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Alberto Hernández

FRAGMENTOS DE LA MISMA MEMORIA

(Prosa)

 

Asunto de Sombras

 

                               Nada puede explicar que dos personas insistan

                               en matar el olvido todas las mañanas

                               como dos eucaliptos rezándose

                               por el viento de las noches.

                                                                                Rafael Arráiz Lucca

 

I

Sin abandonar el arma, Lucrecia Lizar caminó hacia la puerta luego de haber disparado contra una sombra que se deslizaba por su cuarto. Con la misma celeridad telefoneó a la policía para advertir de la presencia de un cadáver en su recámara. Luego de colgar la bocina, se sentó con la 38 en la mano y lloró en silencio.

 

II

Próximo a la ventana está el cuerpo. La mujer lo mira con temor. Le parece que el hombre que está allí tirado va a levantarse de un momento a otro y le descargará todo su odio por haberle frustrado sus intenciones.

Pero el bulto no se mueve. “¿Estará muerto de verdad?”. No levanta un brazo como ella cree. Ni habla ni pestañea.

Finalmente llega la policía con un escándalo de sirenas, funcionarios como para una guerra y ruidos y tacones y traqueteo de armas y peinillas. Entran al apartamento y comienzan a desordenarlo todo.

 

III

Por varias horas los policías registran la habitación de Lucrecia sin lograr encontrar el cuerpo. El comisario –un uniformado regordete con cara de bulldog– le increpó varias veces su irresponsabilidad. “Usted no puede estar disparando a la loca por cualquier sombra que ve”. Y se fueron. Volvió a sentarse en el borde de la cama y sollozó hasta el amanecer.

Las gotas de sangre quedaron congeladas en la cortina. En el piso, una mancha que brillaba con las primeras luces del día.

 

IV

De nuevo se repite la escena. Lucrecia llama otra vez a la policía, pero ésta no acude creyendo que la señora Lizar, viuda del juez Lizar, está loca de remate. Espera largas horas el sonido estridente de las patrullas, el sonar pedante de radios y celulares; la marcha asincopada de los hombres subiendo la escalera. Pero nada. La oscuridad de la habitación la hunde en un sueño que no puede dominar; se recuesta en la almohada –siempre apuntando hacia el bulto negro tirado en el mismo sitio de la noche anterior– y se queda dormida.

 

V

El sol descubre la misma mancha negra. La cortina se agita con la brisa que baja de las montañas. Lucrecia coloca el arma cerca de la mesa de noche y va al baño (seguramente a cepillarse el cabello o a ocultarse las ojeras). Regresa a la cama, toma el 38 y se pega un tiro decente, tanto que el ruido sólo espanta a los insectos que rondan una manzana podrida que está sobre la cómoda. Cae en silencio sobre la cama (suponemos –desde nuestras butacas– que expira). Pero la vemos levantarse y caminar hacia el lugar donde había caído el hombre.

Llama por su nombre al caído y éste también se pone se pie. Ambos ríen ruidosamente. Nos miran y cierran la cortina. Desde nuestro apartamento sólo divisamos las siluetas de los cuerpos desnudos caminando hacia el techo.

Un disparo nos sobresaltó. El ruido de las sirenas y una tropa de policías subiendo las escaleras de la casa de la señora Lizar. Abren las cortinas y el humo de la pólvora invade la sala del cinematógrafo.

 

Senda de Revelación

                                             En la suya, la mano de Matilde gana en suavidad,

                                             su mirada en agradecimiento. La radio, que no se oía,

                                             se le hace perceptible, como si la hubiera esperado.

                                                                                                                             Max Aub

 

I

El ambiente, quizá mi mano en la tuya haya sido el fondo de la revelación. También la música, colgando de las paredes. Pero allí estaba, los ojos apegados a una cierta verdad que se hacía evidencia, malestar, inclusive una imagen no presente que chocaba con nuestras palabras. Abusamos de la incomodidad para poder soportar el tiempo, los naufragios hechos historias inverosímiles, cuando Roque nos contaba a la orilla de mar las aventuras vividas por él y una tripulación que sólo existía en una mirada sin convencimiento.

Después, y de eso hacen diez años, quisiste hacer de los recuerdos un reproche permanente, una angustia cuya insolitez atesoraba tu memoria para llevarme a cierto paroxismo: nada te importaba de mí, sólo los momentos en que se asumía la pose del silencio (en que me despojaba de mis ropas y me lanzaba a una cama vacía, contigo de pie frente al espejo que siempre te confió mis secretos).

 

II

Por eso, y sin atreverme a desmentir tus palabras, vuelve al mismo sitio, y brotan –parecen espuma– las mismas frases, los deseos ocultos, aherrojados por un futuro incierto. “Nada podría ser verdad hasta que no hagamos que lo posible devele su ruido en un disco de Gillespie”, y así, desviaste una conversación que yo creía iba a dar frutos, pero no, todo se fue por la borda, como el capitán que Roque inventó en el momento del naufragio. Y nos desaparecimos, pero el tremedal, como los ojos que se perdieron en el mar, no nos dejó emerger.

 

III

Lisa hace lo que yo quiero. Se tumba desnuda con el sexo balbuciente. Sus senos, adornados de sudor, arrancan brillos precisos a la luz del bombillo. Cierra los ojos y el vientre eleva el universo, retiene la respiración y ve su corazón flotar en tempestades de licor.

–Por alguna razón he deseado que el amor tuyo sea una combinación de oído y silencio, como si el primero fuera la transformación del deseo.

Y vuelve los ojos, me llama. Mi cuerpo es un animal marino, ausculta el jadeo, limita las profundidades, busca el peligro. Vestida de odalisca en aquel carnaval de rostros. Piratas, doctores, diputados, payasos, médicos, asesinos, magnates, tú y yo, los únicos a quienes conocía.

La borrachera nos llevó a la fiesta, por instancias tuyas, a una sala de gran espejo. Ojos de formato gigante. “Esos son los ojos de todas las putas que han pasado por aquí; también los de los cabrones, chulos, maricas, todos afortunados, todos metidos en mi santoral”. Comenzaste por las botas de algodón, luego el pantalón de seda; recordaste el color rosado años después; la camiseta que te cubría los senos, y te quedaste con la panty blanca, “en su sitio, hasta el adelanto”, dijiste, en el mismo instante en que te acostabas a mi lado.

 

Fragmento de la memoria

                               Sí, es verdad que tuvo una mala racha en los

                               últimos años, como que se olvidaron de él, pero

                               cuando se supo que había muerto fue como una

                               sacudida de tierra, una avalancha

                                                                                       Lisando Otero.

 

I

El rostro de la mujer es una naturaleza fragmentada. Los arcanos de los ojos, penetrados por el espejo. La marca de la puñalada en el lado izquierdo de la cara. Una definición opaca de los años que pasó frente al negocio heredado de su padre, un universitario que abandonó los pasillos de aquella casona jesuita y balandrona en la Madrid de los años veinte. Y ella, niña, descosida por la permanencia del acento, dejó a un lado muñecas y sueños para dedicarse a mirarse los años que habrían de recorrerla. La voz de la madre continuaba atenta en la vaciedad de la ventana.

 

II

Rita es casi gris cuando habla. Se somete al mandato que su padre, un poco antes de morir, le soplara a los oídos. Por eso camina por la casa como si fuese una fotografía, de ésas que nunca se pueden quitar la tristeza de encima.

Un día enfermó el español, su padre, derrotado por una tuberculosis que lo obligó a cerrar el negocio y a contentarse con un grupo de amigos que venían a visitarlo y a tomar unas cervezas con los pañuelos en las narices, para alejar esa muerte que pica los pulmones de tanto pelearse con Dios.

El negocio pasó a ser un lugar tierno pero vacío. Ingenuo por la falta de gritos y susurros, hasta hacerse una especie de templo donde los ratones habitaban el alma de neveras, mostradores y anaqueles. Y los viejos republicanos dejaron de venir. Rita, entonces, se encargó de su cuerpo que era más cadáver que pasión. Hasta que lo encontró con los ojos fijos en el techo y una ligera sonrisa en la cara.

 

III

Desde ese día la mujer no dejó de mirarse en la media luna de cristal. Se hundía en el abismo del reflejo. Así, por tres largos años, hasta que se convenció de que el tiempo pasaba y los ahorros se perdían con la rapidez de un consumo solitario.

Entonces abrió el negocio y descubrió que la ciudad había crecido y ella se había convertido en una mujer de carnes fuertes y blancas, un poco pálidas por la frecuencia de la soledad.

 

IV

Detuvo los camiones de cerveza, a los distribuidores de ron y otras bebidas fuertes. Mandó a limpiar la casa. Asesinó con alegría a cuanto ratón y bicho moviente había en el lugar. Cuando despertó de esa tensión inicial, tenía el negocio lleno de parroquianos. Contrató los servicios de dos adolescentes bonitas y las puso a repartir tragos en todas las mesas. Y entonces la esquina se hizo de nuevo el nombre que había perdido. Rita se esfumaba entre los habituales visitantes y adquiría el brillo que los espejos del lugar le daban a su belleza nostálgica.

Una noche volvió a la habitación y se quedó con el espejo en las manos. Una arruga irreverente comenzaba a morderle la herida que el ojo derecho negaba con encono.

 


Haroldo Conti

LA BALADA DEL ÁLAMO CAROLINA

 

A mi madre, doña Petrolina Lombardi de Conti,

y a la ciudad de Chacabuco, mi pueblo.

 

Ciruelo de mi puerta, si no volviese yo,

la primavera siempre volverá.

Tú, florece.

Anónimo japonés

 

Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.

Este álamo Carolina nació aquí mismo, exactamente, aun­que el álamo Carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y éste creció solo, asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos.

Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y templó la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano, pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos.

Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo. Tam­bién ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.

Ahora es un viejo álamo Carolina porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece. En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado que al caer el sol se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz está él, el viejo álamo, todo recuerdo. De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez. Verde memoria.

Ahora es el comienzo del verano justamente y acaba de revestirse otra vez con todas sus hojas, de manera que como recién están echando el verde más fuerte (son como pequeños árboles cada una) por la tarde, cuando el sol declina y se mete entre las ramas el álamo se enciende como una lámpara verde, y entonces llegan los pájaros que se remueven bulliciosamente entre las hojas buscando dónde pasar la noche y es el momento en que el viejo álamo Carolina recuerda.      

A propósito de la noche, los pájaros y el verano. Recuerda, por ejemplo, a propósito de los pájaros, el primero de ellos que se posó sobre la primera rama, que ha quedado allá abajo pero entonces era el punto más alto, ya casi no da hojas y es tan gruesa como un pequeño árbol. En aquel tiempo era su parte más viva y sintió el pájaro sobre su piel, un agitado montoncito de plumas. Descan­só un rato y luego reemprendió el vuelo. Recién dos veranos después, cuando divisó la primera casa de un hombre y detrás de ella la relampagueante línea del ferrocarril, una montera armó un nido en la horqueta de la última rama. Cortó y anudó ramitas pacientemente y así el álamo se convirtió en una casa, supo lo que era ser una casa, el alma que tiene una casa, como antes supo del camino y del alma del camino, ese ancho árbol floreci­do de sueños. El nido se columpiaba al extremo de la rama y él, aunque gustaba del loco viento de la tarde, procuraba no agi­tarse mucho por ese lado, le dio todo el cobijo que pudo, echó para allí más hojas que otras veces.

Al final del verano los pichones saltaron del nido y los sintió desplazarse temblorosos sobre la rama con sus delgadas patitas, tomar impulso una y otra vez y por fin lanzarse y caer en el aire como una hoja. Un árbol en verano es casi un pájaro. Se recubre de crocantes plumas que agita con el viento y sube, con sólo desearlo, desde el fondo de la tierra hasta la punta más alta, salta de una rama a otra todo pajarito, ave de madera en su verde jaula de fronda.

Ese verano fue el mismo del ferrocarril. Antes viene la casa. No vio la casa por completo, ni siquiera cuando, años después, trepó mucho más alto, sino lo que ve ahora mismo desde el brote más empinado, un techo de chapas que se inflama con el sol y una chimenea blanca que al atardecer lanza un penacho de humo. A veces el viento trae algunas voces.

Con todo él ha llegado hasta la casa en alguna forma, a través de las hojas de otoño que arrastra el viento. Con sus viejos ojos amarillos ha visto la casa aun por dentro, ha visto al hombre, flaco y duro con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas, la mujer que huele a humo de madera, un par de chicos silenciosos con el pelo alborotado como los plumones de un pichón de montera.

Con sus viejas manos amarillas ha golpeado la puerta de tablas quebradas, ha acariciado las des­cascaradas paredes de adobe encalado, y mano y ojo y amarillas alas de otoño ha corrido delante de la escoba de maíz de Guinea y trepado nuevamente al cielo en el humo oloroso de una fogata que anuncia el frío, el tiempo dormido del árbol y la tierra.

El ferrocarril pasa por detrás de la casa pero hubo de trepar hasta el otro verano, cuando volvieron las hojas y los pájaros, para entrever el brillo furtivo de las vías cortando a trechos la tierra. Ya había sentido el ruido, ese oscuro tumulto que agitaba el suelo porque el árbol crecía tanto por arriba como por debajo. Por debajo era un árbol húmedo de largas y húmedas ramas nacaradas que penetraban en la tibia noche de la tierra.

Por ahí vivía y sentía el árbol principalmente, por ahí su día era un día del mundo, así de ancho y profundo, porque la tierra que palpitaba debajo de él le enviaba toda clase de señales, era un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo Carolina se comuni­caba a través de aquel húmedo corazón.

Al este, por donde nace el sol, había un bosque. Lo divisó una mañana con sus ojos verdes más altos y todas sus hojas temblaron con un brillo de escamas. Era un árbol más grande, el más grande y formidable de todos. Al caer la tarde, con el sol cruzado barriendo oblicuamente los pastos que parecían mansas llamitas, los ár­boles aquellos ardieron como un gran fuego. Por la noche, el álamo apuntó una de sus delgadas ramas subterráneas en aque­lla dirección y recibió la respuesta. No era un árbol más grande, era un bosque, es decir, un montón de ellos, tierra emplumada, alta y rumorosa hermandad.

