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Gabriel Milton (Gabo)

EL CÍRCULO DEL SAMURAI

 

UN EJERCICIO PARA MANTENERSE EN FORMA

 

A todas luces fue un argumento defectuoso. El taxista preguntó malhumorado por qué tenemos aquí un busto de San Martín y otro de Juárez. El detective contestó lo primero que le vino a la cabeza, automáticamente. “En otros países consideran que América Latina es un solo país”. Pudo contestar “Argentina, México y Colombia son países hermanos”, considerando el origen de los turistas que en la plaza de Caicedo iban delante de Dylo. Veinticuatro horas después, a la entrada del restaurante, se percató del error y se puso a repasar, como mero ejercicio, otras respuestas plausibles, y a catalogar las más lógicas para decirlas en una segunda oportunidad. Como todavía tenía tiempo, tras sostener con el mesero un diálogo sobre cierto sujeto llamado Alberto, sacó su celular, abrió el bloc de notas y escribió la lista, que conservaba fresca en su memoria, de los productos que había consumido y sus precios. Parecía solazarse con la contabilidad de costos, con el registro de cuanta cosa comprara, como evocación de sus días de intérprete en el hotel Tequendama, cuando convertía dólares en pesos. El mesero fue por el pedido a la barra, nunca olvidaba nada, no necesitaba papel ni tenía celular con bloc de notas para escribir el nombre del plato o la bebida. Antes de excusarse el detective le comentó que su amigo Alberto, el abogado, se había fracturado un brazo. Qué pesar, dijo el mesero, y prosiguió su labor.

Cuando pasó nuevamente por la mesa del detective, el mesero aprovechó para comentar que el doctor Alberto pensaba abandonar definitivamente la oficina en el Palacio Rosa. ¿Y sus colegas? Quedará uno de ellos a cargo, Albeiro, el más joven, pero Alberto no volverá. El hombre parece sufrir de depresión. Está haciendo vueltas de pensión, pero nada que le sale. Ojalá le vaya bien con la burocracia pensional... en este país nunca se sabe… Me he puesto a su disposición, de tres a cinco estoy libre, pero el doctor Alberto no acepta mi ayuda. ¿Hace cuánto que no lo ves? Hace tres días estuve en su casa. Yo no lo veo hace diez meses. Usted casi no viene por acá, doctor, dónde es que tiene su oficina, mejor dicho, dónde es que almuerza. Donde me coja la tarde, ando un poco ocupado y a veces me toca viajar a otras ciudades. ¿Viaja a otros países? No, aquí mismo, en Colombia, hoy estoy en Cali, mañana en Bogotá y pasado mañana en Pereira, solo falta que el jefe me mande al Chocó.

Siempre repasaba la coherencia de sus palabras, sus frases y diálogos, como ejercicio mental. Tenía que mantenerse en forma. Adiós, Néstor, dijo, mientras le daba la mano como despedida y presionaba un poco para que el mesero sintiera el papel moneda interpuesto como propina. En ese caso, incluso un robot podía sentir la diferencia, la textura y la temperatura del material hecho de algodón respecto de la piel humana. Muchas veces, en su labor de espionaje, había entregado o recibido alguna nota importante escrita en un recibo de caja o en una servilleta, y la sensación era la misma, la facilidad con que los dedos atrapan el objeto deleznable soltado por la mano tibia del informante. En ciertas ocasiones, en la puerta del negocio, en cuestión de segundos, el informante era acribillado por un cobarde en moto. Por su parte, el detective no salía del impacto brutal, se mantenía absorto, transportado al polo por un extraño fenómeno físico, sintiendo el objeto frío, casi helado, en sus manos agarrotadas, la factura de un hotel con garabatos afanados del informante.

Empezó a decirle El pianista y después todos en la ciudad le llamaban así, los comensales, los contertulios, dejemos que nos atienda El pianista, dame la propina para entregarle a El pianista, no vino a trabajar El pianista. Recuerda que hoy lunes es su día de descanso. Le decían El pianista pese a no haber tocado nunca una tecla de piano. En realidad, su verdadero nombre era Ernesto, pero aceptaba con indulgencia el apodo puesto por el detective, cuyo talento para asociar las cosas era proverbial. Ernesto, Néstor, Ástor Piazzolla, piano. Lógico, cómo no se me ocurrió antes, qué torpe somos los seres humanos. Lo que pasa es que usted no es detective, no está entrenado para percibir el color del anillo que forma la eclipse lunar. ¿Qué me quiere decir? Que usted no ha entrenado el ojo para inferir resultados. Ah, ya, el método estadístico, ahora entiendo.

Además de llamarse Néstor, tenía un parecido con Ástor Piazzolla, el eximio pianista argentino autor de Libertango y Balada para un loco, éxitos sinfónicos. De haberle puesto El pianista de Monsones los otros no habrían podido descubrir la fuente del sobrenombre. Un par de palabras, nada más, era suficiente para acuñar una identidad perpetua. Todo ello motivado por la tendencia generalizada consistente en economizar el máximo esfuerzo en el despliegue comunicativo, estrategia exquisita del flemático doctor Alberto cuyo acto de habla inherente era la prudencia ante la celeridad del mundo moderno. Desde hacía cinco años se saludaban por los lados de la once con tercera, una cuadra invadida por los vendedores de ropa, zapatos, libros, películas y yerbas medicinales. El pianista iba corriendo a su trabajo cuando se cruzaba con el detective, que se dirigía aprisa a su apartamento en el edifico Los pilares. Por el afán de la vida cotidiana, nunca se habían detenido a conversar, a invitarse un café en Las Palmas, lugar predilecto de Elmo Valencia, a concretar un almuerzo en familia o a realizar un paseo con las esposas y los hijos al río Pance. Solo se daban la oportunidad de actuar como cliente y mesero, con la calidez de viejos amigos, en el negocio de Isaac.

¿Quién podía ser mejor conocido del doctor Alberto? Tampoco se sabía. En todo el país se utilizaban tres categoría para indicar el grado de familiaridad con una persona. Lo distingo, decían, indicando que sabían alguna cosa de la persona. Lo conozco, decían, cuando habían tratado a la persona, cuando conocían sus virtudes y defectos, y podían juzgar si era buena o mala. Es un amigo, decían, con lo que insinuaban sucesivos encuentros, incluso borracheras y préstamos de dinero. El detective y Alberto, en cambio, nunca habían formalizado una reunión en familia para degustar un plato regional, un sancocho de bocachico, un tamal tolimense, por decir algo. Nunca el doctor Alberto le había pedido al detective que intercediera con el director de la Dian para lograr la devolución de los dineros retenidos por la bajo la figura del presunto ingreso o el impuesto al contratista temporal. Y el detective por nada del mundo se hubiese valido de las influencias del doctor Alberto para obtener un permiso especial que le permitiese visitar a cualquier hora del día a un recluso de la cárcel Villanueva. Es más, el detective y Alberto el abogado nunca habían acordado visitar los stand de la feria del libro del Pacífico o asistir a las lecturas de los jueves en el Parque de los poetas. Solo las conversaciones obligadas, efectuadas esporádicamente, en ciertos lugares públicos como Santa Rosa, Plazoleta Varela, Bulevar, y sobre todo en el negocio de Isaac Liscano, abierto todo el día para ofrecer servicios de restaurante, cafetería y bar, el mismo lugar donde solía reunirse con su jefe para revisar los casos, tomarse un café y citar a un testigo, cuando no convenía llevarlo a la oficina. Entonces llegaba el mesero y la conversación se detenía durante algunos minutos.

Siendo el detective amigo de Isaac, el dueño del negocio, era natural que el mesero lo tratara con deferencia, venciendo la desconfianza y la estratificación social. Es decir, por lo general se saludaban formalmente y el detective se creía con derecho de tutear al que llamaban El pianista, pero este lo trataba de usted y también de doctor, manteniendo cierto afecto como es usual entre parientes, amigos o vecinos de la misma cuadra. Llegaba diciembre y el detective podía darle más propina, sin que El pianista se atreviera, en reciprocidad, a invitarlo a su casa en el barrio Terrón Colorado. La confianza no daba para tanto. Por su parte, el detective no haría una prueba de conocimiento con el mesero, que lo atendía con esmero. Para ello estaba el bulevar, allí esperaría la llegada de algún vendedor de chucherías, haría la compra y preguntaría a boca de jarro “qué opinas del busto a Pétion”. Ni idea, no sé quién es Pétion. El que está ahí, el héroe. Ah, el negro, no sabía que se llamaba Pétion. Ahí está escrito. Hubiesen puesto a Sor Teresa de Calcuta o al general Serrano. Hasta la llegada de Guillermo interrumpía el diálogo ameno, ¡Cómo le va, mi doctor, sí sabe que estoy trabajando para la patrona! Hola, no sabía. Sí mi doctor, y sabe qué, le tengo peladas… buenísimas, para rechuparse los dedos. No, gracias, amigo, no me gusta pagar, haría el oso. No importa, sabe qué, le tengo un par de vírgenes, llegaron ayer de Pereira, pero valen más. No, mijo, gracias. Tome la tarjeta, por si acaso. Bueno, ahí te dejo un billetito para que te tomes algo. Gracias, doctor, usted siempre tan atento. Así terminaba la prueba de cultura general.

