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Alberto Hernández

FRAGMENTOS DE LA MISMA MEMORIA

(Prosa)

 

Asunto de Sombras

 

                               Nada puede explicar que dos personas insistan

                               en matar el olvido todas las mañanas

                               como dos eucaliptos rezándose

                               por el viento de las noches.

                                                                                Rafael Arráiz Lucca

 

I

Sin abandonar el arma, Lucrecia Lizar caminó hacia la puerta luego de haber disparado contra una sombra que se deslizaba por su cuarto. Con la misma celeridad telefoneó a la policía para advertir de la presencia de un cadáver en su recámara. Luego de colgar la bocina, se sentó con la 38 en la mano y lloró en silencio.

 

II

Próximo a la ventana está el cuerpo. La mujer lo mira con temor. Le parece que el hombre que está allí tirado va a levantarse de un momento a otro y le descargará todo su odio por haberle frustrado sus intenciones.

Pero el bulto no se mueve. “¿Estará muerto de verdad?”. No levanta un brazo como ella cree. Ni habla ni pestañea.

Finalmente llega la policía con un escándalo de sirenas, funcionarios como para una guerra y ruidos y tacones y traqueteo de armas y peinillas. Entran al apartamento y comienzan a desordenarlo todo.

 

III

Por varias horas los policías registran la habitación de Lucrecia sin lograr encontrar el cuerpo. El comisario –un uniformado regordete con cara de bulldog– le increpó varias veces su irresponsabilidad. “Usted no puede estar disparando a la loca por cualquier sombra que ve”. Y se fueron. Volvió a sentarse en el borde de la cama y sollozó hasta el amanecer.

Las gotas de sangre quedaron congeladas en la cortina. En el piso, una mancha que brillaba con las primeras luces del día.

 

IV

De nuevo se repite la escena. Lucrecia llama otra vez a la policía, pero ésta no acude creyendo que la señora Lizar, viuda del juez Lizar, está loca de remate. Espera largas horas el sonido estridente de las patrullas, el sonar pedante de radios y celulares; la marcha asincopada de los hombres subiendo la escalera. Pero nada. La oscuridad de la habitación la hunde en un sueño que no puede dominar; se recuesta en la almohada –siempre apuntando hacia el bulto negro tirado en el mismo sitio de la noche anterior– y se queda dormida.

 

V

El sol descubre la misma mancha negra. La cortina se agita con la brisa que baja de las montañas. Lucrecia coloca el arma cerca de la mesa de noche y va al baño (seguramente a cepillarse el cabello o a ocultarse las ojeras). Regresa a la cama, toma el 38 y se pega un tiro decente, tanto que el ruido sólo espanta a los insectos que rondan una manzana podrida que está sobre la cómoda. Cae en silencio sobre la cama (suponemos –desde nuestras butacas– que expira). Pero la vemos levantarse y caminar hacia el lugar donde había caído el hombre.

Llama por su nombre al caído y éste también se pone se pie. Ambos ríen ruidosamente. Nos miran y cierran la cortina. Desde nuestro apartamento sólo divisamos las siluetas de los cuerpos desnudos caminando hacia el techo.

Un disparo nos sobresaltó. El ruido de las sirenas y una tropa de policías subiendo las escaleras de la casa de la señora Lizar. Abren las cortinas y el humo de la pólvora invade la sala del cinematógrafo.

 

Senda de Revelación

                                             En la suya, la mano de Matilde gana en suavidad,

                                             su mirada en agradecimiento. La radio, que no se oía,

                                             se le hace perceptible, como si la hubiera esperado.

                                                                                                                             Max Aub

 

I

El ambiente, quizá mi mano en la tuya haya sido el fondo de la revelación. También la música, colgando de las paredes. Pero allí estaba, los ojos apegados a una cierta verdad que se hacía evidencia, malestar, inclusive una imagen no presente que chocaba con nuestras palabras. Abusamos de la incomodidad para poder soportar el tiempo, los naufragios hechos historias inverosímiles, cuando Roque nos contaba a la orilla de mar las aventuras vividas por él y una tripulación que sólo existía en una mirada sin convencimiento.

Después, y de eso hacen diez años, quisiste hacer de los recuerdos un reproche permanente, una angustia cuya insolitez atesoraba tu memoria para llevarme a cierto paroxismo: nada te importaba de mí, sólo los momentos en que se asumía la pose del silencio (en que me despojaba de mis ropas y me lanzaba a una cama vacía, contigo de pie frente al espejo que siempre te confió mis secretos).

 

II

Por eso, y sin atreverme a desmentir tus palabras, vuelve al mismo sitio, y brotan –parecen espuma– las mismas frases, los deseos ocultos, aherrojados por un futuro incierto. “Nada podría ser verdad hasta que no hagamos que lo posible devele su ruido en un disco de Gillespie”, y así, desviaste una conversación que yo creía iba a dar frutos, pero no, todo se fue por la borda, como el capitán que Roque inventó en el momento del naufragio. Y nos desaparecimos, pero el tremedal, como los ojos que se perdieron en el mar, no nos dejó emerger.

 

III

Lisa hace lo que yo quiero. Se tumba desnuda con el sexo balbuciente. Sus senos, adornados de sudor, arrancan brillos precisos a la luz del bombillo. Cierra los ojos y el vientre eleva el universo, retiene la respiración y ve su corazón flotar en tempestades de licor.

–Por alguna razón he deseado que el amor tuyo sea una combinación de oído y silencio, como si el primero fuera la transformación del deseo.

Y vuelve los ojos, me llama. Mi cuerpo es un animal marino, ausculta el jadeo, limita las profundidades, busca el peligro. Vestida de odalisca en aquel carnaval de rostros. Piratas, doctores, diputados, payasos, médicos, asesinos, magnates, tú y yo, los únicos a quienes conocía.

La borrachera nos llevó a la fiesta, por instancias tuyas, a una sala de gran espejo. Ojos de formato gigante. “Esos son los ojos de todas las putas que han pasado por aquí; también los de los cabrones, chulos, maricas, todos afortunados, todos metidos en mi santoral”. Comenzaste por las botas de algodón, luego el pantalón de seda; recordaste el color rosado años después; la camiseta que te cubría los senos, y te quedaste con la panty blanca, “en su sitio, hasta el adelanto”, dijiste, en el mismo instante en que te acostabas a mi lado.

 

Fragmento de la memoria

                               Sí, es verdad que tuvo una mala racha en los

                               últimos años, como que se olvidaron de él, pero

                               cuando se supo que había muerto fue como una

                               sacudida de tierra, una avalancha

                                                                                       Lisando Otero.

 

I

El rostro de la mujer es una naturaleza fragmentada. Los arcanos de los ojos, penetrados por el espejo. La marca de la puñalada en el lado izquierdo de la cara. Una definición opaca de los años que pasó frente al negocio heredado de su padre, un universitario que abandonó los pasillos de aquella casona jesuita y balandrona en la Madrid de los años veinte. Y ella, niña, descosida por la permanencia del acento, dejó a un lado muñecas y sueños para dedicarse a mirarse los años que habrían de recorrerla. La voz de la madre continuaba atenta en la vaciedad de la ventana.

 

II

Rita es casi gris cuando habla. Se somete al mandato que su padre, un poco antes de morir, le soplara a los oídos. Por eso camina por la casa como si fuese una fotografía, de ésas que nunca se pueden quitar la tristeza de encima.

Un día enfermó el español, su padre, derrotado por una tuberculosis que lo obligó a cerrar el negocio y a contentarse con un grupo de amigos que venían a visitarlo y a tomar unas cervezas con los pañuelos en las narices, para alejar esa muerte que pica los pulmones de tanto pelearse con Dios.

El negocio pasó a ser un lugar tierno pero vacío. Ingenuo por la falta de gritos y susurros, hasta hacerse una especie de templo donde los ratones habitaban el alma de neveras, mostradores y anaqueles. Y los viejos republicanos dejaron de venir. Rita, entonces, se encargó de su cuerpo que era más cadáver que pasión. Hasta que lo encontró con los ojos fijos en el techo y una ligera sonrisa en la cara.

 

III

Desde ese día la mujer no dejó de mirarse en la media luna de cristal. Se hundía en el abismo del reflejo. Así, por tres largos años, hasta que se convenció de que el tiempo pasaba y los ahorros se perdían con la rapidez de un consumo solitario.

Entonces abrió el negocio y descubrió que la ciudad había crecido y ella se había convertido en una mujer de carnes fuertes y blancas, un poco pálidas por la frecuencia de la soledad.

 

IV

Detuvo los camiones de cerveza, a los distribuidores de ron y otras bebidas fuertes. Mandó a limpiar la casa. Asesinó con alegría a cuanto ratón y bicho moviente había en el lugar. Cuando despertó de esa tensión inicial, tenía el negocio lleno de parroquianos. Contrató los servicios de dos adolescentes bonitas y las puso a repartir tragos en todas las mesas. Y entonces la esquina se hizo de nuevo el nombre que había perdido. Rita se esfumaba entre los habituales visitantes y adquiría el brillo que los espejos del lugar le daban a su belleza nostálgica.

Una noche volvió a la habitación y se quedó con el espejo en las manos. Una arruga irreverente comenzaba a morderle la herida que el ojo derecho negaba con encono.

 


Haroldo Conti

LA BALADA DEL ÁLAMO CAROLINA

 

A mi madre, doña Petrolina Lombardi de Conti,

y a la ciudad de Chacabuco, mi pueblo.

 

Ciruelo de mi puerta, si no volviese yo,

la primavera siempre volverá.

Tú, florece.

Anónimo japonés

 

Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.

Este álamo Carolina nació aquí mismo, exactamente, aun­que el álamo Carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y éste creció solo, asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos.

Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y templó la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano, pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos.

Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo. Tam­bién ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.

Ahora es un viejo álamo Carolina porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece. En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado que al caer el sol se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz está él, el viejo álamo, todo recuerdo. De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez. Verde memoria.

Ahora es el comienzo del verano justamente y acaba de revestirse otra vez con todas sus hojas, de manera que como recién están echando el verde más fuerte (son como pequeños árboles cada una) por la tarde, cuando el sol declina y se mete entre las ramas el álamo se enciende como una lámpara verde, y entonces llegan los pájaros que se remueven bulliciosamente entre las hojas buscando dónde pasar la noche y es el momento en que el viejo álamo Carolina recuerda.      

A propósito de la noche, los pájaros y el verano. Recuerda, por ejemplo, a propósito de los pájaros, el primero de ellos que se posó sobre la primera rama, que ha quedado allá abajo pero entonces era el punto más alto, ya casi no da hojas y es tan gruesa como un pequeño árbol. En aquel tiempo era su parte más viva y sintió el pájaro sobre su piel, un agitado montoncito de plumas. Descan­só un rato y luego reemprendió el vuelo. Recién dos veranos después, cuando divisó la primera casa de un hombre y detrás de ella la relampagueante línea del ferrocarril, una montera armó un nido en la horqueta de la última rama. Cortó y anudó ramitas pacientemente y así el álamo se convirtió en una casa, supo lo que era ser una casa, el alma que tiene una casa, como antes supo del camino y del alma del camino, ese ancho árbol floreci­do de sueños. El nido se columpiaba al extremo de la rama y él, aunque gustaba del loco viento de la tarde, procuraba no agi­tarse mucho por ese lado, le dio todo el cobijo que pudo, echó para allí más hojas que otras veces.

Al final del verano los pichones saltaron del nido y los sintió desplazarse temblorosos sobre la rama con sus delgadas patitas, tomar impulso una y otra vez y por fin lanzarse y caer en el aire como una hoja. Un árbol en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita con el viento y sube, con sólo desearlo, desde el fondo de la tierra hasta la punta más alta, salta de una rama a otra todo pajarito, ave de madera en su verde jaula de fronda.

Ese verano fue el mismo del ferrocarril. Antes viene la casa. No vio la casa por completo, ni siquiera cuando, años después, trepó mucho más alto, sino lo que ve ahora mismo desde el brote más empinado, un techo de chapas que se inflama con el sol y una chimenea blanca que al atardecer lanza un penacho de humo. A veces el viento trae algunas voces.

Con todo él ha llegado hasta la casa en alguna forma, a través de las hojas de otoño que arrastra el viento. Con sus viejos ojos amarillos ha visto la casa aun por dentro, ha visto al hombre, flaco y duro con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas, la mujer que huele a humo de madera, un par de chicos silenciosos con el pelo alborotado como los plumones de un pichón de montera.

Con sus viejas manos amarillas ha golpeado la puerta de tablas quebradas, ha acariciado las des­cascaradas paredes de adobe encalado, y mano y ojo y amarillas alas de otoño ha corrido delante de la escoba de maíz de Guinea y trepado nuevamente al cielo en el humo oloroso de una fogata que anuncia el frío, el tiempo dormido del árbol y la tierra.

El ferrocarril pasa por detrás de la casa pero hubo de trepar hasta el otro verano, cuando volvieron las hojas y los pájaros, para entrever el brillo furtivo de las vías cortando a trechos la tierra. Ya había sentido el ruido, ese oscuro tumulto que agitaba el suelo porque el árbol crecía tanto por arriba como por debajo. Por debajo era un árbol húmedo de largas y húmedas ramas nacaradas que penetraban en la tibia noche de la tierra.

Por ahí vivía y sentía el árbol principalmente, por ahí su día era un día del mundo, así de ancho y profundo, porque la tierra que palpitaba debajo de él le enviaba toda clase de señales, era un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo Carolina se comuni­caba a través de aquel húmedo corazón.

Al este, por donde nace el sol, había un bosque. Lo divisó una mañana con sus ojos verdes más altos y todas sus hojas temblaron con un brillo de escamas. Era un árbol más grande, el más grande y formidable de todos. Al caer la tarde, con el sol cruzado barriendo oblicuamente los pastos que parecían mansas llamitas, los ár­boles aquellos ardieron como un gran fuego. Por la noche, el álamo apuntó una de sus delgadas ramas subterráneas en aque­lla dirección y recibió la respuesta. No era un árbol más grande, era un bosque, es decir, un montón de ellos, tierra emplumada, alta y rumorosa hermandad.

¿Por qué no estaba él allí? ¿Por qué había nacido solitario? ¿Acaso él no era como un resumen del bosque, cada rama un árbol? Todas estas preguntas le respondió el bosque, sus herma­nos, noche a noche. Esta y muchas otras porque a medida que se ponía viejo, en medio de aquella soledad, se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita. Los árboles no duer­men propiamente, se adormecen, sobre todo en invierno cuando las altas estrellas se deslizan por sus ramas peladas como frías gotas de rocío. Es entonces cuando sienten con más fuerza todas aquellas voces y señales de la tierra.

Los animales de la noche salen de sus madrigueras y roen la oscuridad, un pájaro desvela­do vuela hacia la luz de una casa, un bulto negro trota por el camino, los grillos vibran entre los pastos como cuerdas de cristal, un perro aúlla en la lejanía, el hombre se da vuelta en la cama y piensa cuántas fanegas dará el cuadro de trigo.

En este mismo momento, en esta noche tan quieta, la semilla está trabajando ahí abajo, el árbol la siente germinar, siente su pequeño esfuerzo, cómo se hincha y se despliega y recorre, pulgada por pulgada, el mismo camino que ha trazado el deseo del hombre, que ha vuelto a dormirse y sueña con una suave marea de espigas amarillas.

Y fue por ahí, por la tierra, que el árbol tuvo noticias del ferrocarril cuando un día sintió ese tumulto que subió por sus raíces. Tiempo después, luego de divisar la morada del hombre, vio por fin aquella alocada y ruidosa casa que con chimenea y todo corría sobre la tierra, y supo por ella que además de los pájaros gran parte de cuanto vive se mueve de un lado a otro y el viejo álamo, que entonces no era tan viejo pero sí árbol com­pleto, sintió por primera vez el dolor de su fijeza.

Él sólo podía ir hacia arriba trazando un corto camino en el cielo y al co­mienzo del otoño volar en figura según el viento en la trama de sus hojas. En cierto momento, después de la casa, el tren se transportaba entre sus ramas y a veces el penacho de humo llegaba hasta el mismo álamo. Esto dependía del viento, del cual, por instrucción de los pájaros, el viejo álamo había apren­dido a extraer otros muchos sucesos. Según soplase, él agitaba sus hojas como verdes plumas y simulaba temblorosos vue­los.

El viento subía y bajaba en frescas turbonadas por dentro de aquella jaula vegetal provocando, de acuerdo a la disposición del follaje, murmullos y silbidos que complacían al árbol mú­sico.

Todo esto se aprende con los años, un verano tras otro, y luego para el árbol son materia de recuerdo en el invierno. El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza.

Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo Carolina ya se ha adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia. La lluvia oscurece sus ramas y la escarcha las abrillanta como si fuesen de almendra. Algunas se quiebran con los vientos y el árbol se despabila por un momento, siente en todo su cuerpo esa pequeña muerte aunque él todavía se sostiene, sabe que perdurará otros veranos.

Hasta que allá por septiembre memoria y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo álamo Carolina se brota nuevamente de verdes ampollas. El aire ahora es más tibio y el hombre, al que observa desde el brote más alto, recorre el campo y espía las crestitas verdes que acaban de aparecer sobre la tierra.

Para mediados de octubre el viejo álamo está otra vez recubierto de firmes y oscuras hojas que brillan con el sol cuando la brisa las agita a la caída de la tarde. El sol para este tiempo es más firme y proyecta sobre el suelo la enorme sombra del árbol.

Fue en este verano, cuando el sol estaba bien alto y la sombra era más negra, que el hombre se acercó por fin hasta el árbol. Él lo vio venir a través del campo, negro y preciso sobre el caballo sudoroso. El hombre bajó del caballo y penetró en la sombra. Se quitó el sombrero cubierto de tierra, después de mirar hacia arriba y aspirar el fresco que se descolgaba de las ramas, y se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa.

Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo Carolina, se sentó al pie del árbol y se recostó contra el tronco. Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol.

 


Guillermo Martínez

INFIERNO GRANDE

 

Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las moscas, me acuerdo del muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y que nadie en el pueblo volvió a mencionar.

Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera vez que lo vimos, con la ropa polvorienta, la barba crecida y, sobre todo, con aquella melena larga y desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién el principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que sería un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café; mientras le hacía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se apartó el pelo de la frente, y me preguntó por una peluquería.

Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubiera ido a lo del viejo Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie habría murmurado. Pero bueno, la peluquería de Melchor estaba en la otra punta del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.

La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras Cervino le cortaba el pelo se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho como miraba ella a los hombres. Ahí fue que empezó el maldito asunto, porque el muchacho se quedó en el pueblo y todos pensamos lo mismo: que se quedaba por ella.

No hacía un año que Cervino y su mujer se habían establecido en Puente Viejo y era muy poco lo que sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía comentarse con rencor en el pueblo. En realidad, en el caso del pobre Cervino era sólo timidez, pero quizá la Francesa fuera, sí, un poco arrogante. Venían de la ciudad, habían llegado el verano anterior, al comienzo de la temporada, y recuerdo que cuando Cervino inauguró su peluquería yo pensé que pronto arruinaría al viejo Melchor, porque Cervino tenía diploma de peluquero y premio en un concurso de corte a la navaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y sillón giratorio, y le echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si no se lo frenaba a tiempo. Además, en la peluquería de Cervino estaba siempre el último El Gráfico en el revistero. Y estaba, sobre todo, la Francesa.

Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise averiguarlo: me hubiera desilusionado enterarme, por ejemplo, de que la Francesa había nacido en Bahía Blanca o, peor todavía, en un pueblo como éste. Fuera como fuese, yo no había conocido hasta entonces una mujer como aquélla. Tal vez era simplemente que no usaba corpiño y que hasta en invierno podía uno darse cuenta de que no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez era esa costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la peluquería y pintarse largamente frente al espejo, delante de todos. Pero no, había en la Francesa algo todavía más inquietante que ese cuerpo al que siempre parecía estorbarle la ropa, más perturbador que la hondura de su escote. Era algo que estaba en su mirada. Miraba a los ojos, fijamente, hasta que uno bajaba la vista. Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un brillo de burla, como si la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de antemano que nadie se le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en el pueblo era hombre a su medida. Así, con los ojos provocaba y con los ojos, desdeñosa, se quitaba. Y todo delante de Cervino, que parecía no advertir nada, que se afanaba en silencio sobre las nucas, haciendo sonar cada tanto sus tijeras en el aire.

Sí, la Francesa fue al principio la mejor publicidad para Cervino y su peluquería estuvo muy concurrida durante los primeros meses. Sin embargo, yo me había equivocado con Melchor. El viejo no era tonto y poco a poco fue recuperando su clientela: consiguió de alguna forma revistas pornográficas, que por esa época los militares habían prohibido, y después, cuando llegó el Mundial, juntó todos sus ahorros y compró un televisor color, que fue el primero del pueblo. Entonces empezó a decir a quien quisiera escucharlo que en Puente Viejo había una y sólo una peluquería de hombres: la de Cervino era para maricas.

Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor fue, otra vez, a causa de la Francesa: no hay hombre que soporte durante mucho tiempo la burla o la humillación de una mujer.

Como decía, el muchacho se quedó en el pueblo. Acampaba en las afueras, detrás de los médanos, cerca de la casona de la viuda de Espinosa. Al almacén venía muy poco; hacía compras grandes, para quince días o para el mes entero, pero en cambio iba todas las semanas a la peluquería. Y como costaba creer que fuera solamente a leer El Gráfico, la gente empezó a compadecer a Cervino. Porque así fue, al principio todos compadecían a Cervino. En verdad, resultaba fácil apiadarse de él: tenía cierto aire inocente de querubín y la sonrisa pronta, como suele suceder con los tímidos. Era extremadamente callado y en ocasiones parecía sumirse en un mundo intrincado y remoto: se le perdía la mirada y pasaba largo rato afilando la navaja, o hacía chasquear interminablemente las tijeras y había que toser para retornarlo. Alguna vez, también, yo lo había sorprendido por el espejo contemplando a la Francesa con una pasión muda y reconcentrada, como si ni él mismo pudiese creer que semejante hembra fuera su esposa. Y realmente daba lástima esa mirada devota, sin sombra de sospechas.

Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo para las casadas y casaderas del pueblo, que desde siempre habían hecho causa común contra sus temibles escotes. Pero también muchos hombres estaban resentidos con la Francesa: en primer lugar, los que tenían fama de gallos en Puente Viejo, como el ruso Nielsen, hombres que no estaban acostumbrados al desprecio y mucho menos a la sorna de una mujer.

Y sea porque se había acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque en el pueblo venían faltando los escándalos, todas las conversaciones desembocaban en las andanzas del muchacho y la Francesa. Detrás del mostrador yo escuchaba una y otra vez las mismas cosas: lo que había visto Nielsen una noche en la playa, era una noche fría y sin embargo los dos se desnudaron y debían estar drogados porque hicieron algo que Nielsen ni entre hombres terminaba de contar; lo que decía la viuda de Espinosa: que desde su ventana siempre escuchaba risas y gemidos en la carpa del muchacho, los ruidos inconfundibles de dos que se revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los Vidal, que en la peluquería, delante de él y en las narices de Cervino... En fin, quién sabe cuánto habría de cierto en todas aquellas habladurías.

Un día nos dimos cuenta de que el muchacho y la Francesa habían desaparecido. Quiero decir, al muchacho no lo veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni en la peluquería ni en el camino a la playa, por donde solía pasear. Lo primero que pensamos todos es que se habían ido juntos y tal vez porque las fugas tienen siempre algo de romántico, o tal vez porque el peligro ya estaba lejos, las mujeres parecían dispuestas ahora a perdonar a la Francesa: era evidente que en ese matrimonio algo fallaba, decían; Cervino era demasiado viejo para ella y por otro lado el muchacho era tan buen mozo... y comentaban entre sí con risitas de complicidad que quizás ellas hubieran hecho lo mismo.

Pero una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asunto estaba en el almacén la viuda de Espinosa y la viuda dijo con voz de misterio que a su entender algo peor había ocurrido; el muchacho aquel, como todos sabíamos, había acampado cerca de su casa y, aunque ella tampoco lo había vuelto a ver, la carpa todavía estaba allí; y le parecía muy extraño –repetía aquello, muy extraño– que se hubieran ido sin llevar la carpa. Alguien dijo que tal vez debería avisarse al comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vigilar también a Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle: tengo por norma no discutir con los clientes.

Empecé a decir débilmente que no se podía acusar a nadie sin pruebas, que para mí era imposible que Cervino, que justamente Cervino... Pero aquí la viuda me interrumpió: era bien sabido que los tímidos, los introvertidos, cuando están fuera de sí son los más peligrosos.

Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la puerta. Hubo un gran silencio; debió advertir que hablábamos de él porque todos trataban de mirar hacia otro lado. Yo pude observar cómo enrojecía y me pareció más que nunca un chico indefenso, que no había sabido crecer.

Cuando hizo el pedido noté que llevaba poca comida y que no había comprado yoghurt. Mientras pagaba, la viuda le preguntó bruscamente por la Francesa.

Cervino enrojeció otra vez, pero ahora lentamente, como si se sintiera honrado con tanta solicitud. Dijo que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al padre, que estaba muy enfermo, pero que pronto volvería, tal vez en una semana. Cuando terminó de hablar había en todas las caras una expresión curiosa, que me costó identificar: era desencanto. Sin embargo, apenas se fue Cervino, la viuda volvió a la carga. A ella, decía, no la había engañado ese farsante, nunca más veríamos a la pobre mujer. Y repetía por lo bajo que había un asesino suelto en Puente Viejo y que cualquiera podía ser la próxima víctima.

Transcurrió una semana, transcurrió un mes entero y la Francesa no volvía. Al muchacho tampoco se lo había vuelto a ver. Los chicos del pueblo empezaron a jugar a los indios en la carpa abandonada y Puente Viejo se dividió en dos bandos: los que estaban convencidos de que Cervino era un criminal y los que todavía esperábamos que la Francesa regresara, que éramos cada vez menos. Se escuchaba decir que Cervino había degollado al muchacho con la navaja, mientras le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a los chicos que jugaran en la cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos que volvieran con Melchor.

Sin embargo, aunque parezca extraño, Cervino no se quedó por completo sin clientes: los muchachos del pueblo se desafiaban unos a otros a sentarse en el fatídico sillón del peluquero para pedir el corte a la navaja, y empezó a ser prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray.

Cuando le preguntábamos por la Francesa, Cervino repetía la historia del suegro enfermo, que ya no sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y supimos que la viuda de Espinosa había hablado con el comisario para que lo detuviese. Pero el comisario había dicho que mientras no aparecieran los cuerpos nada podía hacerse.

En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos decían que Cervino los había enterrado en su patio; otros, que los había cortado en tiras para arrojarlos al mar, y así Cervino se iba convirtiendo en un ser cada vez más monstruoso.

Yo escuchaba en el almacén hablar todo el tiempo de lo mismo y empecé a sentir un temor supersticioso, el presentimiento de que en aquellas interminables discusiones se iba incubando una desgracia. La viuda de Espinosa, por su parte, parecía haber enloquecido. Andaba abriendo pozos por todos lados con una ridícula palita de playa, vociferando que ella no descansaría hasta encontrar los cadáveres.

Y un día los encontró.

Fue una tarde a principios de noviembre. La viuda entró en el almacén preguntándome si tenía palas; y dijo en voz bien alta, para que todos la escucharan, que la mandaba el comisario a buscar palas y voluntarios para cavar en los médanos, detrás del puente. Después, dejando caer lentamente las palabras, dijo que había visto allí, con sus propios ojos, un perro que devoraba una mano humana. Me estremecí; de pronto todo era verdad y mientras buscaba en el depósito las palas y cerraba el almacén seguía escuchando, aún sin poder creerlo, la conversación entrecortada de horror, perro, mano, mano humana.

La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba último, cargando las palas. Miraba a los demás y veía las mismas caras de siempre, la gente que compraba en el almacén yerba y fideos. Miraba a mi alrededor y nada había cambiado, ningún súbito vendaval, ningún desacostumbrado silencio. Era una tarde como cualquier otra, a la hora inútil en que se despierta de la siesta. Abajo se iban alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el mar, distante, parecía pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció comprender de dónde provenía aquella sensación de incredulidad: no podía estar sucediendo algo así, no en Puente Viejo.

Cuando llegamos a los médanos el comisario no había encontrado nada aún. Estaba cavando con el torso desnudo y la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos señaló vagamente en torno y yo distribuí las palas y hundí la mía en el sitio que me pareció más inofensivo. Durante un largo rato sólo se escuchó el seco vaivén del metal embistiendo la tierra. Yo le iba perdiendo el miedo a la pala y estaba pensando que tal vez la viuda se había confundido, que quizá no fuera cierto, cuando oímos un alboroto de ladridos. Era el perro que había visto la viuda, un pobre animal raquítico que se desesperaba alrededor de nosotros. El comisario quiso espantarlo a cascotazos pero el perro volvía y volvía y en un momento pareció que iba a saltarle encima. Entonces nos dimos cuenta de que era ése el lugar, el comisario volvió a cavar, cada vez más rápido, era contagioso aquel frenesí, las palas se precipitaron todas juntas y de pronto el comisario gritó que había dado con algo; escarbó un poco más y apareció el primer cadáver.

Los demás apenas le echaron un vistazo y volvieron enseguida a las palas, casi con entusiasmo, a buscar a la Francesa, pero yo me acerqué y me obligué a mirarlo con detenimiento. Tenía un agujero negro en la frente y tierra en los ojos. No era el muchacho.

Me di vuelta, para advertirle al comisario, y fue como si me adentrara en una pesadilla: todos estaban encontrando cadáveres, era como si brotaran de la tierra, a cada golpe de pala rodaba una cabeza o quedaba al descubierto un torso mutilado. Por donde se mirara muertos y más muertos, cabezas, cabezas.

El horror me hacía deambular de un lado a otro; no podía pensar, no podía entender, hasta que vi una espalda acribillada y más allá una cabeza con venda en los ojos. Miré al comisario y el comisario también sabía, nos ordenó que nos quedáramos allí, que nadie se moviera, y volvió al pueblo, a pedir instrucciones.

Del tiempo que transcurrió hasta su regreso sólo recuerdo el ladrido incesante del perro, el olor a muerto y la figura de la viuda hurgando con su palita entre los cadáveres, gritándonos que había que seguir, que todavía no había aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió caminaba erguido y solemne, como quien se apresta a dar órdenes. Se plantó delante de nosotros y nos mandó que enterrásemos de nuevo los cadáveres, tal como estaban. Todos volvimos a las palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras la tierra iba cubriendo los cuerpos yo me preguntaba si el muchacho no estaría también allí. El perro ladraba y saltaba enloquecido. Entonces vimos al comisario con la rodilla en tierra y el arma entre las manos. Disparó una sola vez. El perro cayó muerto. Dio luego dos pasos con el arma todavía en la mano y lo pateó hacia adelante, para que también lo enterrásemos.

Antes de volver nos ordenó que no hablásemos con nadie de aquello y anotó uno por uno los nombres de los que habíamos estado allí.

La Francesa regresó pocos días después: su padre se había recuperado por completo. Del muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa la robaron ni bien empezó la temporada.

 

 


Samuel Martínez Andrade

LA TIERRA SE HABÍA TRANSFORMADO

a Nicole Luján

 

Desperté con la piel erizadísima. Vi que era tarde. Me metí a la ducha. No me miré en el espejo. Me vestí con lo primero que vi: vestido rojo / pecas blancas. Salí. Vi que el cielo estaba verde. Temblé. Entré de vuelta al departamento. Algo había cambiado. Fui al espejo. Me vi. Era cierto: la Tierra al fin se había transformado.

Entró una llamada a mi celular. Era León. Contesté. Le dije que tenía prisa, que iba tarde al trabajo y luego le colgué por error. Me volvió a llamar. Le dije que mi celular había estado fallando. No te preocupes. Oye, ¿podemos hablar? No tomará más de un minuto, me dijo León angustiado. Mientras le decía que no podía porque iba tarde al trabajo, le colgué según yo como si fuera culpa de mi celular descompuesto. Mi celular claramente estaba en perfecto estado. Lo puse en modo avión y lo guardé en mi bolsa. Me subí al auto, lo encendí, me vi de reflejo en el espejo y en ese momento de nuevo me di cuenta de lo que había sucedido: ahora era otra. La Tierra se había transformado. Y como yo ya era otra, comencé a comportarme diferente: caminar diferente, respirar diferente, escribir cosas más bien alegres, componer sinfonías para piano, dejar de fumar cigarrillos. Era otra. Era muy claro. Me sentí llena de vida. Me sentí lúcida. La Tierra al fin se había transformado. En la madrugada, ya de vuelta en mi departamento, me acosté, recordé a León y sentí melancolía por lo que le había hecho: cambiar tan de pronto / moverme tan de prisa. Ni modo, suele pasar, ¿no? Cerré los ojos: qué más da.

Al otro día desperté y pasaban de las cuatro de la tarde. Quizás esta versión de Danielle vive de noche, pensé. Me animé un poco. Toqué la guitarra. Escribí. El día se me pasó volando. Salí a ver el atardecer. Pensé en todos los textos que tenía pendientes. Todo puede esperar, me dije. Llegué al lago y me quedé dormida en el pasto. Me despertó un tipo moreno con acento portugués. Hey!, me dijo con una sonrisa. Hey!, le respondí somnolienta y un poco confundida. ¿Está bien si me siento a tu lado? No respondí nada. Me sentí confundida. Lo que pasa es que cuando veo a otra persona sola, en un espacio tan abierto como este, se me hace algo tonto no conversar con ella. Ya llegó el chico sociable, pensé. Y él prosiguió: pero bueno, claro, primero pregunto si no estoy incomodando, qué tal que la otra persona quiere estar sola. ¿Quién quiere estar sola en este mundo?, le respondí. Él se rió. Supongo que no percibió la profundidad de mi pregunta. Sospecho que nadie, dijo, y entonces algo en su mirada y en sus labios me atrapó. Ojos negros de felpa. Ojos negros de terciopelo. ¿Quién rayos dice sospecho? Algo en su mirada y en sus labios me atrapó y los siguientes treinta minutos no pude dejar de apreciarlos. Luego de un rato lo besé y le dije que si no quería tomar algo en mi departamento. Él por supuesto accedió. El sexo no estuvo mal.

Por la mañana me volvió a marcar León. Esta vez fui fulminante. Ni siquiera lo dejé hablar. Básicamente le dije que lo quería muchísimo pero que lo nuestro no tenía solución, que debíamos continuar nuestro camino. Él no lo entendió del todo. Al final la conversación se tornó fastidiosa y tuve que ser un poco dramática: le dije olvídame / por mi parte yo nunca te olvidaré / pero tú olvídame, y colgué de golpe. No hubo más llamadas. La Tierra se había transformado. Mientras tanto Felipe, el brasileño, tomaba una ducha. Luego de un rato me pidió una toalla. Le expliqué que estaban debajo del lavamanos. No las encuentro, me dijo. Entré al baño y ahí estaba él, de espaldas, desnudo, resplandeciente, con su gran porte viril, con su gran porte grueso. Me acerqué a él y lo acaricié. Entonces él me tomó el rostro, me besó, me quitó la ropa, me tomó el cabello y me metió su gordo miembro suavemente. Ahí me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto del sexo.

Por la noche me miré largo rato en el espejo. Observaba la conquista del tiempo sobre mí. La conquista del cambio. La Tierra al fin se había transformado. Yo no había puesto resistencia. No daba crédito a mi imagen. Me sentía un monstruo. Había creado un monstruo y ya no sabía cómo detenerlo, repetía ciclada en mi mente. Me eché a la cama y sentí un hoyo en el pecho. Sin darme mucho cuenta me quedé dormida. Al otro día ya no sentí nada. Ni siquiera me acordé de León ni de Felipe. Simplemente esta nueva yo, esta nueva Danielle, era capaz de estar en paz y en soledad. Al parecer no necesitaba de nadie. Me había transformado. El cambio me había consumido. Y creo que eso me hacía feliz o algo así. Luego de un tiempo me volví a enamorar. La Tierra se volvió a transformar. Sentí que todo era un juego, un chiste. Me reí en mi soledad y les di a todos la razón: ¡sí, sí, todos están en lo correcto!, pensé en mi mente extasiada. ¡Sí, sí! Después pensé en la idea de que la Tierra nunca dejará de transformarse y sentí pánico. Luego uno de los pitos que usualmente me cogía entró dentro de mí y todo eso que había pensado se me olvidó de golpe. Ser es percepción / me repetí ciclada en la cabeza / Ser es percepción / Ser es percepción / la Tierra se había transformado / Ser es percepción / Ser es percepción / me repetía intentando convencerme de que / Ser es percepción / Ser es percepción / Ser es percepción / ¿O no?

 

EN MI SALA ME ENCONTRÉ A UNO DE MIS PERSONAJES

 

Simplemente lo vi ahí, sentado en el sillón, y le hablé. Luego de un rato de banalizar me pidió que lo escribiera. No supe cómo reaccionar ante tal petición. Le dije sí, claro que sí. ¿Cuándo empezamos? Mañana. Misma hora. Mismo lugar. Y se fue.

Al otro día bajé y ahí estaba él vestido de negro. Me dijo quiero ser un personaje atropellado. ¿Qué? ¿Por qué? No me respondió. Me contó su historia. Dónde y cómo creció. De quién se enamoró. Qué tipo de ropa interior usaba. Qué soñaba. Muchas de las cosas que me contó me sorprendieron y pensé que en definitiva había mucho que escribir sobre él.

Luego de dos días la historia estaba lista. En el final, en efecto, mi personaje no se moría. Él quería que lo matara −me daba cuenta−, pero su historia no podía solucionarse así de fácil. Envié el texto a una revista y luego de un tiempo lo publicaron. El contacto que tuvo con algunos de los lectores fue voraz. Incluso unos me llegaron a escribir varios mensajes. Decían que el texto les había encantado. Me dio un poco de miedo. Yo, que conozco a mi personaje −pues platiqué con él en mi sala−, no creo que sea un personaje como para encantarte. Digo, es chido, algo extraño, y cautiva, pero no tanto como para encantarte. Me dio un poco de miedo.

Meses después la revista desapareció y con ella mi joven personaje. Sin embargo me lo volví a encontrar en la sala de mi casa y me pidió que lo escribiera en una segunda parte. Me platicó sobre una chica que lo leyó y que durante semanas se encontraron en sueños. Me sentí bien, aunque a decir verdad él no parecía muy entusiasmado. Más bien estaba destrozado. De un momento a otro me pidió que esta vez fuera fulminante, que esta vez sí lo matara. Me quiero morir, me confesó. Intenté hacerlo cambiar de opinión, pero luego de unos minutos desistí y escribí la segunda parte de su historia. La publiqué en mi página personal y la compartí en FB.

Desde entonces no lo he vuelto a ver. A veces algunas personas entran a mi página y lo leen. Le hacen compañía. Lo toman de la mano cuando muere. A veces vuelven varias ocasiones. Me lo han dicho. Me da gusto (creo). Sin embargo yo no puedo hacerlo. No puedo visitarlo. Me da mucha tristeza ver que uno de mis personajes terminó así. Lo único que hago es contemplarlo de lejos en mi mente. Veo su barba. Sus grandes ojos negros. Su barba. Sus grandes ojos negros. La cámara se apaga. Pies descalzos. Posición de arquero atrapa sueños. Me duermo.

 

Textos publicados en “Consenso de realidad”, Revista tn: http://revistatn.com/la-tierra-se-habia-transformado y http://revistatn.com/en-mi-sala-me-encontre-a-uno-de-mis-personajes

 


Leonora Carrington

CONEJOS BLANCOS

 

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de Pest Street. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada con sudor.
La luz nunca era muy fuerte en Pest Pret. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento; pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de Pest Street. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego metió la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.
−¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? −me gritó.
−¿Un poco de qué? −grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
−De carne en mal estado. Carne en descomposición.
−En este momento, no −contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
−¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de ésas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
−¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? −murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
−Es usted muy amable −prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente−. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a un “boudoir” decorado con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
−Tenemos visita muy pocas veces −sonrió la mujer−. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautelosamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
−¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! −canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
−Una acaba encariñándose con ellos −prosiguió la mujer−. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
−Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención; entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.
−Ése es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
−¿Ethel? −preguntó con voz bastante débil−. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
−Vamos, Laz; no empecemos −su voz era quejumbrosa−. No me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
−Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? −de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
−Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
−¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan sólo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

 


Augusto Monterroso

EL CONEJO Y EL LEÓN

 

Un célebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con la de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al

León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió al aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el célebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

 

EL MONO QUE QUISO SER ESCRITOR SATÍRICO

 

En la Selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.

Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.

Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.

No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.

Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.

Entonces un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.

Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso en ojo en la

Serpiente, quien por diferentes medios auxiliares en realidad de su arte adulatorio lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas y desistió de hacerlo.

Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacía más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.

Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.

Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa y en él mismo.

En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.

 


Juan Rulfo

¡DILES QUE NO ME MATEN!

 

—¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

—No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

—Haz que te oigan. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

—No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

—Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué con­sigues.

—No. No tengo ganas de ir. Según eso, yo soy tu hijo. Y, si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

—Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

—No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

—Dile al sargento que te deje ver al coronel. Y cuénta­le lo viejo que estoy. Lo poco que valgo. ¿Qué ganancia sacará con matarme? Ninguna ganancia. Al fin y al cabo él debe de tener un alma. Dile que lo haga por la bendita salvación de su alma.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

—Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí tam­bién, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

—La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el inten­to de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan gran­des de vivir como sólo las puede sentir un recién resu­citado.

Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan vie­jo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su com­padre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca, para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre es­perando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía olien­do el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

—Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potre­ro y te lo mato.

Y él le contestó:

—Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los ani­males busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

«Y me mató un novillo.

»Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el em­bargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Toda­vía después se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

»Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los mu­chachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

»Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhor­tado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

»—Por ahí andan unos fuereños, Juvencio.

»Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los ma­droños y pasándome los días comiendo sólo verdolagas. A veces tenía que salir a la medianoche, como si me fue­ran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida.»

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; cre­yendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilo. «Al menos esto —pensó— conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz.»

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para li­brarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresal­tos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No po­día. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Ve­nado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, aca­lambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A mo­rir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago, que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar po­dría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubie­ran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los bra­zos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El vien­to soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apeñuscado con los años, ve­nían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saborean­do cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hom­bres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: «Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos», iba a decirles, pero se quedaba callado. «Más adelantito se los diré», pensaba. Y sólo los veía. Podía has­ta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado la­deándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Ha­bían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lo­graría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa co­menzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse meti­do entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

—Yo nunca le he hecho daño a nadie —eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

—Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

—¿Cuál hombre? —preguntaron.

—El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

—Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima —vol­vió a decir la voz de allá adentro.

—¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? —repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

—Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

—Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

—Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

—¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

—Ya sé que murió —dijo. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de ca­rrizos.

—Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil cre­cer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

«Luego supe que lo habían matado a machetazos, cla­vándole después una pica de buey en el estómago. Mecon­taron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron, tirado en un arroyo, todavía estaba agonizan­do y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

»Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de ol­vidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para aca­bar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No de­bía haber nacido nunca.»

Desde acá, desde afuera, se oyó bien claro cuanto dijo. Después ordenó:

—¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

—¡Mírame, coronel! —pidió él—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme sólito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!

—¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro.

—...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

—Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se embo­rrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrin­conado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le me­tió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

—Tu nuera y los nietos te extrañarán —iba diciéndole—. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote, cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

 


Julio Ramón Ribeyro

EL PROFESOR SUPLENTE

 

Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.

—¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no... ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad... eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador... No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio... No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta... ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!

Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia, había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.

Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercala un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz de la farola.

—Todo esto no me sorprende —dijo al fin—. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.

Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.

A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.

—No te olvides de poner la tarjeta en la puerta —recomendó Matías antes de partir—. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.

En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.

Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.

En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar —el reloj del Municipio acababa de dar las once— cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.

Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes, para demoler sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.

Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.

Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.

Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje.

Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición —que le recordó a los jurados de su infancia— fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.

A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.

—Por favor —decía— ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.

—¡Yo soy cobrador! —contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.

El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.

Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio a que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.

—¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?

— Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! —balbuceó Matías—. ¡Me aplaudieron! —pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.

 

(Amberes, 1975)

 


Óscar Collazos

EL REVÉS DE LA TRAMA

 

De haberse armado de coraje, hubiese sido otra su respuesta. A los dieciséis años es fácil empezar a tirar los techos de la casa o destruir los cimientos como si se tratara de un castillo de arena. Además, se lo impedirían a golpes una vez dado el primer movimiento. Así que, como siempre, guardó silencio.

Llegar bebido no era un delito que mereciese castigo como el impuesto por su padre, si podía decirse que venía bebido. No había pasado de tres cervezas, las necesarias para animar dos partidas de billar en el café de los turcos. Volvería a jugar y a beber cuando se le antojara, se dijo con el empecinamiento de un muchacho injustamente reprendido. Si se hubiese tratado solo de un sermón, de un duro sermón que no excluía las amenazas hubiese sido lo de menos. Cosas de esas resultan perdonables si uno se acostumbra a oír sin entender, a inclinar la cabeza y fingirse afectado, quizá arrepentido, no lo volveré a hacer, perdóneme papá, aquellas salidas que uno aprende como si formasen parte de un sucio espectáculo de mentiras exigido por el orgullo de los padres, aun a sabiendas de que se trata de un arrepentimiento simulado.

Pero no. Su padre no solo había sido duro sino, lo que era más grave, imprudente hasta la torpeza. Ninguna necesidad tenía de poner a prueba ante la visita de esa noche su sentido de la autoridad. Pudo haber esperado que se fueran, la cena acababa de terminar y ya estaban en el café, habían visto el programa de televisión y despellejado al vecindario, ya se habían confesado admiración mutua y amistad, conocido la casa, cada uno de sus cuartos, los mueblesnuevos, los jarrones de porcelana, la vajilla de los invitados, ustedes saben cuántas cosas se enseñan unos a otros anfitriones y visitantes cuando se trata de una carrera de galgos, tenemos esto, tendremos aquello, también nosotros, un poco más y seremos iguales, festín de envidias que se camuflan en las exclamaciones de admiración.

Mirando a la visita, aunque dirigiéndose al muchacho, con el ceño fruncido y las manos crispadas, el padre dijo que no estaba en condiciones de perdonar sinvergüencerías, no era esa la clase de educación que había inculcado a sus hijos, dónde se había visto eso de llegar a medianoche y además bebido como cualquiera de la calle, que dijeran sino ellos, los presentes, si tenía o no razón al sentirse defraudado, engañado además porque debía haber estado antes de las nueve, a más tardar, sermones y amonestaciones que había empezado a despachar sin moverse de su asiento y terminado de pie en el centro de la sala, como si ellos esperasen de él una lección de oratoria en el centro mismo de la sala.

En silencio, el muchacho sintió que se le encendía el rostro. Sentía subir el calor de los pies al cuello, incluyendo una punzada en el estómago. El padre alzaba la voz hasta gritar, ahora mismo se mete en su cuarto y ya hablaremos cuando se vayan estos señores. Y por mucho que la madre intentara con gestos y evidente incomodidad impedir que el padre subiera aún más la voz, para este no existían más que los vecinos y su autoridad, cosa que obligó a la madre a interrumpirlo con firmeza, déjelo para mañana, pero el hombre estaba más allá de cualquier voz mediadora, por encima de la prudente intervención de su mujer, cauta en estas situaciones, que prefirió callarse para evitar un altercado en su contra, más grave en presencia de los invitados que, aunque a punto de largarse, se sentían ya con el derecho de aprobar con movimientos de cabeza, cómo no, hace bien, no se puede perdonar, por pequeños que sean, deslices que pueden llegar a volverse más graves, hace bien.

Al entrar a su cuarto, el muchacho sintió que nada cuanto le rodeaba tenía ya sentido. Por entrañables que fuesen aquellos objetos, la cama de cedro, los afiches que él mismo había escogido y comprado, los pocos libros que descansaban en dos estanterías, por mucho que allí dentro su vida fuese a veces su propia vida y no la de sus padres, incluyendo ropas deportivas y la promesa de una moto si aprobaba sus exámenes sin suspendidos, por mucho que pudiese empezar a hacer en la clandestinidad, todo aquello no era en aquel momento más que un montón de porquerías —pensó, incapaz de sentarse o echarse en la cama, a la expectativa, como si tras la partida de los visitantes todo prometiese volverse más claro en su cabeza.

Los visitantes acababan de despedirse después de un prolongado coqueteo en la puerta, lindísimo apartamento, naderías de esas. El muchacho, entonces, intentó tranquilizarse. Lo consiguió, en parte. Miró a su alrededor y pese a sentirse menos agitado compartió con su conciencia la misma sensación de estar rodeado de naderías. Se sintió solo, como quizá se sienta un joven abandonado por el mínimo respeto que puede esperar de sus padres. Solo como si, uno a uno, lo hubiesen repudiado sus compañeros de clase o barrio. O solo y defraudado en la intensidad de un temprano amor de adolescente, convertido de la noche a la mañana en un sentimiento sin objeto.

Pudo haber llorado y no lo hizo. Es la rabia, más que el dolor, la que permite que el llanto se dibuje en unos párpados jóvenes, la que conduce al cuerpo la nerviosa contracción que de un momento a otro será expulsada en un gesto de violencia. Y el muchacho, cuando ya habían pasado incontables minutos desde la despedida de los visitantes, no pudo favorecerse con una lágrima ni sentirse digno de un gesto de violencia que bien podría haberse descargado sobre los miserables objetos que lo rodeaban y vigilaban en su cuarto. Escuchó, en cambio, sin entender una palabra, la conversación agitada entre el padre y la madre. Solo en contadas ocasiones —pensó— ella se atrevía a disentir. Era entonces cuando la admiraba, cuando el afecto nunca nombrado y pudorosamente expresado, se convertía en una emoción secreta e intransferible, como si por una vez en la vida tener una madre capaz de alzar la voz lo dignificara también a él, furtivo espectador de riñas domésticas.

—Creo que no fue justo —alcanzó a entender. Era la voz de la madre.

—Usted es la que no entiende nada de educar a un hijo —cortó el padre con irritación.

—¡Déjelo, por Dios, tranquilo! —escuchó el muchacho—. A nadie le gusta que lo humillen delante de extraños.

Haber comprendido cabalmente la frase de su madre le resultó gratificante. Recordó un viejo paseo, solo él y ella, tan remoto que prefirió verse a sí mismo como un niño. Ella lo envolvía en una frazada, lo dejaba recostado en el césped y se dirigía a la orilla de un quieto río. Él la observaba de espaldas y la visión de una silueta, próxima y amada, le producía un regocijo que, recordó, solo podía traducirse en la repentina humedad de sus ojos.

—Se está haciendo un hombre —alcanzó a escuchar que decía la madre al padre.

Sintió que la tensión de su cuerpo disminuía, como si estuviese a punto de caer en un estado de relajante serenidad, estado que por lo general anuncia la inminencia de un episodio a punto de ser olvidado.

Afuera se hizo un largo silencio. Su padre, pensó, había tenido en algo razón, eran más de las doce, había bebido tres cervezas y nada de ello estaba convenido. ¿Pero a cuenta de qué tenían que convenirse iniciativas? Supo que ganaba algo de la tranquilidad deseada cuando recordó momentos de la tarde, la salida presurosa del colegio, el encuentro con los amigos, la decisión de jugar una partida de billar, de beberse unas cervezas. Hugo Arroyo tenía dinero suficiente, invitaba espléndidamente, pero el recuerdo de esta velada se veía interrumpido por una imagen intrusa: su padre, de pie en el centro de la sala, intentando imponer a los invitados la severidad de sus amonestaciones.

¿Por qué no salía a la sala donde el padre y la madre, seguramente, seguían sentados y silenciosos después de haber roto la monotonía familiar a fuerza de discutir con tanta vehemencia? Decidió salir, como un intruso, con pasos sigilosos. Lo que alcanzó a ver le bastó para recobrar, no la tranquilidad sino la certeza que había tenido desde el comienzo: haber llegado bebido y tarde, como había dicho su padre, no era ninguna vergüenza.

Recostado en los muslos de su mujer, que le acariciaba los cabellos, el padre parecía estar a punto del sollozo. Un niño, pensó, como un niño. Y regresó, tan cauteloso como había sido al salir al umbral de la sala, regresó a su cuarto.

—No quería hacerlo… —decía el padre—. Lo siento por él, pero…—fue lo último que alcanzó a escuchar el muchacho antes de internarse en su cuarto, hasta donde llegaban como en un eco los sollozos del padre. Algo parecido a la compasión se apoderó del muchacho. Tal vez por ello no pudo dormirse de inmediato, como hubiera querido.

 

Adiós Europa, adiós. Bogotá: Seix Barral, 2000.

 


Teresa de la Parra

SE ACABÓ TRAPICHE

 

Un día jugábamos en el huerto. Violeta, cuyas ansias aventureras la lanzaban a todo género de empresas azarosas en las cuales figura­ba la desobediencia, con sus correspondientes probabilidades de luchas y rebeldías. Violeta, digo, se había ido al comedor, y había cogido un cuchillo. Con él cortaba ramas, les sacaba punta y las cla­vaba en la tierra diciendo:

—Éstos son mis tablones de caña; éstos otros, son mis cafetales, aquí están mis jardines, todo esto es mí hacienda: ¡que nadie se acerque!

Una de las sirvientas allí presentes se acercó y le rogó que funda­ra su hacienda prescindiendo del cuchillo, que tanto Mamá como Evelyn nos tenían terminantemente prohibido que jugáramos con fuego, con tinteros y con cuchillos. Violeta le contestó que se apar­tara en seguida de allí y que no la molestara repitiendo tonterías. A fin de salvar su responsabilidad, la sirvienta se fue y advirtió a Eve­lyn. Llegó Evelyn en el momento en que Violeta enarbolando una rama le sacaba punta. El cuchillo brillaba y relampagueaba por los aires. Al comprobar el hecho, Evelyn dijo con autoridad:

—Violeta, dame el cuchillo. Violeta contestó:

—No.

La autoridad de Evelyn pasó de las palabras a los hechos. Agarrando a Violeta por la muñeca, con la mano que le quedaba libre le quitó el cuchillo en un segundo. Violeta, sorprendida y desarmada, la miró con insolencia y en defensa propia y voz muy clara:

—¡...!

¡Zas! Un calificativo inesperado, rotundo, sobrio, muy bien acor­dado en cuanto a género y número: una sola palabra nada más.

¿De dónde salía tal palabra? ¡Misterio! Era ésa una de las especia­lidades de Violeta: saber cosas que nadie supiera, sin que supiera ella misma dónde las había sabido. No obstante ser palabra nueva, todas las demás comprendimos al punto que tal expresión se le había adaptado a Evelyn como se adapta en la cabeza un sombrero muy feo, es decir, que se le amoldaba sin hacerle favor. Al oír el calificativo admirable de claridad, las dos sirvientas presentes habían comenza­do a reírse a carcajadas. Con las risas, el calificativo tomaba más pro­porciones y mayor asiento en la persona de Evelyn. Ésta, indignada, más por las risas que por el vocablo inesperado, con su feísimo som­brero puesto, se quedó muda unos instantes. Luego interrogó:

—¿Dónde aprendiste esa palabra, Violeta, que te dejó boca tizna­da, boca negra como carbón? ¿Dónde aprendiste?

Violeta se pasó la mano por la boca a fin de ver si era cierto que estaba tiznada, pero no se dignó contestar. Como Evelyn buscaba un castigo ejemplar, sin esperar las declaraciones de la culpable, hizo de repente la siguiente deducción funesta:

—Aprendiste eso en trapiche. Ahora para siempre, ¡se acabó trapiche! "Se acabó trapiche", por culpa de Violeta y de las dos sirvientas, era una ley inicua, una de esas leyes arbitrarias que pesan sobre multitudes inocentes, por la violencia de un mandatario o las fecho­rías de un grupo. Y sin más comentarios, desde aquel mismo día, la ley inicua comenzó a regir.

¡Ay! "¡Se acabó trapiche!" ¡Qué castigo sin precedentes! ¡Qué desgracia!

Para nuestras almas de campesinas el trapiche era el club, el teatro y la ciudad. Ningún placer equivalía a la hora pasada entre el baño y el trapiche. Nos parecía la gloria y teníamos razón: era la gloria. Todo en él halagaba la vista, el olfato, el paladar, el oído. Lo mismo que bullía el guarapo en los enormes fondos, en el gran recinto del trapiche bullía la vida franca y buena a borbotones. En él se daban cita todos los elementos y todos los colores: el agua, el fuego, el sol, todos iban andando desnudos y armoniosos al compás que marcara la inmensa rueda majestuosa y mansa de la molienda. Nada del aburrimiento negro incomprensible y feísimo de las fábricas movidas con motores eléctricos. No. En el trapiche no había misterios ni ha­bía escondites. Todo pasaba a la vista de todos. Cada cual sabía por qué ocurrían las cosas y había entrada libre para el que se presenta­ra: elementos, animales o personas.

La primera, la gran capitana, la madre del trapiche era el agua. Muy arriba por el canalón se venía de la acequia y se arrojaba sobre la rueda grande cantando la caída con su nutrido coro de chorros y de gotas. La rueda lenta, se iba tras ella por el rosario de sus cangilones, dibujando gajos de vacío sobre un fondo de helechos y de musgo. Con la rueda caminaban las tres masas; en las masas, triturándose y sal­picando zumo caminaban las cañas; en las cañas caminaban las manos de los emburradores y las manos de los cargadores de bagazo, que se llevaban la pobre caña muerta en parihuelas de cuero para ten­derlas al sol. Bajo el sol, los cadáveres triturados arrastrados por los rastrillos resucitaban y se iban a florecer en montañas; las mulli­das montañas de las bagaceras, prometidas esposas del fuego.

En el trapiche amplio y generoso no había casi paredes ni había casi puertas; nada se encerraba; ¡adelante lodo el mundo! Entraba el sol; entraba el aire, entraba el aguacero; entraban las legiones de avispas doradas y zumbando a buscar dulce; entraban las yuntas lentas con los carros anchos y los montones de caña bien trabados que los gañanes descargaban de un golpe y dejaban firmes en el suelo detrás de los carros; en busca de dulce, lo mismo que las avis­pas, entraban los hijitos de los peones con una cazuela en la mano, a pedir: "de parte de Mamá que si me hacen el favor de unas migajitas de raspadura o un pedacito de papelón roto para el guarapito de esta noche". Como a las avispas se les daba la raspadura o se les daba el pedazo de papelón roto, a nadie se decía no.

En bandada con Evelyn y las sirvientas atrás, zumbando y volan­do, también como las avispas y los chiquitos de los peones, por en­tre yuntas de bueyes, y montones de caña y parihuelas de bagazo, entrábamos las niñitas a buscar dulce, a estorbar el trabajo, y tam­bién. ¡Adelante las niñitas, a molestar se ha dicho!

Lo primero de todo era correr a encajar un pie sobre la espuma gris y endurecida que formaba el zumo de la caña al irse por una canal hacia la sala de pailas. Allí, dibujado sobre la espuma el mayor número de pies posible, era gritarle a Vicente Cochocho, si es que estaba presente, y si no, al grupo general de los emburradores:

—¿Que cuándo sueltan la molienda, pues? ¡Que anden, que an­den, que ya es hora! ¡A almorzar! ¡A almorzar!

"Soltar la molienda" o "almorzar" era detener el movimiento de la rueda y los cilindros al lanzar el agua por la acequia de mamposteria, camino de un estanque en el cual, junto a enredaderas, pena­chos de bambú y un ancho cují, nos bañábamos diariamente a pleno sol, bajo el estruendo del chorrerón, entre los remolinos de su corriente y los perfumes que iba dejando el agua sobre la tierra y las piedras musgosas.

Junto a la rueda grande del trapiche, el ruido del agua apagaba las voces. Mirando nuestra actitud y nuestras bocas gritonas, los emburradores, que ya sabían a qué atenerse, se veían reducidos a decirnos por señas que aún no había llegado la hora de soltar la molienda y a fin de completar la explicación nos mostraban con la mano el montón de caña que faltara por moler.

En espera del agua, corríamos entonces todas, cada cual por su lado, a pedirle a un peón que "nos pelara una cañita". El peón aludi­do dejaba su quehacer, escogía una caña, la pelaba con el machete, la dividía en gajos, y cada niñita, con su caña enarbolada, chupando y goteando zumo, se iba trapiche arriba y trapiche abajo a ver qué se hacía y averiguarlo todo, cuantas más preguntas, mejor.

No sé qué tal seria para mis hermanitas; por lo que a mí respec­ta, puedo asegurar que en el trapiche, esperando el momento propi­cio de soltar la molienda, chupando gajos de caña, con las manos pegajosas y con varios riachuelos de zumo corriéndome por el cue­llo y por los brazos, pasé los ratos más amenos de mi vida.

En el trapiche no se reunía la gente con el objeto de divertirse: he aquí por qué la reunión era amena y agradable. Allí para contemplar los diversos espectáculos, no era menester, como en el teatro, sentarse en una butaca y quedarse inmóvil, en silencio, durante varias horas, con un par de gemelos en la mano y una pierna dormida, mirando a lo lejos, entre telas y tablas pintadas, hacer ademanes y decir trivialidades de un orden simétrico y monótono. En al trapiche no era indispensable, como en los bailes, dar vueltas y vueltas gravemente y a compás, sobre tacones altísimos, ni tampoco era de rigor el afirmar, con un sandwich en una mano y una copa de champagne en la otra, todos esos lugares comunes que la mayoría de nuestros interlocutores, mucho más elocuentes que nosotros, afirman con tanto ardor y con tanta seguridad, en forma brillante y arrolladora.

El espectáculo del trapiche, variado, vivo y lleno de colores no es­clavizaba la atención, ni tiranizaba los movimientos. Mirando espu­mar un fondo, saltar el temple en la tacha, correr el melado en las canales, batir un alfondoque, menear con una pala el papelón ca­liente, volar las hormas llenas, alegremente, por los aires, de mano en mano, como bailarinas; mirando, digo, tanta escena diversa y diver­tida, se podía al mismo tiempo chupar caña, comer melcocha y pen­sar en lo que se quisiera.

