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Stanley Ellin

MUERTE EN NOCHEBUENA

 

Cuando niño, me impresionaba la casa Boerum. En aquel entonces, era bastante nueva y parecía lustrada; una montaña de bordados en estilo Victoriano, de ca­lados y vitrales, mezclados en una profusión tan caótica que resultaba difícil de abarcar de una sola mirada. Ahora, de pie delante de ella, en esta anti­cipada Nochebuena, mi impresión juvenil no tuvo eco. El lustre faltaba de tiempo atrás; las maderas, cristales y metales se confundían en un gris monó­tono, y las cortinas de las ventanas estaban corridas, lo que daba al transeúnte la impresión de que una docena de ojos ciegos lo miraban fijamente. Cuando golpeé la puerta con el bastón, Celia abrió.

—La campanilla está a la derecha —dijo. Todavía estaba vestida de negro, con una pollera tan larga y fuera de moda que parecía sacada del baúl de su madre. Estaba más parecida que nunca a Catalina en sus últimos años: cuerpo descarnado, labios apre­tados, pelo sin color, tirado fuertemente hacia atrás como para estirar las arrugas de la frente. Me re­cordaba una trampa de acero, lista para cerrarse de golpe sobre el desprevenido que la tocara.

Dije: "Estoy enterado de que la campanilla está desconectada, Celia", y entré en el vestíbulo, sin espe­rar. Sin necesidad de volver la cabeza, sabía que me estaba quemando con la mirada. Luego se sorbió la. nariz, fuerte y en seco, y cerró la puerta con violen­cia. Al instante quedamos en una turbia oscuridad que hacía que el olor a podrido rancio que me rodea­ba se me pegara a la garganta. Tanteé buscando la llave de la luz; pero Celia dijo con violencia:

—¡No! ¡No es momento para luces!

Me volví hacia la mancha blanquecina que era su cara, lo único de ella que distinguía.

—Celia, ahórrame esta escena —le dije.

—Ha habido una muerte en esta casa. Lo sabes.

—Tengo motivos para saberlo —dije— pero tu re­presentación no me impresiona.

—Era la mujer de mi hermano. Yo la quería mucho.                     

Di un paso hacia ella en la oscuridad y le puse el bastón sobre el hombro.

—Celia —dije—, en mi carácter de abogado de la familia, debo darte un consejo. La pesquisa judicial está terminada y liquidada y estás absuelta. Pero nadie creyó, ni creerá una palabra de tus delicados sentimientos. No te olvides de eso, Celia.

Dio un tirón tan brusco que el bastón casi se me cayó de la mano.

—¿Para decirme eso has venido? —dijo.

—Vine porque sabía que tu hermano quería verme hoy. Y, si no tienes inconveniente, te diré que es prudente que no intervengas cuando hablo con él. No quiero escenas.

—Entonces, ¡no te metas con él! —gritó—. Él estuvo presente en la instrucción judicial. Vio que me absol­vieron. No tardará en olvidar lo malo de que me cree capaz. Déjalo en paz, para que pueda olvidar.

Estaba en el colmo de la furia. Para romper el hechizo comencé a subir la escalera oscura, tomán­dome con cuidado de la baranda. Pero oí que me se­guía con ansiedad, y, en cierto modo misterioso, que daba la impresión de no dirigirse a mí, sino de con­testar el quejido de los escalones, al pisarlos.

—Cuando venga a mí —decía ella—lo perdonaré. Al principio no estaba segura, pero ahora sé. Recé para que Dios me ilumine, y me di cuenta de que la vida es demasiado corta para gastarla en odiar a nadie. De modo que cuando venga a mí, lo perdo­naré.

Llegué al último escalón y casi me caí, en la menos elegante de las posiciones. Al enderezarme, de ra­bia, se me escaparon unas palabrotas.

—Si no quieres prender la luz, Celia, al menos deberías despejar el camino. ¿Por qué no sacas todo eso de aquí?

—¡Ah! —dijo— son las cosas de la pobre Jessie. A Carlos le hace mal ver las cosas que han sido de ella. Pensé que lo mejor sería sacar todo de su pieza.

Su voz reflejaba alarma, cuando me contestó.

—Pero no se lo vas a decir a Carlos, ¿no? ¿No se lo dirás? —decía y repetía, en voz cada vez más al­ta, mientras yo me alejaba de ella, de modo que, cuando entré en la pieza de Carlos y cerré la puerta, tuve la impresión de que, del otro lado, había que­dado un murciélago chillando.

Las cortinas en la pieza de Carlos, como en el resto de la casa, estaban completamente corridas. Pe­ro la única lámpara de la araña me hizo parpadear momentáneamente, y tuve que volver a mirar antes de descubrir a Carlos, tirado sobre la cama, tapándose los ojos con el brazo. Se levantó lentamente y me clavó los ojos.

—Bueno —dijo al fin, señalando la puerta con la cabeza—. ¿Te hizo subir a oscuras, no?

—Así es —dije—. Pero conozco el camino.

—Es como un topo —dijo—. Se maneja mejor en la oscuridad que yo en la luz. Lo prefiere así. Si no lo hiciera, se sorprendería al verse reflejada en el espejo.

—Sí —dije—. Parece que lo toma muy a pecho.

Lanzó una carcajada corta y violenta como el au­llido de un león marino.

—Es porque todavía no se ha librado del miedo. Lo único que podemos sacarle es cómo la quería a Jessie, y cuánto lo lamenta. Debe creer que si lo re­pite muchas veces, la gente llegará a creerle. ¡Pero no tardará en volver a ser la misma Celia de antes!

Dejé mi sombrero y bastón sobre la cama, al lado del sobretodo. Saqué un cigarro y esperé hasta que él encontrara fósforos y me ayudara a encenderlo. Le temblaba la mano, con tal violencia, que le fue di­fícil hacerlo y murmuraba enojado contra sí mismo. Eché una nube de humo hacia el techo y esperé.

Carlos era cinco años menor que Celia, pero, al verlo, me impresionó como si tuviera doce años más que ella. Tenía el pelo rubio claro, casi sin color, de modo que no era fácil saber si había encanecido o no. Pero tenía las mejillas cubiertas por un comien­zo de barba hirsuta plateada, y, debajo de los ojos, grandes ojeras moradas. Y, mientras Celia se mante­nía erecta sobre su columna vertebral, Carlos estaba —tanto de pie como sentado— encorvado, como a punto de caerse hacia adelante. Me miró con fijeza mientras se daba unos tirones inseguros a las puntas del bigote lacio, que le caía al extremo de la comisu­ra de los labios.

—¿Sabes para qué quería verte? —dijo.

—Me lo imagino —dije— pero prefiero que seas tú quien lo diga.

—Voy a hablar sin rodeos —dijo—. Se trata de Celia. Quiero ser testigo del castigo que merece. No la cárcel. Quiero que la justicia se la lleve y la mate, y quiero estar presente cuando eso ocurra.

Un montón de ceniza cayó al piso, y, con el pie, lo deshice, llevándolo hasta la alfombra.

—Estuviste presente en la pericia judicial, Carlos; viste lo que ocurrió: Celia fue absuelta, y, a menos que se presenten nuevas pruebas, quedará absuel­ta —dije.

—¡Pruebas! Por Dios, ¿qué más pruebas se ne­cesitan? Estaban discutiendo como dos fieras, en la parte superior de la escalera. Celia la tomó a Jessie y la tiró escaleras abajo; y la mató. Eso se llama ase­sinar, ¿no? Lo mismo que si le hubiera dado veneno, o tirado un tiro, o cualquier cosa semejante, si la escalera no hubiera estado a tiro.

Me senté, pesadamente, en el viejo sillón tapizado en cuero, y observé cómo se iba formando la ceniza en mi cigarro.

—Déjame que exponga el caso desde el punto de vista legal —dije y el tono monocorde de mi voz debe haber dado la impresión que recitaba una fór­mula aprendida de memoria—. En primer lugar no hubo testigos.

—Oí gritar a Jessie y la oí caer —dijo empecina­damente—, cuando salí corriendo y la encontré ahí, oí que Celia cerraba la puerta de su pieza de un golpe. Le dio un empujón a Jessie y salió a la carrera, co­mo una rata, para ponerse fuera de peligro.

—Pero, en realidad, tú no viste nada. Y, como Ce­lia sostiene que ella no estaba en el lugar del hecho, no hubo testigos. En otras palabras, el relato de Ce­lia excluye el tuyo, y, desde que no fuiste testigo ocular, no puedes convertir en asesinato lo que bien podría haber sido un accidente.

Carlos sacudió la cabeza, desaprobando.

—Eso tú no lo crees —dijo—. En realidad tú no lo crees. Porque si lo crees, puedes irte de aquí ahora mismo y nunca más acercarte a mí.

—Lo que yo crea, debe tenerte sin cuidado. Quie­ro mostrarte el aspecto legal del caso. Veamos las posibles motivaciones del caso. ¿Qué podía ganar Celia con la muerte de Jessie? No se trata de dinero o propiedades: la situación económica de ella es igual a la tuya.

Carlos se sentó al borde de la cama, y, con las manos apoyadas sobre las rodillas, se inclinó hacia mí.

—No —dijo en voz que parecía un susurro—. ¡No se trata de dinero o propiedades!

Extendí los brazos, en un gesto de impotencia.

—¿Comprendes?

—Pero tú sabes de qué se trata —dijo—. De mí: primero fue la vieja, a la que le daba un ataque al corazón no bien yo intentaba afirmar mi indepen­dencia. Cuando se murió y me creí libre, fue Celia. Desde que me levantaba por la mañana, hasta que me acostaba, Celia estaba en todos los pasos que yo da­ba. No tenía marido ni hijos ¡pero me tenía a mí!

—Es tu hermana, Carlos. Te quiere —le dije con calma. Volvió a reírse con la misma carcajada corta y desagradable.

—Me quiere como la hiedra quiere al árbol. Cuan­do reflexiono ahora, no me explico cómo lo pudo hacer, pero bastaba con que me mirase de una ma­nera especial, para que yo perdiese toda mi energía. Y así fue, hasta que encontré a Jessie... Me acuerdo del día en que la traje a casa y le dije a Celia que nos habíamos casado. Tuvo que tragarse la noticia; pero tenía una expresión en los ojos, como la que tenía cuando, de un empujón, la tiró escaleras abajo.