¿Por qué no estaba él allí? ¿Por qué había nacido solitario? ¿Acaso él no era como un resumen del bosque, cada rama un árbol? Todas estas preguntas le respondió el bosque, sus herma­nos, noche a noche. Esta y muchas otras porque a medida que se ponía viejo, en medio de aquella soledad, se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita. Los árboles no duer­men propiamente, se adormecen, sobre todo en invierno cuando las altas estrellas se deslizan por sus ramas peladas como frías gotas de rocío. Es entonces cuando sienten con más fuerza todas aquellas voces y señales de la tierra.

Los animales de la noche salen de sus madrigueras y roen la oscuridad, un pájaro desvela­do vuela hacia la luz de una casa, un bulto negro trota por el camino, los grillos vibran entre los pastos como cuerdas de cristal, un perro aúlla en la lejanía, el hombre se da vuelta en la cama y piensa cuántas fanegas dará el cuadro de trigo.

En este mismo momento, en esta noche tan quieta, la semilla está trabajando ahí abajo, el árbol la siente germinar, siente su pequeño esfuerzo, cómo se hincha y se despliega y recorre, pulgada por pulgada, el mismo camino que ha trazado el deseo del hombre, que ha vuelto a dormirse y sueña con una suave marea de espigas amarillas.

Y fue por ahí, por la tierra, que el árbol tuvo noticias del ferrocarril cuando un día sintió ese tumulto que subió por sus raíces. Tiempo después, luego de divisar la morada del hombre, vio por fin aquella alocada y ruidosa casa que con chimenea y todo corría sobre la tierra, y supo por ella que además de los pájaros gran parte de cuanto vive se mueve de un lado a otro y el viejo álamo, que entonces no era tan viejo pero sí árbol com­pleto, sintió por primera vez el dolor de su fijeza.

Él sólo podía ir hacia arriba trazando un corto camino en el cielo y al co­mienzo del otoño volar en figura según el viento en la trama de sus hojas. En cierto momento, después de la casa, el tren se transportaba entre sus ramas y a veces el penacho de humo llegaba hasta el mismo álamo. Esto dependía del viento, del cual, por instrucción de los pájaros, el viejo álamo había apren­dido a extraer otros muchos sucesos. Según soplase, él agitaba sus hojas como verdes plumas y simulaba temblorosos vue­los.

El viento subía y bajaba en frescas turbonadas por dentro de aquella jaula vegetal provocando, de acuerdo a la disposición del follaje, murmullos y silbidos que complacían al árbol mú­sico.

Todo esto se aprende con los años, un verano tras otro, y luego para el árbol son materia de recuerdo en el invierno. El invierno comienza para él con la caída de la primera hoja. Un poco antes nota que se le adormecen las ramas más viejas y después el sueño avanza hacia adentro aunque nunca llega al corazón del árbol. En eso siente un tironcito y la primera hoja planea sobre el suelo. Así empieza.

Después cae el resto y el viento las revuelve, las dispersa, corren y se entremezclan con las hojas de otros árboles, cuando el viejo álamo Carolina ya se ha adormecido y piensa quietamente en el luminoso verano que, de algún modo, ya está en camino a través de la tierra, por el tibio surco de su savia. La lluvia oscurece sus ramas y la escarcha las abrillanta como si fuesen de almendra. Algunas se quiebran con los vientos y el árbol se despabila por un momento, siente en todo su cuerpo esa pequeña muerte aunque él todavía se sostiene, sabe que perdurará otros veranos.

Hasta que allá por septiembre memoria y suceso se juntan en el tiempo y un dulce cosquilleo sube desde la oscuridad de la tierra, reanima su piel, desentumece las ramas y el viejo álamo Carolina se brota nuevamente de verdes ampollas. El aire ahora es más tibio y el hombre, al que observa desde el brote más alto, recorre el campo y espía las crestitas verdes que acaban de aparecer sobre la tierra.

Para mediados de octubre el viejo álamo está otra vez recubierto de firmes y oscuras hojas que brillan con el sol cuando la brisa las agita a la caída de la tarde. El sol para este tiempo es más firme y proyecta sobre el suelo la enorme sombra del árbol.

Fue en este verano, cuando el sol estaba bien alto y la sombra era más negra, que el hombre se acercó por fin hasta el árbol. Él lo vio venir a través del campo, negro y preciso sobre el caballo sudoroso. El hombre bajó del caballo y penetró en la sombra. Se quitó el sombrero cubierto de tierra, después de mirar hacia arriba y aspirar el fresco que se descolgaba de las ramas, y se quitó el sudor de la frente con la manga de la camisa.

Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo Carolina, se sentó al pie del árbol y se recostó contra el tronco. Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol.

 


Guillermo Martínez

INFIERNO GRANDE

 

Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las moscas, me acuerdo del muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y que nadie en el pueblo volvió a mencionar.

Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera vez que lo vimos, con la ropa polvorienta, la barba crecida y, sobre todo, con aquella melena larga y desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién el principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que sería un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café; mientras le hacía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se apartó el pelo de la frente, y me preguntó por una peluquería.

Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubiera ido a lo del viejo Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie habría murmurado. Pero bueno, la peluquería de Melchor estaba en la otra punta del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.

La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras Cervino le cortaba el pelo se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho como miraba ella a los hombres. Ahí fue que empezó el maldito asunto, porque el muchacho se quedó en el pueblo y todos pensamos lo mismo: que se quedaba por ella.

No hacía un año que Cervino y su mujer se habían establecido en Puente Viejo y era muy poco lo que sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía comentarse con rencor en el pueblo. En realidad, en el caso del pobre Cervino era sólo timidez, pero quizá la Francesa fuera, sí, un poco arrogante. Venían de la ciudad, habían llegado el verano anterior, al comienzo de la temporada, y recuerdo que cuando Cervino inauguró su peluquería yo pensé que pronto arruinaría al viejo Melchor, porque Cervino tenía diploma de peluquero y premio en un concurso de corte a la navaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y sillón giratorio, y le echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si no se lo frenaba a tiempo. Además, en la peluquería de Cervino estaba siempre el último El Gráfico en el revistero. Y estaba, sobre todo, la Francesa.

Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise averiguarlo: me hubiera desilusionado enterarme, por ejemplo, de que la Francesa había nacido en Bahía Blanca o, peor todavía, en un pueblo como éste. Fuera como fuese, yo no había conocido hasta entonces una mujer como aquélla. Tal vez era simplemente que no usaba corpiño y que hasta en invierno podía uno darse cuenta de que no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez era esa costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la peluquería y pintarse largamente frente al espejo, delante de todos. Pero no, había en la Francesa algo todavía más inquietante que ese cuerpo al que siempre parecía estorbarle la ropa, más perturbador que la hondura de su escote. Era algo que estaba en su mirada. Miraba a los ojos, fijamente, hasta que uno bajaba la vista. Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un brillo de burla, como si la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de antemano que nadie se le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en el pueblo era hombre a su medida. Así, con los ojos provocaba y con los ojos, desdeñosa, se quitaba. Y todo delante de Cervino, que parecía no advertir nada, que se afanaba en silencio sobre las nucas, haciendo sonar cada tanto sus tijeras en el aire.

Sí, la Francesa fue al principio la mejor publicidad para Cervino y su peluquería estuvo muy concurrida durante los primeros meses. Sin embargo, yo me había equivocado con Melchor. El viejo no era tonto y poco a poco fue recuperando su clientela: consiguió de alguna forma revistas pornográficas, que por esa época los militares habían prohibido, y después, cuando llegó el Mundial, juntó todos sus ahorros y compró un televisor color, que fue el primero del pueblo. Entonces empezó a decir a quien quisiera escucharlo que en Puente Viejo había una y sólo una peluquería de hombres: la de Cervino era para maricas.

Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor fue, otra vez, a causa de la Francesa: no hay hombre que soporte durante mucho tiempo la burla o la humillación de una mujer.

Como decía, el muchacho se quedó en el pueblo. Acampaba en las afueras, detrás de los médanos, cerca de la casona de la viuda de Espinosa. Al almacén venía muy poco; hacía compras grandes, para quince días o para el mes entero, pero en cambio iba todas las semanas a la peluquería. Y como costaba creer que fuera solamente a leer El Gráfico, la gente empezó a compadecer a Cervino. Porque así fue, al principio todos compadecían a Cervino. En verdad, resultaba fácil apiadarse de él: tenía cierto aire inocente de querubín y la sonrisa pronta, como suele suceder con los tímidos. Era extremadamente callado y en ocasiones parecía sumirse en un mundo intrincado y remoto: se le perdía la mirada y pasaba largo rato afilando la navaja, o hacía chasquear interminablemente las tijeras y había que toser para retornarlo. Alguna vez, también, yo lo había sorprendido por el espejo contemplando a la Francesa con una pasión muda y reconcentrada, como si ni él mismo pudiese creer que semejante hembra fuera su esposa. Y realmente daba lástima esa mirada devota, sin sombra de sospechas.

Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo para las casadas y casaderas del pueblo, que desde siempre habían hecho causa común contra sus temibles escotes. Pero también muchos hombres estaban resentidos con la Francesa: en primer lugar, los que tenían fama de gallos en Puente Viejo, como el ruso Nielsen, hombres que no estaban acostumbrados al desprecio y mucho menos a la sorna de una mujer.

Y sea porque se había acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque en el pueblo venían faltando los escándalos, todas las conversaciones desembocaban en las andanzas del muchacho y la Francesa. Detrás del mostrador yo escuchaba una y otra vez las mismas cosas: lo que había visto Nielsen una noche en la playa, era una noche fría y sin embargo los dos se desnudaron y debían estar drogados porque hicieron algo que Nielsen ni entre hombres terminaba de contar; lo que decía la viuda de Espinosa: que desde su ventana siempre escuchaba risas y gemidos en la carpa del muchacho, los ruidos inconfundibles de dos que se revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los Vidal, que en la peluquería, delante de él y en las narices de Cervino... En fin, quién sabe cuánto habría de cierto en todas aquellas habladurías.

Un día nos dimos cuenta de que el muchacho y la Francesa habían desaparecido. Quiero decir, al muchacho no lo veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni en la peluquería ni en el camino a la playa, por donde solía pasear. Lo primero que pensamos todos es que se habían ido juntos y tal vez porque las fugas tienen siempre algo de romántico, o tal vez porque el peligro ya estaba lejos, las mujeres parecían dispuestas ahora a perdonar a la Francesa: era evidente que en ese matrimonio algo fallaba, decían; Cervino era demasiado viejo para ella y por otro lado el muchacho era tan buen mozo... y comentaban entre sí con risitas de complicidad que quizás ellas hubieran hecho lo mismo.

Pero una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asunto estaba en el almacén la viuda de Espinosa y la viuda dijo con voz de misterio que a su entender algo peor había ocurrido; el muchacho aquel, como todos sabíamos, había acampado cerca de su casa y, aunque ella tampoco lo había vuelto a ver, la carpa todavía estaba allí; y le parecía muy extraño –repetía aquello, muy extraño– que se hubieran ido sin llevar la carpa. Alguien dijo que tal vez debería avisarse al comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vigilar también a Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle: tengo por norma no discutir con los clientes.

Empecé a decir débilmente que no se podía acusar a nadie sin pruebas, que para mí era imposible que Cervino, que justamente Cervino... Pero aquí la viuda me interrumpió: era bien sabido que los tímidos, los introvertidos, cuando están fuera de sí son los más peligrosos.

Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la puerta. Hubo un gran silencio; debió advertir que hablábamos de él porque todos trataban de mirar hacia otro lado. Yo pude observar cómo enrojecía y me pareció más que nunca un chico indefenso, que no había sabido crecer.

Cuando hizo el pedido noté que llevaba poca comida y que no había comprado yoghurt. Mientras pagaba, la viuda le preguntó bruscamente por la Francesa.

Cervino enrojeció otra vez, pero ahora lentamente, como si se sintiera honrado con tanta solicitud. Dijo que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al padre, que estaba muy enfermo, pero que pronto volvería, tal vez en una semana. Cuando terminó de hablar había en todas las caras una expresión curiosa, que me costó identificar: era desencanto. Sin embargo, apenas se fue Cervino, la viuda volvió a la carga. A ella, decía, no la había engañado ese farsante, nunca más veríamos a la pobre mujer. Y repetía por lo bajo que había un asesino suelto en Puente Viejo y que cualquiera podía ser la próxima víctima.

Transcurrió una semana, transcurrió un mes entero y la Francesa no volvía. Al muchacho tampoco se lo había vuelto a ver. Los chicos del pueblo empezaron a jugar a los indios en la carpa abandonada y Puente Viejo se dividió en dos bandos: los que estaban convencidos de que Cervino era un criminal y los que todavía esperábamos que la Francesa regresara, que éramos cada vez menos. Se escuchaba decir que Cervino había degollado al muchacho con la navaja, mientras le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a los chicos que jugaran en la cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos que volvieran con Melchor.

Sin embargo, aunque parezca extraño, Cervino no se quedó por completo sin clientes: los muchachos del pueblo se desafiaban unos a otros a sentarse en el fatídico sillón del peluquero para pedir el corte a la navaja, y empezó a ser prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray.

Cuando le preguntábamos por la Francesa, Cervino repetía la historia del suegro enfermo, que ya no sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y supimos que la viuda de Espinosa había hablado con el comisario para que lo detuviese. Pero el comisario había dicho que mientras no aparecieran los cuerpos nada podía hacerse.

En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos decían que Cervino los había enterrado en su patio; otros, que los había cortado en tiras para arrojarlos al mar, y así Cervino se iba convirtiendo en un ser cada vez más monstruoso.

Yo escuchaba en el almacén hablar todo el tiempo de lo mismo y empecé a sentir un temor supersticioso, el presentimiento de que en aquellas interminables discusiones se iba incubando una desgracia. La viuda de Espinosa, por su parte, parecía haber enloquecido. Andaba abriendo pozos por todos lados con una ridícula palita de playa, vociferando que ella no descansaría hasta encontrar los cadáveres.

Y un día los encontró.

Fue una tarde a principios de noviembre. La viuda entró en el almacén preguntándome si tenía palas; y dijo en voz bien alta, para que todos la escucharan, que la mandaba el comisario a buscar palas y voluntarios para cavar en los médanos, detrás del puente. Después, dejando caer lentamente las palabras, dijo que había visto allí, con sus propios ojos, un perro que devoraba una mano humana. Me estremecí; de pronto todo era verdad y mientras buscaba en el depósito las palas y cerraba el almacén seguía escuchando, aún sin poder creerlo, la conversación entrecortada de horror, perro, mano, mano humana.