En el trapiche era lícito agobiar con preguntas al templador, para dejarlo de golpe con la palabra en la boca, dar media vuelta, e irse a agobiar con las mismas preguntas al espumador del primer fondo, sin decir previamente a ninguno de los dos: "¿Me permite usted un instante, señor?" En el trapiche, tanto el cuerpo independiente, co­mo la fantasía alada, al igual de las avispas, podían posarse aquí, allá o acullá, cuando y como mejor les pareciera. Libertad de mo­vimiento y libertad de pensamiento, ¿no son dos factores indispen­sables al bienestar? ¿Y aquel olor tan rico que en el ínterin, por el humo y el vapor, exhalaba la tacha y exhalaban los fondos? ¿Y el lin­do color dorado del papelón fino de caña buena? ¿Y el color oscuro del pobrecito papelón humilde de cachaza o caña mala? ¿Y el grito armonioso del templador, clamando de pronto por una reja, como la campana del ángelus en la tarde:

—¡Candelaaa!?

¿Y la actitud de todo el mundo? Nadie en la sala de pailas, ni en la sala de la molienda, ni en el patio del bagazo y de las bagaceras, tenía movimientos activos, esos bruscos movimientos de la actividad, llenos de inarmonía y desbordantes de soberbia, que parecen gritar: "¡Yo soy el creador aquí; todo es obra de mis manos, adelante, de prisa, viva yo, y viva mi genio!" No, en el amable trapiche los movimientos no podían ser más lentos. Nadie pretendía crear nada. El largo proce­so del papelón, como cosa de la naturaleza y no de la industria, pa­recía hacerse solo, por obra bendita del tiempo necesario; poco a poco, poquito a poquito. Los treinta o cuarenta peones del trapiche asistían al proceso del papelón como se asiste a un nacimiento: una ligera inter­vención; mucha paciencia, conversación y nada más.

El trapiche, era, pues, el bienestar sencillo y bueno. Violeta lo derrumbó con una sola palabra. ¡Ah! Violeta era fuerte porque era emprendedora y agresiva, Sus palabras, ya lo han visto, como las de ciertos diputados y senadores torcían el curso tranquilo de la vida, Muchedumbres pacíficas tenían que sufrir después las consecuencias.

Ahora ya, vigente la dura prohibición, antes de ir al baño, nos veíamos reducidas a quedarnos arriba, junto a la represa vecina del canalón, en la cúspide de la rueda grande. Si queríamos echar un vistazo a nuestro querido trapiche, era menester desde allí arriba asomar las cabezas en fila, por encima de una tapia. A duras penas, puestas en puntillas o subidas a unas piedras, lográbamos pasar ojos y narices; muy raras veces la boca. Así, como Dios nos ayudara, solíamos lanzar nuestro ruego cotidiano:

—¿Que cuándo sueltan la molienda, pues? ¡Que se vayan a almor­zar! ¡Que anden, que anden! ¡Que ya es hora!

Ruego que iba a fundirse en la noche profunda de las cosas igno­radas. Nadie nos atendía, puesto que perdidas allá arriba, entre la ta­pia y el ruido del agua, ni se nos veía, ni se nos oía.

Debo en justicia advertir una cosa. Aun cuando la prohibición regía en todo vigor como he dicho ya, Evelyn, de vez en cuando, nos agru­paba después del baño y declaraba esto:

—Hoy, como todas se han portado bien, van a ir conmigo a trapiche.

Nuestros alaridos de felicidad eran ensordecedores, y nuestras carreras, desenfrenadas. Al fin de cuenta yo creo que, de no haber pronunciado Violeta su célebre palabra, de nefastos resultados, el re­cuerdo del trapiche se hubiera perdido sin duda en la multitud anó­nima de lugares, personas y escenas que yacen enterradas en mi memoria, como en un cementerio. Violeta provocó la severidad de Evelyn, la severidad de Evelyn salvó el trapiche de la oscuridad. El trapiche brilla, el trapiche titila en mis recuerdos.

¡Excelente Evelyn! Su influencia bienhechora pobló de alegrías nuestra infancia y apartó de ella el negro, el cruel aburrimiento que tortura el alma de los niños mimados, pobres víctimas de la sacie­dad, pobres capullos marchitos por el desencanto. Al sembrar prohi­biciones sobre los objetos y lugares que nos rodeaban, Evelyn les daba vida. Soplando al igual que Dios encima de lo inerte, le ponía un alma divina: el alma que anima todo lo deseable.

Si mi infancia fue feliz; si mi infancia me llama y me sonríe de con­tinuo a través de los años, es porque transcurrió libremente en plena naturaleza y porque tan libre transcurrir iba no obstante encauzado como van los ríos. Ni mis hermanitas ni yo nos vimos jamás presas entre cuatro paredes, rodeadas de cajas de dulce, de muñecas, de ca­rros, de caballos de cartón, de todos esos horribles juguetes tenebro­sos, que como los pesares de la vida adulta tiene por fuerza que sobrellevar la infancia. Cuando a alguna de nosotras se nos rega­laba o compraba una muñeca, la estrechábamos en nuestros brazos mientras representara algo nuevo. A las dos horas, aburridas de ver aquellos ojos siempre fijos y aquellos miembros siempre tiesos, cesa­ba ya de interesarnos y: ¡al diablo la muerta, al diablo la vieja! No la tocábamos más. Teníamos razón.

Nuestros juguetes preferidos los fabricábamos nosotras mismas bajo los árboles, con hojas, piedras, agua, frutas verdes, tierra, botellas inú­tiles y viejas latas de conservas. Al igual de los artistas, sentíamos así la liebre divina de la creación; y, como los poetas, hallábamos afinidades secretas y concordancias misteriosas entre cosas de apariencias diver­sas. Cuando cogíamos, pongo por caso, una latica vieja, y con un clavo y una piedra le hacíamos un agujero, al cual adaptábamos una caña o limón; a éste un par de tusas o cuescos de mazorca que hacían el pa­pel de bueyes; a cada tusa o cuesco dos espinas curvas que imitasen dos cuernos; al todo una caña larga o sea una garrocha; cuando rema­tada la obra, tirando de la garrocha y remedando la voz de los gañanes, gritábamos a las tusas rebeldes:

—¡Arre, buey! ¡Atrás, Golondrina! ¡Apártate, Lucerito!

Con la lata, las dos tusas y las cuatro espinas, habíamos hecho un carro con su yunta y habíamos hecho también un poema.

El resto de mi existencia debía transcurrir bajo el mismo régimen amable y severo bajo el cual transcurrió mi primera infancia. La vi­da imitó a Evelyn, me dio a probar todos sus bienes; pero, bonda­dosa, me los dio tan tasados y tan a su hora que jamás la saciedad vino a apagar en mi alma la fresca alegría del deseo. Como al pasar los años, indiferentes no se llevaron entre sus dedos raudales de belleza, de amor, ni de honores, no detesto los años pasados en mí, ni aquellos que aún no han pasado de los otros. El tiempo, al be­sarme los cabellos, me coronó tiernamente con mi propio nombre, sin nunca llegar a clavarme en el alma sus dientes de amargura: a los setenta y cinco años aún siento latir mi corazón ante la perspectiva de una excursión campestre en automóvil bajo el sol entre montañas, y mis manos tiemblan todavía de emoción y de impaciencia al desa­tar los lazos que anudan con gracia exquisita la sorpresa de un regalo.

 

Teresa de la Parra. Las Memorias de Mamá Blanca. Obra Escogida. México: Fondo de Cultura Económica, 1992.

 


 

TERESA DE LA PARRA

Influencia de las mujeres en la formación del alma americana

Conferencia dictada en Bogotá, Colombia, 1930.

 

...En Paita la encontró como hemos visto Simón Rodríguez. En Paita la visitó Garibaldi. En

Paita alcanzó a conocerla don Ricardo Palma quien la describe ya muy vieja sentada en su

sillón de paralítica a un lado del patio en su modesta casita de bahareque. A veces, cuenta

Palma, alguien que venía a verla o a comprar jarabe preguntaba desde la puerta de entrada:

—"¿Está aquí la Libertadora?"

—Adelante ¿qué quiere con la Libertadora? —contestaba ella desde su silla de ruedas.

 


Lezama Lima

PARA UN FINAL PRESTO

 

Una muchedumbre gnoseológica se precipita­ba desembocando con un silencio lleno de agude­zas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran trans­parentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido con­tingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a preci­pitar en el suicidio colectivo al final de sus leccio­nes. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refi­nada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hi­jos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos.

La primera idea de fundar El secuestro del tam­boril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el tran­ce de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amisto­sas conversaciones, donde los jóvenes fuesen cons­piradores o amigos, pero donde pudiesen irse pre­parando para entrar en la muerte, cuando se cum­pliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven des­melenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la sel­va no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.

Habían acudido los trescientos treinta y tres jó­venes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóve­nes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuer­po se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas disemina­das de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apre­surado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.

Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenía para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sóta­nos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diaman­tes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diaman­tes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurri­dos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeri­dad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.

La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para ini­ciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos len­tos, casi pitagorizados de los estoicos. A las pri­meras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, pro­rrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos especta­dores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.

El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intui­ción desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamen­te arruinado, con quien había vivido desde los cin­co años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero francis­cano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.

El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recor­daba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustra­do su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del co­mandante en éxtasis.

La plaza pública ofrecía diagonalmente la pre­sencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servi­cios de ambos. Así, mientras lentamente iban ce­sando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en ceji­juntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las sali­das. Días antes del vuelco definitivo de los estoi­cos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festi­vidad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festi­val, pero regresaban los frascos portando los vene­nos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el trans­curso, se quedaban absortos al observar cómo abre­vando los estoicos entraban en la Moira. Los estoi­cos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.

El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capi­tán, que la salida era la de los conspiradores falsa­rios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoi­cos pero al observar posteriormente cómo condu­cían hasta los labios de los que él presuponía cons­piradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.

Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipula­ción de los nítricos, trabajaba un pacifista deses­perado. Fundador de la sociedad La blancura co­municada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo sui­zo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoi­cos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valero­samente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.

Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contem­plar a los gendarmes y a los supuestos conspirado­res, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de in­mediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegado­ra furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuan­do creían que la muerte lanzada con exquisita geo­metría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfra­zada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle im­perfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatien­te, hecho maliciosamente para que el conjunto ad­quiera una deslizada exquisitez.

El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada acti­vísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.

El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigi­laba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equí­vocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.

Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspi­rantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les se­ría fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el últi­mo muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.

La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, fi­nos, capciosos, con sus dedos como un instrumen­tal probándose en la yugular regicida.

Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena.

 


José Antonio Ramos Sucre

LAS FORMAS DEL FUEGO

 

EL POLÍTICO

 

La carroza del caudillo sanguinario solivianta el polvo de la ruta de fuego. Su escolta ha recogido las tiendas de campaña sobre el lomo de unos perros inicuos.

El tizne del incendio releva la tez bisunta y los cabellos lacios de los guerreros enjutos, efialtos y vestiglos, delirio de un bonzo.

El mandarín, astuto y perezoso, gato sibarita, socava el auge de la horda montes. Su discurso indirecto, proferido a sovoz en una entrevista con los invasores, divierte el estrago a una lontananza quimérica. Su frívolo cincel refina la corola de marfil de una flor mecánica.

El tropel de sagitarios, amenaza frenética, se engolfa en el erial, se encara al cielo resplandeciente, de límites violáceos. Un numen aleve suelta la cuadriga de los torbellinos y sepulta la algazara de los jinetes bajo un tapiz monótono.

El mandarín, azar de su niñez, recibió de su maestro, un peregrino tunante, el apólogo de la calavera nihilista, en el sitio del vendaval. Un astrólogo señalaba ese día el equilibrio de los elementos.

 

EL MANDARÍN

 

Yo había perdido la gracia del emperador de China.

No podía dirigirme a los ciudadanos sin advertirles de modo explícito mi degradación.

Un rival me acusó de haberme sustraído a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a la puerta de mi audiencia.

Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y desdentados, y los despidieron a palos.

Yo me prosterné a los pies del emperador cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.

Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.

Me confió el develamiento y el gobierno de un distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes. Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.

La miseria había soliviantado los nativos. Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos. Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un ataúd.

Yo restablecí la paz descabezando a los hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados cortaron después las manos de las mujeres.

El emperador me honró con su visita, me subió algunos grados en su privanza y me prometió la perdición de mis émulos.

Sonrió dichosamente al mirar los brazos de las mujeres convertidos en bastones.

Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los caminos.

 

EL RETRATO

 

Yo trazaba en la pared la figura de los animales decorativos y fabulosos, inspirándome en un libro de caballería y en las estampas de un artista samurai.

Un biombo, originario del Extremo Oriente, ostentaba la imagen de la grulla posada sobre la tortuga.   

El biombo y un ramo de flores azules me habían sido regalados en la casa de las cortesanas, alhajada de muebles de laca. Mi favorita se colgaba afectuosamente de mi brazo, diciéndome palabras mimosas en su idioma infranqueable. Se había pintado, con un pincel diminuto, unas cejas delgadas y largas, por donde resaltaba la tersura de nieve de su epidermis. Me mostró en ese momento un estilete guardado entre su cabellera y destinado para su muerte voluntaria en la víspera de la vejez. Sus compañeras reposaban sobre unos tapices y se referían alternativamente consejas y presagios, diciéndose cautivas de la fatalidad. Fumaban en pipas de plata y de porcelana o pulsaban el laúd con ademán indiferente.

Yo sigo pintando las fieras mitológicas y paso repentinamente a dibujar los rasgos de una máscara sollozante. La fisonomía de la cortesana inolvidable, tal como debió de ser el día de su sacrificio, aparece gradualmente por obra de mi pincel involuntario.

 

EL RAJÁ

 

Yo me extravié, cuando era niño, en las vueltas y revueltas de una selva. Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de ser estrangulado por una liana florecida.

Más de un árbol se parecía al asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y devorado por las hormigas.

Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse, el maestro de los chinos.

Pretendió guardarme de la sugestión de los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del bosque.

El anciano había rescatado de la servidumbre a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del caballo de su señor.

El joven llego a ser mi compañero habitual. Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me volviese a su corte.

Mi desaparición abrevió los días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme su muerte y mi elevación al solio.

Olvidé fácilmente al amigo de antes, secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.

Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo entregaron al mordisco sangriento de sus perros.

 

LAS SUPLICANTES

 

Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su desgracia.

El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta a un lado con la más serena y diserta.

No podían sufrir los oprobios de su señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.

Yo salí inmediatamente a impedir la generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.  

Yo había dominado, en esos días, una sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al cebú.

Yo le había inferido el agravio más pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de cáñamo.

Las suplicantes fueron devueltas a su dueño por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente y bajo el azote de uno de mis esclavos.

Yo las puse en manos de su amo y le recomendé un castigo memorable.

Las paseó, en medio de la gritería popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de sarna.

Unas viejas les salieron al encuentro, dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles puños de la basura de la calle.

 


Carlos Arturo Truque

PORQUE ASÍ ERA LA GENTE

Hasta la zorra tiene su guarida;

solo el hijo del hombre no tiene una piedra

en donde reclinar la cabeza…

 

Entró soñoliento al café y, sin dejarse sentir, ocupó una mesa. Vio a los parroquianos, vio a la copera. Se quedó quieto, esperando; mirando con ojillos de animal asustado.

Vino un borracho, cantando, y él metió la cabeza entre las manos para ocultarla, para no dejarse ver, porque tenía vergüenza y no sabía de qué.

El borracho pasó de largo, con su tonadilla estúpida bien apretada entre la boca. Pasó y fue en dirección a la radiola. Buscó una moneda y, no mucho rato después, se oyó el jadeo del sonsonete que el ebrio entró canturreando.

Volvió el hombre, haciendo guitarras imaginarias, muy disuelta la voz en sus alcoholes, y se paró frente a él con una mueca asquerosa, que él imaginaba sonrisa.

—¿Se puede? —preguntó, indicando el asiento.

Se quedó inmóvil, sin responder.

—¿Por qué no contesta? ¿O es que se le han comido la lengua los ratones? ¿O es que ya no le gusto? —comentó el ebrio.Y nada; el otro, el que estaba sentado, seguía igual con su silencio, con sus ojos que miraban desde el fondo de la tristeza, del aturdimiento y del estupor. Nada; si era igual que una piedra.

Vino la copera: caderas amplias, con movimientos de mar semiagitado, provocativas; los labios agrandados de rouge, el pelo negro y la cara, en total, como un retrato, bello en otro tiempo, ya desvanecido. Se paró.

—¿Quieren algo los señores?

El borracho le agarró las caderas, y ella se dejó. Quiso hacer lo mismo con los senos, pero lo rechazó de un manotazo.

El ebrio hipó una palabrota y se sentó.

—Quiero una cerveza…

—¿Y el señor?

—¡Ah! El señor —habló el borracho— yo no sé qué quiere el señor; pero tráigame mi cerveza, y luego vemos. Me pone un disco.

—¿Cuál?

—El que yo puse; ese que dice: «… Después que uno viva veinte desengaños…».

—¡Ah! —dijo la mesera, y se fue. El borracho se quedó repitiendo: «¡Qué bonito…! “Después que uno viva veinte desengaños…” ¡Qué bonito, muy, pero muy bonito!…».

Después reparó en el hombre que estaba ya sentado cuando él llegó, y le dijo:

—Bueno: ¿y es que usted no va a abrir la boca…? ¿Quiere un trago de cerveza? ¡Yo pago! ¡Pedro paga todo esta noche…! ¡Maldita sea…! Si pa’ eso se trabaja… Y el día de gastar se gasta. ¡Pedro está contento hoy…! ¡Ahijuelapataaada si estaré contento! ¿No…? ¡Tome un cigarrillo!

Le alargó los cigarrillos, aplastados como los de cualquier ebrio. El otro los recibió, dubitativo, y extrajo uno.

Al ebrio se le extravió otra sonrisa e hizo una de las muecas que las reemplazaban.

—¡Así, así me gusta! —exclamó como quien llega de un triunfo—. Así, que la gente esté contenta.

Le puso la llama al alcance, y el otro encendió. Regresaba la mesera.

—¿Quiubo del disquito? ¿Me lo va a poner, pues?

—Sí; ya va, pero espere. ¿No ve que hay tanta gente?

—Está bien —se expresó el hombre—. ¡No es para tanto, linda!

Traiga otra cerveza para el señor.

—No, no señor, no se preocupe —rechazó el otro.

—¡Ah! ¡Qué caray! ¡Se la toma, porque se la toma! ¡Tráigala no más!

—Es que yo no tomo; no quiero tomar —protestó el invitado.

Pero ya la copera se alejaba, seguida de las exclamaciones entusiastas del borracho.

—¡Qué hembra! ¡Qué hembra! ¡Por Dios! —repetía.

—Sí; es bonita —dijo el otro, por apoyar.

Y fumaba en silencio, viendo al borracho, viendo a los parroquianos, y, sobre todo, viéndose él mismo. Viéndose subir la calle 10, en cualquier noche de tantas. Una calle con frío, inhumana, bestial, con olor a aguardiente y prostitutas; y los cafés con sus coperas, siempre arrojándolo cuando se quedaba dormido; y el policía, el soldado, con sus culatas, empujándolo, lanzándolo fuera de la vida. Fuera de la vida, que es la calle, con su angustia, con su vértigo, con su contento duro, pero quizá más blando que las almas de quienes pasaban a su lado con las caras serias y graves; con sus ojos abiertos para las cosas y cerrados para el dolor y la amargura ajena.

Aun este hombre que, borracho, se acercó a brindarle una cerveza y un cigarrillo, no le daría un pan, si se lo pidiera.

El borracho lo llamó:

—¡Oye! ¿De dónde eres?

—Busco trabajo, ¿sabe? Soy del Valle, de Cali.

—¿Sííí…? ¿Y es bonito? Yo no conozco. ¿Es grande como Bogotá?

—¿Bonito? ¡Ah!, muy bonito —murmuró el otro como quien contempla la alegría desde una desventura—. ¡Más que Bogotá! —terminó.

—Yo no conozco —continuó el ebrio—, pero me han contado. Me contó un amigo que hay unas mujeres, ¡mi madre!, que son… —hizo con las manos una cintura en el aire y completó con un silbido. Rió luego con estrépito. El otro lo secundó con mucha menos energía.

Regresó la copera con la cerveza y se dejó tocar un poco más del hombre que antes rechazó.

—¿Y el disco? ¿Cuándo lo pone? ¡Yo no lo he oído!

La copera, ya desentendida, fue hasta el aparato. Jadeó este un momento, y se oyó: «Después que uno viva veinte desengaños…».

—¡Qué bonito; pero qué bonito! —farfulló el borracho. Luego se volvió a los circunstantes y gritó—: ¿Quién dice que no es bonito…? ¡Qué carajo; sí es bonito!

Buscó con los ojos a la copera.

—Venga, mija. ¡Venga y clávese una cerveza!

Ella no quiso acudir. El ebrio ensayó levantarse, no pudo, y prefirió tomarse la bebida de un solo tirón. Acabada esta, buscó palabras que no le salieron y ensayó gestos que nada decían. Quedó con la cabeza sobre la mesa, con un brazo colgando a cada lado.

El otro se tomó la suya despacio, despacio, como si le hiciera daño, o como si quisiera estar con ella el mayor tiempo posible.

Bebió la mitad y se tiró a la mesa con las manos a guisa de almohada.

Al principio oía el conversar de los clientes, las bolas de billar cuando chocaban, la radiola; después no oyó nada.

Lo despertó la mesera con un sacudón.

—Vamos a cerrar —le reconvino.

El borracho ya no estaba. Permaneció un instante con las manos sobre la cara.

—Que vamos a cerrar —volvió a advertirle la copera.

—Sí; ya sé. Van a cerrar; ya lo sé —respondió.

Se desperezó para levantarse, pensando que él lo sabía. Ya estaba tan acostumbrado. ¡Cómo no lo iba a saber! Que por donde entraba, lo sacaban; que de donde se sentaba, lo levantaban; que de cualquier sitio lo empujaban a su casa, que era la calle.

Afuera cortaba el frío y se subió las solapas del saco. Tenía las piernas flojas. Pensó que era culpa de la cerveza.

Se marchó, calle arriba, con la vista en tierra. Tropezó con un palo y le dieron deseos de patearlo para darse calor. Se aburrió a poco y lo alzó, dándole vueltas entre las manos.

Al pasar veía, como siempre, las mujerzuelas de la zona en posturas incitantes; se rieron cuando no les hizo caso. Muy lejos le acompañaron palabras de burla. Empezó a sentir cansancio y se paró.

Al pararse recomenzaron las burlas, que ya habían cesado. Se sentó en la acera. Vino el sueño; pero vino también el policía con su culata y lo tocó:

—Circule, amigo; la calle no es para dormir.

«En la calle no se duerme ni se come», pensó. Pero él no tenía más. Solo la calle, el hambre y el deseo de dormir. Se alzó, con el palo en la mano, y siguió. Vio una vitrina, miró al policía y le asaltó una idea. Le dio con el garrote al vidrio y esperó. Esperó sin moverse.

—¡Alto! ¡Alto! —gritó el agente.

Tal como estaba, quieto, lo encontró este. No opuso resistencia: se dejó llevar. Cuando lo interrogaban permaneció cerrado como una pared y apenas se restregaba los ojos. Lo trasladaron al patio.

Allí se recostó, a la longitud de su estatura, a dormir un sueño largo tiempo acariciado. Un sueño que ya no le interrumpiría la copera ni el agente de turno.

Afuera quedaba la calle fría, inhumana, bestial, con su olor a aguardiente y a prostitución, en cada esquina un policía empujando a otros hombres fuera de la vida. Él dormiría y quizá mañana le dieran hasta de comer «porque así era la gente…».

 

Porque así era la gente en Vivan los compañeros. Cuentos completos. Bogotá: Ministerio de Cultura, 2010.

 


Felisberto Hernández

NADIE ENCENDÍA LAS LÁMPARAS

 

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.

La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.

Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.

La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".

Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:

-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.

Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:

-No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.

Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:

-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.

Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.

-¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!

De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté:

-¿Cómo se llama?

-¿Quién?

-El señor... recalcitrante.

-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.

Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!"

Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:

-No estoy de acuerdo con ustedes.

-¿Por qué?

-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.

-¿Cómo?

-Se repite a largos pasos.

Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:

-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.

Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:

-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.

La sobrina de las viudas no se pudo contener.

-¡Jesús, pareces Blancanieves!

Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:

-Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?

-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.

-Y usted, ¿no lo podría hacer?

-Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.

Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.

Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:

-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.

Volví a pensar en la gallina y le contesté:

-¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!

Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:

-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?

Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.

-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.

-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?

-Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.

Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.

Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.

Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:

-Tengo que hacerle un encargo.

Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.

 


Julio Cortázar

PRÓLOGO: “CARTA EN MANO PROPIA”

     «Felisberto, tú sabés» (no escribiré «tú sabías»; a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes), tú sabés que los prólogos a las ediciones de obras completas o antológicas visten casi siempre el traje negro y la corbata de las disertaciones magistrales, y eso nos gusta poquísimo a los que preferimos leer cuentos o contar historias o caminar por la ciudad entre dos tragos de vino. Descuento que esta edición de tus obras contará con los aportes críticos necesarios; por mi parte prefiero decirles a quienes entren por estas páginas lo que Antón Webern le decía a un discípulo: «Cuando tenga que dar una conferencia, no diga nada teórico sino más bien que ama la música». Aquí para empezar no habrá ni sospecha de conferencia, pero a vos te divertirá el buen consejo de Webern por la doble razón de la palabra y la música, y sobre todo te gustará que sea un músico el que nos abra la puerta para ir a jugar un rato a nuestra manera rioplatense.

     Esto de abrir la puerta no es un mero recuerdo infantil. En estos días en que andaba dándole la vuelta a la máquina de escribir como un perrito necesitado de árbol, encontré cosas tuyas y sobre vos que no conocía en los remotos tiempos en que por primera vez leí tus libros y escribí páginas que tanto te buscaban en el terreno de la admiración y del afecto. Y te imaginarás mi sorpresa (mezclada con algo que se parece al miedo y a la nostalgia frente a lo que nos separa) cuando llegué a un epistolario recogido por Norah Gilardi (Giraldi), en el que aparecen las cartas que le escribiste a tu amigo Lorenzo Destoc mientras hacías una gira musical por la provincia de Buenos Aires. Como si nada, sin el menor respeto hacia un amigo como yo, fechás una carta en la ciudad de Chivilcoy, el 26 de diciembre de 1939. Así, tranquilamente, como hubieras podido fecharla en cualquier otro lado, sin demostrar la menor preocupación por el hecho de que en ese año yo vivía en Chivilcoy, sin inquietarte por la sacudida que me darías treinta y ocho años más tarde en un departamento de la calle Saint-Honoré donde estoy escribiéndote al filo de la medianoche.

     No es broma, Felisberto. Yo vivía entonces en Chivilcoy, era un joven profesor en la escuela normal, vegeté allí desde el 39 hasta el 44 y podríamos habernos encontrado y conocido. De haber estado a fines de ese diciembre no hubiera faltado al concierto del Terceto Felisberto Hernández, como no faltaba a ningún concierto en esa aplastada ciudad pampeana por la simple razón de que casi nunca había concierto, casi nunca pasaba nada, casi nunca se podía sentir que la vida era algo más que enseñar instrucción cívica a los adolescentes o escribir interminablemente en un cuarto de la Pensión Varzilio. Pero habían empezado las vacaciones de verano y yo aprovechaba para volver a Buenos Aires donde me esperaban mis amigos, los cafés del centro, amores desdichados y el último número de Sur: Vos tocaste con tu Terceto en eso que llamás a secas «el club» y que conocí muy bien, el Club Social de Chivilcoy detrás de cuyo amable nombre se escondían las salas donde el cacique político, sus amigos, los estancieros y los nuevos ricos se trenzaban en el póker y el billar. Cuando en tu carta le decís a Destoc que la discusión para que te aceptaran y te pagaran el concierto se libró junto a una mesa de billar, no me enseñás nada nuevo porque en ese club todas las cosas se libraban así. Muy de cuando en cuando, a regañadientes pero obligados a cuidar la fachada de las «actividades culturales», los dirigentes accedían a un concierto o a una velada presuntamente artística, que pagaban mal y sin ganas y que escuchaban apoyándose entredormidos en el hombro de sus nobles esposas. Si te hablara de algunas cosas que vi y escuché en esos tiempos no te sorprenderían demasiado y en todo caso te divertirían, vos que les contabas tantos cuentos a tus amigos como un preludio para aflojar los dedos antes de refugiarte en tu cuarto de hotel y escribir tus cuentos, justamente ésos que hubiera sido imposible contar sin destruir su razón más profunda. En esos mismos salones donde tocaste con tu terceto yo escuché, entre otras abominaciones, a un señor que primero contempló al público con aire cadavérico (probablemente tenía hambre) y luego exigió silencio absoluto y concentración estética pues se disponía a interpretar la… sinfonía inconclusa de Schubert. Yo me estaba frotando todavía los oídos cuando arrancó con un vulgar pot-pourri en el que se mezclaban el Ave María, la Serenata, y creo que un tema de Rosamunda; entonces me acordé de que en los cines andaban pasando una película sobre la vida del pobre Franz que se llamaba precisamente La sinfonía inconclusa, y que este desgraciado no hacía más que reproducir la música que había escuchado en ella. Inútil decirte que en el selecto público no hubo nadie a quien se le ocurriera pensar que una sinfonía no ha sido escrita para el piano.

     En fin, Felisberto, ¿vos te das cuenta, te das realmente cuenta de que estuvimos tan cerca, que a tan pocos días de diferencia yo hubiera estado ahí y te hubiera escuchado? Por lo menos escuchado, a vos y al «mandolión» y al tercer músico, aunque no supiera nada de vos como escritor porque eso habría de suceder mucho después, en el cuarenta y siete cuando Nadie encendía las lámparas. Y sin embargo creo que nos hubiéramos reconocido en ese club donde todo nos habría proyectado el uno hacia el otro, yo te habría invitado a mi piecita para darte caña y mostrarte libros y quizá, vaya a saber, alguno de esos cuentos que escribía por entonces y que nunca publiqué. En todo caso hubiéramos hablado de música y escuchado los discos que yo pasaba en una victrola más que rasposa pero de donde salían, cosa inaudita en Chivilcoy, cuartetos de Mozart, partitas de Bach y también, claro, Gardel y Jelly Roll Morton y Bing Crosby. Sé que nos hubiéramos hecho amigos, y andá a imaginar lo que habría salido de ese encuentro, cómo habría incidido en nuestro futuro después de conocernos en Chivilcoy; pero claro, justamente entonces yo tenía que irme a Buenos Aires y a vos se te ocurría elegir ese hueco para dar tu concierto.

     Fijate que las órbitas no solamente se rozaron ahí sino que siguieron muy cerca durante una punta de meses. Por tus cartas sé ahora que en junio del 40 estabas en Pehuajó, en julio llegaste a Bolívar de donde yo había emigrado el año anterior después de enseñar geografía en el colegio nacional, horresco referens. Andabas dando tumbos musicales por mi zona, Bragado, General Villegas, Las Flores, Tres Arroyos, pero no volviste a Chivilcoy, la batalla junto a la mesa de billar había sido demasiado para vos. Todo eso asoma ahora en tus cartas como de un extraño portulano perdido, y también que en Bolívar paraste en el hotel La Vizcaína, donde yo había vivido dos años antes de mi pase a Chivolcoy, y no puedo dejar de pensar que a lo mejor te dieron la misma pieza flaca y fría en el piso alto, allí donde yo había leído a Rimbaud y a Keats para no morirme demasiado de tristeza provinciana. Y el nuevo propietario que se llamaba Musella, te acompañó sin duda hasta tu pieza, frotándose las manos con un gesto entre monacal y servil que bien le conocí, y en el comedor te atendió el mozo Cesteros, un gallego maravilloso siempre dispuesto a escuchar los pedidos más complicados y traer después cualquier cosa con una naturalidad desarmante. Ah, Felisberto, qué cerca anduvimos en esos años, qué poco faltó para un zaguán de hotel, una esquina con palomas o un billar de club social nos vieran darnos la mano y emprender esa primera conversación de la que hubiera salido, te imaginás, una amistad para la vida.

    Porque fijate en esto que mucha gente no comprende o no quiere comprender ahora que se habla tanto de la escritura como única fuente válida de la crítica literaria y de la literatura misma. Es cierto que a mí no me hizo falta encontrarte en Chivilcoy para que años más tarde me deslumbraras en Buenos Aires con El acomodador y Menos Julia y tantos otros cuentos; es cierto que si hubieras sido un millonario guatemalteco o un coronel birmano tus relatos me hubieran parecido igualmente admirables. Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía) te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran gentes incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así, con el sordo y persistente pedal de la primera persona, de la rememoración obstinada de tantas lúgubres andanzas por pueblos y caminos, de tantos hoteles fríos y descascarados, de salas con públicos ausentes, de billares y clubes sociales y deudas permanentes. Ya sé que para admirarte basta leer tus textos, pero si además se los ha vivido paralelamente, si además se ha conocido la vida de provincia, la miseria del fin de mes, el olor de las pensiones, el nivel de los diálogos, la tristeza de las vueltas a la plaza al atardecer, entonces se te conoce y se te admira de otra manera, se te vive y convive y de golpe es tan natural que hayas estado en mi hotel, que el gallego Cesteros te haya traído las papas fritas, que los socios del club te hayan discutido unas pocas monedas entre dos golpes de billar. Ya casi no me asombra lo que tanto me asombró al leer tus cartas de ese tiempo, ya me parece elemental que anduviéramos tan cerca. No solamente en ese momento y esos lugares; cerca por dentro y por paralelismos de vida, de los cuales el momentáneo acercamiento físico no fue más que una sigilosa avanzada, una manera de que a tantos años de una mesa de billar, a tantos años de tu muerte, yo recibiera fuera del tiempo el signo final de la hermandad en esta helada medianoche de París.

     Porque además también viviste aquí, en el barrio latino, y como a mí te maravilló el metro y que las parejas jóvenes se besaran en la calle y que el pan fuera tan rico. Tus cartas me devuelven a mis primeros años de París, tan poco tiempo después que vos; también yo escribí cartas afligidas por la falta de dinero, también yo esperé la llegada de esos cajoncitos en los que la familia nos mandaba yerba y café y latas de carne y de leche condensada, también yo despaché mis cartas por barco porque el correo aéreo costaba demasiado. Otra vez las órbitas tangenciales, el roce sigiloso sin que nos diéramos cuenta; pero qué querés, a mí me tocaría encontrarte en tus libros y a vos no encontrarme en nada; en este territorio en que habitamos eso no tuvo ni tiene importancia, como no la tiene el que ahora yo no lleve esta carta al correo. De cosas así vos sabías mucho, bien que lo mostrás en Las manos equivocadas y en tantos otros momentos de tus relatos que al fin al cabo son cartas a un pasado o a un futuro en los que poco a poco van apareciendo los destinatarios que tanto te faltaron en la vida.

     Y hablando de faltas, si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio y a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga, y Lezama Lima entrando en la materia de la realidad con esas jabalinas de poesía que descosifican las cosas para hacerlas acceder a un terreno donde lo mental y lo sensual cesan de ser siniestros mediadores. Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Julia y de La casa inundada.

    Bueno, se me acaba el papel y ya sabemos que el franqueo es caro, por lo menos el que paga el lector con su atención. Acaso hubiera sido preferible callar cosas que siempre supiste mejor que los demás, pero confesá que la historia de la sinfonía inconclusa te hizo reír, y que seguro te gustó saber que habíamos estado tan cerca allá en las pampas criollas. Esta carta te la debía aunque no sea ni de lejos las que te escriben otros más capaces. A mí me pasó lo que vos mismo dijiste tan bien: «Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado». Ahora llega el otro sueño, el de las dos de la mañana. Déjame que me despida con palabras que no son mías pero que me hubiera gustado tanto escribirte. Te las escribió Paulina también de madrugada, como un resumen de lo que había encontrado en vos: Las más sutiles relaciones de las cosas, la danza sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprehensible; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti.

            Te querrá siempre, Julio Cortazar.

Prólogo a Novelas y cuentos, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1985.

 

Italo Calvino

“LAS ZARABANDAS MENTALES DE FELISBERTO HERNÁNDEZ”

PRÓLOGO A NESSUNO ACCEDEVA LE LAMPADE 

Las aventuras de un pianista sin dinero, en donde el sentido de lo cómico transfigura la aventura de una vida tejida de derrotas, son los puntos de partida de los relatos del uruguayo Felisberto Hernández. Basta que comience a narrar las miserias que se ha desarrollado entre las orquestas de Montevideo y las giras de concierto por los villorrios de provincia del Río de la Plata, (Provincia de Buenos Aires, Argentina) para que se amontonen sobre sus páginas los gags, las alucinaciones, las metáforas, en donde los objetos toman vida como las personas. Pero éste es solamente el punto de partida. Lo que desencadena la imaginación de Felisberto son las invitaciones inesperadas que abren al tímido pianista las puertas de mansiones misteriosas, de quintas solitarias en donde habitan personajes ricos y excéntricos, mujeres llenas de secretos y neurosis.

Una villa apartada, el inevitable piano, un señor dulcemente maniático y perverso, una niña visionaria o sonámbula, una matrona que celebra de manera obsesiva sus infortunios amorosos: se diría que los ingredientes del relato romántico a la manera de Hoffmann se encuentran aquí reunidos. No falta ni siquiera la muñeca que se parece en todo y para todo a una muchacha: por el contrario, en el relato Las Hortensias, es toda una producción de muñecas, rivales de las verdaderas mujeres (y parientes de la "mujer de Gogol" según Landolfi) lo que un fabricante tentador pone al punto para alimentar los fantasmas de un extraño coleccionista, y que desencadena celos conyugales y complicados dramas. Pero toda eventual alusión a una imaginación nórdica es rápidamente disipada por la atmósfera de esas tardes que se pasa tomando lentamente mate, sentado en un patio o se permanece en el café mirando un ñandú que pasa por entre las mesas. Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie, a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos; es un "irregular" que escapa a toda clasificación y a todo encuadramiento, pero que se presenta a la primera ojeada sin ningún riesgo de confusión.

Sus relatos más típicos son aquellos que gravitan sobre una complicada puesta en escena, sobre un ritual espectacular que se desarrolla en el secreto de un extraño espacio: unpatio inundado sobre el que flotan bujías encendidas; un pequeño teatro de muñecas tan grandes como mujeres colocadas en posiciones enigmáticas; una galería oscura en donde se debe reconocer al tacto objetos que provocan asociaciones de imágenes y de pensamientos. Si el juego consiste en adivinar la historia representada por la escena de las muñecas o en reconocer lo que está puesto sobre la mesa de la galería oscura, lo que cuenta para la emoción de los participantes no son tanto esos quiz inocentes sino los incidentes fortuitos, los ruidos que se superponen, las premoniciones que se presentan a la conciencia.

La asociación de ideas no es solamente el juego predilecto de los personajes de Felisberto, es la pasión dominante y declarada del autor y es también el procedimiento según el que se construyen sus relatos, al entrelazar un tema con otro como en una composición musical.

Y se diría que las más habituales experiencias de la vida cotidiana ponen en movimiento las más imprevisibles zarabandas mentales, mientras que los caprichos y las manías que exigen una premeditación completa y una elaborada coreografía, no tienden a otra cosa que a evocar olvidadas sensaciones elementales. Felisberto anda siempre en busca de una analogía que ha emergido durante un instante en el rincón más retirado de sus de sus circuitos cerebrales, de una imagen que anuncia de antemano la correspondencia de otra imagen algunas páginas más adelante, de una aproximación incongruente que le sirve para obtener una sensación muy precisa; y para alcanzarlas, debe aventurarse sobre pasarelas arrojadas sobre el vacío. De la tensión entre una imaginación muy concreta, que sabe siempre lo que quiere, y el discurso siempre a tropezones, nace una sugestión comparable a la de los cuadros de un pintor ingenuo.

Esto no quiere decir que aceptemos sin embargo una clasificación de Felisberto como "escritor de domingo”, autodidacta y marginal, lo que con toda seguridad no es. Los puntos de referencia en su larga búsqueda de medios de expresión debieron ser un surrealismo muy suyo, un proustianismo, un psicoanálisis muy suyo. (Y además, como todo hombre de letras del Río de la Plata, también Felisberto había tenido una corta permanencia en París). Esa forma que tiene de darle cabida a una representación dentro de la representación, de establecer dentro del relato extraños juegos cuyas reglas establece en cada oportunidad, es la solución que ha encontrado para darle una estructura narrativa clásica al automatismo casi onírico de su imaginación.

Lo que más sorprende en su escritura es la forma de darnos el carácter físico de los objetos y de las personas. Una cama deshecha, por ejemplo O la cabellera de una muchacha. U otra muchacha que va a comenzar a declamar un poema. Las sensaciones provocan ecos visuales que continúan repercutiendo en el espíritu. Se establece una misteriosa correlación entre la imagen de un piano y la de un gato negro; aquí, es solamente metafórica, mientras que en otro relato se materializa en un gag, casi chaplinesco, de un gato que atraviesa la calle.

Este volumen (su primera traducción, creo yo, en otra lengua) presenta la casi totalidad de los relatos de la madurez de Felisberto (publicados entre 1947 y 1960), con los que el autor ha llegado a conquistar un sitio entre los especialistas del "cuento fantástico" hispanoamericano. Un tercer volumen que permaneció inconcluso a la muerte de su autor, Tierras de la memoria, pertenecientes a otra vertiente de su obra, la "literatura de la memoria", es una evocación del Montevideo de antaño, de los recuerdos de sus primeras lecciones de piano. En la redacción que ha llegado hasta nosotros, quizás todavía un borrador, ese texto revela sin embargo el sentido del trabajo de Felisberto, que tiende a presentar los más mínimos movimientos psicológicos a través de los desdoblamientos del yo.  Así lo vemos en las páginas sobre las primeras emociones sensuales, sobre el aprendizaje de la música o sobre una visita al dentista.

 


Rubem Fonseca

TERESA

 

Entré al ascensor, dos sujetos grandes y gordos estaban en él. Un apartamento de ese tamaño, dijo uno de ellos, y solamente viven allí el viejo y esa tramposa. La hija de puta sólo quiere el dinero del viejo, respondió el otro, pero él no se muere, noventa años y no se muere, debe sentirse muy decepcionada, hace cinco años que lo soporta.

Después guardaron silencio, salieron antes de que yo lo hiciera. A la entrada pregunté al portero, ¿quiénes son esos dos que acaban de salir? Son hijos del doctor Gumercindo, respondió él. Es la primera vez que los veo por aquí, dije. No la van bien con el viejo, respondió el portero. Desde que él se casó con doña Teresa es la primera vez que se dejan ver.

Siempre veia al doctor Gumercindo saliendo del brazo con doña Teresa. Vivían en el apartamento que quedaba sobre el mío, solíamos bajar juntos en el ascensor, y en esas ocasiones intercambiábamos cortesías. Yo les abría la puerta, ellos me daban las gracias. Doña Teresa no parecía en absoluto una mujer que se hubiera casado por interés.

Un día después de oír el diálogo de los hijos en el ascensor, bajé con el doctor Gumercindo y doña Teresa. Sin que ellos lo advirtieran, miré con atención a doña Teresa. Ella cuidaba del doctor Gumercindo con cariño y desvelo, ninguna otra mujer del edificio trataba al esposo de ese modo.

Un día el doctor Gumercindo sufrió una dolencia vascular cerebral. Tiempo después, bajamos los tres en el ascensor, el doctor Gumercindo en una silla de ruedas.

Vamos a pasear por el parque, dijo doña Teresa. Te gusta pasear por el parque, ¿verdad?, preguntó. Gumercindo hizo con la cabeza un gesto de afirmación. ¿Puedo acompañarlos?, dije.

Después de dar una vuelta por el parque, nos sentamos a la sombra de un árbol. El doctor Gumercindo empezó a adormecerse, y doña Teresa limpió los hilos de saliva que escurrían de sus labios. Noté que los ojos de ella se llenaban de lágrimas.

Era tan lleno de vida, dijo, con una sonrisa triste.

Me encontré con ellos en otras ocasiones, y advertí que doña Teresa estaba muy abatida por la enfermedad del marido. Ella tenía setenta años, pero aparentaba muchos más, había enflaquecido, su rostro estaba muy palido. Hay casos en que el cónyuge enfermo termina por matar al que cuida de él.

Estuve unos días en San Pablo, haciendo un trabajo para el Despachante; un tipo fácil de despachar.

A mi regreso subí al apartamento de los viejos. Me abrió la puerta doña Teresa, su aspecto era tan enfermizo que me sentí obligado a decir, doña Teresa, debería usted buscar una enfermera, una persona que le ayude a cuidar del doctor Gumer­cindo.

Él no quiere, respondió ella, quiere que yo misma cuide de él, solamente yo, y creo que tiene razón, una enfermera no lo trataría como él merece.

Viajé durante una semana, haciendo otro traba­jo para el Despachante, más difícil, el tipo tenía un guardaespaldas que me dio trabajo. A mi regreso volvi a toparme en el ascensor con los dos hijos grandes y gordos del doctor Gumercindo, acompañados de dos mujeres flacas. Los sujetos me saludaron amablemente, y salieron primero.

¿Esos son los hijos y las nueras del doctor Gumercindo?

Sí, respondió el portero, ahora están viviendo aquí, el doctor Gumercindo murió, pero el apartamento es grande, hay espacio para todos. ¿Y doña Teresa?, pregunté. No he vuelto a verla, dijo el portero.

Volví a encontrarme con los nuevos habitantes del apartamento del doctor Gumercindo. Las dos mujeres tenían cara de putas. Conozco a las putas. Los dos tipos estaban cada vez más gordos. Hablaban de los nuevos autos que habían comprado. Las mujeres vestían ropas caras. Estos sujetos han dado malos pasos, pensé. En mi trabajo estoy obligado a adivinar quién es peligroso, quién no, quién es un hijo de puta, quién no. Ellos eran las dos cosas.

Al cabo de un mes empezó a parecerme extraño no haber vuelto a encontrarme con doña Teresa en el ascensor. A ella le gustaba pasear por el parque, sentarse en una banca a tomar el sol. Le pregunté al portero, ¿has visto a doña Teresa? No, respondió él.

Subí al apartamento del doctor Gumercindo, to­qué la campanilla. Una empleada abrió la puerta.

Vine a visitar a doña Teresa, dije. La mujer me cerró la puerta en la cara. Toqué de nuevo la cam­panilla. Oí la voz de la empleada, gritando, doña Teresa no puede recibir visitas. Grité a mi vez, ¿y no puede usted abrir la puerta para hablar conmigo? Tengo orden de no abrirle a extraños, gritó la mujer desde adentro.

Dos días después volví al apartamento de doña Teresa. Sabía que la empleada tenía el día libre. Era la hora del almuerzo del portero. Antes había sacado algo del maletín de cuero donde guardaba los folletos sobre informática. Toqué la campanilla y advertí que el ojo mágico se había oscurecido, alguien al otro lado me estaba mirando.

Uno de los grandotes entreabrió la puerta. Vine a visitar a doña Teresa, dije. No puede recibir visitas, respondió él, irritado, lárguese. Comenzó a cerrar la puerta, pero se lo impedí. Abre esa mierda, dije, apoyando la pistola en su cara.

De pie en la sala estaba el otro hermano. ¿Dónde está ella, hijos de puta? Ella viajó, balbuceó uno de ellos. Viajó una mierda, dije, dándole un golpe en la cara con la pistola, justo encima de la nariz.

Doña Teresa estaba en una cama de esas de hospital, las dos muñecas atadas a la armazón de hierro. Suéltenla, dije. Ellos la soltaron. Siéntenla en ese sillón.

¿Está usted bien?, le pregunté. Ella asintió con la cabeza. ¿Es usted capaz de guardar un secreto? Sí, respondió ella con voz débil. ¿Un secreto terrible? Sí, don José, repitió ella.

Llevé a los dos grandotes al baño, les hice entrar en la bañera y le pegué un tiro en la cabeza a cada uno. Siempre disparo a la cabeza. Saqué de sus bolsillos sus carteras con tarjetas de credito. Regresé a la sala.

Maté a esos dos canallas, nadie puede saber que fui yo, diga que fue un ladrón. Sí, respondió ella.

Fui al cuarto de las putas y cogí las joyas de las gavetas. Después salí, y dejé la puerta abierta.

Ya en mi apartamento, metí los objetos en varias bolsas de supermercado. Puse todo en mi maletín de cuero, salí, cogí un taxi, me bajé lejos, en otro barrio, tiré cada bolsa en un tacho de basura diferente.

Cuando volví, reinaba gran agitación en el edificio. Asaltaron el apartamento del doctor Gumercindo, me dijo el portero, mataron a sus dos hijos.

¿De verdad? ¿Cómo fue posible?

Fue en la hora de mi almuerzo, respondió el portero.

¿Y doña Teresa?

Ella está bien, dijo el portero.

Subí al apartamento del doctor Gumercindo. Allí estaban las dos putas, lloriqueando.

Pueden ir haciendo las maletas, y buscando otro sitio, dije, el apartamento pertenece a doña Teresa.

Cuando las dos putas salieron, doña Teresa me dio un beso en la mano, usted es un santo, señor José, guardaré hasta la muerte nuestro secreto.

Volví a mi apartamento. Un santo. Qué santo ni qué mierda. Soy un asesino profesional, mato por dinero.

No siempre.

 


Julio Cortázar

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

 


 

Isaak Bábel

CABALLERÍA ROJA

 

EL JEFE DE LA REMONTA

En el pueblo todo eran gemidos. Los jinetes pisoteaban el trigo y reemplazaban los caballos. A cambio de sus rocines agotados, los soldados de caballería se llevaban el ganado de labor. A nadie se podía echar la culpa. Sin caballos no hay ejército.

Pero esta verdad no consolaba a los campesinos, que se agolpaban con insistencia ante el edificio del estado mayor.

Tiraban con cuerdas de los caballos, que resistían y resbalaban a causa de su debilidad. Al verse privados de su sostén, los mujiks sentían sobre sí el aflujo de una amarga osadía, mas sabiendo que ésta no les iba a durar mucho, se apresuraban sin esperanza alguna a increpar a las autoridades, a Dios y a su miserable destino.

Ch., el jefe del estado mayor, estaba en el porche completamente uniformado. Entornando sus abotargados párpados, escuchaba con aparente atención las quejas de los campesinos. Sin embargo, su atención no era más que un método. Como todo trabajador disciplinado y agotado, sabía, en los momentos vacíos de su existencia, interrumpir por completo el trabajo mental. Con estos cortos momentos de benefactora ausencia de pensamientos, el jefe de nuestro estado mayor oreaba su gastada máquina.

Así. sucedía esta vez ante los mujiks.

Bajo el sedante acompañamiento de su inco­herente y desesperanzado rumor, Ch. contempla­ba en tercera persona aquella suave presión del cerebro que predice pureza y energía mentales. Llegada la pausa necesaria, cantaría la última lá­grima de mujik, gruñiría autoritariamente y se volvería a su estado mayor, a trabajar.

Esta vez no tuvo necesidad ni de gruñir. Galopando sobre su caballo anglo-árabe llegó al porche el ex atleta circense Diákov, actual jefe de la remonta; era un hombre de cara roja y bigotes grises que vestía negro capote y llevaba bandas de plata a lo largo de los encarnados pantalones.

—¡Bendición abacial a toda carroña honesta! —gritó deteniendo el caballo en plena carrera. En aquel instante, se desplomó bajo su mismo estribo un caballejo pelado, uno de los animales que habían sido cambiados por los cosacos.

—Vea, camarada jefe —chilló un mujik dándose palmadas en los pantalones—, vea lo que su gente da a la nuestra... ¿Ve lo que nos dan? Anda, apáñatelas con él...

—Pues por este caballo —empezó entonces Diákov con palabras bien articuladas y llenas de autoridad—, por este caballo, honorable amigo, estás en pleno "derecho a cobrar de la remonta quince mil rublos. Y si el caballo fuera algo más animoso, en ese caso podrías cobrar, querido amigo, veinte mil rublos de la remonta. Pero, con todo, que un caballo se caiga no significa nada. Cuando un caballo cae y se levanta es que se trata de un caballo. En el caso contrario si el caballo no se levanta, entonces es que no se trata de un caballo. Por lo demás, yo te haré levantar esta magnífica yegua...

—¡Oh, Señor! ¡Madre mía de la misericordia! —gesticuló el mujik—. Que va a levantarse la pobrecilla... Va a estirar la pata, la pobre...

—Estás ofendiendo al caballo, compadre —replicó Diákov con profundo convencimiento—, estás sencillamente blasfemando, compadre—. Y con suma destreza sacó de la silla su bien formado cuerpo de atleta. Estirando sus soberbias piernas, ceñidas por las rodillas con una correa, magnífico y diestro como en la arena, avanzó hacia el moribundo animal. Este, abatido, fijó en Diákov su ojo profundo y hundido y lamió de su palma carmesí alguna invisible orden; acto seguido, el impotente animal advirtió la mañosa fuerza que emanaba de aquel gallardo y florido Romeo de cabellos grises. Sacudiendo el morro, resbalando con las dobladizas patas, y sintiendo las impacientes y autoritarias cosquillas del látigo en el vientre, el rocín se puso de pie lentamente, con sumo cuidado. Y entonces vimos todos cómo la fina muñeca, rodeada de ondeante manga, golpeaba cariñosamente la sucia crin, y cómo el látigo se pegaba con un gemido a los sangrantes costados. Temblando con todo el cuerpo, el rocín se mantenía a cuatro patas y no separaba de Diákov sus ojos perrunos, temerosos y enamorados.

—Por lo tanto, se trata de un caballo —dijo Diákov al mujik, y añadió suavemente—: Y tú aún le quejabas, querido amigo...

Arrojando las riendas al asistente, el jefe de la remonta subió de un salto los cuatro peldaños del porche y, levantando impetuosamente su teatral capote, desapareció en el edificio del estado mayor.

CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA DE UN CABALLO

Cuatro meses atrás, Savitski, jefe por aquel entonces de nuestra división, había arrebatado un caballo blanco a Jlébnikov, comandante del primer escuadrón. Jlébnikov abandonó el ejército, y hoy ha recibido Savitski una carta suya.

De Jlébnikov a Savitski

Ya no puedo guardar rencor alguno al ejército de Budionni; mis sufrimientos en este ejército los justifico ahora y los guardo en mi corazón, más puro que un santuario. En cuanto a usted, camarada Savitski, héroe universal, la masa trabajadora de Vítebski —donde me encuentro de presidente del comité revolucionario del distrito— le envía su saludo proletario: «¡Viva la Revolución Mundial!», y desea que el caballo blanco camine bajo su persona durante largos años por suaves senderos en pro de la libertad de todos tan querida y en pro de las repúblicas fraternas, en las que debemos poner ojo avizor por lo que respecta al poder en las aldeas y en aquellos distritos que desde el punto de vista administrativo pueden considerarse unidades autónomas...

De Savitski a Jlébnikov

¡Fiel camarada Jlébnikov! La carta que me has escrito es muy elogiosa para la causa común, con mayor motivo después de tu estupidez, después que cegado por tu propio egoísmo te saliste de nuestro Partido Comunista Bolchevique. Nuestro Partido Comunista, camarada Jlébnikov, es una férrea hilera de guerreros que dan su sangre en primera fila, y cuando de este hierro mana sangre, entonces, camarada, has de comprender que no se trata de bromas sino de victoria o muerte. Lo mismo cabe decir con respecto a la causa común, cuyo amanecer no espero contemplar, pues los combates son duros y tengo que cambiar los cuadros de mando cada quince días. Hace un mes que lucho en la retaguardia, guardando las espaldas al invencible Primer Ejército de Caballería y hallándome bajo el fuego directo de los fusiles, la artillería y la aviación enemigas. Han muerto Tardi, Lujmánnikov, Likochenko, Gulevoi y Trúnov; el caballo blanco no está ya bajo mi persona, de manera que, camarada Jlébnikov, debido a este cambio de fortuna militar, no esperes ver más a tu querido jefe de división Savitski.

 

ARGAMAK

Decidí pasar al servicio activo. El jefe de la división arrugó el entrecejo al oír semejante cosa.

—¿Adónde quieres meterte? Te quedarás pasmado y al instante te abrirán el ombligo...

Insistí. Más que eso: mi elección recayó en la división más combativa, la Sexta. Me destinaron al 4°. escuadrón del 23°. Regimiento de Caballería. El escuadrón estaba al mando de un cerrajero de una fábrica de Briansk, Baulin, un niño por lo que respecta a la edad. Para infundir respeto se había dejado la barba. Unos mechones de color ceniza se le ensortijaban en el mentón. A sus veintidós años, Baulin no conocía vanidad alguna. Esta cualidad, inherente a miles de Baulines, fue un importante sumando en la victoria de la revolución. Baulin era firme, parco en palabras y obstinado. El camino de su vida estaba decidido, y él no conocía duda de ninguna clase acerca de la bondad de este camino. Las privaciones le resultaban fáciles de soportar. Sabía dormir sentado. Dormía oprimiéndose una mano con la otra, y despertaba de una forma que hacía imperceptible el paso de la inconsciencia a la vivacidad.

Bajo el mando de Baulin era imposible esperar contemplaciones. Mi servicio empezó con un raro y feliz augurio: me dieron un caballo. No había caballos en la reserva equina ni los tenían los campesinos. Me ayudó el azar. El cosaco Tijomólov ejecutó sin autorización a dos oficiales prisioneros. Le habían encargado que los escoltara hasta el estado mayor de la brigada, pues los oficiales podían proporcionar importantes informaciones. Tijomólov no los condujo a su destino. Se decidió que el cosaco se sometiera al Tribunal Revolucionario, mas luego se cambió de idea. El jefe de escuadrón Baulin impuso un castigo más terrible que el tribunal: le quitó a Tijomólov el caballo —llamado Argamak— y envió el cosaco a los carros.

El tormento que soporté de Argamak casi colmaba la medida de las fuerzas humanas. Tijomólov había traído el caballo del Terek, de su casa. Estaba adiestrado para el trote cosaco y para la especial carrera cosaca: seca, furiosa, súbita. El paso de Argamak era largo, tendido, tozudo. Con aquel diabólico paso me hacía salir de las filas, me separaba del escuadrón, y yo, falto del sentido de la orientación, vagaba luego días enteros a la búsqueda de mi unidad, caía en posiciones enemigas, pernoctaba en barrancos, me adhería a otros regimientos, de los que me expulsaban. Mi ciencia ecuestre no tenía otra base que la de haber servido, durante la guerra con Alemania, en una división de artillería adscrita a la decimoquinta división de infantería. Más que nada, nos tocó estar sentados en el cajón de las municiones, pues raras veces viajábamos en el enganche del cañón, No había tenido donde acostumbrarme al duro y bamboleante trote de Argamak, Tijomólov habíalegado al caballo todos los demonios de su caída. Yo bailaba como un saco sobre el largo y seco lomo del animal. Le descarné la espalda. Saliéronle llagas. Moscas de color metálico le roían aquellas úlceras. Aros de sangre negra coagulada rodeaban el vientre del caballo. Debido a una mala herranza, Argamak comenzó a rozarse las patas; las traseras, que se hincharon en su articulación inferior, se volvieron elefantinas. Argamak enflaqueció. Sus ojos se inyectaron del fuego propio de los caballos atormentados, el fuego de la histeria y de la tozudez. No se dejaba ensillar.

—Has anulado a este caballo, «cuatro ojos» —me decía el jefe del pelotón.

En mi presencia, los cosacos guardaban silenció, pero a mis espaldas se preparaban como se preparan los animales rapaces:  en una inmovilidad soñolienta y pérfida. Ya ni me pedían que les escribiera las cartas...

El ejército de caballería conquistó Novograd-Volinsk. Tuvimos que recorrer hasta sesenta y ochenta kilómetros por día. Nos acercábamos a Rovno. El descanso diario era insignificante. Cada noche soñaba yo lo mismo: Iba lanzado al trote sobre Argamak. Junto al camino ardían unas hogueras. Los cosacos condimentaban sus alimentos. Yo cabalgaba entre ellos sin que levantaran los ojos hasta mí. Unos me saludaban, otros no miraban, tenían cosas más importantes en que ocuparse. ¿Qué significaba aquello? Su indiferencia significaba que en mi modo de montar no había nada especial, que cabalgaba como los demás y no había por qué mirarme. Yo seguía mi camino al galope y me sentía feliz. Despierto, no saciaba mi sed de calma y felicidad, de ahí que tuviera esos sueños.

A Tijomólov no se le veía. Me vigilaba desde algún lugar, desde los extremos de la formación, desde las tardas hileras de carros atiborrados de cachivaches.

El jefe de pelotón me dijo una vez:

—Pachka no cesa de preguntar qué clase de hombre eres...

—¿Qué le importo yo a él?

—Por lo visto, sí le importas...

—¿Acaso creerá que le he ofendido?

—¿Y no es así? ¿No le has ofendido...?

El odio de Pachka llegaba hasta mí a través de bosques y de ríos. Lo sentía sobre mi piel, y me encogía todo. Unos ojos inyectados en sangre estaban fijos en mi camino.

—¿Por qué me has creado un enemigo? —pregunté a Baulin.

El jefe del escuadrón siguió su camino con un bostezo.

—Este no es mi problema —respondió sin volver la cabeza—, sino el tuyo...

El lomo de Argamak se secaba, mas luego volvía a abrirse. Yo colocaba bajo la silla hasta tres mantas, pero no conseguía una andadura correcta, los cortes no cicatrizaban. Lo que más me mortificaba era la conciencia de estar sentado sobre una herida abierta.

Un cosaco de mi pelotón, llamado Bisiukov, era paisano de Tijomólov, y había conocido al padre de Pachka allí en el Terek.

—Su padre, el de Pachka —me dijo un día Bisiukov—, criaba caballos por placer... Era un ardoroso jinete, un hombre corpulento...  Cuando venía a la caballada, acto seguido iba a escoger un animal...  Le traían uno.  Él se colocaba delante del caballo, separaba las piernas y miraba... ¿Qué más podía pedir? Pues vea lo que quería: blandía su enorme puño y lo descargaba entre los ojos del animal, ¡adiós caballo! «¿Por qué has liquidado a este animal, Kalistrat?» «Por mis terribles antojos no he de montar este caballo... No le he entrado al animal por el ojo derecho... Tengo —decía— unos antojos mortíferos...» Era un ardoroso jinete, eso no puede negarse.

Y Argamak, a quien el padre de Pachka había permitido continuar entre los vivos y a quien había elegido, me había tocado a mí. ¿Qué podría hacer? Forjé mentalmente gran número de planes. La guerra me ahorró preocupaciones.