—Pero en la pericia judicial tú admitiste no ha­berla oído nunca amenazar a Jessie, ni tampoco tra­tar de hacerle daño —le dije.

—¡Claro que nunca vi nada! Pero cuando Jessie andaba por la casa, amargada hasta los tuétanos, sin decir palabra; o, cuando, acostada, lloraba y no me decía por qué, yo comprendía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Tú sabes cómo era Jessie. No era elegante ni bonita, pero era todo corazón, y me ado­raba. Y, cuando, apenas un mes más tarde, empezó a perder su alegría, yo sabía por qué. Les hablé a las dos, y las dos negaron todo. Lo único que yo podía hacer, era esquivar los conflictos. Pero cuando ocu­rrió esto, cuando vi a Jessie tirada ahí, no me sor­prendió. Quizá te parezca raro, pero ¡no me sorpren­dió en lo más mínimo!

—Creo que no debe haber sorprendido a nadie que la conozca a Celia —dije— pero eso no da base para iniciar un juicio.

Se dio un puñetazo en la rodilla y empezó a ha­macarse de lado a lado.

—¿Qué puedo hacer? —dijo—. Para eso es que te necesito, para que me digas qué debo hacer. Me he pasado la vida sin hacer nada, por culpa de ella. Ella especula sobre eso: que no haré nada y que las cosas quedarán así. Después de un tiempo, las cosas se apla­carán, y estaremos, de nuevo, en el punto de partida.

—Carlos, te estás excitando sin motivo —dije.

Se puso de pie, miró la puerta, luego a mí.

—Pero hay algo que puedo hacer —dijo en un su­surro—. ¿Sabes qué?

Esperó, con la obvia expectativa de quien propone un acertijo inteligente, para dejar mudo a su inter­locutor. Me puse de pie, mirándolo de frente y moví la cabeza lentamente.

—No —dije—. Sea lo que sea, quítatelo de la cabeza.

—No me confundas —dijo—. Tú bien sabes que puedes matar impunemente, si eres tan hábil como Celia. ¿Crees que yo no soy tan hábil como ella?

Lo tomé firmemente por los hombros.

—Por amor de Dios, Carlos —le dije—. No empie­ces a hablar así.

Consiguió desasirse de mis manos y retrocedió, tam­baleando, contra la pared. Los ojos le brillaban y se le veían los dientes a través de los labios estirados.

—¿Qué debo hacer? —gritó—. ¿Olvidarme de todo, ahora que Jessie está muerta y enterrada? ¿Quedarme aquí sentado, hasta que Celia se canse de tenerme miedo y me mate también?

En la pequeña refriega, mis años y mis kilos me delataron, y comprobé que me faltaba dignidad y aliento.

—Hay algo que te voy a decir —le dije—. No has salido de esta casa desde el día de la pericia. Es hora de que lo hagas, aunque sólo sea para caminar por las calles y mirar a tu alrededor.

—¿Y que todos se rían al verme pasar?

—Ensáyalo y verás —le dije—. Al Sharpe me dijo que unos amigos tuyos van a estar, esta noche, en el bar y que les gustaría verte. Ése es mi consejo, aunque valga poco.

—No vale nada —dijo Celia. La puerta se había abierto y allí estaba: rígida, con los ojos entornados, protegiéndose de la luz. Carlos se volvió hacia ella, apretando y aflojando los músculos de las mandíbulas.

—¡Celia!  —dijo—.  Te ordené que  no volvieras  a entrar en esta pieza.

La  cara de Celia  permaneció impasible.

—No he entrado. Vine a decirte que la comida está lista.

Él dio un paso amenazante hacia ella.

—¿Estuviste con la oreja pegada a la puerta, todo el tiempo necesario para oír lo que yo dije? ¿O quie­res que te lo repita?

—Oí algo despiadado e inmundo —dijo con calma— una invitación para ir a beber y estar de jarana, cuando hay duelo en esta casa. ¡Creo que me asiste el derecho de oponerme a eso!

Carlos la miró, incrédulo, y tuvo que buscar las pa­labras para contestar.

—¡Celia! —dijo—. ¡Dime que no lo dices en serio! Sólo la  última de las hipócritas, o alguien que  no esté en  su sano juicio, podría decir en serio lo que acabas de decir.

Estas palabras tuvieron el efecto de una chispa en ella.

—¡Que no estoy en mi sano juicio! —gritó—. ¿Tú te atreves a usar esa frase? Encerrado en tu pieza, hablando a solas, pensando quién sabe qué cosas.

De repente se volvió a mí.

—¿Has hablado con él? Te habrás dado cuenta. ¿Es posible que...?

—Está tan en su juicio, como tú, Celia —le dije, pesadamente.

—Entonces debería saber que no se va a los bares a beber, en momentos como éste. ¿Cómo te atreviste a proponérselo?

Me arrojó la pregunta, con un aire tal de triunfo maligno, que perdí los estribos.

—Si no hubieses estado a punto de tirar todo lo que era de Jessie, Celia, ¡tomaría en serio tu pre­gunta!

Fue un desacierto de mi parte decirle eso, e inme­diatamente tuve motivos para lamentarlo. Antes de que pudiera moverme, Carlos pasó delante de mí, fue hacia ella y la tomó por los brazos, impidiéndole moverse.

—¡Tuviste la audacia de entrar en su pieza! —dijo, con ira, mientras la sacudía con furia—. ¡Dime! —Y luego, interpretando como respuesta el pánico en la cara de Celia, le soltó los brazos, como si estuvieran al rojo vivo, y se quedó encogido, con la cabeza in­clinada.

Celia le extendió la mano, tratando de aplacarlo.

—Carlitos —le decía, lloriqueando—. No entiendes. El tener las cosas de Jessie, aquí, te molesta. No qui­se más que ayudarte.

—¿Dónde están las cosas de ella?

—Al lado de la escalera, Carlitos. Todo está ahí.

Carlos salió escaleras abajo, y, al oír el ruido de sus pasos, alejándose inseguros, sentí que los latidos de mi corazón recobraban su ritmo normal. Celia se volvió hacia mí, y había tal feroz odio en su cara, que lo único que yo deseaba en ese momento era salir de la casa en seguida. Recogí mis cosas de en­cima de la cama y, pasando por delante de ella, me dirigí decididamente hacia la puerta. Pero ella se in­terpuso.

—¿Ves lo que has hecho? —susurraba roncamen­te—. Ahora tendré que juntar todo, otra vez. Me fa­tigo; pero tendré que volver a juntar todo... todo por culpa tuya.

—Eso es cuestión tuya, Celia —le dije con frialdad.

—Tú —decía—. ¡Tú, viejo idiota! Te debería haber tocado a ti, junto con ella, cuando yo...

Le di un golpe rápido con el bastón sobre el hom­bro y la vi encogerse de dolor.

—Como abogado tuyo, Celia —le dije— te aconse­jo que hables sólo cuando duermas, es decir, cuando no seas responsable de lo que dices.

Celia no dijo más que esto, pero tuve buen cuidado de no quitarle los ojos de encima hasta que me en­contré en la calle, de nuevo.

De la casa Boerum hasta el bar de Al Sharpe no había más que unos pocos pasos. Los di rápidamente, contento de sentir el aguijón del aire fresco de in­vierno en la cara. Al estaba solo, detrás del mos­trador, atareado secando vasos. Cuando me vio en­trar, me saludó animadamente.

—Feliz Navidad, abogado —dijo.

—Lo mismo le digo —dije y le vi poner sobre el mostrador una botella de aspecto simpático y un par de vasos.

—Llega usted con la regularidad de las estaciones, abogado —dijo Al, sirviendo dos copas de bebida fuer­te—. Lo estaba esperando, en este momento justo.

Bebimos a nuestra salud y Al se inclinó, con tono confidencial, sobre el mostrador.

—¿Viene de allí?

—Sí —le dije.

—¿Lo  vio  a Carlos?

—Y a Celia —le dije.

—Bueno —dijo Al— eso no es raro. Yo la he visto también, cuando viene de compras. Anda corriendo, agachada, con la cabeza cubierta con ese chal negro, como si algo la persiguiera. Estoy seguro de que de eso se trata.

—Creo que así es —dije.

—Pero Carlos. Él es el que me preocupa. Nunca lo veo pasar... ¿Le dijo que me gustaría verlo alguna vez?

—Sí. Se lo dije.

—¿Qué le contestó?

—Nada. Celia le dijo que estaba mal que viniera aquí, estando de duelo.

Al lanzó un silbido suave y expresivo, haciendo girar el dedo índice en la sien derecha.

—Dígame —dijo—, ¿le parece que es conveniente que estén los dos solos? Quiero decir, como están las cosas, y corno sufre Carlos, no sería raro que hubie­ra otra desgracia.

—Esta noche todo parecía indicarlo —dije—. Pe­ro pasó.

—Hasta la próxima vez —dijo Al.

—Yo estaré ahí, entonces —dije.

Al me miró y movió la cabeza.

—Nada cambia en esa casa —dijo—. Nada, en ab­soluto. Por eso se pueden anticipar todas las res­puestas. Es por eso que yo sabía que usted vendría hoy y que conversaríamos de esto.

Yo todavía tenía en la nariz el olor a podrido seco de la casa, y sabía que pasarían días antes de que me lo sacara de la ropa.

—Me gustaría suprimir, para siempre, el día de hoy del almanaque —dije.

—Y dejarlos que se las arreglen solos. Les vendría bien.

—No están solos —dije—. Jessie está con ellos. Jessie estará siempre con ellos, hasta que la casa, y todo lo que hay en ella, desaparezca.

Al frunció el ceño.

—Es lo más raro que ha sucedido en esta ciudad. La casa toda negra; ella, corriendo por las calles, como perseguida; y él, tendido en la cama, mirando las paredes, porque... ¿cuándo fue que Jessie se ca­yó abogado?

Moviendo los ojos apenas un poco, pude ver, por detrás de Al, mi cara reflejada en el espejo: rubi­cunda, de mandíbulas fuertes, algo incrédulo.

—Hace veinte años —me oí decir—. Justamente hoy hace veinte años.

