, la tiene más difícil, pues debe ganar otros combates para que organizaciones de boxeo como la AMB, la FIB, la OIB, la FMBP, la UMB, la CIB, la JMB y la AIB homologuen su título y se le reconozca como campeón absoluto en su categoría. Ellos vibrarán con su Panamá Vásquez, con su Mano de Piedra Durán, nosotros con nuestro Pambelé. 

La relación entre Panamá y Colombia es histórica y no termina el año 1903. Hace poco la boxeadora panameña Ana Pascal derrotó por puntos a la colombiana Paola Rojas y retuvo la corona mundial de los welter junior. Desde un principio, y más aún después de la pelea, Pascal suscitó sospechas de ser hombre por su asombroso físico, musculoso como el de un varón, por la fuerte pegada de sus puños masculinos, imposible de imaginar en una dama, y por su pose de macho triunfal ante las cámaras de televisión. La prensa colombiana habló mucho sobre el engaño y como prueba publicó las fotos de la campeona. Uno miraba las fotos y decía, no hay duda, es varón panameño. Las apariencias engañan. Los directivos de la Federación de Boxeo pusieron la respectiva demanda, parece que fueron malos perdedores y querían ganar en el escritorio lo que se había perdido incuestionablemente en el ring. Bueno, son los gajes del oficio, nadie quiere perder, todos quieren ganar, y como buenos abogados nos aprendemos las reglas del deporte de las narices chatas, como le llaman, de la WIBA (Women's International Boxing Association) o la IFBA (International Female Boxers Association), por ejemplo, y nos metemos con astucia por los vericuetos lícitos o ilícitos, por donde mejor convenga. Otras veces sucede lo contrario, es nuestra compatriota la que gana y los representantes de la perdedora inmediatamente acuden a instancias extradeportivas para quitarnos el título. Esta situación es moneda común en todos los deportes, no sólo en boxeo, se ve en fútbol y se ve en béisbol o baloncesto, sea por la edad de un jugador, por estar suspendido o por no haber sido registrado a tiempo en su nuevo equipo. Antes de pelear con Paola Rojas, Ana Pascal había obtenido cómodas victorias en Nicaragua y Curazao, se había paseado con sus rivales de turno y las había nockeado sin atenuantes, cuando le dio la gana. Claro está, para callar a los habladores, a los malintencionados, la panameña se había sometido a los exámenes de rigor para demostrar que era mujer.

Lo dicho en los párrafos anteriores es, lógicamente, medio ficción, medio realidad, y es la materia de la que está hecha una novela. Es lo que algunos llaman la verdad de las mentiras. También podría decirse de otra manera, la mentira de la verdad, la tergiversación de la historia o la libertad para inventar una realidad, una interpretación (el segundo byte) y una proyección o una prospectiva (el tercer byte). No es lo mismo proyección que prospectiva, pero no es el momento para distinguir un concepto de otro, no se justifica entrar en detalles porque se caerá en la odiosa digresión y el lector perderá el hilo de los argumentos expuestos. Tampoco vale la pena poner nuevos ejemplos para redondear la idea de los siete bytes (tres de los cuales ojalá fueran entendidos). No importa, el problema no radica en los siete bytes sino en la interpretación, el segundo byte, según nuestra versión grosera de la teoría de Simon. Digamos nuevamente que los presuntos atacantes de Charlie Hebdo no pasaron del primer byte, como la mayoría de seres humanos desde la era de las cavernas hasta la conquista de marte, no lograron superar el mecanismo primario acción-reacción, que consiste en devolver el golpe, sin ninguna estrategia a corto, mediano o largo plazo, apenas un primer asalto, no los quince de una pelea entre un campeón de boxeo y un retador. Entrenador y púgil estudian los movimientos del rival, para ello cuentan con sofisticados aparatos que manejan un sinnúmero de variables, la guardia, el golpe en alguna parte del cuerpo, el golpe que sigue, el número de pegadas de que es capaz el boxeador en el lapso de veinte segundos, la protección, el abrazo, los síntomas de cansancio, en fin. Si los atacantes no hubiesen sido tan inmediatistas, si no hubiesen reaccionado con furia a la supuesta ofensa de Charlie Hebdo, habrían tenido tiempo para planear una estrategia y habrían hecho mucho daño a la revista y a Occidente sin necesidad de matar personas. Tal vez los terroristas de la yihad leen el Corán, como cualquier musulmán de a pie, de una manera demasiado realista, desperdiciando la riqueza de imágenes de este libro sagrado, igual o más imaginativo que la Biblia, renunciando por ignorancia a una prospectiva marciana como en el modelo Bradbury.

Un panameño y un colombiano no pueden pelearse porque el primero diga que su país se independizó de Colombia y el segundo que los líderes de ese departamento traicionaron al país de Bolívar, que les dio la libertad a todos. Es de lo que queremos hablar, de los límites de la interpretación, del choque de la realidad con la ficción, siendo así, Panamá es Panamá y Vásquez es Juan Gabriel Vásquez. Entrando en materia, la novela se llama Historia secreta de Costaguana, en adelante Historia, y su autor Juan Gabriel Vásquez. La novela habla de un hijo que persigue la aventura patriótica de su padre en Panamá, desde cuando Panamá era parte de Colombia hasta su separación. El padre es colombiano y el hijo también por lo que se observan sentimientos muy definidos de identidad y pertenencia nacional. El escritor se ha documentado para reinventar la historia y lo que dice es válido en Occidente porque se enmarca en el arte, en la cultura, y porque utiliza un género literario llamado novela. Si Vásquez pretendiera que el contenido de su novela es verdadero, se reirían en su cara. Afortunadamente Vásquez es novelista, habla regularmente de la distorsión (todavía no sé qué significa, no he leído su artículo en El malpensante) y utiliza la técnica del anacronismo. Colombia tiene 50 millones de habitantes y esta novela puede haber sido leída por cincuenta mil personas, gracias al Premio Alfaguara obtenido por el autor con El ruido de las cosas al caer, que logró que el público volviera los ojos a sus anteriores trabajos, incluso las vetadas por el propio Vásquez como Alina suplicante y Persona, y gracias a las ediciones piratas de diez mil pesos, al alcance de la capacidad adquisitiva de la población pobre. Profesores brillantes, que leen las mejores revistas y se mantienen a la caza de los mejores libros, ponen a leer Historia a sus estudiantes de bachillerato y a que hagan la respectiva tarea y la exposición en clase. Pese a la cifra calculada de lectores, que no es poca cosa en un país donde se lee un libro anual en promedio, queremos decir que Historia es un texto de minorías que no despertará la conciencia patriótica ni ejercerá influencia alguna en los movimientos sociales o partidos políticos para cambiar el destino de la nación. Tampoco es la intención de ningún novelista cambiar la historia de su país, después de la fallida idea del compromiso social del escritor, sino recrear, conmover, dejar huella o hacer mella en la sensibilidad humana.

Qué tal que los panameños persiguieran a Vásquez para matarlo por haber escrito ese libro mentiroso donde dice que un tal Conrad jugó un papel en su independencia, que un tal Altamirano tuvo que ver con los inversionistas franceses, jugando al gato y el ratón con ellos, gracias a su oficio de periodista. Qué tal que los profesores vetaran la novela de Vásquez por faltar a la verdad, a la realidad de las cosas tal como sucedieron, a la luz de las investigaciones históricas. Muchos autores panameños escriben sobre los mitos que hicieron carrera sobre el canal y la independencia (más adelante menciono algunos) y del lado colombiano se escriben libros en los cuales se habla invariablemente de pérdida, de separación del departamento, bastante parecido al actual Chocó, me imagino. ¿Panamá se independizó de Colombia o Colombia perdió a Panamá? ¿Cuál es la verdad? Si le hubiésemos preguntado a Charlie Hebdo habría respondido con una sonora carcajada y con una caricatura, quizás una cloaca en lugar de un canal y la frase “mierda de negociación”, y a todos salpicaría la crítica irreverente. A pesar de la cientificidad de los especialistas en el caso Panamá, bajo el paradigma positivista resultaba bastante complicado despejar esta contradicción. Hoy, desde la hermenéutica, es diferente, cualquier estudiante de primer semestre sabe que aquí no se trata de demostrar una verdad sino de facilitar la comprensión del fenómeno. Para la hermenéutica es cuestión de perspectiva y las dos interpretaciones son válidas. Aunque existe la tendencia excluyente o dicotómica, sí o no, negro o blanco, bueno o malo, podría decirse que Colombia perdió a Panamá porque Panamá se independizó de Colombia, así como los conquistadores españoles perdieron las colonias de América porque causaron con sus errores el nacimiento de un Bolívar o un San Martín. Pasado el tiempo, los héroes victoriosos están de este lado y los derrotados del otro, los unos celebran cada año su independencia y los otros se quedan callados, ni siquiera una nota necrológica en la sección judicial.

Aceptemos con relativa tranquilidad que los colombianos perdieron Panamá y los panameños se independizaron. Si hay oportunidad hablaremos en una ocasión más favorable de la interpretación que hace Juan Gabriel Vásquez de este acontecimiento histórico en Historia (leeremos juiciosamente su artículo en El malpensante). Desde 1903 hasta el presente se han publicado y se seguirán publicando muchos libros y artículos, en Colombia y en Panamá, sobre este hecho, sin zanjar las diferencias, más bien generando más controversia, lo que es natural pues de ello depende el progreso de la ciencia de la historia y el modelado de la mentalidad que sirve a los gobiernos y los políticos. En una menguada biblioteca encontraremos, por ejemplo, “Panamá. Del Tratado Herrán-Hay al Tratado Hay- Bunau Varilla. Historia crítica del atraco yanqui mal llamado en Colombia la pérdida de Panamá y en Panamá nuestra independencia de Colombia” de Oscar Terán; “El rapto de Panamá. De cómo los Estados Unidos se apropiaron del Canal” de Gregorio Selser; “Colombia en la repartición imperialista: (1870-1914)” de Álvaro Tirado Mejía; “La separación de Panamá de Colombia y el surgimiento de la República” de  Patricia Pizzurno Gelós; “El 3 de noviembre de 1903 ante el nacionalismo panameño” de Celestino Andrés Araúz, y “Estudio historiográfico sobre las interpretaciones en torno a la separación de Panamá de Colombia en 1903”, también de Celestino Andrés Araúz, texto relacionado con nuestro comentario. Ahora bien, si queremos infoxicarnos vayamos a las páginas de internet y leamos los terabytes en lenguaje html o en formato pdf sobre la historia a dos bandas Panamá-Colombia y, si se quiere conocer una buena versión novelada, Historia de Juan Gabriel Vásquez, el afamado escritor colombiano, teniendo la precaución de penetrar en la zona roja de la verdad y la mentira, entre la veneración de cualquier Dios (Tomás Cipriano Ignacio María de Mosquera-Figueroa y Arboleda-Salazar, un hombre bueno) y su caricatura (Tomás Cipriano de Mosquera, un hombre malo, malísimo).

Por lo visto, nadie más entre los novelistas de renombre ha metido leña al fuego de este pasaje de la historia colombiana, con tan buen material bibliográfico existente en las bibliotecas y tanto personaje principal y secundario, controvertido y siniestro, que tuvo participación directa o indirecta en los hechos que cambiaron la historia de Occidente. Por ejemplo, una versión del señor Manuel María Mallarino, el mismo que suscribió el Tratado Mallarino-Bidlack, como saben hacerlo los novelistas, hermeneutas por naturaleza, con total libertad pero sin caer en la fe de la narración en primera persona, igual de reprochable que la fe dogmática, absoluta, de los adeptos de una religión fundamentalista, fe intolerante y desalmada, que se adopta con un espíritu reaccionario aunque se quiera aparentar lo contrario. El nacimiento de Panamá es novelesco de cabo a rabo. ¿No les parece novelesco que el susodicho tratado, firmado el 12 de diciembre de 1846 entre la República de la Nueva Granada (actual Colombia y Panamá) y los Estados Unidos, se llamase oficialmente “Tratado de Paz, Amistad, Navegación y Comercio”? ¿No les parece novelesco al lector que el señor Benjamín Alden Bidlack, abogado de la parte norteamericana, que firmó el convenio de reciprocidad comercial entre ambos países, para otros la primera acción jurídica en la que los Estados Unidos intervenían económicamente en el istmo de Panamá, logró escalar hasta la Cámara de Representantes de los Estados Unidos por el Estado de Pensilvania?

 


SANTIAGO Y CHARLIE HEBDO

He tenido la suerte de no encontrarme con nadie como para obligarme a hablar sobre la masacre de Charlie Hebdo. No he salido en quince días de mi casa. ¿Por qué tan prolongado encierro? Casi no hay nada que hacer en la calle, la gente lúcida se ha ido de la ciudad o se ha muerto sin dar previo aviso, las conversaciones emergentes rebotan en los fantasmas del pasado, mientras una nueva generación se toma los centros comerciales como Chichipichape o Palmeto, no para honrar el hecho de estar vivos sino para conversar sobre farándula en un estilo de vida forzosamente estéril. No he leído todo lo que ha escrito Carlos Fajardo sobre las sensibilidades de la época, pero supongo que la palabra estéril significa precario, banal, insulso, rendido a la impotencia. Muy lejos todo esto de la voluntad de poder que proclamaban los vitalistas Schopenhauer-Nietzsche y su anuncio del nacimiento de un hombre nuevo despojado de la caridad cristiana que ha caracterizado la cultura occidental, quiérase o no. La vida hay que disputarla como rudo gladiador, hay que enfrentarse a los falsos dioses con valentía, con animosidad heterodoxa, haciendo valer los actos heroicos sobre las palabras piadosas. Eso decían los antiguos y tal parece que sus palabras cayeron en tierra baldía, pues los hombres de este tiempo prefieren cosas más entretenidas que un combate contra la ignorancia o la recepción entusiasta de un punzante aforismo. El relevo generacional casi siempre está ocupado viendo un partido de fútbol con una cerveza en la mano y un banderín con los colores de su equipo en la otra. De pronto los hinchas dejan la botella a un lado, se levantan de sus asientos, discuten acaloradamente por un penal no cobrado por el árbitro y el canto de un nuevo gol les devuelve la concentración en la pantalla del televisor.

Gracias a internet tenemos acceso a los diferentes enfoque y posturas y a los mejores comentarios sobre el caso Charlie Hebdo, que sólo bastaría tener habilidad para el procesamiento de información si se quisiera competir con argumentos a favor de Occidente u Oriente y vencerlos a todos en una limpia disputa de carácter doctrinal. Pero ese no es el objeto del presente comentario, tampoco asumir una posición neutra propia de tibios, vacilantes y cobardes, sino compartir una sospecha sobre la condición humana, asunto que no se ha despejado después de varios siglos de filosofía de la razón, filosofía empirista, filosofía de la ilustración y filosofía de la incertidumbre. La idea que quiero compartir es aquella que nos dice que el hombre es el mismo desde la época de la caverna, aunque McLuhan y Simon digan que el hombre actual está totalmente atrofiado o que lo que ha ganado en abstracción lo ha perdido en capacidades innatas, naturales, para orientarse en este mundo complejo. Antes el ser humano podía captar las ondas electromagnéticas para desarrollar su nomadismo, después tuvo necesidad de la brújula y actualmente no puede prescindir del GPS. No vamos a hablar románticamente del pasado y conjeturar que inconscientemente el hombre es arrastrado a la búsqueda de un tiempo adánico y edénico, como dice Octavio Paz. Lo que estamos diciendo es que el hombre es el mismo de hace cientos de miles de años y que si bien su cerebro y su estructura mental han cambiado, si bien se ha domesticado y ha forjado reglas de convivencia, piensa linealmente, hace fraudulentas asociaciones como Freud y, lo principal, su comportamiento es un simple mecanismo o mecanicismo acción-reacción.

Cualquier loco puede decir estas cosas no a cuatro o cinco cómplices que buscan la verdad, sino a cientos de miles de lectores en internet, sin que le pase nada. Como anota Héctor Abad, bajo el paradigma Occidental, que el autor de Basura cree superior al Oriental, nosotros hace siglos pasamos el terror de la Inquisición y la guerra santa, mientras que los musulmanes apenas están despertando a este tipo de luchas religiosas ordenadas por un Dios colérico. Creo haber consultado suficiente material de prensa sobre la masacre, sus presuntos autores, la venganza divina y la marcha de los líderes mundiales, que dicen fue un simulacro pues se realizó muy lejos de la gran marcha del pueblo por las calles de París el 11 de enero de 2015. Porque ni Merkel ni Hollande ni Rajoy ni ninguno de ellos, dice la nota periodística, estaban liderando la manifestación del pueblo. Estaban en una calle aledaña junto a un centenar de personas haciéndose las fotos en repulsa por los atentados, pero no se habían juntado con los ciudadanos franceses. La prensa afirma que marcharon más de un millón de personas y que en los días previos y ulteriores se produjeron otras marchas convocadas seguramente por grupos no oficialistas. Dicen que encabezaron la marcha los familiares y después los líderes mundiales, tomados unos de otros de la mano para demostrar al mundo que en un día aciago para Occidente, y también para el oriente occidentalizado, están unidos en un frente común contra la barbarie del terrorismo.

