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Álvaro Neil Franco Zambrano

EL DESPERTAR DE UNA NARANJA ROJA

Selección de textos y nota crítica de Hernando Guerra

 

BOLERO PARA JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ

Nadie como tú para quererme tanto,

por eso te llamo, llorando mi pena.

José Barros

 

Me llaman El Aguacatal, un río que siempre nace en mis palabras, y muere en la piel de las muchachas que amaron mis orillas; un correr que al paso de los chiminangos, se fue de bruces entre el olor del pan de bono; unas piedras de codorniz movidas por el ritmo del bolero antillano; en mis pregones nunca falta una luna escurriendo maracas y tambores, un chontaduro sacudiendo la luz de mi sonrisa, un innumerable grano de azúcar, refinando los sueños de mi valle; soy también un hilo llevado por las nubes hasta el cielo esquinero, donde se extravió mi voz de niño; un padrino bendecido por la espuma y las macetas de los ahijados; un Pico e´Loro donde se habla la lengua de las barcas que arrullan El Pacífico; un Terrón Colorado lloviznado de amigos que saben del verano que imagina mis glándulas, un Terrón Colorado que no olvida el camino entonado por las mariamulatas; una luz de neón donde escribe su historia mi ciudad florecida de goles.

 

PORRO PARA GABRIEL FERRER

Mi porro me sabe a todo

lo bueno de mi región.

Pablo Flórez

 

Gabriel

 

hermano en las gallinas

 

luminoso en el barro

 

que arrastra las aguas del Sinú

 

valle donde el porro brama

 

su noche prendida de leyendas

 

ojeras de cebú

 

que despliegan la sombra

 

del sombrero vueltiao

 

samaritano en el totumo

 

donde me bebí

 

con todos mis rostros

 

los limones de Eugenio Montale

 

compañero en el deshoje del tabaco

 

que acompañaba los caminos

 

de Fernando Pessoa

 

poeta Gabriel

 

hay que graduar hay que graduar

 

sobre todo en ese cielo de arena

 

que no ha parado de llover

 

nuestra mortalidad.

 

 

PORRO PARA EL PATIO DE RAÚL GÓMEZ JATTIN

Yo no soy de un pueblo,

yo soy de un patio.

Héctor Rojas Herazo

 

En el patio de tu casa

 

la única luz que permanece

 

es un rayo donde oreo mis palabras

 

donde un planchón crecido de goleros

 

avanza hacia el olvido:

 

El río ya no es el caracol

 

que subía hasta cuarto

 

a contarte la revelación de sus piedras

 

La mata de plátano tampoco se despide

 

del algodonal que tus abarcas

 

sembraron en el cielo

 

Una generación de vidrios rotos

 

brinda por la soledad que deshace

 

las hilachas de tu corazón amarillo

 

La sombra de tu gallo de oro

 

canta baños de tierra

 

para que en tu alma reseca

 

vuelvan a crecer astromelias

 

GUANEÑA PARA GERMÁN DIEGO CASTRO I

¡Guay que sí, guay que no!

La Guaneña me engañó.

Nicanor Díaz

Neftalí Benavides

 

Germán Diego, el que se trepaba en la punta del poema a libarse la luna de Li Po, y se bajaba en los amigos a encender con naranjas, esos cuartos de Kafka que abrían sus ventanas a un muro donde los huesos de Vallejo se arrunchaban en los de Guayasamín; Germán Diego, memoria de unos bares donde dábamos vueltas por París, y salíamos hablando en alemán de ese descalabro de piernas por el que Vincent van Gogh dejaba en empeño su autorretrato con girasoles incendiados, y Agustín Lara sacaba al fiado su rostro de luna hecho pedazos por la soledad; Germán Diego, memoria de unas calles donde mis palabras aprendieron a andar, donde la cerveza se nos subía hasta Luvina y dábamos gritos de Munch para platicar con los zopilotes que traían noticias de Comala; Germán Diego y su querido tamal del Pacandé, para curarse de los amores calcinados en las cuerdas trasnochadas de los serenateros.

 

BALADA PARA CARLOS FAJARDO I

 

Me gusta el sol, Alicia y las palomas,

el buen cigarro y la guitarra española.

Facundo Cabral 

 

Esta es la casa blanca del amor, donde las hormigas conducen a una ciudad despertada por el mugido de mercurio que los amantes escarban en la hierba; aquí Carlitos Fajardo se abre el pecho para que escuchemos esas baladas donde seguimos esperando una boca que jamás llegó; aquí Carlitos se nos sienta en las piernas como si fuéramos la silla vacía de van Gogh; aquí Carlitos rasga su guitarra hasta reventarnos el resto de víscera que nos quedó por corazón; aquí Carlitos unta de baba las palabras para que no nos deje el cuaderno que viene silbando colores por el ferrocarril; aquí Carlitos prende en la Tabaquería de Fernando Pessoa, los Incas que Julio Ramón Ribeyro le trajo del Perú; alumbra con Gauloises las calles que Cortázar arrendaba en París; construye puentes de Cohiba para que los tigres de Cabrera sigan desgarrando su luz en el malecón de La Habana; despide las volutas de olvido donde arañan la vida las criaturas de Onetti; la casa de Carlitos no tiene jardín; tiene un bosque, donde la caperuza de sus días, le prepara silencios para que el poeta se acueste a soñar.

 

TANGO PARA JULIO CÉSAR GOYES

 

Vieja calle de mi barrio donde he dado el primer paso.

Francisco Gorrindo

 

Si mañana despierto, con el pucho de vida que me queda, preparo un camino de maizena para que vuelva la madrugada en que Julio Goyes nos presentó la tortuga de Aquiles Nazoa; si mañana despierto que sea bombardeado por esas nubes verdes donde el Guáitara mira pasar la historia de sus árboles; si mañana despierto que sea de una piedrita, de esas que saben de destinos y escurren sus días de ventana en el corazón roto donde asoma la luz de los amigos; si mañana despierto -amado Dylan Thomas- que sea cortado por la leche que hierve entre la savia, perdido en un pañuelo donde le digo adiós a la gallada, soñando en la madera manchada de cerveza que supuran los codos de Teillier.

 

TERAPIA MIXTA PARA WILFREDO VEGA

Soy Lo gris contra lo gris. Mi vida

depende de copiar

incansablemente el color de la

arena.

José Watanabe

 

¿Cómo compartir Wilfredo Esteban, El Lenguado de José Watanabe, sin la espina de hambre que le extinguió las trenzas a Vallejo?

 

¿Acompañándolo con el balcón carcomido de trópico que relata el orégano?

 

¿Con la espuma cantora de los caracoles que abandonan el mundo sin salir de su casa?

 

¿Con la angustia de los camarones que se rompen las manos en la soledad de las islas?

 

¿Con la sangre perseguida de las habichuelas que taconean su bravura en la madera de los ataúdes?

 

¿Con la piel despellejada de los tomatitos que revientan su vida en un rasgueo de guitarra?

 

¿Con el llanto de leche que cantan las cebollas para engañar el hambre de los niños?

 

¿Con el fuego de las pepas de mango que como peces prehistóricos iluminan con sus ojos de mosca las ausencias del patio?

 

¿Con la palabra encadenada que los tambores derraman en la cadera abierta de las frutas?

 

¿Con el traje azuloso de púas con que el pez globo representa la muerte?

 

En todo caso Wilfredo Esteban, ¿Cómo compartir El Lenguado de José Watanabe, 

 

sin la tinta turbia con que los calamares escriben la luz de los abismos?

 

 

PORRO PALITIADO PARA LUIS MIGUEL RODRÍGUEZ

 

¿Qué le estará pasando al viejo Migue, que a su atarraya ya no arriban las orillas del verso?

 

¿Adónde migraron las garzas que levantaban en su vuelo los cielos del fandango?

 

¿Qué fue de la sonrisa que tejía con hilachas de mango las brisas del chinchorro?