 


Ray Bradbury

EL ASESINO

 

La música se movía con él por los blancos pasillos. Pasó ante una puerta de oficina: La viuda alegre. Otra puerta: La siesta de un fauno. Una tercera: Bésame otra vez. Dobló en un corredor. La danza de las espadas lo sepultó bajo címbalos, tambores, ollas, sartenes, cuchillos, tenedores, un trueno y un relámpago de estaño. Todo quedó atrás cuando llegó a una antesala donde una secretaria estaba hermosamente aturdida por la Quinta de Beethoven. Pasó ante los ojos de la muchacha como una mano; ella no lo vio.

La radio pulsera zumbó.

—¿Si?

—Es Lee, papá. No olvides mi regalo.

—Sí, hijo, sí. Estoy ocupado.

—No quería que te olvidases, papá —dijo la radio pulsera.

Romeo y Julietade Tchaikovsky cayó en enjambres sobre la voz y se alejó por los largos pasillos.

El psiquiatra caminó en la colmena de oficinas, en la cruzada polinización de los temas. Stravinsky unido a Bach, Haydn rechazando infructuosamente a Rachmaninoff, Schubert golpeado por Duke Ellington. El psiquiatra saludó con la cabeza a las canturreantes secretarias y a los silbadores médicos que iban a iniciar el trabajo de la mañana. Llegó a su oficina, corrigió unos pocos textos con su lapicera, que cantó entre dientes, luego telefoneó otra vez al capitán de policía del piso superior. Unos pocos minutos más tarde, parpadeó una luz roja, y una voz dijo desde el cielo raso:

—El prisionero en la cámara de entrevistas número nueve.

Abrió la puerta de la cámara, entró, y oyó que la cerradura se cerraba a sus espaldas.

—Váyase —dijo el prisionero, sonriendo.

La sonrisa sobresaltó al psiquiatra. Una sonrisa soleada y agradable, que iluminaba brillantemente el cuarto. El alba entre lomas oscuras. El mediodía a medianoche, aquella sonrisa. Los ojos azules chispearon serenamente sobre aquella confiada exhibición de dientes.

—Estoy aquí para ayudarlo —dijo el psiquiatra frunciendo el ceño.

Había algo raro en el cuarto. El médico había titubeado al entrar. Miró alrededor. El prisionero se rio.

—Si está preguntándose por qué hay aquí tanto silencio, deshice la radio a puntapiés.

Violento, pensó el doctor.

El prisionero le leyó el pensamiento, sonrió, y extendió una mano suave.

—No, sólo con las máquinas que chillan y chillan.

En la alfombra gris se veían pedazos de cable y lámparas de la radio de pared. Sintiendo sobre él aquella sonrisa como una lámpara calorífera, el psiquiatra se sentó frente a su paciente, en un silencio insólito que era como la amenaza de una tormenta.

—¿Es usted el señor Albert Brock que se llama a sí mismo El Asesino?

Brock asintió agradablemente.

—Antes de empezar. —Se movió con rapidez y sin ruido y le sacó al doctor la radio pulsera. La mordió como si fuese una nuez, y la radio crujió y estalló. Brock se la devolvió al médico como si le hubiese hecho un favor—. Es mejor así.

El psiquiatra se quedó mirando el arruinado aparato.

—Su cuenta de daños y perjuicios está creciendo.

—No me importa —sonrió el paciente—. Como dice la vieja canción: ¡No me importa lo que pasa!

El hombre tarareó.

—¿Empezamos? —dijo el psiquiatra.

—Muy bien. Mi primera víctima, o una de las primeras, fue el teléfono. Un crimen espantoso. Lo eché en el sumidero mecánico de mi cocina. Puse el aparato en punto medio. El pobre teléfono murió por estrangulación lenta. Luego maté a tiros el televisor.

—Mmm —dijo el psiquiatra.

—Le disparé seis tiros en el cátodo. Se oyó un hermoso tintineo, como una araña de luces que cae al piso.

—Linda imagen.

—Gracias, siempre soñé con ser escritor.

—¿Por qué no me dice cuando empezó a odiar el teléfono?

—Me aterrorizaba ya en la infancia. Un tío mío lo llamaba la máquina de los fantasmas. Voces sin cuerpo. Me ponía los pelos de punta. Más tarde, nunca me sentí cómodo. El teléfono me parecía un instrumento impersonal. Si a él se le ocurría, dejaba que la personalidad de uno fuese por sus cables. Si no lo quería así, lo mismo le sacaba a uno la personalidad hasta que por el otro extremo salía una voz de pescado frío, toda acero, cobre, plásticos, sin calor, sin realidad. Es fácil decir alguna inconveniencia cuando se habla por teléfono; el teléfono cambia el significado de las frases. Y al fin uno se entera de que se ha ganado un enemigo. Luego, por supuesto, el teléfono es algo tan conveniente. Ahí está, exigiendo que uno llame a alguien que no quiere que lo llamen. Mis amigos estaban siempre llamando, llamando, llamándome. Demonios, no me dejaban tiempo para nada. Cuando no era el teléfono, era la televisión, la radio, el fonógrafo. Cuando no era la televisión, la radio o el fonógrafo eran las películas en el cine de la esquina, películas proyectadas en nubes bajas, con publicidad. Ya no llueve más agua, llueve espuma de jabón. Cuando no eran los anuncios en nubes de alta visibilidad, era la música de Mozzek en todos los restaurantes; música y anuncios en los ómnibus que me llevaban al trabajo. Cuando no era la música, eran los intercomunicadores de la oficina, y la cámara de horror de una radio pulsera desde donde mis amigos y mi mujer me llamaban cada cinco minutos. ¿Qué hay en esas conveniencias que las hace parecer tan tentadoramente convenientes? El hombre común piensa: Aquí estoy, dispongo de tiempo, y aquí en mi muñeca hay un teléfono pulsera. ¿Por qué no llamar al viejo Joe, eh? "¡Hola, hola!" Quiero mucho a mis amigos, a mi mujer, la humanidad. Pero cuando mi mujer me llama para preguntarme: "¿Dónde estás ahora, querido?", y un amigo me llama y dice: "¿Conoces este chiste verde? Parece que una vez un tipo..." Y un desconocido me llama y grita: "Esta es la encuesta Encuentra-Rápido. ¿Qué caramelo de goma está masticando en este instante?" ¡Bueno!

—¿Cómo se sentía durante la semana?

—Al borde del precipicio. Aquella misma mañana hice eso en la oficina.

—¿Qué fue?

—Eché un vaso de agua en el intercomunicador.

El psiquiatra anotó en su libreta.

—¿Y el sistema se cerró?

—¡Magníficamente! ¡El cuatro de julio en ruedas! Dios mío, las estenógrafas corrían de un lado a otro como perdidas. ¡Qué confusión!

—¿Se sintió mejor durante un tiempo, eh?

—¡Muy bien! Al mediodía se me ocurrió cerrar la radio pulsera en la calle. Una voz aguda me gritaba: "Encuesta popular número nueve. ¿Qué almuerza usted?" En ese mismo momento, ¡se acabó la radio pulsera!

—¿Se sintió mejor aún, eh?

—¡Cada vez mejor! —Brock se frotó las manos—. ¿Por qué no iniciar, pensé, una revolución solitaria, liberando al hombre de ciertas "conveniencias"? "¿Conveniente para quién?" grité. Conveniente para los amigos. "Eh, Al, te llamo desde el bar de Green Hills. Acabo de abrir una botella de whisky, Al. Hermoso día. Ahora estoy tomando unos tragos. ¡Pensé que te gustaría saberlo, Al!" Conveniente para mi oficina, de modo que cuando ando trabajando en mi coche, la radio no pierde el contacto conmigo. ¡Contacto! Palabra tímida. Contacto, demonios. ¡Estrujamiento! Manoseo, mejor. Aporreo y masajeo. Uno no puede dejar el coche sin avisar: "Me he detenido en la estación de gasolina para ir al cuarto de baño." "Muy bien, Brock, ¡rápido!" "Brock, ¿por qué tarda tanto?" "Lo siento, señor." "Que no se repita, Brock." "¡No, señor!" ¿Sabe usted que hice, doctor? Compré un cuarto kilo de helado de chocolate y lo eché en el transmisor de radio del coche.

—¿Tuvo alguna razón especial para echar en el aparato helado de chocolate?

Brock pensó un momento y sonrió.

—Es mi helado favorito.

—Ah —dijo el doctor.

—Pensé, demonios, lo que es bueno para mí es bueno también para el transmisor.

—¿Y por qué echar helado en la radio?

—Hacía calor.

El doctor calló un momento.

—¿Y qué vino luego?

—Luego vino el silencio. Dios, era hermoso. Aquella radio del auto cocleando todo el día. Brock, venga aquí, Brock, vaya allá, Brock, llame, Brock, escuche, muy bien, Brock, hora de almorzar, Brock, ha terminado el almuerzo, Brock, Brock, Brock, Brock. Bueno, aquel silencio fue como si me hubiese echado helado en las orejas.

—Parece que le gusta mucho el helado.

—Me paseé en el auto disfrutando del silencio. Es la franela más blanda y suave del mundo. El silencio. Una hora entera de silencio. Yo paseaba en el coche, sonriendo, sintiendo aquella franela en mis oídos. ¡Me emborraché de libertad!

—Continúe.

—Entonces se me ocurrió lo de la máquina portátil de diatermia. Alquilé una, y aquella noche subí con ella al ómnibus que me llevaría a casa. Todos los viajeros hablaban con sus mujeres por la radio pulsera diciendo: "Ahora estoy en la calle Cuarenta y tres, ahora en la Cuarenta y cuatro, aquí estoy en la Cuarenta y nueve, ahora doblamos en la Sesenta y una." Un marido maldecía: "Bueno, sal de ese bar, maldita sea y vete a casa a preparar la cena. ¡Estoy en la Setenta!" Y una radio de transistores tocaba Cuentos de los bosques de Viena, y un canario cantaba una canción acerca de una sopa de cereales. En ese momento ¡encendí mi aparato de diatermia! ¡Estática! ¡Interferencia! Todas las mujeres separadas de los maridos que habían acabado una dura jornada en la oficina. ¡Todos los maridos separados de sus mujeres que acababan de ver cómo sus chicos rompían una ventana! Talé los Bosques de Viena. El canario se atragantó. ¡Silencio! Un terrible, inesperado silencio. Los pasajeros del ómnibus tuvieron que afrontar la posibilidad de conversar entre ellos. ¡El pánico! ¡Un pánico puro y animal!