La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba último, cargando las palas. Miraba a los demás y veía las mismas caras de siempre, la gente que compraba en el almacén yerba y fideos. Miraba a mi alrededor y nada había cambiado, ningún súbito vendaval, ningún desacostumbrado silencio. Era una tarde como cualquier otra, a la hora inútil en que se despierta de la siesta. Abajo se iban alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el mar, distante, parecía pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció comprender de dónde provenía aquella sensación de incredulidad: no podía estar sucediendo algo así, no en Puente Viejo.

Cuando llegamos a los médanos el comisario no había encontrado nada aún. Estaba cavando con el torso desnudo y la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos señaló vagamente en torno y yo distribuí las palas y hundí la mía en el sitio que me pareció más inofensivo. Durante un largo rato sólo se escuchó el seco vaivén del metal embistiendo la tierra. Yo le iba perdiendo el miedo a la pala y estaba pensando que tal vez la viuda se había confundido, que quizá no fuera cierto, cuando oímos un alboroto de ladridos. Era el perro que había visto la viuda, un pobre animal raquítico que se desesperaba alrededor de nosotros. El comisario quiso espantarlo a cascotazos pero el perro volvía y volvía y en un momento pareció que iba a saltarle encima. Entonces nos dimos cuenta de que era ése el lugar, el comisario volvió a cavar, cada vez más rápido, era contagioso aquel frenesí, las palas se precipitaron todas juntas y de pronto el comisario gritó que había dado con algo; escarbó un poco más y apareció el primer cadáver.

Los demás apenas le echaron un vistazo y volvieron enseguida a las palas, casi con entusiasmo, a buscar a la Francesa, pero yo me acerqué y me obligué a mirarlo con detenimiento. Tenía un agujero negro en la frente y tierra en los ojos. No era el muchacho.

Me di vuelta, para advertirle al comisario, y fue como si me adentrara en una pesadilla: todos estaban encontrando cadáveres, era como si brotaran de la tierra, a cada golpe de pala rodaba una cabeza o quedaba al descubierto un torso mutilado. Por donde se mirara muertos y más muertos, cabezas, cabezas.

El horror me hacía deambular de un lado a otro; no podía pensar, no podía entender, hasta que vi una espalda acribillada y más allá una cabeza con venda en los ojos. Miré al comisario y el comisario también sabía, nos ordenó que nos quedáramos allí, que nadie se moviera, y volvió al pueblo, a pedir instrucciones.

Del tiempo que transcurrió hasta su regreso sólo recuerdo el ladrido incesante del perro, el olor a muerto y la figura de la viuda hurgando con su palita entre los cadáveres, gritándonos que había que seguir, que todavía no había aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió caminaba erguido y solemne, como quien se apresta a dar órdenes. Se plantó delante de nosotros y nos mandó que enterrásemos de nuevo los cadáveres, tal como estaban. Todos volvimos a las palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras la tierra iba cubriendo los cuerpos yo me preguntaba si el muchacho no estaría también allí. El perro ladraba y saltaba enloquecido. Entonces vimos al comisario con la rodilla en tierra y el arma entre las manos. Disparó una sola vez. El perro cayó muerto. Dio luego dos pasos con el arma todavía en la mano y lo pateó hacia adelante, para que también lo enterrásemos.

Antes de volver nos ordenó que no hablásemos con nadie de aquello y anotó uno por uno los nombres de los que habíamos estado allí.

La Francesa regresó pocos días después: su padre se había recuperado por completo. Del muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa la robaron ni bien empezó la temporada.

 

 


Samuel Martínez Andrade

LA TIERRA SE HABÍA TRANSFORMADO

a Nicole Luján

 

Desperté con la piel erizadísima. Vi que era tarde. Me metí a la ducha. No me miré en el espejo. Me vestí con lo primero que vi: vestido rojo / pecas blancas. Salí. Vi que el cielo estaba verde. Temblé. Entré de vuelta al departamento. Algo había cambiado. Fui al espejo. Me vi. Era cierto: la Tierra al fin se había transformado.

Entró una llamada a mi celular. Era León. Contesté. Le dije que tenía prisa, que iba tarde al trabajo y luego le colgué por error. Me volvió a llamar. Le dije que mi celular había estado fallando. No te preocupes. Oye, ¿podemos hablar? No tomará más de un minuto, me dijo León angustiado. Mientras le decía que no podía porque iba tarde al trabajo, le colgué según yo como si fuera culpa de mi celular descompuesto. Mi celular claramente estaba en perfecto estado. Lo puse en modo avión y lo guardé en mi bolsa. Me subí al auto, lo encendí, me vi de reflejo en el espejo y en ese momento de nuevo me di cuenta de lo que había sucedido: ahora era otra. La Tierra se había transformado. Y como yo ya era otra, comencé a comportarme diferente: caminar diferente, respirar diferente, escribir cosas más bien alegres, componer sinfonías para piano, dejar de fumar cigarrillos. Era otra. Era muy claro. Me sentí llena de vida. Me sentí lúcida. La Tierra al fin se había transformado. En la madrugada, ya de vuelta en mi departamento, me acosté, recordé a León y sentí melancolía por lo que le había hecho: cambiar tan de pronto / moverme tan de prisa. Ni modo, suele pasar, ¿no? Cerré los ojos: qué más da.

Al otro día desperté y pasaban de las cuatro de la tarde. Quizás esta versión de Danielle vive de noche, pensé. Me animé un poco. Toqué la guitarra. Escribí. El día se me pasó volando. Salí a ver el atardecer. Pensé en todos los textos que tenía pendientes. Todo puede esperar, me dije. Llegué al lago y me quedé dormida en el pasto. Me despertó un tipo moreno con acento portugués. Hey!, me dijo con una sonrisa. Hey!, le respondí somnolienta y un poco confundida. ¿Está bien si me siento a tu lado? No respondí nada. Me sentí confundida. Lo que pasa es que cuando veo a otra persona sola, en un espacio tan abierto como este, se me hace algo tonto no conversar con ella. Ya llegó el chico sociable, pensé. Y él prosiguió: pero bueno, claro, primero pregunto si no estoy incomodando, qué tal que la otra persona quiere estar sola. ¿Quién quiere estar sola en este mundo?, le respondí. Él se rió. Supongo que no percibió la profundidad de mi pregunta. Sospecho que nadie, dijo, y entonces algo en su mirada y en sus labios me atrapó. Ojos negros de felpa. Ojos negros de terciopelo. ¿Quién rayos dice sospecho? Algo en su mirada y en sus labios me atrapó y los siguientes treinta minutos no pude dejar de apreciarlos. Luego de un rato lo besé y le dije que si no quería tomar algo en mi departamento. Él por supuesto accedió. El sexo no estuvo mal.

Por la mañana me volvió a marcar León. Esta vez fui fulminante. Ni siquiera lo dejé hablar. Básicamente le dije que lo quería muchísimo pero que lo nuestro no tenía solución, que debíamos continuar nuestro camino. Él no lo entendió del todo. Al final la conversación se tornó fastidiosa y tuve que ser un poco dramática: le dije olvídame / por mi parte yo nunca te olvidaré / pero tú olvídame, y colgué de golpe. No hubo más llamadas. La Tierra se había transformado. Mientras tanto Felipe, el brasileño, tomaba una ducha. Luego de un rato me pidió una toalla. Le expliqué que estaban debajo del lavamanos. No las encuentro, me dijo. Entré al baño y ahí estaba él, de espaldas, desnudo, resplandeciente, con su gran porte viril, con su gran porte grueso. Me acerqué a él y lo acaricié. Entonces él me tomó el rostro, me besó, me quitó la ropa, me tomó el cabello y me metió su gordo miembro suavemente. Ahí me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto del sexo.

Por la noche me miré largo rato en el espejo. Observaba la conquista del tiempo sobre mí. La conquista del cambio. La Tierra al fin se había transformado. Yo no había puesto resistencia. No daba crédito a mi imagen. Me sentía un monstruo. Había creado un monstruo y ya no sabía cómo detenerlo, repetía ciclada en mi mente. Me eché a la cama y sentí un hoyo en el pecho. Sin darme mucho cuenta me quedé dormida. Al otro día ya no sentí nada. Ni siquiera me acordé de León ni de Felipe. Simplemente esta nueva yo, esta nueva Danielle, era capaz de estar en paz y en soledad. Al parecer no necesitaba de nadie. Me había transformado. El cambio me había consumido. Y creo que eso me hacía feliz o algo así. Luego de un tiempo me volví a enamorar. La Tierra se volvió a transformar. Sentí que todo era un juego, un chiste. Me reí en mi soledad y les di a todos la razón: ¡sí, sí, todos están en lo correcto!, pensé en mi mente extasiada. ¡Sí, sí! Después pensé en la idea de que la Tierra nunca dejará de transformarse y sentí pánico. Luego uno de los pitos que usualmente me cogía entró dentro de mí y todo eso que había pensado se me olvidó de golpe. Ser es percepción / me repetí ciclada en la cabeza / Ser es percepción / Ser es percepción / la Tierra se había transformado / Ser es percepción / Ser es percepción / me repetía intentando convencerme de que / Ser es percepción / Ser es percepción / Ser es percepción / ¿O no?

 

EN MI SALA ME ENCONTRÉ A UNO DE MIS PERSONAJES

 

Simplemente lo vi ahí, sentado en el sillón, y le hablé. Luego de un rato de banalizar me pidió que lo escribiera. No supe cómo reaccionar ante tal petición. Le dije sí, claro que sí. ¿Cuándo empezamos? Mañana. Misma hora. Mismo lugar. Y se fue.

Al otro día bajé y ahí estaba él vestido de negro. Me dijo quiero ser un personaje atropellado. ¿Qué? ¿Por qué? No me respondió. Me contó su historia. Dónde y cómo creció. De quién se enamoró. Qué tipo de ropa interior usaba. Qué soñaba. Muchas de las cosas que me contó me sorprendieron y pensé que en definitiva había mucho que escribir sobre él.

Luego de dos días la historia estaba lista. En el final, en efecto, mi personaje no se moría. Él quería que lo matara −me daba cuenta−, pero su historia no podía solucionarse así de fácil. Envié el texto a una revista y luego de un tiempo lo publicaron. El contacto que tuvo con algunos de los lectores fue voraz. Incluso unos me llegaron a escribir varios mensajes. Decían que el texto les había encantado. Me dio un poco de miedo. Yo, que conozco a mi personaje −pues platiqué con él en mi sala−, no creo que sea un personaje como para encantarte. Digo, es chido, algo extraño, y cautiva, pero no tanto como para encantarte. Me dio un poco de miedo.

Meses después la revista desapareció y con ella mi joven personaje. Sin embargo me lo volví a encontrar en la sala de mi casa y me pidió que lo escribiera en una segunda parte. Me platicó sobre una chica que lo leyó y que durante semanas se encontraron en sueños. Me sentí bien, aunque a decir verdad él no parecía muy entusiasmado. Más bien estaba destrozado. De un momento a otro me pidió que esta vez fuera fulminante, que esta vez sí lo matara. Me quiero morir, me confesó. Intenté hacerlo cambiar de opinión, pero luego de unos minutos desistí y escribí la segunda parte de su historia. La publiqué en mi página personal y la compartí en FB.

Desde entonces no lo he vuelto a ver. A veces algunas personas entran a mi página y lo leen. Le hacen compañía. Lo toman de la mano cuando muere. A veces vuelven varias ocasiones. Me lo han dicho. Me da gusto (creo). Sin embargo yo no puedo hacerlo. No puedo visitarlo. Me da mucha tristeza ver que uno de mis personajes terminó así. Lo único que hago es contemplarlo de lejos en mi mente. Veo su barba. Sus grandes ojos negros. Su barba. Sus grandes ojos negros. La cámara se apaga. Pies descalzos. Posición de arquero atrapa sueños. Me duermo.

 

Textos publicados en “Consenso de realidad”, Revista tn: http://revistatn.com/la-tierra-se-habia-transformado y http://revistatn.com/en-mi-sala-me-encontre-a-uno-de-mis-personajes

 


Leonora Carrington

CONEJOS BLANCOS

 

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de Pest Street. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada con sudor.
La luz nunca era muy fuerte en Pest Pret. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento; pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de Pest Street. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego metió la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.
−¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? −me gritó.
−¿Un poco de qué? −grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
−De carne en mal estado. Carne en descomposición.
−En este momento, no −contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
−¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de ésas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
−¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? −murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
−Es usted muy amable −prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente−. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a un “boudoir” decorado con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
−Tenemos visita muy pocas veces −sonrió la mujer−. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautelosamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
−¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! −canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
−Una acaba encariñándose con ellos −prosiguió la mujer−. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
−Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención; entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.
−Ése es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
−¿Ethel? −preguntó con voz bastante débil−. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
−Vamos, Laz; no empecemos −su voz era quejumbrosa−. No me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
−Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? −de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
−Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
−¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan sólo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

 


Augusto Monterroso

EL CONEJO Y EL LEÓN

 

Un célebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con la de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al

León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió al aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el célebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

 

EL MONO QUE QUISO SER ESCRITOR SATÍRICO

 

En la Selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.

Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.

Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.

No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.

Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.

Entonces un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.

Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso en ojo en la

Serpiente, quien por diferentes medios auxiliares en realidad de su arte adulatorio lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas y desistió de hacerlo.

Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacía más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.

Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.

Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa y en él mismo.

En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.

 


Juan Rulfo

¡DILES QUE NO ME MATEN!

 

—¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

—No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

—Haz que te oigan. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

—No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

—Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué con­sigues.

—No. No tengo ganas de ir. Según eso, yo soy tu hijo. Y, si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

—Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

—No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

—Dile al sargento que te deje ver al coronel. Y cuénta­le lo viejo que estoy. Lo poco que valgo. ¿Qué ganancia sacará con matarme? Ninguna ganancia. Al fin y al cabo él debe de tener un alma. Dile que lo haga por la bendita salvación de su alma.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

—Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí tam­bién, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

—La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el inten­to de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan gran­des de vivir como sólo las puede sentir un recién resu­citado.

Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan vie­jo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su com­padre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca, para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre es­perando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía olien­do el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

—Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potre­ro y te lo mato.

Y él le contestó:

—Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los ani­males busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

«Y me mató un novillo.

»Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el em­bargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Toda­vía después se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

»Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los mu­chachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

»Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhor­tado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

»—Por ahí andan unos fuereños, Juvencio.

»Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los ma­droños y pasándome los días comiendo sólo verdolagas. A veces tenía que salir a la medianoche, como si me fue­ran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida.»

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; cre­yendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilo. «Al menos esto —pensó— conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz.»

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para li­brarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresal­tos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No po­día. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Ve­nado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, aca­lambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A mo­rir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago, que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar po­dría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubie­ran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los bra­zos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El vien­to soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apeñuscado con los años, ve­nían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saborean­do cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hom­bres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: «Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos», iba a decirles, pero se quedaba callado. «Más adelantito se los diré», pensaba. Y sólo los veía. Podía has­ta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado la­deándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Ha­bían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lo­graría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa co­menzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse meti­do entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

—Yo nunca le he hecho daño a nadie —eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

—Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

—¿Cuál hombre? —preguntaron.

—El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

—Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima —vol­vió a decir la voz de allá adentro.

—¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? —repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

—Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

—Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

—Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

—¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

—Ya sé que murió —dijo. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de ca­rrizos.

—Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil cre­cer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

«Luego supe que lo habían matado a machetazos, cla­vándole después una pica de buey en el estómago. Mecon­taron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron, tirado en un arroyo, todavía estaba agonizan­do y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

»Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de ol­vidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para aca­bar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No de­bía haber nacido nunca.»

Desde acá, desde afuera, se oyó bien claro cuanto dijo. Después ordenó:

—¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

—¡Mírame, coronel! —pidió él—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme sólito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!

—¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro.

—...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

—Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se embo­rrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrin­conado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le me­tió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

—Tu nuera y los nietos te extrañarán —iba diciéndole—. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote, cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

 


Julio Ramón Ribeyro

EL PROFESOR SUPLENTE

 

Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.

—¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no... ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad... eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador... No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio... No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta... ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!

Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia, había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.

Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercala un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz de la farola.

—Todo esto no me sorprende —dijo al fin—. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.

Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.

A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.

—No te olvides de poner la tarjeta en la puerta —recomendó Matías antes de partir—. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.

En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.

Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.

En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar —el reloj del Municipio acababa de dar las once— cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.

Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes, para demoler sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.

Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.

Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.

Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje.

Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición —que le recordó a los jurados de su infancia— fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.

A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.

—Por favor —decía— ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.

—¡Yo soy cobrador! —contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.

El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.

Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio a que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.

—¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?

— Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! —balbuceó Matías—. ¡Me aplaudieron! —pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.

 

(Amberes, 1975)

 


Óscar Collazos

EL REVÉS DE LA TRAMA

 

De haberse armado de coraje, hubiese sido otra su respuesta. A los dieciséis años es fácil empezar a tirar los techos de la casa o destruir los cimientos como si se tratara de un castillo de arena. Además, se lo impedirían a golpes una vez dado el primer movimiento. Así que, como siempre, guardó silencio.

Llegar bebido no era un delito que mereciese castigo como el impuesto por su padre, si podía decirse que venía bebido. No había pasado de tres cervezas, las necesarias para animar dos partidas de billar en el café de los turcos. Volvería a jugar y a beber cuando se le antojara, se dijo con el empecinamiento de un muchacho injustamente reprendido. Si se hubiese tratado solo de un sermón, de un duro sermón que no excluía las amenazas hubiese sido lo de menos. Cosas de esas resultan perdonables si uno se acostumbra a oír sin entender, a inclinar la cabeza y fingirse afectado, quizá arrepentido, no lo volveré a hacer, perdóneme papá, aquellas salidas que uno aprende como si formasen parte de un sucio espectáculo de mentiras exigido por el orgullo de los padres, aun a sabiendas de que se trata de un arrepentimiento simulado.

Pero no. Su padre no solo había sido duro sino, lo que era más grave, imprudente hasta la torpeza. Ninguna necesidad tenía de poner a prueba ante la visita de esa noche su sentido de la autoridad. Pudo haber esperado que se fueran, la cena acababa de terminar y ya estaban en el café, habían visto el programa de televisión y despellejado al vecindario, ya se habían confesado admiración mutua y amistad, conocido la casa, cada uno de sus cuartos, los mueblesnuevos, los jarrones de porcelana, la vajilla de los invitados, ustedes saben cuántas cosas se enseñan unos a otros anfitriones y visitantes cuando se trata de una carrera de galgos, tenemos esto, tendremos aquello, también nosotros, un poco más y seremos iguales, festín de envidias que se camuflan en las exclamaciones de admiración.

Mirando a la visita, aunque dirigiéndose al muchacho, con el ceño fruncido y las manos crispadas, el padre dijo que no estaba en condiciones de perdonar sinvergüencerías, no era esa la clase de educación que había inculcado a sus hijos, dónde se había visto eso de llegar a medianoche y además bebido como cualquiera de la calle, que dijeran sino ellos, los presentes, si tenía o no razón al sentirse defraudado, engañado además porque debía haber estado antes de las nueve, a más tardar, sermones y amonestaciones que había empezado a despachar sin moverse de su asiento y terminado de pie en el centro de la sala, como si ellos esperasen de él una lección de oratoria en el centro mismo de la sala.

En silencio, el muchacho sintió que se le encendía el rostro. Sentía subir el calor de los pies al cuello, incluyendo una punzada en el estómago. El padre alzaba la voz hasta gritar, ahora mismo se mete en su cuarto y ya hablaremos cuando se vayan estos señores. Y por mucho que la madre intentara con gestos y evidente incomodidad impedir que el padre subiera aún más la voz, para este no existían más que los vecinos y su autoridad, cosa que obligó a la madre a interrumpirlo con firmeza, déjelo para mañana, pero el hombre estaba más allá de cualquier voz mediadora, por encima de la prudente intervención de su mujer, cauta en estas situaciones, que prefirió callarse para evitar un altercado en su contra, más grave en presencia de los invitados que, aunque a punto de largarse, se sentían ya con el derecho de aprobar con movimientos de cabeza, cómo no, hace bien, no se puede perdonar, por pequeños que sean, deslices que pueden llegar a volverse más graves, hace bien.

Al entrar a su cuarto, el muchacho sintió que nada cuanto le rodeaba tenía ya sentido. Por entrañables que fuesen aquellos objetos, la cama de cedro, los afiches que él mismo había escogido y comprado, los pocos libros que descansaban en dos estanterías, por mucho que allí dentro su vida fuese a veces su propia vida y no la de sus padres, incluyendo ropas deportivas y la promesa de una moto si aprobaba sus exámenes sin suspendidos, por mucho que pudiese empezar a hacer en la clandestinidad, todo aquello no era en aquel momento más que un montón de porquerías —pensó, incapaz de sentarse o echarse en la cama, a la expectativa, como si tras la partida de los visitantes todo prometiese volverse más claro en su cabeza.

Los visitantes acababan de despedirse después de un prolongado coqueteo en la puerta, lindísimo apartamento, naderías de esas. El muchacho, entonces, intentó tranquilizarse. Lo consiguió, en parte. Miró a su alrededor y pese a sentirse menos agitado compartió con su conciencia la misma sensación de estar rodeado de naderías. Se sintió solo, como quizá se sienta un joven abandonado por el mínimo respeto que puede esperar de sus padres. Solo como si, uno a uno, lo hubiesen repudiado sus compañeros de clase o barrio. O solo y defraudado en la intensidad de un temprano amor de adolescente, convertido de la noche a la mañana en un sentimiento sin objeto.

Pudo haber llorado y no lo hizo. Es la rabia, más que el dolor, la que permite que el llanto se dibuje en unos párpados jóvenes, la que conduce al cuerpo la nerviosa contracción que de un momento a otro será expulsada en un gesto de violencia. Y el muchacho, cuando ya habían pasado incontables minutos desde la despedida de los visitantes, no pudo favorecerse con una lágrima ni sentirse digno de un gesto de violencia que bien podría haberse descargado sobre los miserables objetos que lo rodeaban y vigilaban en su cuarto. Escuchó, en cambio, sin entender una palabra, la conversación agitada entre el padre y la madre. Solo en contadas ocasiones —pensó— ella se atrevía a disentir. Era entonces cuando la admiraba, cuando el afecto nunca nombrado y pudorosamente expresado, se convertía en una emoción secreta e intransferible, como si por una vez en la vida tener una madre capaz de alzar la voz lo dignificara también a él, furtivo espectador de riñas domésticas.

—Creo que no fue justo —alcanzó a entender. Era la voz de la madre.

—Usted es la que no entiende nada de educar a un hijo —cortó el padre con irritación.

—¡Déjelo, por Dios, tranquilo! —escuchó el muchacho—. A nadie le gusta que lo humillen delante de extraños.

Haber comprendido cabalmente la frase de su madre le resultó gratificante. Recordó un viejo paseo, solo él y ella, tan remoto que prefirió verse a sí mismo como un niño. Ella lo envolvía en una frazada, lo dejaba recostado en el césped y se dirigía a la orilla de un quieto río. Él la observaba de espaldas y la visión de una silueta, próxima y amada, le producía un regocijo que, recordó, solo podía traducirse en la repentina humedad de sus ojos.

—Se está haciendo un hombre —alcanzó a escuchar que decía la madre al padre.

Sintió que la tensión de su cuerpo disminuía, como si estuviese a punto de caer en un estado de relajante serenidad, estado que por lo general anuncia la inminencia de un episodio a punto de ser olvidado.

Afuera se hizo un largo silencio. Su padre, pensó, había tenido en algo razón, eran más de las doce, había bebido tres cervezas y nada de ello estaba convenido. ¿Pero a cuenta de qué tenían que convenirse iniciativas? Supo que ganaba algo de la tranquilidad deseada cuando recordó momentos de la tarde, la salida presurosa del colegio, el encuentro con los amigos, la decisión de jugar una partida de billar, de beberse unas cervezas. Hugo Arroyo tenía dinero suficiente, invitaba espléndidamente, pero el recuerdo de esta velada se veía interrumpido por una imagen intrusa: su padre, de pie en el centro de la sala, intentando imponer a los invitados la severidad de sus amonestaciones.

¿Por qué no salía a la sala donde el padre y la madre, seguramente, seguían sentados y silenciosos después de haber roto la monotonía familiar a fuerza de discutir con tanta vehemencia? Decidió salir, como un intruso, con pasos sigilosos. Lo que alcanzó a ver le bastó para recobrar, no la tranquilidad sino la certeza que había tenido desde el comienzo: haber llegado bebido y tarde, como había dicho su padre, no era ninguna vergüenza.

Recostado en los muslos de su mujer, que le acariciaba los cabellos, el padre parecía estar a punto del sollozo. Un niño, pensó, como un niño. Y regresó, tan cauteloso como había sido al salir al umbral de la sala, regresó a su cuarto.

—No quería hacerlo… —decía el padre—. Lo siento por él, pero…—fue lo último que alcanzó a escuchar el muchacho antes de internarse en su cuarto, hasta donde llegaban como en un eco los sollozos del padre. Algo parecido a la compasión se apoderó del muchacho. Tal vez por ello no pudo dormirse de inmediato, como hubiera querido.

 

Adiós Europa, adiós. Bogotá: Seix Barral, 2000.

 


Teresa de la Parra

SE ACABÓ TRAPICHE

 

Un día jugábamos en el huerto. Violeta, cuyas ansias aventureras la lanzaban a todo género de empresas azarosas en las cuales figura­ba la desobediencia, con sus correspondientes probabilidades de luchas y rebeldías. Violeta, digo, se había ido al comedor, y había cogido un cuchillo. Con él cortaba ramas, les sacaba punta y las cla­vaba en la tierra diciendo:

—Éstos son mis tablones de caña; éstos otros, son mis cafetales, aquí están mis jardines, todo esto es mí hacienda: ¡que nadie se acerque!

Una de las sirvientas allí presentes se acercó y le rogó que funda­ra su hacienda prescindiendo del cuchillo, que tanto Mamá como Evelyn nos tenían terminantemente prohibido que jugáramos con fuego, con tinteros y con cuchillos. Violeta le contestó que se apar­tara en seguida de allí y que no la molestara repitiendo tonterías. A fin de salvar su responsabilidad, la sirvienta se fue y advirtió a Eve­lyn. Llegó Evelyn en el momento en que Violeta enarbolando una rama le sacaba punta. El cuchillo brillaba y relampagueaba por los aires. Al comprobar el hecho, Evelyn dijo con autoridad:

—Violeta, dame el cuchillo. Violeta contestó:

—No.

La autoridad de Evelyn pasó de las palabras a los hechos. Agarrando a Violeta por la muñeca, con la mano que le quedaba libre le quitó el cuchillo en un segundo. Violeta, sorprendida y desarmada, la miró con insolencia y en defensa propia y voz muy clara:

—¡...!

¡Zas! Un calificativo inesperado, rotundo, sobrio, muy bien acor­dado en cuanto a género y número: una sola palabra nada más.

¿De dónde salía tal palabra? ¡Misterio! Era ésa una de las especia­lidades de Violeta: saber cosas que nadie supiera, sin que supiera ella misma dónde las había sabido. No obstante ser palabra nueva, todas las demás comprendimos al punto que tal expresión se le había adaptado a Evelyn como se adapta en la cabeza un sombrero muy feo, es decir, que se le amoldaba sin hacerle favor. Al oír el calificativo admirable de claridad, las dos sirvientas presentes habían comenza­do a reírse a carcajadas. Con las risas, el calificativo tomaba más pro­porciones y mayor asiento en la persona de Evelyn. Ésta, indignada, más por las risas que por el vocablo inesperado, con su feísimo som­brero puesto, se quedó muda unos instantes. Luego interrogó:

—¿Dónde aprendiste esa palabra, Violeta, que te dejó boca tizna­da, boca negra como carbón? ¿Dónde aprendiste?