 

¿Cuándo volveremos a cruzar en planchón el sabor a mujer que tiembla en los zapotes?

 

¿Cómo navegar otra vez en el mar que cantaban los gallos de pelea?

 

¿Cuándo volverán sus pinceles a tener las agallas de inventar barracudas?

 

CAMINANDO LAS CALLES DE BUKOWSKI

 

Un poema es una ciudad

 

si su vuelo es iluminado

 

por el agua de las cloacas

 

por la barba donde los indigentes

 

amarran el hambre y la basura

 

por las serenatas de piedra

 

que los locos

 

le regalan a las ventanas

 

por los postes fundidos de soledad

 

que los perros

 

le disputan a los borrachos

 

por la piel que los amantes

 

cuelgan de las terrazas

 

como banderas de una carnicería

 

Un poema es una ciudad

 

si su rostro con aretes de luna

 

abre las piernas a los cuchillos

 

que florecen en el arrabal.

 

 

YO TAMBIÉN SUBÍ A LOS PAYOS NAIRO QUINTANA

 

Que te llenas el corazón de pájaros

 

para trepar hasta las lágrimas

 

y calientas los sueños

 

con una flor morada y amarilla

 

donde cabalgan las manos de tus padres

 

tú que enamoras montañas

 

con la danza de tus pedales

 

y abrazas con tu paso

 

los muñecos de nieve

 

y le sonríes al sol rojo

 

que juega con los árboles

 

que nunca has dejado atrás

 

la corona de frailejones

 

con que adoras

 

las nubes que atraviesan

 

el cielo de los páramos

 

que siempre llevas contigo

 

los jardines colgantes

 

y una virgen morena

 

donde brilla la gloria

 

de los escarabajos.

 


Hernando Guerra Tovar

El Despertar de una Naranja Roja

de Álvaro Neil Franco Zambrano

 

Álvaro Neil Franco Zambrano es un poeta asaltado por las virtudes de la palabra limpia y a la vez colmada de imágenes, que embelesa al lector. Así lo advierte su obra singular, por donde transita la magia y vuela, en comunión perfecta con el fluir azul en el río de la infancia.

Confluyen la sencillez, la profundidad, lo culto, por un lenguaje que nombra y sugiere, convida y elude.

Aurora que asoma por entre las montañas y se descuelga hasta los valles amarillos en reencuentro con el paisaje de las cosas sencillas: la guayaba, la múcura, el zapote, el sombrero vueltiao, “las hilachas de mango”, “los gallos de pelea”, las barracudas, el nicuro.

La poesía nos acoge cálida como una caricia, nos lleva por los territorios de la filiación cercana: “Me llaman El Aguacatal, un río que siempre nace en mis palabras, y muere en la piel de las muchachas que amaron mis orillas.”

Lector impenitente, Álvaro Neil esquiva el malabar, el artificio, la ostentación del conocimiento vano, o de Urizel, que en su visión adelantara el poeta y grabador romántico hace más de doscientos años, ahora pan de todos los días, en mala parte de los que el mercado llama poetas.

La palabra de Franco Zambrano, curada de dichos maleficios, se vierte como luz sobre las cosas cercanas; las enaltece, las baña de azul; las arropa con las ruanas encendidas de una Boyacá acogedora en el frío del sueño más alto, o de un Santander y su “cajón de bocadillo”, o del bijao en que el campesino envuelve el vianda y la faena. Las guayabas, los mangos, los magueyes, la sábila, el ají

chivato, adquieren categoría poética en su humildad, merced a la magia del poeta.

Por este milagro o sortilegio de la poesía, Gabriel Ferrer es hermano en las gallinas:

Gabriel / hermano en las gallinas / luminoso en el barro / que arrastra las aguas del Sinú / valle donde el porro brama / su noche preñada de luceros / ojeras de cebú / valle / donde el porro brama… (Porro Para Gabriel Ferrer)

Las atarrayas, que en su estado natural constituyen la herramienta del pescador para atrapar el sustento, se tornan en la poesía “esas rosas de brisa”; y la tierra, la deidad romana equivalente a Gea, diosa griega de la feminidad y la fecundidad, es en este libro “un mordisco hundido en el olor del zapote

El porro sabanero, música de la costa Caribe colombiana que enlaza, en suerte de festiva hermandad, una nación que es la misma en su origen, nos reúne en la memoria de lo que fuimos y todavía somos. Ritmo que Franco ofrenda al poeta del Sinú Raúl Gómez Jattin, desde el Patio del inmenso Héctor Rojas Erazo: “En elpatio de tu casa / la única luz que permanece / es un rayo donde oreo mis palabras…”(Porropara el patio de Raúl Gómez Jattin).

Si la poesía es imaginación, El despertar de una naranja roja está poblado de versos como estos del poema Guaneña para Germán Diego I que, además de bellas imágenes, recuerdan sin aspavientos a grandes de la literatura universal:

Germán Diego, el que se trepaba en la punta del poema a libarse la luna de Li Po, y se bajaba enlos amigos a encender con naranjas, esos cuartos de Kafka que abrían sus ventanas a un muro donde los huesos de Vallejo se arrunchaban en los de Guayasamín”.

O esta otra, en donde luego de pasear por Paris y Vicent van Gogh, recrea el perfil de uno de los mayores exponentes del bolero, género musical que es también poesía:

“Germán Diego, memoria de unos bares donde dábamos vueltas por París, y salíamos hablando en alemán de ese descalabro de piernas por el que Vincent van Gogh dejaba en empeño su autorretrato con girasoles incendiados, y Agustín Lara sacaba al fiado su rostro de luna hecho pedazos por la soledad.”

Y en el discurrir de la poética homenaje al amigo plural, el poema Canción para Pacho Forero, nos obsequia esta imagen que deleita: “el pescador de tempestades / que los crepúsculos llamaban William Turner / entre mi largo aliento y su traje de haikú / un sendero de náufragos / que sobrevive con burbujas”

El despertar de una naranja roja de Álvaro Neil Franco Zambrano (Barbosa, Santander, 1969), árbol frutecido de la semilla que el poeta plantara con La Saga de los clavelinos (Universidad del Valle, Cali 2008) y Temblor de Isla (Rosa Blindada Ediciones, Cali 2016), es un libro que refresca la poética nacional, humaniza la naturaleza, restaura el núcleo familiar, vindica las costumbres; enaltece la humildad del paradigma, como en el caso del ciclista Nairo Quintana, a quien “le llena el corazón de pájaros”.

El autor logra un universo poético, una voz inconfundible, un tono que lo distingue en la poética nacional. La tierra, el amor, la familia, los amigos, el entorno más cercano al sentir del hombre, encuentra en esta obra un lugar propicio y merecido. Elevar a la categoría poética las cosas más sencillas, humanizar el paisaje, es un gesto que dice del autor, de su sensibilidad, de la pasión y afecto en el origen.

Por esta palabra transitan igualmente los autores y las lecturas preferidas del poeta, homenaje que ofrece en cada apartado del libro tanto en el epígrafe como en la dedicación personal. Vemos así por estas páginas los poetas amigos: Jorge Eliécer Ordoñez, quien se baña en las aguas del río Pance o se detiene largas horas a contemplar El Aguacatal mientras escucha sus boleros del alma. Al poeta Carlos Fajardo: “aquí Carlitos Fajardo se abre el pecho para que escuchemos esas baladasdonde seguimos esperando una boca que jamás llegó.” Al poeta Julio Cesar Goyes, lededica un tango de Francisco Gorrindo y le recuerda la vez que le presentó la tortuga de Aquiles Nazoa. Son los amigos, es el canto al sentimiento más cercano, luego de la saga familiar que elevara en sus obras anteriores.

Hay un lugar en el tiempo de este libro donde el hombre salva su más alta realidad de ser: se llama Suárez.

Un fluir que se extiende desde los predios de la infancia y recorre los verdes del amor, la familia, la amistad, regando con poesía la semilla que habita el sueño del Ser, del viento, la piedra, el pájaro o la flor.