En este hecho luctuoso, desde el punto de vista occidental, identificamos tres acciones, la sátira profesional de Charlie Hebdo mediante el arte de la caricatura, un género de crítica que dio tanto brillo a los poetas latinos inventores del epigrama, Catulo, Marcial y Juvenal, entre otros; la reacción de algunos fundamentalistas que creen representar al mundo musulman, si es que no se trata de un montaje, una autoconspiración de alto nivel para justificar la guerra contra Oriente, y la gran marcha presencial y virtual, la gran marcha mediática para renovar la fe en la superioridad de las instituciones democráticas occidentales, también representativas, incluyendo la institución del cristianismo, la libertad, la igualdad, la fraternidad, esas cosas que se dicen en el papel y nunca se cumplen. Murieron los caricaturistas, más otras personas, y salió ganando la institucionalidad occidental. Si les hubiesen preguntado a los caricaturistas, ¿son capaces de sacrificarse por los valores occidentales, la libertad, la igualdad, la fraternidad?, habrían respondido con una caricatura burlesca y un texto diciendo “la institución occidental es una mierda”. Esa irreverencia no tiene freno y me recuerda al querido amigo Santiago, el profesor y publicista. Tal vez quería burlarse en sus conversaciones, que eran interrogatorios más que conversaciones, y disfrutaba con sus preguntas cínicas que recibían como respuesta un “no sé”, “no estoy enterado”, “hace días que no le veo”, “no estoy seguro”, “eso dicen”, mientras hojeaba la bella revista que acababa de levantar de la mesa, junto a su cerveza. Con esa técnica además de las buenas lecturas que le acompañaban diariamente, porque debemos reconocer que era un excelente lector, Santiago estaba informado de todo, a diferencia de los asesinos de Charlie Hebdó que sólo sabían del Corán. Santiago utilizaba su saber y la información acumulada en la lectura de publicaciones periódicas y en las seudoconversaciones en el café para joder a los demás.

Santiago tuvo muy buenos amigos, uno de ellos considerado hace poco el sustituto de García Márquez, que seguramente eran más inteligentes y más cultos y sabían manejarlo porque conocían su tic nervioso y utilizaban la técnica adecuada para pasarla bien. No sé, digo yo, es una conjetura, de pronto no tenían ninguna técnica sino mucho amor y se divertían con el amigo en lugar de enojarse. Es una suposición. ¿Cómo se daban las tertulias en la oficina del doctor Julio, cómo se comportaba Santiago y cómo se mantenía un ambiente cordial? No sé. Conocí al doctor Julio, recuerdo haber estado algunas veces con Jaime Vélez y con el mismo Santiago en su oficina, en una rápida visita de escasos minutos, un saludo y una despedida amigables, pero nunca participé en una tertulia, ni siquiera en el inicio de una tertulia. Con el doctor Julio coincidimos en algunas tertulias en una café más arriba de Los Turcos, con Diego Luis Ortiz, con Jorge Ordóñez y con tantos otros, pero no recuerdo haber visto o escuchado a Santiago. En cambio tengo presente las provocaciones de Santiago a muchos amigos, algunos no amigos de años sino de horas, personas que acababa de conocer, que se iban enojados, lo retaban a pelear o manoteaban al profesor y publicista lanzando palabras de grueso calibre. Nunca vi a Santiago irse, se iban los demás, él permanecía en su silla, tampoco volvíamos al motivo de la pelea, y yo jamás me puse a pensar en el tipo de provocación, simplemente nos poníamos a hablar de Borges o comentábamos los cuentos de un libro que estaba escribiendo sobre personas conocidas. Hasta en los cuentos Santiago se burlaba de algunos conocidos y amigos, o supuestos amigos, y me llamaba la atención que nunca aparecieran retratadas personas que admiraba en demasía como el doctor Julio o el sustituto de Gabo. Es de entender, como las tenía en el altar no las ridiculizaba.

Pensándolo bien, recién hoy veo que nunca me sentí ofendido por las burlas de Santiago. ¿Por qué? Quizás porque me interpelaban más los textos que la provocación. La breve charla se convertía gradualmente en un mapa de conexiones y referencias, en un hipertexto, desbordando la dicotomía y la linealidad del discurso. Es más, había desarrollado, como complemento de las negativas, una técnica eficaz que hoy llamaría el “laberinto”, una especie de cambio de tema, de digresión constante, vericuetos que permitían hablar de todo y de nada, neutralizando uno de los trucos más antiguos del hombre, que consiste en adoptar el rol de antagonista como mecanismo para construir la identidad personal. En los sucesivos encuentros con Santiago se fue fortaleciendo esta maniobra, que en ingeniería se conoce como curva de aprendizaje, que relaciona el volumen de producción con el aprendizaje y que se calcula logarítmicamente. Entonces el asunto Charlie Hebdo no se reduce a la confrontación doctrinal, a los paradigmas rivales Oriente-Occidente, sino que va más allá y compromete la tecnología, pues si me atacan con mortero utilizo mortero u otra arma más potente, si me atacan por la espalada respondo como un  judoka o, en última instancia, si me atacan con previo aviso, negocio, concilio, gano tiempo y desarrollo una estrategia para neutralizar al enemigo. El lector dirá este tipo está loco, no se da cuenta que se trata de fanáticos, de terroristas peligrosos como aquellos que derribaron las Torres Gemelas. Tiene razón el lector y prueba de ello es la vulnerabilidad de las víctimas de la Inquisición. Pero el lector no puede negar que los presuntos terroristas de Charlie Hebdo no alcanzaron a desarrollar una técnica más eficaz que el asesinato, nunca pensaron en construir un consenso a su favor porque se dejaron llevar por la emoción, el principal soporte de la condición humana, y obedecieron la orden cerebral de reproducir ese mecanismo primario de supervivencia llamado acción-reacción. Santiago lo hubiese hecho mejor, hubiese apoyado a los musulmanes, contra la opinión de la mayoría, porque le gustaba llevar a contraria y ponerse junto al débil, y también hubiese defendido a Charlie Hebdo de la amenaza terrorista y de la condena de algunos por irrespetar la fe, hubiese escrito algún cuento al respecto, incluso hubiese sido un excelente caricaturista de Charlie Hebdo de haber viajado a Paris, como muchos, y haber tenido la oportunidad laboral. Es muy tarde para devolver el casete de la historia. Sobra decir que Santiago murió en su esplendor, cuando escribía sus mejores cuentos, y no tenía los 27 años de Caicedo sino 40.

 


LOS FRUTOS DE RAMA, LA CONCIENCIA CRÍTICA DEL BOOM

Como siempre tenemos un amigo que sabe más sobre ciertos temas, le pregunté a Gunter Cortés, filósofo de la Universidad del Valle, alumno de Jarauta y Papacchini, si podía hablarse de una filosofía latinoamericana. Sin vacilar me respondió que no se presentaba una filosofía como tal en el continente, conforme a la definición clásica, sino como teología de la liberación. No podía creer que el autor de una tesis de grado sobre el método en Marx, versado en los borradores de El capital (los Grundrisse) y en la Introducción a la crítica de la economía política, me diese esa respuesta. Para persuadirme de su seriedad evoqué varias evidencias de orden religioso, la evangelización española, el fervor popular de la semana santa, las procesiones multitudinarias de la virgen de Guadalupe, la circulación de la iconografía mística en las iglesias y los hogares, las fiestas de guardar en el calendario colombiano y su ajetreo comercial y, desde luego, la teología de la liberación, todas ellas a su favor. El autor de Aproximaciones a la crisis global de Occidente era de hecho un lector ávido de conocimiento y poco ortodoxo, que estimaba la importancia de las encíclicas de Juan XXIII y la invocación hecha por Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, Pedro Casaldáliga, Ernesto Cardenal, entre otros, para retornar a la eclecia primitiva o auténtica iglesia de los pobres. Pese a todo, las dudas sobre la filosofía latinoamericana no se disiparon y siguieron rondando en las tertulias nocturnas con los amigos, que intentaban ofrecer toda clase de respuestas desde sus especialidades pero ninguna  convincente o satisfactoria.

En ese tiempo era preciso estar actualizado para hablar y haber leído Educación y Lucha de clases de Ponce, además de Humanismo burgués, humanismo proletario. Resultaba desagradable oír comentarios vagos, generalidades de diccionario, sobre Cabrera Infante (Tres tristes tigres), Alfonso Reyes (El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria) o Arguedas (El zorro de arriba y el zorro de abajo) y se consideraba grave prestarse para especulaciones. En el abordaje de autores y títulos cuya lectura era obligatoria no existía la censura y cualquier tema era bien recibido siempre y cuando encajara en los asuntos tratados. Como ya dije en un comentario anterior, las opiniones sobre marxismo se mezclaban con los análisis de obras literarias hispanoamericanas, las conversaciones progresaban de Cortázar a Marcuse, saltando a Freud y Nietzsche, de Sartre a Octavio Paz, pasando por Breton, de Barba Jacob a Poulantzas y de Mandel a Rulfo, defendiendo a Trotsky en contra de Stalin, indecisos de apostar si Lenin hubiese apoyado al creador de la cuarta internacional frente a la tendencia del socialismo en un solo país. Los que no sabían escuchaban, los que creían saber arriesgaban un concepto y los que sabían más de la cuenta discutían hasta que cerraban el negocio casi a medianoche. Gunter no posaba de revolucionario pero se ocupaba del pensamiento antiguo, la teología de la liberación y la filosofía de la liberación, las lecciones del Che Guevara, Malcolm X o Camilo Torres, con generosa solvencia. Gracias a su formación académica podía distinguir entre un filósofo y un pensador, entre un Kant y un Nietzsche, y declarar muy seguro de sí mismo que todo filósofo es pensador, mas no todo pensador es filósofo.

Ciertos autores carecían de un discurso sistémico y un lenguaje proposicional para llamarse filósofos, sin embargo calificaban como excelentes ensayistas por el estilo expositivo y la fuerza de sus argumentos. Casi no se veía gente como Sartre, el existencialista, que una veces podía escribir como filósofo (El ser y la nada, Crítica de la razón dialéctica), otras veces como ensayista (¿Qué es la literatura?, Literatura y arte) y como autor de ficción (La náusea, A puerta cerrada). En realidad, se había preparado para utilizar con la misma fortuna el lenguaje técnico y denso del filósofo y el lenguaje coloquial del escritor de ensayos, relatos y novelas. Se habló de todo, se hicieron análisis inteligentes sobre temas actuales como los límites de la ciencia o la función (compromiso) del escritor, pero la pregunta por la existencia de una filosofía latinoamericana no fue respondida completamente, sólo sirvió para recordar frases asociadas con el problema y mantener viva la expectativa de los lectores. Creo que fue Carlos Fuentes quien explicó en una entrevista que los escritores de América Latina, por los temas de hondo contenido humano y social que abordaban en sus obras, eran los filósofos que todos esperaban encontrar, a falta de un Hegel, un Marx o un Heidegger. O el autor de La región más transparente quizás dijo otra cosa menos filosófica, que los escritores se encargaban de hacer visible la problemática del hombre y la sociedad de nuestro tiempo, como si usurparan la función de los periodistas profesionales, comunicando en sus obras la realidad de los seres humanos y su historia, a falta de una prensa objetiva .

La pregunta por la filosofía de América Latina fue una de las tantas fiebres de sarampión que atacaron durante algunos meses a los habitantes de las universidades y desaparecieron misteriosamente del recinto académico, porque el profesor que introdujera la discusión había cambiado de trabajo o porque las editoriales estaban más interesadas en la crítica del boom de la literatura. El tema contagió a estudiantes y profesores pero no por mucho tiempo y tuvo prensa pero su difusión fue muy tímida, razón por la cual se extinguió sin dejar huella en la memoria. La filosofía de América Latina no tuvo la acogida esperada en la opinión pública, no prosperó en el medio intelectual ni siquiera despertó el interés de los militantes de izquierda que se proclamaban latinoamericanistas, pese a la insistencia de sus principales promotores, filósofos de profesión como Leopoldo Zea, Augusto Salazar Bondy y Rizieri Frondizi, que publicaban sesudos estudios en las revistas especializadas y provocaban controversias de corta duración en el campo de las humanidades. Si bien el consenso en la mesa del café era que no teníamos grandes filósofos, en cambio había pleno acuerdo en que contábamos con excelentes pensadores y ensayistas, por ejemplo José Luis Romero que acababa de publicar su Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Sin temor a equivocarnos podemos decir a estas alturas que ensayistas como Ángel Rama antecedieron a los escritores del boom y prácticamente fundaron el nuevo movimiento con su trabajo crítico, con la participación de agentes literarios e innovaciones en el negocio editorial, a falta de manifiestos escritos por los más intelectuales y mediáticos, un Fuentes o un Cortázar.

Los escritores no aparecen en el escenario para consagrarse por sí mismos, por la calidad de sus obras, sino por la bendición de los críticos, que son personajes secundarios cuyo papel consiste en detectar, valorar y posicionar un autor, o ser capaces de inventar una teoría o un modelo de análisis para proceder al descubrimiento del mejor poeta, el mejor cuentista o el mejor novelista de un período de la historia. Numerosos ensayistas liderados por Ángel Rama se ocupaban entre los sesenta y los setenta de valorar las obras del boom de la literatura latinoamericana, el evento cultural más importante del siglo pasado en América Latina. Si hacemos caso a la crítica los estandartes del boom fueron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, de Colombia, Perú, Argentina y México, respectivamente, como si alguien se hubiese confabulado para darle a cada país la oportunidad de enorgullecerse por la emergencia de un autor universal. El boom sirvió para hacer visible otros escritores notables, que en forma silenciosa trascendían sus propias fronteras, y para relanzar algunos clásicos que se conocían por ediciones de gran tiraje como el Primer Festival del Libro y la biblioteca Salvat. Hablamos de Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Manuel Puig, Juan Carlos Onetti, Augusto Roa Bastos, Jorge Amado, José Donoso, Arturo Uslar Pietri, Salvador Garmendia, Miguel Ángel Asturias (premio Nobel), José María Arguedas, Manuel Scorza, Juan Rulfo, Juan José Arreola, algunos de los cuales oficiaban en la crítica.

Los novelistas del boom se caracterizaban por su vasta cultura y un manejo refinado del lenguaje, por escribir con fundamentos y enriquecer el legado de su tradición. No eran autores ingenuos que pretendieran crear una obra sin ideología, doctrina y tesis, o que se dejaran llevar por la corriente política de la época para seguir teniendo demanda. Cuando casi todo lo bueno llegaba de otra parte, el rasgo distintivo de estos autores era la independencia. El pensamiento y el método asimilados de las culturas foráneas permiten a Rama acuñar nuevas categorías para explicar el cambio cultural en curso como “ciudad letrada”, “transculturación narrativa” o “mercadotecnia del boom”. Los críticos del boom, los editores, la prensa y el público se acostumbraron a rotular las obras con los términos de realismo mágico (García Márquez), realismo maravilloso (Carpentier) y realismo fantástico (Cortázar). No es posible hacer crítica sin dominar el género ensayo ni pensar ensayísticamente sin contar con fundamentos teóricos, metodológicos y filosóficos. La fundamentación crítica es lo que diferencia a un ensayista literario de un articulista de prensa, a una estructura de análisis de una opinión inteligente. Sin pensamiento sistémico es imposible imaginar una obra sorprendente y ambiciosa como la escrita por José Carlos Mariátegui, Aníbal Ponce, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Candido, Antonio Cornejo Polar,  José Miguel Oviedo, Roberto Fernández Retamar, Jean Franco, Luis Harss, Saúl Yurkievich, Noé Jitrik, Ariel Dorfman, Juan Lovelucki, Seymour Menton, Enrique Anderson Imbert, Guillermo Sucre, Emir Rodríguez Monegal, Jorge Rufinelli o Saúl Sosnowski, muchos de ellos novelistas sin éxito, como Harss y el mismo Rama.

¿Y qué?, dirá el lector, ¿dónde está el chiste?, todo esto lo puedo leer en un manual de literatura, que incluso trae mapas conceptuales, ejercicios e índice analítico. Por favor, diga algo nuevo. Tiene razón el lector, pero es que todavía no he terminado. Justamente estaba a punto de decir que los escritores actuales no son pensadores, es decir, no han demostrado tener bases conceptuales y metódicas en respaldo de sus obras, por tanto no pueden compararse con los autores del boom cuyas obras conviven con la antropología (Arguedas), la historiografía (Carpentier) o la ciencia (Sábato). Indistintamente, los autores del boom militaron en la cultura del vanguardismo, que es un invento europeo, como casi todo en el proceso de fundar la modernidad intelectual y cultural, una tentativa de independencia que reconoce sus orígenes. En un principio, la avanzada del boom, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes, era reconocida por su tendencia de izquierda y por pisar las arenas movedizas de la política, consecuente con la postura crítica contra la realidad social de exclusión y pobreza dominante en la región. Las novelas Cien años de soledad (1967), La muerte de Artemio Cruz (1962), Rayuela (1963) y La casa verde (1966) plantean problemas de corte ontológico, sociológico y antropológico no resueltos, lugares comunes identificados desde comienzos del siglo XX con el atractivo nombre de ingreso al modernismo. La falsa modernidad instalada en la república de tierra caliente, como dijo Valle Inclán, degenerada por las artes de la demagogia, es denunciada por el modernismo de la vanguardia intelectual, que parece estar casi al alcance de la mano cuando triunfa la revolución cubana.

