Rosa Blindada - Revista virtual Rosa Blindada - Revista virtual Rosa Blindada - Revista virtual Rosa Blindada - Revista virtual

 

Nana Rodríguez

CUENTOS

 

PRESENTACIÓN Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

 

Leí el libro de un solo tirón, este domingo empapado –por la visita de Francisco, ese extraño hombre para estos tiempos de miseria–. Fue para mí un puente entre la realidad agobiante, el interregno que propone el anciano pontífice, con su sonrisa leve y su pómulo amoratado, y la Poesía que me sigue a cualquier parte, con sus flores prohibidas y su lenguaje que salta piedras y matones para ponerme a salvo de tanto mensaje banal, de tanta agresión simbólica perpetrada por los estentóreos radiofónicos, los chistositos que encantan y desencantan a los televidiotas, los vendedores de milagros, de todas las pelambres, los bandidos de cuello blanco y ánima gris: hojarasca que nos inunda la cotidianidad sin el menor asomo de pudor hacia nuestros imaginarios.

Volar La Cometa Infinita es otro cuento. Lo recibo como un tríptico, tanto en lo formal como en su contenido: Universos, La Cometa Infinita, Metrópolis.

Universos es de cuño kafkiano, aquí la realidad se percibe en su lado oscuro, humoroso, tragicómico, a veces ridículo, como la casa que se desordena, cosa a cosa, o el hombre obsesionado por tapar agujeros, a tal punto que quien narra también recibe su taco obsesivo.

Es un campo de batalla para que se muevan los nefelibatas de diverso orden: el sordo ante el mundo, quizás haciéndose el de la oreja mocha, como una secreta rebeldía ante la mediocre contaminación auditiva; la solitaria que se siente perseguida hasta desembocar en las fauces del espejo; las viejas solteronas que desovillan sus grises días como si fuera un rosario de complaciente aburrimiento; el compulsivo dibujante de sueños, que paradójicamente es arrinconado por el insomnio, mientras traza las líneas de su progresivo deterioro; los pintores que se reúnen sólo para pintar, reír y dejarse vivir, sin el menor interés por las mezquinas leyes de la oferta y la demanda, como gitanos, como oficiantes de una religión sin dioses, cultos o preceptos: pintar y reír con la pasión de los que nada esperan.

Son seres que caminan por la cuerda tensa de la ficción y la fantasía, pero que observándolos con cuidado son tan parecidos a los prójimos que comparten con nosotros el aire, el pan, los temores y las extravagancias. Lo que sucede es que una vez aislados y tratados en los compartimentos del lenguaje narrativo adquieren visos y perfiles que lindan con el extrañamiento. Virtud de quien narra, crear un fresco verosímil, conjurar personajes y acciones que no le conceden al lector la posibilidad de escapar de ese mundo creado por la palabra justa, precisa e imaginativa.

La narradora, con su polifonía de voces, ha entendido que la oscuridad también proyecta sombras, y a ellas se afinca. Explora esas subrealidades y suprarealidades. No falta el toque poético: El color de tus ojos es indefinible: como Dios, como la poesía, como el amor (Aproximaciones).

La Cometa Infinita:reino de los animales, ese envés de nuestra hoja –tortuga sabia, guachicanes en extraña cruza, gatos evanescentes– elfos y ángeles que conviven con los humanos, a contraluz se entreveran en sus destinos. Hay cuentos que exploran lo onírico, esa estepa donde el inconsciente hace de las suyas: La Cometa Infinita, viaje cósmico donde el tigre (tigre, tigre, quemante joya en las florestas de la noche), hace su viaje con la narradora a lomo de palabra, ensoñada y poética: un vuelo de pájaros se alzaba y llenaba el aire de cantos y aleteos y de nuevo los árboles.

En Metrópolis irrumpe la ciudadcon su oneroso peaje simbólico para sus habitantes. Se endurece el lenguaje, el ensueño cede su lugar a la alienación y la estridencia, la agresión y el despojo. La luz apabullante de la realidad inmediata obnubila esos perfiles evanescentes de la sombra. Los animales son agredidos, los hombres, arrinconados, devorados por calles húmedas y asaltantes, como el profesor Osquitar, que rebobina su historia como si fuera la película premonitoria, observada minutos antes en un teatro, solitario y oscuro.

Sinfonía en mi mayores el monólogo de la miseria, la cometa sin aire y sin vuelo, atascada en los albañales físicos y psicológicos de un habitante de la calle, que poco a poco va narrando y describiendo la pesadilla de sus días, en un entorno degradado, donde el vicio, el crimen y la desesperanza absoluta, son su único norte.

La Cometa Infinita es como un árbol, con solidas raíces narrativas, savia que circula por sus ramas, con el conocimiento y la fluidez de quien ha caminado varios años en el oficio, y frutos de diversas texturas, sabores y calidades. Ardua tarea del lector, aguzar su mirada entre los claroscuros que deja el entramado, para formarse sus propios juicios. 

 

CONFABULACIÓN

 

Hace un mes rompió con el marido. No soportaba su mirada lujuriosa a través del ojo de la cerradura, ni sorprenderlo en plena observación de la mujer de al lado, cuando despertaba en las mañanas.

El continuo acoso del jefe, los chismes y murmullos de los compañeros, la envidia de las mujeres por su elegancia, el café frío a propósito para fastidiarla, los llamados de atención del vigilante por dejar el auto mal parqueado, fueron los motivos para que renunciara a su trabajo.

Como si fuera poco, los electrodomésticos se han confabulado. La aspiradora la persigue por toda la casa, ella dice que esa boca ruidosa, la quiere engullir por la costumbre cotidiana de empolvarse la nariz. El teléfono es un espía que no para de timbrar para enloquecerla, a ella tan serena. El horno microondas es uno de los peores enemigos, sube a temperaturas insoportables para empollarle la piel, y a espaldas se burla en complicidad con el secador de pelo.

Ya no sabe qué hacer para escapar de sus perseguidores, sobre todo, de esa mujer que la mira con horror desde el fondo del espejo.

 

REINAS

 

Una es en extremo gorda, la otra, en contraste es menuda. Después de la muerte de su padre decidieron pasar la vida en una antigua y pequeña casa, con mirtos y geranios en el jardín del patio.

Se visten con abrigos negros y pañoletas en la cabeza, lucen una sonrisa franca a pesar de la ausencia de algunos de sus dientes, pelos largos y entrecanos adornan el bozo y la quijada. En la cabecera  de la cama de cobre, cuelgan sus medias de seda llenas de agujeros, a los pies se alcanzan a entrever un par de bacinillas esmaltadas. Van a misa todos los días y a la salida de la iglesia, Priscila blanquea los ojos mientras pide con nobleza monedas para el Altísimo.

Como es sabido, no han conocido varón, pero se reúnen en las tardes de los sábados para leer con avidez el buzón femenino que aparece en el periódico. Se han hecho expertas en el análisis de casos de mujeres agraviadas por los hombres.

Priscila y Sofía comen frutos de mirto, mientras dormitan risueñas bajo el sol de su pequeño palacio.

 

UNIVERSOS

 

A Jaime Rodríguez, quien me cuenta historias.

 

Todos los sábados se reúnen en la galería para pintar y entretejer palabras que dan sentido a los otros días de la semana.

Aníbal, es minucioso, dedica más de un año en cada pieza, son miniaturas con universos dentro de ellas, usa lupa y silencio para corroborar la perfección de sus pequeñas obras.

Ismael, no ha aprendido bien la técnica, es enamoradizo, va y viene. Si entra cualquier mujer a la galería o la ve pasar por la ventana que da a la calle, de inmediato abandona el cuadro y va tras ella. Esteban, el crítico, no deja pasar el más mínimo defecto en los lienzos, las paletas, las espátulas o los pinceles, nunca se entromete en las ideas. La anciana, solo dibuja bodegones, miles de ellos, no le interesa la venta de sus obras.

Ah, pero Absdrúbal, es veloz, pinta dos cuadros en un mes, formatos grandes llenos de ideas y rupturas, su punto de partida es el negro, nunca el blanco; además toca piano y chelo, hace fotografía y escultura y como si fuera poco, es el encargado de la risa.

Esta galería nunca abre sus puertas, no hace exposiciones, jamás hace subastas, esta galería es una miniatura que no termina de pintar el ensimismado Aníbal.    

 

LA MAGIA DEL TIEMPO

 

El mago con su vestido raído por el tiempo saca una paloma del sombrero, hace volar su castillo de naipes, adivina el contenido de la cartera de la dama. En un volantín se acerca al público y trae del brazo a un caballero de vestido oscuro y pulcro, lo invita a sentarse en una pequeña silla, lo cubre con un manto de seda, hace unos pases mágicos. Los tambores redoblan y retira con suavidad el manto. Ha desaparecido la silla y el caballero, en su lugar un monstruoso insecto aparece en el piso del circo, moviendo sus paticas. El público aterrado, sale en estampida. El mago asombrado, no deja de mirarlo, no se entera de que por un agujero del gusano, el personaje ha escapado de su habitación con la sonrisa silenciosa del conocido novelista.

 

BUMERANG

 

En el país del olvido, un académico se ufanaba de considerar que la historia no servía para nada: “Lo pasado, pasado, lo que hay que hacer es prospección” decía como si fuera un iluminado. Los presentes apenas sonreían, pues como en la fábula del rey desnudo, el hombrecillo en su cuarto de hora, estaba convencido de ser un vanguardista por negar la historia y solo mirar hacia el futuro. 

Años después, en la soledad de su retiro, sollozaba, pues su nombre y su imagen no figuraban en los archivos de la institución.

 

Nana Rodríguez, La Cometa Infinita, Colibrí Ediciones (Narrativa), 2017.

 


Guillermo Bustamante Zamudio

MINICUENTOS

 

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz. GUILLERMO BUSTAMANTE, DISPOSICIONES Y VIRTUDES

 

En los albores de los años 80, cuando aún existía la curiosa costumbre de conversar, pasaba por el Café de los Turcos, un hombre delgado, de maneras descomplicadas, a veces con sombrero, otras no. Llevaba, he olvidado, si en sus manos o en alguna mochila de intelectual iconoclasta, un haz de hojas amarillas, que tan pronto se arrimaban a las manos y ojos de algún interlocutor, se regaban por las mesas con la efusión de una verdolaga en playa. Era Ekuóreo, la revista de minicuentos que había ideado con Harold Kremer  y que a mí me llegaba, vía directa, por Adiela García, convertida en ícono personal en mi poema Mona en gris menor. La Mona era mi compañera de trabajo en la vieja Normal Nacional del barrio Libertadores, entre El Nacional, San Cayetano y Casas Blancas. Por supuesto que Ekuóreo se convirtió para nosotros en material de trabajo, en las clases de Español y Literatura. Era fresca, moderna, con un audaz diseño y textos muy bien seleccionados por sus fundadores.