Es un milagro hallar hoy esta palabra despojada, abierta pero profunda, que recorre la cualidad del hombre en su origen, en su fuente, como si todo lo que advierte el mundo nos fuese revelado como una bendición, lejos del consumo, el ataque, la guerra.

La sabiduría que anima esta obra convida la comunión, la unicidad, el festejo. Estábamos perdidos pero hoy asistimos al reencuentro. Porque es la poesía la única que nos salva de nosotros mismos. El despertar de una naranja roja; la inocencia líquida que nos restaura; el cauce azul; El alba más propicia.

El Moisés que hace “brotar el agua del vientre de la piedra”.

 

 


Carlos Castillo Quintero

FRAGMENTOS DEL DIARIO DE W.G. (Ocho poemas)

 

UNA PROMESA

 

Y si por un río secreto

navegan desnudos los muertos

y un barquero ciego los guía

y, como corresponde,

se queda con el cobre prensado

que los deudos ponen en los ojos

de aquellos navegantes. A ese río,

y a ese barquero

habré de enviar

el agua taciturna que amanece

en mi rostro ―la carroña―

el canto maldito que insiste

y, si es necesario,

me abriré una ventana en el pecho

para que salga

lo que de sombra quede

lo que te dañe

lo que no te guste

la piel usada, el corazón

y la palabra herida

habré de condenar al fúnebre destierro

con una bolsa de monedas

de oro puro que gratifique

el triste adiós que desteje ese río

y la incesante noche del ciego.

 

OCTAEDRO

 

I

Quisiera hallarle utilidad,

un destino, a mi mano sin ti.

 

II

Y el amor que se hunde, se asfixia, se muere

en el gélido mar de la ausencia,

su cadáver

¿Sirve para alimentar a los peces?

 

III

La música va por la habitación, se desliza,

a palos de ciego te busca y regresa,

triste, sola,

la música...

 

IV

Voluptuosa, abierta a la piel que acecha,

ebria, con una luna nueva en el pecho,

bella e inútil

esta noche en la que no estás.

 

V

¿Qué caminos has ido a recorrer

de los trazados en las líneas de tu mano?

 

VI

Quizá otro deambule por el macramé pétreo de la casa,

y tropiece, sin hilo, sin brújula,

sin atreverse a consultar el mapa del cielo.

Quizá también huya del espejo y se crea,

como yo,

único dueño de tu laberinto.

 

VII

Y si una tarde en un cruce de caminos,

en una calle alguien te roza.

Y si ese roce casual te detiene,

si te miran y miras,

si naufragas en esa mirada...

¿A dónde mi ruta?

 

VIII

No interesa ya, la extensión del paraíso.

 

De “Sin el azul del día” – Premio CEAB, 2007

 

ELEGÍA

De pronto todo el árbol está temblando

y no hay señales del viento.

Charles Simic

 

Esa muchacha que desde el comienzo del día ha repetido tu nombre.  

La que hoy deslizó bajo tu puerta un papelito que dice:

«Haré lo que sea para que esto funcione».

La del fuego pintado en los ojos, la de senos afilados y blancos,

la triste.

Esa que nadó contigo allá en el lejano mar de la infancia

cuando todavía ignorabas que no había nada para ti.

Anda, ve con ella y no temas.

Busca la taberna más próxima y emborráchate hasta caer.

Pero antes invítala a bailar, tómala de la cintura,

ignora su temible cabellera olorosa a crisantemos

y entrégate,

cuéntale tu dolor.

Vencido,

reclina tu frente sobre sus hombros de marfil

y cuando ya no te habite el nombre ni el rostro de nadie

y el rencor haya cesado,

canta con ella una tonada llena de melancolía

una que te recuerde que este será tu último crepúsculo

y estas las últimas botellas que dejarás vacías en una mesa.

Mira una vez más la ventana

a donde seguirá llegando el jilguero del alba,

y después entrégale tus ojos para siempre.

Reconoce la fortuna de tenerla entre tus brazos,

acerca tus labios a su oído y dile con voz dulce:

«Haré lo que sea para que esto funcione».

Y no olvides ni por un momento que esa flaca,

desde temprano,

ha estado reuniendo las letras de tu nombre, que te llama.

Responde ya a su llamado, porque no está bien

que le hagas esperar.

Recuerda que no eres el único, ni el más bello, ni el más deseable.

¡Contéstale!, porque es posible que ella se canse

y la veas partir para siempre,

alta,

diáfana,

distante ya de tu corazón.

Y que nunca más pregunte por ti.

Si esa muchacha pronuncia tu nombre otra vez,

si su voz acalla los ruidos que trajinan la noche,

apresúrate,

y ve con ella antes de que sea tarde.

 

BITÁCORA DEL FIN

Entonces el océano reveló su grandeza.

Henri Michaux

Todo en este viaje, es ajeno.

Yo, Ulises, permanezco atado al mástil de mi barco pero no escucho el canto de las sirenas. No hay sirenas, no hay barco.

Nada ha sido mío.

Las mujeres que amé y que me amaron, amor espurio que se fatiga hoy en otro lecho. En el televisor de una tienda de barrio, el Titanic naufraga otra vez.

Afuera el invierno se va y los árboles estrenan nuevas hojas. Sobre la mesa de noche permanece un libro que habla de viajes. Un cielo que no conozco se agita en esas páginas gastadas. Un pájaro azul.

Sé que tuve dos hijas que en la noche de año nuevo le daban la vuelta a la manzana cargando una maleta llena de girasoles. Sé que el viento ha extraviado sus postales. Recuerdo un patio, un triciclo, la sombra de un gato amarillo que todavía duerme a los pies de mi cama. Recuerdo el arcoíris que nacía en la olla de oro de un duende.

Nada ha sido mío.

Una anciana le reza a un judío muerto. «Los comedores de patatas» de Vincent Van Gogh interrumpen su cena y la miran con desdén. ¿Quién es esa niña que durante todos estos años ha ocultado su rostro? Quisiera rezarle a algún dios, pero ya ninguno quiere tratos conmigo.

Viví en una ciudad fría de calles inclinadas que con sus diecisiete campanarios, durante siglos, ha esclavizado a sus fieles. Viví en un pueblo en donde en lugar de molinos había gigantes; allí, todos los domingos, el Crucificado bajaba de su madero y comía masato y galletas con los niños que salían de misa.

Recuerdo la sonrisa de mi mamá, sus manos que a diario recomponían una casa habitada por fantasmas. Recuerdo los lirios del campo que brotaban de sus dedos como si fueran maleza. El ruido de una guadaña cruza la tarde como un río y un cardumen de pequeños peces alados atraviesa mis ojos.

Nada ha sido mío.

Sé de un poeta centenario que fue olvidado por la Muerte y que transita por las calles de una ciudad que no lo reconoce. Sé de uno que se baña en las aguas oscuras del crimen y amanece limpio como un niño que va a su primer día de escuela. Sé que el poeta y el niño son el mismo.

Las ruinas de una fiesta se han anclado en mi ventana. Una guitarra. Unas voces ásperas que hablan de Nueva York. El humo púrpura de un tabaco huye de los labios de una mujer joven que entona una canción triste. Sé que ella tiene el nombre de un bebé tatuado en su vientre.

Yo, Ulises, permanezco atrapado en una habitación acosada por las termitas, paredes de alquiler en donde aguardo el fin del mundo.

 

Diario de Walter Gripp

 

DÍA UNO

 

El zepelín cruzó la niebla. Miré hacia abajo y el cielo se había ido.

Rashomon aguardaba: dejé los cadáveres junto a los otros y me dispuse a regresar.

Antes, vi a una mujer blanca. Estaba desnuda confundida con los cuerpos. No tenía cabellera, ni dientes.

Con voz ronca pronunció: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.

No entendí. Es decir, escuché la frase pero no supe qué significaba.

Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche, repitió la vieja y soltó una carcajada. Su risa invadió todo.