Si las novelas asumieron el rol de vanguardia social junto con la política, mucho mayor fue el impacto de la crítica a través del ensayo, que analizó el sentido y alcance de tales novelas y condujo a la reflexión sobre la realidad representada. Por tratarse de un oficio naciente era de esperar que los ensayos celebraran aciertos y cometieran deslices. Poco después de la consagración de García Márquez con su novela mítica sobre Macondo, Vargas Llosa presenta su tesis doctoral titulada “García Márquez: historia de un deicidio”, publicada el año 1971 por Barral Editores, obra atrevida que prometía desnudar las motivaciones y la técnica narrativa del colombiano. Si se examina la monografía del escritor peruano puede verse su visión totalitaria (enciclopédica) de la crítica y su desconocimiento de la metodología corriente de la época con avances en aspectos de muestreo, focalización, triangulación, interpretación, etc., que podría haber aplicado de conocer los trabajos de Gadamer o Merton. De allí que sus categorías de análisis sean convencionales. Vargas Llosa se apresuró en su deseo de hacer historia como crítico de Gabo sin tener al menos una teoría o un modelo de análisis. Según la bibliografía anotada, devoró casi todo lo que se había publicado sobre Cien años y creyó que era suficiente para escribir un mamotreto de 600 páginas, se saturó del objeto y olvidó la perspectiva. También hubo ligereza de Jaime Mejía Duque, crítico colombiano que cultivaba la sociología literaria e hizo historia con su “Literatura y realidad”, cuando quiso dar una puntada definitiva cuestionando de García Márquez, (El otoño del patriarca o la crisis de la desmesura, 1975) lo que era precisamente su mérito, la exageración o hipérbole.

Obras importantes, entre un centenar de buenos trabajos de ensayo, fueron  “Los nuestros” de Harss (1966), “Borges, el poeta” de Sucre (1967), “Para una teoría de la literatura hispanoamericana y otras aproximaciones” de Retamar (1975), “El cambio actual de la noción de literatura y otros estudios de teoría y crítica latinoamericana” de Rincón (1978), sobre obras de autores que clasificaban en movimientos y teorías literarias. En “Transculturación narrativa en América Latina” Ángel Rama señala la importancia de la extrapolación disciplinar de teorías, métodos y perspectivas en el abordaje de los trabajos. Se refiere a la transculturación desde la oralidad a la escritura y desde la tradición oral popular a la creación del texto literario. Las técnicas y el punto de vista narrativo se importaron de las culturas desarrolladas, pero el lenguaje y la representación popular se aprendieron en el propio medio y en la tradición modernista que comienza con Rubén Darío, según indican la mayoría de críticos. En otra vertiente se habla del mestizaje, se habla de un continente donde se forma, desde la colonia, el más puro barroco. La que representa este crisol de influencias, la formación del barroco americano, es la novela Concierto barroco de Alejo Carpentier. De otro lado y mucho antes, tenemos el proyecto modernizador de Mariátegui a través de la revista Amauta, que ejerció gran influencia en la primera ola vanguardista de los años veinte. Las revistas Marcha de Uruguay y Casa de las Américas de Cuba continuaron en la línea trazada por Mariátegui de involucrarse en el proyecto de emancipación cultural y política de América Latina. La revista Marcha de Aníbal Quijano existió desde 1939 hasta 1974, año en que fue cerrada por la dictadura de Juan María Bordaberry.

En el propósito de hacer un periodismo literario y cultural renovador, que tuviese un impacto masivo, se trasladaron a América Latina los modelos de revista europeos y norteamericanos (L’Express, Time, Newsweek) adecuándolos a las demandas nuevas de los públicos nacionales (Rama, 1984). Poetas, narradores y ensayistas se formaban alrededor de las revistas, animadas por docentes universitarios, intelectuales y escritores ocupados enteramente, en la mayoría de los casos, de la producción y difusión. Las revistas más conocidas fueron Casa de las Américas, Marcha, Mundo Nuevo, Plural, Vuelta, Jaque,Texto Crítico, El techo de la ballena, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Crisis y la revista Escritura de Ángel Rama. En el espacio de convivencia de las revistas floreció el proyecto cultural y social y la solidaridad entre los miembros de una cofradía que parecía perdurar. Esta unión se acabó y sus integrantes partieron al exilio obligados por la mano dura, por las manos criminales de la dictadura, para volver a empezar de cero. Es en las revistas, con manifiesto o sin este, donde se dan cita los escritores, donde se prepara y se da cuenta de la celebración de eventos, encuentros, simposios y seminarios. Ahí es donde se publican los nuevos trabajos y convergen los autores y el público para compartir experiencias y visiones del mundo, para expresar preferencias y simpatías y para sellar distanciamientos. Las revistas notifican al mercado literario sobre la aparición de nuevos valores y definen la identidad de los autores según la presentación que de estos hacen las editoriales, especifican quién es quién en el relevo generacional, y con alguna suerte descubren y presentan al escritor con más proyección en un lugar o época. Y lo más importante es que en las revistas se forman los críticos.

Ninguna campaña publicitaria reemplaza la valoración del crítico, que cuida la calidad intrínseca por encima de factores externos como los premios o la venta. La dedicación, la pasión y el rigor del crítico anulan las veleidades del mercado. Ángel Rama devoraba libros en persecución de teorías y métodos, su obsesión era estar al día para responder a las expectativas, que se renovaban cada día con la publicación de nuevas obras y la aparición de nuevos nombres. Los títulos de sus libros reflejan la evolución experimentada con el correr de los años, títulos innovadores tanto como sintomáticos del ritmo de la vida intelectual de su época. La aventura intelectual de Figari, La generación crítica, Los dictadores latinoamericanos, y póstumamente Literatura y clase social, La crítica de la cultura en América Latina, García Márquez, edificación de una cultura nacional y popular y Literatura, cultura y sociedad en América Latina, entre otras obras, dan cuenta de su compromiso valorativo y prospectivo a escala continental. Rama esperaba que el cambio resultante del trabajo a futuro de la vanguardia política y cultural fuera vivido por las nuevas generaciones, no por la suya, como se aprecia en su última carta del 15 de octubre de 1983 dirigida a Carlos Maggi desde París: “Si no nosotros mismos, estoy seguro de que nuestros hijos reharán ese mundo, con el mismo puntillo arrogante que pusimos nosotros en los gloriosos 50 y 60 que recorrimos en conquistadores” (Peyrou, 1962).

En la época en que abandonaba la novela para centrase en el ensayo, Rama (1962) comenta sobre sus planes de adoptar nuevos enfoques críticos: "Nunca dije que la sociología de la literatura fuera el único método recomendable –espero escribir sobre las interpretaciones psicoanalíticas que me interesan sobremanera, y sobre los estudios formales–ni el único que yo mismo habría de utilizar". En la fecha de su último viaje (1983) después de dejar París, en el avión de la ruta Madrid-Bogotá para asistir a un congreso junto con Marta Traba, Jorge Ibarguengoitia y Manuel Scorza, Rama mantenía una intensa actividad como lector, ensayista, diarista, autor epistolar, conferencista,  periodista y editor, entre otros oficios escriturales. El escritor apreciado por unos y vetado por otros no descansaba un instante en la búsqueda de conocimiento. Rama sabía de todo sobre cultura occidental y, como su paisano Galeano, autor de Las venas abiertas de América Latina, sobre cultura latinoamericana. “Para pensarnos mejor” fue el nombre que dieron los ramistas al conversatorio realizado en el marco de la celebración de los 25 años de la muerte del maestro.  “Rama es, además, un virtuoso del subgénero de los panoramas –reconoce Mabel Moraña–. Tuvo esa capacidad para ver la totalidad y poder distinguir temas, núcleos, direcciones, transgresiones. Él podía organizar el funcionamiento cultural de una manera muy orgánica. Eso se extraña”. Ana Pizarra agrega: “El suyo no es un latinoamericanismo pobre o restrictivo, es un latinoamericanismo dentro de la cultura occidental”.

Con la devoción de Rama por el saber, viniera de donde viniera la teoría o el modelo, seguramente estaría analizando la novela contemporánea de América Latina, la obra de Santiago Roncagliolo, Juan Gabriel Vásquez y Roberto Bolaño, con un aparato crítico renovado por la hermenéutica y el posmodernismo. Como Rama era osado le habría echado el diente a la novela colombiana de la violencia y el narcotráfico y hasta se habría visto tentado a desarmar y volver a armar (deconstruir) Qué viva la música de Caicedo. “Es que mueren en el 83 –justifica Hugo Achugar la imposibilidad de Rama y Marta Traba de tener un auditorio nuevo con un discurso viejo–, cuando comienza en el mundo iberoamericano todo el debate de la posmodernidad, y el famoso tema de la ciudad letrada empieza a quedar casi obsoleto porque estamos viviendo en la ciudad cibernética, televisiva, informática o como gusten llamarla”. Pero Rama estaba habituado a actualizarse para mantener una discusión inteligente con contradictores como Emir Rodríguez Monegal, uruguayo también. “Yo creo que Rama no entendía el trabajo cultural sin debate –dice Mabel Moraña–, era una cosa que lo apasionaba”. En lo personal es la crítica como debate, que prepara al retador para no esconderse y saber responder, para no abandonarse a la grosería del odio y el enojo por salir derrotado. “Decía que justamente la polémica era lo que medía el vigor de una cultura” –sostiene Ana Pizarra. Eran otros tiempos, como aclara Mabel Moraña, “hay una razón fundamental, ¿no? Que es la plataforma política en que todo eso estaba armado en los sesenta y los setenta...”.

No se necesita leer libros, sino ver lo que pasa alrededor, para comprobar que el proyecto emancipador que envolvió a Rama y a la izquierda en su conjunto no fue inútil, todo lo contrario, dio sus frutos muchos años después con una nomenclatura inimaginable, llamada socialismo del siglo XXI, que ha resultado más realista en desarrollo económico y geopolítica que la misma revolución cubana. El movimiento popular que elige y reelige gobiernos de izquierda en la mayoría de naciones de América Latina ha derrotado a la filosofía posmoderna que hablaba del fin del metarrelato y la desideologización de las ideas. “Bueno, por supuesto que había un proyecto –admite Hugo Achugar–, y ahora no es que no haya proyectos, pero quizás perdimos la ingenuidad de creer. Porque había una cierta cosa ingenua en las polémicas de Ángel, de Mario Vargas Llosa, incluso la de Cortázar con Collazos, la ingenuidad de creer que a través de la palabra y el debate llegaba el cambio. Hay menos ilusión ahora”. Hoy las ideas no salen sesgadas por obedecer al determinismo revolucionario, tampoco la ciencia se reduce a la dialéctica de la lucha de clases, sino que prosperan múltiples alternativas de desarrollo estratégico en la región.

En palabras de Ana Pizarra y como conclusión: “Ahora opinan los economistas, los escritores son los intelectuales menos escuchados. Ahora, yo creo también que en los años sesenta y setenta nosotros manejábamos la idea de América Latina como un bloque monolítico, y resulta que Ángel y Marta, entre otros, nos hicieron ver una América Latina mucho más plural”. Treinta años después de la muerte de Rama otras creencias como la influencia del clima en el espíritu relajado del criollo o la inevitabilidad de la revolución armada a la manera cubana o nicaragüense han caído en desuso o fueron disueltas por el propio peso de la historia posmoderna. Recreando a Onetti, el mapa político de América Latina dibuja diversas rutas de ingreso a puerto Astillero, cuando está a punto de arruinarse, para salvarlo del marasmo, una operación tardía que nadie vislumbró en los setenta. Hoy no son los partidos sectarios sino los gobiernos socialistas de América Latina, más moderados que radicales, los que sostienen un proyecto político gracias a alianzas toleradas dentro de la transición necesaria. Por lo que se conoció de Rama, ensayista incansable, organizador de eventos y bibliotecas, viajero y conferencista oportuno, aceptaría todos los trabajos que le ofrecieran las instituciones de los países socialistas como el Uruguay de Mojica y Tabaré Vásquez, y entendería sin mucho esfuerzo que la tripulación pudiera quedar al resguardo de gente pragmática.

 

BIBLIOGRAFIA

Moraña, Mabel (2008). “A 25 años de su muerte: Ángel Rama y los imaginarios de la crítica” en Acto oficial realizado en el Paraninfo de la Universidad de la República, organizado por el Ministerio de Cultura en Montevideo, Uruguay, 27 de Noviembre de 2008.

Peyrou, Rosario (Curaduría y textos) (1962). Ángel Rama Explorador de la Cultura. Centro Cultural de España en Montevideo.

Rama, Angel (1962). "Vaivén generacional" en Marcha,no 1 11 5, 13 julio 1962, p. 29.

Rama, Ángel (1984). Más allá del boom: Literatura y mercado. Buenos Aires: Folios Ediciones.

Ruffinelli, Jorge (1992). “Ángel Rama, Marcha, y la crítica literaria latinoamericana en los 60s” en Scriptura; 1992: Núm.: 8-9; 119-128.

 


LA TRAVESÍA DEL ATRAVESADO

INCIDENCIAS DE LA NOVELA QUE NO HIZO NADA POR CAICEDO

La noticia de este nuevo siglo es que Colombia supera a los demás países de América Latina en novela. Daniel Ferreira es el último ganador del Premio Clarín de Novela 2014 con “Rebelión de los oficios inútiles”, después de haber obtenido galardón con "La balada de los bandoleros baladíes" (Premio Latinoamericano de novela Sergio Galindo 2010, Veracruz-México) y "Viaje al interior de una gota de sangre" (Premio Latinoamericano de novela Alba Narrativa 2011, Cuba). El nombre Ferreira se suma a otros escritores nacionales destacados como Restrepo, Franco, Rosero, Vásquez, para mencionar unos cuantos, que compitieron con centenares de novelistas y vencieron por la mejor técnica, trama, lenguaje o inventiva de sus obras.

Un centenar de los miles de novelistas colombianos alcanza notoriedad y de este grueso número sólo una veintena goza de los favores de la prensa, que termina de posicionarlos en el mercado editorial. De estos veinte, acaso Juan Gabriel Vásquez sea el único que ha logrado alcanzar el nivel de un Gabo, los demás deben conformarse con la fama en Hispanoamérica, el interés de las grandes editoriales y los ingresos por los premios y contratos. Hasta el momento, Medellín parece ser el epicentro de la novela con escritores como Franco, Abad y Vallejo, principalmente. ¿Y Cali qué? Nos pasaremos hablando otro siglo de Caicedo porque no ha salido el novelista que distraiga las miradas del público y diga “soy exitoso, vivo de la novela y no necesito hacer otra cosa”. Es mi teoría, que infinidad de escritores de todo el país, salvo Cali, aprendieron a escribir literariamente y gracias a sus premios internacionales convirtieron a Colombia en potencia novelística. Faltando quinientos metros para la meta, los escritores de Cali están en el pelotón y hasta el momento no se ve a nadie que amenace con una atropellada fulminante.

Mi teoría es que Cali ha conservado una mentalidad parroquial pese a su modernización física ostensible en Chipichape, Centenario, Palmeto y Bulevar, en los edificios Torre de Cali, Banco de Occidente y Banco de Bogotá, en los conjuntos residenciales, puentes elevados, avenidas rápidas y especialmente en el sistema de transporte Mío. Cali quedó reducida al folclor que rechazaba Caicedo y que motivó su respuesta artística junto con otros íconos de la época como Guerrero. Quizás por su clima tropical, como decían los teóricos decimonónicos, Cali no pudo desprenderse de su macondismo inveterado con personajes como Jovita y el loco Guerra. Hoy Cali es la capital de la salsa y los monumentos que se proyectan son el justo premio a los músicos populares antes que a los intelectuales y escritores.

Fue precisamente el macondismo, según Fuguet y Manrique, lo que provocó las ganas de Caicedo de escribir una literatura moderna, además de hacer teatro y cine vanguardista. Fue el provincianismo lo que hizo que Caicedo mirara al extranjero en busca de fundamentos estéticos y referentes de creación. En este nuevo siglo la mentalidad colectiva ha cambiado y el internet hizo del mundo una aldea global, como bien anunció en su momento McLuhan, no comunicador social como muchos creen sino doctor en poética. Cualquiera que tenga acceso a internet se vuelve un experto en Duchamp, cualquiera que consulte en su tablet sabe quién fue Tina Modotti y la relación que mantuvo con Julio Antonio Mella. Dicho en términos populares, el mundo ha dejado la pendejada. Curiosamente, la misma prensa que exalta a los novelistas premiados mantiene a la gente con una mentalidad premoderna, por un mecanismo inconsciente, como diría el doctor Freud, o por contribuir al mantenimiento de la democracia, como dijo el coronel Plazas. Para muestra un botón, hoy 29 de noviembre leí el siguiente titular en El País de Cali: “Juan Pablo Jaramillo, famoso youtuber colombiano, confiesa que es homosexual”.