 


 

DYLO

 

 

Estaba un poco lejos todavía y no podía distinguir entre varados y jubilados en las bancas alineadas por todo el pasaje Bolívar. Debía cumplir el pedido del jefe de recoger una encomienda en la oficina principal de TSS. Después de recibir el billetito Guillermo había salido corriendo a tomar un caldo de menudencias. De modo que iba solo, pero concentrado, por si encontraba en el camino a Gonzalo, el periodista radial. Cualquiera diría que se protegía de algo o de alguien, de forma exagerada. A medida que fue avanzando creyó ver a izquierda y derecha, sentados en las bancas de granito, a los mismos de siempre, vendedores ambulantes, mujeres jóvenes, hombres jóvenes, viejos gastando el tiempo de vida restante, viejos cacorros a la caza de venezolanos, que estaban de moda. Existía cierta sospecha, como es usual, si bien nadie se atrevía a condenar a Gonzalo como homosexual. Puro chisme, ninguna evidencia que pusiera sobre aviso a los enemigos. Pese a las recomendaciones del doctor Albeiro, el testarudo no quiso cambiar de sitio de esparcimiento. Se rehusó a seguir los consejos de hacerse más bien en el bulevar del río. No sirve, doctor, dijo Yovani, el mensajero de la oficina del Palacio Rosa, allá también se concentran los cacorros, como panal de abejas... venga le muestro. ¿A quién puede importarle que Gonzalo sea marica? A nadie. Entonces.

Las habladurías no cesaron hasta una semana después cuando alguien dijo que habían matado a Yovani. Se especuló mucho sobre este asesinato, que Yovani debía a cuatro cuenta gotas, préstamos con intereses de uno por ciento para pagar a diario, que Yovani andaba en aquelarres con Gonzalo, que un sicario contratado por el marido de la amante había acribillado desde la moto a Yovani. Si alguien se interesaba en llevar un ramillete de flores a la tumba donde reposaban los restos de Yovani, nadie sabía dónde estaba. La muerte del mensajero fue perdiendo fuerza hasta que un día, como dos meses después de haber desaparecido, Albeiro lo recibió en la puerta de la oficina, con la ropa empolvada, como de albañil, y el rostro demacrado. Refirió que había estado escondido en La Tienda, un corregimiento de Palmira, tras escapar de un falso positivo, como se denomina a los asesinatos extrajuicio que la prensa denuncia con profesionalismo. ¿Pero estás bien?, preguntó Albeiro. Sí, doctor, me siento bien, con ganas de regresar al trabajo. Descuida, hablaré con Alberto para darte quince días de licencia remunerada. Gracias, doctor. Una vez que te hayas repuesto, que te sientas física y anímicamente con capacidad para trabajar, vuelves a la oficina. De acuerdo, doctor. Listo. O sea que puedo irme a casa. Espera que te llevo en el auto.

Por lo general llamaba a Yovani por si estaba cerca para que atravesaran juntos el paseo Bolívar, del semáforo de la avenida segunda norte a La Ermita. Iban conversando hasta que llegaba el momento de interrumpir el diálogo ameno pues estaban justo en el punto del cruce de caminos donde se bifurcan el oriente y el sur. Ese día de la cita con Dylo el detective llamó a Yovani y escuchó su excusa, que se hallaba en casa con licencia remunerada. Estaba enterado de todo por su jefe, que a su vez se había informado por el propio Alberto. No tuvo que entrar en detalles con Yovany ni recordarle la pesadilla vivida. De manera que ese día volvió a contemplar el paisaje, pero en solitario, los vendedores ambulantes, los desocupados, los ladronzuelos, los pensionados sentados en las bancas de granito y los venezolanos, jóvenes entre veinte y veintiocho años al acecho, como águilas vigilando un descuido de su presa. De repente vio a un hombre viejo junto a una mujer y una niña de diez años aproximadamente. El hombre repartía monedas, como un surtidor de felicidad, no del todo sino a intervalos de sesenta segundos. A cada instante el viejo sacaba monedas del bolsillo para entregarlas a la mujer, que sonreía. La niña permanecía quieta, no estiraba la mano ni siquiera para imitar la maniobra de la madre. Luego el viejo se despidió de la mujer y rozó con la palma de la mano la cabeza de la niña. La mujer reanudó el pregón, minutos, minutos, a mil pesos minuto.

El detective llegó solo al punto de la encrucijada, sin percatarse de la ausencia del mensajero. Tomó la ruta habitual, caminó con paso lento, preguntándose dónde estaría Dylo. A un costado de La Ermita, sentada en el borde del sardinel, una mujer a la espera de clientes fortuitos, con los cucos al descubierto, se levantó de improviso para sumarse al grupo. Muy bella de cara, pero sus piernas no ocultaban los estragos de la droga y el alcohol. Si no fuera por la edad, diría que era su amiga Dylo, que lo había citado para darle una información importante. La mujer se hizo detrás, empinándose, como quien desea ver el rostro del muerto, pero no se atreve por miedo. Ir a la cola de los turistas no era delito, no saciaba el apetito de los policías por poner comparendos. ¡Verraco trabajo quitar a los pobres el pan de cada día!, exclamó el detective. Dirigiéndose a sus oyentes, el guía dijo entonces this church, known as La Ermita, survived the earthquake. La Ermita, la Iglesia que sobrevivió al terremoto. El detective, estudioso de la gramática española, se imaginó aplaudiendo al guía por su talento para ejecutar variaciones sintácticas. En este mismo lugar que se conoce como parque de los poetas se levantó alguna vez el hotel Alférez Real, que alude al personaje de la novela de Eustaquio Palacios, la misma que mencioné ayer. Remember? Yes. Before being the park of the poets here was the Alférez Real hotel. One minute, please, dijo el turista precavido que miraba el mapa a cada instante, para no perderse. Empezaba en inglés, luego en español, o viceversa, no tenía un orden preestablecido. Antes de reanudar la marcha, amigos, les ruego contemplar el maravilloso teatro Jorge Isaacs. This is the Jorge Isaacs theater.

Ningún turista portaba cámara ni tampoco grabadora de video, probablemente alertados sobre la inseguridad reinante, los atracos a plena luz del día. Algunos visitantes, las mujeres especialmente, llevaban el celular en el bolsillo de atrás, pero no lo sacaban para responder llamadas. Apretado a sus nalgas más bien parecía un juguete erótico. Nadie chateaba, todos estaban concentrados en la exposición del guía y deletreaban cada una de sus palabras. Creyó escuchar su nombre a lo lejos, miró para todas partes, pero nada, una falsa alarma. Hágase aquí, le dijo la mujer estropeada por la vida dura, como corriéndose un poco para dejarle espacio. Muy amable, dijo el detective, al tiempo que se dejaba llevar por la curiosidad. ¡Cuidado se quema!, alertó la mujer al guía, que se arrimaba demasiado al perol hirviendo. Tranquila, él sabe lo que hace, intercedió el detective. Con el permiso de la vendedora el guía tomó una fritura, la levantó para que quedara a la vista de todos y explicó su utilidad. What do they eat here, my friend? Patacón pisao, respondió el guía no una sino varias veces. Los turistas anotaron en un cuaderno y querían saber más sobre aquella fritura. Otros se excedieron preguntando sobre el rango que tenía el patacón en la culinaria del lugar. El detective recordó que llevaba un cuaderno de notas digital en su celular.

También se llama tostada, dijo la mujer avejentada prematuramente, señor, dígales. Más tarde les explico, prometió el guía. Le entregó el patacón y la mujer salió corriendo hacia su puesto de trabajo. Me gané la lotería, me gané la lotería, se fue diciendo. Los turistas se echaron a reír. El detective se percató de la escena absurda y también se echó a reír. Jajajaja... jajaja... jajajaja... patacón pisao, dijeron los turistas. Debe ser una treta para hacer reír a los turistas, dijo Dylo que acababa de llegar. Te estuve buscando. Me hubieses llamado al celular. Se me olvidó, ando un poco psicótica, ya te cuento. ¿Cómo va todo por acá? Bien, acompáñame a TSS. De acuerdo, pero espéremos a ver en qué termina todo esto. No hay problema. De pronto Dylo tenía razón, de pronto la mujer se vestía como prostituta y en complicidad con el guía hacía su parte en el show. Es para ganárselos, amigo, para echárselos al bolsillo, así consigue que lo recomienden. No se le había ocurrido que podía ser un simulacro. Algunos se distraen, otros se aburren, prosiguió Dylo, un par de anécdotas y términos raros pueden tener el efecto milagroso de reactivar la curiosidad de los extranjeros.