Violeta se pasó la mano por la boca a fin de ver si era cierto que estaba tiznada, pero no se dignó contestar. Como Evelyn buscaba un castigo ejemplar, sin esperar las declaraciones de la culpable, hizo de repente la siguiente deducción funesta:

—Aprendiste eso en trapiche. Ahora para siempre, ¡se acabó trapiche! "Se acabó trapiche", por culpa de Violeta y de las dos sirvientas, era una ley inicua, una de esas leyes arbitrarias que pesan sobre multitudes inocentes, por la violencia de un mandatario o las fecho­rías de un grupo. Y sin más comentarios, desde aquel mismo día, la ley inicua comenzó a regir.

¡Ay! "¡Se acabó trapiche!" ¡Qué castigo sin precedentes! ¡Qué desgracia!

Para nuestras almas de campesinas el trapiche era el club, el teatro y la ciudad. Ningún placer equivalía a la hora pasada entre el baño y el trapiche. Nos parecía la gloria y teníamos razón: era la gloria. Todo en él halagaba la vista, el olfato, el paladar, el oído. Lo mismo que bullía el guarapo en los enormes fondos, en el gran recinto del trapiche bullía la vida franca y buena a borbotones. En él se daban cita todos los elementos y todos los colores: el agua, el fuego, el sol, todos iban andando desnudos y armoniosos al compás que marcara la inmensa rueda majestuosa y mansa de la molienda. Nada del aburrimiento negro incomprensible y feísimo de las fábricas movidas con motores eléctricos. No. En el trapiche no había misterios ni ha­bía escondites. Todo pasaba a la vista de todos. Cada cual sabía por qué ocurrían las cosas y había entrada libre para el que se presenta­ra: elementos, animales o personas.

La primera, la gran capitana, la madre del trapiche era el agua. Muy arriba por el canalón se venía de la acequia y se arrojaba sobre la rueda grande cantando la caída con su nutrido coro de chorros y de gotas. La rueda lenta, se iba tras ella por el rosario de sus cangilones, dibujando gajos de vacío sobre un fondo de helechos y de musgo. Con la rueda caminaban las tres masas; en las masas, triturándose y sal­picando zumo caminaban las cañas; en las cañas caminaban las manos de los emburradores y las manos de los cargadores de bagazo, que se llevaban la pobre caña muerta en parihuelas de cuero para ten­derlas al sol. Bajo el sol, los cadáveres triturados arrastrados por los rastrillos resucitaban y se iban a florecer en montañas; las mulli­das montañas de las bagaceras, prometidas esposas del fuego.

En el trapiche amplio y generoso no había casi paredes ni había casi puertas; nada se encerraba; ¡adelante lodo el mundo! Entraba el sol; entraba el aire, entraba el aguacero; entraban las legiones de avispas doradas y zumbando a buscar dulce; entraban las yuntas lentas con los carros anchos y los montones de caña bien trabados que los gañanes descargaban de un golpe y dejaban firmes en el suelo detrás de los carros; en busca de dulce, lo mismo que las avis­pas, entraban los hijitos de los peones con una cazuela en la mano, a pedir: "de parte de Mamá que si me hacen el favor de unas migajitas de raspadura o un pedacito de papelón roto para el guarapito de esta noche". Como a las avispas se les daba la raspadura o se les daba el pedazo de papelón roto, a nadie se decía no.

En bandada con Evelyn y las sirvientas atrás, zumbando y volan­do, también como las avispas y los chiquitos de los peones, por en­tre yuntas de bueyes, y montones de caña y parihuelas de bagazo, entrábamos las niñitas a buscar dulce, a estorbar el trabajo, y tam­bién. ¡Adelante las niñitas, a molestar se ha dicho!

Lo primero de todo era correr a encajar un pie sobre la espuma gris y endurecida que formaba el zumo de la caña al irse por una canal hacia la sala de pailas. Allí, dibujado sobre la espuma el mayor número de pies posible, era gritarle a Vicente Cochocho, si es que estaba presente, y si no, al grupo general de los emburradores:

—¿Que cuándo sueltan la molienda, pues? ¡Que anden, que an­den, que ya es hora! ¡A almorzar! ¡A almorzar!

"Soltar la molienda" o "almorzar" era detener el movimiento de la rueda y los cilindros al lanzar el agua por la acequia de mamposteria, camino de un estanque en el cual, junto a enredaderas, pena­chos de bambú y un ancho cují, nos bañábamos diariamente a pleno sol, bajo el estruendo del chorrerón, entre los remolinos de su corriente y los perfumes que iba dejando el agua sobre la tierra y las piedras musgosas.

Junto a la rueda grande del trapiche, el ruido del agua apagaba las voces. Mirando nuestra actitud y nuestras bocas gritonas, los emburradores, que ya sabían a qué atenerse, se veían reducidos a decirnos por señas que aún no había llegado la hora de soltar la molienda y a fin de completar la explicación nos mostraban con la mano el montón de caña que faltara por moler.

En espera del agua, corríamos entonces todas, cada cual por su lado, a pedirle a un peón que "nos pelara una cañita". El peón aludi­do dejaba su quehacer, escogía una caña, la pelaba con el machete, la dividía en gajos, y cada niñita, con su caña enarbolada, chupando y goteando zumo, se iba trapiche arriba y trapiche abajo a ver qué se hacía y averiguarlo todo, cuantas más preguntas, mejor.

No sé qué tal seria para mis hermanitas; por lo que a mí respec­ta, puedo asegurar que en el trapiche, esperando el momento propi­cio de soltar la molienda, chupando gajos de caña, con las manos pegajosas y con varios riachuelos de zumo corriéndome por el cue­llo y por los brazos, pasé los ratos más amenos de mi vida.

En el trapiche no se reunía la gente con el objeto de divertirse: he aquí por qué la reunión era amena y agradable. Allí para contemplar los diversos espectáculos, no era menester, como en el teatro, sentarse en una butaca y quedarse inmóvil, en silencio, durante varias horas, con un par de gemelos en la mano y una pierna dormida, mirando a lo lejos, entre telas y tablas pintadas, hacer ademanes y decir trivialidades de un orden simétrico y monótono. En al trapiche no era indispensable, como en los bailes, dar vueltas y vueltas gravemente y a compás, sobre tacones altísimos, ni tampoco era de rigor el afirmar, con un sandwich en una mano y una copa de champagne en la otra, todos esos lugares comunes que la mayoría de nuestros interlocutores, mucho más elocuentes que nosotros, afirman con tanto ardor y con tanta seguridad, en forma brillante y arrolladora.

El espectáculo del trapiche, variado, vivo y lleno de colores no es­clavizaba la atención, ni tiranizaba los movimientos. Mirando espu­mar un fondo, saltar el temple en la tacha, correr el melado en las canales, batir un alfondoque, menear con una pala el papelón ca­liente, volar las hormas llenas, alegremente, por los aires, de mano en mano, como bailarinas; mirando, digo, tanta escena diversa y diver­tida, se podía al mismo tiempo chupar caña, comer melcocha y pen­sar en lo que se quisiera.

En el trapiche era lícito agobiar con preguntas al templador, para dejarlo de golpe con la palabra en la boca, dar media vuelta, e irse a agobiar con las mismas preguntas al espumador del primer fondo, sin decir previamente a ninguno de los dos: "¿Me permite usted un instante, señor?" En el trapiche, tanto el cuerpo independiente, co­mo la fantasía alada, al igual de las avispas, podían posarse aquí, allá o acullá, cuando y como mejor les pareciera. Libertad de mo­vimiento y libertad de pensamiento, ¿no son dos factores indispen­sables al bienestar? ¿Y aquel olor tan rico que en el ínterin, por el humo y el vapor, exhalaba la tacha y exhalaban los fondos? ¿Y el lin­do color dorado del papelón fino de caña buena? ¿Y el color oscuro del pobrecito papelón humilde de cachaza o caña mala? ¿Y el grito armonioso del templador, clamando de pronto por una reja, como la campana del ángelus en la tarde:

—¡Candelaaa!?

¿Y la actitud de todo el mundo? Nadie en la sala de pailas, ni en la sala de la molienda, ni en el patio del bagazo y de las bagaceras, tenía movimientos activos, esos bruscos movimientos de la actividad, llenos de inarmonía y desbordantes de soberbia, que parecen gritar: "¡Yo soy el creador aquí; todo es obra de mis manos, adelante, de prisa, viva yo, y viva mi genio!" No, en el amable trapiche los movimientos no podían ser más lentos. Nadie pretendía crear nada. El largo proce­so del papelón, como cosa de la naturaleza y no de la industria, pa­recía hacerse solo, por obra bendita del tiempo necesario; poco a poco, poquito a poquito. Los treinta o cuarenta peones del trapiche asistían al proceso del papelón como se asiste a un nacimiento: una ligera inter­vención; mucha paciencia, conversación y nada más.

El trapiche, era, pues, el bienestar sencillo y bueno. Violeta lo derrumbó con una sola palabra. ¡Ah! Violeta era fuerte porque era emprendedora y agresiva, Sus palabras, ya lo han visto, como las de ciertos diputados y senadores torcían el curso tranquilo de la vida, Muchedumbres pacíficas tenían que sufrir después las consecuencias.

Ahora ya, vigente la dura prohibición, antes de ir al baño, nos veíamos reducidas a quedarnos arriba, junto a la represa vecina del canalón, en la cúspide de la rueda grande. Si queríamos echar un vistazo a nuestro querido trapiche, era menester desde allí arriba asomar las cabezas en fila, por encima de una tapia. A duras penas, puestas en puntillas o subidas a unas piedras, lográbamos pasar ojos y narices; muy raras veces la boca. Así, como Dios nos ayudara, solíamos lanzar nuestro ruego cotidiano:

—¿Que cuándo sueltan la molienda, pues? ¡Que se vayan a almor­zar! ¡Que anden, que anden! ¡Que ya es hora!

Ruego que iba a fundirse en la noche profunda de las cosas igno­radas. Nadie nos atendía, puesto que perdidas allá arriba, entre la ta­pia y el ruido del agua, ni se nos veía, ni se nos oía.

Debo en justicia advertir una cosa. Aun cuando la prohibición regía en todo vigor como he dicho ya, Evelyn, de vez en cuando, nos agru­paba después del baño y declaraba esto:

—Hoy, como todas se han portado bien, van a ir conmigo a trapiche.

Nuestros alaridos de felicidad eran ensordecedores, y nuestras carreras, desenfrenadas. Al fin de cuenta yo creo que, de no haber pronunciado Violeta su célebre palabra, de nefastos resultados, el re­cuerdo del trapiche se hubiera perdido sin duda en la multitud anó­nima de lugares, personas y escenas que yacen enterradas en mi memoria, como en un cementerio. Violeta provocó la severidad de Evelyn, la severidad de Evelyn salvó el trapiche de la oscuridad. El trapiche brilla, el trapiche titila en mis recuerdos.

¡Excelente Evelyn! Su influencia bienhechora pobló de alegrías nuestra infancia y apartó de ella el negro, el cruel aburrimiento que tortura el alma de los niños mimados, pobres víctimas de la sacie­dad, pobres capullos marchitos por el desencanto. Al sembrar prohi­biciones sobre los objetos y lugares que nos rodeaban, Evelyn les daba vida. Soplando al igual que Dios encima de lo inerte, le ponía un alma divina: el alma que anima todo lo deseable.

Si mi infancia fue feliz; si mi infancia me llama y me sonríe de con­tinuo a través de los años, es porque transcurrió libremente en plena naturaleza y porque tan libre transcurrir iba no obstante encauzado como van los ríos. Ni mis hermanitas ni yo nos vimos jamás presas entre cuatro paredes, rodeadas de cajas de dulce, de muñecas, de ca­rros, de caballos de cartón, de todos esos horribles juguetes tenebro­sos, que como los pesares de la vida adulta tiene por fuerza que sobrellevar la infancia. Cuando a alguna de nosotras se nos rega­laba o compraba una muñeca, la estrechábamos en nuestros brazos mientras representara algo nuevo. A las dos horas, aburridas de ver aquellos ojos siempre fijos y aquellos miembros siempre tiesos, cesa­ba ya de interesarnos y: ¡al diablo la muerta, al diablo la vieja! No la tocábamos más. Teníamos razón.

Nuestros juguetes preferidos los fabricábamos nosotras mismas bajo los árboles, con hojas, piedras, agua, frutas verdes, tierra, botellas inú­tiles y viejas latas de conservas. Al igual de los artistas, sentíamos así la liebre divina de la creación; y, como los poetas, hallábamos afinidades secretas y concordancias misteriosas entre cosas de apariencias diver­sas. Cuando cogíamos, pongo por caso, una latica vieja, y con un clavo y una piedra le hacíamos un agujero, al cual adaptábamos una caña o limón; a éste un par de tusas o cuescos de mazorca que hacían el pa­pel de bueyes; a cada tusa o cuesco dos espinas curvas que imitasen dos cuernos; al todo una caña larga o sea una garrocha; cuando rema­tada la obra, tirando de la garrocha y remedando la voz de los gañanes, gritábamos a las tusas rebeldes:

—¡Arre, buey! ¡Atrás, Golondrina! ¡Apártate, Lucerito!

Con la lata, las dos tusas y las cuatro espinas, habíamos hecho un carro con su yunta y habíamos hecho también un poema.

El resto de mi existencia debía transcurrir bajo el mismo régimen amable y severo bajo el cual transcurrió mi primera infancia. La vi­da imitó a Evelyn, me dio a probar todos sus bienes; pero, bonda­dosa, me los dio tan tasados y tan a su hora que jamás la saciedad vino a apagar en mi alma la fresca alegría del deseo. Como al pasar los años, indiferentes no se llevaron entre sus dedos raudales de belleza, de amor, ni de honores, no detesto los años pasados en mí, ni aquellos que aún no han pasado de los otros. El tiempo, al be­sarme los cabellos, me coronó tiernamente con mi propio nombre, sin nunca llegar a clavarme en el alma sus dientes de amargura: a los setenta y cinco años aún siento latir mi corazón ante la perspectiva de una excursión campestre en automóvil bajo el sol entre montañas, y mis manos tiemblan todavía de emoción y de impaciencia al desa­tar los lazos que anudan con gracia exquisita la sorpresa de un regalo.

 

Teresa de la Parra. Las Memorias de Mamá Blanca. Obra Escogida. México: Fondo de Cultura Económica, 1992.