El ejército de caballería atacó Rovno. La ciudad fue tomada, y permanecimos en ella dos días. A la siguiente noche, los polacos nos desalojaron. Presentaron combate para sostener a sus unidades en retirada, y la maniobra tuvo éxito. Sirvieron de cobertura a los polacos el huracán, la cortante lluvia y la dura tempestad estival que descargó sobre la tierra en forma de torrentes de agua negra. Limpiamos la ciudad en veinticuatro horas. En el combate nocturno cayó el soberbio Dundich, el más valeroso de los hombres. Participó también Pachka Tijomólov. Los polacos cayeron sobre su convoy. El lugar era llano, sin protección. Pachka colocó a sus carros en una formación de combate sólo por él conocida. Seguramente, así los colocarían los romanos. Apareció en manos de Pachka una ametralladora. Cabe pensar que la habría robado y escondido por si llegaba el caso. Con esa ametralladora, Pachka rechazó el ataque, salvó la impedimenta y sacó de allí todo el convoy con la excepción de dos carros cuyos caballos habían sido alcanzados por los disparos.

—Así, tú pones en escabeche a tus soldados —le dijeron a Baulin en el estado mayor de la brigada unos días después del combate.

—Cierto, pero si los pongo en escabeche es porque así conviene...

—Ten cuidado, no des tropiezos...

La amnistía de Pachka no se había publicado aún, pero nosotros sabíamos que el cosaco vendría. Llegó con los chanclos calzados sobre el pie desnudo. Sus dedos estaban llenos de cortaduras, y de ellos colgaban unas tiras de gasa negra. Como una capa, arrastraba por el suelo unos jirones de ropa. Pachka llegó a la aldea de Budiatichi, a la plaza de la iglesia, en cuyas aldabas habíamos colocado nuestros caballos. Baulin estaba sentado en las gradas del templo remojando sus pies en una tina. Los dedos de los pies empezaban a pudrírsele. Se le veían de color rosado como el del hierro al principiar la forja. Mechones de sus jóvenes cabellos pajizos se le pegaban a Baulin en la frente. El sol ardía en los ladrillos y en las tejas de la iglesia. Bisiukov, de pie junto al jefe del escuadrón, le metió un cigarrillo en la boca y se lo encendió. Tijomólov, arrastrando su deshilachado capote, pasó hacia donde estaban atados los caballos.  Sus galochas golpeaban con suave ruido el suelo, Argamak estiró el largo cuello y relinchó hacia su amo; lo hizo sin fuerza, chillonamente, como un caballo en el desierto. Sobre su lomo, el icor se doblaba como un encaje entre franjas de carne arrancadas. Pachka se colocó al lado del caballo. Los sucios jirones quedaron inmóviles en el suelo.

—Vaya, vaya —dijo con voz apenas perceptible.

Me adelanté.

—Hagamos las paces, Pachka. Me satisface que el caballo sea para ti. No podría amoldarme a él... Hacemos las paces, ¿eh?

—Todavía no ha llegado la Pascua para hacer las paces —dijo el jefe del pelotón, que liaba un cigarrillo a mi espalda. Sus pantalones estaban desceñidos, la camisa desabrochada sobre su pecho de cobre. El hombre descansaba en las gradas del templo.

—Dale los besos de Pascua, Pachka —murmuró Bisiukov, el paisano de Tijomólov que conocía a Kalistrat, padre de Pachka—, él desea besarse contigo...

Estaba solo en medio de aquellos hombres cuya amistad no había conseguido obtener.

Pachka permanecía ante su caballo como clavado en el suelo. Argamak, respirando libre y fuertemente, le tendía el morro,

—Vaya, vaya —repitió el cosaco. Se volvió bruscamente hacia mí y me dijo a quemarropa—: No haré las paces contigo.

Arrastrando los chanclos, comenzó a marcharse por el calcáreo camino calcinado por el sol, barriendo con las vendas el polvo de la aldeana plaza. Argamak le siguió como un perro. La brida se balanceaba bajo su morro, el largo cuello estaba profundamente abatido. Baulin continuaba frotando la ferrosa y rojiza podredumbre de sus pies dentro de la cubeta.

—Me has creado un enemigo —le dije—. ¿Qué culpa tengo yo de todo esto?

El jefe del escuadrón levantó la cabeza.

—Te comprendo —dijo—, te comprendo perfectamente... Tú intentas vivir sin enemigos... Todo lo reduces a eso: sin enemigos...

—Dale los besos pascuales —murmuró Bisiukov volviendo la espalda.

En la frente de Baulin se grabó una mancha de fuego. Contrajo la mejilla.

—¿Sabes lo que es todo esto? —dijo sin poder controlar su respiración—. Pues es un gran fastidio... Lárgate a la madre que te...

Tuve que marcharme. Me trasladé al 6°. escuadrón. Allí las cosas marcharon mejor. A pesar de los pesares, Argamak me había enseñado el estilo de Tijomólov. Pasaron los meses. Mi sueño se hizo realidad. Los cosacos dejaron de seguirnos con la mirada a mí y a mi caballo.

 

Caballería roja, Barcelona, RBA Ediciones, 1995, traducción de Augusto Vidal

 


Stanley Ellin

MUERTE EN NOCHEBUENA

 

Cuando niño, me impresionaba la casa Boerum. En aquel entonces, era bastante nueva y parecía lustrada; una montaña de bordados en estilo Victoriano, de ca­lados y vitrales, mezclados en una profusión tan caótica que resultaba difícil de abarcar de una sola mirada. Ahora, de pie delante de ella, en esta anti­cipada Nochebuena, mi impresión juvenil no tuvo eco. El lustre faltaba de tiempo atrás; las maderas, cristales y metales se confundían en un gris monó­tono, y las cortinas de las ventanas estaban corridas, lo que daba al transeúnte la impresión de que una docena de ojos ciegos lo miraban fijamente. Cuando golpeé la puerta con el bastón, Celia abrió.

—La campanilla está a la derecha —dijo. Todavía estaba vestida de negro, con una pollera tan larga y fuera de moda que parecía sacada del baúl de su madre. Estaba más parecida que nunca a Catalina en sus últimos años: cuerpo descarnado, labios apre­tados, pelo sin color, tirado fuertemente hacia atrás como para estirar las arrugas de la frente. Me re­cordaba una trampa de acero, lista para cerrarse de golpe sobre el desprevenido que la tocara.

Dije: "Estoy enterado de que la campanilla está desconectada, Celia", y entré en el vestíbulo, sin espe­rar. Sin necesidad de volver la cabeza, sabía que me estaba quemando con la mirada. Luego se sorbió la. nariz, fuerte y en seco, y cerró la puerta con violen­cia. Al instante quedamos en una turbia oscuridad que hacía que el olor a podrido rancio que me rodea­ba se me pegara a la garganta. Tanteé buscando la llave de la luz; pero Celia dijo con violencia:

—¡No! ¡No es momento para luces!

Me volví hacia la mancha blanquecina que era su cara, lo único de ella que distinguía.

—Celia, ahórrame esta escena —le dije.

—Ha habido una muerte en esta casa. Lo sabes.

—Tengo motivos para saberlo —dije— pero tu re­presentación no me impresiona.

—Era la mujer de mi hermano. Yo la quería mucho.                     

Di un paso hacia ella en la oscuridad y le puse el bastón sobre el hombro.

—Celia —dije—, en mi carácter de abogado de la familia, debo darte un consejo. La pesquisa judicial está terminada y liquidada y estás absuelta. Pero nadie creyó, ni creerá una palabra de tus delicados sentimientos. No te olvides de eso, Celia.

Dio un tirón tan brusco que el bastón casi se me cayó de la mano.

—¿Para decirme eso has venido? —dijo.

—Vine porque sabía que tu hermano quería verme hoy. Y, si no tienes inconveniente, te diré que es prudente que no intervengas cuando hablo con él. No quiero escenas.

—Entonces, ¡no te metas con él! —gritó—. Él estuvo presente en la instrucción judicial. Vio que me absol­vieron. No tardará en olvidar lo malo de que me cree capaz. Déjalo en paz, para que pueda olvidar.

Estaba en el colmo de la furia. Para romper el hechizo comencé a subir la escalera oscura, tomán­dome con cuidado de la baranda. Pero oí que me se­guía con ansiedad, y, en cierto modo misterioso, que daba la impresión de no dirigirse a mí, sino de con­testar el quejido de los escalones, al pisarlos.

—Cuando venga a mí —decía ella—lo perdonaré. Al principio no estaba segura, pero ahora sé. Recé para que Dios me ilumine, y me di cuenta de que la vida es demasiado corta para gastarla en odiar a nadie. De modo que cuando venga a mí, lo perdo­naré.

Llegué al último escalón y casi me caí, en la menos elegante de las posiciones. Al enderezarme, de ra­bia, se me escaparon unas palabrotas.

—Si no quieres prender la luz, Celia, al menos deberías despejar el camino. ¿Por qué no sacas todo eso de aquí?

—¡Ah! —dijo— son las cosas de la pobre Jessie. A Carlos le hace mal ver las cosas que han sido de ella. Pensé que lo mejor sería sacar todo de su pieza.

Su voz reflejaba alarma, cuando me contestó.

—Pero no se lo vas a decir a Carlos, ¿no? ¿No se lo dirás? —decía y repetía, en voz cada vez más al­ta, mientras yo me alejaba de ella, de modo que, cuando entré en la pieza de Carlos y cerré la puerta, tuve la impresión de que, del otro lado, había que­dado un murciélago chillando.

Las cortinas en la pieza de Carlos, como en el resto de la casa, estaban completamente corridas. Pe­ro la única lámpara de la araña me hizo parpadear momentáneamente, y tuve que volver a mirar antes de descubrir a Carlos, tirado sobre la cama, tapándose los ojos con el brazo. Se levantó lentamente y me clavó los ojos.

—Bueno —dijo al fin, señalando la puerta con la cabeza—. ¿Te hizo subir a oscuras, no?

—Así es —dije—. Pero conozco el camino.

—Es como un topo —dijo—. Se maneja mejor en la oscuridad que yo en la luz. Lo prefiere así. Si no lo hiciera, se sorprendería al verse reflejada en el espejo.

—Sí —dije—. Parece que lo toma muy a pecho.

Lanzó una carcajada corta y violenta como el au­llido de un león marino.

—Es porque todavía no se ha librado del miedo. Lo único que podemos sacarle es cómo la quería a Jessie, y cuánto lo lamenta. Debe creer que si lo re­pite muchas veces, la gente llegará a creerle. ¡Pero no tardará en volver a ser la misma Celia de antes!

Dejé mi sombrero y bastón sobre la cama, al lado del sobretodo. Saqué un cigarro y esperé hasta que él encontrara fósforos y me ayudara a encenderlo. Le temblaba la mano, con tal violencia, que le fue di­fícil hacerlo y murmuraba enojado contra sí mismo. Eché una nube de humo hacia el techo y esperé.

Carlos era cinco años menor que Celia, pero, al verlo, me impresionó como si tuviera doce años más que ella. Tenía el pelo rubio claro, casi sin color, de modo que no era fácil saber si había encanecido o no. Pero tenía las mejillas cubiertas por un comien­zo de barba hirsuta plateada, y, debajo de los ojos, grandes ojeras moradas. Y, mientras Celia se mante­nía erecta sobre su columna vertebral, Carlos estaba —tanto de pie como sentado— encorvado, como a punto de caerse hacia adelante. Me miró con fijeza mientras se daba unos tirones inseguros a las puntas del bigote lacio, que le caía al extremo de la comisu­ra de los labios.

—¿Sabes para qué quería verte? —dijo.

—Me lo imagino —dije— pero prefiero que seas tú quien lo diga.

—Voy a hablar sin rodeos —dijo—. Se trata de Celia. Quiero ser testigo del castigo que merece. No la cárcel. Quiero que la justicia se la lleve y la mate, y quiero estar presente cuando eso ocurra.

Un montón de ceniza cayó al piso, y, con el pie, lo deshice, llevándolo hasta la alfombra.

—Estuviste presente en la pericia judicial, Carlos; viste lo que ocurrió: Celia fue absuelta, y, a menos que se presenten nuevas pruebas, quedará absuel­ta —dije.

—¡Pruebas! Por Dios, ¿qué más pruebas se ne­cesitan? Estaban discutiendo como dos fieras, en la parte superior de la escalera. Celia la tomó a Jessie y la tiró escaleras abajo; y la mató. Eso se llama ase­sinar, ¿no? Lo mismo que si le hubiera dado veneno, o tirado un tiro, o cualquier cosa semejante, si la escalera no hubiera estado a tiro.

Me senté, pesadamente, en el viejo sillón tapizado en cuero, y observé cómo se iba formando la ceniza en mi cigarro.

—Déjame que exponga el caso desde el punto de vista legal —dije y el tono monocorde de mi voz debe haber dado la impresión que recitaba una fór­mula aprendida de memoria—. En primer lugar no hubo testigos.

—Oí gritar a Jessie y la oí caer —dijo empecina­damente—, cuando salí corriendo y la encontré ahí, oí que Celia cerraba la puerta de su pieza de un golpe. Le dio un empujón a Jessie y salió a la carrera, co­mo una rata, para ponerse fuera de peligro.

—Pero, en realidad, tú no viste nada. Y, como Ce­lia sostiene que ella no estaba en el lugar del hecho, no hubo testigos. En otras palabras, el relato de Ce­lia excluye el tuyo, y, desde que no fuiste testigo ocular, no puedes convertir en asesinato lo que bien podría haber sido un accidente.

Carlos sacudió la cabeza, desaprobando.

—Eso tú no lo crees —dijo—. En realidad tú no lo crees. Porque si lo crees, puedes irte de aquí ahora mismo y nunca más acercarte a mí.

—Lo que yo crea, debe tenerte sin cuidado. Quie­ro mostrarte el aspecto legal del caso. Veamos las posibles motivaciones del caso. ¿Qué podía ganar Celia con la muerte de Jessie? No se trata de dinero o propiedades: la situación económica de ella es igual a la tuya.

Carlos se sentó al borde de la cama, y, con las manos apoyadas sobre las rodillas, se inclinó hacia mí.

—No —dijo en voz que parecía un susurro—. ¡No se trata de dinero o propiedades!

Extendí los brazos, en un gesto de impotencia.

—¿Comprendes?

—Pero tú sabes de qué se trata —dijo—. De mí: primero fue la vieja, a la que le daba un ataque al corazón no bien yo intentaba afirmar mi indepen­dencia. Cuando se murió y me creí libre, fue Celia. Desde que me levantaba por la mañana, hasta que me acostaba, Celia estaba en todos los pasos que yo da­ba. No tenía marido ni hijos ¡pero me tenía a mí!

—Es tu hermana, Carlos. Te quiere —le dije con calma. Volvió a reírse con la misma carcajada corta y desagradable.

—Me quiere como la hiedra quiere al árbol. Cuan­do reflexiono ahora, no me explico cómo lo pudo hacer, pero bastaba con que me mirase de una ma­nera especial, para que yo perdiese toda mi energía. Y así fue, hasta que encontré a Jessie... Me acuerdo del día en que la traje a casa y le dije a Celia que nos habíamos casado. Tuvo que tragarse la noticia; pero tenía una expresión en los ojos, como la que tenía cuando, de un empujón, la tiró escaleras abajo.

—Pero en la pericia judicial tú admitiste no ha­berla oído nunca amenazar a Jessie, ni tampoco tra­tar de hacerle daño —le dije.

—¡Claro que nunca vi nada! Pero cuando Jessie andaba por la casa, amargada hasta los tuétanos, sin decir palabra; o, cuando, acostada, lloraba y no me decía por qué, yo comprendía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Tú sabes cómo era Jessie. No era elegante ni bonita, pero era todo corazón, y me ado­raba. Y, cuando, apenas un mes más tarde, empezó a perder su alegría, yo sabía por qué. Les hablé a las dos, y las dos negaron todo. Lo único que yo podía hacer, era esquivar los conflictos. Pero cuando ocu­rrió esto, cuando vi a Jessie tirada ahí, no me sor­prendió. Quizá te parezca raro, pero ¡no me sorpren­dió en lo más mínimo!

—Creo que no debe haber sorprendido a nadie que la conozca a Celia —dije— pero eso no da base para iniciar un juicio.

Se dio un puñetazo en la rodilla y empezó a ha­macarse de lado a lado.

—¿Qué puedo hacer? —dijo—. Para eso es que te necesito, para que me digas qué debo hacer. Me he pasado la vida sin hacer nada, por culpa de ella. Ella especula sobre eso: que no haré nada y que las cosas quedarán así. Después de un tiempo, las cosas se apla­carán, y estaremos, de nuevo, en el punto de partida.

—Carlos, te estás excitando sin motivo —dije.

Se puso de pie, miró la puerta, luego a mí.

—Pero hay algo que puedo hacer —dijo en un su­surro—. ¿Sabes qué?

Esperó, con la obvia expectativa de quien propone un acertijo inteligente, para dejar mudo a su inter­locutor. Me puse de pie, mirándolo de frente y moví la cabeza lentamente.

—No —dije—. Sea lo que sea, quítatelo de la cabeza.

—No me confundas —dijo—. Tú bien sabes que puedes matar impunemente, si eres tan hábil como Celia. ¿Crees que yo no soy tan hábil como ella?

Lo tomé firmemente por los hombros.

—Por amor de Dios, Carlos —le dije—. No empie­ces a hablar así.

Consiguió desasirse de mis manos y retrocedió, tam­baleando, contra la pared. Los ojos le brillaban y se le veían los dientes a través de los labios estirados.

—¿Qué debo hacer? —gritó—. ¿Olvidarme de todo, ahora que Jessie está muerta y enterrada? ¿Quedarme aquí sentado, hasta que Celia se canse de tenerme miedo y me mate también?

En la pequeña refriega, mis años y mis kilos me delataron, y comprobé que me faltaba dignidad y aliento.

—Hay algo que te voy a decir —le dije—. No has salido de esta casa desde el día de la pericia. Es hora de que lo hagas, aunque sólo sea para caminar por las calles y mirar a tu alrededor.

—¿Y que todos se rían al verme pasar?

—Ensáyalo y verás —le dije—. Al Sharpe me dijo que unos amigos tuyos van a estar, esta noche, en el bar y que les gustaría verte. Ése es mi consejo, aunque valga poco.

—No vale nada —dijo Celia. La puerta se había abierto y allí estaba: rígida, con los ojos entornados, protegiéndose de la luz. Carlos se volvió hacia ella, apretando y aflojando los músculos de las mandíbulas.

—¡Celia!  —dijo—.  Te ordené que  no volvieras  a entrar en esta pieza.

La  cara de Celia  permaneció impasible.

—No he entrado. Vine a decirte que la comida está lista.

Él dio un paso amenazante hacia ella.

—¿Estuviste con la oreja pegada a la puerta, todo el tiempo necesario para oír lo que yo dije? ¿O quie­res que te lo repita?

—Oí algo despiadado e inmundo —dijo con calma— una invitación para ir a beber y estar de jarana, cuando hay duelo en esta casa. ¡Creo que me asiste el derecho de oponerme a eso!

Carlos la miró, incrédulo, y tuvo que buscar las pa­labras para contestar.

—¡Celia! —dijo—. ¡Dime que no lo dices en serio! Sólo la  última de las hipócritas, o alguien que  no esté en  su sano juicio, podría decir en serio lo que acabas de decir.

Estas palabras tuvieron el efecto de una chispa en ella.

—¡Que no estoy en mi sano juicio! —gritó—. ¿Tú te atreves a usar esa frase? Encerrado en tu pieza, hablando a solas, pensando quién sabe qué cosas.

De repente se volvió a mí.

—¿Has hablado con él? Te habrás dado cuenta. ¿Es posible que...?

—Está tan en su juicio, como tú, Celia —le dije, pesadamente.

—Entonces debería saber que no se va a los bares a beber, en momentos como éste. ¿Cómo te atreviste a proponérselo?

Me arrojó la pregunta, con un aire tal de triunfo maligno, que perdí los estribos.

—Si no hubieses estado a punto de tirar todo lo que era de Jessie, Celia, ¡tomaría en serio tu pre­gunta!

Fue un desacierto de mi parte decirle eso, e inme­diatamente tuve motivos para lamentarlo. Antes de que pudiera moverme, Carlos pasó delante de mí, fue hacia ella y la tomó por los brazos, impidiéndole moverse.

—¡Tuviste la audacia de entrar en su pieza! —dijo, con ira, mientras la sacudía con furia—. ¡Dime! —Y luego, interpretando como respuesta el pánico en la cara de Celia, le soltó los brazos, como si estuvieran al rojo vivo, y se quedó encogido, con la cabeza in­clinada.

Celia le extendió la mano, tratando de aplacarlo.

—Carlitos —le decía, lloriqueando—. No entiendes. El tener las cosas de Jessie, aquí, te molesta. No qui­se más que ayudarte.

—¿Dónde están las cosas de ella?

—Al lado de la escalera, Carlitos. Todo está ahí.

Carlos salió escaleras abajo, y, al oír el ruido de sus pasos, alejándose inseguros, sentí que los latidos de mi corazón recobraban su ritmo normal. Celia se volvió hacia mí, y había tal feroz odio en su cara, que lo único que yo deseaba en ese momento era salir de la casa en seguida. Recogí mis cosas de en­cima de la cama y, pasando por delante de ella, me dirigí decididamente hacia la puerta. Pero ella se in­terpuso.

—¿Ves lo que has hecho? —susurraba roncamen­te—. Ahora tendré que juntar todo, otra vez. Me fa­tigo; pero tendré que volver a juntar todo... todo por culpa tuya.

—Eso es cuestión tuya, Celia —le dije con frialdad.

—Tú —decía—. ¡Tú, viejo idiota! Te debería haber tocado a ti, junto con ella, cuando yo...

Le di un golpe rápido con el bastón sobre el hom­bro y la vi encogerse de dolor.

—Como abogado tuyo, Celia —le dije— te aconse­jo que hables sólo cuando duermas, es decir, cuando no seas responsable de lo que dices.

Celia no dijo más que esto, pero tuve buen cuidado de no quitarle los ojos de encima hasta que me en­contré en la calle, de nuevo.

De la casa Boerum hasta el bar de Al Sharpe no había más que unos pocos pasos. Los di rápidamente, contento de sentir el aguijón del aire fresco de in­vierno en la cara. Al estaba solo, detrás del mos­trador, atareado secando vasos. Cuando me vio en­trar, me saludó animadamente.

—Feliz Navidad, abogado —dijo.

—Lo mismo le digo —dije y le vi poner sobre el mostrador una botella de aspecto simpático y un par de vasos.

—Llega usted con la regularidad de las estaciones, abogado —dijo Al, sirviendo dos copas de bebida fuer­te—. Lo estaba esperando, en este momento justo.

Bebimos a nuestra salud y Al se inclinó, con tono confidencial, sobre el mostrador.

—¿Viene de allí?

—Sí —le dije.

—¿Lo  vio  a Carlos?

—Y a Celia —le dije.

—Bueno —dijo Al— eso no es raro. Yo la he visto también, cuando viene de compras. Anda corriendo, agachada, con la cabeza cubierta con ese chal negro, como si algo la persiguiera. Estoy seguro de que de eso se trata.

—Creo que así es —dije.

—Pero Carlos. Él es el que me preocupa. Nunca lo veo pasar... ¿Le dijo que me gustaría verlo alguna vez?

—Sí. Se lo dije.

—¿Qué le contestó?

—Nada. Celia le dijo que estaba mal que viniera aquí, estando de duelo.

Al lanzó un silbido suave y expresivo, haciendo girar el dedo índice en la sien derecha.

—Dígame —dijo—, ¿le parece que es conveniente que estén los dos solos? Quiero decir, como están las cosas, y corno sufre Carlos, no sería raro que hubie­ra otra desgracia.

—Esta noche todo parecía indicarlo —dije—. Pe­ro pasó.

—Hasta la próxima vez —dijo Al.

—Yo estaré ahí, entonces —dije.

Al me miró y movió la cabeza.

—Nada cambia en esa casa —dijo—. Nada, en ab­soluto. Por eso se pueden anticipar todas las res­puestas. Es por eso que yo sabía que usted vendría hoy y que conversaríamos de esto.

Yo todavía tenía en la nariz el olor a podrido seco de la casa, y sabía que pasarían días antes de que me lo sacara de la ropa.

—Me gustaría suprimir, para siempre, el día de hoy del almanaque —dije.

—Y dejarlos que se las arreglen solos. Les vendría bien.

—No están solos —dije—. Jessie está con ellos. Jessie estará siempre con ellos, hasta que la casa, y todo lo que hay en ella, desaparezca.

Al frunció el ceño.

—Es lo más raro que ha sucedido en esta ciudad. La casa toda negra; ella, corriendo por las calles, como perseguida; y él, tendido en la cama, mirando las paredes, porque... ¿cuándo fue que Jessie se ca­yó abogado?

Moviendo los ojos apenas un poco, pude ver, por detrás de Al, mi cara reflejada en el espejo: rubi­cunda, de mandíbulas fuertes, algo incrédulo.

—Hace veinte años —me oí decir—. Justamente hoy hace veinte años.

 


Ray Bradbury

EL ASESINO

 

La música se movía con él por los blancos pasillos. Pasó ante una puerta de oficina: La viuda alegre. Otra puerta: La siesta de un fauno. Una tercera: Bésame otra vez. Dobló en un corredor. La danza de las espadas lo sepultó bajo címbalos, tambores, ollas, sartenes, cuchillos, tenedores, un trueno y un relámpago de estaño. Todo quedó atrás cuando llegó a una antesala donde una secretaria estaba hermosamente aturdida por la Quinta de Beethoven. Pasó ante los ojos de la muchacha como una mano; ella no lo vio.

La radio pulsera zumbó.

—¿Si?

—Es Lee, papá. No olvides mi regalo.

—Sí, hijo, sí. Estoy ocupado.

—No quería que te olvidases, papá —dijo la radio pulsera.

Romeo y Julietade Tchaikovsky cayó en enjambres sobre la voz y se alejó por los largos pasillos.

El psiquiatra caminó en la colmena de oficinas, en la cruzada polinización de los temas. Stravinsky unido a Bach, Haydn rechazando infructuosamente a Rachmaninoff, Schubert golpeado por Duke Ellington. El psiquiatra saludó con la cabeza a las canturreantes secretarias y a los silbadores médicos que iban a iniciar el trabajo de la mañana. Llegó a su oficina, corrigió unos pocos textos con su lapicera, que cantó entre dientes, luego telefoneó otra vez al capitán de policía del piso superior. Unos pocos minutos más tarde, parpadeó una luz roja, y una voz dijo desde el cielo raso:

—El prisionero en la cámara de entrevistas número nueve.

Abrió la puerta de la cámara, entró, y oyó que la cerradura se cerraba a sus espaldas.

—Váyase —dijo el prisionero, sonriendo.

La sonrisa sobresaltó al psiquiatra. Una sonrisa soleada y agradable, que iluminaba brillantemente el cuarto. El alba entre lomas oscuras. El mediodía a medianoche, aquella sonrisa. Los ojos azules chispearon serenamente sobre aquella confiada exhibición de dientes.

—Estoy aquí para ayudarlo —dijo el psiquiatra frunciendo el ceño.

Había algo raro en el cuarto. El médico había titubeado al entrar. Miró alrededor. El prisionero se rio.

—Si está preguntándose por qué hay aquí tanto silencio, deshice la radio a puntapiés.

Violento, pensó el doctor.

El prisionero le leyó el pensamiento, sonrió, y extendió una mano suave.

—No, sólo con las máquinas que chillan y chillan.

En la alfombra gris se veían pedazos de cable y lámparas de la radio de pared. Sintiendo sobre él aquella sonrisa como una lámpara calorífera, el psiquiatra se sentó frente a su paciente, en un silencio insólito que era como la amenaza de una tormenta.

—¿Es usted el señor Albert Brock que se llama a sí mismo El Asesino?

Brock asintió agradablemente.

—Antes de empezar. —Se movió con rapidez y sin ruido y le sacó al doctor la radio pulsera. La mordió como si fuese una nuez, y la radio crujió y estalló. Brock se la devolvió al médico como si le hubiese hecho un favor—. Es mejor así.

El psiquiatra se quedó mirando el arruinado aparato.

—Su cuenta de daños y perjuicios está creciendo.

—No me importa —sonrió el paciente—. Como dice la vieja canción: ¡No me importa lo que pasa!

El hombre tarareó.

—¿Empezamos? —dijo el psiquiatra.

—Muy bien. Mi primera víctima, o una de las primeras, fue el teléfono. Un crimen espantoso. Lo eché en el sumidero mecánico de mi cocina. Puse el aparato en punto medio. El pobre teléfono murió por estrangulación lenta. Luego maté a tiros el televisor.

—Mmm —dijo el psiquiatra.

—Le disparé seis tiros en el cátodo. Se oyó un hermoso tintineo, como una araña de luces que cae al piso.

—Linda imagen.

—Gracias, siempre soñé con ser escritor.

—¿Por qué no me dice cuando empezó a odiar el teléfono?

—Me aterrorizaba ya en la infancia. Un tío mío lo llamaba la máquina de los fantasmas. Voces sin cuerpo. Me ponía los pelos de punta. Más tarde, nunca me sentí cómodo. El teléfono me parecía un instrumento impersonal. Si a él se le ocurría, dejaba que la personalidad de uno fuese por sus cables. Si no lo quería así, lo mismo le sacaba a uno la personalidad hasta que por el otro extremo salía una voz de pescado frío, toda acero, cobre, plásticos, sin calor, sin realidad. Es fácil decir alguna inconveniencia cuando se habla por teléfono; el teléfono cambia el significado de las frases. Y al fin uno se entera de que se ha ganado un enemigo. Luego, por supuesto, el teléfono es algo tan conveniente. Ahí está, exigiendo que uno llame a alguien que no quiere que lo llamen. Mis amigos estaban siempre llamando, llamando, llamándome. Demonios, no me dejaban tiempo para nada. Cuando no era el teléfono, era la televisión, la radio, el fonógrafo. Cuando no era la televisión, la radio o el fonógrafo eran las películas en el cine de la esquina, películas proyectadas en nubes bajas, con publicidad. Ya no llueve más agua, llueve espuma de jabón. Cuando no eran los anuncios en nubes de alta visibilidad, era la música de Mozzek en todos los restaurantes; música y anuncios en los ómnibus que me llevaban al trabajo. Cuando no era la música, eran los intercomunicadores de la oficina, y la cámara de horror de una radio pulsera desde donde mis amigos y mi mujer me llamaban cada cinco minutos. ¿Qué hay en esas conveniencias que las hace parecer tan tentadoramente convenientes? El hombre común piensa: Aquí estoy, dispongo de tiempo, y aquí en mi muñeca hay un teléfono pulsera. ¿Por qué no llamar al viejo Joe, eh? "¡Hola, hola!" Quiero mucho a mis amigos, a mi mujer, la humanidad. Pero cuando mi mujer me llama para preguntarme: "¿Dónde estás ahora, querido?", y un amigo me llama y dice: "¿Conoces este chiste verde? Parece que una vez un tipo..." Y un desconocido me llama y grita: "Esta es la encuesta Encuentra-Rápido. ¿Qué caramelo de goma está masticando en este instante?" ¡Bueno!

—¿Cómo se sentía durante la semana?

—Al borde del precipicio. Aquella misma mañana hice eso en la oficina.

—¿Qué fue?

—Eché un vaso de agua en el intercomunicador.

El psiquiatra anotó en su libreta.

—¿Y el sistema se cerró?

—¡Magníficamente! ¡El cuatro de julio en ruedas! Dios mío, las estenógrafas corrían de un lado a otro como perdidas. ¡Qué confusión!

—¿Se sintió mejor durante un tiempo, eh?

—¡Muy bien! Al mediodía se me ocurrió cerrar la radio pulsera en la calle. Una voz aguda me gritaba: "Encuesta popular número nueve. ¿Qué almuerza usted?" En ese mismo momento, ¡se acabó la radio pulsera!

—¿Se sintió mejor aún, eh?

—¡Cada vez mejor! —Brock se frotó las manos—. ¿Por qué no iniciar, pensé, una revolución solitaria, liberando al hombre de ciertas "conveniencias"? "¿Conveniente para quién?" grité. Conveniente para los amigos. "Eh, Al, te llamo desde el bar de Green Hills. Acabo de abrir una botella de whisky, Al. Hermoso día. Ahora estoy tomando unos tragos. ¡Pensé que te gustaría saberlo, Al!" Conveniente para mi oficina, de modo que cuando ando trabajando en mi coche, la radio no pierde el contacto conmigo. ¡Contacto! Palabra tímida. Contacto, demonios. ¡Estrujamiento! Manoseo, mejor. Aporreo y masajeo. Uno no puede dejar el coche sin avisar: "Me he detenido en la estación de gasolina para ir al cuarto de baño." "Muy bien, Brock, ¡rápido!" "Brock, ¿por qué tarda tanto?" "Lo siento, señor." "Que no se repita, Brock." "¡No, señor!" ¿Sabe usted que hice, doctor? Compré un cuarto kilo de helado de chocolate y lo eché en el transmisor de radio del coche.

—¿Tuvo alguna razón especial para echar en el aparato helado de chocolate?

Brock pensó un momento y sonrió.

—Es mi helado favorito.

—Ah —dijo el doctor.

—Pensé, demonios, lo que es bueno para mí es bueno también para el transmisor.

—¿Y por qué echar helado en la radio?

—Hacía calor.

El doctor calló un momento.

—¿Y qué vino luego?

—Luego vino el silencio. Dios, era hermoso. Aquella radio del auto cocleando todo el día. Brock, venga aquí, Brock, vaya allá, Brock, llame, Brock, escuche, muy bien, Brock, hora de almorzar, Brock, ha terminado el almuerzo, Brock, Brock, Brock, Brock. Bueno, aquel silencio fue como si me hubiese echado helado en las orejas.

—Parece que le gusta mucho el helado.

—Me paseé en el auto disfrutando del silencio. Es la franela más blanda y suave del mundo. El silencio. Una hora entera de silencio. Yo paseaba en el coche, sonriendo, sintiendo aquella franela en mis oídos. ¡Me emborraché de libertad!

—Continúe.

—Entonces se me ocurrió lo de la máquina portátil de diatermia. Alquilé una, y aquella noche subí con ella al ómnibus que me llevaría a casa. Todos los viajeros hablaban con sus mujeres por la radio pulsera diciendo: "Ahora estoy en la calle Cuarenta y tres, ahora en la Cuarenta y cuatro, aquí estoy en la Cuarenta y nueve, ahora doblamos en la Sesenta y una." Un marido maldecía: "Bueno, sal de ese bar, maldita sea y vete a casa a preparar la cena. ¡Estoy en la Setenta!" Y una radio de transistores tocaba Cuentos de los bosques de Viena, y un canario cantaba una canción acerca de una sopa de cereales. En ese momento ¡encendí mi aparato de diatermia! ¡Estática! ¡Interferencia! Todas las mujeres separadas de los maridos que habían acabado una dura jornada en la oficina. ¡Todos los maridos separados de sus mujeres que acababan de ver cómo sus chicos rompían una ventana! Talé los Bosques de Viena. El canario se atragantó. ¡Silencio! Un terrible, inesperado silencio. Los pasajeros del ómnibus tuvieron que afrontar la posibilidad de conversar entre ellos. ¡El pánico! ¡Un pánico puro y animal!

—¿Se lo llevó la policía?

—El ómnibus tuvo que detenerse. Después de todo, la música había desaparecido, maridos y mujeres habían perdido contacto con la realidad. Un pandemonio, un tumulto, y un caos. ¡Ardillas que chillaban en sus jaulas! Llegó una patrulla, me descubrieron rápidamente, me endilgaron un discurso, me multaron, y me mandaron a casa, sin el aparato de diatermia, en un santiamén.

—Señor Brock, ¿puedo sugerirle que su conducta hasta ese momento no había sido muy... práctica? Si no le gustaban las radios de transistores, o las radios de oficina, o las radios de auto, ¿por qué no se unió a alguna asociación de enemigos de la radio, firmó petitorios, o luchó por normas legales y constitucionales? Al fin y al cabo, estamos en una democracia.

—Y yo —dijo Brock— estoy en lo que se llama una minoría. Me uní a asociaciones, firmé petitorios, llevé el asunto a la justicia. Protesté todos los años. Todos se rieron. Todos amaban las radios y los anuncios. Yo estaba fuera de lugar.

—Entonces tenía que haberse conducido como un buen soldado, ¿no le parece? La mayoría manda.

—Pero han ido demasiado lejos. Si un poco de música y "mantenerse en contacto" es agradable, piensan que mucha música y mucho "contacto" será diez veces más agradable. ¡Me volvieron loco! Llegué a casa y encontré a mi mujer histérica. ¿Por qué? Porque había perdido todo contacto conmigo durante medio día. ¿Recuerda que bailé sobre mi radio pulsera? Bueno, aquella noche hice planes para asesinar la casa.

—¿Pero quiere que lo escriba así? ¿Está seguro?

—Es semánticamente exacto. Había que enmudecerla. Mi casa es una de esas casas que hablan, cantan, tararean, informan sobre el tiempo, leen novelas, tintinean, entonan una canción de cuna cuando uno se va a la cama. Una casa que le chilla a uno una ópera en el baño y le enseña español mientras duerme. Una de esas cavernas charlatanas con toda clase de oráculos electrónicos que lo hacen sentirse a uno poco más grande que un dedal, con cocinas que dicen: "Soy una torta de durazno, y estoy a punto", o "Soy un escogido trozo de carne asada, ¡sácame!", y otros cantitos semejantes. Con camas que lo mecen a uno y lo sacuden para despertarlo. Una casa que apenas tolera a los seres humanos, se lo aseguro. Una puerta de calle que ladra: "¡Tiene los pies embarrados, señor!" Y el galgo de un vacío electrónico que lo sigue a uno olfateándolo de cuarto en cuarto, sorbiendo todo fragmento de uña o ceniza que uno deja caer. ¡Jesucristo! ¡Jesucristo!

—Cálmese —sugirió el psiquiatra.

—¿Recuerda aquella canción de Gilbert y Sullivan, Lo he anotado en mi lista, y jamás lo olvidaré? Me pasé la noche anotando quejas. A la mañana siguiente me compré una pistola. Me embarré los zapatos a propósito. Me planté ante la puerta de calle. La puerta chilló: "¡Pies sucios, pies embarrados! ¡Límpiese los pies! ¡Por favor sea aseado!" Le disparé un tiro por el ojo de la cerradura. Corrí a la cocina, donde el horno lloriqueaba: "¡Apáguenme!" En medio de una tortilla mecánica, enmudecí la cocina. O cómo siseó y gritó: "¡Un corto circuito!" Entonces sonó el teléfono, como un murciélago. Lo eché en el sumidero mecánico. Debo declarar aquí que no tengo nada contra el sumidero. Lo siento por él, un dispositivo útil sin duda, que nunca dice una palabra, ronronea como un león somnoliento la mayor parte del tiempo, y digiere nuestros restos. Lo arreglaré. Luego fui y maté el televisor, esa bestia insidiosa, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco, y yo mismo siempre volviendo a él, volviendo y esperando, hasta que... ¡pum! Como un pavo sin cabeza, mi mujer salió chillando a la calle. Vino la policía. ¡Y aquí estoy!

Brock se echó hacia atrás, feliz, y encendió un cigarrillo.

—¿Y no pensó usted, al cometer esos crímenes, que la radio pulsera, el transmisor, el teléfono, la radio del ómnibus, los intercomunicadores, eran todos alquilados, o pertenecían a algún otro?

—Lo haría otra vez, que Dios me proteja.

El psiquiatra se quedó inmóvil bajo el sol de aquella beatífica sonrisa.

—¿Y no quiere que lo ayude la Oficina de Salud Mental? ¿Está preparado a soportar las consecuencias?

—Esto es sólo el comienzo —dijo el señor Brock—. Soy la vanguardia de unos pocos cansados de ruidos y órdenes y empujones y gritos, y música en todo momento, en todo momento en contacto con alguna voz de alguna parte, haz esto, haz aquello, rápido, rápido, ahora aquí, ahora allá. Ya veremos. La rebelión comienza. ¡Mi nombre hará historia!

—Mmm.

El psiquiatra parecía pensativo.

—Llevará tiempo, por supuesto. Era tan agradable al principio. La sola idea de esas cosas, tan prácticas, era maravillosa. Eran casi juguetes con los que uno podía divertirse. Pero la gente fue demasiado lejos, y se encontró envuelta en una red de la que no podía salir, ni siquiera advertía que estaba dentro. Así que dieron a sus nervios otro nombre "La vida moderna", dijeron. "Tensión", dijeron. Pero recuérdelo, se ha echado la semilla. Me conocen en todo el mundo gracias a la TV, la radio, las películas. Es una ironía. Eso fue hace cinco días. Un billón de personas me conoce. Revise las columnas de las finanzas. Un día notará algo. Quizá hoy mismo. ¡Un alza repentina en las ventas de helado de chocolate!

—Entiendo —dijo el psiquiatra.

—¿Puedo volver a mi hermosa celda privada, donde podré estar solo y en silencio durante seis meses?

—Sí —dijo el psiquiatra en voz baja.

—No se preocupe por mí —dijo el señor Brock incorporándose—. Me voy a entretener un tiempo metiéndome ese blando, suave y callado material en las orejas.

—Mmm —dijo el psiquiatra yendo hacia la puerta.

—Saludos —dijo el señor Brock.

—Sí —dijo el psiquiatra.

Apretó el botón oculto de acuerdo con la clave. La puerta se abrió, el psiquiatra salió del cuarto, la puerta se cerró. El psiquiatra atravesó oficinas y corredores. Los primeros veinte metros de su marcha fueron acompañados por El tamboril chino. Luego se oyó Tzigana, Passacaglia y fuga en algo menor, El paso del tigre, El amor es como un cigarrillo. Sacó la radio pulsera rota del bolsillo como una manta religiosa muerta. Entró en su oficina. Sonó un timbre. Una voz vino del cielo raso:

—¿Doctor?

—Acabo de terminar con Brock.

—¿Diagnóstico?

—Parece completamente desorientado, pero jovial. Rehúsa aceptar las más simples realidades de su ambiente, y cooperar con ellas.

—¿Pronóstico?

—Indefinido. Lo dejé disfrutando con un trozo de material invisible.

Llamaron tres teléfonos. Un duplicado de su radio pulsera zumbó en un cajón del escritorio como una langosta herida. El intercomunicador lanzó una luz rosada y un clic-clic. Llamaron tres teléfonos. El cajón zumbó. Entró música por la puerta abierta. El psiquiatra, tarareando entre dientes, se puso la nueva radio pulsera en la muñeca, abrió el intercomunicador, habló un momento, atendió un teléfono, habló, atendió otro teléfono, habló, atendió un tercer teléfono, habló, tocó el botón de la radio pulsera, habló serenamente y en voz baja, con una cara descansada y tranquila, mientras se oía música y las luces se apagaban y encendían, los dos teléfonos llamaban otra vez, y él movía las manos, y la radio pulsera zumbaba, y los intercomunicadores conversaban, y unas voces hablaban desde el techo. Y así siguió serenamente el resto de una larga y fresca tarde de aire acondicionado; teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera...

 

De Las doradas manzanas del sol, Buenos Aires, Ediciones Minotauro, 1961.

 


Ernest Hemingway

CAMPAMENTO INDIO

En la orilla del lago habían preparado otro bote, y dos indios esperaban a su lado.

Nick y su padre se ubicaron en la popa y los indios pusieron la embarcación en movimiento. Uno de ellos remaba. Tío Jorge se sentó en la popa del bote del campamento. El indio joven lo alejó un poco de la orilla y después subió para remar.

Las dos embarcaciones empezaron a navegar en la oscuridad. Nick oyó el ruido de las horquillas del otro bote, más adelante, pues la niebla le impedía verlo. Los nativos remaban con golpes rápidos y violentos. Nick estaba recostado, y su padre lo rodeaba con el brazo. Hacía frío en el lago. El indio remaba con todas sus fuerzas, pero el otro bote siempre le llevaba ventaja.

-¿Adónde vamos, papá? -preguntó Nick.

-Al campamento indio. Hay una señora muy enferma.

-¡Ah!- dijo Nick.

El bote del Tío Jorge llegó antes a la otra orilla. Cuando ellos desembarcaron, aquél estaba fumando un cigarro. La oscuridad era completa. El indio joven empujó el bote hacia la playa y Tío Jorge les dio cigarros a los dos remeros.

Después atravesaron una pradera empapada de rocío. El indio joven iba delante con el farol. Pasaron por el monte y siguieron un rastro hasta el camino para el transporte de trozas que volvió hacia las colinas. Allí había más claridad, pues el monte estaba cortado a ambos lados. El guía se detuvo y apagó el farol de un soplido. Finalmente, avanzaron todos por el ancho camino.

Dieron vuelta una curva y apareció un perro ladrando. Más allá se veían las luces de las chozas de los leñadores indios. Unos cuantos perros más salieron al encuentro de los recién llegados. Los dos indios los hicieron regresar a las chozas. En la que estaba más cerca del camino había luz en la ventana, y en la puerta esperaba una anciana con el farol encendido.

Adentro, una india joven yacía en una tarima de madera. Durante dos días trató de dar a luz. Todas las ancianas del campamento la ayudaron. Los hombres, por su parte, iban a fumar al camino, lejos de allí, para no oír los quejidos de la mujer. Estaba gritando cuando Nick y los dos indios entraron detrás de su padre y Tío Jorge. Ella estaba acostada en la tarima inferior. Parecía enorme bajo la colcha. La tarima de arriba la ocupaba su marido, que tres días antes se había cortado un pie con el hacha. Fumaba en pipa. El olor de la habitación apestaba.

El padre de Nick ordenó que pusieran un poco de agua al fuego, y mientras ésta se calentaba habló con el muchacho:

Esta señora va a tener un hijo, Nick.

-Ya lo sé.

-No, no lo sabes -prosiguió el padre-. Escúchame. Está sufriendo los llamados dolores del parto. La criatura quiere nacer y ella quiere que nazca. Todos sus músculos están tratando de que salga la criatura. Eso es lo que ocurre cuando grita.

-Comprendo -asintió Nick.

En ese instante, la mujer lanzó un fuerte quejido.

-¡Oh! ¿Y no puedes darle algo para calmarla, papá? -preguntó el joven.

-No. No tengo ningún anestésico. Pero sus gritos no tienen importancia. No los oigo, porque no tienen importancia.

En la tarima superior, el marido se volvió contra la pared.

La mujer que cuidaba el agua indicó al médico que ya estaba caliente. El padre de Nick fue a la cocina y echó la mitad del líquido de la enorme olla en una palangana. En el agua que quedó en la olla puso varias cosas que llevaba envueltas en un pañuelo.

-Esto tiene que hervir -dijo mientras empezaba a lavarse las manos en la palangana con el pan de jabón que había traído del campamento.

Nick observó atentamente el cuidado con que su padre se restregaba ambas manos. En ese momento volvió a dirigirle la palabra:

-Como verás, Nick, primero tiene que salir la cabeza de la criatura, aunque a veces no ocurre así. Entonces se producen muchos inconvenientes para todos. Quizá tengamos que operar a esta mujer. Dentro de un ratito lo sabremos.

Una vez terminado el minucioso lavado, se dispuso a trabajan

-¿Quieres retirar esa colcha, Jorge? Prefiero no tocarla, ahora que tengo las manos bien limpias.

Luego, cuando comenzó a operar, Tío Jorge y tres indios sujetaron a la mujer, que en una ocasión mordió a Tío Jorge en el brazo, haciéndole exclamar.

-¡India perra de porquería!

Y el indio que remó su bote lanzó una carcajada. Nick sostenía la palangana al lado de su padre, que tardó largo rato. Finalmente, sacó la criatura, le dio una palmada para hacerla respirar y la entregó a la anciana.

-Mira, es un niño, Nick. ¿Qué opinas, como practicante?

-Que está muy bien -dijo Nick, mirando hacia otro lado para no ver lo que hacía el padre.

-Así. Eso es -dijo éste poniendo algo en la palangana.

Nick apartó la mirada de nuevo.

-Ahora hacen falta varias puntadas. Haz lo que te parezca, Nick. Si quieres mirar, mira, y si no, no. Voy a coser la incisión anterior.

Nick no observó la operación. Ya había perdido toda curiosidad...

Su padre terminó, incorporándose. Tío Jorge y los tres indios también se pusieron de pie. Nick llevó la palangana a la cocina.

Tío Jorge se miró el brazo, y el indio joven sonrió al recordar la escena del mordisco.

-Te pondré un poco de peróxido, Jorge -le dijo el médico.

Luego se inclinó sobre la mujer, muy pálida y quieta y con los ojos cerrados. Había perdido el sentido.

-Volveré por la mañana -explicó el doctor, poniéndose de pie-. La enfermera de San Ignacio llegará aquí a mediodía con todo lo que necesitamos.

Se sentía muy alegre y locuaz, igual que los jugadores de fútbol reunidos en el vestuario después del partido.

-Esto es como para publicarlo en el boletín médico, Jorge -manifestó-. ¡Imagínate! ¡Hacer una operación cesárea con una navaja y coser la herida con hilo de tripa! ¡Casi nada!

Tío Jorge estaba apoyado contra la pared. Seguía mirándose el brazo.

-¡Oh! No hay duda de que eres un gran hombre -afirmó.

-Ahora hay que echarle un vistazo al orgulloso padre. Generalmente, son los que más sufren en estas pequeñas tragedias. Aunque debo reconocer que se portó bastante bien.

Pero al retirar la colcha que cubría la cabeza del indio sacó la mano mojada. Entonces subió al borde de la tarima inferior y miró la otra con la ayuda del farol. El nativo yacía con la cara hacia la pared. Un tajo de oreja a oreja atravesaba su garganta. La sangre formaba un charco en la parte del lecho hundida por el cuerpo. La cabeza descansaba sobre el brazo izquierdo, y la navaja abierta estaba encima de las frazadas.

-Hazlo salir a Nick, Jorge -dijo el doctor.

Pero no hubo necesidad de hacerlo, pues Nick, desde la puerta de la cocina, pudo ver la tarima cuando su padre, farol en mano, echó hacia atrás la cabeza del indígena.

Empezaba a aclarar cuando regresaron al lago por el camino de los leñadores.

-Estoy arrepentidísimo de haberte traído, Nickie -dijo su padre. Ya había desaparecido el regocijo que sucedió a la operación-. Ha sido algo espantoso, poco conveniente para ti.

-¿Y las mujeres siempre sufren tanto cuando dan a luz? -preguntó Nick.

-No, esto ha sido algo excepcional, muy excepcional.

-¿Y por qué se suicidó él, papá?

-No sé, Nick. No habrá podido aguantar lo que ocurrió, supongo.

-¿Se suicidan muchos hombres en casos como éste?

-No muchos, Nick.

-¿Y las mujeres?

-Es raro.

-¿No se suicidan nunca?

-¡Oh! Sí. A veces lo hacen.

-Papá...

-¿Qué?

-¿Adonde fue Tío Jorge?

-Volverá enseguida.

-¿Se sufre mucho al morir, papá?

-No, creo que no. Nick, depende...

-Luego se sentaron en el bote: Nick en la proa, y su padre remando. El sol ya se asomaba por las colinas. Un róbalo saltó y formó un círculo en el agua. Nick introdujo la mano en el líquido, que estaba tibio no obstante el severo frío matinal.

A esa hora temprana, en el lago, sentado en la popa del bote, mientras su padre remaba, Nick tuvo la completa seguridad de que nunca moriría...

 


EZRA POUND Y SU BEL ESPRIT

Ezra Pound se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo. El estudio donde vivía con su esposa Dorothy, en la rué Notre-Dame-des-Champs, tenía tanto de pobre como tenía de rico el estudio de Gertrude Stein. El de Ezra sólo tenía mucha luz y una estufa para calentarlo, y había pinturas de artistas japoneses amigos suyos. Eran todos nobles en su país de origen, y llevaban el pelo muy largo. Era un pelo de un negro muy brillante, que basculaba adelante cuando hacían sus reverencias, y a mí me impresionaban todos mucho, pero no me gustaban sus pinturas. No las comprendía, pero no encerraban ningún misterio, y en cuanto llegué a comprenderlas me importaron un comino. Lo lamentaba muy sinceramente, pero no pude hacer nada por remediarlo.

Los cuadros de Dorothy sí que me gustaban mucho, y Dorothy me parecía muy hermosa, con un tipo maravilloso. También me gustaba el busto de Ezra que hizo Gaudier-Brzeska, y me gustaron todas las fotos de obras de este escultor que Ezra me enseñó, y que estaban en el libro del propio Ezra sobre él. A Ezra también le gustaba la pintura de Picabia, pero a mí me parecía entonces que no valía nada. Tampoco me gustaba nada la pintura de Wyndham Lewis, que a Ezra le entusiasmaba. Siempre le gustaban las obras de sus amigos, lo cual está muy bien como prueba de lealtad, pero puede ser un desastre a la hora de dar juicios. Nunca discutíamos sobre cosas de éstas, porque yo guardaba la boca callada cuando algo no me gustaba. Si a una persona le gustaban las pinturas o los escritos de sus amigos, yo lo miraba como algo parecido a lo de la gente que quiere a su familia, y es descortés criticársela. A veces, uno puede pasar mucho tiempo antes de tomar una actitud crítica ante su propia familia, la de sangre o la política, pero todavía es más fácil ir tirando con los malos pintores, porque nunca cometen maldades horribles ni le destrozan a uno en lo más íntimo, como son capaces de hacer las familias. Con los pintores malos, basta con no mirarles. Pero incluso cuando uno ha aprendido a no mirar a las familias ni escucharlas ni contestar a las cartas, la familia encuentra algún modo de hacerse peligrosa. Ezra era más bueno que yo, y miraba más cristianamente a la gente. Lo que él escribía era tan perfecto cuando se le daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus teorías falsas, y era tan cariñoso con la gente, que yo le consideré siempre como una especie de santo. Claro que también era iracundo, pero acaso lo han sido muchos santos.

Ezra quiso que yo le enseñara a boxear, y un día que le daba una lección en su estudio, a última hora de la tarde, conocí allí a Wyndham Lcwis. Ezra boxeaba desde muy poco tiempo, y me avergonzaba que se mostrara torpe ante un amigo suyo, y procuré que diera la mejor impresión posible. Pero no podía darla muy buena, porque la práctica de la esgrima le había resabiado, y yo estaba todavía intentando lograr que concentrara su boxeo en la mano izquierda y guardara el pie izquierdo adelantado, y que cuando tuviera que adelantar el pie derecho lo hiciera paralelamente al izquierdo. O sea que estábamos todavía en lo básico. No llegaba nunca a enseñarle cómo se dispara un gancho de izquierda, y en cuanto a enseñarle el hábito de retirar su derecha, eso lo reservaba para el futuro.

Wyndham Lewis llevaba un sombrero negro de alas anchas, como un personaje del barrio, y se vestía como un cantante en La Bohème. Su cara me recordaba la de una rana, y ni siquiera de una rana toro sino de una rana cualquiera, y París era una charca que le venía ancha. Por aquellos tiempos, pensábamos que un escritor o un pintor puede llevar cualquier vestimenta de la que sea poseedor, y que no hay uniforme oficial para el artista; pero Lewis llevaba el uniforme de un artista de antes de la guerra. Daba grima mirarle, pero él nos observaba muy engreído, mientras yo; esquivaba las izquierdas de Ezra o las blocaba en la palma de mi guante derecho.

Quise dejarlo, pero Lewis insistió para que continuáramos, y me di cuenta de que, como no comprendía nada de lo que hacíamos, estaba al acecho, en la esperanza de que Ezra recibiera daño. Nada ocurrió. No contraataqué nunca, y mantuve a Ezra persiguiéndome, con su izquierda adelantada, pero lanzando de vez en cuando una derecha, y al fin dije que ya estaba bien por aquel día, y me lavé en una palangana, me sequé con una toalla y me puse mi chandail.

Nos servimos algo de beber, y yo escuché mientras Ezra y Lewis hablaban, haciendo comentarios sobre gentes que vivían en Londres o en París. Observé a Lewis con cuidado, pero fingiendo no mirarle, como hace uno cuando boxea, y creo que nunca he conocido a un hombre tan repelente. Ciertas personas traslucen el mal, como un gran caballo de carreras trasluce su nobleza de sangre. Tienen la dignidad de un chancro canceroso. Pero Lewis no traslucía el mal; sólo resultaba repelente.

Caminando de vuelta a casa, intenté enumerar las cosas en que Lewis me hacía pensar, y encontré varias cosas. Pero eran todas de orden médico, excepto el sudor de pies. Quise descomponer su cara en sus distintas facciones e írmelas describiendo, pero sólo recordé los ojos. Debajo del sombrero negro, en el primer instante en que le vi, me parecieron los ojos de un violador fracasado.

—Hoy he conocido al hombre más repelente con quien me he encontrado nunca —dije a mi mujer.

—Por favor, Tatie, no me hables de él —contestó—. No me digas nada. Estamos a punto de comer.

Cosa de una semana más tarde, hablé con Miss Stein y le dije que había conocido a Wyndham Lewis, y le pregunté si ella le conocía.

—Yo le llamo «la Tenia Métrica» —me dijo—. Llega de Londres y ve un buen cuadro, y se saca un lápiz del bolsillo y se pone a medir los detalles del cuadro, y dale de tomar medidas con el pulgar en el lápiz. Y toma sus vistas y sus medidas y apunta exactamente cómo está hecho. Luego se vuelve a Londres y rehace el cuadro, y no le sale. No se ha dado ni cuenta de por dónde va la cosa.

De modo que me acostumbré a pensar en él como la Tenia Métrica. Un término más amable y más provisto de piedad cristiana que cualquiera de los que yo mismo había inventado para designarle. Más tarde, hice lo posible por apreciarle y mostrarme amistoso con él, como hice con todos los amigos de Ezra cuando él me los explicaba. Pero aquella impresión tuve, el día que le conocí en el estudio de Ezra.

Ezra era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de nuestra amitad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quien, según me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco en Londres, y, por consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un buen rendimiento poético.

Ezra fundó una institución llamada Bel Esprit, asociándose con Miss Natalie Barney, que era una americana rica, protectora de las artes. Miss Barney había sido amiga de Rémy de Gourmont (eso fue antes de mis tiempos), y tenía en su casa un salón donde recibía en cierto día de la semana, y en su jardín un templete griego. Muchas mujeres, americanas y francesas, provistas de dinero suficiente, tenían sus salones, y comprendí pronto que eran unos lugares excelentes para que yo me guardara de poner en ellos los pies. Pero creo que Miss Barney era la única con un templete griego en su jardín.

Ezra me mostró el folleto anunciador del Bel Esprit, y Miss Barney le había permitido usar una viñeta del templete griego para la portada. La concepción encarnada en el Bel Esprit era la de que cada cual aportaría una parte de sus ingresos, y entre todos constituiríamos un fondo con el que sacaríamos a Mr. Eliot de su banco, y él tendría dinero para escribir poesía. A mí me pareció una buena idea, y una vez que tuviéramos a Mr. Eliot fuera de su banco, Ezra calculó que la cosa progresaría en línea recta y labraríamos un porvenir para lodo el mundo.

Yo metí un poco de claroscuro en la cosa al referirme siempre a Eliot bajo el titulo de Comandante Eliot, fingiendo le confundía con el Comandante Douglas, un economista cuyas ideas entusiasmaron grandemente a Ezra. Pero Ezra comprendió que a pesar de todo mi corazón latía como los buenos y que yo estaba imbuido de Bel Esprit, por mucho que a Ezra le irritara oírme solicitar de mis amigos fondos para sacar al Comandante Eliot del banco, y oír a alguien replicar que qué diablos estaba haciendo un comandante en un banco, y que si le habían dado el retiro, no se comprendía que no tuviera una pensión, o que por lo menos no hubiera recibido una indemnización al retirarse.

En casos tales, yo explicaba a mis amigos que todo aquello no venía a cuento. Uno estaba dotado de Bel Esprit o no lo estaba. Si tienes Bel Esprit, contribuirás para que el Comandante salga del banco. Si no lo tienes peor para ti. ¿Comprendes por lo menos el significado del templete griego? ¿No? Ya me parecía a mí. Adiós, muy buenas. Te metes tu dinero donde te convenga. No lo aceptamos aunque nos lo implores de rodillas.

Mi actividad como agente del Bel Esprit fue muy enérgica, y por entonces mis sueños más felices eran aquellos en que veía al Comandante salir a grandes zancadas por la puerta del banco, transformado en hombre libre. No logro acordarme de cómo se cascó por fin el Bel Esprit, pero me parece que tiene alguna relación con el hecho de que el Comandante publicó The Waste Land y el poema le ganó el premio del Dial, y poco después una dama con título financió para Eliot una revista llamada The Criterion, y ni Ezra ni yo tuvimos que preocuparnos más por él. Creo que el templete se encuentra todavía en su jardín. Para mí fue una decepción eso de que no hubiéramos logrado sacar al Comandante de su banco mediante la operación única del Bel Esprit, según yo lo visualizaba en mis sueños, con lo que tal vez se hubiera venido a vivir en el templete griego, por donde podríamos dejarnos caer de vez en cuando, Ezra y yo, a coronarle de laurel. Yo conocía un lugar donde había laureles muy hermosos, y yo hubiera podido ir a cortar unas ramas y traerlas en bicicleta, y hubiéramos podido coronarle cada vez que se sintiera solo, o cada vez que a Ezra le fuera dable revisar los manuscritos o las pruebas de otro poema tan grande como The Waste Land. Para mí, la empresa aquella resultó moralmente perniciosa, como han resultado tantas otras cosas, porque me metí en el bolsillo el dinero que había destinado a sacar al Comandante del banco, y me lo llevé a Enghien y lo aposté en caballos que saltaban bajo la influencia de estimulantes. En dos reuniones hípicas, los estimulados caballos por los que yo apostaba dejaron atrás a los animales sin estimulo o con estímulo insuficiente, salvo en una carrera en la que nuestro angelito querido se estimuló hasta tal punto que antes de la salida arrojó a su jockey al suelo y se escapó, y dio una vuelta entera al circuito del steeplechase, saltando hermosamente en su soledad, tal como uno salta a veces en sueños. Cuando lo cazaron y lo volvieron a montar, arrancó en cabeza y, como dicen los franceses, hizo una carrera honrosa, pero el dinero fue para otro.

Me hubiera sentido más dichoso si el dinero de la apuesta hubiera ido a parar al Bel Esprit, que había dejado de existir. Pero me consolé pensando que, con las apuestas acertadas, hubiera podido contribuir al Bel Esprit con una suma mucho mayor que mi primera intención.