Los vendedores dejaron sus puestos para ver qué pasaba, no todos los días se presentaban incidentes en la carrera quinta con once, a un paso de la Catedral. Si alguien llegase a comprar no encontraría a nadie y tampoco se llevaría nada, eran las reglas tácitas en el lugar. Jajajaja... celebró la mujer de los tintos, mire que hizo reír a los gringos y se ganó un patacón como premio mayor, ya quisiera yo unos cuantos dólares de un turista japonés, pero ellos no entienden nuestros chistes de sábados felices. Un noruego es igual a un italiano y un italiano a un francés, son bastante serios. Esto tiene que cambiar, precisó el vendedor de dulces, algún día su merced. Así es, hacer que se muera de la risa un gringo, un norteamericano, dijo la mujer mirando los mocasines del otro, es verraco. Los gringos son impasibles, mi doña, intervino el lotero, dirigiéndose a Dylo por si quería opinar, por si quería corroborar sus impresiones. Ella no dijo nada, se mantuvo al margen de la conversación, preocupada por alguna cosa. Sabe qué, profe, prosiguió la mujer de los tintos, encarando al detective, ayer dijeron por la tv que somos las personas más felices del mundo.

El tour reanudó la marcha. Todo parecía indicar que la economía del turismo recobraba su vitalidad, colmando las expectativas de los pequeños y medianos empresarios, los héroes en la guerra con los grande hoteles, por descubrir los entresijos del negocio y provocar un mayor flujo de turistas extranjeros. A punto de retomar la travesía urbana para conocer otros parajes interesantes de la capital de la salsa, ansiosos por llegar al hostal para reanudar la clase de baile, para aprender nuevos pasos en la pista improvisada, en la sala de lo que fuera un caserón solariego, se escuchó un grito destemplado, como si el alarido saliera del fondo del aljibe del patio trasero, donde decenas de extranjeros se citaban en las noches para fumar mariguana, donde la humareda no lograba ocultar la Babel de barro y esterilla. ¡Quién me paga el patacón! Hola, esta mujer se robó el patacón, dijo el guía, me lo arrebató de la mano y salió corriendo como loca. ¡Usted mismo se lo dio!, corrigió la vendedora de patacones. Yo, ¿cómo así? ¡Me lo paga ya, señor guía! No es para tanto, señora, dijo el hombre, le pago, ¿cuánto es? Cinco mil pesos. No problem. Si no llamó a la policía. Calma, señora, espere que saco la plata.

 


 

EL GUÍA

 

 

Ellos vienen a lo que vienen, dijo Dylo. Enseñarles a bailar es más fácil, la gramática del cuerpo es menos complicada que la gramática del habla, opinó el detective. Más repuesto, después de sortear el reclamo de la vendedora de patacones, el guía se acercó sigiloso donde estaban ellos para preguntar, señor, señorita, ustedes no parecen de por acá. Amigo, sí somos de acá. Ah, ya, nos vamos entendiendo. Yo vivo en el centro, ella vive aquí abajo, en San Nicolás. Me parece haberla visto antes. No creo, dijo Dylo. Estoy seguro que sí. Que me conozca no cambia nada. Excelente trabajo, lo felicito, sobre todo la forma como realiza variaciones sintácticas, elogió el detective. Pero esta lisonja no redujo la intensidad del careo. Puede decirme su nombre, si no es mucho atrevimiento. Dylo. Mucho gusto, me llamó Julián, si se les ofrece un tour por la ciudad, esta es mi tarjeta, a sus órdenes. Le agradezco. Julián Palencia, decía, y debajo del nombre, Guía Turístico, y más abajo, Consorcio de Hostal Ltda., además del número de celular, dirección de la oficina y dirección en las redes sociales. Bueno, amigo, encantado de conocerlo, se despidió el detective de Julián, lo llamaré en estos días, creo que lo reclaman sus turistas. Sí, debo atender a mis clientes, de ellos vivo. Nosotros iremos por una encomienda.

Julián no se resignó, creyó que podía acercarse nuevamente a Dylo, sentir su fragancia, y volvió a la carga. Señor, a propósito de las variaciones sintácticas, me gustaría recibir unas clases de su persona, yo le pago. Joven le agradezco que quiera contratarme, pero no soy experto en sintaxis. Las clases, me podría dar un par de clases, para mí sería un honor escuchar su explicación. De acuerdo, ya que insiste lo llamaré para definir la fecha. ¿En su oficina? En la suya. El detective fue a comprobar si tenía la tarjeta en la billetera o quizás en el bolsillo del saco. Julián aprovechó para preguntarle a Dolly, ¿es su padre? Es mi jefe, respondió ella. ¿A qué se dedican ustedes? Investigaciones privadas, dijo Doly. Entiendo, detectives que exponen su vida, que siguen a la mujer del cliente hasta descubrir el sitio donde se reúne con su amante. O al revés, señalo Doly, como si de esta manera acelerase el final de una conversación inútil. El detective volvió en sí, extendió la mano en señal de despedida y escuchó el comentario de cajón, como cuando un hombre interesado en una mujer le pregunta por la hora. Su cara me parece conocida, ¿dónde es que nos hemos visto? Quizás en alguna parte, es posible, el mundo es pequeño. Dile que eres contador, de pronto tiene información importante, que fuiste intérprete del hotel Tequendama. Después, prometió el detective, y a Julián, nos vemos pronto. ¿Viene con nosotros o se queda con su clientela?, inquirió Doly en un tono humillante, grosero. No, señora, nuestra próxima parada es el prócer Cayzedo y la próxima el edificio de la gobernación. Bye bye.

Muchachos, nos vamos, dijo, levantando con un movimiento de manos a un par de turistas que estaban en la banca de granito. El grupo completo de turistas, los quince de siempre, reanudó la marcha. Muchachos, let's get to know Mr. Cayzedo, vamos a que conozcan al señor Cayzedo, hero of Independence, prócer de la independencia, I beg you later to enter the church, luego síganme a la Catedral, señalando con el dedo índice la entrada de la misma. Hasta el detective y Doly ahí pudieron contemplar la habilidad del guía para conducir al grupo de turistas, como si tratara de un perro pastor suficientemente entrenado para llevar por el camino correcto al rebaño de ovejas, cuidando que no se fugaran las descarriadas. No supieron qué les dijo el guía en la iglesia de San Francisco y su plazoleta, la iglesia de la Merced, el museo de la Tertulia, el parque del gato, en tales sitios emblemáticos.

Dylo, hazme un favor. Qué sería, jefe. Quiero que me vigiles a ese hombre, noche y día, no le despegues el ojo, no lo pierdas de vista. Eso haré. Conocemos la dirección de su trabajo, pero necesitamos saber dónde vive, quién es su pareja, cuál es su rutina el fin de semana, si es que descansa, y dónde es que disfruta de vacaciones. Pero cómo puedo saber su itinerario. Llamas al hostal donde trabaja y te inscribes para un tour, así empezarás a conocerlo mejor. Lo haré. Le caíste bien, no hay duda, si bien cometió el error de ponerse intenso, un poco agresivo, creyendo que es esa la manera de impresionar a una mujer. Estaba nervioso jefe, además, la mujer del patacón le puso en aprietos. Lleva la tarjeta, no, espera, le tomo una foto y te la envío a tu whatsapp, así la puedas tener a la mano. No lo olvides, Julián Palencia, así se llama el joven Casanova, salvo que haya cambiado de nombre para burlarse de la justicia.

 


 

LECTOR DE VIEJO

 

 

En el trayecto a TSS tropezaron con Gonzalo, que venía de preguntar en las librerías de segunda del parque Santa Rosa por las novelas de John Fante, sin éxito alguno. No sé quién es, dijo el detective, pero me gustaría conocerlo. ¿Para dónde van?, preguntó el lector. A transporte de soluciones superior a reclamar una encomienda del jefe. Entiendo, TSS, acertó el lector, mejor sigan por la once, no se desvíen por la doce porque en este preciso momento se concentran los estudiantes, el Esmad los rodea con sigilo y seguro habrá tropel. Recordaron que hacía pocos minutos el guía Julián se había encaminado a ese punto con sus turistas. La plazoleta de la gobernación es el epicentro de toda justa protesta, subrayó el lector, y no sé por qué me recuerdo a Malcolm X y Martin Luther King. En fin, el recorrido está impreso en el mapa que la empresa entrega a los turistas, destacó Doly, pero esta vez tendrán que excusarse. Es la oportunidad de experimentar emociones fuertes, replicó Gonzalo, a eso vienen los gringos, a presenciar peleas de verdad. La adrenalina que llaman, completó Doly. Y todo ello trasmitido por los celulares en caliente desde Colombia al país de Lincoln.