Paralela a Ekuóreo, nosotros publicábamos Rosa Blindada, en físico, con Eleazar Plaza, Henry Ibáñez y Edgar Ruales, de tal suerte que nuestros estudiantes de la época tenían el privilegio de recibir una literatura en vivo, hecha y vivida por personas inmersas en la palabra. Era la efusión creadora de los años 80. Un par de años después, con otro colectivo nos lanzamos a la aventura de difundir la poesía en nuestra ciudad-bosque, con siete ríos, algunos cerros tutelares y los ecos, todavía vigentes de la música antillana. Surgió Calipoema, con Horacio Benavides, Diego Luis Ortiz, Antonio Zibara y José Edier Gómez. Esa década de los 80, con la impronta del cine-club, que nos había legado el tempranero de Andrés Caicedo, los coletazos de una de las tantas violencias y el advenimiento de una hojarasca, superflua, ostentosa y opulenta, fue para nosotros una trinchera de la ilusión y el sueño, pero también, un motivo secreto para la diáspora. Nos alejamos de Cali, por un buen tiempo —que algunos siguen aplazando—, Guillermo, Fabio Jurado, Mario Rey, José Edier, Adolfo Caicedo, Carlos Fajardo, Hernando Motato, Walter Tello… es decir, varios de los contertulios de Los Turcos, los mismos del cine crepuscular de La Tertulia, de La Habana Club, El Chuzo de Rafa, las músicas envinadas de Lilia Cuellar, en pleno centro y una que otra sentada en El Obelisco o en Tita Rufo, lugares, que seguramente les dice muy poco a la nueva generación, pero que para nosotros tuvieron el encanto de juntar las hebras de la poesía y la vida, la literatura y el diálogo polifónico. No sé por qué extraña circunstancia, mientras hilvano estas sílabas, pienso por un  momento en la Balada de las damas de Antaño, y más cerca, en la Parábola del Retorno. Uno querría devolver la rueca, pero el tiempo solo nos deja su obsoleto papiro.

En esos primeros años de los 80 echamos a volar globos, varios nos fuimos, físicamente, pero el cordón umbilical con esta villa, paradójica y sensual, urbana y primitiva, jamás se rompió.

Con Guillermo Bustamante, por esas cosas del azar, nos encontramos, ya en los inicios del 90, en la UPTC, de Tunja, trabajando, hombro a hombro, en estos asuntos del lenguaje, la literatura, la música y el arte. No perdimos la costumbre de hacer revistas; él, con Pablo Montoya, editaba A La Topa Tolondra, una especie de Ekuóreo, con pequeños cambios, nosotros, para evitar el enojoso ego, sacábamos Cántiga, en alusión y homenaje al poeta José Manuel Arango, que otra vez, por el duendecillo del azar, nos contó en un viejo bar de matiz antillano, en pleno altiplano boyacense, que él era exalumno y exprofesor de la UPTC, y que había sido profesor de Filosofía en el Liceo Nacional, de Popayán, mi inefable colegio “en el tiempo triste de la juventud”. Casi como un pacto, como un sortilegio espontáneo, con Guillermo y un puñado de profesores de la UPTC, fundamos la revista La Palabra, que aún persiste. Cada vez que llega a mis manos, me invade un sentimiento de canoero cruzando un río.

En uno de nuestros últimos encuentros, en Cali, con Orlando López y Harold Kremer, Guillermo me obsequió su libro de minicuentos Disposiciones y virtudes, y me escribió esta sintética dedicatoria, en buen romance caleño: Vos desde el verso, yo desde la prosa…pero para llegar al mismo lugar delirante.

Los textos publicados hoy por Rosa Blindada hacen parte de ese libro. El humor, la sorpresa, el sesgo inteligente, las paradojas teológicas y ontológicas, la economía del lenguaje, las alusiones a personajes e hitos de la historia,  hacen parte de este inventario de asombros, que con spíritu d´amore dejamos en el iris de nuestros lectores.

 

MINICUENTOS

 

Crónico 

 

Un tic agobió a los relojes al principio de los tiempos. Para hacerlo soportable, resolvieron oponer un tac cada vez que aparecía.

 

Homo homini lupus

 

Camuflado entre los hombres, se sentía seguro. Nunca sospechó que sería devorado por sus propios semejantes.

 

Fundamentalismo

 

Las comunidades de inmigrantes judíos, católicos y musulmanes habían llevado sus mutuas ofensas hasta la agresión. Para tratar el asunto, se reunieron el Rabino, el Sacerdote y el Imán. Su voluntad de tolerancia no impedía que cada uno fuera el maestro de la ley y que hasta la naturaleza obedeciera la voluntad de su altísimo. De manera que, ya exaltados, los ministros se refirieron a la divinidad de los otros como a una versión rudimentaria de la verdadera, a la cual le demandaron una muestra de poder delante de los contendores.

Pero, ante idéntico pedido, ahora cada uno suplicó al suyo neutralizar a los otros dioses.

Nunca supieron si la permanencia de la situación habitual se debió al poder invocado, o a la indiferencia de los dioses por las rivalidades de quienes, en su nombre, juegan a cotejar sus prepotencias.

 

Líder

 

¡Vamos a jugar al líder!, vociferaba uno y, ante la aprobación de la pandilla, inventaba una cabriola para ser emulada. Quienes no podían, iban saliendo del juego; los sobrevivientes ganaban jerarquía.

En una ocasión, quedaban sólo unos pocos en el juego y el líder parecía agotar su repertorio. Corríamos por el filo de un muro que cercaba un baldío –osadía con la que nos acababa de retar–, cuando de pronto exclamó: “¡Penitencia para el que no vuele!”. Y agitó sus brazos con desenvoltura de alas. Uno tras otro, los participantes lo escoltaron. Seguía mi turno. Yo esperaba despertar, o algo así. Contemplé por un segundo la posibilidad de lanzarme, pero me detuve en el último instante, al borde de la creencia.

 

Predestinación

 

Era mucama, pero no lo consideraba un destino; abominaba de su condición y propuso dejarla atrás. Ahorró, estudio artes escénicas y se graduó con honores.

El papel que la consagró y la mantuvo ocupada hasta el final, fue el de una mucama que abominaba de su condición, se proponía dejarla atrás y lo lograba mediante una exitosa carrera en las artes escénicas.

 

Ventura

 

Un día, el joven fue a ver a la mujer para quien las cartas, dispuestas con cierto rigor y sometidas al azar de su develamiento, eran como un libro abierto.

–¿Cuánto viviré?

–Tienes una larga vida –informó la pitonisa. 

Pero como sus ganas de creer eran tan fuertes como su deseo de demostración, subió al edificio más alto, para retar esa sabiduría que en la mitad de su convicción se afincaba, y se lanzó al vacío.

Tardó 60 años en caer y hacerse trizas.

 

Consolación

 

Cuando las artes del mago se acrecentaron hasta el límite de lo imposible, sintió la necesidad de retar al cosmos entero. Un conjuro, culminado con un amplio movimiento de brazos, hizo que todo –incluso el mago mismo– cesara de ser. Pero como eso le acarreara una suerte de vacío ontológico, se vió impulsado a realizar una serie de nuevos prodigios que comenzó con la sentencia: “¡Hágase la luz¡”…

 

Precaución

 

Un dios se ocupa de casi todo: el ascenso de los líquidos por la raíz, el minucioso aleteo del mosquito, los dilatados ciclos de los astros, la acumulación organizada de materia que será un cristal, las conjunciones siderales, la respiración de una hoja, la duplicación del espejo… Pequeño, inmenso, infinito, unánime, simple, complejo… no constituye un reto para él. Pero, frente a los hombres, sí toma precauciones: no interviene en su devenir, parece temerles, los deja a un azar que ellos llaman libertad.

 

Enhorabuena

 

Los dioses están de plácemes: encontraron que eran falsas las supuestas pruebas de la existencia de los hombres.

 

Guerreros

 

De nuevo, un estado beligerante le hace a otro un regalo colosal: La Estatua de la Libertad. Los guerreros franceses todavía se encuentran dentro, ancianos, esperando su oportunidad.

 

Guillermo Bustamante Zamudio. Disposiciones y virtudes. Minicuentos. Editorial Aula de Humanidades. 

 


Jesús I. Callejas

COLOQUIO

 

He buscado a dios, aunque la Venus de Willendorf prefiera admirar su ingente, desplazante peso en el finito espacio, divergencia de pechos atolones o ritual canibalismo, poder de cintura que orbita estrellándonos contra matriz de fósiles para así deformar nuestros rasgos o humanoide credo. Cabeza trasplantada por gravitaciones y geografía de pies lamidos por barro infatigable, piernas de cónico aquelarre a las que me aferro temiendo borrachera peregrina. La astral Venus de Willemberg, templo de raíces burocráticas y serpientes apócrifas afiliadas a la horda, es madre que se niega horrorizando, pero nunca falla al decretar atributos: bestia protegida contra obstinada especie de humanos ademanes. La Venus exige rupestre alegoría o lenguas autopistas que se enredan en sí mismas y tierra sangre torrenciada sobre sílex. Gusta complacida, y complacida debe ser, de bisontes verdes en busca sureña de Matisse; gusta de aviones que no levantan vuelo por considerarse reptiles de fija astronomía cuyo deber se debe sólo a estrellas sempiternas, refractarias. Gusta la Venus de regir pigmentos pisoteando la belleza e impasible mata para reconstruir su carne pedernal. 

He buscado a dios, pero ello no interesa a la Dama de Warka, pues tiene asuntos importantes que atender. Anda ella, observadora de misma y otras, las otras otras, arcaicas lontananzas, disgustada porque aún se le denomina Mona Lisa sumeria. Atrevimiento: Osan los mal llamados arqueólogos, historiadores, especialistas en arte irrespetarle arcano de arrugas betún-oro, testimoniales ojos huecos, compendio civilizatorio o calizo altorrelieve marmóreo; a ella, toda calcolíticas vísceras, primigenia púrpura, hígado pictográfico de las crónicas, reverenciada sobreviviente de Uruk, madre mesopotámica con pezones dadivosos: Tigris y Eufrates. ¡Supeditarla, amorosa y fértil, a la plana llanura de óleo tabla! Más bien debió ser conocida la Gioconda cual Eanna del Renacimiento. ¿No valen más de 3,000 años antes de nuestra genealogía de signos? ¿Qué de la experta vanidad creyéndose inventora cuando los dioses inspiran en el hombre impulsos de representación? Hoy las tablillas llamadas mensajes digitales provocan dolencia vaginal y la dama sabedora desdeña monólogos reumáticos. Se harta de melancolía y convoca firme: Hoy es de nuevo el día de la destrucción. Hay que derrumbar museos hasta las cimientes y dejar el bronce en favor del hierro.

He buscado a dios, sin embargo, no menos altiva, la Dama de Elche, busto íbero o púnico, o tal vez mezcla de ambos, piedra caliza reformada que se cree datada entre los siglos V y IV a. c., porta en su espalda cavidad semiesférica que la incomoda, ya que a pesar de huevos religiosos, le hurta feminidad, ella diría. El sitio fue llamado Helike por griegos y Colonia Iulia Illici Augusta por romanos. Arabizado, Illici devino Elche. Quisiera la señora de Elche, ésa de recóndita sonrisa y asesinato urdidos por ojos que no ven, pasear mantilla colorida y ruedas, las que mueven en toda unidad cardinal el carro de Ceres, Demeter romana, señora de Eleusis, en orejas decepción, mientras penetra vanidad de bulímicas portadas o revistas verticales, cortesía prosaicas consultas de doctores némesis, mercenarios, oh, bisturí telúrico, pero la desidia es vanidosa y revanchista. No se viaja de Valencia a París y se regresa a Iberia para ser acto de mutilación, es decir, inconcluso manifiesto. No se resbala en palabras de charlatanes que se creen inexpugnables. La dama que propone la venganza y su cabeza avanza, las ruedas arrastrando en círculos de bautizo octagonal arbustos, matorrales, enanos de marrón textura. El martirio de la especie es su divisa… No cambiará.

