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Pedro Orejuela

EL AMOR ES UN VIAJERO CONFIADO

 

A las cinco de la mañana, Victoria y Samuel estaban en lo más alto de la vereda, se dirigían al pueblo en la chiva, no había puesto dentro y las personas colgaban en las ventanas. Otras personas que esperaban en el camino prefirieron no subir, el motor parecía que explotaría en cualquier momento, dado el esfuerzo que hacia el vehículo para sobrepasar los huecos y las piedras puntudas que abundan en la carretera. Los campesinos del lugar, conocedores del problema de la vía, organizaban mingas para retirar piedras y tapar huecos, dado que el Estado sólo hacía presencia en época electoral. Las mingas terminaban en acaloradas discusiones políticas sin sentido, acompañadas de abundante licor.

Acaso la persecución asidua de causas perdidas y no la intriga me llevaron a cuestionarme sobre lo ocurrido a Victoria ese desafortunado trece de junio. Debo confesar con cierto temor que sólo ver a Victoria, una joven de cabellos claros en espiral que le caían por los hombros, me producía una sensación que hasta hora comienzo a comprender. La quería, es cierto, y supongo que ella me quiso. Victoria poseía una belleza indiscutible que casi arrastraba a los hombres a la locura, por tanto no culpo a Samuel por su proceder y tal vez él había enloquecido antes de casarse con ella no hace mucho tiempo. Si para Victoria la ilusión de haber encontrado el hombre de sus sueños era una ilusión, no se explicaba lo que le estaba pasando a su esposo ni el motivo, pues había cambiado drásticamente.

Mi amistad de infancia con Samuel estaba deteriorada desde el matrimonio, yo tenía prohibida la entrada a su casa, él también sospechaba de mí y yo no tenía una excusa para estar cerca de Victoria. Samuel se había convertido en un celoso enfermizo y su rostro descompuesto evidenciaba eso que los psicólogos consideran un caso de celotipia. “La última ocurrencia de Samuel es prohibirme bajar al pueblo y conversar con hombres”, me confesó Victoria la última vez que la vi. Mi amiga, la esposa de Samuel, no bajaba al pueblo hacía casi un año y había perdido el contacto con otros seres humanos al punto de olvidar sus intereses.

Sólo entonces me di cuenta que efectivamente Victoria y Samuel iban al pueblo en la chiva ese desafortunado trece de junio. ¿Qué era exactamente lo que iban a hacer al pueblo? Ese interrogante tozudo no me ha dejado dormir. Si ellos bajaban al pueblo era por un motivo bastante importante y yo quería saber cuál y a eso me dediqué durante estos últimos meses. El tiempo, el viaje que hice a Antioquia y las averiguaciones me han permitido confirmar mi hipótesis que ya es una tesis, la cual describo a continuación:

Carlos, el mejor amigo de Samuel, había logrado robar el corazón de Victoria ese día trece de junio. Victoria seguiría a Carlos a Bello, Antioquia, donde él había comprado una pequeña finca. Llegar al lugar era muy complicado pero el esfuerzo valía la pena. La finca contaba con unos inmejorables prados para forraje y árboles frutales que se convertían en la envidia de los vecinos. La finca era un lugar paradisiaco atravesado por un riachuelo de aguas cristalinas (ahora yo vivo aquí como tratando de quedarme con algo de Victoria).

En perspectiva, si hay que ver lo que pasó antes de la aventura por Bello, al llegar al pueblo de los huecos y peñascos y bajar de la chiva, Victoria le dirá a Samuel que estará de vuelta mientras él compra los granos y se toma unas cervezas con los amigos (este dato me lo confirmó Eugenio, que estaba en el bar esperándolo). Se verán de nuevo para regresar a casa en una hora, mientras Victoria lleva a Guillermina (su amiga de infancia) la mantequilla que le ha prometido y que ella hizo con esmero en su hogar. El propio Samuel contempla a Victoria batiendo pacientemente las natas de la leche que ha ordeñado a Fulgencia, la única vaca que tienen. Algo incómodo por la situación, Samuel ha dado a conocer su negativa, pero la insistencia de Victoria durante toda la semana consigue que se acostumbre a la idea (de tanto escucharlas, las palabras terminan conquistando la mente de una persona).