Y no se crea que Gonzalo hacía alarde de sabiduría, sino que admiraba a los norteamericanos como el resto de connacionales. John Fante, Malcolm X, Martin Luther King, Lincoln, Whitman, Obama, Bill Gate fueron mencionados en los escasos minutos de saludo con el detective y Doly. Estos dos y otros pocos del círculo de amigos que usualmente se dejaban atender por El pianista, por el contrario, tenían sus reservas, después de haber leído e interpretado la historia de otra manera, parecían inmunes a la veneración yanqui de la mayoría. Son tan hábiles para grabar videos y toman fotos con tan buena perspectiva, continuó Gonzalo, como reporteros sin fronteras, que uno mismo los recomendaría al Washington Post. Cuando Gonzalo llegaba a este punto el detective daba un giro hacia el jazz, el otro se engolosinaba con toda suerte de referencias hasta que era sorprendido por la pregunta recurrente, la que no podía faltar, ¿qué opinas de Tania María? En el furor de la salsa el detective había preguntado a los especialistas sobre Graciela, pero nadie sabía. En el apogeo del jazz la pregunta era otra, ¿qué opinas de Tania María? Nadie decía “yo sé que ella...” arriesgando quedar en ridículo, excepto Gonzalo, que aprovechaba la ocasión para explayarse en la descripción física, los éxitos, la producción musical, las presentaciones en los principales festivales del mundo de la pianista brasilera. No fue necesaria la pregunta porque todos debían apresurarse para realizar sus tareas cotidianas, las que fueran planeadas con antelación y las inesperadas. El vestíbulo del teatro Colón, convertido en librería de viejo, fue testigo mudo de la despedida.

Gonzalo miró su reloj, aceleró la marcha, estaba a tiempo para cumplir la cita con Mario, el estudiante de medicina. No era cosa de todos los días que hiciera vueltas en el centro, que visitara en solitario las librerías, que evadiera a sus amigos jubilados de la gobernación, aquellos beodos apostados a la entrada de pasaportes, o que omitiera la plática con sus amigos venezolanos del paseo Bolívar. Llevaba varias semanas sin volver al restaurante, por lo que Isaac preguntaba de vez en cuando por él y obtenía las mismas respuestas. Suele tomar trago con Ocampo y otros compañeros de oficina en la plazoleta de San Francisco, se mantiene con unos jóvenes en unas bancas del paseo Bolívar, debe estar comprando libros en Santa Rosa o donde don Vicente. Al doctor Gonzalo lo he visto muy desmejorado últimamente, aseguraba El pianista, nos saludamos casi a diario, anda con unos jóvenes venezolanos. Son refugiados, acotaba Doly, pobres muchachos. Sin embargo, debe tener mucho cuidado, alertaba Yovani, se han visto casos como ese tipo que enamoró a una chilena, la desposó y la mató para quedarse con todo. Ese tipo no era venezolano, Yovani, era colombiano, súper dañado el muy pendejo.

Mientras el detective y Doly regresaban a la oficina con la satisfacción del deber cumplido, con la encomienda intacta, para depositarla en la caja fuerte, conforme al reglamento de seguridad, Gonzalo se saludaba con Mario y su amiga en la entrada de Atenas. Ella es Alejandra, indicó Mario, es hermana de Doly, la asistente de Antonio, el detective. Sí, son mis amigos, me los encontré hace un rato por la once. Mucho gusto, señor. Llámame Gonzalo; gracias, Mario. De nada. Mucho gusto, Gonzalo. El gusto es mío. Ella es contadora como usted y como Antonio. O sea, somos colegas. En efecto. Aprecio mucho a Antonio, el jefe de su hermana, y a su hermana, desde luego. Ella es muy inteligente. No me cabe la menor duda. Hola, Mario, te comento que mi sobrina Jenny, la psicóloga, que tú conoces, necesita un médico para vincular a su IPS; para eso es que te cité, aprovechando que debía salir por estos lados a comprar libros. Usted debe tener una biblioteca muy grande. Veinte mil volúmenes, amigo. Verraco. ¿Qué respondes? Le agradezco, usted sabe que me faltan tres meses de año rural. Lo sé, por eso mismo quise hacerlo con tiempo. Entonces dígale que estoy disponible, que le agradezco. Sabía que aceptarías. Me cae de perlas el trabajo. Otra cosa que quería hablar contigo, ya que eres buen lector, es sobre un trabajo de recopilación de autores norteamericanos posteriores a la gran depresión, una lista exhaustiva. No creo que conozca mucho de autores norteamericanos como usted, pero me defiendo en la búsqueda por internet. Listo.

A todas estas, ¿qué está leyendo ahora, maestro? Este libro. Gonzalo mostró el pequeño libro de bolsillo en cuya carátula se leía “Gustavo Álvarez Gardeazábal. Cóndores no entierran todos los días”. Mira, te leo, un par de cosas sobre el ocio:  

Vi muchísimos compañeros de vagabundeo en la biblioteca, y casi todos dormidos sobre el

libro abierto.

Preste a ver de qué trata, solicitó Mario. Gonzalo le entregó el libro con expectativa, pues sabía de las virtudes de Mario para detectar las claves del texto, como tantas veces en el desarrollo de las tertulias celebradas en Monsones, el restaurante de Isacc. Era la frase de un prólogo a un libro rescatado del olvido y la historia de un hombre casi acabado que soñaba con el reconocimiento literario. Solo que no decía biblioteca, tal como había leído Gonzalo, sino allí. El texto decía literalmente:

Vi muchísimos compañeros de vagabundeo allí, y casi todos dormidos sobre el libro abierto.

Le devolvió el libro a su dueño, esperando que concluyera el asunto, para no tener que descubrir nuevas modificaciones o adaptaciones arbitrarias, pero Gonzalo insistió en compartir un trozo guardado en su memoria, un pasaje referido a un incendio:

El fuego se propagó irredento, buscaba liberarse de una fuerza espiritual opresiva, como si desafiara el poder de Dios. Los bomberos llegaron al lugar con sus máquinas, pidieron ayuda a otros municipios, más bomberos y máquinas arribaron al sitio de la conflagración, pero no lograron salvar ni siquiera el copón de las hostias. 

Recordaba algunas escenas de fanatismo religioso en Cóndores no entierran todos los días, hogueras de intolerancia, pero no el pasaje que acababa de leer Gonzalo. Raro, pensó, Gonzalo es una persona seria, algún problema debe estar padeciendo. Por lo visto, estaban a punto de despedirse, pero Gonzalo los retuvo para leerles un trozo de otro libro, de un tal Roberto Dávila. Metió la mano en el maletín y extrajo el libro, en la carátula decía A sangre fría. Este trozo o fragmento que escuchaban con atención aludía a la insistencia de una prostituta y a la negativa casi mística del cliente, no tanto del cliente, sino de su alter ego, un detective célibe:

—Hola, cielo —dijo la muchacha con una sonrisa, como si Bandini fuera su marido o su novio.

Subió el primer peldaño y alzó los ojos para mirarle—. ¿Te decides, cariño? ¿Quieres que te haga pasar un buen rato?

Bandini el vergajo, el vergajo sin escrúpulos.

—No —dijo—. Gracias. Esta noche no.

Después de esta lectura apócrifa se despidieron, Gonzalo entró a la librería Atenas y Mario invitó a su amiga Alejandra a tomar un café en Tostao, diagonal a la plazoleta de Varela. Fueron caminando de sur a norte, Mario preguntándose qué le podía estar pasando a Gonzalo, ¿se estaría volviendo loco?, ¿estaría excitado por la llegada de nuevos venezolanos a la ciudad, jóvenes y bellos, que terminaban recalando en el paseo Bolívar? Recordó necesariamente La muerte en Venecia y la imagen platónica de Gustav von Aschenbach contemplando la belleza excepcional del joven Tadzio. Alejandra, por su parte, se asombraba por el hecho de no recibir un solo piropo subido de tono en un viaje bastante largo, unas veinte cuadras, del teatro Colón al semáforo de Avianca. Prefirieron tomar el tinto en Ricuras, el negocio contiguo al cine club Caicedo. Desde allí contemplaron sucesivos eventos protagonizados por gente de toda edad en la plazoleta Varela. Media hora después dijo Alejandra, hola, Mario, quién ese tal Ricardo Dávila. Roberto Dávila, no Ricardo, es un escritor colombiano, respondió el candidato a médico, cónsul en París, embajador en Argentina, director de la Biblioteca del Bicentenario, en fin, un personaje famoso por haber ganado el premio Alfaguara con su obra Aporías del estado de cosas del próximo año.