El zepelín intentó remontar el vuelo, pero aquella risa no lo dejó.

C

a

í

Me arrastré hasta la escalera y busqué una luz para encarar la sombra. Cansado, me recosté contra un muro oloroso a excremento.

Un sopor me invadió. Antes de entregarme al sueño sentí que un animal ancestral se arrimaba contra mi pecho. Sentí su aliento enfermo.

Escuché que decía: Descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche...

Después otra vez la carcajada.

 

DÍA TRES

 

En la entrada se presentía el primer escalón.

Comencé a descender y mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Comprobé que la escalera parecía una escultura sin sentido, el producto inenarrable de una mente enferma.

Seguí bajando por aquella pesadilla. Escher en su tumba encendió un zippo, y sonrió.

Al final, como era de suponer, no había nada, apenas un negro profundo.

Me acurruqué y me puse a llorar. No como un niño, sino como un hombre que ve el horizonte ahogado en sus ojos.

Estuve así durante horas…

Cuando levanté el rostro noté que no era yo quien lloraba.

Ahí, al otro extremo de la sombra, estaba ella: bonita y triste, apenas cumplida su mayoría de edad ―acurrucada― llorando como una niña y con el horizonte sitiándole los ojos.

Me miró. La miré. Y juntos miramos hacia arriba, buscando la escalera: no estaba, o no la vimos, o, quizá, Maurits Cornelis Escher la estaba usando en ese momento.

Entonces, lloré de verdad.

 

DÍA SIETE

 

Declaración del Capitán John Black:

Soy el enlutado que necesita silencio, el que canta a la intemperie y de memoria.

Soy el que ardió durante una noche completa, y ahora viste plumas de fuego y no recuerda nada de la guerra.

Soy el rostro de arenas azules asediado por un vuelo de pájaros nómadas.

¿Quién más podría ser?

Todavía conservo la huella de un cuerpo en mis manos. El final de una calle. El abismo en mi boca: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.

Sé que el viento sigue soplando y que el Mar muerto sigue muerto.

Mi casa es un montículo de tierra agobiado por maldiciones que se derriten como la cera.

He olvidado el rostro de los muchachos con ojos de cristal.

(Una anciana escupe sobre mi nombre)

Soy el que una noche de septiembre ―sin música de violines― miró de frente las cuencas vacías de la ciudad.

Extraño la boñiga fresca, el café al filo del amanecer, la ceniza, los dedos aprisionando la cuerda.

No presumo de la ausencia de mi ojo izquierdo, pero sé que las estrellas llegan primero que el amanecer.

Y sin nostalgia, repito: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.

 

DÍA CUARENTA

 

(Suena: La Mer – Charles Trénet)

 

Con Rose habíamos hablado de la Señora Muerte:

Será en esa playa que conoces, allí a donde no van los bañistas, en donde atracan pequeñas naves de pescadores y una morena feliz atiende un restaurante que es un prodigio.

Una tolda, una silla y un hombre negro que a diez pasos me sonreirá, confiado en mi dinero hacia el final de la tarde. Una infinita cerveza fría, y un paquete de cinco Cohíbas que habré comprado, de contrabando, a un hombrecito que habrá jurado que es cubano, como los Cohíbas.

Debajo de mis lentes oscuros, mis ojos cerrados estarán leyendo por centésima vez el libro que tengo abierto entre mis manos: Muerte en Venecia.

Tomaré las pastillas, despacio, entre una cerveza y otra, entre un puro y otro… tomaré sesenta que es un número mágico y cuando empiece a sentirme mal, cuando el sol esté maduro y se precipite al mar iré tras él, con el último puro entre mis dedos ―ahora sí el último― y con la última cerveza que quizá ya no beba, me iré para siempre.

En la playa quedará la tolda, la silla vacía, y el libro abierto con el lomo hacia el infinito, atascado en la página 141 en donde acaso alguien lea:

«Allí se detuvo un momento, con el rostro vuelto hacia la anchura del mar, luego empezó a caminar lentamente, por la larga y angosta lengua de tierra, hacia la izquierda. Separado de la tierra por el agua, separado de los otros por un movimiento de altanería, su figura se deslizaba aislada y solitaria, con el cabello flotante, allá por el mar, a través del viento, hacia la neblina…»

Y sobre el libro, apisonado por un invisible reloj de arena que en vano tratará de frenar el final, aguardará el dinero para el hombre negro que, quizá, aguarde por mí hasta que la noche venga y lo jale hacia su noche.

Y la música se confundirá con el mar en un solo silencio.

 

Del libro inédito “Noches con cerrojo”

 

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LA POÉTICA DEL VIAJE Y EL AMOR EN CARLOS CASTILLO QUINTERO

Los poemas del libro inédito Noches con cerrojo, de Carlos Castillo Quintero (Miraflores, 1966), atraviesan como un cometa las fronteras establecidas por los géneros. Es así como el poeta se vale de los fragmentos del diario de Walter Gripp (Ese hombre emparentado con la soledad, con el pueblo blanco de Joan Manuel Serrat, con las montañas azules que Bradbury pobló de desamor y silencio, con el paracaídas de Huidobro cayendo infinitamente hacia el horror de Ryunosuke Akutagawa), para emprender un viaje que lo llevará a navegar por los altos cielos de la poesía. Nótese que no se trata de la totalidad del libro, sino de sus fragmentos. Hecho que sugiere, por una parte, selección, tamizaje; por otra, condensación de la palabra acariciada por el murmullo del silencio.

Es entonces desde estas orillas rumoradas por el universo de la prosa poética desde donde nos habla el Capitán John Black, quien más que capitán semeja un chamán revelando el camino de los sueños. Capitán cuyas estrellas brillan y se oxidan en el mar del recuerdo y la arena del olvido. Capitán con espíritu de pirata que orienta su vuelo poético gracias al valor y el resplandor de los sentidos. John Black como Héctor Rojas Herazo tiene por patria un puñado de desdicha, de infancia floreciendo como un cachivache en los patios de la nostalgia. Su estribillo  preferido: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba, me lleva a imaginar un cuervo en su hombro izquierdo, una antigua trova cubana que es una brisa para el alma.

La poética del viaje de Carlos Castillo Quintero también aborda las vicisitudes de un Ulises que navega de forma simultánea por diferentes tiempos. Héroe moderno (a la manera de James Joyce) salvado del naufragio por un madero de evocaciones que tienden a la infancia y a tradiciones populares que conservan el sabor de la vida. Es importante señalar que este viaje tiene como puerto de partida un libro y como brújula las alas de la imaginación; acaso el áncora sean los locos, los fantasmas que presienten la ausencia del canto de las sirenas donde lo único que se escucha es el silencio, el ostracismo al que ha sido condenado el milagro de la poesía, los escombros sembrados por el aliento de los asesinos, pero por sobre todo esa música triste que interpretan las ventanas donde mueren los girasoles de van Gogh. Música que recuerda el bar de la 148 donde Sammy toca el contrabajo y Penny Shannon se abraza a la derrota del hijo que no pudo ser: “Sé que ella tiene el nombre de un bebé tatuado en su vientre”.

En los poemas titulados Una promesa y Octaedro del libro Sin el azul del día (premio CEAB, 2007), el viaje continúa su destino hacia el reino de los muertos; solo que el amor que es más grande y poderoso que el mar y que todos los ríos que van a morir en la ebriedad de sus aguas, le tiende al poeta un puente de infinitas posibilidades para que, como Rimbaud, purifique su alma y pueda acceder a esa luz donde Orfeo vislumbró el paraíso, para que al igual que Sherezada, la muerte se entretenga con el hilo de un verso que entreteje la vida. Amor sin el cual las manos se convierten en una paloma solitaria cuyos mensajes orientan su rumbo hacia la incertidumbre. Sensualidad vestida de amor y desnudez que se queda esperando la llegada puntual de un adiós.

