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Alberto Esquivel

CUENTOS

 

COMO EN LOS VIEJOS TIEMPOS

 

La situación había empeorado. Ya en las mañanas no los despertaba el teléfono, con la voz de un abogado cobrando deudas: lo habían cortado. El hombre le dijo, mija, necesito pedirle un trabajito a mi antiguo patrón. Ella por primera  vez valoró todo el tiempo que él llevaba desempleado, lo tenía cerca, sabía que ninguna mujer de la calle le aceptaba caricias que no aportaban dinero, aun en las discusiones terminaban caloreando sus penas con palabras de esperanza que servían para rebuscar el milagro del desayuno. Sintió que lo podía perder.

El patrón lo recibió con expresiones propias para un héroe, le escuchó el relato de sus carencias, le dijo, usted llega caído del cielo, quiero que me despache un cliente incómodo. Él se puso a sacar y a meter las balas en el revólver que le habían dado y memorizó la fisonomía de la víctima, la calle donde llevaría a cabo el mandado. El patrón no había olvidado la precisión de sus disparos, lo elogió, hizo sentir a sus trabajadores la urgencia de buscar la calidad en cada una de sus misiones. Él recordó épocas remotas.

Su compañero manejaba la moto. El patrón le había dicho, este primer viaje hágalo fino, uno, máximo dos tiros en la cabeza. La moto contactó el objetivo y en cuestión de segundos él descargó su nerviosismo ejecutando al pie de la letra el encargo. Nadie intervino. Huyeron dejando apenas el dato inútil de los colores de la chaqueta,  el pantalón y el casco en la boca de los curiosos. Arrimaron a la oficina del patrón a cobrar.

La moto lo dejó a dos cuadras de la casa de su mamá. Quería darle los primeros pesos a ella, la única que de vez en cuando le ofreció un bocado durante la crisis. Iba caminando por la mitad de la calle cuando tras él oyó el frenazo de un carro. Volteó a mirar y era la policía. Quedó pegado del piso. Deseó correr, pero las piernas no respondían hacia una idea salvadora, el cuerpo cedió a la impotencia. Él se concentró en el Divino Niño. Su mujer y  los dos hijos que tenían debieron aportarle una protección que no esperaba pues los policías le gritaron:

¿Se va a quitar de la calle o qué?

El alma le volvió al cuerpo. Se apartó y la radiopatrulla pasó veloz por su lado. Llegó a la casa de su mamá, le pidió la bendición mientras le entregaba el dinero.

Dios lo bendiga, mijo.

 

CREADORES DE RIQUEZA

 

Don Antonio, con la sana intención de ayudar a Leonel, David y Jairo, hizo que un amigo mafioso les prestara dinero. Su panadería y su casa estaban de deudas hasta el cuello, y una sonrisa, tal vez la última que se le vio, esgrimió bebiéndose un  aguardiente alrededor de los planes del Autoservicio con el cual se enriquecerían sus hijos.

Don Antonio no toleraba ver a sus hijos sin empleo, quejándose, dejando que las deudas les sepultaran las ilusiones. La idea de montar una empresa propia, generar trabajo, ser eficiente, superar la crisis con pensamiento positivo, estaba extendiéndose como un imperativo y Leonel confiaba en salir adelante. David había consultado un brujo que le había dicho, debe aprovechar el próximo negocio porque es el último en su vida. A Jairo se le llenaba la boca hablando de todos sus amigos, conexiones y clientes que llevaría para que la caja registradora sonara.

A su tía María, una vieja conocedora del campo automotriz, dueña de taxis, no le hicieron caso. Ella les aconsejó que alquilaran un Autoservicio ya montado y empezaran a operar, pero ellos querían hacer una a la imagen y semejanza de sus sueños.  Alquilaron un lote extenso,  enmontado, y empezaron a gastar acondicionándolo.

La nivelación del terreno, las volquetadas de tierra, la pavimentación, la oficina, la estructura, el techo, el lavadero, el pozo, el engrasadero, las instalaciones eléctricas, el aviso, la conexión  telefónica y a inaugurar. Se hizo publicidad y el primer día se obsequió lechona con cerveza de barril. Se veían bonitos los espacios para mecánica, lámina y pintura y felicitaban a Leonel, David y Jairo que por fin veían con luz propia su tesón. A don Antonio le decían, usted es de admirar, es el único que con esta situación tan dura se anima a tentar la suerte. El mafioso que les prestó el dinero con interés un poco más bajo que el banco, de paso para una rumba con tremenda chica peliteñida a su lado, presentó sus respetos.

El Autoservicio quebró desde el primer día. Leonel, David y Jairo se enfrascaron en una pelea de culpas porque los carros no llegaban.  Una que otra lavada y dos o tres gallitos era el balance de unos libros de contabilidad que la secretaria usaba para abanicarse. El primero en ser despedido fue el jefe de patio; el último, el perro dóberman que llegó a ganarse la comida ladrándole a las marcas lujosas que alegrarían la vista.

Don Antonio, aguardando que el mafioso venga a cobrar el dinero con los intereses, llama a sus hijos y, sin casa ni panadería, les dice, ustedes verán si se dejan matar.

 

Alberto Esquivel, Muchacha violenta, Libro de cuentos, Cali, imprenta Departamental del Valle, 2003. Premio Jorge Isaacs Cuento 2003.

 


Alberto Dow

MARIONETAS

 

Los otros creyeron siempre que sólo fue cuestión de agilidad manual, de práctica insuficiente; pero me atrevo a asegurar que hubo algo más que eso. Cada vez que volvíamos a comentar lo sucedido (para mí, extraordinario), argüían que se trataba de un muñeco, de algunos materiales inanimados que, como cualquier marioneta, obedecía pasivamente a los impulsos que le imprimían las manos escondidas.

Es cierto que existen unos hilos, y que de la mayor o menor destreza con que sean manejados, re­sultan los movimientos simplemente mecánicos o, por el contrario, la armonía que pone de manifiesto la habilidad del marionetista. Es cierto, sin embargo...

Nuestra compañía estaba integrada por pocos elementos, y el escenario, decorados y demás detalles, eran bastante modestos. Conscientes de nues­tras posibilidades, nos limitábamos a viajar por los pueblos, y cuando llegábamos a una ciudad prefe­ríamos actuar generalmente en teatros de segunda categoría. El hecho no nos preocupaba, pues según habíamos comprobado, el público que acudía allí conservaba todavía fresca la sensibilidad para esa clase de espectáculos.

Desde joven elegí el mundo del teatro y cuanto con él se relacionaba. Quise actuar en las tablas y lo intenté repetidas veces, pero después de algunos fracasos, convencido de que carecía de faculta­des histriónicas, desistí. Desempeñando otros ofi­cios, anduve con distintos grupos de uno y otro género (que siempre terminaban disolviéndose), y finalmente me uní a la compañía de marionetas.

Cuatro eran los encargados del manejo de los muñecos y yo me entendía con casi todo lo demás, que no era poco. Armar los escenarios, diseñar un nuevo decorado, animar el espectáculo y atender a la música. Estudiaba, además, los contratos, busca­ba el transporte y el alojamiento para el grupo, y toda esa serie de detalles que presuponía nuestra organización.

El elenco. Había muñecos más importantes que otros, porque al ser confeccionados hubieran resul­tado mejores, o porque la categoría o el éxito de la obra los elevara a posiciones superiores. Como su­cede con los humanos (ese teatro mayúsculo), es el público quien con sus aplausos, o sus silencios, levanta a unos y disminuye a otros.

Entre los grandes figuraban Chucho, payaso deslenguado, terror de las mujeres; Eduardito, niño prodigio, sabelotodo, capaz de dar respuesta a las preguntas más difíciles y extravagantes; Jimmy, el acróbata de cuerpo elástico y destreza increíble, cuyas proezas en los columpios provocaba calofrío en el público infantil. Pero como marioneta, la más perfecta de todas era Sandro, el héroe galante, el bailarín estupendo, cuyos miembros de ductilidad y armonía difíciles de conseguir, lograban por igual la perfección en los movimientos ondulantes de un valse, o en la desarticulada locura del jazz. Sandro era la atracción de nuestra compañía y su nombre tenía prestigio asegurado.

Al lado de ellos, otros que completaban los programas. Malagueño, el torero, muy derecho en su traje de luces, ejecutando de pronto suertes per­fectas. La «Familia Poveda» creaba situaciones hilarantes con sus críticas agudas a tanta lacra social. Finalmente, Memo, el perro idiota, Hermencia, la solterona resentida, y Anastasio, el viejo fi­lósofo, aportaban cada uno su nota particular, para darle calor y variedad a las funciones. En ocasio­nes, como es frecuente en el teatro, lograban su­perar a las «estrellas».

Aunque inicialmente se pretendía que los marionetistas fueran capaces de maniobrar cualquie­ra de los muñecos, el grupo fue especializándose, terminando por elegir cada cual sus favoritos. Cuan­do por alguna circunstancia imprevista, uno de los demás estaba imposibilitado para trabajar, yo de­bía reemplazarlo, pero los resultados eran notorios.

Montes, el director por edad y experiencia, tenía a su cargo a Jimmy. Nadie como Portela para imprimirle a Chucho el andar desmadejado que pro­vocaba hilaridad tan pronto entraba en escena. Pe­ro la simbiosis perfecta, el entendimiento mutuo, era más patente viendo a Mireya mover los dedos silenciosamente y a Sandro respondiendo con fi­guras coordinadas, lentas a veces, y otras arrítmicas y veloces, según la tónica musical.

Con esa tendencia hacia lo extraño y fantástico, de las gentes de teatro (a quienes con frecuencia el escenario se nos confunde con la realidad), observando la estrecha compenetración que existía entre Sandro y Mireya, se me daba por pensar si no había allí una relación más honda y significa­tiva, de madre e hijo, de amante y amada, que trascendía la puramente mecánica entre los hilos y el cuerpo del muñeco. Es probable que de aque­llas divagaciones, hubiera nacido en mí la certi­dumbre de que hubo algo más que pura agilidad manual.

Todo marchaba sobre ruedas hasta el día en que enfermó Mireya, emergencia para la cual no estábamos preparados. Montes, Tatiana y Pórtela ha­bían tenido escasos contactos con Sandro. Pero era éste uno de los números claves del programa, y mientras duraba la enfermedad de Mireya el director decidió reemplazarla. A pesar de su habilidad, varios días se vio obligado a ensayar horas seguidas, para lograr imprimirle al muñeco movimientos parecidos a los que estábamos acostum­brados. Pero el público que lo había visto en otras ocasiones, notaba la diferencia y no recibía con igual entusiasmo sus actuaciones.

—¡Es la marioneta más difícil de manejar, que haya conocido! —protestaba Montes, comprobando la inutilidad de sus esfuerzos.

—Esa no es culpa tuya; es el novio de Mireya y entre ella y tú hay algunas diferencias —comentaba alguien.

La ausencia de ésta no se prolongó mucho, y un mes más tarde sus dedos volvían a conjugar los hi­los mágicos, y de nuevo los miembros de Sandro recuperaban la agilidad y el calor rítmico. Los ade­manes de un enamorado que regresara tras larga ausencia, no tendrían seguramente el gozo que to­dos vimos aquella noche en el cuerpo palpitante de Sandro.

Pero la tragedia hacía sus equipajes con los nues­tros. La enfermedad de Mireya no era, como había­mos creído, algo pasajero, y volvió con caracteres más serios. El médico le ordenó permanecer en cama, y hubo de quedarse al cuidado de su familia, mientras continuábamos en el interminable deam­bular.

Debido a la atención con que observaba todas las noches a Sandro, sobre la madera del escenario, me daba cuenta del fenómeno. Por su experiencia, tenía Montes tal agilidad y sentido de la conduc­ción de las marionetas, como no he conocido en nadie más. Sus dedos eran prodigiosos. Aunque cambiara de uno a otro muñeco, con ninguno le había ocurrido lo que con Sandro. Por lo general, le bastaban tres o cuatro horas de ensayo, para lo­grar el ritmo y el tono peculiares a cada uno. Pero por más que se afanara por obtener del bailarín los efectos ya tan conocidos; aunque practicase du­rante días enteros, lo que no hiciera desde mucho tiempo atrás, sus esfuerzos se estrellaban contra algo que no sabía cómo definir.

—¿Cómo salió esta noche? —me preguntaba al concluir la función.

—¡Perfecto! Ya no se nota la diferencia.

—¡No me engañes! Lo siento en los dedos. Si en vez de un muñeco, fuese un humano, ¡hace mucho tiempo lo habría despachado de la compañía! ¡Cualquiera pensaría que Sandro no quiere trabajar más!

Cansado, decidió encargar a Portela de Sandro, por ver si tenía más suerte, y aunque al principio pareció que éste entraba en el misterio, pronto empezó a dar muestras de desaliento.

—¡No! ¡En definitiva, este idiota no anda bien sino con Mireya! —dijo un día, exasperado—. ¡Ni que ella lo hubiese tenido!

Se trataba, sin embargo, de detalles, pues ante el público Sandro se movía con ritmo y alegría musicales, y todavía figuraba con éxito en los progra­mas.

El fenómeno me había interesado hasta entonces como algo anómalo; pero lo que me ha obligado a escribir fue lo ocurrido después de la muerte de Mireya. Los otros no observaron el fenómeno, y si lo hicieron fue sin detenerse a meditar sobre él, limitándose a buscar la explicación más rápida y sencilla.

Recuperados del dolor, por la ausencia de quien había sido nuestra colaboradora durante tanto tiempo, volvimos a desplazarnos de pueblo en pueblo, con nuestro pequeño escenario y sus habitantes. Pero definitivamente no era el mismo Sandro de antes. Se movía, pues los hilos halaban sus miem­bros y su boca se abría a veces en lo que fuera una sonrisa; sin embargo, para quien lo hubiera cono­cido como yo, Sandro era un muñeco enfermo.

Alguien del grupo dijo que probablemente los mecanismos de la articulación estaban gastados y se los cambiaron; su rostro fue retocado con esmalte, y Tatiana, que reemplazó a Mireya, le hizo algunos trajes nuevos. De nada sirvió. Sus actuacio­nes gustaban cada vez menos, pasó a formar parte de los cuadros poco importantes, y finalmente fue retirado, yendo a parar al baúl de los muñecos inú­tiles, cuyas partes servían para componer a los que sufrían desperfectos.

Se necesita estar ciego, para no ver ciertas cosas. Los otros creyeron que sólo fue cuestión de agili­dad, pero me atrevo a asegurar que hubo algo más que eso.

 

La nave almirante, Medellín, Eafit, 2001,

 


Humberto Jarrín

TODO EL MUNDO TIENE SU FABULA

 

ENMARAÑADA ESENCIA

 

Una Abeja, al filo del colapso,excitada suplica, exige, que le arranquen esas alas, que de una vez por todas sepan que no es lo que los demás piensan, que un ser no es sólo su apariencia, ella, sostiene, declara, no ser una Abeja sino una Pulga a quien la Naturaleza con sus a veces enmarañadas tramas le ha jugado una mala pasada, pero que aun así ella responde a ese llamado poderoso y profundo de ser parásita y no una vulgar trabajadora.



GORILA Y FORMAS DE PENSAMIENTO

 

Aquel Gorila está meditando. Al final de sus pensamientos habrá tres posibilidades, y hasta una cuarta, de elección.

Uno. Se dedicará a la política fundando un Partido, si sus ideas son de naturaleza pragmática.

Dos. Tendremos un poeta, acaso un filósofo, si las imáge­nes y conjeturas con que se abstrae son de carácter simbólico o más o menos agudas, conceptuales.