 


 

EL NUEVO

 

 

Los que hablan desaparecen enseguida, solo quedan sus voces, no son los mismos de hace veinticinco años. Los de este tiempo hablan con seguridad y entusiasmo, creen más en la vida que en el trabajo, tienen una noción no castrante del amor. Los integrantes de este pequeño grupo se reúnen desde la cinco de la tarde hasta la medianoche, como estudiantes universitarios que desperdician el tiempo en disquisiciones filosóficas. Son colegas dispares que con el paso del tiempo aprendieron a no sorprenderse por nada, ni siquiera por la presencia de un poeta místico o de un alma asesina. En los estertores de la tertulia, pocos minutos antes de que el mesero guardara sillas y mesas, se escuchaba a un veterano decir la última palabra acerca del sometimiento armado de la época y a un novato replicar con la autosuficiencia del sabihondo que solo el cobarde deja que abusen de su paciencia, con cierto tono nostálgico, pues recordaba en carne viva la promesa hecha a su madre, el juramento pronunciado cuando era un niño de apenas siete años, de matar al padre que borracho arrastraba de los cabellos a la mujer. Era un deber aplazado mientras vivió la madre, una tarea pendiente que más pronto que tarde debía llevar a cabo. Eso pensaba hasta que otras voces moldearon su carácter.

Cuando el doctor Alberto todavía mantenía buena salud llegaba a la tertulia con el pelado, nadie se preguntaba qué trabajos hacía, poco importaba que fuera el sobrino o el guardaespaldas, lo dejaban ocupar un puesto en la tertulia, le permitían meter la cuchara para irse acostumbrando, como si estuviese predestinado a recoger la pipa de la paz que cae de la boca del contradictor. Según la teoría de los antípodas, quien tiende al mal escucha más nítidamente el llamado de la santidad y termina canonizado por el Papa. Una voz joven, opinaba el doctor Alberto, rompe la monotonía de la charla y liquida de una vez las ganas de agarrarse a golpes de los testarudos por una discusión banal. La discrepancia, la discordancia y la tolerancia, apuntaba el detective, son los tres pilares de la democracia y en ellos debe apoyarse el peleador callejero. El pelado recordaba inmediatamente al finado Arturo Ortiz, ídolo del barrio Sucre, muerto después de una pelea en la que había salido victorioso, como siempre. Arturín, como también le llamaban, confió en que el otro conocía las reglas de la calle y se resignaría a su condición de perdedor, pero el otro fue a su casa, volvió al campo de batalla y se dirigió a la tienda donde tomaba cerveza Arturín para asestarle la puñalada trapera. ¿O tropera? Trapera, doctor Albeiro. Desconoció las reglas el malparido ese. Así es, doctor.

Los contertulios lo dejaron hablar el resto del tiempo, entre el véspero y la horrible noche, como dicen los poetas. No conformes con la historia de la sufrida madre, el padre abusivo y la promesa del niño parricida, escucharon muy atentos el episodio de la muerte de Arturín. Como son las cosas, dijo el nuevo, todos en mi barrio recuerdan las hazañas de Arturín, pero nadie, absolutamente nadie recuerda el nombre del asesino. Al menos el alias, terció Doly. Ni siquiera el alias, señorita. Háblanos de tu amigo. Eran cuatro los hijos de doña Delia y el señor Felipe, todos hombres, pero el más recio fue Arturín, que se daba golpes con cualquiera, con enanos o gigantes. Parecía que disfrutara dando y recibiendo golpes, limpiando con el codo su rostro ensangrentado, derribando al contendor y escuchando vivas. Tras la pelea, después de saberse quién era el mejor, iban a la tienda a tomar cerveza. Ahí empezaba la amistad y, a diferencia del boxeo profesional, no había revancha.

Arturín era el mayor, después venía Luis, el de los mandados, le decíamos el zorro, pues se quedaba con las vueltas y a la corta edad de doce años amasó una envidiable fortuna, estrenando su adolescencia como poderoso prestamista. Rodrigo estudió medicina en Argentina, sus padres fueron al grado, regresaron a Colombia los tres, fueron de vacaciones a San Andrés y cuando se creía que el muchacho ejercería su profesión en el país, le escuchamos decir que volvería a la pampa pues la maestría aquí costaba cuarenta millones de pesos y allá nada. Lo perdimos para siempre. Perdimos a nuestro héroe Arturín, perdimos a nuestro primer médico y luego perdimos a toda la familia porque entre el zorro y Alberto, el hijo menor, egresado de electrónica de la Universidad del Valle, compraron casa en el barrio El Ingenio, estrato alto, nada que ver con nuestro empobrecido barrio. Hasta donde tengo entendido Sucre es una olla, joven, dijo Adriana, la actriz. Más respeto, señorita, no se meta con mi barrio, no vaya a pensar que por haberle confesado que quería matar a mi padre, todos los sucreños somos asesinos. Le ofrezco disculpas, joven, no quise decir eso, solo que allá me manda la policía cuando intento rescatar el espejo de mi auto. Frente a la ingenuidad del joven los demás no sabían si reír, llorar o mantener la compostura. La reacción desprevenida de un extraño que llegara en ese instante a la mesa contigua no sería otra que llenarse de expectativas para conocer más a fondo la vida en el barrio Sucre, como una especie de estudio somero de la cultura urbana. Consciente del interrogatorio y sus consecuencias, el doctor Alberto llamó al Pianista para enfriar el asunto. ¿Qué se toman, muchachos?, preguntó.

Nadie del grupo osaba provocar un disgusto al doctor Alberto, que en momentos ariscos se paraba de la mesa, pagaba la cuenta al mesero o hacía señas de lejos, un círculo con el dedo índice que significaba mañana vuelvo, y se marchaba sin despedirse de nadie. ¿Qué dijo usted que le sacó la piedra al doctor?, preguntaban. ¿Por qué se enojó el doctor Alberto, alguna tontería se dijo en esta mesa? Hola, no recuerdo haber dicho una frase ofensiva, respondían. No acostumbro a propagar las sandeces de internet, aseguraban. Tenía razón el escudero, en esa época se hacían comentarios, aunque solapadamente, que deslucían su prestigio. Existía la sospecha de que el doctor Alberto trabajaba para la mafia, que sacaba narcos de la cárcel a través de Albeiro, que tenía en la nómina a cantidad de jueces, secretarios y fiscales. Solamente buscaba protección con funcionarios de la rama judicial, en lugar de hacerlo con policías, militares, alcaldes o gobernadores. Por algo será, comentaban. Esa vez, entre dientes, murmuraron que el joven, que el nuevo, el contador de historias, podía ser un informante del doctor o un jíbaro, un sicario, no tanto escolta armado porque en ese caso habría salido corriendo detrás de su jefe.

Habiéndose largado el doctor, estaban preocupados por la cuenta, de pronto tendrían que hacer una vaca. ¿Cuánto? Sesenta mil pesos o tal vez más. Nos toca de diez mil, dijeron, nos salió barato. No incluían al joven para evitar que se sintiera con derecho a seguir contando historias. Qué tal que haya dejado la plata con él, conjeturaron, que sea su caja menor. Todo es posible en este mundo, señalaron. Para tranquilizarlos, Gonzalo llamó al mesero. Me trae la cuenta, por favor. El doctor Alberto pagó con tarjeta, declaró El pianista. Los insidiosos callaron las frases intrigantes. El doctor Alberto es una persona correcta, no lo dude, el más honorable, dijo Gonzalo.

Como era previsible, después de hacerse asiduo al negocio y vencer en franca lid, como Arturín, a sus detractores, que le pedían que fuera al grano en la narración de sus historias, que cuidara sus palabras y procurara referirse a hechos verosímiles, Pascual Duarte ruta dos (así llamaron al principio al joven Yovani) se ganó un puesto en la tertulia, a la derecha de Antonio, el detective. Ninguno opuso resistencia, nadie que se creyera intelectual hizo una mueca de desprecio, aun sabiendo que venía de un barrio deprimido con altos índice de violencia. La aceptación plena de Yovani ocurrió cuando el doctor Albeiro, su jefe inmediato, socio del doctor Alberto en la oficina, le encargó hacer gestiones en juzgados, notarías, incluso que fuera por el carro al parqueadero de la avenida sexta. No había transcurrido una semana cuando el rumor fue destronado por la noticia oficial, el joven Yovani había sido contratado como mensajero del bufete de abogados. De pronto se le veía compartiendo con Gonzalo, otras veces con Antonio, con Albeiro, con Doly, con Alejandra, con el mismo doctor Alberto. En diciembre, el mes de mayor gasto por las invitaciones, Yovani llegaba al lugar con sus amigos del paseo Bolívar, hacía su pedido y suplicaba a sus acompañantes que lo hicieran. A la hora de pagar sacaba su billetera al mismo tiempo que solicitaba la cuenta, sorprendiendo a los clientes que recordaban haberlo visto con una camisa raída y algo desnutrido en la mesa de los doctores. Jamás pensaron que podía sobreponerse a la pobreza y los castigos del padre.