 


 

TERESA DE LA PARRA

Influencia de las mujeres en la formación del alma americana

Conferencia dictada en Bogotá, Colombia, 1930.

 

...En Paita la encontró como hemos visto Simón Rodríguez. En Paita la visitó Garibaldi. En

Paita alcanzó a conocerla don Ricardo Palma quien la describe ya muy vieja sentada en su

sillón de paralítica a un lado del patio en su modesta casita de bahareque. A veces, cuenta

Palma, alguien que venía a verla o a comprar jarabe preguntaba desde la puerta de entrada:

—"¿Está aquí la Libertadora?"

—Adelante ¿qué quiere con la Libertadora? —contestaba ella desde su silla de ruedas.

 


Lezama Lima

PARA UN FINAL PRESTO

 

Una muchedumbre gnoseológica se precipita­ba desembocando con un silencio lleno de agude­zas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran trans­parentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido con­tingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a preci­pitar en el suicidio colectivo al final de sus leccio­nes. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refi­nada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hi­jos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos.

La primera idea de fundar El secuestro del tam­boril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el tran­ce de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amisto­sas conversaciones, donde los jóvenes fuesen cons­piradores o amigos, pero donde pudiesen irse pre­parando para entrar en la muerte, cuando se cum­pliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven des­melenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la sel­va no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.

Habían acudido los trescientos treinta y tres jó­venes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóve­nes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuer­po se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas disemina­das de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apre­surado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.

Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenía para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sóta­nos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diaman­tes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diaman­tes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurri­dos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeri­dad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.

La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para ini­ciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos len­tos, casi pitagorizados de los estoicos. A las pri­meras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, pro­rrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos especta­dores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.

El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intui­ción desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamen­te arruinado, con quien había vivido desde los cin­co años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero francis­cano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.

El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recor­daba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustra­do su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del co­mandante en éxtasis.

La plaza pública ofrecía diagonalmente la pre­sencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servi­cios de ambos. Así, mientras lentamente iban ce­sando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en ceji­juntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las sali­das. Días antes del vuelco definitivo de los estoi­cos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festi­vidad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festi­val, pero regresaban los frascos portando los vene­nos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el trans­curso, se quedaban absortos al observar cómo abre­vando los estoicos entraban en la Moira. Los estoi­cos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.

El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capi­tán, que la salida era la de los conspiradores falsa­rios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoi­cos pero al observar posteriormente cómo condu­cían hasta los labios de los que él presuponía cons­piradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.

Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipula­ción de los nítricos, trabajaba un pacifista deses­perado. Fundador de la sociedad La blancura co­municada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo sui­zo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoi­cos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valero­samente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.

Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contem­plar a los gendarmes y a los supuestos conspirado­res, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de in­mediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegado­ra furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuan­do creían que la muerte lanzada con exquisita geo­metría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfra­zada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle im­perfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatien­te, hecho maliciosamente para que el conjunto ad­quiera una deslizada exquisitez.

El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada acti­vísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.

El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigi­laba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equí­vocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.

Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspi­rantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les se­ría fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el últi­mo muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.

La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, fi­nos, capciosos, con sus dedos como un instrumen­tal probándose en la yugular regicida.

Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena.

 


José Antonio Ramos Sucre

LAS FORMAS DEL FUEGO

 

EL POLÍTICO

 

La carroza del caudillo sanguinario solivianta el polvo de la ruta de fuego. Su escolta ha recogido las tiendas de campaña sobre el lomo de unos perros inicuos.

El tizne del incendio releva la tez bisunta y los cabellos lacios de los guerreros enjutos, efialtos y vestiglos, delirio de un bonzo.

El mandarín, astuto y perezoso, gato sibarita, socava el auge de la horda montes. Su discurso indirecto, proferido a sovoz en una entrevista con los invasores, divierte el estrago a una lontananza quimérica. Su frívolo cincel refina la corola de marfil de una flor mecánica.

El tropel de sagitarios, amenaza frenética, se engolfa en el erial, se encara al cielo resplandeciente, de límites violáceos. Un numen aleve suelta la cuadriga de los torbellinos y sepulta la algazara de los jinetes bajo un tapiz monótono.

El mandarín, azar de su niñez, recibió de su maestro, un peregrino tunante, el apólogo de la calavera nihilista, en el sitio del vendaval. Un astrólogo señalaba ese día el equilibrio de los elementos.

 

EL MANDARÍN

 

Yo había perdido la gracia del emperador de China.

No podía dirigirme a los ciudadanos sin advertirles de modo explícito mi degradación.

Un rival me acusó de haberme sustraído a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a la puerta de mi audiencia.

Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y desdentados, y los despidieron a palos.

Yo me prosterné a los pies del emperador cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.

Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.

Me confió el develamiento y el gobierno de un distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes. Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.

La miseria había soliviantado los nativos. Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos. Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un ataúd.

Yo restablecí la paz descabezando a los hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados cortaron después las manos de las mujeres.

El emperador me honró con su visita, me subió algunos grados en su privanza y me prometió la perdición de mis émulos.

Sonrió dichosamente al mirar los brazos de las mujeres convertidos en bastones.

Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los caminos.

 

EL RETRATO

 

Yo trazaba en la pared la figura de los animales decorativos y fabulosos, inspirándome en un libro de caballería y en las estampas de un artista samurai.

Un biombo, originario del Extremo Oriente, ostentaba la imagen de la grulla posada sobre la tortuga.   

El biombo y un ramo de flores azules me habían sido regalados en la casa de las cortesanas, alhajada de muebles de laca. Mi favorita se colgaba afectuosamente de mi brazo, diciéndome palabras mimosas en su idioma infranqueable. Se había pintado, con un pincel diminuto, unas cejas delgadas y largas, por donde resaltaba la tersura de nieve de su epidermis. Me mostró en ese momento un estilete guardado entre su cabellera y destinado para su muerte voluntaria en la víspera de la vejez. Sus compañeras reposaban sobre unos tapices y se referían alternativamente consejas y presagios, diciéndose cautivas de la fatalidad. Fumaban en pipas de plata y de porcelana o pulsaban el laúd con ademán indiferente.

Yo sigo pintando las fieras mitológicas y paso repentinamente a dibujar los rasgos de una máscara sollozante. La fisonomía de la cortesana inolvidable, tal como debió de ser el día de su sacrificio, aparece gradualmente por obra de mi pincel involuntario.

 

EL RAJÁ

 

Yo me extravié, cuando era niño, en las vueltas y revueltas de una selva. Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de ser estrangulado por una liana florecida.

Más de un árbol se parecía al asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y devorado por las hormigas.

Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse, el maestro de los chinos.

Pretendió guardarme de la sugestión de los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del bosque.

El anciano había rescatado de la servidumbre a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del caballo de su señor.

El joven llego a ser mi compañero habitual. Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me volviese a su corte.

Mi desaparición abrevió los días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme su muerte y mi elevación al solio.

Olvidé fácilmente al amigo de antes, secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.

Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo entregaron al mordisco sangriento de sus perros.

 

LAS SUPLICANTES

 

Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su desgracia.

El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta a un lado con la más serena y diserta.

No podían sufrir los oprobios de su señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.

Yo salí inmediatamente a impedir la generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.  

Yo había dominado, en esos días, una sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al cebú.

Yo le había inferido el agravio más pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de cáñamo.

Las suplicantes fueron devueltas a su dueño por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente y bajo el azote de uno de mis esclavos.

Yo las puse en manos de su amo y le recomendé un castigo memorable.

Las paseó, en medio de la gritería popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de sarna.

Unas viejas les salieron al encuentro, dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles puños de la basura de la calle.

 


Carlos Arturo Truque

PORQUE ASÍ ERA LA GENTE

Hasta la zorra tiene su guarida;

solo el hijo del hombre no tiene una piedra

en donde reclinar la cabeza…

 

Entró soñoliento al café y, sin dejarse sentir, ocupó una mesa. Vio a los parroquianos, vio a la copera. Se quedó quieto, esperando; mirando con ojillos de animal asustado.

Vino un borracho, cantando, y él metió la cabeza entre las manos para ocultarla, para no dejarse ver, porque tenía vergüenza y no sabía de qué.

El borracho pasó de largo, con su tonadilla estúpida bien apretada entre la boca. Pasó y fue en dirección a la radiola. Buscó una moneda y, no mucho rato después, se oyó el jadeo del sonsonete que el ebrio entró canturreando.

Volvió el hombre, haciendo guitarras imaginarias, muy disuelta la voz en sus alcoholes, y se paró frente a él con una mueca asquerosa, que él imaginaba sonrisa.

—¿Se puede? —preguntó, indicando el asiento.

Se quedó inmóvil, sin responder.

—¿Por qué no contesta? ¿O es que se le han comido la lengua los ratones? ¿O es que ya no le gusto? —comentó el ebrio.Y nada; el otro, el que estaba sentado, seguía igual con su silencio, con sus ojos que miraban desde el fondo de la tristeza, del aturdimiento y del estupor. Nada; si era igual que una piedra.

Vino la copera: caderas amplias, con movimientos de mar semiagitado, provocativas; los labios agrandados de rouge, el pelo negro y la cara, en total, como un retrato, bello en otro tiempo, ya desvanecido. Se paró.

—¿Quieren algo los señores?

El borracho le agarró las caderas, y ella se dejó. Quiso hacer lo mismo con los senos, pero lo rechazó de un manotazo.

El ebrio hipó una palabrota y se sentó.

—Quiero una cerveza…

—¿Y el señor?

—¡Ah! El señor —habló el borracho— yo no sé qué quiere el señor; pero tráigame mi cerveza, y luego vemos. Me pone un disco.

—¿Cuál?

—El que yo puse; ese que dice: «… Después que uno viva veinte desengaños…».

—¡Ah! —dijo la mesera, y se fue. El borracho se quedó repitiendo: «¡Qué bonito…! “Después que uno viva veinte desengaños…” ¡Qué bonito, muy, pero muy bonito!…».

Después reparó en el hombre que estaba ya sentado cuando él llegó, y le dijo:

—Bueno: ¿y es que usted no va a abrir la boca…? ¿Quiere un trago de cerveza? ¡Yo pago! ¡Pedro paga todo esta noche…! ¡Maldita sea…! Si pa’ eso se trabaja… Y el día de gastar se gasta. ¡Pedro está contento hoy…! ¡Ahijuelapataaada si estaré contento! ¿No…? ¡Tome un cigarrillo!

Le alargó los cigarrillos, aplastados como los de cualquier ebrio. El otro los recibió, dubitativo, y extrajo uno.

Al ebrio se le extravió otra sonrisa e hizo una de las muecas que las reemplazaban.

—¡Así, así me gusta! —exclamó como quien llega de un triunfo—. Así, que la gente esté contenta.

Le puso la llama al alcance, y el otro encendió. Regresaba la mesera.

—¿Quiubo del disquito? ¿Me lo va a poner, pues?

—Sí; ya va, pero espere. ¿No ve que hay tanta gente?

—Está bien —se expresó el hombre—. ¡No es para tanto, linda!

Traiga otra cerveza para el señor.

—No, no señor, no se preocupe —rechazó el otro.

—¡Ah! ¡Qué caray! ¡Se la toma, porque se la toma! ¡Tráigala no más!

—Es que yo no tomo; no quiero tomar —protestó el invitado.

Pero ya la copera se alejaba, seguida de las exclamaciones entusiastas del borracho.

—¡Qué hembra! ¡Qué hembra! ¡Por Dios! —repetía.

—Sí; es bonita —dijo el otro, por apoyar.

Y fumaba en silencio, viendo al borracho, viendo a los parroquianos, y, sobre todo, viéndose él mismo. Viéndose subir la calle 10, en cualquier noche de tantas. Una calle con frío, inhumana, bestial, con olor a aguardiente y prostitutas; y los cafés con sus coperas, siempre arrojándolo cuando se quedaba dormido; y el policía, el soldado, con sus culatas, empujándolo, lanzándolo fuera de la vida. Fuera de la vida, que es la calle, con su angustia, con su vértigo, con su contento duro, pero quizá más blando que las almas de quienes pasaban a su lado con las caras serias y graves; con sus ojos abiertos para las cosas y cerrados para el dolor y la amargura ajena.

Aun este hombre que, borracho, se acercó a brindarle una cerveza y un cigarrillo, no le daría un pan, si se lo pidiera.

El borracho lo llamó:

—¡Oye! ¿De dónde eres?

—Busco trabajo, ¿sabe? Soy del Valle, de Cali.

—¿Sííí…? ¿Y es bonito? Yo no conozco. ¿Es grande como Bogotá?

—¿Bonito? ¡Ah!, muy bonito —murmuró el otro como quien contempla la alegría desde una desventura—. ¡Más que Bogotá! —terminó.

—Yo no conozco —continuó el ebrio—, pero me han contado. Me contó un amigo que hay unas mujeres, ¡mi madre!, que son… —hizo con las manos una cintura en el aire y completó con un silbido. Rió luego con estrépito. El otro lo secundó con mucha menos energía.

Regresó la copera con la cerveza y se dejó tocar un poco más del hombre que antes rechazó.

—¿Y el disco? ¿Cuándo lo pone? ¡Yo no lo he oído!

La copera, ya desentendida, fue hasta el aparato. Jadeó este un momento, y se oyó: «Después que uno viva veinte desengaños…».

—¡Qué bonito; pero qué bonito! —farfulló el borracho. Luego se volvió a los circunstantes y gritó—: ¿Quién dice que no es bonito…? ¡Qué carajo; sí es bonito!

Buscó con los ojos a la copera.

—Venga, mija. ¡Venga y clávese una cerveza!

Ella no quiso acudir. El ebrio ensayó levantarse, no pudo, y prefirió tomarse la bebida de un solo tirón. Acabada esta, buscó palabras que no le salieron y ensayó gestos que nada decían. Quedó con la cabeza sobre la mesa, con un brazo colgando a cada lado.

El otro se tomó la suya despacio, despacio, como si le hiciera daño, o como si quisiera estar con ella el mayor tiempo posible.

Bebió la mitad y se tiró a la mesa con las manos a guisa de almohada.

Al principio oía el conversar de los clientes, las bolas de billar cuando chocaban, la radiola; después no oyó nada.

Lo despertó la mesera con un sacudón.