Pero si El Colombiano es más retrógrado, dirán los contradictores. Es verdad, sin salir de la caverna el periódico paisa conduce los pasos perdidos de millones de personas en Antioquia y sus alrededores. ¿En qué quedó mi teoría? En nada. Echando mano de cierta teoría de segundo grado o subteoría podemos decir que los novelistas paisas son más reactivos o más críticos de su cultura regional. Esta teoría secundaria no tiene peso porque ser crítico de la propia cultura no asegura la emergencia de un buen novelista. La pregunta es ¿por qué después de Caicedo no tenemos en Cali un novelista sobresaliente que trascienda las fronteras? Estamos intentando encontrar la respuesta. Mientras tanto, presentamos otra teoría, la última para no cansar al lector, una teoría que nació en los ochenta en las charlas sostenidas con el escritor Enrique Cabezas, premiado por su novela “Miro tu lindo cielo y quedo aliviado”, y madurada con lecturas de diversa índole y sobre todo con el tiempo. Según me dijo Cabezas, él no era un gran escritor por la falta de crítica.

En el caso de Caicedo no vemos todavía el trabajo crítico, que seguramente llegará y revelará la justa medida del escritor caleño, sólo vemos anécdotas y opiniones, lugares comunes y tentativas de interpretación, mitificaciones y mixtificaciones (dijeron en una tesis que Caicedo era miembro de la familia Caicedo, el famoso apellido asociado a la caña de azúcar). Ningún escritor inédito llama la atención de la crítica, esta viene después de publicarse el primer libro, el segundo, el tercero, hasta que se llega al punto de saturación, como dicen los metodólogos cualitativos, o hasta la repetición de la repetición, que Thomas Kuhn llama respetuosamente ciencia normal. Tenemos gente preparada para hacer la crítica literaria de Caicedo, Harold Alvarado Tenorio, Álvaro Pineda y Jorge Ordóñez, entre otros (lástima que el finado RH Moreno Durán prefirió ser novelista antes que crítico). La crítica tiene la última palabra sobre el caso Caicedo. A propósito, dije Jaime Tello, en una perspectiva claramente sociológica, que “el crítico surgirá cuando las necesidades sociales del país lo requieran” (citado por Medina, 2010).

Así como están las cosas, no demora en salir un peso pesado, un Ángel Rama, haciendo la valoración crítica de este novelista que algunos llaman talentoso y otros precoz. Nadie sabe si Caicedo se hubiese estancando, contagiado por el medio caleño, o hubiese estado disputando los grandes premios en el mundo desarrollado. De pronto tendríamos un Príncipe de Asturias y hasta un premio Nobel, quién quita, si nuestro novelista hubiese sobrevivido a las drogas. Es verdad que Caicedo murió prematuramente y el tiempo no le dio para escribir una obra copiosa digna de un profesional como Gabo o Vargas Llosa. Tampoco su escasa obra tiene la contundencia de El llano en llamas y Pedro Páramo de Rulfo o la fina elaboración de El Astillero y Juntacadáveres de Onetti. Le faltó tiempo para entrar al club de los elegidos del boom, categoría que estaba vigente en 1977. Han transcurrido 37 años desde su muerte y la sombra de su figura mítica crece descomunal como el ciudadano Kane. Atribuyo la idolatría caicediana al hecho de que no hay en Cali, entre el centenar de novelistas que escriben y publican regularmente, nadie que lo supere en técnica narrativa y propuesta poética.

Mientras llegan los críticos, paso a contarles la travesía de la primera novela de Caicedo, El Atravesado, con fechas, lugares y nombres para entrar en contexto y de pronto satisfacer a los lectores habituados a la verosimilitud de las palabras. Agradezco a Carlos Moncayo que me haya recordado insistentemente, en nuestros encuentros fortuitos en la ciudad y ahora último en el Bulevar de Cali, donde no nos cansamos de hablar de la visita de Manuel Puig o de la entrevista que sostuvo con el maestro Vargas Llosa, la sugerencia de escribir esta nota. Como he comentado a Carlos, el incidente literario de marras sucedió por allá en el año 1975 o quizás fue en 1976, de lo que sí estamos seguros es que no fue en 1977 porque desde la lectura del librito “que le publicó la mamá en hoja barata y pasta amarilla chillona”, como dice Angélica Gallón Salazar (2012), hasta la muerte prematura de Caicedo, transcurrió más de un año. Son muchas personas involucradas en el caso, pero cometo reduccionismo por motivos de espacio. Los episodios fueron los siguientes: visita a la Universidad del Valle sede Meléndez, regalo de Aída, amistad con Alba, noticia de Alba sobre la muerte de Caicedo.

La verdad, entre 1975 y 1977 nadie daba un peso por El atravesado de Caicedo y tampoco por el escritor. Caicedo comenzó a perfilarse como escritor de cuidado gracias a la escogencia del Instituto Colombiano de Cultura, más conocido como Colcultura, para que figurara en su serie de ediciones rústicas de bolsillo, distinguida por la carátula de los búhos sobre las tapas de un libro abierto. Y no era porque la gente prefiriera María ni porque estuviéramos detenidos en el tiempo, en el gran siglo XVIII del romanticismo, renuentes a masticar obras modernas en la tierra de Isaacs. La razón era más trivial, se trataba de una autoedición, un volumen por lo demás feo, un diseño a dos tintas ideado por un muchacho inexperto, el dibujo de un pandillero sobre un fondo amarillo y el título escrito a mano alzada. Una carátula a dos tintas para un libro rústico. El código comercial ha impuesto que la mercancía entre por los ojos. Tales detalles importan para la gente del común, que valora la presentación del libro, para un lector disciplinado es un hecho circunstancial y hasta chistoso. Como decir que encontramos un perfume exquisito en un pomo de penicilina.

La baraja de libros se destacaba en el suelo a la entrada de humanidades, que quedaba después de administración, cuando era impensable que humanidades ocupara los bloques de residencias universitarias. El conocimiento de la primera obra del autor fue mucho antes de que los uniformados se tomaran las residencias de la Universidad del Valle para desalojar a los estudiantes de provincia acusados de subversivos. Los investigadores pueden darse tiempo para establecer la fecha exacta en internet. Llegué por la mañana, saludé a la dueña, amiga de una amiga, y me dispuse a mirar las novedades de las prestigiosas editoriales españolas, mexicanas, argentinas y colombianas. De pronto me llamó la atención un montón de libros feos del mismo título, levanté uno cualquiera, lo abrí sin mayor interés, leí unas líneas, seguí leyendo, esta vez varios párrafos, pasé las hojas y pude seguir en ese trance hasta el anochecer de no ser por Aída, que observaba la operación. Creí que debía decir unas palabras y dije está bueno, excelente narrador, es muy coloquial. Aída me dijo llévalo. No entendí. Es un regalo, llévalo… y me comentas.

Así fue cómo conocí El Atravesado y la narrativa juvenil de Caicedo. Por esos días coincidí en una mesa con Taseche (Fernando Tascón Echeverry), puse el libro a la vista y su reacción fue automática, me dijo que Caicedo copiaba a José Agustín. Al menos había leído la primera novela del autor y tenía una opinión que los comentaristas de este tiempo no cesan de repetir como un hallazgo de última hora. También por esos días me hice amigo de Alba, la viuda de Hernando Olano Cruz, jefe rojaspinillista, una lectora incansable a quien no sé si regalé el libro o solamente propuse reiteradamente los temas Caicedo y García Márquez, el primero porque era el caleño más destacado y el segundo porque había dejado a todo el mundo ensimismado con sus Cien años de soledad. Alba nunca pudo digerir a Gabo y mostraba un elegante repudio por el escritor debido más a su militancia izquierdista que a su calidad literaria.

No le gustó La mala hora ni La hojarasca. En cambio Caicedo le caía bien y no por el hecho de ser caleño, y no le molestaba en absoluto que se atravesara en nuestras conversaciones y diera lugar a largas digresiones sobre lengua estándar, dialecto y modo de caracterizar al personaje por su modo de hablar. Alba no necesitaba escuchar ninguna crítica, le bastaba con imaginar los lugares mencionados por Caicedo, que ella conocía perfectamente. Cada vez que salía algo en la prensa lo recortaba y me lo guardaba, cuando me despedía llevaba las manos ocupadas, los recortes dentro de un libro en una mano y la bola de queso en una chuspa de papel en la otra. Eran quesos finos y costosos que prefería regalar a las amistades entrañables. El rótulo Caicedo escritor quedó tan grabado en el cerebro de Alba en el período de un año o año y medio de charlas en su apartamento de Miraflores, charlas acompañadas de vino, galletas exquisitas y quesos de fuerte aroma importados de Suiza. Fue Alba la que me notificó apesadumbrada la muerte de Caicedo, el mismo día de los hechos, con una voz quebrada que denotaba su dolor.

Alba no sabía que existían los pobres. En una ocasión volvía de López, de una cita con sindicalistas o militantes de izquierda, no recuerdo, y llegué a su apartamento, me preguntó dónde había estado. Le dije que en López. Que cómo me fue. Le dije que bien, todo salió según lo planeado, sólo que sentí pesar de ver el esfuerzo de una familia para invitarnos maduro asado con café en leche. Viendo que la anfitriona demoraba más de la cuenta pregunté dónde había una tienda y salí corriendo a comprar la leche. En la tienda encontré a la señora de la casa, arreglando con el tendero la fecha en que le pagaría la chuspa de leche. Ah, usted por acá. Tranquila, le dije, me entretuve hablando, pero hagamos la lista, ¿qué se necesita?, leche, azúcar, pan, queso, café, claro está, no podemos regresar sin el café. Alba escuchaba mi relato asombrada, le parecía que estaba remedando a García Márquez, una historia en estilo macondiano precario. Sin querer fastidiar dije que la gente por allá se acuesta con un maduro asado y un tinto, cuando hay, nada que ver con los personajes de la sexta, del norte de la ciudad, de Andrés Caicedo. No seas mentiroso, dijo Alba, en Colombia todos comen, debe ser un cuento comunista.

Seguimos con los incidentes de la primera novela de Caicedo. ¿Qué fue lo que me confesó Aída? Sin preguntarle, pues en esa época me bastaba el goce de la lectura y poco me importaba la historia del nacimiento o muerte de una novela, me dijo que El atravesado era un fracaso editorial. No me habló de la calidad de la obra, me comentó que había recibido de manos del propio autor, en consignación, el lote de libros, que su precio inicialmente era de 50 pesos, que al volver y constatar que no se vendía, el autor había resuelto rebajarlo a 20 pesos y que después no había vuelto al lugar ni a preguntar por la venta de su libro. Tal vez estaba ocupado escribiendo más literatura o haciendo películas, mientras cientos de ejemplares repetidos de su libro ocupaban un espacio considerable en la bodega que Aída tenía alquilada en el barrio Miraflores, frente a la casa de doña Rosmira, la mamá de Nydia Vivas. Meses después de la muerte de Caicedo vi esos mismos libros feos de tinte amarillista en los estantes de la librería Nacional. El nexo era Aída-Nydia-Aura, no digamos como Tres mujeres de Musil, sino alrededor del negocio de los libros. Aura había liquidado Letras para ocupar el cargo de administradora en La Nacional, Nydia se desembarazaba lentamente de la librería La Lechuza y Aída vendía los saldos de su bodega después de graduarse en filosofía.

Una persona descuidada habría regalado los libros a un reciclador para aprovechar el espacio de la bodega, sabiendo que cualquier espacio es oro. Una persona amiguera habría repartido los libros en los encuentros con sus amistades, corriendo el riesgo de que no fueran leídos, y en los eventos culturales de la ciudad, mediante canjes con escritores que publican del propio bolsillo. Caicedo tuvo la suerte de quedar seleccionado para la serie literaria de Colcultura, de generar expectativa y de revelarse Qué viva la música como una novela realmente buena. Entonces se entiende la razón por la que El Atravesado salió ganando, un libro que no había hecho nada por su autor terminó engalanando los principales estantes de la librería Nacional por algunos días. Me imagino que los libros se vendieron en un santiamén. No conocí al impresor de El Atravesado, pero sí al que publicaba la revista Ojo al Cine, Pacho Vernaza, con quien mantengo una vieja amistad. Por mera coincidencia, la imagen era la misma que la experimentada donde Aída, el amontonamiento de revistas que denotaban el fracaso editorial. La dificultad para vender una publicación y al menos recuperar la inversión. Las carátulas vistosas del montón de revistas en una parihuela parecían chillar en busca de un lector, pues era lo primero que veía el cliente delante del mostrador.

Las revistas no estaban en una bodega, sino a la vista, sabía que hablaban de cine y por eso no le pedí al dueño que me regalara un ejemplar de cada número. Tenía el ojo puesto en las revistas porque no había dónde más mirar y quizás por ello Pacho pensó que estaba interesado en el tema y me las regaló con un gesto de amabilidad del proveedor al cliente. Justamente allá fue donde hicimos todas las publicaciones de Rosa Blindada en papel, cuando la carrera quinta era más angosta y Arte Color todavía no se trasladaba a la calle 17 con 5a. En ese tiempo los amantes de la cultura, especialmente los estudiantes universitarios, mezclaban literatura y política, era tal el fervor cultural y revolucionario que, como expresa María del Carmen Huerta, personaje principal de Qué viva la música, se estudiaba El capital de Marx al mismo tiempo que se leía con devoción a los escritores del boom. Otra gente buscaba su liberación alternando literatura y cine. De tal manera que un sábado como a eso de las 10 de la mañana fuimos con Alba a ver una película en el Teatro San Fernando y me pareció haber visto a Caicedo en la puerta de entrada.

Nada de eso, ahora me convenzo de las mentiras de la imagen, nunca vi a Caicedo y nunca le escuché decir “póngale tenis” en la escena de una película sobre un niño salvaje al que recuperan del bosque y calzan con zapatos de cuero. La gente de cine sabrá identificar la película. Todos saben que Caicedo era amante del celuloide y que volcó su entusiasmo en la creación de un cine club, como sucedáneo de la producción, la dirección, el manejo de una cámara y la actuación. Se han presentado varios documentales y muchas fotografías del cinéfilo Caicedo y cada día surgen nuevos testimonios de su paso por el teatro San Fernando. Uno ve tantas veces las mismas fotos del joven novelista en el frontispicio de un teatro, en su ambiente natural, que cree haber estado en el lugar de los acontecimientos. Sin duda se trata del llamado efecto Gestalt, que consiste en que uno ve, en virtud de una graciosa trampa de la mente, no lo que es sino lo que uno quiere ver. En cambio es totalmente verídico que saludé al poeta Aníbal Arias a la salida del teatro y que días después me preguntó si la señora con la que iba era mi mamá, tal vez porque era alta, casi me alcanzaba en altura, y tenía cierto andar reposado.

En efecto, siempre pensé que había visto a Caicedo a la entrada del teatro San Fernando, pero todo fue una ilusión producto del bombardeo constante de fotos en los medios de comunicación. La avalancha de fotos en internet en la primera década de este siglo superó el acumulado en treinta años de historia y ha contribuido al incremento del número de jóvenes que veneran a Caicedo. Además, desde hace tiempo es obligatoria la lectura de Qué viva la música en los colegios de Cali y el resto del país. La nota insólita es que en la época de exhibición de El atravesado en humanidades, Universidad del Valle, en la mediana del año 1976, ningún lector de novelas daba un peso por Caicedo, ni sus amigos cercanos. ¿Por qué digo esto? Porque es imposible creer que aquellos que acompañaban al Rimbaud caleño o colombiano hasta el año 1975 hayan permitido, en primer lugar, la publicación de un libro desaliñado, y en segundo lugar, el fracaso editorial, la indiferencia absoluta frente a su ópera prima.

Fue Fernando Garavito, según me dijeron, quien recomendó Qué viva la música a Colcultura. Recuérdese que fue precisamente en 1975 que el poeta y periodista bogotano organizó y dirigió Estravagario, la revista cultural del periódico El Pueblo de Cali. La muerte de Caicedo truncó su carrera como novelista e impidió conocer la suerte del más talentoso de su generación, que dos años después de regalar la edición de El Atravesado porque nadie se interesaba en el libro, publicaba una novela de gran tiraje para todo el país que cambiaría la historia. Es por este viraje inesperado que ahora todo el mundo habla bellezas de Caicedo.

Hoy nuestro autor seguramente estaría escribiendo sus memorias, por solicitud de alguna editorial que sigue el curso de la moda o por recomendación de un Garavito especializado en mercadeo, en cuestiones de tarjet group y segmentación de mercado. Seguramente evitaría la perífrasis verbal por consejo de su editor y ensayaría la frase larga utilizando con prudencia las aliteraciones disfrutadas por Cabrera Infante. Quizás Caicedo fuese hoy una institución literaria, como la mayoría de escritores que opinan sobre todos los temas en la prensa, quizás fuese un director de cine con planes de escribir novelas en las vacaciones, quizás una persona veterana en los comentarios y entrevistas sobre salsa en la Feria de Cali o quizás fuese el auténtico sucesor no macondiano de Gabo. No se sabe.