—¿Se lo llevó la policía?

—El ómnibus tuvo que detenerse. Después de todo, la música había desaparecido, maridos y mujeres habían perdido contacto con la realidad. Un pandemonio, un tumulto, y un caos. ¡Ardillas que chillaban en sus jaulas! Llegó una patrulla, me descubrieron rápidamente, me endilgaron un discurso, me multaron, y me mandaron a casa, sin el aparato de diatermia, en un santiamén.

—Señor Brock, ¿puedo sugerirle que su conducta hasta ese momento no había sido muy... práctica? Si no le gustaban las radios de transistores, o las radios de oficina, o las radios de auto, ¿por qué no se unió a alguna asociación de enemigos de la radio, firmó petitorios, o luchó por normas legales y constitucionales? Al fin y al cabo, estamos en una democracia.

—Y yo —dijo Brock— estoy en lo que se llama una minoría. Me uní a asociaciones, firmé petitorios, llevé el asunto a la justicia. Protesté todos los años. Todos se rieron. Todos amaban las radios y los anuncios. Yo estaba fuera de lugar.

—Entonces tenía que haberse conducido como un buen soldado, ¿no le parece? La mayoría manda.

—Pero han ido demasiado lejos. Si un poco de música y "mantenerse en contacto" es agradable, piensan que mucha música y mucho "contacto" será diez veces más agradable. ¡Me volvieron loco! Llegué a casa y encontré a mi mujer histérica. ¿Por qué? Porque había perdido todo contacto conmigo durante medio día. ¿Recuerda que bailé sobre mi radio pulsera? Bueno, aquella noche hice planes para asesinar la casa.

—¿Pero quiere que lo escriba así? ¿Está seguro?

—Es semánticamente exacto. Había que enmudecerla. Mi casa es una de esas casas que hablan, cantan, tararean, informan sobre el tiempo, leen novelas, tintinean, entonan una canción de cuna cuando uno se va a la cama. Una casa que le chilla a uno una ópera en el baño y le enseña español mientras duerme. Una de esas cavernas charlatanas con toda clase de oráculos electrónicos que lo hacen sentirse a uno poco más grande que un dedal, con cocinas que dicen: "Soy una torta de durazno, y estoy a punto", o "Soy un escogido trozo de carne asada, ¡sácame!", y otros cantitos semejantes. Con camas que lo mecen a uno y lo sacuden para despertarlo. Una casa que apenas tolera a los seres humanos, se lo aseguro. Una puerta de calle que ladra: "¡Tiene los pies embarrados, señor!" Y el galgo de un vacío electrónico que lo sigue a uno olfateándolo de cuarto en cuarto, sorbiendo todo fragmento de uña o ceniza que uno deja caer. ¡Jesucristo! ¡Jesucristo!

—Cálmese —sugirió el psiquiatra.

—¿Recuerda aquella canción de Gilbert y Sullivan, Lo he anotado en mi lista, y jamás lo olvidaré? Me pasé la noche anotando quejas. A la mañana siguiente me compré una pistola. Me embarré los zapatos a propósito. Me planté ante la puerta de calle. La puerta chilló: "¡Pies sucios, pies embarrados! ¡Límpiese los pies! ¡Por favor sea aseado!" Le disparé un tiro por el ojo de la cerradura. Corrí a la cocina, donde el horno lloriqueaba: "¡Apáguenme!" En medio de una tortilla mecánica, enmudecí la cocina. O cómo siseó y gritó: "¡Un corto circuito!" Entonces sonó el teléfono, como un murciélago. Lo eché en el sumidero mecánico. Debo declarar aquí que no tengo nada contra el sumidero. Lo siento por él, un dispositivo útil sin duda, que nunca dice una palabra, ronronea como un león somnoliento la mayor parte del tiempo, y digiere nuestros restos. Lo arreglaré. Luego fui y maté el televisor, esa bestia insidiosa, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco, y yo mismo siempre volviendo a él, volviendo y esperando, hasta que... ¡pum! Como un pavo sin cabeza, mi mujer salió chillando a la calle. Vino la policía. ¡Y aquí estoy!

Brock se echó hacia atrás, feliz, y encendió un cigarrillo.

—¿Y no pensó usted, al cometer esos crímenes, que la radio pulsera, el transmisor, el teléfono, la radio del ómnibus, los intercomunicadores, eran todos alquilados, o pertenecían a algún otro?

—Lo haría otra vez, que Dios me proteja.

El psiquiatra se quedó inmóvil bajo el sol de aquella beatífica sonrisa.

—¿Y no quiere que lo ayude la Oficina de Salud Mental? ¿Está preparado a soportar las consecuencias?

—Esto es sólo el comienzo —dijo el señor Brock—. Soy la vanguardia de unos pocos cansados de ruidos y órdenes y empujones y gritos, y música en todo momento, en todo momento en contacto con alguna voz de alguna parte, haz esto, haz aquello, rápido, rápido, ahora aquí, ahora allá. Ya veremos. La rebelión comienza. ¡Mi nombre hará historia!

—Mmm.

El psiquiatra parecía pensativo.

—Llevará tiempo, por supuesto. Era tan agradable al principio. La sola idea de esas cosas, tan prácticas, era maravillosa. Eran casi juguetes con los que uno podía divertirse. Pero la gente fue demasiado lejos, y se encontró envuelta en una red de la que no podía salir, ni siquiera advertía que estaba dentro. Así que dieron a sus nervios otro nombre "La vida moderna", dijeron. "Tensión", dijeron. Pero recuérdelo, se ha echado la semilla. Me conocen en todo el mundo gracias a la TV, la radio, las películas. Es una ironía. Eso fue hace cinco días. Un billón de personas me conoce. Revise las columnas de las finanzas. Un día notará algo. Quizá hoy mismo. ¡Un alza repentina en las ventas de helado de chocolate!

—Entiendo —dijo el psiquiatra.

—¿Puedo volver a mi hermosa celda privada, donde podré estar solo y en silencio durante seis meses?

—Sí —dijo el psiquiatra en voz baja.

—No se preocupe por mí —dijo el señor Brock incorporándose—. Me voy a entretener un tiempo metiéndome ese blando, suave y callado material en las orejas.

—Mmm —dijo el psiquiatra yendo hacia la puerta.

—Saludos —dijo el señor Brock.

—Sí —dijo el psiquiatra.

Apretó el botón oculto de acuerdo con la clave. La puerta se abrió, el psiquiatra salió del cuarto, la puerta se cerró. El psiquiatra atravesó oficinas y corredores. Los primeros veinte metros de su marcha fueron acompañados por El tamboril chino. Luego se oyó Tzigana, Passacaglia y fuga en algo menor, El paso del tigre, El amor es como un cigarrillo. Sacó la radio pulsera rota del bolsillo como una manta religiosa muerta. Entró en su oficina. Sonó un timbre. Una voz vino del cielo raso:

—¿Doctor?

—Acabo de terminar con Brock.

—¿Diagnóstico?

—Parece completamente desorientado, pero jovial. Rehúsa aceptar las más simples realidades de su ambiente, y cooperar con ellas.

—¿Pronóstico?

—Indefinido. Lo dejé disfrutando con un trozo de material invisible.

Llamaron tres teléfonos. Un duplicado de su radio pulsera zumbó en un cajón del escritorio como una langosta herida. El intercomunicador lanzó una luz rosada y un clic-clic. Llamaron tres teléfonos. El cajón zumbó. Entró música por la puerta abierta. El psiquiatra, tarareando entre dientes, se puso la nueva radio pulsera en la muñeca, abrió el intercomunicador, habló un momento, atendió un teléfono, habló, atendió otro teléfono, habló, atendió un tercer teléfono, habló, tocó el botón de la radio pulsera, habló serenamente y en voz baja, con una cara descansada y tranquila, mientras se oía música y las luces se apagaban y encendían, los dos teléfonos llamaban otra vez, y él movía las manos, y la radio pulsera zumbaba, y los intercomunicadores conversaban, y unas voces hablaban desde el techo. Y así siguió serenamente el resto de una larga y fresca tarde de aire acondicionado; teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera...

 

De Las doradas manzanas del sol, Buenos Aires, Ediciones Minotauro, 1961.

 


Ernest Hemingway

CAMPAMENTO INDIO

En la orilla del lago habían preparado otro bote, y dos indios esperaban a su lado.

Nick y su padre se ubicaron en la popa y los indios pusieron la embarcación en movimiento. Uno de ellos remaba. Tío Jorge se sentó en la popa del bote del campamento. El indio joven lo alejó un poco de la orilla y después subió para remar.

Las dos embarcaciones empezaron a navegar en la oscuridad. Nick oyó el ruido de las horquillas del otro bote, más adelante, pues la niebla le impedía verlo. Los nativos remaban con golpes rápidos y violentos. Nick estaba recostado, y su padre lo rodeaba con el brazo. Hacía frío en el lago. El indio remaba con todas sus fuerzas, pero el otro bote siempre le llevaba ventaja.

-¿Adónde vamos, papá? -preguntó Nick.

-Al campamento indio. Hay una señora muy enferma.

-¡Ah!- dijo Nick.

El bote del Tío Jorge llegó antes a la otra orilla. Cuando ellos desembarcaron, aquél estaba fumando un cigarro. La oscuridad era completa. El indio joven empujó el bote hacia la playa y Tío Jorge les dio cigarros a los dos remeros.

Después atravesaron una pradera empapada de rocío. El indio joven iba delante con el farol. Pasaron por el monte y siguieron un rastro hasta el camino para el transporte de trozas que volvió hacia las colinas. Allí había más claridad, pues el monte estaba cortado a ambos lados. El guía se detuvo y apagó el farol de un soplido. Finalmente, avanzaron todos por el ancho camino.

Dieron vuelta una curva y apareció un perro ladrando. Más allá se veían las luces de las chozas de los leñadores indios. Unos cuantos perros más salieron al encuentro de los recién llegados. Los dos indios los hicieron regresar a las chozas. En la que estaba más cerca del camino había luz en la ventana, y en la puerta esperaba una anciana con el farol encendido.