La ausencia de Victoria era sólo de una hora. Guillermina hacía mucho que no la veía y añoraba esos viejos tiempos en que se sentaban en la sala de la casa a saborear un delicioso café. Sembrado, recolectado, molido y colado por Guillermina, ese café sabía delicioso y le daba ánimos. Dado el temperamento violento de Samuel, era preciso idear un plan de fuga perfecto para poder salir al encuentro con Carlos, sin despertar sospechas. Poseedora de una mente brillante, Victoria pensaba en todos los detalles, el jeep Willis estaría esperando en la plaza principal, junto a los otros vehículos que transportan gente y mercancía, una vez lleno el jeep partiría, de pronto el motorista anunciaría la próxima parada y Carlos divisaría un jeep Willis polvoriento a lo lejos.

Victoria nunca llegó a casa de Guillermina y obtuvo una hora de ventaja sobre el celoso y compulsivo Samuel. Sin lugar a dudas, Victoria prefirió arriesgarlo todo a seguir un día más como prisionera en una casa de cristal. Carlos le dio todo lo que no había podido tener al lado de Samuel (a Carlos no lo he vuelto a ver y poco ayudó en mi investigación). Es de suponer que cuando la felicidad está a la vuelta de la esquina, el infortunio que reencarna en algo o alguien se interpone sin que se pueda hacer nada. En el caso del asunto amoroso que involucró a Victoria, Carlos y Samuel, en aquel fatídico trece de junio hizo su aparición la muerte, que vive con nosotros y es nuestra eterna compañía.

Eran las cinco de la mañana, el sol asomaba calentando la fría sabana, la chiva llevaba los frutos de la tierra, que serían vendidos en el pueblo. En la cuesta bastante estrecha el esfuerzo del motor era máximo y parecía que todos apretaban los dientes para que el aparato lograra sortear sin dificultad la empinada montaña. Pero el motor explotó varias veces y el humo negro del exosto emanó sin compasión acompañado de un ruido fuerte y seguido. Los inexpertos soldados del batallón de alta montaña que patrullaban la zona y habían relevado al anterior contingente, pensaron que guerrilleros de la columna Teófilo Forero estaban disparándoles desde la chiva que se acercaba a ellos. Con la excusa de la oscuridad, los soldados vieron cómo aquellas personas se bajaban de la chiva y se escondían en las montañas para tomar posición y seguir el ataque.

En la indagatoria hecha por la justicia penal militar (que no da garantía de nada: militares juzgados por militares), los soldados dijeron que dispararon toda su munición y recurrieron al proveedor de reserva. Según las investigaciones, fueron mil novecientos cincuenta cartuchos de munición siete punto sesenta y dos los encontrados en el lugar de los hechos. En la lluvia de plomo murieron todos los pasajeros que iban delante, incluido el conductor; otros que estaban en el techo del vehículo también murieron. En total quince personas fueron dadas de baja por el ejército, entre ellos Victoria y Samuel, que viajaban ese trece de junio convencidos de poder rescatar la felicidad. Su intención fue siempre subir a la chiva, confundirse con los demás pasajeros, campesinos, forasteros y turistas, de modo que es erróneo pensar que podrían haber bajado para evitar la muerte.

 


INVOCACIÓN A LOS DESMEMORIADOS

 

El gran teatro Sotomayor de Bucaramanga agoniza. Sus estructuras en mal estado dan testimonio de una época de intensa actividad cultural. En su viaje al interior del país, los grandes artistas pasaban primero por Cúcuta y luego se dirigían a Bucaramanga. El teatro Sotomayor era una escala obligada y una oportunidad para colmar la avidez de buenos espectáculos de los bumangueses.

El teatro Sotomayor es habitado ahora por indigentes. “Existe”, aunque no en las mejores condiciones, pero su presencia da testimonio de una época, invita al transeúnte a cuestionarse por el pasado y tal vez despierte sentimientos piadosos para que la demolición se cancele. No podemos decir lo mismo de Cali. Ya no existen en la ciudad el hotel Alférez Real, la hermosa iglesia colonial que existía en el hoy edificio Santa Librada (Carrera 4ª con calle 13 esquina), convertida en parqueaderos, el Batallón Pichincha (reemplazado por el CAM) y las innumerables casonas del tradicional barrio San Antonio utilizadas como garaje (calle 5ª con Carrera 6ª esquina). En este momento aguardamos los resultados de la demolición que se está haciendo en la carrera 6ª, entre calles 2ª y 3ª. Eso sin mencionar la remodelación de Granada, el barrio gourmet de Cali.