 

REFERENCIA

Gallón Salazar, Angélica (7 Mar 2012). "Morir y dejar obra" en El Espectador, Cultura.  Disponible en http://www.elespectador.com/noticias/cultura/morir-y-dejar-obra-articulo-330989

Medina, Álvaro (2010). Procesos del Arte en Colombia. Encuesta: “La Crítica en Colombia” 1957 en Biblioteca Virtual Luis Ángel Arango. Disponible en http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/todaslasartes/procesos/cap32.htm

 


LA SIMIENTE HEMINGWAY

 

Si se tratara de definir con una palabra a Hemingway, esta sería “profesionalismo”. Desde que escribió  en los años veinte su novela Fiesta, producto del esfuerzo y una férrea disciplina de trabajo, ha sido un referente para muchos escritores del mundo, incluido Gabriel García Márquez.

¿Por qué nos ocupamos de Hemingway, habiendo escritores originales en América Latina como Arguedas o José de la Cuadra? Por circunstancias del azar.  Todo comenzó un atardecer en la cafetería La Aragonesa, donde me citaba con escritores del mundo provisto de una hoja de reciclaje, un bolígrafo y un libro en papel –los libros en formato digital de la tablet los abría en el apartamento–. Recuerdo que estaba leyendo Cacao, la primera novela de Amado, cuando apareció a cierta distancia Jaime Vélez y me hizo señas con la mano de que lo esperara. Mientras cruzaba la sexta y se dirigía a Café Gardel a culminar alguna charla interrumpida por sus ocupaciones, me entretuve cinco minutos con una historia sobre el despojo y la lucha social entre cacaoteros y hacendados, bellamente contada por el hombre de Bahía.

Me saludó y se sentó, sacó el libro del sobre de manila, El gran Gatsby, y la nota sobre la celebrada novela de Fitzgerald. Era una nota, en efecto, no una crítica ni un ensayo, que llevaba por título “Comentario sobre El gran Gatsby”, el agradecimiento a Rafael Araújo, dueño del libro, y la firma Jaime Vélez al final del escrito. Como siempre, esperaba un buen planteamiento, un análisis minucioso, sin lugares comunes, una interpretación audaz y un desarrollo lógico del asunto. Los antecedentes presagiaban una buena nota, un texto corto pero no incompleto, un comentario sobrio que sin ser académico se ajustase a las exigencias del ensayo, una hipótesis, una antítesis y una tesis, en otras palabras, una premisa, una prueba y una conclusión. El auditorio de Jaime suele estar compuesto por personas que desconocen su titulación como licenciado en literatura.

Era de esperar, pues Jaime no es el expositor perezoso que se contenta con hacer un resumen del libro, aderezado con anécdotas y digresiones, con un par de trazos que dibujen toscamente los personajes, como terminando la tarea lo más rápido posible. Tampoco estamos ante el comentarista promedio, que utiliza un estilo tremendista, exageradamente macondiano, para disimular su incompetencia. Todos sabemos que Jaime es un lector juicioso y agudo, que se da tiempo para penetrar en la médula del texto, como quería Girondo, y sacar sus propias conclusiones. Particularmente me sorprende la manera cómo Jaime saca con facilidad las categorías de análisis a medida que avanza en el desarrollo de la idea. Por este motivo los amigos hemos esperado toda la vida que Jaime despegue como escritor, pero es inútil, no se puede pedir a un autor oral que cambie al modo escritura si no tiene oficio, si no tiene las pretensiones de escritor y menos de crítico.

Después de leerla completa e interrumpirse con algunas acotaciones al vuelo, dobló la nota, la guardó en el libro y metió el libro, justamente el objeto del análisis, en el sobre de manila, quedando todo como al comienzo. Me dijo que en agradecimiento por el préstamo devolvería el libro a su dueño con la nota dentro y, de ser necesario, se la leería personalmente. Pensé que a veces, por los llamados vasos comunicantes, la devolución de un libro supone el préstamo de otro con el que tiene relación, como Cien años de soledad con Los Sangurimas de José de la Cuadra. Al rato, por algún resorte desprendido de la conversación, volvió a sacar el libro del sobre de manila y la nota sobre la novela de Fitzgerald, me leyó algunos pasajes sueltos y lanzó su hipótesis del destino, como si hubiese descubierto la esencia del flogisto. Por mi parte, siempre vi El gran Gatsby como una novela policial, pero Jaime fue más allá, habló de los griegos, habló de Nietszche y esbozó su teoría del destino, lo que quería decir, palabras más, palabras menos, que Gatsby, el rico emergente, tenía que morir a manos de Wilson, así estaba escrito en algún lugar del mundo.

La cosa no quedó ahí, pues en posteriores ocasiones, en encuentros fortuitos con Jaime en las calles del norte de Cali, en La Aragonesa, mientras llegaba de Café Gardel y me daba tempo para tomar nota sobre las singularidades de la novela que leía en ese momento, o mientras caminábamos pausadamente por la plazoleta Varela, en dirección al centro comercial Centenario donde lo esperaba Julio César, escuché nuevos asedios a su teoría del destino. Esta vez me hablaba de su interpretación y la que había hecho Vargas Llosa en su libro La verdad de las mentiras. Previamente le había mandado vía mail el ensayo de Vargas Llosa sobre Gatsby, escrito en 1988, y coincidimos en que si bien tenía aciertos, no era tan bueno como podía esperarse de un premio Nobel. Vargas Llosa no planteaba ninguna hipótesis fuerte similar a la teoría del destino, se quedaba en la anécdota y más bien parecía obligado a escribir sobre Fitzgerald por algún contrato editorial o la competencia natural entre los escritores llamados grandes.

Bueno ¿y todo esto qué tiene que ver con el señor Hemingway? Por Jaime acometí la relectura de Hemingway para reencontrar a Fitzgerald y volví a imaginar, sin acudir a ningún estudio o película que se ocupara del asunto “encuentro de escritores norteamericanos en los años veinte en París”, volví a imaginar el ambiente literario y cultural, que era muy intenso porque circulaba el dinero, la gente compraba y viajaba y se inventaban géneros, escuelas y movimientos cada día, poniendo a trabajar a toda carrera a los editores de las revistas y a los agentes literarios. Imaginé los eventos de lanzamiento, la celebración íntima o fastuosa, según el bolsillo del artista, la solvencia de sus amigos o la excentricidad del mecenas. Imaginé las tertulias y sobre todo las conversaciones y las peleas en medio de los tragos, las fiestas, como interpretamos los hispanos de lengua y mentalidad epicúrea. Jaime me puso a recordar un bello libro de cuentos sobre toros y toreros, que había regalado en los ochenta y que traté de encontrar en formato digital en internet. Esta vez no tuve éxito en la búsqueda, la tablet se quedó con las ganas de tener un incunable en su disco duro y yo terminé un poco desencantado con la red de redes

La nota de Jaime también tiene que ver con que Hemingway, Fitzgerald y demás escritores norteamericanos en el París de los años 20 formaron una cofradía, un ambiente propicio para hacer literatura, con gente crítica como Stein, agente literaria, Pound, descubridor de Joyce, y Cowley, descubridor de John Cheever y redescubridor de Faulkner. Era una generación encontrada, más que perdida. Hemingway fue quien hizo la biografía novelada de esos años en su libro Paris era una fiesta (A Moveable Feast), otorgando un especial protagonismo a Fitzgerald, y Erns, como le llamaba Pound, fue quien escribió El viejo y el mar, la novela corta que leen los muchachos colombianos en bachillerato. Tatie, como le llamaba su mujer en la intimidad del hogar, le daría la idea a Cepeda Samudio para escribir ese trozo de la Casa Grande conocido como Soldados, aparte de que García Márquez dijera que Hemingwayinfluyó en su literatura, como puede comprobarse si ponemos frente a frente el Relato de un náufrago con El viejo y el mar y vemos el símil de la proeza de vencer la dificultad con algo de suerte.

Con una prosa magistral Hemingway evoca en Paris era una fiesta el ritual de escribir con disciplina, antes de salir de su apartamento a vagabundear, a procurar recrearse con sus amigos escritores, poetas y pintores en un café parisino o a cumplir alguna cita con Sylvia Beach para recibir los libros recomendados por la propietaria de Shakespeare and Company. También era aplicado en la lectura y creía distinguir entre lo bueno y lo malo (no le gustaba Dostoievski) o tal vez podía reconocer el matiz de su escritura en el intento de los demás por plasmar la imagen genuina con palabras apropiadas. Pound siempre pidió a los escritores conciencia literaria, una manera de negar el factor inspiración y la pretensión de una obra no respaldada en el trabajo honesto y tenaz, en otras palabras, la rigurosidad de la creación que se consigue mediante la fundamentación, sin el nerviosismo que distrae al prospecto de escritor obsesionado por el éxito o la fama.

La deuda con Pound es innegable, pero no definitiva, pues el compañero de Fitzgerald y Joyce mantenía su propia poética. La obra de Hemingway está llena de frases que adquieren el carácter de aforismos iluminadores o emblemas portadores de fuerza creativa, como la siguiente: Dicen que las simientes de todo lo que haremos están en todos nosotros, pero a mí me parece que en los que bromean con la vida las simientes están cubiertas con mejor tierra y más abono. Este hombre corpulento, aventurero y desprendido, el típico gringo trabajador, activo y práctico, es el mismo que compensó a su esposa Hadley Richardson con las regalías de Fiesta (The sun also rises). Los que bromean con la vida, interpretamos en la distancia, son aquellos que mantienen una estrecha amistad con la muerte, que no le temen al peligro y al riesgo de sufrir accidentes o padecer enfermedades. En la vida y en la creación no hay límites insuperables, sólo hay esfuerzo y dedicación, indulgencia con el artista frustrado o fracasado y crítica áspera de la ingenuidad, el desatino y la vacilación del cobarde.

Salvo los árabes y algunas culturas milenarias rígidas, con sus religiones cerradas y dogmáticas, en el mundo occidental y en los países del lejano oriente no se ve la mano de la censura recogiendo libros y quemándolos. No se ve  la intolerancia de otras épocas y los autores pueden abordar en libertad los temas más controversiales del momento. Solamente los prejuiciosos y moralistas hacen su lista negra de obras censuradas por el tema, la ideología y la actuación de sus autores en diversos escenarios. La mayoría se ríe de las maldades de los autores y sus personajes y en las conferencias les celebran sus ocurrencias con prolongados aplausos. Entonces queda claro que los autores terribles de Colombia alternan la payasada en las ferias y carnavales populares con la sobriedad del trabajo silencioso en el recinto privado. De otra manera no podrían publicar con regularidad nuevas novelas.

La censura moral, que pretendía decirnos qué era correcto o incorrecto incluso en materia estética, es cosa del pasado. Nadie se queja por la decadencia del hombre, nadie se siente llamado a denunciar por escrito (un memorial, un manifiesto) la pérdida de estatus o los traspiés que han sufrido los valores occidentales, nadie pierde su tiempo en preguntarse sobre las causas de la derrota del humanismo. O si alguien lo hace en el viejo formato papel o en internet, no logra tener resonancia y no conmueve a nadie. La televisión ha atrofiado en menos de un siglo la mente y la sensibilidad de los seres humanos, las facultades que demoraron millones de años en formarse. Leemos y vemos las cosas sesgadamente, según la codificación reproducida de los medios masivos de comunicación, y como dijo McLuhan, los comentarios al final de la historia de amor se enfocan en unos patos que nadan en la laguna.

La moral ha cambiado y la gente no se escandaliza tanto con el cuerpo de una mujer desnuda como con el maltrato de los animales o la muerte de las ballenas, además del daño ecológico y la condena del deporte de la caza. Justamente, recordemos que un escritor antioqueño regaló a una fundación protectora de animales un grueso premio en dólares obtenido por una novela antiedípica, matricida como pocas al igual que paternalista. En materia de derechos humanos hay un empate, pues las élites y las gentes influyentes no hicieron nada para detener la guerra, las masacres y los abusos de los uniformados de distinta procedencia, más bien la alentaron con el liderazgo de un presidente amante de los caballos de paso, y hoy dan un viraje para apoyar a un presidente de la paz de quien desconocemos su mascota preferida. En Fiesta, en cambio, lo censurable es la falta de personalidad y la cobardía, pero particularmente el comportamiento libertino de Lady Brett Ashley, una mujer emancipada y gozosa que arrastra a dos hombre a la perdición, a Robert Cohn y al torero Pedro Romero.

Los ecologistas, defensores de la naturaleza, enemigos de las corridas de toros, condenarán al autor de Muerte en la tarde por su afición taurina, sin haber leído ninguno de sus libros. La opinión pública nunca se hace preguntas artísticas, solo afirma verdades racionalmente prácticas. Desde las religiones es imposible entender que el arte es soberano para tratar cualquier tema, que el artista sabrá considerar qué tema es significativo para iluminar un detalle de la vida. Las ideologías radicales condenarán al escritor que simpatizó con la Revolución Cubana y los escritores de los talleres literarios, influenciados por sus directores, objetarán el estilo sobrio y puntual de Hemingway, sustentado en oraciones simples y una sintaxis sencilla, sin frases subordinadas, aprendido en sus años de periodista en el Toronto Star y empleado en Los asesinos. Hemingway fue versátil, no se encasilló, y por ello Fiesta, Los asesinos (cuento publicado en 1927, un año después de Fiesta), París era una fiesta, El viejo y el mar, publicado en 1952, son textos de diferente tono y ritmo, pero todos marcados con el vigoroso estilo Hemingway, salidos no del teclear de sus dedos en la máquina de escribir sino del estremecedor fuelle de su respiración.

Ese fuelle se apagó un 25 de julio de 1960 para dar comienzo al mito. Durante muchos años creí que Hemingway se había suicidado para continuar la tradición de los poetas valerosos, de los guerreros que jugaban con la muerte, pero no fue así, no se mató para demostrar que era valiente o para escapar al dolor de una decepción amorosa, sino por una enfermedad genética, como dice la ciencia médica. Ultimately, Hemingway's defense mechanisms failed, overwhelmed by the burden of his complex comorbid illness, resulting in his suicide. However, despite suffering from multiple psychiatric disorders, Hemingway was able to live a vibrant life until the age of 61 and within that time contribute immortal works of fiction to the literary canon (Martin, 2006). Murió por defenderse de la enfermedad mental a los 61 años y dejó una grandiosa obra.

 

REFERENCIA

Martin CD (2006). Ernest Hemingway: a psychological autopsy of a suicide in Psychiatry. Winter;69(4):351-61.

 


LA SUERTE DEL TALENTOSO:

EL CASO MODIANO

 

En los viajes a Dapa, que fueron muchos, conversamos con Jorge sobre las estrellas que brillan en el firmamento por un tiempo y de repente se apagan, por un fenómeno tan lógico como extraordinario, digno de un estudio estadístico y también esotérico. Este fenómeno es el agotamiento y la renuncia al sueño artístico y el consiguiente olvido del público. Después de prometer una obra sensacional, de mostrar indicios de calidad en sus primeras publicaciones, los artistas desaparecen sin dejar rastro o se echan a perder en conversaciones nostálgicas y en ocupaciones asumidas con desgano. Llama la atención que las secciones culturales de la prensa y la prensa cultural especializada mencionen nombres que jamás se escucharon, como si las generaciones precedentes no hubiesen existido, como si no hubiesen dejado huella, pese al bullicio de sus actuaciones.

Qué se hicieron los Rolando, los Hernando, los José Antonio, los Roberto, los Octavio, los Pacho y tantos otros, qué se hicieron los talentos, los que presentaron una obra sorprendente al público y los que ganaron sendos premios de literatura, los que mandaban la parada por épocas, como se dice popularmente. Deber ser porque nada es como antes, porque todo es efímero y la notoriedad dura un suspiro con tanta gente que entra y sale cada año en los entresijos de la cultura, porque aquí nadie toma en serio a los escritores, a los artistas locales, porque aquí no es como Francia, Alemania o Inglaterra, incluso España e Italia, aquí nadie compra un libro ni va a teatro regularmente. Aquí no hay editoriales ni agentes literarios, tampoco hay agencias de noticias ni críticos que hablen de literatura con la misma sapiencia con que hablan de guerra. Aquí no hay una oficina de un editor o un agente editorial que te reciba con saco y corbata y te invite a tomar un capuchino en el Café de Los Turcos. Aquí no hay un loco descubridor de talentos que jamás desmayará en su intención de fabricar un bestseller, mientras se gasta una fortuna viajando a otros países para conocer grandes escritores en persona y tomarlos como puntos de referencia.

Qué se necesita para entrar con pie derecho al negocio editorial, aparte de hacer el ejercicio de fortalezas y debilidades en un curso de capacitación ofrecido por la Fundación Semillero de Premios Nobel, que incluye una biografía de los premiados y un estudio de los factores desfavorables como la escasa publicidad y los temas controversiales, que impiden a un candidato alcanzar el estrellato. Todos los años la suerte le es esquiva a la mayoría, solamente gana uno, no como en otros premios que se rinden ante la evidencia de que hay dos tan buenos que no se puede prescindir de ninguno, más por el afán, pues uno de ellos puede aguardar hasta el próximo año, cuando toca hacer un simulacro de concurso porque ya se sabe quién es el ganador, pese al mérito de los demás. A la Academia Sueca poco le importa que el que no salió esta vez no salga nunca por la eventualidad de la muerte, teniendo en cuenta que el candidato suele ser una personas vieja y achacosa, víctima de una enfermedad terminal, entregado a una vida etérea de recuerdos de obras que fueron exitosas desde el punto de vista artístico y comercial, cuidado por una mujer que hace las veces de esposa y enfermera al mismo tiempo o de una auténtica enfermera que atiende su súplica de que le lea el nombre de los candidatos que menciona la prensa, cuáles son los candidatos que entraron y cuáles son los que salieron, para comprobar si sigue en la lista como todos los años.