Tres. Quizá tengamos la peor suerte de un teómano asceta que funde una secta si sus contemplaciones vuelan por el metafísico plano de la trascendencia.

Con la cuarta —una suerte de carta bajo la manga— tal vez nos pueda sorprender...

De todas maneras y en todo caso, cuidaos de él; desde ya es un individuo peligroso: sólo le falta decidir la forma externa con que pregonará la mentira que acaba de concebir.

 

GALLO, PROMISCUIDAD Y PROFILAXIS

 

Un Gallo llegó a la consideración moral de que la promiscui­dad sexual en la que hasta ahora había vivido resultaba perni­ciosa para su vida espiritual.

¿Que cómo y por qué llegó a esta decisiva reflexión?

Hace semanas, de manera sorpresiva, sin que pudiera evi­tarlo, unas Comadrejas evangelizadoras o algo así lo habían cogido cortito, asaltado prácticamente, asediándolo en su pro­pia puerta y leyéndole en menos de un suspiro pasajes piado­sos, citas devotas, misterios trascendentales y, por supuesto, los diez mandamientos, entre otras cosas.

—¿Y cuál de estas advertencias —le inquirió la Comadreja, mirándolo con un ojo y con aguda persistencia—, cuál de ellas deja usted de cumplir?

—Bu, bu, bueno..., quizá aquéllas de no fornicar y no de­sear la mujer del prójimo.

—Ah...

Y se desataron a dos lenguas en una retahíla de sermones, observancias, señalamientos y sobrecogedoras consecuencias que lo conducirían, de no reconsiderarlas, según sus tenaces profecías, a un fin pavoroso, ¡a la muerte!, así que desde ese mis­mo día el Gallo converso no hizo más que dedicarse a una sola y exclusiva Gallina.

El dueño de la granja avícola en cuya alma de negociante no aparecían ya tales preceptos, pensando que el súbito desga­no del otrora ardoroso plumífero se debía a una rara enferme­dad que lo había dejado impotente, lo mandó a decapitar en­seguida, no fuera a ser que la nada rentable dolencia pudiera extenderse al resto de los Gallos.

 

PRESA O LAS DIVISIONES INVERSAMENTE PROPORCIONALES

 

A poco de caminar en busca de alimento, la Hormiga se encon­tró con una gigantesca presa, la abrazó con ambición y quiso llevársela de inmediato a su guarida, mas cuando fue a cargar con ella, la realidad física, que para algunos pesa más que para otros, se lo impidió.

Enseguida fue a buscar ayuda pero, como nadie habría de socorrerla sin cobrarle una buena tajada por sus servicios, acep­tó renunciar a una parte de su tesoro si quería conservarlo, de modo que a su pesar le propuso a un Gusano que encontró:

—Si me ayudas a llevar la presa hasta el lugar que yo te in­dique, te daré la mitad.

Gustoso, el Gusano se dispuso a cargar con el asunto, mas cuando fue a levantar la presa no pudo siquiera moverla. Pen­sando en alguien que pudiera ayudarlo se topó con un Ratón a quien propuso:

—Si me ayudas a llevar la presa hasta el lugar que yo te diga, te daré la mitad de lo que me corresponde.

Se cerró el trato, pero todas las ganas del Ratón de acome­ter con ella fueron inútiles, apenas consiguió moverla. Pensando en alguien que pudiera ayudarlo se topó con una Zorra a quien propuso:

—Si me ayudas a llevar la presa hasta el lugar que yo te diga, te daré la mitad de lo que me corresponde.

Aceptando, quiso la Zorra llevar el encargo al sitio indica­do y tuvo que conformarse con medio moverla un segundo del piso. Pensando en alguien que pudiera ayudarla se topó con un Lobo a quien dijo:

—Lleva por mí esta presa al lugar que te señale y será tuya la mitad de lo que me toca.

El Lobo empleó toda su maña y su fuerza para cargar con el botín y lo movió un poco pero éste era todavía superior a susfuerzas.

Y no quedó más remedio que cada cual fuera cediendo su­cesivamente su mitad para que otro más fuerte transportara la presa por él, hasta que llegó el León, quien pudo sí con facili­dad levantarla y llevarla adonde se lo habían propuesto.

Por el camino, ansiosos, con paso excitado, andando apresu­rados alrededor del fuerte cargador, todos aquellos que no pu­dieron remolcar con ella iban repartiéndose matemáticamen­te la comida:

—Recuerden, la mitad es mía —dijo la diminuta Hormiga.

—Y mía la mitad de la mitad —apuntó el Gusano.

—La mitad de la mitad de la mitad me pertenece —recordó el Ratón.

—Y la mitad de lo que resta es de mi propiedad —observó la Zorra.

—Y de eso la mitad es mía —reclamó el Lobo.

Así hasta que el León, viendo la multitud que lo seguía y cargando con el peso de la evidencia que le mostraba que de se­guir el curso de aquellas divisiones en serie para él sólo quedaría mucho menos que un bocado, sin reparar en más razones aritméticas aceleró la carrera y se llevó toda la presa.

 

HIENA, MITOMANÍA Y GALLINAZOS

 

Bajo un sol calcinante y al borde de caer sobre el polvoriento piso, la Hiena cargaba su desgracia de no probar bocado algu­no en una semana. En todos lados veía espejismos que no ha­cían más que retorcerle penosamente las tripas desoladas.

En eso descubrió una montonera de Gallinazos que aleteándose unos a otros a ras del suelo se mataban por levantarse victorioso cada quien el flaco cuerpo de una Gallineta. Tantos eran los que se tiraban a un mismo tiempo que, tropezándose, ninguno había logrado atraparlo.

Luego de verlos en tan inútil como flaca carnicería, la Hie­na les gritó:

—¿No os da vergüenza?

—¿Vergüenza? —espetó alguno con voz agresiva, como di­ciendo "¿Ve?, ¿y a este entrometido qué bicho lo picó?"—. Te­nemos hambre. Hace días que no comemos ni un Gusano.

—Pues a mí sí me daría vergüenza pelear esa poca cosa em­polvada, con tanta comida como hay.

—¿Dónde, dónde...? —preguntó ansioso uno de los pa­jarracos.

—Quieto, torpe —apuntó el primero, pegando un aletazo en la cabeza a su compañero para que se callara—. Bueno, y si hay tanta comida como dices, ¿cómo es que no has comido tú?

Mostrándole la más satisfecha de las caras, la Hiena le res­pondió:

—¿Y qué crees que he hecho? ¡Lo que sucede es que hay tanta! Un Elefante de nutritiva y apetitosa carne corrupta está a su punto, ¡tal como nos gusta!, desde hace días, allá, detrás de aquella colina, junto al río seco. Comí hasta hartarme y no quiero saber más de comida alguna quién sabe hasta cuándo... Pero allá vosotros si queréis seguir peleando por ese ripio pol­voriento y desnutrido.

No bien hubo terminado la Hiena su discurso gastronómico se alzó una nube de Gallinazos hacia la dirección indicada, de­jando abandonada la paupérrima presa.

Entonces, de un solo golpe la Hiena se engulló la descua­jada mortecina y se reía viendo la nube negra que presurosa se alejaba en busca de la tal comida.

Súbitamente, la risa se le transformó en una tonta tosecita y luego en una sospechosa duda con que reconsideró seriamente la posibilidad cierta de lo que ella misma había afirmado, y sin pensarlo más salió corriendo, dejando el polvero tras de sí para llegar antes que los Gallinazos al sitio que les había indicado, no fuera a ser cierto aquello de la cantidad de carne tirada y de pronto, de demorarse, se quedara sin nada.

 

Humberto Jarrín, Todo el mundo tiene su fábula, Premios Nacionales de Cultura, Ministerio de Cultura, Bogotá, 2000.

 


Juliana Borrero

MEJOR ARDER

“Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco.

Con permiso, eh? No tardo. Gracias…”

Clarice Lispector, Aguaviva

A ti (1)

 

Por algún motivo los cuentos que más gustan son los cuentos de muerte. La muerte es taquillera. Supongo que a todos nos urge sacar la cabeza del toldo de la vida y aventarnos a lo desconocido. Tú lo sabías.

Sabías mejor que nadie cómo preparar los merengues de café con almendras y el beef wellington. Sabías escoger los vinos. Ponías la mesa como nadie. Ybonjour ythank you,con tu sonrisa de ex-esposa de diplomático. Pero luego tus ojos se abrían como persianas y de repente: la esfinge. Una belleza corto-punzante como la sabiduría. No más diplomacia. En el momento preciso, tirabas del mantel bajo la vajilla. No más manteles, florero, café. Dejabas que el mundo se desmoronara entre tus manos y te complacías en verlo caer. Con fascinación y paciencia. Hasta que las cosas comenzaran a reubicarse.

Te busqué en los ardores del atardecer. En los dedos de una secretaria. Te busqué en la sastrería. En el jardín botánico. Subí en sandalias a la montaña sagrada. Te busqué en hombres y en mujeres. Te busqué en el lenguaje. Pero todo era cenizas. Geometrías sin carne. Laberintos de sentido. Había algo más. Tú lo sabías, Clarice Lispector.

Llegué a ti como un perrito rasguñando la puerta. Sin casa. Sin historia. Habiendo botado mis certezas a la cesta de la basura. Mis papeles arrugados. Mis ínfulas de cambiar el mundo. Enfermera de noche o de día. Asistente. Cuando no podía cuidarme ni a mí misma. Inconforme. Confundida. Rebelde pero perdida. 20 años menor. Mi nombre es J.B. Llego a ti vacía y translucida, como un frasco de vidrio que espera a otro parallenarse, para encontrar sentido.

Y tú… Isadora Duncan. Coco Chanel. Sofia Loren. Sra Clarice. Hermosa y oscura. Entre una máscara y otra. Te abrías y cerrabas como un abanico. Una mezcla de hastío y rebeldía sin miedo. Y entre máscara y máscara: no dejabas de buscar. La vena que late. Otro mundo es posible. La superficie que es el espíritu. El adentro como un afuera. El adentro como… Tus peinados y pañoletas. Tus gafas oscuras. Escribías sobre el universo. Reconocí tus jeroglíficos desde el primer momento. Me conocí en tu soledad.

Me tomaste bajo tu ala. Me diste tanto, me enseñaste todo.

Te amé como a una madre. Me amaste no como a una hija. Por qué nunca me lo dijiste…

Tú: me abriste la puerta y te tragaste la llave. Yo: quedé abierta. No pude volver a cerrar.

Ahora las sábanas en llamas. Con la pitillera aún entre los dedos. Toda una diva. Sin decir adiós. Tú sabías que un final es siempre cursi y a la vez poético. Que un final es una mentira cuando se conoce el secreto de lo que nace. Ellos lo buscaron y lo buscaron pero no lo supieron encontrar. Sólo querían poseer. Ellos se cortaron con el espejo pero tú… Tú sabías que nada se puede agarrar.

En llamas. Todo hecho cenizas. Preferible arder que…

Te dormiste fumando. Te dormiste soñando. En que pensabas?

Ahora los vestidos en llamas, los perfumes estallando como pequeños volcanes iridiscentes, los labiales derritiéndose en regueros rojos, fucsias, morados. Creíste que soñabas a medida que estirabas la mano hacia la mesa de noche en busca de una libreta y un esfero. En llamas. Los sastres de corte italiano. 20 pares de zapatos. El medallón de Nossa Senhora de Aparecida. Un baúl lleno de cartas y fotografías. Toda una vida. Las llamas devoraban cada cosa y tú lo gozabas desde la distancia fresca de tu escritura en sueños; ya respirando fuerte, el cuerpo se hinchaba, absorbiendo con angustia aún dormida los últimos átomos de oxígeno.

Mientras lo que era algo se hacía nada. Desde esa fascinación por lo que se hace como por lo que se deshace. Por un rosario de sándalo como por una cucaracha. Todas cartas no enviadas. Las palabras no dichas. Esto también era la vida. Este consumir y no dejar nada. Tener tanta sed de morder, de ser, que todo se hacía cenizas. Y las llamas trepaban por el silencio como combustible.

Dicen que las cucarachas sobreviven al fuego. Dicen que gritaste en muchos idiomas. Que tus gritos eran tan pavorosos como el incendio mismo. Dicen que trataste de apagar las llamas con las manos. Dicen que no terminabas de gritar. Aún en la ambulancia. Aún en el hospital. Aún al otro día. Después te fundiste. Apagaste canales. Dicen que el incendio calcinó todo lo que había en tu habitación. Dicen que sólo quedaron intactas las rosas sobre tu tocador. Las rosas aún apretadas en torno al botón, de pétalos blancos, curvos, voluptuosos, con ligeras nervaduras rosa como la piel de una oreja. Dicen que después del incendio…

Eras todo lo que yo tenía. Limpié la ceniza de tus libretas con la camisa blanca de mi uniforme. Aullé entre las ruinas. Sra Clarice. Envolví las rosas en un papel de seda y te las llevé al hospital. Los cuadernos están a salvo, te susurré al oído, pero tú no escuchabas. Habías muerto por un rato. Apagado canales. Te amé en el camisón de hospital. Tus manos envueltas en vendas. Hediendo a desinfectantes. Tu rostro envuelto en vendas. Te llevé una pañoleta. Te retoqué el maquillaje. Pasé pétalos por tus párpados como un beso. Diva. Cómo sería, no se sabe, pero te amé.

Y tú, que me amaste pero nunca dijiste nada, habías muerto por un rato. Apagado canales. Tú, que sabías entrar y salir, que eras una artista de la cuerda floja de la cotidianidad, que conocías el frágil secreto de estar viva… tenías que estudiar la vida desde todos los ángulos. Ahora, sabrías volver?

Tú eras la experta. Te sumergiste hasta la época de las mujeres voladoras. De las historias sin final y las avenidas sin retorno. Antes, mucho antes de Vogue. Antes de la manzana. A los pasajes recónditos, los laberintos interiores… Clarice Lispector. Fue allí donde nos conocimos, te acuerdas, caminando descalzas sobre ese filo. Tú me abriste la puerta y te tragaste la llave. En las curvas del lenguaje, en la soledad extrema de las mujeres. Susurros. Patadas de ahogada. Habías atravesado el espejo. Ahora no te pierdas.

Deseo y cenizas. Y algo que sólo una mujer le puede dar a otra. Por qué nunca me dijiste nada? Ahora las sábanas en llamas. Mejor escribir que… Te amé, envuelta en vendas. Hasta donde querías ir? Vendada y clarividente. En medio de la noche a veces balbuceabas una sarta de nombres de mujeres: Helene, Adelina, Hilda, Ida, Rose. Entre otros. Como quien cuenta sus hijos, o sus dedos, para asegurarse de que todos estén allí. En medio de la noche, a veces… Mejor arder que… Tu mano derecha nunca pudo volver escribir.

Dijiste que la verdadera escritura debía asomarse al otro lado. Sin miedo, querías morder el hierro caliente, alimentarte directamente de la placenta. De entre las cenizas he traído tus rosas. Tú sabías que un final es siempre una mentira. Tú: la experta diplomática, negociadora. Me tiendes la mano desde el otro lado del espejo. Ahora naceremos.

___________

(1) Un homenaje a Clarice Lispector, a su soledad, y a toda una genealogía de escritoras que han captado y permitido la reverberación de su escritura de carne, Hilda Doolittle, Helen Cixous, Carole Maso, entre otras.