Guarda tu dinero que yo pago, manifestó Antonio el día que recibió el recado. El pianista quería entender por qué el doctor Alberto le encargaba al doctor Albeiro que pidiera el favor a Yovani de llevarle un paquete al detective Antonio, si la oficina se encontraba a cincuenta metros. El mismo mesero se había ofrecido a acompañarlo a la oficina en diversas ocasiones y Antonio había manifestado que no era necesario. Como guste, doctor, pero ya sabe que estoy disponible para lo que sea. Cualquiera que desconociera el respeto que le tenía El pianista al doctor Alberto y de paso a su mensajero, interpretaría el ofrecimiento como celo. Además, El pianista dejaba ver un sentido de la justicia. De hecho, cuando estaban los doctores procuraba evitarle gastos. Así las cosas, la escena que construían en Monsones el abogado Albeiro y Yovani, su subalterno, era chaplinesca. Yovani bostezaba, miraba su reloj, llamaba al mesero y sacaba su billetera. El otro le decía que la guardara. Yovani insistía en pagar. Tranquilo, amigo, mañana pagas tú, señalaba Albeiro. Cómo así, doctor, mi plata también vale, insistía en pagar. El otro intentaba apartar el brazo con el billete entre los dedos. El pianista se interponía entre el jefe y el empleado, sabiendo quién era más débil y quién más fuerte, resolvía en pocos segundos el tire y afloje, sin importar la cuantía de la factura. Pudiera ser que consumieran diez mil o doscientos mil pesos. Que el consumo saliera barato no eximía al mensajero de gozar del derecho a demostrar su capacidad económica.

Poco a poco trabaron una bonita amistad, que ocultaba con un velo cómplice la jerarquía del organigrama empresarial. Los sábados a las diez de la mañana Albeiro invitaba a Yovani al cine club del teatro Calima y este no se rehusaba, más bien influía en la decisión del mesero de aprovechar la circunstancia para regalarse un rato de esparcimiento. Tras el anuncio de Albeiro de disponerse a ver una película, El pianista encontraba la oportunidad perfecta para obtener el permiso de Isaac, el propietario de Monsones, con la condición de volver a tiempo a sus labores, antes de que la turba de cinéfilos ocupara las mesas dentro y fuera del negocio. En la parte interna de Monsones solía almorzar la mayoría de clientes y en la externa se veía uno que otro comensal rodeado de gente ruidosa. El pasadizo de la zona externa con sus vigorosas arcadas, con pilastra de vetas doradas y base dórica que tanto inspiraban a los poetas de la ciudad, parecía diseñado exclusivamente para poner cualquier cantidad de mesas donde los clientes pudieran dar rienda suelta a la conversación y consumir café, jugo de mandarina y cerveza. Esa imagen de una congregación feliz le recordaba al mesero la hora de volver a su actividad cotidiana, impulsado además por el mecanismo de relojería de unos bombillos de baja intensidad colocados en los extremos que se encendían un par de minutos antes de terminar la película, para que los cinéfilos precavidos pudieran salir por el estrecho túnel sin tropezar ni sufrir accidentes. El pianista solo tenía que seguirlos y unos metros más adelante pasarlos para alcanzar la puerta del teatro y correr hacia Monsones, ponerse su chaqueta, su corbatín y estar en su puesto atento al llamado de la distinguida clientela.

 


 

LAS DIVAS

 

 

El recuerdo del peleador callejero Arturín, héroe de Yovani, suscitó la cascada de asociaciones, mientras esperaba la llegada de Doly. Los temas de la reunión eran el resultado de las pesquisas para encontrar a un turista gringo desaparecido, el seguimiento del guía turístico Julián y la locura de Gonzalo, contador, comentarista radial y viejo contertulio. Estaba convencido de que entrar al juego de las asociaciones no garantizaba salir ileso, pero podía más su empeño en los ejercicios para mantenerse en forma y fortalecer la memoria. La manía de tomar nota en su celular de los gastos efectuados en el día hacía parte de tales ejercicios. Yo no busco, yo encuentro, había manifestado el pintor en una entrevista, y no era que el hombre partiera de cero, sino de un conocimiento previo, de una preparación que lo predisponía al hallazgo. No tenía gracia preguntar a Isaac por qué Monsones se llamaba Monsones, en cambio averiguarlo él mismo con la técnica asociativa, que incluía intercambiar palabras al azar con cualquier persona, de cualquier condición social, en los sitios de descanso en su peregrinar incesante, tanto como el uso bizarro de la estadística, resultaba gratificante. La diferencia con sus informantes del Dane consistía en la relación de obediencia o irreverencia frente a la estadística. Ellos se postraban a la diosa, abusaban del análisis en el computador al punto de que en muchas ocasiones se perdían en el laberinto de datos, él por el contrario dejaba que el azar, lo aleatorio, lo probable, la inferencia fueran detrás suyo como el perro que escolta a su amo.

Arturín, peleador callejero, Monzón, no Monsón, boxeador peso mediano idolatrado en su país, campeón mundial. El otro es Ringo Bonavena, peso pesado, siete victorias después de perder con Ron Lyle y pudo seguir en esa senda de haberse librado de frecuentar bares y casinos en Nevada. Susana Giménez, la diva del espectáculo que dicen echó a perder la carrera de Monzón, argentina como Piazzolla, como Ringo. La tragedia persiguió a Elza Soares, la diva brasilera, censurada por subir a Garrincha al tren de la perdición, ambos de Río de Janeiro. Los entrevistadores se cansaron de preguntarle por su relación con Garrincha y en el nuevo siglo Elza se valía por sí misma por su potente voz, ronca como la voz de su padre Louis Armstrong, a quien conoció personalmente, encuentro que no se cansó de mencionar en las entrevistas. Elza sobrevivió a pesar de Garrincha y de Armstrong, entre otros méritos, por su particular interpretación de Malandro, la canción de Jorge Aragão. Malandro / Sou eu que te falo em nome daquela / Que na passarela é porta-estandarte / E lá na favela tem nome de flor / Malandro / Só peço favor que te tenhas cuidado / As coisas não andam tão bem pro seu lado / Assim você mata rosinha de dor. Elza no fue salvada por la samba, fue salvada por su voz de metal pesado. Con cierto parecido a la patrona de Guillermo, esta otra proveniente de Buenaventura, el rostro curtido de Elzinha no quiso desprenderse de su pasado, mantuvo la marca de la favela, del país del hambre, como solía decir. La víctima fue Garrincha, o maior driblador do mundo.

Alguna vez Antonio, el detective, despertó de la pesadilla sin saber si la mujer era Susana la cabaretera o Elza la leyenda de la samba, si el piano lo tocaba Piazzolla o Carlos Monzón con los guantes puestos, una persecución de película protagonizada por un zorrero que bajaba a gran velocidad del barrio Terrón. De pronto por las cajas de cartón que llevaba de sobrepeso la zorra perdió el equilibrio, dio volteretas y terminó en un canal de aguas residuales. El zorrero se incorporó mojado de las profundidas de la acequia y trató de subir por el muro de cemento, lo intentó varias veces hasta que llegó la mujer que lo rescataría. Estaba llorando y el maquillaje se le descorrió, se limpió la mancha gris con un pañuelo que arrojó al zorrero para que se secara. Por el tatuaje en el omoplato y la estatura que llegaba al metro cincuenta Antonio reconoció en la pesadilla la figura de Elza. ¿Hijo, por qué cayó ahí?, preguntó Elza. Señora, un vigilante con machete en mano me obligó a correr, tuve que bajar a gran velocidad por la carretera, en contravía, corriendo el peligro de desbarrancarme, de morir atropellado por un carro loco. Quizás sospecharon del hombre por la zorra, pues algunos recicladores hurtan cosas que ocultan en las cajas de cartón o en los costales que suelen llevar a bordo. Llamaré a la policía para que lo saque, dijo Elza. Señora, lléveme con usted, por favor, suplicó el zorrero poseído por el miedo, siento que me persiguen los perros de caza. Antonio asociaba la zorra volcada con los días sombríos que estaban viviendo los informales en un país dominado por el fascismo y el asesinatro de jóvenes desempleados que hacían pasar por guerrilleros. Yovani no era desempleado, sin embargo pudo haber corrido la misma suerte. Justo cuando Elza hablaba por celular con el comandante de la policía, que por tratarse de Elza corrió a ordenar a sus hombres que fueran a la vía que de Terrón conduce a la carretera al mar, escuchó cantar el gallo de la vecina y despertó sobresaltado.