 

Paris era una fiesta (A Moveable Feast, 1964).

 


Lafcadio Hearn

LA HISTORIA DE MIMI-NASHI-HÕÏCHI

 

Hace más de setecientos años, en Dan-no-ura, en las gargantas del Shimonoséki, se libró la última batalla de la larga contienda entre los Heiké, o clan Taira, y los Gengi, o clan Minamoto. Allí fueron exterminados los Heiké, con sus mujeres y sus niños, y su pequeño emperador, hoy recordado como Antoku Tennõ. Y hace más de setecientos años que el mar y la costa están encantados... En otra parte me he referido a los extraños cangrejos de mar, llamados cangrejos Heiké, que lucen rostros humanos en el lomo y que son, según se dice, los espíritus de los guerreros Heiké1. En esa costa se ven y se oyen cosas muy raras. En las noches sin luna, millares de fuegos espectrales aletean en la playa, o relumbran sobre el oleaje, pálidas luces que los pescadores llaman Oni-bi, o fuegos demoníacos; y, cuando los vientos se enardecen, profusos alaridos provienen del mar, semejantes al clamor de una batalla.

En otra época, los Heiké ignoraban el sosiego mucho más que ahora. Por las noches, se subían a las naves que cruzaban sus dominios e intentaban hundirlas; y jamás dejaban de acechar a los nadadores para arrastrarlos consigo. Para aplacar a esos muertos se construyó el templo budista, Amidaji, en Akamagaséki2. Junto a él, cerca de la playa, se levantó un cementerio, poblado por monumentos cuyas inscripciones evocan los nombres del emperador ahogado y de sus grandes vasallos; y allí realizábanse regularmente ceremonias budistas consagradas a esos espíritus. Edificado el templo, erigidas las tumbas, los Heiké ya no inquietaron a los vivos con tanta frecuencia; mas no cesaron, ocasionalmente, de hacer cosas raras, que demostraban que aún no habían hallado la paz perfecta.

Hace algunos siglos vivía en Akamagaséki un ciego llamado Hõïchi, famoso por su destreza en la declamación y en la ejecución del biwa3. Le habían enseñado su arte en la infancia, y en la juventud ya superaba a sus maestros. Como biwa-hõshi profesional, debía ante todo su fama a la exposición que hacía en sus versos de la historia de los Heiké y de los Gengi; y cuéntase que cuando cantaba la canción de la batalla de Dan-no-ura “ni siquiera los duendes (kijin) podían contener las lágrimas”.

En los inicios de su carrera, Hõïchi era muy pobre; pero encontró un buen amigo que le brindó su ayuda. El sacerdote del Amidaji gustaba de la música y la poesía, y con frecuencia invitaba a Hõïchi a tocar y recitar en el templo. Más tarde, impresionado por la maravillosa habilidad del joven, el sacerdote le propuso que se instalara en el templo, oferta que aceptó con gratitud. Una habitación del templo fue destinada a Hõïchi, quien, a cambio de comida y alojamiento, no debía sino deleitar al sacerdote con su música ciertas noches que no tuviera otros compromisos.

Una noche de verano llamaron al sacerdote para realizar un servicio budista en casa de alguien que había muerto en la vecindad; él se fue con su acólito, y Hõïchi quedó solo en el templo. Era una noche tórrida, y el ciego quiso refrescarse en la veranda que había ante su dormitorio. La veranda daba a un pequeño jardín, en la parte de atrás del Amidaji. En ese lugar, Hõïchi aguardó el regreso del sacerdote, e intentó distraer la soledad mediante la música de su biwa. Pasó la medianoche, y el sacerdote no aparecía. Pero como aún reinaba una atmósfera demasiado sofocante como para entrar, Hõïchi optó por quedarse afuera. Al fin escuchó unos pasos que se acercaban desde la puerta de atrás. Alguien cruzó el jardín, avanzó hasta la veranda y se detuvo justo frente a él... pero no era el sacerdote. Una voz hueca pronunció el nombre del ciego, con el modo abrupto y descortés con que un samurai se dirige a un subalterno:

-¡Hõïchi!

Hõïchi, harto sorprendido, no supo responder al instante; y la voz lo llamó una vez más, en tono áspero y perentorio:

-¡Hõïchi!

-¡Hai! -respondió el ciego, amedrentado por ese acento amenazador-. ¡Soy ciego! ¡No sé quién me llama!

-No hay nada que temer -exclamó el desconocido con voz más mesurada-. Estoy sirviendo en las cercanías de este templo y soy portador de un mensaje para ti. Mi actual señor, hombre de altísimo rango, está de paso en Akamagaséki, con muchos y muy nobles servidores. Deseaba contemplar el escenario de la batalla de Dan-no-ura, y hoy visitó ese lugar. Como supo de tu habilidad para recitar la historia de la batalla, desea que actúes en su presencia: de modo que tomarás tu biwa y me acompañarás al palacio donde aguarda la augusta asamblea.

En aquellos tiempos, difícilmente se hacía caso omiso a las órdenes de un samurai. Hõïchi se calzó las sandalias, tomó su biwa y se fue en pos del desconocido, quien lo guió con destreza aunque obligándolo a caminar muy rápido. La mano que lo guiaba era de hierro, y el rechinar de sus pasos mostraba que estaba completamente armado... quizá fuera un centinela de palacio. El temor de Hõïchi se disipó: comenzó a sospechar que era muy afortunado, pues, al recordar que el servidor le había hablado de un “hombre de altísimo rango”, pensó que el señor que deseaba escucharlo no podía ser menos que un daimyõ de la clase superior. El samurai no tardó en detenerse; y Hõïchi advirtió que habían llegado ante un amplio portal... lo cual le intrigó, pues no recordaba ningún portal en esa parte del pueblo, salvo la entrada principal del Amidaji.

-¡Kaimon!4-gritó el sirviente. Hubo un chirrido metálico y ambos siguieron adelante. Atravesaron un vasto jardín y se detuvieron nuevamente ante otra entrada.

-¡Acercaos! -gritó el samurai-. Traigo a Hõïchi.

Entonces se sucedieron los pasos apresurados, el susurro de las mamparas, el rumor de las puertas correderas y el murmullo de las voces femeninas. Por el modo de hablar de las mujeres, Hõïchi advirtió que integraban la corte de algún señor de alcurnia, mas no pudo imaginar a qué sitio lo habían conducido. No tuvo tiempo para cavilar al respecto. Una vez que alguien lo ayudó a ascender por varios peldaños de piedra (en el último de los cuales debió dejar las sandalias), una mano de mujer lo guió por interminables y resbaladizos entarimados, lo hizo girar ante innumerables esquinas con columnas y lo llevó por pisos de esterilla cuya superficie era asombrosa por la amplitud, hasta el centro de un vasto recinto. Pensó que allí se congregaba una multitud de gente de rango, pues el susurro de la seda era semejante al sonido de las hojas de un bosque. También escuchó un denso murmullo de voces que hablaban en tono muy bajo, cuyo lenguaje era el lenguaje de las cortes.

Dijéronle a Hõïchi que se acomodara a su gusto, y él descubrió que le habían preparado un almohadón. En cuanto se colocó y afinó su instrumento, la voz de una mujer quien, según imaginó Hõïchi, sería la Rõjo, o matrona al cargo del personal femenino- se dirigió a él con estas palabras:

-Recítanos ahora la historia de los Heiké, acompañándote con tu biwa.

Declamar todo el poema habría requerido muchas noches; Hõïchi, por lo tanto, se aventuró a preguntar:

-Siendo la historia tan larga como es, ¿qué parte de ella desea mi augusta audiencia que le recite?

La voz de la mujer respondió:

-Recítanos la historia de la batalla de Dan-no-ura, que se destaca por su piedad5.

Entonces Hõïchi elevó la voz y entonó el canto del combate del mar encrespado, y los sonidos de su biwa imitaban el chasquido de los remos y el bogar de las naves, el zumbido y el susurro de los dardos, los gritos y embates de los guerreros, el crujido del acero sobre los cascos, la caída de los cuerpos en el agua. Y cada vez que había una pausa, escuchaba voces elogiosas que murmuraban:

-¡Qué artista más maravilloso! ¡Jamás, en nuestra provincia, escuchamos cantar de ese modo! ¡No hay en todo el imperio un cantor como Hõïchi!

Esto le infundió nuevos ánimos, y tocó y cantó aún mejor que antes; y le respondió un profundo susurro de asombro. Mas cuando al fin llegó al adverso destino de los hermosos y los débiles, al estremecedor exterminio de los niños y las mujeres, y al salto de muerte de Nii-no-Ama, con el heredero del trono en sus brazos, los concurrentes profirieron un grito prolongado, unánime y conmovedor, al que siguieron gemidos y sollozos tan fuertes y feroces que el ciego sintió temor ante la violencia de la pena que había suscitado, pues llantos y gemidos continuaron durante largo rato. Pero gradualmente se fueron desvaneciendo las lamentaciones; y una vez más, en el hondo silencio que imperó a continuación, Hõïchi escuchó la voz de la mujer que, según él creía, era la Rõjo.

Ésta le dijo:

-Aunque nos habían asegurado que eras muy diestro en la ejecución del biwa, y que tu modo de cantar no resistía comparación, ignorábamos que alguien pudiera demostrar tanta destreza como la que esta noche nos has revelado. Nuestro señor se complace en anunciarte que está dispuesto a ofrecerte una recompensa que iguale tus méritos. Mas desea que actúes en su presencia en las seis próximas noches, al cabo de las cuales es probable que continúe su augusto viaje de retorno. Mañana por la noche, por consiguiente, debes venir aquí a la misma hora. El servidor que esta noche fue en tu busca irá a por ti... Hay otra cosa que me han ordenado que te informe. Se te requiere que a nadie menciones las visitas que nos haces durante la augusta permanencia de nuestro señor en Akamagaséki. Como él viaja de incógnito6, es su voluntad que nadie se entere de lo que ocurre... Ahora, estás en libertad para volver a tu templo.

Después que Hõïchi hubo expresado su debida gratitud, la mano de una mujer lo condujo hasta la entrada del palacio, donde el mismo samurai que lo había traído lo aguardaba para conducirlo a casa. El servidor lo llevó hasta la veranda de la parte trasera del templo y allí se despidió de él.

Hõïchi regresó casi al alba, pero nadie había advertido su ausencia, pues el sacerdote, que había vuelto a horas tardías, lo supuso dormido. Hõïchi pudo descansar durante el día, y no hizo ningún comentario sobre su extraña aventura. A la medianoche siguiente, el samurai volvió en su busca y lo condujo ante la augusta asamblea, ante la cual Hõïchi volvió a actuar con el mismo éxito que había obtenido la noche anterior. Pero, durante esta segunda visita, accidentalmente descubrieron su ausencia en el templo; y cuando regresó al amanecer el sacerdote requirió su presencia y le dijo, en un tono de afable reconvención:

-Nos has causado gran ansiedad, amigo Hõïchi. Salir, a ciegas y a solas, a horas tan avanzadas, es peligroso. ¿Por qué te fuiste sin avisarnos? Pude poner un sirviente a tu disposición. ¿Y dónde has estado?

-¡Perdonadme, querido amigo! -respondió evasivamente Hõïchi-. Hube de atender un asunto particular y no pude hacerlo a otras horas.

La reticencia de Hõïchi asombró al sacerdote antes de mortificarlo: esa actitud le pareció poco natural y despertó su suspicacia. Temió que algún espíritu maligno hubiese embrujado o engañado al joven ciego. No formuló más preguntas, pero privadamente impartió instrucciones a los servidores del templo para que vigilaran los movimientos de Hõïchi y lo siguieran en caso de que él volviera a alejarse durante la noche.

A la noche siguiente observaron que Hõïchi volvía a dejar el templo; los sirvientes encendieron las lámparas y lo siguieron. Pero era una noche lluviosa y muy oscura, y antes de que los sirvientes pudieran llegar al camino, Hõïchi había desaparecido. Era obvio que había caminado con gran rapidez... un hecho asombroso, teniendo en cuenta su ceguera, pues el camino estaba en pésimas condiciones. Los hombres se apresuraron a internarse en las calles y a preguntar en todas las casas que Hõïchi solía frecuentar; sin embargo, nadie lo había visto. Finalmente, mientras regresaban al templo por el camino de la costa, los sorprendió el sonido de un biwa, ejecutado con tenacidad en el cementerio de Amidaji. A excepción de algunos fuegos fatuos -habituales en ese lugar en las noches tenebrosas-, no había en esa dirección sino espesas penumbras. Pero los hombres, sin vacilar, se precipitaron hacia el cementerio; y allí, a la luz de sus lámparas, descubrieron a Hõïchi, sentado bajo la lluvia, solo, ante el monumento erigido en memoria de Antoku Tennõ, tocando el biwa y entonando en voz alta el canto de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y a su alrededor, y en todo el cementerio, ardían como bujías los fuegos de los muertos. Jamás mortal alguno presenció tan magna congregación de Oni-bi.

-¡Hõïchi San! ¡Hõïchi San! -gritaron los sirvientes-. ¡Estás embrujado! ¡Hõïchi San!

Pero el ciego no parecía oírlos. Esforzábase en reproducir con el biwa rasgueos, crujidos y clamores, y su voz se enardecía al cantar la batalla de Dan-no-ura. Lo aferraron y gritáronle al oído.

-¡Hõïchi San! ¡ Hõïchi San ! ¡Acompáñanos en el acto!

Él les dirigió un severo reproche:

-Interrumpirme de este modo, ante tan augusta asamblea, es por cierto intolerable.

Ante lo cual, pese a lo siniestro de la circunstancia, los sirvientes no pudieron contener la risa. Seguros de que Hõïchi estaba embrujado, lo apresaron, lo pusieron de pie y por la fuerza lo arrastraron al templo, donde en el acto lo despojaron de sus ropas húmedas, a instancias del sacerdote, lo cubrieron con otra vestimenta y le ofrecieron comida y bebida. Entonces el sacerdote exigió una detallada explicación de la asombrosa conducta de su amigo.

Hõïchi vaciló durante largo rato. Pero al fin, comprendiendo que su conducta realmente había alarmado y enfurecido al buen sacerdote, decidió deponer su reserva; refirió, pues, todo lo ocurrido a partir de la primera visita del samurai.

Díjole el sacerdote:

-¡Hõïchi, mi pobre amigo, estás en gran peligro! ¡Qué lástima que no me lo hayas dicho antes! Tu maravillosa destreza musical te ha metido, por cierto, en extraños problemas. Es hora de que sepas que no has visitado palacio alguno, sino que has pasado las noches en el cementerio, entre las tumbas de los Heiké; y ante el monumento que evoca la memoria de Antoku Tennõ esta noche te halló nuestra gente, sentado bajo la lluvia. Cuanto has experimentado no fue sino una ilusión... salvo la llamada de los muertos. Al obedecerlos una vez, te has puesto en sus manos. Si vuelves a obedecerlos después de lo ocurrido, te harán pedazos. De todos modos, te hubiesen destruido, tarde o temprano... Ahora bien, esta noche no podré permanecer contigo, pues han solicitado mis servicios. Pero, antes de irme, será necesario que proteja tu cuerpo cubriéndolo con textos sagrados.

Antes del crepúsculo, el sacerdote y su acólito desnudaron a Hõïchi; entonces, con sus pinceles, le trazaron sobre el pecho y la espalda, la cabeza y el rostro y el cuello, los miembros y las manos y los pies -y aun sobre las plantas de los pies, y sobre cada rincón de su cuerpo-, el texto del sûtra sagrado que denominan “Hannya-Shin-Kyõ”7. Cumplida esta tarea, el sacerdote instruyó a Hõïchi de este modo:

-Esta noche, apenas yo haya partido, debes sentarte en la veranda y esperar. Te llamarán. Pero, pase lo que pase, no respondas y no hagas movimiento alguno. No digas nada, quédate quieto, como si estuvieras meditando. Si te mueves, o haces algún ruido, te destrozarán. No te asustes; y un sueñes con pedir ayuda... pues ninguna ayuda podrá salvarte. Si haces tal como te digo, el peligro se disipará y quedarás libre de todo temor.

En cuanto anocheció, el sacerdote y su acólito dejaron el templo; y Hõïchi se sentó en la veranda de acuerdo con las instrucciones que había recibido. Dejó el biwa en el suelo, asumió una actitud meditativa, y permaneció inmóvil, cuidándose de no toser, y de que no se oyera su respiración. Estuvo así durante horas.

Al fin escuchó pasos en el camino. Éstos cruzaron la entrada, atravesaron el jardín, se aproximaron a la veranda, y se interrumpieron, justo frente a él.

-¡Hõïchi! -llamó la voz hueca-. Pero el ciego contuvo el aliento y mantuvo su rigidez.

-¡Hõïchi! -repitió ásperamente la voz.

Y luego, por tercera vez, con ferocidad:

-¡Hõïchi!

Hõïchi permaneció inerte como una piedra. La voz gruñó:

-¡Nadie responde! ¡No importa...! Lo buscaré...

Pasos de hierro retumbaron en la veranda. Lentamente, los pies se acercaron y se detuvieron ante Hõïchi. Hubo un largo intervalo de ominoso silencio, durante el cual Hõïchi sintió que todo su cuerpo se estremecía al ritmo acelerado de su corazón.

Al fin la voz ronca murmuró junto a él:

-Aquí está la biwa; pero de quien lo toca sólo veo... ¡Un par de orejas...! Eso explica que no haya respondido: no tiene boca para responder... de él no quedan sino las orejas... Le llevaré, pues, estas orejas a mi señor, como prueba de que sus augustas órdenes han sido obedecidas, en la medida de lo posible...

En ese instante, Hõïchi sintió que unos dedos de hierro le agarraban las orejas, arrancándoselas. Pese al dolor, contuvo sus gritos. Los pesados pasos abandonaron la veranda, descendieron al jardín, se alejaron por la carretera, y dejaron de oírse. A ambos lados de la cabeza, el ciego sentía correr un líquido cálido y espeso; pero no se atrevía a levantar las manos.

El sacerdote regresó antes del alba. En el acto se dirigió a la veranda del fondo, y al entrar resbaló en una mancha viscosa que le arrancó un grito de horror, pues la luz de la lámpara le reveló que esa viscosidad era sangre. Entonces vio a Hõïchi, sentado, en actitud meditativa, mientras de sus heridas aún fluía la sangre.

-¡Mi pobre Hõïchi! -exclamó el sacerdote, perplejo-. ¿Qué es esto...? ¿Te han herido...?

Al escuchar la voz de su amigo, el ciego se sintió a salvo. Rompió a llorar, y en medio de sus lágrimas refirió su aventura nocturna.

-¡Pobre, pobre Hõïchi ! -exclamó el sacerdote-. ¡Todo por mi culpa, todo por mi imperdonable culpa...! En cada rincón de tu cuerpo inscribimos los textos sagrados... ¡salvo en tus orejas! Confié a mi acólito esa parte de la tarea, y fue un gran error por mi parte no haberme fijado si lo había hecho... Bueno, nada puede hacerse ahora, salvo tratar de curar tus heridas sin demora... ¡Alégrate, amigo mío! Ha terminado el peligro. Jamás volverán a perturbarte esos visitantes.

Gracias a la asistencia de un buen médico, Hõïchi no tardó en recobrarse de sus heridas. La historia de su extraña aventura se propagó por todas partes y lo hizo famoso. Muchos nobles acudían a Akamagaséki para gozar de su arte; y Hõïchi recibió pródigas ofrendas en dinero, que hicieron de él un hombre de fortuna. Pero, desde que ocurrió su aventura, sólo se lo conoció por el apelativo de “Mimi-nashi-Hõïchi”: Hõïchi el Desorejado.

 

Lafcadio Hearn, Kwaidan (Trad. Carlos Gardini), El Ojo Sin Párpado nº9 Ediciones Siruela, 1989.

 

Notas

 

1 Los describe en Kotto, y también habla de ellos en “La poesía de los fantasmas” (Véase la versión española de este texto en El romance de la vía Láctea ; Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1951). (N. del T .)

2 O Shimonoséki. La ciudad también se conoce con el nombre de Bakkan (N. del A.)

3 El biwa, una especie de laúd de cuatro cuerdas, se usa ante todo en la recitación musical. En un principio, los trovadores profesionales que declamaban el “Heiké-Monogatari” y otras crónicas trágicas, eran llamadosbiwa-hõshi, o “sacerdotes del laúd”. El origen de esta denominación no es muy claro, pero es posible que la haya sugerido el hecho de que los “sacerdotes del laúd”, así como los masajistas ciegos, tuvieran el cráneo rasurado al igual que los sacerdotes budistas. El biwa se toca con una especie de plectro llamado bachi, habitualmente hecho de cuerno. (N. del A.)

4 Un término respetuoso para solicitar la apertura de una puerta. Solían usarlo los samurai cuando se dirigían a los guardias de una casa señorial que les permitiera la entrada (N. del A.)

5 La frase también puede verterse: “pues la piedad que despierta ese pasaje es la más profunda”. La palabra japonesa del texto original que traduzco por “piedad” es awaré (N. del A.)

6 “Viaja de incógnito” es, al menos, el significado de la frase original: “realiza un augusto viaje bajo disfraz”

(shinobi no go-ryoko) (N. del A.)

7 El breve Pragña-Pâramitâ-Hridaya-Sûtra recibe ese nombre en japonés. Tanto los sûtras más breves como los más largos conocidos como Pragña-Pâramitâ (“Sabiduría trascendental”) han sido traducidos por el difunto profesor Max Müller, y puede hallárselos en el volumen XLIX de Sacred Books of the East (“Buddhist Mahâyâna Sûtras”). En cuanto al empleo mágico del texto, según se describe en esta historia, vale la pena destacar que el sûtra versa sobre la Doctrina de la Vacuidad de las Formas, es decir, sobre la irrealidad de todo numen o fenómeno. “La forma es vacuidad; y la vacuidad es forma. La vacuidad no difiere de la forma. Lo que es forma... eso es vacuidad. Lo que es vacuidad... eso es forma... La percepción, el nombre, el concepto y el conocimiento, también son vacuidad... No hay ni ojo ni oído ni nariz ni lengua ni cuerpo ni mente... Mas cuando ha sido aniquilada la envoltura de la conciencia, entonces él [el que procura librarse] se libera de todo temor y del alcance de las mutaciones, y goza al fin del Nirvana”. (N. del A.)

 


 

Javier Tafur González

MINICUENTOS

 

También quiero ofrecer a los lectores algunos cuentos míos:

 

El Anciano y el Caracol (1)

 

Tiene sus recuerdos quietos; sólo la mirada cansada sigue al caracol.

 

Día de Regreso (2)

 

La mañana del eclipse llegó con un viento frío y gris; se oyeron las trompetas y la madera reverdeció; sillas, armarios, corredores, balcones, puertas reverdecieron y hasta aromaban. Los padres, abuelos, los bisabuelos regresaron, y hubo tal confusión ese día.

 

El Samán (3)

 

La última vez me dijo que quería venir a visitarme; el samán donde suelo ir. Ayer lo esperé; llegó a la hora anunciada. Serían las cinco. Un pintor italiano le dijo que este momento tenía la mejor luz. ¡Cosas de artistas! También a mí me lo parece. Cruzó la puerta maravillándome de su plasticidad para pasar sus ramas. Luego, en la sala, se mostró conversador. Fue franco al pedirme que dejara la ventana abierta; acostumbrado al parque sentía un poquito de claustrofobia. El diálogo es cosa nuestra pero me aseguró que volvería.

 

La Bestia

 

Cultivaba el jardín de dalias, hortensias, claveles y caléndulas. Una noche sintió pasos y una respiración profunda. Se levantó y escuchó saltar la cerca y galopar entre las sombras. Al amanecer descubrió las huellas de los cascos y trozadas algunas matas. Para la nueva noche dejó guayabas en la canoa. Antes de acostarse apareció en su frente una mancha morada. A las doce llegaron sus pasos lentos, su aliento expansivo; pastaba. Lo espió por una rendija: era gris plateado. A esa hora, a ella, ya se le insinuaba un cuerno y la luna regaba el jardín.

 

La Visita (4)

 

Tocan a la puerta. Seguro es la misma persona que vino ayer, que vino anteayer, que ha venido todos estos días, que me asedia y me fastidia. Iré a abrirle. Seguramente se sentará en mi silla, cogerá mil libros, fumará en mi pipa. Antes de abrirle me asomaré por la ventana. Sí, ya lo veo; allí está. Ciertamente es el mismo. Puedo demorarme un momento; pero volverá a llamar. Terminará por entrar. Me sorprende que cuando entra sea yo quien hace sus movimientos.

 

En la Exposición

 

Ensimismado se introdujo por el sendero del cuadro que admiraba y al volver lo detuvo el vidrio. Veía a los visitantes desde aquel paraje sin oírlos, y con la certeza de no poder regresar buscó salida entre los transparentes tonos del río. 

 

Hombrecitos (5)

 

Descansaba tendido en la arena. Se llevó la mano a la oreja para rascarse. Con cuidado se quitó un hombrecito que le vociferaba al oído. Lo puso sobre el dorso de su mano izquierda y con el índice de la derecha lo disparó. A siete metros lo observó caer y rodar por el suelo; vio que se levantó y comenzó a correr, anunciando, con su mano diminuta, futuras venganzas.

 

Nadie

 

Todos los objetos de su cuarto le eran familiares. Se había acostumbrado a ellos. El cuadro del Beso de Haighs, el Ángelus de Millet, algunas xerigrafías, su biblioteca, las camas, sus zapatos, el closet... Todo le era conocido y suyo; no obstante algo indefinido le hizo sentir extraño. Repasó uno a uno los objetos sin encontrar nada raro. Sólo el espejo delató su propia preocupación. De nuevo observó la habitación: todo estaba en orden, menos la silla mecedora, que se movía. No había viento.

 

El Titiritero

 

—Nosotros gobernamos al amo.

—No, él nos mueve a su antojo; es él el que gobierna.

—No, él depende de nosotros; se gana la vida con nosotros; nos necesita.

El titiritero estuvo atento a sus razones, moviéndolos, y no supo si era él quien hablaba o eran sus muñecos. Los hizo luchar hasta que sangraron sus manos.

 

Ubicado              

 

Los ojos están sobre el escritorio. Ahora el escritorio te mira...

 

La Llegada          

 

El ojo entró por el ojo de la puerta; lo vi caer por el espejo.

 

Las Muñecas

 

La camioneta brillaba; la conducía una muñeca; su rictus era plástico y tampoco su rubia compañera sonreía. Estacioné mi vehículo junto al suyo y subieron el vidrio, ubicándose unos cuantos metros más allá.

¡Uff!, descansé... Sus ojos de vidrio no me daban ninguna confianza.

 

La Muerte

 

Se escondía en vano; él mismo la llevaba.

 

El Emigrante

 

El emigrante, viejo relojero suizo, tomó un pequeño reloj y se dispuso a verlo; al destaparlo cayó de improviso en las honduras del tiempo.

 

Zas

 

¡Zas! ¡Zas! Le hizo dos cicatrices, en la cara a ella. ¡Ay! La bonita mujer que todos admiraron... ¡Zas! ¡Zas! Le hizo daño en la piel. Era implacable. Le hacía daño. Nadie se la podía quitar; nadie se podía meter porque ¡Zas! ¡Zas! a todos les daba por igual. ¡Ay! La bonita mujer que todos admiraron. ¡Ay juventud! ¡Quién te pudiera defender del tiempo!

 

La Pasión del Duende

 

La niña se mantenía con miedo de volverlo a ver; presentía que aparecería, con su sombrero grande, y al descubrir su presencia, se desmayó. Él se acercó a peinarla y a peinarla, complacidamente.

 

Amor Muerto

 

Con la franqueza que le conoces me dijo que ya no me quería; que su amor por mi había muerto. ¡Maldito instante!; empecé a sentir una opresión creciente. Qué iba a saber la extraña verdad de sus palabras; que iba a saber que llevaba su cadáver dentro...

 

La Momia

 

Fue desanudando las vendas que cubrían aquel cuerpo y a cada vuelta aparecía, transparente, la realidad.

 

Correspondencia

 

Iba a despertar y le entregaron el sobre. Lo abrió; no contenía ningún escrito. El remite venía en caracteres desconocidos. Fue donde un paleógrafo pues creía que podrían corresponder al griego del siglo de Pericles; la confrontación resultó negativa y finalmente un equipo de profesores concluyó que no pertenecían a lengua conocida. No se atreve a quemarlo ni a romperlo.

Permanecen en su nochero —digo, permanecen porque dos veces más le han entregado un sobre justo cuando va a despertar.

 

El Gato

 

El gato de porcelana dio un salto y huyó por la ventana.

 

La Semilla

 

Tanto molestó por la naranja que la mamá se la dio advirtiéndole que si se tragaba una pepa le podía salir un árbol en el estómago. Se descuidó, se le pasó una y le comenzaron a brotar hojas y raíces.

 

El Coco

 

El papá le dijo: «Duérmase m'hijo, que si no se lo come el coco». A media noche fue a verlo y encontró la cama vacía.

 

Capullo

 

Mamá, a José Luis se le pegaron las cobijas; despiértalo que va a llegar tarde al colegio.

—Verdad— dijo la madre, yendo a despertar al niño.

En las cobijas se retorcía un gusano de seda.

 

____________

 

REFERENCIAS

 

(1) El anciano y el caracol. Mención Especial. Concurso de Minicuento EKUOREO 1981.

(2) Día de regreso. Mención Especial. Concurso de Minicuento EKUOREO, Cali, Colombia, 1981

(3) El samán. Mención Especial. Concurso de Minicuento Termita y Universidad del Quindío, Armenia, Colombia, 1982.

(4) La visita. Mención Especial - Concurso de Minicuento Termita y Universidad del Quindío, Armenia, Colombia, 1982.

(5) Hombrecitos. Mención especial Concurso Latinoamericano de Cuento, Ko'Eyu - Caracas -Venezuela 1983.

 

MÁS MINICUENTOS DE JAVIER TAFUR

 

http://tafurgonzalezasociados.org/docs/cuentos/Minicuentos_%20J.T.G.pdf

http://e-kuoreo.blogspot.com.co/2011_01_31_archive.html

 


MINICUENTO COLOMBIANO

Selección de Javier Tafur González

 

Gabriel García Márquez

CUARTOS INFINITOS

 

Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De este cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de realidad.

Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real.

 

Álvaro Mutis

CADA VEZ QUE SALE EL REY

 

Cada vez que sale el rey de copas hay que tornar a los hornos, para alimentarlos con el bagazo que mantiene constante el calor de las pailas. Cada vez que sale el as de oros, la miel comienza a danzar a borbotones y a despedir un aroma inconfundible que reúne, en su dulcísima materia, las más secretas esencias del monte y el fresco y tranquilo vapor de las acequias. ¡La miel está lista! El milagro de su alegre presencia se anuncia con el as de espadas. Pero si es el as de bastos el que sale, entonces uno de los paileros ha de morir cubierto por la miel que lo consume, como un bronce líquido y voraz vertido en la blanda cera del espanto. En la madrugada de los cañaverales, se reparten las cartas en medio del alto canto de los grillos y el escándalo de las aguas que caen sobre la rueda que mueve el trapiche.

 

Manuel Mejía Vallejo

SANGRE PARA UN SUEÑO

 

Soñé que atravesaba la selva —nos dijo un día su cansancio y sacudió briznas de hojas, ramujos y musgo que se le pegaron en la travesía. Su jadeo era de rachas vegetales, como si arrancara una raíz fresca y honda.

Después lo perdimos de vista.

—"Debió regresar a su sueño" —pensé, recordando que en esa ocasión traía roto el vestido y tuvieron que extraerle espinas y astillas de árboles inusitados, de palmas y árboles inusitados.

Pero una mañana volvió. Pudimos entenderle que estuvo soñando con una puñalada.

—Aquí, miren.

Se desgonzaba su fuerza cuando preguntamos qué le había ocurrido. Logró apoyarse en un brazo y levantar la cabeza, pero volvió a caer. Sin tiempo de responder si la sangre era también parte de su sueño.

 

Gonzalo Arango

REGRESO DEL DOLOR

 

Aunque no la conozco ni la había visto nunca en mi vida, pienso que estará turbada por otras razones ajenas a la muerte del tipo, muerte que sólo a mí me concierne.

La gente se dispersa asqueada por los despojos triturados del muerto, y ese sol que pronto lo pudrirá.

La mujer y yo quedamos junto al cadáver abandonado.

—Haga algo por él, usted que puede —dice con una voz trémula

Esa voz me conmueve por la cantidad de amor y de dolor, como de nostalgias y de esperanza rotas.

Soy el único que puede hacer algo por él —digo. Y agrego—: yo traté de ayudarlo, pero fracasé.

La mujer se aleja. En sus pasos descubro el cansancio y el peso de una desesperación superior a sus fuerzas, pero no puedo ayudarla.

Sin más esperanzas recojo mi cadáver y me marcho con él.

 

Andrés Caicedo

PENSAMIENTO LUCTUOSO

 

Un empleado público se monta a las 2 del día en su bus de todos los días, paga, registra, y para su satisfacción queda un puesto por allá, se dirige al asiento vacío sin ver a nadie conocido, pero para qué conocidos a esta hora y con este calor, así que el empleado público en lo único que piensa es en el almuerzo que su mamá le tiene cuando llegue a casa, en la siestecita de 5 minutos, en el sueñito que sueñe, y por pensar en eso ni se ha dado cuenta que este bus en el que se ha montado no para cada 4 cuadras ni para en ninguna parte, y cuando cae en la cuenta el hombrecito lo que hace es apretar las manos que le sudan pero nada más, o tal vez voltear a mirar a los pasajeros, todos hombres, una mujer en la última banca vestida de negro, todos de piel oscura y por qué será que todos están así de flacos y porqué a todos se les ve el hambre en la cara, por qué, sobre todo el chofer cuan-do voltea la cara y lo mira a él. Y da la señal. Entonces el bus para y todos se le van encima, y cuando al hombrecito le arrancan el primer pedazo de mejilla piensa en lo que dirán sus compañeros de oficina cuando salga mañana en el periódico.

Pero mañana no va a salir nada en el periódico.

 

Jairo Aníbal Niño

CUENTO DE ARENA

 

Un día la ciudad desapareció. De cara al desierto con los pies hundidos en la arena, todos comprendieron que durante treinta largos años había estado viviendo en un espejismo.

 

Nicolás Suescún

EL RETORNO DE DRÁCULA

 

Es cierto. Se fue y dejó de venir durante muchos años. Los niños crecieron. Mire lo grandes que están; ya todos tienen gafas y van a la universidad.

Ellos no lo reconocieron. Pero entre él y yo las cosas pasaron como si no se hubiera ido nunca. El mismo día que volvió nos dimos cuenta. No había cambiado nada. A los dos minutos estábamos donde habíamos empezado, cuando nos casamos, hace ya tiempo.

Él me dijo que no quería sangre para la comida. Yo le dije que no había nada más.

 

Guillermo Bustamante

ROCAS

 

Al despeñarse, las rocas van esculpiendo figuras multiformes que se perfeccionan a cada roce, que se pulen a cada golpearse mutuamente. Esculturas humanas, cubos exactos, brillantes esferas, columnas lisas, figuras colosales de animales inmóviles, pesadas imágenes perfectamente útiles que parecen haber constituido la esencia de las rocas. Al caer definitivamente, quedan he-chas trizas. Listas para empezar a derrumbarse de nuevo.

 

Harold Kremer

CEREMONIA

 

Se miraron de lejos, atravesando con los ojos la circulación de las 7. Los dos habían cumplido. Siguieron mirándose, penetrando la mar de carros, ignorantes del mundo. Entonces Rubén se deslizó zigzagueante a lo ancho de la avenida y cuando estuvo frente a ella le dijo: "Cumpliste". Y de un abrazo la arrastró calle arriba, hacia Candelaria.

Pensó que ahora estaba más bella que antes, aunque le pareció que tenía los ojos verdes. "Me he confundido", se dijo en el momento que confirmó sus rasgos, y vio que el cuerpo, la boca y el pelo no eran los de ella.

Cuando llegaron ya había intentado inútilmente zafarse de su brazo. Entonces la mujer, ahora de pelo seco y largo y cara pálida y desfigurada, dijo: "Eres mío...". Y lo arrastró hacia los desvanes amarillos para iniciar la ceremonia.

 

Jesús Eduardo Rojas

DÍA DIFÍCIL

 

He llegado a casa con ganas de matar —el zancudo.

 

Ricardo Fuentes Z.

AMOR PERENNE         

 

El amante relojero dio muerte a su amada enloquecido por lo celos. Comprendiendo que no podía vivir sin ella, incineró su cuerpo y con sus cenizas se hizo un magnífico reloj de arena...

 

David Vásquez Hurtado

POR SU NOMBRE

 

Al nacer contaron sus dedos: cinco de cada mano y cinco de cada pie. Luego fue envuelto en mantas y lo llevaron a su madre. Los rostros alegres desfilaron uno tras otro y el niño se durmió arrullado. Lo llamaron por su nombre y despertó; ya tenía cuarenta años.

 

De Javier Tafur González, El minicuento fantástico, Ediciones Sílaba, Cali, 2003.

 


Nana Rodríguez

CUENTOS

 

PRESENTACIÓN Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

 

Leí el libro de un solo tirón, este domingo empapado –por la visita de Francisco, ese extraño hombre para estos tiempos de miseria–. Fue para mí un puente entre la realidad agobiante, el interregno que propone el anciano pontífice, con su sonrisa leve y su pómulo amoratado, y la Poesía que me sigue a cualquier parte, con sus flores prohibidas y su lenguaje que salta piedras y matones para ponerme a salvo de tanto mensaje banal, de tanta agresión simbólica perpetrada por los estentóreos radiofónicos, los chistositos que encantan y desencantan a los televidiotas, los vendedores de milagros, de todas las pelambres, los bandidos de cuello blanco y ánima gris: hojarasca que nos inunda la cotidianidad sin el menor asomo de pudor hacia nuestros imaginarios.

Volar La Cometa Infinita es otro cuento. Lo recibo como un tríptico, tanto en lo formal como en su contenido: Universos, La Cometa Infinita, Metrópolis.

Universos es de cuño kafkiano, aquí la realidad se percibe en su lado oscuro, humoroso, tragicómico, a veces ridículo, como la casa que se desordena, cosa a cosa, o el hombre obsesionado por tapar agujeros, a tal punto que quien narra también recibe su taco obsesivo.

Es un campo de batalla para que se muevan los nefelibatas de diverso orden: el sordo ante el mundo, quizás haciéndose el de la oreja mocha, como una secreta rebeldía ante la mediocre contaminación auditiva; la solitaria que se siente perseguida hasta desembocar en las fauces del espejo; las viejas solteronas que desovillan sus grises días como si fuera un rosario de complaciente aburrimiento; el compulsivo dibujante de sueños, que paradójicamente es arrinconado por el insomnio, mientras traza las líneas de su progresivo deterioro; los pintores que se reúnen sólo para pintar, reír y dejarse vivir, sin el menor interés por las mezquinas leyes de la oferta y la demanda, como gitanos, como oficiantes de una religión sin dioses, cultos o preceptos: pintar y reír con la pasión de los que nada esperan.

Son seres que caminan por la cuerda tensa de la ficción y la fantasía, pero que observándolos con cuidado son tan parecidos a los prójimos que comparten con nosotros el aire, el pan, los temores y las extravagancias. Lo que sucede es que una vez aislados y tratados en los compartimentos del lenguaje narrativo adquieren visos y perfiles que lindan con el extrañamiento. Virtud de quien narra, crear un fresco verosímil, conjurar personajes y acciones que no le conceden al lector la posibilidad de escapar de ese mundo creado por la palabra justa, precisa e imaginativa.

La narradora, con su polifonía de voces, ha entendido que la oscuridad también proyecta sombras, y a ellas se afinca. Explora esas subrealidades y suprarealidades. No falta el toque poético: El color de tus ojos es indefinible: como Dios, como la poesía, como el amor (Aproximaciones).

La Cometa Infinita:reino de los animales, ese envés de nuestra hoja –tortuga sabia, guachicanes en extraña cruza, gatos evanescentes– elfos y ángeles que conviven con los humanos, a contraluz se entreveran en sus destinos. Hay cuentos que exploran lo onírico, esa estepa donde el inconsciente hace de las suyas: La Cometa Infinita, viaje cósmico donde el tigre (tigre, tigre, quemante joya en las florestas de la noche), hace su viaje con la narradora a lomo de palabra, ensoñada y poética: un vuelo de pájaros se alzaba y llenaba el aire de cantos y aleteos y de nuevo los árboles.

En Metrópolis irrumpe la ciudadcon su oneroso peaje simbólico para sus habitantes. Se endurece el lenguaje, el ensueño cede su lugar a la alienación y la estridencia, la agresión y el despojo. La luz apabullante de la realidad inmediata obnubila esos perfiles evanescentes de la sombra. Los animales son agredidos, los hombres, arrinconados, devorados por calles húmedas y asaltantes, como el profesor Osquitar, que rebobina su historia como si fuera la película premonitoria, observada minutos antes en un teatro, solitario y oscuro.

Sinfonía en mi mayores el monólogo de la miseria, la cometa sin aire y sin vuelo, atascada en los albañales físicos y psicológicos de un habitante de la calle, que poco a poco va narrando y describiendo la pesadilla de sus días, en un entorno degradado, donde el vicio, el crimen y la desesperanza absoluta, son su único norte.

La Cometa Infinita es como un árbol, con solidas raíces narrativas, savia que circula por sus ramas, con el conocimiento y la fluidez de quien ha caminado varios años en el oficio, y frutos de diversas texturas, sabores y calidades. Ardua tarea del lector, aguzar su mirada entre los claroscuros que deja el entramado, para formarse sus propios juicios. 

 

CONFABULACIÓN

 

Hace un mes rompió con el marido. No soportaba su mirada lujuriosa a través del ojo de la cerradura, ni sorprenderlo en plena observación de la mujer de al lado, cuando despertaba en las mañanas.

El continuo acoso del jefe, los chismes y murmullos de los compañeros, la envidia de las mujeres por su elegancia, el café frío a propósito para fastidiarla, los llamados de atención del vigilante por dejar el auto mal parqueado, fueron los motivos para que renunciara a su trabajo.

Como si fuera poco, los electrodomésticos se han confabulado. La aspiradora la persigue por toda la casa, ella dice que esa boca ruidosa, la quiere engullir por la costumbre cotidiana de empolvarse la nariz. El teléfono es un espía que no para de timbrar para enloquecerla, a ella tan serena. El horno microondas es uno de los peores enemigos, sube a temperaturas insoportables para empollarle la piel, y a espaldas se burla en complicidad con el secador de pelo.

Ya no sabe qué hacer para escapar de sus perseguidores, sobre todo, de esa mujer que la mira con horror desde el fondo del espejo.

 

REINAS

 

Una es en extremo gorda, la otra, en contraste es menuda. Después de la muerte de su padre decidieron pasar la vida en una antigua y pequeña casa, con mirtos y geranios en el jardín del patio.

Se visten con abrigos negros y pañoletas en la cabeza, lucen una sonrisa franca a pesar de la ausencia de algunos de sus dientes, pelos largos y entrecanos adornan el bozo y la quijada. En la cabecera  de la cama de cobre, cuelgan sus medias de seda llenas de agujeros, a los pies se alcanzan a entrever un par de bacinillas esmaltadas. Van a misa todos los días y a la salida de la iglesia, Priscila blanquea los ojos mientras pide con nobleza monedas para el Altísimo.

Como es sabido, no han conocido varón, pero se reúnen en las tardes de los sábados para leer con avidez el buzón femenino que aparece en el periódico. Se han hecho expertas en el análisis de casos de mujeres agraviadas por los hombres.

Priscila y Sofía comen frutos de mirto, mientras dormitan risueñas bajo el sol de su pequeño palacio.

 

UNIVERSOS

 

A Jaime Rodríguez, quien me cuenta historias.

 

Todos los sábados se reúnen en la galería para pintar y entretejer palabras que dan sentido a los otros días de la semana.

Aníbal, es minucioso, dedica más de un año en cada pieza, son miniaturas con universos dentro de ellas, usa lupa y silencio para corroborar la perfección de sus pequeñas obras.

Ismael, no ha aprendido bien la técnica, es enamoradizo, va y viene. Si entra cualquier mujer a la galería o la ve pasar por la ventana que da a la calle, de inmediato abandona el cuadro y va tras ella. Esteban, el crítico, no deja pasar el más mínimo defecto en los lienzos, las paletas, las espátulas o los pinceles, nunca se entromete en las ideas. La anciana, solo dibuja bodegones, miles de ellos, no le interesa la venta de sus obras.

Ah, pero Absdrúbal, es veloz, pinta dos cuadros en un mes, formatos grandes llenos de ideas y rupturas, su punto de partida es el negro, nunca el blanco; además toca piano y chelo, hace fotografía y escultura y como si fuera poco, es el encargado de la risa.

Esta galería nunca abre sus puertas, no hace exposiciones, jamás hace subastas, esta galería es una miniatura que no termina de pintar el ensimismado Aníbal.    

 

LA MAGIA DEL TIEMPO

 

El mago con su vestido raído por el tiempo saca una paloma del sombrero, hace volar su castillo de naipes, adivina el contenido de la cartera de la dama. En un volantín se acerca al público y trae del brazo a un caballero de vestido oscuro y pulcro, lo invita a sentarse en una pequeña silla, lo cubre con un manto de seda, hace unos pases mágicos. Los tambores redoblan y retira con suavidad el manto. Ha desaparecido la silla y el caballero, en su lugar un monstruoso insecto aparece en el piso del circo, moviendo sus paticas. El público aterrado, sale en estampida. El mago asombrado, no deja de mirarlo, no se entera de que por un agujero del gusano, el personaje ha escapado de su habitación con la sonrisa silenciosa del conocido novelista.

 

BUMERANG

 

En el país del olvido, un académico se ufanaba de considerar que la historia no servía para nada: “Lo pasado, pasado, lo que hay que hacer es prospección” decía como si fuera un iluminado. Los presentes apenas sonreían, pues como en la fábula del rey desnudo, el hombrecillo en su cuarto de hora, estaba convencido de ser un vanguardista por negar la historia y solo mirar hacia el futuro. 

Años después, en la soledad de su retiro, sollozaba, pues su nombre y su imagen no figuraban en los archivos de la institución.

 

Nana Rodríguez, La Cometa Infinita, Colibrí Ediciones (Narrativa), 2017.

 


Guillermo Bustamante Zamudio

MINICUENTOS

 

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz. GUILLERMO BUSTAMANTE, DISPOSICIONES Y VIRTUDES

 

En los albores de los años 80, cuando aún existía la curiosa costumbre de conversar, pasaba por el Café de los Turcos, un hombre delgado, de maneras descomplicadas, a veces con sombrero, otras no. Llevaba, he olvidado, si en sus manos o en alguna mochila de intelectual iconoclasta, un haz de hojas amarillas, que tan pronto se arrimaban a las manos y ojos de algún interlocutor, se regaban por las mesas con la efusión de una verdolaga en playa. Era Ekuóreo, la revista de minicuentos que había ideado con Harold Kremer  y que a mí me llegaba, vía directa, por Adiela García, convertida en ícono personal en mi poema Mona en gris menor. La Mona era mi compañera de trabajo en la vieja Normal Nacional del barrio Libertadores, entre El Nacional, San Cayetano y Casas Blancas. Por supuesto que Ekuóreo se convirtió para nosotros en material de trabajo, en las clases de Español y Literatura. Era fresca, moderna, con un audaz diseño y textos muy bien seleccionados por sus fundadores.

Paralela a Ekuóreo, nosotros publicábamos Rosa Blindada, en físico, con Eleazar Plaza, Henry Ibáñez y Edgar Ruales, de tal suerte que nuestros estudiantes de la época tenían el privilegio de recibir una literatura en vivo, hecha y vivida por personas inmersas en la palabra. Era la efusión creadora de los años 80. Un par de años después, con otro colectivo nos lanzamos a la aventura de difundir la poesía en nuestra ciudad-bosque, con siete ríos, algunos cerros tutelares y los ecos, todavía vigentes de la música antillana. Surgió Calipoema, con Horacio Benavides, Diego Luis Ortiz, Antonio Zibara y José Edier Gómez. Esa década de los 80, con la impronta del cine-club, que nos había legado el tempranero de Andrés Caicedo, los coletazos de una de las tantas violencias y el advenimiento de una hojarasca, superflua, ostentosa y opulenta, fue para nosotros una trinchera de la ilusión y el sueño, pero también, un motivo secreto para la diáspora. Nos alejamos de Cali, por un buen tiempo —que algunos siguen aplazando—, Guillermo, Fabio Jurado, Mario Rey, José Edier, Adolfo Caicedo, Carlos Fajardo, Hernando Motato, Walter Tello… es decir, varios de los contertulios de Los Turcos, los mismos del cine crepuscular de La Tertulia, de La Habana Club, El Chuzo de Rafa, las músicas envinadas de Lilia Cuellar, en pleno centro y una que otra sentada en El Obelisco o en Tita Rufo, lugares, que seguramente les dice muy poco a la nueva generación, pero que para nosotros tuvieron el encanto de juntar las hebras de la poesía y la vida, la literatura y el diálogo polifónico. No sé por qué extraña circunstancia, mientras hilvano estas sílabas, pienso por un  momento en la Balada de las damas de Antaño, y más cerca, en la Parábola del Retorno. Uno querría devolver la rueca, pero el tiempo solo nos deja su obsoleto papiro.

En esos primeros años de los 80 echamos a volar globos, varios nos fuimos, físicamente, pero el cordón umbilical con esta villa, paradójica y sensual, urbana y primitiva, jamás se rompió.

Con Guillermo Bustamante, por esas cosas del azar, nos encontramos, ya en los inicios del 90, en la UPTC, de Tunja, trabajando, hombro a hombro, en estos asuntos del lenguaje, la literatura, la música y el arte. No perdimos la costumbre de hacer revistas; él, con Pablo Montoya, editaba A La Topa Tolondra, una especie de Ekuóreo, con pequeños cambios, nosotros, para evitar el enojoso ego, sacábamos Cántiga, en alusión y homenaje al poeta José Manuel Arango, que otra vez, por el duendecillo del azar, nos contó en un viejo bar de matiz antillano, en pleno altiplano boyacense, que él era exalumno y exprofesor de la UPTC, y que había sido profesor de Filosofía en el Liceo Nacional, de Popayán, mi inefable colegio “en el tiempo triste de la juventud”. Casi como un pacto, como un sortilegio espontáneo, con Guillermo y un puñado de profesores de la UPTC, fundamos la revista La Palabra, que aún persiste. Cada vez que llega a mis manos, me invade un sentimiento de canoero cruzando un río.

En uno de nuestros últimos encuentros, en Cali, con Orlando López y Harold Kremer, Guillermo me obsequió su libro de minicuentos Disposiciones y virtudes, y me escribió esta sintética dedicatoria, en buen romance caleño: Vos desde el verso, yo desde la prosa…pero para llegar al mismo lugar delirante.

Los textos publicados hoy por Rosa Blindada hacen parte de ese libro. El humor, la sorpresa, el sesgo inteligente, las paradojas teológicas y ontológicas, la economía del lenguaje, las alusiones a personajes e hitos de la historia,  hacen parte de este inventario de asombros, que con spíritu d´amore dejamos en el iris de nuestros lectores.

 

MINICUENTOS

 

Crónico 

 

Un tic agobió a los relojes al principio de los tiempos. Para hacerlo soportable, resolvieron oponer un tac cada vez que aparecía.

 

Homo homini lupus

 

Camuflado entre los hombres, se sentía seguro. Nunca sospechó que sería devorado por sus propios semejantes.

 

Fundamentalismo

 

Las comunidades de inmigrantes judíos, católicos y musulmanes habían llevado sus mutuas ofensas hasta la agresión. Para tratar el asunto, se reunieron el Rabino, el Sacerdote y el Imán. Su voluntad de tolerancia no impedía que cada uno fuera el maestro de la ley y que hasta la naturaleza obedeciera la voluntad de su altísimo. De manera que, ya exaltados, los ministros se refirieron a la divinidad de los otros como a una versión rudimentaria de la verdadera, a la cual le demandaron una muestra de poder delante de los contendores.

Pero, ante idéntico pedido, ahora cada uno suplicó al suyo neutralizar a los otros dioses.

Nunca supieron si la permanencia de la situación habitual se debió al poder invocado, o a la indiferencia de los dioses por las rivalidades de quienes, en su nombre, juegan a cotejar sus prepotencias.

 

Líder

 

¡Vamos a jugar al líder!, vociferaba uno y, ante la aprobación de la pandilla, inventaba una cabriola para ser emulada. Quienes no podían, iban saliendo del juego; los sobrevivientes ganaban jerarquía.

En una ocasión, quedaban sólo unos pocos en el juego y el líder parecía agotar su repertorio. Corríamos por el filo de un muro que cercaba un baldío –osadía con la que nos acababa de retar–, cuando de pronto exclamó: “¡Penitencia para el que no vuele!”. Y agitó sus brazos con desenvoltura de alas. Uno tras otro, los participantes lo escoltaron. Seguía mi turno. Yo esperaba despertar, o algo así. Contemplé por un segundo la posibilidad de lanzarme, pero me detuve en el último instante, al borde de la creencia.

 

Predestinación

 

Era mucama, pero no lo consideraba un destino; abominaba de su condición y propuso dejarla atrás. Ahorró, estudio artes escénicas y se graduó con honores.

El papel que la consagró y la mantuvo ocupada hasta el final, fue el de una mucama que abominaba de su condición, se proponía dejarla atrás y lo lograba mediante una exitosa carrera en las artes escénicas.

 

Ventura

 

Un día, el joven fue a ver a la mujer para quien las cartas, dispuestas con cierto rigor y sometidas al azar de su develamiento, eran como un libro abierto.

–¿Cuánto viviré?

–Tienes una larga vida –informó la pitonisa. 

Pero como sus ganas de creer eran tan fuertes como su deseo de demostración, subió al edificio más alto, para retar esa sabiduría que en la mitad de su convicción se afincaba, y se lanzó al vacío.

Tardó 60 años en caer y hacerse trizas.

 

Consolación

 

Cuando las artes del mago se acrecentaron hasta el límite de lo imposible, sintió la necesidad de retar al cosmos entero. Un conjuro, culminado con un amplio movimiento de brazos, hizo que todo –incluso el mago mismo– cesara de ser. Pero como eso le acarreara una suerte de vacío ontológico, se vió impulsado a realizar una serie de nuevos prodigios que comenzó con la sentencia: “¡Hágase la luz¡”…

 

Precaución

 

Un dios se ocupa de casi todo: el ascenso de los líquidos por la raíz, el minucioso aleteo del mosquito, los dilatados ciclos de los astros, la acumulación organizada de materia que será un cristal, las conjunciones siderales, la respiración de una hoja, la duplicación del espejo… Pequeño, inmenso, infinito, unánime, simple, complejo… no constituye un reto para él. Pero, frente a los hombres, sí toma precauciones: no interviene en su devenir, parece temerles, los deja a un azar que ellos llaman libertad.

 

Enhorabuena

 

Los dioses están de plácemes: encontraron que eran falsas las supuestas pruebas de la existencia de los hombres.

 

Guerreros

 

De nuevo, un estado beligerante le hace a otro un regalo colosal: La Estatua de la Libertad. Los guerreros franceses todavía se encuentran dentro, ancianos, esperando su oportunidad.

 

Guillermo Bustamante Zamudio. Disposiciones y virtudes. Minicuentos. Editorial Aula de Humanidades. 

 


Jesús I. Callejas

COLOQUIO

 

He buscado a dios, aunque la Venus de Willendorf prefiera admirar su ingente, desplazante peso en el finito espacio, divergencia de pechos atolones o ritual canibalismo, poder de cintura que orbita estrellándonos contra matriz de fósiles para así deformar nuestros rasgos o humanoide credo. Cabeza trasplantada por gravitaciones y geografía de pies lamidos por barro infatigable, piernas de cónico aquelarre a las que me aferro temiendo borrachera peregrina. La astral Venus de Willemberg, templo de raíces burocráticas y serpientes apócrifas afiliadas a la horda, es madre que se niega horrorizando, pero nunca falla al decretar atributos: bestia protegida contra obstinada especie de humanos ademanes. La Venus exige rupestre alegoría o lenguas autopistas que se enredan en sí mismas y tierra sangre torrenciada sobre sílex. Gusta complacida, y complacida debe ser, de bisontes verdes en busca sureña de Matisse; gusta de aviones que no levantan vuelo por considerarse reptiles de fija astronomía cuyo deber se debe sólo a estrellas sempiternas, refractarias. Gusta la Venus de regir pigmentos pisoteando la belleza e impasible mata para reconstruir su carne pedernal. 

He buscado a dios, pero ello no interesa a la Dama de Warka, pues tiene asuntos importantes que atender. Anda ella, observadora de misma y otras, las otras otras, arcaicas lontananzas, disgustada porque aún se le denomina Mona Lisa sumeria. Atrevimiento: Osan los mal llamados arqueólogos, historiadores, especialistas en arte irrespetarle arcano de arrugas betún-oro, testimoniales ojos huecos, compendio civilizatorio o calizo altorrelieve marmóreo; a ella, toda calcolíticas vísceras, primigenia púrpura, hígado pictográfico de las crónicas, reverenciada sobreviviente de Uruk, madre mesopotámica con pezones dadivosos: Tigris y Eufrates. ¡Supeditarla, amorosa y fértil, a la plana llanura de óleo tabla! Más bien debió ser conocida la Gioconda cual Eanna del Renacimiento. ¿No valen más de 3,000 años antes de nuestra genealogía de signos? ¿Qué de la experta vanidad creyéndose inventora cuando los dioses inspiran en el hombre impulsos de representación? Hoy las tablillas llamadas mensajes digitales provocan dolencia vaginal y la dama sabedora desdeña monólogos reumáticos. Se harta de melancolía y convoca firme: Hoy es de nuevo el día de la destrucción. Hay que derrumbar museos hasta las cimientes y dejar el bronce en favor del hierro.

He buscado a dios, sin embargo, no menos altiva, la Dama de Elche, busto íbero o púnico, o tal vez mezcla de ambos, piedra caliza reformada que se cree datada entre los siglos V y IV a. c., porta en su espalda cavidad semiesférica que la incomoda, ya que a pesar de huevos religiosos, le hurta feminidad, ella diría. El sitio fue llamado Helike por griegos y Colonia Iulia Illici Augusta por romanos. Arabizado, Illici devino Elche. Quisiera la señora de Elche, ésa de recóndita sonrisa y asesinato urdidos por ojos que no ven, pasear mantilla colorida y ruedas, las que mueven en toda unidad cardinal el carro de Ceres, Demeter romana, señora de Eleusis, en orejas decepción, mientras penetra vanidad de bulímicas portadas o revistas verticales, cortesía prosaicas consultas de doctores némesis, mercenarios, oh, bisturí telúrico, pero la desidia es vanidosa y revanchista. No se viaja de Valencia a París y se regresa a Iberia para ser acto de mutilación, es decir, inconcluso manifiesto. No se resbala en palabras de charlatanes que se creen inexpugnables. La dama que propone la venganza y su cabeza avanza, las ruedas arrastrando en círculos de bautizo octagonal arbustos, matorrales, enanos de marrón textura. El martirio de la especie es su divisa… No cambiará.

He buscado imperioso a dios descendiendo al templo inexistente de la hembra, he escalado orificio bajo nuca, he atravesado laberinto desde adentro porque en él nací, he espiralizado neurosis, he sumergido ruinas en oblicuas aguas de aceras que reclaman ríos y valles que reclaman océanos, he trepado desde vientre hacia andamios de impertérrita leche ácida, he gritado en susurros y estentóreo: ¡Abrid, pido refugio!, pero las puertas de la carne cósmica me llaman desterrado e impuro sin yo saber por qué. He regresado desnudo, friolento y tembloroso al cubil de paredes arropadas con carcomidas litografías renacentistas donde el Clonazepam esfinge efectúa revelaciones no secretivas sino amenazantes. Dios o el dios, es un satélite artificial, hoy de reconocimiento, mañana quizás de infrarrojo castigo. Duermo: alerta espero su edicto de pavores.

 

Relato tomado del libro Los mosaicos del arbusto.

 


CORCELES DE LA MEMORIA

 

Montevideo estaba demasiado calurosa aquel verano y Felisberto huyó de la sofocación que en su habitación de hotel se alojaba impúdica, para colmo, abanicándose frente al balcón que parecía dominar la ciudad y su movimiento, con la intención de recorrer inquieto, o con ligero desespero, parques citadinos. Se detuvo en la Plaza Independencia; cercano al Monumento a Artigas, oteó en pose de cazador discreto y respiró tratando de recuperar el aliento que la inquietud le arrebatara valiéndose de apuro; pero era innecesaria tal preocupación: si es cierto que nos bañamos siempre en el mismo río –contrario a lo que afirmara Heráclito–, también debemos asumir que respiramos al aliento único de la creación. Gustaba de la ciudad en ciertas ocasiones más que en otras, concluyó indeciso entre encaminar latidos hacia el mausoleo del prócer o danzar entre las palmeras extrañamente giratorias. Trató de plancharle rencores a su traje: ¿Por qué hoy la ciudad me alerta y traslada a Marruecos o Túnez? Era Felisberto hombre que siempre parecía estar a la búsqueda de algo, declaraban los vidrios empañados entre sus adoquinadas pupilas y calles andariegas; la incertidumbre de sus pasos, incluso estando fijos; las inesperadas pausas de la mano redactora que desparramaba cardiaca tinta y que resultara ser la delatora máquina de escribir escondida en el puño del saco. La única rival del piano en su acuario corazón.

El sol no daba tregua paseando refractarios dedos de oro sulfúrico a lo anchuroso de la bahía y el cerro, absorbido sensorial, desparramado a puntillismo entre los incontables peregrinos de la tarde joven en la llamada “Atenas del Plata”. Desesperó Felisberto, escuchando preludios y nocturnos de Chopin; sonatas de Mozart; fragmentos en persecución exacta dentro de su pirámide bioquímica, asumiendo que se moría anónimo en la mar de gentes y sonidos, pero la calma que no fallaba ciclos de regreso le amortiguó la prisa hacia una pequeña fuente que no supo recordar –quizás vendría después… ¿Después de qué?– y en la que encontró asidero momentáneo. Fue entonces que el sol se abanicó dudas y se escurrió para dar paso al eléctrico galpón de nubes provocando deserción en plaza y avenidas, dejando solitario, cuasi adormilado a Felisberto y su reloj de ansias. Saltando aterrado vio lo que presentían los puentes oníricos de su laringe y su jauría de letras le alertaba.