El ideal de hacer de San Antonio un teatro de la preservación arquitectónica, como La Candelaria en Bogotá, es una vana ilusión. Existen normas para la preservación del patrimonio arquitectónico del barrio, pero no hay quién las haga cumplir. ¿Quién le pondrá el cascabel al gato? Pese al llamado triste de los conservacionistas, se siguen destruyendo viviendas en esta nueva arquitectura llamada funcional, que simplifica las líneas, subordina lo artístico a lo utilitario y destruye la memoria histórica.

Se destruye porque hay una desvinculación entre el objeto (el sitio arquitectónico) y los “sentimientos vividos”. Para el advenedizo no tiene sentido porque no ha “vivido los sitios”. En cambio, debe invitarse al ciudadano a que conozca estas “vivencias” para que se apropie de ellas y se genere ese vínculo entre los que vivimos en la ciudad y los que la habitaron y están muertos.

El turista no tiene la culpa de su pragmatismo. Al visitar la hacienda “El Paraíso” no capta la relación entre el objeto en la habitación, la arquitectura de la casa y el entorno, y mucho menos si no se ha leído la novela de Jorge Isaacs. Esta desconexión contribuye a la subvaloración del bien simbólico que da paso a su destrucción. La capacitación del guía turístico debe apuntar al fortalecimiento de las relaciones. Si se quiere hacer conciencia, el papel de la educación es fundamental, seguro.

En la novela María el hogar es el espacio recorrido por los afectos; cada hijo tiene su habitación caracterizada por los objetos que ama. Dice Efraín: a las ocho fuimos al comedor el cual estaba pintorescamente situado en la parte oriental de la casa; desde él se veían las crestas desnudas de las montañas sobre el fondo estrellado del cielo. En otro pasaje dice Efraín: Traté de hacer un paraíso de la casa paterna.

La ciudad es sagrada como el hogar y la iglesia. Claro que podremos vivir sin la arquitectura, pero no podemos recordar el pasado sin ella. Sin embargo, destruimos lo poco que nos une a ese pasado, porque somos una generación que ha saltado a la vida sin sentido de pertenencia, sin identidad. Por eso vemos personas que se persignan ante el antiguo edificio de la Compañía Nacional de Tabacos, pensando que es una iglesia.

Se debe reconocer y difundir el valor artístico, arquitectónico e histórico, este último el más importante de los tres, para que cada ciudadano se apropie de su pasado, construya un mejor futuro y lo defienda de la aplanadora modernista.

 


SERES RESCATADOS DEL SUFRIMIENTO

Como excelente soldado de cristo Jesús,

Acepta tu parte en sufrir el mal.

Timoteo 2,3

Una persona pasa a tu lado pero hay algo que hace que tú la mires. Es un tipo común pero no un tipo cualquiera porque ha llamado poderosamente tu atención y atraído tu mirada en busca de algo que te obliga a fijarte en su aspecto. Aún no logras adivinarlo, lo sigues viendo, detallándolo, miras su vestimenta, corte de pelo, zapatos, uñas, pelos de la nariz, si salen indiscretamente, tantas cosas que parecen importantes pero que en verdad no lo son. Aún no logras descifrar el misterio, que es eso que lo hace especial, tan diferente de los demás, y te marchas sin darle más vuelta al asunto.

En estos veintitrés años he soportado lo que tiene que soportar un maestro, pero hasta yo tengo un límite, un día cualquiera llego a la escuela (todos los días son iguales), entro al aula (jaula) de clases. Llegó Mr. Been, escucho desde el fondo del salón. En mis tiempos esta falta de respeto era duramente castigada, me acuerdo de Fabián el indisciplinado, el rebelde, cuando el profesor Perdomo lo llevaba de las patillas hasta coordinación, hoy esa forma de corregir no concuerda con la nueva pedagogía del Ministerio de Educación.

Un maestro de escuela sólo es reconocido por otro maestro de escuela, la fatalidad los une, el fracaso, ambos odian su trabajo, el encuentro diario con seres que hay que educar, domar, encauzar, dirigir, guiar, corregir. Eso de la loable labor de educar a la juventud para el futuro del país es una estupidez, maestro y alumno deben convivir así no quieran, esa es la única fatalidad que se debe soportar, deben aprender a vivir con la desdicha, como dicen muchos que he conocido, el maestro y el alumno se odian, pero allí están el uno junto al otro.