Cuando llegamos a Dapa y Jorge timbra a Edgar para que abra el portón de su casa, el tema no se ha agotado y lo dejamos para el siguiente viaje, sin tener conciencia de la decisión tomada porque los conceptos y las imágenes compartidas estarán al acecho esperando una nueva oportunidad ese mismo día, aguardando un descuido en las conversaciones para colarse y reaparecer vertiginoso desafiando la prevalencia de otros temas. En la tertulia improvisada el naturalista expondrá su posición diciendo que el pez grande se come al chico, aun en el campo artístico donde, comparado con el campo educativo, son pocos los peces y son cada día más escasos los peces grandes. El biologista explicará que muchos mueren en el camino, es decir, que de los millones de espermatozoides que obedecen la orden, y salen disparados a la meta de la creación como una explosión de entusiasmo, por lo general sólo uno ovula y en ciertos casos excepcionales sólo dos o tres procrean.

Así también pasa en el campo artístico, donde miles de talentos que surgieron y circularon en el pasado, que sonaron como los representantes de las nuevas generaciones, los sucesores de los maestros de renombre, desfallecieron en el camino, se agotaron y desaparecieron. Los estudios sistematizados de las universidades no alcanzan a nombrarlos a todos, sus revistas, sus publicaciones en la prensa y sus libros, no se proponen explicar el fenómeno, sólo se limitan a describirlo. La verdad, algunos se acreditan en un tiempo muy corto, algunos son forjadores de una nueva escuela artística a la edad de Rimbaud, algunos son premiados aunque viejos, pero lo importante es que trascienden y tienen derecho a ser reproducidos en la efigie que un concejal preocupado por la cultura recomienda poner en un parque de la ciudad, pero son las excepciones. ¿Y los demás qué, qué se hacen los demás, a qué se dedican? La sociología de la literatura todavía no ha informado sobre el resultado de sus investigaciones. Esperemos.

Mientras tanto hablemos de los premios Nobel, que fueron conocidos en sus lugares de origen antes de ganarlo, hablemos de la baraja de candidatos al premio Nobel, que todos los años por esta época llenan las páginas de la prensa con una reseña, una foto y la opción de ganar según los expertos en premiaciones. Los candidatos rotan menos, casi siempre aparecen los mismos en el mazo de naipes, de pronto se ve uno nuevo, un nombre raro, reemplazando al que salió el año anterior por haber ganado el premio. Los que ganan el premio lógicamente salen de la foto de los favoritos, salen de las cábalas de todos los años, salen de la lista elaborada por los periodistas, expectantes a ver qué pasa, y salen de la lista secretísima del jurado sueco (¿o es que la democracia global ha logrado que se admitan jurados de otras nacionalidades?). Hay grandes autores en el mundo, con temas de toda clase y no solamente universales, autores que son ellos mismos el gran tema de los periodistas antes y después de otorgarse el Nobel, muchos de ellos eternos postulantes o que nunca son tenidos en cuenta. Desconocemos si existe un libro sobre los Nobel de literatura que murieron sin serlo, debe haber en otros idiomas que sostienen una industria editorial potente, en países donde las editoriales pretenden que saben leer las necesidades del público o contratan un editor jefe que sabe cómo hacerlo, por algo tiene tras de sí un séquito de jóvenes talentosos.

Todo premio Nobel es un candidato antes de convertirse en Nobel y un candidato no es que signifique gran cosa en la industria cultural, puede ser conocido en su país y ganar todos los premios en su lengua, pero no será universal, su nombre no se mencionará en todas las lenguas del mundo, mientras no produzca ganancias y comentarios por doquier entre los lectores y la prensa. Las ventas son el principal indicador de reconocimiento. Es lo que no se dice, que para ser Nobel hay que merecerlo y este merecimiento se constata en el negocio editorial, cuando el autor ha entregado hasta su obra póstuma concedida a su esposa e hijos, como Bolaño. Todos los demás, los cientos de miles que cada año publican libros, mientras no sean atractivos para los agentes, las editoriales y el público, se quedan en la categoría de talentos. Este no es el caso de Rulfo, desde luego, que no soportaría el asedio de la prensa después de ser nominado al Nobel, o de Borges, que toda la vida se creyó elegido y espero el Nobel, esquivo por hablar bien de Pinochet, según dicen.

Queremos destacar que un candidato al Nobel se reconoce a la legua. Estamos ante un candidato o un virtual candidato cuando se comprueba que el escritor ha mostrado atisbos de excelencia en su carrera, cuando ha participado en tertulias con reputados editores en su juventud, cuando se ha codeado con los mejores exponentes de la cultura de su tiempo. Puede hablarse de candidato o posible candidato cuando el escritor, no importa edad, sexo, raza o religión, ha sabido cotizarse en su gremio por la publicación de unos buenos poemas o una buena prosa, como dicen los que saben, porque ha publicado sus libros en las mejores editoriales del país y ha sido traducido a otras lenguas del mundo y, el elemento más importante, porque sus libros son fotocopiados o pirateados, pasando de un lector a otro deshojados y sudorosos, caso de Pedro Páramo, Cien años de soledad o Rayuela. Si estas condiciones no se cumplen, el escritor será un eterno talento que trabaja creyéndose el mejor, sin saber si lo es realmente, con la mira puesta en las mejores editoriales del mundo hispano, las sudamericanas de Argentina, las joaquinmortices de México o las alfaguaras de España (país de donde fueron las barral y las bruguera), antes de escalar a editoriales inalcanzables como Random House o Gallimard, para citar solamente dos.

Después de toda suerte de vaticinios, de favoritismos, de mayor o menor probabilidad de ganar, finalmente los suecos le dieron el Nobel de literatura a Patrick Modiano. De este premio y su importancia para las letras de Cali tal vez hablemos con Jorge en el próximo viaje a Dapa, donde aguardan con generosidad Edgar y su esposa Tilcia. Mientras el carro se desplaza escoltado a lado y lado por  los hoteles del barrio Menga, hablaremos seguramente de la industria editorial, de la muerte de editoriales prestigiosas y la agonía de otras, de La Carreta, Áncora Editores, Villegas Editores, Oveja Negra, Norma, etc., y de las editoriales llamadas del Propio Bolsillo. Le recordaré que Hugo García estuvo a la espera de la carta de Brasil o España con la feliz noticia de que le publicarían su libro, pendiente del contrato como el coronel de su pensión, pero infortunadamente se murió sin ver publicados sus cuentos y novelas mezcla de historia y erotismo. Hablaremos de las condiciones que hacen falta para descubrir no sólo talentos sino escritores de peso, como Andrés Caicedo, que gracias a Garavito y Colcultura conoció el éxito en vida, aunque por poco tiempo, del ojo crítico que debe tener el cazatalentos y del apoyo emocional que debe brindar al joven escritor para que no se distraiga en otras cosas. Al doblar por el supermercado la catorce para tomar la vía a Dapa, pasando por el hospital San José y el colegio Jefferson, recordaremos los nombres de los poetas, hombres y mujeres, que creíamos dejarían una obra asombrosa, de cuentistas y novelistas prometedores, no ensayistas porque este género casi no se cultiva o se ha vuelto exclusividad de la academia.

En el duro ascenso por las montañas de Dapa para llegar donde Edgar y celebrar un nuevo encuentro de los editores de la revista, tendremos tiempo para ocuparnos, no para chismosear, como es la costumbre en el gremio, de tal o cual malogrado escritor de otras épocas, que fue un referente y tuvo su oportunidad, quizás la única en su vida, pero la desperdició tontamente por creerse importante o el más importante entre los talentos de su generación, volcándose a la bohemia y olvidando la creación y sobre todo el estudio para adquirir los fundamentos. Fueron muchos los talentos que desde los años setenta hasta hoy alcanzaron reconocimiento y fama, muchas genialidades que brillaron por espacio de semanas o meses hasta que se fueron apagando, se malograron y desaparecieron del mapa. Lo cierto es que si usted conversa con un joven estudiante, no sabe quién fue Rolando, qué hizo mientras incursionó en la literatura, qué se hizo después de recibir la aclamación del público en uno de sus recitales y correr en seguida al Chuzo de Rafa a celebrar con unas cervezas.

En la conversación recurrente, como si no hubiese otra cosa de qué hablar, estemos de ida a Dapa o volviendo de ese lugar paradisiaco llamado también Jacaranda, la finca o la oficina de la revista, saldrá el nombre del último premio Nobel de literatura, algunos libros de su cosecha y los premios que ganó en su país de origen, sin descontar el Goncourt. No hablaremos de Goncourt ni de por qué se instituyó el premio sino de la oportunidad, más bien de la suerte que tuvo Modiano para no terminar en el olvido como los demás, en virtud de su encuentro con Queneau, el gran Queneau, el autor de Ejercicios de estilo y Zazie en el metro, entre otras obras de gran factura. ¿Quién no se hace grande al lado de Queneau? Incluso podemos decir que ya se sabía que Modiano sería premio Nobel en cualquier año, en una dura competencia en la cual cualquiera puede ganar por una nariz. Como todos los años, esta vez estaban en la largada Murakami, Auster, Ngugi wa Thiong’o y un centenar de buenos escritores del mundo. Pero solo Modiano había contado con el aval de Queneau para publicar su primera gran obra en Gallimard. Modiano fue grande gracias a Queneau como Franz Kafka fue grande gracias a Max Brod. Ah, y también gracias a la literatura francesa, que fue de donde surgió, antes de Modiano, Queneau, y antes de Queneau Víctor Hugo. De esa cantera salieron Balzac, Stendhal, Flaubert, Proust, Celine, Simenon (belga) y todos aquellos que contribuyeron a consolidar la tradición literaria gala. 

Al César lo que es del César, y tal como dije cuando hable de la deuda de los kafkianos con Max Brod, hay que darle el crédito a Queneau, siquiera una pequeña nota al final del texto. Lo merece. Ahora todos elogian a Modiano y olvidan que fue Queneau el ojo zahorí que descubrió para Francia a finales de los sesenta, y para el mundo en la segunda década del nuevo siglo, a este monstruo de escritor que pasó la prueba del talento. Monstruo porque hizo una obra citadina sobre temas cruciales de la historia contemporánea poniendo a Paris como escenario, una novelística sobre los vericuetos físicos y emocionales de Paris que le llevaron a ocuparse del colaboracionismo (Trilogía de la ocupación), la deportación o desaparición de los judíos (Dora Bruder) o la memoria de la orfandad (Joyita). Justamente este último punto parece tener relación con su suerte de escritor descubierto por un clásico que pudo reemplazar al padre como guía de vocaciones. Desconozco la biografía de Modiano y la crítica que puede haberse escrito sobre su obra, toneladas de papel o de bytes, sin embargo puedo decir que la relación con el padre o la ausencia del padre, similar al caso Kafka, jugó a su favor permitiendo que invirtiera los ingredientes negativos por los positivos en la alquimia del verbo.

En otro momento nos ocuparemos de la relación Modiano-Auster y Modiano-Vásquez (Juan Gabriel), por ahora terminemos esta nota sobre los temas literarios que surgen en las casi dos horas de viaje a Dapa con el poeta Jorge Ordoñez diciendo que autores de segunda hay un poco en ciudades como Cali, no hablamos de la ciudad luz, autores de tercera hay por montones, que si publicaran sus obras y se pusieran estos libros junto a los árboles que alegran la vía a Palmira, todavía faltaría espacio para esta exposición surrealista. Modiano no corrió la misma suerte por la feliz aparición de Queneau y durante un año sus libros ocuparán los principales estantes de las librerías colombianas y serán exhibidos en grandes vitrinas en el hall de las bibliotecas para que los muchachos conozcan al nuevo premio Nobel, especialmente las muchachas de los colegios, que lanzarán gritos de histeria con sólo ver la foto de Modiano a sus veintitrés años, sin tener la menor idea del rol que jugó Queneau en su carrera. Por lo leído a vuelo de pájaro, parece ser que Queneau evitó que Modiano terminara en las calles de Paris como el gamín que roba cualquier cosa a su alcance para sobrevivir, o que fuera recluido en la cárcel por vandalismo, en ese sitio donde todos saben que se aprende el arte del crimen y donde, en el mejor de los casos, el delincuente hace su escuela ejercitándose en la solución de los asesinatos casi perfectos, que la policía tarda en descubrir u olvida por siempre ante la avalancha de nuevos casos.

 


LITERALIDAD HERNANDIANA

Letras, literatura, literato, letrado, lectura, literalidad, familia de palabras que nos hace pensar en lectores. Hay indicios para afirmar que Cali no se caracteriza por tener lectores exquisitos, aquellos a quienes en el pasado se les conocía con el gracioso apelativo de ratones de biblioteca. Tengo pruebas. Solamente cuatro, tres breves y la cuarta larga, tres escuetas y la última retórica. Primero las pruebas escuetas. Según la estadística de las instituciones responsables, en promedio un ciudadano caleño no alcanza a leer un libro al año, y eso contando libros de texto. Cuando la gente habla de literatura cae en los lugares comunes. Borges es el autor más citado. Los libreros se quejan, la cosa va de mal en peor. Claro, los grandes lectores que conocimos en los 70, que deben estar frisando los 60, disfrutan de la pensión en los centros comerciales o han muerto.

La prueba retórica es el hecho de que no se vendiera la obra completa de Felisberto Hernández que publicara Siglo XXI en tres volúmenes y que reposara durante mucho tiempo en un estante empolvado de la librería Signos. La librería Signos se llamaba así porque fue el nombre que se nos ocurrió con Nydia Vivas en homenaje a José Carlos Mariátegui, autor de Signos y obras, no porque en los 70 se viviera el boom de la semiótica, como muchos creen. Viendo el nombre de Felisberto, la carátula y la mención de los tres volúmenes en el catálogo de Siglo XXI, la prestigiosa editorial mexicana fundada por refugiados españoles, no dudamos en recomendar a Chamizo que trajera la obra diciéndole "se vende ya". ¡Cuál se vende ya! Pasaron los años hasta que Gustavo Zapata, persuadido por nuestras alabanzas, compró el cañengo. Quizás en ese tiempo no se sabía en esta ciudad salsera que Gabo era uno de los autores influenciados por Felisberto. Tampoco se sabía de la admiración de Cortazar por el escritor pianista ni del prólogo de Calvino a la edición italiana titulada Nessuno accedenva le lampade.

La obra que más circulaba en América Latina, y parece que la mejor de Felisberto, era Nadie encendía las lámparas, publicada por Arca de Montevideo (¡cuál más!). En los 70 todo el mundo en Colombia leía con avidez los trabajos de Benedetti y Galeano, luego Onetti y en los colegios Horacio Quiroga. Hernández no se mencionaba ni se leía por ningún lado. Con razón la dichosa obra completa esperaba un lector llamado Godot diciendo las palabras mágicas, ¿cuánto es?, la llevo. La tendencia ha cambiado en esta segunda década del nuevo siglo (2010-2019), lógicamente por la globalización de la cultura gracias a internet, el lector acude al buscador para estar al día y parece que el prestigio vuelve a los dominios del autor de Las hortensias. Y con ello, como dicen algunos moralistas, se hace justicia. Por lo demás, en vista de nuestra precaria literalidad, existe cierta exageración en los comentarios con que se aborda la obra de algunos forasteros de la literatura hispana, y pienso no solamente en Felisberto sino también en Ramos Sucre, autor de El cielo de esmalte, y en José de la Cuadra, el de Los Sangurimas.

En materia de incunables confío en las palabras de Diego Luis Ortiz y no porque haya sido director del área de literatura del festival de arte de Cali y haya traído a gente importante mencionada en las tertulias pretenciosas de Los Turcos. A Diego le cuesta, pero finalmente logra sacar palabras sinceras de su espíritu crítico para hablarnos con solvencia de Pacheco, Nicanor Parra o Efraín Huertas, este último honrado por Roberto Bolaño. Diego es el que más sabe, es su mérito, y si no lo sabe lo busca y lo encuentra. Con Diego hemos compartido muchas rarezas de este continente literario y hemos tenido que descrestar para que nos respeten las nuevas generaciones. Con Diego podemos hablar de Felisberto sin desentonar, horas y horas hasta que nos damos cuenta de las primeras luces de la madrugada, podemos planear por encima de las nubes de la literatura uruguaya y latinoamericana sin marearnos, como si fuese el único oficio digno de llevarse a cabo.

Entonces la pregunta es ¿por qué Diego, que sabe mucho y es un lector consumado, no compró la obra completa de Felisberto? Es que ya la tenía en su biblioteca, es que nunca la vio cumpliendo su protagonismo deslucido en Signos o es que la obra se sentía víctima de la ingratitud y, como venganza, se escondía de todo el mundo, incluso de aquellos lectores que compran tres libros al atardecer y leen el prólogo completo no bien arriban al café. Quizás no la vio porque los tres volúmenes fueron bajando de nivel en el estante destinado a la literatura y terminaron en el tablón que lindaba con el piso. Quizás el polvo que arrastran los zapatos de la clientela cubría las letras opacando el nombre del autor y el título de tan gloriosa obra. Son divagaciones, son las clásicas conjeturas a las que nos tienen acostumbrados autores modernos como Paul Auster o Javier Marías, es metaliteratura, literatura sobre la literatura, que torna interesante al maestro Borges. Cabe hacer como los periodistas, ir a la fuente y al grano con grabadora en mano y preguntarle directamente a Diego, para salir de dudas, si vio la obra en Signos y si la vio por qué dejó que la comprara Zapata.