 


Harold Kremer

ESTAMPAS

 

Había ido por el pelo. Eso no podía ser pretexto en una época en la que el pelo largo era indicio de cualquier cosa menos de ser un ciudadano decente. Un mechón que se saliera un poco más allá de las orejas era una preocupa­ción para el dueño de la cabeza y para la gente del barrio que empezaba a lanzar toda clase de conjeturas. Además, la policía lo paraba a uno en la calle a preguntar mil cosas por el sólo hecho de llevar el pelo largo. Cuando Ernesto Camacho vio esa mañana en el espejo el rebelde mechón que se resistía a acomodarse detrás de la oreja, decidió sacar libre una hora de la tarde para ir donde Rodríguez. Bernardo, su auxiliar inmediato, le dijo:

—No pierda el tiempo donde Rodríguez, está enfer­mo. Le recomiendo a Ada: no tiene el equipo pero queda uno satisfecho.

A las cinco fue a la peluquería de Rodríguez, dicién­dose que casi quince años de asistir dos veces al mes al corte de cabello, bastarían para levantarlo de la cama y haceruna excepción. Todo habría sido posible si al llegar no se encontrara la noticia de que Rodríguez estaba en el hospital desde hacía tres días. Por cortesía oyó la situación calamitosa de la familia y otras pequeñas tragedias que la señora Rodríguez le contó con llanto entrecortado. Y sin otra alternativa se dirigió a la casa de Ada.

La sola idea de ir donde Ada le alteraba una vieja creen­cia sobre las peluquerías porque la consideraba una profe­sión de hombres. Desde niño, Ernesto se había cortado el pelo con el padre de Rodríguez, y luego con el mismo Ro­dríguez, heredero de la profesión. En el barrio no había más peluqueros: no era una profesión rentable. La misma Ada no tenía una peluquería en el sentido estricto de la palabra ya que ejercía cuatro o cinco profesiones más, la mayoría a domicilio.

Cuando Ernesto llegó, Ada ornamentaba la Catedral para un matrimonio del día siguiente. Mélida, la mujer sorda que le daba una mano con las tareas de la casa, lo hizo seguir y sentar después de que Ernesto, haciendo la pantomima de unas tijeras sobre su cabeza, le explicara que venía a peluquearse. Luego trajo unas revistas amarillentas de la época dorada de Estampas y le hizo señas de que esperara. Ernesto respiró el aire estancado del cuarto, observó las paredes con fotos a color retocadas a mano, se acomodó en la silla y empezó a hojearlas. Si algo le gustaba era mirar revistas viejas porque pensaba que las noticias ya habían pasado por el cedazo del tiempo y que, al fin de cuentas, el pasado nunca volvería a ocurrir.

Fue en la cuarta revista del montón donde encontró la foto. Incomodado por el calor y la poca iluminación de la sala de espera, se había limitado a pasar las hojas mirando fotos y titulares. Si se decidió a tomar la siguiente fue porla figura de Greta Garbo en la carátula: La dama de las camelias lo había convertido en un incondicional de la actriz. Miró el índice para buscar el artículo de la Garbo y, con satisfacción, encontró tres o cuatro artículos valiosos por leer. Enseguida pensó que si la sorda Mélida no anduviera por allí, observando y vigilando, podría guardarse la revis­ta para leerla en casa. Por las noches, para sobrellevar el insomnio, leía hasta tarde. Desechó la idea porque Mélida, sonriente y como si adivinara sus pensamientos, vino a sentarse en la silla del frente con un bordado entre las manos. No le quedó otra alternativa que empezar a leer el artículo de la Divina, peleando con la oscuridad que comenzaba a tomarse la casa. Iba a la mitad, cuando entró Ada. Ernesto la vio venir con su escaso cabello rubio, la cara llena de arrugas y los dientes atropellados por el tiempo. Setenta años le calculó cuando le estaba diciendo que necesitaba una mano en el pelo.

—Espere un momento mientras preparo lo necesario —dijo Ada observándolo.

Ernesto la vio perderse en el laberinto de la casona con Mélida adelante encendiendo las bombillas. Como el cuarto ya no daba con la luz para leer, tiró la revista a la mesa. Entonces algo cayó: un papel viejo y amarillento que navegó un instante en el aire antes de tocar el suelo. Era una foto descolorida donde se alcanzaba a divisar una pareja con elegantes vestidos posando en un estudio. No tuvo tiempo de detallarla porque en ese momento entró Mélida y le hizo señas para que lo siguiera. Al levantarse, guardó la foto.

Ada era una mujer que, a pesar de su edad, conservaba una vitalidad envidiable. Siempre se le veía de un lado a otro haciendo mil oficios. A veces trabajaba hasta altas horas de la noche y, al día siguiente, era la primera en volver otra vez al trabajo. Nunca esperaba le indicaran qué tenía por hacer porque ella ya lo sabía. En cuanto a los ocasionales cortes de cabello que realizaba, no espe­raba a que el cliente indicara su estilo preferido, pues con sólo verle la cara ya sabía qué corte de cabello le convenía más. El mismo Ernesto, a pesar de ser un hombre reticen­te, reconoció la justeza de sus apreciaciones. Sentado en una silla improvisada frente a un espejo carcomido por el tiempo, sintió las manos de Ada sobre su cabeza.

—Primero lavaremos el cabello —dijo.

—Lo lavé esta mañana —replicó Ernesto mirándola a través del espejo.

—Hay que volverlo a lavar —dijo ella mientras sacaba un frasco de un botiquín. Hizo una seña y Mélida trajo un aguamanil lleno de agua y un frasco con hojas esquelé­ticas. Ada vació los frascos y revolvió la mezcla con las manos.

—Vamos a utilizar un champú al natural —dijo—, sin elementos químicos.

Las palabras de Ada le parecieron tan convincentes que terminó por asentir lo del lavado, pero durante un momento todo le pareció una estupidez. Con Rodríguez era diferente porque había más confianza y el tipo termi­naba dándole la razón al cliente. Ada insistió:

—Acérquese que el lavado será corto y revitalizante.

Le pareció que la voz lo obligaba. Se acercó a una mesa de mil usos y se sentó en una banca pequeña. Ada le co­locó la cabeza hacia atrás.

Al otro día Ernesto llevaba un peinado diferente. La raya no la tenía a un lado, como era la costumbre, sino en el centro.

—Bueno... no está mal —se dijo. Ada lo había conven­cido que era la moda del momento en Europa y lo acabó de convencer el porte distinguido y extraño que encontró en el espejo.

En la oficina se sintió incómodo por los chistes y las frases de doble sentido que alcanzó a oír desde su escrito­rio. Pensó que debía dar tiempo a las revistas para hablar de los últimos peinados europeos. Entonces todo sería diferente. Sólo se levantó del escritorio para ir a tomar el almuerzo. Cuando salía, Bernardo le comentó:

—¿Sabes...? Me recuerdas a mi padre. Hace cuarenta años se peinaban igual.

En el restaurante no encontró mesa libre y tuvo que sentarse con María, una auxiliar de otra sección de la oficina. Casi en secreto le preguntó:

—¿Qué te pasó en la cabeza?

Ernesto sonrió mientras miraba la carta.

—Es la moda —dijo.

—Lo raro —dijo ella al terminar el postre—, es que tú no pareces un tipo que vaya con la moda. Más bien eres tradicional.

Ernesto replicó que las personas cambian.

Necesitaba cambiar y Ada me convenció.

—Pero las personas de hoy no se peinan así —replicó María.

—Comenzarán a hacerlo —concluyó Ernesto levan­tándose de la mesa.

El tiempo le dio la razón: a la semana ya había visto a dos personas en la calle con la raya del peinado en la mitad de la cabeza, uno de ellos en el mismo restaurante donde almorzaba todos los días. Se alegró que la moda empezara a imponerse por encima de las tradiciones de la ciudad y de ser el primero en romper con las mismas. Ahora ya no le importaban las largas miradas que le lan­zaban en la calle, ni los comentarios de las secretarias en la oficina. Además se sentía mejor, con buen apetito, buen ánimo para trabajar y, sobre todo, las noches de insomnio habían desaparecido. Y todo lo había arreglado la buena de Ada con un simple cambio de peinado y el champú natural con el que se lavaba la cabeza todos los días. A veces pensaba que si los hombres cambiaran su aspecto alcanzarían a cambiar la dinámica de sus vidas: sentirse otro era lo importante.

El día que volvió donde Ada recordó la foto. La buscó por toda la casa sin encontrarla y al final se convenció de que se había ido en la ropa por lavar. Al llegar, sintió que la sorda Mélida lo esperaba, pues esta vez no tuvo que hacerle señas para lo del cabello, ni tuvo que esperar. Lo llevó directamente al cuarto y al momento apareció Ada.

—Eres otro —dijo Ada después de observarlo.

Ernesto asintió.

—Veamos —continuó—, aún necesitas cambiar algu­nas cosas. Mírate al espejo: un bigote pequeño no estaría mal. Luego vendrá el resto, cuando comprendas que has renacido, que todo parece volver a empezar.

Habló durante largo rato sin que Ernesto se atrevie­ra a interrumpirla. Las palabras brotaban de su boca con la persuasión suficiente para reclamar la necesidad de un cambio. Luego le lavó el pelo con champú natural y le hizo los recortes necesarios a su nuevo peinado. Ernesto se dejaba hacer: Ada lo transportaba a otro mundo con sólo colocar las manos en su cabeza. Aquello era un so­por, una especie de duermevela feliz.

Al terminar, tomaron café y hablaron como dos viejos amigos. Ernesto trajo a cuento el tema de las revistas que había visto en la sala de la casa y de los interesantes artícu­los sobre actores, actrices y escritores de antes, hombres y mujeres que hacían buenas películas y escribían buena literatura. AI salir, Ada le depositó en las manos un paque­te con varios números de la revista Estampas y lo invitó a que la visitara más a menudo para tomar el café. Ernesto prometió volver. Ada dijo:

—Sé que vendrás, querido...

En las semanas siguientes Ernesto devoró todas las re­vistas de la casa de Ada. Sentía que traían un mundo aban­donado, una época en que abundaban héroes, en que las cosas eran limpias y ordenadas. En una de las invitaciones que Ada le hacía a tomar café le confesó:

—Greta Grabo continúa en el corazón de nosotros.

A finales de noviembre Ernesto fue comisionado en el trabajo a una visita a la capital. Cuando regresó, quince días después, tenía bien poblado el bigote pequeño y un vestuario que, según él, era el último grito de la moda. No quiso esperar la noche para visitar a Ada y tomó un auto directo a su casa. Mélida le ayudó con las maletas y le indicó que esperara mientras iba a la calle a buscarla. Ernesto estaba ansioso: se levantó de la silla y fue hasta el espejo a arreglarse el cuello y la corbata de pajarita. Aprovechó la oportunidad para buscar un cepillo en el botiquín. Cuando se estaba peinando descubrió una vieja foto de postal que colgaba a un lado del espejo. Reconoció a la misma pareja de la foto que él se había llevado a casa. Abajo decía: «Ada y Miguel, el día de su matrimonio». Ernesto la volvió a mirar y luego, con horror, se miró en el espejo. Iba a gritar, pero a través del espejo vio la figura de Ada entrar a la habitación, acercarse con los brazos extendidos y decir:

—Querido... qué bueno tenerte otra vez en casa.

 

Harold Kremer, Patíbulo, Deriva, Cali, 2014.

 


Pablo Montoya

EL CARTERO

 

La población ha explotado en oleadas arrasadoras. Los graneros están vacíos sucedidas las jornadas del pillaje. Hechas trizas han quedado las vitrinas de los almacenes. Los templos fueron saqueados y con la madera de sus bancas se hicieron inmensas hogueras. Las bibliotecas promovieron igual cúmulo de llamas. Los monumentos, antes venerados, han caído y sus rostros son escupidos por los ancianos y meados por los pequeños. No podría precisar bandos de batalla. Sospecho que algunos se baten por razones de raza o delimitaciones geográficas. Otros se creen los elegidos de algún dios. A otros los agobia el recuerdo de un antiguo agravio. Entiendo que ciertas zonas quieren autogobernarse y han cambiado los emblemas de la ciudad. Basta lanzar un vistazo hacia la cordillera para ver aquí y allá los nuevos estandartes enarbolados. Me siento incapaz de explicar la causa de este desenfreno. Pienso que cualquier interpretación dada por mí será vaga. ¿Qué puede aclarar un cartero so­bre los conflictos de su ciudad? Lo cierto, de todas maneras, es que mi trabajo ha sufrido cambios bruscos.

La empresa oficial del correo terminó por parar completamente los servicios y, con el surgimiento del desorden, aproveché para entrar a las bodegas donde estaban los sobres bloqueados. Sacaba los talegos repletos de cartas y las distribuía con la ayuda de contactos especiales. En general, yo llegaba a un determinado sitio, las entregaba, y de allí salían hacia un destino próximo. Un día no encontré nada en las bodegas. Supuse los caminos posibles. Buscar otras regiones donde la violencia fuera menos hostigante, o intentar dar con cartas cuyos destinatarios estuvieran en mi campo. Pero para acceder a esas bodegas tendría obstáculos con la vigilancia, me trabaría en gestiones fatigantes. Además, el vincularme a una oficina de correo más o menos normalizada, me parecía un acto ni siquiera desleal sino irresoluto, sabiendo que el tramo de la ciudad que conocía estaba sometido al aislamiento. Poco a poco, sin embargo, la gente fue conociendo las particularidades de mi labor. Comencé a repartir cartas desprovistas de sobres. Cartas que parecían frágiles tubos amarrados con hilo, o libritos de letras apretujadas. Papeles sucios de tierra y pantano, manchados de sangre, con manojos de cabello oculto entre los pliegues de las hojas. Cartas donde una boca roja era plasmada, o dos líneas juntas formaban un ave al lado de una nube y un sol. Letras que olían a nostalgia, a sexo anhelante, a flores marchitas.

Pero este trabajo, lo reconozco, ha sido de una lentitud insoportable. No sólo para los que están en los dos extremos de la espera, sino para mí. Una vez tuve una carta breve. Eran cinco palabras que habían sido escritas delante mío: "Estoy vivo, no lo olvides." Recorrí territorios asediados en las montañas que circundan la ciudad. Estuve semanas escondido en una trinchera, al lado de hombres moribundos. Y en la espera esa carta era toda la levedad y toda la pesadez de mi universo. A veces quisiera que todas las misivas fueran así. Pero lo usual es llevar y traer noticias funestas. Es inevitable, entonces, convertirme en un portador odiado. Muchos se han rasgado sus ropas, han llorado en mi presencia y escupido al suelo haciéndome un mal signo, diciéndome que soy una máscara de la muerte.

Los períodos de silencio también han sido largos. Jornadas reducidas a esperar en el letargo. Pero, de repente, una mañana cualquiera la mudez cae, y a mis manos empiezan a llegar las cartas. Aunque suceden problemas con la información de los sobres. Me he topado con indicaciones como "al jorobado y a los muchachos" o "a la mujer que duerme en el cruce de las esquinas". Por fortuna, alguien interviene y me ayuda a sortear estos apuros. Un niño se cruza en mi camino y dice conocer a uno de los muchachos. Una mujer resulta ser la amiga de un amigo de la amiga de esa mujer de las esquinas. Pero hay más. No sólo trato de entregar cartas en puntos peligrosos. Algunas veces también las escribo. Y esto ocurre cuando una per­sona queda con las manos vacías y la mirada expectante. Averiguo su nombre y de quiénes espera algo. Al cabo de los días le entrego una carta. Unas cuantas palabras que no denoten mi presencia. Tal vez los engañe pero, al ver sus rostros después de la corta lectura, su alivio justifica la mentira.