ÁLVARO NEIL FRANCO ZAMBRANO

 


Miguel Torres Pereira

SELECCIÓN DE POEMAS

 

EN MEDIO DE LA TARDE

 

Un largo, un oscuro salón

Tal vez la infancia

AURELIO ARTURO

 

En el celaje del relámpago

hallé el camino de la infancia

un corredor apacible

un patio súbito de encantos

el escondite secreto de esos días

cantados en la algarabía de la tarde

 

Infancia sagrada ungida con hierbas y asombros

festejada en el filo de la luz

con una ronda de pocas voces

 

Sólo éramos tres

anudando miedos en el reclamo del trueno

en la desolación de los espejos

en los baúles y su abandono 

Sólo éramos tres en medio de la tarde

en el corazón de la noche

 

PARA OTROS VIENTOS

 

¿Qué haré?

Cuando la mañana ocurra lenta cuajada de palomas detenidas

cuando la brisa no sea más que un presagio aturdido

en el celofán de una libélula

y las mariposas y su danza

sólo sean una ilusión solariega

cuando en el alar de la casa se detengan las sombras

y el tiempo se ahorque en el eco del silencio

cuando mi madre decida recoger el viento en sus faldas

y sus pasos sean niebla

en la orilla blanca de los heliotropos

cuando la lluvia no bañe mis predios

y naufrague la luna en el aljibe de siempre

cuando alejes tu vuelo de mi cielo

                                    y le prestes alas a otros vientos

entonces ¿qué haré?

 

LO QUE OFREZCO AL FINAL DE ESTA NOCHE

 

Señor             

Me daría igual un trino

el canto del gallo

el grito empedrado de una carreta

para romper el hilo de esta noche

que tiene sabor a miedo y a orígenes

permíteme encontrar un puñado de cenizas

que me revelen para que esta errancia

de orillas inciertas                        

sin rincones probables para soñar

sin estaciones para la risa y la cosecha

sin rutas para que la soledad cabalgue

y arrase a este ejército ciego de ángeles que somos

 

Señor

en la terquedad de mi rastro    

te ofrezco lo que hallé al final de esta noche

un manojo de olores moribundos

un desvelo alucinado por la lluvia

que hiere su cuenco infinito

y esta espera larga y confesada

al ángel que ha de colocar en mis manos

un poco de aquella ceniza

que siéndome conocida

insiste en negarme

 

ATRAPANDO UN POCO DE LUZ

 

Bastó la orilla vacilante de las seis de la tarde

para entender que aún quedaba luz

                                                 entre mis manos

Bastó el corredor apretado de penumbras

para saber que mi madre me pediría prestada

la luz que atrapé para encender su lámpara

y convocar una legión de sombras

la sombra del tinajero y su milagro cóncavo

destilando secretos lentos en el rincón

la silueta sepia de los abuelos y sus miradas vacías

la mística sombra de la repisa

y la mecedora como una sombra

                              de recuerdos trenzados 

Ahora comprendo por qué la ventana

                                                     permanece cerrada

Mamá cree que la noche apagará su lámpara

teme que la poca luz que aún queda en mis manos

la gasten las luciérnagas para pintar su abdomen

y la noche nos devore. 

 

PAISAJE DE MAR

 

Antes que el tiempo se acuñara en días

El mar, el siempre mar, ya estaba y era

JORGE LUIS BORGES

 

El milagro de este asombro

festeja signos y presencias

Yo descubro

en tu vientre el temblor de un yodo antiguo

un beso reiterado que esculpe la roca

en una orilla sin tiempo

 

Un canto de algas

traduce el reclamo de tus abismos  

armoniza el misterio de tus voces

Un silencio de anémonas ofrece tu sangre

                   las noticias del primer diluvio

 

En el galope de cada noche

te reinventas una luna que canta

a las primicias de tu sal en el rito ciego

                   de espumas confesadas

Los alcatraces danzan

como fantasmas ajenos del viento

sin más espacio que tú mismo

 

La oquedad de un caracol

te prolonga y te confirma

 

CUANDO UNA CONSTELACIÓN DE LUCIÉRNAGAS

 

Un monótono día sigue a otro

igualmente monótono

KAVAFIS

 

El día nace en ti con decisión reverdecida

con tórtolas y bromelias

los matarratones florecen veranos

para cantar la canción de tu sombrero

Tu día se vuelve un potro de caminos infinitos

                                         que anticipan tus huellas

Te he visto envejecer bajo canículas

que abrasan tu regreso

te he visto morir arrepentido de no morir del todo

porque cada trazo de luna que te baña

es la advertencia de otro sol que se erguirá en tu

                                                                   /frente

hasta el día en que tus pájaros y asombros

y tus girasoles y su intemperie

se abrevien en la última noche de tus ojos

Entonces la luna será un parto blanco

Una constelación como turpiales de luz

viajará con tu canción a un sitio impreciso

en la anchura del silencio.

                                                     (A Julio Torres, mi padre)

 

DE LOS ÁNGELES QUE SUEÑO

 

Hoy encontré la razón que asistió mi osadía

cuando en una noche de paso lento

cacé ángeles en el patio

bajaron a morder el silencio

en las almendras maduras

y a cambiar el incienso del cielo

por el aroma de mis albahacas desveladas

los contemplé y descubrí

que eran de cristal y de niebla 

y sus alas de luna.

 

¡Nunca debí atraparlos!

Sólo ellos podían revelar el misterio

                             que gravita en mis noches.

¿Por qué este origen de mis sueños?

¿Para qué le invento alas al viento?

–Tus sueños nacen porque toman prestada

la porción etérea de tu carne.

–Le inventas alas al viento

para que sean lazarillos de tus cenizas

 

Fueron sus únicas respuestas

emprendieron el vuelo

En el patio aún reposan

                          sus huellas desplumadas

 

RECUERDOS CAMINADOS

 

En la advertencia de este sábado

repito cada huella

cada paso andado

 

Llueve…

        la humedad enmohece el pan recién horneado

Un aroma de hierbas frescas

trae tu imagen grandiosa

y bebo en el último sorbo de lluvia

ese trazo de luna

                        que tejió la aurora en tu trenza

 

Dueña y señora de un ritual cada mañana

frente al humo erguido de la hornilla

renovándote con el aroma de una taza de café

 

Frente a ti

                   como en todos sus días

                   mi padre

delineando en el alar un día más

                                          un día como los otros

con penumbra de sombrero en la frente

y un camino estrecho de sol y de polvo

                                          un día como los otros

con hojas secas en el patio

y un olor a heliotropos

que bebe el manantial de la tinaja

donde aún resuena el eco

                                    de tu risa

                                            y de mis cantos.

                                                                              (A Cecilia, mi madre )

 

____________

La poesía de Miguel Torres Pereira nos toma de la mano para llevarnos a las tardes de oro de la infancia. Tardes donde la madre riega con palabras la magia de un patio iluminado por ese corazón palpitante de misterio que es toda mariposa, por galaxias de heliotropos donde gira el milagro de los días. Poesía donde el padre es un vaquero que convoca lunas y domestica flores, que encamina las rutas imprevisibles del poema. Poesía que acaricia el alma con el olor del trópico, que celebra la lluvia que cae en el recuerdo, y encarna un paisaje asombrado por la sencillez de la vida y la visita inesperada de la muerte, esa música donde aprendemos a escuchar el silencio. Canto que entra en comunión con los dioses y celebra los ritos que justifican nuestro paso de cometa incendiando de eternidad lo efímero de la existencia.

ÁLVARO NEIL FRANCO ZAMBRANO

 


Aloz Rojas

POEMAS

 

 

El puerto de otros días

 

Los barcos llegaban escalando las mañanas

y los muslos de las muchachas que esperaban.

Alguien que llegaba gritaba "buon giorno",

detrás de una barba alguien lanzaba un insulto sin bandera,

o alguien preguntaba por el marino de Oklahoma

que había dicho "Mi destino es el rumbo de mí buque cisterna"

Alguien preguntaba por un hombre de cualquier parte.

 

El puerto tenía rieles y grúas en el malecón.