Mientras le hacemos la pregunta por correo electrónico, por mail, como se estila ahora, nos disponemos a releer el famoso cuento de Felisberto, el prólogo de Calvino a la edición italiana del libro citado y la nota nostálgica de Cortazar sobre su influencia. Leímos la nota del autor de Rayuela dos veces para asegurarnos de su autenticidad y fuimos a las mejores revistas de internet a ver qué pensaban los críticos, si estaban de acuerdo en que el exordio parece el texto de un muchacho talentoso pero inexperto, un paso en falso causado por la emoción de toparse a boca de jarro con el ídolo. Expresar la simpatía y las similitudes con desmesura hace parte del agradecimiento, más alla de que el texto sea sentimental y haya sido escrito en un estilo de joven promesa que descubre su vocación literaria y lucha por tener una voz propia. Vale el agradecimiento a un autor que cambió la idea de literatura, que borró la frontera entre la literatura y la vida y tuvo la genialidad de crear vericuetos fantásticos en los cuales lo razonable es perder la cabeza.

 


CULTURA CALEÑA, SU CONTROVERSIA Y SU DESTINO

He leído algunos artículos sobre la desfinanciación de los principales eventos culturales de Cali. Como ya dijimos en el libro de 1991 Redefinir y planificar el desarrollo cultural, tenemos expresiones culturales para un público amplio y expresiones para una élite. En esa ocasión propusimos utilizar la tecnología del proyecto y el modelo participativo que anunciaba la Constituyente de ese entonces.

Como siempre, se critica la decisión de la Alcaldía de Cali de recortar el presupuesto destinado a importantes eventos como el Festival de Teatro, el Ajazzgo, Festival de Jazz de Salamandra y principalmente el Festival Internacional de Ballet. Leo que al Festival Internacional de Cine lo dejaron en cero. No he leído la decisión de la Alcaldía ni el informe financiero, presumo por El País y otras publicaciones que todo esto es verdad, que el Acalde es el malo y los artistas las víctimas. Observo en los escritos, incluso en aquello firmados por prestigiosos periodistas, un estilo sesgado que hace carrera en el país.

Quizás esto último fue lo que nos motivó a intentar un análisis de algunas zonas de la “crisis cultural” desde nuestra experiencia y estudio de la cultura y el sector cultural, retomando lo aprendido en la creación de esta revista en formato físico y en otras tentativas de hacer empresa cultural. Después de leer este escrito algunos lectores se sentirán lastimados, otros complacidos y otros indiferentes acorde con los diferentes parámetros e intereses.

En esta corta intervención buscaré desarrollar algunos supuestos extraídos del citado libro:

1.   Existen diferentes definiciones de cultura y cada una desemboca en específicos.
2.   Las inversiones en cultura se enmarcan en el modelo sostenible,
3.   La industria cultural es una realidad en Cali,
4.   La cultura es un bien público,
5.   Los artistas participan en la guerra de las vanidades,
6.   El artista intelectual sigue creyéndose vocero de la sociedad,

7. Le educación y la cultura colombiana demandan 10 veces más presupuesto que la guerra.

Como pueden ver, el asunto es complejo y el camino más fácil para entrar y salir de él es criticar al gerente, propietario y otorgador de recursos, Jorge Iván Ospina, Alcalde de Cali. El camino más difícil es pensar y haber pensado en un escenario de estudio de la cultura, el quehacer cultural y, el punto crítico, los presupuestos culturales. Esto nos habría ahorrado opiniones sesgadas o prejuiciadas. El vedetismo prima sobre la representación de los grupos de interés (stakeholders) en el presente y a futuro. Por ejemplo, veo en las opiniones que no se piensa en los subsectores, el largo plazo, el modelo sostenible o la viabilidad del evento. Con referencia al punto 5, los artistas organizan fiestas que caben en su imaginación, no en presupuestos reales, y entran en competencia por el más grande y sonado espectáculo. Si bien la Alcaldía debe financiar los eventos, también el público debe meter la mano al bolsillo para que sea sostenible, como se sugiere en el punto 2.

Todo artista quiere hacer cosas grandes, más aún cuando se siente y ha demostrado con obras que es un verraco, y un festival puede ser otra obra suya, un proyecto de envergadura que deje huela. Debemos preguntarnos si existen condiciones de sostenibilidad para hacer un festival tras otro, si existe un público dispuesto a pagar alguna que otra presentación. Quizás los artistas y sus grupos cuentan con asesoría, pero creo que en este caso se pelearon o no le copiaron a gerentes exitosas como Fanny Mickey.

En los últimos años los artistas se han vuelto gestores, casi como empresarios culturales, y es interesante ver este desdoblamiento en las principales modalidades. Ahora recuerdo las palabras de Aída Novoa cuando me dijo “la cultura tiene dueño”. Ella se refería al teatro, por ello mencionó los dueños o las personalidades que ponían barreras de ingreso altas, que impedía de alguna manera el surgimiento de nuevos talentos. La gente se ha quejado del dinero que le da el Ministerio de Cultura al Festival Iberoamericano de Teatro. La gente de Cali también se queja de los dineros que le asignan la Alcaldía o la Gobernación a los artistas y sus eventos. El débil siempre se quejará y aun combatirá al fuerte, es una ley de la vida, la lucha por la equidad y la igualdad sigue su marcha.

El débil puede trabajar con el fuerte, pero no sabe cómo, por lo que se limita a criticar o se aísla. En la industria cultural hay para todos, para grandes, medianos, chicos, para hacer cadenas de valor, alianzas, conglomerados (cluster), para aplicar CRM, entre otras tecnologías que pueden posicionar la cultura caleña, sin caer en falsas dicotomías como concierto clásico versus balada. Este punto 3 se está intentando posicionar en la mente de los artistas, gestores, promotores e inversionistas, es la parte fea pero sin esta la cultura no tiene futuro.

Considero que la cultura es un bien público, como dice el punto 5, más aún, una necesidad fundamental del ser humano, y así debería escribirse en la Constitución y la leyes. Es responsabilidad del Estado financiar la educación y la cultura, sin convertirse en mecenas o practicar el asistencialismo y las relaciones de privilegio. No obstante, el público no participa en las políticas culturales, el grueso del público prefiere los eventos populares que están tanto al alcance de su bolsillo como de su sensibilidad. En otras palabras, al público no le duele la cultura de los eventos en crisis y tiene otras opciones. Este es un problema estructural que, en mi concepto, no resolverá la misma cultura sino la economía y sobre todo la política.

En los textos veo excelentes argumentos en defensa del arte y los eventos perjudicados y ataques frontales o indirectos al burgomaestre, al inconsecuente hijo del guerrillero. La postura de los artistas no ha cambiado, aunque las disciplinas y los discursos lo hayan hecho hace tiempo. El artista intelectual todavía se cree el vocero de la sociedad, como dice el punto 6, y pretende que sus escritos incidan en las políticas y decisiones presupuestales. No se da cuenta que hemos entrado en la era de las publicaciones científicas, en la atomización del saber, y que su opinión se queda corta frente a los problemas complejos de la sociedad, la industria, el poder y la vida. Ningún artista puede sentirse en la capacidad de prever el efecto invernadero porque no tiene los referentes, no maneja información especializada, cifras, datos confiables. Su terreno es la interpretación, el análisis y el argumento, no la previsión o el pronóstico. Quizás por ello pasa por alto las fluctuaciones del desarrollo económico y el impacto de la guerra en desmedro de la cultura. En su opinión debe haber plata para la cultura y desconoce la realidad de una guerra que devora el presupuesto nacional. No voy a decir que el artista debe salir a marchar contra la guerra, pero sí manifestar una posición ética y política contra la guerra interna colombiana.

Esto nos lleva, para finalizar, al punto 7 sobre presupuestos, prioridades y necesidades. La prioridad para el gobierno nacional es la guerra, derrotar a la FARC, y se gasta en ello un dineral. Las críticas leídas se centran en las grandes obras del gobierno municipal, la corrupción, la injusticia y la prepotencia del gobernante. Las críticas no se plantean derrotar la guerra porque esto tiene un sabor político y los artistas, a diferencia de los sesenta y setenta, reniegan de la política. O la política no tenía fundamento en esa época o los vientos de la postmodernidad han barrido de la mente del artista, hoy casi empresario cultural, los vestigios de política. Son pocos los artistas politizados de Colombia, exiliados en otros países y perseguidos en su país, aquellos que portan la bandera de la cultura como una bandera de paz.

 


 

Vargas Llosa

Y fue a bordo de un colectivo, entre la Plaza San Martin y mi casa, en la calle Alcanfores, en Miraflores, cuando surgió su título: De la barbarie a la imaginación. Ese fue el texto que meses después leyó Oviedo y que, con permanentes revisiones, hice pasar a limpio por una secretaria en Bogotá, en diciembre, y con el cual viajé a Barcelona la primera semana de enero de 1973.

Oviedo me pidió entrara en contacto con Vargas Llosa apenas llegara a la Ciudad Condal y, para obviar dilaciones, escribió una generosa carta de presentación, en la que de paso emitía algunos juicios sobre mi libro. También me ayudó en este sentido Martha Lynch, quien viajaba permanentemente a Lima, desde Buenos Aires, y que desde el comienzo de nuestra amistad se convirtió en promotora de mi otro manuscrito, la novela que ya en aquella época se llamaba Juego de damas. Martha, llevada por el entusiasmo que la obra del novelista peruano le inspiraba, se autoproclamaba públicamente "sacerdotisa de Vargas Llosa”. Cabe decir aquí que durante los siete largos meses que viví en Lima, por todas partes me salía al paso el prestigio y aura de Vargas Llosa. Oviedo no solo era su crítico oficial —y además el mejor dotado a la hora de interpretar su mundo narrativo, como lo demuestra su precursor y por muchas razones definitivo libro Mario Vargas Llosa: la invención de una realidad— sino uno de sus más pulcros amigos. Conocí también a Abelardo Oquendo, a quien Vargas Llosa dedica Conversación en La Catedral, honor compartido por el anglófilo Luis Loaysa. Martha Lynch no cesaba de contar anécdotas sobre encuentros literarios y simposios afines, en los que siempre salía revitalizada la imagen de Mario, como todo mundo lo llamaba con evidente admiración y aprecio. Además, el año 1972 estaba lleno de noticias suyas, muchas de ellas relacionadas con la reciente publicación del ensayo García Márquez. Historia de un deicidio. Recuerdo, sin temer caer en la infidencia, que ante mi enorme interés por esa obra el poeta Mirko Lauer intentó liquidar de un solo golpe mi devoción al afirmar que ese no era un libro "para mantener en la biblioteca”. A veintitantos años de distancia pienso que, pese a las toneladas de literatura escrita sobre la narrativa de García Márquez, nada es tan importante a la hora de la comprensión del orbe macondiano como el ensayo de Vargas Llosa. Años después, en Barcelona, el cineasta Ricardo Muñoz Suay me mostró el ejemplar que leyó García Márquez, con anotaciones de su puño y letra y que por razones que no comprendo le regaló a su amigo. Muñoz Suay, también editor, había sido entre otras cosas tenaz militante comunista hasta que, junto con Jorge Semprún y Fernando Claudín, abandono el Partido.

Otra de las noticias que por esos meses centraba la atención sobre Vargas Llosa era un viaje que el escritor haría al Perú "en cualquier momento", pues su novela Pantaleón y las visitadoras entraba en la etapa final de redacción y se hacía imperativo confrontar ciertos datos y reunir otros nuevos. Por esos días asistí a la proyección de un documental sobre el Monasterio de Santa Catalina, con textos y voz de Vargas Llosa, y que constituye una hermosa —e inquietante— reflexión sobre Arequipa —la ciudad natal del escritor— y sus misterios. También Tusquets Editor de Barcelona acababa de publicar Historia secreta de una novela, entrañable testimonio sobre las condiciones en que escribió La casa verde. Un grupo de amigos me comprometió por ese entonces en un vicio impune superior a la lectura: un temprano festichismo literario. Se trataba de buscar en la topografía limeña calles y bares, lugares que aparecieran en la obra de Vargas Llosa, en especial la rotundamente urbana, y por ello trotábamos por Lima la horrible con textos como La ciudad y los perrosConversación en La Catedral y Los cachorros como brújulas. Yo vivía en Miraflores y eso facilitaba buena parte del recorrido, sobre todo el sector donde vivía Alberto, el héroe de la primera novela, e incluso buscábamos el bar "El patio", donde acampaban los ex-luchadores que habrían de inspirar el comienzo de Conversación en La Catedral. De más está decir que hasta la calle Petit Thouars adquirió importancia mitológica en nuestros recorridos bajo el grisáceo cielo limeño.

Con Los cachorros me han ocurrido cosas divertidas y extrañas. La primera vez que en Lima fui invitado a una casa de alto coturno surgió el tema de mi admiración por Vargas Llosa, sentimiento que embargó de sano nacionalismo a las damas allí congregadas, en especial a Celia, mi novia miraflorina, que ese día me presentó a su madre y a sus amigas. Pero la suerte no estaba de mi parte. Al preguntárseme cuál de las novelas de Vargas Llosa era mi preferida las mencioné y alabé todas, sin olvidar al final esa obra maestra que es Los cachorros. Y como no parecieron entender este último título, subraye el subtítulo: "Me encanta Pichula Cuellar", dije. Toses, risas nerviosas, miradas ariscas y un rubor colectivo me hicieron pensar que algo indecoroso se había filtrado en mi declaración de afecto. Días después, cuando les narré la anécdota a mis amigos no cabían en sí de perverso gozo: había mencionado la soga en casa del ahorcado. "Pichula" es una palabra impronunciable ante una dama, menos ante ese cálido gineceo convocado por mi novia y mi suegra para presentarme en sociedad. "Pichula" es el sinónimo más vulgar de pene. Por comprensibles escrúpulos mi suegra no permitió que Celia estuviera a solas conmigo ni un solo instante, por lo que mi amor pasó a la clandestinidad. Y a diferencia de lo que ocurría con su madre mi novia fue a partir de entonces extraordinariamente amable conmigo. Y también en relación con Los cachorros, algo extraño me sucedió en Ciudad de México. Yo me alojaba en casa de los escritores José María Espinasa y Ana María Jaramillo en la Colonia Hipódromo, Condesa, calle Amsterdam. Una noche emitieron por televisión la adaptación que un cineasta mexicano había hecho de Los cachorros y cuál no sería mi sorpresa al ver que el héroe a punto de ser castrado por un doberman para que su apodo tuviera sentido, había declarado vivir en Colonia Hipódromo, Condesa, calle Amsterdam número tal, precisamente la casa donde yo estaba hospedado. Obviamente procedí a tocar madera y ante la imposibilidad de cambiar de casa, cambie de canal.

Aunque llegué a Barcelona a finales de enero de 1973, dejé pasar casi tres meses antes de hacer acto de presencia ante Vargas Llosa. Era portador de cartas credenciales, pero la timidez dilataba cruelmente el encuentro. Por fin me atreví a llamarlo por teléfono y la gentileza del escritor fue el mejor reconstituyente que experimenté al punto de recobrar el ánimo. "Desde hace varios meses José Miguel Oviedo me anuncio tu visita", me dijo, aunque no dejó de sorprenderme su inmediato tuteo. "Además, me habló de un manuscrito tuyo que me gustaría leer". No lo podía creer. Días después cumplí la cita que acordamos en el café "Sandor", sobre la plaza Calvo Sotelo. Era una tarde desapacible y lluviosa de abril pero los contertulios no parecían hacer mucho caso del trio. La jovialidad de Vargas Llosa quebró todos los hielos y al cabo de cinco minutos hablábamos con toda fluidez sobre amigos comunes, planes literarios y hasta de la censura previa, entonces en pleno auge durante la presidencia del Almirante Carrero Blanco. En cierto momento Vargas Llosa me preguntó de qué iba a vivir en Barcelona. Y mi respuesta no pudo ser más presuntuosa y falsa. Le dije que mi sueño era dar clases en la Universidad, algo por otra parte imposible dado el sistema académico español. Me miró fijamente y me dijo que evitara al máximo la convivencia entre catedra y literatura. Y sentenció: "Las mejores inteligencias de mi generación las devoró la Universidad. La escritura es un oficio solitario”. Y al ver el desamparo instalado en mi cara, agrego: "¿Por qué no trabajas como lector de una editorial? Sólo en Barcelona hay como trescientas”. Me explicó el mecanismo y el sosiego volvió a mis filas.