He buscado imperioso a dios descendiendo al templo inexistente de la hembra, he escalado orificio bajo nuca, he atravesado laberinto desde adentro porque en él nací, he espiralizado neurosis, he sumergido ruinas en oblicuas aguas de aceras que reclaman ríos y valles que reclaman océanos, he trepado desde vientre hacia andamios de impertérrita leche ácida, he gritado en susurros y estentóreo: ¡Abrid, pido refugio!, pero las puertas de la carne cósmica me llaman desterrado e impuro sin yo saber por qué. He regresado desnudo, friolento y tembloroso al cubil de paredes arropadas con carcomidas litografías renacentistas donde el Clonazepam esfinge efectúa revelaciones no secretivas sino amenazantes. Dios o el dios, es un satélite artificial, hoy de reconocimiento, mañana quizás de infrarrojo castigo. Duermo: alerta espero su edicto de pavores.

 

Relato tomado del libro Los mosaicos del arbusto.

 


CORCELES DE LA MEMORIA

 

Montevideo estaba demasiado calurosa aquel verano y Felisberto huyó de la sofocación que en su habitación de hotel se alojaba impúdica, para colmo, abanicándose frente al balcón que parecía dominar la ciudad y su movimiento, con la intención de recorrer inquieto, o con ligero desespero, parques citadinos. Se detuvo en la Plaza Independencia; cercano al Monumento a Artigas, oteó en pose de cazador discreto y respiró tratando de recuperar el aliento que la inquietud le arrebatara valiéndose de apuro; pero era innecesaria tal preocupación: si es cierto que nos bañamos siempre en el mismo río –contrario a lo que afirmara Heráclito–, también debemos asumir que respiramos al aliento único de la creación. Gustaba de la ciudad en ciertas ocasiones más que en otras, concluyó indeciso entre encaminar latidos hacia el mausoleo del prócer o danzar entre las palmeras extrañamente giratorias. Trató de plancharle rencores a su traje: ¿Por qué hoy la ciudad me alerta y traslada a Marruecos o Túnez? Era Felisberto hombre que siempre parecía estar a la búsqueda de algo, declaraban los vidrios empañados entre sus adoquinadas pupilas y calles andariegas; la incertidumbre de sus pasos, incluso estando fijos; las inesperadas pausas de la mano redactora que desparramaba cardiaca tinta y que resultara ser la delatora máquina de escribir escondida en el puño del saco. La única rival del piano en su acuario corazón.

El sol no daba tregua paseando refractarios dedos de oro sulfúrico a lo anchuroso de la bahía y el cerro, absorbido sensorial, desparramado a puntillismo entre los incontables peregrinos de la tarde joven en la llamada “Atenas del Plata”. Desesperó Felisberto, escuchando preludios y nocturnos de Chopin; sonatas de Mozart; fragmentos en persecución exacta dentro de su pirámide bioquímica, asumiendo que se moría anónimo en la mar de gentes y sonidos, pero la calma que no fallaba ciclos de regreso le amortiguó la prisa hacia una pequeña fuente que no supo recordar –quizás vendría después… ¿Después de qué?– y en la que encontró asidero momentáneo. Fue entonces que el sol se abanicó dudas y se escurrió para dar paso al eléctrico galpón de nubes provocando deserción en plaza y avenidas, dejando solitario, cuasi adormilado a Felisberto y su reloj de ansias. Saltando aterrado vio lo que presentían los puentes oníricos de su laringe y su jauría de letras le alertaba.

Apareció ante su perpleja vista, en forma de navío, una gigantesca mujer acostada de espaldas, cabello perpendicular, fino barredor de escombros, que se desplazaba por sobre la bahía no tocando aguas y se detuvo en medio de la plaza mientras una dulce voz lo tranquilizaba: Nada temas, Feliberto, acércate y sube a nuestro encuentro. Si Voltaire relató que San Dunstán viajó en una pequeña montaña a las costas de Francia y al desembarcar la bendijo de regresó a Irlanda, por qué no escalar los pabellones de viajera carne… Sí, pues la mujer-velero, o sea, la virgen-barca de cursos ancestrales, no portaba en su estructura maderas y metales. La escalerilla de abordaje partía desde su ombligo y los puntiagudos senos, que confundió con el cerro Catedral, donde se erigían dos figuras embozadas, le anunciaron la receta del mareo. ¿Dónde estoy?, reaccionó cuando la armazón puso proa en dirección al limpio océano. Viajas en Celina, tu profesora de piano… Celina, Celina, y Felisberto escudriñó en torno a la cubierta lapislázuli de cortinajes, klines o triclinios, ánforas, ciatos y escifos, hacia el mástil o rareza de grafito. Algo calmado, procedió, so pretexto de limpiar sus lentes cómplices, a sentarse lo más alejado posible de las siluetas que aparentaban síndrome de petrificación.

Descendieron o flotaron, sus velos expuestos a las caricias de la brisa atardecida, y se detuvieron frente al invitado sin moverse; se diría que enraizadas al suelo-plasma del navío, mientras el musical céfiro penetraba las coyunturas de seda: blanca cubriendo a la de superior estatura; negra a la de más delgada postura. ¿Quiénes son ustedes, qué desean de mí? Cayeron los velos y el espectáculo facial hizo palidecer aún más al incrédulo. A su curiosidad espantada, se mostraron dos horríficas criaturas de amarfilados colmillos, garras de bronce, alas doradas y cabezas de serpientes enredadas. La feroz visión lo hizo retroceder, pero tan torpemente que cayó contra una mesa repleta de viandas y licores derribándola, lo que no impidió que persistiera en arrastrarse hacia el fondo de la nave-cuerpo. Calma, Felisberto, nada malo habrá de sucederte; levántate, que tal posición no corresponde a un hombre de tus méritos. Y alzando su tenso brazo se presentó orgullosa. Soy Euríale… Ella y señaló, en pose de sibila en trance, a su derecha–, ella es mi hermana menor, Esteno… ¡Oh, dios misericordioso! imploró él. Perdido soy… Las gorgonas…

Así es, e iniciaron paseo alrededor del hombre. Eres afortunado; lo calmó Esteno mientras derramaba líquido ambarino en uno de los recipientes. Nuestra hermana Medusa, la mortal de las tres, cayó decapitada por la espada de Perseo. Hemos quedado solas, pero aliviadas; Medusa nos atraía amonestaciones de los dioses superiores y mala reputación. Y con este cargamento de serpientes, la tarea no es fácil, intervino Euríale posando su garra en el hombro del asombrado convidado. Acércate a la comodidad del sitio; ven, siéntate. Conducido por ambas, se arrinconó mirando por la borda las nubes que, cuales oleaje vaporoso, se desplazaban en vías contrarias y la lejanía solar enmascarada en fuego. ¿La nave no se mueve?, indagó en lo que se disponía a beber intentando olvidar el supremo desagrado, primo del vómito, que las nauseabundas criaturas le inspiraban. Euríale, mostrando una seductora pierna a través de su túnica cortada en triángulo, respondió como quien adivina la pregunta pero mantiene actitud prudente para no ofender al invitado: A veces lo hace, según majaderías aristotélicas, en círculos perfectos y velocidad uniforme; otras, acorde a ptolemaicos pedantescos, en perfección circular pero a velocidad no uniforme. Expresado así, o mejor, citado “científicamente”, para que tu condición humana mejor lo entienda, pero en realidad nada de eso se aplica a nuestra cosmogonía. ¿Qué suena? El cabello-trapecio de Celina chorreando mares.

Felisberto apuró su trago y tendió el artefacto en espera: Mi condición humana dice que no entiende esas explicaciones. Verás, aseveró algo impaciente Esteno: Se mueve y no se mueve; quieta y a la vez transcurre. Bueno, eso es absolutamente comprensible, y satisfecho por primera vez tamizó los detalles opulentos de la nave, cuando inquirió, rostro iluminado y lentes ajenos al sudor: Por cierto, ¿han visto ustedes a un anciano, tuerto o ya ciego del todo, desaseado y mal vestido? Sí, sí, Clemente Colling, tu viejo profesor de piano; está adentro en la recámara cubierto de mantas y cobijas; se niega a levantarse de la cama que le hemos preparado. Vaya descortesía no salir a saludarte. ¿A dónde se dirigen?, si es permitido preguntar. Todo es permitido para ti, querido Felisberto, pero todavía no lo sabrás, y al sentarse tomadas de las manos frente a su invitado se transformaron en hermosas “flappers” de melenas “bob cut” ónix, labios de pétalos sanguíneos, faldas hasta rodillas incitantes y zapatos de firme tacón acorreados en empeines que sugerían las curvaturas del Monte Athos. Ah, ¡maravilloso mimetismo! ¿Por qué no se mostraron así ante mí desde el inicio? Gentil Felisberto, los dioses nos mostramos según se nos antoja, pero tu conducta reservada nos halaga. Verás en nosotras todas las mujeres que desees. Seremos complacientes…

Me recuerdan… y un pestañeo de nostalgia le ablandó mejillas al invitado. No sé a quién me recuerdan… Te recordamos a las mujeres de tu tímida juventud, cuando acompañabas al piano muchos deliciosos filmes silentes. Sí, pero esa moda ocurrió después; yo comencé a tocar en los cines poco antes de finalizar la Primera Guerra Mundial. Como que la pantalla me expulsó hacia el piano para robarme sufrimiento… Agregó Euríale: No importa. Ves en nosotras a las de tu virilidad pujante. Porque bien sabemos cuánto amor todavía te inspiran las damas, ¿no es cierto? Sí, admitió él bajando la agobiada frente; aunque confieso que no he sido buen marido… Pero sí buen padre… Eso lo he tratado y creo que lo logré con cierto éxito; sin embargo, en ocasiones imagino que mi vida le sucedió a otro, que un impostor ocupa mi lugar. Es tal la causa de tu deambular cotidiano por Montevideo, aseveró excitada Esteno. Así es, señoras: Busco mi yo en desespero. Lo busco dentro y fuera de mí. Lo acecho y persigo sobre todo en las noches. Pero el cuerpo se niega a obedecer; como que no me pertenece. El cuerpo se considera el yo. Es intolerable… Y la mano que se me desprende en busca de otro dueño.

Conmovidas, las hermanas, ahora en ropaje de helénicas beldades, de trigales cabelleras e iridiscentes rostros, cuasi mosaicos parlantes frenando venas lujuriosas, lo levantaron por ambos brazos hasta conducirlo al camarote de dóricas ventiscas o verticales flotas. Lo depositaron sobre una inmensa cama ocupando entonces, testosterónicas custodias, oblicua posición en el rectángulo esponjoso. Necesitas dormir y reponer energías; confía en nosotras, susurró Euríale desde la esquina en que la cabeza masculina se acomodaba como auto al borde de altísima carretera alpina. Soy maternal y virtuosa, pese a la mala publicidad que me dedican. Yo, inspiradora de las pitias, te ordeno: Reposa, Felisberto, y deja de preocuparte por tu mano: es la mano búdica que aplaude sola. ¿Qué…? Todo está bien; descansa. No entiendo nada… ¿Aquel bulto arropado es Clemente? Sí. ¿Por qué no están aquí mi profesor Guillermo Kolischer y las precavidas maestras francesas? No fueron incluidos en este periplo. ¿Por qué es Celina el barco? Ahora, descansa. Su última visión se licuó en la inmensurable mirada garza de la mujer quien voluptuosa le había permitido acomodar su brazo entre los generosos, protuberantes senos, mientras Esteno, masajeando los tortuosos pies elevaba sonriente los ojos de vegetal translúcido: Ha vagado sin descanso ignorando que recorre los mismos templos destechados.