En ocasiones quisiera leer un mensaje para mí. Pocos se preguntan si al cartero le llegan cartas. He estado por decir a los destinatarios que reciben las mías la identidad de quien les escribe, y pretender unarespuesta de ellos. Pero soy incapaz. Algo semejante a la cobardía me detiene. En medio de la ciudad en ruinas sigo entregando cartas. Sigo esperando una que sea destinada a mí.

 

Pablo Montoya, Habitantes, cuentos, Paris, Índigo, 1999.

 


FIGURA CON PAISAJE


 

Para CARLOS SÁNCHEZ

Y esa luz,

esa reverberación de la luz,

esos desfiladeros deslumbrantes.

José Manuel Arango

 

Había nacido en Castilla. Provenía de una familiade campesi­nos sórdidos. La violencia los había expulsado de Sonsón. Él se ocultaba en el vientre materno cuando llegaron a Medellín. Una sola hermana trabajaba de aseadora en una escuela por los lados del Picacho. Ambos eran los únicos sobrevivientes de una carnada de ocho hermanos. Los otros seis fueron diezmados mientras la ciudad crecía entre la miseria, el tráfico de droga y las batallas de bandas criminales. Serna supo, muy pronto, que debía irse. El desdén, la promiscuidad, el bullicio que marcaban los días de los suyos, le hicieron buscar otro rumbo. Tenía algo más de quince años cuando escapó. Una mañana fue a despedirse de la madre. La mujer no había cesado de maltratarlo por sus maneras taciturnas,por los mamarrachos que a veces pintabaen paredes o en papeles, por la poca disponibilidad que tenía para los asuntos de la casa. Pero, esa vez, el hijole tomó las manos resecas y acarició la trenza gris que amarraba los cabellos. El padre dormía la frecuente beodez entre el estropicio de las rancheras que escuchaba su prole delincuente. Serna nunca más volvió a verlos.

Hizo un poco de todo en los años de la juventud. Oficios que le prodigaron lo indispensable para no morir de hambre y pagar­se un cuarto. Fue mensajero en mercados callejeros, bulteador en los abastos de la Mayorista, ayudante de mecánica en las proximidades de San Diego, albañil en los edificios que iban creciendo precipitadamente en Laureles y El Poblado. Nunca buscó esos empleos. Ellos aparecían y él los tomaba con un frágil entusiasmo. No demoraba en dejarlos y asumía otra actividad. Su conversación no iba más allá de tres o cuatro frases escuetas, jamás negaba o rechistaba por las órdenes recibidas, ni discutía de fútbol o de asuntos políticos. Las mujeres era un tema que se reservaba sólo para él mismo en las noches en que no dormía. Dios, o lo que se parecía a él, le pronunciaba vocablos incomprensibles en los instantes en que el viento traía el sonido de las campanas.

Su trato siempre frustraba cualquier conato de amistad. Tuvo, empero, un romance. Fue corto y lo definió una mezcla de malentendido y hartazgo. Como era tímido, se mantenía limpio, y tenía ojos de ternero y era largo y fibroso, Serna atrajo la atención de una mujer. Desde un principio quiso huir, pero ante la insistencia de ella terminaron saliendo. Se encontraban los domingos en el Parque Berrío. Durante esas horas de asueto, la mujer narraba sus labores de sirvienta en una casa de San Joaquín. Paseaban por los alrededores del Parque. Veían un rato a los culebreros, a los tragadores de vidrio y a los que escupían fuego por la boca. Más tarde iban a un bar. Ella se tomaba una cerveza e interrumpía su relato para cantar algún tango que sonaba en la vitrola. Serna, en cambio, bebía agua y escuchaba, entre incómodo y perplejo, la parla incesante de la novia. En ocasiones, so­bre alguna servilleta, Serna la pintaba de perfil o de frente y ella lo celebraba con un beso y un pellizco en las mejillas. Fueron varias veces a unas residencias en las inmediacio­nes de Lovaina. Él nunca la llevó a su cuarto. En realidad, le abochornaba el sexo que hacían. Superado el pudor de las primeras relaciones, ella le pedía que la ultrajara. Le ro­gaba que le golpeara la cara, que mordiera hasta la sangre los senos, que la penetrara por el culo, que permaneciera dentro de ella más de lo que Serna podía. Un domingo él faltó a la cita. Se mudó de inquilinato y cambió de trabajo. Fue entonces cuando apareció el carretero.

¿En qué momento un hombre descubre su rumbo? Serna nunca se planteó una pregunta de este talante. Pensaba poco y cada vez sentía que un vacío, que no podía explicarse, iba abriéndose dentro de sí. Es posible que su memoria, cuan­do se tornaba generosa en imágenes humanas, señalara a Tabaco en el principio de su descenso al despojamiento. No fue una orden que obedeció enseguida. Serna era lerdo para entender cualquier tipo de signos. Y, en verdad, así como merodeó el sexo de una mujer, pudo hacerlo con alguna secta religiosa, con algún grupo de timadores nocturnos, o con algún camionero que le hubiera propuesto atravesar las carreteras del país como ayudante. Pero ni la religión, ni el crimen, ni los viajes aparecieron para llevarse a Serna. Quien brotó de una de las calles fue Tabaco.

La primera vez que lo vio caía una lluvia torrencial. Tabaco tenía un plástico sobre su cuerpo y arrastraba la carreta como si estuviera salvando de una catástrofe lo indispensable del mundo. Serna iba en un bus por el puente de San Juan. Des­de la ventanilla, limpiando el vaho del vidrio con los dedos, trató de distinguir lo que llevaba el vehículo. El anciano era, a primera vista, un miserable más entre los miles que reco­rrían la ciudad, transportando basura que vendían en algún lado. Pero un rayo de calor y frío penetró la sangre de Serna. Se bajó del bus y, en medio de aguacero, trató de asir su imagen. El viejo tenía la cabeza inclinada. Parecía hablar solo mientras la lluvia rodaba en forma de pequeñas cascadas por entre el plástico protector. Empapado, Serna lo siguió hasta que lo vio perderse por los lados de Guayaquil.

Una semana transcurrió y se encontraron de nuevo en La Playa. Esta vez el hombre daba espaciados saltos en el aire. Se recostaba por momentos en las dos varas, y un traqueteo regular se dejaba oír ya que la carreta esta vez iba vacía. Pero Serna lo siguió viendo en un sueño que se tornó repetitivo. Cada uno iba por vías diferentes hasta que se encontraban en un determinado paraje. El lugar era, a veces, una habitación derruida. Otras, un sitio que Serna asociaba con una cárcel laberíntica, Otras más, el lugartenía los visos de una manga inmensa atribulada de bichos nocturnos que revoloteaban alrededor de sus cuerpos. En el sueño no decían ninguna pa­labra. Sólo se aproximaban, se miraban y llegaban a un abrazo. Serna sentía, y este era el instante en que se despertaba, una oscura felicidad al comprender que el olor de la mugre se volvía suyo. El viejo, sin embargo, no era sólo una visión de los sueños. Surgía con frecuencia en momentos y rincones de la vigilia. De tal manera que Serna empezó a presagiar, con un temblor sudoroso de las manos, su cercanía.

Esa madrugada salió de su cuarto. Sobre la cama dejó el dinero del arriendo que debía. Vivía en un inquilinatode Aranjuezdonde se apretujaban estudiantes universitarios y pequeños comerciantes provenientes de pueblos distantes. En un bolso había metido sus bártulos escasos. Descendió hasta llegar a Carabobo. Vaciló unos segundos, pero supo con rapidez que debía tomar el rumbo del centro. A esa hora las aceras estaban llenas de mendigos que dormían envueltos en cartones o en cobijas pringosas. Serna los veía y repetía para sí mismo que él era también nadie y no poseía nada. Llegó, finalmente, a la Plazuela Nutibara. Allíestaba Tabaco, paralizado como una estatua estrafalaria, al lado de la carreta. La plazuela se veía sola. Hacia donde se levantaban los pilares del Metro, ululaban sombras escuálidas que el fuego de una fogata vol­vía enormes. Serna se acercó al viejo y lo observó durante un rato. En el aire había un olor a orines, a alcohol, a cigarrillo. Alguien, en un rincón cercano, lloraba o reía o maldecía, Eran libros, amarrados con cabuya, lo que estaba situado a lo largo de la carreta. El viejo, se dio cuenta, no hablaba solo. Mascaba unas yerbas que escupía a cada momento.

Se acompañaron durantemeses. Surcaban la ciudad en varias direcciones. Dormían, por lo general, en los parques del centro. Cuando llovía, lo hacían debajo de los puentes. Bajo el calor, pernoctaban en las orillas del rio. No hablaban mucho. Sólo lo indispensable para que cada uno pudiera aceptar la presencia del otro. Recuperaban libros viejos en las casas del Naranjal o en las bodegas de los Tres Puentes. Los transportaban en torres sobre los pechos y los acomoda­ban en la carreta según el tamaño. Ninguno de los dos sabía leer. Pero Tabaco había aprendido a reconocer el mérito de algunos libros. Sabía que los de carátulas oscuras y gruesas y de papel suave eran los mejores. En los puestos del Pasaje de la Bastilla los pagaban bien. Para Serna, en cambio, eran sólo objetos enfermos de humedad y tiempo. Cuando estosescaseaban, recogían cartones, botellas y plásticos. Uno de los gustos que se daba el viejoera comprarle tabaco a una yerbatera en las proximidades del Hueco. Serna intentó pro­barlo ante la insistencia de su compañero. Fue una noche en que llovía a cántaros. Probó el áspero sabor, se llenó de náuseas y vomitó.

Los primeros meses trató de estar limpio. Para ello siempre buscaba grifos callejeros. Los fines de semana, se separa­ban un par de horas y él se iba a los baños públicos para prodigarse un aseo más completo. Pero en el ir y venir del oficio, era difícil detener la proliferación de la suciedad. Conservaba, como su compañero, un par mudas y cada tres o cuatro semanas las cambiaba. Eran las únicas cosas, más las de un incipiente botiquín de aseo con sus papeles de identidad y algunos recuerdos de Tabaco, que guardaban en un compartimento construido débalo de la carreta. Serna, por los días de sol, terminó usando una cachucha. Alguien, desde la ventanilla de un carro, en la parada de un semáforo, se la había arralado. En la visera decía ANDI y era verde y blanca y le quedaba un poco grande. Serna se acostumbró a ver los trastos viejos, las calles y los carros, el cielo y las montañas, desde los límites impuestos por la gorra. Tabaco, para celebrar cualquier chanza esporádica en la que dejaba ver su risa desdentada y aporreada por el sarro, le bajaba la cachucha a su compañero hasta la cumbamba. Éste, antes de salir de la oscuridad, se carcajeaba y lanzaba un manotazo al aire que el viejo sabía esquivar. El pelo, por último, le creció a Serna hasta los hombros, y una barba desgreñada le tornó el semblante aún más herrumbroso.

En los ratos de descanso, Tabaco incrementaba las yerbas y se quedaba mirando en silencio las fotografías del bo­tiquín. Serna nunca intentó averiguar por esas imágenes contempladas en las largas tardes de los domingos. Se dedicaba, más bien, a pintar sobre pedazos de cartón. Con residuos de lápices, rescatados en las correrías del Naran­jal, dibujaba árboles, casas, puentes. También plasmaba a Tabaco en diferentes posiciones: dormido en la carreta, suspendido en el aire y apoyadas sus manos en los largueros del vehículo, orinando sobre algún matorral, ensimismado mientras miraba una de las fotografías. Tabaco sonreía al ver los cartones. Se celebraba a sí mismo cuando se veía durmiendo con la boca abierta y en la barba flotaba algún pedazo de hierba peregrina. Los que más le gustaban los amarraba del compartimento.

Sucedió muy rápido. Serna se hundió como en unas bolsas informes y grandes y emergió brutalmente a la realidad. El corazón se le quería salir por el ímpetu de las palpitaciones. Había gritos, pitos, una sirena. Tabaco convulsionaba en mitad de la calle. Un auto lo había levantado por los aires. Serna no supo qué hacer durante unos minutos. Sentía que el mundo daba vueltas. Iba de un lado a otro sin comprender mayor cosa, hasta que decidió acercarse al tumulto. Tabaco ya estaba quieto. Sus piernas desarticuladas parecían las de una marioneta inútil. La sangre, al lado de la cabeza, también se había detenido. A poco llegó la policía. Abrieron espacio entre la gente, pusieron una sábana blanca sobre el cuerpo, lo montaron a una camilla y se lo llevaron. Cuando dejó de sonar la sirena, Serna se acordó de los libros. La carreta, próxima a la acera, se había volteado pero no tenía daño alguno. Lo libros estaban desparramados aquí y allá. Con una calma advenediza, los fue amarrando firmemente y los ubicó con cuidado en el vehículo. Eran de los que pagaban bien, le había dicho Tabaco horas antes, al verlos arrumados en un rincón del Naranjal.

En adelante Serna se dejó arrastrar por los acontecimientos. Siguió ejecutando los mismos itinerarios que había hecho con el viejo. Pero sentía una profunda lasitud con cada acti­vidad emprendida. Buscaba las enciclopedias y los libros de carátulas gruesas y papel suave para ofrecerlos en el centro. Pero estos escaseaban cada vez más y pasaba semanas en que la carreta parecía un gigantesco escaparate atiborrado de basura. Serna enflaqueció. Sintió como si hubiera vivido demasiados años. Las plantas de los pies y las palmas de las manos adquirieron una coloración zanahoria. Dormía poco y cada vez que lo intentaba brotaban de su inconsciencia estremecimientos de pánico. Una familia de carreteros, en alguna de esas noches sin sueño, le propuso unirse con ellos para el trabajo. Serna les dijo no y guardó uno de sus mutismos que producían resquemor en los demás. Sabía que le era arduo convivir con las familias. Prefería estar aislado y no verse en la obligación de hablar más de lo debido. Lo suyo era comer a solas y dedicarse a pintar sin que nadie lo importunara. Además, desde hacía días algo nuevo visitaba su ser. Se quedaba quieto, durante horas, mirando con perplejidad el follaje de un árbol, el río de inmundicias que atravesaba la ciudad, las montañas que parecían enormes vigías.

Surgieron como exhalados por la noche. No supo quiénes eran porque sus caras estaban ocultas tras las capuchas. Le dijeron groserías mientras le daban patadas en los cos­tados. La carreta fue despojada de su carga aparatosa y en pocos minutos a todo lo envolvió las llamas. Serna deseó que le dispararan con las cortas metralletas que llevaban terciadas en las espaldas. Pero sólo lo asustaron con una ráfaga lanzada al aire. Aturdido, con la nariz rota y la boca ensangrentada, estuvo mirando cómo el fuego convertía sus haberes en una ceniza negra y sin nombre. A partir de este suceso no supo adónde ir. Se dejó llevar sin resistencia hacia cualquier lado. Sus ropas adquirieron un matiz igualmente ceniciento. Comía sólo cuando era necesario y lo comido eran sobras que le daban. Orinaba y defecaba donde la necesidad lo sorprendiera. Se olvidó por completo del agua, así ella fuera a veces el motivo de sus ensimismamientos inútiles. Durante unos días de lluvias devastadoras, se apropió de la boca de un desagüe que arrojaba detritos a una quebrada. Desde allí evocó a su familia y escupió varias veces sobre sí mismo volvió a llorar la ausencia de Tabaco. Se sintió avergonzado porque deseó una vez más a la mujer lejana de los domingos. Por último, se acostumbró a su olor que era el de un animal paralizado en la podredumbre.