Y mientras yo agotaba una Coca-Cola Vargas Llosa no hacía sino hojear el manuscrito de De la barbarie a la imaginación entre sorbo y sorbo de leche. Como sucede con Donoso, Cela y otros escritores, parece que los momentos álgidos de la escritura vulneran de forma implacable el ánimo y la salud del narrador peruano, y tal cosa ocurrió —úlcera incluida durante la redacción final de Pantaleón y las visitadoras. En cierto momento se detuvo en una página y me dijo: "Esta cita de Oviedo está mutilada”. Era una frase de El laberinto de la soledad, que a continuación citó completa de memoria. Herido en mi amor propio no supe que había sucedido, hasta que recordé algo que justificó el comentario de Vargas Llosa. Apremiado por los preparativos de mi viaje, le había dado el manuscrito limeño a una secretaria del Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Bogotá, para que lo pasara a limpio. Ante mis urgentes reclamos, la imaginativa joven decidió resumir o saltarse párrafos enteros de mi texto. Consciente de lo peor, revisé el manuscrito y descubrí que, en efecto, ella me había ahorrado cerca de cincuenta páginas. Pero aun así Vargas Llosa se lo llevó y mientras él lo leía yo revisaba y actualizaba el texto definitivo. Tres o cuatro semanas después me llamó y me dio el dictamen tan temido: le gustaba el libro y, con la reincorporación de lo que la mecanógrafa había sustraído, saldría un ensayo decoroso.

De las diversas consideraciones que expuso, recuerdo una que resulto capital a la hora de comprender el discurso de Domingo Faustino Sarmiento en torno a la disyuntiva "civilización o Barbarie" y que incluso consigné en una nota a pie de página del libro, a saber: que el ataque expreso de Sarmiento contra la "barbarie" encierra una coartada que no es otra que su propia nostalgia; que más que a la declaración explicita, literal de Facundo, hay que considerar con atención esa vasta relación de sentimientos encontrados, añoranzas y recuerdos, evidentes en la forma como Sarmiento se remite al gaucho, al payador, a la pampa y sus ritos, a todo ese mundo, en fin, que es suyo y al cual quiere y que, sin embargo, el condena a desaparecer en aras de su Utopía "civilizadora". Dicho lo cual me invitó a otra Coca-Cola y, al hablar del futuro del manuscrito, me sugirió editor y me tramitó una cita con Pere Gimferrer, de Seix-Barral. Sin embargo, durante el lapso que duró la espera de su opinión, Oscar Collazos me había presentado a Jordi Estrada, quien dirigía una colección en Planeta. Estrada no sólo se interesó por el manuscrito sino que me incorporó -junto con Collazos, Luisa Valenzuela, Vicente Battista y otros escritores- a su equipo de lectores. En esa colección, que desapareció pronto, se había publicado la novela No una sino muchas muertes, del peruano Enrique Congrains Martin, con un excelente prólogo de Vargas Llosa.

 

Fragmento de “El verbo que enaltece la pasión y la afrenta” en Como el halcón peregrino: La augusta sílaba. Santafé de Bogotá: Aguilar, 1995.

 


 

Efer Arocha

LA PRECARIEDAD PARA ASCENDER A LO HUMANO

 

Una pregunta que no preocupa a nadie prácticamente, es por qué el ser humano entre las especies del planeta, encuentra un deleite destruyéndose a sí mismo; destrucción sin límites, puesto que hace uso de todos los recursos que su imaginación descubre. Cuando se encontraba en la placenta de la historia se eliminaba con mazos de madera y cuchillos de piedra, luego cuando confeccionó la espada, la autodestrucción adquirió una nueva dimensión con lo horrendo; esto lo podemos encontrar en las guerras de la Antigüedad y de la Edad Media, y ahora en la conquista de las estrellas hemos realizado dos hecatombes mundiales con bomba atómica a bordo, cuyas consecuencias son delirantes. La idea que la historia de esta especie poseedora de esa pasión antropófaga, sea la historia de las guerras, resulta ser una conclusión justa. Entrando en el ahora, el único caso para destacar y aplaudir, porque el instinto del homo-miles no hizo erupción, fue en el derrumbamiento de la Unión Soviética, y por tanto no hubo víctimas. Desde el ángulo del monopolio de la violencia, se concluía que ahora sí la especie viviría en paz y que la violencia sería un dolor que pertenecía al pasado; pero eso no ocurrió, escasamente fue una vana ilusión; vendrían Irak, Libia y en el momento Siria, cuyos pueblos son escombros y cementerios. Paralelo a esto brota el trino de guerra en Estados Unidos y Europa con Ucrania, y en ciudades de la parte occidental.

Los dolorosos acontecimientos de París, son un material que permite análisis en múltiples campos. Hay unos que resultan prioritarios en razón de que son importantes para el esclarecimiento de los hechos. Es el caso de los juicios ideologizados que impiden comprender varios aspectos, y uno de ellos es que el pueblo francés, es igual a los demás pueblos del mundo; trabajan, descansan, ríen; es decir, llevan la vida de cualquier ser común, y en virtud de esto, no deciden nada en el hacer de sus gobiernos, incluidos sus pactos secretos, ni tampoco son responsables de las conductas de generaciones anteriores como memoria de lo justo e injusto. Al igual que otros pueblos, han sido y siguen siendo la fuente nutricia del material humano, que los estados necesitan para ejercer la violencia interna o externa, en cuya acción el rol de los pueblos ha sido siempre el mismo en todos los lugares y en todos los tiempos: el de aportar los muertos.

En el Batacalan murieron jóvenes parisinos que les placía la música rock. En las aceras, restaurantes y en los bares perecieron habitantes que descansaban saboreando el deleite de una comida o un jarro de cerveza; derecho simple y elemental de los pueblos que son libres. El sabor de la buena mesa y varios vasos de vino o copas de champaña, acicate y atisbos eróticos, preludio en esta ciudad de un encuentro con el amor, sin ataduras y pagano, pleno y total, en uso de la absoluta libertad de los cuerpos con guiño de la filosofía del tocador del Marqués de Sade; asunto que produce escozor a los místicos, fanáticos, alienados y moralistas de todas las tendencias. He aquí el por qué del oscurantismo de convertir a los ciudadanos en un amplio polígono para sembrar el pánico y un temor permanente a través de una venganza invocando la intervención de Francia en lo que consideran sus dominios. Sin embargo, sus objetivos estratégicos son bien distintos. Al crear un ambiente de psicosis colectiva erigiendo el castillo del miedo, se logra alterar el funcionamiento normal de la sociedad y por ende, la democracia y el estado, acompañado de pérdidas colosales como las que están ocurriendo; tenemos entonces un efecto político y militar de graves consecuencias.

Nos encontramos frente a una fenomenología completamente inédita, muy seria, delicada y cargada de incógnitas; no solamente para Francia sino para muchos países. Se leen, se oyen y se ven en los medios internacionales y nacionales, críticas y juicios simplistas y hasta torpes, por desconocimiento o por intención. En lo que concierne a Francia la situación tiene dos caras: en lo interno, la violencia es un efecto y no la causa, asunto fundamental. La causa está en el exterior. La realidad interna se rige por la concepción de una República Laica, que es la garantía real del libre ejercicio de cultos. En la nación hay 2.600 Mezquitas, y miles de lugares donde los que profesan la fe de Alá, pueden hacer su oración sin que nadie los moleste. La inmensa mayoría de estos creyentes están integrados a la república, siendo una fuerza pujante del progreso de la nación. Algunos de ellos son verdaderos patriotas franceses, tal como el que se manifestó en directo en una reunión en la televisión: “Es un horror lo que han hecho y nos corresponde a nosotros acabar con esos hijos de putas” Entonces, el peligro viene de afuera; así sus ejecutores sean franceses, pero esto es otro problema. La debilidad tampoco es de seguridad, puesto que todos los servicios de prevención empezando por los policivos son anulados por la táctica de esta guerrilla de nuevo tipo, no quiere decir ni significa que los mecanismos de seguridad no tengan que ser reforzados y actualizados. En la crítica de armas asimétrica, la ventaja del irregular está en la sorpresa y en la elección del blanco, que es militar u organismos decisivos del estado, cumpliendo a su vez en el combate normas de la guerra donde la vida de todo civil es profundamente respetada. El combatiente de nuevo tipo; o sea, agente militar en el extranjero del Estado Islámico, no tiene blanco, su objetivo a destruir es toda la República, así sea un centímetro de ella o uno de sus habitantes. No conoce límites y mucho menos códigos, es un auténtico epirobón, porque todo lo humano le es ajeno. Cómo explicar hoy, que a un joven sirio de 15 años, que se negó a incorporarse a sus filas, lo hayan mutilado monstruosamente cortándole a carne y hueso vivo, su mano derecha y su pie izquierdo, las doscientas cuarenta niñas raptadas en un colegio de Nigeria, los niños asesinados en una escuela de Pakistán, o el caso del piloto jordano asado al “roti” en una jaula en medio de llamas, resultado de bañarlo con galones de gasolina. Sus consignas militares son verdaderas armas de guerra espetadas al rostro de su enemigo “ustedes perderán por el pánico que le tienen a la muerte, mientras que nosotros la buscamos y nos place”.

La anterior consigna es una verdadera joya Teística, médula de la metafísica, porque es la razón de la estructura del pensamiento religioso, cualquiera que sea la tendencia. Lo tanático a lo cual venimos  haciendo referencia, es la acción de lo empírico, manifestado en lo concreto; en el ahí concluyente, fin del proceso del ciclo de vida, y en consecuencia finito. Quien busca para su realización, mediante esta acción finita la trascendencia, está convencido de que hay un cambio cualitativo, que le permite alcanzar la infinitud, condición de lo eterno; lo que en el lenguaje común se conoce como el más allá, donde tiene realización el placer inagotable. Es de fácil conclusión que en este tipo de individuos, la inmolación, es la máxima realización de su vida. Ahora, vista desde ángulo puramente militar, es una cualidad excepcional que coloca a su adversario en situación de desventaja. Más aún, quienes dirigen a estos combatientes los fanatizan a ese grado, para lograr un elemento de gran valor en lo táctico en el combate urbano, al sellar de manera definitiva una fuente de información. Hay un aspecto que no se puede dejar por fuera de este breve razonamiento y es la agresividad que exige a quienes practican este tipo de crítica de armas. La agresividad no es producto solamente de la convicción, sino que necesita de otro elemento que es el temple, el cual no lo produce la preparación técnica ni el simulacro propio de la simulación de la enseñanza clásica militar; él se forja en el combate real, tal como lo hace el E.I. Se colige sin mucha dificultad que este tipo de joven en armas ha eliminado a cierto número de personas en diferentes realidades, como resultado de la acción directa en los fragores del frente de guerra. Su adversario le opone la sofisticación de los elementos técnicos y la cantidad. Como vemos los dos campos poseen calidad distinta; no obstante, para el bien de Francia y los servicios de seguridad, los agresores han resultado por ahora, casi nulos en la sobrevivencia y en el conocimiento y manejo de las técnicas del combate urbano, como queda demostrado en los acontecimientos de Saint-Denis y en las armas y cinturones explosivos abandonados en cestos de basura y vehículos, producto de la precipitación que produce el miedo o la impreparación para resolver lo imprevisto.

Una interrogante que se formula todo el mundo, y que exige la aproximación a una respuesta lo más objetiva, es de dónde pudo salir el primor que nos ocupa y la dulzura de tan inocente criatura. Ella fue engendrada ni más ni menos en el útero de occidente. Vino al mundo por fórceps y cesárea. La razón de su nacimiento fue la lucha contra el demonio que se había tomado Afganistán, es una criatura producto de la necesidad de la guerra fría que es su madre, y en cuanto a paternidad no hay duda ni presunción de infidelidad, porque su progenitor no es cualquiera en asuntos de poder y respetabilidad; se trata del Tío Sam.

La estrategia estadounidense que lo llevó a la victoria, es que, como aprendiz de brujo fundió tres elementos distintos e intocables en el manejo del poder político; al menos que se quieran correr riesgos en el plano estratégico: nacionalismo, poder militar y religión; monstruoso cóctel explosivo que causó la derrota del entonces imperio soviético. La victoria dará muchos dividendos, y también tragedia, igualmente herencias. La más significativa entre ellas fue la del señor Osama bin Laden y su organización Al Qaeda. El Tío Sam avaro de dinero se craneó otra aventura, a través de su embajadora; indujo al presidente Sadam Hussein a anexarse Kuwait, antiguo territorio iraquí. Sadam hombre toreado en muchas plazas, esta vez cayó en la trampa, excusa para su derrocamiento y destrucción de la nación; y de paso, la oportunidad le brindó la forma de aligerarle la bolsa a Arabia Saudita, por el escalofrío de ser invadida, es posible, que haya sido su mejor negocio.

En Afganistán el Tío cometió un error, crear Al Qaeda, absurdo estratégico, quien luego lo castigaría severamente con su 11 de septiembre. En Irak vuelve a equivocarse; colgando a Sadam, eliminando a sus más altos dirigentes y encarcelando a sus partidarios de significación, empezando por los generales. El E.I. en el plano militar ha acertado en constituir una fuerza de primera línea, obviamente con la ayuda de ciertos estados que le han aportado armas de alta sofisticación y la aquiescencia de presuntos enemigos que le han permitido movilizar un hilo interminable de camiones que se encargan de transportar petróleo el que vende de contrabando, bajo la vista gorda de estados limítrofes. Junto a esto hay que sumar uno de sus éxitos incorporativos el de haber rescatado de las cárceles a los cuadros militares de Sadam, los que gustosos realizan su trabajo porque tienen muchas cuentas por cobrar. Estos incorporados no son cualquier combatiente, son hombres de conocimientos y curtidos en el manejo de armas. Por ello el E.I. es una fuerza militar exitosa, tanto interna como externamente.  Retomando el hilo luego vendrán los hechos en Libia y Siria, tarea en la cual justo es decir, el Tío Sam no está solo, lo acompañan Inglaterra y Francia.

Aquí surge otra inquietud: cualquier persona con una cultura mediana sabe que la guerra es un negocio de alta rentabilidad en término de dividendos inmediatos; sin embargo, en el plano estratégico, teniendo en cuenta el interés de los pueblos, los estados y la humanidad, no sólo es un negocio perdedor, sino un absurdo. Esto último lo conoce cualquier político de regular inteligencia en cualquier parte del mundo. Las guerras de lo que llamamos modernidad, son hijas de intereses privados insaciables de riquezas, asunto que se pasa por alto en análisis y críticas, debido a que fácilmente se confunde con el estado y también con organismos internacionales que terminan a su servicio. Este es el quid de la fenomenología de la violencia; sea externa o interna, y quien desee conocerlos sólo le basta con averiguar sobre los lobbies que ellos tienen junto a los gobiernos de las potencias que deciden qué es lo que se hace en el planeta.

Otra de las causas de la amarga realidad en que vivimos en esta Europa de grandes desaciertos y aciertos que ha hecho llorar y soñar a la humanidad, es su incapacidad de decisión para enfrentar correctamente el presente. Las migraciones de la región de manera sistemática y que últimamente se han acentuado, requieren determinadas medidas que se originan en la deuda pendiente con África, obligación que se extiende también a otros, como es la reconstrucción de Irak, Libia y Siria; es una necesidad estratégica que esta parte del planeta se desarrolle de acuerdo a las exigencias actuales. Varias personas han comprendido a cabalidad esto, pero sólo el expresidente Jacques Chirac dio un paso en la dirección correcta. La idea de Jean Tobin, conocida como la tasa Tobin, la que es un impuesto mínimo al movimiento de capitales de manera temporal; es suficiente para extirpar de raíz la pobreza secular de África y subsanar el desastre material de los tres países citados, y así poder poner fin a las migraciones por muchos detestada.

Sin embargo, el principal error de Europa está en la degradación de sus valores fundamentales. Cómo es posible que en la tierra de Shakespeare, Freud, Voltaire, Marx, Nietzsche, para mencionar apenas a éstos, el estado se hinque ante el templo de la ignorancia por el interés de los votos, cuando lo que se necesita es un ciudadano común, cuyo pensar esté acorde con los avances de la técnica y la ciencia, cerebros epistémicos; o sea, que su pensamiento se corresponda con el avance material, sintetizado en las naves espaciales que se disponen a llevarnos a otros planetas, mientras que la acción militar ubica nuestra conciencia en la Edad de Piedra. Conciencia que condense los principios de verdad derivados del espectacular avance del grado material de civilización que cada día nos entrega progresos en todos los planos de nuestro vivir cotidiano, realidad diaria que aporta hechos preciosos para liberar nuestra acción cognitiva de las cadenas del oscurantismo, fanatismo y absurdos; sendero verdaderamente libertario en la educación de la juventud, con la cual se obtendrá la plena libertad que necesita su cerebro y de esa manera su soñar cimentado en cada utopía personal, produciéndoles un pensar diferente. En este sentido, el pensamiento de los pueblos aborígenes de América, que tienen una cosmogonía armónica, donde el sol y el agua, son categorías de valor esencial para la vida, en apariencia son divinidades; pero al analizarlas resultan ser la comprensión de la naturaleza, como la verdadera razón de nuestra vida y civilización. De ahí se deriva que el planeta se convierta en la “Madre Pacha Mama”. Aquí se presenta una concordancia entre conciencia y realidad, que en leguaje filosófico se expresa en la categoría de ser y sujeto. Si el hombre común no asciende a la verdad, seguiremos como estamos, y entonces cada estado tendrá los enemigos que se merece.

 

París, 26 de noviembre de 2015.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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