En el malecón

los estibadores sudaban debajo de las grúas.

 

El puerto tenía mujeres que gritaban:

"Six dollars, Míster",

sobre todo en las esquinas,

sobre todo cuando oscurecía sin lluvia,

las mujeres gritaban "Six dollars, Míster".

 

Entonces

en la sonora penumbra de los bares,

en los aposentos de la casa de Ana

y en la pagoda de cristal de madame Li Loi,

el puerto se tornaba obsceno

sencillamente obsceno como los marinos ebrios.

 

Al otro día

partían los barcos oxidando los recuerdos.

Al otro día

las mujeres gritaban "six dollars, míster".

 

Lunes de puerto

Para Flora Figueroa

 

Día senil,

bares interminablemente abiertos.

Lunes de puerto.

Los dos

y los marinos ebrios

y los estibadores ebrios

y las prostitutas secas.

Todos,

los dos y todos,

obstinadamente impúdicos

compartimos el desgaste inicial de la semana.

 

¡Cómo nos fuimos sin regreso

en los ojos de las gentes del mar!

 

¿Aún recuerdas el balancear de los calafates en las quillas?

Sí, era la hora del reflujo.

 

¿Aún recuerdas cuando nos gritaron adiós desde las bordas?

 

¡Ah, cómo nos fuimos sin regreso

en los ojos de las gentes del mar!

 

Puerto España

 

En Trinidad,

en Puerto España,

los faroles alumbraban la noche crujiente

de los barcos bamboleantes

y de los hombres tatuados

que aguardaban la estiba de la última carga.

 

En Trinidad,

en Puerto España,

en el cielo de nuestra pequeña casa,

el rompesilencios que te compré en la quincallería

del chino Lincol Yung Stalin Dean,

hace un ruido de aguas.

 

Tu piel, Janne, tu piel.

Fue necesario que el joven Grumberg

navegara el largo trecho desde Ottawa a Tobago,

y al tiempo de llegar

encontrara a Mara Yaleska

y luego de incesantes jadeos

hacerte posible a mis brazos.

 

¡Bendito Jean Paul Grumberg

que te dio el tumulto incendiado de tus trenzas!

¡Bendita Mará Yaleska, de quien heredaste

el azuzante calor de sus muslos!

 

En Trinidad

en Puerto España,

en marzo,

a lo lejos,

una mujer descalza danza al son de una steel batid,

mientras el rompesilencios

hace un ruido de aguas remotas. 

 

Palabras del marinero Paal Ovrum a su mujer que espera en el puerto

Para Fernando Cruz Kronfly

 

Dices que la quemadura de mi mar

es una mentira.

Que ese mar me aparta de tus brazos.

Que los vientos que me ausentan y me traen

nos han ido acercando al olvido.

 

Dices que el rumor del agua es una pesadilla en las madrugadas de tu sueño,

que esta orilla cubierta de piedras y de espuma

no es lugar para la espera.

 

Dices que desde tu ventana

el horizonte es un paisaje triste

salpicado por tu llanto.

 

Pero te digo, mujer,

que la quemadura de mi mar no existiría sin tu espera.

Que todos los vientos me llevan hasta tu ventana.

Que el rumor del agua es mi canción empujada por la brisa.

Y el agua que arropa tus pies en esa orilla

te trae hasta mí, dibujada en la espuma.

 

Te digo también

que cada vez que miro el horizonte

te encuentro asomada en ese paisaje triste que te agobia.

 

La maestra

A la memoria de los maestros sacrificados

Para Larissa

Cuando entraron las balas por la ventanita de la escuela

la maestra quedó crucificada como una mariposa de sangre en el cielo azul de tiza dibujado en el tablero.

 

Antes de la eternidad de ese instante

sus alumnos aprendieron los distintos nombres del árbol.

Soñaron un mar poblado por delfines

y un barco tripulado por niños

que buscaban la isla del tesoro.

 

Aprendieron la fraternidad del abrazo,

uno a uno

mejilla con mejilla

y cantaron una canción que hablaba de un hombre

que renace en el sueño

y estrena el mundo sin rencor y con asombro.

 

Pero esa tarde oscureció temprano

por el llanto y el humo en la escuelita de Mapiripán.

 


Jaime Vélez Varela

POEMAS

 

SU MUSICA

A María Várela V.,  mi madre,

In Memorian

Nunca más su nombre

De música intangible

Pegado a la piel.

 

Deberíamos volver a oír

La voz quebrada por humeante café

De aquellas mañanas con olor a llovizna,

Donde la tórtola se llenaba de día

Cantando el "se te fue"

Con ritmo de sorda y monótona melancolía.

 

Qué profunda pena

No escuchar de nuevo

El dulce canto de su voz

Y no ver más el brillo memorioso de sus ojos

 

Algunas veces, en los umbrales de año nuevo,

Aleteaba en su rostro la nostalgia

De una vida deshojada;

Pero aún correteaban,

Por la azulada pradera de sus ojos,

Nuestras infancias ya lejanas.

 

Qué bueno que mañana

El aletear del gallo

Removiera los recuerdos

De rincones olvidados y mohínos.

 

Qué bueno que llenara

Los espacios con su canto matutino

Y la luz fuera en cada resquicio de la puerta.

 

Por la ventana llegaba un aroma

A café y pan mojado

Donde sus manos temblorosas

Vertían la ternura de un alegre sabor.

 

Hoy es sabor pastoso, de llanto contenido,

Y un brillante titilar de lágrima

Punzando la pupila.

 

Mas nunca

...Nunca volveremos a escuchar su música

Llamando a

      Micifuz.

 

Cali, 1980

 

PAÍS DE AUSENCIA

 

Atravesado en declive

El vacío comienza

A mordernos los ijares

Y nos vamos derrumbando a trechos

Y quedaremos solos.

 

Las otras muertes

Nos están ahuesando

El trasegado corazón.

 

La desolada nave

No atracará en ninguna parte

Porque no hay orilla,

Sólo vive en la definitiva

Ingravidez del aire.

 

Sobrecogidos

Entramos al país de los Recuerdos

Donde cada palabra

Es una lágrima

Con sabor de ausencia.

 

Ya no queda sino

Llenar los espacios

Con sus mágicas siluetas

Plenas de risas y murmullos.

 

Al sueño interrogamos sin tregua:

¿Dónde se fueron

Los entrañables amigos,

A qué lugar pagano

Poblado de caídos dioses

Y de olvidado culto,

...donde ni el más remoto tiempo los retorna?

 

Pero al fin

Las tercas tramadoras

Romperán los hilos

Y seremos también

Marionetas

     congeladas

   al vuelo.

 

Cali, 1991

 

HOY

 

Hoy siento el vacío de tu ausencia

Ya no existen el espacio de tu rostro

        ni luna.

Un resplandor que te disuelve

Acusa el dolor de no vivirte.

 

Ya no existe espejo donde se pierda

        la mirada

 

Sólo memoria de sombra velando

        la vigilia

 

Sólo,

         Memoria de sombra

 

Cali, 1995

 

RINCÓN DE CIUDAD

A "Los antojos" de Torres,

refugio de poetas,

expulsados del destino

Dejemos que la noche nos convoque,

Con esa brisa loca llegada del crepúsculo

Y reviva memorias de festejos ya lejanos

Que dan sabor de luz en la mirada.

 

El ebrio pájaro nocturno canta

Su melodía de estrellas inasibles,

Mecidas por la agonía de los vinos

Que humedecen las sombras solitarias,

De rincones olvidados por los dioses.

 

Rincones plenos de risas y lujuria,

Marginados por la ciudad irredimible,

Donde anárquicos poetas expulsados

   del destino,

Conjuran, con áspero licor en la garganta,

El delirio, la soledad y el frenesí.

 

Cali, 1995

 

ODA A HERNANDO TEJADA

In memorian.

 

Hernando Tejada, "Tejadita"

Has muerto,

Has quebrado,

en este prolongado adiós de la vida,

El escurridizo hilo de la incertidumbre.