El respeto por el profesor se ha perdido, entre otros efectivos valores de otra época, y ahora es una mera figurilla decorativa con la que se puede jugar en el salón de clase. Cualquiera es maestro porque le toca, porque no hay más en qué trabajar, y quizás por eso los profesores ya no son dogmáticos. Sigue el bullicio, parece que yo no estuviera allí, me he vuelto invisible. Después de colocar el maletín sobre el escritorio fijo la mirada en el horizonte y veo cómo Carlos, al fondo, sujeta del cabello a Marcela, al mismo tiempo que se me acerca una niña de ojos verdes y me dice que  Alejandro le rayó la camisa. Le digo a la niña que se siente que ahora arreglamos el problema.

Tengo ganas de gritar lo más fuerte posible, pero me acuerdo que gracias al invierno mi voz está casi ausente y en esta época no es raro que ocurra. Agarro el marcador que ha reemplazado a la tiza y escribo Taller, inmediatamente se escucha un no, que es característico, un no sostenido como de cuatro tiempos, como el de una redonda musical. Utilizar el truco del taller para no tener que hablar, porque no quiero y no puedo hablar, es contraproducente. Los alumnos se acercan en jauría a indagar, preguntar, ampliar o fastidiar, todos tienen preguntas distintas, cada uno es un caso aparte, en un taller de veinte preguntas por lo menos hay veinte alumnos preguntando.

Todos estos años el odio se ha acumulado, claro que he tratado de ignorar o de borrar este sentimiento reprochable pero es imposible. Hoy el calor es agobiante y estoy cansado de estos largos años de manipulaciones a mi nombramiento y a los traslados intempestivos a que me han sometido los funcionarios por darle mi puesto al maestro recomendado por Restrepo, el señor político. Me han mandado a zonas guerrilleras, luego me regresan, así, sin miramientos de ningún tipo, la entropía de mi mente aumenta dramáticamente y cojo la gran regla de madera que está a la derecha del tablero y, como si fuera el bateador estrella de los Yanquis de Nueva York, descargo mi furia con el primer imbécil que se me atraviese.

En esta ocasión el afortunado es Jesús, ¿quién supiera?, un niño con cero en conducta, de los que ahora llaman niños hiperactivos con déficit de atención. El gusano de todos los males de la sociedad, como es de público conocimiento, yace enquistado en el núcleo familiar, el padre alcohólico se encuentra en la cárcel por abusar de su hija de once años, la madre de la niña nunca lo denunció por temor a perder al padrastro, en cambio recriminó a la hija como si fuera una delincuente. Jesús recibe el golpe de lleno y arquea la espalda, la sensación es maravillosa por eso lo hago de nuevo. Jesús pega un alarido como de cerdo capado y he logrado por fin la atención del respetable, todos se sientan, me miran asustados.

Este nuevo rumbo que han tomado las cosas me gusta, con el temor se han construido y conseguido grandes y meritorias obras. La disciplina se consigue con el miedo, muchos inconvenientes me habría evitado en otro tiempo. No me tomo la molestia de explicar el motivo de mi comportamiento, prefiero no hablar a las paredes, camino hacia la puerta y antes de salir doy una última mirada a estos seres indefensos y libres de culpa. Salgo con mi maletín y entro a la oficina del rector para decirle que renuncio.

Ya afuera me concentro en la felicidad momentánea que experimento por no estar subordinado al rector e indirectamente al Ministerio de Educación. He comenzado con mucha ilusión la nueva vida de desempleado.

 


LA DEUDA

 

La vida por una deuda (26 de enero de 2008) Foto: Bernardo Peña/El País

Por una deuda de cien mil pesos, este hombre había decidido hacia el medio día de ayer terminar con su vida. Sin embargo, bomberos y policías lo convencieron de que no se ahorcara. Quería hacerlo en el rió Cali, a la altura de la Avenida de las Américas con dieciocho.