Adentro, una india joven yacía en una tarima de madera. Durante dos días trató de dar a luz. Todas las ancianas del campamento la ayudaron. Los hombres, por su parte, iban a fumar al camino, lejos de allí, para no oír los quejidos de la mujer. Estaba gritando cuando Nick y los dos indios entraron detrás de su padre y Tío Jorge. Ella estaba acostada en la tarima inferior. Parecía enorme bajo la colcha. La tarima de arriba la ocupaba su marido, que tres días antes se había cortado un pie con el hacha. Fumaba en pipa. El olor de la habitación apestaba.

El padre de Nick ordenó que pusieran un poco de agua al fuego, y mientras ésta se calentaba habló con el muchacho:

Esta señora va a tener un hijo, Nick.

-Ya lo sé.

-No, no lo sabes -prosiguió el padre-. Escúchame. Está sufriendo los llamados dolores del parto. La criatura quiere nacer y ella quiere que nazca. Todos sus músculos están tratando de que salga la criatura. Eso es lo que ocurre cuando grita.

-Comprendo -asintió Nick.

En ese instante, la mujer lanzó un fuerte quejido.

-¡Oh! ¿Y no puedes darle algo para calmarla, papá? -preguntó el joven.

-No. No tengo ningún anestésico. Pero sus gritos no tienen importancia. No los oigo, porque no tienen importancia.

En la tarima superior, el marido se volvió contra la pared.

La mujer que cuidaba el agua indicó al médico que ya estaba caliente. El padre de Nick fue a la cocina y echó la mitad del líquido de la enorme olla en una palangana. En el agua que quedó en la olla puso varias cosas que llevaba envueltas en un pañuelo.

-Esto tiene que hervir -dijo mientras empezaba a lavarse las manos en la palangana con el pan de jabón que había traído del campamento.

Nick observó atentamente el cuidado con que su padre se restregaba ambas manos. En ese momento volvió a dirigirle la palabra:

-Como verás, Nick, primero tiene que salir la cabeza de la criatura, aunque a veces no ocurre así. Entonces se producen muchos inconvenientes para todos. Quizá tengamos que operar a esta mujer. Dentro de un ratito lo sabremos.

Una vez terminado el minucioso lavado, se dispuso a trabajan

-¿Quieres retirar esa colcha, Jorge? Prefiero no tocarla, ahora que tengo las manos bien limpias.

Luego, cuando comenzó a operar, Tío Jorge y tres indios sujetaron a la mujer, que en una ocasión mordió a Tío Jorge en el brazo, haciéndole exclamar.

-¡India perra de porquería!

Y el indio que remó su bote lanzó una carcajada. Nick sostenía la palangana al lado de su padre, que tardó largo rato. Finalmente, sacó la criatura, le dio una palmada para hacerla respirar y la entregó a la anciana.

-Mira, es un niño, Nick. ¿Qué opinas, como practicante?

-Que está muy bien -dijo Nick, mirando hacia otro lado para no ver lo que hacía el padre.

-Así. Eso es -dijo éste poniendo algo en la palangana.

Nick apartó la mirada de nuevo.

-Ahora hacen falta varias puntadas. Haz lo que te parezca, Nick. Si quieres mirar, mira, y si no, no. Voy a coser la incisión anterior.

Nick no observó la operación. Ya había perdido toda curiosidad...

Su padre terminó, incorporándose. Tío Jorge y los tres indios también se pusieron de pie. Nick llevó la palangana a la cocina.

Tío Jorge se miró el brazo, y el indio joven sonrió al recordar la escena del mordisco.

-Te pondré un poco de peróxido, Jorge -le dijo el médico.

Luego se inclinó sobre la mujer, muy pálida y quieta y con los ojos cerrados. Había perdido el sentido.

-Volveré por la mañana -explicó el doctor, poniéndose de pie-. La enfermera de San Ignacio llegará aquí a mediodía con todo lo que necesitamos.

Se sentía muy alegre y locuaz, igual que los jugadores de fútbol reunidos en el vestuario después del partido.

-Esto es como para publicarlo en el boletín médico, Jorge -manifestó-. ¡Imagínate! ¡Hacer una operación cesárea con una navaja y coser la herida con hilo de tripa! ¡Casi nada!

Tío Jorge estaba apoyado contra la pared. Seguía mirándose el brazo.

-¡Oh! No hay duda de que eres un gran hombre -afirmó.

-Ahora hay que echarle un vistazo al orgulloso padre. Generalmente, son los que más sufren en estas pequeñas tragedias. Aunque debo reconocer que se portó bastante bien.

Pero al retirar la colcha que cubría la cabeza del indio sacó la mano mojada. Entonces subió al borde de la tarima inferior y miró la otra con la ayuda del farol. El nativo yacía con la cara hacia la pared. Un tajo de oreja a oreja atravesaba su garganta. La sangre formaba un charco en la parte del lecho hundida por el cuerpo. La cabeza descansaba sobre el brazo izquierdo, y la navaja abierta estaba encima de las frazadas.

-Hazlo salir a Nick, Jorge -dijo el doctor.

Pero no hubo necesidad de hacerlo, pues Nick, desde la puerta de la cocina, pudo ver la tarima cuando su padre, farol en mano, echó hacia atrás la cabeza del indígena.

Empezaba a aclarar cuando regresaron al lago por el camino de los leñadores.

-Estoy arrepentidísimo de haberte traído, Nickie -dijo su padre. Ya había desaparecido el regocijo que sucedió a la operación-. Ha sido algo espantoso, poco conveniente para ti.

-¿Y las mujeres siempre sufren tanto cuando dan a luz? -preguntó Nick.

-No, esto ha sido algo excepcional, muy excepcional.

-¿Y por qué se suicidó él, papá?

-No sé, Nick. No habrá podido aguantar lo que ocurrió, supongo.

-¿Se suicidan muchos hombres en casos como éste?

-No muchos, Nick.

-¿Y las mujeres?

-Es raro.

-¿No se suicidan nunca?

-¡Oh! Sí. A veces lo hacen.

-Papá...

-¿Qué?

-¿Adonde fue Tío Jorge?

-Volverá enseguida.

-¿Se sufre mucho al morir, papá?

-No, creo que no. Nick, depende...

-Luego se sentaron en el bote: Nick en la proa, y su padre remando. El sol ya se asomaba por las colinas. Un róbalo saltó y formó un círculo en el agua. Nick introdujo la mano en el líquido, que estaba tibio no obstante el severo frío matinal.

A esa hora temprana, en el lago, sentado en la popa del bote, mientras su padre remaba, Nick tuvo la completa seguridad de que nunca moriría...

 


EZRA POUND Y SU BEL ESPRIT

Ezra Pound se portó siempre como un buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo. El estudio donde vivía con su esposa Dorothy, en la rué Notre-Dame-des-Champs, tenía tanto de pobre como tenía de rico el estudio de Gertrude Stein. El de Ezra sólo tenía mucha luz y una estufa para calentarlo, y había pinturas de artistas japoneses amigos suyos. Eran todos nobles en su país de origen, y llevaban el pelo muy largo. Era un pelo de un negro muy brillante, que basculaba adelante cuando hacían sus reverencias, y a mí me impresionaban todos mucho, pero no me gustaban sus pinturas. No las comprendía, pero no encerraban ningún misterio, y en cuanto llegué a comprenderlas me importaron un comino. Lo lamentaba muy sinceramente, pero no pude hacer nada por remediarlo.

Los cuadros de Dorothy sí que me gustaban mucho, y Dorothy me parecía muy hermosa, con un tipo maravilloso. También me gustaba el busto de Ezra que hizo Gaudier-Brzeska, y me gustaron todas las fotos de obras de este escultor que Ezra me enseñó, y que estaban en el libro del propio Ezra sobre él. A Ezra también le gustaba la pintura de Picabia, pero a mí me parecía entonces que no valía nada. Tampoco me gustaba nada la pintura de Wyndham Lewis, que a Ezra le entusiasmaba. Siempre le gustaban las obras de sus amigos, lo cual está muy bien como prueba de lealtad, pero puede ser un desastre a la hora de dar juicios. Nunca discutíamos sobre cosas de éstas, porque yo guardaba la boca callada cuando algo no me gustaba. Si a una persona le gustaban las pinturas o los escritos de sus amigos, yo lo miraba como algo parecido a lo de la gente que quiere a su familia, y es descortés criticársela. A veces, uno puede pasar mucho tiempo antes de tomar una actitud crítica ante su propia familia, la de sangre o la política, pero todavía es más fácil ir tirando con los malos pintores, porque nunca cometen maldades horribles ni le destrozan a uno en lo más íntimo, como son capaces de hacer las familias. Con los pintores malos, basta con no mirarles. Pero incluso cuando uno ha aprendido a no mirar a las familias ni escucharlas ni contestar a las cartas, la familia encuentra algún modo de hacerse peligrosa. Ezra era más bueno que yo, y miraba más cristianamente a la gente. Lo que él escribía era tan perfecto cuando se le daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus teorías falsas, y era tan cariñoso con la gente, que yo le consideré siempre como una especie de santo. Claro que también era iracundo, pero acaso lo han sido muchos santos.

Ezra quiso que yo le enseñara a boxear, y un día que le daba una lección en su estudio, a última hora de la tarde, conocí allí a Wyndham Lcwis. Ezra boxeaba desde muy poco tiempo, y me avergonzaba que se mostrara torpe ante un amigo suyo, y procuré que diera la mejor impresión posible. Pero no podía darla muy buena, porque la práctica de la esgrima le había resabiado, y yo estaba todavía intentando lograr que concentrara su boxeo en la mano izquierda y guardara el pie izquierdo adelantado, y que cuando tuviera que adelantar el pie derecho lo hiciera paralelamente al izquierdo. O sea que estábamos todavía en lo básico. No llegaba nunca a enseñarle cómo se dispara un gancho de izquierda, y en cuanto a enseñarle el hábito de retirar su derecha, eso lo reservaba para el futuro.

Wyndham Lewis llevaba un sombrero negro de alas anchas, como un personaje del barrio, y se vestía como un cantante en La Bohème. Su cara me recordaba la de una rana, y ni siquiera de una rana toro sino de una rana cualquiera, y París era una charca que le venía ancha. Por aquellos tiempos, pensábamos que un escritor o un pintor puede llevar cualquier vestimenta de la que sea poseedor, y que no hay uniforme oficial para el artista; pero Lewis llevaba el uniforme de un artista de antes de la guerra. Daba grima mirarle, pero él nos observaba muy engreído, mientras yo; esquivaba las izquierdas de Ezra o las blocaba en la palma de mi guante derecho.