—Vamos a cerrar —le reconvino.

El borracho ya no estaba. Permaneció un instante con las manos sobre la cara.

—Que vamos a cerrar —volvió a advertirle la copera.

—Sí; ya sé. Van a cerrar; ya lo sé —respondió.

Se desperezó para levantarse, pensando que él lo sabía. Ya estaba tan acostumbrado. ¡Cómo no lo iba a saber! Que por donde entraba, lo sacaban; que de donde se sentaba, lo levantaban; que de cualquier sitio lo empujaban a su casa, que era la calle.

Afuera cortaba el frío y se subió las solapas del saco. Tenía las piernas flojas. Pensó que era culpa de la cerveza.

Se marchó, calle arriba, con la vista en tierra. Tropezó con un palo y le dieron deseos de patearlo para darse calor. Se aburrió a poco y lo alzó, dándole vueltas entre las manos.

Al pasar veía, como siempre, las mujerzuelas de la zona en posturas incitantes; se rieron cuando no les hizo caso. Muy lejos le acompañaron palabras de burla. Empezó a sentir cansancio y se paró.

Al pararse recomenzaron las burlas, que ya habían cesado. Se sentó en la acera. Vino el sueño; pero vino también el policía con su culata y lo tocó:

—Circule, amigo; la calle no es para dormir.

«En la calle no se duerme ni se come», pensó. Pero él no tenía más. Solo la calle, el hambre y el deseo de dormir. Se alzó, con el palo en la mano, y siguió. Vio una vitrina, miró al policía y le asaltó una idea. Le dio con el garrote al vidrio y esperó. Esperó sin moverse.

—¡Alto! ¡Alto! —gritó el agente.

Tal como estaba, quieto, lo encontró este. No opuso resistencia: se dejó llevar. Cuando lo interrogaban permaneció cerrado como una pared y apenas se restregaba los ojos. Lo trasladaron al patio.

Allí se recostó, a la longitud de su estatura, a dormir un sueño largo tiempo acariciado. Un sueño que ya no le interrumpiría la copera ni el agente de turno.

Afuera quedaba la calle fría, inhumana, bestial, con su olor a aguardiente y a prostitución, en cada esquina un policía empujando a otros hombres fuera de la vida. Él dormiría y quizá mañana le dieran hasta de comer «porque así era la gente…».

 

Porque así era la gente en Vivan los compañeros. Cuentos completos. Bogotá: Ministerio de Cultura, 2010.

 


Felisberto Hernández

NADIE ENCENDÍA LAS LÁMPARAS

 

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.

La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.

Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.

La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".

Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:

-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.

Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:

-No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.

Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:

-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.

Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.

-¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!

De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté:

-¿Cómo se llama?

-¿Quién?

-El señor... recalcitrante.

-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.

Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!"

Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:

-No estoy de acuerdo con ustedes.

-¿Por qué?

-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.

-¿Cómo?

-Se repite a largos pasos.

Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:

-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.

Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:

-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.

La sobrina de las viudas no se pudo contener.

-¡Jesús, pareces Blancanieves!

Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:

-Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?

-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.

-Y usted, ¿no lo podría hacer?

-Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.

Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.

Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:

-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.

Volví a pensar en la gallina y le contesté:

-¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!

Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:

-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?

Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.

-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.

-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?

-Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.

Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.

Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.

Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:

-Tengo que hacerle un encargo.

Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.

 


Julio Cortázar

PRÓLOGO: “CARTA EN MANO PROPIA”

     «Felisberto, tú sabés» (no escribiré «tú sabías»; a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes), tú sabés que los prólogos a las ediciones de obras completas o antológicas visten casi siempre el traje negro y la corbata de las disertaciones magistrales, y eso nos gusta poquísimo a los que preferimos leer cuentos o contar historias o caminar por la ciudad entre dos tragos de vino. Descuento que esta edición de tus obras contará con los aportes críticos necesarios; por mi parte prefiero decirles a quienes entren por estas páginas lo que Antón Webern le decía a un discípulo: «Cuando tenga que dar una conferencia, no diga nada teórico sino más bien que ama la música». Aquí para empezar no habrá ni sospecha de conferencia, pero a vos te divertirá el buen consejo de Webern por la doble razón de la palabra y la música, y sobre todo te gustará que sea un músico el que nos abra la puerta para ir a jugar un rato a nuestra manera rioplatense.

     Esto de abrir la puerta no es un mero recuerdo infantil. En estos días en que andaba dándole la vuelta a la máquina de escribir como un perrito necesitado de árbol, encontré cosas tuyas y sobre vos que no conocía en los remotos tiempos en que por primera vez leí tus libros y escribí páginas que tanto te buscaban en el terreno de la admiración y del afecto. Y te imaginarás mi sorpresa (mezclada con algo que se parece al miedo y a la nostalgia frente a lo que nos separa) cuando llegué a un epistolario recogido por Norah Gilardi (Giraldi), en el que aparecen las cartas que le escribiste a tu amigo Lorenzo Destoc mientras hacías una gira musical por la provincia de Buenos Aires. Como si nada, sin el menor respeto hacia un amigo como yo, fechás una carta en la ciudad de Chivilcoy, el 26 de diciembre de 1939. Así, tranquilamente, como hubieras podido fecharla en cualquier otro lado, sin demostrar la menor preocupación por el hecho de que en ese año yo vivía en Chivilcoy, sin inquietarte por la sacudida que me darías treinta y ocho años más tarde en un departamento de la calle Saint-Honoré donde estoy escribiéndote al filo de la medianoche.

     No es broma, Felisberto. Yo vivía entonces en Chivilcoy, era un joven profesor en la escuela normal, vegeté allí desde el 39 hasta el 44 y podríamos habernos encontrado y conocido. De haber estado a fines de ese diciembre no hubiera faltado al concierto del Terceto Felisberto Hernández, como no faltaba a ningún concierto en esa aplastada ciudad pampeana por la simple razón de que casi nunca había concierto, casi nunca pasaba nada, casi nunca se podía sentir que la vida era algo más que enseñar instrucción cívica a los adolescentes o escribir interminablemente en un cuarto de la Pensión Varzilio. Pero habían empezado las vacaciones de verano y yo aprovechaba para volver a Buenos Aires donde me esperaban mis amigos, los cafés del centro, amores desdichados y el último número de Sur: Vos tocaste con tu Terceto en eso que llamás a secas «el club» y que conocí muy bien, el Club Social de Chivilcoy detrás de cuyo amable nombre se escondían las salas donde el cacique político, sus amigos, los estancieros y los nuevos ricos se trenzaban en el póker y el billar. Cuando en tu carta le decís a Destoc que la discusión para que te aceptaran y te pagaran el concierto se libró junto a una mesa de billar, no me enseñás nada nuevo porque en ese club todas las cosas se libraban así. Muy de cuando en cuando, a regañadientes pero obligados a cuidar la fachada de las «actividades culturales», los dirigentes accedían a un concierto o a una velada presuntamente artística, que pagaban mal y sin ganas y que escuchaban apoyándose entredormidos en el hombro de sus nobles esposas. Si te hablara de algunas cosas que vi y escuché en esos tiempos no te sorprenderían demasiado y en todo caso te divertirían, vos que les contabas tantos cuentos a tus amigos como un preludio para aflojar los dedos antes de refugiarte en tu cuarto de hotel y escribir tus cuentos, justamente ésos que hubiera sido imposible contar sin destruir su razón más profunda. En esos mismos salones donde tocaste con tu terceto yo escuché, entre otras abominaciones, a un señor que primero contempló al público con aire cadavérico (probablemente tenía hambre) y luego exigió silencio absoluto y concentración estética pues se disponía a interpretar la… sinfonía inconclusa de Schubert. Yo me estaba frotando todavía los oídos cuando arrancó con un vulgar pot-pourri en el que se mezclaban el Ave María, la Serenata, y creo que un tema de Rosamunda; entonces me acordé de que en los cines andaban pasando una película sobre la vida del pobre Franz que se llamaba precisamente La sinfonía inconclusa, y que este desgraciado no hacía más que reproducir la música que había escuchado en ella. Inútil decirte que en el selecto público no hubo nadie a quien se le ocurriera pensar que una sinfonía no ha sido escrita para el piano.

     En fin, Felisberto, ¿vos te das cuenta, te das realmente cuenta de que estuvimos tan cerca, que a tan pocos días de diferencia yo hubiera estado ahí y te hubiera escuchado? Por lo menos escuchado, a vos y al «mandolión» y al tercer músico, aunque no supiera nada de vos como escritor porque eso habría de suceder mucho después, en el cuarenta y siete cuando Nadie encendía las lámparas. Y sin embargo creo que nos hubiéramos reconocido en ese club donde todo nos habría proyectado el uno hacia el otro, yo te habría invitado a mi piecita para darte caña y mostrarte libros y quizá, vaya a saber, alguno de esos cuentos que escribía por entonces y que nunca publiqué. En todo caso hubiéramos hablado de música y escuchado los discos que yo pasaba en una victrola más que rasposa pero de donde salían, cosa inaudita en Chivilcoy, cuartetos de Mozart, partitas de Bach y también, claro, Gardel y Jelly Roll Morton y Bing Crosby. Sé que nos hubiéramos hecho amigos, y andá a imaginar lo que habría salido de ese encuentro, cómo habría incidido en nuestro futuro después de conocernos en Chivilcoy; pero claro, justamente entonces yo tenía que irme a Buenos Aires y a vos se te ocurría elegir ese hueco para dar tu concierto.

     Fijate que las órbitas no solamente se rozaron ahí sino que siguieron muy cerca durante una punta de meses. Por tus cartas sé ahora que en junio del 40 estabas en Pehuajó, en julio llegaste a Bolívar de donde yo había emigrado el año anterior después de enseñar geografía en el colegio nacional, horresco referens. Andabas dando tumbos musicales por mi zona, Bragado, General Villegas, Las Flores, Tres Arroyos, pero no volviste a Chivilcoy, la batalla junto a la mesa de billar había sido demasiado para vos. Todo eso asoma ahora en tus cartas como de un extraño portulano perdido, y también que en Bolívar paraste en el hotel La Vizcaína, donde yo había vivido dos años antes de mi pase a Chivolcoy, y no puedo dejar de pensar que a lo mejor te dieron la misma pieza flaca y fría en el piso alto, allí donde yo había leído a Rimbaud y a Keats para no morirme demasiado de tristeza provinciana. Y el nuevo propietario que se llamaba Musella, te acompañó sin duda hasta tu pieza, frotándose las manos con un gesto entre monacal y servil que bien le conocí, y en el comedor te atendió el mozo Cesteros, un gallego maravilloso siempre dispuesto a escuchar los pedidos más complicados y traer después cualquier cosa con una naturalidad desarmante. Ah, Felisberto, qué cerca anduvimos en esos años, qué poco faltó para un zaguán de hotel, una esquina con palomas o un billar de club social nos vieran darnos la mano y emprender esa primera conversación de la que hubiera salido, te imaginás, una amistad para la vida.

    Porque fijate en esto que mucha gente no comprende o no quiere comprender ahora que se habla tanto de la escritura como única fuente válida de la crítica literaria y de la literatura misma. Es cierto que a mí no me hizo falta encontrarte en Chivilcoy para que años más tarde me deslumbraras en Buenos Aires con El acomodador y Menos Julia y tantos otros cuentos; es cierto que si hubieras sido un millonario guatemalteco o un coronel birmano tus relatos me hubieran parecido igualmente admirables. Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía) te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran gentes incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así, con el sordo y persistente pedal de la primera persona, de la rememoración obstinada de tantas lúgubres andanzas por pueblos y caminos, de tantos hoteles fríos y descascarados, de salas con públicos ausentes, de billares y clubes sociales y deudas permanentes. Ya sé que para admirarte basta leer tus textos, pero si además se los ha vivido paralelamente, si además se ha conocido la vida de provincia, la miseria del fin de mes, el olor de las pensiones, el nivel de los diálogos, la tristeza de las vueltas a la plaza al atardecer, entonces se te conoce y se te admira de otra manera, se te vive y convive y de golpe es tan natural que hayas estado en mi hotel, que el gallego Cesteros te haya traído las papas fritas, que los socios del club te hayan discutido unas pocas monedas entre dos golpes de billar. Ya casi no me asombra lo que tanto me asombró al leer tus cartas de ese tiempo, ya me parece elemental que anduviéramos tan cerca. No solamente en ese momento y esos lugares; cerca por dentro y por paralelismos de vida, de los cuales el momentáneo acercamiento físico no fue más que una sigilosa avanzada, una manera de que a tantos años de una mesa de billar, a tantos años de tu muerte, yo recibiera fuera del tiempo el signo final de la hermandad en esta helada medianoche de París.

     Porque además también viviste aquí, en el barrio latino, y como a mí te maravilló el metro y que las parejas jóvenes se besaran en la calle y que el pan fuera tan rico. Tus cartas me devuelven a mis primeros años de París, tan poco tiempo después que vos; también yo escribí cartas afligidas por la falta de dinero, también yo esperé la llegada de esos cajoncitos en los que la familia nos mandaba yerba y café y latas de carne y de leche condensada, también yo despaché mis cartas por barco porque el correo aéreo costaba demasiado. Otra vez las órbitas tangenciales, el roce sigiloso sin que nos diéramos cuenta; pero qué querés, a mí me tocaría encontrarte en tus libros y a vos no encontrarme en nada; en este territorio en que habitamos eso no tuvo ni tiene importancia, como no la tiene el que ahora yo no lleve esta carta al correo. De cosas así vos sabías mucho, bien que lo mostrás en Las manos equivocadas y en tantos otros momentos de tus relatos que al fin al cabo son cartas a un pasado o a un futuro en los que poco a poco van apareciendo los destinatarios que tanto te faltaron en la vida.

     Y hablando de faltas, si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio y a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga, y Lezama Lima entrando en la materia de la realidad con esas jabalinas de poesía que descosifican las cosas para hacerlas acceder a un terreno donde lo mental y lo sensual cesan de ser siniestros mediadores. Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Julia y de La casa inundada.