Pero en algún momento, desde un punto que él no logró discernir, surgió una especie de voz. Él simplemente le hizo caso. Salió del túnel y se encandiló por un sol cuyos rayos se regaban por las montañas como deslizaderos transparentes. Pasaba las noches envuelto en una frágil ilusión por ver la luz del otro día. Una mañana lavó sus piltrafas en la carpa que la Alcaldía de Medellín levantaba para los indigentes al borde del río. Con unos calzoncillos, donde nadaban sus piernas velludas, se recostaba en los prados que bordeaban el río. Parecía una lagartija fea y flaca recibiendo un sol que lo lamía con voracidad deliciosa. Cuando creyó que de nue­vo tenía fuerzas, decidió volver a los barrios encaramados en las montañas. Pasó días recorriendo calles que parecían la prolongación de una mano deforme de prolíficos dedos. En ocasiones dormía en construcciones abandonadas, bajo techos de tenderetes de comida, en los parques y los atrios de las iglesias. Pedía de comer cuando era sorprendido por el hambre. Y pasaba horas interminables mirando las montañas. Gozando con cada ángulo de visión que le obsequiaban las esquinas, los potreros, los descampados.

Empezó a pintarlas. Primero lo hizo con pedazos de ladrillo y piedras blancas. Fue a iglesias y a escuelas y pidió que le rega­laran tizas. Hacía las montañas desde diferentes perspectivas. Las dibujaba en los muros y en las aceras, en cartones y en papeles hallados en los basureros. De vez en cuando bajaba al río para memorizar una nueva faz de los montes. Un brillo o un contorno en las laderas y las cúspides que, vistas desde la distancia, él había olvidado. Le gustaba hacerlas horadadas por aguaceros intempestivos, envueltas en la neblina de los amaneceres, tocadas por los fulgores de los últimos crepús­culos. Y la gente se acercaba para verlo concentrado y febril. Y lo recompensaban con monedas y billetes menores. También las frutas y bolsas de aumentos se acumulaban al lado de los paisajes que iba pintando.

Una tarde sintió que alguien le tocaba el hombro. Giró y vio a una mujer. Tardó en reconocerla. Pero, poco a poco, sus trenzas le fueron nombrando algo que era impreciso y lejano. En la mirada oscura de ella había un brillo que era suyo. Se levantó, sacudió las manos en el pantalón maculado y la abrazó con suavidad. Trató de negarse, pero la hermana in­sistió para que fuera a comer a su casa. Vivía cerca de donde estaban. Sólo dos cuadras más arriba aparecían las escalas y era necesario subir unos veinte minutos hasta llegar. La mujer esperó a que él acabara el dibujo. Era una trabazón de montañas por donde se ocultaba un sol sangriento. Al insinuarse la noche, emprendieron la subida. El Picacho se veía tan cerca que, en varios instantes, Serna estiraba las manos para tocarlo. Algunos niños subían y bajaban arro­jando gritos de dicha al viento. Músicas diversas salían de los balcones y los quicios de las casas. Las escalas a veces se bifurcaban hacia los lados, pero siempre parecían buscar el cielo en la continua sinuosidad. Ascendieron despacio y casi no hablaron. Él se detenía y respiraba profundo cuando veía el valle que, abajo, se iba poblando de luces.

La casa era de un solo piso. Todo en ella era pobre pero pulcro. Serna entró y se sintió extrañamente acogido por los objetos que invadían sus ojos: los cuadros de flores que colgaban de las paredes, los muebles también florea­dos y los visillos de colores claros que separaban la sala y el comedor de las habitaciones internas. Se creyó torpe cuando fue invitado a la mesa. No supo qué hacer al ver los cubiertos, la servilleta, el individual que le correspondían. La hermana se sentó a su lado. Como no se atrevía a hacer nada, le tomó la mano y le dijo que comiera. Serna probó la sopa y el sabor tibio de la yuca y la papa lo embargó de una amargura invencible. Agachó la cabeza, se puso una de sus manos entizadas como visera, y lloró durante un rato.

No lo hizo enseguida. Fue un proceso que duró semanas. Ser­na desaparecía por un tiempo y volvía a la casa. Se quedaba durmiendo una noche, a veces dos, y regresaba a sus corre­rías por los barrios. El sobrino, un muchacho silencioso y tímido de quince años, le había suscitado un afecto tan fuerte como inesperado. Cuando se enteró de que los cuadros de la casa eran suyos, un júbilo poderoso se le regó a Serna por el cuerpo. Con él se había vuelto un poco expansivo. Algo le dijo de sus oficios pasados. Lo invitó a que tocara el relieve de su nariz fracturada. Se había permitido incluso contarle algo de la voz que lo sacó de aquellas tinieblas residuales. Y el muchacho le hablaba del barrio. Le explicaba confusa­mente de dónde surgían las balaceras nocturnas y por qué aparecían los jóvenes muertos arrojados en las mangas. Una vez, mientras comían, la hermana le propuso a Serna lo de la escuela. Había hablado de él con las directivas y querían que pintara los muros del patio.

Desde entonces se quedó en la casa. Se levantaba temprano e iba con la hermana a la escuela. Ella se quedaba con él hasta que iniciaba la labor. Lo veía desplegar el papel donde había hecho una suerte de bosquejo y cuando se encaramaba en las escaleras, con los pinceles en sus manos, lo dejaba solo. Los muros se fueron llenando de montañas. En uno de ellos las casas de las barriadas parecían palpitar entre delgados gajos de nubes y las calles tenían el tono ocre de las tierras ardientes. En otro, el color predominante era el azul y las faldas de los montes con sus ranchos amontonados parecían imágenes de una epifanía despezada. En la tercera pared, las montañas semejaban manchas rojas de ladrillo con repentinos trozos verdes e incisiones grises que definían el firmamento. Otra más se cubrió de sombras montunas donde la noche semejaba un manto que agregaba más tinieblas al mundo dibujado. Los niños de la escuela se reunían en los descansos de las clases a su alrededor. Y guardaban silencio mientras observaban al hombre que pintaba la ciudad y sus montañas para ellos.

El sobrino salía del colegio y se le unía hacia el final de las tardes. Serna lo escuchaba con atención y dejaba que él interviniera en determinado lugar de las paredes. Lo dejaba encaramarse en las escaleras y disfrutaba al verlo acentuar una cima o mitigar la presencia de un barrio. La noche los sorprendía con sus ropas embadurnadas de colores. Y cuan­do subían por las aceras escalonadas era inevitable que el muchacho hablara de aquel y de este otro compañero suyo que habían sido asesinados en los días anteriores. Pero Ser­na, así pusiera la máxima atención al relato, no alcanzaba a comprender las causas de esas muertes precoces. Guardaba silencio cuando llegaban a la casa, y se llenaba de una pesada incertidumbre cuando escuchaba, tras los visillos, el tono angustioso con que la madre le hablaba a su hijo.

Esa tarde el muchacho no apareció. Serna se quedó espe­rándolo. Se sintió incapaz de regresar solo a la casa. Los muros ya estaban casi concluidos. Sólo faltaba uno en el que había puesto cruces sobre las casas de los barrios. Él le había consultado al sobrino tal aspecto, y éste no vaciló en aprobarlo. Durante las horas de la madrugada se dedicó a intensificar las cruces, a tornar invisibles algunas calles, a hacer todavía más evanescentes las moradas. Hubo un momento en que tuvo dolor en las manos, en la cintura, en los hombros. El amanecer estaba próximo cuando creyó acabar. Sintió congoja porque el muchacho no estaba a su lado para decirle que todo estaba bien. Cuando llegó a la casa su hermana no abrió la puerta. Llamó a su sobrino y tampoco hubo respuesta. Esperó un rato en el quicio hasta que el sueño lo venció. Más tarde lo despertaron. En medio del llanto, la hermana contaba la nueva muerte.

Serna la acompañó hasta el final. Estuvo a su lado durante el velorio y el entierro. En el cementerio hubo poca gente: algunos muchachos del colegio, una chica que no paraba de llorar. Cuando la caja desapareció bajo la lápida, y las letras del nombre fueron hechas sobre el cemento fresco, las fechas marcaron un corto período de años. Serna se sintió abrumado y sin fuerzas. Seguía sin entender lo que había ocurrido. Los barrios estaban inflamados en reyertas y ajusticiamientos de jóvenes y él no lograba entender las causas. Quizás nunca sería capaz de hacerlo. A su sobrino lo habían asesinado con otros dos muchachos y nadie sabía explicar un motivo convincente. Esa noche, Serna también acompañó a su hermana en los rezos. Antes de acostarse, se abrazaron y lloraron sin decirse una palabra.

El amanecer era un prodigio de luz. Medellín despertaba entre la bruma semejante a una bestia dulcificada. Las mon­tañas se veían monumentales y silenciosas como si un dios caprichoso las hubiera creado apenas unos instantes atrás sólo para que fueran contempladas. Serna cerró la puerta de la casa con cuidado y respiró con amplitud el aire nuevo. Pensó que podía recorrer otra vez los barrios extendidos por esas lomas radiantes. Podía volver a trasegar las calles de abajo y seguir las huellas de Tabaco entre las sinuosidades del río. Podía dedicarse a pintar en las calles y las aceras, en muros y paredes, debajo de los puentes, en las canchas deportivas. Pero sabía que todo eso era inútil. Ya nada lo ataba a la ciudad. Ni siquiera su hermana que lo había rescatado brevemente del desamparo. Atrás del Picacho sólo había montañas. Y más allá de ellas había otras más. Y quizás, más lejos aún, podría aparecer lo que en realidad él merecía. Fue escalando los peldaños que aún faltaban. Al llegar a las mangas, se quitó los zapatos y la humedad de la hierba lo nutrió por unos segundos. Un poco más lejos ya no había caminos. Quiso voltearse para mirar por última vez la encrucijada de las faldas que se abrían para darle espacio a Medellín. Pero el vuelo de unos gallinazos, suspendidos en la altura, le robó la atención. Serna, en algún momento, se perdió entre los bosques que aún quedaban y las crestas rocosas que parecían no terminar jamás.

 

Pablo Montoya. El beso de la noche. Bogotá: Panamericana, 2010.

 


Eleazar Plaza

MANUSCRITO DEL BECARIO L-887

 

Ayer 4 de julio, día de la independencia, mientras los demás festejaban en los prados de la Fundación –algunos se arrastraban borrachos y terminaban boca arriba, con los brazos y piernas estrellados contra el cielo- el Presidente me llamó a su oficina (él y yo aún trabajábamos para entregar aquel documento valioso, generador de nostalgias en mi país y que ninguna personalidad del gobierno creyó recuperar jamás, excepto el Ministro de Cultura). Según testimonio no oficial del Presidente, el manuscrito había asomado de pronto como un fantasma, un 18 de noviembre o de diciembre, no recordaba, entre un montón de papeles inclasificables de su archivo personal.

Tampoco recordaba, por lo que me vi en la obligación de refrescarle la memoria, que su autor el Becario L-887, a quien admiro desde niño, había muerto ahogado tras el hundimiento del trasatlántico sueco “Norgen”. Todavía más, que su esposa y sus dos hijos habían logrado salvarse en un bote de emergencia y que en mi patria fueron declarados héroes por el Directorio en su conjunto. ¡Lamentable, ciertamente lamentable! ¡Una pérdida irreparable para tu país!, pronunció el Presidente. Desde hace tiempo me inquieta no sólo la obra del Becario L-887, seguí diciendo, sino las vicisitudes personales implícitas en su delicado oficio de ensayista.

A decir verdad, me contrataron para continuar sus famosas investigaciones, tal vez por el hecho de ser compatriota suyo y por haber estudiado en la misma universidad sudamericana, donde hoy empiezan a mitificarle según consta en los suplementos dominicales, por regalarnos con esa obra superior intitulada “Max Brod, modestia aparte”. Al principio me negué, no por temor a la responsabilidad que encierra aquello de terminar la obra de un ser inalcanzable, sino por una cuestión simple y cotidiana: luego de salir de la universidad donde venía sufriendo, mañana y tarde, el manejo del curso que me tocaba dictar (entonces se llamaba Historia de la Crítica) apenas podía echarme un descanso y tomar un café cremoso en cierta tiendecita esquinera del Parque Central, y pensar impaciente, apasionado, el destino de mi primer proyecto de novela que jalonaba desde la juventud y que llevaba algo adelantado. Cuestión de tiempo. En este orden, ¿cómo iba a ceder 20 años o más de mi vida a propósito de esa trascendental investigación orientada a esclarecer las vivencias del autor de las obras de Franz Kafka? Me preguntaba constantemente: ¿Y qué de los planes de la universidad? ¿Y la novela? ¿Cuánto tiempo tendré libre para dedicarle a mi pasión? Al principio dije “no” al emisario de la Fundación, y este se sorprendió mucho. Tiene que informar por escrito, tal como exige el trámite regular, sentenció aquel.

En la tranquilidad del hogar lo pensaba y me prometía redactar gentilmente la carta de rigor; entonces vencía el proyecto de novela. Al otro día temprano no pensaba nada porque tenía que correr a la universidad. Pero esta débil negativa no alcanzó a resistir los dos meses de plazo que la Fundación concede a los postulantes. Debo confesar, sin vergüenza alguna, que me sedujo el dinero. ¡Y no me arrepiento! 1500 dólares mensuales son en mi país una fortuna, garantizan una vida distinta a la mayoría, exenta de preocupaciones inmediatas, no a “full” pero sí con la decencia del caso. Además, salvo la visita anual a la sede metropolitana de la Fundación, al final yo mismo debí elegir el lugar adecuado para terminar a tiempo y exitosamente la investigación. Elegí, como era de esperar, mi propio país, consecuente con el nacionalismo cultural inaugurado por el Becario L-887 contra lo imaginado por sus promotores. Él podía hacerlo, en virtud de su temple categórico y digno, y mi generación estaba enormemente agradecida por ser destinataria de su ejemplo. Sin embargo, no todo fue color de rosa para el postulante, que debió argumentar harto en el transcurso de los debates de la Asamblea General, hasta persuadir a los directivos con las razones que actuaban a su favor, hasta derrotarlos en la pizarra con una serie de teoremas literarios de los que estaban en boga, con lo cual recompuso las estructuras planteadas al comienzo por el Secretario e impidió finalmente se le trasladase a la ciudad de Viena, centro de operaciones idóneo desde el punto de vista del alto directivo de la Fundación y su visión geográfica de las cosas.

Así, pues, fui aceptado. Tal vez les convenció mi tesis de que lo importante es la personalidad... Pero dejemos a un lado la perorata y vamos al grano. ¿Estoy animado? ¿Por qué estoy animado? Sencillamente por el extraordinario manuscrito que llega a mis manos en el momento oportuno. Me estaba aburriendo el olvido de que es víctima nuestro hombre más representativo. Ayer nada más, antes de empezar el trabajo y de recibir de boca del Presidente la feliz noticia del hallazgo, pensaba redactar una nota dirigida al Ministro de Cultura de mi país, reclamando su atención para ver si estudia la posibilidad de un homenaje póstumo a nuestro gran investigador. Teniéndole por admirador número uno del Becario L-887, pensaba recordarle que éste todavía padece la ignorancia kilométrica del numeroso personal de educadores que tiene a su cargo, que su imagen ejemplar pasa por alto a influyentes instituciones vinculadas de un modo y otro a la gestión del gobierno, llámense Falange de Intelectuales Emprendedores, Asociación Prometrópoli, Native Pen Club, entre otras.