Quise dejarlo, pero Lewis insistió para que continuáramos, y me di cuenta de que, como no comprendía nada de lo que hacíamos, estaba al acecho, en la esperanza de que Ezra recibiera daño. Nada ocurrió. No contraataqué nunca, y mantuve a Ezra persiguiéndome, con su izquierda adelantada, pero lanzando de vez en cuando una derecha, y al fin dije que ya estaba bien por aquel día, y me lavé en una palangana, me sequé con una toalla y me puse mi chandail.

Nos servimos algo de beber, y yo escuché mientras Ezra y Lewis hablaban, haciendo comentarios sobre gentes que vivían en Londres o en París. Observé a Lewis con cuidado, pero fingiendo no mirarle, como hace uno cuando boxea, y creo que nunca he conocido a un hombre tan repelente. Ciertas personas traslucen el mal, como un gran caballo de carreras trasluce su nobleza de sangre. Tienen la dignidad de un chancro canceroso. Pero Lewis no traslucía el mal; sólo resultaba repelente.

Caminando de vuelta a casa, intenté enumerar las cosas en que Lewis me hacía pensar, y encontré varias cosas. Pero eran todas de orden médico, excepto el sudor de pies. Quise descomponer su cara en sus distintas facciones e írmelas describiendo, pero sólo recordé los ojos. Debajo del sombrero negro, en el primer instante en que le vi, me parecieron los ojos de un violador fracasado.

—Hoy he conocido al hombre más repelente con quien me he encontrado nunca —dije a mi mujer.

—Por favor, Tatie, no me hables de él —contestó—. No me digas nada. Estamos a punto de comer.

Cosa de una semana más tarde, hablé con Miss Stein y le dije que había conocido a Wyndham Lewis, y le pregunté si ella le conocía.

—Yo le llamo «la Tenia Métrica» —me dijo—. Llega de Londres y ve un buen cuadro, y se saca un lápiz del bolsillo y se pone a medir los detalles del cuadro, y dale de tomar medidas con el pulgar en el lápiz. Y toma sus vistas y sus medidas y apunta exactamente cómo está hecho. Luego se vuelve a Londres y rehace el cuadro, y no le sale. No se ha dado ni cuenta de por dónde va la cosa.

De modo que me acostumbré a pensar en él como la Tenia Métrica. Un término más amable y más provisto de piedad cristiana que cualquiera de los que yo mismo había inventado para designarle. Más tarde, hice lo posible por apreciarle y mostrarme amistoso con él, como hice con todos los amigos de Ezra cuando él me los explicaba. Pero aquella impresión tuve, el día que le conocí en el estudio de Ezra.

Ezra era el escritor más generoso y más desinteresado que nunca he conocido. Corría en auxilio de los poetas, pintores, escultores y prosistas en los que tenía fe, y si alguien estaba verdaderamente apurado, corría en su auxilio tanto si tenía fe como si no. Se preocupaba por todo el mundo, y en los primeros tiempos de nuestra amitad la persona que más le preocupaba era T. S. Eliot, quien, según me dijo Ezra, tenía que estar empleado en un banco en Londres, y, por consiguiente, no disponía de tiempo ni seguía un horario apropiado para dar un buen rendimiento poético.

Ezra fundó una institución llamada Bel Esprit, asociándose con Miss Natalie Barney, que era una americana rica, protectora de las artes. Miss Barney había sido amiga de Rémy de Gourmont (eso fue antes de mis tiempos), y tenía en su casa un salón donde recibía en cierto día de la semana, y en su jardín un templete griego. Muchas mujeres, americanas y francesas, provistas de dinero suficiente, tenían sus salones, y comprendí pronto que eran unos lugares excelentes para que yo me guardara de poner en ellos los pies. Pero creo que Miss Barney era la única con un templete griego en su jardín.

Ezra me mostró el folleto anunciador del Bel Esprit, y Miss Barney le había permitido usar una viñeta del templete griego para la portada. La concepción encarnada en el Bel Esprit era la de que cada cual aportaría una parte de sus ingresos, y entre todos constituiríamos un fondo con el que sacaríamos a Mr. Eliot de su banco, y él tendría dinero para escribir poesía. A mí me pareció una buena idea, y una vez que tuviéramos a Mr. Eliot fuera de su banco, Ezra calculó que la cosa progresaría en línea recta y labraríamos un porvenir para lodo el mundo.

Yo metí un poco de claroscuro en la cosa al referirme siempre a Eliot bajo el titulo de Comandante Eliot, fingiendo le confundía con el Comandante Douglas, un economista cuyas ideas entusiasmaron grandemente a Ezra. Pero Ezra comprendió que a pesar de todo mi corazón latía como los buenos y que yo estaba imbuido de Bel Esprit, por mucho que a Ezra le irritara oírme solicitar de mis amigos fondos para sacar al Comandante Eliot del banco, y oír a alguien replicar que qué diablos estaba haciendo un comandante en un banco, y que si le habían dado el retiro, no se comprendía que no tuviera una pensión, o que por lo menos no hubiera recibido una indemnización al retirarse.

En casos tales, yo explicaba a mis amigos que todo aquello no venía a cuento. Uno estaba dotado de Bel Esprit o no lo estaba. Si tienes Bel Esprit, contribuirás para que el Comandante salga del banco. Si no lo tienes peor para ti. ¿Comprendes por lo menos el significado del templete griego? ¿No? Ya me parecía a mí. Adiós, muy buenas. Te metes tu dinero donde te convenga. No lo aceptamos aunque nos lo implores de rodillas.

Mi actividad como agente del Bel Esprit fue muy enérgica, y por entonces mis sueños más felices eran aquellos en que veía al Comandante salir a grandes zancadas por la puerta del banco, transformado en hombre libre. No logro acordarme de cómo se cascó por fin el Bel Esprit, pero me parece que tiene alguna relación con el hecho de que el Comandante publicó The Waste Land y el poema le ganó el premio del Dial, y poco después una dama con título financió para Eliot una revista llamada The Criterion, y ni Ezra ni yo tuvimos que preocuparnos más por él. Creo que el templete se encuentra todavía en su jardín. Para mí fue una decepción eso de que no hubiéramos logrado sacar al Comandante de su banco mediante la operación única del Bel Esprit, según yo lo visualizaba en mis sueños, con lo que tal vez se hubiera venido a vivir en el templete griego, por donde podríamos dejarnos caer de vez en cuando, Ezra y yo, a coronarle de laurel. Yo conocía un lugar donde había laureles muy hermosos, y yo hubiera podido ir a cortar unas ramas y traerlas en bicicleta, y hubiéramos podido coronarle cada vez que se sintiera solo, o cada vez que a Ezra le fuera dable revisar los manuscritos o las pruebas de otro poema tan grande como The Waste Land. Para mí, la empresa aquella resultó moralmente perniciosa, como han resultado tantas otras cosas, porque me metí en el bolsillo el dinero que había destinado a sacar al Comandante del banco, y me lo llevé a Enghien y lo aposté en caballos que saltaban bajo la influencia de estimulantes. En dos reuniones hípicas, los estimulados caballos por los que yo apostaba dejaron atrás a los animales sin estimulo o con estímulo insuficiente, salvo en una carrera en la que nuestro angelito querido se estimuló hasta tal punto que antes de la salida arrojó a su jockey al suelo y se escapó, y dio una vuelta entera al circuito del steeplechase, saltando hermosamente en su soledad, tal como uno salta a veces en sueños. Cuando lo cazaron y lo volvieron a montar, arrancó en cabeza y, como dicen los franceses, hizo una carrera honrosa, pero el dinero fue para otro.

Me hubiera sentido más dichoso si el dinero de la apuesta hubiera ido a parar al Bel Esprit, que había dejado de existir. Pero me consolé pensando que, con las apuestas acertadas, hubiera podido contribuir al Bel Esprit con una suma mucho mayor que mi primera intención.

 

Paris era una fiesta (A Moveable Feast, 1964).

 


Lafcadio Hearn

LA HISTORIA DE MIMI-NASHI-HÕÏCHI

 

Hace más de setecientos años, en Dan-no-ura, en las gargantas del Shimonoséki, se libró la última batalla de la larga contienda entre los Heiké, o clan Taira, y los Gengi, o clan Minamoto. Allí fueron exterminados los Heiké, con sus mujeres y sus niños, y su pequeño emperador, hoy recordado como Antoku Tennõ. Y hace más de setecientos años que el mar y la costa están encantados... En otra parte me he referido a los extraños cangrejos de mar, llamados cangrejos Heiké, que lucen rostros humanos en el lomo y que son, según se dice, los espíritus de los guerreros Heiké1. En esa costa se ven y se oyen cosas muy raras. En las noches sin luna, millares de fuegos espectrales aletean en la playa, o relumbran sobre el oleaje, pálidas luces que los pescadores llaman Oni-bi, o fuegos demoníacos; y, cuando los vientos se enardecen, profusos alaridos provienen del mar, semejantes al clamor de una batalla.

En otra época, los Heiké ignoraban el sosiego mucho más que ahora. Por las noches, se subían a las naves que cruzaban sus dominios e intentaban hundirlas; y jamás dejaban de acechar a los nadadores para arrastrarlos consigo. Para aplacar a esos muertos se construyó el templo budista, Amidaji, en Akamagaséki2. Junto a él, cerca de la playa, se levantó un cementerio, poblado por monumentos cuyas inscripciones evocan los nombres del emperador ahogado y de sus grandes vasallos; y allí realizábanse regularmente ceremonias budistas consagradas a esos espíritus. Edificado el templo, erigidas las tumbas, los Heiké ya no inquietaron a los vivos con tanta frecuencia; mas no cesaron, ocasionalmente, de hacer cosas raras, que demostraban que aún no habían hallado la paz perfecta.