Apareció ante su perpleja vista, en forma de navío, una gigantesca mujer acostada de espaldas, cabello perpendicular, fino barredor de escombros, que se desplazaba por sobre la bahía no tocando aguas y se detuvo en medio de la plaza mientras una dulce voz lo tranquilizaba: Nada temas, Feliberto, acércate y sube a nuestro encuentro. Si Voltaire relató que San Dunstán viajó en una pequeña montaña a las costas de Francia y al desembarcar la bendijo de regresó a Irlanda, por qué no escalar los pabellones de viajera carne… Sí, pues la mujer-velero, o sea, la virgen-barca de cursos ancestrales, no portaba en su estructura maderas y metales. La escalerilla de abordaje partía desde su ombligo y los puntiagudos senos, que confundió con el cerro Catedral, donde se erigían dos figuras embozadas, le anunciaron la receta del mareo. ¿Dónde estoy?, reaccionó cuando la armazón puso proa en dirección al limpio océano. Viajas en Celina, tu profesora de piano… Celina, Celina, y Felisberto escudriñó en torno a la cubierta lapislázuli de cortinajes, klines o triclinios, ánforas, ciatos y escifos, hacia el mástil o rareza de grafito. Algo calmado, procedió, so pretexto de limpiar sus lentes cómplices, a sentarse lo más alejado posible de las siluetas que aparentaban síndrome de petrificación.

Descendieron o flotaron, sus velos expuestos a las caricias de la brisa atardecida, y se detuvieron frente al invitado sin moverse; se diría que enraizadas al suelo-plasma del navío, mientras el musical céfiro penetraba las coyunturas de seda: blanca cubriendo a la de superior estatura; negra a la de más delgada postura. ¿Quiénes son ustedes, qué desean de mí? Cayeron los velos y el espectáculo facial hizo palidecer aún más al incrédulo. A su curiosidad espantada, se mostraron dos horríficas criaturas de amarfilados colmillos, garras de bronce, alas doradas y cabezas de serpientes enredadas. La feroz visión lo hizo retroceder, pero tan torpemente que cayó contra una mesa repleta de viandas y licores derribándola, lo que no impidió que persistiera en arrastrarse hacia el fondo de la nave-cuerpo. Calma, Felisberto, nada malo habrá de sucederte; levántate, que tal posición no corresponde a un hombre de tus méritos. Y alzando su tenso brazo se presentó orgullosa. Soy Euríale… Ella y señaló, en pose de sibila en trance, a su derecha–, ella es mi hermana menor, Esteno… ¡Oh, dios misericordioso! imploró él. Perdido soy… Las gorgonas…

Así es, e iniciaron paseo alrededor del hombre. Eres afortunado; lo calmó Esteno mientras derramaba líquido ambarino en uno de los recipientes. Nuestra hermana Medusa, la mortal de las tres, cayó decapitada por la espada de Perseo. Hemos quedado solas, pero aliviadas; Medusa nos atraía amonestaciones de los dioses superiores y mala reputación. Y con este cargamento de serpientes, la tarea no es fácil, intervino Euríale posando su garra en el hombro del asombrado convidado. Acércate a la comodidad del sitio; ven, siéntate. Conducido por ambas, se arrinconó mirando por la borda las nubes que, cuales oleaje vaporoso, se desplazaban en vías contrarias y la lejanía solar enmascarada en fuego. ¿La nave no se mueve?, indagó en lo que se disponía a beber intentando olvidar el supremo desagrado, primo del vómito, que las nauseabundas criaturas le inspiraban. Euríale, mostrando una seductora pierna a través de su túnica cortada en triángulo, respondió como quien adivina la pregunta pero mantiene actitud prudente para no ofender al invitado: A veces lo hace, según majaderías aristotélicas, en círculos perfectos y velocidad uniforme; otras, acorde a ptolemaicos pedantescos, en perfección circular pero a velocidad no uniforme. Expresado así, o mejor, citado “científicamente”, para que tu condición humana mejor lo entienda, pero en realidad nada de eso se aplica a nuestra cosmogonía. ¿Qué suena? El cabello-trapecio de Celina chorreando mares.

Felisberto apuró su trago y tendió el artefacto en espera: Mi condición humana dice que no entiende esas explicaciones. Verás, aseveró algo impaciente Esteno: Se mueve y no se mueve; quieta y a la vez transcurre. Bueno, eso es absolutamente comprensible, y satisfecho por primera vez tamizó los detalles opulentos de la nave, cuando inquirió, rostro iluminado y lentes ajenos al sudor: Por cierto, ¿han visto ustedes a un anciano, tuerto o ya ciego del todo, desaseado y mal vestido? Sí, sí, Clemente Colling, tu viejo profesor de piano; está adentro en la recámara cubierto de mantas y cobijas; se niega a levantarse de la cama que le hemos preparado. Vaya descortesía no salir a saludarte. ¿A dónde se dirigen?, si es permitido preguntar. Todo es permitido para ti, querido Felisberto, pero todavía no lo sabrás, y al sentarse tomadas de las manos frente a su invitado se transformaron en hermosas “flappers” de melenas “bob cut” ónix, labios de pétalos sanguíneos, faldas hasta rodillas incitantes y zapatos de firme tacón acorreados en empeines que sugerían las curvaturas del Monte Athos. Ah, ¡maravilloso mimetismo! ¿Por qué no se mostraron así ante mí desde el inicio? Gentil Felisberto, los dioses nos mostramos según se nos antoja, pero tu conducta reservada nos halaga. Verás en nosotras todas las mujeres que desees. Seremos complacientes…

Me recuerdan… y un pestañeo de nostalgia le ablandó mejillas al invitado. No sé a quién me recuerdan… Te recordamos a las mujeres de tu tímida juventud, cuando acompañabas al piano muchos deliciosos filmes silentes. Sí, pero esa moda ocurrió después; yo comencé a tocar en los cines poco antes de finalizar la Primera Guerra Mundial. Como que la pantalla me expulsó hacia el piano para robarme sufrimiento… Agregó Euríale: No importa. Ves en nosotras a las de tu virilidad pujante. Porque bien sabemos cuánto amor todavía te inspiran las damas, ¿no es cierto? Sí, admitió él bajando la agobiada frente; aunque confieso que no he sido buen marido… Pero sí buen padre… Eso lo he tratado y creo que lo logré con cierto éxito; sin embargo, en ocasiones imagino que mi vida le sucedió a otro, que un impostor ocupa mi lugar. Es tal la causa de tu deambular cotidiano por Montevideo, aseveró excitada Esteno. Así es, señoras: Busco mi yo en desespero. Lo busco dentro y fuera de mí. Lo acecho y persigo sobre todo en las noches. Pero el cuerpo se niega a obedecer; como que no me pertenece. El cuerpo se considera el yo. Es intolerable… Y la mano que se me desprende en busca de otro dueño.

Conmovidas, las hermanas, ahora en ropaje de helénicas beldades, de trigales cabelleras e iridiscentes rostros, cuasi mosaicos parlantes frenando venas lujuriosas, lo levantaron por ambos brazos hasta conducirlo al camarote de dóricas ventiscas o verticales flotas. Lo depositaron sobre una inmensa cama ocupando entonces, testosterónicas custodias, oblicua posición en el rectángulo esponjoso. Necesitas dormir y reponer energías; confía en nosotras, susurró Euríale desde la esquina en que la cabeza masculina se acomodaba como auto al borde de altísima carretera alpina. Soy maternal y virtuosa, pese a la mala publicidad que me dedican. Yo, inspiradora de las pitias, te ordeno: Reposa, Felisberto, y deja de preocuparte por tu mano: es la mano búdica que aplaude sola. ¿Qué…? Todo está bien; descansa. No entiendo nada… ¿Aquel bulto arropado es Clemente? Sí. ¿Por qué no están aquí mi profesor Guillermo Kolischer y las precavidas maestras francesas? No fueron incluidos en este periplo. ¿Por qué es Celina el barco? Ahora, descansa. Su última visión se licuó en la inmensurable mirada garza de la mujer quien voluptuosa le había permitido acomodar su brazo entre los generosos, protuberantes senos, mientras Esteno, masajeando los tortuosos pies elevaba sonriente los ojos de vegetal translúcido: Ha vagado sin descanso ignorando que recorre los mismos templos destechados.

Y antivampiras le ofrecieron sus costados derechos para que libase artería del Olimpo y revitalizara fuerzas. El blondo Hermes, o Mercurio, pues debemos atenernos a estrictas identidades, se presentó durante el diluvio tormentoso que sacudió el Atlántico para entregar una misiva que decía: Carta en mano propia y, silencioso, despegó provisto de sandalias nuevas. No le demos esa carta, sugirió Esteno. ¿Por qué no? Ya de nada sirve, llega con retraso; se impuso la terca hermana. Rebasado el Trópico de Cáncer, despertó Felisberto en estado de renovación; cuasi optimista aseguró haber experimentado los más plácidos sueños, tras lo cual fue bañado, holgándose sin límites con las desnudas gorgonas en una cascada, milagrosamente seca, situada en el gran salón de la estancia o Vértice de Celina, y se dispuso para el convite que las hermanas tuvieran a bien organizar. Entre licores nunca imaginados y sutiles viandas la conversación dimanó de las giras efectuadas por Felisberto por incómodos puebluchos uruguayos con hoteles solitarios y tristes, de ajetreados recitales y conciertos entre su país y Argentina, de su amistad y colaboración profesional con el poeta Yamandú Rodríguez; hacia las existencias de tan prodigiosos seres.

Se adelantó con gestos aireados Esteno, la de hipnotizante alcance y doble rostro -viendo pasado y futuro supo enseguida de Felisberto ejecutando en La Giralda de Montevideo y en Mercedes, de sus presentaciones en el Teatro del Pueblo en Buenos Aires, y de su final-, que no mostró para evitarle sobresaltos al viajero: Somos hijas de Forcis, el nombrado jabalí, hijo de Poseidón, y de la ninfa Ceto. La cabeza de nuestra infeliz hermana Medusa adorna el escudo de Palas Atenea, la que en estas tierras es llamada Minerva. De pronto, Euríale lanzó despaciosa la carta que se mantuvo flotando, síntesis de fulgores, en el torbellino: Tómala, es para ti… ¿Por qué lo has hecho?, bramó Esteno, la que abría las puertas de la muerte. Tiene derecho a saberlo. La tardía carta provenía de Cortázar e insistía en desencuentros en Chivilcoy, Pehuajó, etc., pero Felisberto no recordaba a aquel joven escritor que mucha veneración le profesara… Perseveró Euríale: ¿No lo recuerdas? No, diosa, cuando escucho ese nombre sólo rememoro una cabeza gigantesca y bizca que portaba un ojo de vidrio y el otro un espejo. Yo veía con susto la mitad de un hombre colgar de éste y, como de una compuerta, dos piernas intentar reptar en busca del restante equipo. En el ojo del espejo no me reflejaba, pero sí recuerdo ver, tras la diáfana cortina, a un hombre maduro avanzar a lo rectilíneo del pasadizo apremiante hacia el final del túnel… Eras tú en dirección a la cabeza de Cortázar, aseguró vitriólica Esteno. No creo, no creo; discrepó nervioso Felisberto. Confundo quizás esa cabeza con la cabeza cortada del gigante ruso, que se encuentra Ruslán en una llanura y que oculta la espada mágica entre su cuello y la tierra… Pude haberlo leído narrado por Pushkin… La fatigante memoria no me permite discernir entre lo que he vivido y lo imaginado… Pero, intervino Euríale; Cortázar te buscaba y te buscaba… A lo que Felisberto respondió: Y yo escapa y escapaba…

A propósito, exquisitas señoras, repito: ¿Hacia dónde vamos? Abrió él una escotilla y empalideció. ¿Qué sucede? El barco es un barco y navega sobre aguas casi planas; el cielo se halla arriba y no debajo… Sí, ¿por qué te extraña? Pero, ¿dónde está Celina? En aquella esquina conversando con uno de tus pianos. Felisberto alumbró con una antorcha y, en efecto, pudo distinguir a su antigua maestra, momia de negro virtuoso, avivando las manos en mariposeo, mientras el piano sentado erecto en un triclinio, indicaba ritmos con sus patas posteriores sobre el suelo de la embarcación y su pata delantera izquierda colocaba un cigarrillo entre la dentadura de las teclas haciendo enrojecer a Celina, quien no pudo reprimir una sonrisa maliciosa. Las “polleras” de las sillas eran piernas de bailarina en frenesí por el cancán y los relojes braceaban sonriente en enormes recipientes de licor añejo vociferando: ¡Somos libres del tirano tiempo! Colling gritaba que lo dejaran dormir en paz, que se respetase el epílogo de un viejo enfermo. Distrayendo la atención de Felisberto, Esteno indicó en la distancia una ciudad de acero: Allí no nos quieren, pero entramos y salimos a nuestro antojo, ya que nos reviste el poderío. ¿Qué parcela es aquélla donde el sol palidece y la aflicción levanta plegarias sísmicas en pos del hacedor? Donde nuestros rivales los arrogantes filósofos, que hipócritas nos niegan sin dejar de nutrirse de la savia que les otorgamos, se han unido a sus ruines pobladores. Observa bien. Allí se usan nuevos términos e imperan el camello de la burocracia y los filosofastros de cubículo; todos mezclados más horriblemente que el cuerpo infecto de la Quimera o de Caribdis, con la insaciable plaga que forman políticos y comerciantes. Una traidora de nuestras filas los anima para consumar la destrucción de tu especie. ¿Quién? Eris, la madre del trabajo, de las peleas y los combates, de los sufrimientos y del hambre. Suspira Felisberto: No me interesa la política. Nunca es libre el hombre… Así es: El hombre no es más libre que el carnero en su corral, concluyó Esteno.

Tus muñecas Las Hortensias aguardan en la próxima habitación para saludarte; querían darte la sorpresa… Hoy no deseo verlas pues mayores preocupaciones me ocupan. Sigo en busca de mi yo… La sensación de que algo dispersa y fracciona mi sistema es apremiante. Cambiemos el tema, buen amigo. Hablemos de tus mujeres, suena insistente Euríale. No, no, señora mía. Sí, habla de Ursula la vaca francesa; Ursule según tu historia; y de tus dos años en París… No, no. Aunque sea de la española… Cuál es su nombre… África de las Heras o María Luisa de las Heras -en fin, tuvo diversos seudónimos- espía de la KGB, con la que te casaste, pobre Felisberto. Cómo no pudiste darte cuenta de los líos en que te metías… Y ese sinfín de matrimonios. Señora, por favor, por favor no me injurie ni se ensañe usando palabras engañosas. Las palabras tienen muchas vidas. Soy hombre apacible pero mis sentimientos valen y su “compasión” ofende. Pero dejaste sola en el hospital a la desconcertada y magullada Reyna Reyes tras sufrir una terrible caída… ¡Basta, basta! Si esta invitación devenida acoso continua, abandono la nave… Tú sabrás cómo en medio del océano. Ya, ya, cálmate, eres un chico malcriado que sabes llegar a la ternura femenina y me he sobrepasado.

Alerta; se avistan nuestros dominios… ¿Es cierto que las misteriosas Hespérides se encuentran en las Canarias? No puedo decir más… Mi padre era canario. Lo sabemos… Aún no me han dicho si estoy vivo o muerto… Ni te lo diremos por tu propio bien, concluyó Esteno, harta de interrogaciones. Felisberto no podía creerlo: El navío desapareció y volaron acompasados hacia un jardín de floresta delicada y rebuscados manantiales. Imágenes de Lorraine o Poussin, pero más aburridas. Ya en tierra de encantos, las bellas gorgonas, ataviadas de atractivo insuperable, muy a principios de los ‘60, época mortal del escritor gastado, le invitaron a recorrer el camino de piedras nítidas en cuyo desenlace se alzaba una escalera marmórea y sobre ésta un palacio de columnatas cegadoras. Mientras paseaban Euríale comentó: Felisberto, me parece ridículo que se haya clasificado tu nombre bajo la vulgar categoría de literatura fantástica. Pues así ha sido, divina señora. Entiendo que se te vincule con Proust, Bergson y hasta con Kafka, pero más apela a mi gusto la definición de Italo Calvino, que te considera “inclasificable” y alaba tus “zarabandas mentales”. Eres un sublime impresionista; al enlazar palabras produces una música rara, novedosa… Metódico, preciso, podas y pules tus gemas con afán nervioso. ¿Cómo logras hacer de la neurosis arte? Sólo me limito a traducir lo que conozco, lo que vivo y me rodea… La verdad es que yo no entiendo a un escritor que no sea autobiográfico. Me afectó que no me publicaran en Francia. Creo que me han ignorado por considerarme localista y escueto. No digas eso; es que nunca se comprende a los visionarios crípticos. Errores de semejante corolario son el regalo que la imbecilidad brinda a los mal llamados intelectuales, que siempre sobran. Y, te lo aseguro, será peor…

Habló Esteno. Dinos, Felisberto: ¿No escribiste, y ve el libro entre mis manos luminosas: “Hechos que den lugar a la poesía, al misterio y que sobrepasen y confundan la explicación”? No estoy seguro… ¿Lo dije? Lo dijiste; mira el volumen, y ahora atiende a la siguiente cita, de especial significado: “Estoy inventando algo que todavía no sé lo que es”? Me parece que lo dije, pero… sigo sin saberlo… ¡Pero lo hiciste, Felisberto! ¡Lo inventaste! ¡Desde tu temeroso escondrijo de sótanos y torre creaste el realismo mágico latinoamericano! Eres el verdadero profeta del “Boom”… Olvidemos antífrasis y logomaquias, trincheras y barricadas urdidas por casi todos los farsantes que se atribuyen tus méritos. Se te hará justicia. No sé…, y se interrumpió extasiado ante un majestuoso caballo blanco. Es Pegaso; por él estás aquí, Felisberto. No comprendo… Hablaste del caballo perdido que encontraste en una calle cuando tu severa abuela te había recogido donde Celina… Sí, creo… La sangre derramada de Medusa hizo nacer a Pegaso, y diciendo acarició las crines plateadas; y al gigante Crisaor. El inmortal equino enloqueció a Nietzsche cuando éste noble hombre, que tanto nos amó, lo abrazó fatalmente en Turín y aquella lejana noche en camino a tu casa el travieso Pegaso te arrebató el yo, y, por ende, la memoria, pues la segunda no existe sin el otro, que fatigosamente -y uso tu palabra- buscas, pero hoy se te convoca en este edén pagano al que pocos han llegado, y menos permanecido, para que te sean devueltos.

Ah, señoras, alivio ofrece su generosidad, pero no hay tranquilidad para mí: el otro siempre acecha. Me vigila; emerge desde adentro y desde afuera, me insulta y censura acosándome en cuanto sitio frecuento. Me persigue solo o envía tras de mí su ejército animista. No me deja dormir y si sueño aparece trayendo consigo las congojas. No le concede tregua a mis neuronas drenadas. Si la memoria me regresa, temo que el pasado me atrape y encadene y yo deseo vaciar mis ojos de excesivo mobiliario, de objetos que me han perseguido y vigilado desde la infancia. Calma, calma, Felisberto, habló Euríale. Todos esos otros son tus emanaciones; tú y solamente tú manifestándose hasta la infinitud. No temas a la muerte; te sobran vidas multiplicadas por todo el orbe y de no hallarte en un sitio en otro saldremos a tu encuentro. Si ni siquiera esta explicación satisface tu precaria temporalidad pídenos la inmortalidad y te la concederemos. El padre de los dioses nos autoriza y gozamos de sus privilegios. Acepta tu memoria y el yo regresará. Puedes confiar en lo que digo. Abatido, Felisberto suspira y exclama: Siento cansancio grande y deseo regresar a Montevideo. Así se hará, pero espero que nos visites con frecuencia, habló compungida Esteno. Felisberto sonrió encaminándose a la playa de cuadrantes: Imposible negarse a una diosa… a dos diosas.

 

Relato tomado del libro Arenas residuales y demás partículas adversas

 

Fernando Cruz Kronfly

NADIE SE MUERE EN ESTA VIDA

 

No acababan aquellos hombres de ingresar hacia el entablado interior de aquel almacén, cuando desde el lugar de la trastienda emergió, envejecida y ciega casi hasta la muerte, la figura de Eloy Salamando. Traía en su mano derecha un bastón de cedro color caoba y su cabeza se apreciaba cubierta de blancas madejas de cabello que se movían al viento como un bosque de líquenes helados. Y, simulando que nada en absoluto hubiese sucedido, se apresuró a saludar al grupo de caballeros, encantado de que hayan venido, señores míos, y enseguida les hizo seguir adelante. Algunos de ellos corrieron a preguntarle que cómo se sentía, don Eloy, pero él no contestó ni fu ni fa. Más bien extendió el servicio de su mano derecha en dirección al pasillo de la trastienda, y utilizando una voz de quejumbre les dijo que bien pudieran seguir hacia el interior de la casa porque aún quedaban sobre el tapete de las cosas pendientes muchos asuntos por conversar y resolver. Fue así como, formando una especie de fila india, aquellos hombres atravesaron el pasillo cuyos muros laterales se encontraban recubiertos con telas raídas y densos mantos de arañas disecadas por el tiempo y el formol de las estanterías, hasta salir a un corredor espacioso donde el viento era más puro y en donde se alcanzaba a percibir, como un recado distante, el aliento de algunos nísperos en flor. Y, como si por efecto de alguna adivinanza aciaga, don Eloy Salamando hubiese calculado el número de los visitantes, la mesa del comedor apareció debidamente equipada con sus doce asientos comunes más la poltrona principal, mientras hacia un extremo del recinto iba y venía la silla mecedora, ¡madre mía!, aquella silla hecha de mimbres antepasados con sus patas encorvadas, portando, ahora, los restos de una anciana desconocida cuyas manos tejían una trama interminable que caía al suelo y se hundía por un orificio que de repente vimos abierto sobre el piso de ladrillo. Entonces, Eloy Salamando se apresuró a colocarse a la cabeza de aquel desfile, y levantando sus pies por encima del polvo que la multitud acababa de revivir con sus zapatos, se ocupó de orientar la marcha del conjunto hasta llegar a las inmediaciones de la mesa del comedor. Una vez allí, y cuando todos se hallaban a la espalda de sus correspondientes asientos, el comerciante le dijo a Nacianceno:

—De ahora en adelante el sitio de la cabecera le habrá de corresponder a su persona, doctor.

Extendió su mano en dirección al norte de la mesa, por donde venían los alientos del patio, y todavía dirigiéndose a Nacianceno, agregó:

—Sírvase ocupar su lugar.

Delante de aquella formalidad todos corrieron a mirarse y se tropezaron los unos con los otros, aunque la situación fue tan diáfana y el comportamiento del comerciante logró tan elevado nivel de claridad que ninguno de los visitantes se atrevió a pronunciar la menor interjección, ¡Santo Cristo!, ten piedad de nosotros. Sin embargo, y como impulsado por las charreteras que había sobre sus hombros y por las tres medallas que colgaban en su pecho, el señor alcalde procedió a encender su tabaco habanero,¡ uy!, que sacó con premura del bolsillo superior de su chaqueta y después de producir con su garganta algunos desahogos, habló así:

—A nosotros nos fueron con la noticia de que a usted, don Eloy, lo acababan de matar.

Acto seguido todos los visitantes se miraron a los ojos y dijeron cómo no, que así, tal cual, había sido el anuncio. Pero al mismo tiempo mostraron alegría por la comprobación contraria. Entonces, el comerciante Salamando, mucho más envejecido aún, decidió explicar el asunto de la siguiente manera:

—Sí señores, eso fue cierto pero en este momento no interesa para nada, pues la historia camina hacia adelante y no en sentido contrario.

Y enseguida agregó, delante del pánico de los visitantes:

—Lo importante es que definamos lo que vamos a hacer de ahora en adelante, ¿no les parece?

Todavía se hallaban todos, de pies, junto al espaldar de sus asientos, con sus bocas abiertas y sus ojos desconcertados, cuando de repente don Eloy Salamando volteó su cuerpo en dirección al sitio en donde se encontraba la anciana, y extendiendo su mano en dirección suya, preguntó:

—¿Se conocen ustedes?

Pero no habían acabado de pensar virgen santísima qué es lo que estamos viendo con nuestros propios ojos si parece un cadáver que viniese navegando en sentido inverso, cuando la anciana levantó su mirada desde la trama de la costura, y hablando en un lenguaje novedoso y profundo se apresuró a explicar quién era ella, ¡mama mía!, mientras los comensales dejaban caer sus quijadas un poco más abajo de lo conveniente en estos casos:

—A mí me llaman Lola Amburguesa, pero mis amigos me dicen Lulú.

Dijo, y enseguida soltó una de sus manos en dirección al vuelo del aire. Luego dirigiéndose a los asistentes, les formuló la siguiente invitación:

—Siéntense, hijitos. Bien puedan sentarse que ahorita viene la comunión.

Nadie más habló, y el silencio dejó escuchar el bolero antillano que sonaba en la radio, del otro lado de la tapia del patio central, en la casa vecina: como gaviota que al atardecer, sobre las rocas del inmenso mar, sin esperanza, sin amor, sin fe, sus alas rotas de tanto volar. Y como una sombra de vida que se dibuja donde nadie la espera, en ese preciso instante aparecieron, en las mejillas de don Eloy, dos manchas rojas. Pero sin permitir que las cosas pasaran a más, salió al camino y dijo:

—Bueno, señores, sentémonos que aún resta mucho por hablar.

Y él mismo dio ejemplo, tomando la iniciativa.

Una vez en sus sitios y luego de que Nacianceno aceptara, contra su voluntad, ocupar la cabecera de la mesa, el comerciante dobló el pliegue de cada una de sus dos manos y, dirigiéndose a la asistencia, inició así su intervención:

—Los he invitado a mi casa porque tenía muchas cosas que decirles antes de irme a dormir para siempre.

Y cuando dijo “dormir” puso ojos de comparación. Enseguida agregó:

—He acumulado dinero durante toda mi vida y mi voluntad personal hubiese sido la de seguirlo haciendo, pero ocurre que ya las cosas no dependen de mí solamente.

Enseguida hizo hombros de que no hay más remedio y de qué le vamos a hacer, señores míos, compitas del alma, si la vida es así. Y, chasqueando un poco su lengua contra la concavidad del paladar, desplegó sus párpados y anunció:

—Todos nosotros estábamos equivocados, menos el doctor. Por eso él ha merecido ahora toda mi confianza.

Y limpió la transparencia de sus ojos contra la presencia de Nacianceno, quien ligeramente anonadado, intentaba cambiar el segundo aire de su respiración, como el box del Metropolitan Park. Luego retiró su plato vacío a una distancia prudente y jugando con el tintineo de los cubiertos se apresuró a complementar:

—¡Lo que ocurre es que nosotros no podemos seguir navegando contra la corriente!

En donde navegar no era otra cosa que vivir. Cerró sus ojos y vio la imagen de ir montado a horcajadas sobre los percances de un barco a vapor que naufragaba debatiéndose entre las aguas mortales del Río Coronación. Vio cómo todas las mercancías flotaban hacia la perdición, río abajo, y así permaneció por algunos instantes.

A esas alturas nadie podía ser propietario de sí mismo, pues el pánico frente a lo que estaba ocurriendo enmudecía los labios e impedía sacar en limpio la menor claridad. Sin embargo, en el semblante de todos los comensales brillaba una extraña luz, como de ceniza con alcohol encendido, que parecía ser la del entendimiento más hondo y a pesar de que el desconcierto fuera la costumbre de aquel instante. De esta manera y aprovechando el silencio general, en donde solo se podía escuchar el lejano quejido de la mecedora de mimbre, Eloy Salamando decidió recuperar el ya señalado camino de las palabras, hablando así:

—Como no tengo descendencia de ninguna clase, ni legítima ni natural, y puesto que mis padres y hermanos, almas benditas, ya fallecieron, he decidido hacer pública donación de todos mis bienes al doctor Nacianceno Pinto Morón, aquí presente.

Y no se había alcanzado a despejar el pánico del paramento de los ojos, cuando el comerciante agregó:

—Pero, con una condición.

Entonces los visitantes suspiraron, como cuando se llega al descanso de una extensa escalera, voltearon a mirar para ambos lados de sus vidas donde había paisajes de diversos tonos, y mientras Nacianceno comenzaba a sufrir pasajeros quebrantos respiratorios y un cierto ahogo en el lado derecho del corazón, el comerciante explicó:

—Con la condición de que el dinero deberá ser invertido, primordialmente, en el crecimiento de las industrias conque ya contamos y en el nacimiento de otras nuevas.

Enseguida, mientras pasaba revista a sus uñas, adicionó:

—Usted sabrá cómo se las arregla, mi querido doctor.

Y mientras el desconcierto parecía cundir por el centro del patio y del corredor, donde más allá de la radio la gaviota cruzaba las sombras del misterio azul, Eloy Salamando se levantó de su asiento y, dirigiéndose hacia un rincón del comedor, le indicó a la concurrencia el cuerpo de un inmenso baúl. Colocado en su vecindad más inmediata, procedió a levantar la tapa, y en el acto aparecieron delante de los ojos del encantamiento las más hermosas y brillantes monedas y fajos de billetes de elevada denominación. Y como las monedas y los billetes se revolvían dentro del cajón como si poseyesen vida propia, el comerciante se apresuró a cerrar la tapa antes de que rodaran por el suelo, al tiempo que explicaba:

—Aquí las tenía, listas, porque abrigaba la sospecha de que ustedes habrían de venir en el momento menos pensado.

Luego agregó:

—Yo, por mi parte, me he reservado una pequeña suma que oportunamente habré de sepultar en un determinado lugar, para no irme a quedar así no más, sin entierro y sin capacidad de asustar a nadie, como si jamás hubiese pasado por esta vida.

Y, al decir esto, dibujó una ligera sonrisa. Enseguida retornó a su sitio de antes, y tomando entre sus manos el cuchillo de tasajear la carne se dirigió hacia donde se hallaba Lola Amburguesa. Una vez a su lado procedió a cortarle, con sumo cuidado, los pedazos de cuero y las prolongaciones de las uñas que le habían crecido durante la década inmediatamente anterior, todo lo cual la anciana permitió realizar sin ofrecer la menor resistencia y mostrando, por el contrario, un cierto grado de placer y una relativa complicidad. De esta manera, Eloy Salamando comenzó a depositar sobre los platos, que parecían un resplandor donde los rostros apenas se dibujaban, una porción surtida de filamentos de carne y trozos de uñas entrapados en vinagre y sal, mientras explicaba, con soltura, cómo a la terminación de la década siguiente a Lola Amburguesa se le tendría que hacer una poda similar, sí, mis queridos amigos, cuando quizás la radio del patio vecino ya no cante aquello de que la gaviota se hundió en las sombras del inmenso mar porque solo tuvo por compañera la soledad, operación por medio de la cual no solo se lograría rejuvenecer a la anciana sino permitir la inmensa fortuna, casi un privilegio, de poder participar, en carne viva, de su sabiduría y de sus recomendaciones. Y, cuando hubo distribuido el alimento, Eloy Salamando hizo a un lado algunos algodones entrapados, puso la bandeja encima de una pequeña mesa auxiliar, fue hasta la alhacena y retornó de nuevo a su sitio, trayendo, en esta ocasión, un botellón de vino rosado que vació dentro de las trece copas de cristal que se observaban, puestas sobre el mantel, como espermas encendidas. Hecho el servicio, el comerciante tomó asiento, y levantando su copa dobló hacia adentro la última luz de sus ojos, y dijo:

—¡¡¡Salud!!!

Los visitantes imitaron a don Eloy, y aunque sus voces sonaron ligeramente inseguras, resolvieron responder:

—¡Salud, don Eloy!

Acto seguido el comerciante tomó en sus manos el tenedor y el cuchillo, y con movimientos acompasados empezó a comer. Por su parte, ligeramente recuperados del pavor inicial, los comensales corrieron a imitar a don Eloy, quien abría y cerraba sus ojos mientras tiraba rodajas de limón dentro del plato y tomaba, a borbotones, del vino del pasante. Agotado el alimento, cuyo lejano aliento de luz y sombra lograba superar el ácido del limón en cascos con su cáscara y su melancolía, ¡cristo bendito!, Eloy Salamando hizo uso de su servilleta de algodón laminado que tenía a su disposición, miró los platos vacíos, escupió a un lado, como solía hacerlo, y tomando aire de extraña seriedad, dijo:

—Bueno, caballeros, eso era todo. Lanzó un nuevo escupitazo, y agregó:

—Ya pueden marcharse.

Una vez más el silencio permitió escuchar cuando la radio decía gaviota, mujer pobre mujer, gaviota enferma y triste, para ti no hay piedad. Y cuando ni siquiera la radio conseguía oírse, Eloy Salamando hizo a un lado la servilleta entrapada en vino, suspiró con profundidad, bostezó el sueño de sus ojos, y explicó:

—Y usted, doctor, bien pueda mandar con más despacio por el baúl. Lulú sabrá atenderlo como se merece, pues de ahora en adelante su puesto es el mío.

Víctimas de compulsivos automatismos, los visitantes se pusieron de pies, y aproximándose hasta donde se hallaba don Eloy procedieron a cubrirlo con sus abrazos de despedida mientras no dejaban de agradecerle sus sabias recomendaciones. Igualmente, Nacianceno prometió orar por su alma, y aseguró que la nueva factoría de plásticos que pensaba fundar llevaría su nombre, no faltaba más. Y muchos dijeron que por más lejos que estuviese en la otra vida, mucho más cercano lo habrían de sentir dentro de su corazón, que era como una alcancía que al revolverse dejaba escuchar el sonido metálico de sus efectos, ja, ja. Acto seguido vinieron los últimos abrazos unidos a las últimas recomendaciones. Y, cuando el asunto parecía  concluido y los visitantes amenazaban con retirarse del lugar, el comerciante abrió sus ojos con una cierta holgura, y advirtió:

—No vayan a hacerse a la ilusión de creer que porque ya estoy muerto voy a cerrar el almacén, ¿oyeron?

Y enseguida comenzó a disolverse sobre las tablas de su asiento, hasta desaparecer por completo y lograr, en un abrir y cerrar de ojos, la más diáfana transparencia. Desde el otro lado de la vida se siguieron escuchando sus voces, como una cantaleta de doble fondo que dirigiera a Nacianceno, a fin de que asumiera sin tardanza el control de la situación. Pero a esas alturas la suerte estaba echada y las cosas habían sido suficientemente aclaradas. Al pasar, de regreso, por el salón del almacén, los visitantes lo alcanzaron a sentir, palpitando a su lado, y muchos años después la Gaviota de los Cuatro Vientos todavía seguía siendo considerada como el mejor establecimiento de comercio del barrio El Centenario, y quizás de toda la ciudad.

 

Fernando Cruz Kronfly, Las alabanzas y los acechos, La Oveja Negra, Bogotá, 1980.

 


 

Elmo Valencia

TUMACO

I

 

Hincado sobre negros pilotes de madera enve­nenada en una noche de duendes, Tumaco parecía un cangrejo alunado.

Yo lo miré con los ojos llenos de sueños grises v de mapas viejos sin forma ni color, y tuve ganas de apretarlo nuevamente con mis manos quemadas por el sol del Mataje y del Mira.

Sabía que al sur estaban Limones y Esmeralda y todavía más al sur el Salitre y los poemas de Neruda.

Entonces recordé los primeros colonizadores, las familias que hoy trataban de ser una élite entre la selva y la espuma, entre el caracol y la serpiente. Recordé también los gringos que habían llegado para llevarse en cargueros la fibra buena de los árboles de donde salen los objetos dóciles a los dedos del hombre.

También recordé los primeros navíos que se hundieron en su bahía.

Y el primer beso, y la primera mano que trató de ahogar un grito, y el primer alumbramiento, y el primer loco, y la primera bicicleta, y el primer aborto, y la primera niña buena, y la primera niña mala.

Y el primer muerto.

Amén.

II

 

Y mientras recordaba todo esto, veía que los faros se alejaban.

A lo lejos, las otras islas: El Bajito y el Gallo. Islas que se dejaban desnudar de bufeos que llega­ban de mares imposibles.

Me miré los pies descalzos y noté que la marea iba dejando collares y desperdicios en la playa.

Le di un puntapié a una pequeña concha y me sentí cadáver.

Entonces dije para mí: "Ver un muerto flotando debe ser horrible". Me detuve y noté que Tumaco seguía mirándome. Me eché sobre la arena y quise huir de todo el mundo; estaba cansado de tanto caminar.

Apenas la arena sintió el calor de mi espalda comenzó a moverse como una serpiente.

Alargué la mano y torné un puñado, tal vez para consolarme o para maltratarla, pero ella, esquiva, se dejó caer por el columpio de mis dedos.

Era una arena virgen, ideal para comenzar un amor, para formar un nido con ella, una cuna o un lecho.

Recliné bien la cabeza sobre una lata vacía de sardinas que encontré junto a una piedra pómez y estiré los pies.

Me puse a pensar en el "Andrea Doria", en los viajes de Darwin por las Galápagos, en los vagabundos que se trepan en los trenes de carga para ir a cualquier parte, y en las derrotas que han sufrido todos los desesperados que han querido tragarse el mar para huir de sí mismos.

Y mientras todo esto pensaba, en Barbacoas, puerto tendido sobre una hamaca de colores, un negro de enormes brazos rastrillaba una guitarra alquilada, y en Bocagrande, una hermosa mujer, cabinera del vuelo X-504, se dejaba picar la espalda de un insecto en forma de heptaedro para no des­pertar del mundo mágico que la envolvía.

III

 

La brisa comenzó a despeinarme. Me sentí tan solo y tan triste que quise huir en el primer barco que llegara.

Y esperé y esperé, pero a Tumaco no llegaban sino rostros de desconocidos y voces de mujeres que me llenaban de deseos.

Tendido, en la arena, con los ojos fijos en una nube negra, comencé a lamentarme. Y creo que todos los manglares oyeron mi queja, porque minutos después alcancé a oír un ruido extraño que resonó por todo el litoral, como si dos bocas hubieran cho­cado, o como si una enorme copa de cristal hubiera sido arrojada contra una piedra.

Me llevé las manos al rostro.

Tenía la sensación de que una telaraña me estaba envolviendo la cabeza todavía recién mojada por las olas de un mar devorador que días antes había tratado de llevarme hasta el fondo de su verde crisálida.

Miré de nuevo el cielo y comencé a echarme arena en el rostro.

Bajé la mano suavemente, y como tocando un violoncello, empecé a moverla de un lado para otro.

Sin pensarlo, mi mano había modelado un pe­queño buque.

Cerré los ojos y, lentamente, el buque se fue agrandando.

Cuando tuvo las dimensiones del "Queen Mary", levantó el ancla que tenía incrustada en mi corazón y deslizó su quilla como flor marina diciendo adiós para siempre.

Entonces me sentí más solo. Y triste.

Adiós, barquito de mi imaginación. Aunque yo lo había hecho, ese tampoco era el buque que me llevaría a cualquier parte.

Seguí anclado en Tumaco.

 


EL CIELO DE PARIS

La pequeña isla de Kamelia durante mucho tiempo perteneció a España. Logró su independencia sin que un solo disparo rompiera la tranquilidad de sus habitantes, y fue la última del Caribe en ser colonizada, pues los isleños tenían reputación de caníbales. Poblada por varios grupos étnicos, entre los blancos hay muchos ingleses y españoles que llegaron a la isla con la intención de hacer dinero exportando lo que fuera. Robert Smith, el abuelo de Cielo, fue uno de los que llegaron con el propósito de enriquecerse lo más rápido posible, y lo logró, pues a los diez años de haber desembarcado con una caja llena de abejas, ya era uno de los hombres más ricos de la isla, poseedor de muchas propiedades y reconocido exportador de miel de abeja a muchas partes del mundo.

Las mujeres lo perseguían tratando de enamorarlo porque en la isla se decía que en su casa tenia enterrado un tesoro que consistía en una caja llena de monedas de oro, la misma en que había traído empacadas las abejas para empezar el negocio que le dio reputación y dinero. Pero el único tesoro que tenía, si así puede decirse, era un cuadro de Gauguin que permanecía colgado en su estudio y que había adquirido por unas cuantas libras esterlinas y unas botellas de buen vino francés. Resulta que el pintor, después de permanecer un tiempo en Paris, decide regresar a Tahití, vía Panamá, pero el barco en que viene tiene que atracar en el puerto de Kamelia por fallas en una de sus velas. La falta de recursos lo obliga a pintar en el puerto y es cuando conoce a míster Smith, quien lo invita a su casa para que pinte a la mujer nativa con el cual vive secretamente y por temporadas, sobre todo cuando llega el invierno.

¡Y qué obra tan maravillosa logra Gauguin! Sobre el lienzo aparece la mujer tendida en la cama, medio inclinada y totalmente desnuda en unos colores crudos que realzan el misterio y sugieren el hijo bárbaro en que vivía la alta clase blanca. Es una pieza maestra llena de colorido y de esplendor exótico que después, cuando el hombre muere, pasa a ser propiedad de su hija Aroma Smith, reconocida en el último momento para que pudiera heredar toda su fortuna acumulada con paciencia inglesa.

Robert Smith llegó muy joven a la isla, para dar inicio al negocio de la miel de abeja. Existían entonces sitios exóticos que le gustaba visitar, como el pueblo donde el tatuaje seguía siendo una costumbre tradicional entre los nativos. Los hombres se tatuaban los brazos pero las mujeres sólo podían hacerlo en las nalgas. Con los años se enamoró de Tala, la mujer nativa más exótica por el tatuaje de una flor amarilla que llevaba en la nalga izquierda, y tanto compartieron intimidades clandestinas que como fruto de ese cruce de razas tan distintas les llegó una niña a quien llamaron Aroma, por el perfume que emanaba esa extraña flor amarilla que crecía en ciertos lugares de la isla.

La niña fue creciendo hasta que quedó sola por la muerte de sus padres. Tala murió ahogada o se suicidó, nunca quedó claro; y a Robert Smith se le envejecieron tanto las arterias que llegó el momento en que la sangre no pudo circular más por su cuerpo flaco y descolorido, y amaneció muerto un domingo con una flor amarilla en la boca. "¿Qué va a hacer Aroma con ese cuerpo hermoso y tibio y la herencia que acaba de dejarle el viejo Smith?", fue la pregunta que comenzó a rodar por la isla una vez enterrado su padre. En el cementerio no soltó ni una lágrima, tal vez porque nunca lo quiso de verdad. Se encerró durante algún tiempo y después comenzó a recibir clases de idiomas y de bailes extraños. Se bañaba desnuda en la playa y los muchachos la seguían para verla, pero ella no les hacía caso. Era un ser especial, muy diferente a las otras chicas de la isla. De noche se vestía con los atuendos de colores vivos que le dejara su madre y se colocaba en la cabeza guirnaldas de flores silvestres. Estaba saliendo de la adolescencia cuando Hans Nicky, marino alemán, llegó en un buque lleno de gasolina con destino al puerto de Kamelia.

La muchacha de ojos vivarachos, y muy inquieta, tenía una gran debilidad: le gustaban los hombres maduros y extranjeros. Los jóvenes no le llegaban al alma. Los rechazaba en cuanto trataban de molestarla con las concebidas palabras huecas y románticas. Nació para grandes aventuras, tal vez porque su padre había sido un aventurero que llegó a Kamelia sin un centavo en el bolsillo y al poco tiempo ya era dueño de una gran fortuna.

Por todo esto, y otras cosas difíciles de entender, cuando ella en shorts y zapatos de goma vio al marine musculoso y fuerte, sentado en la heladería del puerto comiéndose una banana split, se le acercó para preguntarle de dónde había venido y cómo le parecía la exótica isla de Kamelia.

Al oír esa delicada voz de paloma, el hombre levantó la vista y la examinó de arriba abajo. No había duda, era una muñeca, pero no de porcelana sino de carne y hueso y con una sonrisa que invitaba a cualquier locura en la isla de los vientos huracanados. La invitó a sentarse y a disfrutar de otro helado como el que se estaba comiendo, invitación que Aroma aceptó encantada. Viéndola tan bella y dispuesta a compartir un encuentro más íntimo y solitario, poco a poco entre palabras más y palabras menos, la fue conduciendo hasta el Bosque de las Abejas, donde le contó historias de naufragios y sirenas que en alta mar llamaban a los marinos de los barcos que se atrevían a cruzar los mares antiguos. En vista de que ella no había hecho objeción alguna a sus requerimientos un poco eróticos, una vez que la tuvo acostada sobre la hierba, le preguntó:

— ¿No has oído la historia de Ulises?

— No, cuéntamela.

"Ulises era un marino griego que dejó sola en su casa a su mujer Penélope para ir a pelear en la guerra de Troya. Navegando los mares se le presentaron las sirenas tratando de seducirlo con sus cantos para llevárselo muy lejos y amarlo después sobre las olas, tal como te voy a amar a ti, esta tarde, sobre la verde hierba del Bosque de las Abejas".

Y mientras el alemán le contaba la historia que Homero relata en la Odisea, le iba quitando el vestido, mejor dicho, la blusa, los shorts, y los cucos que eran del mismo color de sus ojos azules. Al darse cuenta de lo que le iba a suceder trató de levantarse pero ya era tarde, porque el grueso pene del marino alemán ya estaba adentro, a pesar de que algunas abejas trataron inútilmente de defenderla. Un poco adolorida vio como una nube negra pasó por encima de su cabeza anunciando el comienzo de las lluvias de abril. Pero las lluvias no cayeron; lo que cayó fue la cuchilla sobre la nuca de Hans Nicky. ¿Por qué? Ella lo denunció afirmando que la había violado.

El alemán fue guillotinado ante una multitud que gozó con el espectáculo, Teorema salió al balcón de su Palacio frente a la Plaza Juana de Arco y dijo unas cuantas palabras alusivas a la ejecución, que nadie entendió. Luego se retiró a su recámara y en la más completa soledad se bebió un trago de whisky no sin antes escuchar un violinkoncert de Mozart. Aroma también se retiró pero a reflexionar. Cambió de opinión, dijo que se le había entregado al alemán. Y mientras lo hacía se dio cuenta de que estaba embarazada. Fue madre a los 15 años. Tuvo esa hermosa niña llamada Cielo, que ahora estaba locamente enamorada del príncipe troyano llamado Paris. Deseando olvidar todo lo sucedido, Aroma deja la niña con las monjas del convento y se va a conocer países extranjeros. Cansada de viajar, regresa a su ciudad natal y manda a construir la mansión, una enorme casa de dos pisos frente al mar con muchas habitaciones, amplios corredores, salones especiales para recepciones, piscina y hermosos jardines de rosas. Desde los balcones se podía ver la tira luminosa de la playa de arena diminuta y blanca, que algunas veces permanecía llena de bañistas y en otras no se veía ni un solo cuerpo recibiendo los saludables rayos del sol que en el verano calentaban más de lo necesario. Parecía que en Kamelia el astro se metía hasta en las neveras de las casas.

La Mansión, diseñada por un arquitecto que consideraba el espacio como un cuerpo viviente al que había que darle cariño, fue edificada en el lote que compró cerca del mar y donde se encontraba una enorme piedra rojiza que, según la apreciación científica de un geólogo, hacia millones de años había caído del planeta Marte. El mismo geólogo afirmó que posiblemente fue adorada por los primeros aborígenes que poblaron la isla, llegados de la famosa Atlántida, porque todavía se pueden observar algunos grafitos hechos con punzón de punta de acero.

La apreciación geológica referente al origen de la piedra fue la razón principal por la cual la NASA decidió levantar en Kamelia el Observatorio Astronómico, pues desde esa isla se podían rastrear con más precisión las naves espaciales que pronto serian enviadas al planeta rojo.

Al poco tiempo Aroma Smith conoció al capitán de un buque de la armada colombiana, quien inmediatamente puso a su disposición su corazón de duro oficial porque, según él, se encontraba en la soledad más terrible. Viendo su simpatía y elegancia, con su uniforme blanco y varias condecoraciones sobre el pecho que indicaban que no era cualquier marino de brújula y sextante, sino un verdadero comandante de nave con bombas de profundidad, comenzó con él un idilio que no terminó sino cuando al oficial le dieron la baja por no haber retenido en alta mar un cargamento de marihuana de los narcotraficantes que había salido de la península de la Guajira con dirección a Norteamérica.

Muchos la cortejaron. Dicen que los varones más importantes de la ciudad se la gozaron, pero esos son infundios, dado que la veían siempre alegre y asistiendo a las fiestas más importantes. Aroma Smith nunca se casó, permaneció soltera hasta su muerte cuando se cayó de ese caballo en el club de equitación, accidente que también le causó la muerte al equino, pues Teorema ordenó que le cortaran la cabeza.

En un viaje que Aroma hizo a Jamaica trajo a Maracuyá, recién dejada por el marido, para que la acompañara en las labores domésticas y limpiara todos los días con una escobilla de finos hilos de seda el lienzo de Gauguin colocado en su alcoba, y que según concepto de un galerista francés que pasó por la isla y lo vio en su sala, valía varios millones de dólares.

—¿Por qué tan caro?, le preguntó Aroma a su huésped, asombrada por el precio descomunal.

—Porque cuando Gauguin pasó por aquí y pintó a su madre, él era un ilustre desconocido, ignorado inclusive por sus amigos en Francia. Pero hoy, que es un artista famoso, y además muerto, los lienzos de Gauguin se han cotizado como tesoros. Cosas del mercado del arte.

 

Fragmento de “El cielo de Paris”. Santafé de Bogotá: Uniediciones, 2013.

 


Gabriel J. Alzate

LOS VIEJOS TIENEN QUE MORIRSE

 

—¡No me diga!

—Sí, iba a violarla.

—¡Papa!

—Estaba a punto de hacerlo cuando él llegó.

—¡Marcos, por favor!

Pero no ha sido nada, ya lo ve. Ángela está tranquila, como si nada.

—Medellín es así, Colombia es así, don Marcos, pero dígame, ¿podría hacerme un favor?

Hubiera preferido que mi hija se presentara en el apartamento con la nariz del hampón guardada en el bolsillo o la trajera empuñada en una mano, a que el ingeniero me pidiera un favor y eso por varias razones. La primera de ellas, la más poderosa de todas, es que el ingeniero es un hombre agradecido: sé que me va a agradecer toda la vida y a cada instante; la segunda, pero no menos importante, es que tal agradecimiento me comprometerá a recibirle la visita, a aceptarle algún presente, y de paso querrá enterarse de que ocurre en la familia, como están los nietos y con esto llego a la tercera razón, la última, pero a su vez la que más temo, por Dios que sí, y es que de paso me cuente todo lo que acontece con su madre. Y sé que cuando el ingeniero habla de su madre necesita beber, escuchar rancheras, cantar música guasca y hablar de dinero, temas todos vedados para mi gusto, si es que algún tipo de gusto me queda. Asiento, si, le haré el favor que sea, a lo mejor en medio de uno de sus ataques de gratitud, me da un infarto, al tipo lo acusan de algo y yo me voy a la otra vida con una sonrisa entre el culo.

—¿Que será, ingeniero?

Se pone de pie, va de un lado a otro de la sala. Mi mujer y Ángela piden permiso y se retiran. Sé que la tonta de mi hija irá a llamar al bueno para nada de su marido, le contará lo sucedido, llorará como una monja que acaba de descubrir que el confesor la ha preñado y terminará diciéndole que por favor le traiga a los niños, que esta noche se quedarán a dormir con nosotros, lo que equivale a decir que pasaremos la noche en vela, acompañados por sonar de ollas y biberones en la cocina, por llantos, quejidos y sobresaltos al amanecer.

—Nada del otro mundo, don Marcos, es que Josefina... A ver, le explico: es que el piano de Josefina es un instrumento muy valioso no sólo por lo que significa para ambos, sino porque es un ejemplar único. Mire usted que lo compró con su primeros ahorros en el almacén de los Marín Vieco... Importado directamente de Europa. Se trata de una verdadera joya. En todo Medellín no creo que haya dos instrumentos como ese. En fin, pero sucede que ahora, fíjese bien como es la vida, ahora después de tanto tiempo, a Josefina le han entrado sospechas de mamá, ¿comprende?

—No.

—Sospechas. Algo así como que piensa que mamá, que está pronta a llegar de Nueva York, va a emprenderla contra el piano.

—¿Sabe su madre de la relación entre usted y Josefina?

—Pero claro, don Marcos. ¿Cómo iba a ignorarlo? Soy un hombre mayor, un hombre sin zapato que lo apriete.

—No veo que haya por qué temer.

—Opino igual.

—¿Entonces?

—Creo que se trata de celos. Las mujeres, don Marcos...

Al ingeniero, hay que decirlo, la vida le parecía tan simple como un negocio, quizá por eso jamás había pensado en formalizar su relación con Josefina. Él no lo decía, pero dejaba que uno lo dedujera de sus conversaciones, de sus comentarios, de sus opiniones lanzadas como quien lanza el anzuelo en cualquier charco por si las moscas, sin importarle si al final saca algo. Al parecer, igual sucedía con Josefina. Alguna vez el ingeniero dijo que lo más importante que él encontraba detrás del afecto era que ofrecía compañía, y que de resto, no servía para nada. "Ninguno de nosotros ha pensado en el matrimonio, don Marcos, porque pensamos que el matrimonio es el asunto menos serio que se ha inventado el ser humano", me dijo alguna vez mientras parados en la puerta del edificio aguardábamos a que se calmara un aguacero, y añadía el resto de la historia: "Josefina, don Marcos, tiene dos dioses, y espero que usted me entienda: la música y el dios de la Congregación a la que pertenece desde niña. Cuando era una criatura de brazos, sus padres la abandonaron a las puertas de una iglesia protestante. Esa gente la adoptó sin ningún remilgo, la hicieron hija de todos y de Dios al mismo tiempo lo que no dejó de resultar bien complicado, porque un día decidían algo y al día siguiente parece ser que Dios les ordenaba otra cosa. Finalmente, la muchacha acabó haciendo lo que le parecía con la excusa de que si ellos no habían logrado ponerse de acuerdo con Dios en lo que debían hacer con su vida, ella sí tenía muy claro para dónde iba. Lo único en que todos coincidieron fue en que la niña debía estudiar música y estuvieron a punto de convertirla en una virtuosa, pero con el sesgo de la religión el trabajo quedó a mitad de camino". Lo demás, añadía el ingeniero con un dejo de a mí que me importa, era lo demás. Allá ella si leía la Biblia o le daba por pensar que cada puesta de sol era una serial del fin de los tiempos.

Josefina era profesora de música en un colegio de la congregación y de eso vivía y vivía bien. "Su dinero es su dinero, don Marcos", explicaba el ingeniero, "porque yo darle un centavo a una mujer, ni loco, ni que le estuviera pagando por quererme. Ni putas que fueran las mujeres para entregarles plata a toda hora, don Marcos. Lo mismo ocurre con mamá: ella tiene sus casas y, su parte en los negocios aunque pequeña, le alcanza para los viajes, para los gastos. Hasta creo que a escondidas tiene una que otra propiedad en Los Ángeles y algo por allá en Puerto Rico. Yo solo regalo cosas: vestidos, zapatos, blusas, perfumes".

—¿Su madre tiene algún problema con la música, ingeniero?

—Mamá se está quedando sorda. El piano es todo un insulto a su deterioro auditivo. ¿Me entiende ahora?

—Ya. Pero no veo los celos por ninguna parte.

—Es mucho más complicado de lo que imagina. En su última carta, me dice que ahora podré vivir feliz susurrándole porquerías a esa cantante mientras ella se sume en la oscuridad total de los sonidos.

—¿Oscuridad total de los sonidos? Eso no lo diría ni Stravinsky.

—Perdone, don Marcos, no entendí.

—Mientras tanto, es decir, solo por el tiempo que mamá esté aquí.

No sé por qué me vino a la cabeza la imagen del director de cada uno de esos periódicos sentado detrás de su escritorio, acumulando grasa en su abdomen con el único propósito de buscar la embolia, la trombosis, la obstrucción coronaria y eructando a cada dos minutos con una sonoridad brutal como para poner a oír a la madre del ingeniero; no sé por qué, pero puedo jurar que pocas veces había visto con tanta claridad al tipo con el montón de cartas que no va a leer jamás frente a él, y mientras tanto sonreía con la misma sonrisa de beato Marcelino, hipócrita y artero. Sí, claro, hijueputa, los viejos estaremos podridos, todos podridos, pero muertos jamás.

Le dije que trajera el piano. Ya hallaría la forma de quitarme a mi mujer de encima cuando comenzara a preguntar estupideces.

 

Fragmento de Gabriel Jaime Alzate Ochoa, Los viejos tienen que morirse, Premio Jorge Isaacs 2002 de Novela, Cali, Imprenta Departamental del Valle del Cauca, 2003.

 


Oscar Olarte

ACOMORESE NOMA

El paso ardiente del verano marcó el final de la epidemia, los cráteres quedaron sobre la piel morena de la llanura que se volcó hacia el mar, buscando mitigar su escozor en las aguas salobres y yodadas. La gente de los ríos se asomaba al infinito del horizonte oceánico, a las temidas y turbias bocanas invadidas de tiburones y cachaloas.

Fue esta enfermedad el motivo para que María viajara por vez primera al archipiélago. Entró por el estero del Natal y Bellavista, y cuando la noche insistía en volver divisó las luces de las lámparas recién encendidas. Posó con Melchor y sus hijos en casa de un pariente que vivía en la orilla y cuando aclaró el nuevo día vio la torre de la iglesia sobresalir entre los techos de paja y zinc. Caminó por unas calles limpias entre gente vestida de blanco de pies a cabeza, los hombres coronados por sombreros de jipijapa y las mujeres en sus amplios vestidos embombados por infantes y enaguas, cubriéndose de la llovizna matinal con grandes sombrillas fileteadas de encajes. Todos llevaban saco y corbata y las mujeres chales y chalinas flequeadas como si hiciera frio. Las grandes casas con balcones largos miraban el desfile de gentes, estaban ahí desde la llegada de los europeos en el siglo que empezaba a quedarse diecisiete años atrás. Portones muy grandes, pilares de guayacán que sostenían las casas y los balcones, techos metálicos alternados con chapiles peinados y persianas de madera, el almacén de Santiago Levi con su clientela femenina de polleras blancas, enaguas de tira bordada y sombreros anchos y blancos, los niños de pantalones cortos y sombreritos redondos de alas planas, y lo más sorprendente: el edificio de la alcaldía y el parque sembrado de almendros.

Asomado a los balcones de un palacio bordado de maderas talladas y con arcadas ojivales estaba el cura Merizalde del Carmen, el mismo que llevaba los sermones al pueblo de Chilví. Alguien le dijo que esa era la casa del obispo. Era una construcción majestuosa, a su lado el Liceo Tumaco, y caminando un poco en la bahía, los vapores de la familia Payán con sus castillos de proa y sus bodegas sobre las quillas. Unos indígenas orillaron un velero en busca de la Calle de la Tagüera para vender los productos arrancados a la selva. Allí estaba, había oído de su existencia desde tiempos atrás, todo el que taguaba la conocía; frente a ella los frutos redondos empezaban a ser colocados para que el sol terminara de secarlos.

El calor aumentó y María volvió a la Calle del Comercio, camino entre las grandes casas que abrían sus ventanas para que entrara el aire fresco del océano; en los pisos de abajo los almacenes abrieron sus puertas. El puerto terminó de despertar y dos muchachos pasaron cargando al hombro el pez tuerto de su destino.

Preguntó a su pariente por las personas que acababa de ver y escuchó por primera vez sus apellidos, eran las Chaux y las Cajiao y estaban estrenando sombreros y ropa traída de Inglaterra en un mercante de los Payán, y los hombres seguramente son los Angulo con los señoritos Barreiro que están pasando las vacaciones del colegio aquí en la isla. Y las casas grandes eran las de los blancos adinerados porque también los había pobres como los Escuchierí, solo que parecen ricos porque andan entre la gente de dinero. “Parienta, uste mire, oiga y calle que en este puerto se hace lo que ellos dicen. Aquí no estamo'en el monte haciendo cada cual su antojo sino bajo el mandato de ellos que son los grandes... acomórese nomá”.

El ferrocarril relinchó en la mañana sobre la llanura selvática y Gustavo Arara asomó su cabeza por la ventanilla de un vagón atestado de gente, plátano y gallinas (Chilví era una de las estaciones más cercanas al terminal de la línea férrea en Tumaco y el viaje se hacía en una hora). El recorrido en canoa duraba una jornada, era fatigante y preñado de picaduras de jejen al tiempo de pasar por los laberintos de mangle. Ahora estaban rápidamente en el puerto sin tener que bogar. A lado y lado de la carrilera había sembrados de arroz de un verde brillante, tenue entre los verdes del paisaje. Entrando a Tumaco, la ganadería de los Rosasco y los Del Castillo.

El puente El Pindo sostuvo durante medio minuto el estruendoso tonelaje que atravesó rápidamente la avenida del ferrocarril; a la izquierda las ventanillas dejaron entrar un mar azul, las olas reventaban en la orilla y una brisa fresca aligeró el calor del mediodía. El tren recorrió un camino de palmeras y llegó por fin a la estación de pasajeros. Una campana anunció la llegada y poco a poco la caravana de vagones quedó estática frente a la estación. Los vendedores de cocadas arreciaron su vocerío entre la gente que empezó a descender de los vagones. María Mandinga y Melchor Arara pisaron la isla con sus pocas pertenencias y sus hijos para quedarse en ella, Melchor pensaba trabajar como profesor en el municipio y María fabulaba colocar su venta de yerbas en la casa que consiguiera.

Atravesaron el estero por el puente del Progreso y llegaron a la calle Sucre cargados de canastos y cajas de frascos. Desembocaron a la calle del Comercio y subieron por ella hasta la casa del pariente donde años antes vinieron a pasar la época calenturienta y ardorosa de la viruela.

Durante dos semanas solicitaron un rancho para organizar la estadía, pero nadie alquilaba porque cada cual tenía el suyo y sólo si alguien estaba por dejar el puerto habría oportunidad de conseguir el techo.