Lo importante es el manuscrito, y de él pende como un estardante la personalidad de su autor. Seguramente causará un revuelo tremendo en el país y se desbordará al extranjero. Su efecto es inmensurable. El Becario L-887 nunca imaginó la importancia universal que cobraría su obra “Max Brod, modestia aparte” con la localización de este valioso documento que por fin tengo en mis manos. ¡Después de tanto tiempo! Nadie quiso creer en su existencia, excepto el Ministro de Cultura. Sé que le gustará la idea. Sólo ocupa dos cuartillas, y en ese breve espacio muestra su trazo elegante, arquitectónico, sobrio; estilo que nuestro investigador nacional supo ejercitar. Se dice que él era un hombre pulcro, cien por cien pulcro, mas no se ha dicho que era el hombre de la síntesis. Lo prueba el manuscrito, imprescindible ahora para la exacta valoración de su obra, y sobre todo de esa obra magnífica de nombre “Max Brod, modestia aparte”. Suena bien, por cierto: “Max Brod, modestia aparte”. ¡Una obra digna de su paternidad!

Hay otros detalles que solamente un científico ocupado en el misterio de los signos es capaz de escudriñar. Por ejemplo, no aparecen fecha ni lugar de remisión, tampoco la firma del Becario. El Presidente no está de acuerdo conmigo cuando sostengo que estos son indicios que podrían revelar el estado anímico de su autor en ese momento, tal vez de relación con su esposa en el ámbito doméstico. Por mi parte descubro cierto distanciamiento inherente al oficio de arqueólogo inmerso en el arcaísmo, en la fosilización de las obras y los hombres. Su oficio, hoy mi oficio lleno de vacilaciones, de temores, por qué no decirlo... El era un hombre honesto consigo mismo, o sea, apoyándome en las categorías modernas, “un intelectual orgánico”. No es mi caso, acepto sin arrepentirme que me incliné a besar la espada encantada de la Fundación, y he colaborado con ella sin estar completamente seguro de mis convicciones. Por lo demás, he respondido haciendo acopio de valor.

Dice el Presidente que el documento, el manuscrito del Becario, debió estar redactado dos días antes de instalarse la Asamblea General, quizás por la recomendación expresa en el punto 13 que parece de última hora. Son datos menores pero muy útiles para la historiografía literaria, y producirán graves consecuencias llegado el momento de las tesis y las contratesis. Existe confirmación de su cumplimiento, de su arribo a tiempo, en el récord de becarios extranjeros, también en el libro de las contribuciones ensayísticas seleccionadas. Nuestro hombre anduvo por los pasillos de la sede central de la Fundación un 23 de junio. Sobre mi escritorio descansan ahora estas y otras evidencias. Recojo asimismo los testimonios directos e indirectos, es decir, las frases balbuceantes de viejos becarios vitalicios que no tuvieron la suerte de tratarlo y que no obstante pudieron decir mientras bebían desaforados: “Aunque no lo tratamos, nos sentimos orgullosos, inclusive, envidiosos, por su vasta cultura... toda la vida”, y otras veces hacer un gesto de asombro entre consideraciones y reconsideraciones relativas a la investigación que a ellos corresponde procesar rigurosamente durante los meses de junio y julio de todos los años. Fueron dichos becarios vitalicios los primeros en caer borrachos sobre la hierba.

Aquí dejo esta especie de prólogo al manuscrito de nuestro Becario L-887, comprometiéndome a vigilar la reproducción fiel de sus partes y la divulgación masiva en mi país, para bien de los hombres, entregados al noble gesto de promoción de la cultura y sus tradiciones seculares. Ojalá satisfaga igualmente a la siempre viva juventud estudiosa.

“Honorables Presidente y Vicepresidente de la Fundación Norteamericana para Honrar la Memoria del Escritor (?) Franz Kafka:

“Me permito notificarles que el resultado de mi trabajo: 20 años dedicado a la investigación de la obra atribuida a Kafka, y también a la consulta de una cantidad nada despreciable de obras sobre su obra, es el siguiente:

1.    El escritor Franz Kafka nunca existió como tal;

2.    El autor de la obra kafkiana es un individuo de nombre Max Brod;

3.    Kafka era un hombre común por vilipendiado y, además, tímido;

4.    Extiendo la tesis de que Max Brod se inspiró en el rostro angustiado de su amigo para modelar la obra;

5.    Tengo en mi poder pruebas contundentes. Brod era agradecido, modesto y fraternal, y encima recursivo;

6.    ¿Por qué montaría Brod la historia del amigo escritor que antes de morir le pide que incinere su obra, cosa que él, según nos ha sugerido, desoyó por hacerle un favor a la humanidad, a la cultura literaria? He aquí la respuesta: Brod como ya lo he explicado en otra parte, era un tipo sumamente modesto, además solidario y sin ambiciones personales. A este espíritu desinteresado se añade lo crucial: Brod no imaginó como debiera –más bien subestimó– las consecuencias culturales de este hecho;

7.    Siguiendo el orden del plan, Brod promocionaría (nadie mejor que él) la obra de su amigo. Incluso vemos cuánto hizo para figurar como su crítico de cabecera. Y eso que la obra aún permanecía inédita;

8.    Si un tal Max Brod sostiene que la obra de su amigo, un tal Franz Kafka, es una obra extraordinaria, tienes que pensarlo dos veces;

9.    A Brod, el primer kafkiano de quien se tiene noticia, le interesaba antes que su nombre, la consagración de su obra. Muerto el amigo, no tendría que soportar él mismo el peso miserable de la fama. Por eso hizo que Kafka ordenara la incineración de sus escritos, cuando ya presentía la edición de esos mismos escritos, consignando la autoría de lo supuestamente incinerable a favor de su amigo, en vez de inscribir su propio nombre;

10. Pero Brod no advirtió a tiempo que su magistral montaje terminaría conquistando por legión a millones de lectores lastimeros y escandalosos, los cuales se apiadarían “ipso-facto” de ese hombre marginal, proscrito de nuestras sociedades y civilmente conocido como Franz Kafka. Estos lectores, una masa impresionante, se pelean hoy por leer o hablar en las cafeterías sobre las tribulaciones del ciudadano checo y encima organizan clubes kafkianos expresando su deseo de una convención mundial en desagravio del autor (?) de la Metamorfosis;

11. El asunto se complica más en perjuicio de Brod, pues el público idolatra la obra del autor de los absurdos, y de paso se interesa por su gran amigo y confidente Max Brod, que es elevado a la categoría de filántropo literario de todos los tiempos. A Franz Kafka, sigue invariablemente el nombre del amigo; como una sombra de su propia sombra. De este modo, Brod sufre la condena de la fama universal;

12. Para mejor salud de la ciencia literaria, y kafkiana en particular, sugiero que en adelante se hable en términos de obra kafkiana, es mejor, pues hablar de la obra del ciudadano Franz Kafka, conlleva el riesgo de las imprecisiones que la honorable crítica impugna;

13. Lamento afirmar estas verdades. No me inquieta el odio que atraeré de los ortodoxos. Franz Kafka es un advenedizo, providencial, en el mundo de Gregorio Samsa, del tolerante K, de Felice, de Milena y familia. Lo cierto es que la atmósfera original kafkiana envolvió tremendamente a Brod, lo trastornó con violencia inusitada. Para cerciorarse de ello, recomiendo a los Honorables Presidente y Vicepresidente de la Fundación, que al convocarse la reunión del cuerpo directivo Pre-Asamblea general, en mayo próximo, contemplen en primer lugar la creación de una beca destinada a la investigación biográfica del renombrado escritor Max Brod.

Atentamente,

Su Modesto Servidor, Ex-Becario y Postulante Titular para investigar la vida de los grandes autores.

 

“P.D. Los mil dólares mensuales ya no alcanzan como hace 20 años. Mis hijos Franz y Max me piden una bicicleta. Mi esposa sueña conociendo la vieja Europa”.

 

Publicado originalmente en El Arte periódico cultural de Cali, Año 2, No. 14, enero de 1988.

 


JAMES BARBOSA

 
Llevo dos días sin dormir y si me preguntan por qué se los voy a contar con pelos y señales. Trataré de ser lo más explícito posible para ilustrar al lector de una manera sucinta las circunstancias que atañen a la causa de mi insomnio. Algunos creerán seguramente que lo que les voy a contar es sólo la imaginación desbordante y fantasiosa de un mitómano que disfruta de la mentira, pero prefiero correr ese riesgo antes de seguir guardando para mí la inverosimilitud de lo que ahora está sucediendo en realidad, para que si algo llega a pasar se conozca la verdad de los hechos. Comenzaré diciéndoles que convivo con un vándalo en casa y se corre el peligro de un desenlace fatal en cualquier momento, a juzgar por las circunstancias en que se vienen desenvolviendo las acciones. En días pasados y debido a que me negué a cocinar cansado de hacerlo durante toda la semana, el que antes fuera mi más entrañable y adorado hermano explotó en un ataque de histeria que culminó en el rompimiento de casi la totalidad de los platos y pocillos de porcelana antigua que había heredado de mi abuela y arremetió con furia despiadada contra todos los recipientes que se hallaban en la cocina. No puedo desconocer de ninguna manera que tales comportamientos descabellados son la acumulación de muchos años de rabia contenida, liberados quizá según me lo han contado algunas personas del barrio por el uso indiscriminado de alguna especie de barbitúrico.

- Póngale cuidado a Gustavo, don Germán - me dijo en una ocasión doña Carmelita, la señora que vende chance en la esquina del parque.

- ¿Por qué? - increpé de inmediato en esa ocasión con cierto sobresalto suscitado por la sorpresa.

Me parece que anda en malos pasos - y me pasó el papelito sellado con el número de siempre con el cual nunca había ganado y me miró como esperando una inmediata respuesta. "Con todas" decía en letras grandes y desordenadas en la parte de arriba. Me eché el papel al bolsillo y me retiré del lugar sin dar crédito al asunto debido a la fama de vieja bochinchera que tenía la señora en mención.

En otra oportunidad había sido careloco, un muchacho vicioso al que casi siempre "le daba la liga" y me comentaba sin preámbulo algunas situaciones esporádicas y sucesos que ocurrían en el vecindario.

- Pilas con Gustavo -advirtió para añadir luego -parece que le está pegando a las piolas.

- Déjeme sano -solicitó cuando me retiraba.

Lo cierto es que no quise darle crédito a dichas versiones hasta que mi hermano empezó a mostrar los comportamientos señalados anteriormente y los que continuaré describiendo a continuación.

- La segunda manifestación violenta se generó al no encontrar una camisa para ponerse debido a que esa semana la señora que lavaba en la casa no pudo asistirnos porque tenía el hijo menor enfermo. -Ya ni siquiera la ropa la manda a lavar este perro! -dijo mientras rebrujaba en el Closet. Esa expresión insultante fue proferida con énfasis en las dos últimas sílabas por la boca de mi hermano para acentuar, como si no fuera suficiente con la simple palabra pronunciada en forma plana, la magnitud de tal ofensa. Me quedé perplejo debido a que jamás en el tiempo que llevábamos conviviendo juntos me había tratado en similar forma y si por alguna razón se encontraba disgustado, se limitaba a fruncir el ceño o a guardar silencio. Optó por salir con la misma indumentaria del día anterior, no sin antes dar un portazo tan fuerte que sacudió sin misericordia las ventanas e hizo temblar un poco la vieja estructura de la casa.

Otro día, después de un periodo de calma relativamente prolongado, me sorprendió con un acto coprológico sin precedentes en la historia de la familia. En esa ocasión llegué como lo hacía habitualmente a tempranas horas de la noche y al abrir la puerta de la calle, el desagradable olor a estiércol humano en la sala provocó en los orígenes de mi estómago la terrible sensación de devolver al exterior el alimento del día. Pulsé el interruptor para buscar en la luz el motivo de la desazón y mi vista se topó con la plasta descomunal que el desgraciado de mi hermano había dejado enrolletada cual serpiente venenosa, justo en medio de la sala. No logré controlar como las veces anteriores mi emotividad y las lágrimas aparecieron empujadas por un sentimiento infinito de rabia y de impotencia. Maldito!- exclamé entre dientes y me dispuse a apaciguar el alterado ambiente de la casa después de haber arrojado entre el corredor y el excusado el desayuno y el almuerzo de ese día. No volvimos a cruzar palabra a partir de ese incidente, no volví -como es lógico- a hacerme cargo de sus gastos, hecho que provocó un desarrollo acelerado de la cleptomanía doméstica para solventar sus requerimientos cada vez más urgentes por la solicitud orgánica de la droga.

Luego fueron los reclamos continuos y despiadados por no se qué desgracia personal relacionada con el despilfarro de su herencia y los improperios de rigor acicateados por el calor de la disputa de aquel espacio otrora agradable y pacífico.

Cuando Gustavo recibió a entera satisfacción los veinte millones de pesos producto de mis ahorros durante muchos años de trabajo, se dedicó con desmesura a los bacanales de amigos y de putas que muy pronto dieron al traste con esa exigua pero a la vez significativa fortuna.

Se le oía llegar borracho, de madrugada, acompañado de alguna hembra entonando las canciones que se escuchaban por doquier en las discotecas de turno. "Con la misma frialdad que tu me das que me hace de ansiedad estremecer voy a darle a este infierno soledad con la brisa glaciar en casa amanecer". Jamás me interpuse entre sus borracheras aunque con su comportamiento relativamente tranquilo alterara de alguna manera mis sueños y me limité a decirle al día siguiente y en muy contadas ocasiones, que invirtiera su dinero en algún terreno o que depositara cierta cantidad a término fijo. Pero si bien nunca me recriminó por tales consejos, lo cierto es que hizo caso omiso y la mayoría de las veces se limitó a sonreír antes de exclamar ¡Dejéme vivir la vida hermanito! -y afirmaba después-:¡Vida no hay sino una! Hasta que se quedó sin un peso y me vi abocado a mantenerlo aun a costa de su adicción y sus desmanes hasta su cagada descomunal y le cambié la clave a la puerta de acceso. Hecho que lo obligó a escalar diariamente hasta el techo para descolgarse al interior por el patio trasero de la casa. Esta determinación aunque si bien es cierto le contribuyó al desarrollo de la habilidad para saltar, colgarse y sostenerse en los resquicios más inverosímiles y un instinto arácnido para saltar obstáculos con facilidad sorprendente -que le ha procurado el sustento durante los últimos meses- también provocó en mi hermano un odio que continúa alimentando sin que yo haya podido hacer nada para detenerlo.

Primero fueron las demandas ante la inspección de policía del barrio y las remisiones ante la comisaria de familia con los interrogatorios pertinentes y los innecesarios compromisos de conciliación.

-Que diga el señor Gustavo... si es cierto que el día 3 del año en curso hizo su deposición en la sala de la casa que comparte con su hermano el señor Germán.

-Que diga el señor Germán a qué hora exactamente se dio cuenta que su hermano al parecer había realizado sus necesidades fisiológicas en mitad de la sala.

-Que diga qué hechos o circunstancias le hicieron sospechar que la deposición encontrada en la sala de su casa era de características iguales a la del estiércol humano.

Hasta que me cansé de tanta parafernalia y opté por hacer caso omiso a su comportamiento oprobioso, procurando eso sí, no dar papaya con mis pertenencias y tomando medidas extremas de seguridad para defenderme de un posible ataque a mansalva en el interior de la casa, pues mi amigo careloco ya me había advertido.