Hace algunos siglos vivía en Akamagaséki un ciego llamado Hõïchi, famoso por su destreza en la declamación y en la ejecución del biwa3. Le habían enseñado su arte en la infancia, y en la juventud ya superaba a sus maestros. Como biwa-hõshi profesional, debía ante todo su fama a la exposición que hacía en sus versos de la historia de los Heiké y de los Gengi; y cuéntase que cuando cantaba la canción de la batalla de Dan-no-ura “ni siquiera los duendes (kijin) podían contener las lágrimas”.

En los inicios de su carrera, Hõïchi era muy pobre; pero encontró un buen amigo que le brindó su ayuda. El sacerdote del Amidaji gustaba de la música y la poesía, y con frecuencia invitaba a Hõïchi a tocar y recitar en el templo. Más tarde, impresionado por la maravillosa habilidad del joven, el sacerdote le propuso que se instalara en el templo, oferta que aceptó con gratitud. Una habitación del templo fue destinada a Hõïchi, quien, a cambio de comida y alojamiento, no debía sino deleitar al sacerdote con su música ciertas noches que no tuviera otros compromisos.

Una noche de verano llamaron al sacerdote para realizar un servicio budista en casa de alguien que había muerto en la vecindad; él se fue con su acólito, y Hõïchi quedó solo en el templo. Era una noche tórrida, y el ciego quiso refrescarse en la veranda que había ante su dormitorio. La veranda daba a un pequeño jardín, en la parte de atrás del Amidaji. En ese lugar, Hõïchi aguardó el regreso del sacerdote, e intentó distraer la soledad mediante la música de su biwa. Pasó la medianoche, y el sacerdote no aparecía. Pero como aún reinaba una atmósfera demasiado sofocante como para entrar, Hõïchi optó por quedarse afuera. Al fin escuchó unos pasos que se acercaban desde la puerta de atrás. Alguien cruzó el jardín, avanzó hasta la veranda y se detuvo justo frente a él... pero no era el sacerdote. Una voz hueca pronunció el nombre del ciego, con el modo abrupto y descortés con que un samurai se dirige a un subalterno:

-¡Hõïchi!

Hõïchi, harto sorprendido, no supo responder al instante; y la voz lo llamó una vez más, en tono áspero y perentorio:

-¡Hõïchi!

-¡Hai! -respondió el ciego, amedrentado por ese acento amenazador-. ¡Soy ciego! ¡No sé quién me llama!

-No hay nada que temer -exclamó el desconocido con voz más mesurada-. Estoy sirviendo en las cercanías de este templo y soy portador de un mensaje para ti. Mi actual señor, hombre de altísimo rango, está de paso en Akamagaséki, con muchos y muy nobles servidores. Deseaba contemplar el escenario de la batalla de Dan-no-ura, y hoy visitó ese lugar. Como supo de tu habilidad para recitar la historia de la batalla, desea que actúes en su presencia: de modo que tomarás tu biwa y me acompañarás al palacio donde aguarda la augusta asamblea.

En aquellos tiempos, difícilmente se hacía caso omiso a las órdenes de un samurai. Hõïchi se calzó las sandalias, tomó su biwa y se fue en pos del desconocido, quien lo guió con destreza aunque obligándolo a caminar muy rápido. La mano que lo guiaba era de hierro, y el rechinar de sus pasos mostraba que estaba completamente armado... quizá fuera un centinela de palacio. El temor de Hõïchi se disipó: comenzó a sospechar que era muy afortunado, pues, al recordar que el servidor le había hablado de un “hombre de altísimo rango”, pensó que el señor que deseaba escucharlo no podía ser menos que un daimyõ de la clase superior. El samurai no tardó en detenerse; y Hõïchi advirtió que habían llegado ante un amplio portal... lo cual le intrigó, pues no recordaba ningún portal en esa parte del pueblo, salvo la entrada principal del Amidaji.

-¡Kaimon!4-gritó el sirviente. Hubo un chirrido metálico y ambos siguieron adelante. Atravesaron un vasto jardín y se detuvieron nuevamente ante otra entrada.

-¡Acercaos! -gritó el samurai-. Traigo a Hõïchi.

Entonces se sucedieron los pasos apresurados, el susurro de las mamparas, el rumor de las puertas correderas y el murmullo de las voces femeninas. Por el modo de hablar de las mujeres, Hõïchi advirtió que integraban la corte de algún señor de alcurnia, mas no pudo imaginar a qué sitio lo habían conducido. No tuvo tiempo para cavilar al respecto. Una vez que alguien lo ayudó a ascender por varios peldaños de piedra (en el último de los cuales debió dejar las sandalias), una mano de mujer lo guió por interminables y resbaladizos entarimados, lo hizo girar ante innumerables esquinas con columnas y lo llevó por pisos de esterilla cuya superficie era asombrosa por la amplitud, hasta el centro de un vasto recinto. Pensó que allí se congregaba una multitud de gente de rango, pues el susurro de la seda era semejante al sonido de las hojas de un bosque. También escuchó un denso murmullo de voces que hablaban en tono muy bajo, cuyo lenguaje era el lenguaje de las cortes.

Dijéronle a Hõïchi que se acomodara a su gusto, y él descubrió que le habían preparado un almohadón. En cuanto se colocó y afinó su instrumento, la voz de una mujer quien, según imaginó Hõïchi, sería la Rõjo, o matrona al cargo del personal femenino- se dirigió a él con estas palabras:

-Recítanos ahora la historia de los Heiké, acompañándote con tu biwa.

Declamar todo el poema habría requerido muchas noches; Hõïchi, por lo tanto, se aventuró a preguntar:

-Siendo la historia tan larga como es, ¿qué parte de ella desea mi augusta audiencia que le recite?

La voz de la mujer respondió:

-Recítanos la historia de la batalla de Dan-no-ura, que se destaca por su piedad5.

Entonces Hõïchi elevó la voz y entonó el canto del combate del mar encrespado, y los sonidos de su biwa imitaban el chasquido de los remos y el bogar de las naves, el zumbido y el susurro de los dardos, los gritos y embates de los guerreros, el crujido del acero sobre los cascos, la caída de los cuerpos en el agua. Y cada vez que había una pausa, escuchaba voces elogiosas que murmuraban:

-¡Qué artista más maravilloso! ¡Jamás, en nuestra provincia, escuchamos cantar de ese modo! ¡No hay en todo el imperio un cantor como Hõïchi!

Esto le infundió nuevos ánimos, y tocó y cantó aún mejor que antes; y le respondió un profundo susurro de asombro. Mas cuando al fin llegó al adverso destino de los hermosos y los débiles, al estremecedor exterminio de los niños y las mujeres, y al salto de muerte de Nii-no-Ama, con el heredero del trono en sus brazos, los concurrentes profirieron un grito prolongado, unánime y conmovedor, al que siguieron gemidos y sollozos tan fuertes y feroces que el ciego sintió temor ante la violencia de la pena que había suscitado, pues llantos y gemidos continuaron durante largo rato. Pero gradualmente se fueron desvaneciendo las lamentaciones; y una vez más, en el hondo silencio que imperó a continuación, Hõïchi escuchó la voz de la mujer que, según él creía, era la Rõjo.

Ésta le dijo:

-Aunque nos habían asegurado que eras muy diestro en la ejecución del biwa, y que tu modo de cantar no resistía comparación, ignorábamos que alguien pudiera demostrar tanta destreza como la que esta noche nos has revelado. Nuestro señor se complace en anunciarte que está dispuesto a ofrecerte una recompensa que iguale tus méritos. Mas desea que actúes en su presencia en las seis próximas noches, al cabo de las cuales es probable que continúe su augusto viaje de retorno. Mañana por la noche, por consiguiente, debes venir aquí a la misma hora. El servidor que esta noche fue en tu busca irá a por ti... Hay otra cosa que me han ordenado que te informe. Se te requiere que a nadie menciones las visitas que nos haces durante la augusta permanencia de nuestro señor en Akamagaséki. Como él viaja de incógnito6, es su voluntad que nadie se entere de lo que ocurre... Ahora, estás en libertad para volver a tu templo.

Después que Hõïchi hubo expresado su debida gratitud, la mano de una mujer lo condujo hasta la entrada del palacio, donde el mismo samurai que lo había traído lo aguardaba para conducirlo a casa. El servidor lo llevó hasta la veranda de la parte trasera del templo y allí se despidió de él.

Hõïchi regresó casi al alba, pero nadie había advertido su ausencia, pues el sacerdote, que había vuelto a horas tardías, lo supuso dormido. Hõïchi pudo descansar durante el día, y no hizo ningún comentario sobre su extraña aventura. A la medianoche siguiente, el samurai volvió en su busca y lo condujo ante la augusta asamblea, ante la cual Hõïchi volvió a actuar con el mismo éxito que había obtenido la noche anterior. Pero, durante esta segunda visita, accidentalmente descubrieron su ausencia en el templo; y cuando regresó al amanecer el sacerdote requirió su presencia y le dijo, en un tono de afable reconvención:

-Nos has causado gran ansiedad, amigo Hõïchi. Salir, a ciegas y a solas, a horas tan avanzadas, es peligroso. ¿Por qué te fuiste sin avisarnos? Pude poner un sirviente a tu disposición. ¿Y dónde has estado?

-¡Perdonadme, querido amigo! -respondió evasivamente Hõïchi-. Hube de atender un asunto particular y no pude hacerlo a otras horas.

La reticencia de Hõïchi asombró al sacerdote antes de mortificarlo: esa actitud le pareció poco natural y despertó su suspicacia. Temió que algún espíritu maligno hubiese embrujado o engañado al joven ciego. No formuló más preguntas, pero privadamente impartió instrucciones a los servidores del templo para que vigilaran los movimientos de Hõïchi y lo siguieran en caso de que él volviera a alejarse durante la noche.

A la noche siguiente observaron que Hõïchi volvía a dejar el templo; los sirvientes encendieron las lámparas y lo siguieron. Pero era una noche lluviosa y muy oscura, y antes de que los sirvientes pudieran llegar al camino, Hõïchi había desaparecido. Era obvio que había caminado con gran rapidez... un hecho asombroso, teniendo en cuenta su ceguera, pues el camino estaba en pésimas condiciones. Los hombres se apresuraron a internarse en las calles y a preguntar en todas las casas que Hõïchi solía frecuentar; sin embargo, nadie lo había visto. Finalmente, mientras regresaban al templo por el camino de la costa, los sorprendió el sonido de un biwa, ejecutado con tenacidad en el cementerio de Amidaji. A excepción de algunos fuegos fatuos -habituales en ese lugar en las noches tenebrosas-, no había en esa dirección sino espesas penumbras. Pero los hombres, sin vacilar, se precipitaron hacia el cementerio; y allí, a la luz de sus lámparas, descubrieron a Hõïchi, sentado bajo la lluvia, solo, ante el monumento erigido en memoria de Antoku Tennõ, tocando el biwa y entonando en voz alta el canto de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y a su alrededor, y en todo el cementerio, ardían como bujías los fuegos de los muertos. Jamás mortal alguno presenció tan magna congregación de Oni-bi.