Terminaba de leer el titular anterior del periódico de hace un año, que guardo celosamente, y el recuerdo de Benjamín Walton, un gran amigo como pocos, se hizo presente. El caso es el siguiente: El joven Benjamín debía de alguna manera terminar de conquistar el amor esquivo de Susana, por eso no dudó en aparentar que poseía un terreno de dos mil metros cuadrados en el Carmelo. En los días previos Benjamín había firmado una letra por trescientos millones de pesos a favor de Carlos Hinojosa, un amigo de infancia muy hábil en los negocios. Benjamín dispuso inmediatamente de la confortable casa que tenía el lote campestre, parcela en la escritura pública, un artilugio de Carlos para pagar bajos impuestos. A Benjamín se le veía completamente feliz, la boda con Susana estaba planeada y en poco tiempo estarían casados por el rito Mormón, y lo mejor de todo, ya tenían casa donde vivir.

Por su parte, Carlos tomaba el asunto muy despreocupadamente porque en realidad su situación económica era buena (para mí era excelente) y veía esto con agradecimiento, resultado de todos estos años de amistad que había compartido desde la infancia con su amigo. Para Benjamín era la culminación de una serie de mentiras para lograr el definitivo sí de Susana, y era el comienzo de la revelación que crecería como una enorme bola de nieve.

Susana era supremamente bonita y sabía combinar perfectamente el inusual encuentro de la belleza con la inteligencia. Por su personalidad absorbente y sus modales discretos, como pocas que he conocido a lo largo de los años, parecía salida de los cánones tradicionales a los que estamos acostumbrados en esta sociedad. Naturalmente, Benjamín estaba hipnotizado y, como suele pasar a algunos que se enamoran con pasión desenfrenada, se veía afectado por los cambios en la noción del tiempo y su percepción optimista de la realidad, un sentimiento que muchos llaman amor pero que en realidad se origina en reprochables exacerbaciones del deseo insatisfecho.

Los amigos de infancia de Benjamín no nos sorprendimos con la noticia de su muerte y llegamos a pensar incluso que se había retrasado en su decisión. En la repartición de sus cosas, su hermana me hizo llegar algunos libros, entre ellos uno de Bukowski que en su interior guardaba una carta quizás nunca enviada o devuelta por la propia destinataria. Allí encontré un mensaje con errores de puntuación, no obstante entendible, un texto explicativo y condenatorio que preferiría no haber leído nunca y del cual rescato el último párrafo, un resumen de todo lo expuesto:

“Susana sabes que mis sentimientos desde un principio siempre fueron sinceros, lo otro no tiene importancia, aunque para ti sí, espero que comprendas lo que hice, la mentira es mi arma para enfrentar mi temor a perderte, cualquier cosa habría hecho por verte feliz, se que me abandonas por la ausencia de cosas materiales que no tengo, prefieres el oro, la comodidad y el qué dirán a mi amor verdadero, por eso eres la peor de las asesinas, ahora no te culpo pues esta en tu naturaleza, hoy no tengo vida, te has quedado con ella.

Siempre tuyo,

Benjamín”

Confieso que notaba el comportamiento de Benjamín bastante extraño, sin llegar a imaginar que el suicidio rondaba su mente. Ese día llego por la tarde y me dijo que haría un viaje sin regreso. Le pregunté si me podía llevar. Sólo tengo un tiquete, me contestó. Y hacia dónde nos vamos Benjamín, le pregunté. Salió sin responder y me dio un abrazo que me sorprendió, era la segunda vez que me abrazaba, la primera vez fue a las doce de la noche en una fiesta de fin de año en la que coincidimos. Este inusual comportamiento fue el que me obligó a seguirle los pasos sin que se diera cuenta. Llegamos al centro, paró en una ferretería, entró por espacio de cinco minutos y salió con una bolsa transparente en el que llevaba varios metros de una cuerda gruesa. Necesito una cuerda de buena calidad aunque cueste muy caro, fue lo que dijo Benjamín al vendedor, pues no quería que la soga se rompiera y que terminara en las aguas negras del río Cali haciendo el ridículo.

Benjamín buscaba un lugar público donde todos los medios amarillistas de la ciudad y ojala del país registraran su muerte, que al investigar sobre las causas del suicidio se dieran cuenta que Susana había desencadenado todo esto. Quería que ella se sintiera culpable por el trágico fallecimiento de su futuro esposo. Lo que no sabía Benjamín era que antes le haría un favor quitándose del medio, que al enterarse por sus familiares celebraría su deceso de una manera no oficial, pues estaba compartiendo su vida con Eugenio, otro amigo común.