Y antivampiras le ofrecieron sus costados derechos para que libase artería del Olimpo y revitalizara fuerzas. El blondo Hermes, o Mercurio, pues debemos atenernos a estrictas identidades, se presentó durante el diluvio tormentoso que sacudió el Atlántico para entregar una misiva que decía: Carta en mano propia y, silencioso, despegó provisto de sandalias nuevas. No le demos esa carta, sugirió Esteno. ¿Por qué no? Ya de nada sirve, llega con retraso; se impuso la terca hermana. Rebasado el Trópico de Cáncer, despertó Felisberto en estado de renovación; cuasi optimista aseguró haber experimentado los más plácidos sueños, tras lo cual fue bañado, holgándose sin límites con las desnudas gorgonas en una cascada, milagrosamente seca, situada en el gran salón de la estancia o Vértice de Celina, y se dispuso para el convite que las hermanas tuvieran a bien organizar. Entre licores nunca imaginados y sutiles viandas la conversación dimanó de las giras efectuadas por Felisberto por incómodos puebluchos uruguayos con hoteles solitarios y tristes, de ajetreados recitales y conciertos entre su país y Argentina, de su amistad y colaboración profesional con el poeta Yamandú Rodríguez; hacia las existencias de tan prodigiosos seres.

Se adelantó con gestos aireados Esteno, la de hipnotizante alcance y doble rostro -viendo pasado y futuro supo enseguida de Felisberto ejecutando en La Giralda de Montevideo y en Mercedes, de sus presentaciones en el Teatro del Pueblo en Buenos Aires, y de su final-, que no mostró para evitarle sobresaltos al viajero: Somos hijas de Forcis, el nombrado jabalí, hijo de Poseidón, y de la ninfa Ceto. La cabeza de nuestra infeliz hermana Medusa adorna el escudo de Palas Atenea, la que en estas tierras es llamada Minerva. De pronto, Euríale lanzó despaciosa la carta que se mantuvo flotando, síntesis de fulgores, en el torbellino: Tómala, es para ti… ¿Por qué lo has hecho?, bramó Esteno, la que abría las puertas de la muerte. Tiene derecho a saberlo. La tardía carta provenía de Cortázar e insistía en desencuentros en Chivilcoy, Pehuajó, etc., pero Felisberto no recordaba a aquel joven escritor que mucha veneración le profesara… Perseveró Euríale: ¿No lo recuerdas? No, diosa, cuando escucho ese nombre sólo rememoro una cabeza gigantesca y bizca que portaba un ojo de vidrio y el otro un espejo. Yo veía con susto la mitad de un hombre colgar de éste y, como de una compuerta, dos piernas intentar reptar en busca del restante equipo. En el ojo del espejo no me reflejaba, pero sí recuerdo ver, tras la diáfana cortina, a un hombre maduro avanzar a lo rectilíneo del pasadizo apremiante hacia el final del túnel… Eras tú en dirección a la cabeza de Cortázar, aseguró vitriólica Esteno. No creo, no creo; discrepó nervioso Felisberto. Confundo quizás esa cabeza con la cabeza cortada del gigante ruso, que se encuentra Ruslán en una llanura y que oculta la espada mágica entre su cuello y la tierra… Pude haberlo leído narrado por Pushkin… La fatigante memoria no me permite discernir entre lo que he vivido y lo imaginado… Pero, intervino Euríale; Cortázar te buscaba y te buscaba… A lo que Felisberto respondió: Y yo escapa y escapaba…

A propósito, exquisitas señoras, repito: ¿Hacia dónde vamos? Abrió él una escotilla y empalideció. ¿Qué sucede? El barco es un barco y navega sobre aguas casi planas; el cielo se halla arriba y no debajo… Sí, ¿por qué te extraña? Pero, ¿dónde está Celina? En aquella esquina conversando con uno de tus pianos. Felisberto alumbró con una antorcha y, en efecto, pudo distinguir a su antigua maestra, momia de negro virtuoso, avivando las manos en mariposeo, mientras el piano sentado erecto en un triclinio, indicaba ritmos con sus patas posteriores sobre el suelo de la embarcación y su pata delantera izquierda colocaba un cigarrillo entre la dentadura de las teclas haciendo enrojecer a Celina, quien no pudo reprimir una sonrisa maliciosa. Las “polleras” de las sillas eran piernas de bailarina en frenesí por el cancán y los relojes braceaban sonriente en enormes recipientes de licor añejo vociferando: ¡Somos libres del tirano tiempo! Colling gritaba que lo dejaran dormir en paz, que se respetase el epílogo de un viejo enfermo. Distrayendo la atención de Felisberto, Esteno indicó en la distancia una ciudad de acero: Allí no nos quieren, pero entramos y salimos a nuestro antojo, ya que nos reviste el poderío. ¿Qué parcela es aquélla donde el sol palidece y la aflicción levanta plegarias sísmicas en pos del hacedor? Donde nuestros rivales los arrogantes filósofos, que hipócritas nos niegan sin dejar de nutrirse de la savia que les otorgamos, se han unido a sus ruines pobladores. Observa bien. Allí se usan nuevos términos e imperan el camello de la burocracia y los filosofastros de cubículo; todos mezclados más horriblemente que el cuerpo infecto de la Quimera o de Caribdis, con la insaciable plaga que forman políticos y comerciantes. Una traidora de nuestras filas los anima para consumar la destrucción de tu especie. ¿Quién? Eris, la madre del trabajo, de las peleas y los combates, de los sufrimientos y del hambre. Suspira Felisberto: No me interesa la política. Nunca es libre el hombre… Así es: El hombre no es más libre que el carnero en su corral, concluyó Esteno.

Tus muñecas Las Hortensias aguardan en la próxima habitación para saludarte; querían darte la sorpresa… Hoy no deseo verlas pues mayores preocupaciones me ocupan. Sigo en busca de mi yo… La sensación de que algo dispersa y fracciona mi sistema es apremiante. Cambiemos el tema, buen amigo. Hablemos de tus mujeres, suena insistente Euríale. No, no, señora mía. Sí, habla de Ursula la vaca francesa; Ursule según tu historia; y de tus dos años en París… No, no. Aunque sea de la española… Cuál es su nombre… África de las Heras o María Luisa de las Heras -en fin, tuvo diversos seudónimos- espía de la KGB, con la que te casaste, pobre Felisberto. Cómo no pudiste darte cuenta de los líos en que te metías… Y ese sinfín de matrimonios. Señora, por favor, por favor no me injurie ni se ensañe usando palabras engañosas. Las palabras tienen muchas vidas. Soy hombre apacible pero mis sentimientos valen y su “compasión” ofende. Pero dejaste sola en el hospital a la desconcertada y magullada Reyna Reyes tras sufrir una terrible caída… ¡Basta, basta! Si esta invitación devenida acoso continua, abandono la nave… Tú sabrás cómo en medio del océano. Ya, ya, cálmate, eres un chico malcriado que sabes llegar a la ternura femenina y me he sobrepasado.

Alerta; se avistan nuestros dominios… ¿Es cierto que las misteriosas Hespérides se encuentran en las Canarias? No puedo decir más… Mi padre era canario. Lo sabemos… Aún no me han dicho si estoy vivo o muerto… Ni te lo diremos por tu propio bien, concluyó Esteno, harta de interrogaciones. Felisberto no podía creerlo: El navío desapareció y volaron acompasados hacia un jardín de floresta delicada y rebuscados manantiales. Imágenes de Lorraine o Poussin, pero más aburridas. Ya en tierra de encantos, las bellas gorgonas, ataviadas de atractivo insuperable, muy a principios de los ‘60, época mortal del escritor gastado, le invitaron a recorrer el camino de piedras nítidas en cuyo desenlace se alzaba una escalera marmórea y sobre ésta un palacio de columnatas cegadoras. Mientras paseaban Euríale comentó: Felisberto, me parece ridículo que se haya clasificado tu nombre bajo la vulgar categoría de literatura fantástica. Pues así ha sido, divina señora. Entiendo que se te vincule con Proust, Bergson y hasta con Kafka, pero más apela a mi gusto la definición de Italo Calvino, que te considera “inclasificable” y alaba tus “zarabandas mentales”. Eres un sublime impresionista; al enlazar palabras produces una música rara, novedosa… Metódico, preciso, podas y pules tus gemas con afán nervioso. ¿Cómo logras hacer de la neurosis arte? Sólo me limito a traducir lo que conozco, lo que vivo y me rodea… La verdad es que yo no entiendo a un escritor que no sea autobiográfico. Me afectó que no me publicaran en Francia. Creo que me han ignorado por considerarme localista y escueto. No digas eso; es que nunca se comprende a los visionarios crípticos. Errores de semejante corolario son el regalo que la imbecilidad brinda a los mal llamados intelectuales, que siempre sobran. Y, te lo aseguro, será peor…

Habló Esteno. Dinos, Felisberto: ¿No escribiste, y ve el libro entre mis manos luminosas: “Hechos que den lugar a la poesía, al misterio y que sobrepasen y confundan la explicación”? No estoy seguro… ¿Lo dije? Lo dijiste; mira el volumen, y ahora atiende a la siguiente cita, de especial significado: “Estoy inventando algo que todavía no sé lo que es”? Me parece que lo dije, pero… sigo sin saberlo… ¡Pero lo hiciste, Felisberto! ¡Lo inventaste! ¡Desde tu temeroso escondrijo de sótanos y torre creaste el realismo mágico latinoamericano! Eres el verdadero profeta del “Boom”… Olvidemos antífrasis y logomaquias, trincheras y barricadas urdidas por casi todos los farsantes que se atribuyen tus méritos. Se te hará justicia. No sé…, y se interrumpió extasiado ante un majestuoso caballo blanco. Es Pegaso; por él estás aquí, Felisberto. No comprendo… Hablaste del caballo perdido que encontraste en una calle cuando tu severa abuela te había recogido donde Celina… Sí, creo… La sangre derramada de Medusa hizo nacer a Pegaso, y diciendo acarició las crines plateadas; y al gigante Crisaor. El inmortal equino enloqueció a Nietzsche cuando éste noble hombre, que tanto nos amó, lo abrazó fatalmente en Turín y aquella lejana noche en camino a tu casa el travieso Pegaso te arrebató el yo, y, por ende, la memoria, pues la segunda no existe sin el otro, que fatigosamente -y uso tu palabra- buscas, pero hoy se te convoca en este edén pagano al que pocos han llegado, y menos permanecido, para que te sean devueltos.

Ah, señoras, alivio ofrece su generosidad, pero no hay tranquilidad para mí: el otro siempre acecha. Me vigila; emerge desde adentro y desde afuera, me insulta y censura acosándome en cuanto sitio frecuento. Me persigue solo o envía tras de mí su ejército animista. No me deja dormir y si sueño aparece trayendo consigo las congojas. No le concede tregua a mis neuronas drenadas. Si la memoria me regresa, temo que el pasado me atrape y encadene y yo deseo vaciar mis ojos de excesivo mobiliario, de objetos que me han perseguido y vigilado desde la infancia. Calma, calma, Felisberto, habló Euríale. Todos esos otros son tus emanaciones; tú y solamente tú manifestándose hasta la infinitud. No temas a la muerte; te sobran vidas multiplicadas por todo el orbe y de no hallarte en un sitio en otro saldremos a tu encuentro. Si ni siquiera esta explicación satisface tu precaria temporalidad pídenos la inmortalidad y te la concederemos. El padre de los dioses nos autoriza y gozamos de sus privilegios. Acepta tu memoria y el yo regresará. Puedes confiar en lo que digo. Abatido, Felisberto suspira y exclama: Siento cansancio grande y deseo regresar a Montevideo. Así se hará, pero espero que nos visites con frecuencia, habló compungida Esteno. Felisberto sonrió encaminándose a la playa de cuadrantes: Imposible negarse a una diosa… a dos diosas.