 

Has emprendido el absoluto y definitivo viaje,

Nos dejas con el alma abatida de pesar.

 

Has pintado de nostalgia la vida

De quienes te queríamos,

Sin embargo nos regocija la sospecha

De que nos esperas en la eternidad,

La que fue tu estado natural

Porque no tuviste tiempo.

 

Intemporal como el arte, tu arte,

Fuiste siempre niño, alegre y juguetón,

Así en la vida como en tus mágicas figuras.

 

Nos llenaste de alegría los ojos,

Y nos vestiste el alma de fiesta.

 

No hubo nunca un resquicio

De pesantez dramática,

En tu vida de soledad de fábula,

Ni tampoco en tus incitadoras

Mujeres funcionales,

Ni en tus gatos en tejados calientes,

Ni en tus exuberantes féminas de ébano salvaje,

Ni en tus chaplinescas imágenes de celuloide,

Ni en el bullicio de tus alucinados colores

en tus manglares de delirio.

 

Nunca abrigó el invierno en tu corazón de niño,

Siempre lo fuiste hasta que te mató la vida,

Ahora ya eres sin tiempo

Eterno e inaprehensible

Como el espíritu del arte,

Pero ¡basta! Permitamos al dolor

    que diga el resto.

 

Cali, 1999

 

De Soledades y paisajes, 2e., Cali, Faid, 2001.

 


Miyer Fernando Pineda

EL HASTÍO DE LAS MANOS

 

BAJO EL ROSTRO DE MI HERMANO DAMIÁN

I

Los milagros no sirven para convertir sino para condenar

PASCAL

Yo crecí bajo la tierra

Entre los sueños olvidados de mi madre

y los socavones que resguardaron

la tristeza milenaria de mi padre

Yo curé la herida del tío Miguel, el ángel

por donde el océano bramó toda su furia

Yo era el río en los pulmones del Rey Pedro

y la alberca en los sueños del Rey Jimmy

Yo le di la bienvenida al anciano

que sabía de las cosas de Van Gogh

Yo construí la nave y los llevé a la otra orilla

Yo alivio el dolor de la vida el dolor de la muerte

Y daría las raíces de mis ojos por poderlos sentir

Sólo a través de mí las palabras son posibles

Yo dejo en la mesa las flores prohibidas

Vendré por ellas cuando pasen cíen años

 

II

 

Hermano

Las hormigas sepultaron la casa

fabricando la lluvia en los retratos

 

Ahora los peldaños son los restos del navío que se hunde

y el esqueleto de las puertas es el barro

 

Hermano esta casa es una de las almas que Dios mudó siglos

atrás

 

Y esa piel crucificada sigue agonizando en los pasillos

y en cada insecto que labora para mudar tu voz a un nuevo

mundo

 

III

 

En cada uno de los cuartos los abismos se alimentan de los

cuerpos

 

Se puede escuchar el río en lo profundo de esos pájaros que se

niegan a morir

Vuelve el perro que habita los retratos

El hermano menor sonriendo lo acaricia

Y es carcomido por la luz que comienza a salir de sus falanges

Nosotros

Los roedores del abismo

Las aves disecadas en la nada

Los otros tantos sueños baldíos de la casa

 

VI

 

La hermana camina solitaria por los vientres

Amamantando

Remando silenciosamente

 

Descosiendo el cordón umbilical

Dándoles de beber a sus muertos

Ya no hay nadie en el mundo

que le pueda explicar las palabras

 

VII

 

El perro ciego que puebla los cuartos del alma

Se oculta en armarios y baúles, en oscuras bibliotecas

Sale a ver la lluvia

a través de herrumbrosos y secretos pasadizos

 

Sus ladridos se cuelan por goteras que al ceder

nos obligan de vez en cuando a respirar

Luego sale en silencio por la puerta de atrás abandonando

su tristeza

Con ella nos habremos de quedar cuando se marche

 

XIV

 

A veces la cabeza de mi hermano era una jaula

Adentro se podía ver cómo respiraban

el retrato de mi padre y el corazón de mi madre

 

De la descomposición de esos dos elementos

nacía la música

y en ella siempre las palabras no dichas

los dioses antiguos

el lento y tibio palpitar del universo

 

ORÁCULOS

 

V

Un poema no necesita diccionario ni abogado ni niñera

A lo mejor una mujer de labios estupendos

Lo que necesita un poema es un canto

Repetido tantas veces que logre asemejarse a la música del

mundo

Cada poema es un oráculo

Y un oráculo no necesita guardaespaldas ni mascotas ni visitas

ni cartógrafos A lo mejor un vientre que haga las veces de rosa

de los vientos

Lo que un poema necesita es un cigarro y un revólver

 

____________

El hastío de las manos es un libro hermosamente triste, hondo y desesperado. Los versos tejen un entramado de ancestro familiar, que hiere, sílaba a sílaba, porque el paso del tiempo, la enfermedad, el deterioro físico y espiritual, nos lleva de la mano trémula a un país lejano que tampoco fue feliz: la infancia.

JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ

 

El hastío de las manoses la toma de partido de un poeta por el riesgo que implica ser vocero, hablar en nombre nuestro. Encubiertos en una sutil crónica familiar los poemas avanzan delante del lector en la búsqueda de una realidad torva, no exenta de ruinas y herrumbre, algo por otra parte ya distintivo en su autor quien parece haber encontrado una poética en la recurrencia a los signos degradados.

DARÍO RODRÍGUEZ

 


Juan David

MOCTEZUMA III

 

1

 

En una arcada

cerca de la Plaza de Armas de Lima

un grupo de músicos

toca una leyenda antigua

con un pequeño acordeón

un saxofón alto dos guitarras

un tambor y un violín

cinco hombres y una mujer

Aunque era una música triste

sonaba alegre aunque era alegre entristecí

No sé la razón de mi presencia...

Peregrino sin destino

recorro todo el contorno de mi estadía

No quiero sopa Wantan y me la traen

digo arroz chino sin carne solo verduras

y el ocioso cocinero

se distrae a su antojo

No es una queja

Acepto lo preparado para evitar

explicaciones y molestias

La plaza está repleta de fantasmas

La tarde oscurece

Es noche de luna llena

La semana entera he de esconder

el retorno de mi blanca poesía

Puedo gastar mis monedas

y luego dormir en la solitaria

arcada

Los músicos se despiden

y van a sus casas a descansar

Mi cuerpo es mi casa

Llamo a mi puerta

La abro

y me siento a escribir...

Dime una cosa

¿Es cierto que la noche se acaba?

 

De Machu Picchu Blues (Moctezuma III)

 

4

 

Palmo a palmo

voy conociendo la urbe de antaño

Un descendiente genético directo

del último Inca

espera la luz verde del semáforo...

cuando cambia no cruza la pista

sigue de pie en la esquina

Ese gesto atrae mi secuencia

de miradas

y de lejos lo observo

mirar la luz cambiar

muchas veces y muchas veces más

Cuando vuelvo

después de un diminuto parpadeo

ya no está,

lo busco en la muchedumbre

por Cusco, Azángaro

Tacna y Carabayllo

por la tierra húmeda

y la seca

por el poema y por la alborada

de la luna.

Sé con certeza que es él

el Inca heredero del Imperio

y lo revisa pavor en mano

palmo a palmo.

 

De Machu Picchu Blues (Moctezuma III)

 

Remedios Laverde

 

Remedios Laverde

escoge un día de sol cobrizo

para levitar.

 

Asalta la duda al ingenuo

pero a escondidas

encoge un arrebol para esconder su gracia.

 

Verde estrella, piso de mar,

la vasija rebosa luz de la Sierra

recogida del aire

por la nieve de las cúspides.

 

Los árboles se distinguen

por sus copas frondosas

allá abajo.

Los techos desde arriba

en línea con la nostalgia brillan

al ritmo de los recuerdos

mecidos por el matarratón

del patio.