Por la información que se agolpaba en su mente para derivar en juego de palabras, asociaciones y pesadillas constantes, Antonio no necesitaba balancearse en volutas de humo de mariguana ni aspirar una cuota de liviandad con la coca que merodeaba en los alrededores, nada de eso, ni siquiera verse tentado de sentar en sus piernas a una joven adorable en la casa de citas de la patrona. Hablando de Roma y el burro que se asoma, dijo Antonio, después de divisar a los lejos a un hombrecito encorvado que renqueaba, como el jorobado de nuestra señora de Paris. Se fue acercando por la acera del restaurante Mandarín, con dos mujeres jóvenes al lado, hasta que se dejó ver de cuerpo entero con su atuendo típico, mocasines de cuero, pantalón de gabardina y camisa larga de seda, con puños largos abotonados por partida doble. Por lo visto, Guillermo se dirigía a su mesa con sus jóvenes acompañantes, quizás para reiterar la invitación de la patrona, que estaría complacida de recibir en sus aposentos a un visitante ilustre. Temía que le dañara la cita con Doly, por lo que conservó la calma para saludar cortésmente a Guillermo y las jóvenes, para escuchar con atención la oferta de entretenimiento. Alguien susurró algo al oído de Antonio, tal vez la experimentada Susana antes que la artista Elza apareciera de improviso para impedirlo, y decidió acompañar al trío al servicio de la patrona, en medio del relacionista público del negocio y las jóvenes prostitutas.

Doly le había dicho que debían verse para confesarle algo importante. Por su jefe el Samurai, Antonio sabía que se trataba del secuestro de un turista gringo. Además, ella tenía información sobre Julián y creía necesario recibir instrucciones precisas para continuar la pesquisa en la búsqueda de su verdadera identidad. El posible estado de locura de Gonzalo era una apreciación de Mario, el estudiante de medicina, que la ponía alerta para que tomara cartas en el asunto. Es un asunto de amigos, dijo Doly, pero puede resultar conectado con nuestro trabajo. Mientras Antonio cavilaba en sus compromisos, Guillermo pedía a una de las muchachas, la que se llamaba Ana, que se adelantara. Por la avenida de Las Américas, a la altura del edificio Belmonte, giraron a la derecha. Espere, maestro, que compró unos cigarrillos, dijo Guillermo. Me recuerda su nombre, dijo Antonio aprovechando que estaba a solas con la otra joven. Marcia, respondió la joven. Marcia qué, si se puede saber. Marcia Jácome, completó. Debe ser un alias, pensó Antonio, no es tonta para revelar su identidad a un extraño. La joven pareció adivinarle el pensamiento, pues agregó:  Es mi verdadero nombre, si no me cree pregúntele a Memo. Con mucho gusto, dijo Antonio estrechándole la mano.

Cuando íbamos al café Memo nos dijo que usted es investigador, que es maestro de artes marciales, ¿es cierto? En parte, soy investigador, detective para otros, pero maestro de artes marciales como mi jefe, no, en realidad no. Gracias por decírmelo... sabe qué, no crea que soy analfabeta, soy estudiante de octavo semestre de ingeniería industrial. Te felicito, Marcia. Si quiere le explico la diferencia entre investigador y detective. Listo, a ver dime. El detective persigue gente sospechosa, el investigador resuelve problemas por encargo. Por mi parte diría que el detective se persigue a sí mismo, añadió Antonio, pero nunca se halla. Jajajaja, reaccionó Marcia con buen sentido del humor, no me haga reír, y le dio un empujón con el codo. Ese gesto significaba que le había caído bien y podían ser buenos amigos. De modo innecesario Antonio se fue por la rama analógica: Es como un mercenario, pero también como una víctima de la economía arruinada que busca salvarse impidiendo la felicidad de los amantes. Así es, desde luego. Es como el blanco de los señalamientos de la amante que se cree con más derecho a estar con el hombre de la esposa legítima. De acuerdo, Antonio, ¿te puedo llamar Antonio? Puedes, ni más faltaba. Gracias. Cuando se descubre el engaño, todos sufren, la amante, el marido infiel, la esposa de este, por culpa del detectiva, que desafió la incomodidad del frió y la lluvia para apostarse todo el día a la salida del motel, con el objeto de cumplir la orden proferida por la esposa. Sé muy bien lo que hace un detective, además de los trabajos realizados en clase, he visto películas con mi amiga Marlene. ¿Quién es Marlene? Mi compañera de cuarto, ambas somos de Roldanillo, ¿conoces mi pueblo? Conozco, hace tiempo trabajé en un caso en Bolívar y me alojaba en un hotel de Roldanillo. En eso volvió Guillermo y cortó la conversación. Para Antonio era suficiente. Entraron al negocio, a la casa de citas, Antonio hizo un pedido. Las jóvenes y Guillermo lo acompañaban. Luego llegó la patrona a la mesa, era conocida, clienta de amigos abogados, fiscales y jueces del entorno del doctor Albeiro, no del doctor Alberto, que evitaba ciertas relaciones. Diez minutos después Antonio pagó la cuenta y aparte de ello le entregó cien mil pesos a Guillermo para que los repartiera con las muchachas. No tomó ni un trago, no le apetecía en décadas de abstinencia. Todavía tenía tiempo para cumplir la cita acordada con Dylo.

 


 

EL REGRESO

 

 

¡Qué emoción embargaría a Adriana cuando atravesó el viejo puente de ladrillo de su infancia para entrar de lleno al cañón del Aguacatal! Vio de lado las casitas de la urbanización El Aguacatal construidas para los artistas de la ciudad, el cuartel de los bomberos y el colegio para niñas de clase media, La Presentación, su colegio sitiado por la horda de Terrón Colorado, que vigilaba desde el pico de la montaña el momento en que el celador se durmiera para empezar su labor delictiva. Del punto del centro turístico o Club Campestre Las Estrellas hasta la finca donde vivía con su familia, no había nada, todo era agreste, descampado, desolado, solo unas pocas casetas a la orilla del río Aguacatal que paulatinamente le ganaban unos metros de terreno a la carretera para correrse y poder construir los dormitorios. Por poseer una finca inmensa con toda clase de animales, cercada con alambre de púas y protegida por perros bravos, la familia se revelaba como una familia de potentados. Y Adriana era la niña rica consentida por la rectora, la jovencita bonita de trenzas color azabache, la actriz destacada en los intercolegiados de teatro donde el colegio La Presentación siempre quedaba finalista. Admirada por los pelados de Terrón debido a la suntuosidad del uniforme del colegio, no sabían ellos que por un acuerdo con la secretaría de educación municipal los colegios privados de la ciudad debían conceder cupos a los habitantes de los barrios deprimidos, estrato uno y dos. En realidad, la familia Urdinola no era pariente de los Urdinola, compuesta por prestantes hombres de negocio, famosos personajes de la política, honorables concejales, encumbrados gerentes de las empresas públicas, burocratizadas en exceso, botín de guerra, Emcali, Emsirva, Empresas de Licores del Valle, Lotería del Valle, CVC, Dagma, por mencionar unas cuantas.

Los Urdinolas pobres que vivían como clase media en una finca sin límites en las profundidades del cañón del Aguacatal constituían una fuerza laboral impresionante capaz de construir la muralla china, un batallón de paisas súper trabajadores, niños, niñas, adolescentes, jóvenes corpulentos, bien alimentados, adultos con afición por la soltería, matrimonios con prole exuberante, como racimos de banano, muchos primos entreverados con los hijos, viejos experimentados en las labores del campo, ancianos recocheros, un despliegue asombroso de hormigas que se movían sin descanso desde las cuatro de la mañana hasta el atardecer. A esa hora Adriana, la única con ambiciones intelectuales entre una docena de mujeres bien dotadas, se dirigía a recibir clases en la universidad pública, en un horario nocturno algo complicado pues no siempre tenía a la mano la camioneta de la familia para transportarse hasta el barrio San Fernando, por lo que debía someterse a los rigores de la gente del común que se apostaba a lo largo de la carrera diez para ver pasar los yipetos atestados de pasajeros. En ocasiones tenía que esperar hasta dos horas para detener un yip que le hiciera el favor de subir, pues oficialmente no había cupo, para viajar apretujada hasta la finca. Estudiaba administración de empresas, carrera que abandonó en segundo semestre para pasarse al horario diurno, tener más opciones de movilidad y descartar definitivamente el uso de la camioneta familiar.