 

Relato tomado del libro Arenas residuales y demás partículas adversas

 

Fernando Cruz Kronfly

NADIE SE MUERE EN ESTA VIDA

 

No acababan aquellos hombres de ingresar hacia el entablado interior de aquel almacén, cuando desde el lugar de la trastienda emergió, envejecida y ciega casi hasta la muerte, la figura de Eloy Salamando. Traía en su mano derecha un bastón de cedro color caoba y su cabeza se apreciaba cubierta de blancas madejas de cabello que se movían al viento como un bosque de líquenes helados. Y, simulando que nada en absoluto hubiese sucedido, se apresuró a saludar al grupo de caballeros, encantado de que hayan venido, señores míos, y enseguida les hizo seguir adelante. Algunos de ellos corrieron a preguntarle que cómo se sentía, don Eloy, pero él no contestó ni fu ni fa. Más bien extendió el servicio de su mano derecha en dirección al pasillo de la trastienda, y utilizando una voz de quejumbre les dijo que bien pudieran seguir hacia el interior de la casa porque aún quedaban sobre el tapete de las cosas pendientes muchos asuntos por conversar y resolver. Fue así como, formando una especie de fila india, aquellos hombres atravesaron el pasillo cuyos muros laterales se encontraban recubiertos con telas raídas y densos mantos de arañas disecadas por el tiempo y el formol de las estanterías, hasta salir a un corredor espacioso donde el viento era más puro y en donde se alcanzaba a percibir, como un recado distante, el aliento de algunos nísperos en flor. Y, como si por efecto de alguna adivinanza aciaga, don Eloy Salamando hubiese calculado el número de los visitantes, la mesa del comedor apareció debidamente equipada con sus doce asientos comunes más la poltrona principal, mientras hacia un extremo del recinto iba y venía la silla mecedora, ¡madre mía!, aquella silla hecha de mimbres antepasados con sus patas encorvadas, portando, ahora, los restos de una anciana desconocida cuyas manos tejían una trama interminable que caía al suelo y se hundía por un orificio que de repente vimos abierto sobre el piso de ladrillo. Entonces, Eloy Salamando se apresuró a colocarse a la cabeza de aquel desfile, y levantando sus pies por encima del polvo que la multitud acababa de revivir con sus zapatos, se ocupó de orientar la marcha del conjunto hasta llegar a las inmediaciones de la mesa del comedor. Una vez allí, y cuando todos se hallaban a la espalda de sus correspondientes asientos, el comerciante le dijo a Nacianceno:

—De ahora en adelante el sitio de la cabecera le habrá de corresponder a su persona, doctor.

Extendió su mano en dirección al norte de la mesa, por donde venían los alientos del patio, y todavía dirigiéndose a Nacianceno, agregó:

—Sírvase ocupar su lugar.

Delante de aquella formalidad todos corrieron a mirarse y se tropezaron los unos con los otros, aunque la situación fue tan diáfana y el comportamiento del comerciante logró tan elevado nivel de claridad que ninguno de los visitantes se atrevió a pronunciar la menor interjección, ¡Santo Cristo!, ten piedad de nosotros. Sin embargo, y como impulsado por las charreteras que había sobre sus hombros y por las tres medallas que colgaban en su pecho, el señor alcalde procedió a encender su tabaco habanero,¡ uy!, que sacó con premura del bolsillo superior de su chaqueta y después de producir con su garganta algunos desahogos, habló así:

—A nosotros nos fueron con la noticia de que a usted, don Eloy, lo acababan de matar.

Acto seguido todos los visitantes se miraron a los ojos y dijeron cómo no, que así, tal cual, había sido el anuncio. Pero al mismo tiempo mostraron alegría por la comprobación contraria. Entonces, el comerciante Salamando, mucho más envejecido aún, decidió explicar el asunto de la siguiente manera:

—Sí señores, eso fue cierto pero en este momento no interesa para nada, pues la historia camina hacia adelante y no en sentido contrario.

Y enseguida agregó, delante del pánico de los visitantes:

—Lo importante es que definamos lo que vamos a hacer de ahora en adelante, ¿no les parece?

Todavía se hallaban todos, de pies, junto al espaldar de sus asientos, con sus bocas abiertas y sus ojos desconcertados, cuando de repente don Eloy Salamando volteó su cuerpo en dirección al sitio en donde se encontraba la anciana, y extendiendo su mano en dirección suya, preguntó:

—¿Se conocen ustedes?

Pero no habían acabado de pensar virgen santísima qué es lo que estamos viendo con nuestros propios ojos si parece un cadáver que viniese navegando en sentido inverso, cuando la anciana levantó su mirada desde la trama de la costura, y hablando en un lenguaje novedoso y profundo se apresuró a explicar quién era ella, ¡mama mía!, mientras los comensales dejaban caer sus quijadas un poco más abajo de lo conveniente en estos casos:

—A mí me llaman Lola Amburguesa, pero mis amigos me dicen Lulú.

Dijo, y enseguida soltó una de sus manos en dirección al vuelo del aire. Luego dirigiéndose a los asistentes, les formuló la siguiente invitación:

—Siéntense, hijitos. Bien puedan sentarse que ahorita viene la comunión.

Nadie más habló, y el silencio dejó escuchar el bolero antillano que sonaba en la radio, del otro lado de la tapia del patio central, en la casa vecina: como gaviota que al atardecer, sobre las rocas del inmenso mar, sin esperanza, sin amor, sin fe, sus alas rotas de tanto volar. Y como una sombra de vida que se dibuja donde nadie la espera, en ese preciso instante aparecieron, en las mejillas de don Eloy, dos manchas rojas. Pero sin permitir que las cosas pasaran a más, salió al camino y dijo:

—Bueno, señores, sentémonos que aún resta mucho por hablar.

Y él mismo dio ejemplo, tomando la iniciativa.

Una vez en sus sitios y luego de que Nacianceno aceptara, contra su voluntad, ocupar la cabecera de la mesa, el comerciante dobló el pliegue de cada una de sus dos manos y, dirigiéndose a la asistencia, inició así su intervención:

—Los he invitado a mi casa porque tenía muchas cosas que decirles antes de irme a dormir para siempre.

Y cuando dijo “dormir” puso ojos de comparación. Enseguida agregó:

—He acumulado dinero durante toda mi vida y mi voluntad personal hubiese sido la de seguirlo haciendo, pero ocurre que ya las cosas no dependen de mí solamente.

Enseguida hizo hombros de que no hay más remedio y de qué le vamos a hacer, señores míos, compitas del alma, si la vida es así. Y, chasqueando un poco su lengua contra la concavidad del paladar, desplegó sus párpados y anunció:

—Todos nosotros estábamos equivocados, menos el doctor. Por eso él ha merecido ahora toda mi confianza.

Y limpió la transparencia de sus ojos contra la presencia de Nacianceno, quien ligeramente anonadado, intentaba cambiar el segundo aire de su respiración, como el box del Metropolitan Park. Luego retiró su plato vacío a una distancia prudente y jugando con el tintineo de los cubiertos se apresuró a complementar:

—¡Lo que ocurre es que nosotros no podemos seguir navegando contra la corriente!

En donde navegar no era otra cosa que vivir. Cerró sus ojos y vio la imagen de ir montado a horcajadas sobre los percances de un barco a vapor que naufragaba debatiéndose entre las aguas mortales del Río Coronación. Vio cómo todas las mercancías flotaban hacia la perdición, río abajo, y así permaneció por algunos instantes.

A esas alturas nadie podía ser propietario de sí mismo, pues el pánico frente a lo que estaba ocurriendo enmudecía los labios e impedía sacar en limpio la menor claridad. Sin embargo, en el semblante de todos los comensales brillaba una extraña luz, como de ceniza con alcohol encendido, que parecía ser la del entendimiento más hondo y a pesar de que el desconcierto fuera la costumbre de aquel instante. De esta manera y aprovechando el silencio general, en donde solo se podía escuchar el lejano quejido de la mecedora de mimbre, Eloy Salamando decidió recuperar el ya señalado camino de las palabras, hablando así:

—Como no tengo descendencia de ninguna clase, ni legítima ni natural, y puesto que mis padres y hermanos, almas benditas, ya fallecieron, he decidido hacer pública donación de todos mis bienes al doctor Nacianceno Pinto Morón, aquí presente.

Y no se había alcanzado a despejar el pánico del paramento de los ojos, cuando el comerciante agregó:

—Pero, con una condición.

Entonces los visitantes suspiraron, como cuando se llega al descanso de una extensa escalera, voltearon a mirar para ambos lados de sus vidas donde había paisajes de diversos tonos, y mientras Nacianceno comenzaba a sufrir pasajeros quebrantos respiratorios y un cierto ahogo en el lado derecho del corazón, el comerciante explicó:

—Con la condición de que el dinero deberá ser invertido, primordialmente, en el crecimiento de las industrias conque ya contamos y en el nacimiento de otras nuevas.

Enseguida, mientras pasaba revista a sus uñas, adicionó:

—Usted sabrá cómo se las arregla, mi querido doctor.

Y mientras el desconcierto parecía cundir por el centro del patio y del corredor, donde más allá de la radio la gaviota cruzaba las sombras del misterio azul, Eloy Salamando se levantó de su asiento y, dirigiéndose hacia un rincón del comedor, le indicó a la concurrencia el cuerpo de un inmenso baúl. Colocado en su vecindad más inmediata, procedió a levantar la tapa, y en el acto aparecieron delante de los ojos del encantamiento las más hermosas y brillantes monedas y fajos de billetes de elevada denominación. Y como las monedas y los billetes se revolvían dentro del cajón como si poseyesen vida propia, el comerciante se apresuró a cerrar la tapa antes de que rodaran por el suelo, al tiempo que explicaba:

—Aquí las tenía, listas, porque abrigaba la sospecha de que ustedes habrían de venir en el momento menos pensado.

Luego agregó:

—Yo, por mi parte, me he reservado una pequeña suma que oportunamente habré de sepultar en un determinado lugar, para no irme a quedar así no más, sin entierro y sin capacidad de asustar a nadie, como si jamás hubiese pasado por esta vida.

Y, al decir esto, dibujó una ligera sonrisa. Enseguida retornó a su sitio de antes, y tomando entre sus manos el cuchillo de tasajear la carne se dirigió hacia donde se hallaba Lola Amburguesa. Una vez a su lado procedió a cortarle, con sumo cuidado, los pedazos de cuero y las prolongaciones de las uñas que le habían crecido durante la década inmediatamente anterior, todo lo cual la anciana permitió realizar sin ofrecer la menor resistencia y mostrando, por el contrario, un cierto grado de placer y una relativa complicidad. De esta manera, Eloy Salamando comenzó a depositar sobre los platos, que parecían un resplandor donde los rostros apenas se dibujaban, una porción surtida de filamentos de carne y trozos de uñas entrapados en vinagre y sal, mientras explicaba, con soltura, cómo a la terminación de la década siguiente a Lola Amburguesa se le tendría que hacer una poda similar, sí, mis queridos amigos, cuando quizás la radio del patio vecino ya no cante aquello de que la gaviota se hundió en las sombras del inmenso mar porque solo tuvo por compañera la soledad, operación por medio de la cual no solo se lograría rejuvenecer a la anciana sino permitir la inmensa fortuna, casi un privilegio, de poder participar, en carne viva, de su sabiduría y de sus recomendaciones. Y, cuando hubo distribuido el alimento, Eloy Salamando hizo a un lado algunos algodones entrapados, puso la bandeja encima de una pequeña mesa auxiliar, fue hasta la alhacena y retornó de nuevo a su sitio, trayendo, en esta ocasión, un botellón de vino rosado que vació dentro de las trece copas de cristal que se observaban, puestas sobre el mantel, como espermas encendidas. Hecho el servicio, el comerciante tomó asiento, y levantando su copa dobló hacia adentro la última luz de sus ojos, y dijo:

—¡¡¡Salud!!!