Por fin Melchor encontró un empajado donde alojar a su familia mientras construía una casa y los frascos volvieron a tintinear calle arriba. Estaban en la punta de la isla de Tumaco sobre un firme sembrado de cocos que miraba hacia la ensenada y pertenecía a la familia Martínez. No pararon su casa sobre lo firme, sino sobre la orilla sometida al ritmo de las mareas donde crecían arrogantes los mangles, una especie de playón de arena y fango oscuro poblado de pianguas, almejas y pataeburros. Sobre él y en la roja hojarasca palpitaban montones de churitos y cangrejos ermitaños. Aferrados a las raíces y los troncos montados en las ramas y el follaje, caracoles rayados como cebras deslizaban las espirales de sus cuerpos. Leila y sus hermanos pasaron los primeros años porteños persiguiendo cangrejos en la marea baja y pescando en la bahía con el agua alta. Volantines y anzuelos cebados con lombrices fueron los juegos de la niñez. El lado opuesto de la isla estaba cubierto de un espeso matorral; los icacos servían de sostén a las badeas que gateaban hasta trepar por los árboles. Leila contempló por primera vez la bocana, la vio reventando olas tan grandes que se llenó de temor y se negó a embarcarse hasta los veinte años, cuando fue con doña Ester a trabajar en Iscuandé. Montada en el árbol de guanábana Leila miraba los veleros zarpar de la isla y deslizarse en silencio sorteando la bocana para luego desteñirse en el horizonte con sus proas puestas en la ruta de Esmeraldas o Guayaquil. Sus hermanos revoloteaban desde pequeños entre las redes de los Pescadores ayudando a saltarlas a tierra o a embarcarlas. Desde allá recibieron los apodos con que vivirán en este relato: Juan Cacho, por su afición al pez que lleva ese nombre y su eficacia para atraparlo con un pequeño calandro, un cordelito que tendía a lo largo de Proalaluna y del cual pendían quince o veinte anzuelos cebados; con él llenaba la canoa de cachitos, camutillos y cajeros. Lo recuerdan aún desembarcándose por el muelle de los Martínez, haciendo esfuerzos para sostener las sartas de pescado y voceando ¡el cacho!, ¡el caaaacho! por las casas de los mestizos que le miraban esa figura menudita con los pies al suelo y todo descamisado, "que ni pena les da a estos negros andar viringos por las calles".

"¡Gustavo a pianguá... Tavooooooo... apianguáááááááá!", se escuchaba en la calma mañanera de la isla y el salía con un canasto a embarcarse con María y su hermana la Charo para recoger piangua en el vecindario. Es cierto que los peces abundaban y en los amaneceres las manchas de lisa blanqueaban el agua de la bahía y que los jureles saltaban sobre la superficie para sobrevivir a las dentelladas de las fieras que cortaban las aguas de las altas mareas. Es cierto que para coger los peces no era necesario ir muy lejos y que en esa época estaban tan ingenuos que se asomaban a la superficie a mirar con curiosidad las canoas y las tripulaciones sin sospechar la muerte. Pero eran tiempos difíciles, conseguir el dinero suponía un esfuerzo enérgico y todos los afros trabajaban en las empresas extractivas de los mestizos, como ayudantes en el comercio o empleados domésticos en las grandes casas de madera; sin excepción, todos trabajaban, hombres, mujeres, niños, tuertos, mancos y cojos tenían un lugar para producirle ganancia a los compradores de la tagua, a los dueños de los chinchorros de pesca o a los negociantes en madera. El puerto movía sus mercancías con los fuertes brazos de la gente de piel canela.

 

Fragmento de Óscar Olarte Reyes, Prisioneros del Ritmo del Mar. Libertarios de tierra firme, 7e. Cali, Impresora Feriva, 2012.

 


 

Leopoldo Berdella

A GOLPES DE ESPERANZA

 

UNO

 

ESTO de lidiar con boxeadores no deja de ser una vaina, chico. Dígamelo a mí, que he dedicado veinte años de los sesenta que tengo a preparar muchachos. Sí, hermano. La mitad de mi vida, como quien dice. De la otra mitad no le hablo, porque esa es otra historia triste. Como la de Antonio, pero que yo nunca quise dejar llegar a su final. Yo también fui boxeador, pero preferí entrenar. Mal o bien, pero entreno. Y no deja de ser una vaina. Que mira Juangil que ya las llantas no impulsan y la pera se queda. Que mira Juangil que ya el sambá se rompió por quinta vez en esta semana. Que mira Juangil que el puto perro malparido se orinó en la tula de las pantalonetas, y no tenemos con qué practicar. ¡Coño! Ya uno llega a tener oídos para todos y a no tenerlos para nadie y dice sí, sí, bien, claro chico, cómo no, se arregla champión pero no jodas tanto viejo y dale con lo que hay, y sigue la misma cosa; levantadas por las mañanitas a correr por Pedro de Heredia sin faltar el chofer que le diga a uno que manda cáscara, el loco de Juangil, levantarse a correr a las cuatro con el frío que hace, y las llantas y las peras y los vendajes y los guantes y el fogaje bajándole a uno por el cuello y por los brazos en forma de sudor pegajoso, ¡coño! Pero esto es como todo, hermano. Como la vida. Tiene sus golpes, que son los más, pero también sus cosas buenas. Al fin vida…

 

DOS

 

el combate terminó a las once de la noche pero dentro de ti el tiempo era un rumor extraño que te subía por los pulmones y te inflaba como si estuvieras preparándote para volar.

si antonio

bajaste cuatro cinco veces para dejar igual número de golpes del panameño en el aire y empezaste a bailarle alrededor con tus ojos en sus ojos tratando de adivinarle el engaño

todos tus reflejos estaban puestos en aquellas cercas de dedos que sabías forradas de rojo y te fuiste luego con jabs a la cabeza y un cruzado de derecha para coronar con swing de izquierda y gancho al mentón y el hombre trastabilló y dio un pasito de sorpresa y luego dos y tomó aire recuerdas

tú pensaste lo cogí

y sentiste el golpe en la cabeza del hombro como cuando se dispara una escopeta matatigres y desde ese momento empezaste a mandar en el ring

ahí no había sino un hombre

tú antonio tú

golpeabas donde querías y te bajabas y te salías y hacías show

y todos en tu esquina vamos antonio acábalo

ahí

ahí

jabéalo cono

y juangil cruzando las manos como enfrentándose a un enemigo invisible

así

así

y el público emocionado señoras y señores rugiendo en cada golpe así fallaras

pulseando y nojodeando en cada recto porque

estaban nada menos que ante el resurgimiento del boxeo colombiano señoras y señores como  que  el  gran campeón nacional  antonio mochila herrera le está dando una lección de buen boxear al inigualable ismael laguna primer aspirante al título de los plumas en las clasificacionesde la aemebé

y empezaron a compararte ahí mismo con un joe louis pero sin pegada o un rocky marciano asimilador por excelencia y a pegarte atributos como quien pega parches de otros grandes que estaban desde hacía rato en un museo de cera de no te acuerdas dónde

si antonio

fue tu gran noche

la noche en que la fama y la gloria se te presentarony te sonrieron y te abrieron las piernas y tú no supiste qué hacer con ellas

lo mismo le pasó al benny y a rossito y a muchos

otros que ahora

como tú

viven únicamente de los recuerdos

 

TRES

 

Uno se divierte, ¿sabe? Y conoce. Pueda que esto no deje plata. Por lo menos a uno. Usted lo ve. Yo vivo de lo que hago en mi taller. Y si no trabajo, no como. Pero aquí donde me ve, yo tengo grandes satisfacciones. Y golpes. De las primeras, pocas. Le dije que grandes porque para mí lo son. Imagínese:  a mí me tocó la época de oro del boxeo colombiano. Yo ayudé a levantar a Bernardo Caraballo y a Rossito, a Barbulito Zuluaga y a Mochila Herrera. Mejor dicho, al boxeo colombiano de todos los tiempos. Cuando jugar el pellejo era como darle a la lata del lan rover. Duro, hermano. ¡Ahí lo que había era fibra!  Y me tocó ir con ellos a Dominicana y Panamá, a Puerto Rico y al Japón. Y era la verraquera. Triunfos por todos lados. Porque los muchachos eran buenos, y quien diga lo contrario miente. Dólares fresquecitos, viajes y... ¡hembras!   Imagínese:   panameñas, puertorriqueñas y dominicanas con swing y todo, y a la voz del preparador físico del campeón nacional colombiano y tercer rankiado del mundo, ni hablar: piernas abiertas a dos manos, y va que va. Todo sobraba, hermano. Claro que ahora uno recapacita y piensa si no sería algo de eso lo que acabó con los muchachos. Porque eso sí, apenas terminaba un combate salíamos de farra, ganáramos o perdiéramos, y échele uiski y ken y hembras que el campeón paga, y las jevas campeón, campeón, acercándosele y queriendo todas acostarse con él y encoñarlo para cuando volviera. Aja, pero uno que en esos momentos ve venir los años y piensa que otras oportunidades como esas no se presentarán, y que no lo tiene entre las piernas por el gusto, clavo adentro hermano...

 

CUATRO

 

era la época de oro antonio

rossito el benny y tú clasificados en los primeros lugares del ranking mundial y la prensa la radioy la televisión haciéndoles el elogio hasta más no poder

los promotores panameños japoneses puertorriqueños dominicanos y mexicanos llamando como locos a Sócrates para concretar compromisos en las mejores plazas del mundo y los contratos volando allá y acá y la gente

aja campeón y qué

y tú

no nada hermano

aquí fresco sabe

y en el arsenal y en el mercado las actividades suspendiéndose cuando ustedes salían juntos a ver a su gente recuerdas

el benny con una pinta arrebatada y esclava y zapatos blancos comprando botellas de agualucema y echándoselas encima y cambiando billetes de a cien por puro de a peso para repartirlos entre los emboladores

y le volteaban la mesa de fritos a la vieja rebeca y la vieja rebeca asustada porque le habían tirado al suelo las ventas del día

pero ustedes nada

tranquila javie verraca

tome

cien barritas para que comprara todo

bien

y después ceferina

la vieja cefe allá al pie de las murallas donde las jevas están con nosotros como mantequilla en caldero caliente hermano

dos

tres

muchas noches

hasta que el sócrates llegaba en un taxi hecho un diablo y decía bueno

ya está bueno

a entrenar porque el dieciocho hay pelea con un rankiado chico

y ustedes bájese viejo sócrates y tómese una fría una nada más

y el sócrates bueno

una nada más

porque la cosa es seria y ese español que te toca pega duro benny

 

CINCO

 

Pero hay cosas que a uno como que lo mortifican y no lo dejan vivir tranquilo. Son los golpes, hermano. Los de la vida. Por ejemplo, Antonio. Llegó al gimnasio cuando apenas era un muchachón, y me pedía que lo dejara entrar a las sesiones de sombra y guantes. Yo lo dejé, y el muchacho le fue tomando cariño a la cosa. Cuando lo veía era metido entre los boxeadores, haciendo sombra y posando de campeón. Una tarde le dije: ¿te pones los guantes, chico? Y no había terminado de decírselo cuando ya los tenía calzados. Ese día le metió una guantera a uno de mis mejores muchachos, y ahí le vi la madera. Empecé por hacerlo que cogiera peso. La cuchara, usté sabe. Luego lo preparé y lo metí de abrebocas en varias peleas de cartel, y el muchachito dando qué hacer hasta que lo llevé a aficionados. Se fue lejos el muchacho. No hubo gente para él. Tempranito dio el salto al profesionalismo, y acabó en línea con toditos. Había gente que me decía que no lo madurara biche, porque el muchacho promete Juangil, pero yo no le paraba bolas a la gente y le buscaba buenos boxeadores, hasta que conseguí que peleara por el título nacional. Para no alargar le diré que fue una pelea de campana a campana y que mi muchacho coronó por decisión unánime de los jueces. Empezamos entonces a pensar en grande. Había que buscar rankiados, y los trajimos y les ganamos, y yo tenía que estar con cuatro ojos porque los promotores se me peleaban al muchacho. Pero, ¿sabe? Tenía un defecto que nunca le pude corregir: peleaba de frente y cogía mucho. Eso sí, Antonio era hombre de mucha resistencia. Asimilaba como el carajo. Pero usted sabe que los golpes se van acumulando, y eso sale. Sale porque sale. Y vea si no...

 

SEIS

 

ahora todo se te hace borroso y transitas por el espinoso sendero de los recuerdos

en esta esquinaaaaaa

con ciento veintiese libraaaas

de la hermana república de venezuelaaa

cruuuz maarcaanoooooo

en esta otraa

y te señalaban a ti y tú brincabas y ponías los guantes sobre las sogas y te bajabas y saludabas al respetable

campeón nacionaal

antonio mochila herreraaaaa

tercero en el ranking mundial de la acmebeecee bravoooooo

no es la gente antonio

son las olas que se estrellan contra las piedras de la orilla y te han hecho sacudir la cabeza con fuerza para alejar los recuerdos y hacerte vivir tu otra vida la de antonio herrera ciudadano común y corriente empleado de una subestación bomberil y con un sueldo de cocinera para mediovivir

son las olas que traen en cada cristal lacrimoso el recuerdo de los viejos pescadores del arsenal de donde saliste al mundo del boxeo

ese mundo al que tratas de meterte pidiendo, que te dejen tocar siquiera la campana en la plaza de toros de Cartagena de indias o en las reuniones del coliseo aunque lastime el recuerdo y la nostalgia te haga apretar los ojos para no llorar

es la vida antonio

y la vida y el boxeo tienen mucho en común

golpes

 

SIETE

 

Antonio empezó a decaer. Ya no era el de antes. Cogía muchas manos y yo me cansaba de decirle Antonio, viejo, muévete, laterales chico, pero... ¡nada! Los reflejos. Los años no vienen solos. Y lo peor es que la gente empieza a darse cuenta y ya no va al coliseo. Y si va, va desgranadita, y chulea y chifla. Y después... se olvida de que uno existe. Traté de buscarle boxeadores regulares, pero me le daban al muchacho, y salía lastimado. Y yo no estaba dispuesto a dejarlo aporrear así por así... Vea lo que es uno cuando quiere a sus pupilos. Nos íbamos a los municipios y organizábamos combates y exhibiciones. En algunas nos iba bien y nos ganábamos algunos pesos. En otras, madrazos y silletazos. Es que, hermano, cuando uno está arriba, entonces sí. Pero cuando va pabajo, ¡agárrese! Porque lo sueltan y nadie se acuerda de usté, y si se acuerdan es para joderlo a uno recordándole vainas de las que uno no quiere ni hablar...

 

OCHO

 

siempre fuiste un hombre de malas antonio muchas decisiones favorecieron a boxeadores que poco o nada tenían que hacer frente a ti

te acuerdas de harada

claro

el japonesito aquel

fue en tokio

le pusiste los ojos más cerrados que de costumbre pero los jueces que son la ley en cuestiones de fallos te salían con localismos descarados

como esa vez y como muchas

por eso tú lo decías

a esos carajos hay que matarlos pa que le den el triunfo a uno

y buscabas el nockaut por todos los medios

pero nada

duros

duros los condenados

claro que al llegar a colombia se te pasaba el guayabo por la pérdida porque la gente salía al aeropuerto a esperarte y te paseaban por el centro y por las murallas y meporto publicaba al día siguiente en el tiempo una columna atacando a los jueces deshonestos que te habían privado de una victoria legítima

esa derrota se te convertía en victoria moral y los programas deportivos empezaban las campañas cívicas procasa para el campeón que ha dejado tan en alto los colores deportivos del país.

y tú

viviendo de la esperanza y viendo venir los años y sintiendo cosas

como ahora

cuando esperas que ismael laguna venga nuevamente a cartagena a realizar una exhibición en beneficio tuyo para ver si te operan de la vista y dejas de arrastrar esa pierna que arrastras como un fardo

porque los golpes salen campeón

mira si no

y al menos queda todavía en el mundo alguien como laguna que lo reconoce

 

Leopoldo Berdella, A golpes de esperanza, Bogotá, Plaza Janés, 1981. Cuento Finalista en el XXIX Concurso “Ciudad de la Felguera", Asturias, España.

 


 

Umberto Valverde

UN FAUL PARA EL PIBE

...Y con ustedes «El embajador del piano»...

Ricardo Ray...

Bomba Camará... camará... camará...

mucho Richie y mucho Ray...

 

Bobby Cruz, primer vocalista de la orquesta de

Ricardo Ray, creador del boogaloo,

interpretando Bomba Camará (R. Ray-B. Cruz). 

Diciembre, Feria de Cali, 1968-1969.

 

Nadie lo vio llegar a nuestro barrio, y aún después era tan poco lo que sabíamos de él; a los pocos días nadie ignoraba sus pretensiones: estar con nosotros, jugar con nosotros. Tenía que ser así; porque después de haber jugado, sofocados y cansados, fabricábamos con nuestras palabras un sueño, de nuestras voces emergía el sueño que luego nos acosaba mientras dormíamos, mientras íbamos a la escuela, y todos nuestros sueños, nuestros deseos tenían un sólo propósito: llegar a ser un crack.

Una tarde, mientras escogíamos los dos equipos, él se acercó, y nos dijo: juego. Y jugó para mi equipo, porque en sus ojos vi las ansias locas de ser lo que no era y podía ser y luego fue; siempre sucedía así, ese ir y venir a través de nuestro campo improvisado, sacando rivales. Era preciso nombrarlo y fue así como alguien lo llamó "el pibe", y "pibe" se quedó; es tonto buscar el por qué, todos los sobrenombres salen porque sí, porque a alguien le dio la gana y nadie intenta cambiarlo. Y cuando tomaba el balón, lo veía venir, lo sentía poco a poco, cuando "el pibe" esquivaba al último y se acercaba al arco y despistaba al arquero para hacerle un golazo, y gritaba emocionado mostrando sus dientes blancos, porque uno sabe cuándo está cerca del gol, y lo va sintiendo como algo que se desprende de muy dentro, y una gran satisfacción lo va invadiendo, mientras llega el momento de pegarle al balón y presenciar impaciente la inutilidad del arquero; entonces es cuando se salta y vienen los abrazos y los "buena pibe que estamos sobrados", como le decíamos a él, pero lo malo era lo que venía, lo que siempre ocurre, porque uno se cree un Pelé, y no le pasa a nadie y siempre se mete solo hasta que se la quitan, y bota los goles por personalista, por creerse imparable, y vienen los madrazos y los goles contra el equipo de uno porque todos se paran de piedra y luego vienen las peleas. Con "el pibe" no nos equivocamos, no todo en la vida es sueño y él destruyó el sueño para hacerlo realidad, mejor dicho, nuestros sueños, todas nuestras ambiciones y deseos se reunieron en él, y fueron él; pero cómo no, con esa manera de  gambetear y tirando con ambas, por eso siempre jugaba en su compañía, para siempre ganar, aunque yo no era tan malo y me decían que podía ser un gran defensa, pero uno tiene que definirse o por el estudio o por fútbol, y "el pibe" eligió el fútbol y mis padres me obligaron a estudiar; nos separamos porque el tiempo me lo impedía, aunque de vez en cuando me iba a recochar con ellos, o contratábamos partidos contra las otras cuadras con apuestas; rara vez perdíamos;  nos hicimos conocidos por todo el barrio; "el pibe" era quien llamaba la atención y copaba las miradas. Y una vez que "el pibe" aprendió a manejar los guayos fue lo bueno, ninguno quería que él jugara porque era negro y el equipo era de mi colegio y mis compañeros de estudio eran unos mariquitas, todos engreídos, y no hacíamos más que perder, y pensé que con él las cosas cambiarían, pero ninguno le pasaba aunque estuviera bien colocado, y cuando empató el partido e hizo otro gol, él sólito, sin ayuda de nadie, todos lo fueron a felicitar y olvidaron su color, y en el segundo tiempo marcó otro golazo; lo tengo tan presente que no parece unrecuerdo, la emoción me cegó, pero el todo fue que penetró al área y picó la pelota, y en el aire se lanzó en chilena y bueno, fue el estallido; luego nos tomamos unos tragos y yo le regalé una camisa y fuimos a la casa porque mis padres no estaban ese día, y allá se encontró con mi prima, y ella que es tan arrechita se le ofreció y debí evitarlo; ahora me arrepiento, sin embargo él se la comió ese día y yo tuve que pajearme viéndolo por la rendija. Luego me mandaron al internado y no lo volví a ver, además mis padres se pusieron muy llenos de pendejadas, y me decían que no anduviera con ese vago, con ese negro inmundo, que no hacía más que patear un balón, que sólo el estudio engrandece a los hombres y por eso siempre he creído que mis padres se equivocaron, porque "el pibe" sin conocer a Newton ni a Pascal, y toda esa mierda que he aprendido, fue más grande que todos nosotros, y todos nosotros tuvimos que gritar su nombre sentados en la gradería, invocándole cuando tomaba el balón para que nuestro equipo se fuera solo en la punta; luego al encontrarlo de nuevo, cuando regresé ya no vivíamos por ese barrio, y no podía ser como antes, porque él andaba remendado y yo lucía camisa de dacrón y tiraba buena pinta y pasaba a la universidad; en esos días conocí a una negra chévere y me la tiré, luego supe que era tu novia "pibe", y lo lamento, si lo hubiera sabido, por eso vine a buscarte junto con mi prima, que ahora es mi novia y también mi amante; ese día que me lo encontré después de tanto tiempo sin vernos, lo saludé muy efusivo, y él apenas me contestó entredientes y siguió de largo, yo estaba abrazado con mi prima, y tal vez por eso ni se detuvo, por no saludarla, y ella me dijo, ves, por buscar a ese negro inmundo, y tuve que callarme, porque lo único que podía decirle era que ese negro inmundo se la había comido, pero así son las cosas. Después supe que el mejor equipo de la ciudad lo había contratado, mi equipo querido, el gran equipo rojo que en ese año iba para campeón que se las pelaba, y para el día de su debut compré boletas con ocho días de anticipación, pues era el gran clásico, y ese día cuando lo vi saltar a la cancha con el uniforme, me pareció que todo era apariencia, que era un sueño, porque todos los sueños sueños son; a veces alguno se vuelve realidad, y lo malo es que la realidad es peor que los sueños, porque los sueños son oro y la realidad sólo una mierda.

Intuyo la falla del centromedio y corro hacia el claro y casi al instante me llega la pelota, sólo queda por delante el backcentro que es un poco tieso, y a mi lado presiento que va alguien pidiéndome el pase, corro, y creo no llegar, me sale el back y lo despisto, ahora voy solo, me queda el arquero, tantas veces la misma jugada y ahora dudo, no sé qué hacer, ya no le puedo patear porque está muy cerca, es mejor evadirlo, y le haré el gol, ya viene, no, qué pasa, siento que caigo, ahí está el balón y lo toco; el arquero desesperado buscó el cuerpo de "el pibe" y éste, sin patearle, demoró lo bastante para chocar con él y soportar un violento faul, el guayo del arquero golpeó su rostro mientras caía, perdía el conocimiento, e  inexplicablemente alcanzó a tocar el balón para  que se dirigiera a la red, y mientras tanto, la gente se lanzaba a la cancha, y la policía intentaba detener el tumulto, y el bullicio crecía y sonaba,  mientras al "pibe" lo dirigían al hospital,sangrante,  y el arquero era rodeado por soldados y policías para evitar su linchamiento. "Pibe" es tu gran oportunidad, necesitamos ganar el partido cueste lo que cueste, con tu dribling serás la clave de la delantera, pero no te vayas a engolosinar mucho, suéltalo y métele pelotas al claro a Juan José, tú debes tirar desde lejos, procura no esperarlos porque te dañan, confío en ti, yo sé que puedes, pero no te vayas a asustar. ¿Dónde estoy? siento que estoy lejos, muy lejos, muy cerca de mí mismo y no comprendo, creo descubrir un rostro, muchos rostros, se multiplican, más, por montones. Siempre te digo lo mismo y no crees, por eso te lo repito, pónete a estudiar porque vos no vas a ser un Pelé, ya te lo digo, no te hagas ilusiones, ya ves cómo estamos, que ni siquiera nos alcanza para comer y todo por culpa de tu padre, ese negro inmundo que te hizo y se largó, pero no te hagas   ilusiones, negro pendejo, que los cracks no son brutos como vos. Voy a tirar, me acerco y siento que no puedo, me sale rápido, qué hago, me lo sacaré, así será mejor, voy a tirar, ya. Y siempre con la misma jugada, sacando rivales y luego acercarse al arquero y evadirlo también, tocándosela por un ladito, y gritar el gol, tantas  veces "pibe" te acordás y ese día se te olvidó, claro que hiciste el gol, pero te jodiste negro, te jodiste. Y vos que te creías mi mejor amigo, pero no podía ser cierto, porque vos sos de otra ralea y yo tengo la mía, y aunque vos me ayudaste para que estuviera solo con tu prima, aquella vez, y ella que era tan arrechita se desnudó y no quedaba de otra, la desvirgué y yo sabía que vos estabas  guindiando, y para qué tanto orgullo, ahora te pinchas al andar con esa puta, claro que está mejor que nunca, y vos sos ahora su mozo, acordale que fui yo quien se la comió por primeravez, y vos te crees porque andas con pinta, y tal vez repetís lo que tu madre decía, ese negro inmundo. Mire a usted no lo aguanto más, usted es insoportable, le pido que no vuelva a pisar este salón ni la escuela tampoco, si no quiere estudiar lárguese y váyase a jugar pelota que es lo único que sabe, pero ya verá usted que no será nada, porque... "El pibe" está en la sala de operaciones, rodeado de médicos y luces, y afuera el tumulto de gente y periodistas, y más allá, una vieja negra que sofoca su llanto en un pañuelo; el caso es grave, por su estado emocional pudo haber sufrido un derrame cerebral parcial, y son necesarias varias operaciones, la piel  sanará, pero perderá algunos dientes y tal vez quede alguna señal, aunque es difícil que vuelva a ser quien era. No te preocupes mamá, llegaré a ser  como Pelé, ya lo verás, todos me lo dicen, y compraremos muchas cosas y nos iremos de este barrio, ya lo verás, y saldré en revistas y no volverás a ir a lavar ropa al río, ya no tendrás que ir, créeme, yo sé que lo voy a conseguir. Y no sólo no debí de saludarte sino de pegarte, porque vos Alberto no te hagas el bobo, el que no te das cuenta, te cobraste lo que yo hice con tu prima haciéndolo con Carmela, te aprovechaste de tu pinta y tu plata cuando regresaste para comerte a mi negra, aunque negra está mejor que tu prima, y ella me contó lo sucedido, se arrepintió pero era tarde, había pasado por tus armas y no te hagas el que no sabes nada, te aprovechaste de mi amistad para llevártela a bailar y emborracharla, por eso ves, te cogí bronca. Y todo parecerá una mentira, una fugaz mentira, un sueño que no fue sueño, y tan inexplicable e inasible como un sueño.

El estadio colmado de hinchas bramaba pero seguirán gritando y el aire cargado de sol cae sobre los cuerpos jadeantes mientras los jugadores corrían y la bola lanzada volverá hacia los guayos; luego, llorarían los pequeñuelos al saber que "el pibe", su ídolo, ha sido destruido, tan ausente y lejano; después los hombres gritarán desde las tribunas, se lanzan a la cancha y se formó una gresca enorme; todos tendrán sed durante el partido, aunque no salen a comprar frescos ni helados; han machucado los traseros sobre el cemento caliente de las graderías porque lo llenaron desde muy temprano y muchos llevarán la comida al estadio, y sus voces crecen, hasta convertirse en un grito unánime; cuando el equipo ataca los hinchas gritan y zapatean, dirán gol o la palabra se quedaría entre los dientes y la lengua aprisionada; agotarán sus cajetillas y mañana no hubo para la comida. El silencio cayó derrotado por las voces que gritarán el gol de la victoria, parecen tristes, aunque nadie quedará tranquilo después de ese tremendo faul, sudaron mucho.

Siempre que jugaba en la calle y tomaba la pelota quería hacer las mismas jugadas de "el pibe", porque para mí fue un crack, y tengo que acordarme de él porque ésta fue su cuadra, su antigua gallada, y cuando pequeños no hacíamos más que verle jugar, y una vez que pude hacer lo mismo que él, sacarme a varios rivales y llegar hasta el arquero y evadirlo y hacer el gol, me di cuenta que un negro embolador me miraba y se reía, tal vez no era conmigo, sino con sus recuerdos; y sus ojos no reflejaban ese momento, sino un lejano momento, estático y eterno; yde pronto, tomó el balón y nos hizo una demostración del carajo, algo que sólo en épocas de antaño podía hacer "el pibe", y lo dejamos jugar con nosotros y mientras jugaba se reía, nunca paraba de reírse, y luego nos burló a todos, y avanzó hacia el arco improvisado y Marco, que siempre fue tan mal intencionado y sucio, salió con el pie en alto y lo tumbó, pero sin embargo, desde el suelo tocó el balón para que atravesara la línea de gol, y se quedó un rato tendido, riéndose, y su rostro sudoroso y jadeante mostraba el cansancio y la emoción, una extraña emoción que no comprendíamos; cuando lo levantamos y quisimos hablar con él supimos que era medio bobo y no podía articular muy bien las palabras, eran sonidos graves y profundos que no logramos captar; alguien dijo que él era "el pibe" y nos le reímos en la cara, porque nadie podía creer que ese astro del fútbol nacional podía ser ese negro embolador medio bobo, aunque en mis adentros surgió la duda y el desconcierto, y sólo ahora creo que es verdad; era cierto, tan cierto que parecía mentira.

Hoy como antes volvemos al estadio, los equipos de la ciudad se han puesto en la punta y la rivalidad llama a la gente, claro que no veremos los clásicos de antes, cuando la gloriosa época del "Dorado", después de eso, nada, los jóvenes de ahora no ven más que carreras y patadas, después de ver la "maquinita" funcionando, al maestro Pedernera y Diestéfano y el "flaco" Rossi, eso es historia, viejo, qué clásicos eran ésos, te acordás de Perucca, Pontoni y "pibe" Rial, y los goles de cabeza de Valeriano, y el tan conocido "Rodillo negro", bah ustedes no saben más quede tácticas y no sé qué mierda, qué joder, después de eso, sólo vi algo que valía la pena, "el pibe", el pibe de nuestro fútbol nacional, parece mentira y pensar que sólo duró el día de su debut, pero se le veía la pinta, esa manera de tocar y tirar, qué shut que tenía, y le jodieron el futuro de una patada, va la madre que ese día creo que lloré, no sé si de rabia o pesar, pero lloré, qué jugada la que hizo, esquivó a tres con pura finta, y cuando salió el arquero, yo le vi las intenciones al malparido ese, yo se las vi, porque ningún arquero sale con el guayo a esa altura y a él le faltó cancha para evadirlo, y sin embargo hizo el gol, con eso pasó a la historia, y el campeonato se ganó por él, aunque nunca volvió a pisar una cancha y al arquero ese hace poco lo vi tan campante por la calle, como si nada, pero la plata hace todo, y ahora metido en esta maldita fila para entrar me pongo a recordar todas estas cosas que ya tenían distancia, y al ver a este negro pidiendo para la entrada lo recuerdo nuevamente,  descubro en él un rostro para mí siempre presente, aunque haya cambiado y tenga más años, y el negro insiste en que le den plata, y lo miro bien y escucho ese sonido grave que suelta, y es en este momento en que me sacudo, siento un escalofrío, y me dan ganas de llorar o de gritar, porque este negro que pide limosna es el "pibe", nuestro glorioso "pibe".

 

Umberto Valverde, Bomba camará

la. Edición Diógenes, México, enero 1972, 3000 ejemplares.

2a. Edición La Oveja Negra, Bogotá, octubre 1979, 3000 ejemplares.

3a. Edición La Oveja Negra, Bogotá, abril 1982 - 3.000 ejemplares.

4a. Edición Arango Editores, Bogotá, 1995.

 


Roberto Rubiano Vargas

TRES CUENTOS

 

Fiebre

 

Todo comenzó con unos golpes a través de la pared. Creí que mi vecino estaría colgando cuadros o haciendo un mueble. Pero el ruido se prolongó durante días. Entonces salí al corredor, timbré en su departamento y le reclamé. Cuando abrió la puerta vi al fondo un agujero en la pared. Mi vecino, vestido como minero, excavaba un túnel.

—¿Qué hace? —pregunté.

Por toda respuesta puso un dedo en sus labios pidiéndome silencio. Me tomó del brazo y cerró la puerta.

—Ya me temía esto —murmuró—. Necesito que guarde el secreto o vendrán otros.

—¿Qué sucede? —insistí.

—Oro —dijo enseñándome una pepita del tamaño de un grano de maíz.

La observé con cuidado. Brillaba y pesaba como el oro. Seguro era un recuerdo de familia. Luego miré el túnel. Por esa pared y en esa dirección lo más seguro es que saldría a la fachada del edificio. Entonces comprendí que mi vecino estaba loco. Excavaba una mina de oro, en el piso veinte de un edificio en condominio.

Pero también pensé que cada cual es dueño de su locura. Esta ciudad ha crecido demasiado en desmedro de la salud mental de sus habitantes. Así que me retiré discreto, prometiéndole que no iba a revelar el secreto a nadie. A fin de cuentas el apartamento era suyo y lo que hiciera allí era asunto personal.

Al otro día lo vi subir decenas de colchones, de manera que los ruidos desaparecieron por completo. No había razón para quejarme a la administración y olvidé el asunto.

No volví a saber de mi vecino hasta la semana pasada, cuando vinieron los bomberos. Salí cuando escuché que rompían la puerta.

Al entrar todos quedamos enmudecidos. Mi vecino había muerto de hambre, víctima de una versión contemporánea de la fiebre del oro que destruyó al general Johann Suter. El apartamento estaba lleno de cascajo, arena y tierra excavada. El agujero que había iniciado en la pared parecía no tener fin. Y ninguno tuvo el valor para entrar en él.

Pero lo que me estremeció, fueron los pequeños sacos de yute junto a su cadáver. Había por lo menos doscientos kilos en pepitas de oro. De excelente calidad.

 

Für Elise

 

Desde que bajé del autobús comencé a escuchar los acordes del piano. Los escuché mientras daba vuelta a la manzana buscando la entrada de la mansión.

En el sendero del jardín escuché, con mayor intensidad, los arpegios, las escalas y bemoles. Entonces vi por primera vez a la señora Elisa. Estaba de pie, junto a la puerta de la casa con los brazos cruzados. Parecía estar de mal humor por mi demora.

Me había contratado para que le hiciera un retrato al óleo. Mientras me conducía al estudio de pintura, pasamos por desolados aposentos recargados con adornos coloniales, utensilios de cerámica prehispánica, cuadros de pintores contemporáneos, bibliotecas con todas las partituras de Beethoven y los libros de la enciclopedia Británica. Sin embargo en ningún lugar había un ser humano. Ella parecía habitar solitaria ese extenso jardín que ningún pie hollaba, esa colección de muebles donde nadie descansaba, esos salones que permanecían vacíos. Entonces pasamos junto a la puerta de la sala de música. Me detuve un instante a ver al anónimo pianista que tocaba con los ojos cerrados, mientras deslizaba sus dedos por el teclado con una facilidad envidiable. El músico abrió los ojos y regresó a mirarme suplicante, como un condenado a muerte en espera de un milagro.

En ese instante la señora Elisa dio dos golpecitos en el piso con su zapato y me hizo seguirla hasta un estudio situado al norte de la casa donde me aguardaba el caballete. Era un lugar agradable con una claraboya por donde entraba la luz de la mañana. Abrí mi estuche con los óleos, los pinceles, la paleta y olvidé al pianista cuya música continuó sin interrupciones hasta el anochecer. Trabajé todo el día en el retrato. Doña Elisa posaba frente a mí en silencio, cosa que agradecí, pero a medida que avanzaba en la ejecución del retrato, escrutar su impenetrable rostro resultaba cada vez más difícil. No me dio respiro ni siquiera para comer y a las seis de la tarde me llevó al dormitorio de huéspedes. El pianista venía en ese momento por el corredor y escurrió un papel entre mi mano sin que la señora Elisa lo notara.

Sentado en la cama leí el mensaje. Era escueto y alarmante, contenía cinco palabras: Estoy atrapado, ayúdeme por favor.

A la mañana siguiente, mientras escuchaba la primera sonata del día, traté de encontrar algún sentido a esa nota de auxilio. Al poco rato vino la señora Elisa a buscarme para continuar mi labor.

Cuando pasamos frente a la sala de música, doña Elisa cerró la puerta. Me pareció escuchar un error en la interpretación, pero tal vez fue solo imaginación mía. En todo caso fue lo último que percibí antes de ser encerrado en el estudio de la torre norte, rodeado de pinceles, óleos y lienzos, bajo la hermosa claraboya por donde todas las mañanas entra la luz del sol.

Esto sucedió hace algunos años. Sin embargo lo recuerdo con toda nitidez porque desde entonces no he hecho otra cosa que intentar satisfacer a doña Elisa, sin éxito. Y pintar y pintar esclavo de este caballete, escuchando, a toda hora, una sonata de Beethoven interpretada por otro esclavo.

(Para Felisberto Hernández, i.m.)

 

Los contendientes

 

Era sábado otra vez. El ajedrez, las sillas, la cafetera, todo estaba dispuesto para el duelo de cada fin de semana. Martínez, el decano de la facultad llegó al apartamento pasadas las tres.

 –Qué lluvia –dijo señalando hacia la calle–. Esta ciudad es desesperante.

El profesor Arroyo asintió. Pensaba en el asunto de la investigación sobre las guerras en el medioevo, financiada por los franceses. Necesitaba la aprobación del decano y aunque era aceptado que en sus reuniones de los sábados no mencionaban asuntos de trabajo, decidió arriesgar. Estaba desesperado.

El decano colgó su impermeable y se frotó las manos.

–Aquí hace falta una chimenea.

–Con mi sueldo –se quejó Arroyo–, ya es mucha gracia que tenga un techo.

–Ese es otro problema de esta ciudad –dijo el decano– nadie está contento con lo que tiene.

Arroyo aguantó el comentario. Pensó que debería tener más tacto si quería llegar al asunto de la investigación.

–¿Café? El decano asintió mientras adelantaba el peón blanco iniciando la partida. Arroyo acercó la cafetera.

–Sabe Profesor Arroyo –dijo el decano–, siempre me ha sorprendido que usted sea el único jugador de ajedrez que puede competir conmigo en toda la universidad. Arroyo se sintió honrado, hasta que percibió el puñal bajo el poncho en el siguiente comentario.

–Ojalá fuera así de talentoso para todo.

–Necesito una oportunidad –dijo Arroyo aprovechando la coyuntura–. Por eso quería mencionarle lo de la investigación que financian los franceses.

–Mejor no. Hoy vengo a divertirme.

Arroyo retrocedió intimidado, maldiciendo su torpeza. Ahora debería aguardar otra semana, un mes tal vez. Para entonces los franceses habrían adjudicado la investigación a otro y su sueldo sería el mismo mezquino cheque de todos los meses y la misma rutina de veinte horas de clase a la semana.

El decano jugó con los caballos. Durante largo rato solo se escuchó el suave golpear de las piezas de madera sobre la cuadrícula del tablero.

Arroyo supo que iba a ganar. De pronto ya no era el oscuro profesor despreciado por su decano, sino un guerrero comandando sus huestes. Allí, en ese territorio de cuadros y posibilidades matemáticas, antiguas como la guerra, se acercó a su enemigo. Sabía propinar golpes con la espada, herir, matar, avanzar en medio del humo de la batalla.

Poco a poco las piezas fueron cayendo a un lado del tablero. Pronto estarían dama contra dama, rey contra rey. El decano aún tenía un caballo y Arroyo una torre. Lo cercó. De un mandoble descabalgó al caballero y supo, en ese momento que la batalla estaba ganada.

Se dejó llevar por un desmedido triunfalismo y sin darse cuenta perdió la torre. Sintió rabia. Olvidó su estrategia defensiva y se lanzó sobre el enemigo. 

El decano también estaba alterado. Ahora las cosas eran entre ellos dos.

Ya el espacio no era el modesto apartamento del profesor Arroyo. La lluvia no chorreaba en la ventana sino en un frío campo de batalla medieval. Las armas habían desaparecido y los dos hombres con la ropa en jirones se enfrentaron con sus manos desnudas.

Y la tarde terminó mientras se agredían a puñetazos, a dentelladas, en el borde oscuro de la muerte.

 

FUENTE

Cincuenta agujeros negros, Panamericana Editorial

Revista Polifonía - Colectivo Cultural 2009 Número Especial Conmemoración Premio Nacional de Poesía Universitaria El Quijote de Acero.

 


Alberto Esquivel

CUENTOS

 

COMO EN LOS VIEJOS TIEMPOS

 

La situación había empeorado. Ya en las mañanas no los despertaba el teléfono, con la voz de un abogado cobrando deudas: lo habían cortado. El hombre le dijo, mija, necesito pedirle un trabajito a mi antiguo patrón. Ella por primera  vez valoró todo el tiempo que él llevaba desempleado, lo tenía cerca, sabía que ninguna mujer de la calle le aceptaba caricias que no aportaban dinero, aun en las discusiones terminaban caloreando sus penas con palabras de esperanza que servían para rebuscar el milagro del desayuno. Sintió que lo podía perder.

El patrón lo recibió con expresiones propias para un héroe, le escuchó el relato de sus carencias, le dijo, usted llega caído del cielo, quiero que me despache un cliente incómodo. Él se puso a sacar y a meter las balas en el revólver que le habían dado y memorizó la fisonomía de la víctima, la calle donde llevaría a cabo el mandado. El patrón no había olvidado la precisión de sus disparos, lo elogió, hizo sentir a sus trabajadores la urgencia de buscar la calidad en cada una de sus misiones. Él recordó épocas remotas.

Su compañero manejaba la moto. El patrón le había dicho, este primer viaje hágalo fino, uno, máximo dos tiros en la cabeza. La moto contactó el objetivo y en cuestión de segundos él descargó su nerviosismo ejecutando al pie de la letra el encargo. Nadie intervino. Huyeron dejando apenas el dato inútil de los colores de la chaqueta,  el pantalón y el casco en la boca de los curiosos. Arrimaron a la oficina del patrón a cobrar.

La moto lo dejó a dos cuadras de la casa de su mamá. Quería darle los primeros pesos a ella, la única que de vez en cuando le ofreció un bocado durante la crisis. Iba caminando por la mitad de la calle cuando tras él oyó el frenazo de un carro. Volteó a mirar y era la policía. Quedó pegado del piso. Deseó correr, pero las piernas no respondían hacia una idea salvadora, el cuerpo cedió a la impotencia. Él se concentró en el Divino Niño. Su mujer y  los dos hijos que tenían debieron aportarle una protección que no esperaba pues los policías le gritaron:

¿Se va a quitar de la calle o qué?

El alma le volvió al cuerpo. Se apartó y la radiopatrulla pasó veloz por su lado. Llegó a la casa de su mamá, le pidió la bendición mientras le entregaba el dinero.

Dios lo bendiga, mijo.

 

CREADORES DE RIQUEZA

 

Don Antonio, con la sana intención de ayudar a Leonel, David y Jairo, hizo que un amigo mafioso les prestara dinero. Su panadería y su casa estaban de deudas hasta el cuello, y una sonrisa, tal vez la última que se le vio, esgrimió bebiéndose un  aguardiente alrededor de los planes del Autoservicio con el cual se enriquecerían sus hijos.

Don Antonio no toleraba ver a sus hijos sin empleo, quejándose, dejando que las deudas les sepultaran las ilusiones. La idea de montar una empresa propia, generar trabajo, ser eficiente, superar la crisis con pensamiento positivo, estaba extendiéndose como un imperativo y Leonel confiaba en salir adelante. David había consultado un brujo que le había dicho, debe aprovechar el próximo negocio porque es el último en su vida. A Jairo se le llenaba la boca hablando de todos sus amigos, conexiones y clientes que llevaría para que la caja registradora sonara.

A su tía María, una vieja conocedora del campo automotriz, dueña de taxis, no le hicieron caso. Ella les aconsejó que alquilaran un Autoservicio ya montado y empezaran a operar, pero ellos querían hacer una a la imagen y semejanza de sus sueños.  Alquilaron un lote extenso,  enmontado, y empezaron a gastar acondicionándolo.

La nivelación del terreno, las volquetadas de tierra, la pavimentación, la oficina, la estructura, el techo, el lavadero, el pozo, el engrasadero, las instalaciones eléctricas, el aviso, la conexión  telefónica y a inaugurar. Se hizo publicidad y el primer día se obsequió lechona con cerveza de barril. Se veían bonitos los espacios para mecánica, lámina y pintura y felicitaban a Leonel, David y Jairo que por fin veían con luz propia su tesón. A don Antonio le decían, usted es de admirar, es el único que con esta situación tan dura se anima a tentar la suerte. El mafioso que les prestó el dinero con interés un poco más bajo que el banco, de paso para una rumba con tremenda chica peliteñida a su lado, presentó sus respetos.

El Autoservicio quebró desde el primer día. Leonel, David y Jairo se enfrascaron en una pelea de culpas porque los carros no llegaban.  Una que otra lavada y dos o tres gallitos era el balance de unos libros de contabilidad que la secretaria usaba para abanicarse. El primero en ser despedido fue el jefe de patio; el último, el perro dóberman que llegó a ganarse la comida ladrándole a las marcas lujosas que alegrarían la vista.

Don Antonio, aguardando que el mafioso venga a cobrar el dinero con los intereses, llama a sus hijos y, sin casa ni panadería, les dice, ustedes verán si se dejan matar.

 

Alberto Esquivel, Muchacha violenta, Libro de cuentos, Cali, imprenta Departamental del Valle, 2003. Premio Jorge Isaacs Cuento 2003.

 


Alberto Dow

MARIONETAS

 

Los otros creyeron siempre que sólo fue cuestión de agilidad manual, de práctica insuficiente; pero me atrevo a asegurar que hubo algo más que eso. Cada vez que volvíamos a comentar lo sucedido (para mí, extraordinario), argüían que se trataba de un muñeco, de algunos materiales inanimados que, como cualquier marioneta, obedecía pasivamente a los impulsos que le imprimían las manos escondidas.

Es cierto que existen unos hilos, y que de la mayor o menor destreza con que sean manejados, re­sultan los movimientos simplemente mecánicos o, por el contrario, la armonía que pone de manifiesto la habilidad del marionetista. Es cierto, sin embargo...

Nuestra compañía estaba integrada por pocos elementos, y el escenario, decorados y demás detalles, eran bastante modestos. Conscientes de nues­tras posibilidades, nos limitábamos a viajar por los pueblos, y cuando llegábamos a una ciudad prefe­ríamos actuar generalmente en teatros de segunda categoría. El hecho no nos preocupaba, pues según habíamos comprobado, el público que acudía allí conservaba todavía fresca la sensibilidad para esa clase de espectáculos.

Desde joven elegí el mundo del teatro y cuanto con él se relacionaba. Quise actuar en las tablas y lo intenté repetidas veces, pero después de algunos fracasos, convencido de que carecía de faculta­des histriónicas, desistí. Desempeñando otros ofi­cios, anduve con distintos grupos de uno y otro género (que siempre terminaban disolviéndose), y finalmente me uní a la compañía de marionetas.

Cuatro eran los encargados del manejo de los muñecos y yo me entendía con casi todo lo demás, que no era poco. Armar los escenarios, diseñar un nuevo decorado, animar el espectáculo y atender a la música. Estudiaba, además, los contratos, busca­ba el transporte y el alojamiento para el grupo, y toda esa serie de detalles que presuponía nuestra organización.

El elenco. Había muñecos más importantes que otros, porque al ser confeccionados hubieran resul­tado mejores, o porque la categoría o el éxito de la obra los elevara a posiciones superiores. Como su­cede con los humanos (ese teatro mayúsculo), es el público quien con sus aplausos, o sus silencios, levanta a unos y disminuye a otros.

Entre los grandes figuraban Chucho, payaso deslenguado, terror de las mujeres; Eduardito, niño prodigio, sabelotodo, capaz de dar respuesta a las preguntas más difíciles y extravagantes; Jimmy, el acróbata de cuerpo elástico y destreza increíble, cuyas proezas en los columpios provocaba calofrío en el público infantil. Pero como marioneta, la más perfecta de todas era Sandro, el héroe galante, el bailarín estupendo, cuyos miembros de ductilidad y armonía difíciles de conseguir, lograban por igual la perfección en los movimientos ondulantes de un valse, o en la desarticulada locura del jazz. Sandro era la atracción de nuestra compañía y su nombre tenía prestigio asegurado.

Al lado de ellos, otros que completaban los programas. Malagueño, el torero, muy derecho en su traje de luces, ejecutando de pronto suertes per­fectas. La «Familia Poveda» creaba situaciones hilarantes con sus críticas agudas a tanta lacra social. Finalmente, Memo, el perro idiota, Hermencia, la solterona resentida, y Anastasio, el viejo fi­lósofo, aportaban cada uno su nota particular, para darle calor y variedad a las funciones. En ocasio­nes, como es frecuente en el teatro, lograban su­perar a las «estrellas».

Aunque inicialmente se pretendía que los marionetistas fueran capaces de maniobrar cualquie­ra de los muñecos, el grupo fue especializándose, terminando por elegir cada cual sus favoritos. Cuan­do por alguna circunstancia imprevista, uno de los demás estaba imposibilitado para trabajar, yo de­bía reemplazarlo, pero los resultados eran notorios.

Montes, el director por edad y experiencia, tenía a su cargo a Jimmy. Nadie como Portela para imprimirle a Chucho el andar desmadejado que pro­vocaba hilaridad tan pronto entraba en escena. Pe­ro la simbiosis perfecta, el entendimiento mutuo, era más patente viendo a Mireya mover los dedos silenciosamente y a Sandro respondiendo con fi­guras coordinadas, lentas a veces, y otras arrítmicas y veloces, según la tónica musical.

Con esa tendencia hacia lo extraño y fantástico, de las gentes de teatro (a quienes con frecuencia el escenario se nos confunde con la realidad), observando la estrecha compenetración que existía entre Sandro y Mireya, se me daba por pensar si no había allí una relación más honda y significa­tiva, de madre e hijo, de amante y amada, que trascendía la puramente mecánica entre los hilos y el cuerpo del muñeco. Es probable que de aque­llas divagaciones, hubiera nacido en mí la certi­dumbre de que hubo algo más que pura agilidad manual.

Todo marchaba sobre ruedas hasta el día en que enfermó Mireya, emergencia para la cual no estábamos preparados. Montes, Tatiana y Pórtela ha­bían tenido escasos contactos con Sandro. Pero era éste uno de los números claves del programa, y mientras duraba la enfermedad de Mireya el director decidió reemplazarla. A pesar de su habilidad, varios días se vio obligado a ensayar horas seguidas, para lograr imprimirle al muñeco movimientos parecidos a los que estábamos acostum­brados. Pero el público que lo había visto en otras ocasiones, notaba la diferencia y no recibía con igual entusiasmo sus actuaciones.

—¡Es la marioneta más difícil de manejar, que haya conocido! —protestaba Montes, comprobando la inutilidad de sus esfuerzos.

—Esa no es culpa tuya; es el novio de Mireya y entre ella y tú hay algunas diferencias —comentaba alguien.

La ausencia de ésta no se prolongó mucho, y un mes más tarde sus dedos volvían a conjugar los hi­los mágicos, y de nuevo los miembros de Sandro recuperaban la agilidad y el calor rítmico. Los ade­manes de un enamorado que regresara tras larga ausencia, no tendrían seguramente el gozo que to­dos vimos aquella noche en el cuerpo palpitante de Sandro.

Pero la tragedia hacía sus equipajes con los nues­tros. La enfermedad de Mireya no era, como había­mos creído, algo pasajero, y volvió con caracteres más serios. El médico le ordenó permanecer en cama, y hubo de quedarse al cuidado de su familia, mientras continuábamos en el interminable deam­bular.

Debido a la atención con que observaba todas las noches a Sandro, sobre la madera del escenario, me daba cuenta del fenómeno. Por su experiencia, tenía Montes tal agilidad y sentido de la conduc­ción de las marionetas, como no he conocido en nadie más. Sus dedos eran prodigiosos. Aunque cambiara de uno a otro muñeco, con ninguno le había ocurrido lo que con Sandro. Por lo general, le bastaban tres o cuatro horas de ensayo, para lo­grar el ritmo y el tono peculiares a cada uno. Pero por más que se afanara por obtener del bailarín los efectos ya tan conocidos; aunque practicase du­rante días enteros, lo que no hiciera desde mucho tiempo atrás, sus esfuerzos se estrellaban contra algo que no sabía cómo definir.

—¿Cómo salió esta noche? —me preguntaba al concluir la función.

—¡Perfecto! Ya no se nota la diferencia.

—¡No me engañes! Lo siento en los dedos. Si en vez de un muñeco, fuese un humano, ¡hace mucho tiempo lo habría despachado de la compañía! ¡Cualquiera pensaría que Sandro no quiere trabajar más!

Cansado, decidió encargar a Portela de Sandro, por ver si tenía más suerte, y aunque al principio pareció que éste entraba en el misterio, pronto empezó a dar muestras de desaliento.

—¡No! ¡En definitiva, este idiota no anda bien sino con Mireya! —dijo un día, exasperado—. ¡Ni que ella lo hubiese tenido!

Se trataba, sin embargo, de detalles, pues ante el público Sandro se movía con ritmo y alegría musicales, y todavía figuraba con éxito en los progra­mas.

El fenómeno me había interesado hasta entonces como algo anómalo; pero lo que me ha obligado a escribir fue lo ocurrido después de la muerte de Mireya. Los otros no observaron el fenómeno, y si lo hicieron fue sin detenerse a meditar sobre él, limitándose a buscar la explicación más rápida y sencilla.

Recuperados del dolor, por la ausencia de quien había sido nuestra colaboradora durante tanto tiempo, volvimos a desplazarnos de pueblo en pueblo, con nuestro pequeño escenario y sus habitantes. Pero definitivamente no era el mismo Sandro de antes. Se movía, pues los hilos halaban sus miem­bros y su boca se abría a veces en lo que fuera una sonrisa; sin embargo, para quien lo hubiera cono­cido como yo, Sandro era un muñeco enfermo.

Alguien del grupo dijo que probablemente los mecanismos de la articulación estaban gastados y se los cambiaron; su rostro fue retocado con esmalte, y Tatiana, que reemplazó a Mireya, le hizo algunos trajes nuevos. De nada sirvió. Sus actuacio­nes gustaban cada vez menos, pasó a formar parte de los cuadros poco importantes, y finalmente fue retirado, yendo a parar al baúl de los muñecos inú­tiles, cuyas partes servían para componer a los que sufrían desperfectos.

Se necesita estar ciego, para no ver ciertas cosas. Los otros creyeron que sólo fue cuestión de agili­dad, pero me atrevo a asegurar que hubo algo más que eso.

 

La nave almirante, Medellín, Eafit, 2001,

 


Humberto Jarrín

TODO EL MUNDO TIENE SU FABULA

 

ENMARAÑADA ESENCIA

 

Una Abeja, al filo del colapso,excitada suplica, exige, que le arranquen esas alas, que de una vez por todas sepan que no es lo que los demás piensan, que un ser no es sólo su apariencia, ella, sostiene, declara, no ser una Abeja sino una Pulga a quien la Naturaleza con sus a veces enmarañadas tramas le ha jugado una mala pasada, pero que aun así ella responde a ese llamado poderoso y profundo de ser parásita y no una vulgar trabajadora.



GORILA Y FORMAS DE PENSAMIENTO

 

Aquel Gorila está meditando. Al final de sus pensamientos habrá tres posibilidades, y hasta una cuarta, de elección.

Uno. Se dedicará a la política fundando un Partido, si sus ideas son de naturaleza pragmática.

Dos. Tendremos un poeta, acaso un filósofo, si las imáge­nes y conjeturas con que se abstrae son de carácter simbólico o más o menos agudas, conceptuales.

Tres. Quizá tengamos la peor suerte de un teómano asceta que funde una secta si sus contemplaciones vuelan por el metafísico plano de la trascendencia.

Con la cuarta —una suerte de carta bajo la manga— tal vez nos pueda sorprender...

De todas maneras y en todo caso, cuidaos de él; desde ya es un individuo peligroso: sólo le falta decidir la forma externa con que pregonará la mentira que acaba de concebir.

 

GALLO, PROMISCUIDAD Y PROFILAXIS

 

Un Gallo llegó a la consideración moral de que la promiscui­dad sexual en la que hasta ahora había vivido resultaba perni­ciosa para su vida espiritual.

¿Que cómo y por qué llegó a esta decisiva reflexión?

Hace semanas, de manera sorpresiva, sin que pudiera evi­tarlo, unas Comadrejas evangelizadoras o algo así lo habían cogido cortito, asaltado prácticamente, asediándolo en su pro­pia puerta y leyéndole en menos de un suspiro pasajes piado­sos, citas devotas, misterios trascendentales y, por supuesto, los diez mandamientos, entre otras cosas.

—¿Y cuál de estas advertencias —le inquirió la Comadreja, mirándolo con un ojo y con aguda persistencia—, cuál de ellas deja usted de cumplir?

—Bu, bu, bueno..., quizá aquéllas de no fornicar y no de­sear la mujer del prójimo.

—Ah...

Y se desataron a dos lenguas en una retahíla de sermones, observancias, señalamientos y sobrecogedoras consecuencias que lo conducirían, de no reconsiderarlas, según sus tenaces profecías, a un fin pavoroso, ¡a la muerte!, así que desde ese mis­mo día el Gallo converso no hizo más que dedicarse a una sola y exclusiva Gallina.

El dueño de la granja avícola en cuya alma de negociante no aparecían ya tales preceptos, pensando que el súbito desga­no del otrora ardoroso plumífero se debía a una rara enferme­dad que lo había dejado impotente, lo mandó a decapitar en­seguida, no fuera a ser que la nada rentable dolencia pudiera extenderse al resto de los Gallos.

 

PRESA O LAS DIVISIONES INVERSAMENTE PROPORCIONALES

 

A poco de caminar en busca de alimento, la Hormiga se encon­tró con una gigantesca presa, la abrazó con ambición y quiso llevársela de inmediato a su guarida, mas cuando fue a cargar con ella, la realidad física, que para algunos pesa más que para otros, se lo impidió.

Enseguida fue a buscar ayuda pero, como nadie habría de socorrerla sin cobrarle una buena tajada por sus servicios, acep­tó renunciar a una parte de su tesoro si quería conservarlo, de modo que a su pesar le propuso a un Gusano que encontró:

—Si me ayudas a llevar la presa hasta el lugar que yo te in­dique, te daré la mitad.

Gustoso, el Gusano se dispuso a cargar con el asunto, mas cuando fue a levantar la presa no pudo siquiera moverla. Pen­sando en alguien que pudiera ayudarlo se topó con un Ratón a quien propuso:

—Si me ayudas a llevar la presa hasta el lugar que yo te diga, te daré la mitad de lo que me corresponde.

Se cerró el trato, pero todas las ganas del Ratón de acome­ter con ella fueron inútiles, apenas consiguió moverla. Pensando en alguien que pudiera ayudarlo se topó con una Zorra a quien propuso:

—Si me ayudas a llevar la presa hasta el lugar que yo te diga, te daré la mitad de lo que me corresponde.

Aceptando, quiso la Zorra llevar el encargo al sitio indica­do y tuvo que conformarse con medio moverla un segundo del piso. Pensando en alguien que pudiera ayudarla se topó con un Lobo a quien dijo:

—Lleva por mí esta presa al lugar que te señale y será tuya la mitad de lo que me toca.

El Lobo empleó toda su maña y su fuerza para cargar con el botín y lo movió un poco pero éste era todavía superior a susfuerzas.

Y no quedó más remedio que cada cual fuera cediendo su­cesivamente su mitad para que otro más fuerte transportara la presa por él, hasta que llegó el León, quien pudo sí con facili­dad levantarla y llevarla adonde se lo habían propuesto.

Por el camino, ansiosos, con paso excitado, andando apresu­rados alrededor del fuerte cargador, todos aquellos que no pu­dieron remolcar con ella iban repartiéndose matemáticamen­te la comida:

—Recuerden, la mitad es mía —dijo la diminuta Hormiga.

—Y mía la mitad de la mitad —apuntó el Gusano.

—La mitad de la mitad de la mitad me pertenece —recordó el Ratón.

—Y la mitad de lo que resta es de mi propiedad —observó la Zorra.

—Y de eso la mitad es mía —reclamó el Lobo.

Así hasta que el León, viendo la multitud que lo seguía y cargando con el peso de la evidencia que le mostraba que de se­guir el curso de aquellas divisiones en serie para él sólo quedaría mucho menos que un bocado, sin reparar en más razones aritméticas aceleró la carrera y se llevó toda la presa.

 

HIENA, MITOMANÍA Y GALLINAZOS

 

Bajo un sol calcinante y al borde de caer sobre el polvoriento piso, la Hiena cargaba su desgracia de no probar bocado algu­no en una semana. En todos lados veía espejismos que no ha­cían más que retorcerle penosamente las tripas desoladas.

En eso descubrió una montonera de Gallinazos que aleteándose unos a otros a ras del suelo se mataban por levantarse victorioso cada quien el flaco cuerpo de una Gallineta. Tantos eran los que se tiraban a un mismo tiempo que, tropezándose, ninguno había logrado atraparlo.

Luego de verlos en tan inútil como flaca carnicería, la Hie­na les gritó:

—¿No os da vergüenza?

—¿Vergüenza? —espetó alguno con voz agresiva, como di­ciendo "¿Ve?, ¿y a este entrometido qué bicho lo picó?"—. Te­nemos hambre. Hace días que no comemos ni un Gusano.

—Pues a mí sí me daría vergüenza pelear esa poca cosa em­polvada, con tanta comida como hay.

—¿Dónde, dónde...? —preguntó ansioso uno de los pa­jarracos.

—Quieto, torpe —apuntó el primero, pegando un aletazo en la cabeza a su compañero para que se callara—. Bueno, y si hay tanta comida como dices, ¿cómo es que no has comido tú?

Mostrándole la más satisfecha de las caras, la Hiena le res­pondió:

—¿Y qué crees que he hecho? ¡Lo que sucede es que hay tanta! Un Elefante de nutritiva y apetitosa carne corrupta está a su punto, ¡tal como nos gusta!, desde hace días, allá, detrás de aquella colina, junto al río seco. Comí hasta hartarme y no quiero saber más de comida alguna quién sabe hasta cuándo... Pero allá vosotros si queréis seguir peleando por ese ripio pol­voriento y desnutrido.

No bien hubo terminado la Hiena su discurso gastronómico se alzó una nube de Gallinazos hacia la dirección indicada, de­jando abandonada la paupérrima presa.

Entonces, de un solo golpe la Hiena se engulló la descua­jada mortecina y se reía viendo la nube negra que presurosa se alejaba en busca de la tal comida.