- ¡No le vaya a dar la guayaba! ¡Don Gérmán, que el man anda por ahí diciendo que lo va a tumbar, déjeme sano! Entonces la emprendió contra doña Clemencia, -la señora que lavaba en la casa -porque se interpuso en el momento que descolgaba parte de la ropa que se hallaba secando en el alambre.

-¡No, Don Gustavo, pá usté llevársele esa ropa a don Germán, primero tiene que pasar por encima de mi!

-¡Pues pasó por encima de usted o de cualquier gurrupleta que se me atraviese! -le gritó antes de encenderla a un tren de pata que la dejó en primera instancia en la puerta de la sala y después en la cama durante varios días.

Ese acto aleve y vandálico fue la copa que rebosó el vaso y me decidí a darle su merecido de una vez por todas buscándolo hasta encontrarlo soplándose el producto de la venta de media docena de camisas y cuatro pantalones que le había feriado al mejor postor.

Sin mediar palabra y embrutecido por la ira acometí contra su humanidad con un palo que me había procurado con antelación para tal fin, logrando irónicamente golpearlo de soslayo y corretearlo unos cincuenta metros.

Como era de preverse este ataque inesperado contribuyó a incrementar el odio que ahora se reproduce por partes iguales y nos prepara para un fatídico desenlace que se puede presentar en cualquier momento ya que varios de mis vecinos me han comentado que anda por ahí merodeando sobre el techo de la casa con un revólver Smith and Wesson calibre 38.

 


Guillermo Salazar

LA JARDINERA

 

Con un coqueto movimiento de cabeza se quitó varios cabellos que impedían a sus ojos contemplar la soleada mañana de aquel lunes primaveral. Los guantes de jardinería le impidieron hacerlo con las manos, y el olor penetrante de las flores la hizo suspirar. Estaba agachada, casi sentada sobre sus talones, quitando las impertinentes yerbas que crecían alrededor de las flores.

    Pasaba poca gente porque preferían caminar por la Avenida Paralela, una cuadra más arriba del sitio donde la jardinera abonaba y conversaba con las flores. El amplio jardín, con un prado de intenso verde, bien cortado, y senderos certeramente delimitados, permitía caminar libremente sin pisar las numerosas flores que, según el momento, estaban al cuidado de aquella mujer. Parecía entregada a su labor, ajena a los caminantes y a la vida. A su lado había una canasta de mimbre con utensilios de jardín, bolsas de fertilizantes y una botella de agua.

     La casa del jardín era imponente, cubría media manzana del barrio Versalles, gran parte de la calle y varios metros de la carrera, de tal manera que casi toda su extensión permanecía rodeada de flores. Las cuatro columnas de mármol blanco, con vetas rosadas, sostenían el techo de la entrada que cubrían el pasillo de acceso a la enorme doble puerta de madera brillante, adornada con diez cuadrados de cedro enmarcados en pulidos palos también de  madera, que le daban distinción y elegancia. La puerta principal de la casa parecía de película. Al lado derecho de ella se aprecia una ventana con varios vidrios, incrustados sobre cuadrados iguales de madera, y un pequeño balcón que hace añorar las serenatas de enamorados. A continuación hay una puerta grande, igualmente de madera fina, que sirve de parqueadero a varios carros. Al lado izquierdo de la entrada, una ventana de vidrio y madera con un balcón más grande permiten imaginar que se trata de la pieza principal, dónde seguramente duermen los dueños. Se observan varias sillas, mesas y un parasol blanco, utilizado para atender invitados, sentarse a descansar, a tomar un buen vino, mientras se admira el atardecer, o a leer. En varias ocasiones los transeúntes habían visto doblado sobre la mesa el periódico del día y, en otras, a diferentes personas tomando café, vigilantes, o hablando desprevenidamente. Las barandas que protegen ambos balcones parecían fabricadas en el taller de carpintería de San José, medían 0.50 de altura con barrotes en cedro negro, entre ellas, sobre las cuales se sentaban irreverentemente los jóvenes. A continuación de este balcón, al voltear a la izquierda, en la esquina, el  jardín se prolonga por la calle hasta chocar con la siguiente casa. Protegida por un pequeño muro de 0.50 metros y una reja de hierro de 1.50 metros de alta, la casa parece una gigantesca jaula prisión de las flores y la jardinera. En este lado del jardín se pueden apreciar cuatro ventanales de vidrio y madera, seguramente son los cuartos de huéspedes, empotrados en enormes paredes de mármol rosado, y sobre ellas se erige el techo con tejas de barro. Colgadas de las vigas que sostienen el techo se ven, cada dos metros, materas con diversas matas siempre florecidas: anturios, begonias, chefleras, novios, garzas, josefinas, orquídeas… Seis árboles frutales sembrados equidistantemente, naranjo, guayabo, mandarino, limón, mango y banano, le brindan sombra natural a las flores. El camino de acceso a la casa, entre la puerta de hierro y la de madera, está formado por un lindo laberinto de guaduales que bailan entrelazados, arrullados por el viento de las tardes manizaleñas. El color predominante del mármol hizo que los habitantes del barrio Colombia la llamaran “Casa Rosada”. Pasaban cerca a la casa los vecinos que iban a rezar en la iglesia “Los Corazonistas”, a ocho cuadras del barrio, los que caminaban al estadio “Palogrande” a gozar o sufrir con el Cristal Caldas y los estudiantes que querían acortar el camino yendo y viniendo de la Universidad de Caldas o de la Normal Nacional. Algunas parejas la visitaban los fines de semana con el propósito de soñar con su casa propia y ganar la lotería para organizar un jardín igual.

     –¿La jardinera vivirá en esta casa? –se preguntó Florencio Arbeláez–, ¿en cuál cuarto dormirá?

    Florencio Arbeláez, un aplicado estudiante de la Normal Nacional, iniciaba su primer quimestre  de aprendiz de maestro en la escuela Anexa, aquel lunes en que estuvo con la jardinera, aunque ya se había impresionado por el esmero puesto a la labor de cuidar las flores, le parecía una maestra de preescolar atendiendo a los párvulos cada qué la veía de paso a estudiar o de regreso a casa. De contextura delgada, medía 1:66 metros, blanco, ojos pardos claros y pelo negro sedoso abundante. Además de estudiar, pertenecía a la selección de fútbol de la Normal y pasaba los ratos libres jugando con sus amigos en la cancha “El Campín” y en el cementerio “San Esteban”, espacios propios del barrio manizalita. Qué bien recordaba aquel día en que la vio por primera vez entregada a su labor. Tenía puesta una blusa blanca con adornos florales que le venían muy bien con las rosas rojas del jardín y un pantalón negro de dril perfectamente ajustado a sus contorneadas piernas. Tenía un sombrero de fieltro blanco, aguadeño tal vez, que resaltaban sus pobladas cejas negras sin pintar y sus labios rojos, usado para tapar el sol quemante de las 8:00 AM. “Por su porte, la jardinera no es una empleada, definitivamente vive en la casa”, pensó. Llevaba una hora parado en la esquina de la “Casa Rosada” inquieto con aquella perfecta figura entregada a acariciar las flores, sabía que les hablaba pero no qué decía. ¡Estoy retrasado, me perdí la clase de pedagogía –pensó–,  gané en clase de jardinería!

     Así fue que empezó por perder la primera del día, programándose para no faltar a la clase. Salía de su casa antes de las 7:00 AM para apreciar a la jardinera, que se acomodaba con su canastilla de mimbre e iniciaba puntualmente su labor como si nadie existiera, sin darse cuenta de los ojos que agradecían verla cada mañana y sin apreciar cuánto daría por saber, al menos, su nombre, no sobre su vida, porque las diferencias sociales eran tan grandes, que resultaba imposible para alguien del barrio Colombia ser amigo de una joven del barrio Versalles. Recordaba cómo lucía el sombrero o una cachucha, según estaba vestida; las blusas rojas, negras, blancas o amarillas según el sitio del jardín escogido con rosas, anturios, margaritas o san joaquinos. No era real, parecía un cuadro pintado por Renoir en su taller de París a fines de 1980.

    Se le estaba complicando su estado de ánimo, sin embargo continuó visitándola para verla de cerca cuando pasaba por la acera, donde la veía entregada a su tarea, y para admirarla de lejos, parado en el esquina. Con los días, desde el balcón grande, se sintió vigilado por un hombre musculoso vestido de blanco, igual que un enfermero de hospital, entonces abría uno de sus cuadernos para simular leer o para cubrir el temor de verse preguntado. La turbación se transformó en inquietud el día en que pasó cerca del jardín, como de costumbre, quizás un poco más despacio, y ella miraba sin interés la rosa. Se quitó el guante, y sacó por la alambrada su blanca mano con una hermosa rosa amarilla.

     –¡Toma! –dijo sin levantar la cara.            

     –Gracias –respondió–, las rosas amarillas son…No terminó porque la jardinera volvió a su tarea, sin intención de escuchar nada, menos de hablar con un desconocido. Ni siquiera pudo ver su cara, el sombrero alón la cubría totalmente.

     Florencio Arbeláez no habló más, siguió su camino a la Normal acariciando la rosa, la alzó hasta su nariz, aspiró su aroma, la bajó a la boca, y la besó. “Las rosas amarillas son augurio de buena suerte”, dijo. Antes de seguir al salón de clase quitó un pétalo a la rosa y lo guardó entre uno de sus cuadernos, entró a la biblioteca y la depositó en el florero del escritorio de la bibliotecaria.

     A la semana siguiente, la inquietud alcanzó ribetes de trastorno porque su corazón aceleraba el paso cuando ya casi llegaba a la “Casa Rosada”. Lo sentía latir frenéticamente de alegría cuando la veía entregada a su labor o decepcionado cuando no la veía en el jardín. Esta vez tuvo la suerte de sentir su mano suave, tierna y fina. No la encontró en el sitio acostumbrado del jardín, estaba tratando de abrir la puerta de hierro de la entrada principal. Extrañó su actitud de desespero e intentó ayudarla, pero el candado cerrado, sujeto a una cadena, no lo permitió. La jardinera tendió la mano con una rosa. La retiró apurada y pasó la rosa a la otra mano.

      –¿Puedo tocar su cara? –dijo, sin levantar la cabeza. Inmediatamente sacó su mano y le acarició suavemente el lado izquierdo–. ¿Cómo te llamas?

      –Florencioo –tartamudeo–, Florencio Arbeláez.

      –Deberías llamarte Sol –extendió la mano con la rosa roja y se la entregó.

     Una joven vestida de uniforme blanco llegó apresurada, sujetó apaciblemente a la jardinera por sus brazos y se la llevó delicada pero rápidamente. Florencio Arbeláez quedó paralizado momentáneamente, miró la rosa roja y se sorprendió por la mancha que decoloró uno de sus pétalos. ¡Es una lágrima, mi jardinera lloró!, dijo y quedó pensativo.

      –¿Será ciega? –se preguntó–, ¿por qué estará triste?

      Cuando entraba a la clase de música se encontró en la puerta del salón con el cuerpo gordo y grande de su compañero Carlos Cartagena. Dos brazos largos y velludos lo detuvieron.

      –¿Qué pasa, hermano? –dijo sonriente–, este Florencio parece en otro mundo.

      –¿Usted tiene una hermana? –preguntó indeciso.

      –Claro. Es enfermera y trabaja con el doctor Adolfo González –miró extrañado–, la casa queda en el barrio Versalles.

      Desde ese momento Florencio Arbeláez resultó agarrado al recuerdo de la jardinera. La veía por todas partes, en los libros que leía o en la música que escuchaba, las nubes formaban su figura, por equivocación decía jardinera a las amigas del barrio, hasta le ofrecía los goles que metía en los partidos. Leyó con avidez los libros de poesía guardados en la pequeña biblioteca de su casa para encontrarla en los poemas, y se permitió escribirle unos versos ingenuos, con los cuales deseaba expresar su sentimiento desaforado: El amor es/ como la ola/ llega y…/ se va/ en lento/y constante/tormento…Su vida inició un tránsito por el desorden con que trastocó la rutina. Olvidaba los libros en la mesa del comedor, perdió el gusto por la comida y cuando probaba bocado, no regresaba los platos a la cocina. Su madre tenía que llamarlo para que tendiera su cama y para  advertirle lavar los calzoncillos. Lo que más quería, sus zapatos de fútbol, no los volvió a lustrar. Sus amigos del barrio Colombia notaban sus idas inoportunas, a horas de la noche impensadas, y cuando regresaba, se le notaba callado y triste.

      –Hace un año que trabajo con el doctor González –dijo Marina Cartagena.

      –Entonces la jardinera es la esposa del doctor –dijo sorprendido Florencio Arbeláez.

     Marina Cartagena le informó que la jardinera se casó hace dos años, apenas tenía 15 años, y no había terminado sus estudios en el Colegio “Los Ángeles”. Asistió a una cita médica y el doctor González solo descansó cuando logró hacerla su esposa. Invitaciones a los mejores restaurantes, regalos femeninos de toda clase inundaron muy pronto el closet de su amada y los ruegos expresados por las continuas serenatas, con los mejores tríos y duetos de Manizales, la hacían temblar de emoción. Pero lo que más influyó en la decisión de casarse, sin graduarse en el colegio, fueron las lágrimas de su madre. Todas las noches después del rosario, con letanías dirigidas a los apóstoles y a los santos, especialmente a San Antonio, devoto de las casamenteras, le recordaba el afecto del doctor González, y le hacía jurar sobre el amor que era necesario corresponder. Entonces, con los ojos inundados, decía “gracias mija, Dios la bendijo”, secándose las lágrimas con el delantal, “el doctor González es un santo varón”.

      Al comienzo todo era felicidad plena. Pero el arduo trabajo, las demoras por las intervenciones quirúrgicas en distintas clínicas de Manizales, Pereira y Armenia, y las constantes participaciones en congresos médicos nacionales e internacionales de su esposo la fueron convirtiendo, poco a poco, en una errante solitaria. Un ahogado resentimiento contra su vida se despertó en lo profundo de su ser y poco hablaba con su madre. Cada vez más se refugiaba en su pena, la lectura y el alcohol fueron sus compañeros inseparables, abandonó sus amigas de colegio y nunca volvió a las reuniones sociales ni a  las citas de las damas de la beneficencia de los pobres a la cual la afilió su esposo para “que no se aburriera sola”. Al comienzo la encontraba dormida, sentada en la poltrona de la sala o en el escritorio de la biblioteca, con un vaso de whisky vacío; después sobre la alfombra o en el comedor, con la botella de vodka o vino rota y los pedazos del vaso o de la copa desperdigados por el suelo, junto a un libro abierto. De nada sirvieron los tratamientos particulares de su esposo, tampoco de sus colegas, ni siquiera los desapacibles días en la clínica siquiátrica. Recibió medicamentos y tomas para todos los males, menos para la soledad de su corazón. Trató de encontrar consuelo en los cocteles preparados de acuerdo con un libro encontrado en la biblioteca, y después inventados por ella, pero cada vez se ahogaba más en su soledad. Una noche fría, hace diez meses, mezcló varias pastas recetadas para la depresión y el insomnio con ron, vodka, whisky y ginebra, y casi se muere, ¡se salvó de milagro! Una vez repuesta del incidente, sólo es feliz con las flores. Habla poco, lo necesario con algunas personas,  y a su madre ni le responde el saludo. Su confesor son las flores, rompió el corazón para expresarles los sentimientos y deseos, al tiempo que abre sus pétalos; les habla llorando su desventura, mientras las remoja. Desde hace varios días la palabra que más repite es Sol, cuando desea estar en el jardín, y es feliz regalando flores a los niños que se cruzan por la calle.