Los visitantes imitaron a don Eloy, y aunque sus voces sonaron ligeramente inseguras, resolvieron responder:

—¡Salud, don Eloy!

Acto seguido el comerciante tomó en sus manos el tenedor y el cuchillo, y con movimientos acompasados empezó a comer. Por su parte, ligeramente recuperados del pavor inicial, los comensales corrieron a imitar a don Eloy, quien abría y cerraba sus ojos mientras tiraba rodajas de limón dentro del plato y tomaba, a borbotones, del vino del pasante. Agotado el alimento, cuyo lejano aliento de luz y sombra lograba superar el ácido del limón en cascos con su cáscara y su melancolía, ¡cristo bendito!, Eloy Salamando hizo uso de su servilleta de algodón laminado que tenía a su disposición, miró los platos vacíos, escupió a un lado, como solía hacerlo, y tomando aire de extraña seriedad, dijo:

—Bueno, caballeros, eso era todo. Lanzó un nuevo escupitazo, y agregó:

—Ya pueden marcharse.

Una vez más el silencio permitió escuchar cuando la radio decía gaviota, mujer pobre mujer, gaviota enferma y triste, para ti no hay piedad. Y cuando ni siquiera la radio conseguía oírse, Eloy Salamando hizo a un lado la servilleta entrapada en vino, suspiró con profundidad, bostezó el sueño de sus ojos, y explicó:

—Y usted, doctor, bien pueda mandar con más despacio por el baúl. Lulú sabrá atenderlo como se merece, pues de ahora en adelante su puesto es el mío.

Víctimas de compulsivos automatismos, los visitantes se pusieron de pies, y aproximándose hasta donde se hallaba don Eloy procedieron a cubrirlo con sus abrazos de despedida mientras no dejaban de agradecerle sus sabias recomendaciones. Igualmente, Nacianceno prometió orar por su alma, y aseguró que la nueva factoría de plásticos que pensaba fundar llevaría su nombre, no faltaba más. Y muchos dijeron que por más lejos que estuviese en la otra vida, mucho más cercano lo habrían de sentir dentro de su corazón, que era como una alcancía que al revolverse dejaba escuchar el sonido metálico de sus efectos, ja, ja. Acto seguido vinieron los últimos abrazos unidos a las últimas recomendaciones. Y, cuando el asunto parecía  concluido y los visitantes amenazaban con retirarse del lugar, el comerciante abrió sus ojos con una cierta holgura, y advirtió:

—No vayan a hacerse a la ilusión de creer que porque ya estoy muerto voy a cerrar el almacén, ¿oyeron?

Y enseguida comenzó a disolverse sobre las tablas de su asiento, hasta desaparecer por completo y lograr, en un abrir y cerrar de ojos, la más diáfana transparencia. Desde el otro lado de la vida se siguieron escuchando sus voces, como una cantaleta de doble fondo que dirigiera a Nacianceno, a fin de que asumiera sin tardanza el control de la situación. Pero a esas alturas la suerte estaba echada y las cosas habían sido suficientemente aclaradas. Al pasar, de regreso, por el salón del almacén, los visitantes lo alcanzaron a sentir, palpitando a su lado, y muchos años después la Gaviota de los Cuatro Vientos todavía seguía siendo considerada como el mejor establecimiento de comercio del barrio El Centenario, y quizás de toda la ciudad.

 

Fernando Cruz Kronfly, Las alabanzas y los acechos, La Oveja Negra, Bogotá, 1980.

 


 

 

Elmo Valencia

TUMACO

 

I

 

Hincado sobre negros pilotes de madera enve­nenada en una noche de duendes, Tumaco parecía un cangrejo alunado.

Yo lo miré con los ojos llenos de sueños grises v de mapas viejos sin forma ni color, y tuve ganas de apretarlo nuevamente con mis manos quemadas por el sol del Mataje y del Mira.

Sabía que al sur estaban Limones y Esmeralda y todavía más al sur el Salitre y los poemas de Neruda.

Entonces recordé los primeros colonizadores, las familias que hoy trataban de ser una élite entre la selva y la espuma, entre el caracol y la serpiente. Recordé también los gringos que habían llegado para llevarse en cargueros la fibra buena de los árboles de donde salen los objetos dóciles a los dedos del hombre.

También recordé los primeros navíos que se hundieron en su bahía.

Y el primer beso, y la primera mano que trató de ahogar un grito, y el primer alumbramiento, y el primer loco, y la primera bicicleta, y el primer aborto, y la primera niña buena, y la primera niña mala.

Y el primer muerto.

Amén.

II

 

Y mientras recordaba todo esto, veía que los faros se alejaban.

A lo lejos, las otras islas: El Bajito y el Gallo. Islas que se dejaban desnudar de bufeos que llega­ban de mares imposibles.

Me miré los pies descalzos y noté que la marea iba dejando collares y desperdicios en la playa.

Le di un puntapié a una pequeña concha y me sentí cadáver.

Entonces dije para mí: "Ver un muerto flotando debe ser horrible". Me detuve y noté que Tumaco seguía mirándome. Me eché sobre la arena y quise huir de todo el mundo; estaba cansado de tanto caminar.

Apenas la arena sintió el calor de mi espalda comenzó a moverse como una serpiente.

Alargué la mano y torné un puñado, tal vez para consolarme o para maltratarla, pero ella, esquiva, se dejó caer por el columpio de mis dedos.

Era una arena virgen, ideal para comenzar un amor, para formar un nido con ella, una cuna o un lecho.

Recliné bien la cabeza sobre una lata vacía de sardinas que encontré junto a una piedra pómez y estiré los pies.

Me puse a pensar en el "Andrea Doria", en los viajes de Darwin por las Galápagos, en los vagabundos que se trepan en los trenes de carga para ir a cualquier parte, y en las derrotas que han sufrido todos los desesperados que han querido tragarse el mar para huir de sí mismos.

Y mientras todo esto pensaba, en Barbacoas, puerto tendido sobre una hamaca de colores, un negro de enormes brazos rastrillaba una guitarra alquilada, y en Bocagrande, una hermosa mujer, cabinera del vuelo X-504, se dejaba picar la espalda de un insecto en forma de heptaedro para no des­pertar del mundo mágico que la envolvía.

III

 

La brisa comenzó a despeinarme. Me sentí tan solo y tan triste que quise huir en el primer barco que llegara.

Y esperé y esperé, pero a Tumaco no llegaban sino rostros de desconocidos y voces de mujeres que me llenaban de deseos.

Tendido, en la arena, con los ojos fijos en una nube negra, comencé a lamentarme. Y creo que todos los manglares oyeron mi queja, porque minutos después alcancé a oír un ruido extraño que resonó por todo el litoral, como si dos bocas hubieran cho­cado, o como si una enorme copa de cristal hubiera sido arrojada contra una piedra.

Me llevé las manos al rostro.

Tenía la sensación de que una telaraña me estaba envolviendo la cabeza todavía recién mojada por las olas de un mar devorador que días antes había tratado de llevarme hasta el fondo de su verde crisálida.

Miré de nuevo el cielo y comencé a echarme arena en el rostro.

Bajé la mano suavemente, y como tocando un violoncello, empecé a moverla de un lado para otro.

Sin pensarlo, mi mano había modelado un pe­queño buque.

Cerré los ojos y, lentamente, el buque se fue agrandando.

Cuando tuvo las dimensiones del "Queen Mary", levantó el ancla que tenía incrustada en mi corazón y deslizó su quilla como flor marina diciendo adiós para siempre.

Entonces me sentí más solo. Y triste.

Adiós, barquito de mi imaginación. Aunque yo lo había hecho, ese tampoco era el buque que me llevaría a cualquier parte.

Seguí anclado en Tumaco.

 


EL CIELO DE PARIS

La pequeña isla de Kamelia durante mucho tiempo perteneció a España. Logró su independencia sin que un solo disparo rompiera la tranquilidad de sus habitantes, y fue la última del Caribe en ser colonizada, pues los isleños tenían reputación de caníbales. Poblada por varios grupos étnicos, entre los blancos hay muchos ingleses y españoles que llegaron a la isla con la intención de hacer dinero exportando lo que fuera. Robert Smith, el abuelo de Cielo, fue uno de los que llegaron con el propósito de enriquecerse lo más rápido posible, y lo logró, pues a los diez años de haber desembarcado con una caja llena de abejas, ya era uno de los hombres más ricos de la isla, poseedor de muchas propiedades y reconocido exportador de miel de abeja a muchas partes del mundo.

Las mujeres lo perseguían tratando de enamorarlo porque en la isla se decía que en su casa tenia enterrado un tesoro que consistía en una caja llena de monedas de oro, la misma en que había traído empacadas las abejas para empezar el negocio que le dio reputación y dinero. Pero el único tesoro que tenía, si así puede decirse, era un cuadro de Gauguin que permanecía colgado en su estudio y que había adquirido por unas cuantas libras esterlinas y unas botellas de buen vino francés. Resulta que el pintor, después de permanecer un tiempo en Paris, decide regresar a Tahití, vía Panamá, pero el barco en que viene tiene que atracar en el puerto de Kamelia por fallas en una de sus velas. La falta de recursos lo obliga a pintar en el puerto y es cuando conoce a míster Smith, quien lo invita a su casa para que pinte a la mujer nativa con el cual vive secretamente y por temporadas, sobre todo cuando llega el invierno.

¡Y qué obra tan maravillosa logra Gauguin! Sobre el lienzo aparece la mujer tendida en la cama, medio inclinada y totalmente desnuda en unos colores crudos que realzan el misterio y sugieren el hijo bárbaro en que vivía la alta clase blanca. Es una pieza maestra llena de colorido y de esplendor exótico que después, cuando el hombre muere, pasa a ser propiedad de su hija Aroma Smith, reconocida en el último momento para que pudiera heredar toda su fortuna acumulada con paciencia inglesa.

Robert Smith llegó muy joven a la isla, para dar inicio al negocio de la miel de abeja. Existían entonces sitios exóticos que le gustaba visitar, como el pueblo donde el tatuaje seguía siendo una costumbre tradicional entre los nativos. Los hombres se tatuaban los brazos pero las mujeres sólo podían hacerlo en las nalgas. Con los años se enamoró de Tala, la mujer nativa más exótica por el tatuaje de una flor amarilla que llevaba en la nalga izquierda, y tanto compartieron intimidades clandestinas que como fruto de ese cruce de razas tan distintas les llegó una niña a quien llamaron Aroma, por el perfume que emanaba esa extraña flor amarilla que crecía en ciertos lugares de la isla.

La niña fue creciendo hasta que quedó sola por la muerte de sus padres. Tala murió ahogada o se suicidó, nunca quedó claro; y a Robert Smith se le envejecieron tanto las arterias que llegó el momento en que la sangre no pudo circular más por su cuerpo flaco y descolorido, y amaneció muerto un domingo con una flor amarilla en la boca. "¿Qué va a hacer Aroma con ese cuerpo hermoso y tibio y la herencia que acaba de dejarle el viejo Smith?", fue la pregunta que comenzó a rodar por la isla una vez enterrado su padre. En el cementerio no soltó ni una lágrima, tal vez porque nunca lo quiso de verdad. Se encerró durante algún tiempo y después comenzó a recibir clases de idiomas y de bailes extraños. Se bañaba desnuda en la playa y los muchachos la seguían para verla, pero ella no les hacía caso. Era un ser especial, muy diferente a las otras chicas de la isla. De noche se vestía con los atuendos de colores vivos que le dejara su madre y se colocaba en la cabeza guirnaldas de flores silvestres. Estaba saliendo de la adolescencia cuando Hans Nicky, marino alemán, llegó en un buque lleno de gasolina con destino al puerto de Kamelia.