Súbitamente, la risa se le transformó en una tonta tosecita y luego en una sospechosa duda con que reconsideró seriamente la posibilidad cierta de lo que ella misma había afirmado, y sin pensarlo más salió corriendo, dejando el polvero tras de sí para llegar antes que los Gallinazos al sitio que les había indicado, no fuera a ser cierto aquello de la cantidad de carne tirada y de pronto, de demorarse, se quedara sin nada.

 

Humberto Jarrín, Todo el mundo tiene su fábula, Premios Nacionales de Cultura, Ministerio de Cultura, Bogotá, 2000.

 


Juliana Borrero

MEJOR ARDER

“Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco.

Con permiso, eh? No tardo. Gracias…”

Clarice Lispector, Aguaviva

A ti (1)

 

Por algún motivo los cuentos que más gustan son los cuentos de muerte. La muerte es taquillera. Supongo que a todos nos urge sacar la cabeza del toldo de la vida y aventarnos a lo desconocido. Tú lo sabías.

Sabías mejor que nadie cómo preparar los merengues de café con almendras y el beef wellington. Sabías escoger los vinos. Ponías la mesa como nadie. Ybonjour ythank you,con tu sonrisa de ex-esposa de diplomático. Pero luego tus ojos se abrían como persianas y de repente: la esfinge. Una belleza corto-punzante como la sabiduría. No más diplomacia. En el momento preciso, tirabas del mantel bajo la vajilla. No más manteles, florero, café. Dejabas que el mundo se desmoronara entre tus manos y te complacías en verlo caer. Con fascinación y paciencia. Hasta que las cosas comenzaran a reubicarse.

Te busqué en los ardores del atardecer. En los dedos de una secretaria. Te busqué en la sastrería. En el jardín botánico. Subí en sandalias a la montaña sagrada. Te busqué en hombres y en mujeres. Te busqué en el lenguaje. Pero todo era cenizas. Geometrías sin carne. Laberintos de sentido. Había algo más. Tú lo sabías, Clarice Lispector.

Llegué a ti como un perrito rasguñando la puerta. Sin casa. Sin historia. Habiendo botado mis certezas a la cesta de la basura. Mis papeles arrugados. Mis ínfulas de cambiar el mundo. Enfermera de noche o de día. Asistente. Cuando no podía cuidarme ni a mí misma. Inconforme. Confundida. Rebelde pero perdida. 20 años menor. Mi nombre es J.B. Llego a ti vacía y translucida, como un frasco de vidrio que espera a otro parallenarse, para encontrar sentido.

Y tú… Isadora Duncan. Coco Chanel. Sofia Loren. Sra Clarice. Hermosa y oscura. Entre una máscara y otra. Te abrías y cerrabas como un abanico. Una mezcla de hastío y rebeldía sin miedo. Y entre máscara y máscara: no dejabas de buscar. La vena que late. Otro mundo es posible. La superficie que es el espíritu. El adentro como un afuera. El adentro como… Tus peinados y pañoletas. Tus gafas oscuras. Escribías sobre el universo. Reconocí tus jeroglíficos desde el primer momento. Me conocí en tu soledad.

Me tomaste bajo tu ala. Me diste tanto, me enseñaste todo.

Te amé como a una madre. Me amaste no como a una hija. Por qué nunca me lo dijiste…

Tú: me abriste la puerta y te tragaste la llave. Yo: quedé abierta. No pude volver a cerrar.

Ahora las sábanas en llamas. Con la pitillera aún entre los dedos. Toda una diva. Sin decir adiós. Tú sabías que un final es siempre cursi y a la vez poético. Que un final es una mentira cuando se conoce el secreto de lo que nace. Ellos lo buscaron y lo buscaron pero no lo supieron encontrar. Sólo querían poseer. Ellos se cortaron con el espejo pero tú… Tú sabías que nada se puede agarrar.

En llamas. Todo hecho cenizas. Preferible arder que…

Te dormiste fumando. Te dormiste soñando. En que pensabas?

Ahora los vestidos en llamas, los perfumes estallando como pequeños volcanes iridiscentes, los labiales derritiéndose en regueros rojos, fucsias, morados. Creíste que soñabas a medida que estirabas la mano hacia la mesa de noche en busca de una libreta y un esfero. En llamas. Los sastres de corte italiano. 20 pares de zapatos. El medallón de Nossa Senhora de Aparecida. Un baúl lleno de cartas y fotografías. Toda una vida. Las llamas devoraban cada cosa y tú lo gozabas desde la distancia fresca de tu escritura en sueños; ya respirando fuerte, el cuerpo se hinchaba, absorbiendo con angustia aún dormida los últimos átomos de oxígeno.

Mientras lo que era algo se hacía nada. Desde esa fascinación por lo que se hace como por lo que se deshace. Por un rosario de sándalo como por una cucaracha. Todas cartas no enviadas. Las palabras no dichas. Esto también era la vida. Este consumir y no dejar nada. Tener tanta sed de morder, de ser, que todo se hacía cenizas. Y las llamas trepaban por el silencio como combustible.

Dicen que las cucarachas sobreviven al fuego. Dicen que gritaste en muchos idiomas. Que tus gritos eran tan pavorosos como el incendio mismo. Dicen que trataste de apagar las llamas con las manos. Dicen que no terminabas de gritar. Aún en la ambulancia. Aún en el hospital. Aún al otro día. Después te fundiste. Apagaste canales. Dicen que el incendio calcinó todo lo que había en tu habitación. Dicen que sólo quedaron intactas las rosas sobre tu tocador. Las rosas aún apretadas en torno al botón, de pétalos blancos, curvos, voluptuosos, con ligeras nervaduras rosa como la piel de una oreja. Dicen que después del incendio…

Eras todo lo que yo tenía. Limpié la ceniza de tus libretas con la camisa blanca de mi uniforme. Aullé entre las ruinas. Sra Clarice. Envolví las rosas en un papel de seda y te las llevé al hospital. Los cuadernos están a salvo, te susurré al oído, pero tú no escuchabas. Habías muerto por un rato. Apagado canales. Te amé en el camisón de hospital. Tus manos envueltas en vendas. Hediendo a desinfectantes. Tu rostro envuelto en vendas. Te llevé una pañoleta. Te retoqué el maquillaje. Pasé pétalos por tus párpados como un beso. Diva. Cómo sería, no se sabe, pero te amé.

Y tú, que me amaste pero nunca dijiste nada, habías muerto por un rato. Apagado canales. Tú, que sabías entrar y salir, que eras una artista de la cuerda floja de la cotidianidad, que conocías el frágil secreto de estar viva… tenías que estudiar la vida desde todos los ángulos. Ahora, sabrías volver?

Tú eras la experta. Te sumergiste hasta la época de las mujeres voladoras. De las historias sin final y las avenidas sin retorno. Antes, mucho antes de Vogue. Antes de la manzana. A los pasajes recónditos, los laberintos interiores… Clarice Lispector. Fue allí donde nos conocimos, te acuerdas, caminando descalzas sobre ese filo. Tú me abriste la puerta y te tragaste la llave. En las curvas del lenguaje, en la soledad extrema de las mujeres. Susurros. Patadas de ahogada. Habías atravesado el espejo. Ahora no te pierdas.

Deseo y cenizas. Y algo que sólo una mujer le puede dar a otra. Por qué nunca me dijiste nada? Ahora las sábanas en llamas. Mejor escribir que… Te amé, envuelta en vendas. Hasta donde querías ir? Vendada y clarividente. En medio de la noche a veces balbuceabas una sarta de nombres de mujeres: Helene, Adelina, Hilda, Ida, Rose. Entre otros. Como quien cuenta sus hijos, o sus dedos, para asegurarse de que todos estén allí. En medio de la noche, a veces… Mejor arder que… Tu mano derecha nunca pudo volver escribir.

Dijiste que la verdadera escritura debía asomarse al otro lado. Sin miedo, querías morder el hierro caliente, alimentarte directamente de la placenta. De entre las cenizas he traído tus rosas. Tú sabías que un final es siempre una mentira. Tú: la experta diplomática, negociadora. Me tiendes la mano desde el otro lado del espejo. Ahora naceremos.

___________

(1) Un homenaje a Clarice Lispector, a su soledad, y a toda una genealogía de escritoras que han captado y permitido la reverberación de su escritura de carne, Hilda Doolittle, Helen Cixous, Carole Maso, entre otras.

 


Harold Kremer

ESTAMPAS

 

Había ido por el pelo. Eso no podía ser pretexto en una época en la que el pelo largo era indicio de cualquier cosa menos de ser un ciudadano decente. Un mechón que se saliera un poco más allá de las orejas era una preocupa­ción para el dueño de la cabeza y para la gente del barrio que empezaba a lanzar toda clase de conjeturas. Además, la policía lo paraba a uno en la calle a preguntar mil cosas por el sólo hecho de llevar el pelo largo. Cuando Ernesto Camacho vio esa mañana en el espejo el rebelde mechón que se resistía a acomodarse detrás de la oreja, decidió sacar libre una hora de la tarde para ir donde Rodríguez. Bernardo, su auxiliar inmediato, le dijo:

—No pierda el tiempo donde Rodríguez, está enfer­mo. Le recomiendo a Ada: no tiene el equipo pero queda uno satisfecho.

A las cinco fue a la peluquería de Rodríguez, dicién­dose que casi quince años de asistir dos veces al mes al corte de cabello, bastarían para levantarlo de la cama y haceruna excepción. Todo habría sido posible si al llegar no se encontrara la noticia de que Rodríguez estaba en el hospital desde hacía tres días. Por cortesía oyó la situación calamitosa de la familia y otras pequeñas tragedias que la señora Rodríguez le contó con llanto entrecortado. Y sin otra alternativa se dirigió a la casa de Ada.

La sola idea de ir donde Ada le alteraba una vieja creen­cia sobre las peluquerías porque la consideraba una profe­sión de hombres. Desde niño, Ernesto se había cortado el pelo con el padre de Rodríguez, y luego con el mismo Ro­dríguez, heredero de la profesión. En el barrio no había más peluqueros: no era una profesión rentable. La misma Ada no tenía una peluquería en el sentido estricto de la palabra ya que ejercía cuatro o cinco profesiones más, la mayoría a domicilio.

Cuando Ernesto llegó, Ada ornamentaba la Catedral para un matrimonio del día siguiente. Mélida, la mujer sorda que le daba una mano con las tareas de la casa, lo hizo seguir y sentar después de que Ernesto, haciendo la pantomima de unas tijeras sobre su cabeza, le explicara que venía a peluquearse. Luego trajo unas revistas amarillentas de la época dorada de Estampas y le hizo señas de que esperara. Ernesto respiró el aire estancado del cuarto, observó las paredes con fotos a color retocadas a mano, se acomodó en la silla y empezó a hojearlas. Si algo le gustaba era mirar revistas viejas porque pensaba que las noticias ya habían pasado por el cedazo del tiempo y que, al fin de cuentas, el pasado nunca volvería a ocurrir.

Fue en la cuarta revista del montón donde encontró la foto. Incomodado por el calor y la poca iluminación de la sala de espera, se había limitado a pasar las hojas mirando fotos y titulares. Si se decidió a tomar la siguiente fue porla figura de Greta Garbo en la carátula: La dama de las camelias lo había convertido en un incondicional de la actriz. Miró el índice para buscar el artículo de la Garbo y, con satisfacción, encontró tres o cuatro artículos valiosos por leer. Enseguida pensó que si la sorda Mélida no anduviera por allí, observando y vigilando, podría guardarse la revis­ta para leerla en casa. Por las noches, para sobrellevar el insomnio, leía hasta tarde. Desechó la idea porque Mélida, sonriente y como si adivinara sus pensamientos, vino a sentarse en la silla del frente con un bordado entre las manos. No le quedó otra alternativa que empezar a leer el artículo de la Divina, peleando con la oscuridad que comenzaba a tomarse la casa. Iba a la mitad, cuando entró Ada. Ernesto la vio venir con su escaso cabello rubio, la cara llena de arrugas y los dientes atropellados por el tiempo. Setenta años le calculó cuando le estaba diciendo que necesitaba una mano en el pelo.

—Espere un momento mientras preparo lo necesario —dijo Ada observándolo.

Ernesto la vio perderse en el laberinto de la casona con Mélida adelante encendiendo las bombillas. Como el cuarto ya no daba con la luz para leer, tiró la revista a la mesa. Entonces algo cayó: un papel viejo y amarillento que navegó un instante en el aire antes de tocar el suelo. Era una foto descolorida donde se alcanzaba a divisar una pareja con elegantes vestidos posando en un estudio. No tuvo tiempo de detallarla porque en ese momento entró Mélida y le hizo señas para que lo siguiera. Al levantarse, guardó la foto.

Ada era una mujer que, a pesar de su edad, conservaba una vitalidad envidiable. Siempre se le veía de un lado a otro haciendo mil oficios. A veces trabajaba hasta altas horas de la noche y, al día siguiente, era la primera en volver otra vez al trabajo. Nunca esperaba le indicaran qué tenía por hacer porque ella ya lo sabía. En cuanto a los ocasionales cortes de cabello que realizaba, no espe­raba a que el cliente indicara su estilo preferido, pues con sólo verle la cara ya sabía qué corte de cabello le convenía más. El mismo Ernesto, a pesar de ser un hombre reticen­te, reconoció la justeza de sus apreciaciones. Sentado en una silla improvisada frente a un espejo carcomido por el tiempo, sintió las manos de Ada sobre su cabeza.

—Primero lavaremos el cabello —dijo.

—Lo lavé esta mañana —replicó Ernesto mirándola a través del espejo.

—Hay que volverlo a lavar —dijo ella mientras sacaba un frasco de un botiquín. Hizo una seña y Mélida trajo un aguamanil lleno de agua y un frasco con hojas esquelé­ticas. Ada vació los frascos y revolvió la mezcla con las manos.

—Vamos a utilizar un champú al natural —dijo—, sin elementos químicos.

Las palabras de Ada le parecieron tan convincentes que terminó por asentir lo del lavado, pero durante un momento todo le pareció una estupidez. Con Rodríguez era diferente porque había más confianza y el tipo termi­naba dándole la razón al cliente. Ada insistió:

—Acérquese que el lavado será corto y revitalizante.

Le pareció que la voz lo obligaba. Se acercó a una mesa de mil usos y se sentó en una banca pequeña. Ada le co­locó la cabeza hacia atrás.

Al otro día Ernesto llevaba un peinado diferente. La raya no la tenía a un lado, como era la costumbre, sino en el centro.

—Bueno... no está mal —se dijo. Ada lo había conven­cido que era la moda del momento en Europa y lo acabó de convencer el porte distinguido y extraño que encontró en el espejo.

En la oficina se sintió incómodo por los chistes y las frases de doble sentido que alcanzó a oír desde su escrito­rio. Pensó que debía dar tiempo a las revistas para hablar de los últimos peinados europeos. Entonces todo sería diferente. Sólo se levantó del escritorio para ir a tomar el almuerzo. Cuando salía, Bernardo le comentó:

—¿Sabes...? Me recuerdas a mi padre. Hace cuarenta años se peinaban igual.

En el restaurante no encontró mesa libre y tuvo que sentarse con María, una auxiliar de otra sección de la oficina. Casi en secreto le preguntó:

—¿Qué te pasó en la cabeza?

Ernesto sonrió mientras miraba la carta.

—Es la moda —dijo.

—Lo raro —dijo ella al terminar el postre—, es que tú no pareces un tipo que vaya con la moda. Más bien eres tradicional.

Ernesto replicó que las personas cambian.

Necesitaba cambiar y Ada me convenció.

—Pero las personas de hoy no se peinan así —replicó María.

—Comenzarán a hacerlo —concluyó Ernesto levan­tándose de la mesa.

El tiempo le dio la razón: a la semana ya había visto a dos personas en la calle con la raya del peinado en la mitad de la cabeza, uno de ellos en el mismo restaurante donde almorzaba todos los días. Se alegró que la moda empezara a imponerse por encima de las tradiciones de la ciudad y de ser el primero en romper con las mismas. Ahora ya no le importaban las largas miradas que le lan­zaban en la calle, ni los comentarios de las secretarias en la oficina. Además se sentía mejor, con buen apetito, buen ánimo para trabajar y, sobre todo, las noches de insomnio habían desaparecido. Y todo lo había arreglado la buena de Ada con un simple cambio de peinado y el champú natural con el que se lavaba la cabeza todos los días. A veces pensaba que si los hombres cambiaran su aspecto alcanzarían a cambiar la dinámica de sus vidas: sentirse otro era lo importante.

El día que volvió donde Ada recordó la foto. La buscó por toda la casa sin encontrarla y al final se convenció de que se había ido en la ropa por lavar. Al llegar, sintió que la sorda Mélida lo esperaba, pues esta vez no tuvo que hacerle señas para lo del cabello, ni tuvo que esperar. Lo llevó directamente al cuarto y al momento apareció Ada.

—Eres otro —dijo Ada después de observarlo.

Ernesto asintió.

—Veamos —continuó—, aún necesitas cambiar algu­nas cosas. Mírate al espejo: un bigote pequeño no estaría mal. Luego vendrá el resto, cuando comprendas que has renacido, que todo parece volver a empezar.

Habló durante largo rato sin que Ernesto se atrevie­ra a interrumpirla. Las palabras brotaban de su boca con la persuasión suficiente para reclamar la necesidad de un cambio. Luego le lavó el pelo con champú natural y le hizo los recortes necesarios a su nuevo peinado. Ernesto se dejaba hacer: Ada lo transportaba a otro mundo con sólo colocar las manos en su cabeza. Aquello era un so­por, una especie de duermevela feliz.

Al terminar, tomaron café y hablaron como dos viejos amigos. Ernesto trajo a cuento el tema de las revistas que había visto en la sala de la casa y de los interesantes artícu­los sobre actores, actrices y escritores de antes, hombres y mujeres que hacían buenas películas y escribían buena literatura. AI salir, Ada le depositó en las manos un paque­te con varios números de la revista Estampas y lo invitó a que la visitara más a menudo para tomar el café. Ernesto prometió volver. Ada dijo:

—Sé que vendrás, querido...

En las semanas siguientes Ernesto devoró todas las re­vistas de la casa de Ada. Sentía que traían un mundo aban­donado, una época en que abundaban héroes, en que las cosas eran limpias y ordenadas. En una de las invitaciones que Ada le hacía a tomar café le confesó:

—Greta Grabo continúa en el corazón de nosotros.

A finales de noviembre Ernesto fue comisionado en el trabajo a una visita a la capital. Cuando regresó, quince días después, tenía bien poblado el bigote pequeño y un vestuario que, según él, era el último grito de la moda. No quiso esperar la noche para visitar a Ada y tomó un auto directo a su casa. Mélida le ayudó con las maletas y le indicó que esperara mientras iba a la calle a buscarla. Ernesto estaba ansioso: se levantó de la silla y fue hasta el espejo a arreglarse el cuello y la corbata de pajarita. Aprovechó la oportunidad para buscar un cepillo en el botiquín. Cuando se estaba peinando descubrió una vieja foto de postal que colgaba a un lado del espejo. Reconoció a la misma pareja de la foto que él se había llevado a casa. Abajo decía: «Ada y Miguel, el día de su matrimonio». Ernesto la volvió a mirar y luego, con horror, se miró en el espejo. Iba a gritar, pero a través del espejo vio la figura de Ada entrar a la habitación, acercarse con los brazos extendidos y decir:

—Querido... qué bueno tenerte otra vez en casa.

 

Harold Kremer, Patíbulo, Deriva, Cali, 2014.

 


Pablo Montoya

EL CARTERO

 

La población ha explotado en oleadas arrasadoras. Los graneros están vacíos sucedidas las jornadas del pillaje. Hechas trizas han quedado las vitrinas de los almacenes. Los templos fueron saqueados y con la madera de sus bancas se hicieron inmensas hogueras. Las bibliotecas promovieron igual cúmulo de llamas. Los monumentos, antes venerados, han caído y sus rostros son escupidos por los ancianos y meados por los pequeños. No podría precisar bandos de batalla. Sospecho que algunos se baten por razones de raza o delimitaciones geográficas. Otros se creen los elegidos de algún dios. A otros los agobia el recuerdo de un antiguo agravio. Entiendo que ciertas zonas quieren autogobernarse y han cambiado los emblemas de la ciudad. Basta lanzar un vistazo hacia la cordillera para ver aquí y allá los nuevos estandartes enarbolados. Me siento incapaz de explicar la causa de este desenfreno. Pienso que cualquier interpretación dada por mí será vaga. ¿Qué puede aclarar un cartero so­bre los conflictos de su ciudad? Lo cierto, de todas maneras, es que mi trabajo ha sufrido cambios bruscos.

La empresa oficial del correo terminó por parar completamente los servicios y, con el surgimiento del desorden, aproveché para entrar a las bodegas donde estaban los sobres bloqueados. Sacaba los talegos repletos de cartas y las distribuía con la ayuda de contactos especiales. En general, yo llegaba a un determinado sitio, las entregaba, y de allí salían hacia un destino próximo. Un día no encontré nada en las bodegas. Supuse los caminos posibles. Buscar otras regiones donde la violencia fuera menos hostigante, o intentar dar con cartas cuyos destinatarios estuvieran en mi campo. Pero para acceder a esas bodegas tendría obstáculos con la vigilancia, me trabaría en gestiones fatigantes. Además, el vincularme a una oficina de correo más o menos normalizada, me parecía un acto ni siquiera desleal sino irresoluto, sabiendo que el tramo de la ciudad que conocía estaba sometido al aislamiento. Poco a poco, sin embargo, la gente fue conociendo las particularidades de mi labor. Comencé a repartir cartas desprovistas de sobres. Cartas que parecían frágiles tubos amarrados con hilo, o libritos de letras apretujadas. Papeles sucios de tierra y pantano, manchados de sangre, con manojos de cabello oculto entre los pliegues de las hojas. Cartas donde una boca roja era plasmada, o dos líneas juntas formaban un ave al lado de una nube y un sol. Letras que olían a nostalgia, a sexo anhelante, a flores marchitas.

Pero este trabajo, lo reconozco, ha sido de una lentitud insoportable. No sólo para los que están en los dos extremos de la espera, sino para mí. Una vez tuve una carta breve. Eran cinco palabras que habían sido escritas delante mío: "Estoy vivo, no lo olvides." Recorrí territorios asediados en las montañas que circundan la ciudad. Estuve semanas escondido en una trinchera, al lado de hombres moribundos. Y en la espera esa carta era toda la levedad y toda la pesadez de mi universo. A veces quisiera que todas las misivas fueran así. Pero lo usual es llevar y traer noticias funestas. Es inevitable, entonces, convertirme en un portador odiado. Muchos se han rasgado sus ropas, han llorado en mi presencia y escupido al suelo haciéndome un mal signo, diciéndome que soy una máscara de la muerte.

Los períodos de silencio también han sido largos. Jornadas reducidas a esperar en el letargo. Pero, de repente, una mañana cualquiera la mudez cae, y a mis manos empiezan a llegar las cartas. Aunque suceden problemas con la información de los sobres. Me he topado con indicaciones como "al jorobado y a los muchachos" o "a la mujer que duerme en el cruce de las esquinas". Por fortuna, alguien interviene y me ayuda a sortear estos apuros. Un niño se cruza en mi camino y dice conocer a uno de los muchachos. Una mujer resulta ser la amiga de un amigo de la amiga de esa mujer de las esquinas. Pero hay más. No sólo trato de entregar cartas en puntos peligrosos. Algunas veces también las escribo. Y esto ocurre cuando una per­sona queda con las manos vacías y la mirada expectante. Averiguo su nombre y de quiénes espera algo. Al cabo de los días le entrego una carta. Unas cuantas palabras que no denoten mi presencia. Tal vez los engañe pero, al ver sus rostros después de la corta lectura, su alivio justifica la mentira.

En ocasiones quisiera leer un mensaje para mí. Pocos se preguntan si al cartero le llegan cartas. He estado por decir a los destinatarios que reciben las mías la identidad de quien les escribe, y pretender unarespuesta de ellos. Pero soy incapaz. Algo semejante a la cobardía me detiene. En medio de la ciudad en ruinas sigo entregando cartas. Sigo esperando una que sea destinada a mí.

 

Pablo Montoya, Habitantes, cuentos, Paris, Índigo, 1999.

 


FIGURA CON PAISAJE


 

Para CARLOS SÁNCHEZ

Y esa luz,

esa reverberación de la luz,

esos desfiladeros deslumbrantes.

José Manuel Arango

 

Había nacido en Castilla. Provenía de una familiade campesi­nos sórdidos. La violencia los había expulsado de Sonsón. Él se ocultaba en el vientre materno cuando llegaron a Medellín. Una sola hermana trabajaba de aseadora en una escuela por los lados del Picacho. Ambos eran los únicos sobrevivientes de una carnada de ocho hermanos. Los otros seis fueron diezmados mientras la ciudad crecía entre la miseria, el tráfico de droga y las batallas de bandas criminales. Serna supo, muy pronto, que debía irse. El desdén, la promiscuidad, el bullicio que marcaban los días de los suyos, le hicieron buscar otro rumbo. Tenía algo más de quince años cuando escapó. Una mañana fue a despedirse de la madre. La mujer no había cesado de maltratarlo por sus maneras taciturnas,por los mamarrachos que a veces pintabaen paredes o en papeles, por la poca disponibilidad que tenía para los asuntos de la casa. Pero, esa vez, el hijole tomó las manos resecas y acarició la trenza gris que amarraba los cabellos. El padre dormía la frecuente beodez entre el estropicio de las rancheras que escuchaba su prole delincuente. Serna nunca más volvió a verlos.

Hizo un poco de todo en los años de la juventud. Oficios que le prodigaron lo indispensable para no morir de hambre y pagar­se un cuarto. Fue mensajero en mercados callejeros, bulteador en los abastos de la Mayorista, ayudante de mecánica en las proximidades de San Diego, albañil en los edificios que iban creciendo precipitadamente en Laureles y El Poblado. Nunca buscó esos empleos. Ellos aparecían y él los tomaba con un frágil entusiasmo. No demoraba en dejarlos y asumía otra actividad. Su conversación no iba más allá de tres o cuatro frases escuetas, jamás negaba o rechistaba por las órdenes recibidas, ni discutía de fútbol o de asuntos políticos. Las mujeres era un tema que se reservaba sólo para él mismo en las noches en que no dormía. Dios, o lo que se parecía a él, le pronunciaba vocablos incomprensibles en los instantes en que el viento traía el sonido de las campanas.

Su trato siempre frustraba cualquier conato de amistad. Tuvo, empero, un romance. Fue corto y lo definió una mezcla de malentendido y hartazgo. Como era tímido, se mantenía limpio, y tenía ojos de ternero y era largo y fibroso, Serna atrajo la atención de una mujer. Desde un principio quiso huir, pero ante la insistencia de ella terminaron saliendo. Se encontraban los domingos en el Parque Berrío. Durante esas horas de asueto, la mujer narraba sus labores de sirvienta en una casa de San Joaquín. Paseaban por los alrededores del Parque. Veían un rato a los culebreros, a los tragadores de vidrio y a los que escupían fuego por la boca. Más tarde iban a un bar. Ella se tomaba una cerveza e interrumpía su relato para cantar algún tango que sonaba en la vitrola. Serna, en cambio, bebía agua y escuchaba, entre incómodo y perplejo, la parla incesante de la novia. En ocasiones, so­bre alguna servilleta, Serna la pintaba de perfil o de frente y ella lo celebraba con un beso y un pellizco en las mejillas. Fueron varias veces a unas residencias en las inmediacio­nes de Lovaina. Él nunca la llevó a su cuarto. En realidad, le abochornaba el sexo que hacían. Superado el pudor de las primeras relaciones, ella le pedía que la ultrajara. Le ro­gaba que le golpeara la cara, que mordiera hasta la sangre los senos, que la penetrara por el culo, que permaneciera dentro de ella más de lo que Serna podía. Un domingo él faltó a la cita. Se mudó de inquilinato y cambió de trabajo. Fue entonces cuando apareció el carretero.

¿En qué momento un hombre descubre su rumbo? Serna nunca se planteó una pregunta de este talante. Pensaba poco y cada vez sentía que un vacío, que no podía explicarse, iba abriéndose dentro de sí. Es posible que su memoria, cuan­do se tornaba generosa en imágenes humanas, señalara a Tabaco en el principio de su descenso al despojamiento. No fue una orden que obedeció enseguida. Serna era lerdo para entender cualquier tipo de signos. Y, en verdad, así como merodeó el sexo de una mujer, pudo hacerlo con alguna secta religiosa, con algún grupo de timadores nocturnos, o con algún camionero que le hubiera propuesto atravesar las carreteras del país como ayudante. Pero ni la religión, ni el crimen, ni los viajes aparecieron para llevarse a Serna. Quien brotó de una de las calles fue Tabaco.

La primera vez que lo vio caía una lluvia torrencial. Tabaco tenía un plástico sobre su cuerpo y arrastraba la carreta como si estuviera salvando de una catástrofe lo indispensable del mundo. Serna iba en un bus por el puente de San Juan. Des­de la ventanilla, limpiando el vaho del vidrio con los dedos, trató de distinguir lo que llevaba el vehículo. El anciano era, a primera vista, un miserable más entre los miles que reco­rrían la ciudad, transportando basura que vendían en algún lado. Pero un rayo de calor y frío penetró la sangre de Serna. Se bajó del bus y, en medio de aguacero, trató de asir su imagen. El viejo tenía la cabeza inclinada. Parecía hablar solo mientras la lluvia rodaba en forma de pequeñas cascadas por entre el plástico protector. Empapado, Serna lo siguió hasta que lo vio perderse por los lados de Guayaquil.

Una semana transcurrió y se encontraron de nuevo en La Playa. Esta vez el hombre daba espaciados saltos en el aire. Se recostaba por momentos en las dos varas, y un traqueteo regular se dejaba oír ya que la carreta esta vez iba vacía. Pero Serna lo siguió viendo en un sueño que se tornó repetitivo. Cada uno iba por vías diferentes hasta que se encontraban en un determinado paraje. El lugar era, a veces, una habitación derruida. Otras, un sitio que Serna asociaba con una cárcel laberíntica, Otras más, el lugartenía los visos de una manga inmensa atribulada de bichos nocturnos que revoloteaban alrededor de sus cuerpos. En el sueño no decían ninguna pa­labra. Sólo se aproximaban, se miraban y llegaban a un abrazo. Serna sentía, y este era el instante en que se despertaba, una oscura felicidad al comprender que el olor de la mugre se volvía suyo. El viejo, sin embargo, no era sólo una visión de los sueños. Surgía con frecuencia en momentos y rincones de la vigilia. De tal manera que Serna empezó a presagiar, con un temblor sudoroso de las manos, su cercanía.

Esa madrugada salió de su cuarto. Sobre la cama dejó el dinero del arriendo que debía. Vivía en un inquilinatode Aranjuezdonde se apretujaban estudiantes universitarios y pequeños comerciantes provenientes de pueblos distantes. En un bolso había metido sus bártulos escasos. Descendió hasta llegar a Carabobo. Vaciló unos segundos, pero supo con rapidez que debía tomar el rumbo del centro. A esa hora las aceras estaban llenas de mendigos que dormían envueltos en cartones o en cobijas pringosas. Serna los veía y repetía para sí mismo que él era también nadie y no poseía nada. Llegó, finalmente, a la Plazuela Nutibara. Allíestaba Tabaco, paralizado como una estatua estrafalaria, al lado de la carreta. La plazuela se veía sola. Hacia donde se levantaban los pilares del Metro, ululaban sombras escuálidas que el fuego de una fogata vol­vía enormes. Serna se acercó al viejo y lo observó durante un rato. En el aire había un olor a orines, a alcohol, a cigarrillo. Alguien, en un rincón cercano, lloraba o reía o maldecía, Eran libros, amarrados con cabuya, lo que estaba situado a lo largo de la carreta. El viejo, se dio cuenta, no hablaba solo. Mascaba unas yerbas que escupía a cada momento.

Se acompañaron durantemeses. Surcaban la ciudad en varias direcciones. Dormían, por lo general, en los parques del centro. Cuando llovía, lo hacían debajo de los puentes. Bajo el calor, pernoctaban en las orillas del rio. No hablaban mucho. Sólo lo indispensable para que cada uno pudiera aceptar la presencia del otro. Recuperaban libros viejos en las casas del Naranjal o en las bodegas de los Tres Puentes. Los transportaban en torres sobre los pechos y los acomoda­ban en la carreta según el tamaño. Ninguno de los dos sabía leer. Pero Tabaco había aprendido a reconocer el mérito de algunos libros. Sabía que los de carátulas oscuras y gruesas y de papel suave eran los mejores. En los puestos del Pasaje de la Bastilla los pagaban bien. Para Serna, en cambio, eran sólo objetos enfermos de humedad y tiempo. Cuando estosescaseaban, recogían cartones, botellas y plásticos. Uno de los gustos que se daba el viejoera comprarle tabaco a una yerbatera en las proximidades del Hueco. Serna intentó pro­barlo ante la insistencia de su compañero. Fue una noche en que llovía a cántaros. Probó el áspero sabor, se llenó de náuseas y vomitó.

Los primeros meses trató de estar limpio. Para ello siempre buscaba grifos callejeros. Los fines de semana, se separa­ban un par de horas y él se iba a los baños públicos para prodigarse un aseo más completo. Pero en el ir y venir del oficio, era difícil detener la proliferación de la suciedad. Conservaba, como su compañero, un par mudas y cada tres o cuatro semanas las cambiaba. Eran las únicas cosas, más las de un incipiente botiquín de aseo con sus papeles de identidad y algunos recuerdos de Tabaco, que guardaban en un compartimento construido débalo de la carreta. Serna, por los días de sol, terminó usando una cachucha. Alguien, desde la ventanilla de un carro, en la parada de un semáforo, se la había arralado. En la visera decía ANDI y era verde y blanca y le quedaba un poco grande. Serna se acostumbró a ver los trastos viejos, las calles y los carros, el cielo y las montañas, desde los límites impuestos por la gorra. Tabaco, para celebrar cualquier chanza esporádica en la que dejaba ver su risa desdentada y aporreada por el sarro, le bajaba la cachucha a su compañero hasta la cumbamba. Éste, antes de salir de la oscuridad, se carcajeaba y lanzaba un manotazo al aire que el viejo sabía esquivar. El pelo, por último, le creció a Serna hasta los hombros, y una barba desgreñada le tornó el semblante aún más herrumbroso.

En los ratos de descanso, Tabaco incrementaba las yerbas y se quedaba mirando en silencio las fotografías del bo­tiquín. Serna nunca intentó averiguar por esas imágenes contempladas en las largas tardes de los domingos. Se dedicaba, más bien, a pintar sobre pedazos de cartón. Con residuos de lápices, rescatados en las correrías del Naran­jal, dibujaba árboles, casas, puentes. También plasmaba a Tabaco en diferentes posiciones: dormido en la carreta, suspendido en el aire y apoyadas sus manos en los largueros del vehículo, orinando sobre algún matorral, ensimismado mientras miraba una de las fotografías. Tabaco sonreía al ver los cartones. Se celebraba a sí mismo cuando se veía durmiendo con la boca abierta y en la barba flotaba algún pedazo de hierba peregrina. Los que más le gustaban los amarraba del compartimento.

Sucedió muy rápido. Serna se hundió como en unas bolsas informes y grandes y emergió brutalmente a la realidad. El corazón se le quería salir por el ímpetu de las palpitaciones. Había gritos, pitos, una sirena. Tabaco convulsionaba en mitad de la calle. Un auto lo había levantado por los aires. Serna no supo qué hacer durante unos minutos. Sentía que el mundo daba vueltas. Iba de un lado a otro sin comprender mayor cosa, hasta que decidió acercarse al tumulto. Tabaco ya estaba quieto. Sus piernas desarticuladas parecían las de una marioneta inútil. La sangre, al lado de la cabeza, también se había detenido. A poco llegó la policía. Abrieron espacio entre la gente, pusieron una sábana blanca sobre el cuerpo, lo montaron a una camilla y se lo llevaron. Cuando dejó de sonar la sirena, Serna se acordó de los libros. La carreta, próxima a la acera, se había volteado pero no tenía daño alguno. Lo libros estaban desparramados aquí y allá. Con una calma advenediza, los fue amarrando firmemente y los ubicó con cuidado en el vehículo. Eran de los que pagaban bien, le había dicho Tabaco horas antes, al verlos arrumados en un rincón del Naranjal.

En adelante Serna se dejó arrastrar por los acontecimientos. Siguió ejecutando los mismos itinerarios que había hecho con el viejo. Pero sentía una profunda lasitud con cada acti­vidad emprendida. Buscaba las enciclopedias y los libros de carátulas gruesas y papel suave para ofrecerlos en el centro. Pero estos escaseaban cada vez más y pasaba semanas en que la carreta parecía un gigantesco escaparate atiborrado de basura. Serna enflaqueció. Sintió como si hubiera vivido demasiados años. Las plantas de los pies y las palmas de las manos adquirieron una coloración zanahoria. Dormía poco y cada vez que lo intentaba brotaban de su inconsciencia estremecimientos de pánico. Una familia de carreteros, en alguna de esas noches sin sueño, le propuso unirse con ellos para el trabajo. Serna les dijo no y guardó uno de sus mutismos que producían resquemor en los demás. Sabía que le era arduo convivir con las familias. Prefería estar aislado y no verse en la obligación de hablar más de lo debido. Lo suyo era comer a solas y dedicarse a pintar sin que nadie lo importunara. Además, desde hacía días algo nuevo visitaba su ser. Se quedaba quieto, durante horas, mirando con perplejidad el follaje de un árbol, el río de inmundicias que atravesaba la ciudad, las montañas que parecían enormes vigías.

Surgieron como exhalados por la noche. No supo quiénes eran porque sus caras estaban ocultas tras las capuchas. Le dijeron groserías mientras le daban patadas en los cos­tados. La carreta fue despojada de su carga aparatosa y en pocos minutos a todo lo envolvió las llamas. Serna deseó que le dispararan con las cortas metralletas que llevaban terciadas en las espaldas. Pero sólo lo asustaron con una ráfaga lanzada al aire. Aturdido, con la nariz rota y la boca ensangrentada, estuvo mirando cómo el fuego convertía sus haberes en una ceniza negra y sin nombre. A partir de este suceso no supo adónde ir. Se dejó llevar sin resistencia hacia cualquier lado. Sus ropas adquirieron un matiz igualmente ceniciento. Comía sólo cuando era necesario y lo comido eran sobras que le daban. Orinaba y defecaba donde la necesidad lo sorprendiera. Se olvidó por completo del agua, así ella fuera a veces el motivo de sus ensimismamientos inútiles. Durante unos días de lluvias devastadoras, se apropió de la boca de un desagüe que arrojaba detritos a una quebrada. Desde allí evocó a su familia y escupió varias veces sobre sí mismo volvió a llorar la ausencia de Tabaco. Se sintió avergonzado porque deseó una vez más a la mujer lejana de los domingos. Por último, se acostumbró a su olor que era el de un animal paralizado en la podredumbre.

Pero en algún momento, desde un punto que él no logró discernir, surgió una especie de voz. Él simplemente le hizo caso. Salió del túnel y se encandiló por un sol cuyos rayos se regaban por las montañas como deslizaderos transparentes. Pasaba las noches envuelto en una frágil ilusión por ver la luz del otro día. Una mañana lavó sus piltrafas en la carpa que la Alcaldía de Medellín levantaba para los indigentes al borde del río. Con unos calzoncillos, donde nadaban sus piernas velludas, se recostaba en los prados que bordeaban el río. Parecía una lagartija fea y flaca recibiendo un sol que lo lamía con voracidad deliciosa. Cuando creyó que de nue­vo tenía fuerzas, decidió volver a los barrios encaramados en las montañas. Pasó días recorriendo calles que parecían la prolongación de una mano deforme de prolíficos dedos. En ocasiones dormía en construcciones abandonadas, bajo techos de tenderetes de comida, en los parques y los atrios de las iglesias. Pedía de comer cuando era sorprendido por el hambre. Y pasaba horas interminables mirando las montañas. Gozando con cada ángulo de visión que le obsequiaban las esquinas, los potreros, los descampados.

Empezó a pintarlas. Primero lo hizo con pedazos de ladrillo y piedras blancas. Fue a iglesias y a escuelas y pidió que le rega­laran tizas. Hacía las montañas desde diferentes perspectivas. Las dibujaba en los muros y en las aceras, en cartones y en papeles hallados en los basureros. De vez en cuando bajaba al río para memorizar una nueva faz de los montes. Un brillo o un contorno en las laderas y las cúspides que, vistas desde la distancia, él había olvidado. Le gustaba hacerlas horadadas por aguaceros intempestivos, envueltas en la neblina de los amaneceres, tocadas por los fulgores de los últimos crepús­culos. Y la gente se acercaba para verlo concentrado y febril. Y lo recompensaban con monedas y billetes menores. También las frutas y bolsas de aumentos se acumulaban al lado de los paisajes que iba pintando.

Una tarde sintió que alguien le tocaba el hombro. Giró y vio a una mujer. Tardó en reconocerla. Pero, poco a poco, sus trenzas le fueron nombrando algo que era impreciso y lejano. En la mirada oscura de ella había un brillo que era suyo. Se levantó, sacudió las manos en el pantalón maculado y la abrazó con suavidad. Trató de negarse, pero la hermana in­sistió para que fuera a comer a su casa. Vivía cerca de donde estaban. Sólo dos cuadras más arriba aparecían las escalas y era necesario subir unos veinte minutos hasta llegar. La mujer esperó a que él acabara el dibujo. Era una trabazón de montañas por donde se ocultaba un sol sangriento. Al insinuarse la noche, emprendieron la subida. El Picacho se veía tan cerca que, en varios instantes, Serna estiraba las manos para tocarlo. Algunos niños subían y bajaban arro­jando gritos de dicha al viento. Músicas diversas salían de los balcones y los quicios de las casas. Las escalas a veces se bifurcaban hacia los lados, pero siempre parecían buscar el cielo en la continua sinuosidad. Ascendieron despacio y casi no hablaron. Él se detenía y respiraba profundo cuando veía el valle que, abajo, se iba poblando de luces.

La casa era de un solo piso. Todo en ella era pobre pero pulcro. Serna entró y se sintió extrañamente acogido por los objetos que invadían sus ojos: los cuadros de flores que colgaban de las paredes, los muebles también florea­dos y los visillos de colores claros que separaban la sala y el comedor de las habitaciones internas. Se creyó torpe cuando fue invitado a la mesa. No supo qué hacer al ver los cubiertos, la servilleta, el individual que le correspondían. La hermana se sentó a su lado. Como no se atrevía a hacer nada, le tomó la mano y le dijo que comiera. Serna probó la sopa y el sabor tibio de la yuca y la papa lo embargó de una amargura invencible. Agachó la cabeza, se puso una de sus manos entizadas como visera, y lloró durante un rato.

No lo hizo enseguida. Fue un proceso que duró semanas. Ser­na desaparecía por un tiempo y volvía a la casa. Se quedaba durmiendo una noche, a veces dos, y regresaba a sus corre­rías por los barrios. El sobrino, un muchacho silencioso y tímido de quince años, le había suscitado un afecto tan fuerte como inesperado. Cuando se enteró de que los cuadros de la casa eran suyos, un júbilo poderoso se le regó a Serna por el cuerpo. Con él se había vuelto un poco expansivo. Algo le dijo de sus oficios pasados. Lo invitó a que tocara el relieve de su nariz fracturada. Se había permitido incluso contarle algo de la voz que lo sacó de aquellas tinieblas residuales. Y el muchacho le hablaba del barrio. Le explicaba confusa­mente de dónde surgían las balaceras nocturnas y por qué aparecían los jóvenes muertos arrojados en las mangas. Una vez, mientras comían, la hermana le propuso a Serna lo de la escuela. Había hablado de él con las directivas y querían que pintara los muros del patio.

Desde entonces se quedó en la casa. Se levantaba temprano e iba con la hermana a la escuela. Ella se quedaba con él hasta que iniciaba la labor. Lo veía desplegar el papel donde había hecho una suerte de bosquejo y cuando se encaramaba en las escaleras, con los pinceles en sus manos, lo dejaba solo. Los muros se fueron llenando de montañas. En uno de ellos las casas de las barriadas parecían palpitar entre delgados gajos de nubes y las calles tenían el tono ocre de las tierras ardientes. En otro, el color predominante era el azul y las faldas de los montes con sus ranchos amontonados parecían imágenes de una epifanía despezada. En la tercera pared, las montañas semejaban manchas rojas de ladrillo con repentinos trozos verdes e incisiones grises que definían el firmamento. Otra más se cubrió de sombras montunas donde la noche semejaba un manto que agregaba más tinieblas al mundo dibujado. Los niños de la escuela se reunían en los descansos de las clases a su alrededor. Y guardaban silencio mientras observaban al hombre que pintaba la ciudad y sus montañas para ellos.

El sobrino salía del colegio y se le unía hacia el final de las tardes. Serna lo escuchaba con atención y dejaba que él interviniera en determinado lugar de las paredes. Lo dejaba encaramarse en las escaleras y disfrutaba al verlo acentuar una cima o mitigar la presencia de un barrio. La noche los sorprendía con sus ropas embadurnadas de colores. Y cuan­do subían por las aceras escalonadas era inevitable que el muchacho hablara de aquel y de este otro compañero suyo que habían sido asesinados en los días anteriores. Pero Ser­na, así pusiera la máxima atención al relato, no alcanzaba a comprender las causas de esas muertes precoces. Guardaba silencio cuando llegaban a la casa, y se llenaba de una pesada incertidumbre cuando escuchaba, tras los visillos, el tono angustioso con que la madre le hablaba a su hijo.

Esa tarde el muchacho no apareció. Serna se quedó espe­rándolo. Se sintió incapaz de regresar solo a la casa. Los muros ya estaban casi concluidos. Sólo faltaba uno en el que había puesto cruces sobre las casas de los barrios. Él le había consultado al sobrino tal aspecto, y éste no vaciló en aprobarlo. Durante las horas de la madrugada se dedicó a intensificar las cruces, a tornar invisibles algunas calles, a hacer todavía más evanescentes las moradas. Hubo un momento en que tuvo dolor en las manos, en la cintura, en los hombros. El amanecer estaba próximo cuando creyó acabar. Sintió congoja porque el muchacho no estaba a su lado para decirle que todo estaba bien. Cuando llegó a la casa su hermana no abrió la puerta. Llamó a su sobrino y tampoco hubo respuesta. Esperó un rato en el quicio hasta que el sueño lo venció. Más tarde lo despertaron. En medio del llanto, la hermana contaba la nueva muerte.

Serna la acompañó hasta el final. Estuvo a su lado durante el velorio y el entierro. En el cementerio hubo poca gente: algunos muchachos del colegio, una chica que no paraba de llorar. Cuando la caja desapareció bajo la lápida, y las letras del nombre fueron hechas sobre el cemento fresco, las fechas marcaron un corto período de años. Serna se sintió abrumado y sin fuerzas. Seguía sin entender lo que había ocurrido. Los barrios estaban inflamados en reyertas y ajusticiamientos de jóvenes y él no lograba entender las causas. Quizás nunca sería capaz de hacerlo. A su sobrino lo habían asesinado con otros dos muchachos y nadie sabía explicar un motivo convincente. Esa noche, Serna también acompañó a su hermana en los rezos. Antes de acostarse, se abrazaron y lloraron sin decirse una palabra.

El amanecer era un prodigio de luz. Medellín despertaba entre la bruma semejante a una bestia dulcificada. Las mon­tañas se veían monumentales y silenciosas como si un dios caprichoso las hubiera creado apenas unos instantes atrás sólo para que fueran contempladas. Serna cerró la puerta de la casa con cuidado y respiró con amplitud el aire nuevo. Pensó que podía recorrer otra vez los barrios extendidos por esas lomas radiantes. Podía volver a trasegar las calles de abajo y seguir las huellas de Tabaco entre las sinuosidades del río. Podía dedicarse a pintar en las calles y las aceras, en muros y paredes, debajo de los puentes, en las canchas deportivas. Pero sabía que todo eso era inútil. Ya nada lo ataba a la ciudad. Ni siquiera su hermana que lo había rescatado brevemente del desamparo. Atrás del Picacho sólo había montañas. Y más allá de ellas había otras más. Y quizás, más lejos aún, podría aparecer lo que en realidad él merecía. Fue escalando los peldaños que aún faltaban. Al llegar a las mangas, se quitó los zapatos y la humedad de la hierba lo nutrió por unos segundos. Un poco más lejos ya no había caminos. Quiso voltearse para mirar por última vez la encrucijada de las faldas que se abrían para darle espacio a Medellín. Pero el vuelo de unos gallinazos, suspendidos en la altura, le robó la atención. Serna, en algún momento, se perdió entre los bosques que aún quedaban y las crestas rocosas que parecían no terminar jamás.

 

Pablo Montoya. El beso de la noche. Bogotá: Panamericana, 2010.

 


Eleazar Plaza

MANUSCRITO DEL BECARIO L-887

 

Ayer 4 de julio, día de la independencia, mientras los demás festejaban en los prados de la Fundación –algunos se arrastraban borrachos y terminaban boca arriba, con los brazos y piernas estrellados contra el cielo- el Presidente me llamó a su oficina (él y yo aún trabajábamos para entregar aquel documento valioso, generador de nostalgias en mi país y que ninguna personalidad del gobierno creyó recuperar jamás, excepto el Ministro de Cultura). Según testimonio no oficial del Presidente, el manuscrito había asomado de pronto como un fantasma, un 18 de noviembre o de diciembre, no recordaba, entre un montón de papeles inclasificables de su archivo personal.

Tampoco recordaba, por lo que me vi en la obligación de refrescarle la memoria, que su autor el Becario L-887, a quien admiro desde niño, había muerto ahogado tras el hundimiento del trasatlántico sueco “Norgen”. Todavía más, que su esposa y sus dos hijos habían logrado salvarse en un bote de emergencia y que en mi patria fueron declarados héroes por el Directorio en su conjunto. ¡Lamentable, ciertamente lamentable! ¡Una pérdida irreparable para tu país!, pronunció el Presidente. Desde hace tiempo me inquieta no sólo la obra del Becario L-887, seguí diciendo, sino las vicisitudes personales implícitas en su delicado oficio de ensayista.

A decir verdad, me contrataron para continuar sus famosas investigaciones, tal vez por el hecho de ser compatriota suyo y por haber estudiado en la misma universidad sudamericana, donde hoy empiezan a mitificarle según consta en los suplementos dominicales, por regalarnos con esa obra superior intitulada “Max Brod, modestia aparte”. Al principio me negué, no por temor a la responsabilidad que encierra aquello de terminar la obra de un ser inalcanzable, sino por una cuestión simple y cotidiana: luego de salir de la universidad donde venía sufriendo, mañana y tarde, el manejo del curso que me tocaba dictar (entonces se llamaba Historia de la Crítica) apenas podía echarme un descanso y tomar un café cremoso en cierta tiendecita esquinera del Parque Central, y pensar impaciente, apasionado, el destino de mi primer proyecto de novela que jalonaba desde la juventud y que llevaba algo adelantado. Cuestión de tiempo. En este orden, ¿cómo iba a ceder 20 años o más de mi vida a propósito de esa trascendental investigación orientada a esclarecer las vivencias del autor de las obras de Franz Kafka? Me preguntaba constantemente: ¿Y qué de los planes de la universidad? ¿Y la novela? ¿Cuánto tiempo tendré libre para dedicarle a mi pasión? Al principio dije “no” al emisario de la Fundación, y este se sorprendió mucho. Tiene que informar por escrito, tal como exige el trámite regular, sentenció aquel.

En la tranquilidad del hogar lo pensaba y me prometía redactar gentilmente la carta de rigor; entonces vencía el proyecto de novela. Al otro día temprano no pensaba nada porque tenía que correr a la universidad. Pero esta débil negativa no alcanzó a resistir los dos meses de plazo que la Fundación concede a los postulantes. Debo confesar, sin vergüenza alguna, que me sedujo el dinero. ¡Y no me arrepiento! 1500 dólares mensuales son en mi país una fortuna, garantizan una vida distinta a la mayoría, exenta de preocupaciones inmediatas, no a “full” pero sí con la decencia del caso. Además, salvo la visita anual a la sede metropolitana de la Fundación, al final yo mismo debí elegir el lugar adecuado para terminar a tiempo y exitosamente la investigación. Elegí, como era de esperar, mi propio país, consecuente con el nacionalismo cultural inaugurado por el Becario L-887 contra lo imaginado por sus promotores. Él podía hacerlo, en virtud de su temple categórico y digno, y mi generación estaba enormemente agradecida por ser destinataria de su ejemplo. Sin embargo, no todo fue color de rosa para el postulante, que debió argumentar harto en el transcurso de los debates de la Asamblea General, hasta persuadir a los directivos con las razones que actuaban a su favor, hasta derrotarlos en la pizarra con una serie de teoremas literarios de los que estaban en boga, con lo cual recompuso las estructuras planteadas al comienzo por el Secretario e impidió finalmente se le trasladase a la ciudad de Viena, centro de operaciones idóneo desde el punto de vista del alto directivo de la Fundación y su visión geográfica de las cosas.

Así, pues, fui aceptado. Tal vez les convenció mi tesis de que lo importante es la personalidad... Pero dejemos a un lado la perorata y vamos al grano. ¿Estoy animado? ¿Por qué estoy animado? Sencillamente por el extraordinario manuscrito que llega a mis manos en el momento oportuno. Me estaba aburriendo el olvido de que es víctima nuestro hombre más representativo. Ayer nada más, antes de empezar el trabajo y de recibir de boca del Presidente la feliz noticia del hallazgo, pensaba redactar una nota dirigida al Ministro de Cultura de mi país, reclamando su atención para ver si estudia la posibilidad de un homenaje póstumo a nuestro gran investigador. Teniéndole por admirador número uno del Becario L-887, pensaba recordarle que éste todavía padece la ignorancia kilométrica del numeroso personal de educadores que tiene a su cargo, que su imagen ejemplar pasa por alto a influyentes instituciones vinculadas de un modo y otro a la gestión del gobierno, llámense Falange de Intelectuales Emprendedores, Asociación Prometrópoli, Native Pen Club, entre otras.

Lo importante es el manuscrito, y de él pende como un estardante la personalidad de su autor. Seguramente causará un revuelo tremendo en el país y se desbordará al extranjero. Su efecto es inmensurable. El Becario L-887 nunca imaginó la importancia universal que cobraría su obra “Max Brod, modestia aparte” con la localización de este valioso documento que por fin tengo en mis manos. ¡Después de tanto tiempo! Nadie quiso creer en su existencia, excepto el Ministro de Cultura. Sé que le gustará la idea. Sólo ocupa dos cuartillas, y en ese breve espacio muestra su trazo elegante, arquitectónico, sobrio; estilo que nuestro investigador nacional supo ejercitar. Se dice que él era un hombre pulcro, cien por cien pulcro, mas no se ha dicho que era el hombre de la síntesis. Lo prueba el manuscrito, imprescindible ahora para la exacta valoración de su obra, y sobre todo de esa obra magnífica de nombre “Max Brod, modestia aparte”. Suena bien, por cierto: “Max Brod, modestia aparte”. ¡Una obra digna de su paternidad!

Hay otros detalles que solamente un científico ocupado en el misterio de los signos es capaz de escudriñar. Por ejemplo, no aparecen fecha ni lugar de remisión, tampoco la firma del Becario. El Presidente no está de acuerdo conmigo cuando sostengo que estos son indicios que podrían revelar el estado anímico de su autor en ese momento, tal vez de relación con su esposa en el ámbito doméstico. Por mi parte descubro cierto distanciamiento inherente al oficio de arqueólogo inmerso en el arcaísmo, en la fosilización de las obras y los hombres. Su oficio, hoy mi oficio lleno de vacilaciones, de temores, por qué no decirlo... El era un hombre honesto consigo mismo, o sea, apoyándome en las categorías modernas, “un intelectual orgánico”. No es mi caso, acepto sin arrepentirme que me incliné a besar la espada encantada de la Fundación, y he colaborado con ella sin estar completamente seguro de mis convicciones. Por lo demás, he respondido haciendo acopio de valor.

Dice el Presidente que el documento, el manuscrito del Becario, debió estar redactado dos días antes de instalarse la Asamblea General, quizás por la recomendación expresa en el punto 13 que parece de última hora. Son datos menores pero muy útiles para la historiografía literaria, y producirán graves consecuencias llegado el momento de las tesis y las contratesis. Existe confirmación de su cumplimiento, de su arribo a tiempo, en el récord de becarios extranjeros, también en el libro de las contribuciones ensayísticas seleccionadas. Nuestro hombre anduvo por los pasillos de la sede central de la Fundación un 23 de junio. Sobre mi escritorio descansan ahora estas y otras evidencias. Recojo asimismo los testimonios directos e indirectos, es decir, las frases balbuceantes de viejos becarios vitalicios que no tuvieron la suerte de tratarlo y que no obstante pudieron decir mientras bebían desaforados: “Aunque no lo tratamos, nos sentimos orgullosos, inclusive, envidiosos, por su vasta cultura... toda la vida”, y otras veces hacer un gesto de asombro entre consideraciones y reconsideraciones relativas a la investigación que a ellos corresponde procesar rigurosamente durante los meses de junio y julio de todos los años. Fueron dichos becarios vitalicios los primeros en caer borrachos sobre la hierba.

Aquí dejo esta especie de prólogo al manuscrito de nuestro Becario L-887, comprometiéndome a vigilar la reproducción fiel de sus partes y la divulgación masiva en mi país, para bien de los hombres, entregados al noble gesto de promoción de la cultura y sus tradiciones seculares. Ojalá satisfaga igualmente a la siempre viva juventud estudiosa.

“Honorables Presidente y Vicepresidente de la Fundación Norteamericana para Honrar la Memoria del Escritor (?) Franz Kafka:

“Me permito notificarles que el resultado de mi trabajo: 20 años dedicado a la investigación de la obra atribuida a Kafka, y también a la consulta de una cantidad nada despreciable de obras sobre su obra, es el siguiente:

1.    El escritor Franz Kafka nunca existió como tal;

2.    El autor de la obra kafkiana es un individuo de nombre Max Brod;

3.    Kafka era un hombre común por vilipendiado y, además, tímido;

4.    Extiendo la tesis de que Max Brod se inspiró en el rostro angustiado de su amigo para modelar la obra;

5.    Tengo en mi poder pruebas contundentes. Brod era agradecido, modesto y fraternal, y encima recursivo;

6.    ¿Por qué montaría Brod la historia del amigo escritor que antes de morir le pide que incinere su obra, cosa que él, según nos ha sugerido, desoyó por hacerle un favor a la humanidad, a la cultura literaria? He aquí la respuesta: Brod como ya lo he explicado en otra parte, era un tipo sumamente modesto, además solidario y sin ambiciones personales. A este espíritu desinteresado se añade lo crucial: Brod no imaginó como debiera –más bien subestimó– las consecuencias culturales de este hecho;

7.    Siguiendo el orden del plan, Brod promocionaría (nadie mejor que él) la obra de su amigo. Incluso vemos cuánto hizo para figurar como su crítico de cabecera. Y eso que la obra aún permanecía inédita;

8.    Si un tal Max Brod sostiene que la obra de su amigo, un tal Franz Kafka, es una obra extraordinaria, tienes que pensarlo dos veces;

9.    A Brod, el primer kafkiano de quien se tiene noticia, le interesaba antes que su nombre, la consagración de su obra. Muerto el amigo, no tendría que soportar él mismo el peso miserable de la fama. Por eso hizo que Kafka ordenara la incineración de sus escritos, cuando ya presentía la edición de esos mismos escritos, consignando la autoría de lo supuestamente incinerable a favor de su amigo, en vez de inscribir su propio nombre;

10. Pero Brod no advirtió a tiempo que su magistral montaje terminaría conquistando por legión a millones de lectores lastimeros y escandalosos, los cuales se apiadarían “ipso-facto” de ese hombre marginal, proscrito de nuestras sociedades y civilmente conocido como Franz Kafka. Estos lectores, una masa impresionante, se pelean hoy por leer o hablar en las cafeterías sobre las tribulaciones del ciudadano checo y encima organizan clubes kafkianos expresando su deseo de una convención mundial en desagravio del autor (?) de la Metamorfosis;

11. El asunto se complica más en perjuicio de Brod, pues el público idolatra la obra del autor de los absurdos, y de paso se interesa por su gran amigo y confidente Max Brod, que es elevado a la categoría de filántropo literario de todos los tiempos. A Franz Kafka, sigue invariablemente el nombre del amigo; como una sombra de su propia sombra. De este modo, Brod sufre la condena de la fama universal;

12. Para mejor salud de la ciencia literaria, y kafkiana en particular, sugiero que en adelante se hable en términos de obra kafkiana, es mejor, pues hablar de la obra del ciudadano Franz Kafka, conlleva el riesgo de las imprecisiones que la honorable crítica impugna;

13. Lamento afirmar estas verdades. No me inquieta el odio que atraeré de los ortodoxos. Franz Kafka es un advenedizo, providencial, en el mundo de Gregorio Samsa, del tolerante K, de Felice, de Milena y familia. Lo cierto es que la atmósfera original kafkiana envolvió tremendamente a Brod, lo trastornó con violencia inusitada. Para cerciorarse de ello, recomiendo a los Honorables Presidente y Vicepresidente de la Fundación, que al convocarse la reunión del cuerpo directivo Pre-Asamblea general, en mayo próximo, contemplen en primer lugar la creación de una beca destinada a la investigación biográfica del renombrado escritor Max Brod.

Atentamente,

Su Modesto Servidor, Ex-Becario y Postulante Titular para investigar la vida de los grandes autores.

 

“P.D. Los mil dólares mensuales ya no alcanzan como hace 20 años. Mis hijos Franz y Max me piden una bicicleta. Mi esposa sueña conociendo la vieja Europa”.

 

Publicado originalmente en El Arte periódico cultural de Cali, Año 2, No. 14, enero de 1988.