Tal como estaba planeado, Benjamín buscó el puente de la avenida de las Américas con dieciocho, pero los vecinos que se plantan durante varias horas a recibir la brisa de las tardes caleñas en los edificios, avisaron inmediatamente a la policía y los bomberos. Estos últimos llegaron primero que la autoridad, porque un policía decidió tomar un kumis con almojábana diciendo, según testigos, “lo que soy yo ni loco trabajo con el estómago vació”. Razón no le faltaba, para el uniformado se estaba acercando la hora de la comida a eso de las cuatro de la tarde y tuvo suerte de que los bomberos evitaran que Benjamín se suicidara. Allí fue cuando los curiosos ofrecieron la curiosa interpretación y juraron, besando una cruz formada con los dedos índices atravesados de ambas manos, que el hombre se iba a suicidar por una deuda de cien mil pesos, versión que apareció al otro día en la prensa.

Dos días después de esta noticia Benjamín se intoxicó con seconal, se durmió y no volvió a despertar, como si hubiese querido copiar la muerte de Andrés Caicedo.

 


José Darío Benítez

CUENTOS

 

EL MAGO DE PIEDRA

En un país lejano, vivía un mago que tenía el poder de convertir en piedra todo lo que tocaba con sus manos. Un día convirtió a su esposa en un ser de piedra; después a los sirvientes del castillo y finalmente a los caballos que halaban sus carruajes. De este modo, el mago quedó solo; entonces el llanto lo envolvió, se intentó secar las lágrimas con sus dedos, pero éstas se convertían en piedras que se partían al caer al suelo. El mago murió al poco tiempo por causa de su soledad. Enseguida, los médicos de los castillos cercanos vinieron para examinar el cuerpo, porque pensaron en la posibilidad de un asesinato, pero lo único que pudieron encontrar fue un pesado corazón de piedra en su pecho.

EL GNOMO QUE SE SALIÓ DE UN CUENTO

Hace mucho tiempo un gnomo se salió de un cuento. Empezó a conceder deseos y cumplir sueños. El cuentista le pidió que regresara a su cuento; sin embargo, aquel gnomo continuó concediendo fantasías a todo aquel que así se lo pedía. Entonces, sucedió que todo el lugar se colmó de mucha gente con las más insólitas ilusiones y locuras para que se les hicieran realidad. A cientos el gnomo complació por mucho tiempo, tanto que los acostumbró a soñar y soñar. Un día, el escritor decidió atrapar al gnomo mientras dormía encima de un tejado, lo metió en el cuento nuevamente y cerró la puerta, poniendo el cuento en un libro de la biblioteca. Ahora todos continúan esperando que el gnomo complazca sus sueños; por eso siguen dormidos y el libro cubierto de polvo.

JURAMENTO

Podría jurar que hubiera sido mejor matarte a soportar el ardor de odiarte. Podría jurar que de no ser por estas palabras que un día se metieron debajo de mi pelo como orugas tóxicas, ya te hubiera ametrallado. También creo que de no ser porque el aire vomita el tiempo en mis pulmones, ya me hubiera muerto de amor como el Cristo apuntillado de tu cruz. Pero lo peor, podría jurar que de no haber asistido a tu ritual de hechicería, yo no estaría pulsando estas teclas igual que el gatillo de un revólver.

NINGUNA FORMA PRECISA

Encontré un espejo mientras caminaba por el bosque, parecía que lo hubiese pisado un elefante, en el centro la hendidura como testigo del aplastamiento. Cuando me acerqué, elevando mi cabeza sobre él, pude ver formas, como nubes, a veces como pájaros heridos; otras, como cometas sin piola; también vi un centauro, al rato, una sirena, después un corazón que se agitaba por vivir… bum-bum… bum-bum, lo escuchaba. Entonces, un pájaro brujo se divisaba levemente entre las grietas, todo cabía en aquel espejo, mil figuras y ninguna a la vez. Prefiero verme en espejos rotos, allí encuentro un trillón de imágenes delirantes, extraordinarias, que brincan, parecen las estrellas de mi lago sobre la danza nocturna de las olas, bailando al son de la brisa. Me gusta ese espejo roto del bosque, mucho más que el de mi cuarto; cuando me paro frente a éste, a veces, solamente veo un rey muerto.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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