La muchacha de ojos vivarachos, y muy inquieta, tenía una gran debilidad: le gustaban los hombres maduros y extranjeros. Los jóvenes no le llegaban al alma. Los rechazaba en cuanto trataban de molestarla con las concebidas palabras huecas y románticas. Nació para grandes aventuras, tal vez porque su padre había sido un aventurero que llegó a Kamelia sin un centavo en el bolsillo y al poco tiempo ya era dueño de una gran fortuna.

Por todo esto, y otras cosas difíciles de entender, cuando ella en shorts y zapatos de goma vio al marine musculoso y fuerte, sentado en la heladería del puerto comiéndose una banana split, se le acercó para preguntarle de dónde había venido y cómo le parecía la exótica isla de Kamelia.

Al oír esa delicada voz de paloma, el hombre levantó la vista y la examinó de arriba abajo. No había duda, era una muñeca, pero no de porcelana sino de carne y hueso y con una sonrisa que invitaba a cualquier locura en la isla de los vientos huracanados. La invitó a sentarse y a disfrutar de otro helado como el que se estaba comiendo, invitación que Aroma aceptó encantada. Viéndola tan bella y dispuesta a compartir un encuentro más íntimo y solitario, poco a poco entre palabras más y palabras menos, la fue conduciendo hasta el Bosque de las Abejas, donde le contó historias de naufragios y sirenas que en alta mar llamaban a los marinos de los barcos que se atrevían a cruzar los mares antiguos. En vista de que ella no había hecho objeción alguna a sus requerimientos un poco eróticos, una vez que la tuvo acostada sobre la hierba, le preguntó:

— ¿No has oído la historia de Ulises?

— No, cuéntamela.

"Ulises era un marino griego que dejó sola en su casa a su mujer Penélope para ir a pelear en la guerra de Troya. Navegando los mares se le presentaron las sirenas tratando de seducirlo con sus cantos para llevárselo muy lejos y amarlo después sobre las olas, tal como te voy a amar a ti, esta tarde, sobre la verde hierba del Bosque de las Abejas".

Y mientras el alemán le contaba la historia que Homero relata en la Odisea, le iba quitando el vestido, mejor dicho, la blusa, los shorts, y los cucos que eran del mismo color de sus ojos azules. Al darse cuenta de lo que le iba a suceder trató de levantarse pero ya era tarde, porque el grueso pene del marino alemán ya estaba adentro, a pesar de que algunas abejas trataron inútilmente de defenderla. Un poco adolorida vio como una nube negra pasó por encima de su cabeza anunciando el comienzo de las lluvias de abril. Pero las lluvias no cayeron; lo que cayó fue la cuchilla sobre la nuca de Hans Nicky. ¿Por qué? Ella lo denunció afirmando que la había violado.

El alemán fue guillotinado ante una multitud que gozó con el espectáculo, Teorema salió al balcón de su Palacio frente a la Plaza Juana de Arco y dijo unas cuantas palabras alusivas a la ejecución, que nadie entendió. Luego se retiró a su recámara y en la más completa soledad se bebió un trago de whisky no sin antes escuchar un violinkoncert de Mozart. Aroma también se retiró pero a reflexionar. Cambió de opinión, dijo que se le había entregado al alemán. Y mientras lo hacía se dio cuenta de que estaba embarazada. Fue madre a los 15 años. Tuvo esa hermosa niña llamada Cielo, que ahora estaba locamente enamorada del príncipe troyano llamado Paris. Deseando olvidar todo lo sucedido, Aroma deja la niña con las monjas del convento y se va a conocer países extranjeros. Cansada de viajar, regresa a su ciudad natal y manda a construir la mansión, una enorme casa de dos pisos frente al mar con muchas habitaciones, amplios corredores, salones especiales para recepciones, piscina y hermosos jardines de rosas. Desde los balcones se podía ver la tira luminosa de la playa de arena diminuta y blanca, que algunas veces permanecía llena de bañistas y en otras no se veía ni un solo cuerpo recibiendo los saludables rayos del sol que en el verano calentaban más de lo necesario. Parecía que en Kamelia el astro se metía hasta en las neveras de las casas.

La Mansión, diseñada por un arquitecto que consideraba el espacio como un cuerpo viviente al que había que darle cariño, fue edificada en el lote que compró cerca del mar y donde se encontraba una enorme piedra rojiza que, según la apreciación científica de un geólogo, hacia millones de años había caído del planeta Marte. El mismo geólogo afirmó que posiblemente fue adorada por los primeros aborígenes que poblaron la isla, llegados de la famosa Atlántida, porque todavía se pueden observar algunos grafitos hechos con punzón de punta de acero.

La apreciación geológica referente al origen de la piedra fue la razón principal por la cual la NASA decidió levantar en Kamelia el Observatorio Astronómico, pues desde esa isla se podían rastrear con más precisión las naves espaciales que pronto serian enviadas al planeta rojo.

Al poco tiempo Aroma Smith conoció al capitán de un buque de la armada colombiana, quien inmediatamente puso a su disposición su corazón de duro oficial porque, según él, se encontraba en la soledad más terrible. Viendo su simpatía y elegancia, con su uniforme blanco y varias condecoraciones sobre el pecho que indicaban que no era cualquier marino de brújula y sextante, sino un verdadero comandante de nave con bombas de profundidad, comenzó con él un idilio que no terminó sino cuando al oficial le dieron la baja por no haber retenido en alta mar un cargamento de marihuana de los narcotraficantes que había salido de la península de la Guajira con dirección a Norteamérica.

Muchos la cortejaron. Dicen que los varones más importantes de la ciudad se la gozaron, pero esos son infundios, dado que la veían siempre alegre y asistiendo a las fiestas más importantes. Aroma Smith nunca se casó, permaneció soltera hasta su muerte cuando se cayó de ese caballo en el club de equitación, accidente que también le causó la muerte al equino, pues Teorema ordenó que le cortaran la cabeza.

En un viaje que Aroma hizo a Jamaica trajo a Maracuyá, recién dejada por el marido, para que la acompañara en las labores domésticas y limpiara todos los días con una escobilla de finos hilos de seda el lienzo de Gauguin colocado en su alcoba, y que según concepto de un galerista francés que pasó por la isla y lo vio en su sala, valía varios millones de dólares.

—¿Por qué tan caro?, le preguntó Aroma a su huésped, asombrada por el precio descomunal.

—Porque cuando Gauguin pasó por aquí y pintó a su madre, él era un ilustre desconocido, ignorado inclusive por sus amigos en Francia. Pero hoy, que es un artista famoso, y además muerto, los lienzos de Gauguin se han cotizado como tesoros. Cosas del mercado del arte.

 

Fragmento de “El cielo de Paris”. Santafé de Bogotá: Uniediciones, 2013.

 


Gabriel J. Alzate

LOS VIEJOS TIENEN QUE MORIRSE

—¡No me diga!

—Sí, iba a violarla.

—¡Papa!

—Estaba a punto de hacerlo cuando él llegó.

—¡Marcos, por favor!

Pero no ha sido nada, ya lo ve. Ángela está tranquila, como si nada.

—Medellín es así, Colombia es así, don Marcos, pero dígame, ¿podría hacerme un favor?

Hubiera preferido que mi hija se presentara en el apartamento con la nariz del hampón guardada en el bolsillo o la trajera empuñada en una mano, a que el ingeniero me pidiera un favor y eso por varias razones. La primera de ellas, la más poderosa de todas, es que el ingeniero es un hombre agradecido: sé que me va a agradecer toda la vida y a cada instante; la segunda, pero no menos importante, es que tal agradecimiento me comprometerá a recibirle la visita, a aceptarle algún presente, y de paso querrá enterarse de que ocurre en la familia, como están los nietos y con esto llego a la tercera razón, la última, pero a su vez la que más temo, por Dios que sí, y es que de paso me cuente todo lo que acontece con su madre. Y sé que cuando el ingeniero habla de su madre necesita beber, escuchar rancheras, cantar música guasca y hablar de dinero, temas todos vedados para mi gusto, si es que algún tipo de gusto me queda. Asiento, si, le haré el favor que sea, a lo mejor en medio de uno de sus ataques de gratitud, me da un infarto, al tipo lo acusan de algo y yo me voy a la otra vida con una sonrisa entre el culo.

—¿Que será, ingeniero?

Se pone de pie, va de un lado a otro de la sala. Mi mujer y Ángela piden permiso y se retiran. Sé que la tonta de mi hija irá a llamar al bueno para nada de su marido, le contará lo sucedido, llorará como una monja que acaba de descubrir que el confesor la ha preñado y terminará diciéndole que por favor le traiga a los niños, que esta noche se quedarán a dormir con nosotros, lo que equivale a decir que pasaremos la noche en vela, acompañados por sonar de ollas y biberones en la cocina, por llantos, quejidos y sobresaltos al amanecer.

—Nada del otro mundo, don Marcos, es que Josefina... A ver, le explico: es que el piano de Josefina es un instrumento muy valioso no sólo por lo que significa para ambos, sino porque es un ejemplar único. Mire usted que lo compró con su primeros ahorros en el almacén de los Marín Vieco... Importado directamente de Europa. Se trata de una verdadera joya. En todo Medellín no creo que haya dos instrumentos como ese. En fin, pero sucede que ahora, fíjese bien como es la vida, ahora después de tanto tiempo, a Josefina le han entrado sospechas de mamá, ¿comprende?

—No.

—Sospechas. Algo así como que piensa que mamá, que está pronta a llegar de Nueva York, va a emprenderla contra el piano.

—¿Sabe su madre de la relación entre usted y Josefina?

—Pero claro, don Marcos. ¿Cómo iba a ignorarlo? Soy un hombre mayor, un hombre sin zapato que lo apriete.

—No veo que haya por qué temer.

—Opino igual.

—¿Entonces?

—Creo que se trata de celos. Las mujeres, don Marcos...

Al ingeniero, hay que decirlo, la vida le parecía tan simple como un negocio, quizá por eso jamás había pensado en formalizar su relación con Josefina. Él no lo decía, pero dejaba que uno lo dedujera de sus conversaciones, de sus comentarios, de sus opiniones lanzadas como quien lanza el anzuelo en cualquier charco por si las moscas, sin importarle si al final saca algo. Al parecer, igual sucedía con Josefina. Alguna vez el ingeniero dijo que lo más importante que él encontraba detrás del afecto era que ofrecía compañía, y que de resto, no servía para nada. "Ninguno de nosotros ha pensado en el matrimonio, don Marcos, porque pensamos que el matrimonio es el asunto menos serio que se ha inventado el ser humano", me dijo alguna vez mientras parados en la puerta del edificio aguardábamos a que se calmara un aguacero, y añadía el resto de la historia: "Josefina, don Marcos, tiene dos dioses, y espero que usted me entienda: la música y el dios de la Congregación a la que pertenece desde niña. Cuando era una criatura de brazos, sus padres la abandonaron a las puertas de una iglesia protestante. Esa gente la adoptó sin ningún remilgo, la hicieron hija de todos y de Dios al mismo tiempo lo que no dejó de resultar bien complicado, porque un día decidían algo y al día siguiente parece ser que Dios les ordenaba otra cosa. Finalmente, la muchacha acabó haciendo lo que le parecía con la excusa de que si ellos no habían logrado ponerse de acuerdo con Dios en lo que debían hacer con su vida, ella sí tenía muy claro para dónde iba. Lo único en que todos coincidieron fue en que la niña debía estudiar música y estuvieron a punto de convertirla en una virtuosa, pero con el sesgo de la religión el trabajo quedó a mitad de camino". Lo demás, añadía el ingeniero con un dejo de a mí que me importa, era lo demás. Allá ella si leía la Biblia o le daba por pensar que cada puesta de sol era una serial del fin de los tiempos.