-¡Hõïchi San! ¡Hõïchi San! -gritaron los sirvientes-. ¡Estás embrujado! ¡Hõïchi San!

Pero el ciego no parecía oírlos. Esforzábase en reproducir con el biwa rasgueos, crujidos y clamores, y su voz se enardecía al cantar la batalla de Dan-no-ura. Lo aferraron y gritáronle al oído.

-¡Hõïchi San! ¡ Hõïchi San ! ¡Acompáñanos en el acto!

Él les dirigió un severo reproche:

-Interrumpirme de este modo, ante tan augusta asamblea, es por cierto intolerable.

Ante lo cual, pese a lo siniestro de la circunstancia, los sirvientes no pudieron contener la risa. Seguros de que Hõïchi estaba embrujado, lo apresaron, lo pusieron de pie y por la fuerza lo arrastraron al templo, donde en el acto lo despojaron de sus ropas húmedas, a instancias del sacerdote, lo cubrieron con otra vestimenta y le ofrecieron comida y bebida. Entonces el sacerdote exigió una detallada explicación de la asombrosa conducta de su amigo.

Hõïchi vaciló durante largo rato. Pero al fin, comprendiendo que su conducta realmente había alarmado y enfurecido al buen sacerdote, decidió deponer su reserva; refirió, pues, todo lo ocurrido a partir de la primera visita del samurai.

Díjole el sacerdote:

-¡Hõïchi, mi pobre amigo, estás en gran peligro! ¡Qué lástima que no me lo hayas dicho antes! Tu maravillosa destreza musical te ha metido, por cierto, en extraños problemas. Es hora de que sepas que no has visitado palacio alguno, sino que has pasado las noches en el cementerio, entre las tumbas de los Heiké; y ante el monumento que evoca la memoria de Antoku Tennõ esta noche te halló nuestra gente, sentado bajo la lluvia. Cuanto has experimentado no fue sino una ilusión... salvo la llamada de los muertos. Al obedecerlos una vez, te has puesto en sus manos. Si vuelves a obedecerlos después de lo ocurrido, te harán pedazos. De todos modos, te hubiesen destruido, tarde o temprano... Ahora bien, esta noche no podré permanecer contigo, pues han solicitado mis servicios. Pero, antes de irme, será necesario que proteja tu cuerpo cubriéndolo con textos sagrados.

Antes del crepúsculo, el sacerdote y su acólito desnudaron a Hõïchi; entonces, con sus pinceles, le trazaron sobre el pecho y la espalda, la cabeza y el rostro y el cuello, los miembros y las manos y los pies -y aun sobre las plantas de los pies, y sobre cada rincón de su cuerpo-, el texto del sûtra sagrado que denominan “Hannya-Shin-Kyõ”7. Cumplida esta tarea, el sacerdote instruyó a Hõïchi de este modo:

-Esta noche, apenas yo haya partido, debes sentarte en la veranda y esperar. Te llamarán. Pero, pase lo que pase, no respondas y no hagas movimiento alguno. No digas nada, quédate quieto, como si estuvieras meditando. Si te mueves, o haces algún ruido, te destrozarán. No te asustes; y un sueñes con pedir ayuda... pues ninguna ayuda podrá salvarte. Si haces tal como te digo, el peligro se disipará y quedarás libre de todo temor.

En cuanto anocheció, el sacerdote y su acólito dejaron el templo; y Hõïchi se sentó en la veranda de acuerdo con las instrucciones que había recibido. Dejó el biwa en el suelo, asumió una actitud meditativa, y permaneció inmóvil, cuidándose de no toser, y de que no se oyera su respiración. Estuvo así durante horas.

Al fin escuchó pasos en el camino. Éstos cruzaron la entrada, atravesaron el jardín, se aproximaron a la veranda, y se interrumpieron, justo frente a él.

-¡Hõïchi! -llamó la voz hueca-. Pero el ciego contuvo el aliento y mantuvo su rigidez.

-¡Hõïchi! -repitió ásperamente la voz.

Y luego, por tercera vez, con ferocidad:

-¡Hõïchi!

Hõïchi permaneció inerte como una piedra. La voz gruñó:

-¡Nadie responde! ¡No importa...! Lo buscaré...

Pasos de hierro retumbaron en la veranda. Lentamente, los pies se acercaron y se detuvieron ante Hõïchi. Hubo un largo intervalo de ominoso silencio, durante el cual Hõïchi sintió que todo su cuerpo se estremecía al ritmo acelerado de su corazón.

Al fin la voz ronca murmuró junto a él:

-Aquí está la biwa; pero de quien lo toca sólo veo... ¡Un par de orejas...! Eso explica que no haya respondido: no tiene boca para responder... de él no quedan sino las orejas... Le llevaré, pues, estas orejas a mi señor, como prueba de que sus augustas órdenes han sido obedecidas, en la medida de lo posible...

En ese instante, Hõïchi sintió que unos dedos de hierro le agarraban las orejas, arrancándoselas. Pese al dolor, contuvo sus gritos. Los pesados pasos abandonaron la veranda, descendieron al jardín, se alejaron por la carretera, y dejaron de oírse. A ambos lados de la cabeza, el ciego sentía correr un líquido cálido y espeso; pero no se atrevía a levantar las manos.

El sacerdote regresó antes del alba. En el acto se dirigió a la veranda del fondo, y al entrar resbaló en una mancha viscosa que le arrancó un grito de horror, pues la luz de la lámpara le reveló que esa viscosidad era sangre. Entonces vio a Hõïchi, sentado, en actitud meditativa, mientras de sus heridas aún fluía la sangre.

-¡Mi pobre Hõïchi! -exclamó el sacerdote, perplejo-. ¿Qué es esto...? ¿Te han herido...?

Al escuchar la voz de su amigo, el ciego se sintió a salvo. Rompió a llorar, y en medio de sus lágrimas refirió su aventura nocturna.

-¡Pobre, pobre Hõïchi ! -exclamó el sacerdote-. ¡Todo por mi culpa, todo por mi imperdonable culpa...! En cada rincón de tu cuerpo inscribimos los textos sagrados... ¡salvo en tus orejas! Confié a mi acólito esa parte de la tarea, y fue un gran error por mi parte no haberme fijado si lo había hecho... Bueno, nada puede hacerse ahora, salvo tratar de curar tus heridas sin demora... ¡Alégrate, amigo mío! Ha terminado el peligro. Jamás volverán a perturbarte esos visitantes.

Gracias a la asistencia de un buen médico, Hõïchi no tardó en recobrarse de sus heridas. La historia de su extraña aventura se propagó por todas partes y lo hizo famoso. Muchos nobles acudían a Akamagaséki para gozar de su arte; y Hõïchi recibió pródigas ofrendas en dinero, que hicieron de él un hombre de fortuna. Pero, desde que ocurrió su aventura, sólo se lo conoció por el apelativo de “Mimi-nashi-Hõïchi”: Hõïchi el Desorejado.

 

Lafcadio Hearn, Kwaidan (Trad. Carlos Gardini), El Ojo Sin Párpado nº9 Ediciones Siruela, 1989.

 

Notas

 

1 Los describe en Kotto, y también habla de ellos en “La poesía de los fantasmas” (Véase la versión española de este texto en El romance de la vía Láctea ; Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1951). (N. del T .)

2 O Shimonoséki. La ciudad también se conoce con el nombre de Bakkan (N. del A.)

3 El biwa, una especie de laúd de cuatro cuerdas, se usa ante todo en la recitación musical. En un principio, los trovadores profesionales que declamaban el “Heiké-Monogatari” y otras crónicas trágicas, eran llamadosbiwa-hõshi, o “sacerdotes del laúd”. El origen de esta denominación no es muy claro, pero es posible que la haya sugerido el hecho de que los “sacerdotes del laúd”, así como los masajistas ciegos, tuvieran el cráneo rasurado al igual que los sacerdotes budistas. El biwa se toca con una especie de plectro llamado bachi, habitualmente hecho de cuerno. (N. del A.)

4 Un término respetuoso para solicitar la apertura de una puerta. Solían usarlo los samurai cuando se dirigían a los guardias de una casa señorial que les permitiera la entrada (N. del A.)

5 La frase también puede verterse: “pues la piedad que despierta ese pasaje es la más profunda”. La palabra japonesa del texto original que traduzco por “piedad” es awaré (N. del A.)

6 “Viaja de incógnito” es, al menos, el significado de la frase original: “realiza un augusto viaje bajo disfraz”

(shinobi no go-ryoko) (N. del A.)

7 El breve Pragña-Pâramitâ-Hridaya-Sûtra recibe ese nombre en japonés. Tanto los sûtras más breves como los más largos conocidos como Pragña-Pâramitâ (“Sabiduría trascendental”) han sido traducidos por el difunto profesor Max Müller, y puede hallárselos en el volumen XLIX de Sacred Books of the East (“Buddhist Mahâyâna Sûtras”). En cuanto al empleo mágico del texto, según se describe en esta historia, vale la pena destacar que el sûtra versa sobre la Doctrina de la Vacuidad de las Formas, es decir, sobre la irrealidad de todo numen o fenómeno. “La forma es vacuidad; y la vacuidad es forma. La vacuidad no difiere de la forma. Lo que es forma... eso es vacuidad. Lo que es vacuidad... eso es forma... La percepción, el nombre, el concepto y el conocimiento, también son vacuidad... No hay ni ojo ni oído ni nariz ni lengua ni cuerpo ni mente... Mas cuando ha sido aniquilada la envoltura de la conciencia, entonces él [el que procura librarse] se libera de todo temor y del alcance de las mutaciones, y goza al fin del Nirvana”. (N. del A.)

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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