 

Le pusieron el nombre

por un cuento traído por las laderas

de una Remedios

ascendiendo por los aires

desde una página blanca

de libro.

 

Y creció Remedios

a la vera del sendero

el colegio de uniforme azul

a unas cinco polvorosas

esquinas de la casa.

 

La casa era la última

del pueblo

y el patio era diez mil veces”

(decía el abuelo)

más grande.

 

Llegaron de nuevo las fiestas

de la Virgen del Carmen

y Remedios sentada

a la puerta

al anochecer

pasaba todo el mes de Julio

en un arrobo

de hermosura.

 

Nadie sabe la razón

por la cual tiene el pelo verde.

Nadie en su familia

tiene los moños

color de bosque.

Hace honor a su apellido

algún sortilegio del lenguaje.

¿Laverde?

Presente, seño.

 

Una bocanada de años

y Remedios crecida

jugaba con niñas menores

a las muñecas

con solo una blusa blanca

de transparencia inocente.

 

Remedios, ven a casarte.

Vino desde lejos tu primo

y todos convinimos en dejarte

pasear por el malecón.

Remedios, no digas no.

Sí, mita, no es no.

 

La laguna de lágrimas

del primo y las infantas

apaga el fuego.

Caen por el aire flores

y abren camino las palomas.

Ven, Remedios, es tarde.

 

Lenta y segura

Remedios Laverde

asciende por los aires.

Abajo en el sendero

todos los curiosos

muestran el cielo.

 

Vaporosa la ropa

ondula en una nube de éxtasis,

Remedios sube por los peldaños

de la brisa...

 

De Para Siempre (Moctezuma III)

 

____________

"Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios la bella que le decía adiós con las manos, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria".

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Fragmento de "Cien años de soledad"

 


Omílcar Cruz

POEMAS

(De Morada a la que no vuelve).

PRIMOS QUERIDOS

 

—Y... ¿qué es lo tuyo que yo tenga? preguntó la joven.

—Vamos, primita, que tonta no sos. ¡La rosa azul de tu vientre! ¡La diste a deshojar al negro Sacristán!

—¡Y vos!, con sucia retina tocas lo infinito y corrupto erizas aguas mansas.

—Yo lo mío lo voy a lograr conforme lo deseo.

Primita: Tengo en fotografías tu cuerpo rosado y fatigado bajo del Negro.

—¡Fruto de matriz podrida te revelas!... y a esos aborrezco.

Si de mi cuerpo son los enlaces. Dulces o amargos. ¿A vos en qué te aflige?

—Zorra principiante: El Sacristán lamió todo, i Hasta las puntas de tus pies!, ¿y conmigo gastas sonrisas y tortoleos de novicia?

¡Dame a gustar tu lado joven y animal!

—Sabía que me habías visto... porque yo también te vi, atrás de los árboles y con la cámara. Mas creí que te masturbabas, y no le di importancia a tu faena grosera.

¿Sabes? una fruta nos seduce por prohibida, no por raquítica y podrida.

Luis, a mí pudiste aspirar. A mi condición de humana e independiente.

Pero buscando al Ser humano. No la perra que creíste ver en mí.

Vos querés abordarme vistiendo la piel de un lobo.

¡Vos!, el amansa-penas de mi Madre. ¡No te imaginé un chulo!

Tres años viviéndote mi casa y durmiéndote a mi Madre.

—Sos una pedantuela salpicando entre la obscenidad y la filosofía... ¿De mí hablas y te refieres a mi Tía?

—Más a vos, me refiero, ¡Depredador hijo de puta!

—Vos no sabéis nada. Mocosa altanera.

—Sí que sé. Pero te creí delicado, sin perjuicios, y hasta le alabé el gusto a mi Madre y te creí mi doble familia: El amante tierno de Mamá, y mi primo querido.

¡El infierno se trague a mi Madre con sus putas extravagancias!

—Prima: Salgo de la vereda y voy a la Capital.

—¿Algún yogurt me importa si te alejas o te mueres?

—Si te importa, primita: Voy a trabajar en el Diario de la gran Ciudad.

Justo en donde tu Mamá escribe la página "de farándula".

Publicaré allí tus fotos obscenas, donde estás tirando con el Negro Sacristán.

—¡Regio! ¡Mi Mamá se va a maravillar!

¡Hazle agregado a la biografía de (Bolívar)! Allí también publica mis enlaces..., ¡si en eso te complaces! —respondió como último diálogo la joven en tono triunfal, aunque sintiendo un dolor sordo que le partía desde adentro.

 

(Bogotá, 1965)

 

NEGRA QUE MI ALMA PARTÍ

 

Aquí vine pá canta

pegaíto a tu ventana,

Negra que mi alma partí.

que tu mamá no vaya a jalí

con su cara de arpía

y su jeta é cañería.

¡Ay Negra que el hambre me quita!

¿Cómo hizo tan rabiosa mujé

pá en tu boquita poné

ricura de bombón

y leche en tu corajó?

Amó que no te deja vé:

A cambio é canta

mejó te voy a jablá

y no es míeo a tu Mamá,

es que quíeo aprovecha.

Negra, como no queré jabrí,

me llevo la luna bajo el brajo

y la noche jobre mi joledá.

¡Negra que mi alma partí!;

de tanto queré y pensá

el hambre me quita.

Ojala y no te arepintá.

Otro Negro no verá:

calzao debota larga

blanco pantalón

roja camisa

y amarillo bufandón.

¡Aquí vine pá canta!

¡Negra que mi alma partí!

 

(Istmina—Chocó, 1969)

 

MI CANOA ES LA MORTAJA

 

Si una de estas noches

mi luz se apaga.

Nietecita te ruego

no la trates de avivar.

Y sIpor mí vas a llorar

hazlo ahora,

no cuando haya muerto

y mis labios ya no atinen a consolar.

Sin embargo, mi alma amura

el malestar de no poderte guiar.

Cuando todo en mí se haya consumado:

Nietecita no te azores y regresa donde tu Mamá.

Lunas arrabaleras

de mi alegre juventud fueron testigos

y los duelos a cuchillo me enseñaron a bailar.

¡Antes de irte!:

Echarme en mi canoa a navegar

 

DETALLES

 

Recuerdos tristes ¿que por qué no se van?

 

En éxtasis de zalamería pedía bendiciones

y los ilusos exclamaban: Qué Niño tan inteligente.

Cuando yo ni sabía a dónde iba ni de dónde

venía.

 

Y los idiotas remordimientos me perseguían

y ni el ladrar del perro me pertenecía. Mi Papá

no tenía un Perro, mi hermano sí. Por eso yo ni

al Perro quería.

 

Mi condición de irritable hizome el nido en la

trastienda desde donde multiplicaba lo podrido

por la nada.

 

Cumplidos los catorce años, mi Padre falleció.

 

Me burlé de la vigilancia de mi Madre y me uní a

los vagos de la esquina.

 

Cuanto hacía y mostraba, a ellos les valía sus

pedos.

 

Un día blandí el cuchillo contra el que nos

importunaba.

 

Y la lucha se hizo feroz y floreció la sangre.

Todos estaban petrificados.

Los cobardes

votaron

porque me corrieran de "La gallada".

Pero los mesurados aconsejaron:

¡mejor tenerlo de Vale! ¡El "Mancito" es un Vale!

 

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No son nuestro sueños, ansiedades, ilusiones lo que conforman el devenir de sus personajes y de su mundo en claroscuro sino todo aquello que no permite que revelemos la verdadera intención que nos mueve, por eso su imagen, sí bien tiene colorido, siempre está sobre un fondo oscuro, siempre hay un foco de luz sobre la expresión o la palabra del individuo, pero también pesa y mucho, un fondo oscuro que de iluminarse, no sólo llenaría de horror al individuo, al lector, sino también al mismo poeta y sin embargo Omílcar llena de colorido su individuo y con la misma intensidad acentúa el fondo oscuro sobre el cual gravita.

EDGAR SAMBONI ANDRADE

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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