      El doctor González mantiene viva la esperanza de verla como antes. Noche tras noche le habla, la consciente, le ruega, la acaricia y ella como si nada. Si están juntos en la cama, voltea el cuerpo para la pared sin remordimiento por los ruegos de su esposo y menos por su angustia; si se queda sola en el estudio, allí amanece dormida abrazada a sus pesadillas. Parece que hubiera muerto para la vida terrenal, está viva porque sale al jardín. Una junta de los mejores neurólogos y siquiatras de Manizales han dictaminado que una experiencia emocional fuerte puede servirle para volver del laberinto en que se metió el cerebro. Si su cerebro enfrenta una situación interna nueva como consecuencia de sentir sensaciones agradables externas, le podría servir más que los medicamentos.

      –¿Entonces es un caso perdido para la ciencia? –preguntó Florencio Arbeláez.

      –Todo es posible. Tengo mi teoría femenina  –dijo Marina Cartagena–. Creo que si se enamora de otro hombre…sale adelante…Verá la luz de nuevo.

      Florencio Arbeláez comenzó a imaginar lo que podría hacer por la jardinera y ella por él. La teoría de la enfermera lo convenció y su corazón aceptó vivir para sacarla de la oscuridad. Hizo más frecuentes sus visitas a la “Casa Rosada”, de día para contemplarla entregada a su faena, y de noche para tratar de verla. Mientras ella cuidaba las flores, Florencio Arbeláez pasaba por el andén de arriba abajo, llegaba a la esquina y volvía sobre sus pasos, hasta cuando creía que la jardinera lo advertía. Sólo en ese momento su corazón regresaba a la normalidad. De noche esperaba que las luces se apagaran; en contadas ocasiones vio su tierna silueta reflejada por la tenue luz de una lámpara y se estremecía de pensar que parecía un alma en pena. Casi siempre regresaba a su casa al amanecer.

      –Hoy es mi primer día de práctica docente –pensó Florencio Arbeláez–. Si la veo seré más feliz.

     Efectivamente, allí estaba la jardinera, tratando de abrir la puerta de hierro. Observó que no tenía candado y cuando llegó hasta ella, la jardinera la abrió con facilidad. Sonriente y como si lo conociera de toda la vida:

      –¡Hola Sol, has venido por mí!

      –Voy a la Normal… –Florencio Arbeláez quedó mudo y paralizado. Se encontró con unos ojos avellanas que decoraban una hermosa cara–. Es usted la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

      –Gracias –respondió la jardinera–, ¿puedo?

      Lo tomó por el brazo con ambas manos, lo miró largamente con dulzura y suspiró, invitándolo a seguir adelante:

      –¿Puedes llevarme a tu casa?

      –No sé…estoy… voy para…

       Florencio Arbeláez no supo cuánto caminaron sin hablar, feliz de sentirla aferrada a su brazo. De pronto oyó a sus espaldas pasos rápidos y voces apuradas. Sintió una tenaza que lo sujetó fuertemente por el cuello, y otra que llevó su mano izquierda hasta la espalda. Observó  que otras manos levantaron a la jardinera y se la llevaron hasta un lujoso carro. Le hubiera gustado defenderse o luchar, pero no tuvo el coraje de hablar siquiera. Se quedó tieso y cuando aquel grandulón lo soltó, caminó lentamente por el lado soleado de la calle, pensando en la efímera fortuna que vivió al lado de aquella bella joven. Cuando vio por la ventanilla del carro que le decía adiós con la mano, una lágrima rodó por la mejilla que, días antes, la jardinera le había acariciado.

 


Lázaro Montealegre

y otros textos

 

Prólogo RICARDO TASCÓN

 

Abismado lector, está usted ante 30 relatos agrupados en el título genérico: La atracción del abismo, y es posible que por el mismo título, pase de largo y con indiferencia ante el libro, o se detenga por curiosidad a fatigar sus páginas.

Particularmente creo que dejarse atraer por el título, requiere de una muy buena relación con la literatura, que se expresa en no preguntarse quién es el autor. Muchos se acercan a una obra literaria por el nombre afamado del autor y la compran a ciegas. Bueno, aquí, con esta obra, se trata de acercarnos a ella con criterios para discriminar, para seleccionar, para encontrar méritos y respuestas a preguntas sobre el quehacer literario. Sin embargo, no pretendo quitar al lector el placer de acertar o no, en la búsqueda de su propia y auténtica relación con el universo referencial que ocupa la escritura de Lázaro Montealegre.

Quizás por una cierta presunción profesional y, por qué no, pedagógica, practico detenerme en los títulos y, desde allí, comenzar a construir asociaciones libres de sentido, que vayan prefigurando los posibles escenarios temáticos que subyacen en la obra. Armado de esa argucia, comencé a leer y leí los 30 relatos. Rápidamente descubrí la apasionada construcción que de la anécdota se desarrolla en los textos. Y me pregunto por la sensibilidad que hay que desplegar para lograr trascender las numerosas anécdotas que en la cotidianidad nos fatigan, y destacar en ellas y de ellas algo literario y cognitivo, que las haga perdurables, transformándolas, más allá de su estrecho e intrascendente marco. Desde luego que en ese proceso está implicada la memoria sensorial del escritor, siendo ésta la que le permite captar todo lo humano que fluye y trasciende en su entorno vital.

Se nota que para Lázaro, nada de lo humano le es ajeno, y con esa apertura sensorial captura lo que a su inquieto espíritu de observador exhaustivo, quizás ello explique su estrecha relación con la música, le sirve para desplayar una capacidad consecuente en conservar la materia bruta y prima de aquello que original e inicialmente lo atrajo.

Así por ejemplo, todos los títulos son el resultado de conservar y seleccionar, en función de la permanencia, aquello espontáneo, original, placentero o displacentero que sucedió o le sucedió o que sencillamente así imaginó.

Por este camino vamos decantando el encuentro con una matería muy especial que persiste en el subfondo de la escritura de Lázaro, y es que además de dejarse atraer por algo, ya sea una "extraña señal" o por "dos ranas" o por "el hilo del amor"; él mismo nos la dice en el titulo de uno de los relatos, que además sirve a todo el libro y es "la atracción del abismo".

Así, observo que persiste, a lo largo de su trabajo, cierta refinada atracción por lo profundo, por la caída, por lo insondable de la condición humana, por el peligro de caer en el abismo de lo desconocido, presente en cada encuentro, en la aventura de cada día, en cada libro, en cada borrachera.

Quizás lo anterior nos ayude a explicarnos un poco la timidez de Lázaro en sus relaciones personales y en su silencio accionar citadino; escenario del cual parece que desapareciera y sin embargo ocupa, sin dejarse ver, para no caer con el caído o sí cae, poder levantarse nuevamente a ocuparse de y con otros caídos, sin hacer ostentación de solidario. Y es esta la materia que apunto, y que se esconde y subyace en ese abismo que le seduce: la sólida solidaridad, nacida de lo conocido, guardado en ese sótano de la inteligencia que es el olvido, y de la superación o vencimiento del mismo, para convertirse en palabra fresca y amiga "en el borde de la eternidad".

Exactamente, una vez el escritor, el poeta, logra vencer el olvido, logra hacer hablar al silencio: su voz, su palabra, inicia el tránsito hacia el borde de la eternidad, por los efectos significativos que aporta.

De otro lado, pude constatar que en estos textos, no se asoma la más mínima intensión de proyectar en nosotros los lectores, la pretensión de universalizar lo particular, lo anecdótico. Si bien, se parte de lo particular con rumbo a lo general, este camino será recorrido por cada lector, según su libertad y no por norma alguna explícita del escritor, ni de ninguno de sus relatos. Es una escritura que se mueve en esa zona de frontera: de lo parroquial a lo general, sin olvidar lo particular de la aldea, seleccionando de ello lo que artísticamente y según la celosa y cultivada estética de Lázaro, amerite énfasis, por algo ha sido tallerista literario, para volver  a lo original, cualitativamente trasformando en una obra de apreciación estética. Una estética que toma inconfundiblemente posición por la esperanza y la vida, en el aquí y en el ahora de nuestro momento cultural.

Leer los relatos de "La atracción al abismo" es llenarse de razones en cuanto a la validez del proyecto humano. La reivindicación del nacimiento de valores éticos y estéticos nuevos en nuestra diversidad cultural, signada por el fracaso y el desastre, es suficiente razón para aceptar la invitación del escritor a dejarnos atraer por el abismo, pues allí está el renacimiento de nuestra cultura.

En un lenguaje sencillo, como si el autor tuviese la necesidad de dirigirse a vastos audífonos, rechazando toda gran retórica y luchando por despojarse de ecos religiosos y filosóficos, su escritura pretende ser compatible con y en un mundo pluricultural y heterogéneo. Para evaluar si lo logra, tiene usted la palabra, ocupado lector.

No soy del criterio de sobredimensionar el sentido plural y los alcances de este trabajo literario, precisamente por respeto al escritor amigo y, por reconocimiento, a su arduo trabajo de escritura, realizado en los talleres literarios en que participó. Sin embargo, sí es oportuno destacar que este trabajo es un producto cultural colectivo, donde hay múltiples aportes que Lázaro ha sabido conservar y transformar en aportes propios y originales.

Por eso, ahora, puede agradecer orgulloso a las oficinas gubernamentales con sus presupuestos estatales que nunca lo hayan tenido en cuenta. Gracias por su indiferencia, señores gobiernos, y ya Lázaro ha conocido muchos, porque con ello hicieron posible una obra total y auténticamente nuestra.

Finalmente, si hay algo que caracteriza con mayor énfasis y patetismo nuestro tiempo, fin de siglo, es la obsesiva búsqueda y reafirmación de la identidad. La obra de Lázaro Montealegre precisa en la identidad para que cada uno de sus lectores la descubra en sí mismo, como algo procesado en su más profundo interior, larvada en su cuerpo escindido como algo que le es propio y a lo cual se le profesa lealtad y fidelidad, configurando un "círculo virtuoso" entre el individuo y la sociedad.

Gracias Lázaro por permitirnos ir y caer en el abismo, lo anterior, su umbral es mediocre y sólo cayendo podemos levantarnos.

 

Cali, febrero de 1999.

 


La atracción del abismo

 

No supo el viejo Leo en qué momento apareció el carnero negro frente a las talanqueras de su granja. Por largas horas el rebaño saltó en fila india su cerco onírico hasta que, perdido ya su rumbo, no pudo evitar que las ovejas chocasen unas con otras o que, alegres, no resistiesen la atracción del abismo.

Sediento y sudoroso, dejó la cama y se fue a su despacho. Se asomó a la ventana y su mirada insomne recorrió cada sombra, adivinando espantos, flores, ríos, tigrillos al acecho: vida y muerte en su feria bajo la noche cómplice. No divagaría en esta ocasión con los recuerdos de su esposa muerta ni con los de su hijo, quien a esta hora estaría comandando algún frente rebelde parapetado en la montaña. Volvió a pensar, en cambio, en lo que pasaría si por sólo una vez la oscuridad rechazara a la aurora y, respaldado por la fuerza de los fantasmas, un ataque masivo de grillos y cocuyos detuviese el avance del día.

Retornó de las sombras sin responderse nada y se acodó en su mesa de trabajo. De un solo trago apuró el ron con que solía «rociar» sus parrandas, fija su mirada en la vieja escopeta que lo llamaba desde la encorvadura del cacho de venado en el que la colgara desde cuando la caza se agotó en sus predios y bosques vecinos. “Tan solo y viejo como estoy -pensó-, ¿quién no dirá que fui tras mi rebaño?

 


La estrella y el juglar

a Omaira Sánchez, niña-símbolo de una tragedia

 

No hubo nunca una señal - hora, día, mes o año -que por efectos singulares anunciara su aparición. Sus salidas, a manera de despertador colectivo, sólo ocurrían cuando la gente empezaba a olvidar. ¿Olvidar qué? Supersticiones, chismes y presagios que molestan y no dejan vivir en paz. Sorprendía su figura flotante sobre el pico de la blanca montaña, semejante a una bola de humo lanzada desde la entraña del volcán. Pensativos algunos, miedosos y fascinados los demás, a la luz de la luna todos podían verlo en su vuelo rasante sobre las faldas del nevado, y casi adivinar el punto exacto en el que comenzaba a descender hasta perderse en la cuenca del río devorado por la oscuridad. Tal era la ruta de aquel globo extraño cuya presencia, no por esporádica menos tenebrosa, sumía a los habitantes de la ciudad y los pueblos vecinos en agoreras cavilaciones, despojándolos temporalmente de su frescura y buen humor, sal y salero de su trajín diario. Pues a pesar del tiempo transcurrido desde cuando ocurrieron los hechos que dieron origen a su aparición, por quién sabe qué oscuro impedimento su leyenda no había podido ser asimilada al código de ritos, señales y conjuros en los cuales se reconocían los espantos comunes y corrientes de la mitología tradicional. Al desaparecer, aunque quedasen voces temerosas, cesaba el augurio y el interrogante perdía su vigor. Los quehaceres volvían a su ritmo. Al placer incumbía taponar los limbos o ranuras del entendimiento por donde suele introducirse, inquisitivo y cauteloso, el virus de la reflexión. Los pocos que sabían que ese globo guardaba las cenizas de su pastor -vejado y torturado hasta la muerte cincuenta años atrás-, callaban. No era el momento de revelar hechos que lastimaran la pasión del lucro y frenasen de un soplo el celo delirante de la prosperidad.

Ya casi era de noche cuando, fatigado de capear la muerte en cada trocha -que bien podía venir de un guerrillero o de cualquier recluta rezagado- y de caminar horas y horas al amparo de los cafetales, Juglar se detuvo bajo el alero de un rancho abandonado, se quitó de encima los corotos que lo acompañaban y, sentado sobre un tronco que atravesaba el patio, se zafó las botas y echó un vistazo en derredor a fin de asegurarse de que nada tendría que temer si se decidía a pernoctar en aquel lugar. Los págaros, chillones, llegaban en bandadas a tomar posesión de los árboles. Al término del boscoso cangilón que descendía como un apéndice del cerro y se agotaba al llegar al poblado, vio un tendido de cumbreras de zinc y de tejas de barro, y al sol de los venados lucirse esplendoroso sobre los campanarios. Faltaba poco para oír los  grillos y ver a los cocuyos realizando piruetas de luz entre la hierba, antes de entrar al rancho y tenderse cual largo era sobre una esterilla de guadua. "Por hoy, basta". De almohada puso su mochila. Sobre la ruana dormiría su tiple andrajoso, costrado -como él- de caminos, polvo y serenata. A merced del silencio, el temor de morir como una paria se fue apaciguando. Recordó cantos de chapoleras, jóvenes vigorosas de faldas y corpiños en flor de corazón, esquivas, calentonas, risueñas, seducidas y amadas a la vera del sol.

En la noche profunda, allá abajo, la ciudad tolera sin pasión el desenfrenado comercio amoroso, tachado y convenido de antemano el maridaje del oro y la miseria. Si la montaña remueve su vientre y una avalancha pavorosa de piedra y de fango sepulta de un golpe pueblos y veredas, el hombre ignorará qué designio anticipó su muerte; cómo ha sido lanzado, entre miles de almas, a los reinos andróginos del cielo y el infierno, al tiempo en que la tierra sucumbe desolada ante el horror. Cuando el oráculo desaparezca, habrá todavía sombras, ecos y rumores de música y llanto que insistirán en detener la noche cuando ya el día ha apurado su paso. El globo negro se hundírá, de una vez para siempre, devorado por la oscuridad.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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