    Bueno, se me acaba el papel y ya sabemos que el franqueo es caro, por lo menos el que paga el lector con su atención. Acaso hubiera sido preferible callar cosas que siempre supiste mejor que los demás, pero confesá que la historia de la sinfonía inconclusa te hizo reír, y que seguro te gustó saber que habíamos estado tan cerca allá en las pampas criollas. Esta carta te la debía aunque no sea ni de lejos las que te escriben otros más capaces. A mí me pasó lo que vos mismo dijiste tan bien: «Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado». Ahora llega el otro sueño, el de las dos de la mañana. Déjame que me despida con palabras que no son mías pero que me hubiera gustado tanto escribirte. Te las escribió Paulina también de madrugada, como un resumen de lo que había encontrado en vos: Las más sutiles relaciones de las cosas, la danza sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprehensible; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti.

            Te querrá siempre, Julio Cortazar.

Prólogo a Novelas y cuentos, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1985.

 

Italo Calvino

“LAS ZARABANDAS MENTALES DE FELISBERTO HERNÁNDEZ”

PRÓLOGO A NESSUNO ACCEDEVA LE LAMPADE 

Las aventuras de un pianista sin dinero, en donde el sentido de lo cómico transfigura la aventura de una vida tejida de derrotas, son los puntos de partida de los relatos del uruguayo Felisberto Hernández. Basta que comience a narrar las miserias que se ha desarrollado entre las orquestas de Montevideo y las giras de concierto por los villorrios de provincia del Río de la Plata, (Provincia de Buenos Aires, Argentina) para que se amontonen sobre sus páginas los gags, las alucinaciones, las metáforas, en donde los objetos toman vida como las personas. Pero éste es solamente el punto de partida. Lo que desencadena la imaginación de Felisberto son las invitaciones inesperadas que abren al tímido pianista las puertas de mansiones misteriosas, de quintas solitarias en donde habitan personajes ricos y excéntricos, mujeres llenas de secretos y neurosis.

Una villa apartada, el inevitable piano, un señor dulcemente maniático y perverso, una niña visionaria o sonámbula, una matrona que celebra de manera obsesiva sus infortunios amorosos: se diría que los ingredientes del relato romántico a la manera de Hoffmann se encuentran aquí reunidos. No falta ni siquiera la muñeca que se parece en todo y para todo a una muchacha: por el contrario, en el relato Las Hortensias, es toda una producción de muñecas, rivales de las verdaderas mujeres (y parientes de la "mujer de Gogol" según Landolfi) lo que un fabricante tentador pone al punto para alimentar los fantasmas de un extraño coleccionista, y que desencadena celos conyugales y complicados dramas. Pero toda eventual alusión a una imaginación nórdica es rápidamente disipada por la atmósfera de esas tardes que se pasa tomando lentamente mate, sentado en un patio o se permanece en el café mirando un ñandú que pasa por entre las mesas. Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie, a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos; es un "irregular" que escapa a toda clasificación y a todo encuadramiento, pero que se presenta a la primera ojeada sin ningún riesgo de confusión.

Sus relatos más típicos son aquellos que gravitan sobre una complicada puesta en escena, sobre un ritual espectacular que se desarrolla en el secreto de un extraño espacio: unpatio inundado sobre el que flotan bujías encendidas; un pequeño teatro de muñecas tan grandes como mujeres colocadas en posiciones enigmáticas; una galería oscura en donde se debe reconocer al tacto objetos que provocan asociaciones de imágenes y de pensamientos. Si el juego consiste en adivinar la historia representada por la escena de las muñecas o en reconocer lo que está puesto sobre la mesa de la galería oscura, lo que cuenta para la emoción de los participantes no son tanto esos quiz inocentes sino los incidentes fortuitos, los ruidos que se superponen, las premoniciones que se presentan a la conciencia.

La asociación de ideas no es solamente el juego predilecto de los personajes de Felisberto, es la pasión dominante y declarada del autor y es también el procedimiento según el que se construyen sus relatos, al entrelazar un tema con otro como en una composición musical.

Y se diría que las más habituales experiencias de la vida cotidiana ponen en movimiento las más imprevisibles zarabandas mentales, mientras que los caprichos y las manías que exigen una premeditación completa y una elaborada coreografía, no tienden a otra cosa que a evocar olvidadas sensaciones elementales. Felisberto anda siempre en busca de una analogía que ha emergido durante un instante en el rincón más retirado de sus de sus circuitos cerebrales, de una imagen que anuncia de antemano la correspondencia de otra imagen algunas páginas más adelante, de una aproximación incongruente que le sirve para obtener una sensación muy precisa; y para alcanzarlas, debe aventurarse sobre pasarelas arrojadas sobre el vacío. De la tensión entre una imaginación muy concreta, que sabe siempre lo que quiere, y el discurso siempre a tropezones, nace una sugestión comparable a la de los cuadros de un pintor ingenuo.

Esto no quiere decir que aceptemos sin embargo una clasificación de Felisberto como "escritor de domingo”, autodidacta y marginal, lo que con toda seguridad no es. Los puntos de referencia en su larga búsqueda de medios de expresión debieron ser un surrealismo muy suyo, un proustianismo, un psicoanálisis muy suyo. (Y además, como todo hombre de letras del Río de la Plata, también Felisberto había tenido una corta permanencia en París). Esa forma que tiene de darle cabida a una representación dentro de la representación, de establecer dentro del relato extraños juegos cuyas reglas establece en cada oportunidad, es la solución que ha encontrado para darle una estructura narrativa clásica al automatismo casi onírico de su imaginación.

Lo que más sorprende en su escritura es la forma de darnos el carácter físico de los objetos y de las personas. Una cama deshecha, por ejemplo O la cabellera de una muchacha. U otra muchacha que va a comenzar a declamar un poema. Las sensaciones provocan ecos visuales que continúan repercutiendo en el espíritu. Se establece una misteriosa correlación entre la imagen de un piano y la de un gato negro; aquí, es solamente metafórica, mientras que en otro relato se materializa en un gag, casi chaplinesco, de un gato que atraviesa la calle.

Este volumen (su primera traducción, creo yo, en otra lengua) presenta la casi totalidad de los relatos de la madurez de Felisberto (publicados entre 1947 y 1960), con los que el autor ha llegado a conquistar un sitio entre los especialistas del "cuento fantástico" hispanoamericano. Un tercer volumen que permaneció inconcluso a la muerte de su autor, Tierras de la memoria, pertenecientes a otra vertiente de su obra, la "literatura de la memoria", es una evocación del Montevideo de antaño, de los recuerdos de sus primeras lecciones de piano. En la redacción que ha llegado hasta nosotros, quizás todavía un borrador, ese texto revela sin embargo el sentido del trabajo de Felisberto, que tiende a presentar los más mínimos movimientos psicológicos a través de los desdoblamientos del yo.  Así lo vemos en las páginas sobre las primeras emociones sensuales, sobre el aprendizaje de la música o sobre una visita al dentista.

 


Rubem Fonseca

TERESA

 

Entré al ascensor, dos sujetos grandes y gordos estaban en él. Un apartamento de ese tamaño, dijo uno de ellos, y solamente viven allí el viejo y esa tramposa. La hija de puta sólo quiere el dinero del viejo, respondió el otro, pero él no se muere, noventa años y no se muere, debe sentirse muy decepcionada, hace cinco años que lo soporta.

Después guardaron silencio, salieron antes de que yo lo hiciera. A la entrada pregunté al portero, ¿quiénes son esos dos que acaban de salir? Son hijos del doctor Gumercindo, respondió él. Es la primera vez que los veo por aquí, dije. No la van bien con el viejo, respondió el portero. Desde que él se casó con doña Teresa es la primera vez que se dejan ver.

Siempre veia al doctor Gumercindo saliendo del brazo con doña Teresa. Vivían en el apartamento que quedaba sobre el mío, solíamos bajar juntos en el ascensor, y en esas ocasiones intercambiábamos cortesías. Yo les abría la puerta, ellos me daban las gracias. Doña Teresa no parecía en absoluto una mujer que se hubiera casado por interés.

Un día después de oír el diálogo de los hijos en el ascensor, bajé con el doctor Gumercindo y doña Teresa. Sin que ellos lo advirtieran, miré con atención a doña Teresa. Ella cuidaba del doctor Gumercindo con cariño y desvelo, ninguna otra mujer del edificio trataba al esposo de ese modo.

Un día el doctor Gumercindo sufrió una dolencia vascular cerebral. Tiempo después, bajamos los tres en el ascensor, el doctor Gumercindo en una silla de ruedas.

Vamos a pasear por el parque, dijo doña Teresa. Te gusta pasear por el parque, ¿verdad?, preguntó. Gumercindo hizo con la cabeza un gesto de afirmación. ¿Puedo acompañarlos?, dije.

Después de dar una vuelta por el parque, nos sentamos a la sombra de un árbol. El doctor Gumercindo empezó a adormecerse, y doña Teresa limpió los hilos de saliva que escurrían de sus labios. Noté que los ojos de ella se llenaban de lágrimas.

Era tan lleno de vida, dijo, con una sonrisa triste.

Me encontré con ellos en otras ocasiones, y advertí que doña Teresa estaba muy abatida por la enfermedad del marido. Ella tenía setenta años, pero aparentaba muchos más, había enflaquecido, su rostro estaba muy palido. Hay casos en que el cónyuge enfermo termina por matar al que cuida de él.

Estuve unos días en San Pablo, haciendo un trabajo para el Despachante; un tipo fácil de despachar.

A mi regreso subí al apartamento de los viejos. Me abrió la puerta doña Teresa, su aspecto era tan enfermizo que me sentí obligado a decir, doña Teresa, debería usted buscar una enfermera, una persona que le ayude a cuidar del doctor Gumer­cindo.

Él no quiere, respondió ella, quiere que yo misma cuide de él, solamente yo, y creo que tiene razón, una enfermera no lo trataría como él merece.

Viajé durante una semana, haciendo otro traba­jo para el Despachante, más difícil, el tipo tenía un guardaespaldas que me dio trabajo. A mi regreso volvi a toparme en el ascensor con los dos hijos grandes y gordos del doctor Gumercindo, acompañados de dos mujeres flacas. Los sujetos me saludaron amablemente, y salieron primero.

¿Esos son los hijos y las nueras del doctor Gumercindo?

Sí, respondió el portero, ahora están viviendo aquí, el doctor Gumercindo murió, pero el apartamento es grande, hay espacio para todos. ¿Y doña Teresa?, pregunté. No he vuelto a verla, dijo el portero.

Volví a encontrarme con los nuevos habitantes del apartamento del doctor Gumercindo. Las dos mujeres tenían cara de putas. Conozco a las putas. Los dos tipos estaban cada vez más gordos. Hablaban de los nuevos autos que habían comprado. Las mujeres vestían ropas caras. Estos sujetos han dado malos pasos, pensé. En mi trabajo estoy obligado a adivinar quién es peligroso, quién no, quién es un hijo de puta, quién no. Ellos eran las dos cosas.

Al cabo de un mes empezó a parecerme extraño no haber vuelto a encontrarme con doña Teresa en el ascensor. A ella le gustaba pasear por el parque, sentarse en una banca a tomar el sol. Le pregunté al portero, ¿has visto a doña Teresa? No, respondió él.

Subí al apartamento del doctor Gumercindo, to­qué la campanilla. Una empleada abrió la puerta.

Vine a visitar a doña Teresa, dije. La mujer me cerró la puerta en la cara. Toqué de nuevo la cam­panilla. Oí la voz de la empleada, gritando, doña Teresa no puede recibir visitas. Grité a mi vez, ¿y no puede usted abrir la puerta para hablar conmigo? Tengo orden de no abrirle a extraños, gritó la mujer desde adentro.

Dos días después volví al apartamento de doña Teresa. Sabía que la empleada tenía el día libre. Era la hora del almuerzo del portero. Antes había sacado algo del maletín de cuero donde guardaba los folletos sobre informática. Toqué la campanilla y advertí que el ojo mágico se había oscurecido, alguien al otro lado me estaba mirando.

Uno de los grandotes entreabrió la puerta. Vine a visitar a doña Teresa, dije. No puede recibir visitas, respondió él, irritado, lárguese. Comenzó a cerrar la puerta, pero se lo impedí. Abre esa mierda, dije, apoyando la pistola en su cara.

De pie en la sala estaba el otro hermano. ¿Dónde está ella, hijos de puta? Ella viajó, balbuceó uno de ellos. Viajó una mierda, dije, dándole un golpe en la cara con la pistola, justo encima de la nariz.

Doña Teresa estaba en una cama de esas de hospital, las dos muñecas atadas a la armazón de hierro. Suéltenla, dije. Ellos la soltaron. Siéntenla en ese sillón.

¿Está usted bien?, le pregunté. Ella asintió con la cabeza. ¿Es usted capaz de guardar un secreto? Sí, respondió ella con voz débil. ¿Un secreto terrible? Sí, don José, repitió ella.

Llevé a los dos grandotes al baño, les hice entrar en la bañera y le pegué un tiro en la cabeza a cada uno. Siempre disparo a la cabeza. Saqué de sus bolsillos sus carteras con tarjetas de credito. Regresé a la sala.

Maté a esos dos canallas, nadie puede saber que fui yo, diga que fue un ladrón. Sí, respondió ella.

Fui al cuarto de las putas y cogí las joyas de las gavetas. Después salí, y dejé la puerta abierta.

Ya en mi apartamento, metí los objetos en varias bolsas de supermercado. Puse todo en mi maletín de cuero, salí, cogí un taxi, me bajé lejos, en otro barrio, tiré cada bolsa en un tacho de basura diferente.

Cuando volví, reinaba gran agitación en el edificio. Asaltaron el apartamento del doctor Gumercindo, me dijo el portero, mataron a sus dos hijos.

¿De verdad? ¿Cómo fue posible?

Fue en la hora de mi almuerzo, respondió el portero.

¿Y doña Teresa?

Ella está bien, dijo el portero.

Subí al apartamento del doctor Gumercindo. Allí estaban las dos putas, lloriqueando.

Pueden ir haciendo las maletas, y buscando otro sitio, dije, el apartamento pertenece a doña Teresa.

Cuando las dos putas salieron, doña Teresa me dio un beso en la mano, usted es un santo, señor José, guardaré hasta la muerte nuestro secreto.

Volví a mi apartamento. Un santo. Qué santo ni qué mierda. Soy un asesino profesional, mato por dinero.

No siempre.

 


Julio Cortázar

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

 

                                                                                                 

                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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