Josefina era profesora de música en un colegio de la congregación y de eso vivía y vivía bien. "Su dinero es su dinero, don Marcos", explicaba el ingeniero, "porque yo darle un centavo a una mujer, ni loco, ni que le estuviera pagando por quererme. Ni putas que fueran las mujeres para entregarles plata a toda hora, don Marcos. Lo mismo ocurre con mamá: ella tiene sus casas y, su parte en los negocios aunque pequeña, le alcanza para los viajes, para los gastos. Hasta creo que a escondidas tiene una que otra propiedad en Los Ángeles y algo por allá en Puerto Rico. Yo solo regalo cosas: vestidos, zapatos, blusas, perfumes".

—¿Su madre tiene algún problema con la música, ingeniero?

—Mamá se está quedando sorda. El piano es todo un insulto a su deterioro auditivo. ¿Me entiende ahora?

—Ya. Pero no veo los celos por ninguna parte.

—Es mucho más complicado de lo que imagina. En su última carta, me dice que ahora podré vivir feliz susurrándole porquerías a esa cantante mientras ella se sume en la oscuridad total de los sonidos.

—¿Oscuridad total de los sonidos? Eso no lo diría ni Stravinsky.

—Perdone, don Marcos, no entendí.

—Mientras tanto, es decir, solo por el tiempo que mamá esté aquí.

No sé por qué me vino a la cabeza la imagen del director de cada uno de esos periódicos sentado detrás de su escritorio, acumulando grasa en su abdomen con el único propósito de buscar la embolia, la trombosis, la obstrucción coronaria y eructando a cada dos minutos con una sonoridad brutal como para poner a oír a la madre del ingeniero; no sé por qué, pero puedo jurar que pocas veces había visto con tanta claridad al tipo con el montón de cartas que no va a leer jamás frente a él, y mientras tanto sonreía con la misma sonrisa de beato Marcelino, hipócrita y artero. Sí, claro, hijueputa, los viejos estaremos podridos, todos podridos, pero muertos jamás.

Le dije que trajera el piano. Ya hallaría la forma de quitarme a mi mujer de encima cuando comenzara a preguntar estupideces.

 

Fragmento de Gabriel Jaime Alzate Ochoa, Los viejos tienen que morirse, Premio Jorge Isaacs 2002 de Novela, Cali, Imprenta Departamental del Valle del Cauca, 2003.

 


Oscar Olarte

ACOMORESE NOMA

El paso ardiente del verano marcó el final de la epidemia, los cráteres quedaron sobre la piel morena de la llanura que se volcó hacia el mar, buscando mitigar su escozor en las aguas salobres y yodadas. La gente de los ríos se asomaba al infinito del horizonte oceánico, a las temidas y turbias bocanas invadidas de tiburones y cachaloas.

Fue esta enfermedad el motivo para que María viajara por vez primera al archipiélago. Entró por el estero del Natal y Bellavista, y cuando la noche insistía en volver divisó las luces de las lámparas recién encendidas. Posó con Melchor y sus hijos en casa de un pariente que vivía en la orilla y cuando aclaró el nuevo día vio la torre de la iglesia sobresalir entre los techos de paja y zinc. Caminó por unas calles limpias entre gente vestida de blanco de pies a cabeza, los hombres coronados por sombreros de jipijapa y las mujeres en sus amplios vestidos embombados por infantes y enaguas, cubriéndose de la llovizna matinal con grandes sombrillas fileteadas de encajes. Todos llevaban saco y corbata y las mujeres chales y chalinas flequeadas como si hiciera frio. Las grandes casas con balcones largos miraban el desfile de gentes, estaban ahí desde la llegada de los europeos en el siglo que empezaba a quedarse diecisiete años atrás. Portones muy grandes, pilares de guayacán que sostenían las casas y los balcones, techos metálicos alternados con chapiles peinados y persianas de madera, el almacén de Santiago Levi con su clientela femenina de polleras blancas, enaguas de tira bordada y sombreros anchos y blancos, los niños de pantalones cortos y sombreritos redondos de alas planas, y lo más sorprendente: el edificio de la alcaldía y el parque sembrado de almendros.

Asomado a los balcones de un palacio bordado de maderas talladas y con arcadas ojivales estaba el cura Merizalde del Carmen, el mismo que llevaba los sermones al pueblo de Chilví. Alguien le dijo que esa era la casa del obispo. Era una construcción majestuosa, a su lado el Liceo Tumaco, y caminando un poco en la bahía, los vapores de la familia Payán con sus castillos de proa y sus bodegas sobre las quillas. Unos indígenas orillaron un velero en busca de la Calle de la Tagüera para vender los productos arrancados a la selva. Allí estaba, había oído de su existencia desde tiempos atrás, todo el que taguaba la conocía; frente a ella los frutos redondos empezaban a ser colocados para que el sol terminara de secarlos.

El calor aumentó y María volvió a la Calle del Comercio, camino entre las grandes casas que abrían sus ventanas para que entrara el aire fresco del océano; en los pisos de abajo los almacenes abrieron sus puertas. El puerto terminó de despertar y dos muchachos pasaron cargando al hombro el pez tuerto de su destino.

Preguntó a su pariente por las personas que acababa de ver y escuchó por primera vez sus apellidos, eran las Chaux y las Cajiao y estaban estrenando sombreros y ropa traída de Inglaterra en un mercante de los Payán, y los hombres seguramente son los Angulo con los señoritos Barreiro que están pasando las vacaciones del colegio aquí en la isla. Y las casas grandes eran las de los blancos adinerados porque también los había pobres como los Escuchierí, solo que parecen ricos porque andan entre la gente de dinero. “Parienta, uste mire, oiga y calle que en este puerto se hace lo que ellos dicen. Aquí no estamo'en el monte haciendo cada cual su antojo sino bajo el mandato de ellos que son los grandes... acomórese nomá”.

El ferrocarril relinchó en la mañana sobre la llanura selvática y Gustavo Arara asomó su cabeza por la ventanilla de un vagón atestado de gente, plátano y gallinas (Chilví era una de las estaciones más cercanas al terminal de la línea férrea en Tumaco y el viaje se hacía en una hora). El recorrido en canoa duraba una jornada, era fatigante y preñado de picaduras de jejen al tiempo de pasar por los laberintos de mangle. Ahora estaban rápidamente en el puerto sin tener que bogar. A lado y lado de la carrilera había sembrados de arroz de un verde brillante, tenue entre los verdes del paisaje. Entrando a Tumaco, la ganadería de los Rosasco y los Del Castillo.

El puente El Pindo sostuvo durante medio minuto el estruendoso tonelaje que atravesó rápidamente la avenida del ferrocarril; a la izquierda las ventanillas dejaron entrar un mar azul, las olas reventaban en la orilla y una brisa fresca aligeró el calor del mediodía. El tren recorrió un camino de palmeras y llegó por fin a la estación de pasajeros. Una campana anunció la llegada y poco a poco la caravana de vagones quedó estática frente a la estación. Los vendedores de cocadas arreciaron su vocerío entre la gente que empezó a descender de los vagones. María Mandinga y Melchor Arara pisaron la isla con sus pocas pertenencias y sus hijos para quedarse en ella, Melchor pensaba trabajar como profesor en el municipio y María fabulaba colocar su venta de yerbas en la casa que consiguiera.

Atravesaron el estero por el puente del Progreso y llegaron a la calle Sucre cargados de canastos y cajas de frascos. Desembocaron a la calle del Comercio y subieron por ella hasta la casa del pariente donde años antes vinieron a pasar la época calenturienta y ardorosa de la viruela.

Durante dos semanas solicitaron un rancho para organizar la estadía, pero nadie alquilaba porque cada cual tenía el suyo y sólo si alguien estaba por dejar el puerto habría oportunidad de conseguir el techo.

Por fin Melchor encontró un empajado donde alojar a su familia mientras construía una casa y los frascos volvieron a tintinear calle arriba. Estaban en la punta de la isla de Tumaco sobre un firme sembrado de cocos que miraba hacia la ensenada y pertenecía a la familia Martínez. No pararon su casa sobre lo firme, sino sobre la orilla sometida al ritmo de las mareas donde crecían arrogantes los mangles, una especie de playón de arena y fango oscuro poblado de pianguas, almejas y pataeburros. Sobre él y en la roja hojarasca palpitaban montones de churitos y cangrejos ermitaños. Aferrados a las raíces y los troncos montados en las ramas y el follaje, caracoles rayados como cebras deslizaban las espirales de sus cuerpos. Leila y sus hermanos pasaron los primeros años porteños persiguiendo cangrejos en la marea baja y pescando en la bahía con el agua alta. Volantines y anzuelos cebados con lombrices fueron los juegos de la niñez. El lado opuesto de la isla estaba cubierto de un espeso matorral; los icacos servían de sostén a las badeas que gateaban hasta trepar por los árboles. Leila contempló por primera vez la bocana, la vio reventando olas tan grandes que se llenó de temor y se negó a embarcarse hasta los veinte años, cuando fue con doña Ester a trabajar en Iscuandé. Montada en el árbol de guanábana Leila miraba los veleros zarpar de la isla y deslizarse en silencio sorteando la bocana para luego desteñirse en el horizonte con sus proas puestas en la ruta de Esmeraldas o Guayaquil. Sus hermanos revoloteaban desde pequeños entre las redes de los Pescadores ayudando a saltarlas a tierra o a embarcarlas. Desde allá recibieron los apodos con que vivirán en este relato: Juan Cacho, por su afición al pez que lleva ese nombre y su eficacia para atraparlo con un pequeño calandro, un cordelito que tendía a lo largo de Proalaluna y del cual pendían quince o veinte anzuelos cebados; con él llenaba la canoa de cachitos, camutillos y cajeros. Lo recuerdan aún desembarcándose por el muelle de los Martínez, haciendo esfuerzos para sostener las sartas de pescado y voceando ¡el cacho!, ¡el caaaacho! por las casas de los mestizos que le miraban esa figura menudita con los pies al suelo y todo descamisado, "que ni pena les da a estos negros andar viringos por las calles".

"¡Gustavo a pianguá... Tavooooooo... apianguáááááááá!", se escuchaba en la calma mañanera de la isla y el salía con un canasto a embarcarse con María y su hermana la Charo para recoger piangua en el vecindario. Es cierto que los peces abundaban y en los amaneceres las manchas de lisa blanqueaban el agua de la bahía y que los jureles saltaban sobre la superficie para sobrevivir a las dentelladas de las fieras que cortaban las aguas de las altas mareas. Es cierto que para coger los peces no era necesario ir muy lejos y que en esa época estaban tan ingenuos que se asomaban a la superficie a mirar con curiosidad las canoas y las tripulaciones sin sospechar la muerte. Pero eran tiempos difíciles, conseguir el dinero suponía un esfuerzo enérgico y todos los afros trabajaban en las empresas extractivas de los mestizos, como ayudantes en el comercio o empleados domésticos en las grandes casas de madera; sin excepción, todos trabajaban, hombres, mujeres, niños, tuertos, mancos y cojos tenían un lugar para producirle ganancia a los compradores de la tagua, a los dueños de los chinchorros de pesca o a los negociantes en madera. El puerto movía sus mercancías con los fuertes brazos de la gente de piel canela.

 

Fragmento de Óscar Olarte Reyes, Prisioneros del Ritmo del Mar. Libertarios de tierra firme, 7e. Cali, Impresora Feriva, 2012.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Diseño y Desarrollo Web Colombia
Cali - Colombia

 

Wednesday the 18th. Custom text here.