Le tocaba subir a la cima de Terrón por las gradas que la comunidad había construido en las laderas del cerro, unas treinta gradas tendidas a lo largo de la montaña, entre rocas y casas, como festones descoloridos por los rayos del sol que en algún momento pretendieron imitar las figuras de Nazca. La joven Adriana podía darse tiempo para remontar el río hasta un punto de la cañada donde el agua era cristalina, pura y limpia, desde la base del barrio Realengo hasta la base de Villa del Mar. En sentido contrario, desde La Presentación hasta la desembocadura en el río Cali, el Aguacatal era una acequia. Era la parte más peligrosa, pues arriba aparecía imponente el barrio Realengo, que no atemorizaba a La mona, como le decían. Llamaba la atención que las pequeñas lagartijas, como se imaginaba que eran vistos desde abajo, los niños y jóvenes habitantes de la zona, adheridos como si nada al terreno escarpado, no se la montaban. Desde el portón de la finca, antes de empezar el ascenso, podía sentir la fatiga, Terrón le parecía una montaña invencible, era incapaz de calcular el tamaño de la tarea o adivinar el objetivo que hacía mover pequeñas figuras a lo lejos, que aparecían súbitamente en las gradas y desaparecían en algún escalón que fingía suplantar el sombrero de mago.

Pero al llegar a la cima miraba su reloj y constataba que no había transcurrido cinco minutos entre su partida de la finca y la conquista de la meseta que coronaba el gran cerro, atalaya del mar Pacífico. La proeza imposible de realizar, como se imaginada la alpinista cada vez que le tocaba ir por esos lados a la universidad, era un espejismo. Conociendo como era de brava, ningún atrevido intentaba lanzarle piropos soeces o tocarle la cola. Si así fuera, sabía que le iría mal, porque una montonera de hombres y mujeres armados con palos, machetes, revólveres y fusiles subiría hasta su escondrijo para darle caza y lincharlo. La vida de los cerriles, como decía Maicon, amigo de infancia de Adriana, vecino del barrio Palermo, el mismo barrio de El Pianista, al otro lado del cerro, a la izquierda como quien se dirige a Buenaventura, influía en la modificación del carácter y las costumbres de los Urdinola. Vivir entre malandros tenía sus ventajas, endurecía la piel y mantenía alerta el instinto de supervivencia. Muchos años atrás, el patriarca, dos hijos adolescentes y una hija, no Adriana, otra, habían llegado a inspeccionar el lugar con un pliego de cartulina y marcadores como herramientas de urbanista, y Maicon recordaba haber sido premiado con una gaseosa por sostener contra el pecho el plano improvisado. Había llegado el anterior propietario con papeles de compra venta y un recibo por cinco millones de pesos. El niño Maicon tenía razón al considerar, a sus escasos siete años, que el terreno comprado en sitio plano era el indicado para construir un rancho. Al deletrear las frases escritas por el patriarca en las márgenes del plano, Maicon descubrió que el rancho era el proyecto más pequeño, levantado en un islote del río, y que la verdadera obra, la casona para alojar unas veinte personas, se construiría en una explanada protegida por un peñón. O sea que no haría falta cercar.

De niño pobre proveniente de una familia con casa humilde a la orilla del río Maicon se convirtió de pronto en el ahijado de los Urdinola, en una persona de confianza. Cuando Adriana entró a estudiar teatro en la universidad y a tener que subir la cuesta para ganar tiempo, se ofreció a acompañarla. En los primeros días no hubo problema, pero después se atrasaba, entretenido en explorar oquedades en la montaña, en busca de tesoros, de huacas. Quizás quería hacerse millonario de la noche a la mañana para tener una finca como los Urdinola, comprarle nevera y lavadora a su madre, comprarse para el mismo una moto de alto cilindraje, la Harley que había visto en una revista de Héctor Urdinola. Olvidaba las lecciones aprendidas de sus padrinos, que todo se conseguía a punta de trabajo, de tesón y esfuerzo, y que solo una familia verraca podía comprar el lote y construir una fortaleza en medio del cañón del Aguacatal, que para los Urdinola significaba un pequeño refugio donde multiplicarse de forma pacífica, mientras que para el resto de habitantes de esa extensa zona montañosa era algo parecido a la primera piedra de un poderoso imperio esmeraldero, un asentamiento de colonos en busca del oro, como solían ver en las películas.

Nadie de su familia supo que ella estaba en camino, por consiguiente, no la esperaron en el aeropuerto para abrazarla, intercambiar algunas palabras en medio del llanto y llevarla en la camioneta a casa para celebrar el feliz reencuentro. Ella misma organizó un itinerario extraño, pues a eso del mediodía tomó la buseta que del aeropuerto lleva a los pasajeros al terminal de transporte y de ahí se dirigió con su pequeña maleta al restaurante del hotel Nueva York. Después se encontró con una persona mayor en la cafetería de la librería Nacional. Salieron caminando hasta Monsones y atravesaron el paseo Bolívar, como hacían todos desde que ese trecho de la calle doce se volvió peatonal. No había nadie conocido en el negocio, no estaba Isacc Liscano, el propietario, solo el mesero, El Pianista. Hola, señorita Adriana, hacía mucho tiempo que no la veía por estos lados, ¿qué hay de su vida? Todo bien, amigo Néstor, gracias, ¿todavía vive en Palermo? Todavía tenemos nuestra casita en Palermo, ¿cuándo arrima? Un día de estos, señor. ¿Cómo está Maicon, tampoco he vuelto a verlo? Me parece que está bien, le daré su saludo. El doctor Antonio, su amigo, viene poco. Más tarde lo llamo para saber cómo esta. ¿Qué van a comer? Hicieron el pedido, comieron, tomaron un café, conversaron otro rato y se citaron nuevamente. A eso de las tres de la tarde, el señor mayor de edad pidió un Uber desde su celular, el taxi que llevaría a la joven Adriana al seno familiar, a la finca Ponderosa, nombre que le habían puesto durante su ausencia.

Por el espejo del vehículo podía observarse que estaba algo debilitada emocionalmente después de haber pagado dos años de cárcel en México. Sin embargo, sabía que solo mirando con detenimiento las calles, los lugares, los puntos icónicos del trayecto norte occidente hasta su casa, podía presentar a su familia una cara diferente, si no la misma antes de irse al país azteca, al menos una parecida que reflejara sosiego. Por eso se entregaba a contemplar con devoción ese pequeño trozo de la ciudad, esa punta de la nariz que de forma metonímica le indicara el estado de salud de la urbe, el rostro, el semblante que había dejado de ver por un tiempo. Quería vencer el escepticismo y a veces sentía que no podía después del largo encierro en el Centro Femenil de Reinserción Social, conocido también como Cárcel de Mujeres de Santa Martha Acatitla, Reclusorio Preventivo Femenil o Centro Femenil de Readaptación Social. De cualquier modo, uno u otro nombre no impedía que las cartas le llegaran a Maicon, su confidente, el único que sabía que estaba presa. En cambio, con sus familiares, la comunicación era por celular, que estaba bien, que no se preocuparan, que pronto volvería a casa.

Las imágenes de la ciudad desde el avión, el reconocimiento de los municipios aledaños de Yumbo, Candelaria y Palmira, pasaban por su retina sin despertarle ninguna emoción. Solo después de abandonar Monsones y contemplar por las ventanas del taxi el río Cali, el parque de los gatos de Tejada, los edificios de Normandía, los muros de contención en la avenida cuarta oeste y los edificios a la entrada del sector de Aguacatal pudo cobrar vida, más aún, cuando el vehículo giró hacia la derecha poco antes de la portada al mar, se le aguaron los ojos. Entonces sintió que las casitas de ladrillo a los lados de la carretera, en paralelo con el fluir lento y cansado del río Aguacatal, le daban la bienvenida en un escenario de remolinos de tierra y hojas secas. Justo en el puente entre la urbanización Aguacatal y el cuartel de bomberos empezó a imaginarse junto a Maicon, su amigo, cómplice y compañero de aventuras desde la primera infancia, en un abrazo prolongado. Maicon era un muchacho trabajador, entregado a labores físicas del campo, a lo que hubiera que hacer con tal de ganar unos pesos, nada entusiasta con los libros, nada imprudente como Yovani, todo lo contrario, atento a las discusiones que sostenía su amiga con los intelectuales de Monsones. La única actividad no física que realizaba con placer Maicon era asistir a las obras de teatro, inicialmente a las que protagonizaba Adriana, posteriormente a cualquiera que se presentara en la ciudad. Había visto mucho teatro y participado en los foros tantas veces que los estudiantes lo paraban en la calle para saber su opinión.

¿Pero qué tenía que ver Adriana y esta larga historia sobre su persona con la misión encomendada por Antonio a Dylo de encontrar el sitio exacto en La ventana donde un grupo armado tenía secuestrado a un ciudadano norteamericano? Adriana era amiga de vieja data de Arbey, el biólogo y agrónomo que frecuentara en su militancia política en la universidad y que podía servir de guía de Dylo en la incursión por ese territorio en poder de los paramilitares que conocía como la palma de su mano.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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