 


JAMES BARBOSA

 
Llevo dos días sin dormir y si me preguntan por qué se los voy a contar con pelos y señales. Trataré de ser lo más explícito posible para ilustrar al lector de una manera sucinta las circunstancias que atañen a la causa de mi insomnio. Algunos creerán seguramente que lo que les voy a contar es sólo la imaginación desbordante y fantasiosa de un mitómano que disfruta de la mentira, pero prefiero correr ese riesgo antes de seguir guardando para mí la inverosimilitud de lo que ahora está sucediendo en realidad, para que si algo llega a pasar se conozca la verdad de los hechos. Comenzaré diciéndoles que convivo con un vándalo en casa y se corre el peligro de un desenlace fatal en cualquier momento, a juzgar por las circunstancias en que se vienen desenvolviendo las acciones. En días pasados y debido a que me negué a cocinar cansado de hacerlo durante toda la semana, el que antes fuera mi más entrañable y adorado hermano explotó en un ataque de histeria que culminó en el rompimiento de casi la totalidad de los platos y pocillos de porcelana antigua que había heredado de mi abuela y arremetió con furia despiadada contra todos los recipientes que se hallaban en la cocina. No puedo desconocer de ninguna manera que tales comportamientos descabellados son la acumulación de muchos años de rabia contenida, liberados quizá según me lo han contado algunas personas del barrio por el uso indiscriminado de alguna especie de barbitúrico.

- Póngale cuidado a Gustavo, don Germán - me dijo en una ocasión doña Carmelita, la señora que vende chance en la esquina del parque.

- ¿Por qué? - increpé de inmediato en esa ocasión con cierto sobresalto suscitado por la sorpresa.

Me parece que anda en malos pasos - y me pasó el papelito sellado con el número de siempre con el cual nunca había ganado y me miró como esperando una inmediata respuesta. "Con todas" decía en letras grandes y desordenadas en la parte de arriba. Me eché el papel al bolsillo y me retiré del lugar sin dar crédito al asunto debido a la fama de vieja bochinchera que tenía la señora en mención.

En otra oportunidad había sido careloco, un muchacho vicioso al que casi siempre "le daba la liga" y me comentaba sin preámbulo algunas situaciones esporádicas y sucesos que ocurrían en el vecindario.

- Pilas con Gustavo -advirtió para añadir luego -parece que le está pegando a las piolas.

- Déjeme sano -solicitó cuando me retiraba.

Lo cierto es que no quise darle crédito a dichas versiones hasta que mi hermano empezó a mostrar los comportamientos señalados anteriormente y los que continuaré describiendo a continuación.

- La segunda manifestación violenta se generó al no encontrar una camisa para ponerse debido a que esa semana la señora que lavaba en la casa no pudo asistirnos porque tenía el hijo menor enfermo. -Ya ni siquiera la ropa la manda a lavar este perro! -dijo mientras rebrujaba en el Closet. Esa expresión insultante fue proferida con énfasis en las dos últimas sílabas por la boca de mi hermano para acentuar, como si no fuera suficiente con la simple palabra pronunciada en forma plana, la magnitud de tal ofensa. Me quedé perplejo debido a que jamás en el tiempo que llevábamos conviviendo juntos me había tratado en similar forma y si por alguna razón se encontraba disgustado, se limitaba a fruncir el ceño o a guardar silencio. Optó por salir con la misma indumentaria del día anterior, no sin antes dar un portazo tan fuerte que sacudió sin misericordia las ventanas e hizo temblar un poco la vieja estructura de la casa.

Otro día, después de un periodo de calma relativamente prolongado, me sorprendió con un acto coprológico sin precedentes en la historia de la familia. En esa ocasión llegué como lo hacía habitualmente a tempranas horas de la noche y al abrir la puerta de la calle, el desagradable olor a estiércol humano en la sala provocó en los orígenes de mi estómago la terrible sensación de devolver al exterior el alimento del día. Pulsé el interruptor para buscar en la luz el motivo de la desazón y mi vista se topó con la plasta descomunal que el desgraciado de mi hermano había dejado enrolletada cual serpiente venenosa, justo en medio de la sala. No logré controlar como las veces anteriores mi emotividad y las lágrimas aparecieron empujadas por un sentimiento infinito de rabia y de impotencia. Maldito!- exclamé entre dientes y me dispuse a apaciguar el alterado ambiente de la casa después de haber arrojado entre el corredor y el excusado el desayuno y el almuerzo de ese día. No volvimos a cruzar palabra a partir de ese incidente, no volví -como es lógico- a hacerme cargo de sus gastos, hecho que provocó un desarrollo acelerado de la cleptomanía doméstica para solventar sus requerimientos cada vez más urgentes por la solicitud orgánica de la droga.

Luego fueron los reclamos continuos y despiadados por no se qué desgracia personal relacionada con el despilfarro de su herencia y los improperios de rigor acicateados por el calor de la disputa de aquel espacio otrora agradable y pacífico.

Cuando Gustavo recibió a entera satisfacción los veinte millones de pesos producto de mis ahorros durante muchos años de trabajo, se dedicó con desmesura a los bacanales de amigos y de putas que muy pronto dieron al traste con esa exigua pero a la vez significativa fortuna.

Se le oía llegar borracho, de madrugada, acompañado de alguna hembra entonando las canciones que se escuchaban por doquier en las discotecas de turno. "Con la misma frialdad que tu me das que me hace de ansiedad estremecer voy a darle a este infierno soledad con la brisa glaciar en casa amanecer". Jamás me interpuse entre sus borracheras aunque con su comportamiento relativamente tranquilo alterara de alguna manera mis sueños y me limité a decirle al día siguiente y en muy contadas ocasiones, que invirtiera su dinero en algún terreno o que depositara cierta cantidad a término fijo. Pero si bien nunca me recriminó por tales consejos, lo cierto es que hizo caso omiso y la mayoría de las veces se limitó a sonreír antes de exclamar ¡Dejéme vivir la vida hermanito! -y afirmaba después-:¡Vida no hay sino una! Hasta que se quedó sin un peso y me vi abocado a mantenerlo aun a costa de su adicción y sus desmanes hasta su cagada descomunal y le cambié la clave a la puerta de acceso. Hecho que lo obligó a escalar diariamente hasta el techo para descolgarse al interior por el patio trasero de la casa. Esta determinación aunque si bien es cierto le contribuyó al desarrollo de la habilidad para saltar, colgarse y sostenerse en los resquicios más inverosímiles y un instinto arácnido para saltar obstáculos con facilidad sorprendente -que le ha procurado el sustento durante los últimos meses- también provocó en mi hermano un odio que continúa alimentando sin que yo haya podido hacer nada para detenerlo.

Primero fueron las demandas ante la inspección de policía del barrio y las remisiones ante la comisaria de familia con los interrogatorios pertinentes y los innecesarios compromisos de conciliación.

-Que diga el señor Gustavo... si es cierto que el día 3 del año en curso hizo su deposición en la sala de la casa que comparte con su hermano el señor Germán.

-Que diga el señor Germán a qué hora exactamente se dio cuenta que su hermano al parecer había realizado sus necesidades fisiológicas en mitad de la sala.

-Que diga qué hechos o circunstancias le hicieron sospechar que la deposición encontrada en la sala de su casa era de características iguales a la del estiércol humano.

Hasta que me cansé de tanta parafernalia y opté por hacer caso omiso a su comportamiento oprobioso, procurando eso sí, no dar papaya con mis pertenencias y tomando medidas extremas de seguridad para defenderme de un posible ataque a mansalva en el interior de la casa, pues mi amigo careloco ya me había advertido.

- ¡No le vaya a dar la guayaba! ¡Don Gérmán, que el man anda por ahí diciendo que lo va a tumbar, déjeme sano! Entonces la emprendió contra doña Clemencia, -la señora que lavaba en la casa -porque se interpuso en el momento que descolgaba parte de la ropa que se hallaba secando en el alambre.

-¡No, Don Gustavo, pá usté llevársele esa ropa a don Germán, primero tiene que pasar por encima de mi!

-¡Pues pasó por encima de usted o de cualquier gurrupleta que se me atraviese! -le gritó antes de encenderla a un tren de pata que la dejó en primera instancia en la puerta de la sala y después en la cama durante varios días.

Ese acto aleve y vandálico fue la copa que rebosó el vaso y me decidí a darle su merecido de una vez por todas buscándolo hasta encontrarlo soplándose el producto de la venta de media docena de camisas y cuatro pantalones que le había feriado al mejor postor.

Sin mediar palabra y embrutecido por la ira acometí contra su humanidad con un palo que me había procurado con antelación para tal fin, logrando irónicamente golpearlo de soslayo y corretearlo unos cincuenta metros.

Como era de preverse este ataque inesperado contribuyó a incrementar el odio que ahora se reproduce por partes iguales y nos prepara para un fatídico desenlace que se puede presentar en cualquier momento ya que varios de mis vecinos me han comentado que anda por ahí merodeando sobre el techo de la casa con un revólver Smith and Wesson calibre 38.

 


Guillermo Salazar

LA JARDINERA

 

Con un coqueto movimiento de cabeza se quitó varios cabellos que impedían a sus ojos contemplar la soleada mañana de aquel lunes primaveral. Los guantes de jardinería le impidieron hacerlo con las manos, y el olor penetrante de las flores la hizo suspirar. Estaba agachada, casi sentada sobre sus talones, quitando las impertinentes yerbas que crecían alrededor de las flores.

    Pasaba poca gente porque preferían caminar por la Avenida Paralela, una cuadra más arriba del sitio donde la jardinera abonaba y conversaba con las flores. El amplio jardín, con un prado de intenso verde, bien cortado, y senderos certeramente delimitados, permitía caminar libremente sin pisar las numerosas flores que, según el momento, estaban al cuidado de aquella mujer. Parecía entregada a su labor, ajena a los caminantes y a la vida. A su lado había una canasta de mimbre con utensilios de jardín, bolsas de fertilizantes y una botella de agua.

     La casa del jardín era imponente, cubría media manzana del barrio Versalles, gran parte de la calle y varios metros de la carrera, de tal manera que casi toda su extensión permanecía rodeada de flores. Las cuatro columnas de mármol blanco, con vetas rosadas, sostenían el techo de la entrada que cubrían el pasillo de acceso a la enorme doble puerta de madera brillante, adornada con diez cuadrados de cedro enmarcados en pulidos palos también de  madera, que le daban distinción y elegancia. La puerta principal de la casa parecía de película. Al lado derecho de ella se aprecia una ventana con varios vidrios, incrustados sobre cuadrados iguales de madera, y un pequeño balcón que hace añorar las serenatas de enamorados. A continuación hay una puerta grande, igualmente de madera fina, que sirve de parqueadero a varios carros. Al lado izquierdo de la entrada, una ventana de vidrio y madera con un balcón más grande permiten imaginar que se trata de la pieza principal, dónde seguramente duermen los dueños. Se observan varias sillas, mesas y un parasol blanco, utilizado para atender invitados, sentarse a descansar, a tomar un buen vino, mientras se admira el atardecer, o a leer. En varias ocasiones los transeúntes habían visto doblado sobre la mesa el periódico del día y, en otras, a diferentes personas tomando café, vigilantes, o hablando desprevenidamente. Las barandas que protegen ambos balcones parecían fabricadas en el taller de carpintería de San José, medían 0.50 de altura con barrotes en cedro negro, entre ellas, sobre las cuales se sentaban irreverentemente los jóvenes. A continuación de este balcón, al voltear a la izquierda, en la esquina, el  jardín se prolonga por la calle hasta chocar con la siguiente casa. Protegida por un pequeño muro de 0.50 metros y una reja de hierro de 1.50 metros de alta, la casa parece una gigantesca jaula prisión de las flores y la jardinera. En este lado del jardín se pueden apreciar cuatro ventanales de vidrio y madera, seguramente son los cuartos de huéspedes, empotrados en enormes paredes de mármol rosado, y sobre ellas se erige el techo con tejas de barro. Colgadas de las vigas que sostienen el techo se ven, cada dos metros, materas con diversas matas siempre florecidas: anturios, begonias, chefleras, novios, garzas, josefinas, orquídeas… Seis árboles frutales sembrados equidistantemente, naranjo, guayabo, mandarino, limón, mango y banano, le brindan sombra natural a las flores. El camino de acceso a la casa, entre la puerta de hierro y la de madera, está formado por un lindo laberinto de guaduales que bailan entrelazados, arrullados por el viento de las tardes manizaleñas. El color predominante del mármol hizo que los habitantes del barrio Colombia la llamaran “Casa Rosada”. Pasaban cerca a la casa los vecinos que iban a rezar en la iglesia “Los Corazonistas”, a ocho cuadras del barrio, los que caminaban al estadio “Palogrande” a gozar o sufrir con el Cristal Caldas y los estudiantes que querían acortar el camino yendo y viniendo de la Universidad de Caldas o de la Normal Nacional. Algunas parejas la visitaban los fines de semana con el propósito de soñar con su casa propia y ganar la lotería para organizar un jardín igual.

     –¿La jardinera vivirá en esta casa? –se preguntó Florencio Arbeláez–, ¿en cuál cuarto dormirá?

    Florencio Arbeláez, un aplicado estudiante de la Normal Nacional, iniciaba su primer quimestre  de aprendiz de maestro en la escuela Anexa, aquel lunes en que estuvo con la jardinera, aunque ya se había impresionado por el esmero puesto a la labor de cuidar las flores, le parecía una maestra de preescolar atendiendo a los párvulos cada qué la veía de paso a estudiar o de regreso a casa. De contextura delgada, medía 1:66 metros, blanco, ojos pardos claros y pelo negro sedoso abundante. Además de estudiar, pertenecía a la selección de fútbol de la Normal y pasaba los ratos libres jugando con sus amigos en la cancha “El Campín” y en el cementerio “San Esteban”, espacios propios del barrio manizalita. Qué bien recordaba aquel día en que la vio por primera vez entregada a su labor. Tenía puesta una blusa blanca con adornos florales que le venían muy bien con las rosas rojas del jardín y un pantalón negro de dril perfectamente ajustado a sus contorneadas piernas. Tenía un sombrero de fieltro blanco, aguadeño tal vez, que resaltaban sus pobladas cejas negras sin pintar y sus labios rojos, usado para tapar el sol quemante de las 8:00 AM. “Por su porte, la jardinera no es una empleada, definitivamente vive en la casa”, pensó. Llevaba una hora parado en la esquina de la “Casa Rosada” inquieto con aquella perfecta figura entregada a acariciar las flores, sabía que les hablaba pero no qué decía. ¡Estoy retrasado, me perdí la clase de pedagogía –pensó–,  gané en clase de jardinería!

     Así fue que empezó por perder la primera del día, programándose para no faltar a la clase. Salía de su casa antes de las 7:00 AM para apreciar a la jardinera, que se acomodaba con su canastilla de mimbre e iniciaba puntualmente su labor como si nadie existiera, sin darse cuenta de los ojos que agradecían verla cada mañana y sin apreciar cuánto daría por saber, al menos, su nombre, no sobre su vida, porque las diferencias sociales eran tan grandes, que resultaba imposible para alguien del barrio Colombia ser amigo de una joven del barrio Versalles. Recordaba cómo lucía el sombrero o una cachucha, según estaba vestida; las blusas rojas, negras, blancas o amarillas según el sitio del jardín escogido con rosas, anturios, margaritas o san joaquinos. No era real, parecía un cuadro pintado por Renoir en su taller de París a fines de 1980.

    Se le estaba complicando su estado de ánimo, sin embargo continuó visitándola para verla de cerca cuando pasaba por la acera, donde la veía entregada a su tarea, y para admirarla de lejos, parado en el esquina. Con los días, desde el balcón grande, se sintió vigilado por un hombre musculoso vestido de blanco, igual que un enfermero de hospital, entonces abría uno de sus cuadernos para simular leer o para cubrir el temor de verse preguntado. La turbación se transformó en inquietud el día en que pasó cerca del jardín, como de costumbre, quizás un poco más despacio, y ella miraba sin interés la rosa. Se quitó el guante, y sacó por la alambrada su blanca mano con una hermosa rosa amarilla.

     –¡Toma! –dijo sin levantar la cara.            

     –Gracias –respondió–, las rosas amarillas son…No terminó porque la jardinera volvió a su tarea, sin intención de escuchar nada, menos de hablar con un desconocido. Ni siquiera pudo ver su cara, el sombrero alón la cubría totalmente.

     Florencio Arbeláez no habló más, siguió su camino a la Normal acariciando la rosa, la alzó hasta su nariz, aspiró su aroma, la bajó a la boca, y la besó. “Las rosas amarillas son augurio de buena suerte”, dijo. Antes de seguir al salón de clase quitó un pétalo a la rosa y lo guardó entre uno de sus cuadernos, entró a la biblioteca y la depositó en el florero del escritorio de la bibliotecaria.

     A la semana siguiente, la inquietud alcanzó ribetes de trastorno porque su corazón aceleraba el paso cuando ya casi llegaba a la “Casa Rosada”. Lo sentía latir frenéticamente de alegría cuando la veía entregada a su labor o decepcionado cuando no la veía en el jardín. Esta vez tuvo la suerte de sentir su mano suave, tierna y fina. No la encontró en el sitio acostumbrado del jardín, estaba tratando de abrir la puerta de hierro de la entrada principal. Extrañó su actitud de desespero e intentó ayudarla, pero el candado cerrado, sujeto a una cadena, no lo permitió. La jardinera tendió la mano con una rosa. La retiró apurada y pasó la rosa a la otra mano.

      –¿Puedo tocar su cara? –dijo, sin levantar la cabeza. Inmediatamente sacó su mano y le acarició suavemente el lado izquierdo–. ¿Cómo te llamas?

      –Florencioo –tartamudeo–, Florencio Arbeláez.

      –Deberías llamarte Sol –extendió la mano con la rosa roja y se la entregó.

     Una joven vestida de uniforme blanco llegó apresurada, sujetó apaciblemente a la jardinera por sus brazos y se la llevó delicada pero rápidamente. Florencio Arbeláez quedó paralizado momentáneamente, miró la rosa roja y se sorprendió por la mancha que decoloró uno de sus pétalos. ¡Es una lágrima, mi jardinera lloró!, dijo y quedó pensativo.

      –¿Será ciega? –se preguntó–, ¿por qué estará triste?

      Cuando entraba a la clase de música se encontró en la puerta del salón con el cuerpo gordo y grande de su compañero Carlos Cartagena. Dos brazos largos y velludos lo detuvieron.

      –¿Qué pasa, hermano? –dijo sonriente–, este Florencio parece en otro mundo.

      –¿Usted tiene una hermana? –preguntó indeciso.

      –Claro. Es enfermera y trabaja con el doctor Adolfo González –miró extrañado–, la casa queda en el barrio Versalles.

      Desde ese momento Florencio Arbeláez resultó agarrado al recuerdo de la jardinera. La veía por todas partes, en los libros que leía o en la música que escuchaba, las nubes formaban su figura, por equivocación decía jardinera a las amigas del barrio, hasta le ofrecía los goles que metía en los partidos. Leyó con avidez los libros de poesía guardados en la pequeña biblioteca de su casa para encontrarla en los poemas, y se permitió escribirle unos versos ingenuos, con los cuales deseaba expresar su sentimiento desaforado: El amor es/ como la ola/ llega y…/ se va/ en lento/y constante/tormento…Su vida inició un tránsito por el desorden con que trastocó la rutina. Olvidaba los libros en la mesa del comedor, perdió el gusto por la comida y cuando probaba bocado, no regresaba los platos a la cocina. Su madre tenía que llamarlo para que tendiera su cama y para  advertirle lavar los calzoncillos. Lo que más quería, sus zapatos de fútbol, no los volvió a lustrar. Sus amigos del barrio Colombia notaban sus idas inoportunas, a horas de la noche impensadas, y cuando regresaba, se le notaba callado y triste.

      –Hace un año que trabajo con el doctor González –dijo Marina Cartagena.

      –Entonces la jardinera es la esposa del doctor –dijo sorprendido Florencio Arbeláez.

     Marina Cartagena le informó que la jardinera se casó hace dos años, apenas tenía 15 años, y no había terminado sus estudios en el Colegio “Los Ángeles”. Asistió a una cita médica y el doctor González solo descansó cuando logró hacerla su esposa. Invitaciones a los mejores restaurantes, regalos femeninos de toda clase inundaron muy pronto el closet de su amada y los ruegos expresados por las continuas serenatas, con los mejores tríos y duetos de Manizales, la hacían temblar de emoción. Pero lo que más influyó en la decisión de casarse, sin graduarse en el colegio, fueron las lágrimas de su madre. Todas las noches después del rosario, con letanías dirigidas a los apóstoles y a los santos, especialmente a San Antonio, devoto de las casamenteras, le recordaba el afecto del doctor González, y le hacía jurar sobre el amor que era necesario corresponder. Entonces, con los ojos inundados, decía “gracias mija, Dios la bendijo”, secándose las lágrimas con el delantal, “el doctor González es un santo varón”.

      Al comienzo todo era felicidad plena. Pero el arduo trabajo, las demoras por las intervenciones quirúrgicas en distintas clínicas de Manizales, Pereira y Armenia, y las constantes participaciones en congresos médicos nacionales e internacionales de su esposo la fueron convirtiendo, poco a poco, en una errante solitaria. Un ahogado resentimiento contra su vida se despertó en lo profundo de su ser y poco hablaba con su madre. Cada vez más se refugiaba en su pena, la lectura y el alcohol fueron sus compañeros inseparables, abandonó sus amigas de colegio y nunca volvió a las reuniones sociales ni a  las citas de las damas de la beneficencia de los pobres a la cual la afilió su esposo para “que no se aburriera sola”. Al comienzo la encontraba dormida, sentada en la poltrona de la sala o en el escritorio de la biblioteca, con un vaso de whisky vacío; después sobre la alfombra o en el comedor, con la botella de vodka o vino rota y los pedazos del vaso o de la copa desperdigados por el suelo, junto a un libro abierto. De nada sirvieron los tratamientos particulares de su esposo, tampoco de sus colegas, ni siquiera los desapacibles días en la clínica siquiátrica. Recibió medicamentos y tomas para todos los males, menos para la soledad de su corazón. Trató de encontrar consuelo en los cocteles preparados de acuerdo con un libro encontrado en la biblioteca, y después inventados por ella, pero cada vez se ahogaba más en su soledad. Una noche fría, hace diez meses, mezcló varias pastas recetadas para la depresión y el insomnio con ron, vodka, whisky y ginebra, y casi se muere, ¡se salvó de milagro! Una vez repuesta del incidente, sólo es feliz con las flores. Habla poco, lo necesario con algunas personas,  y a su madre ni le responde el saludo. Su confesor son las flores, rompió el corazón para expresarles los sentimientos y deseos, al tiempo que abre sus pétalos; les habla llorando su desventura, mientras las remoja. Desde hace varios días la palabra que más repite es Sol, cuando desea estar en el jardín, y es feliz regalando flores a los niños que se cruzan por la calle.

      El doctor González mantiene viva la esperanza de verla como antes. Noche tras noche le habla, la consciente, le ruega, la acaricia y ella como si nada. Si están juntos en la cama, voltea el cuerpo para la pared sin remordimiento por los ruegos de su esposo y menos por su angustia; si se queda sola en el estudio, allí amanece dormida abrazada a sus pesadillas. Parece que hubiera muerto para la vida terrenal, está viva porque sale al jardín. Una junta de los mejores neurólogos y siquiatras de Manizales han dictaminado que una experiencia emocional fuerte puede servirle para volver del laberinto en que se metió el cerebro. Si su cerebro enfrenta una situación interna nueva como consecuencia de sentir sensaciones agradables externas, le podría servir más que los medicamentos.

      –¿Entonces es un caso perdido para la ciencia? –preguntó Florencio Arbeláez.

      –Todo es posible. Tengo mi teoría femenina  –dijo Marina Cartagena–. Creo que si se enamora de otro hombre…sale adelante…Verá la luz de nuevo.

      Florencio Arbeláez comenzó a imaginar lo que podría hacer por la jardinera y ella por él. La teoría de la enfermera lo convenció y su corazón aceptó vivir para sacarla de la oscuridad. Hizo más frecuentes sus visitas a la “Casa Rosada”, de día para contemplarla entregada a su faena, y de noche para tratar de verla. Mientras ella cuidaba las flores, Florencio Arbeláez pasaba por el andén de arriba abajo, llegaba a la esquina y volvía sobre sus pasos, hasta cuando creía que la jardinera lo advertía. Sólo en ese momento su corazón regresaba a la normalidad. De noche esperaba que las luces se apagaran; en contadas ocasiones vio su tierna silueta reflejada por la tenue luz de una lámpara y se estremecía de pensar que parecía un alma en pena. Casi siempre regresaba a su casa al amanecer.

      –Hoy es mi primer día de práctica docente –pensó Florencio Arbeláez–. Si la veo seré más feliz.

     Efectivamente, allí estaba la jardinera, tratando de abrir la puerta de hierro. Observó que no tenía candado y cuando llegó hasta ella, la jardinera la abrió con facilidad. Sonriente y como si lo conociera de toda la vida:

      –¡Hola Sol, has venido por mí!

      –Voy a la Normal… –Florencio Arbeláez quedó mudo y paralizado. Se encontró con unos ojos avellanas que decoraban una hermosa cara–. Es usted la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

      –Gracias –respondió la jardinera–, ¿puedo?

      Lo tomó por el brazo con ambas manos, lo miró largamente con dulzura y suspiró, invitándolo a seguir adelante:

      –¿Puedes llevarme a tu casa?

      –No sé…estoy… voy para…

       Florencio Arbeláez no supo cuánto caminaron sin hablar, feliz de sentirla aferrada a su brazo. De pronto oyó a sus espaldas pasos rápidos y voces apuradas. Sintió una tenaza que lo sujetó fuertemente por el cuello, y otra que llevó su mano izquierda hasta la espalda. Observó  que otras manos levantaron a la jardinera y se la llevaron hasta un lujoso carro. Le hubiera gustado defenderse o luchar, pero no tuvo el coraje de hablar siquiera. Se quedó tieso y cuando aquel grandulón lo soltó, caminó lentamente por el lado soleado de la calle, pensando en la efímera fortuna que vivió al lado de aquella bella joven. Cuando vio por la ventanilla del carro que le decía adiós con la mano, una lágrima rodó por la mejilla que, días antes, la jardinera le había acariciado.

 


Lázaro Montealegre

y otros textos

 

Prólogo RICARDO TASCÓN

 

Abismado lector, está usted ante 30 relatos agrupados en el título genérico: La atracción del abismo, y es posible que por el mismo título, pase de largo y con indiferencia ante el libro, o se detenga por curiosidad a fatigar sus páginas.

Particularmente creo que dejarse atraer por el título, requiere de una muy buena relación con la literatura, que se expresa en no preguntarse quién es el autor. Muchos se acercan a una obra literaria por el nombre afamado del autor y la compran a ciegas. Bueno, aquí, con esta obra, se trata de acercarnos a ella con criterios para discriminar, para seleccionar, para encontrar méritos y respuestas a preguntas sobre el quehacer literario. Sin embargo, no pretendo quitar al lector el placer de acertar o no, en la búsqueda de su propia y auténtica relación con el universo referencial que ocupa la escritura de Lázaro Montealegre.

Quizás por una cierta presunción profesional y, por qué no, pedagógica, practico detenerme en los títulos y, desde allí, comenzar a construir asociaciones libres de sentido, que vayan prefigurando los posibles escenarios temáticos que subyacen en la obra. Armado de esa argucia, comencé a leer y leí los 30 relatos. Rápidamente descubrí la apasionada construcción que de la anécdota se desarrolla en los textos. Y me pregunto por la sensibilidad que hay que desplegar para lograr trascender las numerosas anécdotas que en la cotidianidad nos fatigan, y destacar en ellas y de ellas algo literario y cognitivo, que las haga perdurables, transformándolas, más allá de su estrecho e intrascendente marco. Desde luego que en ese proceso está implicada la memoria sensorial del escritor, siendo ésta la que le permite captar todo lo humano que fluye y trasciende en su entorno vital.

Se nota que para Lázaro, nada de lo humano le es ajeno, y con esa apertura sensorial captura lo que a su inquieto espíritu de observador exhaustivo, quizás ello explique su estrecha relación con la música, le sirve para desplayar una capacidad consecuente en conservar la materia bruta y prima de aquello que original e inicialmente lo atrajo.

Así por ejemplo, todos los títulos son el resultado de conservar y seleccionar, en función de la permanencia, aquello espontáneo, original, placentero o displacentero que sucedió o le sucedió o que sencillamente así imaginó.

Por este camino vamos decantando el encuentro con una matería muy especial que persiste en el subfondo de la escritura de Lázaro, y es que además de dejarse atraer por algo, ya sea una "extraña señal" o por "dos ranas" o por "el hilo del amor"; él mismo nos la dice en el titulo de uno de los relatos, que además sirve a todo el libro y es "la atracción del abismo".

Así, observo que persiste, a lo largo de su trabajo, cierta refinada atracción por lo profundo, por la caída, por lo insondable de la condición humana, por el peligro de caer en el abismo de lo desconocido, presente en cada encuentro, en la aventura de cada día, en cada libro, en cada borrachera.

Quizás lo anterior nos ayude a explicarnos un poco la timidez de Lázaro en sus relaciones personales y en su silencio accionar citadino; escenario del cual parece que desapareciera y sin embargo ocupa, sin dejarse ver, para no caer con el caído o sí cae, poder levantarse nuevamente a ocuparse de y con otros caídos, sin hacer ostentación de solidario. Y es esta la materia que apunto, y que se esconde y subyace en ese abismo que le seduce: la sólida solidaridad, nacida de lo conocido, guardado en ese sótano de la inteligencia que es el olvido, y de la superación o vencimiento del mismo, para convertirse en palabra fresca y amiga "en el borde de la eternidad".

Exactamente, una vez el escritor, el poeta, logra vencer el olvido, logra hacer hablar al silencio: su voz, su palabra, inicia el tránsito hacia el borde de la eternidad, por los efectos significativos que aporta.

De otro lado, pude constatar que en estos textos, no se asoma la más mínima intensión de proyectar en nosotros los lectores, la pretensión de universalizar lo particular, lo anecdótico. Si bien, se parte de lo particular con rumbo a lo general, este camino será recorrido por cada lector, según su libertad y no por norma alguna explícita del escritor, ni de ninguno de sus relatos. Es una escritura que se mueve en esa zona de frontera: de lo parroquial a lo general, sin olvidar lo particular de la aldea, seleccionando de ello lo que artísticamente y según la celosa y cultivada estética de Lázaro, amerite énfasis, por algo ha sido tallerista literario, para volver  a lo original, cualitativamente trasformando en una obra de apreciación estética. Una estética que toma inconfundiblemente posición por la esperanza y la vida, en el aquí y en el ahora de nuestro momento cultural.

Leer los relatos de "La atracción al abismo" es llenarse de razones en cuanto a la validez del proyecto humano. La reivindicación del nacimiento de valores éticos y estéticos nuevos en nuestra diversidad cultural, signada por el fracaso y el desastre, es suficiente razón para aceptar la invitación del escritor a dejarnos atraer por el abismo, pues allí está el renacimiento de nuestra cultura.

En un lenguaje sencillo, como si el autor tuviese la necesidad de dirigirse a vastos audífonos, rechazando toda gran retórica y luchando por despojarse de ecos religiosos y filosóficos, su escritura pretende ser compatible con y en un mundo pluricultural y heterogéneo. Para evaluar si lo logra, tiene usted la palabra, ocupado lector.

No soy del criterio de sobredimensionar el sentido plural y los alcances de este trabajo literario, precisamente por respeto al escritor amigo y, por reconocimiento, a su arduo trabajo de escritura, realizado en los talleres literarios en que participó. Sin embargo, sí es oportuno destacar que este trabajo es un producto cultural colectivo, donde hay múltiples aportes que Lázaro ha sabido conservar y transformar en aportes propios y originales.

Por eso, ahora, puede agradecer orgulloso a las oficinas gubernamentales con sus presupuestos estatales que nunca lo hayan tenido en cuenta. Gracias por su indiferencia, señores gobiernos, y ya Lázaro ha conocido muchos, porque con ello hicieron posible una obra total y auténticamente nuestra.

Finalmente, si hay algo que caracteriza con mayor énfasis y patetismo nuestro tiempo, fin de siglo, es la obsesiva búsqueda y reafirmación de la identidad. La obra de Lázaro Montealegre precisa en la identidad para que cada uno de sus lectores la descubra en sí mismo, como algo procesado en su más profundo interior, larvada en su cuerpo escindido como algo que le es propio y a lo cual se le profesa lealtad y fidelidad, configurando un "círculo virtuoso" entre el individuo y la sociedad.

Gracias Lázaro por permitirnos ir y caer en el abismo, lo anterior, su umbral es mediocre y sólo cayendo podemos levantarnos.

 

Cali, febrero de 1999.

 


La atracción del abismo

 

No supo el viejo Leo en qué momento apareció el carnero negro frente a las talanqueras de su granja. Por largas horas el rebaño saltó en fila india su cerco onírico hasta que, perdido ya su rumbo, no pudo evitar que las ovejas chocasen unas con otras o que, alegres, no resistiesen la atracción del abismo.

Sediento y sudoroso, dejó la cama y se fue a su despacho. Se asomó a la ventana y su mirada insomne recorrió cada sombra, adivinando espantos, flores, ríos, tigrillos al acecho: vida y muerte en su feria bajo la noche cómplice. No divagaría en esta ocasión con los recuerdos de su esposa muerta ni con los de su hijo, quien a esta hora estaría comandando algún frente rebelde parapetado en la montaña. Volvió a pensar, en cambio, en lo que pasaría si por sólo una vez la oscuridad rechazara a la aurora y, respaldado por la fuerza de los fantasmas, un ataque masivo de grillos y cocuyos detuviese el avance del día.

Retornó de las sombras sin responderse nada y se acodó en su mesa de trabajo. De un solo trago apuró el ron con que solía «rociar» sus parrandas, fija su mirada en la vieja escopeta que lo llamaba desde la encorvadura del cacho de venado en el que la colgara desde cuando la caza se agotó en sus predios y bosques vecinos. “Tan solo y viejo como estoy -pensó-, ¿quién no dirá que fui tras mi rebaño?

 


La estrella y el juglar

a Omaira Sánchez, niña-símbolo de una tragedia

 

No hubo nunca una señal - hora, día, mes o año -que por efectos singulares anunciara su aparición. Sus salidas, a manera de despertador colectivo, sólo ocurrían cuando la gente empezaba a olvidar. ¿Olvidar qué? Supersticiones, chismes y presagios que molestan y no dejan vivir en paz. Sorprendía su figura flotante sobre el pico de la blanca montaña, semejante a una bola de humo lanzada desde la entraña del volcán. Pensativos algunos, miedosos y fascinados los demás, a la luz de la luna todos podían verlo en su vuelo rasante sobre las faldas del nevado, y casi adivinar el punto exacto en el que comenzaba a descender hasta perderse en la cuenca del río devorado por la oscuridad. Tal era la ruta de aquel globo extraño cuya presencia, no por esporádica menos tenebrosa, sumía a los habitantes de la ciudad y los pueblos vecinos en agoreras cavilaciones, despojándolos temporalmente de su frescura y buen humor, sal y salero de su trajín diario. Pues a pesar del tiempo transcurrido desde cuando ocurrieron los hechos que dieron origen a su aparición, por quién sabe qué oscuro impedimento su leyenda no había podido ser asimilada al código de ritos, señales y conjuros en los cuales se reconocían los espantos comunes y corrientes de la mitología tradicional. Al desaparecer, aunque quedasen voces temerosas, cesaba el augurio y el interrogante perdía su vigor. Los quehaceres volvían a su ritmo. Al placer incumbía taponar los limbos o ranuras del entendimiento por donde suele introducirse, inquisitivo y cauteloso, el virus de la reflexión. Los pocos que sabían que ese globo guardaba las cenizas de su pastor -vejado y torturado hasta la muerte cincuenta años atrás-, callaban. No era el momento de revelar hechos que lastimaran la pasión del lucro y frenasen de un soplo el celo delirante de la prosperidad.

Ya casi era de noche cuando, fatigado de capear la muerte en cada trocha -que bien podía venir de un guerrillero o de cualquier recluta rezagado- y de caminar horas y horas al amparo de los cafetales, Juglar se detuvo bajo el alero de un rancho abandonado, se quitó de encima los corotos que lo acompañaban y, sentado sobre un tronco que atravesaba el patio, se zafó las botas y echó un vistazo en derredor a fin de asegurarse de que nada tendría que temer si se decidía a pernoctar en aquel lugar. Los págaros, chillones, llegaban en bandadas a tomar posesión de los árboles. Al término del boscoso cangilón que descendía como un apéndice del cerro y se agotaba al llegar al poblado, vio un tendido de cumbreras de zinc y de tejas de barro, y al sol de los venados lucirse esplendoroso sobre los campanarios. Faltaba poco para oír los  grillos y ver a los cocuyos realizando piruetas de luz entre la hierba, antes de entrar al rancho y tenderse cual largo era sobre una esterilla de guadua. "Por hoy, basta". De almohada puso su mochila. Sobre la ruana dormiría su tiple andrajoso, costrado -como él- de caminos, polvo y serenata. A merced del silencio, el temor de morir como una paria se fue apaciguando. Recordó cantos de chapoleras, jóvenes vigorosas de faldas y corpiños en flor de corazón, esquivas, calentonas, risueñas, seducidas y amadas a la vera del sol.

En la noche profunda, allá abajo, la ciudad tolera sin pasión el desenfrenado comercio amoroso, tachado y convenido de antemano el maridaje del oro y la miseria. Si la montaña remueve su vientre y una avalancha pavorosa de piedra y de fango sepulta de un golpe pueblos y veredas, el hombre ignorará qué designio anticipó su muerte; cómo ha sido lanzado, entre miles de almas, a los reinos andróginos del cielo y el infierno, al tiempo en que la tierra sucumbe desolada ante el horror. Cuando el oráculo desaparezca, habrá todavía sombras, ecos y rumores de música y llanto que insistirán en detener la noche cuando ya el día ha apurado su paso. El globo negro se hundírá, de una vez para siempre, devorado por la oscuridad.

 


 

Pedro Orejuela

EL AMOR ES UN VIAJERO CONFIADO

 

A las cinco de la mañana, Victoria y Samuel estaban en lo más alto de la vereda, se dirigían al pueblo en la chiva, no había puesto dentro y las personas colgaban en las ventanas. Otras personas que esperaban en el camino prefirieron no subir, el motor parecía que explotaría en cualquier momento, dado el esfuerzo que hacia el vehículo para sobrepasar los huecos y las piedras puntudas que abundan en la carretera. Los campesinos del lugar, conocedores del problema de la vía, organizaban mingas para retirar piedras y tapar huecos, dado que el Estado sólo hacía presencia en época electoral. Las mingas terminaban en acaloradas discusiones políticas sin sentido, acompañadas de abundante licor.

Acaso la persecución asidua de causas perdidas y no la intriga me llevaron a cuestionarme sobre lo ocurrido a Victoria ese desafortunado trece de junio. Debo confesar con cierto temor que sólo ver a Victoria, una joven de cabellos claros en espiral que le caían por los hombros, me producía una sensación que hasta hora comienzo a comprender. La quería, es cierto, y supongo que ella me quiso. Victoria poseía una belleza indiscutible que casi arrastraba a los hombres a la locura, por tanto no culpo a Samuel por su proceder y tal vez él había enloquecido antes de casarse con ella no hace mucho tiempo. Si para Victoria la ilusión de haber encontrado el hombre de sus sueños era una ilusión, no se explicaba lo que le estaba pasando a su esposo ni el motivo, pues había cambiado drásticamente.

Mi amistad de infancia con Samuel estaba deteriorada desde el matrimonio, yo tenía prohibida la entrada a su casa, él también sospechaba de mí y yo no tenía una excusa para estar cerca de Victoria. Samuel se había convertido en un celoso enfermizo y su rostro descompuesto evidenciaba eso que los psicólogos consideran un caso de celotipia. “La última ocurrencia de Samuel es prohibirme bajar al pueblo y conversar con hombres”, me confesó Victoria la última vez que la vi. Mi amiga, la esposa de Samuel, no bajaba al pueblo hacía casi un año y había perdido el contacto con otros seres humanos al punto de olvidar sus intereses.

Sólo entonces me di cuenta que efectivamente Victoria y Samuel iban al pueblo en la chiva ese desafortunado trece de junio. ¿Qué era exactamente lo que iban a hacer al pueblo? Ese interrogante tozudo no me ha dejado dormir. Si ellos bajaban al pueblo era por un motivo bastante importante y yo quería saber cuál y a eso me dediqué durante estos últimos meses. El tiempo, el viaje que hice a Antioquia y las averiguaciones me han permitido confirmar mi hipótesis que ya es una tesis, la cual describo a continuación:

Carlos, el mejor amigo de Samuel, había logrado robar el corazón de Victoria ese día trece de junio. Victoria seguiría a Carlos a Bello, Antioquia, donde él había comprado una pequeña finca. Llegar al lugar era muy complicado pero el esfuerzo valía la pena. La finca contaba con unos inmejorables prados para forraje y árboles frutales que se convertían en la envidia de los vecinos. La finca era un lugar paradisiaco atravesado por un riachuelo de aguas cristalinas (ahora yo vivo aquí como tratando de quedarme con algo de Victoria).

En perspectiva, si hay que ver lo que pasó antes de la aventura por Bello, al llegar al pueblo de los huecos y peñascos y bajar de la chiva, Victoria le dirá a Samuel que estará de vuelta mientras él compra los granos y se toma unas cervezas con los amigos (este dato me lo confirmó Eugenio, que estaba en el bar esperándolo). Se verán de nuevo para regresar a casa en una hora, mientras Victoria lleva a Guillermina (su amiga de infancia) la mantequilla que le ha prometido y que ella hizo con esmero en su hogar. El propio Samuel contempla a Victoria batiendo pacientemente las natas de la leche que ha ordeñado a Fulgencia, la única vaca que tienen. Algo incómodo por la situación, Samuel ha dado a conocer su negativa, pero la insistencia de Victoria durante toda la semana consigue que se acostumbre a la idea (de tanto escucharlas, las palabras terminan conquistando la mente de una persona).

La ausencia de Victoria era sólo de una hora. Guillermina hacía mucho que no la veía y añoraba esos viejos tiempos en que se sentaban en la sala de la casa a saborear un delicioso café. Sembrado, recolectado, molido y colado por Guillermina, ese café sabía delicioso y le daba ánimos. Dado el temperamento violento de Samuel, era preciso idear un plan de fuga perfecto para poder salir al encuentro con Carlos, sin despertar sospechas. Poseedora de una mente brillante, Victoria pensaba en todos los detalles, el jeep Willis estaría esperando en la plaza principal, junto a los otros vehículos que transportan gente y mercancía, una vez lleno el jeep partiría, de pronto el motorista anunciaría la próxima parada y Carlos divisaría un jeep Willis polvoriento a lo lejos.

Victoria nunca llegó a casa de Guillermina y obtuvo una hora de ventaja sobre el celoso y compulsivo Samuel. Sin lugar a dudas, Victoria prefirió arriesgarlo todo a seguir un día más como prisionera en una casa de cristal. Carlos le dio todo lo que no había podido tener al lado de Samuel (a Carlos no lo he vuelto a ver y poco ayudó en mi investigación). Es de suponer que cuando la felicidad está a la vuelta de la esquina, el infortunio que reencarna en algo o alguien se interpone sin que se pueda hacer nada. En el caso del asunto amoroso que involucró a Victoria, Carlos y Samuel, en aquel fatídico trece de junio hizo su aparición la muerte, que vive con nosotros y es nuestra eterna compañía.

Eran las cinco de la mañana, el sol asomaba calentando la fría sabana, la chiva llevaba los frutos de la tierra, que serían vendidos en el pueblo. En la cuesta bastante estrecha el esfuerzo del motor era máximo y parecía que todos apretaban los dientes para que el aparato lograra sortear sin dificultad la empinada montaña. Pero el motor explotó varias veces y el humo negro del exosto emanó sin compasión acompañado de un ruido fuerte y seguido. Los inexpertos soldados del batallón de alta montaña que patrullaban la zona y habían relevado al anterior contingente, pensaron que guerrilleros de la columna Teófilo Forero estaban disparándoles desde la chiva que se acercaba a ellos. Con la excusa de la oscuridad, los soldados vieron cómo aquellas personas se bajaban de la chiva y se escondían en las montañas para tomar posición y seguir el ataque.

En la indagatoria hecha por la justicia penal militar (que no da garantía de nada: militares juzgados por militares), los soldados dijeron que dispararon toda su munición y recurrieron al proveedor de reserva. Según las investigaciones, fueron mil novecientos cincuenta cartuchos de munición siete punto sesenta y dos los encontrados en el lugar de los hechos. En la lluvia de plomo murieron todos los pasajeros que iban delante, incluido el conductor; otros que estaban en el techo del vehículo también murieron. En total quince personas fueron dadas de baja por el ejército, entre ellos Victoria y Samuel, que viajaban ese trece de junio convencidos de poder rescatar la felicidad. Su intención fue siempre subir a la chiva, confundirse con los demás pasajeros, campesinos, forasteros y turistas, de modo que es erróneo pensar que podrían haber bajado para evitar la muerte.

 


INVOCACIÓN A LOS DESMEMORIADOS

 

El gran teatro Sotomayor de Bucaramanga agoniza. Sus estructuras en mal estado dan testimonio de una época de intensa actividad cultural. En su viaje al interior del país, los grandes artistas pasaban primero por Cúcuta y luego se dirigían a Bucaramanga. El teatro Sotomayor era una escala obligada y una oportunidad para colmar la avidez de buenos espectáculos de los bumangueses.

El teatro Sotomayor es habitado ahora por indigentes. “Existe”, aunque no en las mejores condiciones, pero su presencia da testimonio de una época, invita al transeúnte a cuestionarse por el pasado y tal vez despierte sentimientos piadosos para que la demolición se cancele. No podemos decir lo mismo de Cali. Ya no existen en la ciudad el hotel Alférez Real, la hermosa iglesia colonial que existía en el hoy edificio Santa Librada (Carrera 4ª con calle 13 esquina), convertida en parqueaderos, el Batallón Pichincha (reemplazado por el CAM) y las innumerables casonas del tradicional barrio San Antonio utilizadas como garaje (calle 5ª con Carrera 6ª esquina). En este momento aguardamos los resultados de la demolición que se está haciendo en la carrera 6ª, entre calles 2ª y 3ª. Eso sin mencionar la remodelación de Granada, el barrio gourmet de Cali.

El ideal de hacer de San Antonio un teatro de la preservación arquitectónica, como La Candelaria en Bogotá, es una vana ilusión. Existen normas para la preservación del patrimonio arquitectónico del barrio, pero no hay quién las haga cumplir. ¿Quién le pondrá el cascabel al gato? Pese al llamado triste de los conservacionistas, se siguen destruyendo viviendas en esta nueva arquitectura llamada funcional, que simplifica las líneas, subordina lo artístico a lo utilitario y destruye la memoria histórica.

Se destruye porque hay una desvinculación entre el objeto (el sitio arquitectónico) y los “sentimientos vividos”. Para el advenedizo no tiene sentido porque no ha “vivido los sitios”. En cambio, debe invitarse al ciudadano a que conozca estas “vivencias” para que se apropie de ellas y se genere ese vínculo entre los que vivimos en la ciudad y los que la habitaron y están muertos.

El turista no tiene la culpa de su pragmatismo. Al visitar la hacienda “El Paraíso” no capta la relación entre el objeto en la habitación, la arquitectura de la casa y el entorno, y mucho menos si no se ha leído la novela de Jorge Isaacs. Esta desconexión contribuye a la subvaloración del bien simbólico que da paso a su destrucción. La capacitación del guía turístico debe apuntar al fortalecimiento de las relaciones. Si se quiere hacer conciencia, el papel de la educación es fundamental, seguro.

En la novela María el hogar es el espacio recorrido por los afectos; cada hijo tiene su habitación caracterizada por los objetos que ama. Dice Efraín: a las ocho fuimos al comedor el cual estaba pintorescamente situado en la parte oriental de la casa; desde él se veían las crestas desnudas de las montañas sobre el fondo estrellado del cielo. En otro pasaje dice Efraín: Traté de hacer un paraíso de la casa paterna.

La ciudad es sagrada como el hogar y la iglesia. Claro que podremos vivir sin la arquitectura, pero no podemos recordar el pasado sin ella. Sin embargo, destruimos lo poco que nos une a ese pasado, porque somos una generación que ha saltado a la vida sin sentido de pertenencia, sin identidad. Por eso vemos personas que se persignan ante el antiguo edificio de la Compañía Nacional de Tabacos, pensando que es una iglesia.

Se debe reconocer y difundir el valor artístico, arquitectónico e histórico, este último el más importante de los tres, para que cada ciudadano se apropie de su pasado, construya un mejor futuro y lo defienda de la aplanadora modernista.

 


SERES RESCATADOS DEL SUFRIMIENTO

Como excelente soldado de cristo Jesús,

Acepta tu parte en sufrir el mal.

Timoteo 2,3

Una persona pasa a tu lado pero hay algo que hace que tú la mires. Es un tipo común pero no un tipo cualquiera porque ha llamado poderosamente tu atención y atraído tu mirada en busca de algo que te obliga a fijarte en su aspecto. Aún no logras adivinarlo, lo sigues viendo, detallándolo, miras su vestimenta, corte de pelo, zapatos, uñas, pelos de la nariz, si salen indiscretamente, tantas cosas que parecen importantes pero que en verdad no lo son. Aún no logras descifrar el misterio, que es eso que lo hace especial, tan diferente de los demás, y te marchas sin darle más vuelta al asunto.

En estos veintitrés años he soportado lo que tiene que soportar un maestro, pero hasta yo tengo un límite, un día cualquiera llego a la escuela (todos los días son iguales), entro al aula (jaula) de clases. Llegó Mr. Been, escucho desde el fondo del salón. En mis tiempos esta falta de respeto era duramente castigada, me acuerdo de Fabián el indisciplinado, el rebelde, cuando el profesor Perdomo lo llevaba de las patillas hasta coordinación, hoy esa forma de corregir no concuerda con la nueva pedagogía del Ministerio de Educación.

Un maestro de escuela sólo es reconocido por otro maestro de escuela, la fatalidad los une, el fracaso, ambos odian su trabajo, el encuentro diario con seres que hay que educar, domar, encauzar, dirigir, guiar, corregir. Eso de la loable labor de educar a la juventud para el futuro del país es una estupidez, maestro y alumno deben convivir así no quieran, esa es la única fatalidad que se debe soportar, deben aprender a vivir con la desdicha, como dicen muchos que he conocido, el maestro y el alumno se odian, pero allí están el uno junto al otro.

El respeto por el profesor se ha perdido, entre otros efectivos valores de otra época, y ahora es una mera figurilla decorativa con la que se puede jugar en el salón de clase. Cualquiera es maestro porque le toca, porque no hay más en qué trabajar, y quizás por eso los profesores ya no son dogmáticos. Sigue el bullicio, parece que yo no estuviera allí, me he vuelto invisible. Después de colocar el maletín sobre el escritorio fijo la mirada en el horizonte y veo cómo Carlos, al fondo, sujeta del cabello a Marcela, al mismo tiempo que se me acerca una niña de ojos verdes y me dice que  Alejandro le rayó la camisa. Le digo a la niña que se siente que ahora arreglamos el problema.

Tengo ganas de gritar lo más fuerte posible, pero me acuerdo que gracias al invierno mi voz está casi ausente y en esta época no es raro que ocurra. Agarro el marcador que ha reemplazado a la tiza y escribo Taller, inmediatamente se escucha un no, que es característico, un no sostenido como de cuatro tiempos, como el de una redonda musical. Utilizar el truco del taller para no tener que hablar, porque no quiero y no puedo hablar, es contraproducente. Los alumnos se acercan en jauría a indagar, preguntar, ampliar o fastidiar, todos tienen preguntas distintas, cada uno es un caso aparte, en un taller de veinte preguntas por lo menos hay veinte alumnos preguntando.

Todos estos años el odio se ha acumulado, claro que he tratado de ignorar o de borrar este sentimiento reprochable pero es imposible. Hoy el calor es agobiante y estoy cansado de estos largos años de manipulaciones a mi nombramiento y a los traslados intempestivos a que me han sometido los funcionarios por darle mi puesto al maestro recomendado por Restrepo, el señor político. Me han mandado a zonas guerrilleras, luego me regresan, así, sin miramientos de ningún tipo, la entropía de mi mente aumenta dramáticamente y cojo la gran regla de madera que está a la derecha del tablero y, como si fuera el bateador estrella de los Yanquis de Nueva York, descargo mi furia con el primer imbécil que se me atraviese.

En esta ocasión el afortunado es Jesús, ¿quién supiera?, un niño con cero en conducta, de los que ahora llaman niños hiperactivos con déficit de atención. El gusano de todos los males de la sociedad, como es de público conocimiento, yace enquistado en el núcleo familiar, el padre alcohólico se encuentra en la cárcel por abusar de su hija de once años, la madre de la niña nunca lo denunció por temor a perder al padrastro, en cambio recriminó a la hija como si fuera una delincuente. Jesús recibe el golpe de lleno y arquea la espalda, la sensación es maravillosa por eso lo hago de nuevo. Jesús pega un alarido como de cerdo capado y he logrado por fin la atención del respetable, todos se sientan, me miran asustados.

Este nuevo rumbo que han tomado las cosas me gusta, con el temor se han construido y conseguido grandes y meritorias obras. La disciplina se consigue con el miedo, muchos inconvenientes me habría evitado en otro tiempo. No me tomo la molestia de explicar el motivo de mi comportamiento, prefiero no hablar a las paredes, camino hacia la puerta y antes de salir doy una última mirada a estos seres indefensos y libres de culpa. Salgo con mi maletín y entro a la oficina del rector para decirle que renuncio.

Ya afuera me concentro en la felicidad momentánea que experimento por no estar subordinado al rector e indirectamente al Ministerio de Educación. He comenzado con mucha ilusión la nueva vida de desempleado.

 


LA DEUDA

 

La vida por una deuda (26 de enero de 2008) Foto: Bernardo Peña/El País

Por una deuda de cien mil pesos, este hombre había decidido hacia el medio día de ayer terminar con su vida. Sin embargo, bomberos y policías lo convencieron de que no se ahorcara. Quería hacerlo en el rió Cali, a la altura de la Avenida de las Américas con dieciocho.

Terminaba de leer el titular anterior del periódico de hace un año, que guardo celosamente, y el recuerdo de Benjamín Walton, un gran amigo como pocos, se hizo presente. El caso es el siguiente: El joven Benjamín debía de alguna manera terminar de conquistar el amor esquivo de Susana, por eso no dudó en aparentar que poseía un terreno de dos mil metros cuadrados en el Carmelo. En los días previos Benjamín había firmado una letra por trescientos millones de pesos a favor de Carlos Hinojosa, un amigo de infancia muy hábil en los negocios. Benjamín dispuso inmediatamente de la confortable casa que tenía el lote campestre, parcela en la escritura pública, un artilugio de Carlos para pagar bajos impuestos. A Benjamín se le veía completamente feliz, la boda con Susana estaba planeada y en poco tiempo estarían casados por el rito Mormón, y lo mejor de todo, ya tenían casa donde vivir.

Por su parte, Carlos tomaba el asunto muy despreocupadamente porque en realidad su situación económica era buena (para mí era excelente) y veía esto con agradecimiento, resultado de todos estos años de amistad que había compartido desde la infancia con su amigo. Para Benjamín era la culminación de una serie de mentiras para lograr el definitivo sí de Susana, y era el comienzo de la revelación que crecería como una enorme bola de nieve.

Susana era supremamente bonita y sabía combinar perfectamente el inusual encuentro de la belleza con la inteligencia. Por su personalidad absorbente y sus modales discretos, como pocas que he conocido a lo largo de los años, parecía salida de los cánones tradicionales a los que estamos acostumbrados en esta sociedad. Naturalmente, Benjamín estaba hipnotizado y, como suele pasar a algunos que se enamoran con pasión desenfrenada, se veía afectado por los cambios en la noción del tiempo y su percepción optimista de la realidad, un sentimiento que muchos llaman amor pero que en realidad se origina en reprochables exacerbaciones del deseo insatisfecho.

Los amigos de infancia de Benjamín no nos sorprendimos con la noticia de su muerte y llegamos a pensar incluso que se había retrasado en su decisión. En la repartición de sus cosas, su hermana me hizo llegar algunos libros, entre ellos uno de Bukowski que en su interior guardaba una carta quizás nunca enviada o devuelta por la propia destinataria. Allí encontré un mensaje con errores de puntuación, no obstante entendible, un texto explicativo y condenatorio que preferiría no haber leído nunca y del cual rescato el último párrafo, un resumen de todo lo expuesto:

“Susana sabes que mis sentimientos desde un principio siempre fueron sinceros, lo otro no tiene importancia, aunque para ti sí, espero que comprendas lo que hice, la mentira es mi arma para enfrentar mi temor a perderte, cualquier cosa habría hecho por verte feliz, se que me abandonas por la ausencia de cosas materiales que no tengo, prefieres el oro, la comodidad y el qué dirán a mi amor verdadero, por eso eres la peor de las asesinas, ahora no te culpo pues esta en tu naturaleza, hoy no tengo vida, te has quedado con ella.

Siempre tuyo,

Benjamín”

Confieso que notaba el comportamiento de Benjamín bastante extraño, sin llegar a imaginar que el suicidio rondaba su mente. Ese día llego por la tarde y me dijo que haría un viaje sin regreso. Le pregunté si me podía llevar. Sólo tengo un tiquete, me contestó. Y hacia dónde nos vamos Benjamín, le pregunté. Salió sin responder y me dio un abrazo que me sorprendió, era la segunda vez que me abrazaba, la primera vez fue a las doce de la noche en una fiesta de fin de año en la que coincidimos. Este inusual comportamiento fue el que me obligó a seguirle los pasos sin que se diera cuenta. Llegamos al centro, paró en una ferretería, entró por espacio de cinco minutos y salió con una bolsa transparente en el que llevaba varios metros de una cuerda gruesa. Necesito una cuerda de buena calidad aunque cueste muy caro, fue lo que dijo Benjamín al vendedor, pues no quería que la soga se rompiera y que terminara en las aguas negras del río Cali haciendo el ridículo.

Benjamín buscaba un lugar público donde todos los medios amarillistas de la ciudad y ojala del país registraran su muerte, que al investigar sobre las causas del suicidio se dieran cuenta que Susana había desencadenado todo esto. Quería que ella se sintiera culpable por el trágico fallecimiento de su futuro esposo. Lo que no sabía Benjamín era que antes le haría un favor quitándose del medio, que al enterarse por sus familiares celebraría su deceso de una manera no oficial, pues estaba compartiendo su vida con Eugenio, otro amigo común.

Tal como estaba planeado, Benjamín buscó el puente de la avenida de las Américas con dieciocho, pero los vecinos que se plantan durante varias horas a recibir la brisa de las tardes caleñas en los edificios, avisaron inmediatamente a la policía y los bomberos. Estos últimos llegaron primero que la autoridad, porque un policía decidió tomar un kumis con almojábana diciendo, según testigos, “lo que soy yo ni loco trabajo con el estómago vació”. Razón no le faltaba, para el uniformado se estaba acercando la hora de la comida a eso de las cuatro de la tarde y tuvo suerte de que los bomberos evitaran que Benjamín se suicidara. Allí fue cuando los curiosos ofrecieron la curiosa interpretación y juraron, besando una cruz formada con los dedos índices atravesados de ambas manos, que el hombre se iba a suicidar por una deuda de cien mil pesos, versión que apareció al otro día en la prensa.

Dos días después de esta noticia Benjamín se intoxicó con seconal, se durmió y no volvió a despertar, como si hubiese querido copiar la muerte de Andrés Caicedo.

 


José Darío Benítez

CUENTOS

 

EL MAGO DE PIEDRA

En un país lejano, vivía un mago que tenía el poder de convertir en piedra todo lo que tocaba con sus manos. Un día convirtió a su esposa en un ser de piedra; después a los sirvientes del castillo y finalmente a los caballos que halaban sus carruajes. De este modo, el mago quedó solo; entonces el llanto lo envolvió, se intentó secar las lágrimas con sus dedos, pero éstas se convertían en piedras que se partían al caer al suelo. El mago murió al poco tiempo por causa de su soledad. Enseguida, los médicos de los castillos cercanos vinieron para examinar el cuerpo, porque pensaron en la posibilidad de un asesinato, pero lo único que pudieron encontrar fue un pesado corazón de piedra en su pecho.

EL GNOMO QUE SE SALIÓ DE UN CUENTO

Hace mucho tiempo un gnomo se salió de un cuento. Empezó a conceder deseos y cumplir sueños. El cuentista le pidió que regresara a su cuento; sin embargo, aquel gnomo continuó concediendo fantasías a todo aquel que así se lo pedía. Entonces, sucedió que todo el lugar se colmó de mucha gente con las más insólitas ilusiones y locuras para que se les hicieran realidad. A cientos el gnomo complació por mucho tiempo, tanto que los acostumbró a soñar y soñar. Un día, el escritor decidió atrapar al gnomo mientras dormía encima de un tejado, lo metió en el cuento nuevamente y cerró la puerta, poniendo el cuento en un libro de la biblioteca. Ahora todos continúan esperando que el gnomo complazca sus sueños; por eso siguen dormidos y el libro cubierto de polvo.

JURAMENTO

Podría jurar que hubiera sido mejor matarte a soportar el ardor de odiarte. Podría jurar que de no ser por estas palabras que un día se metieron debajo de mi pelo como orugas tóxicas, ya te hubiera ametrallado. También creo que de no ser porque el aire vomita el tiempo en mis pulmones, ya me hubiera muerto de amor como el Cristo apuntillado de tu cruz. Pero lo peor, podría jurar que de no haber asistido a tu ritual de hechicería, yo no estaría pulsando estas teclas igual que el gatillo de un revólver.

NINGUNA FORMA PRECISA

Encontré un espejo mientras caminaba por el bosque, parecía que lo hubiese pisado un elefante, en el centro la hendidura como testigo del aplastamiento. Cuando me acerqué, elevando mi cabeza sobre él, pude ver formas, como nubes, a veces como pájaros heridos; otras, como cometas sin piola; también vi un centauro, al rato, una sirena, después un corazón que se agitaba por vivir… bum-bum… bum-bum, lo escuchaba. Entonces, un pájaro brujo se divisaba levemente entre las grietas, todo cabía en aquel espejo, mil figuras y ninguna a la vez. Prefiero verme en espejos rotos, allí encuentro un trillón de imágenes delirantes, extraordinarias, que brincan, parecen las estrellas de mi lago sobre la danza nocturna de las olas, bailando al son de la brisa. Me gusta ese espejo roto del bosque, mucho más que el de mi cuarto; cuando me paro frente a éste, a veces, solamente veo un rey muerto.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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